Borges, autor de fake news

Foto de Bernardo Pérez, 1985

Llenósele la fantasía de todo aquello que leía en los libros, así de encantamientos, como de pendencias, batallas, desafíos, heridas, requiebros, amores, tormentas y disparates imposibles, y asentósele de tal modo en la imaginación que era verdad toda aquella máquina de aquellas soñadas invenciones que leía, que para él no había otra historia más cierta en el mundo.

Miguel de Cervantes, El Ingenioso Hidalgo, Don Quijote de la Mancha, Capítulo I.

Hoy se conmemora uno de los hechos más insólitos en una historia nacional de por sí pródiga en rarezas. El 26 de agosto de 1808, Donasiano Izagaga, líder de una protoconjura contra la corona española, fue asesinado por uno de los suyos en el palco del ‘Corral de comedias’, hoy Teatro Principal de Guanajuato. Durante más de un siglo se le tuvo como uno de tantos héroes nacionales e incluso contó con una estatua en la Plaza de los Ángeles, hasta que la Dra. Olga López Andonegui hizo un hallazgo demoledor. Días antes del atentado, Izagaga había sido descubierto a punto de enviar una alerta al corregidor delatando a los soberanistas. Había que ajusticiarlo, pero el movimiento era demasiado joven para aguantar semejante golpe a la moral. Se resolvió entonces disfrazar su ejecución de martirio y el propio Izagaga, buscando redimirse y darle significado a su muerte, accedió a participar en la pantomima que lo pintaría como héroe traicionado y no como traidor.

Este fascinante episodio ocurrió y ocurre todavía cada vez que alguien lee de nuevo Tema del traidor y del héroe de la colección de cuentos Ficciones, de Jorge Luis Borges, aunque con otros nombres y geografía. De no haber revelado su falsedad, nada nos impediría creer que las cortinas de un palco de teatro en Guanajuato se mancharon con la sangre de un conspirador. Bastan unas cuantas referencias precisas, algunas reales, otras inventadas. Ayuda también que el mundo esté siempre más loco que la ficción.

A los pobladores del siglo XXI nos sobran amenazas que nos hacen sentir especiales, entre ellas las fake news. Asustados y fascinados hemos corrido a preguntar a los sociólogos, a los psicólogos, a los neurólogos, a los politólogos, a los biólogos evolutivos, a los programadores y, ya víctimas de la desesperación, hasta a los filósofos: ¿Qué son las fake news?, ¿cómo combatirlas?, ¿por qué creemos en ellas? Sorprende que a nadie se le haya ocurrido interrogar a la cofradía que ha hecho un arte del embuste: los escritores. Y de entre ellos, nadie ejerció el engaño como Borges.

En 1935 fue publicado Historia universal de la infamia, una compilación de siete breves biografías de criminales. Escrito con rigor académico y acompañado de bibliografía, firmado por un intelectual conocido entonces sólo como ensayista y esporádico poeta, el libro consiguió pasar como auténtica enciclopedia de truhanes para más de un lector. No obstante, por primera vez en su vida y en un movimiento que alteró la literatura, Borges se había atrevido a mentir – más o menos.

Todos los crímenes narrados en Historia universal de la infamia están documentados y todos los biografiados son trasuntos de personajes históricos reales, pero sus hazañas están alteradas, engrandecidas, silenciadas, fabuladas a placer. En el prólogo a la edición de 1954, Borges describe estos relatos como: “el irresponsable juego de un tímido que no se animó a escribir cuentos y que se distrajo en falsear y tergiversar (sin justificación estética alguna vez) ajenas historias”[1]. Este método de mezclar verdad y mentira, ensayo erudito y ficción fantástica, de cimentar lo imaginado en arduas citas y notas al pie, se convirtió en el sello del cuentista y su impronta más duradera; método que perfeccionó en su siguiente libro (y a mi gusto personal, el mejor): Ficciones.

Ficciones es a la vez el mejor tratado, parábola, advertencia y manual sobre fake news. En el cuento que abre el volumen, Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, el protagonista – el propio Borges – se entera de una región de Asia Menor llamada Uqbar de boca de Bioy Casares, quien a su vez leyó sobre ésta en la Anglo-American Cyclopaedia. Al revisar la edición de Borges se percatan de que no hay referencia a Uqbar por ningún lado. Sorprendido, Bioy trae su ejemplar y constatan que son en todo idénticos exceptuando la entrada sobre Uqbar. Esto desencadena una pesquisa libresca de corto alcance que arroja más sombras sobre el misterio. Mucho después, en un hotel de Androgué, Borges encuentra el tomo undécimo de una enciclopedia llamada A First Encyclopaedia of Tlön, que en vida perteneció al ingeniero amigo de su padre, Herbert Ashe. En ella, aprende sobre el planeta Tlön, su sistema de pensamiento y su lenguaje. Indagando a mayor profundidad, descubre que esta enciclopedia y el planeta al que hace referencia, son creación de Orbis Tertius, una sociedad secreta de intelectuales iniciada en el siglo XVII (y que en sus muchas generaciones incluyó a Leibniz). En una labor de siglos, dicha sociedad produjo cuarenta tomos en donde se exploran todas las minucias de ese imposible lugar: su historia, literatura, su química, física y matemática, su zoología, botánica y astronomía. En un posdata, Borges cuenta que la enciclopedia completa fue localizada en una biblioteca de Memphis y que reimpresiones de la misma pueblan las bibliotecas del mundo, que no pasó mucho tiempo antes de que objetos de Tlön comenzaran a ser hallados en la tierra, que la enseñanza de los conocimientos sobre Tlön empieza a usurpar el sitio de la enseñanza corriente. Finalmente escribe con temblor y certeza: “El mundo será Tlön”.

Es el raciocinio que utiliza el protagonista para explicarse esta callada aceptación de la humanidad lo que me parece interesante aquí: “¿Cómo no someterse a Tlön?”, pregunta Borges. Ante un mundo incomprensible cuya vastedad y entramado nos rebasa, cómo no someterse a este planeta extraño pero perfectamente ordenado? “Tlön será un laberinto, pero es un laberinto urdido por los hombres, un laberinto destinado a que lo descifren los hombres”, escribe el autor.

La lotería en Babilonia es otra aproximación al mismo fenómeno. Un hombre explica la historia y funcionamiento de la lotería que rige todos los aspectos de la vida en el reino. La lotería babilónica, que fue inventada en un pasado remoto e indefinido, no difería de la lotería regular. Un número premiaba a uno de muchísimos participantes con dinero. Este principio se volvió tedioso rápidamente ya que sólo apelaba a la esperanza y no a otras posibilidades, como el miedo o la aprehensión. Entonces se empezaron a sortear también multas, luego temporadas de prisión, luego cualquier clase de castigo o vejación. Los premios también dejaron de ser sólo monetarios y comenzaron a comprender toda clase de resultados que pudieran prodigar felicidad. Se decidió en algún punto que todos los habitantes del reino participaran en la lotería e incluso que hubiera actos impersonales decididos por esta suerte, por ejemplo: que cada siglo se retire o se agregue un grano de arena a la playa. La complejidad y alcance del juego se volvió tal que el comité encargado de la lotería, conocido simplemente como la Compañía, pasó a ser omnipotente. Sus agentes, que operan en secreto y a quienes nadie conoce, deciden todo cuanto ocurre. En las últimas líneas, el narrador concede que existen heresíacas que niegan la existencia de la Compañía y aún otros que afirman que el que exista o no es irrelevante ya que “Babilonia no es otra cosa que un infinito juego de azares.”

Si en Tlön, Uqbar, Orbis Tertius nos encontramos ante un mundo ficticio que coloniza y suplanta al mundo real porque es más inteligible, en La lotería en Babilonia nos presentan un mundo donde esta operación ya ha ocurrido, siglos atrás, y donde las personas prefieren creer que hay un orden y una inteligencia detrás del azar.

Mas inclusive en un universo organizado hasta el paroxismo, como el descrito en La Biblioteca de Babel, los moradores se entregan a conspiraciones fútiles basadas en creencias y rumores: unos destruyen libros que juzgan inútiles, otros se aventuran de galería en galería buscando el libro exacto que justifique su existencia, otros esperan dar con un libro total que justifique el universo, y existen todavía quienes se valen de métodos prohibidos para crear aquellos elusivos libros. En esta confusión los humanos viven solos y se suicidan con frecuencia tan alarmante que el narrador pronostica la extinción de la raza humana. La biblioteca, por otro lado: “perdurará: iluminada, solitaria, infinita perfectamente inmóvil, armada volúmenes preciosos, inútil, incorruptible, secreta”. Tal vez haya un patrón, pero la incapacidad de discernirlo nos obliga a inventar otros.

Los procesos más elementales tampoco escapan de la sospecha. En La secta del Fénix, el autor retrata la procreación como un rito y a la especie humana como una secta. En el mundo que Borges nos ofrece, todo es un signo, un mensaje cifrado, un movimiento en el tablero en el que sólo somos piezas: “¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza?”, se preguntó años más tarde en un soneto sobre el ajedrez. Con el mismo alivio y el mismo horror que el protagonista de Las ruinas circulares, Borges se da cuenta de que él como todos no es más que el sueño de otro alguien en donde no tiene ningún control. Sabe también, que lo único más aterrador que este descubrimiento: no controlo mi propio destino, es la revelación de que nadie lo controla, el sueño carece de soñador, somos súbditos del vértigo.

Pero Borges no cede al abismo con angustia (de otro modo sería un existencialista más) sino con una resignación en la que casi hay gratitud, y su antídoto para la pesadumbre es siempre esa deliciosa ironía inglesa que aprendió de muchos, especialmente de De Quincey. En sus laberintos hiperintelectuales de un lenguaje pulido con severidad, asoma siempre una sonrisa pícara como la del gato de Cheshire porque Borges sabe demasiado bien – y saberlo, como a todos nosotros, le duele – que nada tiene un significado profundo o ulterior, que todo lo que tenemos y todo lo que somos no son más que historias.

En Pierre Menard, autor del Quijote, que trata de la reescritura exacta del Quijote por un dlirante autor francés en el siglo XX, un exégeta nos presenta con pormenorizados comentarios en que coteja ambas versiones para probar el valor artístico de la empresa, entre los cuales destaca: “… la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir” pasaje del Quijote que escrito por Cervantes – a ojo del crítico – se trata de “un mero elogio retórico de la historia”, en cambio cuando Menard escribe exactamente lo mismo, nos dice, estamos ante una idea “asombrosa” ya que “Menard, contemporáneo de William James, no define la historia como una indagación de la realidad sino como su origen. La verdad histórica, para él, no es lo que sucedió; es lo que juzgamos que sucedió”.

Lo que juzgamos que sucedió, eso es lo que importa. Los hechos fueron unos, impenetrables, inaccesibles, como los que registra la prodigiosa memoria de Funes y cuya acumulación termina por atormentarlo. Lo que interesa para el resto de nosotros, desmemoriados, es la interpretación en que hemos acordado.

Es lo que ocurre en el relato que alteré para mi párrafo introductorio, Tema del traidor y del héroe, en donde se monta una obra gigantesca que incluye a cientos de actores, parcialmente basada en el asesinato de Julio César y con diálogos plagiados de Macbeth, todo con tal de mantener en alto el nombre de un traidor demasiado importante para la revolución irlandesa. Una vez escrita, la historia oficial se transforma en la historia.

Esto implica, por supuesto, que la realidad – o el acuerdo que de ella tenemos – es precaria, falible y múltiple. En El jardín de senderos que se bifurcan seguimos la historia de Yu Tsun, espía chino al servicio de Alemania durante la Primera Guerra Mundial. La narración se hace desde un cómodo presente en que la misión de Tsun ha fallado, no obstante, cuando salimos del cuento y si prestamos atención nos damos cuenta de que la historia se ha alterado, hay una bifurcación en el tiempo, en otro plano, conectado apenas por unas páginas con el nuestro, Alemania ha vencido a Inglaterra.

No es mi intención manchar la obra de Borges usándola en defensa de las fake news ni tampoco esgrimirla como un argumento a favor de un relativismo total del que Borges habría abominado, sino proponer el placer de la relectura de Ficciones con esto en mente, para recordar una vez más que “la era de la postverdad” es sólo una de las muchísimas maneras en que legitimamos nuestra egocéntrica creencia de que somos los primeros en algo; recordar, pues, que ya Daniel Defoe se quejaba en el siglo XVII de los rumores falaces que se contagiaban más rápido que la peste que azotaba a Londres; recordar que la realidad es un hecho independiente de nosotros, sí, pero que la realidad humana siempre es un tejido de significado y como tal es permeable y falible; y recordar por último que somos una tribu de historias y todos somos capaces de, ya sea por facilidad de comprensión o por inclinaciones afectivas e ideológicas, preferir unas narrativas a otras.

En ocasiones las razones para abrazar una teoría de la conspiración son puramente estéticas. En La muerte y la brújula, el detective Lönnrot rechaza la versión de los hechos que aventura su compañero diciendo:

“Posible, pero no interesante. Usted replicará que la realidad no tiene la menor obligación de ser interesante. Yo le replicaré que la realidad puede prescindir de esa obligación, pero no las hipótesis. En la que usted ha improvisado interviene copiosamente el azar”.

Es más interesante creer que la pandemia que nos arrincona es resultado de un intrincado plan con miras a la conquista global, que aceptar que es algo en lo que ha intervenido copiosamente, no sólo el azar, sino la estupidez humana.

Aunque nadie sabe… después de todo, tú que me lees, ¿estás seguro de que todo lo que aquí he citado es auténtico? Tendrás que creerme.


[1] El argentino continuaba así el peregrinaje de un curioso subgénero literario comenzado por su admirado Marcel Schwob en Vidas imaginarias (1896) y seguido por su amigo y mentor Alfonso Reyes en Retratos reales e imaginarios (1920). A la aportación de Borges le seguirían La sinagoga de los iconoclastas (1972) de Rodolfo Wilcock y La literatura nazi en América (1996) de Roberto Bolaño.

Para no ahogarse

“This is my substitute for pistol and ball.
With a philosophical flourish Cato throws himself upon his sword;
I quietly take to the ship.”

Herman Melville, Moby Dick or, The Whale, Chapter 1.

Hoy, penúltimo día de abril, despertamos con una nieve aparatosa y torpe, coágulos de copos dando tumbos en el viento y derritiéndose apenas tocaban el suelo, como si se supiesen fuera de sitio a estas alturas del año y por contrición se desvanecieran. Lo que en inglés llaman sleet y que el español designa sin imaginación: aguanieve.

El sustantivo meteorológico lo aprendí en el capítulo siete de Moby Dick, una mañana hace quince días, un lunes en que el aguanieve también se aglomeraba en el quicio de nuestra ventana. Antes de zarpar en el Pequod, Ishmael se dirige a una última misa dominical y en el camino debe envolverse en un chaquetón de piel de oso para protegerse del mentado sleet.

Incapaz de concentrarme por mucho tiempo en una sola lectura, compulsivamente abro libros, leo primeras páginas, interrumpo de nuevo, repito el ciclo. El tropel de inicios me hace pensar en Scherezada y entonces empiezo Las mil y una noches. Llevo 21.

Luego emprendo otro brinco y cambio de medio: reviso listas de películas y series por ver, y me doy cuenta de que estoy tan atrasado, que ni con el confinamiento me pondré al corriente (¿pero al corriente de qué currícula? ¿Impuesta por quién?). Salto nuevamente. Leo artículos, algunos me gustan, los comparto en Facebook; ya que estoy ahí, me deslizo como un cuerpo inerte por una pendiente: leyendo estados, viendo videos, juzgando memes, riéndome un segundo y resoplando enojado al siguiente, guardando links a más artículos que quizás me interesen (lo averiguaré luego, o tal vez no. La mayoría de las veces nunca los leeré). Y así tengo abiertas cada vez más ventanas en mi cabeza, en mi computadora, en mi agenda; pero cada vez me siento más encerrado.

Como una esponja empapada, no consigo absorber nada. ¿Pero de qué estoy saturado?

La conciencia es como un gas y la ansiedad es una llama. El gas se calienta, sus partículas aumentan su velocidad y en consecuencia aumenta la presión. Las paredes que me contienen están siempre a punto de ceder. El mundo se está llenando de ollas de presión.

En momentos donde una tragedia atañe a muchos, es absurdo y quizás hasta mezquino ponerse a encontrar conexiones significativas entre nuestra mísera historia micro y la terrible historia macro. El barco se hunde, la gente en los cuartos de máquinas se ve forzada a elegir entre el fuego del mecanismo rabioso y el agua que les llega al cuello, la corriente se filtra a borbotones por las grietas y ranuras de los camarotes más baratos, los de las suites ya se alejan en espaciosos y bien equipados botes salvavidas que sin embargo no los salvan de esporádicos ataques de pánico. En la mitad del navío hay un puñado de individuos debatiendo apresurados diagnósticos de la catástrofe y conjeturando las formas futuras de la navegación y en la misma zona otros tantos – entre quienes me cuento – estudian melancólicos la pelusa de su ombligo.

Para deshacerme de todo esto que me desborda sin caer en la famosa literatura del yo, me propongo escribir un cuento. Me pregunto qué se puede imaginar desde el confinamiento que no sea obvio, oportunista, melodramático o falseado. Por pura coincidencia, uno de los muchos muñones de lecturas que he dejado sembrados en mi apartamento es Morirás lejos de José Emilio Pacheco. En él, un hombre sólo identificado como eme observa, entre una rendija en su persiana, a otro hombre identificado llanamente como alguien, quien se sienta siempre en una misma banca de un parque a leer el periódico. Eme, quien por alguna razón está relegado a este cuarto, se entretiene imaginando posibles historias para alguien. Esto a su vez me recordó Rear Window (una de las obras maestras de Alfred Hitchcock, quien por cierto cumple cuarenta años de muerto) en la que un fotógrafo llamado Jeff, obligado a quedarse en casa por una pierna rota, se distrae espiando a sus vecinos a través de su telefoto y empieza a imaginar la trama de un crimen.

Creo encontrar la llave para abrir la ficción de la cuarentena: la paranoia del aislamiento como punto de fuga para la narrativa. Siguiendo este hilo miro por la ventana que está junto a la mesa desde la cual teletrabajo y espero que se me presenten personajes. Las ventanas de los apartamentos vecinos está muy lejos para distinguir algo más que sombras sin género ni edad y el edificio más cercano es una casa abandonada. Una ancianita pasea puntual por la mañana y de nuevo por la noche. Un bulldog francés saca a pasear a su dueña tres veces al día. Cuatro trabajadores de limpieza vienen a despejar el patio de la casa abandonada y luego se sientan a descansar y charlar en el pórtico. Todas estas escenas estúpidamente me conmueven porque sé que toda esta gente, como yo, trata de conjurar una cierta normalidad con estos rituales de otro tiempo, pero no consigo imaginar nada de sus vidas. Una tarde llega una patrulla y dos policías bajan con cubrebocas a inspeccionar algo; no veo qué. Se marchan sin que yo logre condensar una ficción a partir del único drama que la vida recluida me ha servido en bandeja de plata.

