Postal de Kansas: En donde se narran los descubrimientos de nuestro héroe en las grandes llanuras

El día en que conocí a Kristin, ella estaba con otra estadounidense y en algún momento se pusieron a hablar de sus estados natales. La mujer (cuyo nombre he olvidado) habló del suyo (que también he olvidado) en términos muy elogiosos, mientras que Kristin se demoró describiendo Kansas, aclarando primero que la belleza de Kansas es sutil y debe buscarse; habló de cómo el sol incendiaba el trigo por las tardes, de cómo el viento soplaba sobre las altas pasturas, de cómo el cielo se extendía infinitamente en un espacio sin montañas que lo detuvieran. La otra mujer se rio y sentenció en tono levemente burlón: Spoken like a true Kansian. Entendí el chiste y Kristin se rio también. Y es que, en verdad, en un país que tiene bosques de secuoyas, cañones, ciudades dignas de leyendas ¿quién habla de la belleza de Kansas?

Toto, I think we are in Kansas now

Quizás la única razón por la que Kansas aparece en el mapa del pensamiento colectivo, es por El Mago de Oz. De hecho, cuando conocí a Rolf, el hermano de Kristin, me dijo: Seguro ya escuchaste un chiste del Mago de Oz, ¿no? Y lo más curioso es que, incluso en esa historia, Kansas no es el lugar de la magia, sino justamente el sitio común que sirve como contrapunto para la tierra fantástica a la que Dorothy, la niña de cabello y zapatos rojos, es arrastrada por un tornado.

Llegué al aeropuerto de Kansas City alrededor de las dos de la tarde. El aeropuerto fue lo primero que me sorprendió, pues es similar a la central camionera de León tanto en forma como en tamaño. Lo siguiente fue averiguar que Kansas City está (en su mayor parte) en el estado de Missouri y no el de Kansas, lo cual me pareció de un absurdo tremendo (quizás soy muy ignorante y debía saberlo, pero aun sabiéndolo deberíamos detenernos y cuestionarlo, es absurdo ¿no? es como si Guanajuato estuviera en Querétaro… En fin). Después de unos minutos ahí, a la distancia pude ver la inmensa cabellera pelirroja mejor conocida como Kristin, nos saludamos con un abrazo y emprendimos el viaje a su casa, a más de tres horas de distancia.

Nos detuvimos en un pueblo llamado Lawrence que parecía un set de filmación. Nos bajamos del auto y mientras caminábamos por las pulcrísimas aceras, de las pulcrísimas calles, donde pulcrísimos edificios de dos pisos se disponían en hilera con sus pulcrísimas fachadas aparentemente recién pintadas, le dije a Kristin que aquello no era real. ¿Dónde está la basura? ¿Dónde las manchitas en la banqueta, los chicles pisoteados, los papelitos, los charquitos de anticongelante o aceite, los baches, los topes asesinos? Le comenté que era idéntico a los pueblos en los que transcurrían las películas de Hallmark Channel (¿Alguna vez vieron esas películas? Terriblemente sosas, sumamente predecibles, pésimamente actuadas: siempre en pueblitos perfectos). Kristin me dijo que de hecho las oficinas centrales de Hallmark están en Lawrence.

Comimos una deliciosa hamburguesa y tomamos una deliciosa cerveza local y después Kristin me mostró Kansas University, la universidad donde hizo su doctorado. La universidad es inmensa y, sorprendentemente, no tiene muros que la separen de la ciudad y que eviten que los iletrados externos profanen el templo del saber (algo que aquí en México, con ciertas excepciones, sí solemos tener porque no vaya a ser que la gentuza pise el sacrosanto césped de nuestras universidades). KU tiene un enorme museo con una suntuosa arquitectura neoclásica (¿Qué tienen los gringos con lo neoclásico?), dos bibliotecas, un estadio y áreas verdes que se extienden en todas direcciones con altísimos árboles y cientos de ardillas que corren desordenadas, recolectando nueces, ajenas a los buenos modales que exige el espacio educativo que habitan.

Volvimos al auto ensopados en sudor, pues estábamos a más de 40 grados y con una humedad tal que casi podíamos nadar en el aire. Salimos del estacionamiento sin pagar porque no había nadie y yo pensé “Jesucristo redentor, una hora con un mexicano y Kristin ya actúa como chilanga”.

Las grandes llanuras

Es interesante cómo los ojos se acostumbran a las cosas. Los que vivimos en la ciudad tenemos la mirada tan hecha a la medida de la urbanización que, para nosotros, cualquier cosa que sea mayor a un par de ficus recortados en forma de honguito, ya es un área silvestre. Durante más de dos horas surcamos un espacio inmenso, sin interrupciones, donde la autopista era la única cicatriz de asfalto en una inmensidad de pastos y trigo.

Existe el rumor de que los esquimales tienen más de cuarenta nombres para la nieve. Es sólo un mito, pero sirve para ilustrar las variaciones de color y textura de la nieve que sólo pueden distinguir aquellos que habitan una región de blancos perpetuos. Los habitantes de Kansas bien podrían tener más de cuarenta nombres para la hierba y la pastura. Atravesando Flint Hills, Kristin me advirtió que estábamos entrando a la zona de vistas más emocionantes. Lo que había era, justamente, un océano de verde que se extendía hasta el horizonte y que, como el océano, tenía su propia marea: leves olas de pasto arañadas por el viento. Comencé a comprender: la belleza sutil. Es fácil admirar una secuoya, es fácil asombrarse con el abismo de un cañón o con la altura de un rascacielos. El pasto, sin embargo, es ordinario. Ah, pero en Kansas el pasto es el pelaje fresco de la tierra, y, si se le mira bien, es otro nombre de la maravilla.

