La desaparición de los rituales

En este episodio de Entusiastas me acompaña David Hernández, diseñador industrial, músico, dibujante, filósofo en sus tiempos libres y mi primo. Juntos platicamos sobre “La desaparición de los rituales”, el último libro del filósofo superestrella Byung-Chul Han, y de ahí nos agarramos para platicar sobre arte, poesía, relaciones, redes sociales y el mundo digital, etc.

Aquí pueden ver una entrevista con Byung-Chul Han sobre el libro: “Byung-Chul Han: “El dataísmo es una forma pornográfica de conocimiento que anula el pensamiento”

Y en este episodio del famosísimo podcast 99% Invisible, “Game Over”, pueden escuchar sobre la auténtica tristeza que sufrió una comunidad cuando el sitio digital donde se reunían fue suspendido. Una historia que provee una mirada diferente al asunto y complementa la conversación.

Finalmente, algunos dibujos de David:

El astrónomo

“Una mirada prodigiosa es necesaria”, decía Sergio. Yo estuve siempre interesado en abismos más que en el espacio y pienso que por ello me inscribí en el curso de verano de astronomía. Me aparecía ahí un poco como un fantasma, siempre en silencio, cuidadoso de no hacer ruido, sentándome en la última banca de la esquina más alejada al escritorio. Y sin embargo, de alguna forma, su endiablado ojo certero logró notarme y su incansable entusiasmo consiguió sacarme algunas frases a lo largo del curso.

Siendo sinceros, no conservo prácticamente nada de lo aprendido. Si acaso memoricé que en nuestra galaxia hay doscientos mil millones de estrellas porque ese dato, que a muchos de mis condiscípulos los inquietó tanto, a mí me llenó de paz pues era la constatación universal de una hipótesis anímica que tenía yo por esos años: “No soy nada”.

La culminación del curso sería armar nuestro propio telescopio para ver un eclipse de luna. Nos dieron los materiales necesarios y se nos instruyó paso a paso. Durante esos días estuve a punto de abandonar el aula porque Sergio se acercaba a cada uno de nosotros a darnos indicaciones, a corregir detalles, o simplemente a platicar. Mi vocación era la del papel tapiz y odiaba que los adultos me forzara a hacerme visible, que preguntaran por mí, por mi familia, por mis pasatiempos o peor, por mi deporte favorito, cuando un mero vistazo a mi barriga debería haberles prevenido de formular semejante inquisición. No obstante, Sergio pareció intuir mis molestias de antemano y se limitó a guiarme y, solo después de un rato y sin yo darme cuenta, a conversar conmigo sobre libros y películas de aliens, monstruos y hechiceros.

Llegó la noche señalada y nos reunimos todos los niños acompañados de nuestros padres en los amplios jardines de la escuela. Nuestros precarios telescopios estaban en posición y los astros también. Se nos dio la señal y asomamos por el visillo. Yo no pude ver nada más que una oscuridad absoluta. Me aparté avergonzado de mi trasto inservible a sabiendas de que lo había ensamblado mal. Traté de ocultarme en el regazo de mi madre, pero Sergio me encontró y, como siempre, sin necesidad de interrogantes, supo cuál era el problema. Trajo su propio telescopio y me invitó a mirar con la condición única de que, una vez captado todo en mi memoria, escribiera una descripción detallada de lo que había visto.

Al terminar el verano y con este el curso, se nos entregaron dulces y un diploma. Hubo juegos, comida y un sorteo en el que no recuerdo haber ganado nada. Lo que sí recuerdo es que antes de irme, Sergio me llamó a su escritorio y me dijo: “Una mirada prodigiosa es necesaria, pero también la capacidad de describir lo que se ve” y, devolviéndome el texto en que había descrito el eclipse lunar, me pidió: “no dejes de escribir”.

Y aunque he olvidado el nombre de casi todos los astros, nunca he olvidado ese consejo.

La clase de ballet

En el salón no hay trofeos, ni reconocimientos; hay un retrato en blanco y negro de una bailarina perpetuada en un arabesque perfecto, un piano de pared, una barra y un espejo que recubre un muro entero y duplica la habitación, la escasa luz y a Irma ,quien se encuentra a sí misma más frágil de lo que pensaba, sentada con la mano derecha apoyada en el bastón y el cabello blanquísimo. Mirándola ahora es difícil imaginar piruetas, puntas, saltos… Revisa su reloj y constata con angustia que se hace tarde.

Eva es la última de sus alumnas. Generación tras generación pasaron por esas tablas, con mayor o menor éxito, con facilidad o con torpeza, a lo largo de más de medio siglo, decenas de niñas y muchachas. Quedan como testigo solo las flores en su cumpleaños, las esporádicas visitas, las cartas a granel, todas ellas empezando con: “Irmita, me acuerdo de…”, todas llenas de pasado.

La vejez es cansancio por cargar tanto pasado y tantos futuros perdidos, piensa Irma mientras recuerda por millonésima vez la carta de aceptación de la Royal Academy of Dance y el telegrama de su padre cortando el hilo que apenas empezaba a tejerse entre ella y su sueño. El negocio iba mal, necesitaban su ayuda. La maleta que había empezado a empacar para Londres terminó acompañándola a León, donde hubo de quedarse el resto de sus días

—Disculpe, maestra— dice una vocecita desde el flanco izquierdo del espejo.

La niña corre al vestidor, enredándose en su larga bufanda, tropezando al quitarse sus pesadas botas mojadas, y tras unos instantes sale preparada, con leotardo y zapatillas, aunque con jirones de cabello escapándose del moño.

—Evita, con estos modos no vas a llegar a convertirte en Eva— dice Irma y señala el retrato de la bailarina.

La niña hace puchero y se da la media vuelta para tomar su sitio a un costado de la barra. Al volverse de nuevo, da la impresión de que ha crecido.

Irma pone música en la grabadora y comienza a dictar: “Primera posición. Plié…”, Eva obedece y en cada repetición afina su técnica, suaviza sus gestos, mejora su postura y, más curioso, se vuelve más esbelta, más alta, más adulta.

—¡Eva!— interrumpe Irma —. No quieras adelantarte, vamos paso a paso.

Eva resopla.

—Hoy tengo ganas de algo emocionante, Irmita, quiero grand jeté, pas couru, grand battement...

—Evita, hazme este favor— dice Irma con la voz quebrada y refugia el rostro en la mano.

Eva frunce el ceño. Ve a Irma y su estampa herida le trae a la mente a la adolescente que una vez, hacía ya varias décadas, se había plantado en la puerta de su estudio preguntando tímidamente si era ahí donde enseñaba ballet la famosa Eva Beltri; la misma adolescente que minutos después, cuando le pidió que le mostrara lo que sabía, la sorprendió con una técnica pulida y un talento natural, pero sobre todo con un carácter enorme, de al menos diez veces el tamaño de su cuerpo; la misma adolescente que en un par de años se convirtió en su discípula predilecta y casi en su hija. Eva conoce muy bien a Irma y sabe que lo que necesita en este momento no es una aprendiz, así que deja su posición y camina hasta la frontera de cristal que las separa.

—Irma, ven, quiero verte a ti y no a tu reflejo— dice Eva. Su voz ahora suena rasposa.

Irma se levanta con dificultad y atraviesa el salón vacío. Esperándola está Eva con el cabello gris y la cara cuantiosa en arrugas.

—¿Qué pasa?— pregunta Eva y posa la palma de su mano sobre la fría superficie del espejo, ofreciéndola.

Irma acepta el gesto de consuelo y al encontrarse las manos envejecidas pareciera que son en verdad un reflejo.

—Ay, Evita, no sé. Lo mismo de siempre— dice Irma y mira de reojo la foto de la bailarina —¿Sabes que hasta la fecha me preguntan si ésa en la foto soy yo?”.

—Ya te he dicho que quites ese retrato. Solo te hace pasar tristezas.

—¿Cómo te voy a quitar, Eva? No, el problema no es la foto, ni que nos confundan. El problema es que no lo merezco. Te fallé. No me fui a Londres y como tú me lo advertiste, la vida me comió. Me casé, tuve hijos; las obligaciones me ganaron y mírame ahora, sola en mi academia, con la cadera arruinada y un fantasma como mi única alumna”.

—Bueno, no cualquier fantasma— dice Eva en tono burlón —, sino el fantasma de la bailarina que enseñó a Ana Pavlova a bailar el jarabe tapatío en punta, nada más y nada menos.

Irma se ríe a medias, sinceramente, pero derrotada.

—Te entiendo— dice Eva poniéndose seria —. La vida te dio otras cartas. Ni modo. ¿Qué vas a hacer?

—No me entiendes. Tú creciste para ser Eva Beltri. Apareciste en películas,  viajaste por el mundo, tus zapatillas serán preservadas por algún museo. Yo soy la maestra Irmita y eso es todo.

Al decir esto, Irma desploma todo su magro peso sobre el bastón.

—Yo no tuve la oportunidad de saber qué bailarina pude haber sido.

—¿Tú sabes por qué vengo aquí cada noche?— pregunta Eva de pronto.

—Para hacerme compañía— responde Irma.

—Tú eres tonta, ¿o qué?— dice Eva francamente fastidiada —. Mira a tu alrededor, mira este salón, escucha el barullo de medio siglo almacenado aquí, relee las cartas apiladas en tu escritorio. Vengo porque quiero aprender con la maestra Irmita de la que tanto hablan.

Irma eleva sus ojos para encontrarse con los de su antigua mentora.

—Quizás nunca sabrás si pudiste ser la mejor bailarina; pero una cosa es segura: eres la mejor maestra— dice Eva y, sin mediar más palabras, vuelve a la barra.

Desde ahí, nuevamente con voz y cuerpo infantil, pide:

—Empecemos la lección, que ya es tarde.

Irma regresa a su asiento y se dispone a reanudar la clase.

Time Whale Spent: Talkin’ bout Moby Dick

This time Jorge joins English professor, Kristin Van Tassel to talk about Moby Dick, or The Whale. Panned by critics at the time and now considered one of the greatest novels ever written. Everyone knows the story: Madman desperately tries to catch and kill a giant white whale, but even if you think you know it, Moby Dick holds many surprises for those who finally dare read it. Here we discuss how it surprised us, what it possibly means, and how it still speaks to our time. Join us!

Read more about Melville, his letters to Nathaniel Hawthorne, and about how critics hated his book here.

Read (or listen) to Jill Lepore’s excellent essay on Melville’s life, writings and his relationship to his home place here.

You can find Tony Morrison’s seminal writing on not only Moby Dick but whiteness in general in American literature here, or in her collection of essays: Playing in the Dark.

Check here for Rodrigo Fresán’s comments on just how modern Moby Dick is.

The article where Roberto Bolaño speaks of Huckleberry Finn and Moby Dick as two novels pointing to two distinct paths in literature is “Our Guide to the Abyss”, included in Between Parentheses.

And here’s a selection of Kristin Van Tassel’s writing.

Navidad con N de Nostalgia

Entusiastas arranca con uno de mis primeros entusiasmos: la Navidad. Historia y memorias de distintas latitudes se unen para formar una especie de paseo navideño. Incluye un cuento inédito de Karla Gasca y el piano del maestro Mario Alberto Hernández.

Ya pueden leer el cuento de Karla Gasca también: El vestido de gala.

