El astrónomo

“Una mirada prodigiosa es necesaria”, decía Sergio. Yo estuve siempre interesado en abismos más que en el espacio y pienso que por ello me inscribí en el curso de verano de astronomía. Me aparecía ahí un poco como un fantasma, siempre en silencio, cuidadoso de no hacer ruido, sentándome en la última banca de la esquina más alejada al escritorio. Y sin embargo, de alguna forma, su endiablado ojo certero logró notarme y su incansable entusiasmo consiguió sacarme algunas frases a lo largo del curso.

Siendo sinceros, no conservo prácticamente nada de lo aprendido. Si acaso memoricé que en nuestra galaxia hay doscientos mil millones de estrellas porque ese dato, que a muchos de mis condiscípulos los inquietó tanto, a mí me llenó de paz pues era la constatación universal de una hipótesis anímica que tenía yo por esos años: “No soy nada”.

La culminación del curso sería armar nuestro propio telescopio para ver un eclipse de luna. Nos dieron los materiales necesarios y se nos instruyó paso a paso. Durante esos días estuve a punto de abandonar el aula porque Sergio se acercaba a cada uno de nosotros a darnos indicaciones, a corregir detalles, o simplemente a platicar. Mi vocación era la del papel tapiz y odiaba que los adultos me forzara a hacerme visible, que preguntaran por mí, por mi familia, por mis pasatiempos o peor, por mi deporte favorito, cuando un mero vistazo a mi barriga debería haberles prevenido de formular semejante inquisición. No obstante, Sergio pareció intuir mis molestias de antemano y se limitó a guiarme y, solo después de un rato y sin yo darme cuenta, a conversar conmigo sobre libros y películas de aliens, monstruos y hechiceros.

Llegó la noche señalada y nos reunimos todos los niños acompañados de nuestros padres en los amplios jardines de la escuela. Nuestros precarios telescopios estaban en posición y los astros también. Se nos dio la señal y asomamos por el visillo. Yo no pude ver nada más que una oscuridad absoluta. Me aparté avergonzado de mi trasto inservible a sabiendas de que lo había ensamblado mal. Traté de ocultarme en el regazo de mi madre, pero Sergio me encontró y, como siempre, sin necesidad de interrogantes, supo cuál era el problema. Trajo su propio telescopio y me invitó a mirar con la condición única de que, una vez captado todo en mi memoria, escribiera una descripción detallada de lo que había visto.

Al terminar el verano y con este el curso, se nos entregaron dulces y un diploma. Hubo juegos, comida y un sorteo en el que no recuerdo haber ganado nada. Lo que sí recuerdo es que antes de irme, Sergio me llamó a su escritorio y me dijo: “Una mirada prodigiosa es necesaria, pero también la capacidad de describir lo que se ve” y, devolviéndome el texto en que había descrito el eclipse lunar, me pidió: “no dejes de escribir”.

Y aunque he olvidado el nombre de casi todos los astros, nunca he olvidado ese consejo.

La clase de ballet

En el salón no hay trofeos, ni reconocimientos; hay un retrato en blanco y negro de una bailarina perpetuada en un arabesque perfecto, un piano de pared, una barra y un espejo que recubre un muro entero y duplica la habitación, la escasa luz y a Irma ,quien se encuentra a sí misma más frágil de lo que pensaba, sentada con la mano derecha apoyada en el bastón y el cabello blanquísimo. Mirándola ahora es difícil imaginar piruetas, puntas, saltos… Revisa su reloj y constata con angustia que se hace tarde.

Eva es la última de sus alumnas. Generación tras generación pasaron por esas tablas, con mayor o menor éxito, con facilidad o con torpeza, a lo largo de más de medio siglo, decenas de niñas y muchachas. Quedan como testigo solo las flores en su cumpleaños, las esporádicas visitas, las cartas a granel, todas ellas empezando con: “Irmita, me acuerdo de…”, todas llenas de pasado.

La vejez es cansancio por cargar tanto pasado y tantos futuros perdidos, piensa Irma mientras recuerda por millonésima vez la carta de aceptación de la Royal Academy of Dance y el telegrama de su padre cortando el hilo que apenas empezaba a tejerse entre ella y su sueño. El negocio iba mal, necesitaban su ayuda. La maleta que había empezado a empacar para Londres terminó acompañándola a León, donde hubo de quedarse el resto de sus días

—Disculpe, maestra— dice una vocecita desde el flanco izquierdo del espejo.

La niña corre al vestidor, enredándose en su larga bufanda, tropezando al quitarse sus pesadas botas mojadas, y tras unos instantes sale preparada, con leotardo y zapatillas, aunque con jirones de cabello escapándose del moño.

—Evita, con estos modos no vas a llegar a convertirte en Eva— dice Irma y señala el retrato de la bailarina.

La niña hace puchero y se da la media vuelta para tomar su sitio a un costado de la barra. Al volverse de nuevo, da la impresión de que ha crecido.

Irma pone música en la grabadora y comienza a dictar: “Primera posición. Plié…”, Eva obedece y en cada repetición afina su técnica, suaviza sus gestos, mejora su postura y, más curioso, se vuelve más esbelta, más alta, más adulta.

—¡Eva!— interrumpe Irma —. No quieras adelantarte, vamos paso a paso.

Eva resopla.

—Hoy tengo ganas de algo emocionante, Irmita, quiero grand jeté, pas couru, grand battement...

—Evita, hazme este favor— dice Irma con la voz quebrada y refugia el rostro en la mano.

Eva frunce el ceño. Ve a Irma y su estampa herida le trae a la mente a la adolescente que una vez, hacía ya varias décadas, se había plantado en la puerta de su estudio preguntando tímidamente si era ahí donde enseñaba ballet la famosa Eva Beltri; la misma adolescente que minutos después, cuando le pidió que le mostrara lo que sabía, la sorprendió con una técnica pulida y un talento natural, pero sobre todo con un carácter enorme, de al menos diez veces el tamaño de su cuerpo; la misma adolescente que en un par de años se convirtió en su discípula predilecta y casi en su hija. Eva conoce muy bien a Irma y sabe que lo que necesita en este momento no es una aprendiz, así que deja su posición y camina hasta la frontera de cristal que las separa.

—Irma, ven, quiero verte a ti y no a tu reflejo— dice Eva. Su voz ahora suena rasposa.

Irma se levanta con dificultad y atraviesa el salón vacío. Esperándola está Eva con el cabello gris y la cara cuantiosa en arrugas.

—¿Qué pasa?— pregunta Eva y posa la palma de su mano sobre la fría superficie del espejo, ofreciéndola.

Irma acepta el gesto de consuelo y al encontrarse las manos envejecidas pareciera que son en verdad un reflejo.

—Ay, Evita, no sé. Lo mismo de siempre— dice Irma y mira de reojo la foto de la bailarina —¿Sabes que hasta la fecha me preguntan si ésa en la foto soy yo?”.

—Ya te he dicho que quites ese retrato. Solo te hace pasar tristezas.

—¿Cómo te voy a quitar, Eva? No, el problema no es la foto, ni que nos confundan. El problema es que no lo merezco. Te fallé. No me fui a Londres y como tú me lo advertiste, la vida me comió. Me casé, tuve hijos; las obligaciones me ganaron y mírame ahora, sola en mi academia, con la cadera arruinada y un fantasma como mi única alumna”.

—Bueno, no cualquier fantasma— dice Eva en tono burlón —, sino el fantasma de la bailarina que enseñó a Ana Pavlova a bailar el jarabe tapatío en punta, nada más y nada menos.

Irma se ríe a medias, sinceramente, pero derrotada.

—Te entiendo— dice Eva poniéndose seria —. La vida te dio otras cartas. Ni modo. ¿Qué vas a hacer?

—No me entiendes. Tú creciste para ser Eva Beltri. Apareciste en películas,  viajaste por el mundo, tus zapatillas serán preservadas por algún museo. Yo soy la maestra Irmita y eso es todo.

Al decir esto, Irma desploma todo su magro peso sobre el bastón.

—Yo no tuve la oportunidad de saber qué bailarina pude haber sido.

—¿Tú sabes por qué vengo aquí cada noche?— pregunta Eva de pronto.

—Para hacerme compañía— responde Irma.

—Tú eres tonta, ¿o qué?— dice Eva francamente fastidiada —. Mira a tu alrededor, mira este salón, escucha el barullo de medio siglo almacenado aquí, relee las cartas apiladas en tu escritorio. Vengo porque quiero aprender con la maestra Irmita de la que tanto hablan.

Irma eleva sus ojos para encontrarse con los de su antigua mentora.

—Quizás nunca sabrás si pudiste ser la mejor bailarina; pero una cosa es segura: eres la mejor maestra— dice Eva y, sin mediar más palabras, vuelve a la barra.

Desde ahí, nuevamente con voz y cuerpo infantil, pide:

—Empecemos la lección, que ya es tarde.

Irma regresa a su asiento y se dispone a reanudar la clase.

Tu pedido va en camino

Debe ser un borracho que se quedó dormido, pensó con temor Álvaro, pues nadie respondía en el interfón. Tenía que ser un caso así de triste para pedir McDonald’s en Nochebuena. Aunque, si se ponía a pensar, el caso verdaderamente triste era el suyo. La gente lo miraba y no faltaba quien le tomara fotos. De hecho, uno de esos retratos, acompañado de la leyenda: “No hay edad para quien no se rinde” se había vuelto viral. Le hacía rabiar mirarse en un cartel motivacional, pero era inevitable que su estampa llamara la atención: un viejo gigante, con una barba blanca tan abundante que el cubrebocas asomaba apenas entre bigote y mentón, y una barriga que se rehusaba a ceder a pesar de las horas diarias de ciclismo.

