El mono velludo por el mono lampiño (y su madre)

En esta ocasión me reúno con Irma Violana Hernández: maestra de literatura, productora de video y autora de mi existencia para charlar sobre ‘El mono velludo’, una obra en ocho actos de Eugene O’Neill, gran renovador del teatro norteamericano y ganador del Nobel de literatura y cuatro Pullitzers.

Aquí podrán leer una entrevista y perfil de O’Neill publicado con motivo del estreno de ‘El mono velludo’ en 1922.

Para una valoración un poco más actual, aquí Sarah Churchwell de The Guardian reevalúa al genio.

Si hemos triunfado en generar interés en la obra, podrán hallarla en Project Gutenberg.

La desaparición de los rituales

En este episodio de Entusiastas me acompaña David Hernández, diseñador industrial, músico, dibujante, filósofo en sus tiempos libres y mi primo. Juntos platicamos sobre “La desaparición de los rituales”, el último libro del filósofo superestrella Byung-Chul Han, y de ahí nos agarramos para platicar sobre arte, poesía, relaciones, redes sociales y el mundo digital, etc.

Aquí pueden ver una entrevista con Byung-Chul Han sobre el libro: “Byung-Chul Han: “El dataísmo es una forma pornográfica de conocimiento que anula el pensamiento”

Y en este episodio del famosísimo podcast 99% Invisible, “Game Over”, pueden escuchar sobre la auténtica tristeza que sufrió una comunidad cuando el sitio digital donde se reunían fue suspendido. Una historia que provee una mirada diferente al asunto y complementa la conversación.

Finalmente, algunos dibujos de David:

El astrónomo

“Una mirada prodigiosa es necesaria”, decía Sergio. Yo estuve siempre interesado en abismos más que en el espacio y pienso que por ello me inscribí en el curso de verano de astronomía. Me aparecía ahí un poco como un fantasma, siempre en silencio, cuidadoso de no hacer ruido, sentándome en la última banca de la esquina más alejada al escritorio. Y sin embargo, de alguna forma, su endiablado ojo certero logró notarme y su incansable entusiasmo consiguió sacarme algunas frases a lo largo del curso.

Siendo sinceros, no conservo prácticamente nada de lo aprendido. Si acaso memoricé que en nuestra galaxia hay doscientos mil millones de estrellas porque ese dato, que a muchos de mis condiscípulos los inquietó tanto, a mí me llenó de paz pues era la constatación universal de una hipótesis anímica que tenía yo por esos años: “No soy nada”.

La culminación del curso sería armar nuestro propio telescopio para ver un eclipse de luna. Nos dieron los materiales necesarios y se nos instruyó paso a paso. Durante esos días estuve a punto de abandonar el aula porque Sergio se acercaba a cada uno de nosotros a darnos indicaciones, a corregir detalles, o simplemente a platicar. Mi vocación era la del papel tapiz y odiaba que los adultos me forzara a hacerme visible, que preguntaran por mí, por mi familia, por mis pasatiempos o peor, por mi deporte favorito, cuando un mero vistazo a mi barriga debería haberles prevenido de formular semejante inquisición. No obstante, Sergio pareció intuir mis molestias de antemano y se limitó a guiarme y, solo después de un rato y sin yo darme cuenta, a conversar conmigo sobre libros y películas de aliens, monstruos y hechiceros.

Llegó la noche señalada y nos reunimos todos los niños acompañados de nuestros padres en los amplios jardines de la escuela. Nuestros precarios telescopios estaban en posición y los astros también. Se nos dio la señal y asomamos por el visillo. Yo no pude ver nada más que una oscuridad absoluta. Me aparté avergonzado de mi trasto inservible a sabiendas de que lo había ensamblado mal. Traté de ocultarme en el regazo de mi madre, pero Sergio me encontró y, como siempre, sin necesidad de interrogantes, supo cuál era el problema. Trajo su propio telescopio y me invitó a mirar con la condición única de que, una vez captado todo en mi memoria, escribiera una descripción detallada de lo que había visto.

Al terminar el verano y con este el curso, se nos entregaron dulces y un diploma. Hubo juegos, comida y un sorteo en el que no recuerdo haber ganado nada. Lo que sí recuerdo es que antes de irme, Sergio me llamó a su escritorio y me dijo: “Una mirada prodigiosa es necesaria, pero también la capacidad de describir lo que se ve” y, devolviéndome el texto en que había descrito el eclipse lunar, me pidió: “no dejes de escribir”.

Y aunque he olvidado el nombre de casi todos los astros, nunca he olvidado ese consejo.

La clase de ballet

En el salón no hay trofeos, ni reconocimientos; hay un retrato en blanco y negro de una bailarina perpetuada en un arabesque perfecto, un piano de pared, una barra y un espejo que recubre un muro entero y duplica la habitación, la escasa luz y a Irma ,quien se encuentra a sí misma más frágil de lo que pensaba, sentada con la mano derecha apoyada en el bastón y el cabello blanquísimo. Mirándola ahora es difícil imaginar piruetas, puntas, saltos… Revisa su reloj y constata con angustia que se hace tarde.

Eva es la última de sus alumnas. Generación tras generación pasaron por esas tablas, con mayor o menor éxito, con facilidad o con torpeza, a lo largo de más de medio siglo, decenas de niñas y muchachas. Quedan como testigo solo las flores en su cumpleaños, las esporádicas visitas, las cartas a granel, todas ellas empezando con: “Irmita, me acuerdo de…”, todas llenas de pasado.

La vejez es cansancio por cargar tanto pasado y tantos futuros perdidos, piensa Irma mientras recuerda por millonésima vez la carta de aceptación de la Royal Academy of Dance y el telegrama de su padre cortando el hilo que apenas empezaba a tejerse entre ella y su sueño. El negocio iba mal, necesitaban su ayuda. La maleta que había empezado a empacar para Londres terminó acompañándola a León, donde hubo de quedarse el resto de sus días

—Disculpe, maestra— dice una vocecita desde el flanco izquierdo del espejo.

La niña corre al vestidor, enredándose en su larga bufanda, tropezando al quitarse sus pesadas botas mojadas, y tras unos instantes sale preparada, con leotardo y zapatillas, aunque con jirones de cabello escapándose del moño.

