Postales de Nueva York (la despedida): Donde nuestro héroe conoció Manhattan en un día

Capítulo primero. Él adoraba Nueva York. La idolatraba de un modo desproporcionado… no, no, mejor así… Él la romantizaba desmesuradamente… eso es… para él, sin importar la época del año, aquella seguía siendo una ciudad en blanco y negro que latía a los acordes de las melodías de George Gershwin… eh, no, volvamos a empezar…

Así inicia Manhattan, la película de Woody Allen. Para mí la mejor de su muy amplia y desigual filmografía, incluso por sobre Annie Hall, pues, a diferencia de ésta última, aquí Allen se permite ser honesto y vulnerable, sin la máscara (siempre genial, pero máscara al fin) de la ironía y el cinismo. Es una carta de amor a la ciudad, la más bella carta de amor que se le ha dedicado en cine a una ciudad que es, hasta la fecha, la más filmada del mundo. En la introducción, Allen y David Lean (el director de fotografía) nos muestran una serie de planos fijos de la ciudad en blanco y negro. Planos que podrían ser fotografías de la revista Life o de Look. Y sobre ellos escuchamos Rapsodia en azul de Gershwin y la voz de Isaac (Allen) titubeando una y otra vez sobre el inicio de una novela que está escribiendo. Duda (naturalmente, ¿quién no busca las mejores palabras al escribir una carta de amor?) y se corrige sin cesar. A veces por ser muy cursi y otras por ser muy pesimista.

¿Por qué te cuento esto, lector? Porque yo ahora dudo, y he dudado por días y días cómo he de contar éste, mi único día en Manhattan. Y es que, en esta jornada en particular, la protagonista fue la ciudad y no las anécdotas. Una ciudad abrumadora, cuyo corazón múltiple late a 300 kilómetros por hora día y noche, compuesta de millones de personas de todos lados. Una especie de urbe mundial donde todo se reúne y se concentra. Una ciudad que imaginamos en el blanco y negro y las notas sucias de jazz callejero del cine noir, o en las tonalidades nostálgicas de las fotos de los 20, o en los relatos amenazantes de las mafias y los policías corruptos y los traficantes y los taxistas paranoicos, o en las historias conmovedoras de artistas y soñadores que lo dejan todo por triunfar o morir en la Gran Manzana. ¿Qué puedo ofrecerte yo, lector, que no te hayan ofrecido ya y de manera mucho más grandiosa?

Las grandes ciudades son, como las grandes obras de la literatura, ellas mismas más todas sus interpretaciones. Es decir, cuando uno lee a Shakespeare, es imposible leerlo como nuevo, se está leyendo a Shakespeare y a todo lo que se ha dicho, juzgado, elogiado y denostado de él. Así con ciudades como Manhattan o París, al conocerlas se tienen en mente las películas, libros y canciones que hablan de ellas o las tienen como escenario. Y, a pesar de ello, las ciudades (y los libros) aún pueden deslumbrarnos como un descubrimiento y es que, cuando son nuestros ojos, nuestro olfato, nuestra piel, nuestro oído; cuando son nuestro corazón y nuestra mente los que son atravesados por la flecha fatal de lo magnífico, ya es nuestra experiencia y la de nadie más. Y, justo como leer un gran libro, al terminar ya somos otros.

El puente de Brooklyn

El martes 27 de junio llegué al departamento de V., después del accidente con el metro, algo tarde. V. me ofreció un café en una taza que decía: I am enough. Me gustó. En este mundo polarizado en el que pareciera que, o tienes baja autoestima o eres pedante, el lema I am enough se me antojó un término medio saludable.

Kristin y yo partimos raudos, pues había que recorrer prácticamente toda la isla, de sur a norte en un día. Nuestra primera parada sería el puente de Brooklyn. Tomamos la línea 6 del metro y bajamos a un costado del City Hall. El día era soleado, pero no hacía mucho calor. Era el día perfecto para pasear. Yo traía mis lentes Ray Ban falsos de 100 pesos puestos y una especie de colita en el cabello y me sabía ridículo, pero me importaba poco. Nos unimos al río de turistas que avanzaban hacia el puente y de pronto me descubrí cantando New York, New New York y me sentí un cliché tan obsceno que me ruboricé.

El puente de Brooklyn, que constantemente aparece asediado por extraterrestres, mutantes, simios inteligentes y cataclismos; en la vida real sólo está asediado por turistas. Un flujo ininterrumpido de turistas que, en una coreografía peligrosa y espontánea, logran no chocar a pesar de que van en dos direcciones, con apenas una línea blanca en el suelo separando las corrientes opuestas, avanzando a muy distintas velocidades y con el reto agregado de que hay quienes van en bici, en patineta o en patines. A la distancia se veían interminables los selfie sticks, sobresaliendo de la multitud como lanzas en un batallón, en la extraña guerra de nuestra era por capturarlo todo.

Podrás pensar después de todo esto, lector, que soy uno de esos viajeros que, ejecutando el arte de escupir para arriba, odia a los turistas. Y la verdad sí. Tengo que admitirlo. ¿Quién que adora viajar no siente una especie de decepción al llegar a los sitios que le fueron prometidos en las postales, sólo para encontrarse con que, no están vacíos y dispuestos para él y sólo él (o ella, lector, o ella, perdona mi lenguaje no incluyente), sino atiborrados de gentuza que arruina nuestras fotos y ser únicos y especiales? ¿Y quién no ha sentido esa leve brisa de superioridad que surca el corazón al encontrarse en un sitio bellísimo que está solo? Incluso es frecuente que preguntemos por “los lugares auténticos”, a donde no van los turistas, como si nosotros fuéramos miembros fundadores de la ciudad y nos ofendiera la presencia de extraños en nuestros íconos… En fin. Sí, sí soy de este tipo de snobs, la verdad, pero en NY nunca me molestó. En parte porque estaba profundamente consciente de que sólo me faltaba una playera de I (corazón) NY para ser más evidentemente turista y en parte porque es una ciudad que requiere de la perpetua ebullición de personas por doquier. Es decir, los turistas ya son parte de la atracción turística.

Cruzamos el puente lentamente de ida y vuelta, fascinados por la forma en que los cables de suspensión y las estructuras de metal recortaban la vista de la ciudad en distintas porciones geométricas. Y después regresamos a tierra y nos dirigimos al distrito financiero, no sin antes encontrarnos con un rapero de calle que nos “regaló” su disco autografiado por 9 dólares.

Wall Street: Donde nuestro héroe probó por vez primera la comida india

Nos encaminamos a Wall Street, lugar donde los edificios empezaron a levantarse cada vez más altos. Llegamos a una pequeña plaza donde había muchos carros de comida, la mayoría de comida asiática: India, tailandesa y china. Yo ya tenía hambre (yo siempre tengo hambre, lector) y decidimos que era hora de parar a comer. Nunca había probado la comida india y Kristin me la recomendó ampliamente así que nos formamos en la fila del carro indio que tenía más éxito. Pedí un arroz extraño con pollo y unas somosas (triángulos de masa frita rellenos de carne y verduras; básicamente gorditas indias). Todo iba bien al pedir, pero luego el cocinero/cajero me preguntó algo y yo no entendí nada, así que instintivamente dije sí. Luego preguntó otra cosa, que tampoco entendí, y dije sí. Y una vez más: . Aparentemente accedí a que bañara mi comida en todas las salsas disponibles, pues terminé con un arroz caldudo y tricolor. Kristin tuvo un problema similar: aceptó salsa “de la que pica” y terminó tan enchilada que tuvo que darme su comida (y yo me sacrifiqué y comí doble, claro).

Seguimos nuestro camino y encontramos el famoso toro de Wall Street y a la ahora famosa niña que lo encara. Dudamos si cruzar la calle para acercarnos a ellos, pero estaban rodeados por decenas de turistas con selfie sticks, casi todos asiáticos. En todo el mundo es así, le dije a Kristin. En todas las estatuas, museos, etc. ves asiáticos tomando fotos frenéticamente. Kristin se rio y el hombre que estaba frente a nosotros volteó con un rostro muy severo: era asiático.

Central Park

Finalmente tomamos el metro de nuevo para subir hasta Central Park y nos bajamos en la calle 59, justo donde comienza el parque.

Central Park es muy probablemente, con más de 37 millones de visitantes al año, el parque más visitado del mundo. Es un oasis en ese océano de rascacielos y así fue pensado desde un inicio pues, entre 1821 y 1855 la población de NY se cuadruplicó y mientras la ciudad crecía con esteroides, los espacios abiertos se volvían cada vez más raquíticos. Los neoyorkinos, desesperados por alejarse de la vida en la ciudad, iban a los cementerios (hablemos de metáforas sobra la decadencia del crecimiento urbano). Para 1853, las autoridades de Nueva York destinaron 2.8 kilómetros cuadrados para ser preservados como bosque. Si te lo estás preguntando, lector, sí, todo eso lo saqué de Wikipedia (y también descubrí ahí que el parque tiene una población de 18 personas, vagabundos, 12 hombres y 6 mujeres).

Kristin y yo entramos al parque, un lugar inmenso, tapizado de una enorme gama de verdes, con árboles muy altos sobre los cuales se alzan todavía los edificios, nunca dispuestos a dejarte olvidar que son los amos y señores de la ciudad. Paseamos con calma, mirando a las ardillas y niños que retozaban, a los corredores y ciclistas, y a los que se acostaban en el pasto a leer.

En el mismo parque, a la altura de la calle 72, nos encontramos con el círculo Imagine, en el suelo. John Lennon vivió sus últimos años en el edificio de departamentos Dakota, situado a esa altura del parque. Lennon solía pasear en la zona del parque más cercana a su casa, la cual, decía, era su preferida. Ahí, Yoko Ono esparció las cenizas de Lennon. Cinco años después de la muerte del ex Beatle, Ono organizó una ceremonia en su honor en ese espacio del parque que fue rebautizado: Strawberry Fields. A la ceremonia asistieron muchos diplomáticos de distintos países y casi todos llevaban regalos: La URSS envió abedules; Canadá, arces; Holanda, narcisos; y la princesa de Mónaco, conejos hembras. Nápoles envió un círculo de mosaico en cuyo centro se leía: Imagine. Este círculo se ha convertido en uno de los íconos del parque y yo estaba emocionado por verlo, pero una vez ahí, a decir verdad, me sentí bastante decepcionado. Me habían dicho que alrededor se reunían personas a cantar canciones de Lennon o de The Beatles, y era cierto, pero sólo me tocó escuchar a dos señores cantando (a destiempo y muy desentonados) Hey Jude, canción escrita y arreglada enteramente por Paul McCartney. El resto de los turistas sólo se formaban a tomarse fotos y luego se iban. Todo aquello no podía ser menos ad hoc a John Lennon. Nos fuimos.

Continuamos paseando por la vera del lago artificial llamado con singular ingenio: The Lake. Cruzamos el Bow Bridge y nos demoramos ahí un rato, mirando los botecitos verdes de remos en donde parejas y amigos remaban, con el bosque de fondo y, encima, el icónico edificio art decó, Eldorado, con sus dos torres. Pasaba ya de las seis de la tarde y la luz caía suavemente sobre el agua, como si estuviese cansada.

Finalmente nos sentamos en una de las bancas alrededor de la fuente de Bethesda y le compramos aguas heladas a un hombre en bicicleta que hacía su agosto (en junio) vendiendo botellas de agua que mantenía frías en bolsas de plástico con hielos.

Nos enfilamos hacia la salida, no sin antes encontrarnos con el reglamentario saxofonista (el cual estaba tocando una rola famosa de los Beegees, irreconocible hasta casi al final, cuando sí le atinó a las notas correctas) y a la también infaltable bandita de jazz.

Dejamos atrás ese rectángulo natural encajado en el corazón de la ciudad por antonomasia y pasamos el umbral para devolvernos al asfalto y a donde nos esperaba la avenida más conocida del mundo (quizás sólo igualada por Champs Elysées y por el López Mateos): La 5ta avenida.

La Quinta Avenida

Manhattan, lector, es una ciudad en la que hay que elegir entre la tortícolis y el vértigo: es decir, o ves hacia arriba estando en la calle, lo cual requiere una torcedura de cuello; o ves hacia abajo desde algún elevado piso de rascacielos, lo cual siempre invita al salto que ponga el punto final a esta novela de sinsentidos que llamamos vida moderna. A mí me tocó solamente el lado de la tortícolis, pero el castigo soportado por el cuello valía la pena.

La 5ta avenida es, hay que decirlo, un carnaval de lo superfluo y también, una especie de alegoría de los males del mundo. En hilera se suceden, una tras otra y sin descanso, las tiendas de diseñador más costosas del orbe, conviviendo con iglesias de distintas denominaciones, como la Catedral de St. Paul. Tan sólo en la tercera cuadra partiendo desde Central Park, Kristin y yo vimos la Trump Tower y, enfrente, la tienda de joyería Cartier que anunciaba en un escaparate un conjunto inspirado, supuestamente, en la obra de Julio Verne. Esa visión me causó una tristeza profunda. La obra de Julio Verne, brutalmente malinterpretada para vender un collar con montones de diamantes, en un mundo donde cientos de millones de personas no tienen para comer y otros tantos millones son analfabetas y no pueden ni gozar de la obra de Verne. Mujeres con narices perfectas y maquillajes de cientos de dólares se pasean con bolsas de decenas de miles de dólares y zapatos de miles de dólares; y hombres con trajes de miles de dólares y cortes de cabello de cientos de dólares miran sus relojes de decenas de miles de dólares; y a los costados de las calles algunos vagabundos piden centavos.

Sin embargo, no todo es este frío contraste del mundo consumista y capitalista, también existe el fenómeno excepcional de la globalización, que en cada cuadra de Manhattan se vive en su máxima expresión. En un recorrido de treinta metros se escuchan montones de idiomas y se ve a hombres con turbantes y mujeres con burkas, a rabinos ortodoxos con su estricto uniforme de traje y sombrero negro, a personas con el tercer ojo hinduista en la frente. A latinos, negros y caucásicos de todas las latitudes posibles. Es como una especie de villa universal, un arca de Noé del nuevo siglo, reuniendo todos los códigos genéticos en espera del siguiente diluvio.

Y, por si no ha quedado claro, por encima, La Ciudad, su majestad, con sus decenas de mega edificios como puntas en una corona interminable. Cada rascacielos más alto que el anterior, más suntuoso que el anterior, más vertiginoso que el anterior… todo llenando los ojos en un ataque incesante de megalomanía.

El incidente en el Rainbow Room

Siguiendo por la 5ta avenida, nos desviamos un poco en dos ocasiones, una para conocer la Biblioteca Pública (una chulada de biblioteca) y otra para visitar Grand Central.

Grand Central es uno de los sitios más poéticos de NY. No sólo por su inestimable carga referencial: fotos, películas, libros… sino también por su magnetismo estético y narrativo: una suma de su belleza arquitectónica con, sobre todo, su carácter de epicentro efímero de destinos. Kristin y yo entramos y subimos las escaleras para contemplar el enorme vestíbulo. Por las altas ventanas entraba la luz en torrentes precisos, cortando la oscuridad como certeras navajas de sol, iluminando las figuras oscuras que se mueven en tropel y en todas direcciones abajo, orbitando el icónico reloj de cuatro caras. Caminos cruzados durante un instante, azarosamente, bajo la bóveda de la central que reproduce las constelaciones.

Estuvimos ahí un rato, sólo mirando (eso debes aprender, lector, a veces sólo hay que detenerse a mirar), y luego decidimos que era hora de ir al Rainbow Room en el edificio Rockefeller.