No le molestaba trabajar, lo prefería a estar encerrado en su departamento sin nada que hacer, mas extrañaba el calor de la maquinaria y la charla con los colegas. Todavía se encontraba con algunos: a Ramón y a Zúñiga los veía seguido, sobre todo fuera de la trattoria de Marcovaldo cuyas pizzas estaban de moda, y cuando se veían fumaban uno o dos cigarros y platicaban, casi siempre de lo mal que andaba todo, mientras esperaban sus respectivas órdenes.

Lo que más lamentaba era la pérdida del festival navideño. Diría que había nacido para interpretar ese rol, pero sería inexacto; en realidad había envejecido para interpretarlo, pues desde que cabeza y rostro se le habían llenado de canas, mirarse en el espejo era como ver un anuncio de Coca Cola. Los que lo habían precedido siempre requerían retoques: un poco de relleno en el abdomen, botas con plataforma, barba y bigote falsos… Él no necesitaba ni el rubor en las mejillas porque desde niño tenía los cachetes colorados, y su voz de barítono era la cereza brillante sobre el pastel. Cuando soltaba su carcajada bombástica, veía en el brillo de los ojos infantiles la eliminación de cualquier resto de duda: sí, era él.

Este año habría sido su décimo aniversario en el papel y para celebrarlo se había mandado hacer su propio traje rojo, con hojas de acebo bordadas con hilo dorado en el canesú y los puños. Había esperado con ansias esa modesta forma del estrellato; no obstante,  como tantas otras cosas, se tenía que cancelar y no había vuelta de hoja. El traje lo había vendido a una tienda de disfraces y con ese dinero había comprado la bicicleta, usada, pero en buen estado y de un rojo brillante que cuando menos recuperaba el tono de la temporada.

Finalmente, una figura apareció en las escaleras, tambaleándose no por alcohol sino por edad. Era una anciana quien, tras más instantes penosamente alargados, cruzó el vestíbulo, abrió la puerta y extendió una mano. Álvaro, impaciente, le acercó la bolsa de comida y sólo entonces notó que entre sus arrugados dedos, la mujer estrujaba algo.

—No, gracias — dijo Álvaro pensando que se trataría de una propina, al tiempo que le tendía con más vehemencia su encargo.

—La hamburguesa, si gusta, quédesela — dijo la anciana —. Lo que quiero es que lleve esto a mi nieto.

Álvaro prestó más atención al paquetito que le entregaba la señora: una cajita azul con un moño color amarillo y una etiqueta grande que leía: “Para Íñigo, de su abue”.

—Es que no funciona así, señora.

—Le pagaré — dijo la señora.

—Usted necesita un servicio de paquetería.

—Cualquier otro año se lo habría dado yo, pero ya ve…— agregó la viejecita potenciando su tono lastimero.

—Perdón, señora, pero…

—¡Oh, por favor! Ha sido un año tan difícil, con su padre sin trabajo…

—Señora…

—Tal vez sea el único regalo que reciba este año, el pobre…

Álvaro miró el paquetito de nuevo.

—¿Y qué es?

La mirada de la anciana se iluminó.

—¡Un gorrito! Se lo hice yo misma, mire…

Abrió la caja y le mostró la prenda color verde menta, con un perro o un conejo bordado al centro, hecha claramente con amor aunque no por eso menos fea. Álvaro sonrió.

—¿Y a dónde hay que llevarlo?

Partió veloz, cruzando la ciudad desierta con sus adornos que brillaban para nadie y su inusual silencio atravesado por los hilos invisibles de las videollamadas; surcando las calles transitadas solo por otros que, como él, llevaban sus cargamentos de arroz frito, de tacos y kebabs, y alitas de pollo, y faláfeles, y sushi para los solitarios del mundo.

Desmontó en la casita indicada y sudando llamó al timbre. Abrió de inmediato un niño.

—¿Eres tú— preguntó Álvaro consultando de nuevo la etiqueta —Íñigo?

El niño meneó la cabeza afirmativamente.

—Tu abuelita te manda esto— dijo y le entregó la caja al niño, quien la recibió sin siquiera verla, manteniendo sus ojos grandes como platos clavados en él.

Álvaro pensó que, o bien el niño no era muy elocuente o ya estaba cansado, así que le deseó una feliz navidad y tomó su bicicleta. Los ojos del niño se abrieron aún más.

—¡Sí me la trajiste!— exclamó. —Mi papá había dicho que no podrías, ¡pero yo sabía que sí!

En ese momento Álvaro identificó ese brillo tan conocido, esa expresión irrepetible que quería decir: sí eres el verdadero, el auténtico, sí eres . Álvaro sintió los reflectores de nuevo sobre él y subió a su escenario.

—Oh, pero claro que sí, querido Íñigo. ¿Cómo podría haberlo olvidado?

Más tarde esa noche, mientras Álvaro descansaba en una banca del centro, comiendo su hamburguesa fría, calentándose dando traguitos a su petaca de whiskey y distrayéndose con el celular, se halló de pronto con su retrato viral en redes, pero acompañado ahora de otra leyenda: “Creo que también ha sido un mal año para Papá Noel”. Al leerlo, Álvaro soltó una carcajada que retumbó en los portales e hizo que varios curiosos asomaran por las ventanas de la plaza. Se levantó y, todavía riendo, reemprendió su caminata a casa.

Refutación de Parménides

El cielo ya era violáceo en sus orillas cuando la voz de mamá lo alcanzó en el patio. Tadeo se despidió de Julián, recogió su balón y atendió al llamado de la cena.

Sentado a la mesa, frente a su plato de sopa caliente, le cayó por fin el cansancio del día. Sintió el peso en piernas y brazos, la sangre cálida en sus mejillas, las últimas gotas de sudor que bajaban sobre una piel ya pegajosa de sudores pasados. ¿La pasaste bien, hijo?, preguntó papá. Tadeo balbuceó sí sin dar tregua al a la sopa.

Terminando de comer, se sintió particularmente cansado. A mí se me hace que te insolaste, dijo mamá. Ve na’más cómo estás de rojo; déjame checarte la temperatura. Papá la tranquilizó. A su edad es normal, Laura, estuvo jugando todo el día.

Se quedó dormido a la mitad de su caricatura preferida y papá lo llevó en brazos a su cama, lo arropó y lo dejó solo con sus sueños.

Tadeo andando en bicicleta, sus manos en los manubrios, a su lado Julián. Una carrerita. El que llegue primero al arroyo gana. Ganó Julián también en el sueño. Hierba alta, croar de ranas, alboroto de grillos, zumbido de mosquitos, carros a lo lejos. El que atrape primero una rana para asustar a Carmelita gana. Llanta abandonada en la orilla, botellas de plástico, espuma de río arriba, la piedra desde donde se echan clavados y el reflejo trizado de la torre de teléfonos. Ahí, cerca de la llanta, una rana. Ganó Tadeo. Pero entonces, mirando la corriente del arroyo de su sueño, Tadeo sintió de pronto vértigo. La corriente se aceleraba.

Lo despertó la costumbre y el aroma a canela y azúcar que anunciaba pan francés. Quiso levantarse con rapidez, mas su mente iba más veloz que su cuerpo. Cuando consiguió enderezarse le vino un mareo. Al ponerse de pie descubrió su espalda y sus rodillas pues le dolían. Bajó las escaleras con torpeza. Le pareció que el suelo estaba más lejos de sus ojos y que sus ojos estaban empañados.

Oye, Roberto, ¿no se te hace que Tadeo se ve algo raro? Preguntó mamá en el desayuno. Papá separó la vista del periódico un instante y lo miró por encima de los lentes. Ah, sí, se me hace que sí. Te dije que se había insolado, dijo mamá poniendo su mano en una frente inusualmente rugosa. Mira qué lento come. Hijo, ¿estás bien? A Tadeo le costaba cortar el pan con esas manos nudosas y agrietadas, y masticar era un problema con la encía pelada.

El día era perfecto, mas Tadeo tuvo que esperar adentro a que llegara el doctor, mirando al sol arrastrarse en arco por la ventana y mirando las cosas de la casa palidecer con la luz del mediodía. ¿Qué tiene, doctor? Preguntó mamá mientras el hombre le ponía la campana fría del estetoscopio en el pecho desnudo lleno de vello blanco. Bueno, señora, la verdad es que nada fuera de lo normal para un hombre de edad avanzada, respondió el doctor. ¿Ocho años es una edad avanzada?, le reviró mamá algo molesta. A partir de ahí salieron a hablar al pasillo y aunque Tadeo se esforzó, no pudo escuchar nada de lo que decían.

Fuera lo que fuera, le prohibieron salir de la casa ese día. Sentado en el sillón de la sala, Tadeo sentía los minutos pasar como gusanos a través del patio. Se le acercó Celestino y se acostó junto a él como siempre que estaba enfermo. A cambio, Tadeo le acarició la cabeza y las orejas y pensó en la mañana en que lo encontró abandonado afuera de la tienda de Doña Estela. Entonces era un cachorro y ahora estaba tan grande.

Aunque intentara no escuchar, desde el comedor le llegaba la voz de mamá hablando por teléfono: Ay, no sé, Ceci, no sé. Escuché que lo mismo le pasó al hijo de Susi. Ajá. Sí, el menor. ¿Cómo ves? Pues ahora mi Tadeo. Ajá. Pues que no sabe, ¿tú crees? Que mucho líquido y que descanse, que mañana lo viene a ver de nuevo. No sé qué hacer. Pues vaya Dios a saber, Ceci, los niños de ahora, tan acelerados. Tadeo se salió de la casa con cuidado, haciéndole la seña de guardar silencio a Celestino.