—Evita, con estos modos no vas a llegar a convertirte en Eva— dice Irma y señala el retrato de la bailarina.

La niña hace puchero y se da la media vuelta para tomar su sitio a un costado de la barra. Al volverse de nuevo, da la impresión de que ha crecido.

Irma pone música en la grabadora y comienza a dictar: “Primera posición. Plié…”, Eva obedece y en cada repetición afina su técnica, suaviza sus gestos, mejora su postura y, más curioso, se vuelve más esbelta, más alta, más adulta.

—¡Eva!— interrumpe Irma —. No quieras adelantarte, vamos paso a paso.

Eva resopla.

—Hoy tengo ganas de algo emocionante, Irmita, quiero grand jeté, pas couru, grand battement...

—Evita, hazme este favor— dice Irma con la voz quebrada y refugia el rostro en la mano.

Eva frunce el ceño. Ve a Irma y su estampa herida le trae a la mente a la adolescente que una vez, hacía ya varias décadas, se había plantado en la puerta de su estudio preguntando tímidamente si era ahí donde enseñaba ballet la famosa Eva Beltri; la misma adolescente que minutos después, cuando le pidió que le mostrara lo que sabía, la sorprendió con una técnica pulida y un talento natural, pero sobre todo con un carácter enorme, de al menos diez veces el tamaño de su cuerpo; la misma adolescente que en un par de años se convirtió en su discípula predilecta y casi en su hija. Eva conoce muy bien a Irma y sabe que lo que necesita en este momento no es una aprendiz, así que deja su posición y camina hasta la frontera de cristal que las separa.

—Irma, ven, quiero verte a ti y no a tu reflejo— dice Eva. Su voz ahora suena rasposa.

Irma se levanta con dificultad y atraviesa el salón vacío. Esperándola está Eva con el cabello gris y la cara cuantiosa en arrugas.

—¿Qué pasa?— pregunta Eva y posa la palma de su mano sobre la fría superficie del espejo, ofreciéndola.

Irma acepta el gesto de consuelo y al encontrarse las manos envejecidas pareciera que son en verdad un reflejo.

—Ay, Evita, no sé. Lo mismo de siempre— dice Irma y mira de reojo la foto de la bailarina —¿Sabes que hasta la fecha me preguntan si ésa en la foto soy yo?”.

—Ya te he dicho que quites ese retrato. Solo te hace pasar tristezas.

—¿Cómo te voy a quitar, Eva? No, el problema no es la foto, ni que nos confundan. El problema es que no lo merezco. Te fallé. No me fui a Londres y como tú me lo advertiste, la vida me comió. Me casé, tuve hijos; las obligaciones me ganaron y mírame ahora, sola en mi academia, con la cadera arruinada y un fantasma como mi única alumna”.

—Bueno, no cualquier fantasma— dice Eva en tono burlón —, sino el fantasma de la bailarina que enseñó a Ana Pavlova a bailar el jarabe tapatío en punta, nada más y nada menos.

Irma se ríe a medias, sinceramente, pero derrotada.

—Te entiendo— dice Eva poniéndose seria —. La vida te dio otras cartas. Ni modo. ¿Qué vas a hacer?

—No me entiendes. Tú creciste para ser Eva Beltri. Apareciste en películas,  viajaste por el mundo, tus zapatillas serán preservadas por algún museo. Yo soy la maestra Irmita y eso es todo.

Al decir esto, Irma desploma todo su magro peso sobre el bastón.

—Yo no tuve la oportunidad de saber qué bailarina pude haber sido.

—¿Tú sabes por qué vengo aquí cada noche?— pregunta Eva de pronto.

—Para hacerme compañía— responde Irma.

—Tú eres tonta, ¿o qué?— dice Eva francamente fastidiada —. Mira a tu alrededor, mira este salón, escucha el barullo de medio siglo almacenado aquí, relee las cartas apiladas en tu escritorio. Vengo porque quiero aprender con la maestra Irmita de la que tanto hablan.

Irma eleva sus ojos para encontrarse con los de su antigua mentora.

—Quizás nunca sabrás si pudiste ser la mejor bailarina; pero una cosa es segura: eres la mejor maestra— dice Eva y, sin mediar más palabras, vuelve a la barra.

Desde ahí, nuevamente con voz y cuerpo infantil, pide:

—Empecemos la lección, que ya es tarde.

Irma regresa a su asiento y se dispone a reanudar la clase.

Time Whale Spent: Talkin’ bout Moby Dick

This time Jorge joins English professor, Kristin Van Tassel to talk about Moby Dick, or The Whale. Panned by critics at the time and now considered one of the greatest novels ever written. Everyone knows the story: Madman desperately tries to catch and kill a giant white whale, but even if you think you know it, Moby Dick holds many surprises for those who finally dare read it. Here we discuss how it surprised us, what it possibly means, and how it still speaks to our time. Join us!

Read more about Melville, his letters to Nathaniel Hawthorne, and about how critics hated his book here.

Read (or listen) to Jill Lepore’s excellent essay on Melville’s life, writings and his relationship to his home place here.

You can find Tony Morrison’s seminal writing on not only Moby Dick but whiteness in general in American literature here, or in her collection of essays: Playing in the Dark.

Check here for Rodrigo Fresán’s comments on just how modern Moby Dick is.

The article where Roberto Bolaño speaks of Huckleberry Finn and Moby Dick as two novels pointing to two distinct paths in literature is “Our Guide to the Abyss”, included in Between Parentheses.

And here’s a selection of Kristin Van Tassel’s writing.

Navidad con N de Nostalgia

Entusiastas arranca con uno de mis primeros entusiasmos: la Navidad. Historia y memorias de distintas latitudes se unen para formar una especie de paseo navideño. Incluye un cuento inédito de Karla Gasca y el piano del maestro Mario Alberto Hernández.

Ya pueden leer el cuento de Karla Gasca también: El vestido de gala.