Verás, lector, al ir a NY, habrá personas (generalmente guías turísticos con ligas oscuras e impías con alguna mafia turística) que te recomendarán pagar un montón de dinero por formarte horas y subirte al Empire State. Otros (igualmente coludidos con el mal) que te dirán que subas al mirador del edificio Rockefeller, algo también muy tardado y costoso. Pero están aquellos que, como uno, viajan con un módico presupuesto, y buscan tu bien. Ellos te recomendarán subir al restaurante llamado Rainbow Room, también en el Rockefeller, pero apenas un nivel debajo del mirador. Por una cantidad de dinero ligeramente menor, podrás ver Manhattan en todo su esplendor y además tomar un trago en una mesa. Yo le había pedido a Kristin que me permitiera invitarle algo en NY como agradecimiento por todo lo que había hecho por mí, así que pensé que invitarle un cóctel ahí sería buena idea. Pero, estando en Grand Central, Kristin (quien posee eso que llamamos erróneamente sentido común), evaluando nuestra vestimenta (precaria, lector, precaria) se preguntó si cumpliríamos con las normas de etiqueta. Llamó a su hermano, Rolf, para consultar con él y Rolf le dijo: Entren ahí con sus tenis baratos y su frente muy en alto y pidan una cerveza. Así que fuimos.

Llegamos al edificio Rockefeller (aquel que en navidad siempre aparece con un enorme árbol y una pista de hielo), entramos y buscamos cómo llegar al Rainbow Room, sin éxito. Le preguntamos a un empleado que, amablemente, nos dijo que siguiéramos los enormes letreros brillantes que decían Rainbow Room y que indicaban el camino.

Al llegar, tuvimos que hacer fila y, mientras esperábamos, Kristin me dijo que dejara mi mochila en el guardarropas. Me acerqué a la joven que atendía ahí y le pregunté si debía dejar mi mochila. Ella me miró de reojo mientras acomodaba un abrigo en una percha y dijo: Ellos apreciarían que la dejaras. (¿Quiénes eran ellos? ¿La familia Rockefeller? ¿Los illuminati? ¿Los reptilianos?). Accedí y estaba por entregarle la maleta cuando por fin reparó en mí y en mi aspecto. Me miró de abajo a arriba: las botas manchadas y viejas, el pantalón de mezclilla de la Línea de Fuego, la playera verde con manchas de sudor y un hoyito cerca del hombro, el rostro deformado por el cansancio, el cabello grasoso apelmasado de sudor y luego sentenció, de la manera más amable posible: Creo que no lo dejarán entrar sin camisa de cuello doblado, señor. Recordé un capítulo de Los Simpson en que Homero encuentra un restaurante francés muy elegante y, al acercarse, el jefe de meseros le dice: Por favor aléjese de aquí sin hacer mucho escándalo.

Salimos de ahí, derrotados una vez más por mi falta de estilo, y continuamos nuestro camino hacia Times Square.

Times Square

Antes de llegar a Times Square pasamos por una tienda (de entre cientos) de souvenirs baratos y de mal gusto, atendida por indios (alguna curiosa mega red ultrapoderosa de indios y chinos expatriados debe existir, lector, la cual controla todas las tiendas de baratijas y recuerditos horribles alrededor del mundo). Fue difícil elegir entre tantos calzones y tangas, cojines felpudos, monigotes cabezones y esferas de nieve con temáticas de la gran manzan; pero finalmente me decidí por un oso de peluche disfrazado de la Estatua de la Libertad, un imán para el refri y una corbata turbo espantosa para mi hermano. Kristin llevó dos corbatas de la misma cepa para su esposo y para uno de sus hijos.

La corbata que le compré a mi hermano

Salimos hacia Times Square, otro sitio reclamado por turistas, que, a pesar de ser cliché, es espectacular. Ya estaba anocheciendo y parecía mediodía debajo del fulgor de las decenas de megapantallas que asaltan a la vista como vendedores infatigables de un millón de lúmenes, promocionando series, películas, obras de teatro, celulares, internet de paga, maquillaje y un largo etcétera. En ese momento pensé, a pesar de estar fascinado, que en verdad el mundo está loco y que, quizás, Manhattan es la isla donde silenciosamente se acordó instalar el manicomio global.

La cena más costosa y a la vez más barata

Una vez que desperté del trance lumínico de Times Square, Kristin y yo emprendimos el largo regreso al departamento de V., pasando por el famoso edificio Flatiron (el edificio planito), y por parques y calles que desconozco, pero que también merecerían el estrellato.

El sol, al fin, se rendía ante el peso del cielo y lentamente se acercaba al horizonte, pintando las calles de oro y cobre, reflejando su fulgor último en las miles de ventanas de Nueva York.

Ya que el Rainbow Room había sido un fracaso, yo aún le debía a Kristin una cena, de forma que poco antes de llegar con V. y habiendo encontrado un restaurante apetecible, le dije que me dejara invitarla a cenar ahí. Yo, ilusamente, pensé que estando lejos del centro de Manhattan, el precio sería accesible, no obstante, una vez que entramos, me di cuenta de mi error.

Luz de velas iluminaba el interior enteramente revestido de roble (o alguna madera cara, pues). Los meseros estaban todos vestidos de elegantes pingüinos y en su rostro se adivinaba que recibían propinas superiores a mi quincena. Una amable señora nos dirigió a nuestra mesa y yo me sentí agradecido simplemente de que no me corrieran de nuevo. En la mesa a un lado de nosotros, un grupo de amigas cuyos abrigos probablemente costaban más que mi casa, cuchicheaban los chismes de la semana, mientras yo me infartaba viendo el precio de los platillos.

Kristin, con su candidez habitual, me dijo: Creo que podríamos pedir una entrada para compartir, porque todos los platos son muy caros. Sentí una punzada de vergüenza. Todo ese viaje había sido posible gracias a ella, y ahora estaba preocupada por el costo de lo único que yo iba a invitarle. Hice de cartera corazón y le dije que pidiera lo que quisiera.

Así lo hicimos. Ella pidió una pasta (no recuerdo de qué tipo) y yo unos ravioles. Cuando la mesera se disponía a contarnos los vinos que iban mejor con esas pastas, la interrumpimos y pedimos cerveza, como queriendo decir: Amiga, ¿no ves nuestro atuendo? Con suerte y vamos a poder pagar.

La cena estuvo deliciosa, aunque algo pequeña para mi siempre ambicioso estómago, así que me llené de los panecitos con mantequilla que nos trajeron para acompañar. Mientras cenábamos, Kristin y yo hablamos de la ciudad, del paseo, del viaje en general (pues sabíamos que estábamos en el umbral del fin) y yo, silenciosamente, me puse a pensar en la suerte que tengo por haber conocido a esa mujer que tiene la bondad de Cristo, Buda y Santa Clos juntos. Una mujer que podría ella sola llenar una lista de BuzzFeed de los 25 gestos más generosos del mundo. La conocí hace cinco años y medio y, aunque tan sólo nos hemos visto en persona cuatro veces, aunque no es mi familia, me ha ayudado como nadie. Y cuando le pregunté una vez por qué hacía todo eso por mí, me respondió que así era la vida, que a veces estábamos en el lugar y momento correctos para ayudar a otros y que luego me llegaría ese momento a mí. Cuando le dije que qué podría hacer para pagarle, me pidió que ganara el premio Nobel de literatura y que la incluyera en mi discurso de aceptación, pero que fuera pronto para que tuviera aún edad para viajar a Estocolmo y asistir a la premiación.

Hay una canción de Ben Howard llamada Waiting on an Angel, donde dice: “So be kind to a stranger, cuz’ you never know, it might just be an angel knocking at your door”. Hace cinco años y medio, en una fila para una conferencia en San Miguel, una mujer me preguntó cuáles eran mis novelas latinoamericanas favoritas. Era una completa extraña, pero no sólo le contesté, sino que quise acompañarla y guiarla por la ciudad en los días siguientes. Resultó ser un ángel.

La cena costó 76 dólares y fue la cena más cara de mi vida, pero si me preguntas, lector, si hubiera costado 760 habría sido una ganga, pues cómo agradecer tanta bondad, cómo poner un valor a ese inmenso deseo de ayudar.

Washington Park y el final

Al salir del restaurante nos dirigimos a Washington Park. Ahí, Kristin llamó a su familia y yo di una vuelta por el parque. Ya eran cerca de las diez de la noche.

Hubo un breve y extraño episodio en que, un hombre pequeñito y una mujer robusta (por no decir gorda, pero sí era gorda) se enfrascaron en una ruidosa pelea que mantuvo a todos los presentes en el parque en vilo. La mujer le gritaba (el hombre estaba muy lejos de ella): You’re a pussy! y el hombre sólo hacía gestos con los brazos. Luego, la mujer empezó a hacer la finta de que arremetía contra él y el hombrecito, al ver eso, saltaba hacia atrás apabullado (no era para menos, la mujer al menos duplicaba su tamaño). Siguieron así un rato hasta que la mujer se hartó y comenzó a corretearlo, en algo tan ridículo como una especie de Tom y Jerry de maniáticos citadinos. Finalmente fue claro que la mujer era la mandamás, pues el hombrecillo sólo huía de ella, y entonces la extraña señora comenzó a acercarse a la gente y a gritar: Yes, he is the little pussy of the park. Luego, ambos, de nuevo como curiosos personajes en una novela de Roberto Bolaño, desaparecieron en la noche.

Me senté a la orilla de la fuente central de Washington Park y pensé que había tenido la experiencia completa en NY: había estado en un apartamento suntuoso en NoHo y también en un cuarto en Brooklyn, me había perdido en el metro, había paseado por Central Park y por la 5ta avenida, había visitado el Puente de Brooklyn y Times Square, había comido en un restaurante carísimo y también en un puestito callejero. Y, ahora, justo al final, había presenciado la pelea de dos psicópatas neoyorkinos en un parque.

Sentado ahí, pensé en todo. En ese viaje fantástico que no esperaba. En esa ciudad mítica que siempre soñé y que ahora había conocido y que parecía un sueño más profundo y más inalcanzable.

Y vuelvo a preguntarte, lector. ¿Cómo contarte todo esto? ¿Cómo describirte la ciudad? Pero, sobre todo, ¿Cómo describirte mi paisaje interior? Una cosa es nombrar a la rosa, pero otra enteramente es sentir su aroma. ¿Si te describo las calles, el océano de rostros diversos, la cascada inacabable de voces, la orquesta del caos, el aroma a asfalto, el pulmón de Central Park…? ¿Si te cuento de las ratas que merodean los rieles del metro, de los vagabundos que leen el braille del asfalto, del color del césped bajo la luz de junio, de los cristales de agua en el lago, de la luz rota y quemante del ocaso en los cristales de los edificios…? ¿Si te cuento Nueva York, cómo puedo presentar ante ti mi alegría? ¿Cómo puedo hacerte sentir esa felicidad, lector? No puedo y esa es mi derrota final. Pero fui feliz. Ese día fui tan feliz.

Borges decía: “A mí me ha sucedido a veces caminar por una calle, doblar en una esquina y sentirme misteriosamente feliz; y no me he preguntado por qué, pues sé que si pregunto, encuentro demasiadas razones para ser el hombre más desdichado del mundo; de suerte que no me conviene hacer esas inquisiciones. Uno debe aceptar esas rachas de misteriosa felicidad y agradecerlas, de igual modo que uno debe aceptar siempre la dicha, la amistad, el amor, aunque sea indigno de ellos”.

Soy indigno, lector, de esa felicidad. Quizás por eso no sé contarla. Pero imagina que me acompañas. Imagina que por última vez en este viaje me acompañas, que te sientas a mi lado en la fuente y miras, por debajo del arco en honor a Washington, en la noche clara de Manhattan, el Empire State. Y que eso, lector, eso es la felicidad que quise compartirte. E imagina, como Isaac en la película de Woody Allen con la que comenzamos, que por hoy ésta fue nuestra ciudad y que siempre lo será.

Postales de Nueva York (IV): Donde se narran las peripecias de nuestro héroe en el metro

Al viajar, una parte crucial de la experiencia es el transporte público. Una vez que uno conquista el transporte público, siente que ha conquistado la ciudad. Se adquiere casi una certificación de ciudadanía honoris causa, al menos en la propia mente. Y, cuando se trata de un metro icónico, uno casi quisiera plantar la bandera con el escudo de su apellido en una de las estaciones y reclamar la red subterránea entera para gloria de su casa. No obstante, mi relación con el metro de NY fue, casi en todo momento, accidentada.

M1: Donde nuestro héroe medita (demasiado) y se convierte en un globo de helio

Tomé el metro de NY por primera vez la misma noche de la lectura de poesía, de la pizza y vino en casa de V., de la estrafalaria poeta del fuego interno y de The Strand. Kristin y Rolf se quedarían con V., pero yo me hospedaría con Mariana, una vieja amiga de la infancia quien ahora vive en Brooklyn. Rolf me indicó cuál era la línea que tenía que tomar, me dio su MetroCard y él y Kristin me acompañaron a la estación indicada.

Era tarde, pasadas las once de la noche cuando nos despedimos y bajé a la plataforma. Las pocas personas que estaban ahí, en ese angosto pasillo de espera, tenían el rostro apagado y la mirada perdida. Era la hora de los solitarios. Todos parecían pequeñas islas a la deriva, con audífonos para completar su aislamiento. Yo era uno de ellos, un islote más de ese archipiélago nocturno en las entrañas de Nueva York. Mientras la línea M llegaba y entrábamos al vagón vacío, con su luz blanquecina, recordé un poema de Ezra Pound, titulado: In a Station of the Metro:

The apparition of these faces in the crowd;

Petals on a wet, black bough.

Yo era un pétalo más.

Aunque esto suene triste, yo estaba contento. La soledad que vivo en los viajes nunca es triste, acaso melancólica a ratos, pero nunca desasosegante. Me siento (y perdona el atrevimiento, lector) como un escritor. Es sabido que los escritores son esencialmente solitarios. Es necesario, al menos a veces, para poder contemplar la vida y observar sus pliegues. Marguerite Duras decía que los escritores eran las personas más aburridas del mundo y por eso tenían que llenar sus vidas contando las vidas de otros. Tal vez Duras tenía razón, pues en ese momento, sentado en el metro en movimiento, todo lo que podía hacer era mirar a los otros. Algunos escribiendo en sus celulares, otros leyendo libros, otros más, los más interesantes, absortos, con la mirada anclada en la nada, totalmente volcados hacia su interior; y yo, mirándolos de soslayo, trataba de adivinar qué dolor guardaban, qué culpa regresaba a ellos, qué callada pasión les reclamaba ser liberada.

Regresando al poema de Pound, pensé en la novela Los ingrávidos, de Valeria Luiselli (una novela bellísima que te recomiendo, lector, toma nota), donde el poema de Pound aparece citado. La novela es como su nombre: ingrávida. Compuesta de brevísimos capítulos, compuestos a su vez de brevísimos párrafos con brevísimas frases (como el poema de Pound); al empezar a leerla uno teme dejarla, pues quizás comenzaría a flotar (temor respaldado por el hecho de que la mía desapareció). Los personajes en ella tampoco están sujetos a la gravedad de la vida. Sin lazos afectivos valiosos, sin un sentido de pertenencia. Viven vidas etéreas, temiendo a cada instante convertirse en fantasmas. En el libro, el subterráneo es otro protagonista. Esa noche comprendí mejor la novela. Ésta era la hora de los ingrávidos. La hora que (creo que todos vivimos de vez en cuando) en que nos diluimos como un cubito de azúcar en el agua, en que somos puro pensamiento disperso. Y quizás sólo el techo del metro y arriba el asfalto de la ciudad, nos evitaba despegarnos del suelo y desaparecer como globos de helio en la noche.

