El astrónomo

“Una mirada prodigiosa es necesaria”, decía Sergio. Yo estuve siempre interesado en abismos más que en el espacio y pienso que por ello me inscribí en el curso de verano de astronomía. Me aparecía ahí un poco como un fantasma, siempre en silencio, cuidadoso de no hacer ruido, sentándome en la última banca de la esquina más alejada al escritorio. Y sin embargo, de alguna forma, su endiablado ojo certero logró notarme y su incansable entusiasmo consiguió sacarme algunas frases a lo largo del curso.

Siendo sinceros, no conservo prácticamente nada de lo aprendido. Si acaso memoricé que en nuestra galaxia hay doscientos mil millones de estrellas porque ese dato, que a muchos de mis condiscípulos los inquietó tanto, a mí me llenó de paz pues era la constatación universal de una hipótesis anímica que tenía yo por esos años: “No soy nada”.

La culminación del curso sería armar nuestro propio telescopio para ver un eclipse de luna. Nos dieron los materiales necesarios y se nos instruyó paso a paso. Durante esos días estuve a punto de abandonar el aula porque Sergio se acercaba a cada uno de nosotros a darnos indicaciones, a corregir detalles, o simplemente a platicar. Mi vocación era la del papel tapiz y odiaba que los adultos me forzara a hacerme visible, que preguntaran por mí, por mi familia, por mis pasatiempos o peor, por mi deporte favorito, cuando un mero vistazo a mi barriga debería haberles prevenido de formular semejante inquisición. No obstante, Sergio pareció intuir mis molestias de antemano y se limitó a guiarme y, solo después de un rato y sin yo darme cuenta, a conversar conmigo sobre libros y películas de aliens, monstruos y hechiceros.

Llegó la noche señalada y nos reunimos todos los niños acompañados de nuestros padres en los amplios jardines de la escuela. Nuestros precarios telescopios estaban en posición y los astros también. Se nos dio la señal y asomamos por el visillo. Yo no pude ver nada más que una oscuridad absoluta. Me aparté avergonzado de mi trasto inservible a sabiendas de que lo había ensamblado mal. Traté de ocultarme en el regazo de mi madre, pero Sergio me encontró y, como siempre, sin necesidad de interrogantes, supo cuál era el problema. Trajo su propio telescopio y me invitó a mirar con la condición única de que, una vez captado todo en mi memoria, escribiera una descripción detallada de lo que había visto.

Al terminar el verano y con este el curso, se nos entregaron dulces y un diploma. Hubo juegos, comida y un sorteo en el que no recuerdo haber ganado nada. Lo que sí recuerdo es que antes de irme, Sergio me llamó a su escritorio y me dijo: “Una mirada prodigiosa es necesaria, pero también la capacidad de describir lo que se ve” y, devolviéndome el texto en que había descrito el eclipse lunar, me pidió: “no dejes de escribir”.

Y aunque he olvidado el nombre de casi todos los astros, nunca he olvidado ese consejo.

La clase de ballet

En el salón no hay trofeos, ni reconocimientos; hay un retrato en blanco y negro de una bailarina perpetuada en un arabesque perfecto, un piano de pared, una barra y un espejo que recubre un muro entero y duplica la habitación, la escasa luz y a Irma ,quien se encuentra a sí misma más frágil de lo que pensaba, sentada con la mano derecha apoyada en el bastón y el cabello blanquísimo. Mirándola ahora es difícil imaginar piruetas, puntas, saltos… Revisa su reloj y constata con angustia que se hace tarde.

Eva es la última de sus alumnas. Generación tras generación pasaron por esas tablas, con mayor o menor éxito, con facilidad o con torpeza, a lo largo de más de medio siglo, decenas de niñas y muchachas. Quedan como testigo solo las flores en su cumpleaños, las esporádicas visitas, las cartas a granel, todas ellas empezando con: “Irmita, me acuerdo de…”, todas llenas de pasado.

La vejez es cansancio por cargar tanto pasado y tantos futuros perdidos, piensa Irma mientras recuerda por millonésima vez la carta de aceptación de la Royal Academy of Dance y el telegrama de su padre cortando el hilo que apenas empezaba a tejerse entre ella y su sueño. El negocio iba mal, necesitaban su ayuda. La maleta que había empezado a empacar para Londres terminó acompañándola a León, donde hubo de quedarse el resto de sus días

—Disculpe, maestra— dice una vocecita desde el flanco izquierdo del espejo.

La niña corre al vestidor, enredándose en su larga bufanda, tropezando al quitarse sus pesadas botas mojadas, y tras unos instantes sale preparada, con leotardo y zapatillas, aunque con jirones de cabello escapándose del moño.

—Evita, con estos modos no vas a llegar a convertirte en Eva— dice Irma y señala el retrato de la bailarina.

La niña hace puchero y se da la media vuelta para tomar su sitio a un costado de la barra. Al volverse de nuevo, da la impresión de que ha crecido.

Irma pone música en la grabadora y comienza a dictar: “Primera posición. Plié…”, Eva obedece y en cada repetición afina su técnica, suaviza sus gestos, mejora su postura y, más curioso, se vuelve más esbelta, más alta, más adulta.

—¡Eva!— interrumpe Irma —. No quieras adelantarte, vamos paso a paso.

Eva resopla.

—Hoy tengo ganas de algo emocionante, Irmita, quiero grand jeté, pas couru, grand battement...

—Evita, hazme este favor— dice Irma con la voz quebrada y refugia el rostro en la mano.

Eva frunce el ceño. Ve a Irma y su estampa herida le trae a la mente a la adolescente que una vez, hacía ya varias décadas, se había plantado en la puerta de su estudio preguntando tímidamente si era ahí donde enseñaba ballet la famosa Eva Beltri; la misma adolescente que minutos después, cuando le pidió que le mostrara lo que sabía, la sorprendió con una técnica pulida y un talento natural, pero sobre todo con un carácter enorme, de al menos diez veces el tamaño de su cuerpo; la misma adolescente que en un par de años se convirtió en su discípula predilecta y casi en su hija. Eva conoce muy bien a Irma y sabe que lo que necesita en este momento no es una aprendiz, así que deja su posición y camina hasta la frontera de cristal que las separa.

—Irma, ven, quiero verte a ti y no a tu reflejo— dice Eva. Su voz ahora suena rasposa.

Irma se levanta con dificultad y atraviesa el salón vacío. Esperándola está Eva con el cabello gris y la cara cuantiosa en arrugas.

—¿Qué pasa?— pregunta Eva y posa la palma de su mano sobre la fría superficie del espejo, ofreciéndola.

Irma acepta el gesto de consuelo y al encontrarse las manos envejecidas pareciera que son en verdad un reflejo.

—Ay, Evita, no sé. Lo mismo de siempre— dice Irma y mira de reojo la foto de la bailarina —¿Sabes que hasta la fecha me preguntan si ésa en la foto soy yo?”.

—Ya te he dicho que quites ese retrato. Solo te hace pasar tristezas.

—¿Cómo te voy a quitar, Eva? No, el problema no es la foto, ni que nos confundan. El problema es que no lo merezco. Te fallé. No me fui a Londres y como tú me lo advertiste, la vida me comió. Me casé, tuve hijos; las obligaciones me ganaron y mírame ahora, sola en mi academia, con la cadera arruinada y un fantasma como mi única alumna”.

—Bueno, no cualquier fantasma— dice Eva en tono burlón —, sino el fantasma de la bailarina que enseñó a Ana Pavlova a bailar el jarabe tapatío en punta, nada más y nada menos.

Irma se ríe a medias, sinceramente, pero derrotada.

—Te entiendo— dice Eva poniéndose seria —. La vida te dio otras cartas. Ni modo. ¿Qué vas a hacer?

—No me entiendes. Tú creciste para ser Eva Beltri. Apareciste en películas,  viajaste por el mundo, tus zapatillas serán preservadas por algún museo. Yo soy la maestra Irmita y eso es todo.

Al decir esto, Irma desploma todo su magro peso sobre el bastón.

—Yo no tuve la oportunidad de saber qué bailarina pude haber sido.

—¿Tú sabes por qué vengo aquí cada noche?— pregunta Eva de pronto.

—Para hacerme compañía— responde Irma.

—Tú eres tonta, ¿o qué?— dice Eva francamente fastidiada —. Mira a tu alrededor, mira este salón, escucha el barullo de medio siglo almacenado aquí, relee las cartas apiladas en tu escritorio. Vengo porque quiero aprender con la maestra Irmita de la que tanto hablan.

Irma eleva sus ojos para encontrarse con los de su antigua mentora.

—Quizás nunca sabrás si pudiste ser la mejor bailarina; pero una cosa es segura: eres la mejor maestra— dice Eva y, sin mediar más palabras, vuelve a la barra.

Desde ahí, nuevamente con voz y cuerpo infantil, pide:

—Empecemos la lección, que ya es tarde.

Irma regresa a su asiento y se dispone a reanudar la clase.

Tu pedido va en camino

Debe ser un borracho que se quedó dormido, pensó con temor Álvaro, pues nadie respondía en el interfón. Tenía que ser un caso así de triste para pedir McDonald’s en Nochebuena. Aunque, si se ponía a pensar, el caso verdaderamente triste era el suyo. La gente lo miraba y no faltaba quien le tomara fotos. De hecho, uno de esos retratos, acompañado de la leyenda: “No hay edad para quien no se rinde” se había vuelto viral. Le hacía rabiar mirarse en un cartel motivacional, pero era inevitable que su estampa llamara la atención: un viejo gigante, con una barba blanca tan abundante que el cubrebocas asomaba apenas entre bigote y mentón, y una barriga que se rehusaba a ceder a pesar de las horas diarias de ciclismo.

No le molestaba trabajar, lo prefería a estar encerrado en su departamento sin nada que hacer, mas extrañaba el calor de la maquinaria y la charla con los colegas. Todavía se encontraba con algunos: a Ramón y a Zúñiga los veía seguido, sobre todo fuera de la trattoria de Marcovaldo cuyas pizzas estaban de moda, y cuando se veían fumaban uno o dos cigarros y platicaban, casi siempre de lo mal que andaba todo, mientras esperaban sus respectivas órdenes.

Lo que más lamentaba era la pérdida del festival navideño. Diría que había nacido para interpretar ese rol, pero sería inexacto; en realidad había envejecido para interpretarlo, pues desde que cabeza y rostro se le habían llenado de canas, mirarse en el espejo era como ver un anuncio de Coca Cola. Los que lo habían precedido siempre requerían retoques: un poco de relleno en el abdomen, botas con plataforma, barba y bigote falsos… Él no necesitaba ni el rubor en las mejillas porque desde niño tenía los cachetes colorados, y su voz de barítono era la cereza brillante sobre el pastel. Cuando soltaba su carcajada bombástica, veía en el brillo de los ojos infantiles la eliminación de cualquier resto de duda: sí, era él.

Este año habría sido su décimo aniversario en el papel y para celebrarlo se había mandado hacer su propio traje rojo, con hojas de acebo bordadas con hilo dorado en el canesú y los puños. Había esperado con ansias esa modesta forma del estrellato; no obstante,  como tantas otras cosas, se tenía que cancelar y no había vuelta de hoja. El traje lo había vendido a una tienda de disfraces y con ese dinero había comprado la bicicleta, usada, pero en buen estado y de un rojo brillante que cuando menos recuperaba el tono de la temporada.

Finalmente, una figura apareció en las escaleras, tambaleándose no por alcohol sino por edad. Era una anciana quien, tras más instantes penosamente alargados, cruzó el vestíbulo, abrió la puerta y extendió una mano. Álvaro, impaciente, le acercó la bolsa de comida y sólo entonces notó que entre sus arrugados dedos, la mujer estrujaba algo.

—No, gracias — dijo Álvaro pensando que se trataría de una propina, al tiempo que le tendía con más vehemencia su encargo.

—La hamburguesa, si gusta, quédesela — dijo la anciana —. Lo que quiero es que lleve esto a mi nieto.

Álvaro prestó más atención al paquetito que le entregaba la señora: una cajita azul con un moño color amarillo y una etiqueta grande que leía: “Para Íñigo, de su abue”.

—Es que no funciona así, señora.

—Le pagaré — dijo la señora.

—Usted necesita un servicio de paquetería.

—Cualquier otro año se lo habría dado yo, pero ya ve…— agregó la viejecita potenciando su tono lastimero.