Entonces se me ocurre algo. En Morirás lejos y en Rear Window hay hombres encerrados viendo por la ventana, pero se me olvida que ahora las ventanas para observar y ser observado se han multiplicado exponencialmente. A día de hoy, tanto eme como Jeff podrían ser ellos mismos el objeto de especulación de un empleado de Google, Apple o  Facebook. No necesito ir muy lejos para encontrar un ejemplo: yo mismo estoy siendo grabado las ocho horas del día en que trabajo. Pretendo ahora, con la presunción de quien cree haber hallado una veta no explotada, contar las especulaciones paralelas de quienes miran y son mirados en la era de la vigilancia omnisciente. Pero cuando imagino  a mi colega encargado de mirarme sólo veo a otro pez agitado en su tanque y me pregunto qué crisis existencial atraviesa o qué pasatiempo utiliza para evadirla, o qué narcótico le ayuda a adormecerla. Tampoco es que mis anodinos movimientos frente a la cámara ofrezcan materia suficiente para construir pasados y destinos hipotéticos. A lo más, mi celador podrá preguntarse: ¿qué mira por la ventana? ¿Por qué y desde cuándo tendrá caspa? ¿Cómo puede comer tantas galletas? ¿Será eso en su taza de verdad té?

Falto de recursos para ficcionalizar mi desasosiego, recaigo en el espejo y en la necedad de creer que el mundo está ahí como escenario de mi historia; pero por más que me recrimino todos estos verbos en primera persona del singular, el desfile yo mí me conmigo mío mi mis, no puedo evitar leer este año postergado – año que no puede ser, año fantasma, año de la negación – como un capítulo de mi vida: El trabajo que con cada click ahonda el socavón de mi alma, el mito agonizante del artista expatriado en Europa, la protuberancia ósea y los dolores de la mano rota en la primer clase de box que me miran y dicen: No eres Hemingway y París no es una fiesta a la que estés invitado.

La montaña rusa en la que me monté a los siete años cuando por primera vez escribí un cuento y en cuyos rieles ha descansado el único significado consistente de mi vida, de golpe se detuvo. No sé si la vía continúa adelante, si esta caída es parte de la atracción o el descubrimiento letal de que todo el armazón era un simulacro.

No sé siquiera si es una caída porque se siente más bien como una suspensión. Identidad que deja de ser tal, que se dispersa y se distiende; unas veces violentamente, como una granada que estalla y cuyas esquirlas hacen llagas, otras veces sin escándalo, como los restos de un naufragio que la corriente aleja lentamente.

Perro de rescate que hace mucho debió retirarse, olfateo entre escombros esperando encontrar señales de vida. ¿Hay algún sueño vivo por ahí?

De ninguno de estos pensamientos puedo culpar al virus. Si acaso el diminuto agente acelular me ha reinsertado en el mundo, recordándome que esta incertidumbre atroz se cierne sobre todas las esferas humanas de toda la esfera terráquea y no sólo en la esfera imperfecta que llevo sobre los hombros. El futuro entero se vuelve ilegible.

Tras la muerte de Dios y de las instituciones y de los grandes relatos, nos hemos ido quedando sin asideros y quizás la última frontera, el último mito que queda en pie, es el de un destino personal, una historia de vida que protagonizamos y a la luz de la cual interpretamos todo cuanto nos sucede. Ya no rezamos, pero nos abrazamos con la misma fe desesperada a la idea de un guion que nos ampare: esta herida me hará más fuerte, esta crisis me hará crecer, este sufrimiento tendrá sentido luego. ¿Pero cómo seguir creyendo ciegamente en eso cuando ahora recordamos que la obra dependía de un sinfín de otros roles y de un escenario precario? ¿Cómo seguir creyendo que éramos los protagonistas?

Toda esta grandilocuencia oculta la pregunta central, la que me hago desde hace mucho y que regresa en oleadas a atormentarme: ¿para qué escribir?

Cada domingo hablo con mi padre por Skype y me pide que no abandone mis proyectos, me recomienda que escriba sobre la situación actual desde la semiótica, que planee cuentos sobre la pandemia. Pero si eso es precisamente de lo que todo mundo escribe, lo que todos leemos, de lo que todos estamos hartos y que al mismo tiempo no acaba de saciarnos. En este tumulto atronador de palabras, que es sólo el paroxismo de nuestra circunstancia diaria desde que las redes democratizaron los megáfonos y normalizaron la sordera ¿no sería una mayor virtud ofrecer silencio?

¿Escribir para explicar el mundo? Pero si cada día lo entiendo menos. ¿Escribir para distraer, para pasar el rato, para evadirse? Pero si nuestro mundo feliz está rebosante de soma. ¿Escribir para salvar a alguien como me han salvado a mí algunos libros, algunas películas, algunas pinturas, algunas canciones o piezas musicales? Más noble sería referirlos a aquellas obras. Como un Narciso invertido, en cada rincón que busco me encuentro con el reflejo que aborrezco. ¿Es que escribo sólo en busca de reconocimiento, de una palmada en la espalda, de reacciones en Facebook?

Como escribió T.S. Eliot: “No! I am not Prince Hamlet, nor was meant to be”.

Mucho preguntarme para qué y no por qué. Como el hombre que busca ser discípulo de Paracelso en el cuento de Borges, soy indigno de esta alquimia porque la busco por las razones erróneas. “El camino es la Piedra. El punto de partida es la Piedra. Si no entiendes estas palabras, no has empezado aún a entender. Cada paso que darás es la meta.”

Desde hace tiempo salgo todas las noches avergonzado y derrotado de la choza de Paracelso. Y sin embargo…

El mismo día que comencé a leer Las mil y una noches leo en la página 43 de Morirás Lejos: “pues sabe que desde antes de Scherezada las ficciones son un medio de postergar la sentencia de muerte.”

… siempre vuelvo a escribir. A escribir no como quien pretende encender una luz, sino como quien lucha por mantener encendida su vela en medio de las tinieblas. Escribir no como quien pretende erigir un refugio para la tormenta, sino como quien se resguarda bajo un trozo de periódico mojado. Escribir no como quien pretende construir un arca, sino como quien se aferra a un madero después del naufragio.

Tal vez mis garabatos no tengan nada que decirle a nadie. Pero es cierto que todavía todos tenemos ombligo, y que al final el ombligo no es otra cosa que la cicatriz de nuestra primera conexión con la vida.

Mientras tanto sigo aquí, con Ishmael en la capilla, sin decidirme a abordar el Pequod en busca de mi ballena blanca.

 


Ilustración de Rockwell Kent.

Ante la pandemia: pensamiento hipertrofiado y déficit emocional

Infelices calculadores de las desgracias humanas,
no me consuelen, exasperan mis penas;
y en ustedes sólo veo el impotente esfuerzo
de un orgullo desgraciado que simula contentamiento.

Voltaire,
Poema sobre el desastre de Lisboa
o examen de este axioma: todo está bien

Desde antes de que la pandemia tuviera al mundo entero hecho un ovillo, ya habían surgido voces en medios y redes anunciando que este momento extraordinario nos obligaba a hacer una pausa y reflexionar sobre qué hemos hecho mal como sociedad y qué cambios estamos llamados a hacer; cuál es el futuro común que deseamos construir. Pero ante este imperativo de reflexión, quiero oponer una serie de preguntas.

No cabe duda que hay mucho que esta crisis puede enseñarnos. Como un sismo, la pandemia ha revelado las fallas estructurales del edificio humano global; porque si bien esto es una catástrofe natural y los economistas se empeñan en recordarlo subrayando que aquí no hay culpables sino víctimas, hay varias formas claras en que el capitalismo global ha agravado la situación. Durante décadas, políticas financieras neoliberales impuestas en todas partes han presionado y obtenido la reducción del gasto público en muchas áreas, entre ellas la salud, decimando la capacidad de respuesta sanitaria en todo el mundo. Juan Álvarez escribía hace poco sobre cómo la destrucción de hábitats naturales está directamente relacionada con nuestra creciente exposición a patógenos de otras especies. Y la brecha económica que aumenta año con año, tanto a nivel internacional como intranacional, está siendo y será trágicamente decisiva en cómo el Covid-19 afecta a las poblaciones. La pandemia nos ha dejado ver el otro lado del bordado de la globalización: un mundo hiperconectado e hiperfracturado a la vez.

Pero el punto es: ¿cómo pensar en todo esto? Y ¿con qué cara exigir a la población que se dedique a este tipo de inquisiciones? Porque antes de filosofar haríamos bien en preguntarnos:¿hay algo en este tumulto de hechos, información, desinformación, miedo colectivo que sea favorable para la reflexión?

Las voces de docenas de filósofos, sociólogos, politólogos, periodistas y un largo etcétera que alcanza al veterano twittero y el tío de WhatsApp parecerían confirmar que sí, sí que hay espacio para la reflexión. Tanto espacio, de hecho, que esto ya se asemeja a un gran mercado de opiniones sesudas en el que uno puede encontrar la que mejor le vaya al caldo que se cocina en la olla de presión de nuestras cabezas. Están los que opinan que esto es el fin del capitalismo y los que opinan que, al contrario, el capitalismo regresará fortalecido. Están los que identifican un forzado retorno a la confianza en las democracias y los que observan, en cambio, un recrudecimiento del autoritarismo. Los que auguran un mañana brillante para la ciudadanía empoderada, y los que pronostican en cambio una mayor desintegración del tejido social. No olvidemos ni a los creyentes en una Pacha Mama conductista y feroz, quienes ven esto como una lección que hará al humano retroceder y vivir en armonía con la naturaleza, ni a los cínicos empedernidos que ya ven venir una escalada brutal en emisiones de carbono y devastación del medio ambiente para recuperar el terreno perdido en estos meses.

Muchos tienen argumentos sólidos e incluso brillantes y si uno tiene el tiempo y las ganas de leerlos, haría bien en hacerlo. Mas tras unas semanas (ya no sé ni cuántas) de sumergirme en estas disertaciones de lumbreras de todas partes, me doy cuenta de algo: La posición fetal no es propicia al pensamiento.

Tesis: más que una pausa, esto es una aceleración. Dejémonos por un momento del ánimo comunitario, esto ni siquiera ha sido un paréntesis para el individuo. Las ventas por internet se han disparado, el consumo de entretenimiento en casa ha crecido tanto que la Unión Europea tuvo que pedir a Netflix y YouTube que bajaran la calidad de sus videos para evitar el colapso de las redes, el uso de Facebook ha explotado hasta exceder los números reservados generalmente a la víspera de año nuevo durante días consecutivos y los medios informativos se han transformado en un auténtico reality show, donde millones frenéticamente consultamos cada novedad con la ansiedad del adicto.

Somos bombardeados además con artículos de recomendaciones para ejercicios que hacer, libros que leer, series y películas que ver, idiomas o habilidades qué aprender. Ignoremos por un segundo el clasismo inherente a estas recomendaciones que asumen a sus lectores capaces de atravesar la crisis como un velerito atraviesa una costa soleada. ¿En qué momento hemos de hacer todas estas cosas? ¿Acaso el Covid-19 posee también la cualidad de dilatar el tiempo? Hemos internalizado a tal grado la consigna de productividad y consumo, que ante el encerramiento nos abocamos a ambas como únicas opciones. Preferimos el vértigo por saturación que el vértigo por vacío.

El caso es que aunque ciertamente el pensamiento crítico es fundamental, también lo es (y quizás más) el manejo de las emociones, y es en este frente en el que nuestra civilización tiene un déficit tremendo.

Entre tanto artículo y ensayo sería bueno también ver más y más prominentes artículos sobre cómo lidiar con la tormenta de emociones que nos embargan. Los hay, sí, pero generalmente están arrinconados en los diarios porque no generan tantos clicks, y la mayoría tienen un tono más bien condescendiente.

Entre tanta medida de sanidad, también sería muy necesario ver más medidas para cuidar la salud mental. Me pregunto seriamente: ¿Cuánto habrán aumentado los casos de trastorno de ansiedad y depresión, los intentos de suicidio cuando todo pase?, ¿Cómo será afectada psicosocialmente la generación más joven, los niños, cuando termine el trauma? ¿Qué consecuencias tendrá todo esto a la larga?

¿Cómo pensar en un futuro diferente si en este momento todo lo que queremos es volver a ese pasado, que parece tan lejano, en el que existía la vida? Ahí el peligro: la normalidad, aunque haya sido el problema, se presenta ahora como infinitamente deseable. Tan deseable, que tal vez estaremos dispuestos a ceder demasiado para volver a ella, por más ensayos sobre biopolítica que hayamos leído.

Intelectualmente quizá podamos vaticinar un futuro basándonos en evidencias, pero emocionalmente una niebla espesa se cierra a nuestro alrededor y en horas malas hasta es posible que pensemos que detrás sólo hay un agujero profundo. Tenemos que orientar nuestras fuerzas a prevenir esto antes de a imaginarnos utopías o distopías.

El pánico es malo porque nubla el pensamiento. El pánico es el momento que alcanzamos tantos animales cuando nuestras posibilidades se han reducido exclusivamente a pelear o huir. El pánico es siempre egocéntrico porque es el último reducto de la salvación individual. Sin embargo el miedo no es necesariamente negativo. El miedo es un estado de alerta y puede ser orientado a la colaboración. Es responsabilidad de todos nosotros tratar de no cruzar el umbral que los divide.

No permitamos que los estados de excepción lleguen al interior de nuestros hogares. El primer paso es reconocer nuestras emociones y darles voz. Llorar, gritar, escribir diarios, dibujar, jugar, etc. Establezcamos círculos concéntricos de apoyo emocional tanto dentro de nuestros muros como en redes. Y sí, informémonos y pensemos, pero que la razón no sea lo único porque la cabeza, por más que nos pese, claudica muy rápido cuando la entraña está llena de terror.

La extinción de la privacidad

Inmunización de rebaño es uno de varios conceptos epidemiológicos con los que de golpe nos hemos familiarizado: el tipo de inmunidad de grupo que se produce cuando el virus no puede transmitirse porque un porcentaje suficiente de la población se ha inmunizado; pero en este ensayo me permito utilizar el término en otro sentido, uno social y político: cuando la mayoría de la población se acostumbra a una medida autoritaria, de manera que la medida queda inmunizada.

Ahora que estamos asediados por el miedo, veo al menos un frente donde una de éstas medidas está incubándose.

El ascenso de la telemática

Quiero empezar hablando del ascenso disparado de la telemática para el trabajo y la educación. Esto casi unánimemente ha sido celebrado tanto en artículos como en memes. Todos están de acuerdo en que el albor de la era del home office y la educación a distancia es una especie de panacea del nuevo milenio. Mas esta algarabía generalizada me ha inquietado terriblemente desde un inicio. Los espacios educativos y laborales no son y no deben ser entendidos únicamente en función de su utilidad (dispender información/obtener una remuneración respectivamente), sino como espacios de convivencia. Y no convivencia únicamente con aquellos afines a nosotros sino – y esto es lo fundamental – con aquellos con quienes estamos en desacuerdo, aquellos que nos son indiferentes, aquellos que incluso odiamos. Gracias a los omnipresentes algoritmos que regulan prácticamente todo en nuestra experiencia online (cuyas fronteras con nuestra vida offline, seamos sinceros, son cada vez más difusas e incluso inexistentes), ya vivimos en una suerte de mónada ideológica en la que sólo interactuamos con aquello que refuerza nuestras ideas y nuestro comportamiento, ya sea positiva (afines) o negativamente (las abundantes peleas de opuestos en redes sociales que sólo sirven para afincarse más en la propia posición y no tienen nada de diálogo). Si a partir de ahora se intensifica la rapidez de migración hacia la telemática, ¿qué nos quedará? Porciones cada vez más significativas de la población serán definitivamente confinadas a sus habitaciones, desde donde podrán, por fin, escindirse de la otredad. Hay que preguntarnos con seriedad qué perdemos de humanidad en el trayecto.

Otro fenómeno a tomar en cuenta. Da la impresión de que lo que creemos ganar con la generalización del trabajo a distancia podría ser descrito con la siguiente fórmula: asistir al trabajo con la comodidad de casa. Sin embargo, hay que estudiar el reverso: el trabajo invade, finalmente y con toda nuestra anuencia, nuestro espacio más privado. Y aunque este platillo se ha estado cocinando desde que se inventó el telégrafo, ahora está listo y casi servido a la mesa como la nueva norma, al menos del sector de servicios. ¿Cuántos trabajadores no estaban ya, desde hace años, asediados por correos, mensajes de texto, WhatsApps, mensajes de Slack, etc. fuera de sus horarios laborales? Bueno, una vez que el teletrabajo se normalice, eso serán memorias de un tiempo más dulce puesto que ahora viviremos, más que nunca, en función de nuestro trabajo. Ahora mismo hay empresas alrededor de todo el mundo tomando fotos aleatorias o inclusive grabando a sus empleados para asegurarse de que están trabajando en casa. ¿Y qué hay con el derecho a no sentirse observado en el propio hogar? Ese derecho se nos ha ido entre los dedos hace tiempo. La mirilla de la computadora hace ver ahora al panóptico de Foucault como una torrecita en un parque infantil.

La extinción de la privacidad

Hay que afrontarlo y cuanto antes mejor: lo único que la presente crisis del coronavirus extinguirá será la privacidad. China ha utilizado su robusto aparato de vigilancia digital como una de las herramientas para prevenir el esparcimiento del virus. Corea del Sur puso en marcha un sistema de envío de alertas a los ciudadanos, detallando edad, género y sitios visitados en las últimas horas por una persona una vez confirmada su infección con Covid-19. Previsiblemente, relaciones extramaritales y otros escándalos y vergüenzas íntimas fueron revelados. Singapur estableció un protocolo similar de divulgación de información personal, aunque menos detallado. Para rastrear a personas que estuvieron en contacto con casos confirmados de coronavirus, Israel utilizará el mismo sistema de seguimiento de datos celulares que sus servicios de inteligencia usan – ojo aquí – para rastrear terroristas. En España, Vodafone ya puso a disposición del gobierno servicios de geolocalización para vigilar si la población cumple con las medidas de aislamiento. En Estonia, país donde yo resido, estado y telefónicas ya trabajan en lo mismo con la anuencia del inspectorado de protección de datos que ha considerado la medida legítima porque los datos son anónimos. A pesar de que diversos estudios han probado que los datos anónimos nunca pueden ser genuinamente anónimos.

Como ha defendido Giorgio Agamben en su libro Homo Sacer y ha venido a recordarnos en recientes textos relacionados con la pandemia, los estados de excepción son peligrosos porque justifican medidas autoritarias y con facilidad dichas medidas pueden luego hacerse la norma. La clave es encontrar una amenaza que pueda perpetuarse. Ejemplo: el terrorismo. Puede suceder en cualquier momento y eso ha sido justificado para violentar el derecho a la privacidad en una variedad de formas (la más común: en aeropuertos desde 2001). Los virus, argumenta Agamben con toda razón, son aún más efectivos.

Una publicación reciente del MIT Techonological Review parece darle la razón. Ya que el riesgo global no acabara mientras no contemos con una vacuna y haya al menos una persona infectada en el mundo, Gideon Lichfield dice (basándose en un estudio del Imperial College de Londres) que las medidas de distanciamiento social tendrán que mantenerse durante dos tercios del tiempo (dos meses sí y uno no) hasta que haya una vacuna (al menos 18 meses más). Pero eso no es lo peor. El riesgo de pandemias ha incrementado de la mano de la depredación de zonas naturales lo cual pone en contacto cada vez a más humanos con animales exóticos que son posibles portadores de patógenos y de la globalización que puede llevar esos patógenos a todo el mundo en cuestión de días. Esto se ha venido advirtiendo desde hace años.

