Lo encontré una mañana colgando de un roble. Nadie preguntará por él. Todos seguirán adelante sin cambios, quizás ahora se sientan una leve pérdida de algo que no saben nombrar… algo como una compañía, algo como una emoción, algo como una parte de su historia, pero se callarán y creerán que es sólo que están envejeciendo. Desamarré la soga y sin poderlo detener, su cuerpo se estrelló brutalmente con la hierba. Pesaba muchísimo, pero es comprensible con todo lo que el pobre cargaba. Traté de aliviar su cuello y cavé una tumba muy rudimentaria para él. Al menos eso merece. Antes de partir tomé un pedazo de corteza y lo incrusté en la tierra húmeda. Grabé en él un breve epitafio y me marché, esperando que alguien al pasar por ahí fuera amable y lo leyera: «Murió por no tener una historia propia. Aquí yace el narrador Omnisciente.»
Archivo
Los textos que dieron inicio a Letreraria, pero que ahora provocan un leve bochorno en quien los firma. Como a los hijos que nos decepcionan, no podemos eliminarlos pero cuando menos los ocultaremos.
La Candelaria
Por fin, después de haberse pasado cuatro horas y media buscando como loca en todas las esquinas de los Oxxos, Extras, Baras y demás tienditas y changarros de la ciudad, alguna vaporera todavía cargada; Rosalba estaba plácidamente sentada con su platito fiestero y su tamal lista para saborearlo con ganas estuviera bueno o malo, porque ¡ah, cómo le había costado encontrar esos canijos! Dio la mordida con harto placer y algo truncó el camino incisivo de sus dientes. Incrédula y encabronada se sacó el pedacillo de plástico blanco de la boca y estrelló el méndigo tamal traicionero en el suelo. Mientras salía de la reunión se prometió el año próximo hacer una manda para que la virgencita le dejara de mandar a su niñito, quien francamente ya la tenía hasta la madre.
Moon River
<< Two drifters off to see the world.
There’s such a lot of world to see.
We’re after the same rainbow’s end–
waiting ‘round the bend,
my huckleberry friend,
Moon River and me.>> John Mercer.
Quiero tomarme unos minutos y dedicárselos a esta canción, aunque sé que ella no necesita mis palabras. Ella habla por sí misma; sola, con sus siete versos sostiene y explica aquello que se piensa inexplicable y que brilla en las miradas perdidas de los soñadores. Pero yo no quiero hacerle una reseña, con ficha histórica, interpretación sapiente y palabras pomposas; sencillamente le escribo por agradecimiento, por haberme dedicado sus minutos tantas veces, a mí que tanto la necesito.
Este río llegó al mundo por la voz de Audrey Hepburn y después fue navegado por muchas voces: Aretha Franklin, Frank Sinatra, Rod Stewart, Barbra Streisand, etc., etc., etc. Algunos probaron sus aguas con más dulzura o con más ventura que otros. La canción siempre es bella pues sus aguas siempre están compuestas de la misma materia. Por mi parte, aunque claro, es cuestión de gustos; aconsejaría escucharlo con Louis Armstrong… No lo sé, Satchmo tiene algo que nadie tiene. Es el panal de abejorros en su garganta, ese camino rocoso que lija su voz; es el festival, las calles, los buques de vapor y las noches, todo aquello que se condensa en cada soplido a su trompeta. En fin, es Louis completo, inmenso, incontenible; es este grandote de la música con su ayer, con su arrabal, su Nueva Orleans y sus tristezas que se reía siempre y le seguía; y es que él era un río también, y estos dos afluentes juntos crean caudales que pocos lagrimales pueden contener. Porque esta canción, esta promesa a la vida, este himno a la ilusión, este abrazo a la incertidumbre, esta aceptación del desamor, de la desdicha; este juramento de lealtad, este: “te perdono los dolores y te sigo”; este quiebre de la noche, este inicio eterno, esta tierna y auténtica esperanza, conmueve los cimientos mismos del alma humana. Y sin vergüenza puedo aceptar, que cada vez que escucho esta canción, cada vez que con ella me voy, que me tiendo en mi barca y dejo que me guie; una lagrimilla que lleva años cautiva acecha la frontera de mis ojos, quizás buscando separar un pedacito de mí y dejarlo ir, un pedacito que pueda ser río también.
Día nublado
En un campo azul
el rebaño se reúne.
Con el paso solemne de las grandes criaturas
se encuentran,
se recuestan sobre el mundo.
Ya son uno,
una gran albura,
un enorme suspiro.
Bajo su calma, nuestra confusión.
Miramos al techo de los días
y seguimos caminando
y callados fingimos
que nada ha cambiado
aunque el aire esté cansado.
La luz cae con otro peso,
los cuerpos son más lentos
y todo es lejanía,
todo es antiguo y cálido,
todo momento está teñido de pasado,
todo nos deja,
como si el mundo fuera una mirada o una foto.