Al llegar a la estación Myrtle Wyckoff, bajé, salí a la calle casi desierta y comencé a seguir mi puntito azul en el mapa de Google Maps hacia el pin rojo (estrella del norte de nuestra era) que señalaba la casa de Mariana, mi destino.

Mariana me recibió, me ofreció agua y nos pusimos a platicar un buen rato sobre los rumbos que habían tomado nuestras vidas desde la última vez que convivimos (habrían pasado más de diez años, muy probablemente). En la pared, sobre el sofá-cama donde dormiría yo, había un pequeño librero. Como suelo hacer, revisé los títulos y nos pusimos a hablar de libros. En algún momento, mientras enumeraba los libros que había leído recientemente, Mariana mencionó Los ingrávidos, diciendo que le había encantado. Me llamó la atención la coincidencia y también me llamó la atención que el libro estuviera ausente en su librero. No sé dónde esté ahora. Dijo. Me comentó que a ella se lo había prestado Guillermo, su padrastro, y ella a su vez lo había prestado. Hace unos años yo le presté esa novela precisamente a Guillermo. Un posible rompecabezas se armó en mi cabeza e imaginé que quizás en el cambio de manos, alguien habría soltado la novela y ésta, libre al fin, había cumplido su destino y había huido flotando.

M2: Donde comienzan los accidentes y donde un anuncio de Corona me enseñó el camino a casa

El día siguiente desperté temprano. Era martes y el miércoles volvía a México, así que tenía sólo ese día para tratar de recorrer todos los puntos que más quería ver de NY. Había quedado de encontrarme con Kristin y Rolf a las 9 en el departamento de V. y eran las siete, de manera que estaba sobrado de tiempo.

Llegué a la estación Myrtle Wyckoff sin consultar Google Maps y me sentía ya un veterano neoyorkino. No obstante, al llegar a la máquina por donde hay que pasar el MetroCard, la suerte me abandonó. Pasé la tarjeta por el lector y no la reconoció. Rolf me había advertido que la cinta magnética no funcionaba bien, pero que bastaba con volverla a pasar unas cuantas veces. Lo volví a intentar: nada. Otra vez: nada. Lo intenté unas 20 veces y la respuesta de la micro pantalla siempre fue: Try again, lo cual me estaba recordando a todas las cintas de papitas que he comprado en mi vida en las que nunca gané ni un descuento en otras papitas. Debía comprar una MetroCard nueva y tenía dos opciones: una máquina expendedora de tarjetas o una mujer que atendía en un diminuto cubículo. La mujer tenía cara de que odiaba su trabajo, pero decidí que prefería enfrentarme a otro de mi especie y no a la opción tecnológica, la cual nunca ha sido particularmente amigable conmigo.

Pedí que me diera una tarjeta con cinco viajes y me cobró 13 dólares. Por fin pasé.

En la plataforma (Fuera de Manhattan el metro deja de ser subterráneo y sigue su camino elevado sobre los techos) podía ver las calles de Brooklyn a mi alrededor. La mañana era fresca y un cielo encapotado nos cubría. En ese momento escuchaba Where the Streets Have No Name y sentía que la vida corría por mis venas.

La línea M llegó rápidamente y yo, que ya había descargado por recomendación de Mariana, la aplicación del metro de NY, estaba monitoreando cuántas paradas me faltaban para llegar a Broadway-Lafayette.

En algún punto del camino, ya en Manhattan, el metro se detuvo mucho tiempo en una estación. Hubo un anuncio por los altavoces. Yo tenía mis audífonos puestos, así que escuché sólo un murmullo, pero como vi que casi todos permanecían en sus asientos, no hice nada. Después de un rato, pensé que quizás algo estaba mal. Me quité los audífonos y me puse atento, como un cervatillo cuando escucha que una rama se quiebra. Nada. La gente se miraba con desconcierto, pero no se movían. Esperé y volví a escuchar The Joshua Tree. Pasaron unos quince minutos y volvió a escucharse la voz en los altavoces, pero para cuando me quité los audífonos era muy tarde. La gente comenzó a salir, pero otros permanecían sentados. Me acerqué a una pareja muy blanca y les pregunté qué pasaba. Me respondieron con acento polaco (la neta no sé si era polaco, pero me veo mejor si parece que reconozco al instante todos los acentos): No speak English. Me volví a sentar y la mujer a mi lado, como si me leyera el pensamiento, dijo en voz alta: Parece que otro metro se descarriló. Ya no va avanzar. ¿Por qué se mantenía sentada si conocía esta información? No lo sé. El caso es que salí al fin, como cuatro paradas antes de la mía.

Subí al nivel de calle y sentí algo de vértigo al salir y ver hacia arriba un montón de edificios altísimos. Me ubiqué en Google Maps y busqué la estación de metro a la que iba, esperando ahí recordar para dónde caminar (no sabía la dirección de V.).

Empecé a caminar muy rápidamente, pues se me estaba haciendo tarde y no tenía manera de avisar a Kristin lo que había ocurrido. En el camino me encontré con un graffiti que decía: Even Jesus Drank. Pensé que era muy cierto y se me antojó una cerveza. (Jesús tomaba vino, pero es que la cerveza no era popular entonces, si lo hubiera sido, habría convertido los cántaros en cerveza artesanal).

Tras una media hora de caminata, llegué a la estación Broadway-Lafayette, pero no tenía idea de hacia dónde ir desde ahí. Estaba perdido. Comencé a desesperarme cuando, de golpe, un anuncio gigante que presentaba una cerveza Corona encallada en la arena blanca de Cancún, anuncio que yo recordaba haber visto el día anterior por la ventana de V. y que en ese instante se me presentaba como la estrella de Belén. “Even Jesus Drank”, me dije a mí mismo y supe que el señor me había enviado una señal.

En efecto, seguí esa señal y llegué al departamento de V., donde me esperaban un café caliente y Kristin, dispuesta a recorrer Manhattan en un día.

M3: Donde nuestro héroe se perdió en el metro a altas horas de la noche

Al terminar la jornada (que será el tema de nuestra siguiente y última aventura, lector), Kristin y yo volvimos al departamento de V. a tomar a agua y reponernos después de caminar por toda la isla. Después, Kristin me acompañó a la estación de metro, nos despedimos, y seguí un camino que, para entonces, yo creía familiar y seguro. Pero yo no sospechaba, lector, que es justo cuando estás más tranquilo que el destino decide precipitar su ataque, como buen depredador.

Bajé a la estación conocida y esperé a la línea M. Esperé durante unos 15 minutos y entonces escuché el silbido lejano del tren acercándose, pero era el F. Esperé de nuevo. Pasaron otros 15 minutos. Volvió a pasar un F. Empecé a inquietarme, pero no había nadie a quién pedirle orientación. Tuve que esperar otros quince minutos: Otro F. Ya faltaba un cuarto para la 1 de la mañana. Entonces bajó un joven que parecía latino y un oficial con el uniforme del metro. Por una vergüenza absurda no quise preguntar de inmediato y deseé que el siguiente metro fuera el M. No, de nuevo era el F. Me acerqué al oficial y le pregunté si el M pasaba después de medianoche. No, respondió llanamente con cara de lástima. Seguro no era yo el primer incauto que se había encontrado en esa lastimera situación. ¿Qué línea puedo tomar?, pregunté esperanzado. No sé, lo siento, dijo él y volteó hacia todos lados, como esperando que apareciera un santo guía de los infortunados en el metro nocturno. Tendrías que preguntarle a alguien más. Lo dijo con genuina compasión, así que no resentí su ridículamente obvia instrucción.

Me puse a revisar la aplicación del Metro que había descargado, tratando de encontrar otras opciones. No había ninguna sencilla, además, no tenía idea de qué metros sí tenían líneas nocturnas. El pánico empezó a apoderarse de mí. ¿Tendría que dormir ahí, en la plataforma? Otra opción era desperdiciar mi dinero de la MetroCard y regresar al departamento de V., asustar a todos a la 1 de la mañana y avisar a Mariana que no llegaría. Tampoco me parecía buena opción. Afortunadamente, el joven de apariencia latina que había bajado junto con el oficial se acercó a mí y me dijo: Yo también estaba esperando el M. Ahora tenemos que esperar el F. Bajar en dos estaciones y tomar el J. Le agradecí y revisé de nuevo el mapa. La estación donde me dejaría el J estaba mucho más lejos de donde vivía Mariana que la Myrtle Wyckoff. No había mucho problema mientras pudiera orientarme, pero a mi celular le quedaba un 3% de batería.

Subí al metro F, finalmente, alrededor de la 1:30 de la mañana. Logré mantenerme despierto y bajé en la estación indicada. Abrí mi celular, que estaba ya muriendo en un 2% y memoricé el camino. El recorrido me tomó unos 20 minutos y al estar cerca tuve que orientarme con retazos de memoria de mi día anterior, sólo que ahora llegaba por el lado contrario. Quise consultar mi celular, pero había muerto. Afortunadamente recordé el número y encontré la casa. Entré, tratando de no hacer ruido, y me acosté sin cambiarme. Eran las 2, pero lo había logrado.

M4: Donde nuestro héroe debió correr por su futuro

El miércoles, mi último día en NY, tenía una cita a las 9 en el consulado de Estonia, en la intersección de la calle 47 con la avenida 2. ¿Por qué tenía esa cita? Lector, sé que no es la mejor manera de dar una noticia, pero el próximo 17 de agosto me iré a la Universidad de Tartu, Estonia, a estudiar una maestría en Semiótica. No me mires así. No sabía cómo decírtelo. ¿Podemos continuar?

El caso es que yo debía levantarme a las 6 de la mañana para bañarme (piensa que me dormí a las 2) y tenía que llegar al departamento de V. por mis cosas, imprimir un documento que me faltaba, y de ahí salir en metro hacia el consulado.

Todo salió bien. Llegué a casa de V. a las 7:30, reorganicé mis maletas, imprimí lo que necesitaba y tomé un café. Kristin se ofreció a acompañarme y salimos a las 8. Usé algo del dinero de mi MetroCard para que Kristin pasara y cuando intenté pasar, me faltaban 25 centavos para completar mi entrada. Tuve que recargar mi tarjeta y eso nos impidió tomar el metro. Nos retrasamos unos 15 minutos. “No hay problema”, pensé. Nos subimos al F, que, según mi aplicación, era la línea más directa. Cuando ya estábamos dentro y después de una parada, vi el tablero sobre la puerta y me di cuenta de un error catastrófico: Estamos en la dirección contraria, le dije a Kristin. Nos bajamos en la siguiente parada, la última antes de salir de Manhattan. Ahora eran cerca de las 8:30 y estábamos dos paradas más lejos. Corrimos para cambiarnos a la línea F que sí iba hacia el centro de Manhattan, pero cuando intentamos subir, estaba atestado y no logramos entrar. El metro se fue sin nosotros. Kristin envió un correo desde su celular al consulado estonio, de mi parte, para avisar que iba tarde. Subimos al siguiente metro, pero ya faltaban sólo 15 minutos para la cita y el metro en que estábamos nos dejaría sobre la calle 47, pero en la avenida 6, así que tendría que correr 4 cuadras (cuadras inmensas, lector, inmensas, no has corrido cuadras así).

Una estación antes de llegar le pregunté a Kristin: ¿Sabes llegar? Me dijo que sí. Muy bien… (pausa dramática). Porque yo correré.

Y justamente eso hice. En cuanto las puertas se abrieron corrí. Subí las escaleras a doble escalón. Salí a la calle, bullendo de personas caminando en todas direcciones, con los gigantescos rascacielos recortando la luz del sol. Y corrí. Con mis pulmones de fumador y mi figura de cojín, corrí. Corrí como si no hubiera un mañana. Traté de canalizar a mi Jason Bourne interno y corrí empujando gente, atravesándome en conversaciones, ignorando altos y aun así llegué 15 minutos tarde, pero además sudado y escupiendo mis bronquios. Me dejaron subir al sexto piso, el piso del consulado, y entré. Delante de mí estaba una joven japonesa (eso creo), muy arreglada. Dije que tenía cita y me pidieron que pasara. Al pasar me pidieron el formato y recordé que no lo había llenado. Expliqué todavía con la respiración entrecortada y la amable señorita estonia me pidió que saliera a llenarlo (con cara de: qué asquito, joven, por favor acicálese). Pasaron a la japonesa que sí iba a la altura de las circunstancias y, sólo entonces, me di cuenta de que ese consulado estaba más solo que mis fiestas de cumpleaños en primaria. Y claro… ¿Quién hace fila para sacar un permiso de residencia de Estonia?

Finalmente pasé. Presenté mis papeles, respondí preguntas y me dijeron que si necesitaban más información me la pedirían por correo electrónico; pero que, si todo salía bien, podía recoger mi permiso en Estonia, al llegar. Serían 90 dólares, me dijo. Yo tenía 23 dólares. Esto desató otro problema que, en una película, sería como una secuencia de Charlie Chaplin: Jorge bajando el elevador, corriendo de nuevo en busca de un cajero. El cajero no sirve. Corre en busca de otro. Regresa con 100 dólares. Sube el elevador. La señorita le dice que no tiene cambio. Jorge baja, corre en busca de dónde cambiarlo, compra dos muffins, sube el elevador, entrega los 90 exactos. Baja. Kristin le escribe que acaba de llegar y que está subiendo. Jorge sube de nuevo. Kristin y él se encuentran.

En fin, mi querido lector. Así, de esta forma semi cómica y extraordinariamente anticlimática, mi viaje terminó. Volvimos a tomar el metro hacia casa de V. Hice mi maleta. Tomé un camión hacia el aeropuerto. Fin.

Pero afortunadamente el arte de la narración nos permite tergiversar la cronología y rebelarnos contra su imperio de sombras. He guardado lo mejor para el final.

Te pido que me acompañes en una última entrega y luego, quizás, me dejes ascender, ingrávido, como un globo de helio, hacia el cielo y hacia otras aventuras.

The Strand: Que trata de la visita (demasiado breve) a un paraíso de libros

In books, you’ll find what you are looking for.
In books is that which makes existence more.
Our hopes in life are often in an old book store.

Eli Siegl – Hymn to Fourth Avenue

Kristin y yo salimos del apartamento de V. y caminamos por Broadway (una avenida que cruza todo Manhattan, aunque es famosa sólo por la cuadra de los teatros) hacia la calle 12, donde está The Strand, una mítica librería, la única superviviente de lo que alguna vez fue un pequeño paraíso libresco: 4th Avenue. Una cuadra ocupada enteramente por libreros de segunda mano.

The Strand es, además, un ejemplo como ningún otro en el mundo de las librerías de negocio familiar. Fue fundada en 1927 por Benjamin Bass, quien la heredó a su hijo Fred Bass y éste a su hija Nancy, quien por último pasó la antorcha en 2006 a sus hijos William Peter y Ava Rose Wyden. Una librería que justo este año cumple 90 años y sigue tan vibrante como siempre, con empedernidos bibliófilos entrando y saliendo (muchas veces saliendo después de horas y horas pasadas recorriendo las 18 millas de libros que hospeda) a todas horas.

Ahí llegamos Kristin y yo, justo cuando el sol había cedido al peso de la noche, que en verano llega tarde a Nueva York. Entramos y me sentí abrumado, pero también, poseso de pronto por una alegría íntima y deliciosa. Como volver a casa después de un día lluvioso y frío y beber un chocolate caliente. Como quitarse los zapatos después de una larga caminata.