Este episodio se hizo con información tomada de los siguientes artículos:

Y finalmente recomiendo ampliamente visitar el genial viaje pictórico compilado por The Public Domain Reveiw: A Pictorial History of Santa Claus

Tu pedido va en camino

Debe ser un borracho que se quedó dormido, pensó con temor Álvaro, pues nadie respondía en el interfón. Tenía que ser un caso así de triste para pedir McDonald’s en Nochebuena. Aunque, si se ponía a pensar, el caso verdaderamente triste era el suyo. La gente lo miraba y no faltaba quien le tomara fotos. De hecho, uno de esos retratos, acompañado de la leyenda: “No hay edad para quien no se rinde” se había vuelto viral. Le hacía rabiar mirarse en un cartel motivacional, pero era inevitable que su estampa llamara la atención: un viejo gigante, con una barba blanca tan abundante que el cubrebocas asomaba apenas entre bigote y mentón, y una barriga que se rehusaba a ceder a pesar de las horas diarias de ciclismo.

No le molestaba trabajar, lo prefería a estar encerrado en su departamento sin nada que hacer, mas extrañaba el calor de la maquinaria y la charla con los colegas. Todavía se encontraba con algunos: a Ramón y a Zúñiga los veía seguido, sobre todo fuera de la trattoria de Marcovaldo cuyas pizzas estaban de moda, y cuando se veían fumaban uno o dos cigarros y platicaban, casi siempre de lo mal que andaba todo, mientras esperaban sus respectivas órdenes.

Lo que más lamentaba era la pérdida del festival navideño. Diría que había nacido para interpretar ese rol, pero sería inexacto; en realidad había envejecido para interpretarlo, pues desde que cabeza y rostro se le habían llenado de canas, mirarse en el espejo era como ver un anuncio de Coca Cola. Los que lo habían precedido siempre requerían retoques: un poco de relleno en el abdomen, botas con plataforma, barba y bigote falsos… Él no necesitaba ni el rubor en las mejillas porque desde niño tenía los cachetes colorados, y su voz de barítono era la cereza brillante sobre el pastel. Cuando soltaba su carcajada bombástica, veía en el brillo de los ojos infantiles la eliminación de cualquier resto de duda: sí, era él.

Este año habría sido su décimo aniversario en el papel y para celebrarlo se había mandado hacer su propio traje rojo, con hojas de acebo bordadas con hilo dorado en el canesú y los puños. Había esperado con ansias esa modesta forma del estrellato; no obstante,  como tantas otras cosas, se tenía que cancelar y no había vuelta de hoja. El traje lo había vendido a una tienda de disfraces y con ese dinero había comprado la bicicleta, usada, pero en buen estado y de un rojo brillante que cuando menos recuperaba el tono de la temporada.

Finalmente, una figura apareció en las escaleras, tambaleándose no por alcohol sino por edad. Era una anciana quien, tras más instantes penosamente alargados, cruzó el vestíbulo, abrió la puerta y extendió una mano. Álvaro, impaciente, le acercó la bolsa de comida y sólo entonces notó que entre sus arrugados dedos, la mujer estrujaba algo.

—No, gracias — dijo Álvaro pensando que se trataría de una propina, al tiempo que le tendía con más vehemencia su encargo.

—La hamburguesa, si gusta, quédesela — dijo la anciana —. Lo que quiero es que lleve esto a mi nieto.

Álvaro prestó más atención al paquetito que le entregaba la señora: una cajita azul con un moño color amarillo y una etiqueta grande que leía: “Para Íñigo, de su abue”.

—Es que no funciona así, señora.

—Le pagaré — dijo la señora.

—Usted necesita un servicio de paquetería.

—Cualquier otro año se lo habría dado yo, pero ya ve…— agregó la viejecita potenciando su tono lastimero.

—Perdón, señora, pero…

—¡Oh, por favor! Ha sido un año tan difícil, con su padre sin trabajo…

—Señora…

—Tal vez sea el único regalo que reciba este año, el pobre…

Álvaro miró el paquetito de nuevo.

—¿Y qué es?

La mirada de la anciana se iluminó.

—¡Un gorrito! Se lo hice yo misma, mire…

Abrió la caja y le mostró la prenda color verde menta, con un perro o un conejo bordado al centro, hecha claramente con amor aunque no por eso menos fea. Álvaro sonrió.

—¿Y a dónde hay que llevarlo?

Partió veloz, cruzando la ciudad desierta con sus adornos que brillaban para nadie y su inusual silencio atravesado por los hilos invisibles de las videollamadas; surcando las calles transitadas solo por otros que, como él, llevaban sus cargamentos de arroz frito, de tacos y kebabs, y alitas de pollo, y faláfeles, y sushi para los solitarios del mundo.

Desmontó en la casita indicada y sudando llamó al timbre. Abrió de inmediato un niño.

—¿Eres tú— preguntó Álvaro consultando de nuevo la etiqueta —Íñigo?

El niño meneó la cabeza afirmativamente.

—Tu abuelita te manda esto— dijo y le entregó la caja al niño, quien la recibió sin siquiera verla, manteniendo sus ojos grandes como platos clavados en él.

Álvaro pensó que, o bien el niño no era muy elocuente o ya estaba cansado, así que le deseó una feliz navidad y tomó su bicicleta. Los ojos del niño se abrieron aún más.

—¡Sí me la trajiste!— exclamó. —Mi papá había dicho que no podrías, ¡pero yo sabía que sí!

En ese momento Álvaro identificó ese brillo tan conocido, esa expresión irrepetible que quería decir: sí eres el verdadero, el auténtico, sí eres . Álvaro sintió los reflectores de nuevo sobre él y subió a su escenario.

—Oh, pero claro que sí, querido Íñigo. ¿Cómo podría haberlo olvidado?

Más tarde esa noche, mientras Álvaro descansaba en una banca del centro, comiendo su hamburguesa fría, calentándose dando traguitos a su petaca de whiskey y distrayéndose con el celular, se halló de pronto con su retrato viral en redes, pero acompañado ahora de otra leyenda: “Creo que también ha sido un mal año para Papá Noel”. Al leerlo, Álvaro soltó una carcajada que retumbó en los portales e hizo que varios curiosos asomaran por las ventanas de la plaza. Se levantó y, todavía riendo, reemprendió su caminata a casa.