La vida nos cobija
con una felicidad sencilla
que se parece a la tristeza.
¿Por qué esta nostalgia sin ancla?
¿Por qué esta despedida?
¿Por qué este paraguas abriéndose en el pecho?
¿Por qué este enamoramiento repentino?
Lo llamamos día nublado
y seguimos andando,
sonriendo un poco sin saber por qué,
bajo esta gran sombra
a veces más clara que la luz.
A Mario Alberto
Son siete los blancos cuerpos tendidos
y son cinco sus reflejos oscuros,
debajo, esperan sus cantos no oídos,
a los dedos que guardan los conjuros.
Sobre este muelle de mármol y leños
convocas a la música, oceano
del que tú y tus manos son los dueños
y rompes sus mareas sobre el piano.
Lo dice el instrumento en su concierto:
no hay otro maestro como Mario Alberto.
Palabrería
– Hace quince años se me ocurrió. Yo y Olivia, mi esposa, nos pusimos de inmediato a trabajar en la idea. Definimos el concepto, investigamos el mercado, revisamos nuestras posibilidades económicas y cuando estuvimos listos tomamos los ahorros de nuestra vida, escogimos el local y en menos de tres meses teníamos nuestro negocio. Pasamos años muy felices aquí señor, es tristísimo que ahora tengamos que cerrar.
Cuando empezamos, y si no me cree puede preguntar, no había minuto del día en que el lugar se quedara solo. La campana de la entrada sonaba con la constancia de un metrónomo, tanto así que la quitamos a la segunda semana porque Olivia empezó a volverse loca. Y todo eso no se terminó cuando pasó la novedad, ¿eh?. Pronto tuvimos nuestra clientela y además cosechábamos nueva todo el tiempo. Al cabo de dos años éramos visita obligada para el turista.
Con decirle que al principio teníamos un local de 4×8 y la bodeguita; para el tercer año fue necesario que compráramos el local de al lado y seis meses después compramos el del otro, incluso tuvimos el sueño de hacernos franquicia, pero eso ya murió.
De verdad creíamos que no se acabaría, nos visitaban toda clase de personas y de todas las edades, era tanta la diversidad que comenzamos a ampliar nuestro catálogo y a dividir las palabras en secciones. Por su contenido: Humor, Drama, Terror, Suspenso, Amor, Fantasía… también por el oficio al que atañían: Jardinería, Repostería, Artesanía… por el público al que iban dirigidas: Infantiles, Todo público y Adultos… y le digo, no hubo día en que no encontráramos a algún puberto merodeando en la sección de adultos, con alguna palabra obscena escondida en los pantalones. Y bueno, también por la ciencia a la que pertenecían, por su etimología, por su función lingüística y para el quinto año inauguramos la sección de idiomas, ahí puede encontrar palabras de todas las lenguas, idiomas y dialectos que se le ocurran… ¡Dios mío!, de sólo pensar las maravillas que llegamos a tener, y las personas que nos visitaban… el típico enamorado en busca del adjetivo perfecto para ensalzar a su dama, la señora que había olvidado el nombre de tal o cuál flor, el amante púdico que después de horas y ahogado en su vergüenza preguntaba por palabras para poder “hablar sucio”, el estudioso de la semántica que se llevaba en una sentada decenas de sustantivos para indagar sus significados, o el ñoño que vino en una ocasión y preguntó por palabras en klingon y élfico. Gracias a él tenemos dos estantes dedicados a idiomas de ficción y fantasía… En fin. En un tiempo nos fue tan bien que comenzamos a incluir artículos y preposiciones en cada compra; ahora cobramos hasta por las comas y puntos que siempre fueron gratis; y eso porque si no nos morimos de hambre. Éste era un sitio mágico, se lo digo señor.
El error fue contratar a alguien para que nos ayudara. El muchacho se veía tranquilo, era callado y muy servicial, ¿quién iba a sospechar de él? Era un gran empleado, a todos los clientes los atendía con devoción, se quedaba horas extra por su cuenta, ni siquiera tomaba su descanso de media hora, con tal de seguir clasificando, acomodando, etc. Todo iba perfecto hasta que antes de cumplir su quinto mes trabajando con nosotros, dejó de venir. Pasaron semanas y no volvió y entonces empezamos a sospechar. Al hacer el inventario nos percatamos de que, en efecto, el muchachillo se había estado llevando de a poquito y sistemáticamente, cientos y cientos de palabras. Hicimos nuestro coraje, pero al final lo dejamos pasar. No pensamos que el desgraciado fuera a hacer lo que hizo.
Fue en mayo del año pasado cuando llegaron sus camionetas a los locales de enfrente. Estuvieron dos días descargando y a la semana ya habían abierto su méndigo negocio.