¿Qué hay con las librerías que es tan dulce? Grandes bibliófilos, lectores y literatos se han reunido en ellas a lo largo del tiempo, como las familias a la mesa, como los primeros humanos alrededor del fuego. Quien escribe de librerías, habla de ellas como de hogares.

Rastrear las emociones, nombrarlas, es una labor muy ardua. Muchas veces terminamos tan solo emprendiendo paseos, nunca precisos, alrededor de ellas. Y quizás es lo mejor. El amor se ha definido mejor en las peripecias verbales de la poesía que en el clínico párrafo del diccionario. En mi caso, mi amor por las librerías, como todo en esta vida, tiene que ver con la niñez. Mis padres fueron ambos profesores universitarios, así que crecí rodeado de libros: libros en los estantes, en las mesas, sobre el refrigerador y sobre el microondas. Además, mi mamá solía dar talleres en una biblioteca, y muchas tardes las pasé ahí, entre las estanterías. Como quien percibe un aroma que le transporta a un recuerdo atesorado, así yo siento los libros como amigos que han estado conmigo siempre.

Y, sin embargo, no siento la misma alegría en una biblioteca que la que siento en una librería. Parece absurdo, las bibliotecas son esencialmente buenas, incluso cuando son malas. En ellas la lectura se regala. Uno pide libros y los devuelve. No hay dinero de por medio y, por ende, no hay otra motivación que la lectura en sí. Las librerías en cambio son negocios. Si no venden, quiebran y se acaba el encanto. Tal vez es porque, en las bibliotecas, siento una especie de opresión burocrática, muy necesaria, claro, pero burocrática al fin. Y, tampoco puedo negarlo, hay una especie de placer egoísta en saber que los libros en una librería están disponibles para ser nuestros y sólo nuestros. No habrá dolorosas despedidas, si el libro sale con nosotros, se quedará con nosotros.

Además, librerías como The Strand “esa catedral de libros de segunda mano donde es posible encontrarlo todo, o encargarlo todo” como la describió una vez José Donoso, convocan a una colección muy especial de personas. Una comunidad que va desde el lector ocasional, hasta el cazador de rarezas más experimentado, y dentro de ese abanico, uno se halla siempre en familia: todos extraños, todos seres afines unidos por el amor irresoluble a los mundos impresos.

Los lectores entran y el tiempo se ralentiza. Las horas transcurren suavemente y, en lugar de cortar como navajas que recuerdan que el tiempo se va y no vuelve, nos acarician. Incluso en una ciudad como la Gran Manzana, famosa por sus habitantes veloces que no se detienen por nada, existen las librerías para recordar que hay cosas en la vida que precisan la lentitud y la contemplación. ¿Qué bibliófilo no conoce y ansía ese placer de internarse en el laberinto de estantes, de demorar la mirada en los títulos y nombres, de pasear el dedo índice por los lomos, de perderse voluntariamente en el bosque de palabras?

Aquí el momento en que me di cuenta de que alguien usó el título que quería ponerle a mi autobiografía. Nótese que lo tomé con gracia. No dejen de admirar mi cabello.

Kristin y yo, ambos amantes de los libros, nos propusimos justamente perdernos en ese bosque y reencontrarnos luego, cuando nuestras azarosas búsquedas nos reunieran en alguna sección. Yo me entretuve viéndolo todo y nada. Luego encontré la sección de cine y me sentí tentado a llevarme varios libros. Después entré al océano de la sección llamada llanamente “Ficción”. Empecé a sentir que un oscuro sentimiento invadía mi felicidad: la súbita angustia (siempre acechando en las librerías) de que no tengo ni el dinero, ni el espacio para llevarme todo lo que quería y tampoco el tiempo para leerlo. Una voz en mi cabeza (la voz de Fabiola, mi novia), me decía cosas como: Deja eso. Ya tienes muchos libros sin leer. No te compres ése, está muy caro. ¿En serio lo vas a leer? Deja ahí… ¡Oh, qué dejes ahí! Y aunque hice lo mejor que pude para escucharla y refrenarme, terminé eligiendo 8 libros. Eran tantos que tuve que recargarlos en una mesa mientras seguía buscando. De pronto vi que una mujer se acercaba peligrosamente a mi conjunto de libros y comenzaba a hojearlos. La vi con horror, pensando: ¡Quita tus sucias garras de Mis libros, arpía! y esperando que recibiera el mensaje telepáticamente. Afortunadamente se fue, seguramente ahuyentada por la ecléctica selección.

Estaba yo pensando si mi ropa realmente era necesaria, o si podría abandonarla ahí para poderme llevar todos esos libros, cuando Kristin me encontró y me dijo que me quería regalar una antología de ensayos de David Foster Wallace y una antología de poemas sobre perros de Mary Oliver. Luego vio mi cargamento y, amablemente y con toda la comprensión del mundo (pues entendía mi dolor) me convenció de elegir sólo uno de los libros que yo traía.

¡Gracias, Kristin!

También compré una postal que, pensé, me describía perfectamente, y un jabón nihilista porque… ¿de verdad hay que explicarlo? ¿Quién podría rehusarse a comprar un jabón nihilista? Le regalé una recopilación de ensayos de Valeria Luiselli a Kristin y salimos de ahí.

Al salir, sentí una pérdida. Como el niño que sale de Disneylandia, lamenté volver al mundo real. Un mundo tan falto de páginas, de aroma a papel y tinta… Mundo real que, no obstante, es necesario para llenar la mente y alma de quienes escribirán nuevas páginas de historias, de anécdotas, de viajes, de memorias; páginas que habrán de repoblar un día los estantes de The Strand y de otras librerías.

Postales de Nueva York (II): Donde nuestro héroe conoció a V. y fue abordado por una poeta entrada en años

Una vez que salí del baño y había recuperado la entereza, saludé a Rolf, como era debido y, sólo en este punto, me di cuenta del lugar en donde estaba.

La isla de Manhattan, como quizás sabes, lector, está dividida en calles numeradas del 1 al 220. En ese momento yo estaba más o menos a la altura de la calle 1, en una calle llamada Bleecker Street, en el barrio de NoHo. En el piso cinco. En un departamento de ensueño. El recibidor se abría a un espacio amplísimo, con suelo de madera clara, en donde había, del lado izquierdo, una sala con sillones y sillas de diseñador; del lado derecho el comedor y un muro repleto de carteles fantásticos y, finalmente, la cocina, con una barra de piedra oscura. Además, estaba la habitación principal, la cual no vi, y un estudio con biblioteca, más una pequeña sala de televisión. No supe qué hacer. Es decir, había visto revistas de decoración de interiores, pero nunca había estado dentro de una. ¿Qué se hace? ¿Se puede sentar uno en los sillones, o sólo se debe admirarlos?

Finalmente, nos sentamos, aunque me sentía nervioso de saber que mi posterior rozaba un sillón tan bonito. Rolf se sentó como si fuera su casa y nos hizo sentir en casa también. Nos contó que sobre la misma calle había un cine que exhibía sólo películas de arte y que esa semana tenían en cartelera Stalker, de Tarkovski, recién remasterizada por The Criterion Collection. Por vez primera en mi vida, deseé con toda mi alma ser un millonario, para vivir en ese departamento e ir a ver obras maestras diariamente en ese cine. Justo cuando estaba vagando por las calles de mi ilusión, Rolf me dijo: “Disfruta este departamento, pues dudo mucho que vuelvas a ver uno así en este viaje”. Era una frase honesta. Dudo incluso que vuelva a ver uno así en mi vida.

Estábamos platicando cuando llegó V. Una semana antes, aún en Kansas, Rolf nos había dicho que nos recibiría esta misteriosa “V.”, quien nos tenía contemplados también para ir a una lectura de poesía. Yo supuse que V. sería la novia de Rolf. Imaginé a una mujer hermosa y curvilínea, con esmeraldas por ojos y labios rojos y brillantes. Una adinerada editora neoyorkina, intelectual y segura, con un vestuario elegante, oscuro, provocador sólo dentro de los límites de la belleza. Es decir, la perfecta femme fatale. Cuando V. entró a la habitación, me llevé una enorme sorpresa: 1. Era chaparra y algo barrigona. 2. Usaba lentes y estaba calva. 3. Tenía barba entrecana. 4. Era un hombre (y aquí, lector, es cuando suspiras aliviado, pues ya te estabas imaginando algo muy estrambótico).

Resultó que V. era en realidad un amigo de Rolf, un amigo que hizo años atrás mientras ambos estudiaban una maestría en creación literaria. Ahí, Rolf y V. se habían vuelto amigos cercanos (de manera azarosa, supongo, pues sus personalidades son muy distintas), de manera que cada vez que Rolf debía viajar a NY, V. lo hospedaba.

V. nos dio la bienvenida, no sólo al apartamento, sino a Manhattan, y nos ofreció todo cuanto había en su refrigerador. Elegimos sólo agua. V. comenzó a platicar y, una de las primeras cosas que dijo es que era productor de Broadway. Hace unos años produjo una obra que ganó dos Tonys y actualmente era inversor de otra obra, un musical estelarizado por Josh Groban. Por lo que entendí, V. había sido trabajado en Wall Street y había amasado una cantidad envidiable de dinero, se había retirado joven y ahora vivía el sueño.

Pensé en V., en su deseo de hacerse llamar por una sola letra, en el misterio que lo envolvía, en su departamento lujoso y en su vida cultural. Pensé también en su personalidad, tan afable y dulce a pesar de su deseo de anonimato, y me pareció que estaba conociendo en persona a un personaje salido de una novela de Roberto Bolaño. Un ser interesantísimo, con una vida nutrida de anécdotas, que, sin embargo, sólo hemos de conocer por un instante en el reloj de la vida, para después dejarlo atrás, preguntándonos qué será de él. Y bueno, como el propio Bolaño decía cuando le preguntaban por qué dejaba tramas truncas: “Es que así es la vida”.

La lectura de poesía

Salimos a la calle y Rolf nos guio hacia el bar donde se haría la lectura de poesía organizada por V. En el camino, tomamos una vía alterna para pasar por Washington Park, el parque donde se erige el famoso arco de Friends (ya sé que su significación es más grande que Friends, lector, pero, no te hagas, tú también lo conoces por Friends). Atravesamos el parque, ese curioso claro de la ciudad, donde las personas se relajaban, caminaban, patinaban (a pesar de los letreros que prohibían patinar).

Llegamos al bar indicado y bajamos al sótano. Pedimos una copa de vino tinto cada quien y nos sentamos justo a un lado del pequeñísimo escenario donde los poetas de la noche habrían de reinar por unos minutos.

V., el maestro de ceremonias, subió para inaugurar la velada y presentó al primer literato. Un joven afroamericano quien leyó un fragmento de un cuento. Yo seguía con el sentido del oído casi imposibilitado, así que escuchaba sólo un golpeteo de palabras contra las bolsas de aire que se habían alojado en mi oído interno. Y, no obstante, aunque no entendí casi nada, me gustó. Tenía un buen ritmo. Luego siguió una mujer, alrededor de los cincuenta, rubia y un poco pasada de peso, quien de inmediato decidió escandalizarnos con un poema sobre “su fuego interno”, que tampoco pude escuchar, pero el cual, a juzgar por los rostros del público, era de un erotismo desbordado y muy gráfico. Leyó varios poemas y, mientras leía, un joven sentado frente a mí, asentía y hacía sonidos como: “Mmmh, yeah”, como si estuviera escuchando un gran rap. En mi condición de sordo, me limité a aplaudir.

La escritora que tomó posesión del escenario a continuación era una chica muy guapa, tatuada y con corte a la Skrillex, habló de un viaje a Eslovenia, que hizo con su prometido. Parece ser que sus antepasados fueron eslovenos y, aunque ella había nacido en Canadá, había decidido hacer el viaje en busca de sus raíces a Eslovenia, antes de casarse. Le entendí pocas cosas, pero me llamó la atención que, en lugar de hablar de Eslovenia, habló de sí misma. No había ni una sola escultura, edificio, monumento o arbolito esloveno que no relacionara consigo misma. Como si sus antepasados hubieran sido los arquitectos, escultores y jardineros encargados de aquellas proezas. El texto terminaba más o menos así: “Ahora la veo”, decía su prometido. “¿Ves Eslovenia?”, preguntaba ella, creo que junto a uno de los íconos del país. “No…” (Pausa dramática). “Te veo a ti”. Me pareció de un egocentrismo tremendo. ¿Qué les pasa a los norteamericanos que están obsesionados con saber de dónde vienen? Hay montones de gringos que pagan cientos o miles de dólares por pruebas de ADN que les dicen quiénes fueron sus antepasados. Existen incluso Apps que rastrean el probable árbol genealógico de una persona. Sólo porque la tatarabuela Simbrozkya vino de Polonia, eso no te hace dueño y santo patrono de todo el legado cultural polaco. Me pareció casi tan absurdo como si yo fuera a la Ciudad de México y, señalando el Templo Mayor, dijera: “¿Ahora la ves?… No es México. Soy yo”. No mameyes en tiempo de aguacates.

En fin.

El último en presentar fue el joven que estaba asintiendo con sonoros: “Mmmh” y “You tell them, brotha´!” como si estuviese en un concierto de Tupac. Y, debo decirlo, fue el mejor. Leyó un librito llamado: The Garage? Just torch it. Una antología de poemas breves que (a pesar de que entendí un 25% de ellos) me pareció bueno y cuyo entusiasmo para declamar, hizo mejor. Al terminar nos regaló el libro y lo autografió (con una firma que sospecho improvisada y que, espero por su seguridad, no sea su firma en los bancos y documentos legales).

Pizza y vino… (y seducción fatal)

V., siguiendo su carácter de mecenas del siglo XXI, invitó a todos los presentes a su departamento, para tomar vino y comer pizza. Así que emprendimos el viaje de regreso, pero siendo unas veinte personas más en la caravana.

Yo tenía muy grandes expectativas con respecto a la pizza neoyorkina, de manera que, como casi siempre que uno tiene grandes expectativas, me decepcionó. Estaba algo seca y costaba trabajo masticarla. Tomé vino blanco. Después de un rato ahí, me di cuenta, como en casi todas las aglomeraciones de gente, que no encajaba para nada. Todo mundo hablaba de sus publicaciones, de sus influencias, de sus procesos de escritura. Y yo no sabía qué decir. Así que empecé a aislarme. De pronto, Kristin, me preguntó si quería escapar e ir a The Strand, la librería más famosa de Nueva York. No necesitaba convencerme. Me tenía en “librería”.

Salimos y le dije que debía ir al baño antes, así que me esperó en el descanso fuera del departamento. Pero el baño estaba ocupado, de modo que tuve que esperar. En esos minutos de espera, una mujer, rubia, alrededor de las cinco décadas de edad, con cierto grado de sobrepeso, se aproximó a mí y se quedó contemplando un cuadro en la pared, y, sin aviso, dijo: ¿Qué te parece? Pensé que quizás estaba hablándole a alguien más. Así que esperé y no respondí. Luego me clavó su deslavada mirada azul. ¿Qué te parece? Ahora era evidente que se dirigía a mí, y yo no sabía qué hacer, así que le respondí: ¿Qué?

La pintura, dijo, pasando la mirada velozmente de mí a un cuadro en la pared.

Se tambaleó un poco. Era evidente que había tenido varias copas de vino. Le dije que el cuadro era bonito y seguí esperando que se abriera la puerta del baño. Luego me dijo: Mira, es negra. Supe que no podría seguir ignorándola, así que empecé a ponerle más atención. Comenzó a describirme el cuadro que estaba frente a ambos, como si yo fuera ciego:

  • Mira, las figuras son negras.

  • Sí.

  • Y mira, hay unos que parecen diablos.