Coronado Heights: O el infortunio de un conquistador

Me perdonarás que me adelante un poco, querido lector, pero lo hago con legítimos propósitos retóricos. En mi segundo día en Kansas, cerca del ocaso, fui con la familia de Kristin a una colina llamada Coronado Heights (Kansas es tan plano, que un montecito que apenas sobresale en el horizonte lleva la palabra “Alturas” como medalla en el nombre). El “Coronado” le viene del apellido de un conquistador español que viajó al territorio de Kansas, se dice que en busca de oro y al no hallarlo, se fue. No obstante, su breve paso por la zona le valió un reconocimiento del condado, pues mandaron construir una especie de fuerte en la cima del cerro (bastante gracioso, la verdad, un triunfo de la voluntad sobre la estética y el sentido histórico). Alrededor del fuerte, familias y amigos se reúnen a comer carne asada y ver la puesta del sol.

Kristin y yo subimos al fuerte justo cuando el sol se estaba ocultando. Y desde la azotea de aquel castillito “español” pude ver el mundo. En todas direcciones no había más que una planicie tan grande que juraría haber sentido la curvatura del planeta, y, hasta donde alcanzaba la vista, campos de trigo, justo en la temporada de cosecha, dorado, cobrizo y rojo. Y pensé, qué torpe o que desafortunado el tal Coronado, que llegó y se fue y no supo ver que estaba rodeado de oro.

Ya sé que la foto está chueca. Perdón. No me mires así.

Sobre la belleza, la felicidad y otras cosas que es mejor dejar tranquilas

Después de las horas de camino, llegamos al fin a nuestro destino. En medio de Estados Unidos, en medio de Kansas, en medio de la nada, está la casa de Kristin. En un terreno grande y, para variar, verde. Entramos, saludé a la familia y en cuanto me acomodé salimos a cenar a la terraza. El sol se había ido y el calor había cedido un poco, pero quedaba algo de luz que se fue lentamente.

Tomé una cerveza fría y comí. La noche llegó finalmente. Un par de días antes de comenzar el viaje, Kristin me había avisado que sus amigos ya habían llegado para recibirme. Se refería a los grillos, los sapos y las luciérnagas. Y sí, pronto, como salidos de un letargo en una dimensión oculta debajo de la casa, empezaron a saltar sapitos cerca de nosotros. En el fondo se escuchaban los grillos, como un mullido cojín de sonido entre la hierba. Y finalmente, cuando llegó la noche, las luciérnagas. “Moscas de fuego”, les llaman en inglés. Un nombre fantástico digno de ellas. En la noche, el pasto se ve azul, y sobre él, comenzaron a encenderse efímeros foquitos naranjas. Pensé de nuevo en la belleza, palabra tan amplia y tan esquiva. ¿Qué es belleza? Esa noche, y los días siguientes, fue claro: el sol que incendia el trigo por las tardes, el viento que sopla sobre las altas pasturas, el cielo que se extiende infinitamente en un espacio sin montañas que lo detengan y también la noche con sus sapitos, sus grillos y sus luciérnagas.

Esa noche fui feliz. Y aquí sería el momento apropiado para terminar con una reflexión profunda. Pero la felicidad no es eso. Así que, discúlpame, querido lector, si prefiero sentarme de cara a la noche y recordar esa felicidad y acompáñame.

Escenas en aeropuertos.Donde se cuentan los incidentes varios que nuestro héroe enfrentó en su trayectoria aérea

En el último año he estado en más aeropuertos que en los 23 años de mi vida anteriores, sumados y multiplicados por tres. En el lapso de once días, entre el 17 y el 28 de junio, estuve en el aeropuerto de Ciudad de México (2 veces), en el de Houston, en el de Kansas City (2 veces), en el de Detroit y en el La Guardia y el JFK de Nueva York.

En el cine, éstos suelen ser fragmentos que se obvian. A nadie le importa el vuelo y menos el aeropuerto, pero a mí siempre me han parecido espacios fascinantes. Son una sobrecarga sensorial: se escuchan cientos de voces sobrepuestas, cachitos de conversaciones y retazos de anécdotas, chismes, alegrías y desgracias personales que nos llegan de rebote para abandonarnos sin principio ni final. Se ven multitudes de rostros de todos los colores y fruncidos en todo el espectro posible de expresiones. Se escuchan rueditas de maletas, llamadas por los altavoces. Se ve el paso tan rápido de la gente que casi parecen borronearse, como aquel perrito futurista de Giacomo Balla. Uno es asaltado por el brillo de las pantallas, los anuncios de restaurantes, las luces… Y por debajo de todo, se siente palpitar el estrés colectivo, como una enorme bestia rumiante compuesta de miles de personitas tratando de alcanzar el vuelo, pagar documentación de maletas imprevistas, llenar formatitos, etc. Los aeropuertos son como laboratorios donde los dioses miran entretenidos a la gente volverse loca, y me encantan.

Escena 1: Sobre el incidente menor relacionado con Interjet y provocado por la indomable estupidez de nuestro héroe

Llegué al aeropuerto de la Ciudad de México alrededor de las 5:20 y mi avión salía a las 7. En mi mochila traía, muy a la mano, un fólder con mis reservas de vuelo impresas. Consulté rápidamente y vi al tope de la primera hoja en mi fólder: “Interjet”. Fui a formarme y había una fila nivel Feria de León en domingo. Duré más de cuarenta minutos en esa fila. Desde mucho antes de llegar al mostrador, yo ya tenía preparado mi formato de visita a Estados Unidos y miraba con superioridad y desdén a los que apenas lo estaban llenando desesperados enfrente de mí, recargados hasta en las espaldas de sus hijos. Cuando ya faltaba uno para mi turno, saqué mi reservación del vuelo y la repasé: Interjet, sí. Vuelo: Nueva York JFK – CDMX, Aeropuerto Benito Juárez. Estaba en la fila equivocada, pasadas las 6 de la mañana, a escasos cuarenta minutos de comenzar a abordar. Busqué entre mis reservaciones, el vuelo que me tocaba era de United Airlines. Creí que no alcanzaría a abordar y que consecuentemente perdería la amistad de Kristin, el respeto de amigos y familiares y hasta el amor propio, y acabaría viviendo, como el vagabundo de Amores perros, en la calle, con una jauría, determinado a vivir en el anonimato después de semejante error tan idiota.

