The Strand: Que trata de la visita (demasiado breve) a un paraíso de libros

In books, you’ll find what you are looking for.
In books is that which makes existence more.
Our hopes in life are often in an old book store.

Eli Siegl – Hymn to Fourth Avenue

Kristin y yo salimos del apartamento de V. y caminamos por Broadway (una avenida que cruza todo Manhattan, aunque es famosa sólo por la cuadra de los teatros) hacia la calle 12, donde está The Strand, una mítica librería, la única superviviente de lo que alguna vez fue un pequeño paraíso libresco: 4th Avenue. Una cuadra ocupada enteramente por libreros de segunda mano.

The Strand es, además, un ejemplo como ningún otro en el mundo de las librerías de negocio familiar. Fue fundada en 1927 por Benjamin Bass, quien la heredó a su hijo Fred Bass y éste a su hija Nancy, quien por último pasó la antorcha en 2006 a sus hijos William Peter y Ava Rose Wyden. Una librería que justo este año cumple 90 años y sigue tan vibrante como siempre, con empedernidos bibliófilos entrando y saliendo (muchas veces saliendo después de horas y horas pasadas recorriendo las 18 millas de libros que hospeda) a todas horas.

Ahí llegamos Kristin y yo, justo cuando el sol había cedido al peso de la noche, que en verano llega tarde a Nueva York. Entramos y me sentí abrumado, pero también, poseso de pronto por una alegría íntima y deliciosa. Como volver a casa después de un día lluvioso y frío y beber un chocolate caliente. Como quitarse los zapatos después de una larga caminata.

¿Qué hay con las librerías que es tan dulce? Grandes bibliófilos, lectores y literatos se han reunido en ellas a lo largo del tiempo, como las familias a la mesa, como los primeros humanos alrededor del fuego. Quien escribe de librerías, habla de ellas como de hogares.

Rastrear las emociones, nombrarlas, es una labor muy ardua. Muchas veces terminamos tan solo emprendiendo paseos, nunca precisos, alrededor de ellas. Y quizás es lo mejor. El amor se ha definido mejor en las peripecias verbales de la poesía que en el clínico párrafo del diccionario. En mi caso, mi amor por las librerías, como todo en esta vida, tiene que ver con la niñez. Mis padres fueron ambos profesores universitarios, así que crecí rodeado de libros: libros en los estantes, en las mesas, sobre el refrigerador y sobre el microondas. Además, mi mamá solía dar talleres en una biblioteca, y muchas tardes las pasé ahí, entre las estanterías. Como quien percibe un aroma que le transporta a un recuerdo atesorado, así yo siento los libros como amigos que han estado conmigo siempre.

Y, sin embargo, no siento la misma alegría en una biblioteca que la que siento en una librería. Parece absurdo, las bibliotecas son esencialmente buenas, incluso cuando son malas. En ellas la lectura se regala. Uno pide libros y los devuelve. No hay dinero de por medio y, por ende, no hay otra motivación que la lectura en sí. Las librerías en cambio son negocios. Si no venden, quiebran y se acaba el encanto. Tal vez es porque, en las bibliotecas, siento una especie de opresión burocrática, muy necesaria, claro, pero burocrática al fin. Y, tampoco puedo negarlo, hay una especie de placer egoísta en saber que los libros en una librería están disponibles para ser nuestros y sólo nuestros. No habrá dolorosas despedidas, si el libro sale con nosotros, se quedará con nosotros.

Además, librerías como The Strand “esa catedral de libros de segunda mano donde es posible encontrarlo todo, o encargarlo todo” como la describió una vez José Donoso, convocan a una colección muy especial de personas. Una comunidad que va desde el lector ocasional, hasta el cazador de rarezas más experimentado, y dentro de ese abanico, uno se halla siempre en familia: todos extraños, todos seres afines unidos por el amor irresoluble a los mundos impresos.

Los lectores entran y el tiempo se ralentiza. Las horas transcurren suavemente y, en lugar de cortar como navajas que recuerdan que el tiempo se va y no vuelve, nos acarician. Incluso en una ciudad como la Gran Manzana, famosa por sus habitantes veloces que no se detienen por nada, existen las librerías para recordar que hay cosas en la vida que precisan la lentitud y la contemplación. ¿Qué bibliófilo no conoce y ansía ese placer de internarse en el laberinto de estantes, de demorar la mirada en los títulos y nombres, de pasear el dedo índice por los lomos, de perderse voluntariamente en el bosque de palabras?

Aquí el momento en que me di cuenta de que alguien usó el título que quería ponerle a mi autobiografía. Nótese que lo tomé con gracia. No dejen de admirar mi cabello.

Kristin y yo, ambos amantes de los libros, nos propusimos justamente perdernos en ese bosque y reencontrarnos luego, cuando nuestras azarosas búsquedas nos reunieran en alguna sección. Yo me entretuve viéndolo todo y nada. Luego encontré la sección de cine y me sentí tentado a llevarme varios libros. Después entré al océano de la sección llamada llanamente “Ficción”. Empecé a sentir que un oscuro sentimiento invadía mi felicidad: la súbita angustia (siempre acechando en las librerías) de que no tengo ni el dinero, ni el espacio para llevarme todo lo que quería y tampoco el tiempo para leerlo. Una voz en mi cabeza (la voz de Fabiola, mi novia), me decía cosas como: Deja eso. Ya tienes muchos libros sin leer. No te compres ése, está muy caro. ¿En serio lo vas a leer? Deja ahí… ¡Oh, qué dejes ahí! Y aunque hice lo mejor que pude para escucharla y refrenarme, terminé eligiendo 8 libros. Eran tantos que tuve que recargarlos en una mesa mientras seguía buscando. De pronto vi que una mujer se acercaba peligrosamente a mi conjunto de libros y comenzaba a hojearlos. La vi con horror, pensando: ¡Quita tus sucias garras de Mis libros, arpía! y esperando que recibiera el mensaje telepáticamente. Afortunadamente se fue, seguramente ahuyentada por la ecléctica selección.

Estaba yo pensando si mi ropa realmente era necesaria, o si podría abandonarla ahí para poderme llevar todos esos libros, cuando Kristin me encontró y me dijo que me quería regalar una antología de ensayos de David Foster Wallace y una antología de poemas sobre perros de Mary Oliver. Luego vio mi cargamento y, amablemente y con toda la comprensión del mundo (pues entendía mi dolor) me convenció de elegir sólo uno de los libros que yo traía.

¡Gracias, Kristin!

También compré una postal que, pensé, me describía perfectamente, y un jabón nihilista porque… ¿de verdad hay que explicarlo? ¿Quién podría rehusarse a comprar un jabón nihilista? Le regalé una recopilación de ensayos de Valeria Luiselli a Kristin y salimos de ahí.

Al salir, sentí una pérdida. Como el niño que sale de Disneylandia, lamenté volver al mundo real. Un mundo tan falto de páginas, de aroma a papel y tinta… Mundo real que, no obstante, es necesario para llenar la mente y alma de quienes escribirán nuevas páginas de historias, de anécdotas, de viajes, de memorias; páginas que habrán de repoblar un día los estantes de The Strand y de otras librerías.