—Perdón, señora, pero…

—¡Oh, por favor! Ha sido un año tan difícil, con su padre sin trabajo…

—Señora…

—Tal vez sea el único regalo que reciba este año, el pobre…

Álvaro miró el paquetito de nuevo.

—¿Y qué es?

La mirada de la anciana se iluminó.

—¡Un gorrito! Se lo hice yo misma, mire…

Abrió la caja y le mostró la prenda color verde menta, con un perro o un conejo bordado al centro, hecha claramente con amor aunque no por eso menos fea. Álvaro sonrió.

—¿Y a dónde hay que llevarlo?

Partió veloz, cruzando la ciudad desierta con sus adornos que brillaban para nadie y su inusual silencio atravesado por los hilos invisibles de las videollamadas; surcando las calles transitadas solo por otros que, como él, llevaban sus cargamentos de arroz frito, de tacos y kebabs, y alitas de pollo, y faláfeles, y sushi para los solitarios del mundo.

Desmontó en la casita indicada y sudando llamó al timbre. Abrió de inmediato un niño.

—¿Eres tú— preguntó Álvaro consultando de nuevo la etiqueta —Íñigo?

El niño meneó la cabeza afirmativamente.

—Tu abuelita te manda esto— dijo y le entregó la caja al niño, quien la recibió sin siquiera verla, manteniendo sus ojos grandes como platos clavados en él.

Álvaro pensó que, o bien el niño no era muy elocuente o ya estaba cansado, así que le deseó una feliz navidad y tomó su bicicleta. Los ojos del niño se abrieron aún más.

—¡Sí me la trajiste!— exclamó. —Mi papá había dicho que no podrías, ¡pero yo sabía que sí!

En ese momento Álvaro identificó ese brillo tan conocido, esa expresión irrepetible que quería decir: sí eres el verdadero, el auténtico, sí eres . Álvaro sintió los reflectores de nuevo sobre él y subió a su escenario.

—Oh, pero claro que sí, querido Íñigo. ¿Cómo podría haberlo olvidado?

Más tarde esa noche, mientras Álvaro descansaba en una banca del centro, comiendo su hamburguesa fría, calentándose dando traguitos a su petaca de whiskey y distrayéndose con el celular, se halló de pronto con su retrato viral en redes, pero acompañado ahora de otra leyenda: “Creo que también ha sido un mal año para Papá Noel”. Al leerlo, Álvaro soltó una carcajada que retumbó en los portales e hizo que varios curiosos asomaran por las ventanas de la plaza. Se levantó y, todavía riendo, reemprendió su caminata a casa.

Borges, autor de fake news

Foto de Bernardo Pérez, 1985

Llenósele la fantasía de todo aquello que leía en los libros, así de encantamientos, como de pendencias, batallas, desafíos, heridas, requiebros, amores, tormentas y disparates imposibles, y asentósele de tal modo en la imaginación que era verdad toda aquella máquina de aquellas soñadas invenciones que leía, que para él no había otra historia más cierta en el mundo.

Miguel de Cervantes, El Ingenioso Hidalgo, Don Quijote de la Mancha, Capítulo I.

Hoy se conmemora uno de los hechos más insólitos en una historia nacional de por sí pródiga en rarezas. El 26 de agosto de 1808, Donasiano Izagaga, líder de una protoconjura contra la corona española, fue asesinado por uno de los suyos en el palco del ‘Corral de comedias’, hoy Teatro Principal de Guanajuato. Durante más de un siglo se le tuvo como uno de tantos héroes nacionales e incluso contó con una estatua en la Plaza de los Ángeles, hasta que la Dra. Olga López Andonegui hizo un hallazgo demoledor. Días antes del atentado, Izagaga había sido descubierto a punto de enviar una alerta al corregidor delatando a los soberanistas. Había que ajusticiarlo, pero el movimiento era demasiado joven para aguantar semejante golpe a la moral. Se resolvió entonces disfrazar su ejecución de martirio y el propio Izagaga, buscando redimirse y darle significado a su muerte, accedió a participar en la pantomima que lo pintaría como héroe traicionado y no como traidor.

Este fascinante episodio ocurrió y ocurre todavía cada vez que alguien lee de nuevo Tema del traidor y del héroe de la colección de cuentos Ficciones, de Jorge Luis Borges, aunque con otros nombres y geografía. De no haber revelado su falsedad, nada nos impediría creer que las cortinas de un palco de teatro en Guanajuato se mancharon con la sangre de un conspirador. Bastan unas cuantas referencias precisas, algunas reales, otras inventadas. Ayuda también que el mundo esté siempre más loco que la ficción.

A los pobladores del siglo XXI nos sobran amenazas que nos hacen sentir especiales, entre ellas las fake news. Asustados y fascinados hemos corrido a preguntar a los sociólogos, a los psicólogos, a los neurólogos, a los politólogos, a los biólogos evolutivos, a los programadores y, ya víctimas de la desesperación, hasta a los filósofos: ¿Qué son las fake news?, ¿cómo combatirlas?, ¿por qué creemos en ellas? Sorprende que a nadie se le haya ocurrido interrogar a la cofradía que ha hecho un arte del embuste: los escritores. Y de entre ellos, nadie ejerció el engaño como Borges.

En 1935 fue publicado Historia universal de la infamia, una compilación de siete breves biografías de criminales. Escrito con rigor académico y acompañado de bibliografía, firmado por un intelectual conocido entonces sólo como ensayista y esporádico poeta, el libro consiguió pasar como auténtica enciclopedia de truhanes para más de un lector. No obstante, por primera vez en su vida y en un movimiento que alteró la literatura, Borges se había atrevido a mentir – más o menos.

Todos los crímenes narrados en Historia universal de la infamia están documentados y todos los biografiados son trasuntos de personajes históricos reales, pero sus hazañas están alteradas, engrandecidas, silenciadas, fabuladas a placer. En el prólogo a la edición de 1954, Borges describe estos relatos como: “el irresponsable juego de un tímido que no se animó a escribir cuentos y que se distrajo en falsear y tergiversar (sin justificación estética alguna vez) ajenas historias”[1]. Este método de mezclar verdad y mentira, ensayo erudito y ficción fantástica, de cimentar lo imaginado en arduas citas y notas al pie, se convirtió en el sello del cuentista y su impronta más duradera; método que perfeccionó en su siguiente libro (y a mi gusto personal, el mejor): Ficciones.

Ficciones es a la vez el mejor tratado, parábola, advertencia y manual sobre fake news. En el cuento que abre el volumen, Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, el protagonista – el propio Borges – se entera de una región de Asia Menor llamada Uqbar de boca de Bioy Casares, quien a su vez leyó sobre ésta en la Anglo-American Cyclopaedia. Al revisar la edición de Borges se percatan de que no hay referencia a Uqbar por ningún lado. Sorprendido, Bioy trae su ejemplar y constatan que son en todo idénticos exceptuando la entrada sobre Uqbar. Esto desencadena una pesquisa libresca de corto alcance que arroja más sombras sobre el misterio. Mucho después, en un hotel de Androgué, Borges encuentra el tomo undécimo de una enciclopedia llamada A First Encyclopaedia of Tlön, que en vida perteneció al ingeniero amigo de su padre, Herbert Ashe. En ella, aprende sobre el planeta Tlön, su sistema de pensamiento y su lenguaje. Indagando a mayor profundidad, descubre que esta enciclopedia y el planeta al que hace referencia, son creación de Orbis Tertius, una sociedad secreta de intelectuales iniciada en el siglo XVII (y que en sus muchas generaciones incluyó a Leibniz). En una labor de siglos, dicha sociedad produjo cuarenta tomos en donde se exploran todas las minucias de ese imposible lugar: su historia, literatura, su química, física y matemática, su zoología, botánica y astronomía. En un posdata, Borges cuenta que la enciclopedia completa fue localizada en una biblioteca de Memphis y que reimpresiones de la misma pueblan las bibliotecas del mundo, que no pasó mucho tiempo antes de que objetos de Tlön comenzaran a ser hallados en la tierra, que la enseñanza de los conocimientos sobre Tlön empieza a usurpar el sitio de la enseñanza corriente. Finalmente escribe con temblor y certeza: “El mundo será Tlön”.

Es el raciocinio que utiliza el protagonista para explicarse esta callada aceptación de la humanidad lo que me parece interesante aquí: “¿Cómo no someterse a Tlön?”, pregunta Borges. Ante un mundo incomprensible cuya vastedad y entramado nos rebasa, cómo no someterse a este planeta extraño pero perfectamente ordenado? “Tlön será un laberinto, pero es un laberinto urdido por los hombres, un laberinto destinado a que lo descifren los hombres”, escribe el autor.

La lotería en Babilonia es otra aproximación al mismo fenómeno. Un hombre explica la historia y funcionamiento de la lotería que rige todos los aspectos de la vida en el reino. La lotería babilónica, que fue inventada en un pasado remoto e indefinido, no difería de la lotería regular. Un número premiaba a uno de muchísimos participantes con dinero. Este principio se volvió tedioso rápidamente ya que sólo apelaba a la esperanza y no a otras posibilidades, como el miedo o la aprehensión. Entonces se empezaron a sortear también multas, luego temporadas de prisión, luego cualquier clase de castigo o vejación. Los premios también dejaron de ser sólo monetarios y comenzaron a comprender toda clase de resultados que pudieran prodigar felicidad. Se decidió en algún punto que todos los habitantes del reino participaran en la lotería e incluso que hubiera actos impersonales decididos por esta suerte, por ejemplo: que cada siglo se retire o se agregue un grano de arena a la playa. La complejidad y alcance del juego se volvió tal que el comité encargado de la lotería, conocido simplemente como la Compañía, pasó a ser omnipotente. Sus agentes, que operan en secreto y a quienes nadie conoce, deciden todo cuanto ocurre. En las últimas líneas, el narrador concede que existen heresíacas que niegan la existencia de la Compañía y aún otros que afirman que el que exista o no es irrelevante ya que “Babilonia no es otra cosa que un infinito juego de azares.”

Si en Tlön, Uqbar, Orbis Tertius nos encontramos ante un mundo ficticio que coloniza y suplanta al mundo real porque es más inteligible, en La lotería en Babilonia nos presentan un mundo donde esta operación ya ha ocurrido, siglos atrás, y donde las personas prefieren creer que hay un orden y una inteligencia detrás del azar.

Mas inclusive en un universo organizado hasta el paroxismo, como el descrito en La Biblioteca de Babel, los moradores se entregan a conspiraciones fútiles basadas en creencias y rumores: unos destruyen libros que juzgan inútiles, otros se aventuran de galería en galería buscando el libro exacto que justifique su existencia, otros esperan dar con un libro total que justifique el universo, y existen todavía quienes se valen de métodos prohibidos para crear aquellos elusivos libros. En esta confusión los humanos viven solos y se suicidan con frecuencia tan alarmante que el narrador pronostica la extinción de la raza humana. La biblioteca, por otro lado: “perdurará: iluminada, solitaria, infinita perfectamente inmóvil, armada volúmenes preciosos, inútil, incorruptible, secreta”. Tal vez haya un patrón, pero la incapacidad de discernirlo nos obliga a inventar otros.

Los procesos más elementales tampoco escapan de la sospecha. En La secta del Fénix, el autor retrata la procreación como un rito y a la especie humana como una secta. En el mundo que Borges nos ofrece, todo es un signo, un mensaje cifrado, un movimiento en el tablero en el que sólo somos piezas: “¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza?”, se preguntó años más tarde en un soneto sobre el ajedrez. Con el mismo alivio y el mismo horror que el protagonista de Las ruinas circulares, Borges se da cuenta de que él como todos no es más que el sueño de otro alguien en donde no tiene ningún control. Sabe también, que lo único más aterrador que este descubrimiento: no controlo mi propio destino, es la revelación de que nadie lo controla, el sueño carece de soñador, somos súbditos del vértigo.

Pero Borges no cede al abismo con angustia (de otro modo sería un existencialista más) sino con una resignación en la que casi hay gratitud, y su antídoto para la pesadumbre es siempre esa deliciosa ironía inglesa que aprendió de muchos, especialmente de De Quincey. En sus laberintos hiperintelectuales de un lenguaje pulido con severidad, asoma siempre una sonrisa pícara como la del gato de Cheshire porque Borges sabe demasiado bien – y saberlo, como a todos nosotros, le duele – que nada tiene un significado profundo o ulterior, que todo lo que tenemos y todo lo que somos no son más que historias.