Tras el ataque terrorista del 11 de septiembre del 2001, el estudioso de medios Richard Grusin identificó el nacimiento de un nuevo tipo de mediación: la premediación. Un cambio cualitativo que consiste en la profusión de mensajes desplegados en una multitud de medios orientados a representar el futuro antes de que éste suceda. Esto es, en esencia, replicar la estructura psicológica de la ansiedad en la estructura internacional de la difusión de información: todos los horrores futuros, son una posibilidad ahora. Si él hablaba en particular de cómo la lucha contra el terrorismo fue decisiva en esto, imaginemos ahora la lucha contra las pandemias. La amenaza real que ahora vivimos brutalmente, queda como ejemplo para mantener nuestro estado de alarma siempre latente.

Entonces, Lichfield del MIT concluye que para volver a socializar: “formas más sofisticadas de identificar quién representa un riesgo y quién no, y discriminando, legalmente, a los primeros”. Y prevee algunas posibles medidas que se volverán norma en el futuro cercano: para tomar un vuelo o para ingresar en recintos multitudinarios o instituciones importantes, habría que registrarse a un servicio que siga nuestros movimientos mediante geoposicionamiento para recibir alertas en caso de haber estado en sitios con un alto riesgo de infección. La biometría se volvería común y nuestra temperatura y signos vitales podrían ser monitoreados como un pasaporte. Se porían requerir documentos oficiales de inmunidad. Y el autor nos lanza esta afilada obsidiana: “La vigilancia intrusiva se considerará un pequeño precio a pagar por la libertad básica de estar con otras personas”. Lo peor es que tiene razón. Como si los derechos humanos fueran un recurso limitado, tenemos que socavar uno para mantener otro. Y nos acostumbraremos.

Es sólo natural; el virus encuentra a la privacidad muy vulnerable: vieja, débil y afectada ya por condiciones anteriores. Digámoslo claro: lleva más de una década en cuidados intensivos y si ha llegado hasta ahí ha sido porque el grosso de la población, con nuestro silencio, enunciamos nuestro acuerdo: la muerte de nuestra privacidad es un sacrificio justo a cambio del acceso a servicios “gratuitos” de internet.

Haciendo un repaso veloz por los “escándalos” recientes de utilización de datos personales, podemos apuntar a: empleados de Amazon, Apple, Google y Microsoft escuchan grabaciones hechas por los dispositivos de particulares; Facebook hace un experimento psicológico con miles de usuarios sin su consentimiento; Cambridge Analytica, con ayuda de Facebook, utiliza big data para dirigir propaganda o antipropaganda (incluídas noticias falsas) que resultó fundamental en la elección de Estados Unidos; etc. ¿Y cuáles han sido las repercusiones? Disculpas y más disculpas, y fotos del alienígena Zuckerberg tratando de simular un mea culpa y la promesa siempre vacía de mejorar. Lo cierto es que estas empresas y tantas otras – ¿cuántas veces al día aceptamos términos de privacidad? – saben lo obvio: son necesarias y por ende las compañías pueden salirse con la suya. En el documental Terms and Conditions May Apply, se dice que, si leyésemos todos los términos y condiciones que nos encontramos antes de aceptar o declinar, nos tomaría un mes laboral al año. Y eso fue en 2013. Las compañías saben que no tenemos tiempo para eso. Y aunque lo tuviéramos, para la inmensa mayoría de quienes tenemos acceso al internet, la red se reduce a los productos de estas compañías y son herramientas básicas tanto para nuestra vida laboral como para nuestra vida privada. No tenemos otra opción más que aceptar términos y condiciones.

En el excelente documental The Great Hack, Brittany Kaiser dice: “Los datos son el insumo más valioso en la tierra”. Y todos hemos aceptado, ya sea renuentemente o con gusto, a aceptar la privatización de nuestra privacidad. Para generaciones más jóvenes que han crecido con esto y para aquellas que vendrán, esto es y será su normalidad. En un mañana no muy lejano quizá se hablara de la lucha por defender la privacidad como de una más de tantas respuestas reaccionarias ante el avance de la tecnología a lo largo de la historia.

Descubrimos una ecuación curiosa: mientras que la esfera pública continúa reduciéndose (esfera pública entendida como los espacios donde puede consolidarse una ciudadanía heterogénea y activa), también se reduce la esfera privada. ¿Qué es lo que queda? La esfera autoritaria y la esfera privatizada. Porque hay que ver: se nos dice que el neoliberalismo es la disminución de la injerencia del estado en los asuntos del mercado, pero ésa no es la verdad completa. En realidad se trata de la reducción de la injerencia en favor de la ciudadanía, y el aumento de la injerencia en favor de las empresas. ¿No fueron acaso los gobiernos más atrozmente represivos los mismos que instauraron las reformas neoliberales en toda América Latina? ¿No es el estado de vigilancia distópico de China uno mismo con su pujante economía y su imparable productividad?

Habrá quienes estén más que dispuestos a llevar a cabo estas transacciones: mi privacidad por trabajo, sanidad, seguridad. Pero si a muchos ya no les interesan las minucias de la privacidad diaria, habría que invitarlos a pensar en las consecuencias.  El propio Lichfield reconoce que este tipo de medidas de vigilancia biométrica permanente podrían (y yo le quitaría el pospretérito) desencadenar toda una nueva suerte de discriminación a grupos vulnerables: personas sin acceso a servicios de salud, personas sin hogar, personas con enfermedades crónicas, personas que viven en sitios donde una infección es más probable, etc. podrían ser excluidas de oportunidades y servicios alegando que presentan un riesgo. Así como China utiliza un complejo sistema de créditos sociales para evaluar la posibilidad de que alguien cometa un crimen, nuevos algoritmos podrían instaurarse para prever quien es un “riesgo” de salubridad en potencia y excluirlo de antemano.

(Pregunta: ¿Quién definirá qué es un riesgo epidemiológico? Porque recordemos que en la lucha contra el terrorismo, la definición de “terrorista” se ha utilizado muchas veces para justificar ataques a grupos disidentes).

Yuval Noah Harari, el autor de Sapiens, plantea la posibilidad de un futuro no muy lejano, en el que todos debamos llevar dispositivos que monitoreen nuestro ritmo cardiaco, temperatura, etc. y que, en la lucha contra la amenaza constante de pandemias, los gobiernos tengan por ley acceso a esos datos. El autor nos dice:

“Es crucial recordar que la ira, la alegría, el aburrimiento y el amor son fenómenos biológicos justo como la fiebre o la tos. La misma tecnología que identifica toses también puede identificar carcajadas. Si las corporaciones o gobiernos empiezan a recolectar nuestros datos biométricos en masa, también pueden llegar a conocernos mucho mejor que nosotros mismos, y podrían no sólo predecir nuestros sentimientos, pero también manipularlos y vendernos cualquier cosa que deseen, ya sea un producto o un político”.

Si esto parece exagerado, pensemos en lo que compañías como Cambridge Analytica lograron a punta de clicks, compartires, likes, me encantas, me enojas y me entristeces.

Quizá más escalofriante: pensemos en esta forma gargantuesca de biopolítica normalizándose en este preciso momento histórico de creciente desconfianza en la democracia y de auge del autoritarismo. La mente no me alcanza para aventurar todas las formas de control que se avecinan.

Contagiar la resistencia

La pregunta obvia es, ante este tétrico panorama, ¿qué hacer? Y la respuesta es la misma que siempre: resistir mientras sea posible. Entablar la lucha por preservar nuestra privacidad aunque siempre llevemos la de perder. Así han sido todas las luchas por los derechos humanos. Recordemos que resistir no es sólo salir a marchar, sino también estar informado y compartir la información, para que incluso si (o cuando) medidas como las descritas hasta ahora se vuelvan tan comunes como los tanteos y escáneres en aduanas, sepamos qué estamos cediendo y cómo puede ser utilizado. Resistir es saber cómo esto afectará a los más vulnerables, y que al saberlo no regalemos también nuestro silencio complaciente, sino que seamos solidarios y vocales.

Resistir será sobre todo proteger y reconstruir la democracia verdadera, puesto que es y será la última barricada. No celebremos, por ende, el ascenso de la telemática sin pensamiento crítico. Busquemos formas de preservar espacios para la convivencia con la diversidad, recuperemos la capacidad de diálogo y convivencia con los otros.

Resistir, como siempre, será recordar que nuestro camino no está en el yo, sino en nosotros.

Primero como tragedia, luego como meme

La máquina bien aceitada

En muchos sitios se escuchan voces diciendo que el capitalismo está dañado, que hay que repararlo. Que la grosera disparidad económica, la aceleración del cambio climático, la destrucción ambiental, etc. son evidencia de un sistema que se ha descarrilado. Pero yo pienso que no. Que en realidad son éstas situaciones el resultado lógico del sistema.

Veamos algunas situaciones ejemplares:

Durante el 2018, la deforestación de la selva amazónica aumentó en 13.7%, 1,200 millones de árboles fueron talados. Este ritmo se ha acelerado en 40%. En los últimos 12 meses, se han perdido 5,879 kilómetros cuadrados de selva. Desde la elección de Bolsonaro en octubre de 2018, los ataques a poblaciones indígenas protegidas han escalado en un 150%; los atacantes son en su mayoría rancheros ganaderos. En medio de todo esto, JBS, la compañía de producción de carne más grande del mundo y que es una de las principales causantes de la deforestación en el Amazonas, tuvo uno de sus mejores años en 2018, cerrando con un ingreso de 46 mil millones de dólares.

2012-2013 fue el año más letal en la industria de la moda barata: el edificio Rana Plaza en Daca, Bangladesh, se derrumbó y murieron 1,129 trabajadores; también en Daca, la fábrica Tazreen Fashion se incendió y murieron 117 personas; en Pakistán, en dos fábricas de Karachi y Lahore, se desataron incendios que mataron a 289 personas. Los empleados (casi todos mujeres) ganaban el salario mínimo (más o menos 110 dólares al mes, trabajando un promedio de 14 horas diarias). En todos los casos, los edificios tenían fallas que ya habían sido señaladas por trabajadores preocupados. Ese mismo año la industria de la “fast fashion” (Zara, H&M, Bershka, Stradivarius, etc, etc, etc) rompió récord en ganancias.

El titán Jeff Bezos vale en este momento 113 mil millones de dólares. Y aunque Amazon aumentó hace poco el salario mínimo que pagaban a 15 dólares, al mismo tiempo eliminaron bonos mensuales. Las condiciones de trabajo de sus trabajadores en almacenes son infames. Deben caminar hasta veinte kilómetros diarios para alcanzar sus cuotas, se ven forzados a orinar en botellas para no arriesgarse a sanciones por baja productividad y en algunos almacenes las temperaturas llegan a 45 grados centígrados. Empleados con problemas de salud o lesiones causadas por el trabajo ven sus contratos rescindidos. Y eso es en Estados Unidos. Imaginemos en el resto del mundo. En México, por ejemplo, Amazon proyecta pagar 10 dólares al día a sus empleados de almacenes.

En la cumbre de Davos a principios de este año, se rompió el record de jets privados utilizados para llegar al encuentro: 1,500 jets para ser exactos. No ha de sorprender a nadie que las conclusiones de dicha reunión fueran que el camino para resolver la crisis climática es a través del libre mercado y la acción voluntaria. En un tenor similar, en la primera semana de agosto se llevó a cabo el “Google Camp” en Palermo, Sicilia en donde algunas de las luminarias de los mundos del espectáculo, política y tecnología se dieron cita para discutir sobre el cambio climático. Atendieron, entre otros, Leonardo DiCaprio, el príncipe Harry, Orlando Bloom y Katy Perry, Barack Obama y Bradley Cooper. Chris Martin amenizó. En total se usaron 140 jets privados para llegar, al menos una docena de yates y unos cuantos helicópteros. El saldo: 800 toneladas de huella de carbono. Entretanto, Islandia perdió su primer glaciar y el Amazonas arde.

En 2018, la fortuna de los 2,200 billonarios del mundo aumentó en un 12%, mientras que la mitad de la población más pobre del mundo vio sus ahorros caer en un 11%. Entre 2017 y 2018 un nuevo billonario se creó cada dos días. A diez años de la recesión del 2008, el número de billonarios se ha duplicado.Tan sólo el 1% de la riqueza de Jeff Bezos equivale a todo el presupuesto de salud pública de Etiopía.

El punto es: cuando un sistema está plagado de ejemplos así, de disparidades así, de horrores así, quiere decir que no estamos ante fallas, sino ante resultados. Ergo: la máquina no debe repararse, debe desecharse y rediseñarse por completo.

La pirámide invertida

Pero nada de esto es nuevo y tampoco está oculto. No es una conjura secreta. Sucede a plena vista y con el beneplácito de nuestras autoridades y el nuestro también. ¿Por qué no hacemos algo al respecto? Hay muchas razones. Algunas de las primeras que vienen a la mente son: 1) Se pertenece a la clase privilegiada por este sistema y por ende cambiarlo va en contra de los intereses personales, 2) Se tiene la esperanza (contra toda evidencia estadística) de algún día pertenecer a esa clase privilegiada, 3) Se piensa que éste es el mejor sistema posible, que hay libertades y oportunidades para todos, que esto es más o menos una meritocracia y que sólo hay que hacer ligeras reformas (en este caso se debe ignorar el inmenso poder económico, muchas veces por encima de aquel del Estado, que se utiliza para prevenir esas mismas reformas) y 4) – y es ésta la que aquí me interesa – se sabe o al menos se sospecha en el fondo, que la injusticia y la violencia son inherentes a este sistema, pero al mismo tiempo tenemos miedo: estamos cómodos, tenemos una cierta seguridad, una calma, por nimia o frágil que sea. Nos gusta más o menos lo que tenemos y no queremos perderlo. Es ésta la manera en que la máquina nunca se detiene, en que nunca se quiebra, en que prolépticamente cierra toda posibilidad de cambio.

Nos explotan con una facilidad apabullante que invade todos los resquicios del día. Ya cualquier sitio es oficina gracias a los correos electrónicos, los mensajes de WhatsApp, de Slack y de Monday.com. Pero todo está bien porque el agotamiento que este aparato omnisciente nos causa ya tiene nombre en inglés: “Burn-out” y hay maneras de tratarlo: hay apps para meditar, apps para dormir, apps para calmarte; para casos extremos hay Fluoxetina, Paroxetina, Escitalopram, Diazepam. Y para lidiar con la alienación del día a día hay videos de animalitos bebé; pensamientos profundos escritos en hojas de papel sostenidas en la mano contra un fondo genérico; fotos pre-cio-sas en Instagram de lugares, comida y ropa que deseamos; gifs que expresan nuestro cansancio y mejor que cualquier frase articulada con nuestras propias palabras; y hay memes que se burlan de la situación infrahumana en que vivimos y nos hacen sentir que no estamos solos y que todos estamos en las mismas. Y para no sentir la precariedad que nos tiene y tendrá viviendo de prestado, endeudados y en micro apartamentos rentados el resto de nuestras vidas, hay objetos de consumo a precios irrisorios, por ejemplo: ropa baratísima que nos permite estrenar cada dos meses y no sentirnos tan mal (mejor no preguntarse por el costo humano de dichos productos, como ya vimos). Y hay series para distraerse hasta quedarse dormido con el brillo de la computadora o el celular velando nuestros primeros minutos de sueño. Y luego la mañana, el ciclo de nuevo. Hay razones para seguir vivos: una película nueva de Marvel cada dos meses, un Live Action cada tres y un nuevo episodio de Star Wars cada año. Todo va bien, a gusto, a todo dar. La pirámide de Maslow se ha puesto de cabeza y ni cuenta nos hemos dado. Privados en muchos casos de la satisfacción de nuestras necesidades de seguridad, afiliación y en muchos casos también de las fisiológicas, nos contentamos con la “autorrealización” y el “reconocimiento”, ambos tristemente en sus formas más superficiales: likes, me encantas, felicitaciones, comentarios muy lindos sobre nuestro aspecto en una foto.

Y esto se relaciona con una de las mayores fortalezas del sistema: su capacidad omnívora que le permite devorar a los discursos disidentes y metabolizarlos. ¿Te preocupa el ambiente y la depredación de recursos naturales? No dirijas tu ira al sistema que es mayoritariamente responsable de ello (71% de las emisiones de gases de efecto invernadero vienen de sólo 10 empresas a nivel mundial), ¡dirígela mejor a comprar! De ahí los productos “verdes”, “eco-friendly”, “orgánicos”, “fair trade”, etc, que, por supuesto, cuestan más. Con esto no quiero decir que dichos productos sean malos, ni mucho menos necesariamente que las personas detrás de ellos son malévolos villanos. Es muy posible que la mayoría sean personas genuinamente interesadas en mejorar el mundo. El problema es que todo es siempre dentro de la lógica del capital que, investigada a fondo, desemboca sólo en otra forma más de autorrealización y reconocimiento a través del poder adquisitivo: de estatus. Compro comida orgánica y productos que no le hacen daño a la selva: soy verde. ¿Pero y qué pasa con las más de tres mil millones de personas que viven en condiciones de pobreza en el mundo? ¿Podemos pedirles a ellos que gasten en ocasiones hasta el doble para ser ecológicos?

Otro ejemplo de cómo la rebeldía es convertida en mercancía es la profusión de programas de televisión de vena abiertamente anti-sistema. Es decir: la revolución sí será televisada. De hecho ya lo está siendo. La revolución está siendo producida en Netflix y Amazon Prime y HBO y Hulu, y nosotros la estamos consumiendo en atracones de siete horas, una temporada entera en una tarde y una noche. Vemos Black Mirror, pero es distribuida por Netflix, que ha recibido incontables críticas por su lucha (hasta el momento exitosa) por monopolizar el mercado. Vemos Last Week Tonight o Years and Years, pero están producidas por HBO, hija de AT&T, una compañía con una larga lista de críticas por violaciones a la privacidad y por censura. Vemos The Handmaid’s Tale, pero uno de los encargados de supervisar su producción es Mark Burnett, el creador de The Apprentice, el reality show que rescató a Donald Trump del olvido y lo catapultó a la fama. Vemos The Boys, que es con toda seguridad la serie más anti corporaciones del año, pero está producida por Amazon Prime. Y de nuevo, con todo esto no quiero demeritar dichas series. Todas las que he mencionado aquí son excelentes y sus mensajes importantes. Pero a finales de los 40 y durante toda la década de los 50, muchos escritores, directores y actores y actrices fueron vetados de Hollywood por trabajar en material que era considerado aunque fuera vagamente comunista. Se le consideraba una amenaza al status quo. El hecho de que ahora las enormes corporaciones estén dispuestas a producir material que tiene un discurso manifiestamente anti corporativo dice algo: el contenido es inocuo porque no fermenta revoluciones. Es catártico no inspirador.

