Día nublado

En un campo azul
el rebaño se reúne.

Con el paso solemne de las grandes criaturas
se encuentran,
se recuestan sobre el mundo.

Ya son uno,
una gran albura,
un enorme suspiro.

Bajo su calma, nuestra confusión.
Miramos al techo de los días
y seguimos caminando
y callados fingimos
que nada ha cambiado
aunque el aire esté cansado.
La luz cae con otro peso,
los cuerpos son más lentos
y todo es lejanía,
todo es antiguo y cálido,
todo momento está teñido de pasado,
todo nos deja,
como si el mundo fuera una mirada o una foto.
La vida nos cobija
con una felicidad sencilla
que se parece a la tristeza.

¿Por qué esta nostalgia sin ancla?
¿Por qué esta despedida?
¿Por qué este paraguas abriéndose en el pecho?
¿Por qué este enamoramiento repentino?

Lo llamamos día nublado
y seguimos andando,
sonriendo un poco sin saber por qué,
bajo esta gran sombra
a veces más clara que la luz.

A Mario Alberto

Son siete los blancos cuerpos tendidos
y son cinco sus reflejos oscuros,
debajo, esperan sus cantos no oídos,
a los dedos que guardan los conjuros.

Sobre este muelle de mármol y leños
convocas a la música, oceano
del que  tú y tus manos son los dueños
y rompes sus mareas sobre el piano.

Lo dice el instrumento en su concierto:
no hay otro maestro como Mario Alberto.

Palabrería

–          Hace quince años se me ocurrió. Yo y Olivia, mi esposa, nos pusimos de inmediato a trabajar en la idea. Definimos el concepto, investigamos el mercado, revisamos nuestras posibilidades económicas y cuando estuvimos listos tomamos los ahorros de nuestra vida, escogimos el local y en menos de tres meses teníamos nuestro negocio. Pasamos años muy felices aquí señor, es tristísimo que ahora tengamos que cerrar.

Cuando empezamos, y si no me cree puede preguntar, no había minuto del día en que el lugar se quedara solo. La campana de la entrada sonaba con la constancia de un metrónomo, tanto así que la quitamos a la segunda semana porque Olivia empezó a volverse loca.  Y todo eso no se terminó cuando pasó la novedad, ¿eh?.  Pronto tuvimos nuestra clientela y además cosechábamos nueva todo el tiempo. Al cabo de dos años éramos visita obligada para el turista.

Con decirle que al principio teníamos un local de 4×8 y la bodeguita; para el tercer año fue necesario que compráramos el local de al lado y seis meses después compramos el del otro, incluso tuvimos el sueño de hacernos franquicia, pero eso ya murió.

De verdad creíamos que no se acabaría, nos visitaban toda clase de personas y de todas las edades, era tanta la diversidad que comenzamos a ampliar nuestro catálogo y a dividir las palabras en secciones. Por su contenido: Humor, Drama, Terror, Suspenso, Amor, Fantasía…  también por el oficio al que atañían: Jardinería, Repostería, Artesanía… por el público al que iban dirigidas: Infantiles, Todo público y Adultos… y le digo, no hubo día en que no encontráramos a algún puberto merodeando en la sección de adultos, con alguna palabra obscena escondida en los pantalones. Y bueno, también por la ciencia a la que pertenecían, por su etimología, por su función lingüística y para el quinto año inauguramos la sección de idiomas, ahí puede encontrar palabras de todas las lenguas, idiomas y dialectos que se le ocurran… ¡Dios mío!, de sólo pensar las maravillas que llegamos a tener, y las personas que nos visitaban… el típico enamorado en busca del adjetivo perfecto para ensalzar a su dama, la señora que había olvidado el nombre de tal o cuál flor, el amante púdico que después de horas y ahogado en su vergüenza preguntaba por palabras para poder “hablar sucio”, el estudioso de la semántica que se llevaba en una sentada decenas de sustantivos para indagar sus significados, o el ñoño que vino en una ocasión y preguntó por palabras en klingon y élfico. Gracias a él tenemos dos estantes dedicados a idiomas de ficción y fantasía… En fin. En un tiempo nos fue tan bien que comenzamos a incluir artículos y preposiciones en cada compra; ahora cobramos hasta por las comas y puntos que siempre fueron gratis; y eso porque si no nos morimos de hambre. Éste era un sitio mágico, se lo digo señor.