Este episodio se hizo con información tomada de los siguientes artículos:

Y finalmente recomiendo ampliamente visitar el genial viaje pictórico compilado por The Public Domain Reveiw: A Pictorial History of Santa Claus

Tu pedido va en camino

Debe ser un borracho que se quedó dormido, pensó con temor Álvaro, pues nadie respondía en el interfón. Tenía que ser un caso así de triste para pedir McDonald’s en Nochebuena. Aunque, si se ponía a pensar, el caso verdaderamente triste era el suyo. La gente lo miraba y no faltaba quien le tomara fotos. De hecho, uno de esos retratos, acompañado de la leyenda: “No hay edad para quien no se rinde” se había vuelto viral. Le hacía rabiar mirarse en un cartel motivacional, pero era inevitable que su estampa llamara la atención: un viejo gigante, con una barba blanca tan abundante que el cubrebocas asomaba apenas entre bigote y mentón, y una barriga que se rehusaba a ceder a pesar de las horas diarias de ciclismo.

No le molestaba trabajar, lo prefería a estar encerrado en su departamento sin nada que hacer, mas extrañaba el calor de la maquinaria y la charla con los colegas. Todavía se encontraba con algunos: a Ramón y a Zúñiga los veía seguido, sobre todo fuera de la trattoria de Marcovaldo cuyas pizzas estaban de moda, y cuando se veían fumaban uno o dos cigarros y platicaban, casi siempre de lo mal que andaba todo, mientras esperaban sus respectivas órdenes.

Lo que más lamentaba era la pérdida del festival navideño. Diría que había nacido para interpretar ese rol, pero sería inexacto; en realidad había envejecido para interpretarlo, pues desde que cabeza y rostro se le habían llenado de canas, mirarse en el espejo era como ver un anuncio de Coca Cola. Los que lo habían precedido siempre requerían retoques: un poco de relleno en el abdomen, botas con plataforma, barba y bigote falsos… Él no necesitaba ni el rubor en las mejillas porque desde niño tenía los cachetes colorados, y su voz de barítono era la cereza brillante sobre el pastel. Cuando soltaba su carcajada bombástica, veía en el brillo de los ojos infantiles la eliminación de cualquier resto de duda: sí, era él.

Este año habría sido su décimo aniversario en el papel y para celebrarlo se había mandado hacer su propio traje rojo, con hojas de acebo bordadas con hilo dorado en el canesú y los puños. Había esperado con ansias esa modesta forma del estrellato; no obstante,  como tantas otras cosas, se tenía que cancelar y no había vuelta de hoja. El traje lo había vendido a una tienda de disfraces y con ese dinero había comprado la bicicleta, usada, pero en buen estado y de un rojo brillante que cuando menos recuperaba el tono de la temporada.

Finalmente, una figura apareció en las escaleras, tambaleándose no por alcohol sino por edad. Era una anciana quien, tras más instantes penosamente alargados, cruzó el vestíbulo, abrió la puerta y extendió una mano. Álvaro, impaciente, le acercó la bolsa de comida y sólo entonces notó que entre sus arrugados dedos, la mujer estrujaba algo.

—No, gracias — dijo Álvaro pensando que se trataría de una propina, al tiempo que le tendía con más vehemencia su encargo.

—La hamburguesa, si gusta, quédesela — dijo la anciana —. Lo que quiero es que lleve esto a mi nieto.

Álvaro prestó más atención al paquetito que le entregaba la señora: una cajita azul con un moño color amarillo y una etiqueta grande que leía: “Para Íñigo, de su abue”.

—Es que no funciona así, señora.

—Le pagaré — dijo la señora.

—Usted necesita un servicio de paquetería.

—Cualquier otro año se lo habría dado yo, pero ya ve…— agregó la viejecita potenciando su tono lastimero.

—Perdón, señora, pero…

—¡Oh, por favor! Ha sido un año tan difícil, con su padre sin trabajo…

—Señora…

—Tal vez sea el único regalo que reciba este año, el pobre…

Álvaro miró el paquetito de nuevo.

—¿Y qué es?

La mirada de la anciana se iluminó.

—¡Un gorrito! Se lo hice yo misma, mire…

Abrió la caja y le mostró la prenda color verde menta, con un perro o un conejo bordado al centro, hecha claramente con amor aunque no por eso menos fea. Álvaro sonrió.

—¿Y a dónde hay que llevarlo?

Partió veloz, cruzando la ciudad desierta con sus adornos que brillaban para nadie y su inusual silencio atravesado por los hilos invisibles de las videollamadas; surcando las calles transitadas solo por otros que, como él, llevaban sus cargamentos de arroz frito, de tacos y kebabs, y alitas de pollo, y faláfeles, y sushi para los solitarios del mundo.

Desmontó en la casita indicada y sudando llamó al timbre. Abrió de inmediato un niño.

—¿Eres tú— preguntó Álvaro consultando de nuevo la etiqueta —Íñigo?

El niño meneó la cabeza afirmativamente.

—Tu abuelita te manda esto— dijo y le entregó la caja al niño, quien la recibió sin siquiera verla, manteniendo sus ojos grandes como platos clavados en él.

Álvaro pensó que, o bien el niño no era muy elocuente o ya estaba cansado, así que le deseó una feliz navidad y tomó su bicicleta. Los ojos del niño se abrieron aún más.

—¡Sí me la trajiste!— exclamó. —Mi papá había dicho que no podrías, ¡pero yo sabía que sí!

En ese momento Álvaro identificó ese brillo tan conocido, esa expresión irrepetible que quería decir: sí eres el verdadero, el auténtico, sí eres . Álvaro sintió los reflectores de nuevo sobre él y subió a su escenario.

—Oh, pero claro que sí, querido Íñigo. ¿Cómo podría haberlo olvidado?

Más tarde esa noche, mientras Álvaro descansaba en una banca del centro, comiendo su hamburguesa fría, calentándose dando traguitos a su petaca de whiskey y distrayéndose con el celular, se halló de pronto con su retrato viral en redes, pero acompañado ahora de otra leyenda: “Creo que también ha sido un mal año para Papá Noel”. Al leerlo, Álvaro soltó una carcajada que retumbó en los portales e hizo que varios curiosos asomaran por las ventanas de la plaza. Se levantó y, todavía riendo, reemprendió su caminata a casa.

Tenet : teneT

Christopher Nolan asegura que le llevó un lustro completar el guion de Tenet y que trabajó en el concepto central durante una década. Se nota. Tenet es la culminación – es difícil imaginar una cima más alta – de una obsesión con el tiempo y, más precisamente, con los retos y oportunidades que las manipulaciones temporales ofrecen a la forma del cine. Sin embargo, como sus personajes, el director parece avanzar y retroceder simultáneamente. Por un lado, Tenet es sin duda su película más ambiciosa y visualmente la más impresionante, por el otro, es también la más afectada por todas sus flaquezas y todos sus excesos.

La trama es básicamente la de una película del 007, pero pasada por una licuadora marca Escher. La premisa en su estado puro es: un villano megalómano busca destruir el mundo con un arma ultrapoderosa y un héroe trabajando para una asociación secreta busca detenerlo. Esto, que es muy simple, se complica estrambóticamente porque el arma en cuestión viene del futuro y es una máquina capaz de revertir la entropia de la materia. Ya que la entropía es, en estricto sentido, la causa de la irreversibilidad del tiempo, los objetos o personas ‘revertidos’ se mueven hacia atrás en el flujo temporal. La amenaza es que se revierta en general la entropía del universo, lo que desencadenaría la aniquilación de todo cuanto existe y ha existido.

El concepto es brillante. No sólo le da un giro necesario – y más o menos realista – al ya muy manoseado artilugio de los viajes en el tiempo, sino que también le permite a Nolan, el hombre que ya había: volcado un trailer, hecho un pasillo rotativo, hundido un barco, etc. superarse a sí mismo sin repetirse. En Tenet no se requieren esas proezas hercúleas para desencajar la quijada del espectador, basta ver cristal roto rearmándose, charcos salpicando inversamente antes de ser pisados, nubes replegándose, polvareda de estallidos encogiéndose hasta desaparecer. La acción progresiva y en retroceso está integrada tan naturalmente que una pelea cuerpo a cuerpo o un solo auto volcándose se vuelven más espectaculares que Bane desmantelando un avión en el aire en The Dark Night Rises. Eso no impide, claro, que un Boeing 747 sea estrellado contra un hangar, o que un edificio sea dinamitado (y reensamblado y vuelto a estallar).

No habrá pasado desapercibido, tal vez, que vamos ya en el cuarto párrafo de esta reseña y no ha habido ni una mención a los personajes. Si los he dejado para después es porque evidentemente Nolan hizo lo mismo.

Desde una posición muy mediana en las prioridades del guion, los actores hacen lo mejor que pueden. John David Washington cumple en el papel de El Protagonista (es la única identificación que se le da): es aspiracional al modo de Bond, carismático, atlético, guapo, perfectamente acicalado, siempre está en control, los trajes le quedan de maravilla (por cierto, habría que ver si el financiamiento para la cinta no viene en buena medida de la industria de la sastrería porque los trajes tienen más personalidad que nadie en Tenet); pero en el terreno emocional no se le da nada más que una conexión poco convincente con la heroína, Kat, interpretada por Elizabeth Debicki, quien repite exactamente el mismo personaje que tuvo en la serie The Night Manager: esposa y rehén de un billonario traficante de armas. Ella carga con el peso emocional de la película y lo hace bien aunque, siendo sinceros, no es una carga pesada. Robert Pattinson en el papel de Neil, compañero de aventuras del Protagonista, es el más evanescente de todos, el más misterioso, y por ello tal vez el que más funciona: desaliñado pero vestido lujosamente, despreocupado pero siempre un paso adelante; y su química real con David Washington provee a su amistad en pantalla con el sustento que el guion no se interesa demasiado en conjurar.

El director de fotografía Hoyte van Hoytema vuelve después de Interstellar y Dunkirk y es tan fantástico como en aquellas, otorgando a cada encuadre y movimiento la gravedad precisa, el tono de tensión constante que Nolan ha ido desarrollando. El colaborador que no regresa es Hans Zimmer, ocupado ya en la banda sonora de Dune. A reemplazarlo viene Ludwig Göransson, quien hace un trabajo muy eficiente… copiando el estilo de Zimmer.

Una anotación más sobre la música: constantemente hay, por lo bajo, banda sonora, incluso en las escenas de diálogo, 90% de las cuales tienen la función de explicar una trama de por sí confusa.

Cuadrado de Sator, conformado por cinco palíndromos latinos, que inspiró el título de la película y varios de sus personajes y lugares

Desde hace tiempo me parece que el Christopher Nolan de megaproducciones está a medio camino entre Stanley Kubrick y James Cameron. De ambos tiene el absoluto dominio de su medio y la tosudez y ambición para empujar fronteras. De Kubrick tiene el hiperintelectualismo y el compromiso absoluto con su visión artística. De Cameron tiene su gusto por el espectáculo y una cierta debilidad por la sensiblería. La combinación, que puede ser muy buena, como Inception o The Dark Knight, también puede hundir sus esfuerzos más operísticos, como Interstellar, donde una odisea temporal y espacial sobre la supervivencia de la humanidad se resuelve estúpidamente en discursos sobre la fuerza del amor.

En Tenet Nolan muestra una vez más que el Cameron que lleva dentro siempre tiene la última palabra. Leí que tuvo cerca al físico teórico Kip Thorne para asesorarse sobre tiempo y física cuántica; habría sido bueno que también observara, escuchara y conversara con humanos, para asesorarse sobre deseos, culpa, nostalgia, rencor, etc., todas esas cosas que para los humanos están íntimamente ligadas con (y que quizás son) el tiempo. Cuando se le explica al Protagonista por vez primera la creación y existencia de objetos revertidos, éste pregunta: “Si el efecto precede a la causa, ¿qué pasa con el libre albedrío?”. He ahí el tema, mas el guion lo evade raudo como un obstáculo que amenaza con enturbiar la aventura.

