No más muertos

Como todo en México, comenzó con gritos. Fueron muchas las personas que lo vieron, recortado por la luz perezosa de las primeras horas de la mañana; conductores rumbo al trabajo escuchando el radio, peatones acompañando a sus hijos la escuela, gente mirando distraída por las ventanas de un camión, tenderos montando sus puestitos; todos fueron despertados de su estado medio catatónico por la singular visión, de manera que es difícil precisar quién pegó el primer alarido. Lo que sí se puede señalar es quién fue la primera persona en llamar a la policía. Una señora que vendía palanquetas fuera de una primaria fue quien desenfundó su celular con mayor rapidez y marcó el 911. La operadora que respondió, profesional y experimentada, mantuvo la calma, pero inyectó a su voz un calibrado y leve tono de preocupación – tan necesario para que el usuario sienta que hay un ser humano del otro lado de la línea – aunque, si hemos de ser sinceros, la descripción del suceso no le sorprendió. Agitó la cabeza apenas perceptiblemente en su cubículo mientras tomaba notas velozmente y se enlazaba con la policía, como quien vuelve a escuchar el chirrido de una puerta después de haberla engrasado por centésima vez. Ahora mismo van unidades a esa dirección, señora. Gracias por su llamada. Antes de colgar, la vendedora de palanquetas murmuró, como si ya no hablara con la operadora sino con ella misma Qué raro. ¿Qué es raro, señora? El colgado. Sí, es terrible, pero mantenga la calma, ya van para allá. No, digo, es que se está igualito a otro de hace unos meses, hasta en el mismo lugar. La operadora no pudo contener un suspiro. Lo que sí pudo contener fue decir algo como Sí, señora, este pinche país. Se limitó a repetir Mantenga la calma, ya van para allá. Gracias por su llamada.

Todo siguió su cauce normal. Los policías llegaron y acordonaron la zona. Tránsito se ocupó en desviar el tráfico. Llegó la prensa y tomó fotos y declaraciones. Mirones también tomaban fotos y video y los subían a redes sociales. Todo iba, para decirlo pronto, como de costumbre. Pero el caso puso un pie en territorio novedoso cuando el equipo forense reveló que ese hombre en efecto había muerto ahorcado, pero no aquella noche o madrugada, sino antes. Es rarísimo, dijo el forense al detective Fernández, encargado del caso. Parece que el muerto lleva meses muerto, pero no muestra ninguna seña de descomposición. El asistente del forense sonreía como emocionado. Y usté’ de qué se ríe, le preguntó el detective. Perdón, detective… es que es como de película. Sin embargo, las sorpresas no acabaron ahí y la película a la que aquello se parecía aún guardaba un brusco giro, tan brusco de hecho, que habría significado un cambio de género. El detective Fernández no se la creía cuando identificaron al occiso: se trataba de Raúl “El Manitas” López, un ratero devenido en narcomenudista que operaba en la zona donde se le había encontrado y quien, de acuerdo con sus registros, ya había sido hallado muerto en el mismo lugar y de la misma forma, hacía casi siete meses. El caso se había archivado y el cuerpo, que no fue reclamado por nadie, puesto en una fosa común. No mames, decía el detective por lo bajo mientras leía el reporte. Ordenó que se volvieran a tomar las huellas y se volvieran a cotejar en el sistema; el resultado fue el mismo. No chingues, algo tiene que estar mal, dijo. Se repitieron las pruebas una vez más con los mismos resultados y, frustrado, el detective dijo que fuera como fuera a ese cabrón nadie lo iba a extrañar. Ordenó que se cerrara el caso, que se enterrara el cuerpo en una fosa común y que no se revelara nada de aquello a nadie. Nunca pasó. Si veo cualquier cosa sobre esto en el periódico, van a ver, culeros. Sí, señor, dijeron todos los involucrados, y uno de los policías que descolgó el cuerpo se persignó a escondidas, como con pena, pero más con miedo.

El segundo caso, ocurrido dos días después del primero, fue muy similar, aunque levemente más chocante por el estado del cuerpo en cuestión. Fue en Guadalajara, también muy temprano por la mañana. En esta ocasión el descubrimiento, el primer grito y la primera llamada vinieron todos de una misma persona; una mujer joven que salió a correr y más o menos al kilómetro siete de su carrera matutina, se topó con la figura atroz de un cadáver colgando de un puente peatonal. El cadáver estaba quemado a tal grado que, en un primer momento, en el golpe de la primera mirada, la mujer había pensado que se trataba de una bolsa de basura negra llena de varas. Tal vez por eso ella había sido la primera en alertar a la policía, porque el cuerpo estaba tan deformado que difícilmente los primeros automovilistas de la mañana habrían podido identificar esa masa carbonizada como lo que era. La prensa le preguntó si volvería a correr. La mujer dijo que sí, porque tenía un maratón en Boston pronto, pero que ciertamente ya no incluiría esa avenida en su circuito usual, que ya hacía mucho su marido le había advertido que esa zona se estaba poniendo fea. Qué lástima, una colonia que era tan bonita, dijo. Luego los periodistas, más por hábito que por profesionalidad y menos aún por interés, se acercaron a uno de los policías a anotar sus declaraciones. Al terminar, mientras ya todos se iban, uno de los reporteros, un muchachito joven, le preguntó al fotógrafo que iba con él ¿No habían encontrado a otro quemado en el mismo puente peatonal hace dos años? El fotógrafo sólo alzó los hombros e hizo una mueca de Sabrá Dios, mientras revisaba las fotos en la pantalla de su cámara.

¿Bueno? ¿Mario? Pues, ¿qué teléfono marcaste, güey? Oye, ¿quieres saber algo bien pinche loco? Simón. Nos llegó un muerto en la mañana, un colgado y chamuscado. Ajá. Pues ya sabes, se checan las placas dentales. Simón. Y resulta que es El Chimuelo Mendoza. El Chimuelo Mendoza… Fernández hizo una pausa, pasándose el nombre por la boca como si fuera un caramelo. No chingues, güey. ¿El Chimuelo Mendoza? Sí, cabrón. ¿El pinche Chimuelo? El mismo hijo de la chingada. No mames, cabrón. Se me pararon los pinches pelos del brazo. Sí, güey, uno de mis hombres quiso renunciar. Que esto es del diablo, dijo. Bueno, hay maricones en todos lados. Uno de mis hombres quiso traer un sacerdote a bendecir la comisaría y las patrullas. Ambos se rieron. Luego se hizo una pausa que empezó a abrirse como un cráter. ¿Había narcomanta? No, todo igual que la vez pasada, hasta juraría que el mismo pinche mecate, pero sin la manta. Acá igual. ¿Qué chingaos está pasando, camarada? No sé, Pepe, no sé. Esto parece de película. Lo mismo dijo el mocoso que le ayuda al forense. Los dos se rieron. Otro cráter creció en la llamada hasta que se hizo insoportable y se despidieron.

El tercer caso fue mucho más macabro, pero curiosamente también más sencillo de controlar pues incluso buena parte de los policías y funcionarios relacionados con la investigación no se dieron cuenta de nada; en buena medida porque vivían en un constante estado de déja vu. El dueño de unos terrenos muy extensos en Veracruz se estaba paseando con uno de sus hombres de confianza, con un arquitecto de una desarrolladora urbana y con un funcionario de gobierno para indicar más o menos el trazo del fraccionamiento que quería levantar en aquella zona selvática, cuando percibieron un zumbido de moscas atronador, algo distinto en potencia sónica al zumbido normal de la selva. Casi instantáneamente percibieron también la pestilencia. Un animal muerto, dijo el funcionario. No, apesta mucho y son demasiadas moscas, dijo el hombre de confianza del dueño. ¿Muchos animales muertos? preguntó el arquitecto. Y más o menos le atinó. Lo que hallaron fue una fosa clandestina con una cantidad abrumadora de restos humanos. El olor era insoportable y los cuatro vomitaron. El arquitecto se desmayó. El funcionario llamó al jefe de policía. Éste llegó relativamente rápido, considerando lo lejos que estaban de la carretera o de cualquier camino decente. Sus hombres acordonaron la zona y se pusieron a hacer su trabajo. Hallaron setenta y dos cadáveres. Muchos desmembrados, casi todos con heridas de machete y otros pocos con heridas de bala. El estado de putrefacción y los trozos de cuerpo devorados por animales e insectos hacía casi imposible distinguir sexos y edades a primera vista. La identificación sería difícil, pero seguro eran todos migrantes centroamericanos. Ellos mismos ya medio se daban por muertos cuando emprendieron el viaje, comentó un paramédico, como para tranquilizar al arquitecto a quien le estaban administrando suero en la ambulancia. El jefe de policía supo, nada más al llegar, que aquello era parte de lo que sus fuentes le decían que había pasado esa misma semana en Ciudad de México y Guadalajara. El dueño del terreno farfullaba enojadísimo por tener que lidiar con eso por segunda vez en menos de cinco años. Qué puta mala suerte. Chinguen a su madre, pinches migrantes hijos de la verga, que se queden a morir en sus pinches países culeros. Su hombre de confianza tenía el ceño fruncido. Se acercó al jefe de policía y le dijo Esto está muy raro, señor. Es exactamente el mismo lugar de la vez pasada. El jefe de policía se rió y dijo No chingue, ¿en esta pinche selva cómo sabe dónde anda parado? No, estoy seguro, respondió el hombre. Y aquella vez también fueron setenta y dos muertos. Esas cosas no se olvidan. El jefe de policía dejó de reírse, se acercó y le dijo ¿Y luego? Y por cómo lo dijo, el de confianza del dueño bajó la cabeza y murmuró Pues nada, qué coincidencia. Sí, qué coincidencia, terminó el jefe de policía. El hallazgo salió en las noticias aquella noche, en una cápsula relativamente rápida. Luego dieron el pronóstico del tiempo y más tarde entrevistaron a una muchacha muy guapa que tal vez iba para Miss México, primera vez para una veracruzana si se les hacía. En los principales noticieros nacionales el aviso se redujo a un cintillo al pie de la pantalla.

Fue el cuarto caso el que puso en estado de alerta no sólo a la policía, sino a gente más importante. Aprovechando un par de horas libres, dos estudiantes de la maestría en Historia de México en la UNAM se fueron a buscar algún punto escondido cerca del espacio escultórico de Ciudad Universitaria para fajar cuando vieron lo que parecía una muchacha durmiendo junto a un arbusto. Al acercarse, el muchacho gritó. La chica sintió un escalofrío, curiosamente no por el cuerpo, o no por el cuerpo solamente, sino por el sitio donde estaban, el cual de pronto se le reveló como familiar. Se acercó y luego se llevó las manos a la boca, primero por el impacto de la visión de un cadáver – algo por demás comprensible – pero luego la cara se le deformó en un gesto de absoluto horror y comenzó a dar alaridos sin parar. La muerta tenía los pantalones jalados hacia abajo, aunque aún abrochados. Había sangre ya seca en su ingle. También tenía la blusa subida hasta el cuello y una de las copas del sostén levantada. Había sido estrangulada con el cable de unos audífonos – probablemente suyos – que seguía apretado contra su cuello.

El muchacho llamó a la policía e hizo lo mejor que pudo para describir exactamente el sitio donde se encontraban, mientras que con el brazo libre abrazaba a la chica que se había acercado al cuerpo. A su vez, la operadora pasó el resumen de la descripción a la policía. En cuestión de dos o tres minutos, alguien le avisó al detective Fernández, quien había pedido a oficiales de confianza estratégicamente distribuidos por la ciudad que le notificaran ipso facto de cualquier cuerpo o cuerpos que se hallaran en lugares precisos donde ya antes se hubieran encontrado otros. Durante esa semana, las llamadas al radio y al celular personal del detective se habían doblado en número. Y todo por falsas alarmas. Pero en esta ocasión, al escuchar la descripción del sitio, Fernández se dirigió de inmediato ahí. Ahora sí nos cargó la verga, pensó.

Los policías se llevaron el cuerpo en menos de diez minutos; cosa de lo más inusual y contraria al protocolo. La prioridad fue limpiar todo rastro antes de que llegaran mirones y tomaran fotos o videos y lo subieran a redes sociales. Fernández personalmente interrogó a los jóvenes y luego les pidió sus celulares. Es el procedimiento, dijo. Los muchachos traían el susto tan fresco que no chistaron en hacerlo. Quién los viera, pensó Fernández. Luego se fijó en la cara de la chica, en su mirada extraviada. ¿Está bien, señorita? Lo que pasa es que ella fue la que se acercó a ver el cuerpo. Ah, ya. Procedió a separarla con delicadeza, casi con cariño, como si fuera su padre, mientras a la vez hacía un gesto de deferencia al joven y pedía a otro oficial que lo atendiera y le explicara qué seguiría ahora. Ya a una distancia segura, le preguntó ¿Estás bien? Ella no lo miraba a los ojos; no respondía. Na’más de verle los ojos, así, tan en blanco, Fernández supo. Bajó la mirada y en el morral de la chica distinguió un pin que leía Ni una menos. Era ella, dijo por fin la chica. Era Cristina. Ahora sí ya nos cargó la verga, pensó el detective.

Fernández, que había llegado hasta donde estaba por su eficiencia y capacidad estratégica, tomó las siguientes decisiones: 1. Enviar a la chica al hospital por shock nervioso y alertar a los padres (de alguna manera se iban a enterar y ahorita no necesitaban reclamos, o incluso demandas), pero aprovechar el trayecto que tendría a solas con ella para tratar de convencerla de que su vista la había engañado. 2. Llamar a Gobernación y alertarlos, en caso de que el paso uno fallara. 3. Poner a dos unidades a seguirla tanto a ella como al muchacho unos días. Sus celulares ya estaban intervenidos.

El paso uno no tuvo una resolución feliz. La chica, de nombre Paloma Gómez Saldívar, se puso a gritar ¡Era Cristina! apenas la subieron a la ambulancia. Los camilleros lograron controlarla y le suministraron una dosis leve de calmantes. Aun así, la chica repetía el nombre Cristina muy bajito, como si estuviera hipnotizada. Era imposible hablar con ella. Para cuando llegaron al hospital, sus padres ya estaban ahí. Fernández sintió un poco de alivio al ver que los padres de Paloma, al menos a juzgar por su atuendo, eran muy humildes. El paso dos, en cambio, funcionó mejor de lo que Fernández pudo haber imaginado.