Afortunadamente United Airlines estaba en la sección siguiente y no había absolutamente nadie en la fila. Llegué a tiempo. Abordé. La historia continuó.

Escenas 2, 3 y 4: Donde se trata la naturaleza amenazante del chilorio

Supongo que la mayoría de nosotros conocemos el chilorio, ese delicatesen norteño, harto grasoso. Antes de cerrar mis maletas, mi madre, como buena madre mexicana, decidió que sería una gran idea enviarle chilorio a Mariana, una amiga de toda la vida de la familia que me hospedaría en Brooklyn. Pensé que era una gran idea. Me equivoqué.

Quien me conoce sabe que soy extraordinariamente nervioso y que tengo una imaginación prodigiosa para los peores escenarios. Así que yo estaba preocupado porque me detuvieran en la aduana, que pensaran que mi visa era falsa, que alguien pusiera droga en mi maleta sin que yo lo viera y pasara 15 años en una cárcel gringa, que creyeran que estaba ocultando bolsas de cocaína en mis cavidades corporales y me hicieran un chequeo que violentara mi honor… Nunca imaginé que las únicas demoras que tendría provendrían de dos paquetes de Chilorio Chata, el original, con el sabor de mamá…

Al pasar por seguridad en el aeropuerto de México, detuvieron mi maleta. Los oficiales encargados de la revisión intercambiaron miradas en código. Me pidieron que abriera mi maleta. Pensé: «ya valió, alguien me metió droga entre mi ropa cuando fui al baño». La mujer frente a mí se pegó el radio sujetado en su chaleco a la boca, como hacen en los programas policiacos, y dijo: (Los nombres en estas dramatizaciones han sido alterados porque no me acuerdo de ellos) Chuy, tengo aquí dos paquetes de carne de puerco, tienen como salsa. ¿Podrías venir a checar si sí pasan? Péreme, eh, joven. Na’más checamos rápido. Yo estaba pensando en mi coartada: “Yo no sé nada de ese chilorio, su señoría, tírelo si quiere, tírelo, pero déjeme ir”. El tal Chuy llegó con rostro pétreo y, sin saludar ni mirar a nadie, hizo su trabajo: tomó los dos paquetes, los escaneó con los ojos, los pesó en las balanzas de su manos, los olfateó y sentenció: Híjole, no sé. Ps’ yo creo que sí pasan. ‘Tan cerrados. Y así me permitieron guardarlos de nuevo y subir al avión… pero la saga del chilorio no acabaría ahí.

Al llegar a Houston, en la fila para pasar por aduana, yo estaba tratando de imaginar las preguntas que me harían: “¿Quieres robarnos nuestro trabajo?” “¿Eres un bad hombre?” Pero al llegar, el oficial que me atendió era latino y me habló en español. Revisó mi pasaporte, no me preguntó nada y justo cuando estaba por dejarme ir, vio mi formato de entrada a EU y vio que había declarado traer carne. Me pidió que le mostrara la carne (sin albur) y saqué los paquetes de chilorio. Los miró extrañado. ¿Qué es eso? ¿Chorizo? Yo empecé a sudar como si me hubiera preguntado “¿Es nitroglicerina?”. Pues se parece al chorizo, pero no. Es carne de puerco con una salsa, no sé qué tenga (yo estaba tratando de descifrar la receta del chilorio como si eso fuese a ayudarme). Espera allá. En un momento vendrá alguien por ti. “Ya valió”, pensé. “Van a revisar mis cavidades”.

Me paré en medio de un pasillo y miraba estirando la cabeza al oficial, hasta que se hartó y me dijo: Sí, ahí estás bien. Ahorita vienen. Finalmente, una agente (¿se les dice agente?) vino y me llevó a una habitación enorme, casi vacía, donde sólo había dos oficiales y una anciana china en silla de ruedas con una enorme caja. El primer oficial se acercó a mí y tomó los paquetes de chilorio. Los miró detenidamente, como si quisiera adivinar su composición química. ¿Es chorizo? Preguntó también. Explico de nuevo. Joe, mira esto. ¿Sabes qué es? ¿Crees que pueda pasar? A estas alturas yo sólo quería tirar el chilorio y vivir en paz. Afortunadamente, el caso de la anciana china parecía más urgente. El oficial Joe estaba tratando de preguntarle algo en chino y lo repetía una y otra vez, y la anciana reía y me volteaba a ver, evidentemente diciendo: «No sé qué carajos cree que está hablando este wey, pero no es chino». Y su enorme caja misteriosa sumada a la imposibilidad de comunicarse eran más peligrosos que mis paquetes de chilorio. Pasé de nuevo, pero una vez más sabía que el chilorio no dejaría de causar problemas.

El siguiente vuelo fue tres días después, de Kansas City a Detroit. Kristin y yo estábamos pasando por seguridad y le advertí: Me van a detener. ¿Por qué?, preguntó ella. Chilorio, respondí como quien dice: «Trinitrotolueno». En efecto, sonó una alarmita y sacaron mi maleta. Me pidieron abrirla y sacaron el chilorio. ¿Qué es esto?, preguntó el oficial. Chorizo, respondí. Otro oficial se puso guantes y agarró unos papelitos que pasó por encima de los paquetes de chilorio una y otra vez, luego depositó esos papelitos en un artilugio tecnológico que supongo que le indicaba si «chilorio» no era español para «ántrax», o «uranio activo», o «arma de destrucción masiva». Nos dejaron pasar y, afortunadamente, el chilorio al fin dejó de causar problemas.