Tenet : teneT

Christopher Nolan asegura que le llevó un lustro completar el guion de Tenet y que trabajó en el concepto central durante una década. Se nota. Tenet es la culminación – es difícil imaginar una cima más alta – de una obsesión con el tiempo y, más precisamente, con los retos y oportunidades que las manipulaciones temporales ofrecen a la forma del cine. Sin embargo, como sus personajes, el director parece avanzar y retroceder simultáneamente. Por un lado, Tenet es sin duda su película más ambiciosa y visualmente la más impresionante, por el otro, es también la más afectada por todas sus flaquezas y todos sus excesos.

La trama es básicamente la de una película del 007, pero pasada por una licuadora marca Escher. La premisa en su estado puro es: un villano megalómano busca destruir el mundo con un arma ultrapoderosa y un héroe trabajando para una asociación secreta busca detenerlo. Esto, que es muy simple, se complica estrambóticamente porque el arma en cuestión viene del futuro y es una máquina capaz de revertir la entropia de la materia. Ya que la entropía es, en estricto sentido, la causa de la irreversibilidad del tiempo, los objetos o personas ‘revertidos’ se mueven hacia atrás en el flujo temporal. La amenaza es que se revierta en general la entropía del universo, lo que desencadenaría la aniquilación de todo cuanto existe y ha existido.

El concepto es brillante. No sólo le da un giro necesario – y más o menos realista – al ya muy manoseado artilugio de los viajes en el tiempo, sino que también le permite a Nolan, el hombre que ya había: volcado un trailer, hecho un pasillo rotativo, hundido un barco, etc. superarse a sí mismo sin repetirse. En Tenet no se requieren esas proezas hercúleas para desencajar la quijada del espectador, basta ver cristal roto rearmándose, charcos salpicando inversamente antes de ser pisados, nubes replegándose, polvareda de estallidos encogiéndose hasta desaparecer. La acción progresiva y en retroceso está integrada tan naturalmente que una pelea cuerpo a cuerpo o un solo auto volcándose se vuelven más espectaculares que Bane desmantelando un avión en el aire en The Dark Night Rises. Eso no impide, claro, que un Boeing 747 sea estrellado contra un hangar, o que un edificio sea dinamitado (y reensamblado y vuelto a estallar).

No habrá pasado desapercibido, tal vez, que vamos ya en el cuarto párrafo de esta reseña y no ha habido ni una mención a los personajes. Si los he dejado para después es porque evidentemente Nolan hizo lo mismo.

Desde una posición muy mediana en las prioridades del guion, los actores hacen lo mejor que pueden. John David Washington cumple en el papel de El Protagonista (es la única identificación que se le da): es aspiracional al modo de Bond, carismático, atlético, guapo, perfectamente acicalado, siempre está en control, los trajes le quedan de maravilla (por cierto, habría que ver si el financiamiento para la cinta no viene en buena medida de la industria de la sastrería porque los trajes tienen más personalidad que nadie en Tenet); pero en el terreno emocional no se le da nada más que una conexión poco convincente con la heroína, Kat, interpretada por Elizabeth Debicki, quien repite exactamente el mismo personaje que tuvo en la serie The Night Manager: esposa y rehén de un billonario traficante de armas. Ella carga con el peso emocional de la película y lo hace bien aunque, siendo sinceros, no es una carga pesada. Robert Pattinson en el papel de Neil, compañero de aventuras del Protagonista, es el más evanescente de todos, el más misterioso, y por ello tal vez el que más funciona: desaliñado pero vestido lujosamente, despreocupado pero siempre un paso adelante; y su química real con David Washington provee a su amistad en pantalla con el sustento que el guion no se interesa demasiado en conjurar.

El director de fotografía Hoyte van Hoytema vuelve después de Interstellar y Dunkirk y es tan fantástico como en aquellas, otorgando a cada encuadre y movimiento la gravedad precisa, el tono de tensión constante que Nolan ha ido desarrollando. El colaborador que no regresa es Hans Zimmer, ocupado ya en la banda sonora de Dune. A reemplazarlo viene Ludwig Göransson, quien hace un trabajo muy eficiente… copiando el estilo de Zimmer.

Una anotación más sobre la música: constantemente hay, por lo bajo, banda sonora, incluso en las escenas de diálogo, 90% de las cuales tienen la función de explicar una trama de por sí confusa.

Cuadrado de Sator, conformado por cinco palíndromos latinos, que inspiró el título de la película y varios de sus personajes y lugares

Desde hace tiempo me parece que el Christopher Nolan de megaproducciones está a medio camino entre Stanley Kubrick y James Cameron. De ambos tiene el absoluto dominio de su medio y la tosudez y ambición para empujar fronteras. De Kubrick tiene el hiperintelectualismo y el compromiso absoluto con su visión artística. De Cameron tiene su gusto por el espectáculo y una cierta debilidad por la sensiblería. La combinación, que puede ser muy buena, como Inception o The Dark Knight, también puede hundir sus esfuerzos más operísticos, como Interstellar, donde una odisea temporal y espacial sobre la supervivencia de la humanidad se resuelve estúpidamente en discursos sobre la fuerza del amor.

En Tenet Nolan muestra una vez más que el Cameron que lleva dentro siempre tiene la última palabra. Leí que tuvo cerca al físico teórico Kip Thorne para asesorarse sobre tiempo y física cuántica; habría sido bueno que también observara, escuchara y conversara con humanos, para asesorarse sobre deseos, culpa, nostalgia, rencor, etc., todas esas cosas que para los humanos están íntimamente ligadas con (y que quizás son) el tiempo. Cuando se le explica al Protagonista por vez primera la creación y existencia de objetos revertidos, éste pregunta: “Si el efecto precede a la causa, ¿qué pasa con el libre albedrío?”. He ahí el tema, mas el guion lo evade raudo como un obstáculo que amenaza con enturbiar la aventura.