En Pierre Menard, autor del Quijote, que trata de la reescritura exacta del Quijote por un dlirante autor francés en el siglo XX, un exégeta nos presenta con pormenorizados comentarios en que coteja ambas versiones para probar el valor artístico de la empresa, entre los cuales destaca: “… la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir” pasaje del Quijote que escrito por Cervantes – a ojo del crítico – se trata de “un mero elogio retórico de la historia”, en cambio cuando Menard escribe exactamente lo mismo, nos dice, estamos ante una idea “asombrosa” ya que “Menard, contemporáneo de William James, no define la historia como una indagación de la realidad sino como su origen. La verdad histórica, para él, no es lo que sucedió; es lo que juzgamos que sucedió”.

Lo que juzgamos que sucedió, eso es lo que importa. Los hechos fueron unos, impenetrables, inaccesibles, como los que registra la prodigiosa memoria de Funes y cuya acumulación termina por atormentarlo. Lo que interesa para el resto de nosotros, desmemoriados, es la interpretación en que hemos acordado.

Es lo que ocurre en el relato que alteré para mi párrafo introductorio, Tema del traidor y del héroe, en donde se monta una obra gigantesca que incluye a cientos de actores, parcialmente basada en el asesinato de Julio César y con diálogos plagiados de Macbeth, todo con tal de mantener en alto el nombre de un traidor demasiado importante para la revolución irlandesa. Una vez escrita, la historia oficial se transforma en la historia.

Esto implica, por supuesto, que la realidad – o el acuerdo que de ella tenemos – es precaria, falible y múltiple. En El jardín de senderos que se bifurcan seguimos la historia de Yu Tsun, espía chino al servicio de Alemania durante la Primera Guerra Mundial. La narración se hace desde un cómodo presente en que la misión de Tsun ha fallado, no obstante, cuando salimos del cuento y si prestamos atención nos damos cuenta de que la historia se ha alterado, hay una bifurcación en el tiempo, en otro plano, conectado apenas por unas páginas con el nuestro, Alemania ha vencido a Inglaterra.

No es mi intención manchar la obra de Borges usándola en defensa de las fake news ni tampoco esgrimirla como un argumento a favor de un relativismo total del que Borges habría abominado, sino proponer el placer de la relectura de Ficciones con esto en mente, para recordar una vez más que “la era de la postverdad” es sólo una de las muchísimas maneras en que legitimamos nuestra egocéntrica creencia de que somos los primeros en algo; recordar, pues, que ya Daniel Defoe se quejaba en el siglo XVII de los rumores falaces que se contagiaban más rápido que la peste que azotaba a Londres; recordar que la realidad es un hecho independiente de nosotros, sí, pero que la realidad humana siempre es un tejido de significado y como tal es permeable y falible; y recordar por último que somos una tribu de historias y todos somos capaces de, ya sea por facilidad de comprensión o por inclinaciones afectivas e ideológicas, preferir unas narrativas a otras.

En ocasiones las razones para abrazar una teoría de la conspiración son puramente estéticas. En La muerte y la brújula, el detective Lönnrot rechaza la versión de los hechos que aventura su compañero diciendo:

“Posible, pero no interesante. Usted replicará que la realidad no tiene la menor obligación de ser interesante. Yo le replicaré que la realidad puede prescindir de esa obligación, pero no las hipótesis. En la que usted ha improvisado interviene copiosamente el azar”.

Es más interesante creer que la pandemia que nos arrincona es resultado de un intrincado plan con miras a la conquista global, que aceptar que es algo en lo que ha intervenido copiosamente, no sólo el azar, sino la estupidez humana.

Aunque nadie sabe… después de todo, tú que me lees, ¿estás seguro de que todo lo que aquí he citado es auténtico? Tendrás que creerme.


[1] El argentino continuaba así el peregrinaje de un curioso subgénero literario comenzado por su admirado Marcel Schwob en Vidas imaginarias (1896) y seguido por su amigo y mentor Alfonso Reyes en Retratos reales e imaginarios (1920). A la aportación de Borges le seguirían La sinagoga de los iconoclastas (1972) de Rodolfo Wilcock y La literatura nazi en América (1996) de Roberto Bolaño.

Refutación de Parménides

El cielo ya era violáceo en sus orillas cuando la voz de mamá lo alcanzó en el patio. Tadeo se despidió de Julián, recogió su balón y atendió al llamado de la cena.

Sentado a la mesa, frente a su plato de sopa caliente, le cayó por fin el cansancio del día. Sintió el peso en piernas y brazos, la sangre cálida en sus mejillas, las últimas gotas de sudor que bajaban sobre una piel ya pegajosa de sudores pasados. ¿La pasaste bien, hijo?, preguntó papá. Tadeo balbuceó sí sin dar tregua al a la sopa.

Terminando de comer, se sintió particularmente cansado. A mí se me hace que te insolaste, dijo mamá. Ve na’más cómo estás de rojo; déjame checarte la temperatura. Papá la tranquilizó. A su edad es normal, Laura, estuvo jugando todo el día.

Se quedó dormido a la mitad de su caricatura preferida y papá lo llevó en brazos a su cama, lo arropó y lo dejó solo con sus sueños.

Tadeo andando en bicicleta, sus manos en los manubrios, a su lado Julián. Una carrerita. El que llegue primero al arroyo gana. Ganó Julián también en el sueño. Hierba alta, croar de ranas, alboroto de grillos, zumbido de mosquitos, carros a lo lejos. El que atrape primero una rana para asustar a Carmelita gana. Llanta abandonada en la orilla, botellas de plástico, espuma de río arriba, la piedra desde donde se echan clavados y el reflejo trizado de la torre de teléfonos. Ahí, cerca de la llanta, una rana. Ganó Tadeo. Pero entonces, mirando la corriente del arroyo de su sueño, Tadeo sintió de pronto vértigo. La corriente se aceleraba.

Lo despertó la costumbre y el aroma a canela y azúcar que anunciaba pan francés. Quiso levantarse con rapidez, mas su mente iba más veloz que su cuerpo. Cuando consiguió enderezarse le vino un mareo. Al ponerse de pie descubrió su espalda y sus rodillas pues le dolían. Bajó las escaleras con torpeza. Le pareció que el suelo estaba más lejos de sus ojos y que sus ojos estaban empañados.

Oye, Roberto, ¿no se te hace que Tadeo se ve algo raro? Preguntó mamá en el desayuno. Papá separó la vista del periódico un instante y lo miró por encima de los lentes. Ah, sí, se me hace que sí. Te dije que se había insolado, dijo mamá poniendo su mano en una frente inusualmente rugosa. Mira qué lento come. Hijo, ¿estás bien? A Tadeo le costaba cortar el pan con esas manos nudosas y agrietadas, y masticar era un problema con la encía pelada.

El día era perfecto, mas Tadeo tuvo que esperar adentro a que llegara el doctor, mirando al sol arrastrarse en arco por la ventana y mirando las cosas de la casa palidecer con la luz del mediodía. ¿Qué tiene, doctor? Preguntó mamá mientras el hombre le ponía la campana fría del estetoscopio en el pecho desnudo lleno de vello blanco. Bueno, señora, la verdad es que nada fuera de lo normal para un hombre de edad avanzada, respondió el doctor. ¿Ocho años es una edad avanzada?, le reviró mamá algo molesta. A partir de ahí salieron a hablar al pasillo y aunque Tadeo se esforzó, no pudo escuchar nada de lo que decían.

Fuera lo que fuera, le prohibieron salir de la casa ese día. Sentado en el sillón de la sala, Tadeo sentía los minutos pasar como gusanos a través del patio. Se le acercó Celestino y se acostó junto a él como siempre que estaba enfermo. A cambio, Tadeo le acarició la cabeza y las orejas y pensó en la mañana en que lo encontró abandonado afuera de la tienda de Doña Estela. Entonces era un cachorro y ahora estaba tan grande.

Aunque intentara no escuchar, desde el comedor le llegaba la voz de mamá hablando por teléfono: Ay, no sé, Ceci, no sé. Escuché que lo mismo le pasó al hijo de Susi. Ajá. Sí, el menor. ¿Cómo ves? Pues ahora mi Tadeo. Ajá. Pues que no sabe, ¿tú crees? Que mucho líquido y que descanse, que mañana lo viene a ver de nuevo. No sé qué hacer. Pues vaya Dios a saber, Ceci, los niños de ahora, tan acelerados. Tadeo se salió de la casa con cuidado, haciéndole la seña de guardar silencio a Celestino.

En la calle se encontró con Julián y Pedrito y Mau y Marcelo y Toño que estaban jugando futbol. Cuando lo vieron, pararon el partido y corrieron hasta él. Tu mamá nos dijo que estabas enfermo, dijo Julián. Sí te ves enfermo, le dijo Marcelo. ¿Ya estás bien?, preguntó Toño. Pues tengo una gripa yo creo, les dijo Tadeo entre toses y los vio a todos muy chaparritos. Vente a jugar, pidió Mau. Yo creo que no puedo, me duelen las rodillas, dijo Tadeo. Pero los veo.

Se sentó con trabajos en la banqueta y se le acercó una niña a la que sólo pudo reconocer cuando estuvo muy cerca y aún así tuvo que apretar los ojos. Hola, Carmelita. ¿Tadeo? Hoy te ves raro. Sí, estoy enfermo, dijo él. Te cuelgan los cachetes, dijo ella y se rieron los dos. Sentado junto a ella, Tadeo pensó en que la había querido desde que se había mudado a esa calle, lo que ahora parecía una eternidad, y pensó en todas las ranas y arañas y lagartijas que había atrapado para asustarla, y se preguntó quién la iba a asustar ahora.

Al terminar el juego ya se hacía tarde y todos se fueron, menos Julián, quien se acercó a la acera donde Tadeo cabeceaba. Lo despertó y le ayudó a levantarse. Juntos se encaminaron al arroyo, pero apenas alcanzaron el camino de terracería que llevaba ahí, a Tadeo se le acabó el aire y tuvo que sentarse en una piedra. Julián se sentó también y le pasó la mano por la espalda, aunque no le alcanzó el otro hombro. Te voy a dar chance hoy, dijo. Vieron a lo lejos, detrás de los mezquites del otro lado del arroyo, cómo el sol se iba ocultando. Tadeo quiso poder recordar cuál fue el primer atardecer que vio, pero no pudo. Quiso calcular cuántos atardeceres había podido ver desde que abrió los ojos y tampoco pudo. Hoy no está tan padre el cielo, dijo Julián. Y tenía razón. Caminaron de regreso y al despedirse Julián le hizo prometer que irían temprano al arroyo el día siguiente.

En la entrada lo esperaba mamá con aire desesperado. Ay, muchacho, cómo me haces renegar, le dijo mientras lo arrastraba por el brazo dentro de la casa. Papá ya había regresado también. Qué ojeras traes, hijo. Hoy mejor te duermes temprano.

Cenó una asquerosa crema de calabaza y después, agotado, con los párpados pesándole como un leño, besó a sus padres en las mejillas, subió laboriosamente las escaleras, entró a su cuarto y se sentó a la orilla de su cama. Miró a su alrededor: sus juguetes, sus carteles, sus libros, sus dibujos, sus fotos. Se recostó y el sueño lo reclamó mientras contemplaba las estrellas fluorescentes en su techo.

Una serie de golpes en su ventana lo despertaron. Eran piedritas. La luz que inundaba su cuarto invadió sus párpados. Ya era tarde y Julián lo esperaba.

Bajó corriendo, saludó a sus papás que lo miraron pasar como un bólido sin escucharlos, agarró su bici y le dijo a Julián, órales, el que gane invita unas papas. Ganó Julián, como siempre pero no importó demasiado. Tadeo se encaramó en la piedra de los clavados y se echó al agua. Hierba alta, croar de ranas, alboroto de grillos, zumbido de mosquitos, carros a lo lejos. Hoy hay que ver si atrapamos una lagartija, mejor. Llanta abandonada en la orilla, botellas de plástico, espuma de río arriba y el reflejo trizado de la torre de teléfonos. Pero todo esto Tadeo lo miraba como a través de un túnel. Se miró las manos arrugadas por el agua, se tocó la cara tersa. Tenía ocho años, pero ya no era un niño.

 


Ilustración de Fabiola García Vargas

Para no ahogarse

“This is my substitute for pistol and ball.
With a philosophical flourish Cato throws himself upon his sword;
I quietly take to the ship.”