Podrá parecer que no recomiendo Tenet y que reniego de su autor. No es el caso. Nolan es un maestro y Tenet es excelente. La película es insensata en el tamaño de lo que se propone y portentosa en cómo lo logra, sin sudar ni mancharse, ni arrugar el traje, con cierta sobradez de virtuoso encumbrado. Es pretenciosa, claro, y tal vez pide demasiado de su audiencia sin retribuir lo suficiente para que valga la pena el esfuerzo; pero a la vez no deja de ser admirable. Subyuga los sentidos y el ánimo incluso si su endiablado argumento nos rebasa. Y si uno tiene la obsesión necesaria para volver y empeñarse en entenderla, sorprenderá lo bien que encaja todo. Con una historia así, sería lo normal que quedaran flecos y agujeros, que se vieran las costuras, y sin embargo no detecté nada por el estilo. Es un artefacto perfecto y su funcionamiento merece nuestro asombro. Pero a la vez es sólo eso, una máquina precisa, la más ardua que este relojero ha fabricado, que no por eso deja de ser sólo un reloj con sólo una función.

Christopher Nolan es un artista de grandes conceptos y grandes logros técnicos, pero no de grandes preguntas. Esmeradamente y con un talento con pocos parangones en el cine actual, Nolan construye intrincados rompecabezas que una vez ensamblados aceptan sólo nuestra contemplación, no nuestra participación. Tenet es una pieza de museo que vale la pena revisitar, estudiar y desmontar, no obstante su significado es uno y está fijo, encerrado, impermeable. Las discusiones a su alrededor – que ya deben contarse por los cientos en foros de internet – serán para hallar referencias, excavar guiños, explicar su trama, no para discutir qué significa. Es un punto de llegada y no un punto de fuga.

Postdata

 “Vivimos en un mundo crepuscular”, es una frase recurrente en la película, y me trae a la cabeza el cine que Nolan ama y desea hacer y ver, el cine que está decidido a salvar (aunque quién sabe qué tan sustancial es la amenaza que él percibe). Me hace pensar, por ejemplo, en su lucha un tanto quijotesca por hacernos volver a las salas en medio de una pandemia. Lo cierto es que, en un medio donde ya sólo existen las superproducciones de cientos de millones de dólares o el cine independiente hecho con tres pesos, Nolan sí parece una figura crepuscular, uno entre muy pocos cineastas con un proyecto exigente y personal haciendo películas de este tamaño que millones van a ver. No es poco.

Borges, autor de fake news

Foto de Bernardo Pérez, 1985

Llenósele la fantasía de todo aquello que leía en los libros, así de encantamientos, como de pendencias, batallas, desafíos, heridas, requiebros, amores, tormentas y disparates imposibles, y asentósele de tal modo en la imaginación que era verdad toda aquella máquina de aquellas soñadas invenciones que leía, que para él no había otra historia más cierta en el mundo.

Miguel de Cervantes, El Ingenioso Hidalgo, Don Quijote de la Mancha, Capítulo I.

Hoy se conmemora uno de los hechos más insólitos en una historia nacional de por sí pródiga en rarezas. El 26 de agosto de 1808, Donasiano Izagaga, líder de una protoconjura contra la corona española, fue asesinado por uno de los suyos en el palco del ‘Corral de comedias’, hoy Teatro Principal de Guanajuato. Durante más de un siglo se le tuvo como uno de tantos héroes nacionales e incluso contó con una estatua en la Plaza de los Ángeles, hasta que la Dra. Olga López Andonegui hizo un hallazgo demoledor. Días antes del atentado, Izagaga había sido descubierto a punto de enviar una alerta al corregidor delatando a los soberanistas. Había que ajusticiarlo, pero el movimiento era demasiado joven para aguantar semejante golpe a la moral. Se resolvió entonces disfrazar su ejecución de martirio y el propio Izagaga, buscando redimirse y darle significado a su muerte, accedió a participar en la pantomima que lo pintaría como héroe traicionado y no como traidor.

Este fascinante episodio ocurrió y ocurre todavía cada vez que alguien lee de nuevo Tema del traidor y del héroe de la colección de cuentos Ficciones, de Jorge Luis Borges, aunque con otros nombres y geografía. De no haber revelado su falsedad, nada nos impediría creer que las cortinas de un palco de teatro en Guanajuato se mancharon con la sangre de un conspirador. Bastan unas cuantas referencias precisas, algunas reales, otras inventadas. Ayuda también que el mundo esté siempre más loco que la ficción.

A los pobladores del siglo XXI nos sobran amenazas que nos hacen sentir especiales, entre ellas las fake news. Asustados y fascinados hemos corrido a preguntar a los sociólogos, a los psicólogos, a los neurólogos, a los politólogos, a los biólogos evolutivos, a los programadores y, ya víctimas de la desesperación, hasta a los filósofos: ¿Qué son las fake news?, ¿cómo combatirlas?, ¿por qué creemos en ellas? Sorprende que a nadie se le haya ocurrido interrogar a la cofradía que ha hecho un arte del embuste: los escritores. Y de entre ellos, nadie ejerció el engaño como Borges.

En 1935 fue publicado Historia universal de la infamia, una compilación de siete breves biografías de criminales. Escrito con rigor académico y acompañado de bibliografía, firmado por un intelectual conocido entonces sólo como ensayista y esporádico poeta, el libro consiguió pasar como auténtica enciclopedia de truhanes para más de un lector. No obstante, por primera vez en su vida y en un movimiento que alteró la literatura, Borges se había atrevido a mentir – más o menos.

Todos los crímenes narrados en Historia universal de la infamia están documentados y todos los biografiados son trasuntos de personajes históricos reales, pero sus hazañas están alteradas, engrandecidas, silenciadas, fabuladas a placer. En el prólogo a la edición de 1954, Borges describe estos relatos como: “el irresponsable juego de un tímido que no se animó a escribir cuentos y que se distrajo en falsear y tergiversar (sin justificación estética alguna vez) ajenas historias”[1]. Este método de mezclar verdad y mentira, ensayo erudito y ficción fantástica, de cimentar lo imaginado en arduas citas y notas al pie, se convirtió en el sello del cuentista y su impronta más duradera; método que perfeccionó en su siguiente libro (y a mi gusto personal, el mejor): Ficciones.

Ficciones es a la vez el mejor tratado, parábola, advertencia y manual sobre fake news. En el cuento que abre el volumen, Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, el protagonista – el propio Borges – se entera de una región de Asia Menor llamada Uqbar de boca de Bioy Casares, quien a su vez leyó sobre ésta en la Anglo-American Cyclopaedia. Al revisar la edición de Borges se percatan de que no hay referencia a Uqbar por ningún lado. Sorprendido, Bioy trae su ejemplar y constatan que son en todo idénticos exceptuando la entrada sobre Uqbar. Esto desencadena una pesquisa libresca de corto alcance que arroja más sombras sobre el misterio. Mucho después, en un hotel de Androgué, Borges encuentra el tomo undécimo de una enciclopedia llamada A First Encyclopaedia of Tlön, que en vida perteneció al ingeniero amigo de su padre, Herbert Ashe. En ella, aprende sobre el planeta Tlön, su sistema de pensamiento y su lenguaje. Indagando a mayor profundidad, descubre que esta enciclopedia y el planeta al que hace referencia, son creación de Orbis Tertius, una sociedad secreta de intelectuales iniciada en el siglo XVII (y que en sus muchas generaciones incluyó a Leibniz). En una labor de siglos, dicha sociedad produjo cuarenta tomos en donde se exploran todas las minucias de ese imposible lugar: su historia, literatura, su química, física y matemática, su zoología, botánica y astronomía. En un posdata, Borges cuenta que la enciclopedia completa fue localizada en una biblioteca de Memphis y que reimpresiones de la misma pueblan las bibliotecas del mundo, que no pasó mucho tiempo antes de que objetos de Tlön comenzaran a ser hallados en la tierra, que la enseñanza de los conocimientos sobre Tlön empieza a usurpar el sitio de la enseñanza corriente. Finalmente escribe con temblor y certeza: “El mundo será Tlön”.

Es el raciocinio que utiliza el protagonista para explicarse esta callada aceptación de la humanidad lo que me parece interesante aquí: “¿Cómo no someterse a Tlön?”, pregunta Borges. Ante un mundo incomprensible cuya vastedad y entramado nos rebasa, cómo no someterse a este planeta extraño pero perfectamente ordenado? “Tlön será un laberinto, pero es un laberinto urdido por los hombres, un laberinto destinado a que lo descifren los hombres”, escribe el autor.

La lotería en Babilonia es otra aproximación al mismo fenómeno. Un hombre explica la historia y funcionamiento de la lotería que rige todos los aspectos de la vida en el reino. La lotería babilónica, que fue inventada en un pasado remoto e indefinido, no difería de la lotería regular. Un número premiaba a uno de muchísimos participantes con dinero. Este principio se volvió tedioso rápidamente ya que sólo apelaba a la esperanza y no a otras posibilidades, como el miedo o la aprehensión. Entonces se empezaron a sortear también multas, luego temporadas de prisión, luego cualquier clase de castigo o vejación. Los premios también dejaron de ser sólo monetarios y comenzaron a comprender toda clase de resultados que pudieran prodigar felicidad. Se decidió en algún punto que todos los habitantes del reino participaran en la lotería e incluso que hubiera actos impersonales decididos por esta suerte, por ejemplo: que cada siglo se retire o se agregue un grano de arena a la playa. La complejidad y alcance del juego se volvió tal que el comité encargado de la lotería, conocido simplemente como la Compañía, pasó a ser omnipotente. Sus agentes, que operan en secreto y a quienes nadie conoce, deciden todo cuanto ocurre. En las últimas líneas, el narrador concede que existen heresíacas que niegan la existencia de la Compañía y aún otros que afirman que el que exista o no es irrelevante ya que “Babilonia no es otra cosa que un infinito juego de azares.”

Si en Tlön, Uqbar, Orbis Tertius nos encontramos ante un mundo ficticio que coloniza y suplanta al mundo real porque es más inteligible, en La lotería en Babilonia nos presentan un mundo donde esta operación ya ha ocurrido, siglos atrás, y donde las personas prefieren creer que hay un orden y una inteligencia detrás del azar.

Mas inclusive en un universo organizado hasta el paroxismo, como el descrito en La Biblioteca de Babel, los moradores se entregan a conspiraciones fútiles basadas en creencias y rumores: unos destruyen libros que juzgan inútiles, otros se aventuran de galería en galería buscando el libro exacto que justifique su existencia, otros esperan dar con un libro total que justifique el universo, y existen todavía quienes se valen de métodos prohibidos para crear aquellos elusivos libros. En esta confusión los humanos viven solos y se suicidan con frecuencia tan alarmante que el narrador pronostica la extinción de la raza humana. La biblioteca, por otro lado: “perdurará: iluminada, solitaria, infinita perfectamente inmóvil, armada volúmenes preciosos, inútil, incorruptible, secreta”. Tal vez haya un patrón, pero la incapacidad de discernirlo nos obliga a inventar otros.

Los procesos más elementales tampoco escapan de la sospecha. En La secta del Fénix, el autor retrata la procreación como un rito y a la especie humana como una secta. En el mundo que Borges nos ofrece, todo es un signo, un mensaje cifrado, un movimiento en el tablero en el que sólo somos piezas: “¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza?”, se preguntó años más tarde en un soneto sobre el ajedrez. Con el mismo alivio y el mismo horror que el protagonista de Las ruinas circulares, Borges se da cuenta de que él como todos no es más que el sueño de otro alguien en donde no tiene ningún control. Sabe también, que lo único más aterrador que este descubrimiento: no controlo mi propio destino, es la revelación de que nadie lo controla, el sueño carece de soñador, somos súbditos del vértigo.