  • Ajá.

  • Y uno de ellos está de cabeza y tiene cuernos.

  • Sí, y hay dos perros con cuernos también – dije yo, tratando de no ser muy descortés.

  • Y un monociclo. – terminó ella, como si hubiera descubierto una pista. Para luego preguntarme: – ¿Eres de Nueva York?

  • No. Soy de México.

  • ¡¿México?! Es un largo camino para venir a una lectura de poesía…

Entonces supe, al escuchar el tono tipludo de su voz: era la primera poeta, la que leyó poemas eróticos sobre su fuego interno. Me sentí en problemas.

  • No, vine a una conferencia y…

  • (Interrumpiéndome) Oh, eres escritor.

  • No, bueno, intento.

En este punto ella, tambaleándose, mostró un gesto que quise interpretar como de reproche:

  • ¿Cómo? ¿Escribes o no?

  • Bueno, este, sí. Pero no soy un escritor conocido.

  • A ver, déjame preguntarte algo – dijo ella acerándose a una distancia incómoda – ¿Qué harías si alguien te dijera que no puedes volver a escribir en tu vida? -. Me puso un dedo sobre el pecho.

  • Ejem… pues yo creo que seguiría escribiendo.

  • ¡Entonces eres un escritor! – dijo emocionada, como si estuviera frente a Rimbaud.

A estas alturas yo ya ni quería ir al baño, sólo quería librarme de ella, y, por suerte, el timbre sonó. Ella actuó como si fuera un llamado del hiper-espacio.

  • ¿Qué es eso?

  • El interfon – dije yo.

Aproveché su embriaguez y la llamada para fingir que el interfon no servía y salí del departamento.

  • ¿A dónde vas?

  • A abrirle la puerta – dije.

Pero al salir le dije a Kristin que corriéramos y que no mirara atrás, pues no quería acabar atrapado en el veterano fuego de aquella extraña poeta. Y corrimos hasta la primera planta, y luego hacia la noche, y luego hacia The Strand, la librería que será nuestra siguiente parada.

¿Qué dices, lector? ¿Que el final de hoy fue flojo? Pues discúlpame. Te has puesto muy exigente. Pero mañana te compensaré, como siempre hago.

Postales de Nueva York (I): Que trata de la líquida llegada a la Gran Manzana

Aterricé en el aeropuerto La Guardia alrededor de la 1 de la tarde. Kristin y yo tomamos vuelos separados, así que yo llegué una hora antes. El trayecto había sido un suplicio para mí, pues, como quizás recuerdes, lector, tenía tos y catarro y esto altera a todos los conductos craneales (como mejor sabría explicarlo un otorrino), de manera que el cambio de presión me afectó y durante todo el viaje en avión tuve un dolor muy agudo en los oídos, tanto que pasé gran parte del tiempo balanceándome hacia adelante y hacia atrás en mi asiento, lo cual alarmó claramente a la pobre sexagenaria que viajaba a mi lado.

El caso es que, al bajar del avión, descubrí que había perdido casi todo el sentido del oído. Era como si escuchara al mundo a través del agua y como si en mi cráneo hubiera bolsas de aire que se inflaban y desinflaban. Decidí que tenía que tomar una cerveza. Me acerqué a un establecimiento que se llamaba Beer Place, o un nombre con ese calibre de creatividad (¿Te das cuenta, lector, de que, cuando un nombre está en inglés aquí, lo aceptamos por mediocre que sea?). Un puestito sin chiste donde, sin embargo, apostaron todo por la ridiculez de sustituir a los cajeros humanos con iPads, operación que no les funcionaba gran cosa, porque el cantinero debía ir, explicar y manipular las tablets para completar las órdenes de los comensales. Ordené una cerveza llamada Bronx, que no estaba mala, (y vi que vendían XX ambar como “una suave cerveza mexicana” a 18 dólares… Hablemos de estafas). Cuando iba a medio vaso, el cantinero, que era un latino, se acercó y habló conmigo. Yo apenas y escuchaba a través de mi sordera recién adquirida y me dio miedo que me quisiera cobrar más, o que quizás me estuviera diciendo que mi pobre aspecto molestaba a la muchacha sentada al lado de mí, que tenía una incorruptible cara de fuchi. Lo único que le entendí claramente fue “Sorry” y después me trajo otro vaso de cerveza. Entonces entendí: Me había cobrado una cerveza grande, pero me había dado una chica, de manera que me estaba dando otra chica para remediar su error. El problema es que me quedaba media hora para acabarme una cerveza y media, y que la supuesta pequeñez del vaso era muy relativa. Es decir, era pequeña comparada con una caguama, era grande comparada con un vaso cristiano normal.

Kristin me escribió y me dijo que me esperaba en el área de taxis. Apuré el segundo vaso de un trago, cargué mis maletas y me levanté, constatando inmediatamente que estaba borracho. Y sordo.

Al subir al taxi, como turista nivel legendario, tomé una foto (¿puedes culparme? Son los taxis que hemos visto tanto en películas y series, con sus ventanitas internas para hablar con el taxista). Y después de avanzar unos kilómetros tuve que comunicarle tres verdades de mi estado a Kristin: 1. Estaba borracho. 2. Estaba sordo. 3. Mi vejiga estaba al borde del colapso. Esta última característica era la que requería una solución más urgente y, dado que el tráfico de NY no era fluido (¡no hablemos de fluidos ahora!) tenía que distraerme, encontrar un espacio zen en mi cabeza.

Me gustaría contarte, lector, que mi llegada a la Gran Manzana fue como las que seguramente has visto en el cine. Que vi maravillado desde la ventana del taxi amarillo la Estatua de la Libertad, la línea quebradiza de los rascacielos cortando el cielo, el Empire State (en el cine los taxis parecen ser turibuses, porque apenas en la llegada a la ciudad recorren todas las zonas famosas de una sola vez). Pero mi llegada fue muy distinta. Entre la sensación acuática en mi oído interno y la sensación acuática en mis entrañas inflamadas de cerveza, sólo tenía cabeza para evitar orinarme. Comencé a contar las ventanas de los edificios y cuando esto no sirvió, comencé a multiplicarlas y a dividirlas. A encontrar su raíz cuadrada. A elevarlas a n. A tratar de hallar x. A integrarlas y derivarlas. Pero no lograba concentrarme. Le pedí a Kristin que me contara algo, pero pronto nos quedamos sin historias y lo único que me salvó, fue una pregunta luminosa de Kristin, acerca de poesía latinoamericana, que me llevó a hablar ardorosamente de los antipoemas de Nicanor Parra. Hablando del buen Nicanor, olvidé el torrente de pipí cervecil que se acumulaba dentro de mí. Antes de acabar de contar una anécdota relativa a Parra, a Neruda y a la épica nariz de Neruda, el taxista anunció: Llegamos.

Bajamos del taxi y Kristin presionó en el interfon un botón a un lado de una etiqueta que solamente leía “V.”. Entramos y nos dirigimos al elevador. Yo sentía cómo el esfínter estaba preparándose para el alivio, para el suspiro, para el triunfante “Ah”. Sin embargo, ¡Oh, máquina de los dioses!, el elevador debía ser el más lento de entre los cientos y cientos de elevadores de Manhattan. Las puertas se abrieron después de segundos que se sintieron eternos y subimos hasta el piso cinco, a un ritmo tortuoso, como si dos ancianas artríticas operaran secretamente las poleas que nos hacían subir. Finalmente, llegamos. Rolf, el hermano de Kristin nos abrió y, olvidándome de todos los buenos modales que mi madre me había enseñado con esmero, me salté los rituales y dejé que Kristin explicara mi penosa situación.

Entré al baño y me desahogué. Y mientras la cerveza dejaba mi sistema, comencé a recuperar mis capacidades cerebrales. Miré la sala de baño en la que estaba y vi una pequeña pintura (¿quizá mexicana?) a un lado de mí, a la altura de mis ojos, en la que se mostraban las secuelas de una fiesta de pueblo (creo).

Pensé que era el lugar idóneo para un cuadro así. Un cuadro distendido donde, después de las cervezas (o bebida de tu preferencia) uno sabe que ya la libró.

Me lavé las manos y me mojé la cara. Y al verme en el espejo pensé, al fin: Estoy en Nueva York.

Ser Real: Donde se narra el cumpleaños de nuestro héroe en Detroit y la llegada de un regalo tardío

El domingo 25 de junio fue mi último día en Detroit. Las conferencias ya habían terminado y para entonces, el campus estaba casi vacío. La parvada benévola y entusiasta de los académicos de ASLE había emprendido la vuelta a casa, pero Kristin y yo estábamos varados ahí, esperando el lunes, día en que podríamos irnos a Nueva York. El domingo 25 de junio también fue mi cumpleaños.

El cumpleaños

El domingo es el peor de los días. El lunes es el más odiado, sí, pero este odio es injusto. El lunes es malo sólo porque es el día en el que se reinstaura la rutina, que, si bien es engorrosa, también ofrece pequeños placeres. El domingo, por otra parte, no es un día. Es un limbo de 24 horas. Una especie de sala de espera que hemos de ocupar una vez a la semana, sin que nadie nos atienda y sin saber qué esperamos. Es la melancolía del sábado que ha pasado y no podemos recuperar y la sombra del lunes que se cierne sobre nosotros. La revista Science asegura que el domingo y el lunes son los días con más intentos de suicidio, y probablemente los que lo intentaron el lunes, lo hicieron entonces porque el domingo no tuvieron ni el ánimo necesario para salir de la cama por el frasco de somníferos. Y la suerte quiso (no la suerte, sino el lento avance de los astros y nuestro calendario gregoriano) que mi cumpleaños cayera en domingo. Pero el imperio gris dominical no contaba con Krisitn.

Para empezar el día fuimos en busca de un café. (Haz de saber, lector, que el café es el líquido más importante del mundo para mí después del agua, y ello sencillamente porque el agua se necesita para hacer café). Salimos a caminar por la ciudad en busca de un café abierto, pues todo parecía haber sido arrasado, como si el fin de las conferencias hubiera sido también el fin de la ciudad. Finalmente encontramos un lugar fantástico (y muy caro).

Detroit es un sitio muy interesante, pues ha enfrentado décadas de decadencia, pero se mantiene en pie y de cierta forma funciona como una metáfora habitable del progreso humano y su naturaleza autodestructiva. Una vez la ciudad con mayor crecimiento en Estados Unidos, ahora una especie de paraje postapocalíptico: Las fábricas de autos que fueron las más prósperas del mundo, ahora vacías y llenas de graffiti, son reclamadas de nuevo por la naturaleza que rompe el concreto. Y sin embargo, los hípsters, esa especie que siempre escapa a una taxonomía precisa, han visto aquí una mina de oro y, como aves millenials y chavorrucas carroñeras, se han acercado con sus rayos gentrificadores a transformar los edificios abandonados y las naves industriales derruidas en cafés, bares y tiendas de “diseño”. Y lo cierto es (malditos hípsters) que han logrado rescatar al menos una parte de la ciudad.

El local al que llegamos era un perfecto ejemplo. Evidentemente se trataba de un antiguo almacén, cuyo encanto decadente había sido explotado por los nuevos ocupantes, para tener ahora una cafetería, una tienda de artículos de piel, una de bicicletas y otra de relojes.

Kristin y yo bebimos nuestro café y comimos panqués mientras platicábamos de maestros que habíamos tenido en nuestras vidas y de escritores que eran importantes para nosotros.

Después de esto salimos a caminar. El día era muy soleado y caminamos pausadamente, demorando el avance, como se anda cuando el camino es el fin y no el medio. Fuimos al Museo de la ciudad, en donde Diego Rivera pintó por encargo una sala central, y, travieso (y cabrón, la verdad) como era en la vida y en el amor, pintó fábricas de autos, sí, pero subrayando la injusticia social que había detrás de ellas.

Yo esperaba ver los murales de Diego, e irme, pero el museo resultó ser enorme y estar lleno de tesoros. Había pinturas de los impresionistas originales: Degas, Monet, Renoir; y también del chico malo (y triste) del postimpresionismo: Van Gogh; más los puntillistas: Pissarro y Seurat. También había obra de Cezanne y Gaugin, además de algunas pinturas de Matisse, Modigliani, Picasso (que no encontré) y Francis Bacon, y esculturas de Giacometti.

Nos demoramos en el museo, espacio donde, como en todos los museos, el tiempo se desdibuja y estuvimos tanto tiempo ahí, que terminamos quedándonos a comer. Yo un caldo y un té, porque seguía con tos y ahora con un catarro naciente; Kristin ensalada, porque es rara y le gusta comer cosas sanas.

Al salir del museo Kristin me dijo que debía escribir un correo a su universidad, así que yo me dirigí a mi cuarto a dormir una siesta.

Más tarde nos reunimos de nuevo y nos dirigimos al Jolly Pumpkin, el bar que se había convertido en nuestro sitio preferido en Detroit. Pedimos una pizza y cervezas. Y conversamos. Conversamos sobre todo y sobre nada, en una conversación que volaba errática, como una bolsa movida por el aire. Hablamos del universo, del sentido de la vida, de libros que había que leer y de libros que habíamos leído y de libros que queríamos escribir.

En algún punto, hablamos de cómo el ser humano parece haberlo arruinado todo, si somos honestos. Estamos llevando a la Tierra como la conocemos a su fin y con ello, nos estamos aproximando a nuestro propio fin. Y la culpa es nuestra y de nadie más. Además, hemos desatado guerras sin cesar y estamos viendo ahora cómo odios que queríamos creer enterrados o moribundos han regresado con fuerza. Y, sin embargo, también es cierto, le dije a Kristin, que este mundo es maravilloso, como cantaba Louis Armstrong, y que aunque los humanos somos un desastre, también somos capaces de crear una gran belleza, y no sólo eso, sino que somos los únicos seres en los 450 millones de años de nuestro planeta, que tienen la capacidad de celebrar, cantar y expresar esa belleza. Y que, como dijo Hesse en la introducción a Demian, cada persona es: “el punto único y especial, en todo caso importante y curioso, donde, una vez y nunca más, se cruzan los fenómenos del mundo de manera singular”. Y vale la pena luchar por eso. Vale la pena luchar, incluso cuando parezca que estamos perdidos.

Nos corrieron del bar muy temprano, pues era domingo y cerraban antes de lo habitual. Volvimos a la universidad, nos despedimos, y fuimos a dormir esperando al día siguiente partir a Nueva York.

Me di cuenta ese día, que la suerte (no la suerte, sino el lento avance de los astros y nuestro calendario gregoriano) había decidido que fuera mi cumpleaños un domingo, para demostrarme que es sólo un día más, y somos nosotros quienes decidimos si será una prisión o una fuente de alegría.

El regalo tardío

El viaje terminó, como es debido, y yo volví a México. Los días han transcurrido y he querido engañarme escribiendo, tratando de extender el viaje. Sin embargo, ya mañana se cumplen dos semanas desde que acabó.

Mientras estuve en Estados Unidos, en una de las muchas pláticas que tuve con Kristin, le recomendé que viera Beginners, una película del 2010, dirigida por Mike Mills y protagonizada por Ewan McGregor, Mélanie Laurent y Christopher Plummer. Es una de mis películas favoritas pues me parece una de las películas más honestamente humanas que he visto. Lidia con temas difíciles, como la pérdida y el luto, la naturaleza compleja y muchas veces dolorosa del amor, el miedo al amor, la soledad, la incertidumbre, la autoaceptación; pero lo hace de una manera sencilla y poética, a través de una narrativa rota y múltiple (como la vida), con un perro que habla a través de subtítulos y una serie de fotografías y dibujos intercalados.