Cuando el futuro nos alcanzó, no nos dimos cuenta

El internet ha abierto para nosotros una infinidad de ventanas por las que la realidad puede infiltrarse en nuestro espacio mental y herirlo con sus tragedias. Pero afortunadamente esta Quimera viene con su Belerofonte porque el internet, aunque ha hecho imposible no enterarse de al menos cinco horrores diariamente, también ha facilitado como nunca el suministro de anestesia. ¿No soportas ver la selva amazónica incendiándose? ¿Te aterra y enfurece el regreso de la ultra derecha? ¿Te lleva al borde de las lágrimas escuchar testimonios de familiares de víctimas de feminicidio? ¿Se abre un vacío en la boca de tu estómago al ver un documental sobre Siria o una cápsula informativa sobre Yemen o un video reportaje sobre Somalia? No te preocupes, puedes ignorar todo esto. ¡Es facilísimo! Sólo cambia de pestaña y ve un video de perritos tropezándose. O regresa mañana y tendremos memes chis-to-sí-simos sobre estas mismas tragedias. O ve tu programa favorito y relájate. Hay dos opciones: cultiva la ingenuidad o el cinismo. ¿Y la empatía? ¿Y la responsabilidad? Ésas hace mucho que no se paran por aquí.

Y es que el medio es el mensaje, amigas y amigos. El contenido de las noticias en la era digital no son las noticias individuales: no es el ataque terrorista, ni la deforestación, ni las mujeres asesinadas, ni los niños secuestrados, ni los indígenas masacrados, ni los polos derritiéndose. El contenido es la reconfiguración total de la forma en que se produce, reproduce, consume y finalmente se desecha la información en un ciclo de vida cortísimo. El contenido de las redes sociales no son las conexiones, las amistades, los acuerdos, los eventos. El contenido es la reconstitución fundamental del tejido social, el aplanamiento de los lazos de forma que ahora nuestra relación con nuestra familia, nuestros amigos y nuestros colegas más cercanos se parece demasiado a nuestra relación con Juan Pérez amigo anónimo número 653. Nuestra vida social y nuestro sentido de comunidad se reduce a tener siete chats grupales: uno familiar, uno de trabajo, cuatro de distintos círculos de amistades y uno de conocidos de la escuela. La mayoría de nuestras interacciones con nuestros seres amados consisten sobre todo de memes y gifs. De opiniones que no son nuestras. El contenido de las redes sociales no es lo que sea que digan los mensajes, videos e imágenes compartidas, sino el cómo todo eso, arrojado en esta licuadora enorme, se convierte en cacofonía con el mismo valor significativo. El contenido de las redes sociales es la forma en que el mundo ahora se ajusta a nosotros, que ahora vivimos en mónadas fenomenológicas (las famosas cajas de resonancia). El contenido es la polarización de cualquier asunto, por absurdo o esencial que sea.

El mundo arde y nosotros nos reunimos alrededor del fuego a decir: qué mal, qué terrible, qué coraje, hay que hacer algo, hay que apagarlo, firma aquí para apagar el fuego; y mientras tanto asamos bombones que nos reparten los arsonistas mismos, que cada determinado tiempo arrojan leña y nosotros les decimos: gracias, gracias. Cuando el futuro nos alcanzó, no nos dimos cuenta. No nos dimos cuenta porque estuvimos leyendo 1984 cuando debíamos haberle prestado más atención a Un mundo feliz. No nos dimos cuenta porque escuchamos We Are The World, We Are The Children cuando debimos escuchar Everybody Knows de Leonard Cohen. Y ahora hasta la rana que hierve en el cazo se ríe de nuestra ceguera. Lo cierto es que, como dice uno de los aforismos de Kafka: sí hay esperanza, infinita esperanza, sólo que no para nosotros. Pero es justo cuando ya no hay esperanza que intentar luchar es más heroico. Es cuando la derrota es inevitable que tratar de evitarla es un acto de inmenso valor y de auténtica rebeldía. Hay gente en todo el mundo luchando ¿y nosotros cuándo?

Fuentes:

http://www.bad-ag.info/bad-beef-uk-supermarkets-feed-illegal-deforestation-fears-as-corned-beef-imports-from-corruption-hit-brazilian-firm-persist/

La empresa ganadera brasilera JBS que está destruyendo la Amazonía

https://www.reuters.com/article/us-brazil-indigenous/emboldened-by-bolsonaro-armed-invaders-encroach-on-brazils-tribal-lands-idUSKCN1QK0BG

https://elpais.com/sociedad/2019/08/16/actualidad/1565909766_177145.html

https://elpais.com/internacional/2019/07/28/actualidad/1564267856_295777.html?rel=str_articulo#1566478066658

https://www.theguardian.com/global-development/2019/jan/22/record-private-jet-flights-davos-leaders-climate-talk

https://www.theguardian.com/news/2019/jan/22/the-new-elites-phoney-crusade-to-save-the-world-without-changing-anything

http://www.lr21.com.uy/ecologia/1407275-criticas-al-google-camp-sobre-crisis-climatica-ricos-y-famosos-llegan-en-jets-privados-y-mega-yates

https://www.theguardian.com/business/2019/jan/21/world-26-richest-people-own-as-much-as-poorest-50-per-cent-oxfam-report?CMP=share_btn_tw

https://www.theguardian.com/sustainable-business/2017/jul/10/100-fossil-fuel-companies-investors-responsible-71-global-emissions-cdp-study-climate-change

https://www.dosomething.org/us/facts/11-facts-about-global-poverty

https://www.huffpost.com/entry/the-dark-side-of-netflix-and-chill-what-netflixs_b_5915f920e4b0bd90f8e6a4c8?guccounter=1&guce_referrer=aHR0cHM6Ly93d3cuZ29vZ2xlLmNvbS8&guce_referrer_sig=AQAAADFYBQohDL9PlqOaTTOX2r8JquZEdu2Ck5BUR9r41DxnJUqxIi-qHWOVSEbJmZtb9Ma9_ozVLo2-2gLcLkVfBsMGkam0F-6T_nTQGHlNtRsd2w1j50V1veTJD_j9Ne6zOUh5tB91G4BF1DJn155bkvMIo2u83Ce8khn3KIYU6gZi

https://www.newyorker.com/magazine/2019/01/07/how-mark-burnett-resurrected-donald-trump-as-an-icon-of-american-success

La sirenita, o porqué el camino a la otredad es otro

Inicialmente no participé en el “debate” sobre la nueva Sirenita de Disney porque no sabía muy bien qué pensaba al respecto. No obstante hoy me cayó como un rayo el peso real del asunto.

Creo que el rechazo al casting proviene de muchas áreas sentimentales e ideológicas. La veta más ruidosa, como siempre, es la racista.

Algunos de los argumentos más elaborados en contra de la elección de actriz tenían que ver con una supuesta “lealtad” al original. “La sirenita” original es un cuento de Hans Christian Andersen, quien era danés y entonces la sirenita debería ser danesa: una sirena nórdica, caucásica. Argumentos así se han usado muchas veces. Hace poco en la película de “Mary, Queen of Scots”, hubo muchas quejas que señalaban la inconsistencia histórica de tener asiáticos y afrodescendientes en la Escocia del siglo XVI. Es muy fácil desenterrar el racismo oculto detrás de estas objeciones “racionales”. ¿Si tanto les molestaba un afrodescendiente en la corte de Mary, porqué no les molestaba una australiana haciendo el papel de la reina Elizabeth (Margot Robbie)? Australia ni siquiera existía. Eso es un error flagrante que pasa desapercibido para los defensores de la historia. ¿Si tanto les molesta que una criatura mitológica en un cuento danés sea de pronto una afrodescendiente, por qué no les molestó que hubiera un cangrejo cubano en la versión de caricatura?

Habiendo dicho esto, considero que la gran mayoría de las defensas de la elección de Disney eran bien intencionadas, pero igualmente superficiales. Hay algo un poco patético, un poco tétrico, en defender las elecciones de la empresa de entretenimiento más grande del planeta, fundada por un antisemita y cuasi fascista (¿sabían que en 1938 Walt Disney invitó a Leni Riefenstahl a Hollywood y le dio un tour privado de tres horas por el parque? ¿O que en 1937 Disney visitó Italia y se hospedó en la villa del mismísimo Mussolini?) y que hasta la fecha esclaviza mano de obra en otros países para hacer sus juguetes (¿sabían que la muñeca de Ariel se produce en China y que por cada muñeca, que cuesta 35 dólares, una trabajadora recibe 1 penique y trabaja 5 veces el tiempo legal permitido al mes? A ver si Disney tiene el cinismo de utilizar a las mismas trabajadoras chinas para hacer las muñecas de Mulan). Me imagino a los empresarios de Disney muy contentos por la publicidad gratuita de nuestras batallas por los derechos humanos en redes sociales. No sólo ganan toneles de dinero, sino que además ahora consolidan su fama de defensores de la diversidad.

Por supuesto hay un elemento positivo en esto. Sí, Disney es terrible, y sí, sus películas no son más que productos de mercado, pero Jorge, ¿no opinas que al menos es una buena señal que estén integrando a otras etnias, otros colores de piel, otras culturas? ¿No ves lo que tener una heroína así puede significar para las pequeñas niñas de piel oscura que siempre han sido enfrentadas a imágenes de “belleza” y “bondad” blancas? Pues sí, claro. Claro que es bueno. ¿Pero nadie más siente algo detrás? ¿Algo preocupante? ¿Un signo oscuro de nuestro tiempo oculto detrás de la bondad? Yo así lo sentía. Y hoy, leyendo “La expulsión de lo distinto” de Byung-Chul Han de pronto me ha quedado claro. He podido identificar, gracias a la fantástica mente de este filósofo, cómo el veneno no sólo se ha disfrazado de néctar, sino que ha logrado que todos nos pongamos a venderlo.

La tesis fundamental del libro es que el malestar de nuestra sociedad no proviene del exterior sino del interior. El infierno ya no son los otros, sino nosotros mismos. Nuestra enfermedad es la igualdad, la expulsión de la diferencia.

Esto, dice Han, tiene consecuencias profundas, que lo afectan todo: la ética, la epistemología y el ser mismo. Sin la otredad no hay dialéctica y sin dialéctica no hay cambio. El verdadero conocimiento, la comunicación, hasta los acontecimientos se imposibilitan porque tienen la estructura dialéctica de la redención. La redención no significa que las cosas vuelven a un estado anterior, inalterado, sino que hay una resolución que ha creado un nuevo estado por completo. Lo mismo con el conocimiento: el estado actual de la mente se enfrenta con un objeto nuevo, distinto, irreducible en su diferencia, y comprender significa una transformación tanto del objeto como de la mente. Ahora que lo distinto es asimilado por la aplanadora de lo global, estos procesos desaparecen también en favor de otros más superficiales:

“El terror de lo igual alcanza hoy todos los ámbitos vitales. Viajamos por todas partes sin tener ninguna experiencia. Uno se entera de todo sin adquirir ningún conocimiento. Se ansían vivencias y estímulos con los que, sin embargo, uno se queda siempre igual a sí mismo. Uno acumula amigos y seguidores sin experimentar jamás el encuentro con alguien distinto”.

¿Qué tiene que ver esto con La sirenita? Que creo que aquí se revela el cariz real del fenómeno que nos incumbe y se revela en consecuencia su relevancia más allá de otro fenómeno viral. El problema con estas estrategias de inclusión es que no se tratan de la aceptación y el diálogo con el otro, sino de la asimilación del otro, de la obliteración de su otredad: “La comunicación global solo consiente a más iguales o a otros con tal de que sean iguales”.

Byung-Chul Han lo resume magistralmente en la siguiente sentencia: “Como término neoliberal, la diversidad es un recurso que se puede explotar. De esta manera se opone a la alteridad, que es reacia a todo aprovechamiento económico”.

La alteridad es inexorablemente un choque, una violencia, pero una violencia de la que puede nacer un nuevo estado. Tener una experiencia con el otro, con quien es diferente a mí, implica una desestabilización del yo, pero sólo a través de esta dialéctica puede nacer un genuino “nosotros” del encuentro entre “tú” y “yo”, y ambos, tú y yo seremos ya otros. La estrategia de la industria cultural y en realidad de buena parte de nuestra civilización actual es exigir que el otro deje de ser el otro. Que sólo traiga consigo aquellas cosas que lo hacen agradable, interesante, atractivo para mí (aquello que me gusta y que por tanto, es, de cierta forma, ya una extensión de mí). Este fenómeno no dista mucho de lo que ocurría en la era de la segregación racial en Estados Unidos, cuando se hacían excepciones para que músicos negros entretuvieran a audiencias blancas.

La niña de piel negra, el muchacho de rasgos indígenas, la joven aborigen, ya tienen sus héroes y heroínas. Pero las colonizaciones (tanto las mercantiles y militares como las culturales) sepultaron ésas historias, las hicieron vergonzosas o cuando menos, secundarias. Así que no hay razón para celebrar ni defender que ahora esta megaindustria cultural continúe con la labor de aplanar al mundo, de incluir al otro con tal de hacerlo parecido. El camino a la otredad es otro.

Ong’s Hat and the construction of a suspicious model reader

Otro mundo II, Maurits Cornelius Escher

In the late 1970’s, in a forest in southern New Jersey, a community of theoretical scientists from Princeton, spiritual researchers, and avant-garde artists self-denominated the “Moorish Science Ashram” – also founders of the ICS (Institute for Chaos Studies) – conducted research on “cognitive chaos”. By the ending of this decade, this group created a device designated as “the Egg” which functioned as a heightened sensory deprivation chamber in order to achieve a state in which a person could experience the moment when a particle becomes a wave. During one experiment, the Egg disappeared with a person inside it. Moments afterwards, it appeared again, and the person inside of it told them of his experience: he had travelled to an alternate dimension, another planet, exactly like Earth, but without humans. After this accidental discovery, members of the ICS began traveling to this alternate dimension frequently until eventually many of them moved there, some even having offspring in that dimension. However, the knowledge of this alternate dimensions and the possibility of gaining access to them was kept silenced by several conspiracies seeking to deprive humanity of its potential (Matheny 2002).

At this point, most readers might immediately feel suspicious about the veracity of this story, given how outlandish some of the details seem, but this didn’t prevent the formation of a large online community around it in the late 90’s and beginning of the 2000’s, who ‘gathered’ to debate about the story, its authenticity, and its implications in case of being truth – and indeed several people within that community believed it was true. When Joseph Matheny, one of the primary responsible figures for the creation and divulgation of the Ong’s Hat text, announced the ending of the experiment, several members of the online community doubted him or plainly discredited him, believing he had either “sold out” or been co-opted, or, even more interesting, believing this was another clue, a coded invitation to continue the search for Ong’s Hat (Kinsella 2011: 139-142). Even after the same Matheny called attention to the fictitious nature of it all in more recent years (New World Disorder Magazine: 2008; Paskin 2018), to this day there are people who still go to the Pine Barrens to look for the interdimensional gate.

A “rational” reader may wonder: why? And the easiest answer might be that these readers have overinterpreted the Ong’s Hat text, effectively being unable to distinguish the line between fact and fiction. There is another possible answer: the text itself provoked that confusion. I propose there is a third possible answer: there is a dialectic relationship between the text and the reader which affords the confusion. In other words, the Ong’s Hat text contained in itself the possibility of being overinterpreted, a possibility that is actualized in the reader.

In his book, Lector in Fabula (1994), Umberto Eco proposed that the text envisions and, what is more, constructs its model reader. In this paper I will try to argue that the Ong’s Hat text, through its complex and sophisticated textual strategies involving transmedia storytelling, hypermedia, and the problematization of phenomenal worlds, constructs a model reader that is an overinterpreter, a suspicious model reader.

A brief history of Ong’s Hat

Ong’s Hat, also known as The Incunabula Papers, first appeared in the end of the 80’s and beginning of the 90’s. The phenomenon was spawned by two printed documents: Ong’s Hat: Gateway to the Dimensions! A Full Color Brochure for the Institute of Chaos Studies and the Moorish Science Ashram in Ong’s Hat, New Jersey and Incunabula: A Catalogue of Rare Books, Manuscripts & Curiosa—Conspiracy Theory, Frontier Science & Alternative Worlds (Matheny:2002). Ong’s Hat : Gateway to the Dimensions! was the first to appear. It was a brochure sent out by post to several addresses, containing the detailed plot of the Ong’s Hat story summarized above. A crucial aspect to bear in mind is that it is framed as an authentic document albeit a secret document as well, written by anonymous members of the Institute for Chaos Studies (ICS) and “disguised as a sort of New Age vacation brochure” (Matheny 2002:58, italics in the original). Another key aspect of it, is that it is not only a historical account of the development of interdimensional travel in Ong’s Hat and what happened afterwards, but it also delves at length into explanations of how interdimensional travel was achieved, referencing highly speculative physics, particularly chaos theory, relativity and quantum mechanics, all combined with a new age mixture of tantric beliefs and psychedelic experimentation. The brochure is open ended, explicitly inviting speculation about whether or not the thread will continue.

The Incunabula catalog appeared some time later, supposedly published by a man named Emory Cranston and distributed in the same manner as the Ong’s Hat: Gateway to the Dimensions! brochure. It was – as its title announced – a catalogue of brochures, pamphlets, scientific studies, testimonies, journals, and pulp and science fiction (some of them real and some of them non-existent). Each of these sources appears with a summary and comments which, altogether, read as a narrative expanding the Ong’s Hat universe, providing more details about the people involved (the ICS and the Moorish Science Ashram), their ideas, beliefs and motivations, their experiments and more scientific material supporting the possibility of interdimensional travel.

By the end of 1992, a third document appeared. It was published by a man named Joseph Matheny, who was purportedly investigating the authenticity of the two first documents. It was written as a journal entry, dated on October 13, 1992, and most of it is a transcription of an interview with Nick Herbert, a physicist cited in the Incunabula catalog. In the interview, Herbert speaks about Quantum Tantra and Alternate dimensions, both topics that Herbert has written about (in real books that can even be purchased on Amazon). The interview is stopped after Matheny asks Herbert about interdimensional travel and the Egg crafts used for it.

Nick Herbert

Finally, in 1994, Matheny published another entry in his journal, dated on January 23 that same year. In it, he transcribes a phone interview with Emory Cranston, the supposed editor of the Incunabula catalogue. The interview focuses on the catalogue and some of the entries in it, but as it progresses it becomes a very ambiguous testimonial of interdimensional travel. Cranston confesses being part of the interdimensional cult (ICF and Moorish Science Ashram) and having visited Java2, an alternate Earth. This interview, like the one with Herbert, is also stopped abruptly.

But Ong’s Hat: Gateway to the Dimensions!, the first document, had appeared before it was sent as a brochure. It had appeared in a science fiction “Zine” (a self-published magazine also sent through the mail service) as a short story in 1988. It was written by Peter Lamborn Wilson, (a.k.a Hakim Bay) (Kinsella 2011:80). Joseph Matheny, an acquaintance of Lamborn Wilson, read this short story and thought he could use it to start an experiment. With the help of Lamborn Wilson and a visual artist named James Koehnline, Matheny edited Ong’s Hat: Gateway to the Dimensions! to make it look as a brochure, then sent hundreds of Xeroxed copies to a remailing system in Hong Kong, which in turn sent it to hundreds of addresses provided by Matheny in the U.S., addresses of friends, acquaintances and members of the mailing community who were already receiving Zines on fringe topics related to conspiracy theories, science fiction and new age philosophy. The brochure would then arrive as if it had been originally mailed from Hong Kong, with no trace of the original senders. Using the same method, the group distributed their second collaboration, Incunabula, written again by Lamborn Wilson and illustrated by Koehnline. This second collaboration marked the end of the group of co-authors. From then on, Matheny continued alone, penning the two aforementioned interviews.