El error fue contratar a alguien para que nos ayudara. El muchacho se veía tranquilo, era callado y muy servicial, ¿quién iba a sospechar de él? Era un gran empleado, a todos los clientes los atendía con devoción, se quedaba horas extra por su cuenta, ni siquiera tomaba su descanso de media hora, con tal de seguir clasificando, acomodando, etc. Todo iba perfecto hasta que antes de cumplir su quinto mes trabajando con nosotros, dejó de venir. Pasaron semanas y no volvió y entonces empezamos a sospechar. Al hacer el inventario nos percatamos de que, en efecto, el muchachillo se había estado llevando de a poquito y sistemáticamente, cientos y cientos de palabras. Hicimos nuestro coraje, pero al final lo dejamos pasar. No pensamos que el desgraciado fuera a hacer lo que hizo.

Fue en mayo del año pasado cuando llegaron sus camionetas a los locales de enfrente. Estuvieron dos días descargando y a la semana ya habían abierto su méndigo negocio.

El resto, señor, es historia. Hace ya tres años que ese maldito muchacho abrió su librería y ya ni las moscas se paran aquí. Es más, quizás sea usted el último comprador. Y a todo esto, ¿qué se lleva?… Ah, muy conveniente:

“Fin”. 

A Virginia Woolf (En su cumpleaños)

El sol aún no se había alzado. Sólo los leves pliegues del Támesis, como los de la cobija donde te arroparon, anunciaron tu llegada. Tu primer llanto lo imagino sosegado y reflexivo, volando de tu pecho tibio como una avecilla agorera; pues esta forma de llorar, tan introspectiva, tan tuya, no te abandonaría del todo hasta que volvieras al agua. Tus manos, en ese momento pequeñas y primitivas, seguramente se enredaban en acrobacias tímidas y tal vez tus dedos, ya asiendo a los de tu padre, ya tamborileando en el aire se preparaban para sostener la pluma, para accionar la máquina de escribir. Tus ojos, con las pupilas dilatadas de ver lo nunca visto, permanecerían siempre maravillados, siempre descubriendo por primera vez la poética de la luz y sus dibujos. Tu mente, entonces absorta en el primer encuentro, crecería; sería fecunda, indomable y luminosa y abarcaría el orbe; y de vez en cuando, en tu soledad, tejería sombras a la vera de tu mirada. Tu alma, blanca y abierta; sería el espejo donde el mundo y otras almas se hallarían cristalinos y explicados; y sin embargo tú, espíritu de agua, te ahogarías en tus tormentas. Y tus pies, en ese momento mínimos y cobijados, aprenderían el lenguaje de la hierba y de la tierra y un día te llevarían a la última orilla, una tarde en que el sol aún no se había escondido. Sólo el murmullo del Ouse  anunciaría tu partida. Con el abrigo lleno de piedras y voces, regresaste al agua.

Entre el Támesis y el Ouse, tu vida; río que sigue y seguirá fluyendo.

Para llegar a la luna

Sobre la cima de un tejado,
bajo la cara de una noche,
un gato asoma al mundo.
Estira su negra pata
esperando engañar distancias
y alcanzar el blanco estambre
puesto arriba para él.
Mientras tanto, bajo el tejado,
sobre la cima de la noche,
tras la cara del mundo,
los amantes, en su búsqueda felina,
han hallado el camino cierto
y ya destejen la luna.

El Dragón y la Luna

De las entrañas del mundo resurge después de doce años de letargo. Adivina en el lecho negro del cielo una curvatura prometida. Sobre la tierra aún reina la temible oscuridad de la luna naciente. El dragón extiende las alas y se dispara fuera de las tinieblas. Un viaje del abismo al cielo, marcado por las fases de la musa de plata.

En El Libro de los Símbolos se habla de la pintura Los Nueve Dragones de Chen Rong, donde se muestra un dragón entre nubes estirándose para alcanzar la luna. El dragón, bestia paradójica que abarca el averno y el paraíso, vuela para alcanzar al astro que se renueva, que como él, también cambia su faz negra por una luminosa.
Guardemos la esperanza de que en este año del dragón, sepamos salir de las cavernas del alma humana y trazar nuestro camino hacia la luz.