En la calle se encontró con Julián y Pedrito y Mau y Marcelo y Toño que estaban jugando futbol. Cuando lo vieron, pararon el partido y corrieron hasta él. Tu mamá nos dijo que estabas enfermo, dijo Julián. Sí te ves enfermo, le dijo Marcelo. ¿Ya estás bien?, preguntó Toño. Pues tengo una gripa yo creo, les dijo Tadeo entre toses y los vio a todos muy chaparritos. Vente a jugar, pidió Mau. Yo creo que no puedo, me duelen las rodillas, dijo Tadeo. Pero los veo.

Se sentó con trabajos en la banqueta y se le acercó una niña a la que sólo pudo reconocer cuando estuvo muy cerca y aún así tuvo que apretar los ojos. Hola, Carmelita. ¿Tadeo? Hoy te ves raro. Sí, estoy enfermo, dijo él. Te cuelgan los cachetes, dijo ella y se rieron los dos. Sentado junto a ella, Tadeo pensó en que la había querido desde que se había mudado a esa calle, lo que ahora parecía una eternidad, y pensó en todas las ranas y arañas y lagartijas que había atrapado para asustarla, y se preguntó quién la iba a asustar ahora.

Al terminar el juego ya se hacía tarde y todos se fueron, menos Julián, quien se acercó a la acera donde Tadeo cabeceaba. Lo despertó y le ayudó a levantarse. Juntos se encaminaron al arroyo, pero apenas alcanzaron el camino de terracería que llevaba ahí, a Tadeo se le acabó el aire y tuvo que sentarse en una piedra. Julián se sentó también y le pasó la mano por la espalda, aunque no le alcanzó el otro hombro. Te voy a dar chance hoy, dijo. Vieron a lo lejos, detrás de los mezquites del otro lado del arroyo, cómo el sol se iba ocultando. Tadeo quiso poder recordar cuál fue el primer atardecer que vio, pero no pudo. Quiso calcular cuántos atardeceres había podido ver desde que abrió los ojos y tampoco pudo. Hoy no está tan padre el cielo, dijo Julián. Y tenía razón. Caminaron de regreso y al despedirse Julián le hizo prometer que irían temprano al arroyo el día siguiente.

En la entrada lo esperaba mamá con aire desesperado. Ay, muchacho, cómo me haces renegar, le dijo mientras lo arrastraba por el brazo dentro de la casa. Papá ya había regresado también. Qué ojeras traes, hijo. Hoy mejor te duermes temprano.

Cenó una asquerosa crema de calabaza y después, agotado, con los párpados pesándole como un leño, besó a sus padres en las mejillas, subió laboriosamente las escaleras, entró a su cuarto y se sentó a la orilla de su cama. Miró a su alrededor: sus juguetes, sus carteles, sus libros, sus dibujos, sus fotos. Se recostó y el sueño lo reclamó mientras contemplaba las estrellas fluorescentes en su techo.

Una serie de golpes en su ventana lo despertaron. Eran piedritas. La luz que inundaba su cuarto invadió sus párpados. Ya era tarde y Julián lo esperaba.

Bajó corriendo, saludó a sus papás que lo miraron pasar como un bólido sin escucharlos, agarró su bici y le dijo a Julián, órales, el que gane invita unas papas. Ganó Julián, como siempre pero no importó demasiado. Tadeo se encaramó en la piedra de los clavados y se echó al agua. Hierba alta, croar de ranas, alboroto de grillos, zumbido de mosquitos, carros a lo lejos. Hoy hay que ver si atrapamos una lagartija, mejor. Llanta abandonada en la orilla, botellas de plástico, espuma de río arriba y el reflejo trizado de la torre de teléfonos. Pero todo esto Tadeo lo miraba como a través de un túnel. Se miró las manos arrugadas por el agua, se tocó la cara tersa. Tenía ocho años, pero ya no era un niño.

 


Ilustración de Fabiola García Vargas

The First Snow

As luck would have it, after two years and a half living in Estonia, my only local friend is a ghost.

Her name is Svetlana and she haunts the abandoned house right behind my apartment building. I met her when, out of curiosity, I stepped into the house hoping to find musky photographs and pictures on the walls, yellow books bent and twisted by moisture, maybe a piece of fine jewellery, or any forgotten secret awaiting to be revealed. Instead I found an old lady, floating a full feet above the wooden floor. And the first question I thought of asking was: “Are you a spirit?”. Big mistake. Here’s some advice: if you ever wish to become friends with a phantom, don’t ever ask them if they happen to be one. Sveta looked at me with such spite, it froze my blood more than her sudden apparition. “What a rude young man”, she said. I sincerely apologised for being so uncouth and I introduced myself: “My name is Jorge and I am Mexican”, I said, as if being Mexican served as an explanation for my impertinence. It’s a bad habit I’ve picked up since I moved here: mistaking every person I meet with a customs agent. In any case, announcing my nationality worked; she warmed up and said: “Oh, how exciting. I had never seen a Mexican before”. I was now the wronged one, but kept quiet.

Our friendship is weird; we have almost nothing in common. She is sixty something (I guess, but I have never asked and she has never disclosed how old she was when she passed; she’s vain like that) while I am 27. She keeps assuring me I am at my prime, which never fails to depress me.

An unsurmountable difference between us, is an ideological one. Sveta was brought up in the Soviet Union and she spent her last days dazzled by the wonders arriving from the West, once the Iron Curtain crumbled. There’s not an hour when she doesn’t complain about having died just when she was starting to savour the sweet-juicy fruits of the free market. I, on the other end, identify myself as a communist. I believe. I have read two Slavoj Zizek books and I have watched a video-essay on the Communist Manifesto. In any case, I love to be opposed to something. Whenever I tell her about capitalism’s cruelty, its shining façade hiding a dark oppression machinery, the savage plundering of land and people in the third world which sustains the first, she merely growls: “Bah”, and says: “I don’t need that; I know the verse since pre-school”.

Sveta’s dream is that her house will be torn down and a mall will be built, so she can wonder around linoleum floors during her restless nights, watching cloths she cannot sport, imagining the smell of perfumes she cannot try, fancying herself the owner of jewellery she cannot wear. I tell her that’s more or less my experience every time I enter a mall, since I see everything but can buy nothing with my meagre salary for my mind numbing job. “Bah”, Sveta gripes, and then proceeds to talk about Siberia, the Gulag, the Great Terror. What can I say?

Anyway, we never fight. I am too excited to have a ghost friend and she’s too excited to have a Mexican friend to quarrel about politics and economics.

A week had not yet passed since we’d met when Sveta asked me: “Are you good for anything other than complaining?”

“I like to read and I like to write”, was my answer. “Though even that I doubt now”. I tell her that, sometimes, I’m so anxious I’m forced to re-read a paragraph ten times and even then words slip down the surface of my eyes as if they were waxed. As for writing, I tell her I have forgotten how. I come up with ideas, but I lose them the moment I sit to type them. They leave me. As if they had just approached to tell me: “I am not yours”. I’m forgetting Spanish. I don’t even know what’s the point. I don’t mean only what’s the point with writing, but in general”.

“You’re complaining again”, Sveta pointed out.

This brief exchange got us talking about literature, though not even here do we see eye to eye. Once she asked me who were my favourite Latin American writers. I said: “Borges, Cortázar and Bolaño”. She got excited about the first two but had heard nothing of the third. Either way she asked me to borough something from them. A week after she handed me back the books with her opinion: “Too stiff, too weird and too much sex.” From then on, she stopped trusting me and she would only ask me about the writers she likes (many of whom, I did not know).

One afternoon, while Sveta spoke effusively of Mayakovsky, she paused to ask me: “Is the night in Veracruz, seen through the window of a moving train, really as beautiful as Mayakovsky writes?” I told her I had no idea. I did not know which poem she was referring to, trains haven’t carried people for decades now in Mexico, and the two times I’d been in Veracruz, I didn’t pay much attention to the night sky. She doesn’t let me speak much since then, but that’s fine, I don’t mind being audience. Listening to her speak about Bulgakov, or reciting poems from Anna Akhmatova from memory, is a pleasure.

The greatest difference between us is, after all, material. I am alive and she’s not.

Sometimes we talk about that. Sveta assures me she did not realise when she died. She says she went to sleep one night, specially tired, and the next day she resumed her day as always. Her two sons came later and they looked upset. Police and an ambulance followed. “Why the fuzz?”, Sveta inquired many times without answer. It wasn’t until many days later, when all her stuff was taken and nobody came to visit anymore when she said to herself: “I think I might be dead already”.

What she misses the most, she says, are flavours and smells. She remembers above all the smoky fragrance of the caravan tea her mother used to prepare in the samovar, with a taste too bitter for young Sveta, which she used to mask with too many blueberry jam teaspoons. She also remembers the butter and honey aroma which took over the small apartment for a whole day, whenever her Ukrainian grandmother insisted in making medovik cake all by herself. It was true, in all honesty, that the medovik was better, when grandma cooked alone.

Sveta is sad about being dead. I tried to offer comfort once by saying: “Being alive is not that great”, but she scolded me: “Don’t speak such foolishness”.

In spite of all our disagreements, we have found something that we both love: Christmas.

One December morning, I came to visit and she asked me about the advent candles in every window: “Is it Christmas already.” I said it was still two weeks ahead. “Oh, but it hasn’t snowed”, she replied in surprise. I wanted to explain how the horrid practices inherent to the system she so cherished were causing the world to warm, but I restrained myself. Instead I told her about the tree my girlfriend and I had just bought. “This was my favourite time of the year”, Sveta said, “and we also bought the yolka many days before the celebrations.”