Nota: Quiero aclarar que, a pesar de que toda la odisea del chilorio es cierta, todo mundo, y quiero decir todo mundo, no sólo en los aeropuertos, fue muy amable conmigo. También comento que pensé que no volvería a comer chilorio en mucho tiempo. Adivinen qué comí el primer día en México de nuevo. Hay que decir, por último, que, para un país donde triunfa un lugar como Taco Bell, que vende Doritos Tacos Locos y Quesarito, el chilorio les asusta demasiado.

Intermedio con papas fritas

Sé que esto se está haciendo largo, como los vuelos. Así que te cuento, querido lector, que al llegar a Houston y, como cuando a Roma fueres, haz lo que vieres, lo primero que hice fue comprarme una hamburguesa y una malteada de vainilla. Estaban buenísimas. Descansemos, pues, porque nos queda una última parada.

Escena final: Donde se cuenta otro incidente con Interjet, éste relacionado con la infinita ineptitud de ellos y no la de nuestro héroe

Tomé un camión desde el centro de Manhattan al aeropuerto JFK. Llegué a las 14:40 y mi avión salía 16:40. Era la terminal 1 y el camión seguiría a todas las terminales. Revisé mi reservación y no decía la terminal. Le pregunté al chófer, quien me dijo: Interjet here. Entré al aeropuerto y comencé a buscar Interjet. No lo encontré. Le pregunté a una trabajadora del aeropuerto y me dijo que Interjet no estaba ahí y no sabía dónde estaba. Me pude conectar al wifi del aeropuerto y me llegó un recordatorio de mi vuelo donde sí venía la terminal: era la 7. Le pregunté a otro trabajador y me dijo que tenía que tomar el tren aéreo. Fue rápido, pero ya eran pasadas las 3.

Llegué a Interjet y me relajé al ver que la fila era minúscula. Había un grupo como de cinco judíos ortodoxos jóvenes guiados por una mujer. El resto éramos paisas regresando a México o yendo a visitar a la familia, pero no seríamos más de 12 personas. Llegué pronto al mostrador y, al pesar mis maletas, me dijeron que debía documentar una (todo por esa maldita costumbre de comprar montones de libros). Para eso tenía que pasar a pagar a la fila de al lado. En esa fila había sólo tres personas delante de mí. Había cuatro personas atendiendo en el mostrador. A un lado estaba Polish Airlines, que cuando llegué tenía al menos 50 personas en fila. Todas, absolutamente todas se fueron antes de que yo llegara al mostrador. Interjet estaba haciendo gala del máximo nivel de ineptitud que he visto en mi vida. Dos computadoras, cuatro empleadas, una hora para atender a un pequeño puñado de personas. Los mexicanos en la fila, acostumbrados a que todo salga mal, estábamos relativamente tranquilos; los estadounidenses, y espérense, los judíos ortodoxos, estaban a punto de sufrir un aneurisma. Caminaban en círculos, orbitando a la mujer que los guiaba, evidentemente perdidos: ortodoxos que de pronto se enfrentaban al indomable caos mexicano.

Llegó la hora programada para abordar y tuvieron que pasarnos. Corrimos a la fila para seguridad que era nivel concierto de los Tigres del Norte. No llegaríamos. Pero entonces una empleada de Interjet vino corriendo y nos pasó al frente. En este punto el chilorio ya había sido entregado, así que no hubo demoras. La empleada nos dio instrucciones precisas para llegar a la sala de abordar y casi casi termina diciendo: «Que Dios los acompañe». Llegamos y el vuelo estaba retrasado.

En la fila me había hecho amigo de una pareja (nada como los problemas compartidos para hacer nacer una amistad). Arturo, un mexicano viviendo en NY desde hacía años, y su novia Holly, de Texas. Iban a México para que Holly conociera a la familia de Arturo. La madre de Arturo, “Ana la Mexicana” (así se presentó), ya estaba esperando en el bar. Llevaba 10 minutos ahí y ya era amiga del bartender (y en el avión se hizo amiga de al menos 10 pasajeros y de las azafatas). Nos tomamos unas cervezas mientras esperábamos. Me contaron que pasarían una semana en México, irían también a Teotihuacan y estaban interesados en escuchar mis recomendaciones. Incluso me preguntaron si estaría en la Ciudad de México para vernos. Al final, Arturo invitó mi cerveza sin que yo me diera cuenta.

Al llegar a México, no sé por qué, el avión se detuvo durante una hora sin acercarse al edificio para que bajáramos. Sin explicaciones de por medio, de pronto llegaron dos camioncitos que nos llevaron a la terminal. Le conté a Kristin estos incidentes y me dijo que, al comprar el boleto, le pareció tan barato que dudó que fuera una aerolínea de verdad, y que por lo que le contaba, parecía que era en parte cierto, no era una aerolínea seria. Me preguntó si mi maleta había llegado bien, porque no le sorprendería que no. Respondí que sí, y le dije que, como muchos servicios mexicanos sospechosamente baratos, muchas cosas salieron mal, pero acertaron en justo lo necesario para que funcionara.

Siempre he querido escribir una historia construida sólo con los pedacitos de conversación que vuelan como aves alborotadas en los aeropuertos, las estaciones de tren, de autobuses: los espacios de tránsito. Pegar un collage que tenga sentido. No he sabido hacerlo aún. Por ahora sólo puedo dejarles ésta, mi historia, una de tantas en los aeropuertos.