Vértigo

A Milan Kundera

Impresionada, leyó y releyó la frase. Tomó un lápiz y la subrayó para luego releerla una vez más, siguiendo el paso de la punta de grafito, la dijo en voz baja: “el vértigo es algo diferente del miedo a la caída…” En este momento llamaron a la puerta y dejó la frase tambaleándose a medias en el aire. Afuera había una viejecilla necesitada que le pedía un lugar de descanso y ella, afable se lo concedió. Al irse la anciana, agradecida le obsequió una manzana roja. Blancanieves observa esa manzana. Observa su piel lisa y profundamente roja; observa sus destellos, la manera en que su superficie curva deforma la luz del medio día. Parece sobrenaturalmente deliciosa. Acerca sus labios de grana y abre ligeramente la boca, sus dientes están a milímetros de la fruta pero se demora… duda, sabe que la visita de aquella anciana es extraña, sabe que los motivos de la visita carecen de sentido y sabe que esa manzana no es cualquiera… pero los dientes se cierran, la joven se desvanece y la manzana llena de veneno cae de la mano inerte y rueda por el suelo. La bruja sale de la casa victoriosa y el cuento pende de un hilo. En unos minutos llegarán los enanos, pero estarán muy preocupados para notar el libro abierto sobre la mesa de la sala, demasiado tristes para leer la frase subrayada: «…El vértigo significa que la profundidad que se abre ante nosotros nos atrae, nos seduce, despierta en nosotros el deseo de caer…”
Y yo, releyendo cuentos y novelas me pregunto, ¿cuántos héroes y heroínas habrán leído La Insoportable Levedad del Ser antes de arrojarse al abismo?

Platón Roto

En el año 388 a.C. en un olivar sagrado dedicado a la Diosa de la Sabiduría, Atenea, un hombre de míticas barbas marmóreas que todos reconocemos, levantó la  Academia, la primera escuela de altos estudios en el mundo occidental. El lugar que vio nacer y crecer la teoría heliocéntrica, que fue testigo del desarrollo de las matemáticas, la medicina y la retórica (madre del derecho) y que fue cuna del cerebro más fecundo de la historia: Aristóteles. El fundador de este instituto, el gigante intelectual barbado fue Platón, uno de los incuestionables de la filosofía, y evangelista de Sócrates.

Gran parte del conocimiento que sirvió de base para la creación de la epistemología actual tuvo su semilla en aquella Academia, semilla plantada y cultivada por un filósofo y así debió ser, pues en el inicio fue la filosofía y la filosofía tuvo que dividirse ya que cada una de sus ramas exigía algo de independencia, pero siguiendo la trama del gran árbol averiguaremos siempre que todo tiene una misma raíz… Y ahora, aquí en nuestro México, una institución (la SEP que para mayor tristeza tuvo como primer secretario a José Vasconcelos, filósofo también) ha decidido que la filosofía no es una materia necesaria y ha visto conveniente su eliminación definitiva de los programas de bachillerato.

Podría asegurar que Platón nos mira desde el mundo de las ideas y viendo que aún no hemos logrado ver más que las sombras en la caverna, derrama lágrimas de amargura.