The mentioning of the tree sent Sveta deep into her memories. In the USSR, she explained to me, the tree could clearly not be a Christmas one. For years trees were banned until an emotional politician wrote a sobby article in Pravda, asking how could the Soviet Union deprive their poor proletarian children of the joy of the tree they could once only envy through the windows of bourgeois houses. Other stories assured it was Stalin’s own daughter who, upon seeing a Christmas tree at the British embassy, asked her papa for one. However it might have been, from 1935, the Christmas tree returned, but as the novogodnyaya yolka, or New Year’s tree.

In the third week of December, when fir tree markets appeared all over Saint Petersburg, Sveta’s father bought a small one and took it home, where they put it in a bucket with water and secured it with rope. A dusty box was pulled out from the closet, full of silver tinsel, spheres, pine-cones Sveta had picked and painted herself, a rocket with sickle and hammer in golden, as well as a big red star Sveta, sitting on her father’s shoulders, placed on the tree top.

On New Year’s Eve, the family came together. They had borscht, buckwheat with fried onions and mushrooms, and a great apple-stuffed, slow roasted duck. They drank cognac and, after dinner, hot vzvar. Meanwhile, Sveta’s father and a small aunt would sneak out and appear at the front door, precisely at midnight, dressed as Ded Moroz and Snegurochka, carrying a bag of gifts.

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Soviet New Year’s Postcard

Later in life, Sveta married a young Estonian man and she moved to Tallinn. Taavi, her husband, was a member of the ECP, but in private he was a practicing Lutheran who celebrated Christmas. The change from January 1 to December 25, the change from yolka to Christmas tree, and even the change from Ded Moroz to Santa Claus were of minor importance for Sveta. The only thing she cared about was that sweet return to childhood, once a year, reenacting the ritual with her own children.

I pondered for a moment and then said that, for me, it was all a mess; that every year I find it harder to enjoy Christmas; that I love it, but it’s a complicated love.

“I was raised a Catholic, but I haven’t been a believer for a long time. But without religion, what remains? And to top it all off, I’m against capitalism. You cannot be a communist and an atheist and still like Christmas! Oh, Sveta, my incongruity appalls me. I say I hate consumerism, but I’m entranced by the festoons, and the fake snow, and the thousand lights on every store. I remember the morning of Christmas, unwrapping my gifts, and the longing becomes remorse. I’m embarrassed by my petit-bourgeois sensibility. And let’s not even talk about the colonialist stench! What is a Canadian pine doing in a Mexican living-room? And what is an inflatable snow man doing at 86 degrees? Reindeers where even dogs have a hard time? Nothing makes sense. If you think about it, Christmas is an empty signifier.

Sentenced like that last one, I sprinkle on my conversations now and then to compensate the fact my Semiotics MA won’t get me a job. I awaited Sveta’s reaction and finally she said with real surprise: “And you say you have a girlfriend?”

Without the mental energy to take offence, I continued: “This is serious, Sveta. There is no escape. If I had children I could say it’s for them, that I am vicariously living their joy, but I don’t have them. Public opinion has a sound verdict: Any childless adult who enjoys Christmas in earnest is a soft-headed wimp. If anyone reads A Christmas Carol today, he does it ironically and laughing all the way. Or, maybe, fighting down tears, ashamed of being moved by such a corny book.”

“Oh, Dickens”, Sveta interrupted me, ignoring the rest of my cry. “I love Dickens. I remember the moment Bob Cratchit breaks down thinking about Tiny Tim and I also break into.”

John Leech

A Christmas Carol original illustration by John Leech

I confessed that, during most of my life, I knew A Christmas Carol only as a Muppets movie. It wasn’t until this vert year I read the book. I read it during one of my night shifts, in the blue light of the screen. I did have to take deep breaths to avoid crying in front of my coworkers upon reading about poor Bob Cratchit and his lost boy.

“What are Muppets?”, asked Sveta.

I downloaded A Christmas Carol with The Muppets and brought my computer to watch it with Sveta. In the beginning she was slightly put off by the inconsistency: some humans are humans and others are puppets; some animals are real-size and others are blown out or proportion. “My God”, she mumbled when the Cratchit marriage was revealed to be between a frog and a pig. Still, I did caught Sveta taking out her handkerchief to wipe the corner of her eyes a couple times. “It’s not so bad”, she said when the credits rolled: “But Dickens’ is better”.

Talking about A Christmas Carol we got to talk about Hoffmann’s Nutcracker, which I knew from animated movies they used to put on TV around this time of year when I was little, and which Sveta knew from Tchaikovsky’s ballet. From Hoffman we went on to Andersen and his sorrowful Fir Tree, or the even more depressing The Little Match Girl. “Bah”, Sveta said about this last one, “Dostoevsky’s take is so much better”.  

I had no idea Dostoevsky had written holiday stories and Sveta, taking my ignorance as a personal insult, ordered me to look for The Beggar Boy at Christ’s Christmas Tree and A Wedding and a Christmas Tree “in my weird device.”

Indeed, the first one is remarkably similar to The Little Match Girl; equally tear-jerking and both feature passive infanticide, as well as an encounter with a deceased loved one in heaven. Dostoevsky’s, however, has a full city where everyone is hostile or indifferent to the poor child. A Wedding and a Christmas Tree dabbles with child abuse too, but this one, for a reader today, is more disturbing since it includes a fat adult – with a hefty dowry in mind – flirting with an 11 year-old girl who just wants to keep grooming her doll. The miserable child of a governess also makes an appearance and is forced to see all the wealthy boys getting toys for gifts, while he gets an illustration-less book.

“Both stories have class-conflict all over them”, I tell Sveta. “You’re not getting nostalgic, are you?”, I tease. Sveta growled: “Bah”.

My bad jokes did not prevent Sveta from reading more holiday stories from her childhood to me during the following days. We read Chekhov’s The Christmas Tree, where the protagonist is yet another unhappy child (I begin to wonder if there has ever been a happy child in Russia); as well as At Christmas Time, which, in keeping with the general mood, is very gloomy, and which I didn’t understand. My favourite one was The Night Before Christmas by Nikolai Gogol; by far the most peculiar. There’s a Moon-stealing demon and a flying witch, and a dark, vodka-fueled night bringing forth both violence and romance.

“And you tell me Cortázar is too weird”, I complained jokingly.

Beyond Dickens, Sveta’s knowledge of English-language literature is sparse, so, in repayment for her many stories, I have read to her O’Henry’s The Gift of the Magi, whose anecdote she found endearing, but deplorably written; and Truman Capote’s A Christmas Memory which made her sob uncontrollably. Having exhausted my inventory with only two short stories, I showed her A Charlie Brown Christmas, which, to my deepest chagrin, bored her, though she conceded Charlie is similar to me: “Another killjoy”, she declared laughing, as her vaporous arm gave me a pat on the back.

December continues and still no snow. Sveta is genuinely mad. “How? Is there going to be no snow for New Year’s Eve?”, she asks me as if I was the weatherman or a seer. I’m not mad; disappointed maybe. “It’s weird”, I tell her. “All my life without snow, and after two winters in Estonia now I demand snow for Christmas”. Sveta tells me what she missed the most about Saint Petersburg after moving to Tallinn was snow. “Snow here”, she says, “seemed always less to me. Clouds in Saint Petersburg, though, there they are generous. Sometimes it seemed as if they all had fell on the city’s squares and parks, on the building tops and the palaces roofs”. I tell her about a morning, when I was six or seven, when I woke up to a snowfall. “Newspaper’s still remember that day every year”, I say. I tell her of Golfo, my Alaskan Malamute, so used to my city’s heat, poor thing, but that day he must have recalled his heritage and recognised in the few falling snowflakes his true nature, because he started howling and jumping, snapping his snout, trying to catch snow.

To take our minds off from the mediocre weather, I have played A Child’s Christmas in Wales, read by Dylan Thomas himself, in his deep booming voice. “What a sound, huh?”, I tell Sveta. She replies gloomily: “That’s another thing I miss; the sound of words.” Apparently, language is another thing we lose in death, that’s why I’ve been able to talk with Sveta. Only the skeleton of it remains. But along with the obstacles go the gifts. I tried to explain: “Oh, Sveta, imagine a snowy day, the sound of a creek, the cold water running over pebbles, the wind blowing the foliage of pine trees, and from far away the roaring of the waves crashing on the cliffs. Just like that. A soft and peaceful, yet menacing sound, all intensified by that temple-like silence of the snow.”

I don’t know if she understood, but she smiled.

Yesterday was Christmas Eve and I came to visit Sveta. For days I was thinking of a good gift for her, but I couldn’t come up with anything. Everything she misses is out of her reach.

“Anyway, don’t you have any Mexican short stories?”, she inquired the minute I crossed the door. “I know just one, Christmas in The Mountains”, I replied, and, knowing well how impatient she is, I looked it up and began reading.

At first, Sveta was in awe with that image of Mexico as seen from the eyes of a lone soldier, wondering along hazy mountain tops. The moment the priest appears in the story, though, Sveta was annoyed. “And this is the priest we ought to admire? This obnoxious man?”

She was bothered by the priest arriving in an indigenous village and believing he had rescued them from “idolatry and barbarism”; that he had re-built the town to his liking, with gardens, ornaments and roofs which made it look like “villages in Savoy and the Pyrenees”; that he had forced them to trade tortillas for bread; and that it all was shown as righteous. “You tell me how Christmas is celebrated in Mexico”, she asked me instead.

I explained customs change depending on the region, the social class, the family; but I did my best to paint the picture she wants. I tell her about the posadas; about the decorated churches’ squares and streets; about the steaming ponche pots, the tamales and buñuelos; about the proverbial piñatas with their paper spikes and their clay bellies full of peanuts and sugar cane and tangerines; about the reenactment of Mary and Joseph’s strife to find asylum, during which both children and adults half-heartedly pray and sing, interested only in the party.

