Refutación de Parménides

El cielo ya era violáceo en sus orillas cuando la voz de mamá lo alcanzó en el patio. Tadeo se despidió de Julián, recogió su balón y atendió al llamado de la cena.

Sentado a la mesa, frente a su plato de sopa caliente, le cayó por fin el cansancio del día. Sintió el peso en piernas y brazos, la sangre cálida en sus mejillas, las últimas gotas de sudor que bajaban sobre una piel ya pegajosa de sudores pasados. ¿La pasaste bien, hijo?, preguntó papá. Tadeo balbuceó sí sin dar tregua al a la sopa.

Terminando de comer, se sintió particularmente cansado. A mí se me hace que te insolaste, dijo mamá. Ve na’más cómo estás de rojo; déjame checarte la temperatura. Papá la tranquilizó. A su edad es normal, Laura, estuvo jugando todo el día.

Se quedó dormido a la mitad de su caricatura preferida y papá lo llevó en brazos a su cama, lo arropó y lo dejó solo con sus sueños.

Tadeo andando en bicicleta, sus manos en los manubrios, a su lado Julián. Una carrerita. El que llegue primero al arroyo gana. Ganó Julián también en el sueño. Hierba alta, croar de ranas, alboroto de grillos, zumbido de mosquitos, carros a lo lejos. El que atrape primero una rana para asustar a Carmelita gana. Llanta abandonada en la orilla, botellas de plástico, espuma de río arriba, la piedra desde donde se echan clavados y el reflejo trizado de la torre de teléfonos. Ahí, cerca de la llanta, una rana. Ganó Tadeo. Pero entonces, mirando la corriente del arroyo de su sueño, Tadeo sintió de pronto vértigo. La corriente se aceleraba.

Lo despertó la costumbre y el aroma a canela y azúcar que anunciaba pan francés. Quiso levantarse con rapidez, mas su mente iba más veloz que su cuerpo. Cuando consiguió enderezarse le vino un mareo. Al ponerse de pie descubrió su espalda y sus rodillas pues le dolían. Bajó las escaleras con torpeza. Le pareció que el suelo estaba más lejos de sus ojos y que sus ojos estaban empañados.

Oye, Roberto, ¿no se te hace que Tadeo se ve algo raro? Preguntó mamá en el desayuno. Papá separó la vista del periódico un instante y lo miró por encima de los lentes. Ah, sí, se me hace que sí. Te dije que se había insolado, dijo mamá poniendo su mano en una frente inusualmente rugosa. Mira qué lento come. Hijo, ¿estás bien? A Tadeo le costaba cortar el pan con esas manos nudosas y agrietadas, y masticar era un problema con la encía pelada.

El día era perfecto, mas Tadeo tuvo que esperar adentro a que llegara el doctor, mirando al sol arrastrarse en arco por la ventana y mirando las cosas de la casa palidecer con la luz del mediodía. ¿Qué tiene, doctor? Preguntó mamá mientras el hombre le ponía la campana fría del estetoscopio en el pecho desnudo lleno de vello blanco. Bueno, señora, la verdad es que nada fuera de lo normal para un hombre de edad avanzada, respondió el doctor. ¿Ocho años es una edad avanzada?, le reviró mamá algo molesta. A partir de ahí salieron a hablar al pasillo y aunque Tadeo se esforzó, no pudo escuchar nada de lo que decían.

Fuera lo que fuera, le prohibieron salir de la casa ese día. Sentado en el sillón de la sala, Tadeo sentía los minutos pasar como gusanos a través del patio. Se le acercó Celestino y se acostó junto a él como siempre que estaba enfermo. A cambio, Tadeo le acarició la cabeza y las orejas y pensó en la mañana en que lo encontró abandonado afuera de la tienda de Doña Estela. Entonces era un cachorro y ahora estaba tan grande.

