Borges, autor de fake news

Foto de Bernardo Pérez, 1985

Llenósele la fantasía de todo aquello que leía en los libros, así de encantamientos, como de pendencias, batallas, desafíos, heridas, requiebros, amores, tormentas y disparates imposibles, y asentósele de tal modo en la imaginación que era verdad toda aquella máquina de aquellas soñadas invenciones que leía, que para él no había otra historia más cierta en el mundo.

Miguel de Cervantes, El Ingenioso Hidalgo, Don Quijote de la Mancha, Capítulo I.

Hoy se conmemora uno de los hechos más insólitos en una historia nacional de por sí pródiga en rarezas. El 26 de agosto de 1808, Donasiano Izagaga, líder de una protoconjura contra la corona española, fue asesinado por uno de los suyos en el palco del ‘Corral de comedias’, hoy Teatro Principal de Guanajuato. Durante más de un siglo se le tuvo como uno de tantos héroes nacionales e incluso contó con una estatua en la Plaza de los Ángeles, hasta que la Dra. Olga López Andonegui hizo un hallazgo demoledor. Días antes del atentado, Izagaga había sido descubierto a punto de enviar una alerta al corregidor delatando a los soberanistas. Había que ajusticiarlo, pero el movimiento era demasiado joven para aguantar semejante golpe a la moral. Se resolvió entonces disfrazar su ejecución de martirio y el propio Izagaga, buscando redimirse y darle significado a su muerte, accedió a participar en la pantomima que lo pintaría como héroe traicionado y no como traidor.

Este fascinante episodio ocurrió y ocurre todavía cada vez que alguien lee de nuevo Tema del traidor y del héroe de la colección de cuentos Ficciones, de Jorge Luis Borges, aunque con otros nombres y geografía. De no haber revelado su falsedad, nada nos impediría creer que las cortinas de un palco de teatro en Guanajuato se mancharon con la sangre de un conspirador. Bastan unas cuantas referencias precisas, algunas reales, otras inventadas. Ayuda también que el mundo esté siempre más loco que la ficción.

A los pobladores del siglo XXI nos sobran amenazas que nos hacen sentir especiales, entre ellas las fake news. Asustados y fascinados hemos corrido a preguntar a los sociólogos, a los psicólogos, a los neurólogos, a los politólogos, a los biólogos evolutivos, a los programadores y, ya víctimas de la desesperación, hasta a los filósofos: ¿Qué son las fake news?, ¿cómo combatirlas?, ¿por qué creemos en ellas? Sorprende que a nadie se le haya ocurrido interrogar a la cofradía que ha hecho un arte del embuste: los escritores. Y de entre ellos, nadie ejerció el engaño como Borges.

En 1935 fue publicado Historia universal de la infamia, una compilación de siete breves biografías de criminales. Escrito con rigor académico y acompañado de bibliografía, firmado por un intelectual conocido entonces sólo como ensayista y esporádico poeta, el libro consiguió pasar como auténtica enciclopedia de truhanes para más de un lector. No obstante, por primera vez en su vida y en un movimiento que alteró la literatura, Borges se había atrevido a mentir – más o menos.

Todos los crímenes narrados en Historia universal de la infamia están documentados y todos los biografiados son trasuntos de personajes históricos reales, pero sus hazañas están alteradas, engrandecidas, silenciadas, fabuladas a placer. En el prólogo a la edición de 1954, Borges describe estos relatos como: “el irresponsable juego de un tímido que no se animó a escribir cuentos y que se distrajo en falsear y tergiversar (sin justificación estética alguna vez) ajenas historias”[1]. Este método de mezclar verdad y mentira, ensayo erudito y ficción fantástica, de cimentar lo imaginado en arduas citas y notas al pie, se convirtió en el sello del cuentista y su impronta más duradera; método que perfeccionó en su siguiente libro (y a mi gusto personal, el mejor): Ficciones.

Ficciones es a la vez el mejor tratado, parábola, advertencia y manual sobre fake news. En el cuento que abre el volumen, Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, el protagonista – el propio Borges – se entera de una región de Asia Menor llamada Uqbar de boca de Bioy Casares, quien a su vez leyó sobre ésta en la Anglo-American Cyclopaedia. Al revisar la edición de Borges se percatan de que no hay referencia a Uqbar por ningún lado. Sorprendido, Bioy trae su ejemplar y constatan que son en todo idénticos exceptuando la entrada sobre Uqbar. Esto desencadena una pesquisa libresca de corto alcance que arroja más sombras sobre el misterio. Mucho después, en un hotel de Androgué, Borges encuentra el tomo undécimo de una enciclopedia llamada A First Encyclopaedia of Tlön, que en vida perteneció al ingeniero amigo de su padre, Herbert Ashe. En ella, aprende sobre el planeta Tlön, su sistema de pensamiento y su lenguaje. Indagando a mayor profundidad, descubre que esta enciclopedia y el planeta al que hace referencia, son creación de Orbis Tertius, una sociedad secreta de intelectuales iniciada en el siglo XVII (y que en sus muchas generaciones incluyó a Leibniz). En una labor de siglos, dicha sociedad produjo cuarenta tomos en donde se exploran todas las minucias de ese imposible lugar: su historia, literatura, su química, física y matemática, su zoología, botánica y astronomía. En un posdata, Borges cuenta que la enciclopedia completa fue localizada en una biblioteca de Memphis y que reimpresiones de la misma pueblan las bibliotecas del mundo, que no pasó mucho tiempo antes de que objetos de Tlön comenzaran a ser hallados en la tierra, que la enseñanza de los conocimientos sobre Tlön empieza a usurpar el sitio de la enseñanza corriente. Finalmente escribe con temblor y certeza: “El mundo será Tlön”.

Es el raciocinio que utiliza el protagonista para explicarse esta callada aceptación de la humanidad lo que me parece interesante aquí: “¿Cómo no someterse a Tlön?”, pregunta Borges. Ante un mundo incomprensible cuya vastedad y entramado nos rebasa, cómo no someterse a este planeta extraño pero perfectamente ordenado? “Tlön será un laberinto, pero es un laberinto urdido por los hombres, un laberinto destinado a que lo descifren los hombres”, escribe el autor.

La lotería en Babilonia es otra aproximación al mismo fenómeno. Un hombre explica la historia y funcionamiento de la lotería que rige todos los aspectos de la vida en el reino. La lotería babilónica, que fue inventada en un pasado remoto e indefinido, no difería de la lotería regular. Un número premiaba a uno de muchísimos participantes con dinero. Este principio se volvió tedioso rápidamente ya que sólo apelaba a la esperanza y no a otras posibilidades, como el miedo o la aprehensión. Entonces se empezaron a sortear también multas, luego temporadas de prisión, luego cualquier clase de castigo o vejación. Los premios también dejaron de ser sólo monetarios y comenzaron a comprender toda clase de resultados que pudieran prodigar felicidad. Se decidió en algún punto que todos los habitantes del reino participaran en la lotería e incluso que hubiera actos impersonales decididos por esta suerte, por ejemplo: que cada siglo se retire o se agregue un grano de arena a la playa. La complejidad y alcance del juego se volvió tal que el comité encargado de la lotería, conocido simplemente como la Compañía, pasó a ser omnipotente. Sus agentes, que operan en secreto y a quienes nadie conoce, deciden todo cuanto ocurre. En las últimas líneas, el narrador concede que existen heresíacas que niegan la existencia de la Compañía y aún otros que afirman que el que exista o no es irrelevante ya que “Babilonia no es otra cosa que un infinito juego de azares.”

Si en Tlön, Uqbar, Orbis Tertius nos encontramos ante un mundo ficticio que coloniza y suplanta al mundo real porque es más inteligible, en La lotería en Babilonia nos presentan un mundo donde esta operación ya ha ocurrido, siglos atrás, y donde las personas prefieren creer que hay un orden y una inteligencia detrás del azar.

Mas inclusive en un universo organizado hasta el paroxismo, como el descrito en La Biblioteca de Babel, los moradores se entregan a conspiraciones fútiles basadas en creencias y rumores: unos destruyen libros que juzgan inútiles, otros se aventuran de galería en galería buscando el libro exacto que justifique su existencia, otros esperan dar con un libro total que justifique el universo, y existen todavía quienes se valen de métodos prohibidos para crear aquellos elusivos libros. En esta confusión los humanos viven solos y se suicidan con frecuencia tan alarmante que el narrador pronostica la extinción de la raza humana. La biblioteca, por otro lado: “perdurará: iluminada, solitaria, infinita perfectamente inmóvil, armada volúmenes preciosos, inútil, incorruptible, secreta”. Tal vez haya un patrón, pero la incapacidad de discernirlo nos obliga a inventar otros.

Los procesos más elementales tampoco escapan de la sospecha. En La secta del Fénix, el autor retrata la procreación como un rito y a la especie humana como una secta. En el mundo que Borges nos ofrece, todo es un signo, un mensaje cifrado, un movimiento en el tablero en el que sólo somos piezas: “¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza?”, se preguntó años más tarde en un soneto sobre el ajedrez. Con el mismo alivio y el mismo horror que el protagonista de Las ruinas circulares, Borges se da cuenta de que él como todos no es más que el sueño de otro alguien en donde no tiene ningún control. Sabe también, que lo único más aterrador que este descubrimiento: no controlo mi propio destino, es la revelación de que nadie lo controla, el sueño carece de soñador, somos súbditos del vértigo.

Pero Borges no cede al abismo con angustia (de otro modo sería un existencialista más) sino con una resignación en la que casi hay gratitud, y su antídoto para la pesadumbre es siempre esa deliciosa ironía inglesa que aprendió de muchos, especialmente de De Quincey. En sus laberintos hiperintelectuales de un lenguaje pulido con severidad, asoma siempre una sonrisa pícara como la del gato de Cheshire porque Borges sabe demasiado bien – y saberlo, como a todos nosotros, le duele – que nada tiene un significado profundo o ulterior, que todo lo que tenemos y todo lo que somos no son más que historias.

En Pierre Menard, autor del Quijote, que trata de la reescritura exacta del Quijote por un dlirante autor francés en el siglo XX, un exégeta nos presenta con pormenorizados comentarios en que coteja ambas versiones para probar el valor artístico de la empresa, entre los cuales destaca: “… la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir” pasaje del Quijote que escrito por Cervantes – a ojo del crítico – se trata de “un mero elogio retórico de la historia”, en cambio cuando Menard escribe exactamente lo mismo, nos dice, estamos ante una idea “asombrosa” ya que “Menard, contemporáneo de William James, no define la historia como una indagación de la realidad sino como su origen. La verdad histórica, para él, no es lo que sucedió; es lo que juzgamos que sucedió”.