I tell her too about the pastorelas, every single year in every pre-school and primary school; I tell her I was both a devil and an angel, a sheep and a shepherd; I tell her my brother was once a star, when he was maybe one year old, and that he hung from the ceiling for an hour, dressed in a makeshift costume made out of cardboard and foil.

I tell her about the nativity, which in our house was ambitious and surreal, and went far beyond the manger of Bethlehem. There were tiny roof tiles and diminutive hay stacks, and a desert with real sand and an oasis where a crocodile lived. There was a huge river where real water ran and a plastic platypus – whose origin we could never explain – swam. There were dozens of shepherds, some of them true veterans with missing limbs. There was a forest and a jungle for the toy tiger and lion and fox we just couldn’t leave out. And there was a Mexican desert, where a lady sold tortillas and a peasant rode a donkey.

I tell her about the fir tree and its fragrance.

And I tell her about how we kept everything: nativity, tree, lights, for too long – the nativity crumbling, the tree branches almost bare and scratching the floor. It wasn’t out of spite or indolence. My dad refused to let this stuff go. He was happy. And I was too.

Sveta listened to me during all this time with her eyes closed and when I finally finished she merely nodded and smiled.

I wished her a merry Christmas, although for her it wouldn’t be Christmas until a couple weeks later. We hugged and said goodbye.

“Write me a Christmas story!”, she shouted when I was stepping out.

My girlfriend and I went to Tartu to spend the holidays with friends, and when we came back we found the abandoned house, along with two empty lots, enclosed by a fence with a construction firm logo on it. I sneaked in, but the doors and windows were secured. I slipped the pages of my story under the door.

I honestly hope Sveta’s dream comes true and they build here a big shopping mall, with a department store of at least two flores, where the shoe shelves, and the clothes racks, and the perfume bottles, and the jewellery cabinets, multiplied in numberless mirrors, will be enough to fill her eternity.

 

In the meantime, we wait for the first snow.

La primera nevada

La suerte quiso que mi única amiga local, tras dos años y medio de vivir en Estonia, sea un fantasma.

Su nombre es Svetlana y espanta en la casa abandonada detrás de mi edificio de apartamentos. La conocí un día en que, por morboso, me metí a la vieja casona esperando hallar fotos o pinturas mohosas en las paredes, libros amarillentos deformados por la humedad, tal vez una pieza de joyería valiosa, cuando menos secretos olvidados esperando a ser revelados. En lugar de eso me encontré con una viejecita flotando a medio metro del suelo. Y la primera pregunta que se me ocurrió hacer fue la más estúpida: “¿Eres un espíritu?”. Error. Un consejo: si quieren trabar algún día amistad con un fantasma, no le pregunten si lo es. Sveta me miró con una bilis que me heló la sangré más que su repentina aparición. “Grosero”, me dijo. “Entras a mi casa sin permiso y encima me insultas”. Le pedí perdón y me presenté: “Soy Jorge y soy mexicano”, dije; como si ser mexicano explicara mi impertinencia. Es un defecto que adquirí desde que llegué a Estonia: confundir a todo el mundo con agentes de aduana. Fuera como fuera, sirvió. Escuchó mexicano y dijo: “Oh, qué raro. Nunca había visto a un mexicano”. El resentido entonces fui yo.

Nuestra amistad es extraña porque no tenemos casi nada en común. Ella tiene sesenta y tantos años (eso calculo, pero nunca ha querido revelarme la edad a la que murió. Es vanidosa en ese sentido) y yo tengo 27. “La flor de la edad”, dice ella con un suspiro de añoranza. Yo la escucho sin renegar, pero por mi bien debo dudar de la veracidad de su juicio. Si ésta es la flor de la edad, ¿qué me espera cuando la flor se marchite?

Una diferencia insalvable es de tipo ideológico. Sveta creció en la Unión Soviética y pasó sus últimos días encandilada por las maravillas que llegaron de occidente una vez que la Cortina de Hierro se desbarató. No pasa una hora sin que se queje de haberse muerto justo cuando empezaba a saborear las mieles del capitalismo. Yo, en cambio, me considero comunista. Creo. He leído dos libros de Slavoj Zizek y vi un video-ensayo sobre el Manifiesto comunista. Y bueno, en cualquier caso me gusta llevar la contraria. Ella no puede más que refunfuñar cada vez que le hablo de la crueldad del capitalismo, de su reluciente faz ideológica que oculta un engranaje terrible de opresión, de la explotación laboral y la depredación ecológica en países subdesarrollados que sostiene las condiciones de los países desarrollados. “Bah”, dice ella, “¿A mí qué me cuentas si nos aprendíamos esos versos de memoria en la primaria?”

El sueño de Sveta es que derriben su casa y en su lugar levanten un centro comercial para deambular en sus largas noches insomnes por pasillos de linóleo, mirando ropa que no puede usar, añorando zapatos que no puede calzar, conjeturando el olor de perfumes que no puede ponerse, imaginándose dueña de aretes brillantes que ya de nada le sirven. Yo le digo que ésa es más o menos mi experiencia en todos los centros comerciales, porque todo veo y nada me alcanza con el mísero salario que recibo trabajando en un call-center en horarios espantosos. “Bah”, gruñe Sveta y luego me habla de Siberia, del Gulag, del Gran terror. En fin, ¿qué puedo decirle?

No habíamos cumplido ni la semana de conocernos cuando me preguntó: “¿Eres bueno para otra cosa aparte de quejarte?”

“Me gusta leer y me gusta escribir”, respondí. “Aunque ya ni de eso estoy seguro”. Le cuento que a veces tengo tanta ansiedad que me veo forzado a releer un párrafo diez veces y aún así las palabras se resbalan como si mis ojos tuvieran una capa de cera. En cuanto a escribir, le digo que he olvidado cómo hacerlo; que se me ocurren ideas y las pierdo al momento que empiezo a escribirlas; que al acercarme me dicen: ‘No soy para ti’ y se desvanecen. “A veces ya no sé para qué, Sveta. No sólo para qué escribir, para qué en general”, terminé.

“Ya te estás quejando otra vez”, observó puntualmente Sveta.

Desde entonces hablamos de literatura, aunque tampoco aquí coincidimos. Una vez me preguntó quiénes eran mis autores latinoamericanos preferidos y le dije: “Borges, Cortázar y Bolaño”. Los dos primeros le entusiasmaron porque había oído de ellos y del tercero no sabía nada. Igual me pidió que le prestara algo. Así lo hice y una semana después me devolvió los libros con el dictamen: “Muy pesadito, muy raro y demasiado sexo”. A partir de ese momento dejó de confiar en mí y sólo me preguntaba mi opinión de los autores que a ella le gustaban (muchos de los cuales yo nunca había leído).

En otra ocasión, mientras Sveta hablaba efusivamente de Mayakovski, hizo una pausa para preguntarme: “¿Es la noche en Veracruz, vista desde la ventana de un ferrocarril, tan bella como la canta Mayakovski?”. Le dije que no tenía idea. No sabía de qué poema hablaba, desde hace décadas que no hay trenes de pasajeros en México, y las dos veces que estuve en Veracruz no me fijé en el cielo nocturno. Desde entonces no me deja intervenir mucho, pero no me molesta el rol de escucha. Oírla hablar de Chéjov y Bulgákov, o recitar poemas de Anna Ajmátova, es un placer.

La mayor diferencia entre nosotros es, al fin y al cabo, material. Yo estoy vivo y ella muerta.

Sveta asegura que ella no se dio cuenta cuando murió. Dice que fue a dormir una noche especialmente cansada y al día siguiente se levantó e hizo sus cosas, como siempre. Cuenta que luego vinieron sus hijos a visitarla y los notó muy alterados. Luego vino la policía y una ambulancia. “¿Por qué tanto alboroto?”, les preguntaba ella. Fue sólo después de mucho tiempo, cuando ya se habían llevado todas sus cosas y nadie venía a visitarla, que Sveta se dijo: “Yo creo que ya me morí”.

Dice que lo que más extraña son los aromas y los sabores. Recuerda sobre todo el sabor ahumado del té caravana que su madre preparaba por las tardes en el samovar y que Sveta mitigaba con sendas cucharadas de mermelada; recuerda también el aroma a mantequilla y miel que bañaba el pequeño apartamento cada vez que su abuela, de origen ucraniano, se empeñaba en preparar medovik sin ayuda, tardando medio día. Era cierto que quedaba mejor cuando nadie más intervenía.

Sveta está triste por estar muerta. Una vez traté de reconfortarla diciendo: “Estar vivo no es para tanto” y me regañó: “No digas estupideces”.

A pesar de nuestros muchos desencuentros, descubrimos hace poco algo que nos une. Ambos amamos la Navidad.

Una mañana de diciembre vine a visitarla y me preguntó por las coronas de adviento encendidas en casi todas las ventanas: “¿Ya casi es Navidad?”. Le aclaré que no, faltaban un par de semanas. “Pero no ha nevado”, dijo sorprendida. Quise explicarle que se debía al calentamiento global, otra de las secuelas del sistema que ella tan fervorosamente defendía, pero me contuve. En lugar de eso le conté que mi novia y yo ya habíamos comprado nuestro arbolito porque nos gusta disfrutarlo el mayor tiempo posible. “Los entiendo”, dijo. “Ésta era mi época favorita del año y también comprábamos el yolka desde tiempo antes”.