Aunque intentara no escuchar, desde el comedor le llegaba la voz de mamá hablando por teléfono: Ay, no sé, Ceci, no sé. Escuché que lo mismo le pasó al hijo de Susi. Ajá. Sí, el menor. ¿Cómo ves? Pues ahora mi Tadeo. Ajá. Pues que no sabe, ¿tú crees? Que mucho líquido y que descanse, que mañana lo viene a ver de nuevo. No sé qué hacer. Pues vaya Dios a saber, Ceci, los niños de ahora, tan acelerados. Tadeo se salió de la casa con cuidado, haciéndole la seña de guardar silencio a Celestino.

En la calle se encontró con Julián y Pedrito y Mau y Marcelo y Toño que estaban jugando futbol. Cuando lo vieron, pararon el partido y corrieron hasta él. Tu mamá nos dijo que estabas enfermo, dijo Julián. Sí te ves enfermo, le dijo Marcelo. ¿Ya estás bien?, preguntó Toño. Pues tengo una gripa yo creo, les dijo Tadeo entre toses y los vio a todos muy chaparritos. Vente a jugar, pidió Mau. Yo creo que no puedo, me duelen las rodillas, dijo Tadeo. Pero los veo.

Se sentó con trabajos en la banqueta y se le acercó una niña a la que sólo pudo reconocer cuando estuvo muy cerca y aún así tuvo que apretar los ojos. Hola, Carmelita. ¿Tadeo? Hoy te ves raro. Sí, estoy enfermo, dijo él. Te cuelgan los cachetes, dijo ella y se rieron los dos. Sentado junto a ella, Tadeo pensó en que la había querido desde que se había mudado a esa calle, lo que ahora parecía una eternidad, y pensó en todas las ranas y arañas y lagartijas que había atrapado para asustarla, y se preguntó quién la iba a asustar ahora.

Al terminar el juego ya se hacía tarde y todos se fueron, menos Julián, quien se acercó a la acera donde Tadeo cabeceaba. Lo despertó y le ayudó a levantarse. Juntos se encaminaron al arroyo, pero apenas alcanzaron el camino de terracería que llevaba ahí, a Tadeo se le acabó el aire y tuvo que sentarse en una piedra. Julián se sentó también y le pasó la mano por la espalda, aunque no le alcanzó el otro hombro. Te voy a dar chance hoy, dijo. Vieron a lo lejos, detrás de los mezquites del otro lado del arroyo, cómo el sol se iba ocultando. Tadeo quiso poder recordar cuál fue el primer atardecer que vio, pero no pudo. Quiso calcular cuántos atardeceres había podido ver desde que abrió los ojos y tampoco pudo. Hoy no está tan padre el cielo, dijo Julián. Y tenía razón. Caminaron de regreso y al despedirse Julián le hizo prometer que irían temprano al arroyo el día siguiente.

En la entrada lo esperaba mamá con aire desesperado. Ay, muchacho, cómo me haces renegar, le dijo mientras lo arrastraba por el brazo dentro de la casa. Papá ya había regresado también. Qué ojeras traes, hijo. Hoy mejor te duermes temprano.

Cenó una asquerosa crema de calabaza y después, agotado, con los párpados pesándole como un leño, besó a sus padres en las mejillas, subió laboriosamente las escaleras, entró a su cuarto y se sentó a la orilla de su cama. Miró a su alrededor: sus juguetes, sus carteles, sus libros, sus dibujos, sus fotos. Se recostó y el sueño lo reclamó mientras contemplaba las estrellas fluorescentes en su techo.

Una serie de golpes en su ventana lo despertaron. Eran piedritas. La luz que inundaba su cuarto invadió sus párpados. Ya era tarde y Julián lo esperaba.

Bajó corriendo, saludó a sus papás que lo miraron pasar como un bólido sin escucharlos, agarró su bici y le dijo a Julián, órales, el que gane invita unas papas. Ganó Julián, como siempre pero no importó demasiado. Tadeo se encaramó en la piedra de los clavados y se echó al agua. Hierba alta, croar de ranas, alboroto de grillos, zumbido de mosquitos, carros a lo lejos. Hoy hay que ver si atrapamos una lagartija, mejor. Llanta abandonada en la orilla, botellas de plástico, espuma de río arriba y el reflejo trizado de la torre de teléfonos. Pero todo esto Tadeo lo miraba como a través de un túnel. Se miró las manos arrugadas por el agua, se tocó la cara tersa. Tenía ocho años, pero ya no era un niño.