Primero, la policía hizo una rueda de prensa a la que no asistieron muchos medios, en donde anunciaron que el cuerpo hallado en el jardín de las esculturas era el de Isabel Guerrero, sexoservidora. No se le conocían familiares vivos y nadie se había presentado a reclamar el cuerpo hasta el momento. El asesinato lo había perpetrado, casi con toda seguridad, un cliente, como suele suceder en casos así, y la policía ya estaba investigando para dar con el culpable. Justo como Fernández pronosticaba, a la mañana siguiente, Paloma apareció en un noticiero desmintiendo la versión de la policía, asegurando que aquella mujer era Cristina Romero, una ex compañera de la carrera que había sido violada y asesinada hacía dos años, y posteriormente hallada exactamente en el mismo sitio. La presentadora le preguntó Cómo la reconociste si después de dos años, y disculpa que sea directa, debería de quedar, si acaso, sólo el esqueleto. Se hallaba exactamente igual, como si acabara de pasar. ¿Cómo es eso posible? No tengo idea yo tampoco, por eso entré en shock. Por eso sigo temblando. Sé que parezco loca, pero es verdad. Luego Paloma empezó a llorar. Mientras veía la tele, Fernández bebía su café relajado. Era un noticiero bastante menor. Seguro los demás la rechazaron, pensó. Al contar su historia han de haber dicho: Ésta está lurias. Monitoreó los demás noticieros y revisó los principales diarios. En todos los noticieros aparecía una breve mención del caso, pero sólo en dos más mencionaban, y como nota al pie, casi como dato curioso, la declaración de Paloma. La que le espera, pensó Fernández y sintió con sinceridad algo de lástima por la chica. Qué mala pata. Pero no escuchaba.

En la emisión del día siguiente del mismo noticiero menor, la presentadora ofrecía disculpas por la participación en el programa de Paloma Gómez Saldívar. En las últimas veinticuatro horas, se había descubierto que Paloma no era ni por asomo una testigo confiable. Para empezar, al parecer era adicta al cannabis, algo que muchos compañeros, que pidieron permanecer anónimos, confirmaron. Tenía fama de exagerada, algo que traslucía en su perfil de Facebook, donde era muy voluble y dada al drama. También era bastante radical y en varias publicaciones, tanto en la ya mencionada red social como en Twitter, escribía o reposteaba lemas abiertamente violentos contra los hombres, a quienes llamaba “onvres” y “machitos”. Su exnovio declaró que estaba loca, que él sabía con certeza que tomaba medicamentos para la cabeza y que, además, estaba tan resentida con los hombres que la creía capaz de inventarse cualquier cosa para desprestigiar la imagen del sexo masculino. El chico que estaba con ella en el momento del descubrimiento del cuerpo dijo que la mera verdad no la conocía muy bien, pero que sí era medio rara.

Paloma no pensaba arredrar, a pesar del tormento que le hicieron pasar en días posteriores a través de llamadas, correos y mensajes. Durante unos días siguió publicando en sus cuentas:  Yo sé lo que vi. Algo están ocultando y merecemos saber la verdad. El grupo de lectura feminista al que pertenecía la apoyó en un principio, secundando sus mociones para que se revelara la verdad sobre el caso; aunque después, ante las peticiones de la familia de Cristina de detener ese circo por respeto a ellos, decidieron reorientar su energía a visibilizar la violencia a la que estaba siendo sometida Paloma en redes y a exigir justicia para Isabel Guerrero, la sexoservidora a quien realmente pertenecía el cadáver. Finalmente, Paloma se detuvo cuando una cuenta anónima le envió print screens de una selección de mensajes privados de sus cuentas de WhatsApp y Facebook Messenger, prometiendo ponerlos en circulación en veinticuatro horas si no cerraba el hocico de una buena vez. Ahí quedó todo.

Pero la calma que se había ganado duró poco. En la siguiente semana, y con menos de una hora de diferencia, se hicieron dos descubrimientos que cambiaron definitivamente el rumbo de la situación. En Xalapa, Veracruz, en la colonia Francisco Ferrer Guardia, cercana al centro, se halló el cadáver de Tadeo Ortiz Pinto, el periodista. El hijo del occiso, también periodista, había ido a recoger algunos papeles de su padre y lo halló, exactamente como tres meses antes, amarrado de manos y pies a una silla, con tres balazos en el pecho y uno debajo del ojo, con los dedos meñiques cercenados y tirados cerca de los pies, y con evidencias de golpes en el rostro y quemaduras de cigarro en los brazos. En una pequeña hondonada entre rocas en la playa Tres Vidas de la zona Diamante de Acapulco, se halló el cuerpo desnudo de una chica joven, rubia. Su cabello, empapado y enredado con algunas algas, se mecía levísimamente en ese mínimo espacio similar a una tina. Cangrejos diminutos deambulaban por su espalda blanquísima. La escena, a decir verdad, no carecía de belleza. Mauricio Ortiz, hijo de Tadeo, se propinó dos fuertes manotazos en la cara, el niño que encontró a la muerta se acercó con curiosidad y lentitud, como los perros callejeros a los puestos de comida, preguntas e imágenes nacían y morían en su mente a la velocidad de la luz, ¿qué es esto?, ¿estoy soñando?, ¿qué día es hoy?, ¿me he vuelto loco por fin?, la muchacha era tan bonita y nunca había visto a una muchacha encuerada en la vida real, se echó agua helada en el rostro y se dio otra cachetada, se agachó y tocó la piel de la muerta, tan suave y a la vez tan viscosa, como la de un pez, esto no puede ser, ¿ya me mataron a mí también?, la volteó con algo de trabajo y lo que vio lo hizo correr con un agujero pesado en el estómago buscando a su mamá, todo es posible en este país, se dijo mientras iba por su mochila, el vientre de la mujer estaba todo agujereado por puñaladas, las preguntas seguían pasando frente a los ojos de su cerebro como objetos por la ventana de un tren bala, la madre del niño volvió junto con su hijo mayor, Mauricio tuvo la entereza, en medio de la locura, de sacar su cámara, Es la mismita, dijo la señora, la misma gringa, mientras su hijo mayor sacaba su celular, la verdad es que ya hace mucho que no entiendo nada, se dijo Mauricio. Tomó una foto.

¿Señor? Sí, Alfredo. Supongo que ya vio, ¿no? Sí, ya vi. Su voz sonaba cansada, como la de una madre primeriza tras dos noches sin dormir, con un bebé que no para de llorar. ¿Qué procede, señor? Procede tomarse el mejor licor que se tenga a mano, Alfredo, fumar, y si puedes, si tienes la presencia de ánimo necesaria, reírte, porque esto es un chiste, Alfredo, un enorme chiste. La llamada quedó en silencio, un silencio inhóspito como el de un estacionamiento de noche. ¿Entonces no hay órdenes, señor? ¿Por qué chingaos tenía que ser gringa?, dijo el secretario para sí mismo, pensando en voz alta. Lo del periodista lo pudimos haber controlado; fácil, ¿pero una gringa? ¿Señor? Mira, Alfredo, es tarde. Hazme caso, tómate algo y vete a dormir, por ahora no podemos hacer nada. Alfredo suspiró. Esto parece una película. En este pinche mundo en que vivimos todo parece una película, Alfredo. Alfredo escuchó el silencio breve y le sonó a viento. Y lo peor es que esto parece una película malísima. Un pinche churro. Una chingadera de ésas que sólo pasan en el canal 5 a las dos de la mañana.

El detective Fernández colgó el teléfono y vio su reloj. No eran ni las cuatro. Pensó en la vida de una manera abstracta, sin lenguaje, sin imágenes tampoco. Más bien sintió la vida mientras miraba sin mirar las uñas de los dedos de sus pies, sentado en la orilla de la cama. Habían pasado exactamente tres semanas desde el hallazgo de Raúl “El Manitas” López, diecisiete días desde el hallazgo de Luis Arturo “El Chimuelo” Mendoza, diez días desde el hallazgo de la fosa en Veracruz, cinco del hallazgo del cuerpo de Cristina Romero y todavía no se cumplían cuarenta y ocho horas del hallazgo de los cuerpos de Tadeo Ortiz Pinto y de Susanne Patrick. Todos los noticieros, todos los diarios, todo en las redes, todo, absolutamente todo en las últimas horas había sido un remolino de entrevistas, reportajes, testimonios, imágenes, análisis, hipótesis, especulaciones, girando desbocado alrededor de los cadáveres vueltos de la tumba del periodista y de la gringa. Y ahora esto. El Manitas había sido encontrado de nuevo por un patrullero, colgado del mismo puente. Qué largas tengo ya las uñas, pensó Fernández, nada más por pensar algo, mientras se ponía los calcetines. Salió de su casa y se dirigió a Ciudad Universitaria. Con una linterna en la mano izquierda y la mano derecha recargada en su pistola, el cielo sobre su cabeza azuleaba en las orillas, en las franjas libres de smog. Se adentró solo entre los matorrales aledaños al espacio escultórico y antes incluso de que el haz de luz de su linterna la enfocara, sintió que ya la había visto. Más tarde ese mismo día llamaría a Pepe Mendoza de la policía de Guadalajara, a sus contactos en la Subprocuraduría General de Veracruz y en Guerrero. Pero ya sabía las respuestas.

