The Lighthouse: El delirium tremens de Prometeo

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Para los marineros perdidos en altamar, un faro es la esperanza; para Willem Dafoe y Robert Pattinson, sin embargo, el faro es precisamente el sitio de su naufragio. The Lighthouse es una pesadilla marítima, un descenso – pero descenso no es la palabra, una caída, una caída por un peñasco, a la locura. Los dos desgraciados protagonistas se ahogan en lluvias torrenciales y sobre todo en alcohol, y uno los sigue de cerca, embriagado también, pero por la extraordinaria fotografía, la hipnotizante banda sonora y la rabiosa edición.

Tom Wake (Dafoe) es un viejo lobo marino al que una pierna mala ha separado de los barcos, relegándolo a esa roca negra y a la labor de wickie, cuidador y operador de un faro. A su mando está el recién llegado Ephraim Winslow (Pattinson), quien fuera una vez un leñador pero ahora se dedica a cualquier trabajo que pague. Para su pésima suerte, eligió este trabajo. Pronto se da cuenta de que ha sido contratado no sólo como ayudante, sino también como mucama y como patiño. De hecho, Winslow parece hacerlo todo mientras que Wake se dedica simplemente a atender el cuarto de la luz, una tarea que se reserva celosamente y que en ocasiones disfruta desnudo. La única tregua entre estos dos hombres solitarios llega por las noches, durante la cena, cuando Wake prácticamente obliga a Winslow a conversar y a beber un licor que, me imagino, debe tener más en común con el desengrasante que con el vodka. Wake y Winslow se acercan poco a poco, pero sus acercamientos, incluso aquellos que por un momento podrían inspirar ternura o risa, son siempre los de dos bestias ariscas que en cualquier segundo pueden lanzarse a abrirse el pescuezo con los dientes. Los dos esconden secretos, entre ellos y ante nosotros.

Es impresionante lo que estos dos actores han hecho. El marino curtido en salmuera que es Tomas Wake viene completo con gorro, pipa y (casi) pata de palo y sus expresiones y gruñidos completan una imagen que en manos de un actor menor habría sido una caricatura. Pero Dafoe es Dafoe y con esta materia esculpe un portento de personaje que en ocasiones recuerda al capitán Ahab y en otras al mismísimo Neptuno. (Para regresarnos a la tierra, no obstante, Eggers se ha tomado la molestia de agregarle otro rasgo importante a Wake: constantes flatulencias). Robert Pattinson, por el otro lado, se confirma como uno de los actores más talentosos de su generación (sí, ¿quién lo hubiera pensado?) con su Ephraim Winslow, a ratos enigmático, a ratos vulnerable, a ratos un hierro caliente de furia, siempre una maraña de angustia.

Igualmente impresionante es el guion que Robert Eggers ha escrito con su hermano menor, Max Eggers. Los hermanos Eggers investigaron a profundidad literatura del mar de la época y de la región (finales del siglo XIX), particularmente a través de las obras de Sarah Orne Jewett. El diálogo resultante que Wake y Winslow se escupen uno al otro es Melville, es Coleridge, y está tan lleno de aliteraciones que a Shakespeare le provocaría escalofríos de placer.

Si un director menos talentoso y menos ambicioso hubiera estado al timón, The Lighthouse podría haber sido una de esas películas hermanas gemelas del teatro, porque se presta para eso: una locación, dos personajes, diálogo de primerísimo nivel. Pero Robert Eggers está interesado en el cine, el cine puro y decantado, de manera que toma estos elementos y con un ojo prodigioso sigue las vetas y encuentra oro visual.

El director ha confiado de nuevo en el fotógrafo Jarin Blaschke y en la editora Louise Ford, con quienes ya había trabajado en The Witch. Grabada en película en blanco y negro de 35mm y en un aspect ratio de 1.19:1, The Lighthouse evoca conscientemente el cine de Murnau o Lang. El expresionismo alemán tiene su clara huella aquí, con una iluminación espectacular que escudriña los gestos, que manosea las caras buscándoles surcos grotescos, y que proyecta sombras ominosas y casi vivas. También hay algo de la pintura de Andrew Wyeth y de la fotografía de Edward Weston (en particular ésa de la espiral de una concha que es como el molde para la escalera de caracol del faro). La edición, por su parte, es modernísima y tiene un pie en Un Chien Andalou y otro en el futuro, con una sesión masturbatoria en particular que podría inducir un síncope.