La Metamorfosis

Mírenla, aquella es María… No, no ésa, la de allá. La de uniforme blanco que carga algo bajo el brazo. Sí, ella es, la que se ve impaciente. Son las 6 de la tarde con 13 minutos, hoy ha salido tarde del trabajo, un hombre ha durado 27 minutos en el teléfono. No es para hacer dramas, lo malo es que ha perdido la oruga que toma siempre y va a llegar tarde y Rodolfo no va a estar contento. En fin. ¿Qué hacerle? De hecho si de verdad ponen atención se darán cuenta de que la demora le ha dibujado una sonrisa apenas notable en su cachetona faz. ¿Por qué? ¿Por qué si ahora tardará más en llegar a casa, por qué si Rodolfo la va a regañar por no tenerle algo de comer, por qué si la oruga que viene estará mucho más llena? Es triste decirlo, pero la sonrisa se debe a que esa equivocación y todo lo que la ha de acompañar son lo más emocionante que le ha sucedido en la semana. Todos los días de todas sus semanas son lo mismo, siempre lo mismo. Ocho horas de llamadas, ninguna dirigida a ella. Siempre la nostálgica mirada a los folletos en el escritorio, los de comida, los de salud y sobre todo a los de viajes, Roma, Buenos Aires, Marruecos, Bombay… Una torta de queso de puerco y una coca cola. Las pláticas de siempre con Lola y Margarita, que si el marido hizo tal, que si el niño se les enfermó, que si Arturo (el de la novela) besó o no besó a Virginia… siempre la salida a las seis y la oruga de las 6:11, siempre entre 45 minutos y una hora a su casa, siempre frijoles en la mesa, siempre Rodolfo en la silla… siempre María, siempre la misma. Pobrecilla mírenla. ¿Qué es eso que trae bajo el brazo?… pero claro, tenía que ser la TV notas más reciente. María la hojea y encuentra escándalos y enredos y su corazón se retuerce de deseo, deseo de verse alguna vez en ellos… “¡Cachan a María saliendo del motel Venus con un nuevo galán!”, “¡Examante acusa a María de acoso sexual!”… esto sueña maría mientras pasa las páginas de barato contenido. ¡Pobre María! Tan desesperada está por algo de vida que se sube siempre en la zona más llena de hombres del camión con la esperanza inquebrantable de recibir algún día un piropo de a dos pesos… No lo recibe María, ni lo recibirá; siempre con la dignidad intacta, siempre con el orgullo magullado, siempre envuelta en el denso tejido de su insoportable normalidad a la espera de transformarse en alguien más.
Mas no se preocupen, no sientan lástima que la fortuna siempre zurce destinos insospechados y a María le toca hoy. Seguramente el hombre que tardó 27 minutos en el teléfono era un ángel con voz de cliente insatisfecho pues al haberle robado a María unos minutos, la había obligado a subir en aquella unidad vieja  y descuidada del transporte leonés. Unidad que había estado guardada y tapada durante siete semanas y a la que habían decidido darle un último día de trabajo antes de jubilarla, y así es que mientras María lee lo último sobre Galilea Montijo el destartalado Optibus se detiene en seco (sin ninguna caída que lamentar pues el apretujamiento en el interior de estos medios de transporte suele ser una fuerza mayor que la gravedad). El conductor del camión se levanta y les dice a todos que no hay broncas, que ya habló a la central y que ya mandaron otra unidá para remediar el problema. Y así, en medio del barullo y el descontento colectivo, sumergida en el aroma creciente a sobaco, los latidos de María saltan de júbilo pues su día se ha vuelto muy distinto a los demás, muy en el fondo de su bodoque cuerpecillo tiene el anhelo de quedarse ahí, de que no llegue la unidad… sin embargo el flamante Optibus modelo 2012 llega y rescata el día para las enojadas sardinas, que pronto son evacuadas y cambiadas de lata. Miren a María, la pobre se queda como perrito que no quiere que lo lleven al veterinario, véanle nada más los ojitos de tristeza. Ya no queda nadie y debe salir, y así como así regresa a la corriente diaria… Sé que están decepcionados y créanme que ella más, pero esperen y vean que yo sé que aquí hay una historia… María está a punto de dar el paso a la esclavitud cuando la puerta se le cierra en la cara e inexplicablemente y ante la sorpresa de todos, la Oruga, ya sin conductor avanza llevándose a esa pobre gordita a quién sabe dónde.

Dentro del Optibus María está que no puede con su emoción, ¡chéquense esa sonrisa, se le ven todos sus dientes, todas las encías, toda la felicidad loca del mundo!, ¡Al demonio con las llamadas, al demonio con las tortas, las cocas, los frijoles y Rodolfo!; si Diosito quería que hoy se fuera al cielo, estaba más que dispuesta con tal de que llegara mínimo a la segunda página del periódico. ¡¿Qué dirían Lola y Margarita?! ¡¡Qué Locura, qué dicha!!
La Oruga acelera y va derechito al Malecón del río, decidida a aventarse al lecho de asfalto, decidida a acabar con sus días, aumenta la velocidad y todo está a punto de irse al demonio, todo, María y Oruga a punto de acabar juntas en un final increíble de vidrios, fuego y metales torcidos y María ríe a carcajadas y agradece al fin la libertad y finalmente en un grito de alegría desaforada caen… pero…, pero no han tocado el suelo, y… siguen sin tocarlo y María abre los ojos que había cerrado ya lista para ingresar por la puerta de los cielos, y ve por la ventana y sorprendida mira la ciudad quedando cada vez más abajo; la calzada, el expiatorio, el centro, la catedral… todo allá, encogiéndose en el suelo mientras cientos de ojos azorados ven una extraña mariposa gigantesca de metal volando lejos, desapareciendo lentamente detrás de un horizonte que jamás ha de olvidarse en León Guanajuato.

Sé lo que están pensando, que soy un mentiroso, que esto jamás ocurrió, que me lo estoy inventando todo; pero si así fuera expliquen por favor esta noticia en la primera plana del बंबई दैनिक (Bombay Daily Mail) en el que se explica que un extraño avión verde aterrizó en el centro histórico de la ciudad, o más aún, díganme ¿quién es ésta de la foto de la revista गपशप (Chismecitos) anunciada como la nueva estrella de la vida nocturna en Bombay? Creo que todos reconocemos esa sonrisa.