A partir de ahí todo se aceleró hacia el caos. Fue como si la caída hubiera empezado con una pendiente ligerísima, de esas que se notan muy tarde, que incrementó poco a poco y que siguió incrementando, haciéndose cada vez más pronunciada, consecuentemente incrementando la aceleración del cuerpo que se deslizaba sobre esa superficie hasta alcanzar 9.8 metros sobre segundo cuadrado; es decir, la aceleración de la gravedad en una caída libre en el vacío. ¿Qué vamos a hacer? Preguntó Villarreal mientras se hundía en su amplia silla y perdía todo rastro de rigidez, como si de pronto se hubiera transformado en un muñeco de trapo. Se llevó la mano derecha a la cara y se masajeó la frente, las cejas y los ojos, sustraído por un instante de todo, imaginando que abriría los ojos y estaría lejos, muy lejos. El licenciado Soto Cabrera, los demás secretarios y el procurador se miraron unos a otros cuales niños de primaria que vieran de pronto a su maestro llorando. Y continúan los hallazgos de pesadilla, dijo el presentador del noticiero de la mañana con su inconfundible voz impostada llena de entonaciones efectistas y su bigote perfectamente acicalado. Tras once días de la aparición o, pausa dramática con leve risa y negación con la cabeza, reaparición de los cuerpos del periodista Tadeo Ortiz Pinto y de la ciudadana norteamericana Susanne Patrick, se han hallado ya treinta y siete cuerpos a lo largo del país que ya habían aparecido. Al parecer esta mañana, la pesadilla empeora, con el resurgimiento de una fosa clandestina en el rancho de San Fernando en Tamaulipas. Bartolomé Torres se encuentra allá. Buenos días, Bartolomé, ¿cómo están las cosas por allá? ¿Qué sabemos del fenómeno? Lo más importante es decidir qué le decimos al público, contribuyó el Secretario de Turismo. Sí, y a nuestros colegas norteamericanos, agregó el Secretario de Relaciones Exteriores mientras se limpiaba el sudor de la frente con su pañuelo de seda. Sí, ¿Cuál va a ser la versión oficial?, intervino el licenciado Soto Cabrera. Vandalismo infernal, tituló uno de los principales diarios la nota. Puta, ya todos los periódicos del país parecen el Alarma, le dijo al del quiosco de periódicos un transeúnte mientras le pasaba diez pesos. ¿Cómo que vandalismo? Preguntó el Secretario de Comunicación ¿Quién nos va a creer? Valdría más que dijéramos, Caronte en huelga, comentó Villarreal, quien seguía como en trance. ¿Huelga de quién?, preguntó el Secretario de Cultura. Disculpa que te interrumpa, Alfredo, pero muchas voces están alzando la voz, yo diría que válidamente, haciéndose preguntas que no tienen respuesta.  ¿Cómo explica lo del vandalismo que los cuerpos se encuentren exactamente en el estado en que se hallaban cuando fueron encontrados la primera vez, algunos años después? ¿Cómo se están exhumando a tantos cadáveres sin que nadie se dé cuenta, incluso un cadáver de Estados Unidos? ¿Cómo se explican las fosas? ¿Quién sería responsable? ¿Qué mensaje quiere dar el crimen organizado con esto? Sí, sí, Carmen. Entiendo. Nosotros también nos estamos haciendo esas mismas preguntas, no creas que no. Lo único que te puedo decir por el momento es que tenemos a mucha gente trabajando en esto, estamos colaborando con el FBI para resolver el caso de Susanne Patrick, y estamos enfocados cien por ciento en encontrar a los responsables y detener esta broma de mal gusto, risa sarcástica, escandalizada, ahogada. Perdóname Alfredo, pero de muy mal gusto. Sí, sí, Carmen, terrible gusto. ¿Y por qué vuelven a aparecer luego de que los vuelven a quitar? Preguntó el de la Secretaría de Economía. Bueno, eso no ha salido a la luz, le reviró el Procurador. Pero no tarda en salir, Alfredo, por favor. Y ya hay rumores. Yo los rumores me los paso por los huevos. Pues tú, pero la gente se los pasa por la cabeza y por la oficina y por los cafés y por Facebook y por Twitter, y lo que más importa es la opinión pública. La opinión pública, sobre todo la del extranjero, es dinero, Alfredo. Mucho dinero. Eso es verdad, secundó el de Turismo y asintió enérgico el de Relaciones Internacionales, quien sudaba copiosamente. Digamos lo que digamos van a sospechar otra cosa, dijo Villarreal. Lo del vandalismo está bien por ahora. La sala se sumergió brevemente en el silencio. Más de 250 mil muertos, más de 37 mil desaparecidos, un índice de impunidad del 99.3%, sólo detrás de Filipinas a nivel mundial, y agreguemos que de ese 0.7% de crímenes que sí se castigan, es altamente probable que los “culpables” sean gente pobre incriminada por la policía, porque se calcula que, en nuestras cárceles, el 42% de los presos son inocentes. Pero sólo hasta ahora veo preocupación, miedo, indignación en todos los sectores. Ahora que reaparecen. Lo lamento muchísimo por las familias de las víctimas que ahora viven este calvario de nuevo, pero casi quiero creer que éste es un llamado de algún tipo para todos nosotros, los demás, para que abramos los ojos a la realidad, Gibrán terminó de teclear y presionó publicar. Durante el día revisó su celular de vez en vez, viendo cómo escalaban los likes y reacciones a su reflexión. No pudo evitar sentir una oleada de placer por el cuerpo cuando, a la mañana siguiente, vio que su post había sido compartido más de 13 mil veces. Bueno, y moviéndonos a otro aspecto importante del problema, ¿cómo pensamos resolverlo? Preguntó el Lic. Soto Cabrera. Alfredo Sahagún, Procurador General de la República, le dio un breve resumen de lo que se sabía hasta el momento: los muertos reaparecían en el mismo lugar, en la misma postura y exactamente en el mismo estado que la primera vez que se les recogió. Al recogerlos, volvían a aparecer; al principio no, pero tres semanas después reaparecieron todos de golpe, al mismo tiempo. Estaban apareciendo en toda la República, con mayor rapidez. ¿Cuántos han aparecido hasta ahora? ¿Oficialmente o de verdad? Preguntó Alfredo Sahagún. De verdad, respondió Soto Cabrera. 387 confirmados, 52 por confirmar hasta esta mañana, señor. No mames, dijo el Presidente. Sí, señor. Es sobre todo por las pinches fosas. Y así, México finalmente ha completado su transformación hasta convertirse en una temporada de The Walking Dead región 4, comenzó su video un youtuber e influencer de mucha tracción entre ciertos sectores de la juventud, na’más que en el remake mexicano no les alcanzó el presupuesto para poner a los muertos a caminar. Esta frase suscitó un enorme backlash y el youtuber, en su cuenta de Twitter, dijo que nunca fue su intención ofender a nadie. El video se hizo viral. El patrón que hemos identificado, continuó Sahagún, es que todos los cuerpos son de casos sin resolver. Ya valió, se le salió decir al Secretario de Turismo. Villarreal dejó escapar algo a medio camino entre una risa y un suspiro. No, espérate, el caso de la ciudadana norteamericana se resolvió. Se encarceló a dos pescadores de la zona. Me acuerdo, respingó el de Relaciones Exteriores. El de SEDENA se rió por lo bajo, pero se tapó la boca. Ay, Gustavo, fue lo único que le respondió el Procurador. ¡No más muertos! Leían la mayoría de las pancartas que desfilaban innumerables por las principales avenidas de veintiséis ciudades del país en una la marcha coordinada más grande de su historia. Algunas otras pancartas, más creativas, salieron en galerías fotográficas de los diarios más relevantes del país e incluso del mundo. Una que más que pancarta era una figura de más de tres metros, de papel maché, de una Catrina con una banda como de reina de belleza que decía “Ya todos los días son día de muertos”. Había, por ejemplo, una enorme pancarta, de unos cinco metros de largo, atada en sus extremos a varas de dos metros de longitud, de manera que extendida se asemejaba a un puente peatonal. Del punto medio colgaban muchas calaveritas. La pancarta decía: “En México no existe el descanso eterno”. Pusimos a agentes a vigilar las fosas comunes, los cementerios, las morgues, veinticuatro horas. Y a otros a vigilar los sitios donde se había hallado a los cadáveres. ¿Y? preguntó Soto Cabrera. Pues… Sahagún carraspeó, cosa rarísima en él, así que los demás se esperaron algo muy malo. A diferentes horas de la noche los cadáveres en la morgue, los únicos que estaban a la vista, pues… se disolvían como cera caliente, na’más que evaporándose de inmediato. Eso reportó uno de los agentes. Y en los sitios, bueno, ahí… ¿Qué? Ahí surgían de la tierra. Eso sí lo puedo testificar yo. Yo vi a uno personalmente. Primero se levantaba la tierra como si abajo hubiera un topo gigante y luego salían como papas o calabazas. Los colgados, según me comentaron otros agentes, salían más bien como frutas creciendo en cámara rápida, pendiendo de una rama. La expresión de todos era de horror y de asco. Sí, un agente murió de un infarto. Tres renunciaron y a otros les tuvimos que dar un descanso porque estaban muy alterados. Pues cómo no, dijo el Secretario de Comunicación y Transporte. En otro diario, uno satírico, extremadamente popular en redes, salió una nota que se titulaba “¡No más muertos! (En mi entrada)”. Esta nota rescataba varios videos y fotos de asistentes a la marcha en todo el país, casi todos vestidos con ropa de marca, con gafas oscuras, con sombreritos de verano, quienes, en sus pancartas o en sus declaraciones a la prensa habían hecho comentarios muy desafortunados, como una señora cincuentona en León, Guanajuato, que dijo que era muy triste que hasta cerca de la escuela de su hija, una de las escuelas más exclusivas del país, se había hallado un cuerpo y que la pobre niña seguía muy afectada. Un hombre bigotudo y de sombrero en la marcha de Monterrey, Nuevo León, había dicho que había tenido que cerrar uno de sus restaurantes porque tres cuerpos incinerados habían aparecido cerca del local y la judicial ahora se la pasaba ahí. A quién chingaos se le va a antojar comer carne asada cuando a veinte metros hay unos chisqueados al carbón. Pero quizás el que se volvió más famoso – o infame – fue un muchacho de veinticuatro años de la colonia Las Lomas de Ciudad de México, que declaró Es que no mames, we, la neta qué pena, we, qué pena me da México. Yo acabo de regresar de visitar a unos amigos en Melbourne y neta me dijeron que qué horror lo que pasaba aquí, we. Y yo me moría de pena. El gobierno o quien sea tiene que arreglar esto pronto porque da pena ser mexicano ahorita, we, no mames. Villarreal se levantó de su silla como si de golpe hubiese recuperado todas las articulaciones de su cuerpo. Esto es lo que vamos a hacer, dijo. Si no podemos arreglar el problema, al menos podemos contenerlo. El de Relaciones Exteriores y el de Economía lo vieron como perritos hambreados. Alfredo, quiero que dejes de perder tiempo y energía recogiendo a los muertos y quiero que me entregues mapas detallados de los sitios donde se han encontrado muertos y, lo que es más, quiero que prepares mapas de los sitios exactos en el país que podrían ser focos rojos. ¿Focos rojos, señor? Sí. Si hay un puente importante en un lugar concurrido donde hubo colgados, una escuela privada o famosa o céntrica donde se halló un muerto, una colonia de ricos donde se encontrara un cuerpo, una narcofosa enorme, y especialmente lugares exactos donde se han hallado extranjeros asesinados, quiero saberlo para ya. Ah, ya lo entendí, señor. Cuente con ello. Me entregas copias a mí y a Manuel, dijo mirando al de SEDENA, quien se limitó a asentir. Y al señor presidente, claro. El Lic. Soto Cordero miraba desconcertado, pero asintió. Por supuesto hubo memes. Muchísimos memes. Algunos muy graciosos, otros más bien malos. Uno de los que más circuló tenía un fotograma de la película de zombis 28 días después, en donde se veía a un hombre corriendo en una plaza londinense, perseguido por una turba de muertos vivientes. Luego un fotograma de una de las películas de Resident Evil con Milla Jovovich corriendo perseguida por zombis en Las Vegas. Otro más, éste de la película Guerra Mundial Z, una escena muy famosa donde una masa de zombis escala unas murallas gigantes cual hormigas. Finalmente, una foto de un muerto de los reaparecidos en México, tirado en un baldío en uno de los barrios de las afueras de Zacatecas. El muerto había sido baleado y era bastante panzón. El meme decía: Zombis en Inglaterra, en Estados Unidos, en Israel, y terminaba con: Zombis en México. Ese meme corrió como fuego. Manuel, quiero que pongas a los muchachos de todo el país a cuidar las áreas que Alfredo nos indique, y quiero que esas áreas se vuelvan inaccesibles para el público. Que sea imposible que cualquier pendejo caminando se tope con uno de esos muertos o fosas. Pongan malla con púas, oculten con maleza o piedras, con lo que sea. Al cabo más de la mitad del trabajo ya nos lo hace la madre naturaleza. Por suerte la mayoría de los asesinos siguen aventando los cuerpos en donde sea difícil hallarlos. El de SEDENA volvió a asentir con seguridad. El pánico corrió sobre todo en la comunidad más religiosa del país, como era de esperarse. Se organizaron sendas cadenas de oración. Durante semanas las homilías, a lo largo y ancho del territorio, rezaron acerca del final de los tiempos, de las trompetas, de los jinetes, del juicio, de nuestros incontables pecados. Las puertas del infierno se están abriendo y es hora de confesarse y orar, dijeron, con variantes, buena parte de los sacerdotes. Otros sacerdotes, más contados, de las alas más izquierdosas de la iglesia mexicana, con un sentido más refinado de la metáfora dijeron que el infierno era México y lo habíamos hecho los mexicanos. ¿Y qué hay de todos los muertos que pusieron ahí para verlos? Los colgados, los descabezados, los encostalados. O los muertos en balaceras en zonas céntricas. ¿Qué hacemos con eso?, preguntó el de Turismo. Villarreal hizo una pausa, apoyó los puños en la mesa y miró hacia abajo. Respiró hondo. Eso no sé bien, Rigoberto. Me imagino cosas, pero estará difícil. Podríamos cerrar ciertas calles y plazas, construir nuevas. Tratar de desviar los ojos de la gente hacia otros lados, pero llevará años, claro. Por otro lado, he escuchado que el turismo oscuro ¿o cómo le llaman? Turismo negro. Eso. Que ha aumentado mucho en México. Igual y es un área que puedes tratar de explotar. Con sutileza, claro. ¿Y qué hay de los muertos nuevos? Preguntó el Procurador. Todos lo miraron gravemente. ¿De los muertos que se hacen a diario? Tampoco tengo todas las respuestas, Alfredo. Aunque proliferaron los artículos de opinión, columnas, análisis, reflexiones al respecto, la mera verdad es que la mayoría eran en extremo previsibles, plagados de lugares comunes y de sentencias prefabricadas. Antes de leerlos uno ya se los sabía, pues. Quizás por ello muchas de las plumas más lúcidas de México, muchas de las cabezas más privilegiadas, muchos de los críticos más certeros guardaron silencio, ateridos todos frente a sus teclados, con el cursor titilando en la hoja en blanco, sintiéndose frustrados, traicionados por una realidad que se ofrecía a sí misma con demasiada facilidad, ya empaquetada en una figura literaria inmensa. Mejor el silencio, tal vez. Señor Presidente. Sí, Raúl, respondió el licenciado Soto Cabrera como un soldado raso a un general. Debe salir cuanto antes a dar un anuncio a la población para calmarlos; algo patriótico. Sí. Un discurso donde se sienta que todos vamos en el mismo barco, que todos debemos mantenernos unidos ante esta tormenta. Sí, repetía Soto Cabrera, como tratando de memorizarlo. Que hemos salido de peores, pero juntos, que los mexicanos somos una raza fuerte, pero que nuestra fuerza está en la unión. Sí, asentía Soto Cabrera y los demás también. Usted es el capitán del barco, hable con entereza, diga que no permitirá que este barco se hunda, pero que no puede estar solo. Qué bonito le salió, licenciado Villarreal, opinó el de Cultura. Pues no por nada estudié Derecho, como casi todos los grandes escritores de este país, dijo Villarreal. Excepto Carlos Fuentes, ése era economista, agregó el Secretario de Economía. ¿Y luego? Preguntó casi con un temblor de voz Soto Cabrera. Luego todo se va a ir a la chingada, como siempre, señor Presidente. ¿No que el barco no se va a hundir? Preguntó el de la SEDENA que había estado callado hasta entonces. Este país no es un barco, Manuel, le respondió Villarreal. Es un tráiler infecto lleno de cadáveres, merodeando sin rumbo, dijo con vehemencia. A Soto Cabrera se le erizaron los pelos del espinazo. Pero lo bueno es que nosotros vamos en la cabina y no en el contenedor, ¿o no?, se rio Villarreal mientras le daba unas palmadas en el hombro a Soto Cabrera, quien a su vez se rió, con nervios. Julián Alberto Mozqueda, uno de los escritores más prometedores de la narrativa mexicana según la revista Esquire, cavilaba una noche en su departamento, mientras tomaba un vaso de ginebra y escuchaba de fondo la tele sin ponerle mucha atención. Pensaba en el artículo que debía entregar al día siguiente a Letras Libres. Le gustaba eso de un cuerpo cayendo en el vacío, era un buen inicio, pero no tenía nada más. Estaba en blanco. Se quedó pensando en eso un rato. Una esfera cayendo en el vacío. ¿Pero desde cuándo realmente se estaba cayendo?, pensó. ¿Y dónde está el fondo? ¿Y si no hay fondo? ¿Entonces qué importa caer? Entonces pensó más bien en otras esferas, gigantes, girando en torno al sol para siempre.

Yo creo que a México ya se lo llevó la chingada, dijo González antes de zamparle una mordida enorme a su torta de carnitas. A México se lo ha estado llevando la chingada desde tiempos inmemoriales, respondió Bedia después de pasarse un trago de Fanta. Pero ahora sí ya en serio, digo, dijo González. ¿Y qué significa que ahora sí?, preguntó Bedia. Pues es que esto ya es del diablo, Bedia. Tú no crees en Dios, pero la neta yo creo que esto es un mensaje. Está cabrón creer en Dios viendo lo que está pasando. Más cabrón no creer viendo lo que está pasando. Los dos se miraron desafiantes, como sopesando a quién le había salido más chingona la contestación. Mira, creas o no creas, la neta es que esto es otro nivel. La gente está asustada. Está enojada. Ahora hasta los derechairos están marchando, güey. Las inversiones van a bajar, va a haber inflación, el peso se va a devaluar. González hizo una pausa dramática Yo la neta, la neta, creo que va a haber una guerra civil. Un pinche golpe de estado y luego todos contra todos y sálvese quien pueda. Bedia masticaba y luego dijo, todavía con algo de comida en la boca y tapándose con la servilleta Nah, yo no creo. Pues cree lo que quieras, güey. En el radio del changarrito sonaba un reguetón con cachos en inglés y cachos en español y el que preparaba las tortas seguía la letra por lo bajo. ¿Sabes cuántas narcofosas se han hallado en el país desde el 2007?, preguntó Bedia de pronto. La neta no. Más de 2,000, cabrón. No mames. Sí. En promedio una cada 3 días. Está cabrón. ¿Sabes cuántos muertos tenía la más grande? No. Más de 500. Hijo de su puta madre. Sí. Pausa. ¿Y sabes cuántas viejas han muerto en Ciudad Juárez desde el 93? La neta tampoco. Poquito menos de 1,800. Chale. Sí. ¿Y sabes cuántas el año pasado en todo México? 760. ¿Y eso es mucho? Sí, cabrón. Chale. ¿Y sabes cuántos periodistas? Pues no sé la cifra exacta, pero sí sé que muchos. Como en Siria o Irak o uno de esos países bien culeros. Ajá, ¿Y has sabido algo de los 43 chavitos de Ayotzinapa? Ah, de eso sí sé. Ah, ¿Sí? Cuéntame qué ha pasado. Ah, cómo serás mamón, eso no sé. Sé lo que sabe todo mundo. Bedia miró a los ojos a González como esperando que una luz se encendiera en la caverna sombría que tenía en lugar de cabeza ¿No agarras el pedo de lo que te quiero decir, pendejo? González pensó un momento. No, mano, explícame. A ver, pendejo, piensa, más de 2,000 fosas, una con más de 500 cuerpos, montones de viejas muertas, montañas de periodistas muertos, los chavitos que nadie encuentra y tú, que trabajas en el INEGI, güey, el archivero del país, ni enterado estás de nada. Bueno, bueno, pero mi trabajo es menor, cabrón, soy un pinche godínez, yo no tengo porqué saber. Exacto, dijo Bedia. ¿Cómo? Otra vez pausa. Bedia trató de identificar la canción, pero no la reconocía. Tal vez era nueva. No te entiendo, güey, dijo González y luego hizo los ojos chiquitos, como si tratara de localizar una pulga en su plato. No, la neta no le agarro, güey, ya dime. Ah, cómo estarás pendejo. En un par de meses vas a entender lo que quería decir. Dale un año a lo mucho. Ah, cómo serás mamón, pinche Bedia.