Podrá parecer que no recomiendo Tenet y que reniego de su autor. No es el caso. Nolan es un maestro y Tenet es excelente. La película es insensata en el tamaño de lo que se propone y portentosa en cómo lo logra, sin sudar ni mancharse, ni arrugar el traje, con cierta sobradez de virtuoso encumbrado. Es pretenciosa, claro, y tal vez pide demasiado de su audiencia sin retribuir lo suficiente para que valga la pena el esfuerzo; pero a la vez no deja de ser admirable. Subyuga los sentidos y el ánimo incluso si su endiablado argumento nos rebasa. Y si uno tiene la obsesión necesaria para volver y empeñarse en entenderla, sorprenderá lo bien que encaja todo. Con una historia así, sería lo normal que quedaran flecos y agujeros, que se vieran las costuras, y sin embargo no detecté nada por el estilo. Es un artefacto perfecto y su funcionamiento merece nuestro asombro. Pero a la vez es sólo eso, una máquina precisa, la más ardua que este relojero ha fabricado, que no por eso deja de ser sólo un reloj con sólo una función.

Christopher Nolan es un artista de grandes conceptos y grandes logros técnicos, pero no de grandes preguntas. Esmeradamente y con un talento con pocos parangones en el cine actual, Nolan construye intrincados rompecabezas que una vez ensamblados aceptan sólo nuestra contemplación, no nuestra participación. Tenet es una pieza de museo que vale la pena revisitar, estudiar y desmontar, no obstante su significado es uno y está fijo, encerrado, impermeable. Las discusiones a su alrededor – que ya deben contarse por los cientos en foros de internet – serán para hallar referencias, excavar guiños, explicar su trama, no para discutir qué significa. Es un punto de llegada y no un punto de fuga.

Postdata

 “Vivimos en un mundo crepuscular”, es una frase recurrente en la película, y me trae a la cabeza el cine que Nolan ama y desea hacer y ver, el cine que está decidido a salvar (aunque quién sabe qué tan sustancial es la amenaza que él percibe). Me hace pensar, por ejemplo, en su lucha un tanto quijotesca por hacernos volver a las salas en medio de una pandemia. Lo cierto es que, en un medio donde ya sólo existen las superproducciones de cientos de millones de dólares o el cine independiente hecho con tres pesos, Nolan sí parece una figura crepuscular, uno entre muy pocos cineastas con un proyecto exigente y personal haciendo películas de este tamaño que millones van a ver. No es poco.

Borges, autor de fake news

Foto de Bernardo Pérez, 1985

Llenósele la fantasía de todo aquello que leía en los libros, así de encantamientos, como de pendencias, batallas, desafíos, heridas, requiebros, amores, tormentas y disparates imposibles, y asentósele de tal modo en la imaginación que era verdad toda aquella máquina de aquellas soñadas invenciones que leía, que para él no había otra historia más cierta en el mundo.

Miguel de Cervantes, El Ingenioso Hidalgo, Don Quijote de la Mancha, Capítulo I.

Hoy se conmemora uno de los hechos más insólitos en una historia nacional de por sí pródiga en rarezas. El 26 de agosto de 1808, Donasiano Izagaga, líder de una protoconjura contra la corona española, fue asesinado por uno de los suyos en el palco del ‘Corral de comedias’, hoy Teatro Principal de Guanajuato. Durante más de un siglo se le tuvo como uno de tantos héroes nacionales e incluso contó con una estatua en la Plaza de los Ángeles, hasta que la Dra. Olga López Andonegui hizo un hallazgo demoledor. Días antes del atentado, Izagaga había sido descubierto a punto de enviar una alerta al corregidor delatando a los soberanistas. Había que ajusticiarlo, pero el movimiento era demasiado joven para aguantar semejante golpe a la moral. Se resolvió entonces disfrazar su ejecución de martirio y el propio Izagaga, buscando redimirse y darle significado a su muerte, accedió a participar en la pantomima que lo pintaría como héroe traicionado y no como traidor.

Este fascinante episodio ocurrió y ocurre todavía cada vez que alguien lee de nuevo Tema del traidor y del héroe de la colección de cuentos Ficciones, de Jorge Luis Borges, aunque con otros nombres y geografía. De no haber revelado su falsedad, nada nos impediría creer que las cortinas de un palco de teatro en Guanajuato se mancharon con la sangre de un conspirador. Bastan unas cuantas referencias precisas, algunas reales, otras inventadas. Ayuda también que el mundo esté siempre más loco que la ficción.

A los pobladores del siglo XXI nos sobran amenazas que nos hacen sentir especiales, entre ellas las fake news. Asustados y fascinados hemos corrido a preguntar a los sociólogos, a los psicólogos, a los neurólogos, a los politólogos, a los biólogos evolutivos, a los programadores y, ya víctimas de la desesperación, hasta a los filósofos: ¿Qué son las fake news?, ¿cómo combatirlas?, ¿por qué creemos en ellas? Sorprende que a nadie se le haya ocurrido interrogar a la cofradía que ha hecho un arte del embuste: los escritores. Y de entre ellos, nadie ejerció el engaño como Borges.

En 1935 fue publicado Historia universal de la infamia, una compilación de siete breves biografías de criminales. Escrito con rigor académico y acompañado de bibliografía, firmado por un intelectual conocido entonces sólo como ensayista y esporádico poeta, el libro consiguió pasar como auténtica enciclopedia de truhanes para más de un lector. No obstante, por primera vez en su vida y en un movimiento que alteró la literatura, Borges se había atrevido a mentir – más o menos.

Todos los crímenes narrados en Historia universal de la infamia están documentados y todos los biografiados son trasuntos de personajes históricos reales, pero sus hazañas están alteradas, engrandecidas, silenciadas, fabuladas a placer. En el prólogo a la edición de 1954, Borges describe estos relatos como: “el irresponsable juego de un tímido que no se animó a escribir cuentos y que se distrajo en falsear y tergiversar (sin justificación estética alguna vez) ajenas historias”[1]. Este método de mezclar verdad y mentira, ensayo erudito y ficción fantástica, de cimentar lo imaginado en arduas citas y notas al pie, se convirtió en el sello del cuentista y su impronta más duradera; método que perfeccionó en su siguiente libro (y a mi gusto personal, el mejor): Ficciones.