El resto, señor, es historia. Hace ya tres años que ese maldito muchacho abrió su librería y ya ni las moscas se paran aquí. Es más, quizás sea usted el último comprador. Y a todo esto, ¿qué se lleva?… Ah, muy conveniente:
A Virginia Woolf (En su cumpleaños)
El sol aún no se había alzado. Sólo los leves pliegues del Támesis, como los de la cobija donde te arroparon, anunciaron tu llegada. Tu primer llanto lo imagino sosegado y reflexivo, volando de tu pecho tibio como una avecilla agorera; pues esta forma de llorar, tan introspectiva, tan tuya, no te abandonaría del todo hasta que volvieras al agua. Tus manos, en ese momento pequeñas y primitivas, seguramente se enredaban en acrobacias tímidas y tal vez tus dedos, ya asiendo a los de tu padre, ya tamborileando en el aire se preparaban para sostener la pluma, para accionar la máquina de escribir. Tus ojos, con las pupilas dilatadas de ver lo nunca visto, permanecerían siempre maravillados, siempre descubriendo por primera vez la poética de la luz y sus dibujos. Tu mente, entonces absorta en el primer encuentro, crecería; sería fecunda, indomable y luminosa y abarcaría el orbe; y de vez en cuando, en tu soledad, tejería sombras a la vera de tu mirada. Tu alma, blanca y abierta; sería el espejo donde el mundo y otras almas se hallarían cristalinos y explicados; y sin embargo tú, espíritu de agua, te ahogarías en tus tormentas. Y tus pies, en ese momento mínimos y cobijados, aprenderían el lenguaje de la hierba y de la tierra y un día te llevarían a la última orilla, una tarde en que el sol aún no se había escondido. Sólo el murmullo del Ouse anunciaría tu partida. Con el abrigo lleno de piedras y voces, regresaste al agua.
Entre el Támesis y el Ouse, tu vida; río que sigue y seguirá fluyendo.
Para llegar a la luna
Sobre la cima de un tejado,
bajo la cara de una noche,
un gato asoma al mundo.
Estira su negra pata
esperando engañar distancias
y alcanzar el blanco estambre
puesto arriba para él.
Mientras tanto, bajo el tejado,
sobre la cima de la noche,
tras la cara del mundo,
los amantes, en su búsqueda felina,
han hallado el camino cierto
y ya destejen la luna.
El Dragón y la Luna
De las entrañas del mundo resurge después de doce años de letargo. Adivina en el lecho negro del cielo una curvatura prometida. Sobre la tierra aún reina la temible oscuridad de la luna naciente. El dragón extiende las alas y se dispara fuera de las tinieblas. Un viaje del abismo al cielo, marcado por las fases de la musa de plata.
En El Libro de los Símbolos se habla de la pintura Los Nueve Dragones de Chen Rong, donde se muestra un dragón entre nubes estirándose para alcanzar la luna. El dragón, bestia paradójica que abarca el averno y el paraíso, vuela para alcanzar al astro que se renueva, que como él, también cambia su faz negra por una luminosa.
Guardemos la esperanza de que en este año del dragón, sepamos salir de las cavernas del alma humana y trazar nuestro camino hacia la luz.
Vértigo
A Milan Kundera
Impresionada, leyó y releyó la frase. Tomó un lápiz y la subrayó para luego releerla una vez más, siguiendo el paso de la punta de grafito, la dijo en voz baja: “el vértigo es algo diferente del miedo a la caída…” En este momento llamaron a la puerta y dejó la frase tambaleándose a medias en el aire. Afuera había una viejecilla necesitada que le pedía un lugar de descanso y ella, afable se lo concedió. Al irse la anciana, agradecida le obsequió una manzana roja. Blancanieves observa esa manzana. Observa su piel lisa y profundamente roja; observa sus destellos, la manera en que su superficie curva deforma la luz del medio día. Parece sobrenaturalmente deliciosa. Acerca sus labios de grana y abre ligeramente la boca, sus dientes están a milímetros de la fruta pero se demora… duda, sabe que la visita de aquella anciana es extraña, sabe que los motivos de la visita carecen de sentido y sabe que esa manzana no es cualquiera… pero los dientes se cierran, la joven se desvanece y la manzana llena de veneno cae de la mano inerte y rueda por el suelo. La bruja sale de la casa victoriosa y el cuento pende de un hilo. En unos minutos llegarán los enanos, pero estarán muy preocupados para notar el libro abierto sobre la mesa de la sala, demasiado tristes para leer la frase subrayada: «…El vértigo significa que la profundidad que se abre ante nosotros nos atrae, nos seduce, despierta en nosotros el deseo de caer…”
Y yo, releyendo cuentos y novelas me pregunto, ¿cuántos héroes y heroínas habrán leído La Insoportable Levedad del Ser antes de arrojarse al abismo?