3 letreros para puertas

  1. 1.       Lázaro

Conocí a Lázaro en una cerrajería. Al llegar a la entrada abierta donde un hombre viejo hablaba sin interrupción, Lázaro se me acercó y me miró a los ojos. Sólo esto bastó para adivinar que detrás de esa estampa de ingenuidad y ternura había una profunda y madura tristeza.

Pregunté al hombre que con el torno le hacía surcos a mis nuevas llaves, qué le pasaba a Lázaro. – Nada – me respondió secamente. – Él es así, parece que está triste, pero no, más bien es tranquilo. –“Tranquilo”… “Tranquilo”. Nada más lejano de la verdad. Lázaro se recuesta en la banqueta, pone su cabeza, con todo el gigantesco peso de su nostalgia sobre sus patas delanteras y sumerge la cola en sus pesares. Lázaro está muy lejos de la tranquilidad. Algo le inquieta. Seguramente un recuerdo, seguramente un imposible.
Me dan mi llave y me despido del viejo que no para de hablar, del cerrajero que al parecer no sabe ver y de Lázaro, aunque él no me ve, él sólo mira fijamente las manos de su amo quien maneja el torno, ocupado en otras llaves. Sólo me queda la esperanza de que quizás, Lázaro en silencio aprende y aguarda… aguarda el momento en que pueda fabricarse unas llaves que lo dejen salir por la noche de su patio, cruzar la calle y abrir la reja de enfrente para dormir al fin a un lado de aquella cocker spaniel que tantos sueños le ha robado.

  1. Pedro

Pedro, mientras rotas la manivela del torno, mientras aras los diminutos surcos en el metal dorado, mientras cavas las hendiduras que han de accionar los mecanismos de tan diversos destinos que jamás conocerás;  piensas un momento en tu propio destino. Mitigas la voz del viejo Leopoldo que en  la puerta sigue hablando como siempre de su hijo y de su difunta esposa y piensas en el hijo que fuiste, piensas en tus padres que al nombrarte Pedro te imprimieron el camino que habías de recorrer, el camino de cerrajero triste y eterno, y piensas luego cómo les supiste retribuir negándolos cada vez que los gallos cantaron sin esperar jamás que lo hicieran tres veces. Piensas en tu esposa que tanto esperó de ti, piensas en la paciencia que te tuvo y piensas en la poca que le tuviste cuando halaste el gatillo y la enterraste en el patio. Piensas finalmente en tu pequeño que tanto habrá de sufrir, huérfano y con el mismo nombre que cargas tú. La llave está terminada y la miras como las miras a todas al acabarlas sabiendo que ninguna de ellas ni ninguna que quede en el porvenir logrará abrirte las puertas que a ti ya no te esperan después de la muerte.

  1. 3.       Don Leopoldo

A las 6:45 llegó Don Leopoldo esta mañana y estaba verdaderamente indignado por las llaves que le entregó Pedro ayer. Ninguna de las tres copias funcionaba, ni abrían la puerta de entrada, ni la de la cocina, ni la del cobertizo. Era algo terrible, de verdad Pedro tenía que ser más cuidadoso, ese tipo de errores no podían seguir surgiendo. Una vez que llegó el errado cerrajero, Leopoldo lo recibió con una buena carga de ensayados regaños, de aquellos que en la voz de octogenarios siempre tienen sabor a recomendaciones.

Una vez que Pedro le aseguró que se encargaría de arreglarlo le pidió que se sentara a lo que Leopoldo respondió que no podía, que había mucho que hacer, que no por ser un anciano tenía tiempo de sobra, que todo lo contrario – todo esto lo dijo mientras tomaba asiento – que ése era el problema de las nuevas generaciones, que creían que uno podía andar por la vida sin preocuparse por aprovechar cada segundo, y que justo aquellos descuidos eran la causa de que llevara años sin decirle una palabra a su hijo, que por cierto quién sabe dónde andaría; y que también era por eso su mujer había sido tan desdichada, porque se le había ido la juventud sin haberle dejado nada. Luego habló de él, de que no había el mundo de creerse que el viejo y viudo Leopoldo necesitaba ayuda que en verdad él siempre había sido un lobo solitario y no necesitaba de nadie – las llaves ya habían estado listas hacía horas – y esto se alargó hasta las ocho de la noche cuando ya Pedro tenía que cerrar y Leopoldo se despidió de él diciéndole que mejor que ésas sí funcionaran porque si no, no le pagaría y así, murmurando se alejó.

Llegó a su casa y abrió la puerta sin problemas. Fue a la cama y dejo las llaves en la mesa de noche sobre un montón de copias acumuladas y antes de dormir puso el despertador a las 6 de la mañana para ir bien temprano a reclamarle a Pedro.