Herman Melville, Moby Dick or, The Whale, Chapter 1.

Hoy, penúltimo día de abril, despertamos con una nieve aparatosa y torpe, coágulos de copos dando tumbos en el viento y derritiéndose apenas tocaban el suelo, como si se supiesen fuera de sitio a estas alturas del año y por contrición se desvanecieran. Lo que en inglés llaman sleet y que el español designa sin imaginación: aguanieve.

El sustantivo meteorológico lo aprendí en el capítulo siete de Moby Dick, una mañana hace quince días, un lunes en que el aguanieve también se aglomeraba en el quicio de nuestra ventana. Antes de zarpar en el Pequod, Ishmael se dirige a una última misa dominical y en el camino debe envolverse en un chaquetón de piel de oso para protegerse del mentado sleet.

Incapaz de concentrarme por mucho tiempo en una sola lectura, compulsivamente abro libros, leo primeras páginas, interrumpo de nuevo, repito el ciclo. El tropel de inicios me hace pensar en Scherezada y entonces empiezo Las mil y una noches. Llevo 21.

Luego emprendo otro brinco y cambio de medio: reviso listas de películas y series por ver, y me doy cuenta de que estoy tan atrasado, que ni con el confinamiento me pondré al corriente (¿pero al corriente de qué currícula? ¿Impuesta por quién?). Salto nuevamente. Leo artículos, algunos me gustan, los comparto en Facebook; ya que estoy ahí, me deslizo como un cuerpo inerte por una pendiente: leyendo estados, viendo videos, juzgando memes, riéndome un segundo y resoplando enojado al siguiente, guardando links a más artículos que quizás me interesen (lo averiguaré luego, o tal vez no. La mayoría de las veces nunca los leeré). Y así tengo abiertas cada vez más ventanas en mi cabeza, en mi computadora, en mi agenda; pero cada vez me siento más encerrado.

Como una esponja empapada, no consigo absorber nada. ¿Pero de qué estoy saturado?

La conciencia es como un gas y la ansiedad es una llama. El gas se calienta, sus partículas aumentan su velocidad y en consecuencia aumenta la presión. Las paredes que me contienen están siempre a punto de ceder. El mundo se está llenando de ollas de presión.

En momentos donde una tragedia atañe a muchos, es absurdo y quizás hasta mezquino ponerse a encontrar conexiones significativas entre nuestra mísera historia micro y la terrible historia macro. El barco se hunde, la gente en los cuartos de máquinas se ve forzada a elegir entre el fuego del mecanismo rabioso y el agua que les llega al cuello, la corriente se filtra a borbotones por las grietas y ranuras de los camarotes más baratos, los de las suites ya se alejan en espaciosos y bien equipados botes salvavidas que sin embargo no los salvan de esporádicos ataques de pánico. En la mitad del navío hay un puñado de individuos debatiendo apresurados diagnósticos de la catástrofe y conjeturando las formas futuras de la navegación y en la misma zona otros tantos – entre quienes me cuento – estudian melancólicos la pelusa de su ombligo.

Para deshacerme de todo esto que me desborda sin caer en la famosa literatura del yo, me propongo escribir un cuento. Me pregunto qué se puede imaginar desde el confinamiento que no sea obvio, oportunista, melodramático o falseado. Por pura coincidencia, uno de los muchos muñones de lecturas que he dejado sembrados en mi apartamento es Morirás lejos de José Emilio Pacheco. En él, un hombre sólo identificado como eme observa, entre una rendija en su persiana, a otro hombre identificado llanamente como alguien, quien se sienta siempre en una misma banca de un parque a leer el periódico. Eme, quien por alguna razón está relegado a este cuarto, se entretiene imaginando posibles historias para alguien. Esto a su vez me recordó Rear Window (una de las obras maestras de Alfred Hitchcock, quien por cierto cumple cuarenta años de muerto) en la que un fotógrafo llamado Jeff, obligado a quedarse en casa por una pierna rota, se distrae espiando a sus vecinos a través de su telefoto y empieza a imaginar la trama de un crimen.

Creo encontrar la llave para abrir la ficción de la cuarentena: la paranoia del aislamiento como punto de fuga para la narrativa. Siguiendo este hilo miro por la ventana que está junto a la mesa desde la cual teletrabajo y espero que se me presenten personajes. Las ventanas de los apartamentos vecinos está muy lejos para distinguir algo más que sombras sin género ni edad y el edificio más cercano es una casa abandonada. Una ancianita pasea puntual por la mañana y de nuevo por la noche. Un bulldog francés saca a pasear a su dueña tres veces al día. Cuatro trabajadores de limpieza vienen a despejar el patio de la casa abandonada y luego se sientan a descansar y charlar en el pórtico. Todas estas escenas estúpidamente me conmueven porque sé que toda esta gente, como yo, trata de conjurar una cierta normalidad con estos rituales de otro tiempo, pero no consigo imaginar nada de sus vidas. Una tarde llega una patrulla y dos policías bajan con cubrebocas a inspeccionar algo; no veo qué. Se marchan sin que yo logre condensar una ficción a partir del único drama que la vida recluida me ha servido en bandeja de plata.

Entonces se me ocurre algo. En Morirás lejos y en Rear Window hay hombres encerrados viendo por la ventana, pero se me olvida que ahora las ventanas para observar y ser observado se han multiplicado exponencialmente. A día de hoy, tanto eme como Jeff podrían ser ellos mismos el objeto de especulación de un empleado de Google, Apple o  Facebook. No necesito ir muy lejos para encontrar un ejemplo: yo mismo estoy siendo grabado las ocho horas del día en que trabajo. Pretendo ahora, con la presunción de quien cree haber hallado una veta no explotada, contar las especulaciones paralelas de quienes miran y son mirados en la era de la vigilancia omnisciente. Pero cuando imagino  a mi colega encargado de mirarme sólo veo a otro pez agitado en su tanque y me pregunto qué crisis existencial atraviesa o qué pasatiempo utiliza para evadirla, o qué narcótico le ayuda a adormecerla. Tampoco es que mis anodinos movimientos frente a la cámara ofrezcan materia suficiente para construir pasados y destinos hipotéticos. A lo más, mi celador podrá preguntarse: ¿qué mira por la ventana? ¿Por qué y desde cuándo tendrá caspa? ¿Cómo puede comer tantas galletas? ¿Será eso en su taza de verdad té?

Falto de recursos para ficcionalizar mi desasosiego, recaigo en el espejo y en la necedad de creer que el mundo está ahí como escenario de mi historia; pero por más que me recrimino todos estos verbos en primera persona del singular, el desfile yo mí me conmigo mío mi mis, no puedo evitar leer este año postergado – año que no puede ser, año fantasma, año de la negación – como un capítulo de mi vida: El trabajo que con cada click ahonda el socavón de mi alma, el mito agonizante del artista expatriado en Europa, la protuberancia ósea y los dolores de la mano rota en la primer clase de box que me miran y dicen: No eres Hemingway y París no es una fiesta a la que estés invitado.

La montaña rusa en la que me monté a los siete años cuando por primera vez escribí un cuento y en cuyos rieles ha descansado el único significado consistente de mi vida, de golpe se detuvo. No sé si la vía continúa adelante, si esta caída es parte de la atracción o el descubrimiento letal de que todo el armazón era un simulacro.

No sé siquiera si es una caída porque se siente más bien como una suspensión. Identidad que deja de ser tal, que se dispersa y se distiende; unas veces violentamente, como una granada que estalla y cuyas esquirlas hacen llagas, otras veces sin escándalo, como los restos de un naufragio que la corriente aleja lentamente.

Perro de rescate que hace mucho debió retirarse, olfateo entre escombros esperando encontrar señales de vida. ¿Hay algún sueño vivo por ahí?

De ninguno de estos pensamientos puedo culpar al virus. Si acaso el diminuto agente acelular me ha reinsertado en el mundo, recordándome que esta incertidumbre atroz se cierne sobre todas las esferas humanas de toda la esfera terráquea y no sólo en la esfera imperfecta que llevo sobre los hombros. El futuro entero se vuelve ilegible.

Tras la muerte de Dios y de las instituciones y de los grandes relatos, nos hemos ido quedando sin asideros y quizás la última frontera, el último mito que queda en pie, es el de un destino personal, una historia de vida que protagonizamos y a la luz de la cual interpretamos todo cuanto nos sucede. Ya no rezamos, pero nos abrazamos con la misma fe desesperada a la idea de un guion que nos ampare: esta herida me hará más fuerte, esta crisis me hará crecer, este sufrimiento tendrá sentido luego. ¿Pero cómo seguir creyendo ciegamente en eso cuando ahora recordamos que la obra dependía de un sinfín de otros roles y de un escenario precario? ¿Cómo seguir creyendo que éramos los protagonistas?

Toda esta grandilocuencia oculta la pregunta central, la que me hago desde hace mucho y que regresa en oleadas a atormentarme: ¿para qué escribir?

Cada domingo hablo con mi padre por Skype y me pide que no abandone mis proyectos, me recomienda que escriba sobre la situación actual desde la semiótica, que planee cuentos sobre la pandemia. Pero si eso es precisamente de lo que todo mundo escribe, lo que todos leemos, de lo que todos estamos hartos y que al mismo tiempo no acaba de saciarnos. En este tumulto atronador de palabras, que es sólo el paroxismo de nuestra circunstancia diaria desde que las redes democratizaron los megáfonos y normalizaron la sordera ¿no sería una mayor virtud ofrecer silencio?

¿Escribir para explicar el mundo? Pero si cada día lo entiendo menos. ¿Escribir para distraer, para pasar el rato, para evadirse? Pero si nuestro mundo feliz está rebosante de soma. ¿Escribir para salvar a alguien como me han salvado a mí algunos libros, algunas películas, algunas pinturas, algunas canciones o piezas musicales? Más noble sería referirlos a aquellas obras. Como un Narciso invertido, en cada rincón que busco me encuentro con el reflejo que aborrezco. ¿Es que escribo sólo en busca de reconocimiento, de una palmada en la espalda, de reacciones en Facebook?

Como escribió T.S. Eliot: “No! I am not Prince Hamlet, nor was meant to be”.

Mucho preguntarme para qué y no por qué. Como el hombre que busca ser discípulo de Paracelso en el cuento de Borges, soy indigno de esta alquimia porque la busco por las razones erróneas. “El camino es la Piedra. El punto de partida es la Piedra. Si no entiendes estas palabras, no has empezado aún a entender. Cada paso que darás es la meta.”

Desde hace tiempo salgo todas las noches avergonzado y derrotado de la choza de Paracelso. Y sin embargo…

El mismo día que comencé a leer Las mil y una noches leo en la página 43 de Morirás Lejos: “pues sabe que desde antes de Scherezada las ficciones son un medio de postergar la sentencia de muerte.”

… siempre vuelvo a escribir. A escribir no como quien pretende encender una luz, sino como quien lucha por mantener encendida su vela en medio de las tinieblas. Escribir no como quien pretende erigir un refugio para la tormenta, sino como quien se resguarda bajo un trozo de periódico mojado. Escribir no como quien pretende construir un arca, sino como quien se aferra a un madero después del naufragio.

Tal vez mis garabatos no tengan nada que decirle a nadie. Pero es cierto que todavía todos tenemos ombligo, y que al final el ombligo no es otra cosa que la cicatriz de nuestra primera conexión con la vida.

Mientras tanto sigo aquí, con Ishmael en la capilla, sin decidirme a abordar el Pequod en busca de mi ballena blanca.

 


Ilustración de Rockwell Kent.

Ante la pandemia: pensamiento hipertrofiado y déficit emocional

Infelices calculadores de las desgracias humanas,
no me consuelen, exasperan mis penas;
y en ustedes sólo veo el impotente esfuerzo
de un orgullo desgraciado que simula contentamiento.

Voltaire,
Poema sobre el desastre de Lisboa
o examen de este axioma: todo está bien

Desde antes de que la pandemia tuviera al mundo entero hecho un ovillo, ya habían surgido voces en medios y redes anunciando que este momento extraordinario nos obligaba a hacer una pausa y reflexionar sobre qué hemos hecho mal como sociedad y qué cambios estamos llamados a hacer; cuál es el futuro común que deseamos construir. Pero ante este imperativo de reflexión, quiero oponer una serie de preguntas.