Ficciones es a la vez el mejor tratado, parábola, advertencia y manual sobre fake news. En el cuento que abre el volumen, Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, el protagonista – el propio Borges – se entera de una región de Asia Menor llamada Uqbar de boca de Bioy Casares, quien a su vez leyó sobre ésta en la Anglo-American Cyclopaedia. Al revisar la edición de Borges se percatan de que no hay referencia a Uqbar por ningún lado. Sorprendido, Bioy trae su ejemplar y constatan que son en todo idénticos exceptuando la entrada sobre Uqbar. Esto desencadena una pesquisa libresca de corto alcance que arroja más sombras sobre el misterio. Mucho después, en un hotel de Androgué, Borges encuentra el tomo undécimo de una enciclopedia llamada A First Encyclopaedia of Tlön, que en vida perteneció al ingeniero amigo de su padre, Herbert Ashe. En ella, aprende sobre el planeta Tlön, su sistema de pensamiento y su lenguaje. Indagando a mayor profundidad, descubre que esta enciclopedia y el planeta al que hace referencia, son creación de Orbis Tertius, una sociedad secreta de intelectuales iniciada en el siglo XVII (y que en sus muchas generaciones incluyó a Leibniz). En una labor de siglos, dicha sociedad produjo cuarenta tomos en donde se exploran todas las minucias de ese imposible lugar: su historia, literatura, su química, física y matemática, su zoología, botánica y astronomía. En un posdata, Borges cuenta que la enciclopedia completa fue localizada en una biblioteca de Memphis y que reimpresiones de la misma pueblan las bibliotecas del mundo, que no pasó mucho tiempo antes de que objetos de Tlön comenzaran a ser hallados en la tierra, que la enseñanza de los conocimientos sobre Tlön empieza a usurpar el sitio de la enseñanza corriente. Finalmente escribe con temblor y certeza: “El mundo será Tlön”.

Es el raciocinio que utiliza el protagonista para explicarse esta callada aceptación de la humanidad lo que me parece interesante aquí: “¿Cómo no someterse a Tlön?”, pregunta Borges. Ante un mundo incomprensible cuya vastedad y entramado nos rebasa, cómo no someterse a este planeta extraño pero perfectamente ordenado? “Tlön será un laberinto, pero es un laberinto urdido por los hombres, un laberinto destinado a que lo descifren los hombres”, escribe el autor.

La lotería en Babilonia es otra aproximación al mismo fenómeno. Un hombre explica la historia y funcionamiento de la lotería que rige todos los aspectos de la vida en el reino. La lotería babilónica, que fue inventada en un pasado remoto e indefinido, no difería de la lotería regular. Un número premiaba a uno de muchísimos participantes con dinero. Este principio se volvió tedioso rápidamente ya que sólo apelaba a la esperanza y no a otras posibilidades, como el miedo o la aprehensión. Entonces se empezaron a sortear también multas, luego temporadas de prisión, luego cualquier clase de castigo o vejación. Los premios también dejaron de ser sólo monetarios y comenzaron a comprender toda clase de resultados que pudieran prodigar felicidad. Se decidió en algún punto que todos los habitantes del reino participaran en la lotería e incluso que hubiera actos impersonales decididos por esta suerte, por ejemplo: que cada siglo se retire o se agregue un grano de arena a la playa. La complejidad y alcance del juego se volvió tal que el comité encargado de la lotería, conocido simplemente como la Compañía, pasó a ser omnipotente. Sus agentes, que operan en secreto y a quienes nadie conoce, deciden todo cuanto ocurre. En las últimas líneas, el narrador concede que existen heresíacas que niegan la existencia de la Compañía y aún otros que afirman que el que exista o no es irrelevante ya que “Babilonia no es otra cosa que un infinito juego de azares.”

Si en Tlön, Uqbar, Orbis Tertius nos encontramos ante un mundo ficticio que coloniza y suplanta al mundo real porque es más inteligible, en La lotería en Babilonia nos presentan un mundo donde esta operación ya ha ocurrido, siglos atrás, y donde las personas prefieren creer que hay un orden y una inteligencia detrás del azar.

Mas inclusive en un universo organizado hasta el paroxismo, como el descrito en La Biblioteca de Babel, los moradores se entregan a conspiraciones fútiles basadas en creencias y rumores: unos destruyen libros que juzgan inútiles, otros se aventuran de galería en galería buscando el libro exacto que justifique su existencia, otros esperan dar con un libro total que justifique el universo, y existen todavía quienes se valen de métodos prohibidos para crear aquellos elusivos libros. En esta confusión los humanos viven solos y se suicidan con frecuencia tan alarmante que el narrador pronostica la extinción de la raza humana. La biblioteca, por otro lado: “perdurará: iluminada, solitaria, infinita perfectamente inmóvil, armada volúmenes preciosos, inútil, incorruptible, secreta”. Tal vez haya un patrón, pero la incapacidad de discernirlo nos obliga a inventar otros.

Los procesos más elementales tampoco escapan de la sospecha. En La secta del Fénix, el autor retrata la procreación como un rito y a la especie humana como una secta. En el mundo que Borges nos ofrece, todo es un signo, un mensaje cifrado, un movimiento en el tablero en el que sólo somos piezas: “¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza?”, se preguntó años más tarde en un soneto sobre el ajedrez. Con el mismo alivio y el mismo horror que el protagonista de Las ruinas circulares, Borges se da cuenta de que él como todos no es más que el sueño de otro alguien en donde no tiene ningún control. Sabe también, que lo único más aterrador que este descubrimiento: no controlo mi propio destino, es la revelación de que nadie lo controla, el sueño carece de soñador, somos súbditos del vértigo.

Pero Borges no cede al abismo con angustia (de otro modo sería un existencialista más) sino con una resignación en la que casi hay gratitud, y su antídoto para la pesadumbre es siempre esa deliciosa ironía inglesa que aprendió de muchos, especialmente de De Quincey. En sus laberintos hiperintelectuales de un lenguaje pulido con severidad, asoma siempre una sonrisa pícara como la del gato de Cheshire porque Borges sabe demasiado bien – y saberlo, como a todos nosotros, le duele – que nada tiene un significado profundo o ulterior, que todo lo que tenemos y todo lo que somos no son más que historias.