Lo que juzgamos que sucedió, eso es lo que importa. Los hechos fueron unos, impenetrables, inaccesibles, como los que registra la prodigiosa memoria de Funes y cuya acumulación termina por atormentarlo. Lo que interesa para el resto de nosotros, desmemoriados, es la interpretación en que hemos acordado.

Es lo que ocurre en el relato que alteré para mi párrafo introductorio, Tema del traidor y del héroe, en donde se monta una obra gigantesca que incluye a cientos de actores, parcialmente basada en el asesinato de Julio César y con diálogos plagiados de Macbeth, todo con tal de mantener en alto el nombre de un traidor demasiado importante para la revolución irlandesa. Una vez escrita, la historia oficial se transforma en la historia.

Esto implica, por supuesto, que la realidad – o el acuerdo que de ella tenemos – es precaria, falible y múltiple. En El jardín de senderos que se bifurcan seguimos la historia de Yu Tsun, espía chino al servicio de Alemania durante la Primera Guerra Mundial. La narración se hace desde un cómodo presente en que la misión de Tsun ha fallado, no obstante, cuando salimos del cuento y si prestamos atención nos damos cuenta de que la historia se ha alterado, hay una bifurcación en el tiempo, en otro plano, conectado apenas por unas páginas con el nuestro, Alemania ha vencido a Inglaterra.

No es mi intención manchar la obra de Borges usándola en defensa de las fake news ni tampoco esgrimirla como un argumento a favor de un relativismo total del que Borges habría abominado, sino proponer el placer de la relectura de Ficciones con esto en mente, para recordar una vez más que “la era de la postverdad” es sólo una de las muchísimas maneras en que legitimamos nuestra egocéntrica creencia de que somos los primeros en algo; recordar, pues, que ya Daniel Defoe se quejaba en el siglo XVII de los rumores falaces que se contagiaban más rápido que la peste que azotaba a Londres; recordar que la realidad es un hecho independiente de nosotros, sí, pero que la realidad humana siempre es un tejido de significado y como tal es permeable y falible; y recordar por último que somos una tribu de historias y todos somos capaces de, ya sea por facilidad de comprensión o por inclinaciones afectivas e ideológicas, preferir unas narrativas a otras.

En ocasiones las razones para abrazar una teoría de la conspiración son puramente estéticas. En La muerte y la brújula, el detective Lönnrot rechaza la versión de los hechos que aventura su compañero diciendo:

“Posible, pero no interesante. Usted replicará que la realidad no tiene la menor obligación de ser interesante. Yo le replicaré que la realidad puede prescindir de esa obligación, pero no las hipótesis. En la que usted ha improvisado interviene copiosamente el azar”.

Es más interesante creer que la pandemia que nos arrincona es resultado de un intrincado plan con miras a la conquista global, que aceptar que es algo en lo que ha intervenido copiosamente, no sólo el azar, sino la estupidez humana.

Aunque nadie sabe… después de todo, tú que me lees, ¿estás seguro de que todo lo que aquí he citado es auténtico? Tendrás que creerme.


[1] El argentino continuaba así el peregrinaje de un curioso subgénero literario comenzado por su admirado Marcel Schwob en Vidas imaginarias (1896) y seguido por su amigo y mentor Alfonso Reyes en Retratos reales e imaginarios (1920). A la aportación de Borges le seguirían La sinagoga de los iconoclastas (1972) de Rodolfo Wilcock y La literatura nazi en América (1996) de Roberto Bolaño.

Refutación de Parménides

El cielo ya era violáceo en sus orillas cuando la voz de mamá lo alcanzó en el patio. Tadeo se despidió de Julián, recogió su balón y atendió al llamado de la cena.

Sentado a la mesa, frente a su plato de sopa caliente, le cayó por fin el cansancio del día. Sintió el peso en piernas y brazos, la sangre cálida en sus mejillas, las últimas gotas de sudor que bajaban sobre una piel ya pegajosa de sudores pasados. ¿La pasaste bien, hijo?, preguntó papá. Tadeo balbuceó sí sin dar tregua al a la sopa.

Terminando de comer, se sintió particularmente cansado. A mí se me hace que te insolaste, dijo mamá. Ve na’más cómo estás de rojo; déjame checarte la temperatura. Papá la tranquilizó. A su edad es normal, Laura, estuvo jugando todo el día.

Se quedó dormido a la mitad de su caricatura preferida y papá lo llevó en brazos a su cama, lo arropó y lo dejó solo con sus sueños.

Tadeo andando en bicicleta, sus manos en los manubrios, a su lado Julián. Una carrerita. El que llegue primero al arroyo gana. Ganó Julián también en el sueño. Hierba alta, croar de ranas, alboroto de grillos, zumbido de mosquitos, carros a lo lejos. El que atrape primero una rana para asustar a Carmelita gana. Llanta abandonada en la orilla, botellas de plástico, espuma de río arriba, la piedra desde donde se echan clavados y el reflejo trizado de la torre de teléfonos. Ahí, cerca de la llanta, una rana. Ganó Tadeo. Pero entonces, mirando la corriente del arroyo de su sueño, Tadeo sintió de pronto vértigo. La corriente se aceleraba.

Lo despertó la costumbre y el aroma a canela y azúcar que anunciaba pan francés. Quiso levantarse con rapidez, mas su mente iba más veloz que su cuerpo. Cuando consiguió enderezarse le vino un mareo. Al ponerse de pie descubrió su espalda y sus rodillas pues le dolían. Bajó las escaleras con torpeza. Le pareció que el suelo estaba más lejos de sus ojos y que sus ojos estaban empañados.

Oye, Roberto, ¿no se te hace que Tadeo se ve algo raro? Preguntó mamá en el desayuno. Papá separó la vista del periódico un instante y lo miró por encima de los lentes. Ah, sí, se me hace que sí. Te dije que se había insolado, dijo mamá poniendo su mano en una frente inusualmente rugosa. Mira qué lento come. Hijo, ¿estás bien? A Tadeo le costaba cortar el pan con esas manos nudosas y agrietadas, y masticar era un problema con la encía pelada.

El día era perfecto, mas Tadeo tuvo que esperar adentro a que llegara el doctor, mirando al sol arrastrarse en arco por la ventana y mirando las cosas de la casa palidecer con la luz del mediodía. ¿Qué tiene, doctor? Preguntó mamá mientras el hombre le ponía la campana fría del estetoscopio en el pecho desnudo lleno de vello blanco. Bueno, señora, la verdad es que nada fuera de lo normal para un hombre de edad avanzada, respondió el doctor. ¿Ocho años es una edad avanzada?, le reviró mamá algo molesta. A partir de ahí salieron a hablar al pasillo y aunque Tadeo se esforzó, no pudo escuchar nada de lo que decían.

Fuera lo que fuera, le prohibieron salir de la casa ese día. Sentado en el sillón de la sala, Tadeo sentía los minutos pasar como gusanos a través del patio. Se le acercó Celestino y se acostó junto a él como siempre que estaba enfermo. A cambio, Tadeo le acarició la cabeza y las orejas y pensó en la mañana en que lo encontró abandonado afuera de la tienda de Doña Estela. Entonces era un cachorro y ahora estaba tan grande.

Aunque intentara no escuchar, desde el comedor le llegaba la voz de mamá hablando por teléfono: Ay, no sé, Ceci, no sé. Escuché que lo mismo le pasó al hijo de Susi. Ajá. Sí, el menor. ¿Cómo ves? Pues ahora mi Tadeo. Ajá. Pues que no sabe, ¿tú crees? Que mucho líquido y que descanse, que mañana lo viene a ver de nuevo. No sé qué hacer. Pues vaya Dios a saber, Ceci, los niños de ahora, tan acelerados. Tadeo se salió de la casa con cuidado, haciéndole la seña de guardar silencio a Celestino.

En la calle se encontró con Julián y Pedrito y Mau y Marcelo y Toño que estaban jugando futbol. Cuando lo vieron, pararon el partido y corrieron hasta él. Tu mamá nos dijo que estabas enfermo, dijo Julián. Sí te ves enfermo, le dijo Marcelo. ¿Ya estás bien?, preguntó Toño. Pues tengo una gripa yo creo, les dijo Tadeo entre toses y los vio a todos muy chaparritos. Vente a jugar, pidió Mau. Yo creo que no puedo, me duelen las rodillas, dijo Tadeo. Pero los veo.

Se sentó con trabajos en la banqueta y se le acercó una niña a la que sólo pudo reconocer cuando estuvo muy cerca y aún así tuvo que apretar los ojos. Hola, Carmelita. ¿Tadeo? Hoy te ves raro. Sí, estoy enfermo, dijo él. Te cuelgan los cachetes, dijo ella y se rieron los dos. Sentado junto a ella, Tadeo pensó en que la había querido desde que se había mudado a esa calle, lo que ahora parecía una eternidad, y pensó en todas las ranas y arañas y lagartijas que había atrapado para asustarla, y se preguntó quién la iba a asustar ahora.

Al terminar el juego ya se hacía tarde y todos se fueron, menos Julián, quien se acercó a la acera donde Tadeo cabeceaba. Lo despertó y le ayudó a levantarse. Juntos se encaminaron al arroyo, pero apenas alcanzaron el camino de terracería que llevaba ahí, a Tadeo se le acabó el aire y tuvo que sentarse en una piedra. Julián se sentó también y le pasó la mano por la espalda, aunque no le alcanzó el otro hombro. Te voy a dar chance hoy, dijo. Vieron a lo lejos, detrás de los mezquites del otro lado del arroyo, cómo el sol se iba ocultando. Tadeo quiso poder recordar cuál fue el primer atardecer que vio, pero no pudo. Quiso calcular cuántos atardeceres había podido ver desde que abrió los ojos y tampoco pudo. Hoy no está tan padre el cielo, dijo Julián. Y tenía razón. Caminaron de regreso y al despedirse Julián le hizo prometer que irían temprano al arroyo el día siguiente.

En la entrada lo esperaba mamá con aire desesperado. Ay, muchacho, cómo me haces renegar, le dijo mientras lo arrastraba por el brazo dentro de la casa. Papá ya había regresado también. Qué ojeras traes, hijo. Hoy mejor te duermes temprano.

Cenó una asquerosa crema de calabaza y después, agotado, con los párpados pesándole como un leño, besó a sus padres en las mejillas, subió laboriosamente las escaleras, entró a su cuarto y se sentó a la orilla de su cama. Miró a su alrededor: sus juguetes, sus carteles, sus libros, sus dibujos, sus fotos. Se recostó y el sueño lo reclamó mientras contemplaba las estrellas fluorescentes en su techo.