Texto e ilustración por Jorge Luis Flores.
Ilustración inspirada en el grabado: ‘Calavera oaxaqueña’ de José Guadalupe Posada.

Refutación de Parménides

El cielo ya era violáceo en sus orillas cuando la voz de mamá lo alcanzó en el patio. Tadeo se despidió de Julián, recogió su balón y atendió al llamado de la cena.

Sentado a la mesa, frente a su plato de sopa caliente, le cayó por fin el cansancio del día. Sintió el peso en piernas y brazos, la sangre cálida en sus mejillas, las últimas gotas de sudor que bajaban sobre una piel ya pegajosa de sudores pasados. ¿La pasaste bien, hijo?, preguntó papá. Tadeo balbuceó sí sin dar tregua al a la sopa.

Terminando de comer, se sintió particularmente cansado. A mí se me hace que te insolaste, dijo mamá. Ve na’más cómo estás de rojo; déjame checarte la temperatura. Papá la tranquilizó. A su edad es normal, Laura, estuvo jugando todo el día.

Se quedó dormido a la mitad de su caricatura preferida y papá lo llevó en brazos a su cama, lo arropó y lo dejó solo con sus sueños.

Tadeo andando en bicicleta, sus manos en los manubrios, a su lado Julián. Una carrerita. El que llegue primero al arroyo gana. Ganó Julián también en el sueño. Hierba alta, croar de ranas, alboroto de grillos, zumbido de mosquitos, carros a lo lejos. El que atrape primero una rana para asustar a Carmelita gana. Llanta abandonada en la orilla, botellas de plástico, espuma de río arriba, la piedra desde donde se echan clavados y el reflejo trizado de la torre de teléfonos. Ahí, cerca de la llanta, una rana. Ganó Tadeo. Pero entonces, mirando la corriente del arroyo de su sueño, Tadeo sintió de pronto vértigo. La corriente se aceleraba.

Lo despertó la costumbre y el aroma a canela y azúcar que anunciaba pan francés. Quiso levantarse con rapidez, mas su mente iba más veloz que su cuerpo. Cuando consiguió enderezarse le vino un mareo. Al ponerse de pie descubrió su espalda y sus rodillas pues le dolían. Bajó las escaleras con torpeza. Le pareció que el suelo estaba más lejos de sus ojos y que sus ojos estaban empañados.

Oye, Roberto, ¿no se te hace que Tadeo se ve algo raro? Preguntó mamá en el desayuno. Papá separó la vista del periódico un instante y lo miró por encima de los lentes. Ah, sí, se me hace que sí. Te dije que se había insolado, dijo mamá poniendo su mano en una frente inusualmente rugosa. Mira qué lento come. Hijo, ¿estás bien? A Tadeo le costaba cortar el pan con esas manos nudosas y agrietadas, y masticar era un problema con la encía pelada.

El día era perfecto, mas Tadeo tuvo que esperar adentro a que llegara el doctor, mirando al sol arrastrarse en arco por la ventana y mirando las cosas de la casa palidecer con la luz del mediodía. ¿Qué tiene, doctor? Preguntó mamá mientras el hombre le ponía la campana fría del estetoscopio en el pecho desnudo lleno de vello blanco. Bueno, señora, la verdad es que nada fuera de lo normal para un hombre de edad avanzada, respondió el doctor. ¿Ocho años es una edad avanzada?, le reviró mamá algo molesta. A partir de ahí salieron a hablar al pasillo y aunque Tadeo se esforzó, no pudo escuchar nada de lo que decían.

Fuera lo que fuera, le prohibieron salir de la casa ese día. Sentado en el sillón de la sala, Tadeo sentía los minutos pasar como gusanos a través del patio. Se le acercó Celestino y se acostó junto a él como siempre que estaba enfermo. A cambio, Tadeo le acarició la cabeza y las orejas y pensó en la mañana en que lo encontró abandonado afuera de la tienda de Doña Estela. Entonces era un cachorro y ahora estaba tan grande.

Aunque intentara no escuchar, desde el comedor le llegaba la voz de mamá hablando por teléfono: Ay, no sé, Ceci, no sé. Escuché que lo mismo le pasó al hijo de Susi. Ajá. Sí, el menor. ¿Cómo ves? Pues ahora mi Tadeo. Ajá. Pues que no sabe, ¿tú crees? Que mucho líquido y que descanse, que mañana lo viene a ver de nuevo. No sé qué hacer. Pues vaya Dios a saber, Ceci, los niños de ahora, tan acelerados. Tadeo se salió de la casa con cuidado, haciéndole la seña de guardar silencio a Celestino.

En la calle se encontró con Julián y Pedrito y Mau y Marcelo y Toño que estaban jugando futbol. Cuando lo vieron, pararon el partido y corrieron hasta él. Tu mamá nos dijo que estabas enfermo, dijo Julián. Sí te ves enfermo, le dijo Marcelo. ¿Ya estás bien?, preguntó Toño. Pues tengo una gripa yo creo, les dijo Tadeo entre toses y los vio a todos muy chaparritos. Vente a jugar, pidió Mau. Yo creo que no puedo, me duelen las rodillas, dijo Tadeo. Pero los veo.

Se sentó con trabajos en la banqueta y se le acercó una niña a la que sólo pudo reconocer cuando estuvo muy cerca y aún así tuvo que apretar los ojos. Hola, Carmelita. ¿Tadeo? Hoy te ves raro. Sí, estoy enfermo, dijo él. Te cuelgan los cachetes, dijo ella y se rieron los dos. Sentado junto a ella, Tadeo pensó en que la había querido desde que se había mudado a esa calle, lo que ahora parecía una eternidad, y pensó en todas las ranas y arañas y lagartijas que había atrapado para asustarla, y se preguntó quién la iba a asustar ahora.

Al terminar el juego ya se hacía tarde y todos se fueron, menos Julián, quien se acercó a la acera donde Tadeo cabeceaba. Lo despertó y le ayudó a levantarse. Juntos se encaminaron al arroyo, pero apenas alcanzaron el camino de terracería que llevaba ahí, a Tadeo se le acabó el aire y tuvo que sentarse en una piedra. Julián se sentó también y le pasó la mano por la espalda, aunque no le alcanzó el otro hombro. Te voy a dar chance hoy, dijo. Vieron a lo lejos, detrás de los mezquites del otro lado del arroyo, cómo el sol se iba ocultando. Tadeo quiso poder recordar cuál fue el primer atardecer que vio, pero no pudo. Quiso calcular cuántos atardeceres había podido ver desde que abrió los ojos y tampoco pudo. Hoy no está tan padre el cielo, dijo Julián. Y tenía razón. Caminaron de regreso y al despedirse Julián le hizo prometer que irían temprano al arroyo el día siguiente.

En la entrada lo esperaba mamá con aire desesperado. Ay, muchacho, cómo me haces renegar, le dijo mientras lo arrastraba por el brazo dentro de la casa. Papá ya había regresado también. Qué ojeras traes, hijo. Hoy mejor te duermes temprano.

Cenó una asquerosa crema de calabaza y después, agotado, con los párpados pesándole como un leño, besó a sus padres en las mejillas, subió laboriosamente las escaleras, entró a su cuarto y se sentó a la orilla de su cama. Miró a su alrededor: sus juguetes, sus carteles, sus libros, sus dibujos, sus fotos. Se recostó y el sueño lo reclamó mientras contemplaba las estrellas fluorescentes en su techo.

Una serie de golpes en su ventana lo despertaron. Eran piedritas. La luz que inundaba su cuarto invadió sus párpados. Ya era tarde y Julián lo esperaba.

Bajó corriendo, saludó a sus papás que lo miraron pasar como un bólido sin escucharlos, agarró su bici y le dijo a Julián, órales, el que gane invita unas papas. Ganó Julián, como siempre pero no importó demasiado. Tadeo se encaramó en la piedra de los clavados y se echó al agua. Hierba alta, croar de ranas, alboroto de grillos, zumbido de mosquitos, carros a lo lejos. Hoy hay que ver si atrapamos una lagartija, mejor. Llanta abandonada en la orilla, botellas de plástico, espuma de río arriba y el reflejo trizado de la torre de teléfonos. Pero todo esto Tadeo lo miraba como a través de un túnel. Se miró las manos arrugadas por el agua, se tocó la cara tersa. Tenía ocho años, pero ya no era un niño.

 


Ilustración de Fabiola García Vargas

Para no ahogarse

“This is my substitute for pistol and ball.
With a philosophical flourish Cato throws himself upon his sword;
I quietly take to the ship.”

Herman Melville, Moby Dick or, The Whale, Chapter 1.

Hoy, penúltimo día de abril, despertamos con una nieve aparatosa y torpe, coágulos de copos dando tumbos en el viento y derritiéndose apenas tocaban el suelo, como si se supiesen fuera de sitio a estas alturas del año y por contrición se desvanecieran. Lo que en inglés llaman sleet y que el español designa sin imaginación: aguanieve.

El sustantivo meteorológico lo aprendí en el capítulo siete de Moby Dick, una mañana hace quince días, un lunes en que el aguanieve también se aglomeraba en el quicio de nuestra ventana. Antes de zarpar en el Pequod, Ishmael se dirige a una última misa dominical y en el camino debe envolverse en un chaquetón de piel de oso para protegerse del mentado sleet.

Incapaz de concentrarme por mucho tiempo en una sola lectura, compulsivamente abro libros, leo primeras páginas, interrumpo de nuevo, repito el ciclo. El tropel de inicios me hace pensar en Scherezada y entonces empiezo Las mil y una noches. Llevo 21.

Luego emprendo otro brinco y cambio de medio: reviso listas de películas y series por ver, y me doy cuenta de que estoy tan atrasado, que ni con el confinamiento me pondré al corriente (¿pero al corriente de qué currícula? ¿Impuesta por quién?). Salto nuevamente. Leo artículos, algunos me gustan, los comparto en Facebook; ya que estoy ahí, me deslizo como un cuerpo inerte por una pendiente: leyendo estados, viendo videos, juzgando memes, riéndome un segundo y resoplando enojado al siguiente, guardando links a más artículos que quizás me interesen (lo averiguaré luego, o tal vez no. La mayoría de las veces nunca los leeré). Y así tengo abiertas cada vez más ventanas en mi cabeza, en mi computadora, en mi agenda; pero cada vez me siento más encerrado.

Como una esponja empapada, no consigo absorber nada. ¿Pero de qué estoy saturado?

La conciencia es como un gas y la ansiedad es una llama. El gas se calienta, sus partículas aumentan su velocidad y en consecuencia aumenta la presión. Las paredes que me contienen están siempre a punto de ceder. El mundo se está llenando de ollas de presión.

En momentos donde una tragedia atañe a muchos, es absurdo y quizás hasta mezquino ponerse a encontrar conexiones significativas entre nuestra mísera historia micro y la terrible historia macro. El barco se hunde, la gente en los cuartos de máquinas se ve forzada a elegir entre el fuego del mecanismo rabioso y el agua que les llega al cuello, la corriente se filtra a borbotones por las grietas y ranuras de los camarotes más baratos, los de las suites ya se alejan en espaciosos y bien equipados botes salvavidas que sin embargo no los salvan de esporádicos ataques de pánico. En la mitad del navío hay un puñado de individuos debatiendo apresurados diagnósticos de la catástrofe y conjeturando las formas futuras de la navegación y en la misma zona otros tantos – entre quienes me cuento – estudian melancólicos la pelusa de su ombligo.

Para deshacerme de todo esto que me desborda sin caer en la famosa literatura del yo, me propongo escribir un cuento. Me pregunto qué se puede imaginar desde el confinamiento que no sea obvio, oportunista, melodramático o falseado. Por pura coincidencia, uno de los muchos muñones de lecturas que he dejado sembrados en mi apartamento es Morirás lejos de José Emilio Pacheco. En él, un hombre sólo identificado como eme observa, entre una rendija en su persiana, a otro hombre identificado llanamente como alguien, quien se sienta siempre en una misma banca de un parque a leer el periódico. Eme, quien por alguna razón está relegado a este cuarto, se entretiene imaginando posibles historias para alguien. Esto a su vez me recordó Rear Window (una de las obras maestras de Alfred Hitchcock, quien por cierto cumple cuarenta años de muerto) en la que un fotógrafo llamado Jeff, obligado a quedarse en casa por una pierna rota, se distrae espiando a sus vecinos a través de su telefoto y empieza a imaginar la trama de un crimen.