Pero Borges no cede al abismo con angustia (de otro modo sería un existencialista más) sino con una resignación en la que casi hay gratitud, y su antídoto para la pesadumbre es siempre esa deliciosa ironía inglesa que aprendió de muchos, especialmente de De Quincey. En sus laberintos hiperintelectuales de un lenguaje pulido con severidad, asoma siempre una sonrisa pícara como la del gato de Cheshire porque Borges sabe demasiado bien – y saberlo, como a todos nosotros, le duele – que nada tiene un significado profundo o ulterior, que todo lo que tenemos y todo lo que somos no son más que historias.

En Pierre Menard, autor del Quijote, que trata de la reescritura exacta del Quijote por un dlirante autor francés en el siglo XX, un exégeta nos presenta con pormenorizados comentarios en que coteja ambas versiones para probar el valor artístico de la empresa, entre los cuales destaca: “… la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir” pasaje del Quijote que escrito por Cervantes – a ojo del crítico – se trata de “un mero elogio retórico de la historia”, en cambio cuando Menard escribe exactamente lo mismo, nos dice, estamos ante una idea “asombrosa” ya que “Menard, contemporáneo de William James, no define la historia como una indagación de la realidad sino como su origen. La verdad histórica, para él, no es lo que sucedió; es lo que juzgamos que sucedió”.

Lo que juzgamos que sucedió, eso es lo que importa. Los hechos fueron unos, impenetrables, inaccesibles, como los que registra la prodigiosa memoria de Funes y cuya acumulación termina por atormentarlo. Lo que interesa para el resto de nosotros, desmemoriados, es la interpretación en que hemos acordado.

Es lo que ocurre en el relato que alteré para mi párrafo introductorio, Tema del traidor y del héroe, en donde se monta una obra gigantesca que incluye a cientos de actores, parcialmente basada en el asesinato de Julio César y con diálogos plagiados de Macbeth, todo con tal de mantener en alto el nombre de un traidor demasiado importante para la revolución irlandesa. Una vez escrita, la historia oficial se transforma en la historia.

Esto implica, por supuesto, que la realidad – o el acuerdo que de ella tenemos – es precaria, falible y múltiple. En El jardín de senderos que se bifurcan seguimos la historia de Yu Tsun, espía chino al servicio de Alemania durante la Primera Guerra Mundial. La narración se hace desde un cómodo presente en que la misión de Tsun ha fallado, no obstante, cuando salimos del cuento y si prestamos atención nos damos cuenta de que la historia se ha alterado, hay una bifurcación en el tiempo, en otro plano, conectado apenas por unas páginas con el nuestro, Alemania ha vencido a Inglaterra.

No es mi intención manchar la obra de Borges usándola en defensa de las fake news ni tampoco esgrimirla como un argumento a favor de un relativismo total del que Borges habría abominado, sino proponer el placer de la relectura de Ficciones con esto en mente, para recordar una vez más que “la era de la postverdad” es sólo una de las muchísimas maneras en que legitimamos nuestra egocéntrica creencia de que somos los primeros en algo; recordar, pues, que ya Daniel Defoe se quejaba en el siglo XVII de los rumores falaces que se contagiaban más rápido que la peste que azotaba a Londres; recordar que la realidad es un hecho independiente de nosotros, sí, pero que la realidad humana siempre es un tejido de significado y como tal es permeable y falible; y recordar por último que somos una tribu de historias y todos somos capaces de, ya sea por facilidad de comprensión o por inclinaciones afectivas e ideológicas, preferir unas narrativas a otras.

En ocasiones las razones para abrazar una teoría de la conspiración son puramente estéticas. En La muerte y la brújula, el detective Lönnrot rechaza la versión de los hechos que aventura su compañero diciendo:

“Posible, pero no interesante. Usted replicará que la realidad no tiene la menor obligación de ser interesante. Yo le replicaré que la realidad puede prescindir de esa obligación, pero no las hipótesis. En la que usted ha improvisado interviene copiosamente el azar”.

Es más interesante creer que la pandemia que nos arrincona es resultado de un intrincado plan con miras a la conquista global, que aceptar que es algo en lo que ha intervenido copiosamente, no sólo el azar, sino la estupidez humana.

Aunque nadie sabe… después de todo, tú que me lees, ¿estás seguro de que todo lo que aquí he citado es auténtico? Tendrás que creerme.


[1] El argentino continuaba así el peregrinaje de un curioso subgénero literario comenzado por su admirado Marcel Schwob en Vidas imaginarias (1896) y seguido por su amigo y mentor Alfonso Reyes en Retratos reales e imaginarios (1920). A la aportación de Borges le seguirían La sinagoga de los iconoclastas (1972) de Rodolfo Wilcock y La literatura nazi en América (1996) de Roberto Bolaño.

No más muertos

Como todo en México, comenzó con gritos. Fueron muchas las personas que lo vieron, recortado por la luz perezosa de las primeras horas de la mañana; conductores rumbo al trabajo escuchando el radio, peatones acompañando a sus hijos la escuela, gente mirando distraída por las ventanas de un camión, tenderos montando sus puestitos; todos fueron despertados de su estado medio catatónico por la singular visión, de manera que es difícil precisar quién pegó el primer alarido. Lo que sí se puede señalar es quién fue la primera persona en llamar a la policía. Una señora que vendía palanquetas fuera de una primaria fue quien desenfundó su celular con mayor rapidez y marcó el 911. La operadora que respondió, profesional y experimentada, mantuvo la calma, pero inyectó a su voz un calibrado y leve tono de preocupación – tan necesario para que el usuario sienta que hay un ser humano del otro lado de la línea – aunque, si hemos de ser sinceros, la descripción del suceso no le sorprendió. Agitó la cabeza apenas perceptiblemente en su cubículo mientras tomaba notas velozmente y se enlazaba con la policía, como quien vuelve a escuchar el chirrido de una puerta después de haberla engrasado por centésima vez. Ahora mismo van unidades a esa dirección, señora. Gracias por su llamada. Antes de colgar, la vendedora de palanquetas murmuró, como si ya no hablara con la operadora sino con ella misma Qué raro. ¿Qué es raro, señora? El colgado. Sí, es terrible, pero mantenga la calma, ya van para allá. No, digo, es que se está igualito a otro de hace unos meses, hasta en el mismo lugar. La operadora no pudo contener un suspiro. Lo que sí pudo contener fue decir algo como Sí, señora, este pinche país. Se limitó a repetir Mantenga la calma, ya van para allá. Gracias por su llamada.

Todo siguió su cauce normal. Los policías llegaron y acordonaron la zona. Tránsito se ocupó en desviar el tráfico. Llegó la prensa y tomó fotos y declaraciones. Mirones también tomaban fotos y video y los subían a redes sociales. Todo iba, para decirlo pronto, como de costumbre. Pero el caso puso un pie en territorio novedoso cuando el equipo forense reveló que ese hombre en efecto había muerto ahorcado, pero no aquella noche o madrugada, sino antes. Es rarísimo, dijo el forense al detective Fernández, encargado del caso. Parece que el muerto lleva meses muerto, pero no muestra ninguna seña de descomposición. El asistente del forense sonreía como emocionado. Y usté’ de qué se ríe, le preguntó el detective. Perdón, detective… es que es como de película. Sin embargo, las sorpresas no acabaron ahí y la película a la que aquello se parecía aún guardaba un brusco giro, tan brusco de hecho, que habría significado un cambio de género. El detective Fernández no se la creía cuando identificaron al occiso: se trataba de Raúl “El Manitas” López, un ratero devenido en narcomenudista que operaba en la zona donde se le había encontrado y quien, de acuerdo con sus registros, ya había sido hallado muerto en el mismo lugar y de la misma forma, hacía casi siete meses. El caso se había archivado y el cuerpo, que no fue reclamado por nadie, puesto en una fosa común. No mames, decía el detective por lo bajo mientras leía el reporte. Ordenó que se volvieran a tomar las huellas y se volvieran a cotejar en el sistema; el resultado fue el mismo. No chingues, algo tiene que estar mal, dijo. Se repitieron las pruebas una vez más con los mismos resultados y, frustrado, el detective dijo que fuera como fuera a ese cabrón nadie lo iba a extrañar. Ordenó que se cerrara el caso, que se enterrara el cuerpo en una fosa común y que no se revelara nada de aquello a nadie. Nunca pasó. Si veo cualquier cosa sobre esto en el periódico, van a ver, culeros. Sí, señor, dijeron todos los involucrados, y uno de los policías que descolgó el cuerpo se persignó a escondidas, como con pena, pero más con miedo.

El segundo caso, ocurrido dos días después del primero, fue muy similar, aunque levemente más chocante por el estado del cuerpo en cuestión. Fue en Guadalajara, también muy temprano por la mañana. En esta ocasión el descubrimiento, el primer grito y la primera llamada vinieron todos de una misma persona; una mujer joven que salió a correr y más o menos al kilómetro siete de su carrera matutina, se topó con la figura atroz de un cadáver colgando de un puente peatonal. El cadáver estaba quemado a tal grado que, en un primer momento, en el golpe de la primera mirada, la mujer había pensado que se trataba de una bolsa de basura negra llena de varas. Tal vez por eso ella había sido la primera en alertar a la policía, porque el cuerpo estaba tan deformado que difícilmente los primeros automovilistas de la mañana habrían podido identificar esa masa carbonizada como lo que era. La prensa le preguntó si volvería a correr. La mujer dijo que sí, porque tenía un maratón en Boston pronto, pero que ciertamente ya no incluiría esa avenida en su circuito usual, que ya hacía mucho su marido le había advertido que esa zona se estaba poniendo fea. Qué lástima, una colonia que era tan bonita, dijo. Luego los periodistas, más por hábito que por profesionalidad y menos aún por interés, se acercaron a uno de los policías a anotar sus declaraciones. Al terminar, mientras ya todos se iban, uno de los reporteros, un muchachito joven, le preguntó al fotógrafo que iba con él ¿No habían encontrado a otro quemado en el mismo puente peatonal hace dos años? El fotógrafo sólo alzó los hombros e hizo una mueca de Sabrá Dios, mientras revisaba las fotos en la pantalla de su cámara.

¿Bueno? ¿Mario? Pues, ¿qué teléfono marcaste, güey? Oye, ¿quieres saber algo bien pinche loco? Simón. Nos llegó un muerto en la mañana, un colgado y chamuscado. Ajá. Pues ya sabes, se checan las placas dentales. Simón. Y resulta que es El Chimuelo Mendoza. El Chimuelo Mendoza… Fernández hizo una pausa, pasándose el nombre por la boca como si fuera un caramelo. No chingues, güey. ¿El Chimuelo Mendoza? Sí, cabrón. ¿El pinche Chimuelo? El mismo hijo de la chingada. No mames, cabrón. Se me pararon los pinches pelos del brazo. Sí, güey, uno de mis hombres quiso renunciar. Que esto es del diablo, dijo. Bueno, hay maricones en todos lados. Uno de mis hombres quiso traer un sacerdote a bendecir la comisaría y las patrullas. Ambos se rieron. Luego se hizo una pausa que empezó a abrirse como un cráter. ¿Había narcomanta? No, todo igual que la vez pasada, hasta juraría que el mismo pinche mecate, pero sin la manta. Acá igual. ¿Qué chingaos está pasando, camarada? No sé, Pepe, no sé. Esto parece de película. Lo mismo dijo el mocoso que le ayuda al forense. Los dos se rieron. Otro cráter creció en la llamada hasta que se hizo insoportable y se despidieron.