Una serie de golpes en su ventana lo despertaron. Eran piedritas. La luz que inundaba su cuarto invadió sus párpados. Ya era tarde y Julián lo esperaba.

Bajó corriendo, saludó a sus papás que lo miraron pasar como un bólido sin escucharlos, agarró su bici y le dijo a Julián, órales, el que gane invita unas papas. Ganó Julián, como siempre pero no importó demasiado. Tadeo se encaramó en la piedra de los clavados y se echó al agua. Hierba alta, croar de ranas, alboroto de grillos, zumbido de mosquitos, carros a lo lejos. Hoy hay que ver si atrapamos una lagartija, mejor. Llanta abandonada en la orilla, botellas de plástico, espuma de río arriba y el reflejo trizado de la torre de teléfonos. Pero todo esto Tadeo lo miraba como a través de un túnel. Se miró las manos arrugadas por el agua, se tocó la cara tersa. Tenía ocho años, pero ya no era un niño.

 


Ilustración de Fabiola García Vargas

Para no ahogarse

“This is my substitute for pistol and ball.
With a philosophical flourish Cato throws himself upon his sword;
I quietly take to the ship.”

Herman Melville, Moby Dick or, The Whale, Chapter 1.

Hoy, penúltimo día de abril, despertamos con una nieve aparatosa y torpe, coágulos de copos dando tumbos en el viento y derritiéndose apenas tocaban el suelo, como si se supiesen fuera de sitio a estas alturas del año y por contrición se desvanecieran. Lo que en inglés llaman sleet y que el español designa sin imaginación: aguanieve.

El sustantivo meteorológico lo aprendí en el capítulo siete de Moby Dick, una mañana hace quince días, un lunes en que el aguanieve también se aglomeraba en el quicio de nuestra ventana. Antes de zarpar en el Pequod, Ishmael se dirige a una última misa dominical y en el camino debe envolverse en un chaquetón de piel de oso para protegerse del mentado sleet.

Incapaz de concentrarme por mucho tiempo en una sola lectura, compulsivamente abro libros, leo primeras páginas, interrumpo de nuevo, repito el ciclo. El tropel de inicios me hace pensar en Scherezada y entonces empiezo Las mil y una noches. Llevo 21.

Luego emprendo otro brinco y cambio de medio: reviso listas de películas y series por ver, y me doy cuenta de que estoy tan atrasado, que ni con el confinamiento me pondré al corriente (¿pero al corriente de qué currícula? ¿Impuesta por quién?). Salto nuevamente. Leo artículos, algunos me gustan, los comparto en Facebook; ya que estoy ahí, me deslizo como un cuerpo inerte por una pendiente: leyendo estados, viendo videos, juzgando memes, riéndome un segundo y resoplando enojado al siguiente, guardando links a más artículos que quizás me interesen (lo averiguaré luego, o tal vez no. La mayoría de las veces nunca los leeré). Y así tengo abiertas cada vez más ventanas en mi cabeza, en mi computadora, en mi agenda; pero cada vez me siento más encerrado.

Como una esponja empapada, no consigo absorber nada. ¿Pero de qué estoy saturado?

La conciencia es como un gas y la ansiedad es una llama. El gas se calienta, sus partículas aumentan su velocidad y en consecuencia aumenta la presión. Las paredes que me contienen están siempre a punto de ceder. El mundo se está llenando de ollas de presión.

En momentos donde una tragedia atañe a muchos, es absurdo y quizás hasta mezquino ponerse a encontrar conexiones significativas entre nuestra mísera historia micro y la terrible historia macro. El barco se hunde, la gente en los cuartos de máquinas se ve forzada a elegir entre el fuego del mecanismo rabioso y el agua que les llega al cuello, la corriente se filtra a borbotones por las grietas y ranuras de los camarotes más baratos, los de las suites ya se alejan en espaciosos y bien equipados botes salvavidas que sin embargo no los salvan de esporádicos ataques de pánico. En la mitad del navío hay un puñado de individuos debatiendo apresurados diagnósticos de la catástrofe y conjeturando las formas futuras de la navegación y en la misma zona otros tantos – entre quienes me cuento – estudian melancólicos la pelusa de su ombligo.

Para deshacerme de todo esto que me desborda sin caer en la famosa literatura del yo, me propongo escribir un cuento. Me pregunto qué se puede imaginar desde el confinamiento que no sea obvio, oportunista, melodramático o falseado. Por pura coincidencia, uno de los muchos muñones de lecturas que he dejado sembrados en mi apartamento es Morirás lejos de José Emilio Pacheco. En él, un hombre sólo identificado como eme observa, entre una rendija en su persiana, a otro hombre identificado llanamente como alguien, quien se sienta siempre en una misma banca de un parque a leer el periódico. Eme, quien por alguna razón está relegado a este cuarto, se entretiene imaginando posibles historias para alguien. Esto a su vez me recordó Rear Window (una de las obras maestras de Alfred Hitchcock, quien por cierto cumple cuarenta años de muerto) en la que un fotógrafo llamado Jeff, obligado a quedarse en casa por una pierna rota, se distrae espiando a sus vecinos a través de su telefoto y empieza a imaginar la trama de un crimen.

Creo encontrar la llave para abrir la ficción de la cuarentena: la paranoia del aislamiento como punto de fuga para la narrativa. Siguiendo este hilo miro por la ventana que está junto a la mesa desde la cual teletrabajo y espero que se me presenten personajes. Las ventanas de los apartamentos vecinos está muy lejos para distinguir algo más que sombras sin género ni edad y el edificio más cercano es una casa abandonada. Una ancianita pasea puntual por la mañana y de nuevo por la noche. Un bulldog francés saca a pasear a su dueña tres veces al día. Cuatro trabajadores de limpieza vienen a despejar el patio de la casa abandonada y luego se sientan a descansar y charlar en el pórtico. Todas estas escenas estúpidamente me conmueven porque sé que toda esta gente, como yo, trata de conjurar una cierta normalidad con estos rituales de otro tiempo, pero no consigo imaginar nada de sus vidas. Una tarde llega una patrulla y dos policías bajan con cubrebocas a inspeccionar algo; no veo qué. Se marchan sin que yo logre condensar una ficción a partir del único drama que la vida recluida me ha servido en bandeja de plata.

Entonces se me ocurre algo. En Morirás lejos y en Rear Window hay hombres encerrados viendo por la ventana, pero se me olvida que ahora las ventanas para observar y ser observado se han multiplicado exponencialmente. A día de hoy, tanto eme como Jeff podrían ser ellos mismos el objeto de especulación de un empleado de Google, Apple o  Facebook. No necesito ir muy lejos para encontrar un ejemplo: yo mismo estoy siendo grabado las ocho horas del día en que trabajo. Pretendo ahora, con la presunción de quien cree haber hallado una veta no explotada, contar las especulaciones paralelas de quienes miran y son mirados en la era de la vigilancia omnisciente. Pero cuando imagino  a mi colega encargado de mirarme sólo veo a otro pez agitado en su tanque y me pregunto qué crisis existencial atraviesa o qué pasatiempo utiliza para evadirla, o qué narcótico le ayuda a adormecerla. Tampoco es que mis anodinos movimientos frente a la cámara ofrezcan materia suficiente para construir pasados y destinos hipotéticos. A lo más, mi celador podrá preguntarse: ¿qué mira por la ventana? ¿Por qué y desde cuándo tendrá caspa? ¿Cómo puede comer tantas galletas? ¿Será eso en su taza de verdad té?

Falto de recursos para ficcionalizar mi desasosiego, recaigo en el espejo y en la necedad de creer que el mundo está ahí como escenario de mi historia; pero por más que me recrimino todos estos verbos en primera persona del singular, el desfile yo mí me conmigo mío mi mis, no puedo evitar leer este año postergado – año que no puede ser, año fantasma, año de la negación – como un capítulo de mi vida: El trabajo que con cada click ahonda el socavón de mi alma, el mito agonizante del artista expatriado en Europa, la protuberancia ósea y los dolores de la mano rota en la primer clase de box que me miran y dicen: No eres Hemingway y París no es una fiesta a la que estés invitado.

La montaña rusa en la que me monté a los siete años cuando por primera vez escribí un cuento y en cuyos rieles ha descansado el único significado consistente de mi vida, de golpe se detuvo. No sé si la vía continúa adelante, si esta caída es parte de la atracción o el descubrimiento letal de que todo el armazón era un simulacro.

No sé siquiera si es una caída porque se siente más bien como una suspensión. Identidad que deja de ser tal, que se dispersa y se distiende; unas veces violentamente, como una granada que estalla y cuyas esquirlas hacen llagas, otras veces sin escándalo, como los restos de un naufragio que la corriente aleja lentamente.

Perro de rescate que hace mucho debió retirarse, olfateo entre escombros esperando encontrar señales de vida. ¿Hay algún sueño vivo por ahí?

De ninguno de estos pensamientos puedo culpar al virus. Si acaso el diminuto agente acelular me ha reinsertado en el mundo, recordándome que esta incertidumbre atroz se cierne sobre todas las esferas humanas de toda la esfera terráquea y no sólo en la esfera imperfecta que llevo sobre los hombros. El futuro entero se vuelve ilegible.

Tras la muerte de Dios y de las instituciones y de los grandes relatos, nos hemos ido quedando sin asideros y quizás la última frontera, el último mito que queda en pie, es el de un destino personal, una historia de vida que protagonizamos y a la luz de la cual interpretamos todo cuanto nos sucede. Ya no rezamos, pero nos abrazamos con la misma fe desesperada a la idea de un guion que nos ampare: esta herida me hará más fuerte, esta crisis me hará crecer, este sufrimiento tendrá sentido luego. ¿Pero cómo seguir creyendo ciegamente en eso cuando ahora recordamos que la obra dependía de un sinfín de otros roles y de un escenario precario? ¿Cómo seguir creyendo que éramos los protagonistas?

Toda esta grandilocuencia oculta la pregunta central, la que me hago desde hace mucho y que regresa en oleadas a atormentarme: ¿para qué escribir?

Cada domingo hablo con mi padre por Skype y me pide que no abandone mis proyectos, me recomienda que escriba sobre la situación actual desde la semiótica, que planee cuentos sobre la pandemia. Pero si eso es precisamente de lo que todo mundo escribe, lo que todos leemos, de lo que todos estamos hartos y que al mismo tiempo no acaba de saciarnos. En este tumulto atronador de palabras, que es sólo el paroxismo de nuestra circunstancia diaria desde que las redes democratizaron los megáfonos y normalizaron la sordera ¿no sería una mayor virtud ofrecer silencio?