Creo encontrar la llave para abrir la ficción de la cuarentena: la paranoia del aislamiento como punto de fuga para la narrativa. Siguiendo este hilo miro por la ventana que está junto a la mesa desde la cual teletrabajo y espero que se me presenten personajes. Las ventanas de los apartamentos vecinos está muy lejos para distinguir algo más que sombras sin género ni edad y el edificio más cercano es una casa abandonada. Una ancianita pasea puntual por la mañana y de nuevo por la noche. Un bulldog francés saca a pasear a su dueña tres veces al día. Cuatro trabajadores de limpieza vienen a despejar el patio de la casa abandonada y luego se sientan a descansar y charlar en el pórtico. Todas estas escenas estúpidamente me conmueven porque sé que toda esta gente, como yo, trata de conjurar una cierta normalidad con estos rituales de otro tiempo, pero no consigo imaginar nada de sus vidas. Una tarde llega una patrulla y dos policías bajan con cubrebocas a inspeccionar algo; no veo qué. Se marchan sin que yo logre condensar una ficción a partir del único drama que la vida recluida me ha servido en bandeja de plata.

Entonces se me ocurre algo. En Morirás lejos y en Rear Window hay hombres encerrados viendo por la ventana, pero se me olvida que ahora las ventanas para observar y ser observado se han multiplicado exponencialmente. A día de hoy, tanto eme como Jeff podrían ser ellos mismos el objeto de especulación de un empleado de Google, Apple o  Facebook. No necesito ir muy lejos para encontrar un ejemplo: yo mismo estoy siendo grabado las ocho horas del día en que trabajo. Pretendo ahora, con la presunción de quien cree haber hallado una veta no explotada, contar las especulaciones paralelas de quienes miran y son mirados en la era de la vigilancia omnisciente. Pero cuando imagino  a mi colega encargado de mirarme sólo veo a otro pez agitado en su tanque y me pregunto qué crisis existencial atraviesa o qué pasatiempo utiliza para evadirla, o qué narcótico le ayuda a adormecerla. Tampoco es que mis anodinos movimientos frente a la cámara ofrezcan materia suficiente para construir pasados y destinos hipotéticos. A lo más, mi celador podrá preguntarse: ¿qué mira por la ventana? ¿Por qué y desde cuándo tendrá caspa? ¿Cómo puede comer tantas galletas? ¿Será eso en su taza de verdad té?

Falto de recursos para ficcionalizar mi desasosiego, recaigo en el espejo y en la necedad de creer que el mundo está ahí como escenario de mi historia; pero por más que me recrimino todos estos verbos en primera persona del singular, el desfile yo mí me conmigo mío mi mis, no puedo evitar leer este año postergado – año que no puede ser, año fantasma, año de la negación – como un capítulo de mi vida: El trabajo que con cada click ahonda el socavón de mi alma, el mito agonizante del artista expatriado en Europa, la protuberancia ósea y los dolores de la mano rota en la primer clase de box que me miran y dicen: No eres Hemingway y París no es una fiesta a la que estés invitado.

La montaña rusa en la que me monté a los siete años cuando por primera vez escribí un cuento y en cuyos rieles ha descansado el único significado consistente de mi vida, de golpe se detuvo. No sé si la vía continúa adelante, si esta caída es parte de la atracción o el descubrimiento letal de que todo el armazón era un simulacro.

No sé siquiera si es una caída porque se siente más bien como una suspensión. Identidad que deja de ser tal, que se dispersa y se distiende; unas veces violentamente, como una granada que estalla y cuyas esquirlas hacen llagas, otras veces sin escándalo, como los restos de un naufragio que la corriente aleja lentamente.

Perro de rescate que hace mucho debió retirarse, olfateo entre escombros esperando encontrar señales de vida. ¿Hay algún sueño vivo por ahí?

De ninguno de estos pensamientos puedo culpar al virus. Si acaso el diminuto agente acelular me ha reinsertado en el mundo, recordándome que esta incertidumbre atroz se cierne sobre todas las esferas humanas de toda la esfera terráquea y no sólo en la esfera imperfecta que llevo sobre los hombros. El futuro entero se vuelve ilegible.

Tras la muerte de Dios y de las instituciones y de los grandes relatos, nos hemos ido quedando sin asideros y quizás la última frontera, el último mito que queda en pie, es el de un destino personal, una historia de vida que protagonizamos y a la luz de la cual interpretamos todo cuanto nos sucede. Ya no rezamos, pero nos abrazamos con la misma fe desesperada a la idea de un guion que nos ampare: esta herida me hará más fuerte, esta crisis me hará crecer, este sufrimiento tendrá sentido luego. ¿Pero cómo seguir creyendo ciegamente en eso cuando ahora recordamos que la obra dependía de un sinfín de otros roles y de un escenario precario? ¿Cómo seguir creyendo que éramos los protagonistas?

Toda esta grandilocuencia oculta la pregunta central, la que me hago desde hace mucho y que regresa en oleadas a atormentarme: ¿para qué escribir?

Cada domingo hablo con mi padre por Skype y me pide que no abandone mis proyectos, me recomienda que escriba sobre la situación actual desde la semiótica, que planee cuentos sobre la pandemia. Pero si eso es precisamente de lo que todo mundo escribe, lo que todos leemos, de lo que todos estamos hartos y que al mismo tiempo no acaba de saciarnos. En este tumulto atronador de palabras, que es sólo el paroxismo de nuestra circunstancia diaria desde que las redes democratizaron los megáfonos y normalizaron la sordera ¿no sería una mayor virtud ofrecer silencio?

¿Escribir para explicar el mundo? Pero si cada día lo entiendo menos. ¿Escribir para distraer, para pasar el rato, para evadirse? Pero si nuestro mundo feliz está rebosante de soma. ¿Escribir para salvar a alguien como me han salvado a mí algunos libros, algunas películas, algunas pinturas, algunas canciones o piezas musicales? Más noble sería referirlos a aquellas obras. Como un Narciso invertido, en cada rincón que busco me encuentro con el reflejo que aborrezco. ¿Es que escribo sólo en busca de reconocimiento, de una palmada en la espalda, de reacciones en Facebook?

Como escribió T.S. Eliot: “No! I am not Prince Hamlet, nor was meant to be”.

Mucho preguntarme para qué y no por qué. Como el hombre que busca ser discípulo de Paracelso en el cuento de Borges, soy indigno de esta alquimia porque la busco por las razones erróneas. “El camino es la Piedra. El punto de partida es la Piedra. Si no entiendes estas palabras, no has empezado aún a entender. Cada paso que darás es la meta.”

Desde hace tiempo salgo todas las noches avergonzado y derrotado de la choza de Paracelso. Y sin embargo…

El mismo día que comencé a leer Las mil y una noches leo en la página 43 de Morirás Lejos: “pues sabe que desde antes de Scherezada las ficciones son un medio de postergar la sentencia de muerte.”

… siempre vuelvo a escribir. A escribir no como quien pretende encender una luz, sino como quien lucha por mantener encendida su vela en medio de las tinieblas. Escribir no como quien pretende erigir un refugio para la tormenta, sino como quien se resguarda bajo un trozo de periódico mojado. Escribir no como quien pretende construir un arca, sino como quien se aferra a un madero después del naufragio.

Tal vez mis garabatos no tengan nada que decirle a nadie. Pero es cierto que todavía todos tenemos ombligo, y que al final el ombligo no es otra cosa que la cicatriz de nuestra primera conexión con la vida.

Mientras tanto sigo aquí, con Ishmael en la capilla, sin decidirme a abordar el Pequod en busca de mi ballena blanca.

 


Ilustración de Rockwell Kent.

Ante la pandemia: pensamiento hipertrofiado y déficit emocional

Infelices calculadores de las desgracias humanas,
no me consuelen, exasperan mis penas;
y en ustedes sólo veo el impotente esfuerzo
de un orgullo desgraciado que simula contentamiento.

Voltaire,
Poema sobre el desastre de Lisboa
o examen de este axioma: todo está bien

Desde antes de que la pandemia tuviera al mundo entero hecho un ovillo, ya habían surgido voces en medios y redes anunciando que este momento extraordinario nos obligaba a hacer una pausa y reflexionar sobre qué hemos hecho mal como sociedad y qué cambios estamos llamados a hacer; cuál es el futuro común que deseamos construir. Pero ante este imperativo de reflexión, quiero oponer una serie de preguntas.

No cabe duda que hay mucho que esta crisis puede enseñarnos. Como un sismo, la pandemia ha revelado las fallas estructurales del edificio humano global; porque si bien esto es una catástrofe natural y los economistas se empeñan en recordarlo subrayando que aquí no hay culpables sino víctimas, hay varias formas claras en que el capitalismo global ha agravado la situación. Durante décadas, políticas financieras neoliberales impuestas en todas partes han presionado y obtenido la reducción del gasto público en muchas áreas, entre ellas la salud, decimando la capacidad de respuesta sanitaria en todo el mundo. Juan Álvarez escribía hace poco sobre cómo la destrucción de hábitats naturales está directamente relacionada con nuestra creciente exposición a patógenos de otras especies. Y la brecha económica que aumenta año con año, tanto a nivel internacional como intranacional, está siendo y será trágicamente decisiva en cómo el Covid-19 afecta a las poblaciones. La pandemia nos ha dejado ver el otro lado del bordado de la globalización: un mundo hiperconectado e hiperfracturado a la vez.

Pero el punto es: ¿cómo pensar en todo esto? Y ¿con qué cara exigir a la población que se dedique a este tipo de inquisiciones? Porque antes de filosofar haríamos bien en preguntarnos:¿hay algo en este tumulto de hechos, información, desinformación, miedo colectivo que sea favorable para la reflexión?

Las voces de docenas de filósofos, sociólogos, politólogos, periodistas y un largo etcétera que alcanza al veterano twittero y el tío de WhatsApp parecerían confirmar que sí, sí que hay espacio para la reflexión. Tanto espacio, de hecho, que esto ya se asemeja a un gran mercado de opiniones sesudas en el que uno puede encontrar la que mejor le vaya al caldo que se cocina en la olla de presión de nuestras cabezas. Están los que opinan que esto es el fin del capitalismo y los que opinan que, al contrario, el capitalismo regresará fortalecido. Están los que identifican un forzado retorno a la confianza en las democracias y los que observan, en cambio, un recrudecimiento del autoritarismo. Los que auguran un mañana brillante para la ciudadanía empoderada, y los que pronostican en cambio una mayor desintegración del tejido social. No olvidemos ni a los creyentes en una Pacha Mama conductista y feroz, quienes ven esto como una lección que hará al humano retroceder y vivir en armonía con la naturaleza, ni a los cínicos empedernidos que ya ven venir una escalada brutal en emisiones de carbono y devastación del medio ambiente para recuperar el terreno perdido en estos meses.

Muchos tienen argumentos sólidos e incluso brillantes y si uno tiene el tiempo y las ganas de leerlos, haría bien en hacerlo. Mas tras unas semanas (ya no sé ni cuántas) de sumergirme en estas disertaciones de lumbreras de todas partes, me doy cuenta de algo: La posición fetal no es propicia al pensamiento.

Tesis: más que una pausa, esto es una aceleración. Dejémonos por un momento del ánimo comunitario, esto ni siquiera ha sido un paréntesis para el individuo. Las ventas por internet se han disparado, el consumo de entretenimiento en casa ha crecido tanto que la Unión Europea tuvo que pedir a Netflix y YouTube que bajaran la calidad de sus videos para evitar el colapso de las redes, el uso de Facebook ha explotado hasta exceder los números reservados generalmente a la víspera de año nuevo durante días consecutivos y los medios informativos se han transformado en un auténtico reality show, donde millones frenéticamente consultamos cada novedad con la ansiedad del adicto.

Somos bombardeados además con artículos de recomendaciones para ejercicios que hacer, libros que leer, series y películas que ver, idiomas o habilidades qué aprender. Ignoremos por un segundo el clasismo inherente a estas recomendaciones que asumen a sus lectores capaces de atravesar la crisis como un velerito atraviesa una costa soleada. ¿En qué momento hemos de hacer todas estas cosas? ¿Acaso el Covid-19 posee también la cualidad de dilatar el tiempo? Hemos internalizado a tal grado la consigna de productividad y consumo, que ante el encerramiento nos abocamos a ambas como únicas opciones. Preferimos el vértigo por saturación que el vértigo por vacío.

El caso es que aunque ciertamente el pensamiento crítico es fundamental, también lo es (y quizás más) el manejo de las emociones, y es en este frente en el que nuestra civilización tiene un déficit tremendo.

Entre tanto artículo y ensayo sería bueno también ver más y más prominentes artículos sobre cómo lidiar con la tormenta de emociones que nos embargan. Los hay, sí, pero generalmente están arrinconados en los diarios porque no generan tantos clicks, y la mayoría tienen un tono más bien condescendiente.

Entre tanta medida de sanidad, también sería muy necesario ver más medidas para cuidar la salud mental. Me pregunto seriamente: ¿Cuánto habrán aumentado los casos de trastorno de ansiedad y depresión, los intentos de suicidio cuando todo pase?, ¿Cómo será afectada psicosocialmente la generación más joven, los niños, cuando termine el trauma? ¿Qué consecuencias tendrá todo esto a la larga?

¿Cómo pensar en un futuro diferente si en este momento todo lo que queremos es volver a ese pasado, que parece tan lejano, en el que existía la vida? Ahí el peligro: la normalidad, aunque haya sido el problema, se presenta ahora como infinitamente deseable. Tan deseable, que tal vez estaremos dispuestos a ceder demasiado para volver a ella, por más ensayos sobre biopolítica que hayamos leído.

Intelectualmente quizá podamos vaticinar un futuro basándonos en evidencias, pero emocionalmente una niebla espesa se cierra a nuestro alrededor y en horas malas hasta es posible que pensemos que detrás sólo hay un agujero profundo. Tenemos que orientar nuestras fuerzas a prevenir esto antes de a imaginarnos utopías o distopías.

El pánico es malo porque nubla el pensamiento. El pánico es el momento que alcanzamos tantos animales cuando nuestras posibilidades se han reducido exclusivamente a pelear o huir. El pánico es siempre egocéntrico porque es el último reducto de la salvación individual. Sin embargo el miedo no es necesariamente negativo. El miedo es un estado de alerta y puede ser orientado a la colaboración. Es responsabilidad de todos nosotros tratar de no cruzar el umbral que los divide.

No permitamos que los estados de excepción lleguen al interior de nuestros hogares. El primer paso es reconocer nuestras emociones y darles voz. Llorar, gritar, escribir diarios, dibujar, jugar, etc. Establezcamos círculos concéntricos de apoyo emocional tanto dentro de nuestros muros como en redes. Y sí, informémonos y pensemos, pero que la razón no sea lo único porque la cabeza, por más que nos pese, claudica muy rápido cuando la entraña está llena de terror.