No cabe duda que hay mucho que esta crisis puede enseñarnos. Como un sismo, la pandemia ha revelado las fallas estructurales del edificio humano global; porque si bien esto es una catástrofe natural y los economistas se empeñan en recordarlo subrayando que aquí no hay culpables sino víctimas, hay varias formas claras en que el capitalismo global ha agravado la situación. Durante décadas, políticas financieras neoliberales impuestas en todas partes han presionado y obtenido la reducción del gasto público en muchas áreas, entre ellas la salud, decimando la capacidad de respuesta sanitaria en todo el mundo. Juan Álvarez escribía hace poco sobre cómo la destrucción de hábitats naturales está directamente relacionada con nuestra creciente exposición a patógenos de otras especies. Y la brecha económica que aumenta año con año, tanto a nivel internacional como intranacional, está siendo y será trágicamente decisiva en cómo el Covid-19 afecta a las poblaciones. La pandemia nos ha dejado ver el otro lado del bordado de la globalización: un mundo hiperconectado e hiperfracturado a la vez.

Pero el punto es: ¿cómo pensar en todo esto? Y ¿con qué cara exigir a la población que se dedique a este tipo de inquisiciones? Porque antes de filosofar haríamos bien en preguntarnos:¿hay algo en este tumulto de hechos, información, desinformación, miedo colectivo que sea favorable para la reflexión?

Las voces de docenas de filósofos, sociólogos, politólogos, periodistas y un largo etcétera que alcanza al veterano twittero y el tío de WhatsApp parecerían confirmar que sí, sí que hay espacio para la reflexión. Tanto espacio, de hecho, que esto ya se asemeja a un gran mercado de opiniones sesudas en el que uno puede encontrar la que mejor le vaya al caldo que se cocina en la olla de presión de nuestras cabezas. Están los que opinan que esto es el fin del capitalismo y los que opinan que, al contrario, el capitalismo regresará fortalecido. Están los que identifican un forzado retorno a la confianza en las democracias y los que observan, en cambio, un recrudecimiento del autoritarismo. Los que auguran un mañana brillante para la ciudadanía empoderada, y los que pronostican en cambio una mayor desintegración del tejido social. No olvidemos ni a los creyentes en una Pacha Mama conductista y feroz, quienes ven esto como una lección que hará al humano retroceder y vivir en armonía con la naturaleza, ni a los cínicos empedernidos que ya ven venir una escalada brutal en emisiones de carbono y devastación del medio ambiente para recuperar el terreno perdido en estos meses.

Muchos tienen argumentos sólidos e incluso brillantes y si uno tiene el tiempo y las ganas de leerlos, haría bien en hacerlo. Mas tras unas semanas (ya no sé ni cuántas) de sumergirme en estas disertaciones de lumbreras de todas partes, me doy cuenta de algo: La posición fetal no es propicia al pensamiento.

Tesis: más que una pausa, esto es una aceleración. Dejémonos por un momento del ánimo comunitario, esto ni siquiera ha sido un paréntesis para el individuo. Las ventas por internet se han disparado, el consumo de entretenimiento en casa ha crecido tanto que la Unión Europea tuvo que pedir a Netflix y YouTube que bajaran la calidad de sus videos para evitar el colapso de las redes, el uso de Facebook ha explotado hasta exceder los números reservados generalmente a la víspera de año nuevo durante días consecutivos y los medios informativos se han transformado en un auténtico reality show, donde millones frenéticamente consultamos cada novedad con la ansiedad del adicto.

Somos bombardeados además con artículos de recomendaciones para ejercicios que hacer, libros que leer, series y películas que ver, idiomas o habilidades qué aprender. Ignoremos por un segundo el clasismo inherente a estas recomendaciones que asumen a sus lectores capaces de atravesar la crisis como un velerito atraviesa una costa soleada. ¿En qué momento hemos de hacer todas estas cosas? ¿Acaso el Covid-19 posee también la cualidad de dilatar el tiempo? Hemos internalizado a tal grado la consigna de productividad y consumo, que ante el encerramiento nos abocamos a ambas como únicas opciones. Preferimos el vértigo por saturación que el vértigo por vacío.

El caso es que aunque ciertamente el pensamiento crítico es fundamental, también lo es (y quizás más) el manejo de las emociones, y es en este frente en el que nuestra civilización tiene un déficit tremendo.

Entre tanto artículo y ensayo sería bueno también ver más y más prominentes artículos sobre cómo lidiar con la tormenta de emociones que nos embargan. Los hay, sí, pero generalmente están arrinconados en los diarios porque no generan tantos clicks, y la mayoría tienen un tono más bien condescendiente.

Entre tanta medida de sanidad, también sería muy necesario ver más medidas para cuidar la salud mental. Me pregunto seriamente: ¿Cuánto habrán aumentado los casos de trastorno de ansiedad y depresión, los intentos de suicidio cuando todo pase?, ¿Cómo será afectada psicosocialmente la generación más joven, los niños, cuando termine el trauma? ¿Qué consecuencias tendrá todo esto a la larga?

¿Cómo pensar en un futuro diferente si en este momento todo lo que queremos es volver a ese pasado, que parece tan lejano, en el que existía la vida? Ahí el peligro: la normalidad, aunque haya sido el problema, se presenta ahora como infinitamente deseable. Tan deseable, que tal vez estaremos dispuestos a ceder demasiado para volver a ella, por más ensayos sobre biopolítica que hayamos leído.

Intelectualmente quizá podamos vaticinar un futuro basándonos en evidencias, pero emocionalmente una niebla espesa se cierra a nuestro alrededor y en horas malas hasta es posible que pensemos que detrás sólo hay un agujero profundo. Tenemos que orientar nuestras fuerzas a prevenir esto antes de a imaginarnos utopías o distopías.

El pánico es malo porque nubla el pensamiento. El pánico es el momento que alcanzamos tantos animales cuando nuestras posibilidades se han reducido exclusivamente a pelear o huir. El pánico es siempre egocéntrico porque es el último reducto de la salvación individual. Sin embargo el miedo no es necesariamente negativo. El miedo es un estado de alerta y puede ser orientado a la colaboración. Es responsabilidad de todos nosotros tratar de no cruzar el umbral que los divide.

No permitamos que los estados de excepción lleguen al interior de nuestros hogares. El primer paso es reconocer nuestras emociones y darles voz. Llorar, gritar, escribir diarios, dibujar, jugar, etc. Establezcamos círculos concéntricos de apoyo emocional tanto dentro de nuestros muros como en redes. Y sí, informémonos y pensemos, pero que la razón no sea lo único porque la cabeza, por más que nos pese, claudica muy rápido cuando la entraña está llena de terror.

La extinción de la privacidad

Inmunización de rebaño es uno de varios conceptos epidemiológicos con los que de golpe nos hemos familiarizado: el tipo de inmunidad de grupo que se produce cuando el virus no puede transmitirse porque un porcentaje suficiente de la población se ha inmunizado; pero en este ensayo me permito utilizar el término en otro sentido, uno social y político: cuando la mayoría de la población se acostumbra a una medida autoritaria, de manera que la medida queda inmunizada.

Ahora que estamos asediados por el miedo, veo al menos un frente donde una de éstas medidas está incubándose.

El ascenso de la telemática

Quiero empezar hablando del ascenso disparado de la telemática para el trabajo y la educación. Esto casi unánimemente ha sido celebrado tanto en artículos como en memes. Todos están de acuerdo en que el albor de la era del home office y la educación a distancia es una especie de panacea del nuevo milenio. Mas esta algarabía generalizada me ha inquietado terriblemente desde un inicio. Los espacios educativos y laborales no son y no deben ser entendidos únicamente en función de su utilidad (dispender información/obtener una remuneración respectivamente), sino como espacios de convivencia. Y no convivencia únicamente con aquellos afines a nosotros sino – y esto es lo fundamental – con aquellos con quienes estamos en desacuerdo, aquellos que nos son indiferentes, aquellos que incluso odiamos. Gracias a los omnipresentes algoritmos que regulan prácticamente todo en nuestra experiencia online (cuyas fronteras con nuestra vida offline, seamos sinceros, son cada vez más difusas e incluso inexistentes), ya vivimos en una suerte de mónada ideológica en la que sólo interactuamos con aquello que refuerza nuestras ideas y nuestro comportamiento, ya sea positiva (afines) o negativamente (las abundantes peleas de opuestos en redes sociales que sólo sirven para afincarse más en la propia posición y no tienen nada de diálogo). Si a partir de ahora se intensifica la rapidez de migración hacia la telemática, ¿qué nos quedará? Porciones cada vez más significativas de la población serán definitivamente confinadas a sus habitaciones, desde donde podrán, por fin, escindirse de la otredad. Hay que preguntarnos con seriedad qué perdemos de humanidad en el trayecto.

Otro fenómeno a tomar en cuenta. Da la impresión de que lo que creemos ganar con la generalización del trabajo a distancia podría ser descrito con la siguiente fórmula: asistir al trabajo con la comodidad de casa. Sin embargo, hay que estudiar el reverso: el trabajo invade, finalmente y con toda nuestra anuencia, nuestro espacio más privado. Y aunque este platillo se ha estado cocinando desde que se inventó el telégrafo, ahora está listo y casi servido a la mesa como la nueva norma, al menos del sector de servicios. ¿Cuántos trabajadores no estaban ya, desde hace años, asediados por correos, mensajes de texto, WhatsApps, mensajes de Slack, etc. fuera de sus horarios laborales? Bueno, una vez que el teletrabajo se normalice, eso serán memorias de un tiempo más dulce puesto que ahora viviremos, más que nunca, en función de nuestro trabajo. Ahora mismo hay empresas alrededor de todo el mundo tomando fotos aleatorias o inclusive grabando a sus empleados para asegurarse de que están trabajando en casa. ¿Y qué hay con el derecho a no sentirse observado en el propio hogar? Ese derecho se nos ha ido entre los dedos hace tiempo. La mirilla de la computadora hace ver ahora al panóptico de Foucault como una torrecita en un parque infantil.

La extinción de la privacidad

Hay que afrontarlo y cuanto antes mejor: lo único que la presente crisis del coronavirus extinguirá será la privacidad. China ha utilizado su robusto aparato de vigilancia digital como una de las herramientas para prevenir el esparcimiento del virus. Corea del Sur puso en marcha un sistema de envío de alertas a los ciudadanos, detallando edad, género y sitios visitados en las últimas horas por una persona una vez confirmada su infección con Covid-19. Previsiblemente, relaciones extramaritales y otros escándalos y vergüenzas íntimas fueron revelados. Singapur estableció un protocolo similar de divulgación de información personal, aunque menos detallado. Para rastrear a personas que estuvieron en contacto con casos confirmados de coronavirus, Israel utilizará el mismo sistema de seguimiento de datos celulares que sus servicios de inteligencia usan – ojo aquí – para rastrear terroristas. En España, Vodafone ya puso a disposición del gobierno servicios de geolocalización para vigilar si la población cumple con las medidas de aislamiento. En Estonia, país donde yo resido, estado y telefónicas ya trabajan en lo mismo con la anuencia del inspectorado de protección de datos que ha considerado la medida legítima porque los datos son anónimos. A pesar de que diversos estudios han probado que los datos anónimos nunca pueden ser genuinamente anónimos.

Como ha defendido Giorgio Agamben en su libro Homo Sacer y ha venido a recordarnos en recientes textos relacionados con la pandemia, los estados de excepción son peligrosos porque justifican medidas autoritarias y con facilidad dichas medidas pueden luego hacerse la norma. La clave es encontrar una amenaza que pueda perpetuarse. Ejemplo: el terrorismo. Puede suceder en cualquier momento y eso ha sido justificado para violentar el derecho a la privacidad en una variedad de formas (la más común: en aeropuertos desde 2001). Los virus, argumenta Agamben con toda razón, son aún más efectivos.

Una publicación reciente del MIT Techonological Review parece darle la razón. Ya que el riesgo global no acabara mientras no contemos con una vacuna y haya al menos una persona infectada en el mundo, Gideon Lichfield dice (basándose en un estudio del Imperial College de Londres) que las medidas de distanciamiento social tendrán que mantenerse durante dos tercios del tiempo (dos meses sí y uno no) hasta que haya una vacuna (al menos 18 meses más). Pero eso no es lo peor. El riesgo de pandemias ha incrementado de la mano de la depredación de zonas naturales lo cual pone en contacto cada vez a más humanos con animales exóticos que son posibles portadores de patógenos y de la globalización que puede llevar esos patógenos a todo el mundo en cuestión de días. Esto se ha venido advirtiendo desde hace años.