¿Escribir para explicar el mundo? Pero si cada día lo entiendo menos. ¿Escribir para distraer, para pasar el rato, para evadirse? Pero si nuestro mundo feliz está rebosante de soma. ¿Escribir para salvar a alguien como me han salvado a mí algunos libros, algunas películas, algunas pinturas, algunas canciones o piezas musicales? Más noble sería referirlos a aquellas obras. Como un Narciso invertido, en cada rincón que busco me encuentro con el reflejo que aborrezco. ¿Es que escribo sólo en busca de reconocimiento, de una palmada en la espalda, de reacciones en Facebook?

Como escribió T.S. Eliot: “No! I am not Prince Hamlet, nor was meant to be”.

Mucho preguntarme para qué y no por qué. Como el hombre que busca ser discípulo de Paracelso en el cuento de Borges, soy indigno de esta alquimia porque la busco por las razones erróneas. “El camino es la Piedra. El punto de partida es la Piedra. Si no entiendes estas palabras, no has empezado aún a entender. Cada paso que darás es la meta.”

Desde hace tiempo salgo todas las noches avergonzado y derrotado de la choza de Paracelso. Y sin embargo…

El mismo día que comencé a leer Las mil y una noches leo en la página 43 de Morirás Lejos: “pues sabe que desde antes de Scherezada las ficciones son un medio de postergar la sentencia de muerte.”

… siempre vuelvo a escribir. A escribir no como quien pretende encender una luz, sino como quien lucha por mantener encendida su vela en medio de las tinieblas. Escribir no como quien pretende erigir un refugio para la tormenta, sino como quien se resguarda bajo un trozo de periódico mojado. Escribir no como quien pretende construir un arca, sino como quien se aferra a un madero después del naufragio.

Tal vez mis garabatos no tengan nada que decirle a nadie. Pero es cierto que todavía todos tenemos ombligo, y que al final el ombligo no es otra cosa que la cicatriz de nuestra primera conexión con la vida.

Mientras tanto sigo aquí, con Ishmael en la capilla, sin decidirme a abordar el Pequod en busca de mi ballena blanca.

 


Ilustración de Rockwell Kent.

Ante la pandemia: pensamiento hipertrofiado y déficit emocional

Infelices calculadores de las desgracias humanas,
no me consuelen, exasperan mis penas;
y en ustedes sólo veo el impotente esfuerzo
de un orgullo desgraciado que simula contentamiento.

Voltaire,
Poema sobre el desastre de Lisboa
o examen de este axioma: todo está bien

Desde antes de que la pandemia tuviera al mundo entero hecho un ovillo, ya habían surgido voces en medios y redes anunciando que este momento extraordinario nos obligaba a hacer una pausa y reflexionar sobre qué hemos hecho mal como sociedad y qué cambios estamos llamados a hacer; cuál es el futuro común que deseamos construir. Pero ante este imperativo de reflexión, quiero oponer una serie de preguntas.

No cabe duda que hay mucho que esta crisis puede enseñarnos. Como un sismo, la pandemia ha revelado las fallas estructurales del edificio humano global; porque si bien esto es una catástrofe natural y los economistas se empeñan en recordarlo subrayando que aquí no hay culpables sino víctimas, hay varias formas claras en que el capitalismo global ha agravado la situación. Durante décadas, políticas financieras neoliberales impuestas en todas partes han presionado y obtenido la reducción del gasto público en muchas áreas, entre ellas la salud, decimando la capacidad de respuesta sanitaria en todo el mundo. Juan Álvarez escribía hace poco sobre cómo la destrucción de hábitats naturales está directamente relacionada con nuestra creciente exposición a patógenos de otras especies. Y la brecha económica que aumenta año con año, tanto a nivel internacional como intranacional, está siendo y será trágicamente decisiva en cómo el Covid-19 afecta a las poblaciones. La pandemia nos ha dejado ver el otro lado del bordado de la globalización: un mundo hiperconectado e hiperfracturado a la vez.

Pero el punto es: ¿cómo pensar en todo esto? Y ¿con qué cara exigir a la población que se dedique a este tipo de inquisiciones? Porque antes de filosofar haríamos bien en preguntarnos:¿hay algo en este tumulto de hechos, información, desinformación, miedo colectivo que sea favorable para la reflexión?

Las voces de docenas de filósofos, sociólogos, politólogos, periodistas y un largo etcétera que alcanza al veterano twittero y el tío de WhatsApp parecerían confirmar que sí, sí que hay espacio para la reflexión. Tanto espacio, de hecho, que esto ya se asemeja a un gran mercado de opiniones sesudas en el que uno puede encontrar la que mejor le vaya al caldo que se cocina en la olla de presión de nuestras cabezas. Están los que opinan que esto es el fin del capitalismo y los que opinan que, al contrario, el capitalismo regresará fortalecido. Están los que identifican un forzado retorno a la confianza en las democracias y los que observan, en cambio, un recrudecimiento del autoritarismo. Los que auguran un mañana brillante para la ciudadanía empoderada, y los que pronostican en cambio una mayor desintegración del tejido social. No olvidemos ni a los creyentes en una Pacha Mama conductista y feroz, quienes ven esto como una lección que hará al humano retroceder y vivir en armonía con la naturaleza, ni a los cínicos empedernidos que ya ven venir una escalada brutal en emisiones de carbono y devastación del medio ambiente para recuperar el terreno perdido en estos meses.

Muchos tienen argumentos sólidos e incluso brillantes y si uno tiene el tiempo y las ganas de leerlos, haría bien en hacerlo. Mas tras unas semanas (ya no sé ni cuántas) de sumergirme en estas disertaciones de lumbreras de todas partes, me doy cuenta de algo: La posición fetal no es propicia al pensamiento.

Tesis: más que una pausa, esto es una aceleración. Dejémonos por un momento del ánimo comunitario, esto ni siquiera ha sido un paréntesis para el individuo. Las ventas por internet se han disparado, el consumo de entretenimiento en casa ha crecido tanto que la Unión Europea tuvo que pedir a Netflix y YouTube que bajaran la calidad de sus videos para evitar el colapso de las redes, el uso de Facebook ha explotado hasta exceder los números reservados generalmente a la víspera de año nuevo durante días consecutivos y los medios informativos se han transformado en un auténtico reality show, donde millones frenéticamente consultamos cada novedad con la ansiedad del adicto.

Somos bombardeados además con artículos de recomendaciones para ejercicios que hacer, libros que leer, series y películas que ver, idiomas o habilidades qué aprender. Ignoremos por un segundo el clasismo inherente a estas recomendaciones que asumen a sus lectores capaces de atravesar la crisis como un velerito atraviesa una costa soleada. ¿En qué momento hemos de hacer todas estas cosas? ¿Acaso el Covid-19 posee también la cualidad de dilatar el tiempo? Hemos internalizado a tal grado la consigna de productividad y consumo, que ante el encerramiento nos abocamos a ambas como únicas opciones. Preferimos el vértigo por saturación que el vértigo por vacío.

El caso es que aunque ciertamente el pensamiento crítico es fundamental, también lo es (y quizás más) el manejo de las emociones, y es en este frente en el que nuestra civilización tiene un déficit tremendo.

Entre tanto artículo y ensayo sería bueno también ver más y más prominentes artículos sobre cómo lidiar con la tormenta de emociones que nos embargan. Los hay, sí, pero generalmente están arrinconados en los diarios porque no generan tantos clicks, y la mayoría tienen un tono más bien condescendiente.

Entre tanta medida de sanidad, también sería muy necesario ver más medidas para cuidar la salud mental. Me pregunto seriamente: ¿Cuánto habrán aumentado los casos de trastorno de ansiedad y depresión, los intentos de suicidio cuando todo pase?, ¿Cómo será afectada psicosocialmente la generación más joven, los niños, cuando termine el trauma? ¿Qué consecuencias tendrá todo esto a la larga?

¿Cómo pensar en un futuro diferente si en este momento todo lo que queremos es volver a ese pasado, que parece tan lejano, en el que existía la vida? Ahí el peligro: la normalidad, aunque haya sido el problema, se presenta ahora como infinitamente deseable. Tan deseable, que tal vez estaremos dispuestos a ceder demasiado para volver a ella, por más ensayos sobre biopolítica que hayamos leído.

Intelectualmente quizá podamos vaticinar un futuro basándonos en evidencias, pero emocionalmente una niebla espesa se cierra a nuestro alrededor y en horas malas hasta es posible que pensemos que detrás sólo hay un agujero profundo. Tenemos que orientar nuestras fuerzas a prevenir esto antes de a imaginarnos utopías o distopías.

El pánico es malo porque nubla el pensamiento. El pánico es el momento que alcanzamos tantos animales cuando nuestras posibilidades se han reducido exclusivamente a pelear o huir. El pánico es siempre egocéntrico porque es el último reducto de la salvación individual. Sin embargo el miedo no es necesariamente negativo. El miedo es un estado de alerta y puede ser orientado a la colaboración. Es responsabilidad de todos nosotros tratar de no cruzar el umbral que los divide.

No permitamos que los estados de excepción lleguen al interior de nuestros hogares. El primer paso es reconocer nuestras emociones y darles voz. Llorar, gritar, escribir diarios, dibujar, jugar, etc. Establezcamos círculos concéntricos de apoyo emocional tanto dentro de nuestros muros como en redes. Y sí, informémonos y pensemos, pero que la razón no sea lo único porque la cabeza, por más que nos pese, claudica muy rápido cuando la entraña está llena de terror.

La extinción de la privacidad

Inmunización de rebaño es uno de varios conceptos epidemiológicos con los que de golpe nos hemos familiarizado: el tipo de inmunidad de grupo que se produce cuando el virus no puede transmitirse porque un porcentaje suficiente de la población se ha inmunizado; pero en este ensayo me permito utilizar el término en otro sentido, uno social y político: cuando la mayoría de la población se acostumbra a una medida autoritaria, de manera que la medida queda inmunizada.

Ahora que estamos asediados por el miedo, veo al menos un frente donde una de éstas medidas está incubándose.