En Pierre Menard, autor del Quijote, que trata de la reescritura exacta del Quijote por un dlirante autor francés en el siglo XX, un exégeta nos presenta con pormenorizados comentarios en que coteja ambas versiones para probar el valor artístico de la empresa, entre los cuales destaca: “… la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir” pasaje del Quijote que escrito por Cervantes – a ojo del crítico – se trata de “un mero elogio retórico de la historia”, en cambio cuando Menard escribe exactamente lo mismo, nos dice, estamos ante una idea “asombrosa” ya que “Menard, contemporáneo de William James, no define la historia como una indagación de la realidad sino como su origen. La verdad histórica, para él, no es lo que sucedió; es lo que juzgamos que sucedió”.

Lo que juzgamos que sucedió, eso es lo que importa. Los hechos fueron unos, impenetrables, inaccesibles, como los que registra la prodigiosa memoria de Funes y cuya acumulación termina por atormentarlo. Lo que interesa para el resto de nosotros, desmemoriados, es la interpretación en que hemos acordado.

Es lo que ocurre en el relato que alteré para mi párrafo introductorio, Tema del traidor y del héroe, en donde se monta una obra gigantesca que incluye a cientos de actores, parcialmente basada en el asesinato de Julio César y con diálogos plagiados de Macbeth, todo con tal de mantener en alto el nombre de un traidor demasiado importante para la revolución irlandesa. Una vez escrita, la historia oficial se transforma en la historia.

Esto implica, por supuesto, que la realidad – o el acuerdo que de ella tenemos – es precaria, falible y múltiple. En El jardín de senderos que se bifurcan seguimos la historia de Yu Tsun, espía chino al servicio de Alemania durante la Primera Guerra Mundial. La narración se hace desde un cómodo presente en que la misión de Tsun ha fallado, no obstante, cuando salimos del cuento y si prestamos atención nos damos cuenta de que la historia se ha alterado, hay una bifurcación en el tiempo, en otro plano, conectado apenas por unas páginas con el nuestro, Alemania ha vencido a Inglaterra.

No es mi intención manchar la obra de Borges usándola en defensa de las fake news ni tampoco esgrimirla como un argumento a favor de un relativismo total del que Borges habría abominado, sino proponer el placer de la relectura de Ficciones con esto en mente, para recordar una vez más que “la era de la postverdad” es sólo una de las muchísimas maneras en que legitimamos nuestra egocéntrica creencia de que somos los primeros en algo; recordar, pues, que ya Daniel Defoe se quejaba en el siglo XVII de los rumores falaces que se contagiaban más rápido que la peste que azotaba a Londres; recordar que la realidad es un hecho independiente de nosotros, sí, pero que la realidad humana siempre es un tejido de significado y como tal es permeable y falible; y recordar por último que somos una tribu de historias y todos somos capaces de, ya sea por facilidad de comprensión o por inclinaciones afectivas e ideológicas, preferir unas narrativas a otras.

En ocasiones las razones para abrazar una teoría de la conspiración son puramente estéticas. En La muerte y la brújula, el detective Lönnrot rechaza la versión de los hechos que aventura su compañero diciendo:

“Posible, pero no interesante. Usted replicará que la realidad no tiene la menor obligación de ser interesante. Yo le replicaré que la realidad puede prescindir de esa obligación, pero no las hipótesis. En la que usted ha improvisado interviene copiosamente el azar”.

Es más interesante creer que la pandemia que nos arrincona es resultado de un intrincado plan con miras a la conquista global, que aceptar que es algo en lo que ha intervenido copiosamente, no sólo el azar, sino la estupidez humana.

Aunque nadie sabe… después de todo, tú que me lees, ¿estás seguro de que todo lo que aquí he citado es auténtico? Tendrás que creerme.


[1] El argentino continuaba así el peregrinaje de un curioso subgénero literario comenzado por su admirado Marcel Schwob en Vidas imaginarias (1896) y seguido por su amigo y mentor Alfonso Reyes en Retratos reales e imaginarios (1920). A la aportación de Borges le seguirían La sinagoga de los iconoclastas (1972) de Rodolfo Wilcock y La literatura nazi en América (1996) de Roberto Bolaño.

Refutación de Parménides

El cielo ya era violáceo en sus orillas cuando la voz de mamá lo alcanzó en el patio. Tadeo se despidió de Julián, recogió su balón y atendió al llamado de la cena.

Sentado a la mesa, frente a su plato de sopa caliente, le cayó por fin el cansancio del día. Sintió el peso en piernas y brazos, la sangre cálida en sus mejillas, las últimas gotas de sudor que bajaban sobre una piel ya pegajosa de sudores pasados. ¿La pasaste bien, hijo?, preguntó papá. Tadeo balbuceó sí sin dar tregua al a la sopa.

Terminando de comer, se sintió particularmente cansado. A mí se me hace que te insolaste, dijo mamá. Ve na’más cómo estás de rojo; déjame checarte la temperatura. Papá la tranquilizó. A su edad es normal, Laura, estuvo jugando todo el día.

Se quedó dormido a la mitad de su caricatura preferida y papá lo llevó en brazos a su cama, lo arropó y lo dejó solo con sus sueños.

Tadeo andando en bicicleta, sus manos en los manubrios, a su lado Julián. Una carrerita. El que llegue primero al arroyo gana. Ganó Julián también en el sueño. Hierba alta, croar de ranas, alboroto de grillos, zumbido de mosquitos, carros a lo lejos. El que atrape primero una rana para asustar a Carmelita gana. Llanta abandonada en la orilla, botellas de plástico, espuma de río arriba, la piedra desde donde se echan clavados y el reflejo trizado de la torre de teléfonos. Ahí, cerca de la llanta, una rana. Ganó Tadeo. Pero entonces, mirando la corriente del arroyo de su sueño, Tadeo sintió de pronto vértigo. La corriente se aceleraba.

Lo despertó la costumbre y el aroma a canela y azúcar que anunciaba pan francés. Quiso levantarse con rapidez, mas su mente iba más veloz que su cuerpo. Cuando consiguió enderezarse le vino un mareo. Al ponerse de pie descubrió su espalda y sus rodillas pues le dolían. Bajó las escaleras con torpeza. Le pareció que el suelo estaba más lejos de sus ojos y que sus ojos estaban empañados.