La mención del arbolito lanzó a Sveta en un viaje por la memoria. En la URSS, me explicó, el árbol no podía ser de Navidad por obvias razones. Durante años los árboles estuvieron terminantemente prohibidos hasta que un político sentimental escribió un artículo meloso en Pravda, pidiendo regresar a los niños del Estado Soviético la alegría de los árboles que otrora sólo podían envidiar espiando por las ventanas de las casas burguesas. Otras historias contaban que la propia hija de Stalin había visto un árbol adornado en la embajada inglesa y le había pedido a su papaíto uno. Cualquiera fuera el caso, desde 1935 el árbol regresó a los hogares proletarios, pero ya no como árbol de Navidad, sino como el novogodnyaya yolka, o árbol de año nuevo.

Durante la tercera semana de diciembre, cuando San Petersburgo se llenaba de mercados de abetos, el padre de Sveta compraba uno pequeño y lo llevaba a su departamento, donde lo ponían en una cubeta con agua y lo aseguraban con una cuerda; sacaban una caja con adornos: oropel plateado, unas pocas esferas, piñas que Sveta misma recogía durante el verano y pintaba una vez que se secaban, un pequeño cohete con la hoz y el martillo grabadas en dorado, y una gran estrella roja que Sveta, montada sobre los hombros de su padre, ponía sobre la punta del árbol.

En la víspera de año nuevo se reunía la familia; cenaban borsch, guisado de alforfón con cebolla y hongos fritos, y un gran pato relleno de manzana. Bebían cognac y, al terminar la cena, una taza de vzvar caliente. Entretanto su padre y una tía bajita se escabullían amparados por la algarabía y se aparecían a la media noche en la puerta, disfrazados de Ded Moroz y Snegurochka (el Abuelo Helada y su nieta la Doncella de Nieve).

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Postal soviética de año nuevo

Al crecer, Sveta se casó con un joven estonio y se mudó a Tallin. Taavi, su marido, era miembro del PCE (Partido Comunista Estonio), pero en privado, era un luterano devoto y celebraba Navidad. El cambio de fecha festiva, el cambio del yolka por el árbol de Navidad, y el cambio de Ded Moroz por San Nicolás no fueron de mayor importancia para Sveta. Lo que le importó fue esa dulce vuelta a la infancia, una vez al año, reviviendo el ritual con sus propios hijos.

Me quedé pensando un momento y luego le dije que para mí todo el tema era un desastre. Que cada año se me hacía más difícil disfrutar la Navidad. Que me encanta, pero es un amor tremendamente complicado.

“Me criaron católico, pero desde hace mucho no soy creyente. El problema es que sin la religión ¿qué me queda? Y para colmo estoy en contra del capitalismo. No se puede ser ateo y comunista y celebrar la Navidad. Oh, Sveta, me llena de culpa mi incongruencia. Digo que odio el consumismo, pero voy a las tiendas y me emociono al ver las guirnaldas y la nieve falsa, y los cientos de luces. Recuerdo la desenvoltura de los regalos al amanecer con tanta nostalgia y me atenaza el remordimiento por mis aspiraciones pequeño-burguesas. Y encima el tufo colonialista que despide el asunto. ¿Qué hace un pino canadiense en una sala de México? ¿Qué hacemos con monos de nieve inflables a treinta grados centígrados? ¿Renos en donde con trabajos sobreviven perros lanudos? Nada tiene sentido. Bien mirado, la Navidad es un significante vacío”.

Cosas como esta última las espolvoreo a veces en conversaciones casuales para compensar el hecho de que mi título en semiótica no sirve para hallar empleo. Esperé la reacción de Sveta con ojos de perro enfermo y finalmente preguntó con auténtica sorpresa: “¿Y dices que tienes novia?”.

Sin espacio mental para ofenderme, seguí: “Es en serio, Sveta. No hay escapatoria. Si tuviera hijos podría decir que es por ellos, que vicariamente vivo su emoción navideña, pero no los tengo. La opinión pública parece tener claro el veredicto: ser un adulto sin niños y conmoverse con la Navidad es para auténticos pusilánimes. Si alguien lee Cuento de Navidad hoy, lo hace, o bien irónicamente y botado de la risa, o bien reprimiendo una lágrima, avergonzado por dejarse enternecer por ideas tan cursis”.

“Oh, Dickens”, me interrumpió entonces Sveta, ignorando el resto de mi lamento. “Adoro a Dickens. Me acuerdo del momento en que el pobre Bob Cratchit rompe a llorar acordándose de Tiny Tim y se me botan las lágrimas”.

John Leech

Ilustración original de John Leech para ‘A Christmas Carol’.

Le confesé que durante toda mi vida sólo conocí Cuento de Navidad a través de la versión adaptada con los Muppets, y sólo hasta este año leí el libro. Lo leí durante un turno nocturno en mi trabajo, en la luz azulina de la pantalla; y ciertamente tuve que respirar hondo en ese pasaje que ella mencionaba, para no ponerme a llorar en la oficina.

“¿Qué son los Muppets?”, preguntó Sveta.

Descargué la película y al día siguiente llevé mi computadora para ver Una Navidad con los Muppets con Sveta. Al principio le molestó la inconsistencia de que algunos de los humanos fueran humanos y otros marionetas; tampoco le encantó que hubiera animales exageradamente grandes y otros de tamaño natural. “Dios mío”, murmuró entre dientes al ver que Bob Cratchit era una rana y la señora Cratchit una puerquita. Pero por más que se quejó, en varias ocasiones la vi secándose los ojos con su pañuelo. “No está tan mal”, dictaminó cuando corrieron los créditos. “Pero la versión de Dickens es la buena”.

Hablando de Cuento de Navidad llegamos a Las campanas y El grillo del hogar y resolvimos que sin duda el mejor es el primero. De Dickens pasamos a Hoffmann y su cascanueces, que yo conozco a través de películas animadas que pasaban en la tele durante diciembre, y que Sveta conoce a través del ballet de Tchaikovski. De Hoffman pasamos a Andersen y su tristísimo cuento El abeto, o el todavía más triste La niña de los fósforos. “Bah”, dijo Sveta sobre este último. “Es mucho mejor el de Dostoyevski”.

Yo no tenía idea de que Dostoyevski había escrito cuentos de Navidad y Sveta, tomándose esta ignorancia como una ofensa personal, me ordenó que buscara en “mi aparato ése”:  El niño mendigo en el árbol de Navidad de Cristo y también otro cuento llamado El árbol de Navidad y una boda.

En efecto el primero se parece mucho a La niña de los fósforos. Igual de lacrimógeno e igual de infanticida. Ambos tienen un reencuentro en el cielo con un familiar fallecido. Pero el de Dostoyevski tiene una ciudad hostil llena de gente que mangonea o ignora al pobre niño. El árbol de Navidad y una boda también incurre en abuso infantil, aunque éste, para un lector actual, es más perturbador pues incluye a un adulto regordete cortejando – con una cuantiosa dote en mente – a una pobre niña de once años que sólo quiere jugar con su muñeca. También aparece el miserable hijo de una institutriz, que recibe un libro sin ilustraciones de regalo y es forzado a ver cómo todos los otros niños, hijos de aristócratas o de mercaderes, reciben marionetas y rifles de juguete.

“Oye, los dos cuentos tienen clarito el conflicto de clases al centro, ¿eh?”, le comenté a Sveta. “No te me estarás poniendo nostálgica, ¿O sí?”. Sveta gruñó: “Bah”.

Mis malas bromas no arredraron a Sveta y en días posteriores me estuvo contando otros cuentos navideños que ella recuerda de su infancia. De Chéjov leímos El árbol de Navidad, en donde aparece otro niño desdichado (empiezo a preguntarme si algún niño ruso ha sido feliz), y En fiestas, que, para no desentonar, es igual de deprimente y que, siendo sincero, no entendí. Esto último no se lo dije a Sveta por temor a decepcionarla de nuevo. Mi favorito fue Nochebuena de Nikolái Gógol, por mucho el más alucinante de todos. El diablo se roba la luna, aparece una bruja voladora, y en la oscuridad florecen festejos, altercados muy violentos y un romance.

“Y me dices que Cortázar es demasiado raro”, me quejé con Sveta.

Más allá de Dickens, Sveta no conoce a casi ningún otro autor anglosajón, así que como pago por sus muchos cuentos, le he leído The Gift of the Magi, de O’Henry, cuya anécdota le pareció excelente, pero su ejecución deplorable; y A Christmas Memory de Truman Capote, que la hizo llorar inconsolablemente. Habiendo agotado mi inventario con sólo dos cuentos, le mostré La Navidad de Charlie Brown, que, para profunda desazón mía, le aburrió; aunque concedió que Charlie se parece a mí: “Igual de aguafiestas”, declaró riéndose y luego su brazo vaporoso me dio un simulacro de palmada en la espalda.

Diciembre ha seguido avanzando y no cae nieve. Sveta está genuinamente enojada. “¿Cómo? ¿Vamos a llegar a noche vieja sin una nevada decente?”, me pregunta, como si yo fuera meteorólogo o vidente. Yo no estoy enojado; decepcionado tal vez. “Es raro”, le digo, “tantos años sin nieve y con sólo dos inviernos en Estonia ya exijo nieve a como dé lugar”. Sveta me cuenta que lo que más extrañaba de San Petersburgo al mudarse a Tallin era la nieve. “La nieve aquí”, dice ella, “siempre es poca, pero en San Petersburgo las nubes son generosas y en ocasiones parecía que se desparramaban enteras en parques y plazas”. Yo le hablo de una mañana, cuando tenía seis o siete años, en que despertamos con la sorpresa de que estaba nevando. “Hasta la fecha se habla de ese día”, le digo a Sveta y le cuento cómo Golfo, nuestro Alaska Malamut, acostumbrado al calor seco de mi ciudad, pareció de golpe reconocer en los escasos copos que caían su verdadera naturaleza, pues comenzó a aullar y dar brincos, tratando de atrapar la nieve con el hocico.