El ascenso de la telemática

Quiero empezar hablando del ascenso disparado de la telemática para el trabajo y la educación. Esto casi unánimemente ha sido celebrado tanto en artículos como en memes. Todos están de acuerdo en que el albor de la era del home office y la educación a distancia es una especie de panacea del nuevo milenio. Mas esta algarabía generalizada me ha inquietado terriblemente desde un inicio. Los espacios educativos y laborales no son y no deben ser entendidos únicamente en función de su utilidad (dispender información/obtener una remuneración respectivamente), sino como espacios de convivencia. Y no convivencia únicamente con aquellos afines a nosotros sino – y esto es lo fundamental – con aquellos con quienes estamos en desacuerdo, aquellos que nos son indiferentes, aquellos que incluso odiamos. Gracias a los omnipresentes algoritmos que regulan prácticamente todo en nuestra experiencia online (cuyas fronteras con nuestra vida offline, seamos sinceros, son cada vez más difusas e incluso inexistentes), ya vivimos en una suerte de mónada ideológica en la que sólo interactuamos con aquello que refuerza nuestras ideas y nuestro comportamiento, ya sea positiva (afines) o negativamente (las abundantes peleas de opuestos en redes sociales que sólo sirven para afincarse más en la propia posición y no tienen nada de diálogo). Si a partir de ahora se intensifica la rapidez de migración hacia la telemática, ¿qué nos quedará? Porciones cada vez más significativas de la población serán definitivamente confinadas a sus habitaciones, desde donde podrán, por fin, escindirse de la otredad. Hay que preguntarnos con seriedad qué perdemos de humanidad en el trayecto.

Otro fenómeno a tomar en cuenta. Da la impresión de que lo que creemos ganar con la generalización del trabajo a distancia podría ser descrito con la siguiente fórmula: asistir al trabajo con la comodidad de casa. Sin embargo, hay que estudiar el reverso: el trabajo invade, finalmente y con toda nuestra anuencia, nuestro espacio más privado. Y aunque este platillo se ha estado cocinando desde que se inventó el telégrafo, ahora está listo y casi servido a la mesa como la nueva norma, al menos del sector de servicios. ¿Cuántos trabajadores no estaban ya, desde hace años, asediados por correos, mensajes de texto, WhatsApps, mensajes de Slack, etc. fuera de sus horarios laborales? Bueno, una vez que el teletrabajo se normalice, eso serán memorias de un tiempo más dulce puesto que ahora viviremos, más que nunca, en función de nuestro trabajo. Ahora mismo hay empresas alrededor de todo el mundo tomando fotos aleatorias o inclusive grabando a sus empleados para asegurarse de que están trabajando en casa. ¿Y qué hay con el derecho a no sentirse observado en el propio hogar? Ese derecho se nos ha ido entre los dedos hace tiempo. La mirilla de la computadora hace ver ahora al panóptico de Foucault como una torrecita en un parque infantil.

La extinción de la privacidad

Hay que afrontarlo y cuanto antes mejor: lo único que la presente crisis del coronavirus extinguirá será la privacidad. China ha utilizado su robusto aparato de vigilancia digital como una de las herramientas para prevenir el esparcimiento del virus. Corea del Sur puso en marcha un sistema de envío de alertas a los ciudadanos, detallando edad, género y sitios visitados en las últimas horas por una persona una vez confirmada su infección con Covid-19. Previsiblemente, relaciones extramaritales y otros escándalos y vergüenzas íntimas fueron revelados. Singapur estableció un protocolo similar de divulgación de información personal, aunque menos detallado. Para rastrear a personas que estuvieron en contacto con casos confirmados de coronavirus, Israel utilizará el mismo sistema de seguimiento de datos celulares que sus servicios de inteligencia usan – ojo aquí – para rastrear terroristas. En España, Vodafone ya puso a disposición del gobierno servicios de geolocalización para vigilar si la población cumple con las medidas de aislamiento. En Estonia, país donde yo resido, estado y telefónicas ya trabajan en lo mismo con la anuencia del inspectorado de protección de datos que ha considerado la medida legítima porque los datos son anónimos. A pesar de que diversos estudios han probado que los datos anónimos nunca pueden ser genuinamente anónimos.

Como ha defendido Giorgio Agamben en su libro Homo Sacer y ha venido a recordarnos en recientes textos relacionados con la pandemia, los estados de excepción son peligrosos porque justifican medidas autoritarias y con facilidad dichas medidas pueden luego hacerse la norma. La clave es encontrar una amenaza que pueda perpetuarse. Ejemplo: el terrorismo. Puede suceder en cualquier momento y eso ha sido justificado para violentar el derecho a la privacidad en una variedad de formas (la más común: en aeropuertos desde 2001). Los virus, argumenta Agamben con toda razón, son aún más efectivos.

Una publicación reciente del MIT Techonological Review parece darle la razón. Ya que el riesgo global no acabara mientras no contemos con una vacuna y haya al menos una persona infectada en el mundo, Gideon Lichfield dice (basándose en un estudio del Imperial College de Londres) que las medidas de distanciamiento social tendrán que mantenerse durante dos tercios del tiempo (dos meses sí y uno no) hasta que haya una vacuna (al menos 18 meses más). Pero eso no es lo peor. El riesgo de pandemias ha incrementado de la mano de la depredación de zonas naturales lo cual pone en contacto cada vez a más humanos con animales exóticos que son posibles portadores de patógenos y de la globalización que puede llevar esos patógenos a todo el mundo en cuestión de días. Esto se ha venido advirtiendo desde hace años.

Tras el ataque terrorista del 11 de septiembre del 2001, el estudioso de medios Richard Grusin identificó el nacimiento de un nuevo tipo de mediación: la premediación. Un cambio cualitativo que consiste en la profusión de mensajes desplegados en una multitud de medios orientados a representar el futuro antes de que éste suceda. Esto es, en esencia, replicar la estructura psicológica de la ansiedad en la estructura internacional de la difusión de información: todos los horrores futuros, son una posibilidad ahora. Si él hablaba en particular de cómo la lucha contra el terrorismo fue decisiva en esto, imaginemos ahora la lucha contra las pandemias. La amenaza real que ahora vivimos brutalmente, queda como ejemplo para mantener nuestro estado de alarma siempre latente.

Entonces, Lichfield del MIT concluye que para volver a socializar: “formas más sofisticadas de identificar quién representa un riesgo y quién no, y discriminando, legalmente, a los primeros”. Y prevee algunas posibles medidas que se volverán norma en el futuro cercano: para tomar un vuelo o para ingresar en recintos multitudinarios o instituciones importantes, habría que registrarse a un servicio que siga nuestros movimientos mediante geoposicionamiento para recibir alertas en caso de haber estado en sitios con un alto riesgo de infección. La biometría se volvería común y nuestra temperatura y signos vitales podrían ser monitoreados como un pasaporte. Se porían requerir documentos oficiales de inmunidad. Y el autor nos lanza esta afilada obsidiana: “La vigilancia intrusiva se considerará un pequeño precio a pagar por la libertad básica de estar con otras personas”. Lo peor es que tiene razón. Como si los derechos humanos fueran un recurso limitado, tenemos que socavar uno para mantener otro. Y nos acostumbraremos.

Es sólo natural; el virus encuentra a la privacidad muy vulnerable: vieja, débil y afectada ya por condiciones anteriores. Digámoslo claro: lleva más de una década en cuidados intensivos y si ha llegado hasta ahí ha sido porque el grosso de la población, con nuestro silencio, enunciamos nuestro acuerdo: la muerte de nuestra privacidad es un sacrificio justo a cambio del acceso a servicios “gratuitos” de internet.

Haciendo un repaso veloz por los “escándalos” recientes de utilización de datos personales, podemos apuntar a: empleados de Amazon, Apple, Google y Microsoft escuchan grabaciones hechas por los dispositivos de particulares; Facebook hace un experimento psicológico con miles de usuarios sin su consentimiento; Cambridge Analytica, con ayuda de Facebook, utiliza big data para dirigir propaganda o antipropaganda (incluídas noticias falsas) que resultó fundamental en la elección de Estados Unidos; etc. ¿Y cuáles han sido las repercusiones? Disculpas y más disculpas, y fotos del alienígena Zuckerberg tratando de simular un mea culpa y la promesa siempre vacía de mejorar. Lo cierto es que estas empresas y tantas otras – ¿cuántas veces al día aceptamos términos de privacidad? – saben lo obvio: son necesarias y por ende las compañías pueden salirse con la suya. En el documental Terms and Conditions May Apply, se dice que, si leyésemos todos los términos y condiciones que nos encontramos antes de aceptar o declinar, nos tomaría un mes laboral al año. Y eso fue en 2013. Las compañías saben que no tenemos tiempo para eso. Y aunque lo tuviéramos, para la inmensa mayoría de quienes tenemos acceso al internet, la red se reduce a los productos de estas compañías y son herramientas básicas tanto para nuestra vida laboral como para nuestra vida privada. No tenemos otra opción más que aceptar términos y condiciones.

En el excelente documental The Great Hack, Brittany Kaiser dice: “Los datos son el insumo más valioso en la tierra”. Y todos hemos aceptado, ya sea renuentemente o con gusto, a aceptar la privatización de nuestra privacidad. Para generaciones más jóvenes que han crecido con esto y para aquellas que vendrán, esto es y será su normalidad. En un mañana no muy lejano quizá se hablara de la lucha por defender la privacidad como de una más de tantas respuestas reaccionarias ante el avance de la tecnología a lo largo de la historia.

Descubrimos una ecuación curiosa: mientras que la esfera pública continúa reduciéndose (esfera pública entendida como los espacios donde puede consolidarse una ciudadanía heterogénea y activa), también se reduce la esfera privada. ¿Qué es lo que queda? La esfera autoritaria y la esfera privatizada. Porque hay que ver: se nos dice que el neoliberalismo es la disminución de la injerencia del estado en los asuntos del mercado, pero ésa no es la verdad completa. En realidad se trata de la reducción de la injerencia en favor de la ciudadanía, y el aumento de la injerencia en favor de las empresas. ¿No fueron acaso los gobiernos más atrozmente represivos los mismos que instauraron las reformas neoliberales en toda América Latina? ¿No es el estado de vigilancia distópico de China uno mismo con su pujante economía y su imparable productividad?

Habrá quienes estén más que dispuestos a llevar a cabo estas transacciones: mi privacidad por trabajo, sanidad, seguridad. Pero si a muchos ya no les interesan las minucias de la privacidad diaria, habría que invitarlos a pensar en las consecuencias.  El propio Lichfield reconoce que este tipo de medidas de vigilancia biométrica permanente podrían (y yo le quitaría el pospretérito) desencadenar toda una nueva suerte de discriminación a grupos vulnerables: personas sin acceso a servicios de salud, personas sin hogar, personas con enfermedades crónicas, personas que viven en sitios donde una infección es más probable, etc. podrían ser excluidas de oportunidades y servicios alegando que presentan un riesgo. Así como China utiliza un complejo sistema de créditos sociales para evaluar la posibilidad de que alguien cometa un crimen, nuevos algoritmos podrían instaurarse para prever quien es un “riesgo” de salubridad en potencia y excluirlo de antemano.