El tercer caso fue mucho más macabro, pero curiosamente también más sencillo de controlar pues incluso buena parte de los policías y funcionarios relacionados con la investigación no se dieron cuenta de nada; en buena medida porque vivían en un constante estado de déja vu. El dueño de unos terrenos muy extensos en Veracruz se estaba paseando con uno de sus hombres de confianza, con un arquitecto de una desarrolladora urbana y con un funcionario de gobierno para indicar más o menos el trazo del fraccionamiento que quería levantar en aquella zona selvática, cuando percibieron un zumbido de moscas atronador, algo distinto en potencia sónica al zumbido normal de la selva. Casi instantáneamente percibieron también la pestilencia. Un animal muerto, dijo el funcionario. No, apesta mucho y son demasiadas moscas, dijo el hombre de confianza del dueño. ¿Muchos animales muertos? preguntó el arquitecto. Y más o menos le atinó. Lo que hallaron fue una fosa clandestina con una cantidad abrumadora de restos humanos. El olor era insoportable y los cuatro vomitaron. El arquitecto se desmayó. El funcionario llamó al jefe de policía. Éste llegó relativamente rápido, considerando lo lejos que estaban de la carretera o de cualquier camino decente. Sus hombres acordonaron la zona y se pusieron a hacer su trabajo. Hallaron setenta y dos cadáveres. Muchos desmembrados, casi todos con heridas de machete y otros pocos con heridas de bala. El estado de putrefacción y los trozos de cuerpo devorados por animales e insectos hacía casi imposible distinguir sexos y edades a primera vista. La identificación sería difícil, pero seguro eran todos migrantes centroamericanos. Ellos mismos ya medio se daban por muertos cuando emprendieron el viaje, comentó un paramédico, como para tranquilizar al arquitecto a quien le estaban administrando suero en la ambulancia. El jefe de policía supo, nada más al llegar, que aquello era parte de lo que sus fuentes le decían que había pasado esa misma semana en Ciudad de México y Guadalajara. El dueño del terreno farfullaba enojadísimo por tener que lidiar con eso por segunda vez en menos de cinco años. Qué puta mala suerte. Chinguen a su madre, pinches migrantes hijos de la verga, que se queden a morir en sus pinches países culeros. Su hombre de confianza tenía el ceño fruncido. Se acercó al jefe de policía y le dijo Esto está muy raro, señor. Es exactamente el mismo lugar de la vez pasada. El jefe de policía se rió y dijo No chingue, ¿en esta pinche selva cómo sabe dónde anda parado? No, estoy seguro, respondió el hombre. Y aquella vez también fueron setenta y dos muertos. Esas cosas no se olvidan. El jefe de policía dejó de reírse, se acercó y le dijo ¿Y luego? Y por cómo lo dijo, el de confianza del dueño bajó la cabeza y murmuró Pues nada, qué coincidencia. Sí, qué coincidencia, terminó el jefe de policía. El hallazgo salió en las noticias aquella noche, en una cápsula relativamente rápida. Luego dieron el pronóstico del tiempo y más tarde entrevistaron a una muchacha muy guapa que tal vez iba para Miss México, primera vez para una veracruzana si se les hacía. En los principales noticieros nacionales el aviso se redujo a un cintillo al pie de la pantalla.

Fue el cuarto caso el que puso en estado de alerta no sólo a la policía, sino a gente más importante. Aprovechando un par de horas libres, dos estudiantes de la maestría en Historia de México en la UNAM se fueron a buscar algún punto escondido cerca del espacio escultórico de Ciudad Universitaria para fajar cuando vieron lo que parecía una muchacha durmiendo junto a un arbusto. Al acercarse, el muchacho gritó. La chica sintió un escalofrío, curiosamente no por el cuerpo, o no por el cuerpo solamente, sino por el sitio donde estaban, el cual de pronto se le reveló como familiar. Se acercó y luego se llevó las manos a la boca, primero por el impacto de la visión de un cadáver – algo por demás comprensible – pero luego la cara se le deformó en un gesto de absoluto horror y comenzó a dar alaridos sin parar. La muerta tenía los pantalones jalados hacia abajo, aunque aún abrochados. Había sangre ya seca en su ingle. También tenía la blusa subida hasta el cuello y una de las copas del sostén levantada. Había sido estrangulada con el cable de unos audífonos – probablemente suyos – que seguía apretado contra su cuello.

El muchacho llamó a la policía e hizo lo mejor que pudo para describir exactamente el sitio donde se encontraban, mientras que con el brazo libre abrazaba a la chica que se había acercado al cuerpo. A su vez, la operadora pasó el resumen de la descripción a la policía. En cuestión de dos o tres minutos, alguien le avisó al detective Fernández, quien había pedido a oficiales de confianza estratégicamente distribuidos por la ciudad que le notificaran ipso facto de cualquier cuerpo o cuerpos que se hallaran en lugares precisos donde ya antes se hubieran encontrado otros. Durante esa semana, las llamadas al radio y al celular personal del detective se habían doblado en número. Y todo por falsas alarmas. Pero en esta ocasión, al escuchar la descripción del sitio, Fernández se dirigió de inmediato ahí. Ahora sí nos cargó la verga, pensó.

Los policías se llevaron el cuerpo en menos de diez minutos; cosa de lo más inusual y contraria al protocolo. La prioridad fue limpiar todo rastro antes de que llegaran mirones y tomaran fotos o videos y lo subieran a redes sociales. Fernández personalmente interrogó a los jóvenes y luego les pidió sus celulares. Es el procedimiento, dijo. Los muchachos traían el susto tan fresco que no chistaron en hacerlo. Quién los viera, pensó Fernández. Luego se fijó en la cara de la chica, en su mirada extraviada. ¿Está bien, señorita? Lo que pasa es que ella fue la que se acercó a ver el cuerpo. Ah, ya. Procedió a separarla con delicadeza, casi con cariño, como si fuera su padre, mientras a la vez hacía un gesto de deferencia al joven y pedía a otro oficial que lo atendiera y le explicara qué seguiría ahora. Ya a una distancia segura, le preguntó ¿Estás bien? Ella no lo miraba a los ojos; no respondía. Na’más de verle los ojos, así, tan en blanco, Fernández supo. Bajó la mirada y en el morral de la chica distinguió un pin que leía Ni una menos. Era ella, dijo por fin la chica. Era Cristina. Ahora sí ya nos cargó la verga, pensó el detective.

Fernández, que había llegado hasta donde estaba por su eficiencia y capacidad estratégica, tomó las siguientes decisiones: 1. Enviar a la chica al hospital por shock nervioso y alertar a los padres (de alguna manera se iban a enterar y ahorita no necesitaban reclamos, o incluso demandas), pero aprovechar el trayecto que tendría a solas con ella para tratar de convencerla de que su vista la había engañado. 2. Llamar a Gobernación y alertarlos, en caso de que el paso uno fallara. 3. Poner a dos unidades a seguirla tanto a ella como al muchacho unos días. Sus celulares ya estaban intervenidos.

El paso uno no tuvo una resolución feliz. La chica, de nombre Paloma Gómez Saldívar, se puso a gritar ¡Era Cristina! apenas la subieron a la ambulancia. Los camilleros lograron controlarla y le suministraron una dosis leve de calmantes. Aun así, la chica repetía el nombre Cristina muy bajito, como si estuviera hipnotizada. Era imposible hablar con ella. Para cuando llegaron al hospital, sus padres ya estaban ahí. Fernández sintió un poco de alivio al ver que los padres de Paloma, al menos a juzgar por su atuendo, eran muy humildes. El paso dos, en cambio, funcionó mejor de lo que Fernández pudo haber imaginado.

Primero, la policía hizo una rueda de prensa a la que no asistieron muchos medios, en donde anunciaron que el cuerpo hallado en el jardín de las esculturas era el de Isabel Guerrero, sexoservidora. No se le conocían familiares vivos y nadie se había presentado a reclamar el cuerpo hasta el momento. El asesinato lo había perpetrado, casi con toda seguridad, un cliente, como suele suceder en casos así, y la policía ya estaba investigando para dar con el culpable. Justo como Fernández pronosticaba, a la mañana siguiente, Paloma apareció en un noticiero desmintiendo la versión de la policía, asegurando que aquella mujer era Cristina Romero, una ex compañera de la carrera que había sido violada y asesinada hacía dos años, y posteriormente hallada exactamente en el mismo sitio. La presentadora le preguntó Cómo la reconociste si después de dos años, y disculpa que sea directa, debería de quedar, si acaso, sólo el esqueleto. Se hallaba exactamente igual, como si acabara de pasar. ¿Cómo es eso posible? No tengo idea yo tampoco, por eso entré en shock. Por eso sigo temblando. Sé que parezco loca, pero es verdad. Luego Paloma empezó a llorar. Mientras veía la tele, Fernández bebía su café relajado. Era un noticiero bastante menor. Seguro los demás la rechazaron, pensó. Al contar su historia han de haber dicho: Ésta está lurias. Monitoreó los demás noticieros y revisó los principales diarios. En todos los noticieros aparecía una breve mención del caso, pero sólo en dos más mencionaban, y como nota al pie, casi como dato curioso, la declaración de Paloma. La que le espera, pensó Fernández y sintió con sinceridad algo de lástima por la chica. Qué mala pata. Pero no escuchaba.

En la emisión del día siguiente del mismo noticiero menor, la presentadora ofrecía disculpas por la participación en el programa de Paloma Gómez Saldívar. En las últimas veinticuatro horas, se había descubierto que Paloma no era ni por asomo una testigo confiable. Para empezar, al parecer era adicta al cannabis, algo que muchos compañeros, que pidieron permanecer anónimos, confirmaron. Tenía fama de exagerada, algo que traslucía en su perfil de Facebook, donde era muy voluble y dada al drama. También era bastante radical y en varias publicaciones, tanto en la ya mencionada red social como en Twitter, escribía o reposteaba lemas abiertamente violentos contra los hombres, a quienes llamaba “onvres” y “machitos”. Su exnovio declaró que estaba loca, que él sabía con certeza que tomaba medicamentos para la cabeza y que, además, estaba tan resentida con los hombres que la creía capaz de inventarse cualquier cosa para desprestigiar la imagen del sexo masculino. El chico que estaba con ella en el momento del descubrimiento del cuerpo dijo que la mera verdad no la conocía muy bien, pero que sí era medio rara.

Paloma no pensaba arredrar, a pesar del tormento que le hicieron pasar en días posteriores a través de llamadas, correos y mensajes. Durante unos días siguió publicando en sus cuentas:  Yo sé lo que vi. Algo están ocultando y merecemos saber la verdad. El grupo de lectura feminista al que pertenecía la apoyó en un principio, secundando sus mociones para que se revelara la verdad sobre el caso; aunque después, ante las peticiones de la familia de Cristina de detener ese circo por respeto a ellos, decidieron reorientar su energía a visibilizar la violencia a la que estaba siendo sometida Paloma en redes y a exigir justicia para Isabel Guerrero, la sexoservidora a quien realmente pertenecía el cadáver. Finalmente, Paloma se detuvo cuando una cuenta anónima le envió print screens de una selección de mensajes privados de sus cuentas de WhatsApp y Facebook Messenger, prometiendo ponerlos en circulación en veinticuatro horas si no cerraba el hocico de una buena vez. Ahí quedó todo.