El origen de un viaje: Armando el rompecabezas

El jueves a las seis de la mañana volví a casa de un viaje por Estados Unidos. Conocí el centro de Kansas, la ciudad de Detroit y tuve un breve vistazo (de consecuencias eternas) de la ciudad de Nueva York. Un viaje que, hace dos meses, yo no esperaba. Un viaje ecléctico también, en el que pasé en pocos días del trigo dorado y rojizo de las llanuras, a las casas y fábricas derruidas de una urbe que enfrenta una crisis postindustrial, y a la geometría desbordada, mítica e inasible de la ciudad por antonomasia.

Habrá que contextualizar, pero será difícil. El primer gran reto en toda historia es saber por dónde empezar. Intentemos un rompecabezas. Las piezas más importantes son: U2. El Libro Salvaje. Los idiomas español e inglés. Una profesora de literatura. Conferencias. La ciudad de San Miguel de Allende. Armemos:

El primer disco propio que tuve fue All that you can’t leave behind de U2. Me lo regaló mi papá una navidad. Escuché ese disco hasta el cansancio y, junto con una antología de The Beatles, se convirtió en el mejor método de aprendizaje de inglés que he tenido en mi vida. Una canción del álbum que no fue lanzada como single, pero que era de mis preferidas, era New York. Luego escuché el resto de su discografía y The Joshua Tree se convirtió en mi biblia musical. Curiosamente se necesitaron cuatro tipos de Dublín para que me interesara por Estados Unidos. Hablaban de un Estados Unidos mítico, romantizado y sin embargo también duro, problemático, trágico en su belleza. Hasta la fecha sigue siendo mi grupo favorito.

El Libro Salvaje es una novela para jóvenes de Juan Villoro, en donde los libros tienen vida propia, se mueven, se esconden, se aparecen y eligen a sus lectores. Entre los millares de libros hay uno particularmente elusivo, uno que nunca ha sido leído. Los personajes lo buscan, sin sospechar que es él quien debe elegir buscarlos.

Comencé a leer a Juan Villoro porque iba a ir a una conferencia suya en San Miguel de Allende. Era la segunda vez que asistía a las conferencias para escritores de San Miguel de Allende (conferencias extrañas organizadas por y para gringos, que no por eso dejan de ser muy interesantes). No había leído ni siquiera la columna de Villoro, así que días antes de ir a San Miguel, compré La casa pierde (libro de cuentos) y Arrecife (novela). Devoré La casa pierde en un par de días y Arrecife lo leí en un solo día, sentado en un parque en San Miguel. Llegué a la conferencia sintiéndome un fanático certificado de Juan Villoro, salí de ella sintiéndome un groupie. A partir de ese día leí casi todo lo que ha publicado, pero curiosamente uno de los últimos libros suyos que leí fue El Libro Salvaje.

La primera vez que asistí a esas conferencias en San Miguel de Allende fue en 2012. Entonces estaba obsesionado con la idea reiterada en la obra de Julio Cortázar de estar abierto al azar, a la porosidad de la realidad por donde se filtraba lo fantástico. De manera que caminaba por la ciudad dejándome llevar por símbolos, señas, curiosidades. También iba entablando conversaciones con quien fuera y donde fuera. Así fue que, esperando en fila para entrar a una de las conferencias magistrales, de pronto escuché que alguien me hablaba. Era una mujer muy blanca y de cabello muy largo y rojo. Me preguntó cuáles eran mis novelas latinoamericanas preferidas y comenzó a anotar lo que le decía. La pregunta me emocionó y terminamos platicando por horas. En los tres días que estuve en San Miguel, pasé mucho tiempo con ella. Ella no sabía español y tampoco le apetecía estar rodeada permanentemente de ese pseudoméxico en inglés que los organizadores de la conferencia habían confeccionado para los visitantes. En algún momento se lamentó de no haber aprendido nunca español. Le dije que eso era absurdo. Siempre se puede aprender un idioma. Su nombre es Kristin Van Tassel. Me dijo que era profesora de literatura en una pequeña universidad al centro de Kansas.

La amistad perduró. Una amistad muy desbalanceada, donde la generosidad de ella ha sido como el sol y la mía como un grano de arena. Ella comenzó a estudiar español. Después de recibir como 20 libros de su parte, decidí que debía ser recíproco. Quería regalarle una novela, algo simple pero también retador para que practicara su español. Así, una navidad, si mal no recuerdo, El Libro Salvaje la encontró en su puerta.

Más o menos a estas alturas del año pasado, Kristin me dijo que creía encontrar una posibilidad para que yo tradujera El Libro Salvaje al inglés. Una asociación llamada ASLE, dedicada a encontrar ligas entre la literatura y los estudios ambientales estaba dando una beca sustanciosa para la traducción de obras con temas ambientales de otros idiomas al inglés. Sinceramente no entendía qué diablos tenía que ver El Libro Salvaje con el medio ambiente, pero me emocionaba poder traducirlo. Lo primero que necesitaba era la aprobación de Villoro. Le escribí y me contestó muy amable, diciendo que la novela ya estaba siendo traducida. Pero Kristin no se desanimó. Pensó que entonces ella podría escribir una ponencia sobre el libro y enviarla como propuesta para participar en las conferencias bianuales de ASLE y me necesitaba a mí para traducir partes del libro. La idea fue aceptada para presentarse en un panel. Kristin me puso como coautor a pesar de que mi labor fue mínima y no merecía ese lugar.