In 1993, being an enthusiast of Bulletin Board Systems (BBS), Matheny saw potential in that medium and decided to post the Ong’s Hat texts there. When the internet became more widespread, he created incunabula.org, where he transferred the archive from the Bulletin Boards and started adding all articles and chats referencing Ong’s Hat. Matheny also began creating several websites related to the topic, interconnecting all of them through hyperlinks in texts, images, graphics, etc. so new potential readers would have more than one access to the Ong’s Hat universe (Paskin 2018). Once online, the community around the Ong’s Hat mystery grew and with it, the text itself expanded, forming a continuously growing, self-feeding textual complex. Platforms for discussion independent of Matheny were set up, such as www.interdimension.org and very prominently, DarkPlanetOnline, where members of the community would debate, share thoughts, hypothesis, experiences and plan trips to Ong’s Hat (Kinsella 2011:71).

In spite the expansion of the Ong’s Hat text exceeded now Matheny’s control, he remained the leading figure and content procurer for the community, publishing an interactive ebook (Matheny [1999] 2002), an interview with people that supposedly lived in the Ashram at Ong’s Hat as children (Matheny 2000), and even appearing in radio shows (Coast to Coast:2000). It is important to remember, however, that for this community, Matheny was not the author of the Ong’s Hat mystery, but a member of the community, a pioneer with further research conducted than most of them, and, in that sense, an authority, but not an author.

Eventually and predictably, the story acquired a life of its own in the members of the community. Though some of them remained fairly skeptical and participated out of curiosity, for fun or as an opportunity to bond with other people with similar interests, others were truly enticed by the possibility of the Ong’s Hat papers being authentic or at least based on reality. Between 1999 and 2001 – the peak of interest in Ong’s Hat – several members built on the original mythos tying it with personal experiences, with other speculative literature, with other conspiracy theories, and, what is more interesting, some believed they were experiencing supernatural events in the form of “synchronicities” (coincidences), vivid dreams about parallel universes, sights of otherworldly creatures, voices, etc. (see transcriptions of the original testimonies and debates in Kinsella 2011: 85-148). Among these devoted members of the community, however, a rift occurred after Matheny appeared on the radio show Coast to Coast in 2000. Some started suspecting everything was a hoax that Matheny created to get media attention and felt betrayed. Others believed in Ong’s Hat so ardently that they wanted to go further into it and thought Matheny had the key, so some of them tracked him down and started knocking on his door, peeking through his windows, and sleeping in his yard (Paskin 2018).

In the summer of 2001, two Alternate Reality Games (ARG) were launched: The Majestic (Electronic Arts 2001) and The Beast (Microsoft 2001). Members of the community were worried about big companies appropriating the kind of interactive, open-ended story complex Ong’s Hat had pioneered. This discouraged some of the members of the community, and Joseph Matheny, who was already discouraged by the people who had taken the story too seriously, saw the appearance of those ARG as the final nail on the coffin for Ong’s Hat[ 1] and decided to put an end to it. On August 2001, in the main message board, he wrote:

“Ong’s Hat Tantric Egg Research Center was a necessary ruse for deflecting attention from our real project– to open up your conduits, brother and sisters, to rip off the confining condom of language and to Fuck Nature Unprotected” (qtd in Kinsella 2011:139).

The response by the community was mixed, many were disappointed, some were angry, but others among the most committed members disregarded the statement by Matheny and thought the outcome of it would eventually prove positive, since it would eliminate the unconvinced members and leave only the deserving ones. Read, for example, this post by user Harla Quinn:

“Hey, no matter what everyone’s interpretation of the “official statement”, the themes and science have a helluva lot of validity – I think EVERY ONE here knows that which is why you are HERE and not joining in the chorus line elsewhere – and my efforts toward untangling the quantum entanglement question for me doesn’t end with an ‘announcement’ (…) the “best” we can hope for from the recent exodus is that there won’t be anymore disruption underfoot. (…) The Majestic gamers will look for their clues and move on to the next level. The newbies and naysayers will point and laugh and pat themselves on the back that they “got it”. (snicker) All that serves to clear the board – which is fine by me.” (qtd in Kinsella 2011:142).

In spite the statement itself did not end the quest to solve the Ong’s Hat mystery, without Matheny’s leadership and production of texts, the community slowly dispersed until it eventually disappeared, and all forums were abandoned and eventually taken off line.

However, the influence of the Ong’ Hat text did not end with the community nor with the forums. As it was previously mentioned, there are still people who travel to The Pine Barren’s forest in New Jersey in search of the interdimensional gate, either with serious curiosity or with an ironic detachment. Moreover, some of the ideas in the Ong’s Hat story have been absorbed by current conspiracy theories, such as QAnon (Coaston 2018) and The Montauk Project (González 2016).

Text interpretation

The Ong’s Hat phenomenon constitutes a deeply interesting object to be analyzed from a textual interpretation perspective. Ong’s Hat is a text, or more accurately, a textual complex formed of the thousands of chats, videos, interviews, audio recordings, etc. Even though we should keep in mind Ong’s Hat as a whole technically has hundreds of authors, we will focus on Matheny as the main author. We know that the whole phenomenon originated with two main texts: first of all Ong’s Hat: Gateway to the Dimensions! and then the Incunabula catalogue. Locating us at the metalevel, we know that these two documents have empirical authors: Matheny, Lombard Wilson (the actual writer of the texts), Koehnline and Herbert, with Matheny being the preeminent author of Ong’s Hat as a project, giving it was his idea to repurpose Lombard Wilson’s stories and use different media to get to an audience. It follows that we can trace the origins of the Ong’s Hat textual complex to Joseph Matheny.

Matheny

In a recent interview with podcaster Willa Paskin, Matheny expressed that he is not happy with the way some of the members of the Ong’s Hat community interpreted the text:

“The people that were absolutely positively convinced that we were up to something nefarious, that we were a mind-control government agency (…) those people are not pleasant. They don’t make the environment pleasant, they started to make the game unpleasant” (Matheny interviewed by Paskin 2018).

He also said that neither he nor the text are responsible for the most outlandish experiences some of the members of the audience had. When asked about the synchronicities, he answered that it was: “Not anything I did, not anything the story did, but what they did” (ibid 2018).

Nonetheless, in another moment of the interview, he acknowledges that probably he didn’t foresee how the text could be read: “I was imagining that there was (sic) enough clues in the text that people would not take it seriously completely. (…) Eventually I came to the conclusion that I was wrong about that” (íbid).

Illustration by Benjamin Frisch. Click on it to go to Willa Paskin’s podcast

On his official website, as a header for the Ong’s Hat archive, Matheny has the following disclaimer:

“While I am quite proud of the framework I created to deliver the OH story I can no longer endorse some of the ideas used in the actual story content (co-created) or some views held by some of the people behind those ideas.” (Matheny 2018, italics added by me).

In this post we can see how Matheny accepts some responsibility by acknowledging there are ideas in the actual story content that he cannot endorse anymore.

Ong’s Hat was a fictional story, the Incunabula catalogue a fake catalogue. Despite this, several of the readers of these texts ended up not only believing them, but actually having supernatural experiences. Wouldn’t it be reasonable to say that these people overinterpreted the original texts? That they found in it much more than there actually was? That certainly seems to be Matheny’s opinion and he is the main author. We should keep in mind, though, that the empirical author’s intended message is not equivalent with the text’s potential message.

Umberto Eco is possibly the semiotician who has concerned himself the most with the formulation of an exhaustive theory of the mechanisms of text interpretation. In The Open Work (1962), he started developing his reception theory. In it, he concerns himself with the interpretation of open works, texts that encourage interpretative freedom (Eco 1962: 4). Eco’s formulation of the problem seems to describe Ong’s Hat:

“The work remains inexhaustible insofar as it is ‘open’, because in it an ordered world based on universally acknowledged laws is being replaced by a world based on ambiguity, both in the negative sense that directional centres are missing and in a positive sense, because values and dogma are constantly being placed in question” (ibid: 9).

Furthermore, Eco distinguishes a subcategory of open work which he terms “work in movement”. Works in movement: “characteristically consist of unplanned or physically incomplete structural units” (ibid: 12). Ong’s Hat certainly fits into this category of open work, given that it hints at its incomplete nature, both explicitly and structurally. For example, Ong’s Hat: Gateway to the Dimensions! says this at the end: “We haven’t spoken yet of our enemies. Indeed there remains much we have not said” (Matheny 2002:58). The text is indicating that there is information left out that in fact belongs to the text, but furthermore the adverb “yet” indicates that the authors have the intention of speaking of those enemies at some point, but not now, and the use of the present perfect tense in a negation: “we have not said” speaks of the probability of “saying” later on, as opposed to a simple past construction such as “did not say”, which closes the door on the subject. The Incunabula catalogue increases the incompleteness of the Ong’s Hat text as a whole, portraying itself not as a primary source, but merely a compendium of primary sources on the matter, merely a metatext. The documents invite the reader, both directly and indirectly, to join the quest for truth. As Eco states, with works in movement: “the author offers the interpreter, the performer, the addressee a work to be completed” (íbid 19). When Matheny added the two interviews, he portrayed himself as the first reader who had taken up the challenge posed by these mysterious texts, effectively setting the works in movement.

Picture by Cristóbal Manuel, Reuters

Works in movement complicate the task of distinguishing “correct” interpretations from “incorrect” ones even more than regular open works, since they open the “possibility of numerous different personal interventions”, even interventions that the author “could not have foreseen” (íbid 19).

Nonetheless Eco is clear about something: the work’s interpretation has to remain honest to his/her author’s intention:

“[The open work] is not an amorphous invitation to indiscriminate participation. The invitation offers the performer the opportunity for an oriented insertion into something which always remains the world intended by the author (…) The author is the one who proposed a number of possibilities which had already been rationally organized, oriented, and endowed with specifications for proper development” (ibid: 19).

But how can it be, then, that the interpretation task could, at the same time be bound by the author’s textual design, and out of his/her predictions? For this we need to turn to later Eco. In the Tanner Conferences in 1990, Eco distinguished between the author as the empirical subject of enunciation, and the author as a Model Author “present only as a textual strategy” and for Eco this distinction renders: “the notion of an empirical author’s intention radically useless” (1992b:66).

The key to assert which is a “correct” interpretation and which one’s not, then is to discover the intentions of the Model Author. And in other to do that, a Model Reader is required. Eco further clarifies in Lector in Fabula (1994):

“On the one hand, as we have said up till now, the empirical author, as the subject of the textual enunciation, formulates a hypothesis of a Model Reader and, when translating it into the language of its own strategy, it characterizes himself as subject of the enunciation, with an equally ‘strategic’ language, as a mode of textual operation. However, on the other hand, the empirical reader, as the concrete subject of the cooperation act, also has to fabricate a hypothesis about the Author, deducing it precisely from the data available in the textual strategy” (Eco 1994: 89, Translated by me).

In short, both the Model Author and the Model Reader are deduced from the text itself, i.e., the intention of the text is what has to be taken into account: “Above all, for textual cooperation it shouldn’t be understood as the actualization of the empirical subject of the enunciation’s intentions, but rather of the intentions virtually contained in the statement itself” (ibid:90, Translated by me).

Our task then, if we are to evaluate the interpretations of the Ong’s Hat textual complex is to focus on the textual complex itself.

Textual Strategies

Eco posits the following maxim about the textual mechanism: “a text is a product whose interpretative fate must be a part of its own generative mechanism: to generate a text is to apply a strategy which includes predictions about the movements of the other” (1994:79, Translated by me, italics in the original). Eco compares this generative process with warfare or a game, in which one must try to predict the movements of the adversary, and in order to do that, one must envision a model of that adversary. This prediction is not a passive process: “to predict a Model Reader does not mean simply ‘expecting’ it to exist, but rather mobilizing the text to construct it” (ibid:81, Translated by me).

What are the strategies in the Ong’s Hat textual complex? How does it construct its Model Reader?

Intermedia Storytelling and Convergence Culture

To discover Ong’s Hat’s textual strategies, we should first direct our attention to the media it employs. Ong’s Hat’s use of different media is a crucial part of its textual strategy. We could say it belongs to the printed medium, since it was, in its origins, a brochure and a catalogue, but we should not forget that, in its distribution, Ong’s Hat employed the post as medium for delivery, and the use of that medium was integral to the text itself since it inscribed it in the mail art movement. Mail art was a countercultural movement starting in the 1950’s in the U.S, defined as: “the cooperative appropriation, alteration, distribution, and remediation of various mailed memorabilia” (Kinsella 2011:63), and a very important part of that memorabilia were science fiction and conspiracy theories zines (Merrik 2004). Eco argues that one of the simplest strategies in which a text can construct its Model Reader, is by incorporating characteristics that aim for a target reader (1994:80,82). By sending including itself in the mail art movement, Ong’s Hat literally reached its target audience. Furthermore, we should remember it was sent through a remailing system thanks to which the sender’s address appeared to be in Hong Kong.

Secondly, both Ong’s Hat: Gateway to de Dimensions! and Incunabula were both illustrated by James Koehnline, which means they were both written and visual media. When Matheny uploaded the documents on BBS, a new medium was employed, and with its final migration to the internet, the multimedia character of the textual complex increased. Matheny added the audio recording of the interview with people who had allegedly lived in Ong’s Hat ashram when children, and the websites he created were filled with imagery, either appropriated by him or authored by Koehnline.

Nevertheless, Ong’s Hat was not merely a multimedia story, it was a transmedia story: “A transmedia story unfolds across multiple media platforms, with each new text making a distinctive and valuable contribution to the whole. In the ideal form of transmedia storytelling, each medium does what it does best” (Jenkins 2006:95). Ong’s Hat fits perfectly into this description. Not only was the story present in different media, but it continued unfolding across different media (e.g. in the recorded interviews, the websites and discussion forums, the Coast to Coast interview with Matheny) and using each medium with a purpose. For example, Matheny used the internet to Ong’s Hat advantage by filling his posts and the interactive E-Book with links redirecting readers to other websites with more information, some of those websites being authentic, others being hoaxes (Benjamin Frisch’s testimony in Paskin:2018). Also, just as Matheny had used mail before to target an audience, he seeded links to Ong’s Hat related websites in sites dealing with topics ranging from videogames to conspiracy theories (Kinsella 2011:68).

Cover of the collected Incunabula papers

This moving work created by Matheny and company became moving in a very real sense through transmedia storytelling, since committed members of the audience had to literally move through the internet, jump from one website to another, try to find the books compiled in the Incunabula catalogue either printed or in digital form, listen to a recorded interview, and some even going to The Pine Barren’s forest. Jenkins speaks of certain kinds of transmedia story worlds that “introduce new aspects of the world with each new instalment, so that more energy gets put into mapping the world than inhabiting it” (Jenkins 2006:114). Reading becomes discovering, and in a way, co-creating.

That is why Jenkins characterizes transmedia storytelling as storytelling for the age of convergence culture, an age he identifies with the formation of knowledge communities and collective intelligence, since some transmedia narrative universes are so expansive (Star Wars, Harry Potter, Marvel) that they make it impossible for one single reader to “get it”, promoting the formation of fan communities able to pool their knowledge and build a collective concordance online (ibid: 127).

This is Not a Game

The use of transmedia is just part of the strategy, both targeting a specific audience, providing multiple entrances to the story universe, and what is more important, inciting active participation. Another part of the strategy is related with how the texts challenge the reader.

Ong’s Hat: Gateway to the Dimensions! starts with the following statement:

“You would not be reading this brochure if you had not already penetrated half-way to the ICS. You have been searching for us without knowing it, following oblique references in crudely Xeroxed marginal “samisdat” publications, crackpot mystical pamphlets (…) or perhaps through various obscure mimeographed technical papers on the edges of “chaos science” — through pirate computer networks — or even through pure synchronicity and the pursuit of dreams.

In any case we know something about you, your interests, deeds and desires, works and days — and we know your address.

Otherwise… you would not be reading this brochure” (Matheny 2002:46, italics in the original).

In this excerpt, the text directly addresses the reader, and by adding references that the reader is almost sure to know (given that the publications mentioned were common among the mail art community and the BBS users), and the mentioning of the senders having their address (which is obvious given it arrived to the first readers mailbox) the addressing is strengthened, making it seem personal, as if it was really addressed to that person and not just a rhetorical device.

The brochure closes with:

“This text, disguised as a sort of New Age vacation brochure, must fall silent at this point, satisfied that it has embedded within itself enough clues for its intended readers (who are already halfway to Ong’s hat in any case) but not enough for those with little faith to follow” (ibid:58).

In these last lines, the brochure poses a challenge for the reader. First of all, a decoding challenge. An indefinite number of clues are awaiting within the text to be discovered and followed. More importantly though, in the context of the story related in the brochure, this statement hints that the importance of this clues is larger than the text itself: following them can reveal the mystery of Ong’s Hat and interdimensional travel, as well as the conspiracy around it. Finally, a further filter for a Model Reader is set when it references “its intended readers” who must have faith.

Illustration by Koehnline included in the catalogue

The Incunabula catalogue continues with this strategy: “This catalogue has been put together with a purpose: to alert YOU to a vast cover up” (Matheny 2002:18). It mentions the perils involved in pursuing research “we know of at least two murders so far in connection with this material” (ibid:18, italics in the original) and separates itself from conspiracy theories by saying it is supported by real science, again filtering readership: “This will become clear to anyone who takes the trouble to read the background material we recommend and offer for sale” (ibid:18), finally closing the catalogue with: “Remember: parallel worlds exist. They have already been reached. A vast cover-up denies YOU all knowledge. Only INCUNABULA can enlighten you, because only INCUNABULA dares” (ibid:45, italics in the original).

The challenges to follow the threads and solve the mystery are akin to the ethos of a game. Indeed Matheny has characterized Ong’s Hat as a game in retrospect (in Paskin 2018, as well as in an essay in Szulborski: 2005). This and the transmedia nature of the Ong’s Hat link it with Alternate Reality Games (ARGs), transmedia game narratives that require following traces through the several media that comprise the game. However, this categorization entails a problem. Games are characterized by a knowledge of participating in a game. Players of Clue know that they are not in fact solving a real murder. The Ong’s Hat readers who followed “the instructions” and delved deeper into the mystery did not know – or at least were not told at any point – they were playing a game.

Jane McGonigal terms ARG’s ‘pervasive games’ and defines them as“ ‘mixed reality’ games that use mobile, ubiquitous and embedded digital technologies to create virtual playing fields in everyday spaces” (2003:1), and among these she distinguishes a subcategory: ‘immersive games’: “a form of pervasive play distinguished by the added element of their (somewhat infamous) “This is not a game” rhetoric. They do everything in their power to erase game boundaries – physical, temporal and social — and to obscure the metacommunications that might otherwise announce, “This is play.”” (McGonigal 2003:2).

Ong’s Hat does fit that description and the strategic choice of not telling its reader that it is a game is fundamental. As Juri Lotman explains:

“Play is the simultaneous realization (not their alternation in time!) of practical and conventional behaviour. The player must simultaneously remember that he is participating in a conventional (not real) situation (a child knows that the tiger in front of him is a toy and is not afraid of it), and not remember it (when playing, the child considers the toy tiger to be a real one)” (Lotman 2011: 254).

By not revealing its nature as a game, immersive games “hack” the logic of play and problematize the boundaries between game and reality.

The Mechanism of Deceit

Finally, we have to deal with the most obvious strategy of the Ong’s Hat textual complex, already touched upon in the previous subsection: lying about its authenticity.