La semana pasada Kristin me escribió para decirme que la había visto y le había encantado. Me dijo que particularmente le había gustado la referencia a The Velveteen Rabbit, el clásico de la literatura infantil. Le dije que yo no lo había leído. Respondió: Tienes que leerlo. Era mi libro favorito cuando era niña y quizás aún lo es. Lloré la primera vez y lloro cada vez que lo leo.

Eso fue todo. Pero Kristin es como una especie de punto en el universo donde la generosidad se condensa y adquiere cuerpo y alma, así que esta mañana de martes 11 de julio; mañana lluviosa y taciturna, en mi puerta apareció The Velveteen Rabbit.

Lo leí, desprevenido, mientras la lluvia se estrellaba leve sobre la ventana. Lo leí pensando, ingenuamente, que mi edad me hacía invulnerable a sus efectos. El libro es para niños, yo tengo 25 años. Pero (oh, lector, no cometas mis errores) debí entender que los libros para niños son muchas veces los más profundos, y que, quizá sólo son para niños porque sólo los niños tienen la fuerza (derivada de una visión limpia y esperanzada) para soportarlos, y también que, mientras más se adentra uno en la vida adulta, más necesarios se vuelven. Nos llegan como lecciones tardías, que no aprendimos a tiempo.

Kristin me había dicho que ella había llorado. Pero yo no suelo llorar. Me cuesta mucho trabajo llorar. Vi La tumba de las luciérnagas y también Ladrón de bicicletas, que son las películas más tristes que he visto, y mientras mi hermano y mi madre moqueaban, yo, aunque conmovido, mantuve mis lagrimales adormecidos. He enfrentado la muerte de mis perros (seres a quienes amo como a hermanos o mentores por su amor absoluto e incondicional) sin lágrimas. En ocasiones he buscado deliberadamente cosas que me hagan llorar, porque sé que es necesario, pero fracaso. En resumen, no lloro prácticamente jamás, y nunca, nunca había llorado por un libro. Me había encariñado con los personajes, había lamentado muertes, había extrañado universos literarios; pero nunca había derramado una lágrima. Pero hoy, hoy en el sillón de mi sala, mientras mi madre servía la comida, leí las últimas palabras en el papel y sentí un nudo en la garganta y una ebullición salada y tibia acercándose a mis ojos. La ahogué. Creí estar bien. No obstante, mientras comíamos, me quebré.

Lloré, lector. Lloré como hace años no lo hacía. Lloré incontrolablemente, estúpidamente, ridículamente. Y traté de ahogarlo, traté de reprimirlo, pero el llanto rompió los diques.

Si no has leído The Velveteen Rabbit, no te lo arruinaré, sólo te diré que la premisa es la de un conejito de peluche que pasa los primeros días de su vida abandonado entre un montón de juguetes, sintiéndose solo e inseguro. El único juguete que lo trata bien es un caballo desvencijado, viejo y sabio. Un día el conejo le pregunta: ¿Qué es real? Y el caballo le responde que ser real no se trata de cómo está uno hecho, sino que es algo que le pasa a uno. Y que pasa lentamente. “Generalmente, para cuando eres Real, casi todo tu pelo se ha desgastado por el amor, y tus ojos se salen, y tus articulaciones se aflojan, y te vuelves andrajoso. Pero estas cosas no importan para nada, porque una vez que eres Real, no puedes ser feo, excepto para las personas que no comprenden”. Y el libro muestra que la forma de volverse Real, es a través del amor.

En este mundo cada vez más individualista en el que vivimos, en donde estamos cada vez más aislados y convivimos sólo con pantallas, existe una especie de narrativa que dice que somos autosuficientes. Basta abrir Facebook para encontrarse con 30 publicaciones al día de artículos, imágenes o reflexiones genéricas que dicen, básicamente, que sólo nos necesitamos a nosotros. Eso está muy bien, hasta cierto punto. Quiere decir que debemos amarnos, apreciarnos y no esperar la aceptación de los otros. No obstante, ¿cómo puede uno amarse a sí mismo si nadie le ha mostrado amor jamás? Llegar a decir que podemos prescindir del cariño de nuestros seres queridos es inhumano y, cuando tanta gente comparte las mismas reflexiones prefabricadas, lo que se lee entre líneas es que cada vez necesitamos más esa conexión, pues, como el loco que se repite que no está loco; los solitarios del siglo XXI nos repetimos que no estamos solos si estamos con nosotros mismos.

Traté de rastrear la razón por la cual el libro me conmovió a tal grado. Y empecé a pensar en un episodio de mi niñez que a veces vuelve, como una brisa.

Cuando era un niño pequeño, mis papás trabajaban mucho, y crecí, en gran medida, en los brazos de una muchacha muy joven, quien me cuidaba. Ella era dulce y cariñosa. Pasaba horas jugando conmigo y siempre parecía feliz.

Un día, no recuerdo de qué año, le avisó a mis papás que tenía que irse. Había encontrado otro trabajo. Recuerdo que la vi irse, llena de lágrimas. Pero no se despidió de mí. La entendí cuando crecí: la despedida habría sido muy difícil para ella también y prefirió evitarla. Y sin embargo fue una tristeza muy honda para mí. Ella fue la primera persona, tal vez, que me hizo Real.

¿Quiénes nos hacen Reales? ¿Cómo agradecerlo?

No sé cuál es la respuesta. No sé tampoco, qué podemos hacer con nuestra realidad una vez que somos Reales, pues a veces la realidad duele. A veces incluso, podemos olvidar que somos Reales. Pero existen los amigos y los viajes; existen las conversaciones y las caminatas; existe la lluvia en la ventana y los libros; existen las personas a las que amamos y que nos aman, cada uno como puede con sus errores y sus heridas. Y tenemos la vida, para averiguar el resto.

El grito y la risa: Donde se narra cómo nuestro héroe encontró a un nuevo mejor amigo

Un mexicano, tres estadounidenses y dos canadienses entran a un restaurante mexicano en Detroit. Parece la introducción a un chiste, ¿no? Pero hagamos un experimento. Digamos que este restaurante está en las afueras de una ciudad parcialmente abandonada, donde vecindarios enteros se han convertido en fantasmas y la vegetación devora lentamente el asfalto. Digamos que los protagonistas cenan, la pasan bien, toman y ríen; y que, al salir del restaurante y mientras el sol se oculta, caminan por calles silenciosas (demasiado silenciosas) y no parece haber nadie en cuadras. ¿Podría ser una película de terror?

Donde nuestro héroe se pierde en un debraye sobre el grito y la risa

El grito y la risa son hermanos. El grito es a la risa como Tezcatlipoca a Quetzalcóatl: El gemelo maligno, el reflejo oscuro. Y tal vez por ello no es coincidencia que los payasos suelan ser el vértice donde se unen.

Tanto la risa como el grito son respuestas involuntarias. El llanto, por ejemplo, puede aguardar. En cambio, una carcajada es espontánea, como un estornudo. Igual sucede con el grito. Si algo nos sorprende desprevenidos y nos causa pavor, no podemos fingir tranquilidad y gritar hasta que estemos en casa. En este sentido, ambos nos vuelven vulnerables. Si estamos enojados con alguien, pero nos hace reír, flaqueamos. Si estamos tratando de impresionar a alguien, pero de pronto vuela una cucaracha, perdemos la compostura.

Ambos dependen también del buen manejo del tiempo: la demora, bien manejada, da mayores resultados, pues hay que hacer que la audiencia baje la guardia, y esto nos lleva a otro elemento en común, quizás el más importante: la sorpresa. El humor y el miedo se parecen en que, necesariamente, son un desajuste. Una situación es graciosa, o da miedo, porque no encaja en nuestras expectativas. Pero el humor y el miedo no son aún la carcajada y el grito. Estamos ya en un estado alterado: sabemos que las reglas no están funcionando, pero aún no somos sorprendidos. En Monty Python y el Santo Grial, cuando los caballeros se encuentran con “la bestia asesina” y ésta resulta ser un conejito blanco, estamos ya en el reino del humor. Sin embargo, la carcajada llega sólo cuando el conejo arranca súbitamente la cabeza de uno de los templarios. En El Resplandor, cuando Danny pasea por el hotel en su triciclo, el miedo está presente gracias a la música y a los antecedentes del hotel, pero el grito no surge hasta que, en una vuelta, nos encontramos con las pequeñas gemelas.

Por último, el miedo y la risa, crean alianzas. Cuando alguien ríe de lo mismo que nosotros, ubicamos a un compañero. Cuando un miedo común amenaza, nos replegamos en grupos. Es este último punto el que realmente importa para nuestro capítulo de hoy, lector.

El panel del terror

El día en que llegamos a Detroit, Kristin me contó que el viernes comeríamos con un amigo suyo, Bill, otro académico que se presentaría en un panel. Me dijo que cada año se reunían él, ella y Aubrey, una joven ex alumna de Kristin.

La semana transcurrió y, el jueves por la noche, mientras trataba de decidir a cuál panel quería asistir el viernes por la mañana, me encontré uno en el programa que era sobre literatura y cine de horror y sus relaciones con la ecología. Le dije a Kristin que quería asistir. Me dijo que uno de los panelistas era Bill.

Llegamos a un salón enorme, escalonado, y tuvimos que sentarnos hasta atrás porque estaba lleno. Yo me sentía algo mal, pues llevaba días en las garras de una tos flemática debida al omnipresente aire acondicionado (lector, si un día viajas a Estados Unidos, cuídate del aire acondicionado, pues está en todas partes. En unos años, probablemente, hasta los árboles y arbustos tendrán aire acondicionado). Mi precario estado de salud y la distancia que nos separaba de los ponentes me dificultó concentrarme. Así que escuchaba cachos y luego los hilaba en mi cabeza, perdiéndome en los senderos de mi cerebro. Por ejemplo, el primero dijo en algún punto que él creía que, al ver películas de zombis, debíamos identificarnos con los zombis y no con los héroes. Esto me pareció interesante, aunque no escuché su explicación de por qué. El siguiente (Bill), habló de un cuento donde los árboles de una isla parecían estar acorralando a los protagonistas. Luego, un panelista alto habló de Lovecraft y de un cuento donde hay hombres-peces. Y finalmente otro panelista, muy parecido a Foucault, habló de muchas cosas que no entendí, pero recuerdo la descripción de un video donde el interior de una casa abandonada y llena de polvo que es sometida al poder de ondas sonoras potentes y grabada en cámara hiper lenta. El video grababa el polvo rebotando una y otra vez. De pronto, el cadáver de una mosca entraba a cuadro y se desintegraba con una lentitud terrible. La descripción por sí misma, me pareció aterradora.

Pero, en resumen, no entendí nada. Estaba tosiendo demasiado. Lo único que sabía es que esos tipos eran unos frikis del terror y que los quería conocer.

México y el horror: Donde nuestro héroe encontró a su alma gemela y resultó ser un hombre barbado de 50 años

Por la tarde, una vez que acabaron los paneles y conferencias del día, nos encontramos con Aubrey y Bill en un bar llamado Jolly Pumpkin. Un sitio maravilloso. Una especie de antigua nave industrial adaptada como bar, en cuyo enorme muro trasero se disponían en hilera decenas de drafts de distintas cervezas. Nos sentamos en la terraza y, Aubrey, Bill y Kristin se pusieron al corriente. Yo los escuché, pasmado, mientras hablaban con soltura de libros que estaban escribiendo o a punto de publicar y paseaban por la historia de la literatura norteamericana como el famoso Pedro pasea por su casa.

Aubrey tuvo que irse temprano (pues encima de estar estudiando un postdoctorado en parte creado por ella, también era organizadora del evento de ASLE), pero Bill nos invitó a acompañarlo a un restaurante donde vería a sus amigos, no sin antes advertirme: Es un restaurante mexicano. No sé si quieras ir a comer falsa comida mexicana. Le dije que ya había comido en Taco Bell, así que no podía caer más bajo.

Partimos en un Uber hacia el barrio mexicano. Y debo decir que en cuanto entramos, me sentí en alguna colonia de México. Había gaffitis de la virgencita de Guadalupe y Juan Dieguito, fondas, y casas de colores chillones.

Entramos al restaurante Los galanes y nos reunimos con los amigos de Bill, que eran nada menos que los otros panelistas de la mañana. Y así llegamos al inicio de nuestra historia: un mexicano (yo), tres estadounidenses: Kristin, Bill (el que habló de los árboles malignos) y Pat (el que habló de Lovecraft), y dos canadienses: Andy (el de los zombis) y Marcel (el del horrido video de la mosca).

De inmediato me pidieron que evaluara la autenticidad del lugar. Escanee rápidamente mobiliario, adornos y menú. Es auténtico, determiné en unos segundos. Mi principal evidencia eran dos cuadros horrorosos de fieltro donde se narraba la historia de Popocatépetl e Iztaccíhuatl con colores ultra gaznápiros. Además, la carta servía cosas reales como mole de olla, pozole, mole con pollo y carne en su jugo y nada de “fajitas”. Luego le resté dos puntos cuando vi que trajeron Coronas (una cerveza que sólo toman los extranjeros) con un limoncito en la boca de la botella (¿necesito comentar esto?).

De pronto, yo me convertí en la autoridad en la mesa. Ellos quizás tenían doctorados y post doctorados en literatura, pero yo sí sabía tomar la cerveza como Dios manda y tenía el conocimiento necesario para evaluar una buena salsa (que sí pique). Y en menos de una hora, me sentí rodeado de amigos.

Ese grupo resultó ser extraordinariamente chistoso. Durante la cena no paramos de reír (la risa y el grito son hermanos), y hacia el final, a escondidas, ordené una ronda de tequila para todos. Cuando nos trajeron los caballitos, yo, como sumo sacerdote en el ritual, los instruí en la manera correcta de combinar el limón, el caballito y la sal; y al beber el licor, descubrí que el alcohol es también una forma de hermanar a la humanidad.

Pat, el más alto, pero también el más ingenuo y más bonachón, parecía ser el blanco de burlas de todos. Él había hecho su tesis de doctorado sobre películas de terror de serie B de los años cincuenta y sesenta. Su introducción había sido sobre un filme llamado El cerebro que se rehusaba a morir. Al recordar esto, todos comenzaron a rememorar cómo, cuando estaban estudiando juntos, Pat los arrastraba a ver películas como Los niños del maíz 3, o La cosa que vivía bajo la escalera, quejándose un poco, pero reconociendo por último que Los niños del maíz 3 era bastante buena. Esta breve plática abrió una puerta: El cine. Una de mis más grandes pasiones.

Al salir del restaurante, Pat y yo comenzamos a platicar sobre el género del terror en el cine. Le dije que sentía que era una pena que el cine de horror en México fuera raquítico y parecía sólo copiar al cine gringo. Y que, considerando el horror que vivimos a diario, donde fosas comunes se destapan cada tres días, podría hacerse algo realmente interesante y con una riqueza sociopolítica asombrosa. Pat me dijo que debía solucionarlo yo y escribir un guion.

Luego hablamos de clásicos como El Exorcista, de El Bebé de Rosemary, de El Resplandor; y de íconos del cine independiente como: Halloween e Evil Dead. También de cómo el cine de terror, incluso cuando es malo, suele surgir de los miedos sociales: No es coincidencia que en los setentas y ochentas los villanos asesinaran a adolescentes jariosos que tenían sexo por doquier: El sida estaba aterrando a una generación.