Para distraernos del clima mediocre que nos rodea, le he puesto a Sveta A Child’s Christmas in Wales, de Dylan Thomas, leído por el propio Thomas con su vocerrón venerable. “Qué sonido maravilloso, ¿no?” le pregunté a Sveta. Por respuesta ella dijo afligida: “Ay, ésa es otra cosa que extraño; el sonido de las palabras”. El idioma es otro peso que perdemos al morir; en el más allá queda sólo el esqueleto del lenguaje, por eso puedo comunicarme con Sveta. Pero junto con el obstáculo, se va también su obsequio. Traté de explicarle: “Oh, Sveta, imagina el sonido del agua helada corriendo sobre los guijarros y del viento golpeando el follaje de los pinos en un día nevado. Así, así justamente. Ese sonido tan suave, pero agigantado por el silencio de templo que crea la nieve”.

No sé si me entendió, pero sonrió.

Ayer fue Nochebuena y vine a visitar a Sveta. Durante días estuve pensando en buscarle algún regalo, pero no se me ocurrió nada bueno. Todo lo que más extraña está fuera de su alcance.

“Y bueno, ¿no tienes tú cuentos navideños mexicanos?”, me preguntó apenas crucé la puerta. “Conozco uno solamente; Navidad en las montañas”, respondí, y, como sé de su impaciencia, pronto lo busqué y comencé a leerlo.

En un principio Sveta quedó fascinada con esa visión de México desde los ojos de un soldado solitario merodeando montañas brumosas, cavilando sobre las tradiciones navideñas. A partir de la aparición del cura español, sin embargo, Sveta, al contrario que el narrador, se sintió más y más fastidiada. “¿Y este es un cura admirable? ¿Este señor tan pesado?”, exclamó.

Le molestó que el señor hubiera llegado a una aldea indígena y creyera haberla rescatado de “la idolatría y la barbarie”; que hubiera re-hecho el pueblo a su gusto, con jardines, adornos y techos que lo hacían parecerse a “aldeas de Saboya y de los Pirineos”; que les hubiera instado a cambiar tortillas por pan; y que todo esto fuera tomado por virtud. Yo no juzgo tan duramente a Altamirano como Sveta, el pobre hombre lo escribió por encargo y tiene pasajes memorables aunque sea meramente por la calidad de la prosa. Aun así, no deja de darme gusto escuchar a Sveta tan enardecida por una causa social.

“Mejor cuéntame tú cómo es la navidad en México”, me pidió.

Le expliqué que las tradiciones cambian mucho, dependiendo de la zona, de la clase social, de la familia; pero hago lo mejor que puedo para pintarle el cuadro costumbrista que desea. Le cuento de las posadas; de las plazoletas de iglesias y calles adornadas con luces; de los cazos humeantes de ponche o atole; de los tamales y los buñuelos; de las proverbiales piñatas con sus picos de papel, hechas sobre un jarrón de barro cocido, rellenas de cacahuates y caña de azúcar y mandarinas; de la procesión de María y José en busca de resguardo; de los niños (y no pocos adultos) que soportan rezos y cantitos desesperados o distraídos, esperando sólo la fiesta.

Le cuento también aquello de las pastorelas, que se hacen cada endemoniado año en preescolar y en primaria; le cuento que yo fui diablito y angelito, borrego y pastor; le cuento que mi hermano menor fue la estrella de Belén cuando tenía quizás un año, y que durante una hora colgó de un tubo con un disfraz hechizo de papel aluminio y cartón.

Le cuento de la cena navideña, invariablemente demasiada. De ese mundo incomprensible de los tíos y los abuelos que muy poco nos importaba, y de esa felicidad limpia de dudas que sentíamos los primos al jugar.

Le cuento entonces del nacimiento, o Belén, que puede ser solamente una representación en miniatura del pesebre donde, se supone, nació Jesús; pero que en nuestra casa era mucho más: enorme y francamente surrealista. Tenía el pesebre, con pequeñas tejas y rollos de alfalfa; un desierto con arena de verdad y un oasis donde habitaba un cocodrilo; un enorme río en donde de verdad corría agua y donde vivía un ornitorrinco que jamás supimos de dónde salió. Tenía decenas de pastores, muchos de ellos veteranos de guerra con miembros amputados, uno sin cabeza. Tenía un bosque y una selva puesto que queríamos incluir tigres, leones y un zorro que teníamos arrumbados entre nuestros juguetes. Tenía también un desierto mexicano, donde había una señora vendiendo tortillas y un campesino con su burro.

Le cuento del árbol y su aroma entrañable.

Y le cuento cómo dejábamos todo: nacimiento, árbol y luces por un tiempo insensato; el nacimiento ya derrumbándose, las ramas del árbol casi desnudas y en el suelo. No era descuido o desidia, era que mi papá se negaba a desprenderse de esas fechas. Porque era feliz. Y yo también.

Sveta me escuchó atenta todo ese tiempo y cuando terminé de hablar simplemente asintió, con los ojos cerrados y sonriendo.

Le deseé una feliz Navidad, aunque para ella la Navidad no sería sino hasta el 7 de enero. Nos dimos un abrazo y nos despedimos.

“¡Escríbeme un cuento de Navidad!”, me gritó cuando ya estaba saliendo de la casa.

Mi novia y yo fuimos a pasar las fiestas en Tartu, con amigos. Al volver nos encontramos con que la casa abandonada, junto con dos grandes terrenos adyacentes, estaba ahora rodeada por una valla con el logo de una constructora. Salté la valla, pero las puertas y ventanas estaban tapiadas. Pasé las páginas de mi cuento por debajo de la puerta.

Espero que el sueño de Sveta se cumpla y levanten aquí un gran centro comercial, con una tienda departamental de al menos dos pisos donde los anaqueles de zapatos, los estantes de joyería, los percheros de ropa y las muestras de perfume, replicadas en innumerables espejos, alcancen para llenar su eternidad.

 

Por lo pronto, seguimos esperando la primera nevada.

Crisis de identidad de un juguete en la era de la transcisciplinariedad

“In the context of semiotics, it becomes especially vividly apparent that transdisciplinarity can be regarded as embedded in objects” (Randviir 2009:90).

La familia González se reúne a partir la rosca y abrir los regalos que han traído los reyes venidos de oriente. Tradición anual que, como tantas otras, no es nada sencilla en la familia González, cuyos miembros están extraordinariamente escolarizados para la media mexicana (cosa que ratificaría sin dilación la tía Sonia, quien tiene un doctorado en demografía y trabaja en el Inegi), todos ellos en ámbitos disímbolos de las humanidades y en ocasiones antagónicos, lo cual puede – y suele – llevar a desencuentros.

Un ejemplo aclarará la gravedad de la situación.

Paquito (6 años, cuadro de honor) abre su regalo: Es una figura de acción, un muñeco hiper musculoso, un clásico de los 80: He-Man. Las expresiones en los rostros de la familia que se reúne en la sala son variadas y habrá que detenerse a analizarlas, una por una. Vayamos primero a Tobías, 55 años, mercadólogo, quien al ver al rubio e hipertrofiado juguete, esboza una sonrisa de oreja a oreja. Par él He-Man es un memento de una de las cimas de la creatividad publicitaria, muy bien representada por el mundo de los juguetes de los 80. Javier, 55 años, comunicólogo con especialización en estudios de medios (y hermano mellizo de Tobías) también sonríe ampliamente. He-Man y los maestros del universo es, para él, uno de los primeros y más interesantes usos de la narrativa transmedial con fines publicitarios. Tobías y Javier son los únicos que sonríen.

Diseccionemos el resto de las muecas presentes. Miguel, 47 años, sociólogo por la UAM, hermano menor de Javier y Tobías (a quienes detesta), ve con desdén ese pedazo de plástico que no constituye nada más que otro burdo ejemplo del sucio imperialismo cultural yanki. Por supuesto, también ve los métodos de explotación del capitalismo salvaje, es decir, ve las manitas maltratadas del niñito chino que hizo ese juguete por un mísero yen (o algo así) contrastadas con las manos repletas de dinero de los directivos de Matel. Héctor, hijo de Miguel, 23 años, actualmente cursando el primer semestre de su maestría en Filosofía, recientemente convertido al neomarxismo de Gramsci, también dirige una mirada disgustada al juguete, al cual considera la reificación de los valores neoliberales más deleznables: el culto al individualismo y una adhesión implícita al darwinismo social, pero se cuida de enunciar sus opiniones ya que sabe que por su posición social él no puede ser un intelectual orgánico.

La tía Herminia, 50 años, psicóloga, tuerce la boca elocuentemente, dejando claro a quien la mirase en ese instante que ése regalo es la evidencia incontestable de que Paco es el más atormentado por la figura ausente del padre, a quien ha mitificado hasta la caricatura. Y no quiere ni meterse en el escabroso camino de las significaciones de que Paco le regalase ese juguete a su propio hijo, Paquito.

Carolina, 38 años, feminista de la tercera ola, tiene una expresión de profunda consternación. Es evidente que He-Man es un terrible ejemplo a seguir para su hijo (Paquito es su hijo, pero Carolina no se define por su posición de madre) un compendio de rasgos físicos que encarnan la fantasía machista del hombre salvaje, musculoso y bárbaro y en general un refuerzo más – como si se necesitaran más – de los estereotipos de género que determinan que el hombre debe ser el protector y el único que puede tener aventuras. Aunque, por otro lado, Carolina también recuerda la existencia de She-Ra la princesa del poder, muñeca que, por supuesto, tuvo y que significó mucho para ella, pues era una muñeca poderosa y valiente. Su hija, Susana, sin embargo, no tiene dudas de la maldad latente en el obsequio. A los 17 años, Susana se identifica como feminista de cuarta generación y está atendiendo a un diplomado de estudios de género. Le horroriza el discurso de masculinidad tóxica en el que ese horroroso muñeco claramente se inserta. Además, le preocupa que su hermano, a tan corta edad, sea ya incluido en un rígido constructo binario.