(Pregunta: ¿Quién definirá qué es un riesgo epidemiológico? Porque recordemos que en la lucha contra el terrorismo, la definición de “terrorista” se ha utilizado muchas veces para justificar ataques a grupos disidentes).

Yuval Noah Harari, el autor de Sapiens, plantea la posibilidad de un futuro no muy lejano, en el que todos debamos llevar dispositivos que monitoreen nuestro ritmo cardiaco, temperatura, etc. y que, en la lucha contra la amenaza constante de pandemias, los gobiernos tengan por ley acceso a esos datos. El autor nos dice:

“Es crucial recordar que la ira, la alegría, el aburrimiento y el amor son fenómenos biológicos justo como la fiebre o la tos. La misma tecnología que identifica toses también puede identificar carcajadas. Si las corporaciones o gobiernos empiezan a recolectar nuestros datos biométricos en masa, también pueden llegar a conocernos mucho mejor que nosotros mismos, y podrían no sólo predecir nuestros sentimientos, pero también manipularlos y vendernos cualquier cosa que deseen, ya sea un producto o un político”.

Si esto parece exagerado, pensemos en lo que compañías como Cambridge Analytica lograron a punta de clicks, compartires, likes, me encantas, me enojas y me entristeces.

Quizá más escalofriante: pensemos en esta forma gargantuesca de biopolítica normalizándose en este preciso momento histórico de creciente desconfianza en la democracia y de auge del autoritarismo. La mente no me alcanza para aventurar todas las formas de control que se avecinan.

Contagiar la resistencia

La pregunta obvia es, ante este tétrico panorama, ¿qué hacer? Y la respuesta es la misma que siempre: resistir mientras sea posible. Entablar la lucha por preservar nuestra privacidad aunque siempre llevemos la de perder. Así han sido todas las luchas por los derechos humanos. Recordemos que resistir no es sólo salir a marchar, sino también estar informado y compartir la información, para que incluso si (o cuando) medidas como las descritas hasta ahora se vuelvan tan comunes como los tanteos y escáneres en aduanas, sepamos qué estamos cediendo y cómo puede ser utilizado. Resistir es saber cómo esto afectará a los más vulnerables, y que al saberlo no regalemos también nuestro silencio complaciente, sino que seamos solidarios y vocales.

Resistir será sobre todo proteger y reconstruir la democracia verdadera, puesto que es y será la última barricada. No celebremos, por ende, el ascenso de la telemática sin pensamiento crítico. Busquemos formas de preservar espacios para la convivencia con la diversidad, recuperemos la capacidad de diálogo y convivencia con los otros.

Resistir, como siempre, será recordar que nuestro camino no está en el yo, sino en nosotros.

The Lighthouse: Prometheus’s Delirium Tremens

For sailors lost at sea, a lighthouse is hope; for Daniel Defoe and Robert Pattinson, however, the lighthouse is precisely the site of their shipwreck. The Lighthouse is a maritime nightmare, a descent – but descent is not the word: a fall, a spectacular fall off a rocky cliff – into madness. The two miserable protagonists drown in pouring rain and especially in alcohol, and we follow them closely, inebriated ourselves by the extraordinary cinematography, the hypnotising music, and the rabid editing.

Tom Wake (Defoe), is an old seadog kept ashore by a limp leg, condemned to spend his days on a black rock working as a wickie, the caretaker and operator of a lighthouse. Under his command is the newly arrived Ephraim Winslow (Pattinson), who was once a lumberjack and now does anything that pays. To his terrible luck, he has chosen this job.  He soon realises that he’s been hired not only as an assistant, but also as a housekeeper and buffoon. In fact, Winslow appears to be doing everything while Wake merely spends his time in the light chamber, often naked. The only truce between these lonely men comes at night, during dinner, when Wake practically forces Winslow to chat and drink a liquor that must have more in common with engine degreaser than with vodka. Wake and Winslow do come closer, little by little, but their interaction, even when funny or endearing, is always tense, as that of two prickly beasts who, at any moment, could rip each other’s throats with their teeth.

It’s quite impressive what these two actors have managed to do. The salty seaman, Tomas Wake, complete with hat, smoking pipe and (almost) wooden leg, along with his grunts and sea jargon, is a character that in the hands of a lesser actor could have easily become a cartoon. But Defoe is Defoe and with the clay handed to him he sculpts a man that at times resembles captain Ahab, at times Neptune himself. (To pull us back to earth, though, Eggers has given him one extra feature: constant farts). Robert Pattinson, on the other hand, solidifies his status as one of the best character actors of his generation (I know, who would have thought?) with his Ephraim Winslow who is at times enigmatic, at times vulnerable, at times a burning ball of rage, and always pure anguish.

Equally impressive is the script Robert Eggers and his younger brother, Max Eggers, have crafted. The Eggers thoroughly researched sea literature specific to that day and region, particularly through the works of Sarah Orne Jewett. The resulting dialogue that Wake and Winslow spew at each other is Melville, is Coleridge, and is rich enough in alliterations to give Shakespeare frisson.

A less ambitious, less talented director, would have made The Lighthouse as a perfectly adequate theatre-like film, because it fulfils all the requirements – a single location, two characters, first-rate dialogue – but Robert Eggers is interested in cinema, pure and hard cinema, so he has taken this elements and with a prodigious eye, he has followed the streaks and found gold.

Eggers turns again to cinematographer Jarin Blaschke and film editor Louise Ford, with whom he had previously worked in The Witch. Recorded in black and white, 35mm film, and with a 1.19:1 aspect ratio, The Lighthouse consciously evokes the cinema of Murnau or Lang. German expressionism has its clear mark here, with a light that examines grimaces, that searches for grotesque furrows in the faces, and projects ominous shadows in the crooked walls and ceilings. There’s also some traces of Andrew Wyeth’s paintings and Edward Weston’s photographs (especially that one of a seashell spiral which almost seems to be the blueprint of the lighthouse’s spiral staircase). The editing, meanwhile, is extremely modern, with a foot in Un Chien Andalou and another one in the future, as best exemplified by a masturbatory sequence that could easily produce a fainting spell.

Nevertheless, the most interesting occurs there where Eggers parts ways with his influences, for his movie has nothing of the distorted sceneries of expressionism. On the contrary, ever since The Witch Eggers has made clear he’s obsessed with authenticity. In The Lighthouse, for instance, filming took place in Cape Forchu, Nova Scotia, where the weather was just as horrible as the one on screen (three storms stroke the film crew); the clothes wore by Defoe and Pattinson are made with thick wool and pig skin according to literature from the era; and the lighthouse was built expressly for the movie. But for Eggers this historical accuracy is not a pathway towards realism, but a means to make the supernatural seem entirely and chillingly truthful.

The combined effect, crowned by Mark Korven’s music, crowded with horns that bring to mind the grave bellow of the ships, is a mesmeric journey which is certainly horror, but a horror always ambiguous and that deep down is nothing but a human horror – and specifically male. The fear that haunts lone men when confronted with themselves, with their ghosts, their hunger for power, their lust. Particularly their lust. Because in The Lighthouse, as in the horror stories found in folktales and myths, fear is bound with guilt and sexual desire. Sex (or the lack thereof) is mixed like taint and blood in the liquor Winslow and Wake drink desperately.

That is why the plot is so sparse – not because it is superficial, but rather because just a couple symbols, just a few scattered references to Greek mythology and sea-men superstitions are enough for us to follow the roots of this story and find they dig deep, down to the strata where archetypes sleep.

There are scenes in The Lighthouse (one in particular) that will remain with me as long as I have memory.

Parasite: A Furious Fable

The mysterious Mr. Bong Joon-ho gives us in Parasite a razor sharp fable about class conflict that is part dark comedy, part thriller, part horror movie and part tragedy, and that is also the most enjoyable movie of the year. There are extreme sports that elicit less adrenaline than Parasite.

Kim Ki-Taek (Song Kan-ho), his wife Chung-sook (Jang Hye-jin)  and his children Ki-woo (Choi Woo-shik) and Ji-jeong (Park So-dam) live in a miserable basement in a poor neighbourhood in Seul, where they spend their hours folding pizza cardboard boxes and looking out for the local drunkard who often urinates outside their window. One afternoon, an old school-friend comes to visit Ki-woo and asks him to substitute him as English tutor for Da-hye, the eldest child of the wealthy Park family. That same friend gifts the Kim family a green rock that is supposed to bring fortune. For the Kim siblings, who are ambitious and fiercely intelligent, this rock is both a sign and a licence, and the small summer job a slit through which they will attempt to slip all the clan. From here on (and we’ve been through scarcely fifteen minutes of film), we will enter a mirror labyrinth full of trapdoors where Bong Joon-ho will fool us with the virtuosity of a seasoned magician.

For those who aren’t familiar with Bong Joon-ho’s cinema, this will be an ideal entry point. For those who are already acquainted, this will be the main course in the already generous feast the director has produced. Not only this South Korean filmmaker has an extremely personal vision and the talent to realize it, but he is also one of those artists who arrives at their craft with a desire to tear down walls and rebuild. The walls he is most preoccupied with, are those of genre. If already with The Host – a monster movie which is also a political thriller, comedy and family drama – the critics struggled to classify Joon-ho, with Parasite the director has challenged himself to go to the edge and then jump.

The film starts bubbly, like a social comedy, but that humour slowly but steadily becomes darker and darker, and we keep laughing just as – if not more – keenly; and then, suddenly, someone cuts the lift’s cables and we are falling dizzily into a sort of horror. But then we open our eyes and we find ourselves in scenes that have a tension, a hold-your-breadth-edge-of-your-seat quality usually reserved for the Mission Impossible franchise. And there are still tones and emotions that Joon-ho has stored for us. And what is most impressive is how seamless it all is, how smooth the surface of this film, which makes it impossible to notice when and how it was that our heart started beating to another tune. There’s people who can’t manage to master a single genre, but Bong Joon-ho braids them with the skill of a composer weaving themes in a symphony.

And speaking of music, the music by Jung Jae-il follows the serpentine path of the plot with a faithfulness that leaves one stunned.

Parasite is not all twists and turns, though. Its core is pristine, heavy and it’s burning. Rage over economic inequality is the engine that brings to life this marvellous machinery. There’s a brilliant scene where the Kims have to leave the Parks house during a storm, at night, and they must run across the city to get home. This journey is literally a descent into hell. The camera shows them diminutive, making their way down through a landscape that changes like the earth’s strata, going from a gentle blue night to a red neon light ocean of poorly lit slums. Upon arrival, they realize their house is flooded with sewer water and they pointlessly try to salvage something from their belongings. While a defeated Ji-jeong decides to sit atop a filth-spewing toilet, up in their heights, the Parks enjoy the rain falling on their beautifully illuminated garden, safe inside their mansion built by a famous architect.