Oye, Roberto, ¿no se te hace que Tadeo se ve algo raro? Preguntó mamá en el desayuno. Papá separó la vista del periódico un instante y lo miró por encima de los lentes. Ah, sí, se me hace que sí. Te dije que se había insolado, dijo mamá poniendo su mano en una frente inusualmente rugosa. Mira qué lento come. Hijo, ¿estás bien? A Tadeo le costaba cortar el pan con esas manos nudosas y agrietadas, y masticar era un problema con la encía pelada.

El día era perfecto, mas Tadeo tuvo que esperar adentro a que llegara el doctor, mirando al sol arrastrarse en arco por la ventana y mirando las cosas de la casa palidecer con la luz del mediodía. ¿Qué tiene, doctor? Preguntó mamá mientras el hombre le ponía la campana fría del estetoscopio en el pecho desnudo lleno de vello blanco. Bueno, señora, la verdad es que nada fuera de lo normal para un hombre de edad avanzada, respondió el doctor. ¿Ocho años es una edad avanzada?, le reviró mamá algo molesta. A partir de ahí salieron a hablar al pasillo y aunque Tadeo se esforzó, no pudo escuchar nada de lo que decían.

Fuera lo que fuera, le prohibieron salir de la casa ese día. Sentado en el sillón de la sala, Tadeo sentía los minutos pasar como gusanos a través del patio. Se le acercó Celestino y se acostó junto a él como siempre que estaba enfermo. A cambio, Tadeo le acarició la cabeza y las orejas y pensó en la mañana en que lo encontró abandonado afuera de la tienda de Doña Estela. Entonces era un cachorro y ahora estaba tan grande.

Aunque intentara no escuchar, desde el comedor le llegaba la voz de mamá hablando por teléfono: Ay, no sé, Ceci, no sé. Escuché que lo mismo le pasó al hijo de Susi. Ajá. Sí, el menor. ¿Cómo ves? Pues ahora mi Tadeo. Ajá. Pues que no sabe, ¿tú crees? Que mucho líquido y que descanse, que mañana lo viene a ver de nuevo. No sé qué hacer. Pues vaya Dios a saber, Ceci, los niños de ahora, tan acelerados. Tadeo se salió de la casa con cuidado, haciéndole la seña de guardar silencio a Celestino.

En la calle se encontró con Julián y Pedrito y Mau y Marcelo y Toño que estaban jugando futbol. Cuando lo vieron, pararon el partido y corrieron hasta él. Tu mamá nos dijo que estabas enfermo, dijo Julián. Sí te ves enfermo, le dijo Marcelo. ¿Ya estás bien?, preguntó Toño. Pues tengo una gripa yo creo, les dijo Tadeo entre toses y los vio a todos muy chaparritos. Vente a jugar, pidió Mau. Yo creo que no puedo, me duelen las rodillas, dijo Tadeo. Pero los veo.

Se sentó con trabajos en la banqueta y se le acercó una niña a la que sólo pudo reconocer cuando estuvo muy cerca y aún así tuvo que apretar los ojos. Hola, Carmelita. ¿Tadeo? Hoy te ves raro. Sí, estoy enfermo, dijo él. Te cuelgan los cachetes, dijo ella y se rieron los dos. Sentado junto a ella, Tadeo pensó en que la había querido desde que se había mudado a esa calle, lo que ahora parecía una eternidad, y pensó en todas las ranas y arañas y lagartijas que había atrapado para asustarla, y se preguntó quién la iba a asustar ahora.

Al terminar el juego ya se hacía tarde y todos se fueron, menos Julián, quien se acercó a la acera donde Tadeo cabeceaba. Lo despertó y le ayudó a levantarse. Juntos se encaminaron al arroyo, pero apenas alcanzaron el camino de terracería que llevaba ahí, a Tadeo se le acabó el aire y tuvo que sentarse en una piedra. Julián se sentó también y le pasó la mano por la espalda, aunque no le alcanzó el otro hombro. Te voy a dar chance hoy, dijo. Vieron a lo lejos, detrás de los mezquites del otro lado del arroyo, cómo el sol se iba ocultando. Tadeo quiso poder recordar cuál fue el primer atardecer que vio, pero no pudo. Quiso calcular cuántos atardeceres había podido ver desde que abrió los ojos y tampoco pudo. Hoy no está tan padre el cielo, dijo Julián. Y tenía razón. Caminaron de regreso y al despedirse Julián le hizo prometer que irían temprano al arroyo el día siguiente.

En la entrada lo esperaba mamá con aire desesperado. Ay, muchacho, cómo me haces renegar, le dijo mientras lo arrastraba por el brazo dentro de la casa. Papá ya había regresado también. Qué ojeras traes, hijo. Hoy mejor te duermes temprano.

Cenó una asquerosa crema de calabaza y después, agotado, con los párpados pesándole como un leño, besó a sus padres en las mejillas, subió laboriosamente las escaleras, entró a su cuarto y se sentó a la orilla de su cama. Miró a su alrededor: sus juguetes, sus carteles, sus libros, sus dibujos, sus fotos. Se recostó y el sueño lo reclamó mientras contemplaba las estrellas fluorescentes en su techo.

Una serie de golpes en su ventana lo despertaron. Eran piedritas. La luz que inundaba su cuarto invadió sus párpados. Ya era tarde y Julián lo esperaba.

Bajó corriendo, saludó a sus papás que lo miraron pasar como un bólido sin escucharlos, agarró su bici y le dijo a Julián, órales, el que gane invita unas papas. Ganó Julián, como siempre pero no importó demasiado. Tadeo se encaramó en la piedra de los clavados y se echó al agua. Hierba alta, croar de ranas, alboroto de grillos, zumbido de mosquitos, carros a lo lejos. Hoy hay que ver si atrapamos una lagartija, mejor. Llanta abandonada en la orilla, botellas de plástico, espuma de río arriba y el reflejo trizado de la torre de teléfonos. Pero todo esto Tadeo lo miraba como a través de un túnel. Se miró las manos arrugadas por el agua, se tocó la cara tersa. Tenía ocho años, pero ya no era un niño.

 


Ilustración de Fabiola García Vargas