En algún punto empezamos a discutir sobre buenas películas de terror recientes. Hablamos de The Babadook, It Follows, Get out!… (Imagina, lector, a dos absolutos nerds hablando frenéticamente de lo que les apasiona, mientras el resto del grupo hace lo mejor que puede para ignorarlos). Cuando llegamos a hablar de The Witch, con simétrico entusiasmo, no pude contenerme y le dije: Eres mi nuevo mejor amigo. Pat rio. Bill le dijo: Pat, ¿te das cuenta de que alguien tuvo que venir desde México para interesarse en tus pláticas?

Al final terminamos discutiendo el origen mismo del cine. La escuela soviética y el nacimiento del montaje. Los montajes más icónicos del cine… y por fin me dijo: Tú deberías enseñar cine. Tienes tanto entusiasmo. Te apasiona mucho y sabes mucho. Y lector, oh, querido lector, si pudieras imaginar mi emoción en ese momento. Yo, un muchacho con licenciatura, escuchando a un experto con doctorado en cine, diciéndome que debería enseñar cine… ¿Puedes imaginarlo?

Cuando nos despedimos, le pregunté a Pat si me daría su correo y me dijo: Claro, si somos mejores amigos, tenemos que estar en contacto.

Final evidente

Kristin y yo volvimos a las residencias universitarias. El sol ya se había ocultado. Era tarde y no quedaba nadie. Kristin estaba en el piso cuarto y yo en el sexto. Nos despedimos y yo subí dos pisos más.

De golpe, en el elevador, me di cuenta de que tenía miedo. Aquel día permeado de terror me había alterado. Traté de silbar para distraerme, pero no surgió sonido alguno. La puerta se abrió y no había nada detrás de ellas. Salí. Caminé por el pasillo, doblé, seguí caminando. Imaginé que las luces titilaban, que en la siguiente vuelta me esperaría algo innombrable. Pero no. Llegué a mi cuarto y lo encontré vacío. Mis roomies ya habían partido. Estaba solo. Puse música en mi celular para distraerme mientras me cambiaba y me lavaba los dientes.

Pat me había comentado que en los últimos años Detroit se había convertido en el nuevo escenario para películas de terror en Estados Unidos. It Follows se hizo ahí, Don’t Breath también. Traté de no pensar en eso. Cerré los ojos.

La puerta de mi cuarto crujió. No la había cerrado bien. Había sido el viento. No obstante, me asusté y no supe si reír o gritar.

Escenas de Detroit: Donde nuestro héroe se adentró en el extraño mundo académico y otros eventos igualmente divertidos

Los viajes son curiosos, lector, pues aunque están llenos de encuentros y alegrías, hay un contrato preestablecido y tácito en ellos: todo debe acabar, y por lo tanto también están llenos de despedidas y pequeñas tristezas. El martes 20 de junio, tuve que dejar atrás las grandes llanuras de Kansas y pasar al paraíso postindustrial perdido de Detroit; de las tazas de delicioso café casero a los vasos de Starbucks donde mi nombre aparecía mal escrito.

Mis expectativas con relación a Detroit eran bajas. Sabía que era una ciudad enfrentando una larga crisis económica y social. Sabía que era una ciudad parcialmente abandonada. Y encima, el día antes de partir de Kansas, Cedar, el hijo de Kristin, averiguó que también ocupa el segundo lugar en crímenes violentos en Estados Unidos. Sin embargo, como todo en este viaje, fue una dulce sorpresa.

Escena 1: Donde nuestro héroe incurrió en alta traición gastronómica

Al llegar a Wayne State University, lo primero que hicimos después de dejar nuestras maletas, fue buscar algo qué comer.

La universidad contaba con un comedor estudiantil que ya estaba cerrado. Más allá de eso todo era comida rápida: comida china, alitas y… Taco Bell. Contemplé el letrero morado brillante del establecimiento, cautivado por los platillos heréticos que ofrecía y apenado por sentir la tentación de probarlos.

¡Deberíamos comer aquí!, dijo Kristin emocionada como una niña por hacer a un mexicano comer una versión tergiversada y apócrifa de mi comida nacional. Accedí.

Pedí unos Doritos Tacos Locos (uno de esos extravagantes tacos duros llenos de lechuga, pero con la tortilla hecha de doritos) y un Quesarito. Sabían a traición. Claro que no tenían nada que ver con la comida mexicana, pero eso se sabe de antemano. Y sin embargo (¡Oh, Doña Lupe, hacedora de garnachas, perdona mis ofensas!) estaba rico.

Escena 2: Donde nuestro héroe buscó consuelo en el alcohol y encontró macarrones con queso

Esa noche, Kristin fue a dormir muy temprano y yo, que arrastraba una tristeza en aquel momento (algo que no vale la pena explicar), decidí escaparme del campus y adentrarme en la ciudad, en busca de un solaz etílico.

Cuando llegaba a pensar en la posibilidad de ir a Estados Unidos algún día, siempre pensé en que tendría que encontrar un bar como el que aparece en Nighthawks, la famosa pintura de Edward Hopper. Me imaginaba diluyéndome entre los parroquianos de una taberna en el corazón de una ciudad, con la noche presionándose contra los cristales y la iluminación de las farolas recortando una fotografía en blanco y negro. Con un vaso de whiskey en la mano, una melodía en piano demorándose en el aire, y la luz enturbiada por el humo de cigarrillos; mientras Joe, detrás de la barra, limpiaba morosamente un vaso y preguntaba: ¿Qué tal van las cosas? Y yo respondía: Como siempre, Joe. Como siempre.

Lo que obtuve fue muy distinto: Para empezar no se permite fumar en los bares, así que lo del humo era imposible. No sé tomar whiskey y es carísimo, así que eso también estaba perdido de antemano. Además, se acercaban las nueve de la noche, pero el sol seguía brillando. Aun así, esperaba encontrar un sitio donde tomar dignamente una cerveza, pero no hallaba nada cercano (en parte porque no quería perderme alejándome mucho), así que me metí a un lugar que se llamaba “Brewz!” (Yo pensé que tenía que ver con “brew” y por ende con cerveza). No era así.

Entré y había más colores chillones que en una tienda de piñatas y la música no era un piano melancólico, sino una selección de éxitos de pop-eclectrónico. Me acerqué al mostrador como un alienígena en busca de información sobre el planeta al que ha llegado y pregunté cómo funcionaban ahí las cosas, pues nadie me atendía. Me dijeron que tenía que pedir mi platillo (señaló el menú escrito en un pizarrón grande sobre nuestra cabeza) y pagar (extraño método) y yo pregunté si tenían algo de tomar. La mujer señaló un refrigerador con refrescos. ¿Tienen cerveza? Señaló un pequeñísimo refrigerador con tres tipos de cervezas gringas comerciales. Pedí la única que no conocía esperando que fuera mejor que las otras. ¿Y de comer?, preguntó. Me dio pena aceptar que sólo quería una cerveza así que pedí lo más barato: macarrones con queso.

Tomé mi cerveza y comí mis macarrones con queso servidos en un plato de unicel, en una mesa pegada a la ventana. Sentí que aquello era más triste que la pintura de Hopper.

Escena 3: Donde nuestro héroe se encontró con el extraño mundo de los académicos

Desde antes de partir a Estados Unidos, estaba levemente nervioso porque no entendía para nada lo que era ASLE (Association for the Study of Literature and Environment). Iba a participar en un panel ahí, pero no sabía qué hacía la organización. ¿Se reunían a discutir la presencia de un árbol en una novela de Faulkner?

Por otra parte, también me preocupaba cómo me recibirían en su clan. Todos los asistentes tenían doctorados o postdoctorados. Yo apenas recibí mi título de licenciatura hace unos meses. Encima, existe este estigma sobre los académicos de literatura: murciélagos intelectuales que viven en bibliotecas y aulas y deambulan en revistas, publicando artículos para mantener su estatus. Extraños Übermenschen ultra especializados que escriben ensayos que nadie lee sobre el arroz que cocinaba la tatarabuela de Alfonso Reyes y cómo se presenta en su obra poética tardía y las lecturas socioeconómicas que de ello se desprendían del rol de la mujer en el México de los cincuentas. Pero para acabarla de amolar, éstos eran también ambientalistas: veganos fundamentalistas que me mirarían con asco y superioridad si me veían comer un cubito de jamón. Resultó que estaba muy equivocado. La extraña quimera que surge de un académico de literatura preocupado por el medio ambiente, es en realidad un hippie posmoderno amigable y entusiasmado.

En el segundo panel del primer día de la conferencia, me llegó la iluminación. Era un panel sobre literatura latinoamericana y una chica muy joven habló sobre Navidad en las montañas de Manuel Altamirano y de El luto humano de José Revueltas. Analizó cómo la administración posrevolucionaria trató de vender una utopía agraria que sobreexplotó la tierra y dejó enormes porciones del territorio mexicano, otrora fértiles, totalmente áridas; y de cómo esto se reflejaba en esas novelas. Quedé pasmado: en escasos quince minutos, esa ponencia me había aclarado el panorama: en la literatura mexicana hay mucho qué desenterrar relativo al ecosistema. ¿Si podemos hacer estudios de política y sociedad en las novelas de tal o cual, por qué no podemos hacer lo mismo con el medio ambiente?

Al terminar hice un comentario muy ensayado para sonar inteligente, que en esencia era esto: “Quiero agradecerte, porque no entendía un carajo de lo que ustedes hacían, pero ahora ya vi que sí sirve y está bien chido”. Y, contrario a lo que pensé, esto atrajo a un montón de académicos hacia mí que no venían a decirme: “Eres un tarado”, sino “Qué bien que te nos unas, necesitamos nuevas personas de otros países”. Un hombre llamado Christopher, que hablaba un español más correcto que el mío, incluso me recomendó releer poemas de José Emilio Pacheco para encontrar todas las referencias a la naturaleza que había en su obra. De inmediato pensé en su poema por antonomasia: Alta traición:

No amo mi patria.

Su fulgor abstracto

es inasible.

Pero (aunque suene mal)

daría la vida

por diez lugares suyos,

cierta gente,

puertos, bosques de pinos,

fortalezas,

una ciudad deshecha,

gris, monstruosa,

varias figuras de su historia,

montañas

-y tres o cuatro ríos.

Después de esto me sentí parte del clan. Un clan ecléctico y estrafalario, abundante en ropajes y cortes de cabello poco ortodoxos, comentarios amables, referencias literarias y entusiasmo deportivo (en sólo dos días escuché a tres personas diciendo: I’m gonna go for a run); éste último un factor regularmente ausente en los académicos, animales sedentarios que cultivan, además de sus cerebros, barrigas prominentes y calvas precoces.

Escena 4: Donde nuestro héroe y Kristin fueron los raros entre los raros

El jueves 22, para el final de la jornada, los organizadores habían preparado charlas y lecturas de poesía en el Museo de Arte Contemporáneo de Detroit. El museo estaba muy cerca de la universidad, así que Kristin y yo decidimos caminar. No obstante, no contábamos con una tormenta que estaba decidida a comenzar al mismo tiempo que nuestra caminata.

Llegamos al museo ensopados y goteando. Entramos a tomar asiento con seguridad, ante las miradas asombradas de los demás asistentes. Pedí una cerveza para mí y una copa de vino tinto para Kristin y tomamos asiento, sin preocuparnos por los charquitos de agua que crecían bajo nuestras sillas. Me sentía orgulloso pues, en un mar de académicos estrafalarios que discutían la presencia de un cactus en un poema de una autora nativoamericana, nosotros éramos los raros.

Al terminar la plática dimos un recorrido por el museo. La exposición abundaba en elementos mexicanos, pero era ecléctica: había veladoras de la virgencita y juguetes de acción del Chapo, pero también una hilera de tapas de vasos de Starbucks. Kristin y yo observamos las obras y al terminar discutimos sobre el arte contemporáneo, el cual no entendemos. Si bien hay elementos valiosos en él y artistas que merecen atención, una enorme porción del mismo está permeada por esta idea “subversiva” de poner basura en una galería y preguntar: ¿Qué es arte? Y la verdad, muchachos, esto ya lo preguntó Duchamp desde 1920 y de nuevo Warhol y sus cajas Brillo en los 60. ¿De verdad vamos a pretender que sigue siendo novedoso? ¿En serio no podemos producir nada mejor? ¿No tienen mejores preguntas para nosotros?

Salimos y fuimos a comer a un bar deportivo en el que absolutamente todos los comensales y todos los meseros y todos los barteneders y todos los cocineros eran afroamericanos, pero Kristin y yo, una pelirroja y un mexicano, ya estábamos acostumbrados a no encajar. Esa tarde (y en realidad toda la vida) nos había preparado para eso.

Espejo de agua: De cuando el cielo en Kansas iluminó a nuestro héroe y lo hizo pensar en su héroe

“A lo largo de las generaciones
los hombres erigieron la noche (…)
y el tiempo la ha cargado de eternidad”. J.L. Borges

Dedicado a mi padre

Hubo un tiempo en el que las estrellas eran verdad, pero lo hemos olvidado. Hace mucho que inventamos los bombillos y todo se fue al traste. Inventamos la luz eléctrica para engañar a la noche, para estirar el día, para seguir trabajando, para dormir menos. Parece increíble pensar que hace apenas doscientos años, en los más de cien siglos de civilización humana, si uno salía a ver el cielo nocturno, ya fuera en el campo o la ciudad, las estrellas eran igualmente innumerables. Ahora vemos sólo una minúscula fracción. Hicimos la luz en la tierra, pero apagamos la del cielo.

Cuando era niño vivía en las afueras de la ciudad, mucho antes de los mega outlets y las fábricas. Esto me aisló, pues no había niños en kilómetros a la redonda, y yo me entretenía inventando vidas para mis juguetes. Pero también me dio ventajas. Una de ellas era la noche.

En el jardín de mi casa había un espejo de agua al que llamábamos “la alberquita”, con un optimismo autocensurado por el diminutivo. No debía ser mayor a los tres metros de largo por uno y medio de ancho, y aun en la edad en que apenas empiezan a caerse los dientes de leche, no me llegaba ni a la barriga. Muchas noches, mi papá y yo salíamos, nos quitábamos los zapatos y calcetines, metíamos los pies en la alberquita y mirábamos el cielo.

Siempre he tenido una relación curiosa con él. No la llamaría distante, pero tampoco es cercana. Es una relación que, siguiendo la huella de Hemingway, asoma sólo un octavo de sí misma a la superficie y el resto queda bajo el agua. Hablamos de cine, de libros, de política y nos contamos anécdotas. Nos saludamos y despedimos con un apretón de manos y sólo nos abrazamos en ocasiones especiales: cumpleaños y navidades. Nos escribimos mensajes breves, casi siempre monosilábicos y cuando alguien externo nos ve, sólo sabe que somos padre e hijo por el parecido físico.

Mi papá tenía apenas dos años cuando murió mi abuelo. De él le quedan solamente una chamarra verde de cuero y un estuche para rasurarse con un par navajas oxidadas. El resto son pedacitos de un rompecabezas incompleto. Mi abuelo, a su vez, fue huérfano de ambos padres. Trabajó como minero desde muy joven y, tras casarse con mi abuela, encontró trabajo en una refresquería y ahí, participando con compañeros en un equipo de ciclismo amateur, descubrió que era un prodigio del ciclismo. Llegó a estar seleccionado para participar en las olimpiadas de Tokio 64. Meses antes de ir, le detectaron leucemia. Murió en cuestión de semanas a los 26 años. Hacemos lo que podemos con lo que nos fue dado. Mi papá tomó esa chamarra, ese estuche, las memorias que sobrevivieron al tiempo, las llantas de una bicicleta que no llegó a rodar, y con eso construyó un camino para querernos a mí y a mi hermano. Un sendero indirecto, lleno de vueltas y puntos ciegos, pero un sendero al final.