Margrit Schreier (2004) has analyzed a similar phenomenon where part of an audience was unable to evaluate the reality status of a text: The Blair Witch Project. She proposes a methodological framework to analyze the textual mechanisms that afford such a confusion. In the following paragraphs I will offer a brief outline of Schreier’s framework.

She starts by affirming that: “‘Evaluating a product’s reality status’ thus encompasses evaluations of product type, content, and mode” (Schreier 2004:313), therefore she proposes three perspectives for evaluation:

  • Pragmatic perspective – Product type: related with the status of the text. Schreier follows the distinction commonly made by literary theory: fiction/non-fiction, adding a middle category of hybrid genres.
  • Semantic perspective – Concerns the degree of plausibility of the content.
  • Mode – Formal characteristics of the text: style, structure, intensity, and several more specific formal characteristics depending on the medium/media used.

Schreier identifies then three phenomenal worlds differentiating the types of signal and criteria to assess the reality status of a text:

  • Material world – The physical features of the text.
  • Experiential world – How the text is capable of connecting, recreating or inducing experiences and emotions.
  • Cognitive world – How the product is built, structured or organized to be understood.

These phenomenal worlds are applied to the semantic perspective and the perspective of mode, and though both levels interrelate, they can function somewhat independently during the reception process. Schreier gives some examples. Oliver Twist, by Charles Dickens, regarding the semantic perspective, exhibits great plausibility in all three phenomenal worlds: faithful and detailed description of London, of costumes, of physical characteristics of people (material); an equally detailed portrayal of the emotional inner lives and relationships between characters (experiential); and credible narrative structure and descriptions (cognitive). With regards to mode, the novel would score low in the material world, since it does not provide any stimulation of the senses, i.e. being a written work, everything has to be imagined. Nonetheless, since the categories interrelate, a low score in one perspective can be compensated with a high score in another one, e.g.: the plot structure in Oliver Twist (cognitive) succeeds at providing an engrossing experience one care about Oliver and his friends and foes which renders everything an immersive experience (experiential).

Finally, Schreier proposes the concept of ‘genre schemata’, a set of expectations related to the previous textual experience of the reader which have an influence on the aforementioned categories. If, for instance, one has experience reading fantasy novels, one will expect low plausibility in the material world in relation to the semantic perspective (since one expects unicorns, dragons, elves, etc.), but high marks with regards to experiential and cognitive worlds. Shcreier’s ‘genre schemata’ is very similar to the concept of ‘intertextual frame’ proposed by Eco (1994:116-120). For Eco, in order to interpret every situation – not exclusively textual situations – we recur to interpretative frames. For example, when being in a party, our interpretative frame will be “party” and we will expect and judge events according to that frame unless something changes it (ibid:114-115). An intertextual frame is a subcategory of frame dependent on the reader’s intertextual competence.

Taken from: Lily Wilson

Both Eco and Schreier stress the importance of the textual characteristics which ‘let the reader know’ which product type he/she is dealing with, and thus which genre schemata or intertextual frame is pertinent. Schreier points to the “paramount importance” of paratexts (titles, epigraphs, disclaimers, back cover synthesis, notes about the genre, publishing information).

“This raises the question of what happens in media reception when variations of genre schemata cross the line between the two product types, that is, when the paratextual signals themselves lose their unambiguous status and no longer serve to classify a particular media product as either fact or fiction”. (Schreier 2004:319).

Neither Ong’s Hat: Gateway to the Dimensions!, nor the Incunabula catalogue, nor Matheny’s journal entries, nor the interview with the alleged Ashram survivors, nor the hundreds of posts by Matheny were accompanied by any sort of paratext pointing to its fiction status. On the contrary, the available paratext claimed to be authentic documents about events in the real world (and alternate real worlds). Readers who arrived to the Ong’s Hat textual complex had no indications that they should interpret the texts with a science fiction genre schemata or intertextual frame. Rather, the content pointed them in the direction of a speculative science and new age philosophy frames. If a reader wanted to conduct research on the sources listed in the catalogue, he/she would find several real books. The one’s that were not found were already labelled as extremely rare or untraceable in the catalogue. Furthermore, we should remember that Matheny targeted audiences already interested in conspiracy theories.

One could aver, of course, that the strangeness of the content (semantic perspective in Schreier) should be enough to alert readers of the fiction status of the Ong’s Hat texts. After all, it would score very low on an evaluation of its Material world. But let’s not forget this was happening at the very same time the internet was becoming a mainstream medium. Michael Kinsella says that legends tend to thrive in online environments “precisely because we live in an age full of technological wonder” (2011:47). In other words, if suddenly connecting with people from the other side of the globe in real time was possible thanks to science, who was to say interdimensional travel is totally implausible? The use of theoretical physics to explain the possibility of such travel and the referencing of real physicists also contributed to give a higher score in the Cognitive world of the semantic perspective.

However, it is in the perspective of mode where the textual strategies to “fool” the reader are the most sophisticated and effective. Though Ong’s Hat would have a very low score regarding the material world in the perspective of mode (because it’s very far away from recreating the sensorial experiences one would hypothetically feel when traveling to parallel dimensions), it compensates with very high marks in the experiential and cognitive worlds through the use of a variety of media. Bolter and Grusin have commented extensively on how the multiplication of media provides experiences: “digital hypermedia seek the real by multiplying mediation so as to create a feeling of fullness, a satiety of experience, which can be taken as reality” (2000:53); “The excess of media becomes an authentic experience, not in the sense that it corresponds to an external reality, but rather precisely because it is does not feel compelled to refer to anything beyond itself” (ibid:54); “The psychological sense hypermediacy is the experience that she has in and of the presence of media; it is the insistence that the experience of the medium is itself an experience of the real” (ibid:70). By utilizing several media, the post, BBS, radio and the internet as media for distribution, and text, visuals and audio as supports, Ong’s Hat provided an intense experience, one that, for some members of the community was so intense that it became their real life.

The Suspicious Model Reader

Eco tells us: “The signature network allows for an infinite interpretation of the world. But to trigger the impulse to find the signatures, a suspicious reading of the world is required” (1992a:99, Translation by me).

One of the keys to understanding the Ong’s Hat phenomenon lies in how it invited to read the world suspiciously. Its transmedia nature, together with its misleading paratexts, content and intertextual references, problematized not only the reality status of the text, but the very boundaries of the text which enabled it to expand and appropriate texts which were in fact foreign to the textual complex, e.g., Matheny would write in the discussion forums claiming that coded messages and clues would appear in popular media texts (such as songs and TV shows) (Paskin 2018).

Through the highly complex and sophisticated set of textual strategies analyzed here, Ong’s Hat problematized the boundaries between text and world. It required a reader that would read the world suspiciously and therefore it constructed a suspicious model reader [2].

Print Gallery, Maurits Cornelius Escher

Final comments

In this paper, I have brought together concepts from media studies and semiotics of interpretation in an attempt to analyze a complex media phenomenon and its unforeseen persuasive power. This analysis could be built upon to analyze similar phenomena such as conspiracy theories and fake news.

Notes

[1] To understand why the appearance of those ARG was so disappointing to Matheny, one should understand his purpose in starting the Ong’s Hat experiment. “Talking to each other and telling stories is something that we’ve always done, and it’s something we’ve kind of turned over to merchants in a lot of ways so I try to find subversive ways to bring people back around and let them know they’re the storytellers” (interviewed by Paskin 2018). Even more telling is a quote by Dostoevsky posted in his official website: “You cannot imagine what wrath and sadness overcome your whole soul when a great idea, which you have long cherished as holy, is caught up by the ignorant and dragged forth before fools like themselves into the street, and you suddenly meet it in the market unrecognizable, in the mud, absurdly set up, without proportion, without harmony, the plaything of foolish louts!”.

[2] Interestingly enough, among the many winks in Ong’s Hat: Gateway to the Dimensions! , we can find a secret group named “Garden of forking paths“. The allusion to the short story by Jorge Luis Borges is clear. Also in that text there is a machine called ‘Metaphase typewriter‘ which is sort of a random text generator that seems to be the realization of a device discussed in Umberto Eco’s Foucault’s Pendulum, a novel dealing with overinterpretation.

Repensar la oposición

Foto: Edgar Garrido, Reuters

1. Reduce y vencerás

Estamos ante las puertas de un cambio para México. Pero ¿Qué cambio será? En los meses que han transcurrido entre la elección y este momento ha incrementado la incertidumbre en cuanto a qué rostro tomará la “cuarta transformación”. El mismo equipo de transición es responsable, en gran medida, de generar esa incertidumbre. Las voces se han dividido. El sector de la población que advierte sobre la catástrofe lopezobradorista no se ha movido mucho y siguen entonando las trompetas del apocalipsis. Es en realidad entre las filas de la izquierda donde se evidencia un sismo, por ahora todavía muy leve. Es ahí donde han comenzado a surgir voces preocupadas.

La máxima lee “Divide y vencerás” la estrategia política y militar que consiste en fragmentar el poder del enemigo para mantenerlo bajo control. Sin embargo, me parece que la estrategia que adoptamos en el discurso actual, particularmente en la aldea digital, es opuesta. México está dividido ya. Siempre lo ha estado, pero las pasadas elecciones han hecho imposible seguir ignorando la escisión. No obstante, este mismo proceso ha puesto en relieve sólo la fractura más elemental: la oposición binaria Izquierda/Derecha.

Izquierda y derecha son meramente nombres para mapear áreas en el espectro político. Sabemos que la izquierda en realidad se puede subdividir en muchos gradientes, al igual que la derecha. Mas no sólo eso, sino que el espectro político no es como una escala lineal, sino más precisamente como una red de interconexiones en ocasiones contradictorias. Lo estamos viendo ahora con la caravana migrante. Hay personas en la izquierda, que apoyan a AMLO, pero que han dicho que esto es una invasión, que México tiene demasiados problemas como para además atender a los migrantes, etc. Y hay personas en la derecha que hasta a Chomsky están citando para señalar cómo Estados Unidos es responsable por crear la condición de inseguridad extrema que ha orillado a estas personas a huir de Honduras.

Aquí es donde quisiera proponer la idea de que la estrategia preponderante, no sólo del poder, sino de buena parte de los actantes políticos, es: “Reduce y vencerás”. El problema que se presenta de pronto no es el de un adversario unificado al que hay que fragmentar para vencer. El problema es el de una sociedad fragmentada, el de una pluralidad de grupos que responden a una pluralidad de preocupaciones sociales desde una pluralidad de posturas. ¿Qué hacer para manejar esta compleja realidad? La complejidad exige diálogo y el diálogo exige reconocer la alteridad, escuchar argumentos, defender minuciosamente, retroalimentar; en resumen, es excepcionalmente difícil de lograr. La llana oposición entre dos frentes, en cambio, se presta al enfrentamiento y el enfrentamiento es más fácil pues no hay que escuchar, hay que atacar. Para lograr esto hay que reducir. Todas las posturas, todas las propuestas, todas las preocupaciones han de caer en alguno de los dos polos opuestos: Izquierda/Derecha.

El reduccionismo funciona porque ambos polos, a su vez, están conceptualmente simplificados hasta la vulgaridad en adjetivos que condensan juicios moralinos. Izquierda significa: chairo, populista, amlover, pejezombie, chavista; derecha significa: derechairo, fifí, neoliberalista, peñabot.

De manera que clasificar todas las opiniones como llanamente de izquierda o derecha equivale a descalificar el argumento como proveniente de una persona alienada. Es un avance en la falacia ad hominem en la que ni siquiera tenemos que esforzarnos por atacar a quien lo enuncia por rasgos concretos de su personalidad o elecciones de vida. Al clasificar su discurso como proveniente de uno de los dos polos políticos, clasificamos también a la persona– sin tener que tomarnos la molestia de conocerla – en una categoría de seres que consideramos, a priori, inferiores.

¿Cómo funciona este reduccionismo en esta coyuntura política en particular? Bueno, todos lo hemos visto. En una reunión familiar alguien menciona Ayotzinapa, miradas incómodas, suspiros cansados: “Chairo”. En redes sociales alguien se expresa contra la construcción del NAIM: “Chairo”. El grupo que tiene opiniones contrarias no necesita escuchar los argumentos en ninguno de estos casos, porque ya tienen la etiqueta de “Chairo” y por ende son inválidos.

No obstante, lo que más me interesa abordar, lo que más me preocupa, es cómo está operando este reduccionismo dentro de la misma izquierda.

La lógica, considero, es: la izquierda apoya a López Obrador y a Morena. López Obrador y Morena representan a la izquierda. O quizás aún más problemáticamente: son la izquierda. La persona y el partido tienen prioridad sobre su discurso y sus acciones. Cualquier decisión que emane de estos actantes, es, por obra de una transmutación que no debe cuestionarse, de izquierda. El resultado lógico de todo esto es que cualquier crítica a dichas decisiones, debe ser opuesta a la izquierda: debe ser de derecha: debe provenir de un derechairo.

El mensaje es claro: para ser de izquierda, uno debe de alinearse con López Obrador y Morena.

Pensé que un buen ejemplo sería un meme:

Me parece que esta imagen resume perfectamente la máxima que he propuesto: reduce y vencerás. Un problema complejo en el que caben muchas lecturas se reduce a una oposición binaria en la que, si uno se opone a una propuesta del nuevo gobierno (una que además contradice sus promesas de campaña) entonces uno está desquiciado.

Esto es la lógica reduccionista por excelencia: “Si no estás conmigo, estás contra mí”.

2. Éstos son mis principios, si no le gustan, tengo otros

Ése es uno de los chistes más famosos de Groucho Marx: “Éstos son mis principios, si no le gustan, tengo otros”. Y me parece que es el lema que obedece la política mexicana. El mejor ejemplo fueron las alianzas PAN-PRD o Morena-PES.

Sin embargo, este cambalache de principios no sólo sucede en la clase política, también entre nosotros, los votantes. Y el problema es que, por una especie de metonimia, convertimos a una persona o a un partido político en el significante de nuestros principios. Es lo que decía hace un momento: López Obrador es la izquierda. En este deslizamiento de significaciones, corremos el riesgo de traicionarnos, pues hemos trasladado nuestra lealtad de nuestros principios a una persona.

En palabras llanas: apoyamos a partidos políticos como si fueran equipos de fútbol y a políticos como si fueran nuestro goleador preferido.

Veamos un ejemplo muy cercano: el NAIM. Quienes estábamos en contra de su construcción hablamos de el historial de represión atroz y usurpación de tierras (Atenco) detrás de ese aeropuerto, hablamos del impacto ambiental, hablamos de la esquizofrénica aspiración mexicana de tener un aeropuerto de primer mundo en un país desbaratado por la violencia y la pobreza. ¿Qué principios están ahí? Está la preocupación por los derechos humanos, por los campesinos, por el medio ambiente, por los peligros de continuar en una tecnocracia que sólo continúe con el ensanchamiento y la normalización de la brecha entre pobres y ricos.

Ahora, veamos qué ha sucedido después. La doctora Patricia Ramírez Bastida, ornitóloga de la UNAM, advirtió que en Santa Lucía se afectaría a más aves que en Texcoco. Pocos días después de la consulta, además, Javier Jiménez Espiriú admitió que no se habían hecho estudios del impacto ambiental en Santa Lucía, pero aseguró que se harían y que no caerían en los errores que criticaron del proyecto anterior. Pero ¿no hubiera sido lo más responsable hacer esos estudios antes de someter a consulta? ¿Qué ocurre si los estudios revelan que el impacto será mayor en Santa Lucía? ¿Ya ni modo? ¿Qué pena, pero pues ya votaron? También hay que mencionar que se formó un frente de pueblos originarios de Tecamac y Zumpango en contra del traslado del proyecto a Santa Lucía pues afectaría su derecho de acceso al agua. Si los principios que nos movieron en contra del NAIM en Texcoco fueron la preocupación por los derechos humanos, la defensa de los intereses del pueblo ante los intereses económicos y políticos, la defensa del medio ambiente ante la depredación de la infraestructura… ¿por qué nos hemos quedado tan callados respecto a estos hechos? ¿Por qué no nos hemos puesto a exigir con energía que se conduzcan los estudios de impacto ambiental pronto y de forma transparente, que se realicen diálogos con los posibles afectados por el proyecto para intentar llegar a una resolución justa?

Esta incongruencia se vuelve aún más evidente en lo que toca al Tren Maya. No es una suposición alocada pensar que la inmensa mayoría de los 946 mil mexicanos que acudieron a la consulta pasada están a favor de Morena al igual que la inmensa mayoría en la consulta de finales de octubre. 89.9% de los votantes avalaron la construcción del Tren Maya. Veamos rápidamente algunos datos de este proyecto:

(1) Rogelio Jiménez Pons, futuro director de Fonatur estará a cargo del proyecto. Fonatur tiene un largo historial de proyectos que ignoran por completo el impacto social y ambiental y privilegian intereses de grupos reducidos. (2) El gobierno chino tiene un gran interés en este proyecto y Alfredo Narváez llama la atención sobre un caso similar en Kenia, en donde China Road and Bridge Corporation entró en una batalla legal con el pueblo keniano durante cuatro años ya que se planteaba construir un tramo de una línea ferroviaria dentro de un parque nacional (3) No hay ningún estudio del impacto ambiental, pero por las condiciones ecológicas únicas y muy delicadas del bosque tropical en Yucatán, se piensa que el impacto puede ser muy negativo. (4) Se prevé que el tren tendría casi 3 millones de usuarios al año, un número que difícilmente podría calificarse de turismo sustentable. (5) Alrededor de 100 expertos y académicos firmaron una carta pidiendo al presidente electo que no se realizara la consulta sin previamente llevar a cabo estudios extensivos sobre el impacto ambiental y que se consultara a expertos en el área y a los pueblos mayas. (6) Las comunidades indígenas han rechazado los resultados de la consulta. Ellos no han sido consultados. El gobierno entrante ha dicho que sí consultarán a los pueblos indígenas, pero al mismo tiempo el proyecto está programado para comenzar el 16 de diciembre… ¿cuándo se consultará a los pueblos indígenas entonces? ¿la consulta será en serio, o será maquillaje? (7) El NAIM es un tema difícil porque es innegable que la Ciudad de México necesita urgentemente un aeropuerto nuevo. Yucatán en cambio no necesita un tren. (Para todos estos datos, véanse los artículos de Alfredo Narváez, Claudia Ramos y Animal Político)

A pesar de todo esto (y más, pero aquí no hay más espacio), las mismas personas que votaron en contra de un proyecto de infraestructura de corte neoliberal, depredador del ecosistema y hostil con las comunidades a finales de octubre, votaron a favor de un proyecto de infraestructura de corte neoliberal, depredador del ecosistema y hostil con las comunidades a finales de noviembre.

¿Y los principios? No están a la vista. Lo que hay es la camiseta de Morena.

3. Del dicho al hecho

Del dicho al hecho hay mucho trecho y ese trecho quizás nunca es más extenso que el que se encuentra entre campañas y silla presidencial. Ya estamos acostumbrados a que las promesas de campaña sean puro artificio publicitario. Estamos tan acostumbrados, de hecho, que las campañas suelen ser un extraño fenómeno teatral en el que los ciudadanos aceptamos resignados nuestro papel. Los candidatos prometen a sabiendas de que no tienen que cumplir, y nosotros escuchamos a sabiendas de que no van a cumplir.