De pronto estaba invitado a ir a Detroit, pero había un pequeño problema: no tenía visa. Con el flamante nuevo presidente de Estados Unidos, creí que no sería posible obtenerla. Fui a México sin muchas esperanzas y, asustado por los rumores, me puse a borrar todos los memes socialistas y anti-Trump de mi celular, sólo para averiguar que tenía que entrar sin celular a la entrevista (perdí memes valiosísimos que no he vuelto a encontrar). Estaba armado con cincuenta mil papeles que probaban que no me quería quedar a trabajar en Estados Unidos, que soy un ciudadano honesto y trabajador, que soy hijo de Dios, que rescato perritos y que amo a mi santa tierra. Sólo me pidieron mi pasaporte y me aceptaron. Al salir le avisé a Kristin y me dijo que, no me había querido hacer la oferta antes, pero que ahora que tenía visa, quería preguntarme si me gustaría conocer su casa en Gypsum, Kansas antes de ir a Detroit, y si luego me gustaría ir un par de días a Nueva York, a donde ella iría con su hermano. No hace falta aclarar cuál fue mi respuesta.

El viaje duró once días. Tres en Kansas. Cinco en Detroit. Tres en Nueva York.

Contar historias es, precisamente, como armar un rompecabezas. A veces el escritor mismo no sabe cuál es la imagen que le espera al terminar. Descubro, recién ahora, que ésta es una historia de regalos.

En uno de los paneles, profesores e investigadores experimentados hablaron junto con sus “protegidos” de lo que significa ser un mentor. Uno de los jóvenes habló de su mentora como una dadora de obsequios. Diciendo que cada vez que hablaba con ella sentía que había recibido algo, algo que no era parte de una transacción, sino un regalo genuino, desinteresado Mi papá me regaló mi primer disco de U2. Yo le regalé a Kristin El libro salvaje. Ella me regaló la posibilidad de este viaje.

La razón por la que Kristin iría a Nueva York y por ende la razón por la que yo podría ir a Nueva York, era un concierto al que iría con su hermano. El concierto de su banda favorita, una banda que ella había conocido porque su hermano le había regalado un casete en 1987, un casete de un álbum que se haría legendario y que este 2017 tiene su 30 aniversario: The Joshua Tree, de U2.

Ir y volver. ¿Cuál es cuál?

En diciembre de este año viajé a Estocolmo para pasar un mes con mi novia, F, quien en ese momento estaba estudiando un semestre de intercambio allá. Al regresar me propuse escribir las memorias del viaje, pero ¿por dónde empezar? Hay un problema narrativo capital cuando se trata de viajes: uno sabe de antemano que el final será decepcionante. No sé sortear esta dificultad, así que narraré juntos el inicio y el final y dejaré todo lo que hay en medio, la materia del sueño, para futuras entradas.

Ir

Como todo millenial-viajero que se respete, yo quería ser como esos jóvenes de mirada cándida en los carteles de Mundo Joven y para ello necesitaba una mochila de alpinismo (las de mochilero, pues). Busqué en nuestros templos del Shopping locales: Altacia y Plaza Mayor. No encontré nada o lo que encontré era carísimo. Busqué en Amazon y también era carísimo (cuando te percatas de que todo te parece caro, empiezas a pensar que más bien tú eres pobre). Finalmente mi primo, D, ávido escalador y amante de la naturaleza, me contó que un amigo suyo fabricaba mochilas que se ajustaban a mis necesidades, pero sobre todo, a mi reducido bolsillo.

Como D vive en México, tuve que empacar en una maleta vieja que consideré desechable para el trayecto León-CDMX. Llegué temprano a casa de mis tíos y, mientras esperaba que D despertara (tiene fama de dormir como un oso agripado), vi sobre la mesa de la cocina una especie de costal verde militar con dos asas pegadas. Rogué dentro mío que eso no fuera mi mochila, pero sabía que lo era. Cuando D despertó confirmó mi temor. Algo positivo era que podría haber viajado con toda mi ropa, mi cama e incluso algunos miembros de mi familia en esa mochila: era enorme y al no tener cuerpo (cuando digo costal lo digo en serio) era plegable también, así que era práctica. D quiso mostrarme que la mochila tenía además una especie de arnés para ajustarse a la cintura… el arnés no cerró debido a mi voluminosa barriga, minando no sólo mi esperanza de viajar cómodamente, sino mi ya de por sí precaria autoestima.

Del aeropuerto de México no hay mucho que contar. Mi vuelo salía hasta las 11 de la noche y estaba algo aburrido. Comí unas gorditas en el área de comida rápida (¿por qué las garnachas sólo saben bien en la calle?), vi 25 veces el mismo comercial de Cisco en una pantalla frente a mí y por último entré a una galería de fotos de la Ciudad de México del tiempo en que los capitalinos aún tenían el buen gusto de no abreviar su nombre son siglas pretenciosas y hipsters. Y por último, subí al avión.

Creo que fue Orson Welles quien sabiamente dijo que en un avión sólo hay dos sentimientos posibles: el aburrimiento y el terror. En este trayecto predominó el primero, el terror sólo lo siento antes del arranque, cuando inevitablemente me pongo a pensar en Jorge Ibargüengoitia y en lo triste que sería morir como él, pero con la tristeza agregada de no haber publicado nada. Un año antes había viajado a Europa y había tenido la suerte de contar con todas las películas nominadas al Oscar en el catálogo de la aerolínea. En esta ocasión casi podría decir que el catálogo de canal 5 es mejor. Lo único bueno que vi fue una serie de comedia llamada Baskets y no pude continuarla porque no tenían el segundo capítulo. También tuve el tino de elegir, tanto en la cena como en el desayuno, la más desagradable de las dos opciones y lo sé porque la mujer a mi lado eligió en ambas ocasiones lo opuesto a mí y la diferencia era deprimente.