Finalmente está Valentina, 28 años, hija de Tobías, quien regresó de Edimburgo, de su maestría en estudios postcoloniales para pasar las fiestas con su familia, pero que al ver ese regalo quisiera regresarse, pues no soporta la propagación de esos mitos en que el salvador es rubio, claramente de linaje anglosajón o noreuropeo, y el villano es aquél que es diferente.

Paquito… Paquito tiene una mirada que tiene algo de desconcierto, pero sobre todo es una mirada de decepción. Él esperaba el videojuego Monster Hunter World para PS4. Paco, su padre, al descubrir el desencanto en los ojos de su vástago, es sorprendido por una lágrima solitaria, porque Paco es un nostálgico y para él He-Man era la infancia.

Por su parte, He-Man, mantiene el gesto desafiante de siempre, aunque uno juraría, si se le mira bien, que hay un no sé qué de vértigo en sus ojos negros, un algo de horror existencial. Defecto de fábrica, seguro.

Ingeniería Genlétrica

Ayer, hice un descubrimiento que pensé revolucionaría el mundo, el universo entero como lo conocemos, algo que yo creí tenía asegurado su lugar en la historia como uno de los adelantos científicos más importantes, y que a su vez le haría un espacio a mi nombre entre los más ilustres. Estaba absolutamente seguro de que pasaría de ser  un simple profesor de literatura en una preparatoria, a ser un hombre de ciencia reconocido universalmente.

Ayer fue un lunes cualquiera, en un aula de clases cualquiera: gris, aburridísima y represiva. Estaba sentado en mi escritorio desde el cuál gobernaba con mano de hierro sobre la masa de homínidos que los débiles llaman “alumnos” y que los idealistas llaman “estudiantes”. Mientras los primates contestaban un cuestionario, yo leía en el periódico una nota sobre ingeniería genética, pues desde que un tal Francis Crick y otro fulano Watson encontraron la estructura del ADN, el mundo científico sólo tiene ojos para clonaciones, implantaciones de órganos humanos en cerdos,  extracción de células madre, etc. Francamente entre esa lectura,  el rasgueo de los bolígrafos y la falta de café, ningún coordinador, director o rector tendría derecho a despedirme por quedarme dormido. Y además no me quedé totalmente dormido, nunca lo hago, siempre me entrego a un estado intermedio en el cuál estoy lo suficientemente consciente para aventarle el gis a aquél que ose hacer alguna idiotez, pero lo bastante dormido para imaginarme en una playa. Extrañamente mis arenas doradas de ficción que usualmente me calentaban los pies no se presentaron. En lugar de ellas comencé a ver frente a mí: células.

Montones y montones de células, cientos, miles… Células que se dividían y multiplicaban fuera de control y así, sumergido en este viaje microscópico me adentré en ellas y antes de que pudiera registrar en mi cerebro lo poco que hubiera quedado de mis clases de biología, frente a mí se presentaron cromosomas y dentro de éstos, cadenas de ADN que se desenvolvieron ante mis ojos y conseguí ver sus… (¿Cómo se llamaban? Ah, claro…) bases nitrogenadas, sus azúcares, sus proteínas y entonces… el micro cosmos que me engullía en su torbellino genético se detuvo… ¡algo ahí estaba mal!, algo no concordaba con los modelos de ADN que había visto en alguna de mis incursiones accidentales al laboratorio. Las bases tenían claramente… letras en ellas.

Había una “E” aunada a una “n” y por allá una “u” con otra “n” Al alejarme poco a poco descubrí que estas bases formaban genes que en realidad eran palabras como “En”, “un”, “lugar”, “de”, “la”, “Mancha” …

-¡Profe! ¡Prof!

Este grito de Martínez me regresó a la realidad de inmediato. Pasé mi mirada como un escáner, velozmente a través del recinto, alguno tenía que estar fumando hierba, ¿de qué otra manera se explicaba mi viaje por el universo genlétrico?

– Si Martínez, ¿Qué se le ofrece?

– Los trabajos que le entregamos desde hace una semana, ¿los va a devolver? ¿O hasta mañana como siempre?

– Hoy mismo señor, gracias por recordármelo. ¡Jiménez!, hágame favor de entregar los ensayos.

Miré con encanto la cara de Martínez, mientras pasaba de alegría a extrañeza y ésta a su vez a enojo, a desprecio y finalmente a una mirada ardiente de odio. Valía la pena verlo tragándose su arrogancia, a pesar de que sabía que llevaría a una discusión, cosa que no importaba pues también sabía que yo ganaría.

Al final de clase, efectivamente se acercó Martínez disimulando su ira. Ya sabía lo que venía: “¿Profesor puedo hablar con usted?”

–          ¿Profesor puedo hablar con usted?

–          Por supuesto Martínez.  Claro que debo advertirte que si es acerca de tu trabajo, la calificación es definitiva.  ¡No habrá cambios!

–          Pero ¿por qué? Profesor usted pidió un ensayo acerca de la locura del del Quijote, y eso hice, y no sólo eso, además es excelente.

–          Lo sé, es excelente, me encantó también cuando lo leí en Wikipedia, Monografías y ¿dónde más era? ¿El rincón del vago? ¡Ah! Y por supuesto Yahoo respuestas.

Ver el rostro de ese chiquillo engreído encogerse de ira y vergüenza me deleitó.

–          Si el trabajo hubiera sido sobre el manejo de Copy/Paste, sin duda usted hubiera sacado 10 Martínez, pero como no fue así, la nota no cambiará. Que tenga buen día.

Y con estas palabras que como un buen plomazo asestaban el golpe final al malherido orgullo de Martínez me fui.

Esa noche cuando fui a la cama encendí el televisor y en las noticias anunciaban a otro ingeniero en genética con otro grandioso descubrimiento. Estaba harto de eso, así que lo apagué y comencé a leer un libro. Al pasar mis ojos sobre el papel, al leer las palabras, comenzaron a aparecerse imágenes extrañas ante mí. De nuevo cromosomas, ADN, cadenas, genes, nucleótidos, bases, o… ¿letras?

Fue entonces cuando fui golpeado por la idea, por la magnitud de la epifanía que no había podido identificar antes. Ante mi se estaban revelando y descifrando las bases del lenguaje, el genoma… de las letras.

¡Por supuesto! ¡Era tan claro! Así, atrapado en este torrente de emociones, en este tornado de excitación fui a mi estudio y saqué uno tras otro libros y más libros y más libros y más y después diarios y revistas y escritos de todo tipo y los devoré y los estudié y después investigué un poco acerca del genoma y el ADN.

Maravillado ante mi descubrimiento, que estaba seguro era el más grande del mundo, me tiré al suelo  y miré al techo y al cielo detrás de éste. Ahora sabía lo que había sentido Newton al ver la gravedad actuando en el universo, o Einstein viendo el espacio curvo y el tiempo relativo, o Mozart desenvolviendo sonidos. Ahora sabía y conocía mi propio campo de la ciencia desde su interior, desde su núcleo, desde su ADN, desde su código genético. Imaginé todas las posibilidades que se abrían ahora.

El ADN eran bases que conocen los mortales como: ABCDEFGH… y estos estaban unidos por enlaces de hidrógeno que son: .,-¿¡”´¨,….

Los genes son las palabras y el Genoma entero es la literatura, que una vez que hube investigado, descubrí era exactamente igual en el 99.9%, y ese 1% que hacía que un menú de restaurante y las obras de Shakespeare fueran diferentes, era el acomodo de las bases, su distribución, y su relación con sus proteínas.

En algunos casos, en literatura más aventurada, moderna, no lineal, influían distintos tipos de monosomías, trisomías, deleciones, cromosomas en anillos, etc.

Este descubrimiento era más que deslumbrante, era un parteaguas en la vida del ser humano. Cuando saliera el sol, iría directo a la escuela a renunciar y saldría a develar mis conocimientos al mundo, a preparar mi discurso para el premio Nobel, a entrenar mis modales para ir a cenar con los reyes y a pensar en qué diría en las múltiples entrevistas que me esperaban.

Estaba de tan buen humor que pensé en revisar los últimos trabajos de los que pronto serían mis ex alumnos. Para esbozar una sonrisa aún más grande en mi rostro el primer trabajo que descansaba sobre todos en mi mesa era el de Martínez. Con nadie como él disfrutaba dibujar un 5 en su máxima expresión.

Lo leí con esa sonrisa de quien se sabe superior al mundo pero pronto comenzó a desdibujarse mi mueca burlona y se comenzó a transformar en una tristeza y desolación intensa. Aquel trabajo de Martínez era exactamente igual el anterior, simplemente copiar y pegar de varios sitios de la web; pero esta vez me noqueó la cruda realidad y me tiró al suelo en lugar de elevarme. Yo  apenas había averiguado el genoma de las letras y Martínez ya era un maestro en complicadas clonaciones, implantaciones, manipulaciones de ADN con las cuáles yo sólo soñaba.

Así que ahora espero que el director me atienda para, en efecto, presentar mi renuncia inmediata, pero no habrá premios ni entrevistas ni futuro brillante. Sólo me voy porque si me quedo me consumirá esa sonrisa de amplia satisfacción de Martínez, el más grande de los ingenieros genlétricos, cuando reciba su ensayo con un gran 10.