Pero la calma que se había ganado duró poco. En la siguiente semana, y con menos de una hora de diferencia, se hicieron dos descubrimientos que cambiaron definitivamente el rumbo de la situación. En Xalapa, Veracruz, en la colonia Francisco Ferrer Guardia, cercana al centro, se halló el cadáver de Tadeo Ortiz Pinto, el periodista. El hijo del occiso, también periodista, había ido a recoger algunos papeles de su padre y lo halló, exactamente como tres meses antes, amarrado de manos y pies a una silla, con tres balazos en el pecho y uno debajo del ojo, con los dedos meñiques cercenados y tirados cerca de los pies, y con evidencias de golpes en el rostro y quemaduras de cigarro en los brazos. En una pequeña hondonada entre rocas en la playa Tres Vidas de la zona Diamante de Acapulco, se halló el cuerpo desnudo de una chica joven, rubia. Su cabello, empapado y enredado con algunas algas, se mecía levísimamente en ese mínimo espacio similar a una tina. Cangrejos diminutos deambulaban por su espalda blanquísima. La escena, a decir verdad, no carecía de belleza. Mauricio Ortiz, hijo de Tadeo, se propinó dos fuertes manotazos en la cara, el niño que encontró a la muerta se acercó con curiosidad y lentitud, como los perros callejeros a los puestos de comida, preguntas e imágenes nacían y morían en su mente a la velocidad de la luz, ¿qué es esto?, ¿estoy soñando?, ¿qué día es hoy?, ¿me he vuelto loco por fin?, la muchacha era tan bonita y nunca había visto a una muchacha encuerada en la vida real, se echó agua helada en el rostro y se dio otra cachetada, se agachó y tocó la piel de la muerta, tan suave y a la vez tan viscosa, como la de un pez, esto no puede ser, ¿ya me mataron a mí también?, la volteó con algo de trabajo y lo que vio lo hizo correr con un agujero pesado en el estómago buscando a su mamá, todo es posible en este país, se dijo mientras iba por su mochila, el vientre de la mujer estaba todo agujereado por puñaladas, las preguntas seguían pasando frente a los ojos de su cerebro como objetos por la ventana de un tren bala, la madre del niño volvió junto con su hijo mayor, Mauricio tuvo la entereza, en medio de la locura, de sacar su cámara, Es la mismita, dijo la señora, la misma gringa, mientras su hijo mayor sacaba su celular, la verdad es que ya hace mucho que no entiendo nada, se dijo Mauricio. Tomó una foto.

¿Señor? Sí, Alfredo. Supongo que ya vio, ¿no? Sí, ya vi. Su voz sonaba cansada, como la de una madre primeriza tras dos noches sin dormir, con un bebé que no para de llorar. ¿Qué procede, señor? Procede tomarse el mejor licor que se tenga a mano, Alfredo, fumar, y si puedes, si tienes la presencia de ánimo necesaria, reírte, porque esto es un chiste, Alfredo, un enorme chiste. La llamada quedó en silencio, un silencio inhóspito como el de un estacionamiento de noche. ¿Entonces no hay órdenes, señor? ¿Por qué chingaos tenía que ser gringa?, dijo el secretario para sí mismo, pensando en voz alta. Lo del periodista lo pudimos haber controlado; fácil, ¿pero una gringa? ¿Señor? Mira, Alfredo, es tarde. Hazme caso, tómate algo y vete a dormir, por ahora no podemos hacer nada. Alfredo suspiró. Esto parece una película. En este pinche mundo en que vivimos todo parece una película, Alfredo. Alfredo escuchó el silencio breve y le sonó a viento. Y lo peor es que esto parece una película malísima. Un pinche churro. Una chingadera de ésas que sólo pasan en el canal 5 a las dos de la mañana.

El detective Fernández colgó el teléfono y vio su reloj. No eran ni las cuatro. Pensó en la vida de una manera abstracta, sin lenguaje, sin imágenes tampoco. Más bien sintió la vida mientras miraba sin mirar las uñas de los dedos de sus pies, sentado en la orilla de la cama. Habían pasado exactamente tres semanas desde el hallazgo de Raúl “El Manitas” López, diecisiete días desde el hallazgo de Luis Arturo “El Chimuelo” Mendoza, diez días desde el hallazgo de la fosa en Veracruz, cinco del hallazgo del cuerpo de Cristina Romero y todavía no se cumplían cuarenta y ocho horas del hallazgo de los cuerpos de Tadeo Ortiz Pinto y de Susanne Patrick. Todos los noticieros, todos los diarios, todo en las redes, todo, absolutamente todo en las últimas horas había sido un remolino de entrevistas, reportajes, testimonios, imágenes, análisis, hipótesis, especulaciones, girando desbocado alrededor de los cadáveres vueltos de la tumba del periodista y de la gringa. Y ahora esto. El Manitas había sido encontrado de nuevo por un patrullero, colgado del mismo puente. Qué largas tengo ya las uñas, pensó Fernández, nada más por pensar algo, mientras se ponía los calcetines. Salió de su casa y se dirigió a Ciudad Universitaria. Con una linterna en la mano izquierda y la mano derecha recargada en su pistola, el cielo sobre su cabeza azuleaba en las orillas, en las franjas libres de smog. Se adentró solo entre los matorrales aledaños al espacio escultórico y antes incluso de que el haz de luz de su linterna la enfocara, sintió que ya la había visto. Más tarde ese mismo día llamaría a Pepe Mendoza de la policía de Guadalajara, a sus contactos en la Subprocuraduría General de Veracruz y en Guerrero. Pero ya sabía las respuestas.