Llegué al aeropuerto Schiphol de Ámsterdam y fue entonces cuando empezó a invadirme la emoción. Estaba a solo dos horas de llegar con F, algo por lo que había esperado meses. Estaba tan cerca en el tiempo que incluso iba a tardar lo mismo F en llegar de su casa al aeropuerto Arlanda que yo en volar de Ámsterdam a Estocolmo. Además, debo decir que Schiphol es un aeropuerto espectacular. Al entrar al baño le escribí a mi hermano para decirle que los baños del aeropuerto eran más bonitos que nuestra casa entera. Me compré un café y me senté a esperar el abordaje cómodamente mientras leía uno de los muchos libros que llevé (y el único que leí): Historia abreviada de la literatura portátil de Enrique Vila-Matas: ya empezaba a ser feliz.

El vuelo fue mucho mejor. Los asientos no tenían pantallitas, pero pude leer. El avión estaba casi vacío, así que también tenía espacio y bueno, el resto puede adivinarse: llegué, recogí mi costal militar y salí, con esa cara de idiota que tenemos todos al llegar a un aeropuerto desconocido y alguien me abrazó tan súbitamente que se sintió como una tacleada: era F.

Y si la vida fuera realmente bella eso sería todo. Esto sería la historia de cómo F y yo nos mudamos juntos y yo estaría escribiendo desde un frío infernal mientras F estaría en lo suyo, en una habitación de 2×2, pero juntos. Y sin embargo los viajes se acaban.

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Treinta y dos días y seis países después llegó la fecha de mi regreso. El retorno (a menos que sea el de Odiseo) nunca es interesante. Es como un espejo de la ida, pero mal iluminado: todo está al revés y deslucido.

Empaqué con ayuda de F y a estas alturas ya me había encariñado con mi mochila, que resultó ser, como Sancho Panza, un compañero de aventuras ideal a pesar de su aspecto. Me despedí del apartamento y de la nieve, del largo camino al metro que para entonces ya sentía mío, del metro mismo y de sus estaciones que ya reconocía, de Estocolmo, que fue un breve paréntesis de alegría.

Cuando llegué, todo había salido mal. Perdimos un camión y tuvimos que esperar casi media hora cerca de la media noche en un frío de -8 grados por el siguiente. Luego no encontramos la parada de autobús indicada para llegar al apartamento de F y caminamos unas 15 veces por la misma calle, yo con una maleta de 2 toneladas. Pero eso importaba poco, fue divertido. ¿Qué clase de primer capítulo de un libro que se precie de ser bueno no incluye algunos incidentes? En cambio el camino al aeropuerto en la vuelta no tuvo incidentes ni demoras. Llegamos a tiempo y, aunque yo seguía tratando de urdir un plan para quedarme, tuvimos que despedirnos.

Lo peor de los aeropuertos, creo, es que son sitios espantosos para despedirse. Suerte tuvo Rick Blane de poder despedirse de Ilsa Lund en la pista de aterrizaje, ahí sí se puede decir sin temor a parecer ridículo que siempre se tendrá París. En la fila para pasar aduanas no hay tal suerte y tampoco se puede “llorar ante las puertas y los puertos” como sugería Girondo… sólo se puede llorar un poco ridículamente entre el barullo de maletas de rueditas y pasos acelerados.

Nótese que estaba tan deprimido que ya ni tomé fotos en el regreso y estoy tratando de distraerlos de este hecho con imágenes sacadas de internet, fallando miserablemente.

El final de un viaje llega siempre como la alarma cuando se está soñando algo dulce, pero es aún peor porque del sueño uno despierta y ya se está de golpe en la realidad, en cambio el viaje se demora mucho en terminar. Uno sabe que ha acabado, pero hay todavía largos trámites y esperas y entonces todo es como esas películas que no saben cuándo acabarse o como despedirse de alguien en un elevador y que la puerta tarde mucho en abrirse.

¿Cuál es cuál?

En el vuelo de Ámsterdam a México, a eso de las 4 de la mañana, mientras sobrevolábamos Groenlandia, el piloto nos despertó diciendo: “Siento despertarlos, queridos pasajeros, pero a su lado derecho podrán ver unas maravillosas auroras boreales”. Yo estaba en el lado izquierdo y lo que pude ver fue un montón de cabezas apiñadas en las ventanitas del otro lado. Esto es precisamente volver de un viaje. Si el avión hubiese tenido el destino contrario, yo habría estado del lado correcto para ver el fenómeno celeste. En el regreso de un viaje lo terrible es que las maravillas existen, pero ya no para nosotros.

Los términos ir y volver son muy relativos porque no se trata realmente de cuál es el punto de partida, sino de cuál es el sitio donde uno realmente está. Te pido perdón, querido lector, por la cursilería que estás a punto de leer, pero has de saber que la cursilería es el tigre que siempre acecha en mis textos, a veces agazapado a veces, como ahora, evidente: Cuando F me recibió yo supe que había vuelto. Cuando entré a mi casa supe que me había ido.

Tengo la impresión de que no volví, pero de que tampoco me quedé. Soy por ahora como una maleta extraviada, viajando indefinidamente en el vientre de aviones anónimos, y estas líneas y las que estén por venir son un intento de distraerme en lo que llegue a mi destino, en que salga de nuevo con cara de idiota en un aeropuerto y me reciba un abrazo inesperado y F me reclame.

Escribo mientras espero volver.

La vida en tránsito

La vida está en otra parte. Ése es el título de un libro de Milan Kundera. Nunca lo he leído, pero el título me gusta tanto que he creado mi propia versión del libro para ese título. En alguna ocasión pensé en comprarlo, pero al leer la contraportada y hallarla tan distinta del libro que yo había inventado en mi cabeza, lo dejé por la paz. La vida está en otra parte y la historia que yo buscaba, quizás, también.

Este año ha sido curioso porque he tenido varios viajes relámpago. He ido dos veces a México y una vez a Guadalajara. Las tres veces pasé casi el mismo tiempo en el transporte que en mi destino. Quiero hablar precisamente del traslado y no del destino. Es el trámite, muchas veces, lo que más perdura. ¿Alguna vez realmente llegamos?