Pero en las elecciones pasadas parecía respirarse un aire nuevo en el viejo escenario. Fueron las elecciones con más votantes y López Obrador el presidente elegido con más apoyo en la historia de México. Siendo de León, era difícil sentir la vibra que recorrió al país ese día, pero en general había alegría, había esperanza. Un cambio por fin para un país que lleva tanto tiempo hundiéndose. Y parte de esa esperanza era, precisamente, que el presidente electo y su equipo fueran diferentes. Que sus promesas valieran para algo. Que recorriera el trecho firmemente entre decir y cumplir.

Y lo curioso, lo muy extraño, es que López Obrador optó por empezar a decepcionarnos incluso desde antes de su toma de protesta. De pronto las promesas se empezaron a modificar, a torcer, a matizar, a desdecir.

No todo está perdido, pero creo que la clave es repensar la oposición.

4. Hacia una democracia radical: Repensar la oposición

Después del 1 de julio, muchos dijimos a la oposición que asumiera su nuevo sitio en la política mexicana. Es decir, que se asumieran como oposición política. Y lo han hecho. Creo que no es exageración afirmar que nunca en la historia reciente de México habíamos tenido una derecha tan crítica de un gobierno. Un gobierno que aún no empieza, además.

Esta súbita oleada de ciudadanos críticos de derecha ha sido muy atacada desde la izquierda con básicamente dos preguntas: (1) ¿Dónde estaban sus críticas con Peña Nieto, con Calderón, con Fox? (2) ¿Están de luto por un aeropuerto, pero no por Ayotzinapa, por Tlatlaya, por Atenco, por Nochixtlán…, no por los feminicidios, ni por los activistas y periodistas asesinados, no por la corrupción? Esta clase de preguntas tienen valor. Yo mismo las he hecho. Señalan un problema real. Una incongruencia real. Ahora, que es posible que haya personas que critican a López Obrador y que también criticaron a los gobiernos anteriores, claro, pero creo que esas preguntas son un poco “a quien le quede el saco”. Mas debemos recordar que son preguntas retóricas, de antemano conocemos la respuesta y las razones. Sobre todo en lo que se toca a la segunda pregunta. Alguien que considera la cancelación del NAIM en Texcoco la peor tragedia del país, muestra claramente sus prioridades, muestra cuál es el México que le interesa. ¿Nos sorprende? ¿Algo ha cambiado? No. Entonces esas dos preguntas, mediante su repetición constante, se han vaciado de su poder revelador y se han convertido en meras excusas hechas para el gobierno entrante. Han pasado de señalar la hipocresía de ciertos sectores, a exculpar al presidente electo y a Morena. Y quizá más preocupante: a dar permiso. “¡Si los anteriores fueron peores!”

Y llego ahora a lo que creo que es el tema crucial. Nos equivocamos en ese mensaje del 1 de julio. Nos equivocamos al pensar la oposición. No la pensamos a fondo, no la pensamos de manera radical. La derecha será oposición, sí, lo han asumido bien, pero el problema es que la parte más vocal de esa oposición, la parte más articulada, se ha enfocado en el NAIM de Texcoco. La derecha en buena medida seguirá luchando sus batallas: proteger privilegios, enfocarse en atraer inversión extranjera, avanzar la agenda neoliberal. Otras críticas más relevantes (al Tren Maya, al perdón a la corrupción) suelen tomar el tono mezquino del “Te lo dije”, pero no se han traducido en activismo de algún tipo.

¿Pero qué ocurrirá entonces con las luchas sociales cruciales del país si el gobierno que está a punto de entrar empieza a traicionarlas? No hay razones para creer que no lo hará. Prometieron desmilitarizar al país y sin embargo ahora proponen seguirlo militarizando, pero con nuevo nombre. Prometieron investigar y castigar la corrupción, pero ahora proponen poner punto final. Prometieron ser un gobierno para el pueblo, pero situaciones como la del Tren Maya ponen eso en entredicho.

El 1 de julio sí hubo un cambio importante para bien. Pero el cambio más importante no fue la elección de Andrés Manuel López Obrador, sino el triunfo de la democracia en un país donde la democracia ha sido tan vapuleada. El triunfo de la ciudadanía que de pronto reencontró el poder de su voz, el poder de su voz efectuando un cambio y no perdiéndose en alguno de los muchos laberintos de la vida política mexicana. Eso se ha evidenciado en estos meses. Creo que nunca había visto a tantas personas preocupadas activamente por la política. También fue el triunfo de una esperanza de izquierda, una izquierda que por décadas y décadas había estado luchando contracorriente y en una asimetría apabullante. Pero estamos ante un punto crucial. Estamos en el filo y podemos caer a la misma desilusión de siempre que a su vez lleva a la apatía. Pero también podemos tomar el poder que hemos redescubierto como ciudadanía y ejercerlo.

Las consultas son un ejemplo. Ambas han sido muy defectuosas y no han logrado, ni por asomo, ser representativas. Quizás el peor defecto de estas consultas es que no han ido acompañadas de canales de información clara sobre aquellos temas que van a consultarse. Como mencioné, en ambos casos hicieron falta estudios absolutamente esenciales para tomar decisiones con conocimiento de consecuencias. Su pobre ejecución también delata quizás un interés mayor en difuminar la responsabilidad que en abrir canales democráticos. Pero también es cierto que esos canales democráticos se han abierto. Nunca se habían hecho consultas de este tipo. Nunca se había permitido a la población participar en decisiones así. Hay que tomar este precedente y exigir. En adelante, cuando el gobierno tome decisiones relevantes, decisiones que afecten a los sectores de la población que prometieron ayudar; o decisiones que atenten contra sus propias promesas o supuestos principios, hay que articularnos como sociedad para exigir que se nos escuche. Que se nos consulte. Y que se haga de una forma que pueda ser representativa e informada.

Pero para ello hay que evitar el reduccionismo que lleva a las etiquetas y a la descalificación sin argumentos. Para ello, por supuesto, hay que mantenerse informado y crítico. No es fácil, pero es crucial. Hay que recordar que la realidad del país es compleja e irreducible y que cada problema tiene muchas aristas. Investigar para conocer dichas aristas y poder ejercer nuestro deber cívico.

Pongamos un ejemplo importante y urgente: La Guardia Nacional. Se ha planteado que no es una continuación de la militarización del país iniciada por Felipe Calderón. John Ackerman ha escrito un artículo enumerando las razones por las cuales la propuesta no es comparable con la Ley de Seguridad Interior En él, dice que en realidad es un paso necesario hacia la desmilitarización del país (también Jorge Zepeda Patterson ha dicho esto). Se ha asegurado también que tiene un enfoque en derechos humanos (esto lo recalcó también Alejandro Encinas), que la Guardia Nacional no sería un organismo militar, sino que simplemente utilizaría las fortalezas del entrenamiento militar, pero en realidad sería eminentemente civil. Por ejemplo, cualquier abuso o delito cometido por la Guardia Nacional será juzgado por el Ministerio Público y no por tribunales militares, lo cual es una mejora importante. Los detenidos por dichas guardias no podrán ser trasladados a instalaciones militares. También se ha propuesto que dicha Guardia reconozca la jurisdicción de la Corte Penal Internacional, la cual podría investigar crímenes de lesa humanidad. Se asegura que la propuesta no contempla de ninguna forma una alteración al artículo 129 de la constitución, el cual dicta: “en tiempo de paz ninguna autoridad militar puede ejercer más funciones que las que tengan exacta conexión con la disciplina militar”.

No obstante, son muchos los analistas, expertos y organizaciones nacionales e internacionales que han expresado su intensa preocupación por la propuesta de crear la Guardia Nacional. Angelita Bayens, abogada del Centro de Derechos Humanos Robert F. Kennedy (miembro, junto con otras nueve organizaciones, del Observatorio Internacional sobre Derechos Humanos en México) dijo:

“Vemos con muchísima preocupación que lo que ahora plantea el nuevo gobierno es la misma estrategia de usar a los militares para combatir la inseguridad, pero otorgándoles muchos más poderes. Ya se demostró que esa estrategia que se usó en la última década no solo fracasó, sino que hizo que la inseguridad aumentara —y ahora es lo mismo de lo que ya había, pero en una versión vitaminada”.

Cito también a Rainer Huhle, vicepresidente del Comité contra la Desaparición Forzada de la ONU, quien dijo en un diálogo con Alejandro Encinas: “en la vía de la militarización de la seguridad pública no vemos ni resultados ni camino (…) Cuando se mezclan estas cosas casi siempre hemos visto catástrofes”, y aunque Encinas dijo que la Guardia Nacional es diferente, falló al explicar exactamente cómo y porqué. También es importante señalar la fuerza con la que Amnistía Internacional se ha pronunciado contra esta medida ya que Amnistía Internacional es un organismo que nunca se pronuncia sin antes haber realizado investigaciones a profundidad. El propio John Ackerman reconoce que:

“(…) es cierto que el primer transitorio de la reforma de Morena señala que en un inicio la Guardia Nacional incluirá elementos de la Policía Militar y la Policía Naval, además de aquellos que provienen de la Policía Federal. De la misma manera, el quinto transitorio indica que ‘los miembros de la Policía Militar y naval adscritos a la Guardia Nacional quedan exceptuados de la prohibición a que se refiere el artículo 129 de esta Constitución’”.

Pero inmediatamente procede a decir que esto es sólo una etapa y no hay nada de qué preocuparse. Pero ¿cómo no preocuparse?

Luis Gabriel Rojas defiende también el “Plan de Paz” del gobierno entrante arguyendo que quienes lo criticamos estamos ignorando los otros 7 puntos del plan. Para él la diferencia crucial entre las estrategias fallidas pasadas y ésta está en el diagnóstico. López Obrador y su equipo entienden que hay que atender las causas estructurales del problema y no sólo sus síntomas. Suena muy bien, pero el periodista nunca explica en qué consisten pues los 7 puntos ni cómo es que se planea atender esas causas profundas. Sólo habla de “el respeto a la dignidad humana y el combate a la corrupción”.

Si la Guardia Nacional realmente es diferente, si realmente es sólo una transición, entonces que se explique claramente cómo y se transparente el proceso. Asimismo, que los otros 7 puntos se expliquen claramente, no con tópicos. Hay que exigir respuestas claras y mantenernos atentos. En caso de que (como parece ser) esto sí sea un aumento en la militarización, nuestro deber es oponernos con fuerza, sumarnos a las iniciativas de activismo que piden al gobierno virar antes de que sea tarde.

Hay muchas otras cosas que quisiera comentar, pero me temo que este artículo ya ha excedido los límites de extensión apropiados. Quisiera sólo terminar diciendo que no quiero tampoco insinuar que se avecina lo peor. Lo cierto es que creo genuinamente que López Obrador quiere combatir la corrupción, creo que en verdad tiene como misión gobernar para los pobres, pero también creo que ha pactado demasiado (sobre esto y en lo que toca el perdón a los corruptos tratará un reportaje especial en el siguiente número de Proceso) y que esos pactos se han ido de sus manos. Presiento que la cola ahora es la que mueve al perro tras bambalinas.

Lo importante es que no podemos actuar como el departamento de relaciones públicas del nuevo gobierno, pensando en excusas y defensas cada vez que hagan algo contrario a lo que prometieron o cada vez que alguno de sus representantes haga declaraciones inflamatorias.

Hay que luchar contra la idea de que expresar críticas al gobierno entrante es un signo de traición a la izquierda. Nos equivocamos el 1 de julio al pedirle a la oposición que se asumiera porque nosotros también somos la oposición. La oposición debe surgir cuando nuestros principios inalienables se ven traicionados. Nuestra lealtad está con nuestros ideales, no con un presidente o un partido.

Mañana empieza un nuevo México, pero aún no sabemos cómo será. El reto de Andrés Manuel López Obrador es enorme. El de nosotros también.

Foto: Héctor Guerrero, AFP:

NAIM: La región menos transparente

Foto de Notimex

El caso del NAIM es un punto donde confluyen muchas de las principales aristas de la realidad mexicana y quizás de la realidad del mundo.

  1. La consulta: ¿democracia o demagogia?

Aquí reside la parte más caliente de la polémica. No sé si estoy en lo correcto – no he consultado absolutamente todas las fuentes –, pero creo que he visto una mayor parte de la prensa inclinarse por la condena de la consulta.

Analicemos el caso en un contexto mayor al de la coyuntura actual para tratar de entenderlo mejor y así poder juzgarlo.

En el contexto internacional hay tres ejemplos cercanos en el tiempo en donde el destino de aeropuertos se ha decidido por consulta popular. En Alemania el Berlín-Tegel, en Francia el Notre-Dame-des-Landes, en Estados Unidos el de Kansas City. En los tres casos las consultas resultaron en alteraciones a los planes originales, en dos de tres incluso en la reversa total de los proyectos. En el caso estadounidense,se dictaminó que el costo de la obra fuese cubierto exclusivamente por impuestos pagados por las empresas privadas que se verían beneficiadas por la terminal aérea. En el caso alemán, el aeropuerto que estaba programado para ser demolido fue conservado. En Francia, el caso más similar al del NAIM, el voto en la consulta estuvo muy dividido. Ganó la construcción del aeropuerto con un 55% de los votos, no obstante, al estudiar la distribución demográfica, fue claro que la gran mayoría de los votos a favor venían de las urbes – mucho más densamente pobladas – mientras que la gran mayoría de los votos en contra venían de la región agrícola afectada directa o indirectamente por el proyecto. Este hecho y la división social que generaba el debate hizo que se cancelara definitivamente el aeropuerto Notre-Dame-des-Landes.

No cito estos ejemplos como casos de éxito para defender la consulta del fin de semana pasado. Su “éxito” no viene sin matices. En Francia, Vinci y el estado francés siguen en negociaciones en el proceso de cancelación del proyecto y se prevé que dichas negociaciones duren al menos un año más. En Alemania la situación del Berlín-Tegel sigue siendo incierta pues la consulta era no vinculante. Se ha seguido invirtiendo en mejorarlo, pero hay quien dice que su destino está sellado y deberá cerrarse en los próximos años.

Cito dichos ejemplos para ilustrar que el caso mexicano no es inédito.

Ahora, una de las principales críticas al hacer una consulta reside en la capacidad del mexicano de a pie (es decir, yo, tú, nosotros) de tomar una decisión en un tema que se ubica en la intersección de temas sociales, económicos y políticos, cada uno de ellos ya de por sí complejo. ¿De verdad es responsable poner esta decisión en nuestras manos cuando cotidianamente compartimos noticias falsas, leemos sólo encabezados, y obtenemos nuestra información de talk shows? Juan Villoro lo resumió bien al decir:

“Una obra de esa envergadura tiene que ser evaluada por las comunidades afectadas y expertos en impacto ambiental, mecánica de suelos y aeronáutica. Abrir una consulta sobre lo que la mayoría sólo puede juzgar por feeling (nombre sentimental de la ideología) es un gesto demagógico sujeto a manipulaciones”.

Pero a esto quisiera comentar: sí se ha evaluado. Las comunidades afectadas han luchado por años para evitar que se aprobara en primera instancia y luego que se continuara el proyecto. Por otra parte casi todos los expertos en materia ambiental se han pronunciado en contra del proyecto. Y a pesar de la rotunda oposición de los pueblos de la zona y de la comunidad científica, el proyecto seguía adelante con la autorización de las organizaciones gubernamentales pertinentes. Y es que, claro, cuando hay miles de millones de dólares en juego, lo de menos es conseguir expertos y organizaciones que den el visto bueno.

En breve: ¿qué hacer cuando la oposición tiene razones de peso científico y social, pero no se traducen en nada? ¿Por qué no consultar?

Es aquí donde creo que las cosas se empiezan a poner complicadas y donde, considero, López Obrador y su equipo han hecho una jugada muy engañosa.

La cuestión es: una de las promesas de campaña de López Obrador era la cancelación del NAIM. Sin embargo, una vez que ganó, poseído por un repentino ánimo conciliador, anunció que haría una consulta ciudadana. ¿Por qué?

Podríamos analizar esto en contraposición con el caso francés. Macron había prometido lo opuesto a López Obrador, en su caso la promesa era llevar a cabo el proyecto. No obstante, la agitación social y la resistencia campesina lo orillaron a la consulta. Podríamos pensar en el NAIM como el reflejo enrevesado. AMLO promete cancelar, pero un enorme descontento social lo empuja a una consulta. ¿No?

Pues no parece ser así, a decir verdad. La consulta del NAIM delata un deseo de diferir la responsabilidad, de huir de las consecuencias y disfrazarlo todo de impulso democrático. Era una decisión difícil y controvertida desde un inicio. Poderosos grupos empresariales y una parte nada despreciable de la población seguramente habría tachado la cancelación del NAIM como un error garrafal, un retroceso, un acto autoritario, y el gobierno naciente habría tenido que saber vivir con esa oposición, con ese peso. La consulta fue una forma de distribuir el peso entre todos los hombros. Paradójicamente, los mismos empresarios y la misma porción de la sociedad de cualquier manera han tildado todo de error, de retroceso, de acto autoritario.

Luis Álvarez Icaza lo ha dicho mejor: “Cargarnos a los ciudadanos, a través de una consulta, una decisión que debe ser gubernamental no es una salida aceptable. Los nuevos gobiernos en sociedades democráticas con alternancia en el poder siempre tendrán que enfrentar el reto de qué hacer con decisiones que trascienden en el tiempo. No los elegimos para evadir esta responsabilidad”.

Se añade otra pregunta: El periodo de López Obrador todavía ni empieza. ¿Por qué hacer la consulta ahora y no una vez entrado al poder? Bueno, ése es otro tema. En pocas palabras: en 2014 se hizo una reforma que permitía las consultas ciudadanas, aunque al mismo tiempo se le pusieron candados legales a esa reforma que, en la práctica, efectivamente la inutilizaban. Es decir: se “otorgaron” derechos políticos con las condiciones de que no pudieran ejercerse. Para poder hacer una consulta en forma, el gobierno entrante tendría que haber modificado las barreras constitucionales para las consultas, lo cual podría ser interpretado problemáticamente: “El gobierno altera la constitución a voluntad”. Por otro lado, aún haciendo esto, se estima que una consulta habría sido posible hasta el año 2019, cuando el proyecto del aeropuerto habría estado aún más avanzado. Es por todo esto que el equipo de López Obrador decidió hacer una consulta informal. No es ilegal, ojo. La llevó a cabo una ONG con el apoyo del próximo gobierno. La planeación e implementación de dicha consulta, sin embargo, fue accidentada y deficiente por decir lo menos, con muchas áreas huérfanas de posibilidad de votos, votos repetidos, etc. Se estima que poco más del 1% de la población votó y una abrumadora mayoría fue de la capital. Entonces, ¿para qué una consulta informal, no vinculante, si ni siquiera es representativa?

Foto: Karen Castillo, Sin Embargo

Las consultas populares son procesos complejos y arriesgados en los que se puede ganar mucho, democráticamente, o también perder mucho. Siento que López Obrador tomó aquí una decisión preocupante no por el resultado inmediato (la cancelación del aeropuerto) sino por sus implicaciones políticas: ¿cuántas promesas serán mejor pasadas a consultas? ¿qué responsabilidad sí está dispuesto a cargar? Sumemos otro problema: el discurso y modus operandi de Morena ha sido contradictorio por decir lo menos. Por un lado promete ser un gobierno progresivo y de izquierda, y sin embargo a la primera oportunidad dio la Comisión de Cultura al PES. Debido a la reacción de la sociedad civil, reculó y se la dio a Sergio Mayer. Promete acabar con la corrupción, pero además de tener miembros de procedencia dudosa, se alió con el Partido Verde. Prometió ir retirando a los militares de las calles, no obstante el último adelanto de su estrategia de seguridad implicaría un aumento significativo de fuerzas armadas. La consulta me parece preocupante porque se siente como un adelanto de un porvenir errático. Una cuarta transformación que ciertamente no es lo mismo de siempre, pero que no sabe lo que quiere ser. Una cuarta transformación que puede devenir en una continua vacilación.