De entre mis memorias de niñez, ver las estrellas desde el espejo de agua es la que más me visita. Durante años lo hicimos. A veces pasaban meses y conforme fui creciendo lo hicimos cada vez menos. Pero ahora, mientras avanzo hacia ese territorio siempre inhóspito de la adultez, cada vez lo añoro más. No hablábamos mucho y si lo hacíamos, era sólo de las minucias del día. En ocasiones ni siquiera hablábamos. Sentíamos el agua fresca en los pies y veíamos un cielo en el que las estrellas todavía parecían infinitas. Mi papá no trataba de darme consejos, ni instruirme. No me daba frases de sabiduría paternal. O eso creía yo. Como dije, nuestra relación sigue la teoría del iceberg, y entonces yo no sabía sumergirme para ver el mundo que me regalaba sin decir una palabra.

Algo que admiro de mi papá es su estoicismo. La vida puede golpearlo una y otra vez, y como un boxeador veterano y testarudo, se rehúsa a caer. Durante una década o más, correr fue su pasión. Lo hacía por gusto, jamás ganó nada, pero todos los días salía a correr y en todas las carreras participaba. Hace un par de años descubrió que tiene osteoartrosis y tuvo que dejar de hacerlo. Después de esto una vez me dijo: “Dios te golpea donde más te duele”. Me pareció tristísimo. Pero una semana después empezó a andar en bicicleta. Perdió la casa que amaba y ahora ha hecho su casa a su gusto, de nuevo. Mi abuela murió también en el 98 y el 22 de mayo pasado, mi tío Manuel, su hermano menor, murió repentinamente. Cuando Dodger, nuestro perro, murió, él lo miró mucho tiempo en silencio y luego dijo: “Se acaba de morir mi mejor amigo” y era verdad. Pero no se quebró. Nunca se quiebra. Guarda silencio y frunce el ceño. Y sigue. Y yo recuerdo las palabras de Leonard Cohen en su discurso de aceptación del Príncipe de Asturias: “Nunca hay que lamentarse casualmente. Y si uno va a expresar el gran, inevitable fracaso que nos espera a todos, debe hacerlo dentro de los límites estrictos de la dignidad y la belleza”.

Cuando me siento más desolado, pienso en el espejo de agua, en el cielo nocturno y en mi padre, y entiendo que quizás me decía: “Mira, la vida es difícil, pero existe la noche, y existen las estrellas, y existe el agua fresca en tus pies”. Y eso es suficiente. Eso es más que suficiente.

No he vuelto a ver el cielo de la misma manera. Mis padres se divorciaron hace años y nos mudamos. La casa que fue mía ahora es una gasolinera.

Una tarde en Kansas, regresando a casa de Kristin, el cielo estaba despejado y le dije a Kristin El cielo de noche debe verse maravilloso aquí. Ella me respondió que sí, pero que como era temporada de tormentas, quizás no lo vería. Pero más tarde, mientras me preparaba para dormir, Kristin entró a mi cuarto y me dijo: Deberías venir.

Salimos y ahí estaba, sobre nosotros, la bóveda del cielo, abierta y absoluta. La ciudad más cercana estaba a media hora en coche y no había luces en el horizonte. Ahí, en ese momento, el cielo estaba lleno de estrellas de nuevo. Había áreas donde estrellas lejanísimas y diminutas se apiñaban como un enjambre de luciérnagas. Otras estrellas eran tan grandes que parecían colgar cerca de nosotros como frutas maduras.

Pensé en mi papá. Pensé en el iceberg que hemos construido y en los mensajes que me siguen llegando, lentamente. En esa noche en Kansas, sentí el césped fresco en mis pies como agua, y me pareció ver a mi padre con la mirada en los astros, y sólo entonces entendí lo obvio: la penumbra es necesaria para ver la luz.

Algunas de las estrellas que vemos, se extinguieron hace mucho, pero nos llega su luz, como un recuerdo encendido. El espejo de agua ya no existe, pero su brillo sobrevive.

Esa noche en Kansas fue domingo. Antes de dormir, recordé que era día del padre.

Animalia: Donde se narra el descubrimiento de la fauna nativa y también se explica como atrapar a una bestia fantástica

Charles Darwin viajó a las Galápagos y enumeró los animales que ahí le encontraron. Siendo fiel a la realidad, describió la fantasía: tortugas inmensas, iguanas del color de la lava, bestias del mar con ocho extremidades húmedas. Es curioso que los primeros libros de viajeros suelen anticipar en centurias lo que luego haría Gabriel García Márquez, pero ellos lo hacían con un espíritu notarial, sólo querían dar cuenta de lo que veían, era el paisaje el que los empujaba a la maravilla. Julio Cortázar, por otro lado, con ese ánimo juguetón que jamás lo abandonó, hizo el viaje en reversa: junto con su esposa, Carol Dunlop, viajó en Fafner, su combi roja, por la carretera entre París y Marsella, deteniéndose para dormir en cada parador del camino. Juntos catalogaron la flora y fauna contigua al asfalto, encontrando en una ardilla, un hongo o una briza de hierba, un descubrimiento fascinante. La maravilla no viene del objeto, sino de los ojos que saben ver como si vieran por vez primera. Ten esto en mente, lector. No sólo para esta entrada, sino siempre.

Bestiario del territorio de Kristin

Ya he hablado de los sapitos, los grillos y las luciérnagas. Pero me he guardado lo mejor para después. ¿Qué habría sido de Dickens si hubiera revelado todas sus armas de golpe en el primer número? Has de aprender de los mejores.

Los muchos acres de la familia Van Tassel, son cohabitados por tres individuos de una misma especie que recorren el terreno como soberanos. Un trío de depredadores, quienes ahora, domesticados, sólo disfrutan el sabor de las croquetas y la comida que cae de las mesas que ellos miran con añoranza. Y quienes, sólo cuando son sobrepasados por su instinto, persiguen a los sapitos con una mezcla de hambre y curiosidad.

Estos son los tres sujetos que pude catalogar:

  1. Moby: Canis Lupus Familiaris. Macho. Mestizo, mezcla predominante de golden retriever. 10 meses de edad. Pelaje negro y abundante con una mancha blanca en el pecho. Energético, amigable, curioso, confiado. Intereses: sapitos, humanos miembros de su familia, humanos conocidos de su familia, humanos desconocidos que están en las inmediaciones, comida, congéneres perrunos. No parece mostrar ninguna inclinación política. Aunque es demasiado joven, se adivina que quizás nunca los tendrá. “Espíritu libre”, como les llaman.

  2. Willa. Canis Lupus Familiaris. Hembra. Sumamente mestiza, imposible determinar las razas que se entremezclaron para generarla. Entre 8 y 9 años de edad. Pelaje corto y color “pintita” (disculpa el argot científico). Extraordinariamente cariñosa. Extraordinariamente glotona. Intereses: recibir comida y cariño de los humanos. No entiende de política. Mientras reciba comida y caricias, está satisfecha.

  3. Héctor. Canis Lupus Familiaris. Macho alfa. Mestizo, aunque con prominencia de collie irlandés. Entre 10 y 11 años de edad. Pelaje abundante, negro en el lomo, costados y cabeza, blanco en cuello, pecho, vientre y patas. Intereses: su privacidad, perseguir automóviles, defender su territorio. Puede adivinarse que en su juventud fue demócrata y que recuperó la fe levemente cuando parecía que Bernie podía ser el candidato a la presidencia. Ahora no le pregunten. En serio. No quiere saber nada de política.

En mi primera noche en casa de Kristin los conocí a los tres. En cuanto nos estacionamos, Moby y Héctor se acercaron, pero al ver que además de Kristin, otro humanoide descendía del auto, Héctor se detuvo en seco, desconfiado. Moby en cambio se acercó, todo olisqueos y lengüetazos. Kristin me dijo: Héctor es muy tímido. Especialmente con los hombres, así que no te sientas mal. El que me dijera eso fue importante, pues el rechazo de un perro es para mí un dolor tremendo. Si un perro se siente repelido por mí, de inmediato me ofusco, me deprimo ostensiblemente, y me dedico a pensar qué en mí puede haber olfateado ese can para negarme su peluda cercanía.

Mientras cenábamos, los perros, en su ritual (un ritual universal, por lo que veo. En León, Gypsum, Ulán Bator, Roma y Antananarivo, los perros se acercan a las mesas de los humanos para compartir los alimentos) se juntaron a nuestro alrededor. Fue ahí donde conocí a Willa, quien de inmediato reconoció en mí a un amante de su estirpe y recargó su pesada cabeza sobre mi pierna, mirándome con ojos de insondable deseo: acaricia mi cabeza, detrás de mis orejas, parecía decir, y obedecí. Moby correteaba, con la atención dispersa entre la comida, los sapitos, las luciérnagas, las personas, los otros perros, las estrellas, las hojas, la luz, su cola, su sombra… Héctor en cambio, miraba desde lejos, sopesando mi presencia. Finalmente se acercó a David, el esposo de Kristin. Y más tarde, cuando estábamos por levantarnos, me dejó acariciarlo. Eso es muy extraño para Héctor, dijo Kristin. Deberías estar orgulloso. Y lo estaba.

Héctor fue el primero en llegar a la familia. Lo adoptaron de un refugio. Aparentemente había sido maltratado, Kristin cree que por un dueño hombre, por ende, le teme más a los hombres. Su nombre es el de Héctor, el de tremolante casco, de la Ilíada. Héctor murió asesinado por Aquiles, un hombre; por culpa de su hermano Paris, un hombre también; en una guerra ordenada por Menelao, otro hombre, quien en un arranque de celos reunió a decenas de ejércitos para sitiar Troya y vengarse así de Paris (el mismo hombre jarioso ya mencionado) quien había huido con Helena, esposa de Menelao (mujer, sí, pero encantada por Afrodita, quien había prometido a Paris el amor de Helena a cambio de que la favoreciera en un certamen de belleza). El que Héctor, el perro, desconfiara de los hombres, me pareció de lo más razonable.

Moby llegó apenas en octubre del 2016, siendo un cachorrito. Él ha conocido sólo el extenso campo de pasto, los árboles, las rosas, los sapitos y el cariño de la familia Van Tassel. Confía en el mundo, y Héctor trata de enseñarle que los humanos no son siempre dulces, pero Moby no aprende, y Héctor se desespera. El nombre de Moby viene de Moby Dick, la ballena blanca, perdición de Ahab y la tripulación del Pequod. Ballena víctima, también, de los hombres. Con más razón, Héctor piensa que Moby debería desconfiar, pero espera que nunca tenga que aprenderlo por las malas.

Unos días antes de que yo llegara, Moby se paró detrás de la camioneta de David, listo para perseguirla, y David lo atropelló. Bajó de la camioneta para ver qué había sucedido y vio que una de las llantas traseras estaba descansando sobre el cráneo de Moby. Se movió y lo llevaron a la casa. Luke durmió con el perro adolorido toda la noche, esperando lo peor. Al día siguiente, Moby despertó y fue el mismo de siempre. Una errática pelambre negra, ahora con un chichón en la cabeza que portará para siempre como medalla por sus juegos. Dicen que los humanos somos los únicos animales que no aprenden de sus errores, pero Moby sigue parándose detrás de los autos. ¿Será acaso que para él no es un error, sino una diversión por la que vale la pena arriesgarse? Héctor se desespera.

Willia, por otro lado, no es de la familia Van Tassel. En realidad, es del vecino de Kristin, pero como su humano siempre está ausente, prefiere cruzar el campo y refugiarse en donde hay comida, cariños y amigos.

En mis días en la casa de Kristin, estos tres habitantes de las llanuras fueron mi compañía. Moby y Willa no se apartaban de mi lado cuando salía. Héctor en cambio me miraba siempre desde lejos. Pero, por alguna razón misteriosa (los perros tienen razones que nos escapan), por las noches se acercaba. Bajaba la guardia y me dejaba acariciarlo. Incluso, cuando dejaba de acariciarlo detrás de las orejas, me empujaba la mano con su hocico para que siguiera. Me encariñé con Héctor sobre todo. Lo quise porque me identifiqué con él. Perro tímido, distante, socialmente incómodo, quien hasta para comer se alejaba, con su plato en la boca, para hacerlo en privado. Cuando lo veía, quería decirle: Está bien, Héctor. A mí también me dan miedo las personas. Pero no te haré daño, yo soy como tú. Quizás en la noche confiaba en mí porque, sin la luz del sol, me reconocía como un amigo y no como un hombre.

Héctor siempre corría detrás del coche cuando salíamos. Corría tanto que había que engañarlo, hacerle creer que nos había alcanzado, y después acelerar para dejarlo atrás. La mañana en que dejamos Kansas no nos siguió. Y creo que lo entiendo. Para mí también son difíciles las despedidas.

La oficina de Kristin y la bestia que nos aguarda

En mi segundo día en Kansas, Kristin me llevó a Bethany College, la universidad donde da clases. Ya eran las vacaciones de verano, así que estaba casi vacía. Atravesamos los pasillos silenciosos, huérfanos del alboroto estudiantil, y llegamos a la oficina de Kristin.

¿Recuerdas lo que dije, lector, sobre las casas? ¿Que son extensiones de las personas? No pensaba lo mismo de las oficinas, en parte porque las oficinas están casi siempre deshumanizadas. No son espacios habitables, sino transitorios. El calabozo que se habita por ocho horas diarias, en el que, como Papillon, sólo pensamos en escapar. Les pegamos letreritos, agregamos fotos, los “personalizamos”, pero esto es casi siempre una operación escapista. Tratamos de agregar pedazos de nosotros, para no sentirnos parte de la oficina. Pero Kristin adora ser maestra, su oficina es su segundo hogar.

Un librero ocupa toda una pared. Hay un sillón verde con cojines morados en un rincón. Frente a su escritorio hay un cuadro de corcho lleno de notas, dibujos, memes de sus alumnos, mensajes y fotos. Todo el espacio está ocupado por recuerdos de viajes, pinturas, regalos de sus alumnos y citas literarias. Sentado en el suelo, leyendo poemas de Sylvia Plath, sentí que aquella oficina surgía de Kristin, que la orbitaba como a una estrella, y que, probablemente, al salir, desaparecería completa, como si dependiera enteramente de su presencia.

Tanto en la biblioteca de su casa como en la de su oficina, hay una edición de Moby Dick. Uno de sus perros se llama Moby. En su pared hay un meme en donde aparece un modelo tatuado sin camisa con el rostro de Melville sobrepuesto, un regalo de sus alumnas (una combinación que resulta en un príncipe hípster, curiosamente). Y hay montones de ilustraciones, pinturas y hasta peluches de ballenas. Moby Dick es el libro preferido de Kristin (Si me obligas a elegir, me dijo).

Pensé en la novela. El capitán Ahab busca desesperado a la ballena blanca que le arrebató su pierna, con el único propósito de vengarse de ella, y está dispuesto a arrastrar a todos sus hombres a la muerte si es necesario. Kristin tiene un método distinto. Deja que la ballena se acerque a ella. Y la ballena viene.

Curiosamente Herman Melville viajó a las Galápagos, como Darwin. Pero Melville no supo ver con el ojo del biólogo maravillado. Después de cinco textos, el escritor se dedicó a inventarse relatos de espectros y piratas. Sólo en los primeros cuatro se dejó deslumbrar por la naturaleza. Era un genio, sí, pero es una lástima que no viviera ahora para dialogar con Kristin. ¿Cómo lograste atraparla?, preguntaría el novelista. Ahí es donde estás mal, Herman, respondería ella. Ella me atrapó a mí.

Como a mí me atrapó Héctor. Como todos los animales, quienes sólo buscan ser en el mundo, nos cautivan.