 


Ilustración de Fabiola García Vargas

Para no ahogarse

“This is my substitute for pistol and ball.
With a philosophical flourish Cato throws himself upon his sword;
I quietly take to the ship.”

Herman Melville, Moby Dick or, The Whale, Chapter 1.

Hoy, penúltimo día de abril, despertamos con una nieve aparatosa y torpe, coágulos de copos dando tumbos en el viento y derritiéndose apenas tocaban el suelo, como si se supiesen fuera de sitio a estas alturas del año y por contrición se desvanecieran. Lo que en inglés llaman sleet y que el español designa sin imaginación: aguanieve.

El sustantivo meteorológico lo aprendí en el capítulo siete de Moby Dick, una mañana hace quince días, un lunes en que el aguanieve también se aglomeraba en el quicio de nuestra ventana. Antes de zarpar en el Pequod, Ishmael se dirige a una última misa dominical y en el camino debe envolverse en un chaquetón de piel de oso para protegerse del mentado sleet.

Incapaz de concentrarme por mucho tiempo en una sola lectura, compulsivamente abro libros, leo primeras páginas, interrumpo de nuevo, repito el ciclo. El tropel de inicios me hace pensar en Scherezada y entonces empiezo Las mil y una noches. Llevo 21.

Luego emprendo otro brinco y cambio de medio: reviso listas de películas y series por ver, y me doy cuenta de que estoy tan atrasado, que ni con el confinamiento me pondré al corriente (¿pero al corriente de qué currícula? ¿Impuesta por quién?). Salto nuevamente. Leo artículos, algunos me gustan, los comparto en Facebook; ya que estoy ahí, me deslizo como un cuerpo inerte por una pendiente: leyendo estados, viendo videos, juzgando memes, riéndome un segundo y resoplando enojado al siguiente, guardando links a más artículos que quizás me interesen (lo averiguaré luego, o tal vez no. La mayoría de las veces nunca los leeré). Y así tengo abiertas cada vez más ventanas en mi cabeza, en mi computadora, en mi agenda; pero cada vez me siento más encerrado.

Como una esponja empapada, no consigo absorber nada. ¿Pero de qué estoy saturado?

La conciencia es como un gas y la ansiedad es una llama. El gas se calienta, sus partículas aumentan su velocidad y en consecuencia aumenta la presión. Las paredes que me contienen están siempre a punto de ceder. El mundo se está llenando de ollas de presión.

En momentos donde una tragedia atañe a muchos, es absurdo y quizás hasta mezquino ponerse a encontrar conexiones significativas entre nuestra mísera historia micro y la terrible historia macro. El barco se hunde, la gente en los cuartos de máquinas se ve forzada a elegir entre el fuego del mecanismo rabioso y el agua que les llega al cuello, la corriente se filtra a borbotones por las grietas y ranuras de los camarotes más baratos, los de las suites ya se alejan en espaciosos y bien equipados botes salvavidas que sin embargo no los salvan de esporádicos ataques de pánico. En la mitad del navío hay un puñado de individuos debatiendo apresurados diagnósticos de la catástrofe y conjeturando las formas futuras de la navegación y en la misma zona otros tantos – entre quienes me cuento – estudian melancólicos la pelusa de su ombligo.

Para deshacerme de todo esto que me desborda sin caer en la famosa literatura del yo, me propongo escribir un cuento. Me pregunto qué se puede imaginar desde el confinamiento que no sea obvio, oportunista, melodramático o falseado. Por pura coincidencia, uno de los muchos muñones de lecturas que he dejado sembrados en mi apartamento es Morirás lejos de José Emilio Pacheco. En él, un hombre sólo identificado como eme observa, entre una rendija en su persiana, a otro hombre identificado llanamente como alguien, quien se sienta siempre en una misma banca de un parque a leer el periódico. Eme, quien por alguna razón está relegado a este cuarto, se entretiene imaginando posibles historias para alguien. Esto a su vez me recordó Rear Window (una de las obras maestras de Alfred Hitchcock, quien por cierto cumple cuarenta años de muerto) en la que un fotógrafo llamado Jeff, obligado a quedarse en casa por una pierna rota, se distrae espiando a sus vecinos a través de su telefoto y empieza a imaginar la trama de un crimen.