Tras el ataque terrorista del 11 de septiembre del 2001, el estudioso de medios Richard Grusin identificó el nacimiento de un nuevo tipo de mediación: la premediación. Un cambio cualitativo que consiste en la profusión de mensajes desplegados en una multitud de medios orientados a representar el futuro antes de que éste suceda. Esto es, en esencia, replicar la estructura psicológica de la ansiedad en la estructura internacional de la difusión de información: todos los horrores futuros, son una posibilidad ahora. Si él hablaba en particular de cómo la lucha contra el terrorismo fue decisiva en esto, imaginemos ahora la lucha contra las pandemias. La amenaza real que ahora vivimos brutalmente, queda como ejemplo para mantener nuestro estado de alarma siempre latente.

Entonces, Lichfield del MIT concluye que para volver a socializar: “formas más sofisticadas de identificar quién representa un riesgo y quién no, y discriminando, legalmente, a los primeros”. Y prevee algunas posibles medidas que se volverán norma en el futuro cercano: para tomar un vuelo o para ingresar en recintos multitudinarios o instituciones importantes, habría que registrarse a un servicio que siga nuestros movimientos mediante geoposicionamiento para recibir alertas en caso de haber estado en sitios con un alto riesgo de infección. La biometría se volvería común y nuestra temperatura y signos vitales podrían ser monitoreados como un pasaporte. Se porían requerir documentos oficiales de inmunidad. Y el autor nos lanza esta afilada obsidiana: “La vigilancia intrusiva se considerará un pequeño precio a pagar por la libertad básica de estar con otras personas”. Lo peor es que tiene razón. Como si los derechos humanos fueran un recurso limitado, tenemos que socavar uno para mantener otro. Y nos acostumbraremos.

Es sólo natural; el virus encuentra a la privacidad muy vulnerable: vieja, débil y afectada ya por condiciones anteriores. Digámoslo claro: lleva más de una década en cuidados intensivos y si ha llegado hasta ahí ha sido porque el grosso de la población, con nuestro silencio, enunciamos nuestro acuerdo: la muerte de nuestra privacidad es un sacrificio justo a cambio del acceso a servicios “gratuitos” de internet.

Haciendo un repaso veloz por los “escándalos” recientes de utilización de datos personales, podemos apuntar a: empleados de Amazon, Apple, Google y Microsoft escuchan grabaciones hechas por los dispositivos de particulares; Facebook hace un experimento psicológico con miles de usuarios sin su consentimiento; Cambridge Analytica, con ayuda de Facebook, utiliza big data para dirigir propaganda o antipropaganda (incluídas noticias falsas) que resultó fundamental en la elección de Estados Unidos; etc. ¿Y cuáles han sido las repercusiones? Disculpas y más disculpas, y fotos del alienígena Zuckerberg tratando de simular un mea culpa y la promesa siempre vacía de mejorar. Lo cierto es que estas empresas y tantas otras – ¿cuántas veces al día aceptamos términos de privacidad? – saben lo obvio: son necesarias y por ende las compañías pueden salirse con la suya. En el documental Terms and Conditions May Apply, se dice que, si leyésemos todos los términos y condiciones que nos encontramos antes de aceptar o declinar, nos tomaría un mes laboral al año. Y eso fue en 2013. Las compañías saben que no tenemos tiempo para eso. Y aunque lo tuviéramos, para la inmensa mayoría de quienes tenemos acceso al internet, la red se reduce a los productos de estas compañías y son herramientas básicas tanto para nuestra vida laboral como para nuestra vida privada. No tenemos otra opción más que aceptar términos y condiciones.

En el excelente documental The Great Hack, Brittany Kaiser dice: “Los datos son el insumo más valioso en la tierra”. Y todos hemos aceptado, ya sea renuentemente o con gusto, a aceptar la privatización de nuestra privacidad. Para generaciones más jóvenes que han crecido con esto y para aquellas que vendrán, esto es y será su normalidad. En un mañana no muy lejano quizá se hablara de la lucha por defender la privacidad como de una más de tantas respuestas reaccionarias ante el avance de la tecnología a lo largo de la historia.

Descubrimos una ecuación curiosa: mientras que la esfera pública continúa reduciéndose (esfera pública entendida como los espacios donde puede consolidarse una ciudadanía heterogénea y activa), también se reduce la esfera privada. ¿Qué es lo que queda? La esfera autoritaria y la esfera privatizada. Porque hay que ver: se nos dice que el neoliberalismo es la disminución de la injerencia del estado en los asuntos del mercado, pero ésa no es la verdad completa. En realidad se trata de la reducción de la injerencia en favor de la ciudadanía, y el aumento de la injerencia en favor de las empresas. ¿No fueron acaso los gobiernos más atrozmente represivos los mismos que instauraron las reformas neoliberales en toda América Latina? ¿No es el estado de vigilancia distópico de China uno mismo con su pujante economía y su imparable productividad?

Habrá quienes estén más que dispuestos a llevar a cabo estas transacciones: mi privacidad por trabajo, sanidad, seguridad. Pero si a muchos ya no les interesan las minucias de la privacidad diaria, habría que invitarlos a pensar en las consecuencias.  El propio Lichfield reconoce que este tipo de medidas de vigilancia biométrica permanente podrían (y yo le quitaría el pospretérito) desencadenar toda una nueva suerte de discriminación a grupos vulnerables: personas sin acceso a servicios de salud, personas sin hogar, personas con enfermedades crónicas, personas que viven en sitios donde una infección es más probable, etc. podrían ser excluidas de oportunidades y servicios alegando que presentan un riesgo. Así como China utiliza un complejo sistema de créditos sociales para evaluar la posibilidad de que alguien cometa un crimen, nuevos algoritmos podrían instaurarse para prever quien es un “riesgo” de salubridad en potencia y excluirlo de antemano.

(Pregunta: ¿Quién definirá qué es un riesgo epidemiológico? Porque recordemos que en la lucha contra el terrorismo, la definición de “terrorista” se ha utilizado muchas veces para justificar ataques a grupos disidentes).

Yuval Noah Harari, el autor de Sapiens, plantea la posibilidad de un futuro no muy lejano, en el que todos debamos llevar dispositivos que monitoreen nuestro ritmo cardiaco, temperatura, etc. y que, en la lucha contra la amenaza constante de pandemias, los gobiernos tengan por ley acceso a esos datos. El autor nos dice:

“Es crucial recordar que la ira, la alegría, el aburrimiento y el amor son fenómenos biológicos justo como la fiebre o la tos. La misma tecnología que identifica toses también puede identificar carcajadas. Si las corporaciones o gobiernos empiezan a recolectar nuestros datos biométricos en masa, también pueden llegar a conocernos mucho mejor que nosotros mismos, y podrían no sólo predecir nuestros sentimientos, pero también manipularlos y vendernos cualquier cosa que deseen, ya sea un producto o un político”.

Si esto parece exagerado, pensemos en lo que compañías como Cambridge Analytica lograron a punta de clicks, compartires, likes, me encantas, me enojas y me entristeces.

Quizá más escalofriante: pensemos en esta forma gargantuesca de biopolítica normalizándose en este preciso momento histórico de creciente desconfianza en la democracia y de auge del autoritarismo. La mente no me alcanza para aventurar todas las formas de control que se avecinan.

Contagiar la resistencia

La pregunta obvia es, ante este tétrico panorama, ¿qué hacer? Y la respuesta es la misma que siempre: resistir mientras sea posible. Entablar la lucha por preservar nuestra privacidad aunque siempre llevemos la de perder. Así han sido todas las luchas por los derechos humanos. Recordemos que resistir no es sólo salir a marchar, sino también estar informado y compartir la información, para que incluso si (o cuando) medidas como las descritas hasta ahora se vuelvan tan comunes como los tanteos y escáneres en aduanas, sepamos qué estamos cediendo y cómo puede ser utilizado. Resistir es saber cómo esto afectará a los más vulnerables, y que al saberlo no regalemos también nuestro silencio complaciente, sino que seamos solidarios y vocales.

Resistir será sobre todo proteger y reconstruir la democracia verdadera, puesto que es y será la última barricada. No celebremos, por ende, el ascenso de la telemática sin pensamiento crítico. Busquemos formas de preservar espacios para la convivencia con la diversidad, recuperemos la capacidad de diálogo y convivencia con los otros.

Resistir, como siempre, será recordar que nuestro camino no está en el yo, sino en nosotros.

François

A François lo recuerdo sentado en el sillón rojo junto al fuego. Lo recuerdo con una sonrisa apenas sugerida, de tranquilidad alcanzada y merecida. Lo recuerdo dueño de un encanto, de un aire despreocupado y de un rostro que bien lo podrían haber hecho galán del viejo cine francés si no hubiera elegido en cambio el mar y la industria. Lo recuerdo leyendo, creo, y escuchando música clásica. ¿Y lo recuerdo tocando el piano?

No estoy seguro y me reprocho estas dudas, los contornos que se han llevado los años como las olas se llevan las orillas de una huella. Es mi culpa. Porque en realidad hace ya mucho que debí haber escrito esta historia. Son tres años desde aquellos días de diciembre que Fabiola y yo pasamos en Saint-Denis-Le Ferment, acogidos por los Cadennes. Tres años desde que me propuse escribir una breve crónica que sirviera, más que nada, como una fotografía emocional a la que pudiera luego acudir para volver a esos días tan felices. Pero súbitamente todo cambió y la fotografía, aún no revelada, adquirió otra tonalidad.

De algo no me cabe duda: recuerdo a François sobre todo a través de Diane.

A Diane la conocí en León en 2015. Ella enseñaba francés en la preparatoria donde yo enseñaba español y literatura.  Nuestra amistad tuvo cuatro bases: La primera – fundamental entre el profesorado – eran las quejas, la catarsis, la frustración (aunque yo me quejaba mucho más, ella en cambio parecía siempre una palabra amable hasta para los alumnos más abyectos). La segunda, ambos teníamos los carros más viejos y destartalados en la escuela, lo cual nos condujo a una competencia amistosa que yo terminé ganando inapelablemente cuando perdí el único espejo retrovisor que me quedaba. La tercera razón era que ambos extrañábamos a personas que estaban muy lejos; Diane a su familia en Francia y yo a Fabiola, en Estonia. La cuarta, última y más importante: Diane tiene un corazón enorme; enorme y luminoso a un grado tal que alcanzaba a arrojar luz sobre los  escondrijos de mi ruinoso corazón.

Fue ese corazón enorme el que llevó a Diane a insistirme, una vez que le conté que iría a visitar a Fabiola en diciembre, que nos hospedáramos unos días en su casa al norte de Francia, aprovechando que ella pasaría ahí las fiestas. Si algo lamentamos Fabiola y yo de ese viaje hasta la fecha, es haber destinado solamente tres días a Saint-Denis-Le-Ferment.

Nos encontramos con Diane en la Gare du Nord la mañana del 20 de diciembre y después de un café y unos panecitos dulces de la proverbial pâtisserie française, tomamos un tren interurbano rumbo a Gisors. Fabiola cayó dormida inmediatamente, víctima de una gripa que llevaba casi una semana asediándola, y mientras tanto Diane se disculpó conmigo por adelantado por el estado de su casa, que ella juzgaba inadecuado para recibir visitas, y se excusó aduciendo un malestar en las manos de su papá y el agitado horario laboral de su mamá. La tranquilicé asegurándole que, a pesar de nuestra apariencia aristocrática y exquisita, Fabiola y yo éramos de gustos simples. Contendí también que, en materia de casas desordenadas como en aquella de carros desvencijados, yo era un consumado campeón, contando siempre con cuando menos siete estratos de papeles en cada superficie de mi hogar.

En la estación de Gisors nos esperaba Joëlle, la madre de Diane, una señora de cabello blanquísimo, ojos de un azul intenso y una sonrisa perenne, quien nos abrazó a Fabiola y a mí como si fuésemos amigos íntimos y hubiesen pasado inclementes décadas de distancia entre nosotros.

Atravesamos un fragmento del valle de L’Eure: campos y más campos de cultivo bordeados de setos y escarchados de breves boscajes de manzanos, abedules y avellanos; y llegamos a Saint-Denis-Le-Ferment, un pueblito de menos de quinientas personas, pero de más de mil cien años de antigüedad; hogar de un pequeño castillo, un viejo molino de agua y del linaje Cadennes.