La extinción de la privacidad

Inmunización de rebaño es uno de varios conceptos epidemiológicos con los que de golpe nos hemos familiarizado: el tipo de inmunidad de grupo que se produce cuando el virus no puede transmitirse porque un porcentaje suficiente de la población se ha inmunizado; pero en este ensayo me permito utilizar el término en otro sentido, uno social y político: cuando la mayoría de la población se acostumbra a una medida autoritaria, de manera que la medida queda inmunizada.

Ahora que estamos asediados por el miedo, veo al menos un frente donde una de éstas medidas está incubándose.

El ascenso de la telemática

Quiero empezar hablando del ascenso disparado de la telemática para el trabajo y la educación. Esto casi unánimemente ha sido celebrado tanto en artículos como en memes. Todos están de acuerdo en que el albor de la era del home office y la educación a distancia es una especie de panacea del nuevo milenio. Mas esta algarabía generalizada me ha inquietado terriblemente desde un inicio. Los espacios educativos y laborales no son y no deben ser entendidos únicamente en función de su utilidad (dispender información/obtener una remuneración respectivamente), sino como espacios de convivencia. Y no convivencia únicamente con aquellos afines a nosotros sino – y esto es lo fundamental – con aquellos con quienes estamos en desacuerdo, aquellos que nos son indiferentes, aquellos que incluso odiamos. Gracias a los omnipresentes algoritmos que regulan prácticamente todo en nuestra experiencia online (cuyas fronteras con nuestra vida offline, seamos sinceros, son cada vez más difusas e incluso inexistentes), ya vivimos en una suerte de mónada ideológica en la que sólo interactuamos con aquello que refuerza nuestras ideas y nuestro comportamiento, ya sea positiva (afines) o negativamente (las abundantes peleas de opuestos en redes sociales que sólo sirven para afincarse más en la propia posición y no tienen nada de diálogo). Si a partir de ahora se intensifica la rapidez de migración hacia la telemática, ¿qué nos quedará? Porciones cada vez más significativas de la población serán definitivamente confinadas a sus habitaciones, desde donde podrán, por fin, escindirse de la otredad. Hay que preguntarnos con seriedad qué perdemos de humanidad en el trayecto.

Otro fenómeno a tomar en cuenta. Da la impresión de que lo que creemos ganar con la generalización del trabajo a distancia podría ser descrito con la siguiente fórmula: asistir al trabajo con la comodidad de casa. Sin embargo, hay que estudiar el reverso: el trabajo invade, finalmente y con toda nuestra anuencia, nuestro espacio más privado. Y aunque este platillo se ha estado cocinando desde que se inventó el telégrafo, ahora está listo y casi servido a la mesa como la nueva norma, al menos del sector de servicios. ¿Cuántos trabajadores no estaban ya, desde hace años, asediados por correos, mensajes de texto, WhatsApps, mensajes de Slack, etc. fuera de sus horarios laborales? Bueno, una vez que el teletrabajo se normalice, eso serán memorias de un tiempo más dulce puesto que ahora viviremos, más que nunca, en función de nuestro trabajo. Ahora mismo hay empresas alrededor de todo el mundo tomando fotos aleatorias o inclusive grabando a sus empleados para asegurarse de que están trabajando en casa. ¿Y qué hay con el derecho a no sentirse observado en el propio hogar? Ese derecho se nos ha ido entre los dedos hace tiempo. La mirilla de la computadora hace ver ahora al panóptico de Foucault como una torrecita en un parque infantil.

La extinción de la privacidad

Hay que afrontarlo y cuanto antes mejor: lo único que la presente crisis del coronavirus extinguirá será la privacidad. China ha utilizado su robusto aparato de vigilancia digital como una de las herramientas para prevenir el esparcimiento del virus. Corea del Sur puso en marcha un sistema de envío de alertas a los ciudadanos, detallando edad, género y sitios visitados en las últimas horas por una persona una vez confirmada su infección con Covid-19. Previsiblemente, relaciones extramaritales y otros escándalos y vergüenzas íntimas fueron revelados. Singapur estableció un protocolo similar de divulgación de información personal, aunque menos detallado. Para rastrear a personas que estuvieron en contacto con casos confirmados de coronavirus, Israel utilizará el mismo sistema de seguimiento de datos celulares que sus servicios de inteligencia usan – ojo aquí – para rastrear terroristas. En España, Vodafone ya puso a disposición del gobierno servicios de geolocalización para vigilar si la población cumple con las medidas de aislamiento. En Estonia, país donde yo resido, estado y telefónicas ya trabajan en lo mismo con la anuencia del inspectorado de protección de datos que ha considerado la medida legítima porque los datos son anónimos. A pesar de que diversos estudios han probado que los datos anónimos nunca pueden ser genuinamente anónimos.

Como ha defendido Giorgio Agamben en su libro Homo Sacer y ha venido a recordarnos en recientes textos relacionados con la pandemia, los estados de excepción son peligrosos porque justifican medidas autoritarias y con facilidad dichas medidas pueden luego hacerse la norma. La clave es encontrar una amenaza que pueda perpetuarse. Ejemplo: el terrorismo. Puede suceder en cualquier momento y eso ha sido justificado para violentar el derecho a la privacidad en una variedad de formas (la más común: en aeropuertos desde 2001). Los virus, argumenta Agamben con toda razón, son aún más efectivos.

Una publicación reciente del MIT Techonological Review parece darle la razón. Ya que el riesgo global no acabara mientras no contemos con una vacuna y haya al menos una persona infectada en el mundo, Gideon Lichfield dice (basándose en un estudio del Imperial College de Londres) que las medidas de distanciamiento social tendrán que mantenerse durante dos tercios del tiempo (dos meses sí y uno no) hasta que haya una vacuna (al menos 18 meses más). Pero eso no es lo peor. El riesgo de pandemias ha incrementado de la mano de la depredación de zonas naturales lo cual pone en contacto cada vez a más humanos con animales exóticos que son posibles portadores de patógenos y de la globalización que puede llevar esos patógenos a todo el mundo en cuestión de días. Esto se ha venido advirtiendo desde hace años.

Tras el ataque terrorista del 11 de septiembre del 2001, el estudioso de medios Richard Grusin identificó el nacimiento de un nuevo tipo de mediación: la premediación. Un cambio cualitativo que consiste en la profusión de mensajes desplegados en una multitud de medios orientados a representar el futuro antes de que éste suceda. Esto es, en esencia, replicar la estructura psicológica de la ansiedad en la estructura internacional de la difusión de información: todos los horrores futuros, son una posibilidad ahora. Si él hablaba en particular de cómo la lucha contra el terrorismo fue decisiva en esto, imaginemos ahora la lucha contra las pandemias. La amenaza real que ahora vivimos brutalmente, queda como ejemplo para mantener nuestro estado de alarma siempre latente.

Entonces, Lichfield del MIT concluye que para volver a socializar: “formas más sofisticadas de identificar quién representa un riesgo y quién no, y discriminando, legalmente, a los primeros”. Y prevee algunas posibles medidas que se volverán norma en el futuro cercano: para tomar un vuelo o para ingresar en recintos multitudinarios o instituciones importantes, habría que registrarse a un servicio que siga nuestros movimientos mediante geoposicionamiento para recibir alertas en caso de haber estado en sitios con un alto riesgo de infección. La biometría se volvería común y nuestra temperatura y signos vitales podrían ser monitoreados como un pasaporte. Se porían requerir documentos oficiales de inmunidad. Y el autor nos lanza esta afilada obsidiana: “La vigilancia intrusiva se considerará un pequeño precio a pagar por la libertad básica de estar con otras personas”. Lo peor es que tiene razón. Como si los derechos humanos fueran un recurso limitado, tenemos que socavar uno para mantener otro. Y nos acostumbraremos.

Es sólo natural; el virus encuentra a la privacidad muy vulnerable: vieja, débil y afectada ya por condiciones anteriores. Digámoslo claro: lleva más de una década en cuidados intensivos y si ha llegado hasta ahí ha sido porque el grosso de la población, con nuestro silencio, enunciamos nuestro acuerdo: la muerte de nuestra privacidad es un sacrificio justo a cambio del acceso a servicios “gratuitos” de internet.

Haciendo un repaso veloz por los “escándalos” recientes de utilización de datos personales, podemos apuntar a: empleados de Amazon, Apple, Google y Microsoft escuchan grabaciones hechas por los dispositivos de particulares; Facebook hace un experimento psicológico con miles de usuarios sin su consentimiento; Cambridge Analytica, con ayuda de Facebook, utiliza big data para dirigir propaganda o antipropaganda (incluídas noticias falsas) que resultó fundamental en la elección de Estados Unidos; etc. ¿Y cuáles han sido las repercusiones? Disculpas y más disculpas, y fotos del alienígena Zuckerberg tratando de simular un mea culpa y la promesa siempre vacía de mejorar. Lo cierto es que estas empresas y tantas otras – ¿cuántas veces al día aceptamos términos de privacidad? – saben lo obvio: son necesarias y por ende las compañías pueden salirse con la suya. En el documental Terms and Conditions May Apply, se dice que, si leyésemos todos los términos y condiciones que nos encontramos antes de aceptar o declinar, nos tomaría un mes laboral al año. Y eso fue en 2013. Las compañías saben que no tenemos tiempo para eso. Y aunque lo tuviéramos, para la inmensa mayoría de quienes tenemos acceso al internet, la red se reduce a los productos de estas compañías y son herramientas básicas tanto para nuestra vida laboral como para nuestra vida privada. No tenemos otra opción más que aceptar términos y condiciones.

En el excelente documental The Great Hack, Brittany Kaiser dice: “Los datos son el insumo más valioso en la tierra”. Y todos hemos aceptado, ya sea renuentemente o con gusto, a aceptar la privatización de nuestra privacidad. Para generaciones más jóvenes que han crecido con esto y para aquellas que vendrán, esto es y será su normalidad. En un mañana no muy lejano quizá se hablara de la lucha por defender la privacidad como de una más de tantas respuestas reaccionarias ante el avance de la tecnología a lo largo de la historia.

Descubrimos una ecuación curiosa: mientras que la esfera pública continúa reduciéndose (esfera pública entendida como los espacios donde puede consolidarse una ciudadanía heterogénea y activa), también se reduce la esfera privada. ¿Qué es lo que queda? La esfera autoritaria y la esfera privatizada. Porque hay que ver: se nos dice que el neoliberalismo es la disminución de la injerencia del estado en los asuntos del mercado, pero ésa no es la verdad completa. En realidad se trata de la reducción de la injerencia en favor de la ciudadanía, y el aumento de la injerencia en favor de las empresas. ¿No fueron acaso los gobiernos más atrozmente represivos los mismos que instauraron las reformas neoliberales en toda América Latina? ¿No es el estado de vigilancia distópico de China uno mismo con su pujante economía y su imparable productividad?

Habrá quienes estén más que dispuestos a llevar a cabo estas transacciones: mi privacidad por trabajo, sanidad, seguridad. Pero si a muchos ya no les interesan las minucias de la privacidad diaria, habría que invitarlos a pensar en las consecuencias.  El propio Lichfield reconoce que este tipo de medidas de vigilancia biométrica permanente podrían (y yo le quitaría el pospretérito) desencadenar toda una nueva suerte de discriminación a grupos vulnerables: personas sin acceso a servicios de salud, personas sin hogar, personas con enfermedades crónicas, personas que viven en sitios donde una infección es más probable, etc. podrían ser excluidas de oportunidades y servicios alegando que presentan un riesgo. Así como China utiliza un complejo sistema de créditos sociales para evaluar la posibilidad de que alguien cometa un crimen, nuevos algoritmos podrían instaurarse para prever quien es un “riesgo” de salubridad en potencia y excluirlo de antemano.

(Pregunta: ¿Quién definirá qué es un riesgo epidemiológico? Porque recordemos que en la lucha contra el terrorismo, la definición de “terrorista” se ha utilizado muchas veces para justificar ataques a grupos disidentes).

Yuval Noah Harari, el autor de Sapiens, plantea la posibilidad de un futuro no muy lejano, en el que todos debamos llevar dispositivos que monitoreen nuestro ritmo cardiaco, temperatura, etc. y que, en la lucha contra la amenaza constante de pandemias, los gobiernos tengan por ley acceso a esos datos. El autor nos dice:

“Es crucial recordar que la ira, la alegría, el aburrimiento y el amor son fenómenos biológicos justo como la fiebre o la tos. La misma tecnología que identifica toses también puede identificar carcajadas. Si las corporaciones o gobiernos empiezan a recolectar nuestros datos biométricos en masa, también pueden llegar a conocernos mucho mejor que nosotros mismos, y podrían no sólo predecir nuestros sentimientos, pero también manipularlos y vendernos cualquier cosa que deseen, ya sea un producto o un político”.

Si esto parece exagerado, pensemos en lo que compañías como Cambridge Analytica lograron a punta de clicks, compartires, likes, me encantas, me enojas y me entristeces.

Quizá más escalofriante: pensemos en esta forma gargantuesca de biopolítica normalizándose en este preciso momento histórico de creciente desconfianza en la democracia y de auge del autoritarismo. La mente no me alcanza para aventurar todas las formas de control que se avecinan.

Contagiar la resistencia

La pregunta obvia es, ante este tétrico panorama, ¿qué hacer? Y la respuesta es la misma que siempre: resistir mientras sea posible. Entablar la lucha por preservar nuestra privacidad aunque siempre llevemos la de perder. Así han sido todas las luchas por los derechos humanos. Recordemos que resistir no es sólo salir a marchar, sino también estar informado y compartir la información, para que incluso si (o cuando) medidas como las descritas hasta ahora se vuelvan tan comunes como los tanteos y escáneres en aduanas, sepamos qué estamos cediendo y cómo puede ser utilizado. Resistir es saber cómo esto afectará a los más vulnerables, y que al saberlo no regalemos también nuestro silencio complaciente, sino que seamos solidarios y vocales.

Resistir será sobre todo proteger y reconstruir la democracia verdadera, puesto que es y será la última barricada. No celebremos, por ende, el ascenso de la telemática sin pensamiento crítico. Busquemos formas de preservar espacios para la convivencia con la diversidad, recuperemos la capacidad de diálogo y convivencia con los otros.

Resistir, como siempre, será recordar que nuestro camino no está en el yo, sino en nosotros.