Mas lo interesante ocurre ahí donde Eggers se despega de sus influencias, pues su película no tiene nada de los escenarios distorsionados del expresionismo. Al contrario, desde The Witch Eggers ha dejado claro que es un obsesivo en lo que se refiere a la autenticidad. En The Lighthouse, por ejemplo, grabaron en Cabo Corchu, Nueva Escocia, donde el clima era realmente tan horripilante como el que vemos en pantalla (tres tormentas arremetieron contra la filmación). La ropa que visten Defoe y Pattinson está hecha con lana gruesa y piel de cerdo de acuerdo con escritos de la época. El faro se construyo ex profeso. Pero a Eggers este rigor histórico le sirve no para hacer películas realistas, sino para construir fantasías retorcidas como si hubieran ocurrido de verdad.

El efecto combinado y coronado por la banda sonora de Mark Korven, llena de tubas que evocan el bramido grave de los barcos, es un viaje mesmérico que en efecto es de horror, pero un horror siempre ambiguo y que en el fondo es el horror de los hombres, el horror de los hombres solos, enfrentados consigo mismos, con sus fantasmas, con el ansia de poder, con la lujuria. Particularmente la lujuria. Porque en The Lighthouse, como en el horror pretérito, de ciertos cuentos folclóricos, el miedo y la culpa se juntan con el deseo sexual. El sexo (o la falta de) se mezcla como tinta con sangre en el licor que beben Winslow y Wake desesperados. (¿Qué diría Freud que simboliza un faro?).

Es por ello que la trama es escasa, no porque sea superficial, sino porque bastan unos símbolos, unas cuantas referencias a la mitología griega y a las supersticiones de marineros para que sigamos las raíces de esta historia que llegan muy hondo, al estrato donde duermen los arquetipos.

A estas alturas sobra decir que la película es una delicia. Hay escenas, en particular una, que quedarán grabadas en mí mientras me dure la memoria. Espero que me dure mucho.

Parasite. Una fábula furiosa

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El enigmático señor Bong Joon-ho nos entrega con Parasite una afiladísima fábula de conflictos de clase que es parte comedia negra, parte thriller, parte película de horror y parte tragedia, y que es también la película más sorprendente del año. Hay deportes extremos que provocan menos emociones que Parasite.

Kim Ki-Taek (Song Kan-ho), su esposa Chung-sook (Jang Hye-jin)  y sus hijos Ki-woo (Choi Woo-shik) y Ji-jeong (Park So-dam) viven en un miserable semi-sótano en los barrios bajos de Seúl donde se dedican a doblar cajas de pizza para sobrevivir y a vigilar que el borracho de la calle no orine fuera de su ventana. Una tarde un viejo amigo de la escuela visita a Ki-woo y le pide que tome su lugar como tutor de inglés de Da-hye, hija mayor de la adinerada familia Park. Ese mismo amigo les obsequia a los Kim una roca verde que, según dice, trae fortuna. Para los hermanos Kim, que son ambiciosos y de una inteligencia feroz, esta roca es un permiso y el pequeño trabajo una rendija por la que buscarán deslizar a todo el clan. A partir de aquí (y llevamos apenas quince minutos de película), entramos a una cámara de espejos, salidas en falso y trampillas que Bong Joon-ho usará con la pericia de un ilusionista consumado.

Para quien no conoce el cine de Bong Joon-ho ésta es una entrada ideal. Para quienes lo conocen, éste será el plato fuerte en el ya de por sí gran festín cinematográfico que el director nos ha regalado. Este cineasta coreano no sólo tiene una visión personalísima y el talento para llevarla a cabo, sino que es uno de esos creadores que llegan al cine con ganas de tumbar paredes y reconstruir. Las paredes de los géneros cinematográficos notablemente. Si ya desde The Host – que es una monster movie que también es thriller político, comedia y drama familiar – la crítica había batallado para clasificar a Joon-ho, con Parasite el director se reta a sí mismo a ir al límite y saltar.