A partir de ahí todo se aceleró hacia el caos. Fue como si la caída hubiera empezado con una pendiente ligerísima, de esas que se notan muy tarde, que incrementó poco a poco y que siguió incrementando, haciéndose cada vez más pronunciada, consecuentemente incrementando la aceleración del cuerpo que se deslizaba sobre esa superficie hasta alcanzar 9.8 metros sobre segundo cuadrado; es decir, la aceleración de la gravedad en una caída libre en el vacío. ¿Qué vamos a hacer? Preguntó Villarreal mientras se hundía en su amplia silla y perdía todo rastro de rigidez, como si de pronto se hubiera transformado en un muñeco de trapo. Se llevó la mano derecha a la cara y se masajeó la frente, las cejas y los ojos, sustraído por un instante de todo, imaginando que abriría los ojos y estaría lejos, muy lejos. El licenciado Soto Cabrera, los demás secretarios y el procurador se miraron unos a otros cuales niños de primaria que vieran de pronto a su maestro llorando. Y continúan los hallazgos de pesadilla, dijo el presentador del noticiero de la mañana con su inconfundible voz impostada llena de entonaciones efectistas y su bigote perfectamente acicalado. Tras once días de la aparición o, pausa dramática con leve risa y negación con la cabeza, reaparición de los cuerpos del periodista Tadeo Ortiz Pinto y de la ciudadana norteamericana Susanne Patrick, se han hallado ya treinta y siete cuerpos a lo largo del país que ya habían aparecido. Al parecer esta mañana, la pesadilla empeora, con el resurgimiento de una fosa clandestina en el rancho de San Fernando en Tamaulipas. Bartolomé Torres se encuentra allá. Buenos días, Bartolomé, ¿cómo están las cosas por allá? ¿Qué sabemos del fenómeno? Lo más importante es decidir qué le decimos al público, contribuyó el Secretario de Turismo. Sí, y a nuestros colegas norteamericanos, agregó el Secretario de Relaciones Exteriores mientras se limpiaba el sudor de la frente con su pañuelo de seda. Sí, ¿Cuál va a ser la versión oficial?, intervino el licenciado Soto Cabrera. Vandalismo infernal, tituló uno de los principales diarios la nota. Puta, ya todos los periódicos del país parecen el Alarma, le dijo al del quiosco de periódicos un transeúnte mientras le pasaba diez pesos. ¿Cómo que vandalismo? Preguntó el Secretario de Comunicación ¿Quién nos va a creer? Valdría más que dijéramos, Caronte en huelga, comentó Villarreal, quien seguía como en trance. ¿Huelga de quién?, preguntó el Secretario de Cultura. Disculpa que te interrumpa, Alfredo, pero muchas voces están alzando la voz, yo diría que válidamente, haciéndose preguntas que no tienen respuesta.  ¿Cómo explica lo del vandalismo que los cuerpos se encuentren exactamente en el estado en que se hallaban cuando fueron encontrados la primera vez, algunos años después? ¿Cómo se están exhumando a tantos cadáveres sin que nadie se dé cuenta, incluso un cadáver de Estados Unidos? ¿Cómo se explican las fosas? ¿Quién sería responsable? ¿Qué mensaje quiere dar el crimen organizado con esto? Sí, sí, Carmen. Entiendo. Nosotros también nos estamos haciendo esas mismas preguntas, no creas que no. Lo único que te puedo decir por el momento es que tenemos a mucha gente trabajando en esto, estamos colaborando con el FBI para resolver el caso de Susanne Patrick, y estamos enfocados cien por ciento en encontrar a los responsables y detener esta broma de mal gusto, risa sarcástica, escandalizada, ahogada. Perdóname Alfredo, pero de muy mal gusto. Sí, sí, Carmen, terrible gusto. ¿Y por qué vuelven a aparecer luego de que los vuelven a quitar? Preguntó el de la Secretaría de Economía. Bueno, eso no ha salido a la luz, le reviró el Procurador. Pero no tarda en salir, Alfredo, por favor. Y ya hay rumores. Yo los rumores me los paso por los huevos. Pues tú, pero la gente se los pasa por la cabeza y por la oficina y por los cafés y por Facebook y por Twitter, y lo que más importa es la opinión pública. La opinión pública, sobre todo la del extranjero, es dinero, Alfredo. Mucho dinero. Eso es verdad, secundó el de Turismo y asintió enérgico el de Relaciones Internacionales, quien sudaba copiosamente. Digamos lo que digamos van a sospechar otra cosa, dijo Villarreal. Lo del vandalismo está bien por ahora. La sala se sumergió brevemente en el silencio. Más de 250 mil muertos, más de 37 mil desaparecidos, un índice de impunidad del 99.3%, sólo detrás de Filipinas a nivel mundial, y agreguemos que de ese 0.7% de crímenes que sí se castigan, es altamente probable que los “culpables” sean gente pobre incriminada por la policía, porque se calcula que, en nuestras cárceles, el 42% de los presos son inocentes. Pero sólo hasta ahora veo preocupación, miedo, indignación en todos los sectores. Ahora que reaparecen. Lo lamento muchísimo por las familias de las víctimas que ahora viven este calvario de nuevo, pero casi quiero creer que éste es un llamado de algún tipo para todos nosotros, los demás, para que abramos los ojos a la realidad, Gibrán terminó de teclear y presionó publicar. Durante el día revisó su celular de vez en vez, viendo cómo escalaban los likes y reacciones a su reflexión. No pudo evitar sentir una oleada de placer por el cuerpo cuando, a la mañana siguiente, vio que su post había sido compartido más de 13 mil veces. Bueno, y moviéndonos a otro aspecto importante del problema, ¿cómo pensamos resolverlo? Preguntó el Lic. Soto Cabrera. Alfredo Sahagún, Procurador General de la República, le dio un breve resumen de lo que se sabía hasta el momento: los muertos reaparecían en el mismo lugar, en la misma postura y exactamente en el mismo estado que la primera vez que se les recogió. Al recogerlos, volvían a aparecer; al principio no, pero tres semanas después reaparecieron todos de golpe, al mismo tiempo. Estaban apareciendo en toda la República, con mayor rapidez. ¿Cuántos han aparecido hasta ahora? ¿Oficialmente o de verdad? Preguntó Alfredo Sahagún. De verdad, respondió Soto Cabrera. 387 confirmados, 52 por confirmar hasta esta mañana, señor. No mames, dijo el Presidente. Sí, señor. Es sobre todo por las pinches fosas. Y así, México finalmente ha completado su transformación hasta convertirse en una temporada de The Walking Dead región 4, comenzó su video un youtuber e influencer de mucha tracción entre ciertos sectores de la juventud, na’más que en el remake mexicano no les alcanzó el presupuesto para poner a los muertos a caminar. Esta frase suscitó un enorme backlash y el youtuber, en su cuenta de Twitter, dijo que nunca fue su intención ofender a nadie. El video se hizo viral. El patrón que hemos identificado, continuó Sahagún, es que todos los cuerpos son de casos sin resolver. Ya valió, se le salió decir al Secretario de Turismo. Villarreal dejó escapar algo a medio camino entre una risa y un suspiro. No, espérate, el caso de la ciudadana norteamericana se resolvió. Se encarceló a dos pescadores de la zona. Me acuerdo, respingó el de Relaciones Exteriores. El de SEDENA se rió por lo bajo, pero se tapó la boca. Ay, Gustavo, fue lo único que le respondió el Procurador. ¡No más muertos! Leían la mayoría de las pancartas que desfilaban innumerables por las principales avenidas de veintiséis ciudades del país en una la marcha coordinada más grande de su historia. Algunas otras pancartas, más creativas, salieron en galerías fotográficas de los diarios más relevantes del país e incluso del mundo. Una que más que pancarta era una figura de más de tres metros, de papel maché, de una Catrina con una banda como de reina de belleza que decía “Ya todos los días son día de muertos”. Había, por ejemplo, una enorme pancarta, de unos cinco metros de largo, atada en sus extremos a varas de dos metros de longitud, de manera que extendida se asemejaba a un puente peatonal. Del punto medio colgaban muchas calaveritas. La pancarta decía: “En México no existe el descanso eterno”. Pusimos a agentes a vigilar las fosas comunes, los cementerios, las morgues, veinticuatro horas. Y a otros a vigilar los sitios donde se había hallado a los cadáveres. ¿Y? preguntó Soto Cabrera. Pues… Sahagún carraspeó, cosa rarísima en él, así que los demás se esperaron algo muy malo. A diferentes horas de la noche los cadáveres en la morgue, los únicos que estaban a la vista, pues… se disolvían como cera caliente, na’más que evaporándose de inmediato. Eso reportó uno de los agentes. Y en los sitios, bueno, ahí… ¿Qué? Ahí surgían de la tierra. Eso sí lo puedo testificar yo. Yo vi a uno personalmente. Primero se levantaba la tierra como si abajo hubiera un topo gigante y luego salían como papas o calabazas. Los colgados, según me comentaron otros agentes, salían más bien como frutas creciendo en cámara rápida, pendiendo de una rama. La expresión de todos era de horror y de asco. Sí, un agente murió de un infarto. Tres renunciaron y a otros les tuvimos que dar un descanso porque estaban muy alterados. Pues cómo no, dijo el Secretario de Comunicación y Transporte. En otro diario, uno satírico, extremadamente popular en redes, salió una nota que se titulaba “¡No más muertos! (En mi entrada)”. Esta nota rescataba varios videos y fotos de asistentes a la marcha en todo el país, casi todos vestidos con ropa de marca, con gafas oscuras, con sombreritos de verano, quienes, en sus pancartas o en sus declaraciones a la prensa habían hecho comentarios muy desafortunados, como una señora cincuentona en León, Guanajuato, que dijo que era muy triste que hasta cerca de la escuela de su hija, una de las escuelas más exclusivas del país, se había hallado un cuerpo y que la pobre niña seguía muy afectada. Un hombre bigotudo y de sombrero en la marcha de Monterrey, Nuevo León, había dicho que había tenido que cerrar uno de sus restaurantes porque tres cuerpos incinerados habían aparecido cerca del local y la judicial ahora se la pasaba ahí. A quién chingaos se le va a antojar comer carne asada cuando a veinte metros hay unos chisqueados al carbón. Pero quizás el que se volvió más famoso – o infame – fue un muchacho de veinticuatro años de la colonia Las Lomas de Ciudad de México, que declaró Es que no mames, we, la neta qué pena, we, qué pena me da México. Yo acabo de regresar de visitar a unos amigos en Melbourne y neta me dijeron que qué horror lo que pasaba aquí, we. Y yo me moría de pena. El gobierno o quien sea tiene que arreglar esto pronto porque da pena ser mexicano ahorita, we, no mames. Villarreal se levantó de su silla como si de golpe hubiese recuperado todas las articulaciones de su cuerpo. Esto es lo que vamos a hacer, dijo. Si no podemos arreglar el problema, al menos podemos contenerlo. El de Relaciones Exteriores y el de Economía lo vieron como perritos hambreados. Alfredo, quiero que dejes de perder tiempo y energía recogiendo a los muertos y quiero que me entregues mapas detallados de los sitios donde se han encontrado muertos y, lo que es más, quiero que prepares mapas de los sitios exactos en el país que podrían ser focos rojos. ¿Focos rojos, señor? Sí. Si hay un puente importante en un lugar concurrido donde hubo colgados, una escuela privada o famosa o céntrica donde se halló un muerto, una colonia de ricos donde se encontrara un cuerpo, una narcofosa enorme, y especialmente lugares exactos donde se han hallado extranjeros asesinados, quiero saberlo para ya. Ah, ya lo entendí, señor. Cuente con ello. Me entregas copias a mí y a Manuel, dijo mirando al de SEDENA, quien se limitó a asentir. Y al señor presidente, claro. El Lic. Soto Cordero miraba desconcertado, pero asintió. Por supuesto hubo memes. Muchísimos memes. Algunos muy graciosos, otros más bien malos. Uno de los que más circuló tenía un fotograma de la película de zombis 28 días después, en donde se veía a un hombre corriendo en una plaza londinense, perseguido por una turba de muertos vivientes. Luego un fotograma de una de las películas de Resident Evil con Milla Jovovich corriendo perseguida por zombis en Las Vegas. Otro más, éste de la película Guerra Mundial Z, una escena muy famosa donde una masa de zombis escala unas murallas gigantes cual hormigas. Finalmente, una foto de un muerto de los reaparecidos en México, tirado en un baldío en uno de los barrios de las afueras de Zacatecas. El muerto había sido baleado y era bastante panzón. El meme decía: Zombis en Inglaterra, en Estados Unidos, en Israel, y terminaba con: Zombis en México. Ese meme corrió como fuego. Manuel, quiero que pongas a los muchachos de todo el país a cuidar las áreas que Alfredo nos indique, y quiero que esas áreas se vuelvan inaccesibles para el público. Que sea imposible que cualquier pendejo caminando se tope con uno de esos muertos o fosas. Pongan malla con púas, oculten con maleza o piedras, con lo que sea. Al cabo más de la mitad del trabajo ya nos lo hace la madre naturaleza. Por suerte la mayoría de los asesinos siguen aventando los cuerpos en donde sea difícil hallarlos. El de SEDENA volvió a asentir con seguridad. El pánico corrió sobre todo en la comunidad más religiosa del país, como era de esperarse. Se organizaron sendas cadenas de oración. Durante semanas las homilías, a lo largo y ancho del territorio, rezaron acerca del final de los tiempos, de las trompetas, de los jinetes, del juicio, de nuestros incontables pecados. Las puertas del infierno se están abriendo y es hora de confesarse y orar, dijeron, con variantes, buena parte de los sacerdotes. Otros sacerdotes, más contados, de las alas más izquierdosas de la iglesia mexicana, con un sentido más refinado de la metáfora dijeron que el infierno era México y lo habíamos hecho los mexicanos. ¿Y qué hay de todos los muertos que pusieron ahí para verlos? Los colgados, los descabezados, los encostalados. O los muertos en balaceras en zonas céntricas. ¿Qué hacemos con eso?, preguntó el de Turismo. Villarreal hizo una pausa, apoyó los puños en la mesa y miró hacia abajo. Respiró hondo. Eso no sé bien, Rigoberto. Me imagino cosas, pero estará difícil. Podríamos cerrar ciertas calles y plazas, construir nuevas. Tratar de desviar los ojos de la gente hacia otros lados, pero llevará años, claro. Por otro lado, he escuchado que el turismo oscuro ¿o cómo le llaman? Turismo negro. Eso. Que ha aumentado mucho en México. Igual y es un área que puedes tratar de explotar. Con sutileza, claro. ¿Y qué hay de los muertos nuevos? Preguntó el Procurador. Todos lo miraron gravemente. ¿De los muertos que se hacen a diario? Tampoco tengo todas las respuestas, Alfredo. Aunque proliferaron los artículos de opinión, columnas, análisis, reflexiones al respecto, la mera verdad es que la mayoría eran en extremo previsibles, plagados de lugares comunes y de sentencias prefabricadas. Antes de leerlos uno ya se los sabía, pues. Quizás por ello muchas de las plumas más lúcidas de México, muchas de las cabezas más privilegiadas, muchos de los críticos más certeros guardaron silencio, ateridos todos frente a sus teclados, con el cursor titilando en la hoja en blanco, sintiéndose frustrados, traicionados por una realidad que se ofrecía a sí misma con demasiada facilidad, ya empaquetada en una figura literaria inmensa. Mejor el silencio, tal vez. Señor Presidente. Sí, Raúl, respondió el licenciado Soto Cabrera como un soldado raso a un general. Debe salir cuanto antes a dar un anuncio a la población para calmarlos; algo patriótico. Sí. Un discurso donde se sienta que todos vamos en el mismo barco, que todos debemos mantenernos unidos ante esta tormenta. Sí, repetía Soto Cabrera, como tratando de memorizarlo. Que hemos salido de peores, pero juntos, que los mexicanos somos una raza fuerte, pero que nuestra fuerza está en la unión. Sí, asentía Soto Cabrera y los demás también. Usted es el capitán del barco, hable con entereza, diga que no permitirá que este barco se hunda, pero que no puede estar solo. Qué bonito le salió, licenciado Villarreal, opinó el de Cultura. Pues no por nada estudié Derecho, como casi todos los grandes escritores de este país, dijo Villarreal. Excepto Carlos Fuentes, ése era economista, agregó el Secretario de Economía. ¿Y luego? Preguntó casi con un temblor de voz Soto Cabrera. Luego todo se va a ir a la chingada, como siempre, señor Presidente. ¿No que el barco no se va a hundir? Preguntó el de la SEDENA que había estado callado hasta entonces. Este país no es un barco, Manuel, le respondió Villarreal. Es un tráiler infecto lleno de cadáveres, merodeando sin rumbo, dijo con vehemencia. A Soto Cabrera se le erizaron los pelos del espinazo. Pero lo bueno es que nosotros vamos en la cabina y no en el contenedor, ¿o no?, se rio Villarreal mientras le daba unas palmadas en el hombro a Soto Cabrera, quien a su vez se rió, con nervios. Julián Alberto Mozqueda, uno de los escritores más prometedores de la narrativa mexicana según la revista Esquire, cavilaba una noche en su departamento, mientras tomaba un vaso de ginebra y escuchaba de fondo la tele sin ponerle mucha atención. Pensaba en el artículo que debía entregar al día siguiente a Letras Libres. Le gustaba eso de un cuerpo cayendo en el vacío, era un buen inicio, pero no tenía nada más. Estaba en blanco. Se quedó pensando en eso un rato. Una esfera cayendo en el vacío. ¿Pero desde cuándo realmente se estaba cayendo?, pensó. ¿Y dónde está el fondo? ¿Y si no hay fondo? ¿Entonces qué importa caer? Entonces pensó más bien en otras esferas, gigantes, girando en torno al sol para siempre.