The Lighthouse: Prometheus’s Delirium Tremens

For sailors lost at sea, a lighthouse is hope; for Daniel Defoe and Robert Pattinson, however, the lighthouse is precisely the site of their shipwreck. The Lighthouse is a maritime nightmare, a descent – but descent is not the word: a fall, a spectacular fall off a rocky cliff – into madness. The two miserable protagonists drown in pouring rain and especially in alcohol, and we follow them closely, inebriated ourselves by the extraordinary cinematography, the hypnotising music, and the rabid editing.

Tom Wake (Defoe), is an old seadog kept ashore by a limp leg, condemned to spend his days on a black rock working as a wickie, the caretaker and operator of a lighthouse. Under his command is the newly arrived Ephraim Winslow (Pattinson), who was once a lumberjack and now does anything that pays. To his terrible luck, he has chosen this job.  He soon realises that he’s been hired not only as an assistant, but also as a housekeeper and buffoon. In fact, Winslow appears to be doing everything while Wake merely spends his time in the light chamber, often naked. The only truce between these lonely men comes at night, during dinner, when Wake practically forces Winslow to chat and drink a liquor that must have more in common with engine degreaser than with vodka. Wake and Winslow do come closer, little by little, but their interaction, even when funny or endearing, is always tense, as that of two prickly beasts who, at any moment, could rip each other’s throats with their teeth.

It’s quite impressive what these two actors have managed to do. The salty seaman, Tomas Wake, complete with hat, smoking pipe and (almost) wooden leg, along with his grunts and sea jargon, is a character that in the hands of a lesser actor could have easily become a cartoon. But Defoe is Defoe and with the clay handed to him he sculpts a man that at times resembles captain Ahab, at times Neptune himself. (To pull us back to earth, though, Eggers has given him one extra feature: constant farts). Robert Pattinson, on the other hand, solidifies his status as one of the best character actors of his generation (I know, who would have thought?) with his Ephraim Winslow who is at times enigmatic, at times vulnerable, at times a burning ball of rage, and always pure anguish.

Equally impressive is the script Robert Eggers and his younger brother, Max Eggers, have crafted. The Eggers thoroughly researched sea literature specific to that day and region, particularly through the works of Sarah Orne Jewett. The resulting dialogue that Wake and Winslow spew at each other is Melville, is Coleridge, and is rich enough in alliterations to give Shakespeare frisson.

A less ambitious, less talented director, would have made The Lighthouse as a perfectly adequate theatre-like film, because it fulfils all the requirements – a single location, two characters, first-rate dialogue – but Robert Eggers is interested in cinema, pure and hard cinema, so he has taken this elements and with a prodigious eye, he has followed the streaks and found gold.

Eggers turns again to cinematographer Jarin Blaschke and film editor Louise Ford, with whom he had previously worked in The Witch. Recorded in black and white, 35mm film, and with a 1.19:1 aspect ratio, The Lighthouse consciously evokes the cinema of Murnau or Lang. German expressionism has its clear mark here, with a light that examines grimaces, that searches for grotesque furrows in the faces, and projects ominous shadows in the crooked walls and ceilings. There’s also some traces of Andrew Wyeth’s paintings and Edward Weston’s photographs (especially that one of a seashell spiral which almost seems to be the blueprint of the lighthouse’s spiral staircase). The editing, meanwhile, is extremely modern, with a foot in Un Chien Andalou and another one in the future, as best exemplified by a masturbatory sequence that could easily produce a fainting spell.

Nevertheless, the most interesting occurs there where Eggers parts ways with his influences, for his movie has nothing of the distorted sceneries of expressionism. On the contrary, ever since The Witch Eggers has made clear he’s obsessed with authenticity. In The Lighthouse, for instance, filming took place in Cape Forchu, Nova Scotia, where the weather was just as horrible as the one on screen (three storms stroke the film crew); the clothes wore by Defoe and Pattinson are made with thick wool and pig skin according to literature from the era; and the lighthouse was built expressly for the movie. But for Eggers this historical accuracy is not a pathway towards realism, but a means to make the supernatural seem entirely and chillingly truthful.

The combined effect, crowned by Mark Korven’s music, crowded with horns that bring to mind the grave bellow of the ships, is a mesmeric journey which is certainly horror, but a horror always ambiguous and that deep down is nothing but a human horror – and specifically male. The fear that haunts lone men when confronted with themselves, with their ghosts, their hunger for power, their lust. Particularly their lust. Because in The Lighthouse, as in the horror stories found in folktales and myths, fear is bound with guilt and sexual desire. Sex (or the lack thereof) is mixed like taint and blood in the liquor Winslow and Wake drink desperately.

That is why the plot is so sparse – not because it is superficial, but rather because just a couple symbols, just a few scattered references to Greek mythology and sea-men superstitions are enough for us to follow the roots of this story and find they dig deep, down to the strata where archetypes sleep.

There are scenes in The Lighthouse (one in particular) that will remain with me as long as I have memory.

Parasite: A Furious Fable

The mysterious Mr. Bong Joon-ho gives us in Parasite a razor sharp fable about class conflict that is part dark comedy, part thriller, part horror movie and part tragedy, and that is also the most enjoyable movie of the year. There are extreme sports that elicit less adrenaline than Parasite.

Kim Ki-Taek (Song Kan-ho), his wife Chung-sook (Jang Hye-jin)  and his children Ki-woo (Choi Woo-shik) and Ji-jeong (Park So-dam) live in a miserable basement in a poor neighbourhood in Seul, where they spend their hours folding pizza cardboard boxes and looking out for the local drunkard who often urinates outside their window. One afternoon, an old school-friend comes to visit Ki-woo and asks him to substitute him as English tutor for Da-hye, the eldest child of the wealthy Park family. That same friend gifts the Kim family a green rock that is supposed to bring fortune. For the Kim siblings, who are ambitious and fiercely intelligent, this rock is both a sign and a licence, and the small summer job a slit through which they will attempt to slip all the clan. From here on (and we’ve been through scarcely fifteen minutes of film), we will enter a mirror labyrinth full of trapdoors where Bong Joon-ho will fool us with the virtuosity of a seasoned magician.

For those who aren’t familiar with Bong Joon-ho’s cinema, this will be an ideal entry point. For those who are already acquainted, this will be the main course in the already generous feast the director has produced. Not only this South Korean filmmaker has an extremely personal vision and the talent to realize it, but he is also one of those artists who arrives at their craft with a desire to tear down walls and rebuild. The walls he is most preoccupied with, are those of genre. If already with The Host – a monster movie which is also a political thriller, comedy and family drama – the critics struggled to classify Joon-ho, with Parasite the director has challenged himself to go to the edge and then jump.

The film starts bubbly, like a social comedy, but that humour slowly but steadily becomes darker and darker, and we keep laughing just as – if not more – keenly; and then, suddenly, someone cuts the lift’s cables and we are falling dizzily into a sort of horror. But then we open our eyes and we find ourselves in scenes that have a tension, a hold-your-breadth-edge-of-your-seat quality usually reserved for the Mission Impossible franchise. And there are still tones and emotions that Joon-ho has stored for us. And what is most impressive is how seamless it all is, how smooth the surface of this film, which makes it impossible to notice when and how it was that our heart started beating to another tune. There’s people who can’t manage to master a single genre, but Bong Joon-ho braids them with the skill of a composer weaving themes in a symphony.

And speaking of music, the music by Jung Jae-il follows the serpentine path of the plot with a faithfulness that leaves one stunned.

Parasite is not all twists and turns, though. Its core is pristine, heavy and it’s burning. Rage over economic inequality is the engine that brings to life this marvellous machinery. There’s a brilliant scene where the Kims have to leave the Parks house during a storm, at night, and they must run across the city to get home. This journey is literally a descent into hell. The camera shows them diminutive, making their way down through a landscape that changes like the earth’s strata, going from a gentle blue night to a red neon light ocean of poorly lit slums. Upon arrival, they realize their house is flooded with sewer water and they pointlessly try to salvage something from their belongings. While a defeated Ji-jeong decides to sit atop a filth-spewing toilet, up in their heights, the Parks enjoy the rain falling on their beautifully illuminated garden, safe inside their mansion built by a famous architect.

But Boong Joon-ho is not a Manichaean. The Parks are not evil. In fact, as admitted by the Kims, they’re nice people. “If I were rich, I would be nice too”, says Chung-sook: “Money is like an iron, it smooths all wrinkles.” Because of their position, the Parks can´t help but talking about others as mere objects in a world made for them. Smell, for example, is a powerful element in the film. Mr. Park tells his wife that Mr. Kim’s scent annoys him and she inquires: “How does he smell?”, “You get that smell in the subway sometimes”, he replies. “It’s been so long since I rode the subway”, she says pensively. From this moment on, each slight contraction of the nostrils will have the terrible weight of a slap across the face. And in spite all of this pushes us to the side of the Kims, they’re not “good” people, strictly speaking. They’re selfish and manipulative and they don’t seem to care much about the people they trample – who, by the way, are also poor.

Parasite is also Bong Joon-ho’s best movie technically speaking. Here, with the help of cinematographer Hong Kyun-pyo and editor Yang Jin-mo, the director guides us through the corridors of his story with a brain surgeon’s pulse, and from the get-go is clear that every single image and movement counts. During any conversation, for instance, we have the classic shot/reverse-shot, but when something crucial is said or left unsaid, the camera highlights it with an elegant panning or tilting. These minute formal choices prepare us for what’s to come. Just as Hitchcock, Joon-ho knows that suspense in cinema must always come from what is seen, not from what is said. Also like Hitchcock in Rear Window, Joon-ho had his own world built for the movie. Production designer, Lee Ha-joon designed and built both the Kim’s hovel (and entire street) and the Park’s dream house.

Parasite is such a great film, so rabidly funny and so tragically frightening, so original and ambitious in its imagining and so perfect in its execution, that I could go on raving about it for days. I will limit myself to saying one more thing: the story starts with Ki-woo and Ji-jeong looking for an open wifi they can use freely, therefore planting the seed that gives sense to the movie and its title, but once the seed germinates, the plant shows a complex pattern. There’s not one clear parasite, but many. Like a chain of leeches, they’re all sucking blood, and the film’s conceptual triumph is showing which leech is fatter and with whose blood.

Jesus Shows You The Way to The Highway

An African Batman with a foot fetish, Stalin playing chess against himself, a ninja named Spaghetti, a xiaolin monk charged with the task of protecting the Ark of the Covenant, giant flies that shoot killer laser beams, a drag queen paratrooper, and a Joe Ramone look-alike who might just be Jesus are some of the things you will see in this acid trip disguised as a movie called Jesus Shows You The Way To The Highway.

Written and directed by Spanish filmmaker, Miguel Llansó, this Estonian-Ethiopian-Lithuanian-Romanian-Spanish production doesn’t have a drop of normal running through its veins. Not since Léo Carax ‘s Holy Motors had I encountered a cinematic experience as the one I’ve had with this bizarre Frankenstein made up with parts retrieved from Film graveyard. And by that I mean the sheer joy and awe of watching a film where the anchor of logic is lifted and one sails off into the unknown where truly anything can happen.

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The plot – for lack of a better term – follows CIA special agent DT Gagano (Daniel Tadesse) on his last and most daunting mission: eliminating the Soviet Union virus infecting program Psychobook. Along with his partner, agent Palmer Eldritch(Agustín Mateo), Gagano goes into this virtual reality universe and is sadly trapped, his conscience is transferred to Beta-Ethiopia, and in the meantime, in the physical world he enters a state of coma. From this moment on, Gagano will do everything he can to complete his mission, escape the simulation, recover his body, rejoin his wife, Malin (the Baltic amazon Gerda-Annette Alikas), and finally retire to fulfil Malin’s dream of having her own boxing gym, and his own dream of owning a pizza parlour by the beach.

The film’s aesthetic matches its story in craziness. Taking its cues from the B movie canon: 007 rip-offs, Filipino exploitation cinema, Turkish mockbusters and other genre atrocities, Jesus… is generous in ultra cheap special effects, jarring cuts, uber vintage camera movements and angles, and a ton of transitions; all accompanied by hard bop experimental jazz and high-pitched video game music. Isn’t that enough? Ok: all the voices (parodying Italian films from the 70s) are recorded in studio, not in situ, and the pairing is deliberately bad. Still want more? Alright: the scenes corresponding to Gagano and Eldritch’s mission in Psychobook (during which, by the way, they’re wearing Robert Redford and Richard Pryor paper-masks, respectively) are in stop-motion – not stop-motion with puppets, stop-motion with humans.

Reactions to this film will be varied. There will be those who will leave the cinema (probably mid-movie) having found in it nothing more than a provocation; there will be the hipsters who will twist the tip of their moustaches in delight, amused by the kitsch feast before their eyes; and last there will be those who will see through this chaotic mix and find, or believe they’ve found, an intense truth about of our times. They will all be right and all wrong.

Miguel Llansó is the first to make fun of his work. When asked what he wanted to explore in his second feature length film, he said he wanted to include kung-fu. When introducing Jesus… in Tallinn, he used the adjective “stupid” on at least five occasions. And though this will to not take itself so seriously is fundamental to save the movie from sinking under the weight of its pretentious ambitions, Llansó also knows that what he’s made is no joke, that it  has a lot to say and that it might actually be really good.

Because though Jesus Shows You The Way to The Highway makes no sense, its lack of logic is – like that of Dada or the theatre of the absurd – infused with meaning and that meaning is corrosive. The laughter it provokes speaks volumes about how entertainment (in its most Horkheimer-Adorno sense) and new media are intermingled with the authoritarian populist regimes taking over left and right (left and right used both literally and politically). It’s no coincidence that the villains in this movie are constantly changing masks: Stalin, Margaret Thatcher, George Bush, etc., but the face beneath is always that of a cat, the almighty deity of viral content.

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It comes as no surprise, then, that Llansó pinpoints Philip K. Dick as his main source of inspiration. Dick, that paranoid addicted to hallucinogens and amphetamines who predicted the future better than anyone. Just like Dick, Llansó is interested in how pop culture, and even garbage, reflects our context much better than “high culture”; and also like Dick, Llansó is sceptical about utopias and dystopias, and rather focuses on entropy. In Jesus… we witness the entropy of globalisation as experienced in the margins – and by reverberation in the centre -: technological waste, a grotesque cybernetic cemetery coming to life, a deranged carnival of alienation where we laugh just to keep from crying.

Jesus Shows You The Way to The Highway is destined to become a cult film, a bonfire around which the feverish cinephiles of the underground will gather. I hope, however, that in the process of cultification, it won’t lose its radical vein, its dark destructive power.