Creo encontrar la llave para abrir la ficción de la cuarentena: la paranoia del aislamiento como punto de fuga para la narrativa. Siguiendo este hilo miro por la ventana que está junto a la mesa desde la cual teletrabajo y espero que se me presenten personajes. Las ventanas de los apartamentos vecinos está muy lejos para distinguir algo más que sombras sin género ni edad y el edificio más cercano es una casa abandonada. Una ancianita pasea puntual por la mañana y de nuevo por la noche. Un bulldog francés saca a pasear a su dueña tres veces al día. Cuatro trabajadores de limpieza vienen a despejar el patio de la casa abandonada y luego se sientan a descansar y charlar en el pórtico. Todas estas escenas estúpidamente me conmueven porque sé que toda esta gente, como yo, trata de conjurar una cierta normalidad con estos rituales de otro tiempo, pero no consigo imaginar nada de sus vidas. Una tarde llega una patrulla y dos policías bajan con cubrebocas a inspeccionar algo; no veo qué. Se marchan sin que yo logre condensar una ficción a partir del único drama que la vida recluida me ha servido en bandeja de plata.

Entonces se me ocurre algo. En Morirás lejos y en Rear Window hay hombres encerrados viendo por la ventana, pero se me olvida que ahora las ventanas para observar y ser observado se han multiplicado exponencialmente. A día de hoy, tanto eme como Jeff podrían ser ellos mismos el objeto de especulación de un empleado de Google, Apple o  Facebook. No necesito ir muy lejos para encontrar un ejemplo: yo mismo estoy siendo grabado las ocho horas del día en que trabajo. Pretendo ahora, con la presunción de quien cree haber hallado una veta no explotada, contar las especulaciones paralelas de quienes miran y son mirados en la era de la vigilancia omnisciente. Pero cuando imagino  a mi colega encargado de mirarme sólo veo a otro pez agitado en su tanque y me pregunto qué crisis existencial atraviesa o qué pasatiempo utiliza para evadirla, o qué narcótico le ayuda a adormecerla. Tampoco es que mis anodinos movimientos frente a la cámara ofrezcan materia suficiente para construir pasados y destinos hipotéticos. A lo más, mi celador podrá preguntarse: ¿qué mira por la ventana? ¿Por qué y desde cuándo tendrá caspa? ¿Cómo puede comer tantas galletas? ¿Será eso en su taza de verdad té?

Falto de recursos para ficcionalizar mi desasosiego, recaigo en el espejo y en la necedad de creer que el mundo está ahí como escenario de mi historia; pero por más que me recrimino todos estos verbos en primera persona del singular, el desfile yo mí me conmigo mío mi mis, no puedo evitar leer este año postergado – año que no puede ser, año fantasma, año de la negación – como un capítulo de mi vida: El trabajo que con cada click ahonda el socavón de mi alma, el mito agonizante del artista expatriado en Europa, la protuberancia ósea y los dolores de la mano rota en la primer clase de box que me miran y dicen: No eres Hemingway y París no es una fiesta a la que estés invitado.

La montaña rusa en la que me monté a los siete años cuando por primera vez escribí un cuento y en cuyos rieles ha descansado el único significado consistente de mi vida, de golpe se detuvo. No sé si la vía continúa adelante, si esta caída es parte de la atracción o el descubrimiento letal de que todo el armazón era un simulacro.

No sé siquiera si es una caída porque se siente más bien como una suspensión. Identidad que deja de ser tal, que se dispersa y se distiende; unas veces violentamente, como una granada que estalla y cuyas esquirlas hacen llagas, otras veces sin escándalo, como los restos de un naufragio que la corriente aleja lentamente.