La casa de Diane, como su abolengo en Saint-Denis, tiene centurias. Espero no estarme equivocando, pero creo que Joëlle nos contó que la casona de muros blancos y fuertes travesaños de madera negra databa del siglo XVI. Al entrar descubrimos que Diane no mentía: en efecto la casa estaba desordenada; pero aunque no mentía, sí erraba al disculparse, pues ese desorden no debía ser motivo de vergüenza sino de orgullo. No era un desorden fruto del descuido; era más bien una extensión del temperamento particularísimo de su familia; una generosidad desbocada, un sentido infatigable de la lealtad y una curiosidad voraz.

Diane nos dio un recorrido. Del techo al piso y extendiéndose por todos los muros había pinturas, fotos, carteles y mapas; uno de estos últimos tenía garabateadas corrientes marinas y marcas en diversos puertos del mundo donde François había estado en sus días de navegante. En cada repisa (y las había en cantidad), había docenas de libros encaramados. Me acuerdo sobre todo de un ingente tomo sobre jeroglíficos del antiguo Egipto que mantuvo a Fabiola entretenidísima. Artesanías de todas las procedencias, manualidades seguramente hechas por Diane y sus hermanos cuando eran niños, innumerables talismanes del recuerdo que peleaban por un sitio. Sobre un armario en la habitación de Diane, al menos cinco trofeos de campeonatos de natación y de recitales de piano. Sobre el piano de pared donde Joëlle daba clases a diario, docenas de partituras, las Gymnopédies de Satie todavía abiertas de la lección más reciente. En la cocina, un refrigerador pegado a un mosaico de imanes y en el muro a un costado, un tapiz de postales, la mayoría enviadas por amigos agradecidos con la familia Cadennes por su hospitalidad legendaria.

Y en la sala, en un gran sillón rojo, junto al fuego, estaba François. Y una Diane que se acercaba a abrazarlo y le decía: “Bonsoir, papa” con un cariño que todavía hoy, de recordarlo, me enternece.

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Esos días fueron idílicos. Visitamos Gisors, que cuenta con un castillo de tamaño respetable, y ahí bebimos un reconfortante chocolate caliente a la vienesa. Fuimos una tarde a Rouen, ciudad famosa por ser sede del juicio y martirio de Juana de Arco (de paso, descubrimos que ser el sitio donde quemaron a una mujer en la hoguera dificulta tremendamente la creación de souvenirs temáticos); pero que además merece ser conocida por el simple hecho ser bellísima. Ahí paseamos con una placidez suprema y en su gran mercado de navidad tomamos un vino caliente mientras Diane, Fabiola y yo hablábamos de la incertidumbre que nos esperaba a todos por haber elegido una existencia transatlántica. Por último fuimos a Pourville-sur-Mer, un pueblo a la orilla del canal de la Mancha, no muy lejos de donde se dio el famoso desembarco de Normandía. Una playa hecha de guijarros blancos pulidos por las olas y de riscos blanquísimos que en otro tiempo sedujeron a Monet, y que se están desmoronando a una velocidad trepidante, comiéndose el valle que hay encima.

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Nuestras diligentes guías fueron Joëlle y Diane. Para Fabiola, además, fueron atentas enfermeras, consiguiéndole pañuelos, preparándole tés y atendiéndola con una delicadeza tal, que otros habrían pensado que Fabiola tenía tuberculosis y no un catarro, y que estas mujeres eran su madre y hermana respectivamente y no recién conocidas. No por nada todos los alumnos de inglés, francés y piano de la incansable Joëlle la llamaban mamá o abuela. No por nada, Diane se hace querer por todos.

Y esperándonos en la casa, siempre François, quien se dedicaba a disfrutar su bien merecido retiro. Preparaba la cena: una noche un raclette – del que Fabiola tidavía habla con añoranza – y otra su afamado veau, sauce á l’échalote. Recuerdo a François descorchando el vino y sirviéndonos en generosas copas. Lo recuerdo también cediendo su corona de cartón a Fabiola tras partir la gallette des rois. Y lo recuerdo contándonos historias de su juventud en el mar; contándonos, por ejemplo, de la ocasión en que su barco atracó en Cuba, cuando él tenía apenas dieciocho años, y en un bar lo retaron a tomar una cantidad monstruosa de ron y él, como buen marinero, no arredró; y creo que había también en esta historia una mesera cuyos ojos negros el mozo François deseaba encandilar; pero el ron ganó, claro, y en algún punto François apoyó la frente en la mesa de aquel bar caribeño y no la levantó hasta el día siguiente. Cuando pienso en él narrándonos estas memorias, lo recuerdo siempre con un gorro de capitán. Pero no sé si esto último fue así o si lo he agregado.

Una historia de altamar sobre todo se ha quedado en mi memoria y a menudo pienso en ella. En alguno de sus viajes, François arrojó tres botellas al mar conteniendo breves cartas con la información necesaria para contactarlo. Un par de años después, recibió una respuesta. Un sacerdote de Costa de Marfil había encontrado una de sus botellas.

Nos despedimos la mañana del 23 de diciembre con tristeza. Los momentos de genuina paz y felicidad son tan escasos y en Saint-Denis-Le-Ferment fuimos felices, gracias a Diane, Joëlle y François.

Pasamos Navidad en Barcelona y año nuevo en Madrid. Luego nos dirigimos a Stuttgart a pasar unos días con una vieja amiga de mi familia. Fue ahí, en Stuttgart, donde me llegó el mensaje de Diane. En él me decía que su papá había fallecido y que estaba contenta de que lo hubiéramos conocido.

Cada diciembre y enero vuelvo a pensar en François. En François junto al fuego en su sillón rojo. En sus pocas palabras y su bondad que irradiaba. Y a partir de esa imagen todo crece a su alrededor: la sala y los libros, el piano, los imanes y postales, las pinturas y mapas, el jardín y el camino, el pequeño castillo y el molino de agua, Saint-Denis-Le-Ferment y Rouen y Gisors y Pourville-sur-Mer. Y Diane diciendo: “Bonsoir, papa”. Y Joëlle sonriendo porque sólo él sabía contar historias así. Y el mar cargado de mensajes.

Los mensajes en botellas son un género literario propio, a medio camino entre el género epistolar y el diario. Esperan un lector, pero no lo llaman. Mientras no sean mensajes desesperados pidiendo rescate, los mensajes en botella son un caso de comunicación sin paralelos porque el interlocutor es una pura posibilidad y el autor lo sabe de antemano. Revelan una cierta apertura, una predisposición a la incertidumbre, un afán de libertad.

Y yo sigo pensando en esas otras dos botellas. Las que no fueron halladas. Las que tal vez siguen a la deriva, siendo arrastradas por una u otra corriente marina, hasta que quizás un día, dentro de décadas o siglos alguien la rescate. O quizá ya fueron halladas, pero la persona no ha querido responder o no ha podido por no entender el idioma, o porque la humedad y la sal han borrado la tinta. O las botellas se han hundido; el agua se filtró y las haló al fondo del mar donde peces nadan en torno a ellas con tremulidad de peces, o cangrejos las inspeccionan con ansias de una nueva casa, o un inteligente pulpo logra abrirlas, pero es incapaz de leer. Sea como sea ya no importa demasiado. Esas cartas ya no hallarán a François. Como tampoco lo hará este texto.

Pero hallará a Diane, espero. Y es a ella a quien nunca supe decirle: somos nosotros los afortunados por haberlo conocido.

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The First Snow

As luck would have it, after two years and a half living in Estonia, my only local friend is a ghost.

Her name is Svetlana and she haunts the abandoned house right behind my apartment building. I met her when, out of curiosity, I stepped into the house hoping to find musky photographs and pictures on the walls, yellow books bent and twisted by moisture, maybe a piece of fine jewellery, or any forgotten secret awaiting to be revealed. Instead I found an old lady, floating a full feet above the wooden floor. And the first question I thought of asking was: “Are you a spirit?”. Big mistake. Here’s some advice: if you ever wish to become friends with a phantom, don’t ever ask them if they happen to be one. Sveta looked at me with such spite, it froze my blood more than her sudden apparition. “What a rude young man”, she said. I sincerely apologised for being so uncouth and I introduced myself: “My name is Jorge and I am Mexican”, I said, as if being Mexican served as an explanation for my impertinence. It’s a bad habit I’ve picked up since I moved here: mistaking every person I meet with a customs agent. In any case, announcing my nationality worked; she warmed up and said: “Oh, how exciting. I had never seen a Mexican before”. I was now the wronged one, but kept quiet.

Our friendship is weird; we have almost nothing in common. She is sixty something (I guess, but I have never asked and she has never disclosed how old she was when she passed; she’s vain like that) while I am 27. She keeps assuring me I am at my prime, which never fails to depress me.

An unsurmountable difference between us, is an ideological one. Sveta was brought up in the Soviet Union and she spent her last days dazzled by the wonders arriving from the West, once the Iron Curtain crumbled. There’s not an hour when she doesn’t complain about having died just when she was starting to savour the sweet-juicy fruits of the free market. I, on the other end, identify myself as a communist. I believe. I have read two Slavoj Zizek books and I have watched a video-essay on the Communist Manifesto. In any case, I love to be opposed to something. Whenever I tell her about capitalism’s cruelty, its shining façade hiding a dark oppression machinery, the savage plundering of land and people in the third world which sustains the first, she merely growls: “Bah”, and says: “I don’t need that; I know the verse since pre-school”.

Sveta’s dream is that her house will be torn down and a mall will be built, so she can wonder around linoleum floors during her restless nights, watching cloths she cannot sport, imagining the smell of perfumes she cannot try, fancying herself the owner of jewellery she cannot wear. I tell her that’s more or less my experience every time I enter a mall, since I see everything but can buy nothing with my meagre salary for my mind numbing job. “Bah”, Sveta gripes, and then proceeds to talk about Siberia, the Gulag, the Great Terror. What can I say?

Anyway, we never fight. I am too excited to have a ghost friend and she’s too excited to have a Mexican friend to quarrel about politics and economics.

A week had not yet passed since we’d met when Sveta asked me: “Are you good for anything other than complaining?”

“I like to read and I like to write”, was my answer. “Though even that I doubt now”. I tell her that, sometimes, I’m so anxious I’m forced to re-read a paragraph ten times and even then words slip down the surface of my eyes as if they were waxed. As for writing, I tell her I have forgotten how. I come up with ideas, but I lose them the moment I sit to type them. They leave me. As if they had just approached to tell me: “I am not yours”. I’m forgetting Spanish. I don’t even know what’s the point. I don’t mean only what’s the point with writing, but in general”.

“You’re complaining again”, Sveta pointed out.

This brief exchange got us talking about literature, though not even here do we see eye to eye. Once she asked me who were my favourite Latin American writers. I said: “Borges, Cortázar and Bolaño”. She got excited about the first two but had heard nothing of the third. Either way she asked me to borough something from them. A week after she handed me back the books with her opinion: “Too stiff, too weird and too much sex.” From then on, she stopped trusting me and she would only ask me about the writers she likes (many of whom, I did not know).

One afternoon, while Sveta spoke effusively of Mayakovsky, she paused to ask me: “Is the night in Veracruz, seen through the window of a moving train, really as beautiful as Mayakovsky writes?” I told her I had no idea. I did not know which poem she was referring to, trains haven’t carried people for decades now in Mexico, and the two times I’d been in Veracruz, I didn’t pay much attention to the night sky. She doesn’t let me speak much since then, but that’s fine, I don’t mind being audience. Listening to her speak about Bulgakov, or reciting poems from Anna Akhmatova from memory, is a pleasure.

The greatest difference between us is, after all, material. I am alive and she’s not.

Sometimes we talk about that. Sveta assures me she did not realise when she died. She says she went to sleep one night, specially tired, and the next day she resumed her day as always. Her two sons came later and they looked upset. Police and an ambulance followed. “Why the fuzz?”, Sveta inquired many times without answer. It wasn’t until many days later, when all her stuff was taken and nobody came to visit anymore when she said to herself: “I think I might be dead already”.

What she misses the most, she says, are flavours and smells. She remembers above all the smoky fragrance of the caravan tea her mother used to prepare in the samovar, with a taste too bitter for young Sveta, which she used to mask with too many blueberry jam teaspoons. She also remembers the butter and honey aroma which took over the small apartment for a whole day, whenever her Ukrainian grandmother insisted in making medovik cake all by herself. It was true, in all honesty, that the medovik was better, when grandma cooked alone.