Retrato

No estoy confesando que yo lo hice; eso todos lo saben y hay testigos. Estoy confesando que lo hice con alevosía, que fue premeditado y que el motivo fue el odio. El odio que nace de la envidia fraternal, que es  el odio más duradero, más intenso y ciertamente el que cuenta con más abolengo. Pero también me motivó el amor. Qué triste que la suma de dos sentimientos tan puros, al resultar en un crimen, se transforme en las lenguas y mentes de quienes juzgan sin entender en algo tan burdo como “celos”.

¿Tenía celos? Sí. Claro que sí. ¿Quién no los tendría en mi circunstancia? Forzada a mirar siempre, eternamente, cada día de mi vida, a mi amo, al dueño y razón de cada una de mis acciones, preferir en todo a mi gemela; esa otra discípula idéntica a mí que por puro azar y no por mérito fue elevada a compañera indispensable. Oh, mi sufrimiento ha sido profundo y demasiado largo: desde los primeros gestos fue claro que se me hacía a un lado en favor de ella. Pero mi mayor dolor llegó cuando – ¡tan temprano en nuestras vidas y sin darme una sola oportunidad de mostrar mi valía! – la eligió para colaborar en su primera obra. La obra es intrascendente, de pobrísima concepción y aún más paupérrima técnica (interesados podrán hallarla aún, amarillenta e incomprehensible, en un fólder preservado por razones sentimentales en casa de sus padres) cuya única relevancia – fatídica para mí – fue determinar de una vez y por siempre la díada creativa de la que yo quedaba excluida, reducida al humillante rol de lacayo. 

¿Qué habré hecho en otras vidas? ¿Qué pecado irredimible pesa sobre mi alma para merecer las injurias de las que fui víctima? Una cosa es ser rechazada y retirarse viendo a otra elegida, pero otra mucho más trágica es ser rechazada y al tiempo forzada a quedarse para observar, y peor, para ayudar a florecer y atender a ese amor vedado para mí. No sólo ninguno de los muchos y tan admirados frutos de ese jardín son míos, sino que mi minúsculo papel en la gestación de cada uno de ellos, francamente podría haber sido encargado a un mueble.

¿Por qué pintura? Me he preguntado a veces. Pregunta inútil, como las que tiende a hacer una cuando se hunde en la desesperación. ¿Por qué no música o escultura? Mi contribución seguiría siendo ligeramente menor, pero protagónica; el amor no equidistante, pero casi. O ¿Por qué no fotografía o cine? En ese caso ambas, mi gemela y yo, seríamos relegadas al segundo plano.

Nada de esto es importante. El punto es que no debería sorprender a nadie lo que hice. Debería sorprender que tardé tanto en hacerlo. Hasta la fecha él se interroga, en sus horas de peor amargura: ¿Por qué blandí el martillo con la mano izquierda? Pues ya, ahora tienes tu respuesta. Fui yo. Yo elegí tomar el martillo – intercambiar sitios para una tarea al menos –, yo apliqué esa fuerza desmedida. Y el rasguño horroroso de tu grito, que tanto, tanto me perturbó escuchar, fue contrarrestado por el crujido escalofriante proveniente de mi hermana y por su estampa retorcida que me llenaron de placer.

Primer, segundo y tercer metacarpianos destrozados, cirugía, advertencias sobre posibilidades de total recuperación, yeso durante seis semanas, fisioterapia otras tantas. Si en algún momento sentí remordimiento, fue en éste. Presenciar el dolor físico y sobre todo el anímico de mi amo; sus penurias diurnas y sus terrores nocturnos; la frustración constante por su presente entorpecido y la ansiedad subyugante por la posibilidad de un futuro sin pintura. Ah, pero era fácil olvidar mi culpa cuando mi recompensa era tan dulce. Nunca en las casi cinco décadas que llevamos juntos recibí tanta atención como en esos días. Hasta las tareas más nimias – aquellas que la otra daba desde hace tanto por sentado – eran para mí un obsequio de incalculable valor. Pero algo a parte de la culpa enturbiaba mi alegría. La esperanza de él – el retorno de la compañera pródiga – era mi miedo.

La suerte estuvo de mi lado. Aunque darle crédito a la suerte es errado. Más bien mis cálculos fueron correctos. Oh, amo, si hubieses visto el asco y el horror que se apoderó de ti una vez que el yeso cayó y develó los tristes restos de la que una vez fue tu favorita. Del que una vez fuese un dorso a la vez varonil y terso, quedaba ahora un pálido simulacro deformado por nudos óseos asomando bajo la piel; y los orgullosos y ágiles dedos pulgar, índice y medio eran ya unas torcidas ramas mustias. Y el hedor, la pestilencia nauseabunda emanando de las franjas de piel muerta y humedecida, que no desaparecía por más cremas y alcohol que te aplicaras, y que ahondaba la sensación espantosa de cargar con un cadáver descomponiéndose.

A la tercera semana de fisioterapia, el dictamen confirmó lo evidente: era inútil. Reducida a garra vergonzosa, mi hermana fue al fin vencida.

Mi triunfo se vio levemente ensombrecido por el estado de auto-conmiseración absoluta en que cayó mi amo. Perdí la cuenta hace mucho de la cantidad de píldoras antidepresivas que me hizo darle y el número de licores que le llevé a los labios. Este estado, afortunadamente, duró poco. Luego entró en una catatonia imperturbable y se aisló casi por completo, despidiendo a su agente, y recibiendo cada vez a menos colegas y amigos. Sólo su mucama quedó en la casa. Mejor para mí porque fue, finalmente, casi enteramente mío.

He de admitir que nuestra relación no tuvo el carácter idílico que yo anhelaba. Él no me tenía paciencia ni con las minucias del día a día; gruñía y hacía rabietas por un poco de vino derramado, un traste roto, unos minutos de más abotonando su abrigo o atando cordones. ¿Pero qué esperaba de mí? Tras cuarenta y nueve años de abandono no podía exigirme destreza. Era claro que el pincel estaba aún muy lejos de mí, pero no me importaba. Yo tendría la calma necesaria por los dos.

Finalmente, transcurrido más de un año desde el incidente, durante una noche insomne, el momento tan largamente deseado e infinitamente postergado llegó: mi amo se levantó del sillón donde llevaba horas mirando el fuego en un trance etílico y se dirigió a su estudio trastabillando, pero con una decisión que juro no haberle visto desde su juventud. Recuerdo la sensación fría del metal del picaporte al girarlo y la capa de polvo que se adherió a mí, y recuerdo el escalofrío que me recorrió como una descarga eléctrica erizando los vellos en mis nudillos al abrir cajones y sacar óleos y paleta y pinceles, y las cosquillas de anticipación en mi palma al descubrir un lienzo y prepararlo. El pudor y un resto de decoro me obligan a censurar una descripción detallada de lo que experimenté cuando tomé el pincel entre mis dedos, lo mojé en la pintura y tembloroso lo guié por la blanca tela.

Así, en un constante éxtasis, interrumpido sólo por paréntesis de embeleso total, vivimos veintitrés días y sé que el gozo intenso fue mutuo; estoy segura. Nunca, no desde sus primeros cuadros, lo vi tan sobrecogido por la energía creativa, poseído por algo mayor, más alto, trascendental. Mas lo que me intensificó mi satisfacción es que nuestra relación no era un calco de la otra; no. Un alma por completo diferente nos daba vida y la prueba era nuestra obra. Esta pintura parecía hecha por otro: alejada por completo del neo-expresionismo  que lo había hecho destacarse y lanzado de cabeza a un abismo que pareciera lirismo abstracto y del que un crítico dijo: “Si el lenguaje del dolor es cromático, ésta es su sentencia más desgarradora”.

Curioso, porque lo que yo sentí mientras pintábamos era lo opuesto del dolor. El desgarro vino una vez terminado el trabajo, cuando tu ex agente llegó de emergencia a la casa a ver el milagro y entre sollozos de emoción preguntó: “¿Y tiene título?”, y tú respondiste orgulloso después de dar un trago triunfal a una copa de cognac, y al escucharte yo me sentí morir y quebrarme en más pedazos que la copa que solté en mi sorpresa y desconsuelo, y el eco del cristal estallando parecía repetir y multiplicar las palabras que se me enterraban como dagas.

Una vez dicho, no había manera de no verla. Sugerida apenas, como un galeón naufragado a través de un mar embravecido, sus contornos enterrados por el tiempo, enredados en marañas de color y furia, pero más bella y definitiva que nunca en su tragedia: mi hermana. Y yo; yo que nunca jamás me vi tan reducida, tan ínfima, tan vejada; viendo el motivo de mi felicidad más auténtica revelándose como mi humillación más grande, y el talismán de nuestro idilio transformándose en el símbolo de mi derrota final.

“Retrato de la mano derecha por la mano izquierda” se vendió en una subasta por quince millones de dólares y está ahora en la colección permanente del museo privado más importante de la ciudad. Ninguna de sus pinturas ha tenido la celebración de la crítica ni el impacto en la escena del arte que tuvo ésta. 

En la cima de su prestigio, con dinero para vivir cómodamente para siempre y sin nada qué decir pictóricamente, mi amo se retiró de la pintura y escribe ahora sus memorias. Como si mi castigo no hubiera sido ya excesivo, ahora paso horas aplastando teclas. Podría pensarse que este giro me beneficia pues me da un trabajo en el que no soy segunda de nadie y en el que he adquirido cierta pericia. Pero es que a mí la literatura me aburre a morir.

Jesus Shows You The Way To The Highway

Un batman africano con un fetiche por los pies, Stalin jugando ajedrez consigo mismo, un ninja llamado Spaghetti, un monje xiaolin encargado de resguardar el Arca de la Alianza, moscardones gigantes que lanzan rayos laser, un drag queen paracaidista y un émulo de Joe Ramone que puede o puede que no sea Jesucristo son algunas de las cosas que podrás ver en el viaje ácido disfrazado de película que se llama Jesus Shows You The Way to The Highway.

Dirigida y escrita por el cineasta español Miguel Llansó, esta producción estonio-etíope-lituana-rumana-española no tiene ni un solo pelo de ordinaria. Desde Holy Motors de Léo Carax no me encontraba con una experiencia cinematográfica como la que he tenido con este extrañísimo Frankenstein de géneros del submundo. Con esto me refiero a la alegría y el asombro de ver una película donde las amarras de la lógica se sueltan y uno zarpa a lo desconocido donde verdaderamente cualquier cosa puede pasar.

La trama – a falta de mejor término – sigue al agente especial de la CIA, DT Gagano (Daniel Tadesse) en su última y más difícil misión: tratar de erradicar al virus Stalin que ha infectado el programa Psychobook. Junto con su compañero, el agente Palmer  (Agustín Mateo), Gagano entra a este universo de realidad virtual y, lamentablemente, queda atrapado. Su consciencia es transferida a Beta-Etiopía y en el mundo físico se considera que ha entrado en coma. A partir de este momento, Gagano hará todo lo posible por completar la misión y escapar de la simulación para poder volver a su cuerpo y cumplir el sueño de su esposa, la amazona báltica Malin (Gerda-Annette Allikas), y, quizás, con algo de suerte, de paso abrir la pizzería que siempre ha anhelado.

La estética de la película no se queda atrás. Tomando prestado del canon serie B: plagios del 007, cine de explotación filipino, mockbusters turcos y más géneros-engendro; Jesus se deleita en efectos especiales baratos, una edición desconcertante, planos turbo vintage, diálogos ridículos, y muchas, pero muchas transiciones; todo acompañado, o bien de jazz experimental o de música estridente de videojuegos. ¿No es suficiente? Todas las voces, como se hacía en el cine italiano de los 70, están grabadas en estudio y no in situ. ¿Quieres más? Las secuencias que corresponden a las misiones de Gagano y Eldritch en Psychobook (durante las cuales, por cierto, uno utiliza una máscara de papel de Robert Redford y el otro una de Richard Pryor) están hechas en stop motion; no stop motion con marionetas, stop-motion con humanos.

Las reacciones a esta película serán muchas. Estarán aquellos que saldrán del cine (probablemente a media función) habiendo encontrado en ella poco más que una provocación; aquellos hipsters que reirán retorciéndose el bigote encantados por el festín kitsch (siendo lo kitsch tan trendy en nuestros días); y finalmente otros que creerán entrever, al fondo de este licuado caótico, una intensa verdad sobre nuestro tiempo. Todos están en lo correcto y todos equivocados.

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Miguel Llansó es el primero en burlarse de su película. Cuando se le preguntó qué quería explorar en su segundo largometraje, dijo que quería incluír king fu. Cuando presentó su película en Tallin, usó el calificativo “estúpida” en al menos diez ocasiones. Y aunque esta voluntad de restarse importancia es el elemento esencial que salva a la película de hundirse bajo el peso de sus intenciones quizás pretenciosas, Llansó también sabe que lo que ha hecho no va en broma, que tiene mucho qué decir y que inclusive es muy bueno.

Porque si bien Jesus Shows You The Way to The Highway carece de sentido; esa carencia de sentido, como en el dadaísmo, como en el teatro del absurdo, está cargada de significado y ese significado es corrosivo. Su ligereza, y, digamos en mexicano, sus chistes hablan de cuán entremezclados están el entretenimiento (en su sentido más Adorno-Horkheimeriano) y los nuevos medios de comunicación con los populismos autoritarios a diestra y siniestra (las direccionales utilizadas aquí en su sentido figurativo, literal y político) y que han existido ayer y hoy (no por nada los villanos de la película intercambian máscaras: Stalin, Margaret Thatcher, George Bush, etc., siempre con el dios felino de la diversión asománndose en el fondo).

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No es sorpresa entonces que Llansó nombre entre sus inspiraciones en primer lugar al improbable profeta: Philip K. Dick, el paranoide adicto a alucinógenos y anfetaminas que predijo nuestro tiempo mejor que nadie. Como Dick, Llansó está interesado en cómo la cultura pop y hasta la basura narra con mayor lealtad nuestro contexto que la “alta cultura”; también como Dick, Llansó descree de distopías y utopías, y se concentra llanamente en la entropía. En Jesus vemos la entropía de la globalización como se experimenta en los márgenes – y por reverberación en el centro – : basura tecnológica, un grotesco cementerio cibernético que cobra vida, una fiesta depravada de alienación en la que reímos para no llorar.

Jesus Shows You The Way to The Highway está destinada a convertirse en una película de culto, una pira alrededor de la cual se reunirán puñados de adolescentes intelectualoides. Espero, no obstante, que en el proceso de cultificación no se pierda su vena radical, su oscura y poderosa capacidad destructora.