López Obrador es el candidato en la historia reciente del país más preocupado por el peso histórico de su mandato. Asegura que quiere ser recordado como un buen presidente. Pero si ha escrito libros de historia, debe saber bien que los grandes presidentes son recordados por tomar decisiones difíciles, no por aventar la bolita.

Los siguientes puntos son, creo, filosóficamente más significativos.

2. La interminable pugna entre el progreso y la naturaleza

Esto es una pugna que depende enteramente en qué consideramos progreso. La idea dominante, por supuesto, es una idea de progreso económico. Ésta es una lucha en la que siempre se conoce al perdedor de antemano. En todo el mundo, los impactos ambientales suelen estar muy abajo en las prioridades cuando se trata de desarrollar infraestructura. La naturaleza es siempre un obstáculo, por ende, dominarla es un triunfo del ser humano.

Que ésta sigue siendo la visión reinante, incluso entre buena parte de los jóvenes que supuestamente somos más eco-friendly, es evidente tan sólo entrando a su red social de preferencia. De otra manera no se explica que entre personas que están a favor de no usar popotes desechables, bolsas de plástico, unicel, etc.; personas que apoyan organizaciones y campañas a favor de los derechos animales y/ o de la preservación del medio ambiente, etc.; e incluso personas que son vegetarianas o veganas porque están en contra de toda forma de maltrato o explotación animal, pueda haber varios y varias que apoyaban el proyecto del aeropuerto en Texcoco, a pesar de que significaría la perdición de un ecosistema de vital importancia para 250 especies de aves, 19 de ellas en peligro de extinción; aunada a los daños colaterales de la construcción en sí, que incluyen el depósito de más de 4 millones de metros cúbicos de lodos tóxicos en minas de cuatro poblados, uno de ellos perteneciente a una región protegida. El progreso es así de importante: el fin justifica los medios, incluso los medios que no consideraríamos justificables en otras circunstancias.

El colofón: hace apenas unas semanas, la ONU reveló que de no cambiar nuestro rumbo, en 12 años alcanzaremos el punto de no retorno, la subida de temperatura llegará a 1.5 grados Celsius, lo que se traducirá en una catástrofe ambiental global. Surgieron un montón de artículos de “¿Qué puedes hacer para evitar…?”. El NAIM era un proyecto que, de acuerdo con José Luis Luege, ex director de CONAGUA y SEMARNAT (durante el sexenio de Calderón, ¿eh? Así que no es un pejezombie, izquierdista, chavista, demoniaco): “cambiar la vocación del lago artificial Nabor Carrillo significa la destrucción del hábitat para muchas especies de aves migratorias, acabar con un microclima benéfico en la zona oriente y la consecuente elevación de la temperatura promedio.” Pero igual esas cosas no importan tanto, supongo. Lo importante es dejar los popotes y lograr que toda nuestra basurita quepa en un frasco, eso sí ayudará.

Foto: Cuartoscuro

3. La interminable pugna entre el progreso y la pobreza

Éste es un tema más espinoso, en gran medida porque es más fácil decirnos que vale la pena explotar a la naturaleza en aras del futuro humano, que decirnos que es justificable usurpar otros futuros humanos en aras del futuro de una porción de la sociedad.

El Frente de Pueblos en Defensa de la Tierra lleva 17 años en pie en contra de este proyecto que amenaza su forma de vida. En todos estos pueblos la producción agrícola, tanto para comercio como de autoconsumo, es esencial para su supervivencia, tanto supervivencia en sentido estricto como supervivencia comunitaria y cultural. El NAIM no era sólo un aeropuerto, era también un epicentro para la formación de un área urbana y comercial de 500 mil metros cuadrados, incluyendo un segundo paseo – al estilo del Paseo de la Reforma – de 12 kilómetros (véase Enrique Pineda). Es claro que la coexistencia de este proyecto con la vida agraria de los pueblos locales era incompatible.

Ahora, es importante recalcar que no es que las personas a favor del aeropuerto estén en contra de los pobres. Al contrario. Creo honestamente que la mayoría de las personas a favor del NAIM creen que el proyecto del aeropuerto ayudaría a toda la población mexicana. El mito en juego es el de que, entre más desarrollo económico, menos pobreza. Es decir, el discurso es: el aeropuerto y la zona comercial circundante tendrían un enorme impacto económico positivo tanto para las comunidades locales como para la Ciudad de México y el Estado de México y el país entero en su conjunto. Generaría miles de empleos tanto en construcción, en primera instancia, como en servicios, ya de manera permanente; además de que incentivaría el turismo y el comercio internacional.

Ambas contenciones son ciertas, sin embargo, su resultado último es falso, en otras palabras, sí, se crean empleos y se incentiva el turismo y el comercio, pero no, no se disminuye la pobreza. A pesar de los muchos proyectos de infraestructura en el país, entre 2008 y 2018, el número de personas en situación de pobreza aumentó en 3.9 millones. Datos que son aún más inquietantes: Nuevo León y Guanajuato, dos entidades con tazas de desempleo y de pobreza relativamente bajas, son los dos estados con el índice Gini más alto del país, es decir, el índice con la brecha más grande entre ricos y pobres (véase la pestaña 17, celdas L18 y L26 del archivo de Excel ‘Prueba de hipótesis’ en el siguiente link de CONEVAL). Ambos estados, además, con mucha inversión en infraestructura.

Foto: RobertH

Lo que parece no ser tomado en cuenta para sostener el mito es que, aunque se generen empleos y el turismo aumente, los beneficios de ambos elementos van a parar, en mayor medida, en manos de unos pocos. La infraestructura y la inversión extranjera no son la panacea. No sirven más allá de crear empleos mal remunerados si no van acompañadas de reformas arancelarias y medidas para mejorar estructuralmente las condiciones de trabajo. Pero el mito se ve reforzado por un segundo mito: Tener infraestructura de primer mundo nos hace dejar de ser tercer mundo. En un país donde el 70% de los mexicanos nunca han volado, donde casi 44% de su población es pobre, los mexicanos que sí accedemos a los aeropuertos consideramos que un aeropuerto de primer nivel es absolutamente necesario, mientras que otros temas sociales como la preservación de los recursos naturales y de los modos de vida de poblaciones agrícolas e indígenas, son secundarios.

4. La eterna pugna entre el progreso y los derechos humanos

Otro de esos molestos diques para el flujo del desarrollo son los derechos humanos. Al menos ése es el discurso que, ya sea de manera maquillada o descarada, se maneja en torno a todos los proyectos que consideran permisible y justificable la destrucción de la forma de vida de todas las comunidades que se ponen en su camino. La muestra está en que México es el tercer lugar en América Latina en asesinatos de defensores de la tierra y el medio ambiente. En 2016 hubo tres asesinatos, en 2017 se registraron 17 homicidios y en lo que va del 2018, 17 personas han perdido la vida, Julián Carrillo, defensor de tierras rarámuri, siendo el más reciente, asesinado el 24 de octubre. Su hijo, sus dos sobrinos y su yerno le precedieron en la trágica caravana fúnebre que significa defender derechos contra la maquinaria del progreso.

Si bien la consulta fue muy deficiente y sus motivaciones políticas son sospechosas, la decisión de cancelar el proyecto es una forma de justicia para los pueblos a la orilla del lago de Texcoco: Texcoco, Atenco, Nexquipayac, Acuexcomac, Tocuila, Tepetlaoxtoc, Tezoyuca, Atlazalpa, Chiconautla, Tlalmanalco, Tlapacoya, San Juan de las Pirámides,Tecuautitlan, Ixtapaluca, Ixtlahuaca, Chipiltepec, Acolman; quienes han mantenido su frente de defensa de sus tierras durante 17 años. Sobre todo una forma de justicia (una forma insuficiente, tardía, precaria) para las víctimas de la represión de San Salvador Atenco entre el 3 y el 4 de mayo de 2006, ordenada por Peña Nieto, donde dos personas fueron asesinadas, 146 personas fueron detenidas arbitrariamente y 26 mujeres fueron sometidas a distintos tipos de vejaciones sexuales.

¿Qué beneficios otorga el aeropuerto a estas personas? ¿Qué beneficios traería a México (en su conjunto, no a unos pocos) que justifiquen el pisoteo de los derechos humanos? Si el fin justifica los medios, ¿por qué? ¿cuál es el fin, cuáles los medios, cómo se evalúan, qué valor se les asigna?

5. Y ahora que es Santa Lucía, ¿qué?

Por último, el hecho de que el aeropuerto se cancele no es el final de la historia. La mayoría de los especialistas en materia ambiental coinciden en que la zona del lago de Texcoco se puede recuperar ahora que el aeropuerto se ha cancelado, pero también coinciden en que dicho proceso no será fácil, será costoso y puede que no sea total (véase Darinka Rodríguez). Hay amenazas, también, pues, aunque el proyecto se cancele, el crecimiento irregular de la mancha urbana puede continuar su curso, lo que podría ser incluso más dañino que un aeropuerto que al menos debe obedecer ciertas regulaciones.

Habrá que hacer evaluaciones, estudios extensivos de la zona, cosa que no se ha hecho desde que comenzó la construcción en 2015. Sobre todo, se deberán tomar las medidas legales para que el sitio se convierta en una zona natural protegida.

Si bien una auténtica incidencia de la sociedad civil fue cooptada por una consulta deficiente, de aquí en adelante deberemos ejercer presión para asegurarnos de que, si el proyecto se detuvo, haya sido por algo que valga la pena.

Por último, es cierto que hay que prestar atención a los aspectos económicos a mayor escala. Ciertamente, en términos de mercado y tráfico aéreo, México está muy necesitado de un aeropuerto nuevo desde hace más de 20 años. Y aunque algunos analistas aseguran que la alternativa de Santa Lucía es viable, su vida útil, al menos en su versión actual, sería de unos 20 años mientras que la del NAIM sería de 80.

La sociedad es un organismo complejo en el que intereses, poderes, discursos y modus vivendi chocan y confluyen. La decisión de qué derechos deben primar nunca es sencilla. No obstante, ésta es una oportunidad para cuestionar la forma en que estas pugnas suelen darse en nuestro país, donde los enormes proyectos suelen ganar a costa del medio ambiente y de tejidos sociales. En México el “progreso” siempre se impone. Quizás en esta ocasión en que ha perdido, valdría la pena detenernos y pensar.

Vuelta al origen: Manifiesto desordenado con Bolaño en el corazón

Hay dos tipos de personas en el mundo: están los que detectan un cabello en su plato de sopa y de inmediato se lamentan, se llenan de pesar, se acercan al borde del llanto y toman ese filamento que irrumpe en la tersa superficie del líquido como una clara metáfora de la fractura en su vida; se convencen de que no es casualidad, de que ese cabello es una prueba irrefutable más de que un dios malévolo que los aborrece ha ocasionado el repentino desprendimiento de ese folículo del cuero cabelludo del cocinero. Luego están los que no tienen ni siquiera un perro que les ladre y que aun así se alegran de encontrarse un tostón pensando en que aquello es señal de que todo mejorará, de que ahora sí les sonreirá la suerte (normalmente estas personas, acto seguido, sufren algún accidente por haberse distraído para recoger el tostón y luego, con la pierna o el brazo rotos, piensan que es una gran fortuna haberse lesionado tan cerca de la parada de camión que los llevará al hospital). Los primeros abundan en inquisiciones como: “¿Por qué a mí?” y todas sus posibles reformulaciones. Los segundos son afectos a frases hechas de la índole de: “No hay mal que por bien no venga” o “Al menos tenemos salud”. Entre estos dos polos nos ubicamos todos. La mayoría conocemos ambos lados; algunos, los más bipolares (valga aquí especialmente la palabra) deambulamos en la frontera, nos tambaleamos entre un lado y el otro y a todos nos ocurre que, a veces, al palparnos el pecho, nos encontramos con que el corazón no está en su sitio. A veces ha trepado a la cabeza instaurando su errático dominio, a veces se ha desplomado como bola de pinball y ha acabado en alguno de nuestros pies, y notamos como resbala pesado de un lado a otro mientras caminamos. Estos últimos meses el mío se ha alojado justamente en mis zapatos.

Las razones sentimentales para la pesadumbre son difíciles de hallar. Esto no es extraño, la mera unión de las palabras: “razón” y “sentimentales” es un oxímoron. A veces uno tiene motivos de peso para estar triste. A veces no, pero eso da lo mismo. Uno puede inventarse su penumbra, su soledad, su desasosiego. El problema de las emociones es que las inventadas se sienten iguales que las verdaderas. Uno de los artistas que mejor y más obsesivamente ha retratado esa neurosis es Woody Allen, quien ha dedicado toda su filmografía a personas que, sin la posibilidad de acceder a tragedias genuinas, pueblan de sombras su vida interior, y todos sabemos que la vida interior tiene la costumbre de dejar las puertas abiertas para que las sombras salgan y plaguen de oscuridad la vida exterior. En una de las películas más logradas de Allen y sin duda la más bella visualmente: Manhattan, Ira, el protagonista, se recuesta y piensa en las cosas que hacen que la vida valga la pena. A todos nos llega el momento de detenernos y pensar qué espacios quedan para la luz. Ello en sí mismo es material para otra entrada, por ahora bastará mencionar dos elementos centrales en mi vida: uno de ellos es leer, el otro, en menor medida pero también capital, es escribir. Ambos los tengo un poco abandonados, pero especialmente el segundo. Una tesis omnipresente, pesadillezca, Kafkiana (material para otra entrada) es en parte la razón; en parte es sólo la excusa. Es momento de remediar ese error.

Quién sabe quién inventó el dicho de “Lo que bien se aprende, jamás se olvida” pero seguro fue uno de los optimistas más ingenuos de la segunda categoría antes mencionada. Es un dicho que, como diría Jorge Ibargüengoitia, carece de fundamento histórico. Lo que bien se aprende y se deja de practicar se desgasta y en una de ésas, en un descuido por andar creyendo en dichos infundados, se olvida por completo. Dejar de escribir y luego tratar de hacerlo es como dejar de hacer ejercicio y luego volver a ejercitarse (o al menos eso creo por lo que cuentan los que se ejercitan): Uno se engarrota, no aguanta, se distrae demasiado, encuentra excusas para hacerlo luego, para empezar el lunes próximo. En meses pasados logré franquear, aunque no sin cierto problema, esos obstáculos y terminar algunos cuentos que envié a concursos. Dos los perdí (iba a escribir no los gané, pero no estamos para cortesías), en otro pasé a la siguiente fase eliminatoria por la sencilla razón (y juro que no es broma) de que fui el único en esa categoría. Estas experiencias bastaron para alejarme de la página en blanco otro rato. No obstante, en las semanas subsecuentes a dichos tragos amargos, me encontré con el libro de Entre paréntesis de Roberto Bolaño y lo compré. Lo he leído justamente como indica el título, entre paréntesis de los deberes grises de la vida cotidiana. Como me ocurre siempre que leo a Bolaño, descubrí con asombro que me hablaba a mí, específicamente a mí, como los televisores a los personajes de caricatura. Encontré este fragmento:

“También hay que recordar que en la literatura siempre se pierde, pero que la diferencia, la enorme diferencia, estriba en perder de pie, con los ojos abiertos, y no arrodillado en un rincón rezándole a San Judas Tadeo y dando diente con diente”.

Esta frase fue, por supuesto, una cachetada necesaria. Una cachetada, además, de la mano de uno de mis maestros más admirados y más queridos. Me sumí en pensamientos relacionados con esa frase, con Bolaño, con la literatura, con el fracaso, con el destino (por me sumí, no debe entenderse a en ese preciso momento, debe entenderse un hundimiento lento, que se interrumpía a ratos, pero al que volví a lo largo de varios días). Hace ya tres años que un buen amigo me regaló Los detectives salvajes. Lo leí azorado, atemorizado, hechizado y comprendí como pocas veces que un libro puede estar más vivo, mucho más vivo que la propia vida. Cada vez que vuelvo a pisar el territorio de Bolaño vuelvo a sentir esa potencia, esa ardiente lucha contra quién sabe qué, esa amenaza latente y terrible y ese afán extraordinario por vivir. Bolaño, a nadie le cabe duda, caminaba al borde del abismo, miraba al abismo enamorado, y en más de una ocasión se sumergió en él como Orfeo en el averno, regresando cada vez más maltrecho, pero cada vez más mítico, con la literatura, su Eurídice, cada vez más recubierta de misterio y de grandeza. Esta forma de abordar la escritura como único destino, como única salvación y perdición al unísono; esta visión de la literatura que lo hermana con Rimbaud, pone a uno ante una disyuntiva exagerada (pero es que con Bolaño todo se desborda): dejar de escribir porque ya no hay más, o escribir, escribir, escribir. Como enunció Rodrigo Fresán, la obra de bolaño “es una de las que más y mejor obliga a una casi irrefrenable necesidad de leer y de escribir y de entender el oficio como un combate postrero, un viaje definitivo, una aventura de la que no hay regreso porque sólo concluye cuando se exhala el último aliento y se registra la última palabra”.

Fresán habla apoyado por otras máximas de Bolaño; máximas que, de no ser tan perezoso, tendría yo enmarcadas en mi cuarto como Carver tenía enmarcada aquella frase de Chéjov: “… y de repente todo se le aclaró”. Una de ellas lee: “El viaje de la literatura, como el de Ulises, no tiene retorno”, otra: “La literatura se parece mucho a la pelea de los samuráis, pero un samurái no pelea contra otro samurái: pelea contra un monstruo. Generalmente sabe, además, que va a ser derrotado. Tener el valor, sabiendo previamente que vas a ser derrotado, y salir a pelear: eso es la literatura”. Estas dos frases, concebidas en clave heroica, son fundamentales en la obra de Bolaño. Al leerlo uno comprende, o al menos siente (sobre todo uno siente) que está ante un hombre que entendía la literatura como una batalla épica, que empuñaba las palabras como Sigfrido contra Fafner. Uno entiende que Bolaño, en el espectro de quien ve el cabello en la sopa y quien se encuentra una moneda en la calle; elegía un tercer punto, quizás al medio aunque quizás por debajo o por encima: entendía que el mundo es un sitio hostil y miserable y que estamos condenados, pero también que ese mundo es el único posible y que en él se resume la alegría, el amor, la esperanza, el asombro.

Las enseñanzas de Bolaño quedan aún para el futuro. Sus tesoros no han acabado de revelarse y seguramente no nos hemos percatado de muchas de sus trampas; sin embargo su legado más grande pareciera ser ése: entender que la literatura es destino y que una vez que se ha elegido ese camino, se recorrerá con mayor o menor éxito, pero ya no podrá desandarse.

Con esto en mente vuelvo a escribir.

“Escribiendo hasta que cae la noche
con un estruendo de los mil demonios.
Los demonios que han de llevarme al infierno,
pero escribiendo”.