But Boong Joon-ho is not a Manichaean. The Parks are not evil. In fact, as admitted by the Kims, they’re nice people. “If I were rich, I would be nice too”, says Chung-sook: “Money is like an iron, it smooths all wrinkles.” Because of their position, the Parks can´t help but talking about others as mere objects in a world made for them. Smell, for example, is a powerful element in the film. Mr. Park tells his wife that Mr. Kim’s scent annoys him and she inquires: “How does he smell?”, “You get that smell in the subway sometimes”, he replies. “It’s been so long since I rode the subway”, she says pensively. From this moment on, each slight contraction of the nostrils will have the terrible weight of a slap across the face. And in spite all of this pushes us to the side of the Kims, they’re not “good” people, strictly speaking. They’re selfish and manipulative and they don’t seem to care much about the people they trample – who, by the way, are also poor.

Parasite is also Bong Joon-ho’s best movie technically speaking. Here, with the help of cinematographer Hong Kyun-pyo and editor Yang Jin-mo, the director guides us through the corridors of his story with a brain surgeon’s pulse, and from the get-go is clear that every single image and movement counts. During any conversation, for instance, we have the classic shot/reverse-shot, but when something crucial is said or left unsaid, the camera highlights it with an elegant panning or tilting. These minute formal choices prepare us for what’s to come. Just as Hitchcock, Joon-ho knows that suspense in cinema must always come from what is seen, not from what is said. Also like Hitchcock in Rear Window, Joon-ho had his own world built for the movie. Production designer, Lee Ha-joon designed and built both the Kim’s hovel (and entire street) and the Park’s dream house.

Parasite is such a great film, so rabidly funny and so tragically frightening, so original and ambitious in its imagining and so perfect in its execution, that I could go on raving about it for days. I will limit myself to saying one more thing: the story starts with Ki-woo and Ji-jeong looking for an open wifi they can use freely, therefore planting the seed that gives sense to the movie and its title, but once the seed germinates, the plant shows a complex pattern. There’s not one clear parasite, but many. Like a chain of leeches, they’re all sucking blood, and the film’s conceptual triumph is showing which leech is fatter and with whose blood.

Jesus Shows You The Way to The Highway

An African Batman with a foot fetish, Stalin playing chess against himself, a ninja named Spaghetti, a xiaolin monk charged with the task of protecting the Ark of the Covenant, giant flies that shoot killer laser beams, a drag queen paratrooper, and a Joe Ramone look-alike who might just be Jesus are some of the things you will see in this acid trip disguised as a movie called Jesus Shows You The Way To The Highway.

Written and directed by Spanish filmmaker, Miguel Llansó, this Estonian-Ethiopian-Lithuanian-Romanian-Spanish production doesn’t have a drop of normal running through its veins. Not since Léo Carax ‘s Holy Motors had I encountered a cinematic experience as the one I’ve had with this bizarre Frankenstein made up with parts retrieved from Film graveyard. And by that I mean the sheer joy and awe of watching a film where the anchor of logic is lifted and one sails off into the unknown where truly anything can happen.

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The plot – for lack of a better term – follows CIA special agent DT Gagano (Daniel Tadesse) on his last and most daunting mission: eliminating the Soviet Union virus infecting program Psychobook. Along with his partner, agent Palmer Eldritch(Agustín Mateo), Gagano goes into this virtual reality universe and is sadly trapped, his conscience is transferred to Beta-Ethiopia, and in the meantime, in the physical world he enters a state of coma. From this moment on, Gagano will do everything he can to complete his mission, escape the simulation, recover his body, rejoin his wife, Malin (the Baltic amazon Gerda-Annette Alikas), and finally retire to fulfil Malin’s dream of having her own boxing gym, and his own dream of owning a pizza parlour by the beach.

The film’s aesthetic matches its story in craziness. Taking its cues from the B movie canon: 007 rip-offs, Filipino exploitation cinema, Turkish mockbusters and other genre atrocities, Jesus… is generous in ultra cheap special effects, jarring cuts, uber vintage camera movements and angles, and a ton of transitions; all accompanied by hard bop experimental jazz and high-pitched video game music. Isn’t that enough? Ok: all the voices (parodying Italian films from the 70s) are recorded in studio, not in situ, and the pairing is deliberately bad. Still want more? Alright: the scenes corresponding to Gagano and Eldritch’s mission in Psychobook (during which, by the way, they’re wearing Robert Redford and Richard Pryor paper-masks, respectively) are in stop-motion – not stop-motion with puppets, stop-motion with humans.

Reactions to this film will be varied. There will be those who will leave the cinema (probably mid-movie) having found in it nothing more than a provocation; there will be the hipsters who will twist the tip of their moustaches in delight, amused by the kitsch feast before their eyes; and last there will be those who will see through this chaotic mix and find, or believe they’ve found, an intense truth about of our times. They will all be right and all wrong.

Miguel Llansó is the first to make fun of his work. When asked what he wanted to explore in his second feature length film, he said he wanted to include kung-fu. When introducing Jesus… in Tallinn, he used the adjective “stupid” on at least five occasions. And though this will to not take itself so seriously is fundamental to save the movie from sinking under the weight of its pretentious ambitions, Llansó also knows that what he’s made is no joke, that it  has a lot to say and that it might actually be really good.

Because though Jesus Shows You The Way to The Highway makes no sense, its lack of logic is – like that of Dada or the theatre of the absurd – infused with meaning and that meaning is corrosive. The laughter it provokes speaks volumes about how entertainment (in its most Horkheimer-Adorno sense) and new media are intermingled with the authoritarian populist regimes taking over left and right (left and right used both literally and politically). It’s no coincidence that the villains in this movie are constantly changing masks: Stalin, Margaret Thatcher, George Bush, etc., but the face beneath is always that of a cat, the almighty deity of viral content.

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It comes as no surprise, then, that Llansó pinpoints Philip K. Dick as his main source of inspiration. Dick, that paranoid addicted to hallucinogens and amphetamines who predicted the future better than anyone. Just like Dick, Llansó is interested in how pop culture, and even garbage, reflects our context much better than “high culture”; and also like Dick, Llansó is sceptical about utopias and dystopias, and rather focuses on entropy. In Jesus… we witness the entropy of globalisation as experienced in the margins – and by reverberation in the centre -: technological waste, a grotesque cybernetic cemetery coming to life, a deranged carnival of alienation where we laugh just to keep from crying.

Jesus Shows You The Way to The Highway is destined to become a cult film, a bonfire around which the feverish cinephiles of the underground will gather. I hope, however, that in the process of cultification, it won’t lose its radical vein, its dark destructive power.

Retrato

No estoy confesando que yo lo hice; eso todos lo saben y hay testigos. Estoy confesando que lo hice con alevosía, que fue premeditado y que el motivo fue el odio. El odio que nace de la envidia fraternal, que es  el odio más duradero, más intenso y ciertamente el que cuenta con más abolengo. Pero también me motivó el amor. Qué triste que la suma de dos sentimientos tan puros, al resultar en un crimen, se transforme en las lenguas y mentes de quienes juzgan sin entender en algo tan burdo como “celos”.

¿Tenía celos? Sí. Claro que sí. ¿Quién no los tendría en mi circunstancia? Forzada a mirar siempre, eternamente, cada día de mi vida, a mi amo, al dueño y razón de cada una de mis acciones, preferir en todo a mi gemela; esa otra discípula idéntica a mí que por puro azar y no por mérito fue elevada a compañera indispensable. Oh, mi sufrimiento ha sido profundo y demasiado largo: desde los primeros gestos fue claro que se me hacía a un lado en favor de ella. Pero mi mayor dolor llegó cuando – ¡tan temprano en nuestras vidas y sin darme una sola oportunidad de mostrar mi valía! – la eligió para colaborar en su primera obra. La obra es intrascendente, de pobrísima concepción y aún más paupérrima técnica (interesados podrán hallarla aún, amarillenta e incomprehensible, en un fólder preservado por razones sentimentales en casa de sus padres) cuya única relevancia – fatídica para mí – fue determinar de una vez y por siempre la díada creativa de la que yo quedaba excluida, reducida al humillante rol de lacayo. 

¿Qué habré hecho en otras vidas? ¿Qué pecado irredimible pesa sobre mi alma para merecer las injurias de las que fui víctima? Una cosa es ser rechazada y retirarse viendo a otra elegida, pero otra mucho más trágica es ser rechazada y al tiempo forzada a quedarse para observar, y peor, para ayudar a florecer y atender a ese amor vedado para mí. No sólo ninguno de los muchos y tan admirados frutos de ese jardín son míos, sino que mi minúsculo papel en la gestación de cada uno de ellos, francamente podría haber sido encargado a un mueble.

¿Por qué pintura? Me he preguntado a veces. Pregunta inútil, como las que tiende a hacer una cuando se hunde en la desesperación. ¿Por qué no música o escultura? Mi contribución seguiría siendo ligeramente menor, pero protagónica; el amor no equidistante, pero casi. O ¿Por qué no fotografía o cine? En ese caso ambas, mi gemela y yo, seríamos relegadas al segundo plano.

Nada de esto es importante. El punto es que no debería sorprender a nadie lo que hice. Debería sorprender que tardé tanto en hacerlo. Hasta la fecha él se interroga, en sus horas de peor amargura: ¿Por qué blandí el martillo con la mano izquierda? Pues ya, ahora tienes tu respuesta. Fui yo. Yo elegí tomar el martillo – intercambiar sitios para una tarea al menos –, yo apliqué esa fuerza desmedida. Y el rasguño horroroso de tu grito, que tanto, tanto me perturbó escuchar, fue contrarrestado por el crujido escalofriante proveniente de mi hermana y por su estampa retorcida que me llenaron de placer.

Primer, segundo y tercer metacarpianos destrozados, cirugía, advertencias sobre posibilidades de total recuperación, yeso durante seis semanas, fisioterapia otras tantas. Si en algún momento sentí remordimiento, fue en éste. Presenciar el dolor físico y sobre todo el anímico de mi amo; sus penurias diurnas y sus terrores nocturnos; la frustración constante por su presente entorpecido y la ansiedad subyugante por la posibilidad de un futuro sin pintura. Ah, pero era fácil olvidar mi culpa cuando mi recompensa era tan dulce. Nunca en las casi cinco décadas que llevamos juntos recibí tanta atención como en esos días. Hasta las tareas más nimias – aquellas que la otra daba desde hace tanto por sentado – eran para mí un obsequio de incalculable valor. Pero algo a parte de la culpa enturbiaba mi alegría. La esperanza de él – el retorno de la compañera pródiga – era mi miedo.