Sveta is sad about being dead. I tried to offer comfort once by saying: “Being alive is not that great”, but she scolded me: “Don’t speak such foolishness”.

In spite of all our disagreements, we have found something that we both love: Christmas.

One December morning, I came to visit and she asked me about the advent candles in every window: “Is it Christmas already.” I said it was still two weeks ahead. “Oh, but it hasn’t snowed”, she replied in surprise. I wanted to explain how the horrid practices inherent to the system she so cherished were causing the world to warm, but I restrained myself. Instead I told her about the tree my girlfriend and I had just bought. “This was my favourite time of the year”, Sveta said, “and we also bought the yolka many days before the celebrations.”

The mentioning of the tree sent Sveta deep into her memories. In the USSR, she explained to me, the tree could clearly not be a Christmas one. For years trees were banned until an emotional politician wrote a sobby article in Pravda, asking how could the Soviet Union deprive their poor proletarian children of the joy of the tree they could once only envy through the windows of bourgeois houses. Other stories assured it was Stalin’s own daughter who, upon seeing a Christmas tree at the British embassy, asked her papa for one. However it might have been, from 1935, the Christmas tree returned, but as the novogodnyaya yolka, or New Year’s tree.

In the third week of December, when fir tree markets appeared all over Saint Petersburg, Sveta’s father bought a small one and took it home, where they put it in a bucket with water and secured it with rope. A dusty box was pulled out from the closet, full of silver tinsel, spheres, pine-cones Sveta had picked and painted herself, a rocket with sickle and hammer in golden, as well as a big red star Sveta, sitting on her father’s shoulders, placed on the tree top.

On New Year’s Eve, the family came together. They had borscht, buckwheat with fried onions and mushrooms, and a great apple-stuffed, slow roasted duck. They drank cognac and, after dinner, hot vzvar. Meanwhile, Sveta’s father and a small aunt would sneak out and appear at the front door, precisely at midnight, dressed as Ded Moroz and Snegurochka, carrying a bag of gifts.

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Soviet New Year’s Postcard

Later in life, Sveta married a young Estonian man and she moved to Tallinn. Taavi, her husband, was a member of the ECP, but in private he was a practicing Lutheran who celebrated Christmas. The change from January 1 to December 25, the change from yolka to Christmas tree, and even the change from Ded Moroz to Santa Claus were of minor importance for Sveta. The only thing she cared about was that sweet return to childhood, once a year, reenacting the ritual with her own children.

I pondered for a moment and then said that, for me, it was all a mess; that every year I find it harder to enjoy Christmas; that I love it, but it’s a complicated love.

“I was raised a Catholic, but I haven’t been a believer for a long time. But without religion, what remains? And to top it all off, I’m against capitalism. You cannot be a communist and an atheist and still like Christmas! Oh, Sveta, my incongruity appalls me. I say I hate consumerism, but I’m entranced by the festoons, and the fake snow, and the thousand lights on every store. I remember the morning of Christmas, unwrapping my gifts, and the longing becomes remorse. I’m embarrassed by my petit-bourgeois sensibility. And let’s not even talk about the colonialist stench! What is a Canadian pine doing in a Mexican living-room? And what is an inflatable snow man doing at 86 degrees? Reindeers where even dogs have a hard time? Nothing makes sense. If you think about it, Christmas is an empty signifier.

Sentenced like that last one, I sprinkle on my conversations now and then to compensate the fact my Semiotics MA won’t get me a job. I awaited Sveta’s reaction and finally she said with real surprise: “And you say you have a girlfriend?”

Without the mental energy to take offence, I continued: “This is serious, Sveta. There is no escape. If I had children I could say it’s for them, that I am vicariously living their joy, but I don’t have them. Public opinion has a sound verdict: Any childless adult who enjoys Christmas in earnest is a soft-headed wimp. If anyone reads A Christmas Carol today, he does it ironically and laughing all the way. Or, maybe, fighting down tears, ashamed of being moved by such a corny book.”

“Oh, Dickens”, Sveta interrupted me, ignoring the rest of my cry. “I love Dickens. I remember the moment Bob Cratchit breaks down thinking about Tiny Tim and I also break into.”

John Leech

A Christmas Carol original illustration by John Leech

I confessed that, during most of my life, I knew A Christmas Carol only as a Muppets movie. It wasn’t until this vert year I read the book. I read it during one of my night shifts, in the blue light of the screen. I did have to take deep breaths to avoid crying in front of my coworkers upon reading about poor Bob Cratchit and his lost boy.

“What are Muppets?”, asked Sveta.

I downloaded A Christmas Carol with The Muppets and brought my computer to watch it with Sveta. In the beginning she was slightly put off by the inconsistency: some humans are humans and others are puppets; some animals are real-size and others are blown out or proportion. “My God”, she mumbled when the Cratchit marriage was revealed to be between a frog and a pig. Still, I did caught Sveta taking out her handkerchief to wipe the corner of her eyes a couple times. “It’s not so bad”, she said when the credits rolled: “But Dickens’ is better”.

Talking about A Christmas Carol we got to talk about Hoffmann’s Nutcracker, which I knew from animated movies they used to put on TV around this time of year when I was little, and which Sveta knew from Tchaikovsky’s ballet. From Hoffman we went on to Andersen and his sorrowful Fir Tree, or the even more depressing The Little Match Girl. “Bah”, Sveta said about this last one, “Dostoevsky’s take is so much better”.  

I had no idea Dostoevsky had written holiday stories and Sveta, taking my ignorance as a personal insult, ordered me to look for The Beggar Boy at Christ’s Christmas Tree and A Wedding and a Christmas Tree “in my weird device.”

Indeed, the first one is remarkably similar to The Little Match Girl; equally tear-jerking and both feature passive infanticide, as well as an encounter with a deceased loved one in heaven. Dostoevsky’s, however, has a full city where everyone is hostile or indifferent to the poor child. A Wedding and a Christmas Tree dabbles with child abuse too, but this one, for a reader today, is more disturbing since it includes a fat adult – with a hefty dowry in mind – flirting with an 11 year-old girl who just wants to keep grooming her doll. The miserable child of a governess also makes an appearance and is forced to see all the wealthy boys getting toys for gifts, while he gets an illustration-less book.

“Both stories have class-conflict all over them”, I tell Sveta. “You’re not getting nostalgic, are you?”, I tease. Sveta growled: “Bah”.

My bad jokes did not prevent Sveta from reading more holiday stories from her childhood to me during the following days. We read Chekhov’s The Christmas Tree, where the protagonist is yet another unhappy child (I begin to wonder if there has ever been a happy child in Russia); as well as At Christmas Time, which, in keeping with the general mood, is very gloomy, and which I didn’t understand. My favourite one was The Night Before Christmas by Nikolai Gogol; by far the most peculiar. There’s a Moon-stealing demon and a flying witch, and a dark, vodka-fueled night bringing forth both violence and romance.

“And you tell me Cortázar is too weird”, I complained jokingly.

Beyond Dickens, Sveta’s knowledge of English-language literature is sparse, so, in repayment for her many stories, I have read to her O’Henry’s The Gift of the Magi, whose anecdote she found endearing, but deplorably written; and Truman Capote’s A Christmas Memory which made her sob uncontrollably. Having exhausted my inventory with only two short stories, I showed her A Charlie Brown Christmas, which, to my deepest chagrin, bored her, though she conceded Charlie is similar to me: “Another killjoy”, she declared laughing, as her vaporous arm gave me a pat on the back.

December continues and still no snow. Sveta is genuinely mad. “How? Is there going to be no snow for New Year’s Eve?”, she asks me as if I was the weatherman or a seer. I’m not mad; disappointed maybe. “It’s weird”, I tell her. “All my life without snow, and after two winters in Estonia now I demand snow for Christmas”. Sveta tells me what she missed the most about Saint Petersburg after moving to Tallinn was snow. “Snow here”, she says, “seemed always less to me. Clouds in Saint Petersburg, though, there they are generous. Sometimes it seemed as if they all had fell on the city’s squares and parks, on the building tops and the palaces roofs”. I tell her about a morning, when I was six or seven, when I woke up to a snowfall. “Newspaper’s still remember that day every year”, I say. I tell her of Golfo, my Alaskan Malamute, so used to my city’s heat, poor thing, but that day he must have recalled his heritage and recognised in the few falling snowflakes his true nature, because he started howling and jumping, snapping his snout, trying to catch snow.

To take our minds off from the mediocre weather, I have played A Child’s Christmas in Wales, read by Dylan Thomas himself, in his deep booming voice. “What a sound, huh?”, I tell Sveta. She replies gloomily: “That’s another thing I miss; the sound of words.” Apparently, language is another thing we lose in death, that’s why I’ve been able to talk with Sveta. Only the skeleton of it remains. But along with the obstacles go the gifts. I tried to explain: “Oh, Sveta, imagine a snowy day, the sound of a creek, the cold water running over pebbles, the wind blowing the foliage of pine trees, and from far away the roaring of the waves crashing on the cliffs. Just like that. A soft and peaceful, yet menacing sound, all intensified by that temple-like silence of the snow.”

I don’t know if she understood, but she smiled.

Yesterday was Christmas Eve and I came to visit Sveta. For days I was thinking of a good gift for her, but I couldn’t come up with anything. Everything she misses is out of her reach.

“Anyway, don’t you have any Mexican short stories?”, she inquired the minute I crossed the door. “I know just one, Christmas in The Mountains”, I replied, and, knowing well how impatient she is, I looked it up and began reading.

At first, Sveta was in awe with that image of Mexico as seen from the eyes of a lone soldier, wondering along hazy mountain tops. The moment the priest appears in the story, though, Sveta was annoyed. “And this is the priest we ought to admire? This obnoxious man?”

She was bothered by the priest arriving in an indigenous village and believing he had rescued them from “idolatry and barbarism”; that he had re-built the town to his liking, with gardens, ornaments and roofs which made it look like “villages in Savoy and the Pyrenees”; that he had forced them to trade tortillas for bread; and that it all was shown as righteous. “You tell me how Christmas is celebrated in Mexico”, she asked me instead.

I explained customs change depending on the region, the social class, the family; but I did my best to paint the picture she wants. I tell her about the posadas; about the decorated churches’ squares and streets; about the steaming ponche pots, the tamales and buñuelos; about the proverbial piñatas with their paper spikes and their clay bellies full of peanuts and sugar cane and tangerines; about the reenactment of Mary and Joseph’s strife to find asylum, during which both children and adults half-heartedly pray and sing, interested only in the party.

I tell her too about the pastorelas, every single year in every pre-school and primary school; I tell her I was both a devil and an angel, a sheep and a shepherd; I tell her my brother was once a star, when he was maybe one year old, and that he hung from the ceiling for an hour, dressed in a makeshift costume made out of cardboard and foil.

I tell her about the nativity, which in our house was ambitious and surreal, and went far beyond the manger of Bethlehem. There were tiny roof tiles and diminutive hay stacks, and a desert with real sand and an oasis where a crocodile lived. There was a huge river where real water ran and a plastic platypus – whose origin we could never explain – swam. There were dozens of shepherds, some of them true veterans with missing limbs. There was a forest and a jungle for the toy tiger and lion and fox we just couldn’t leave out. And there was a Mexican desert, where a lady sold tortillas and a peasant rode a donkey.

I tell her about the fir tree and its fragrance.

And I tell her about how we kept everything: nativity, tree, lights, for too long – the nativity crumbling, the tree branches almost bare and scratching the floor. It wasn’t out of spite or indolence. My dad refused to let this stuff go. He was happy. And I was too.

Sveta listened to me during all this time with her eyes closed and when I finally finished she merely nodded and smiled.

I wished her a merry Christmas, although for her it wouldn’t be Christmas until a couple weeks later. We hugged and said goodbye.

“Write me a Christmas story!”, she shouted when I was stepping out.

My girlfriend and I went to Tartu to spend the holidays with friends, and when we came back we found the abandoned house, along with two empty lots, enclosed by a fence with a construction firm logo on it. I sneaked in, but the doors and windows were secured. I slipped the pages of my story under the door.

I honestly hope Sveta’s dream comes true and they build here a big shopping mall, with a department store of at least two flores, where the shoe shelves, and the clothes racks, and the perfume bottles, and the jewellery cabinets, multiplied in numberless mirrors, will be enough to fill her eternity.

 

In the meantime, we wait for the first snow.