La película empieza burbujeante, como una comedia social, pero ese humor lentamente se vuelve más y más oscuro, y uno ríe con las mismas, sino es que con más ganas; y luego, de golpe, alguien corta los cables del elevador y ya hemos caído vertiginosamente en una especie de horror. Pero entonces abrimos los ojos y nos encontramos con escenas que tienen la tensión, el aguanta-la-respiración-aférrate-a-tu-asiento de Misión imposible. Y todavía faltan humores y tonos que Joon-ho nos tiene reservados. Y lo inaudito es que la superficie de esta película es suave y lustrosa y es imposible notar cuándo y cómo fue que nuestro corazón empezó a saltar a otro ritmo. Hay gente que no consigue dominar un género, pero Bong Jon-hoo los engarza con la maestría con la que un compositor entrecruza temas en una sinfonía. Y hablando de música, la banda sonora de Jeong Jae-il sigue el sinuoso camino de la trama con una fidelidad que deja pasmado.

Es importante aclarar, sin embargo, que la película no es puro malabar y sorpresa. Su centro es prístino, pesado y está ardiendo. La furia por la disparidad económica es el motor que da vida a esta admirable maquinaria. Hay una escena absolutamente maravillosa en que la familia Kim sale de la casa de los Park durante una tormenta, por la noche, y deben correr hasta su hogar. Este viaje es literalmente un descenso al inframundo. La cámara los muestra diminutos, bajando por una ciudad que cambia como estratos geológicos, de una noche azul a un mar de casuchas iluminadas con rojo neón. Su hogar está inundado con agua que se ha desbordado de las alcantarillas y tratan inútilmente de salvar sus pertenencias. Mientras una derrotada Ji-jeong prefiere sentarse a fumar sobre el excusado que está escupiendo aguas negras, arriba en las alturas los Park disfrutan de la lluvia cayendo en su precioso jardín iluminado, a salvo dentro de su mansión construida por un arquitecto famoso, como quien mira fuegos artificiales.

Pero Bong Joon-ha no es un maniqueo. Los Park no son malvados. De hecho, como admiten los Kim, son buenas personas, amables. “Si yo fuera rica, también sería amable” dice Chung-sook: “El dinero es una plancha, elimina todas las arrugas”. Por su posición, los Park no pueden evitar mirar y hablar de los otros como de utilería en un mundo a su servicio. El olor, por ejemplo, es un elemento poderoso en la película. El señor Park comenta a su esposa que el señor Kim es agradable, pero le molesta su aroma. “¿Cómo huele?” pregunta la esposa. “Como la gente en el metro” responde su marido. “Hace tanto que no me subo al metro”, dice ella meditabunda. A partir de ese momento cada leve contracción de las fosas nasales adquiere el peso terrible de una cachetada. Y a pesar de que todo esto nos empuja a estar de lado de los Kim, ellos no son en estricto sentido buenos. Son convenencieros y egoístas y no parece importarles demasiado que sean otros como ellos, igualmente desafortunados, los que sufran el daño colateral de sus acciones.

Parasite es también la mejor película de Joon-ho técnicamente hablando. Aquí , con ayuda del fotógrafo Hong Kyun-pyo, el director nos conduce por los pasillos de su historia con pulso de neurocirujano y es claro que cada decisión cuenta. Una conversación empieza mundana y estamos en el clásico plano-contraplano, pero cuando se llega al punto, la cámara enfatiza su importancia haciendo un paneo tenso. Estas pequeñas decisiones formales nos preparan para los virtuosos movimientos de cámara que vendrán. Como Hitchcock, Joon-ho sabe que en el cine el suspenso debe surgir eminentemente de lo que se ve, no de lo que se cuenta. También como Hitchcock en Rear Window, Joon-ho mandó construir su mundo. El diseñador de producción, Lee Ha-joon construyó tanto el cuchitril (y la calle entera) de los Kim como el palacio moderno de ensueño de los Park.

Parasite es una película tan buena, tan rabiosamente divertida y tan trágicamente escalofriante, tan original y ambiciosa en su aproximación y tan perfecta en su ejecución, que podría seguir discutiendo sus virtudes por días. Diré sólo una cosa más. La historia comienza con Ki-woo y Ji-jeong buscando un wifi abierto que puedan usar gratuitamente, plantando así la idea que da sentido al título y a la película. Mas cuando la idea germina, tiene un enramado complejo. Aquí no hay un parásito claro, sino muchos. Como una cadena de sanguijuelas, todos chupan sangre, y el triunfo conceptual de la película es señalar qué sanguijuela está más gorda y con la sangre de quién.