Yo creo que a México ya se lo llevó la chingada, dijo González antes de zamparle una mordida enorme a su torta de carnitas. A México se lo ha estado llevando la chingada desde tiempos inmemoriales, respondió Bedia después de pasarse un trago de Fanta. Pero ahora sí ya en serio, digo, dijo González. ¿Y qué significa que ahora sí?, preguntó Bedia. Pues es que esto ya es del diablo, Bedia. Tú no crees en Dios, pero la neta yo creo que esto es un mensaje. Está cabrón creer en Dios viendo lo que está pasando. Más cabrón no creer viendo lo que está pasando. Los dos se miraron desafiantes, como sopesando a quién le había salido más chingona la contestación. Mira, creas o no creas, la neta es que esto es otro nivel. La gente está asustada. Está enojada. Ahora hasta los derechairos están marchando, güey. Las inversiones van a bajar, va a haber inflación, el peso se va a devaluar. González hizo una pausa dramática Yo la neta, la neta, creo que va a haber una guerra civil. Un pinche golpe de estado y luego todos contra todos y sálvese quien pueda. Bedia masticaba y luego dijo, todavía con algo de comida en la boca y tapándose con la servilleta Nah, yo no creo. Pues cree lo que quieras, güey. En el radio del changarrito sonaba un reguetón con cachos en inglés y cachos en español y el que preparaba las tortas seguía la letra por lo bajo. ¿Sabes cuántas narcofosas se han hallado en el país desde el 2007?, preguntó Bedia de pronto. La neta no. Más de 2,000, cabrón. No mames. Sí. En promedio una cada 3 días. Está cabrón. ¿Sabes cuántos muertos tenía la más grande? No. Más de 500. Hijo de su puta madre. Sí. Pausa. ¿Y sabes cuántas viejas han muerto en Ciudad Juárez desde el 93? La neta tampoco. Poquito menos de 1,800. Chale. Sí. ¿Y sabes cuántas el año pasado en todo México? 760. ¿Y eso es mucho? Sí, cabrón. Chale. ¿Y sabes cuántos periodistas? Pues no sé la cifra exacta, pero sí sé que muchos. Como en Siria o Irak o uno de esos países bien culeros. Ajá, ¿Y has sabido algo de los 43 chavitos de Ayotzinapa? Ah, de eso sí sé. Ah, ¿Sí? Cuéntame qué ha pasado. Ah, cómo serás mamón, eso no sé. Sé lo que sabe todo mundo. Bedia miró a los ojos a González como esperando que una luz se encendiera en la caverna sombría que tenía en lugar de cabeza ¿No agarras el pedo de lo que te quiero decir, pendejo? González pensó un momento. No, mano, explícame. A ver, pendejo, piensa, más de 2,000 fosas, una con más de 500 cuerpos, montones de viejas muertas, montañas de periodistas muertos, los chavitos que nadie encuentra y tú, que trabajas en el INEGI, güey, el archivero del país, ni enterado estás de nada. Bueno, bueno, pero mi trabajo es menor, cabrón, soy un pinche godínez, yo no tengo porqué saber. Exacto, dijo Bedia. ¿Cómo? Otra vez pausa. Bedia trató de identificar la canción, pero no la reconocía. Tal vez era nueva. No te entiendo, güey, dijo González y luego hizo los ojos chiquitos, como si tratara de localizar una pulga en su plato. No, la neta no le agarro, güey, ya dime. Ah, cómo estarás pendejo. En un par de meses vas a entender lo que quería decir. Dale un año a lo mucho. Ah, cómo serás mamón, pinche Bedia.

Texto e ilustración por Jorge Luis Flores.
Ilustración inspirada en el grabado: ‘Calavera oaxaqueña’ de José Guadalupe Posada.

Refutación de Parménides

El cielo ya era violáceo en sus orillas cuando la voz de mamá lo alcanzó en el patio. Tadeo se despidió de Julián, recogió su balón y atendió al llamado de la cena.

Sentado a la mesa, frente a su plato de sopa caliente, le cayó por fin el cansancio del día. Sintió el peso en piernas y brazos, la sangre cálida en sus mejillas, las últimas gotas de sudor que bajaban sobre una piel ya pegajosa de sudores pasados. ¿La pasaste bien, hijo?, preguntó papá. Tadeo balbuceó sí sin dar tregua al a la sopa.

Terminando de comer, se sintió particularmente cansado. A mí se me hace que te insolaste, dijo mamá. Ve na’más cómo estás de rojo; déjame checarte la temperatura. Papá la tranquilizó. A su edad es normal, Laura, estuvo jugando todo el día.

Se quedó dormido a la mitad de su caricatura preferida y papá lo llevó en brazos a su cama, lo arropó y lo dejó solo con sus sueños.

Tadeo andando en bicicleta, sus manos en los manubrios, a su lado Julián. Una carrerita. El que llegue primero al arroyo gana. Ganó Julián también en el sueño. Hierba alta, croar de ranas, alboroto de grillos, zumbido de mosquitos, carros a lo lejos. El que atrape primero una rana para asustar a Carmelita gana. Llanta abandonada en la orilla, botellas de plástico, espuma de río arriba, la piedra desde donde se echan clavados y el reflejo trizado de la torre de teléfonos. Ahí, cerca de la llanta, una rana. Ganó Tadeo. Pero entonces, mirando la corriente del arroyo de su sueño, Tadeo sintió de pronto vértigo. La corriente se aceleraba.

Lo despertó la costumbre y el aroma a canela y azúcar que anunciaba pan francés. Quiso levantarse con rapidez, mas su mente iba más veloz que su cuerpo. Cuando consiguió enderezarse le vino un mareo. Al ponerse de pie descubrió su espalda y sus rodillas pues le dolían. Bajó las escaleras con torpeza. Le pareció que el suelo estaba más lejos de sus ojos y que sus ojos estaban empañados.

Oye, Roberto, ¿no se te hace que Tadeo se ve algo raro? Preguntó mamá en el desayuno. Papá separó la vista del periódico un instante y lo miró por encima de los lentes. Ah, sí, se me hace que sí. Te dije que se había insolado, dijo mamá poniendo su mano en una frente inusualmente rugosa. Mira qué lento come. Hijo, ¿estás bien? A Tadeo le costaba cortar el pan con esas manos nudosas y agrietadas, y masticar era un problema con la encía pelada.

El día era perfecto, mas Tadeo tuvo que esperar adentro a que llegara el doctor, mirando al sol arrastrarse en arco por la ventana y mirando las cosas de la casa palidecer con la luz del mediodía. ¿Qué tiene, doctor? Preguntó mamá mientras el hombre le ponía la campana fría del estetoscopio en el pecho desnudo lleno de vello blanco. Bueno, señora, la verdad es que nada fuera de lo normal para un hombre de edad avanzada, respondió el doctor. ¿Ocho años es una edad avanzada?, le reviró mamá algo molesta. A partir de ahí salieron a hablar al pasillo y aunque Tadeo se esforzó, no pudo escuchar nada de lo que decían.

Fuera lo que fuera, le prohibieron salir de la casa ese día. Sentado en el sillón de la sala, Tadeo sentía los minutos pasar como gusanos a través del patio. Se le acercó Celestino y se acostó junto a él como siempre que estaba enfermo. A cambio, Tadeo le acarició la cabeza y las orejas y pensó en la mañana en que lo encontró abandonado afuera de la tienda de Doña Estela. Entonces era un cachorro y ahora estaba tan grande.

Aunque intentara no escuchar, desde el comedor le llegaba la voz de mamá hablando por teléfono: Ay, no sé, Ceci, no sé. Escuché que lo mismo le pasó al hijo de Susi. Ajá. Sí, el menor. ¿Cómo ves? Pues ahora mi Tadeo. Ajá. Pues que no sabe, ¿tú crees? Que mucho líquido y que descanse, que mañana lo viene a ver de nuevo. No sé qué hacer. Pues vaya Dios a saber, Ceci, los niños de ahora, tan acelerados. Tadeo se salió de la casa con cuidado, haciéndole la seña de guardar silencio a Celestino.

En la calle se encontró con Julián y Pedrito y Mau y Marcelo y Toño que estaban jugando futbol. Cuando lo vieron, pararon el partido y corrieron hasta él. Tu mamá nos dijo que estabas enfermo, dijo Julián. Sí te ves enfermo, le dijo Marcelo. ¿Ya estás bien?, preguntó Toño. Pues tengo una gripa yo creo, les dijo Tadeo entre toses y los vio a todos muy chaparritos. Vente a jugar, pidió Mau. Yo creo que no puedo, me duelen las rodillas, dijo Tadeo. Pero los veo.

Se sentó con trabajos en la banqueta y se le acercó una niña a la que sólo pudo reconocer cuando estuvo muy cerca y aún así tuvo que apretar los ojos. Hola, Carmelita. ¿Tadeo? Hoy te ves raro. Sí, estoy enfermo, dijo él. Te cuelgan los cachetes, dijo ella y se rieron los dos. Sentado junto a ella, Tadeo pensó en que la había querido desde que se había mudado a esa calle, lo que ahora parecía una eternidad, y pensó en todas las ranas y arañas y lagartijas que había atrapado para asustarla, y se preguntó quién la iba a asustar ahora.

Al terminar el juego ya se hacía tarde y todos se fueron, menos Julián, quien se acercó a la acera donde Tadeo cabeceaba. Lo despertó y le ayudó a levantarse. Juntos se encaminaron al arroyo, pero apenas alcanzaron el camino de terracería que llevaba ahí, a Tadeo se le acabó el aire y tuvo que sentarse en una piedra. Julián se sentó también y le pasó la mano por la espalda, aunque no le alcanzó el otro hombro. Te voy a dar chance hoy, dijo. Vieron a lo lejos, detrás de los mezquites del otro lado del arroyo, cómo el sol se iba ocultando. Tadeo quiso poder recordar cuál fue el primer atardecer que vio, pero no pudo. Quiso calcular cuántos atardeceres había podido ver desde que abrió los ojos y tampoco pudo. Hoy no está tan padre el cielo, dijo Julián. Y tenía razón. Caminaron de regreso y al despedirse Julián le hizo prometer que irían temprano al arroyo el día siguiente.

En la entrada lo esperaba mamá con aire desesperado. Ay, muchacho, cómo me haces renegar, le dijo mientras lo arrastraba por el brazo dentro de la casa. Papá ya había regresado también. Qué ojeras traes, hijo. Hoy mejor te duermes temprano.

Cenó una asquerosa crema de calabaza y después, agotado, con los párpados pesándole como un leño, besó a sus padres en las mejillas, subió laboriosamente las escaleras, entró a su cuarto y se sentó a la orilla de su cama. Miró a su alrededor: sus juguetes, sus carteles, sus libros, sus dibujos, sus fotos. Se recostó y el sueño lo reclamó mientras contemplaba las estrellas fluorescentes en su techo.

Una serie de golpes en su ventana lo despertaron. Eran piedritas. La luz que inundaba su cuarto invadió sus párpados. Ya era tarde y Julián lo esperaba.

Bajó corriendo, saludó a sus papás que lo miraron pasar como un bólido sin escucharlos, agarró su bici y le dijo a Julián, órales, el que gane invita unas papas. Ganó Julián, como siempre pero no importó demasiado. Tadeo se encaramó en la piedra de los clavados y se echó al agua. Hierba alta, croar de ranas, alboroto de grillos, zumbido de mosquitos, carros a lo lejos. Hoy hay que ver si atrapamos una lagartija, mejor. Llanta abandonada en la orilla, botellas de plástico, espuma de río arriba y el reflejo trizado de la torre de teléfonos. Pero todo esto Tadeo lo miraba como a través de un túnel. Se miró las manos arrugadas por el agua, se tocó la cara tersa. Tenía ocho años, pero ya no era un niño.

 


Ilustración de Fabiola García Vargas