Perro de rescate que hace mucho debió retirarse, olfateo entre escombros esperando encontrar señales de vida. ¿Hay algún sueño vivo por ahí?

De ninguno de estos pensamientos puedo culpar al virus. Si acaso el diminuto agente acelular me ha reinsertado en el mundo, recordándome que esta incertidumbre atroz se cierne sobre todas las esferas humanas de toda la esfera terráquea y no sólo en la esfera imperfecta que llevo sobre los hombros. El futuro entero se vuelve ilegible.

Tras la muerte de Dios y de las instituciones y de los grandes relatos, nos hemos ido quedando sin asideros y quizás la última frontera, el último mito que queda en pie, es el de un destino personal, una historia de vida que protagonizamos y a la luz de la cual interpretamos todo cuanto nos sucede. Ya no rezamos, pero nos abrazamos con la misma fe desesperada a la idea de un guion que nos ampare: esta herida me hará más fuerte, esta crisis me hará crecer, este sufrimiento tendrá sentido luego. ¿Pero cómo seguir creyendo ciegamente en eso cuando ahora recordamos que la obra dependía de un sinfín de otros roles y de un escenario precario? ¿Cómo seguir creyendo que éramos los protagonistas?

Toda esta grandilocuencia oculta la pregunta central, la que me hago desde hace mucho y que regresa en oleadas a atormentarme: ¿para qué escribir?

Cada domingo hablo con mi padre por Skype y me pide que no abandone mis proyectos, me recomienda que escriba sobre la situación actual desde la semiótica, que planee cuentos sobre la pandemia. Pero si eso es precisamente de lo que todo mundo escribe, lo que todos leemos, de lo que todos estamos hartos y que al mismo tiempo no acaba de saciarnos. En este tumulto atronador de palabras, que es sólo el paroxismo de nuestra circunstancia diaria desde que las redes democratizaron los megáfonos y normalizaron la sordera ¿no sería una mayor virtud ofrecer silencio?

¿Escribir para explicar el mundo? Pero si cada día lo entiendo menos. ¿Escribir para distraer, para pasar el rato, para evadirse? Pero si nuestro mundo feliz está rebosante de soma. ¿Escribir para salvar a alguien como me han salvado a mí algunos libros, algunas películas, algunas pinturas, algunas canciones o piezas musicales? Más noble sería referirlos a aquellas obras. Como un Narciso invertido, en cada rincón que busco me encuentro con el reflejo que aborrezco. ¿Es que escribo sólo en busca de reconocimiento, de una palmada en la espalda, de reacciones en Facebook?

Como escribió T.S. Eliot: “No! I am not Prince Hamlet, nor was meant to be”.

Mucho preguntarme para qué y no por qué. Como el hombre que busca ser discípulo de Paracelso en el cuento de Borges, soy indigno de esta alquimia porque la busco por las razones erróneas. “El camino es la Piedra. El punto de partida es la Piedra. Si no entiendes estas palabras, no has empezado aún a entender. Cada paso que darás es la meta.”

Desde hace tiempo salgo todas las noches avergonzado y derrotado de la choza de Paracelso. Y sin embargo…

El mismo día que comencé a leer Las mil y una noches leo en la página 43 de Morirás Lejos: “pues sabe que desde antes de Scherezada las ficciones son un medio de postergar la sentencia de muerte.”

… siempre vuelvo a escribir. A escribir no como quien pretende encender una luz, sino como quien lucha por mantener encendida su vela en medio de las tinieblas. Escribir no como quien pretende erigir un refugio para la tormenta, sino como quien se resguarda bajo un trozo de periódico mojado. Escribir no como quien pretende construir un arca, sino como quien se aferra a un madero después del naufragio.

Tal vez mis garabatos no tengan nada que decirle a nadie. Pero es cierto que todavía todos tenemos ombligo, y que al final el ombligo no es otra cosa que la cicatriz de nuestra primera conexión con la vida.

Mientras tanto sigo aquí, con Ishmael en la capilla, sin decidirme a abordar el Pequod en busca de mi ballena blanca.

 


Ilustración de Rockwell Kent.