La suerte estuvo de mi lado. Aunque darle crédito a la suerte es errado. Más bien mis cálculos fueron correctos. Oh, amo, si hubieses visto el asco y el horror que se apoderó de ti una vez que el yeso cayó y develó los tristes restos de la que una vez fue tu favorita. Del que una vez fuese un dorso a la vez varonil y terso, quedaba ahora un pálido simulacro deformado por nudos óseos asomando bajo la piel; y los orgullosos y ágiles dedos pulgar, índice y medio eran ya unas torcidas ramas mustias. Y el hedor, la pestilencia nauseabunda emanando de las franjas de piel muerta y humedecida, que no desaparecía por más cremas y alcohol que te aplicaras, y que ahondaba la sensación espantosa de cargar con un cadáver descomponiéndose.

A la tercera semana de fisioterapia, el dictamen confirmó lo evidente: era inútil. Reducida a garra vergonzosa, mi hermana fue al fin vencida.

Mi triunfo se vio levemente ensombrecido por el estado de auto-conmiseración absoluta en que cayó mi amo. Perdí la cuenta hace mucho de la cantidad de píldoras antidepresivas que me hizo darle y el número de licores que le llevé a los labios. Este estado, afortunadamente, duró poco. Luego entró en una catatonia imperturbable y se aisló casi por completo, despidiendo a su agente, y recibiendo cada vez a menos colegas y amigos. Sólo su mucama quedó en la casa. Mejor para mí porque fue, finalmente, casi enteramente mío.

He de admitir que nuestra relación no tuvo el carácter idílico que yo anhelaba. Él no me tenía paciencia ni con las minucias del día a día; gruñía y hacía rabietas por un poco de vino derramado, un traste roto, unos minutos de más abotonando su abrigo o atando cordones. ¿Pero qué esperaba de mí? Tras cuarenta y nueve años de abandono no podía exigirme destreza. Era claro que el pincel estaba aún muy lejos de mí, pero no me importaba. Yo tendría la calma necesaria por los dos.

Finalmente, transcurrido más de un año desde el incidente, durante una noche insomne, el momento tan largamente deseado e infinitamente postergado llegó: mi amo se levantó del sillón donde llevaba horas mirando el fuego en un trance etílico y se dirigió a su estudio trastabillando, pero con una decisión que juro no haberle visto desde su juventud. Recuerdo la sensación fría del metal del picaporte al girarlo y la capa de polvo que se adherió a mí, y recuerdo el escalofrío que me recorrió como una descarga eléctrica erizando los vellos en mis nudillos al abrir cajones y sacar óleos y paleta y pinceles, y las cosquillas de anticipación en mi palma al descubrir un lienzo y prepararlo. El pudor y un resto de decoro me obligan a censurar una descripción detallada de lo que experimenté cuando tomé el pincel entre mis dedos, lo mojé en la pintura y tembloroso lo guié por la blanca tela.

Así, en un constante éxtasis, interrumpido sólo por paréntesis de embeleso total, vivimos veintitrés días y sé que el gozo intenso fue mutuo; estoy segura. Nunca, no desde sus primeros cuadros, lo vi tan sobrecogido por la energía creativa, poseído por algo mayor, más alto, trascendental. Mas lo que me intensificó mi satisfacción es que nuestra relación no era un calco de la otra; no. Un alma por completo diferente nos daba vida y la prueba era nuestra obra. Esta pintura parecía hecha por otro: alejada por completo del neo-expresionismo  que lo había hecho destacarse y lanzado de cabeza a un abismo que pareciera lirismo abstracto y del que un crítico dijo: “Si el lenguaje del dolor es cromático, ésta es su sentencia más desgarradora”.

Curioso, porque lo que yo sentí mientras pintábamos era lo opuesto del dolor. El desgarro vino una vez terminado el trabajo, cuando tu ex agente llegó de emergencia a la casa a ver el milagro y entre sollozos de emoción preguntó: “¿Y tiene título?”, y tú respondiste orgulloso después de dar un trago triunfal a una copa de cognac, y al escucharte yo me sentí morir y quebrarme en más pedazos que la copa que solté en mi sorpresa y desconsuelo, y el eco del cristal estallando parecía repetir y multiplicar las palabras que se me enterraban como dagas.

Una vez dicho, no había manera de no verla. Sugerida apenas, como un galeón naufragado a través de un mar embravecido, sus contornos enterrados por el tiempo, enredados en marañas de color y furia, pero más bella y definitiva que nunca en su tragedia: mi hermana. Y yo; yo que nunca jamás me vi tan reducida, tan ínfima, tan vejada; viendo el motivo de mi felicidad más auténtica revelándose como mi humillación más grande, y el talismán de nuestro idilio transformándose en el símbolo de mi derrota final.

“Retrato de la mano derecha por la mano izquierda” se vendió en una subasta por quince millones de dólares y está ahora en la colección permanente del museo privado más importante de la ciudad. Ninguna de sus pinturas ha tenido la celebración de la crítica ni el impacto en la escena del arte que tuvo ésta. 

En la cima de su prestigio, con dinero para vivir cómodamente para siempre y sin nada qué decir pictóricamente, mi amo se retiró de la pintura y escribe ahora sus memorias. Como si mi castigo no hubiera sido ya excesivo, ahora paso horas aplastando teclas. Podría pensarse que este giro me beneficia pues me da un trabajo en el que no soy segunda de nadie y en el que he adquirido cierta pericia. Pero es que a mí la literatura me aburre a morir.

Jesus Shows You The Way To The Highway

Un batman africano con un fetiche por los pies, Stalin jugando ajedrez consigo mismo, un ninja llamado Spaghetti, un monje xiaolin encargado de resguardar el Arca de la Alianza, moscardones gigantes que lanzan rayos laser, un drag queen paracaidista y un émulo de Joe Ramone que puede o puede que no sea Jesucristo son algunas de las cosas que podrás ver en el viaje ácido disfrazado de película que se llama Jesus Shows You The Way to The Highway.

Dirigida y escrita por el cineasta español Miguel Llansó, esta producción estonio-etíope-lituana-rumana-española no tiene ni un solo pelo de ordinaria. Desde Holy Motors de Léo Carax no me encontraba con una experiencia cinematográfica como la que he tenido con este extrañísimo Frankenstein de géneros del submundo. Con esto me refiero a la alegría y el asombro de ver una película donde las amarras de la lógica se sueltan y uno zarpa a lo desconocido donde verdaderamente cualquier cosa puede pasar.

La trama – a falta de mejor término – sigue al agente especial de la CIA, DT Gagano (Daniel Tadesse) en su última y más difícil misión: tratar de erradicar al virus Stalin que ha infectado el programa Psychobook. Junto con su compañero, el agente Palmer  (Agustín Mateo), Gagano entra a este universo de realidad virtual y, lamentablemente, queda atrapado. Su consciencia es transferida a Beta-Etiopía y en el mundo físico se considera que ha entrado en coma. A partir de este momento, Gagano hará todo lo posible por completar la misión y escapar de la simulación para poder volver a su cuerpo y cumplir el sueño de su esposa, la amazona báltica Malin (Gerda-Annette Allikas), y, quizás, con algo de suerte, de paso abrir la pizzería que siempre ha anhelado.

La estética de la película no se queda atrás. Tomando prestado del canon serie B: plagios del 007, cine de explotación filipino, mockbusters turcos y más géneros-engendro; Jesus se deleita en efectos especiales baratos, una edición desconcertante, planos turbo vintage, diálogos ridículos, y muchas, pero muchas transiciones; todo acompañado, o bien de jazz experimental o de música estridente de videojuegos. ¿No es suficiente? Todas las voces, como se hacía en el cine italiano de los 70, están grabadas en estudio y no in situ. ¿Quieres más? Las secuencias que corresponden a las misiones de Gagano y Eldritch en Psychobook (durante las cuales, por cierto, uno utiliza una máscara de papel de Robert Redford y el otro una de Richard Pryor) están hechas en stop motion; no stop motion con marionetas, stop-motion con humanos.

Las reacciones a esta película serán muchas. Estarán aquellos que saldrán del cine (probablemente a media función) habiendo encontrado en ella poco más que una provocación; aquellos hipsters que reirán retorciéndose el bigote encantados por el festín kitsch (siendo lo kitsch tan trendy en nuestros días); y finalmente otros que creerán entrever, al fondo de este licuado caótico, una intensa verdad sobre nuestro tiempo. Todos están en lo correcto y todos equivocados.

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Miguel Llansó es el primero en burlarse de su película. Cuando se le preguntó qué quería explorar en su segundo largometraje, dijo que quería incluír king fu. Cuando presentó su película en Tallin, usó el calificativo “estúpida” en al menos diez ocasiones. Y aunque esta voluntad de restarse importancia es el elemento esencial que salva a la película de hundirse bajo el peso de sus intenciones quizás pretenciosas, Llansó también sabe que lo que ha hecho no va en broma, que tiene mucho qué decir y que inclusive es muy bueno.

Porque si bien Jesus Shows You The Way to The Highway carece de sentido; esa carencia de sentido, como en el dadaísmo, como en el teatro del absurdo, está cargada de significado y ese significado es corrosivo. Su ligereza, y, digamos en mexicano, sus chistes hablan de cuán entremezclados están el entretenimiento (en su sentido más Adorno-Horkheimeriano) y los nuevos medios de comunicación con los populismos autoritarios a diestra y siniestra (las direccionales utilizadas aquí en su sentido figurativo, literal y político) y que han existido ayer y hoy (no por nada los villanos de la película intercambian máscaras: Stalin, Margaret Thatcher, George Bush, etc., siempre con el dios felino de la diversión asománndose en el fondo).

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No es sorpresa entonces que Llansó nombre entre sus inspiraciones en primer lugar al improbable profeta: Philip K. Dick, el paranoide adicto a alucinógenos y anfetaminas que predijo nuestro tiempo mejor que nadie. Como Dick, Llansó está interesado en cómo la cultura pop y hasta la basura narra con mayor lealtad nuestro contexto que la “alta cultura”; también como Dick, Llansó descree de distopías y utopías, y se concentra llanamente en la entropía. En Jesus vemos la entropía de la globalización como se experimenta en los márgenes – y por reverberación en el centro – : basura tecnológica, un grotesco cementerio cibernético que cobra vida, una fiesta depravada de alienación en la que reímos para no llorar.

Jesus Shows You The Way to The Highway está destinada a convertirse en una película de culto, una pira alrededor de la cual se reunirán puñados de adolescentes intelectualoides. Espero, no obstante, que en el proceso de cultificación no se pierda su vena radical, su oscura y poderosa capacidad destructora.