En febrero hice los dos viajes a México. El primero fue para acompañar a mi buen amigo Tak en su graduación. Mala elección de su parte, pues tengo fama de dormirme en las fiestas y, en efecto, en aquella ocasión ya estaba cabeceando antes de que sirvieran el postre. El segundo fue para presentar un examen de inglés y hubiera sido tan aburrido como suena, si Tak no hubiera venido a rescatar el día con una salida express a Coyoacán. En ambas oportunidades salí a la 1 de la madrugada de León. Hay algo en los viajes nocturnos que me fascina. Probablemente me parecen un sueño dirigido. Subirme al camión y esperar a que salga, sentir el temblor del motor que se enciende, mirar la ciudad dormida que se va dejando atrás. Es una alegría curiosa porque es una alegría que tiene como objeto algo inasible; una alegría de pasajero, una alegría previa que a veces es más concreta que la alegría de llegar y que está próxima a otro sentimiento ¿a la nostalgia, a la anticipación?

El 13 de abril fui a Guadalajara a recibir un premio por un cuento. Llegué tarde a la premiación y apenas alcancé a recibir el reconocimiento. En cuanto terminó, salimos del lugar casi corriendo y me llevaron con el grupo de danza a cenar hamburguesas. Estoy en una edad-limbo en el que no pertenezco ni a los alumnos ni a los otros profesores, de manera que comí mi hamburguesa en silencio, con la vista perdida en un enorme boulevard. Al llegar al hotel me advirtieron que debía despertar a las siete para alcanzar el desayuno gratuito. Salí a fumar un cigarro. Afuera había innumerables bares y frente al hotel un antro. La calle estaba a rabiar de coches y de muchachos. Sentí, como muchas veces, que miraba todo a través de un escaparate, como un hombre de una pintura de Edward Hopper, siempre distanciado. Subí a mi habitación, que tenía dos camas enormes y un gran espejo que la duplicaba. No logré dormir y saqué un libro: Papeles falsos de Valeria Luiselli. Al sacarlo de la maleta cayó de él una foto de F. El día anterior había estado buscando esa foto, que me gusta llevar conmigo y no la había hallado. La levanté del suelo y la contemplé un momento, sentado a la orilla de la cama. Vi su sonrisa. Sonreí. La habitación de pronto, no se sintió tan grande. El espejo, de pronto, no duplicó mi soledad. En ese momento F. estaría en París. “La vida está en otra parte”, pensé antes de dormir.

Al día siguiente me levanté para desayunar. El desayuno fue frugal así que decidí ir por un café. Terminé y regresé a León. Si suena anticlimático es porque lo fue.

En realidad, la experiencia más vital estuvo en la ida y la vuelta.

Nunca he pensado en los trayectos como en un molesto interludio necesario. Hay algo en el camino que puede ser más misterioso e interesante que la meta. Esos viajes hacia fuera son también, y sobre todo, viajes hacia adentro.

Aquel viernes de abril salí a Guadalajara a las 6 de la tarde y el sábado regresé a León a las 11 de la mañana, de manera que no tuve problema para estar despierto. Me repartí entre los cambiantes paisajes de la ventana y los cambiantes paisajes de mi libro, acompañado por mi música (los melómanos y los amantes de los viajes sabrán que pocas veces se disfruta tanto la música como cuando se viaja en solitario). Particularmente en el regreso sentí de nuevo esa alegría extraña de la que hablé antes. Leí Papeles falsos. Descubrí que el lugar donde había puesto la foto de F. coincidía con el ensayo por el cual había comprado el libro, una serie de reflexiones sobre la saudade, esa palabra portuguesa que parece estarnos vedada a todos los que no nacimos en la lengua de Pessoa. Valeria Luiselli tiene una prosa luminosa, pero de un tipo de luz de media tarde que entra a través de cortinas, sobre una sala quieta. En ese libro, Luiselli aventura una definición:

“La saudade es estrábica: mira hacia delante con un ojo y hacia atrás con el otro. Cuando el ojo derecho la insta a moverse hacia delante, el ojo izquierdo la exhorta a ir hacia atrás. Por eso la saudade permanece inmóvil en su sitio y los únicos paseos que le son permitidos son los que hace el alma alrededor de sí misma”.

Desconozco si será una definición precisa, pero aún si no lo es, me parece de una gran belleza. Cerré el libro y miré por la ventana de nuevo. Pensé en esa emoción que por falta de mejor palabra había estado llamando alegría. Algo de nostalgia, algo de anticipación. “Saudade”, me repetí.

Ahora, mientras escribo este texto disperso, pienso en mi breve visita a Berlín hace poco más de un año. Por una serie de equivocaciones, llegué al apartamento donde me hospedaría a las seis de la tarde, cuando debí haber llegado a las 3. Era invierno y oscurecía temprano. Lukas, el muchacho que estaba en el departamento, me recomendó visitar un parque cercano para no dar el día entero por perdido. El parque se llamaba Tempelhofer Feld. Descubrí que alguna vez había sido un aeropuerto y que en 2010 lo habían inaugurado como el parque más grande de Berlín. El sol estaba a punto de ocultarse, el cielo descendía hacia el azul profundo. Muy poca gente quedaba ahí. Me puse mis audífonos y escuché Far away, so close, de U2. En ese sitio plano, inmenso, fresco, sentí que estaba viviendo algo importante. Pensé en los aeropuertos, que también son lugares que me maravillan. Espacios de tránsito, los aeropuertos son y no son. Existen sólo como preámbulo, como promesa. Aunque sigamos en la tierra, ya estamos un poco en el aire. En Berlín el aeropuerto donde estaba era pretérito, pero sentí que todos mis viajes eran futuros.

Templehofer feld, foto: GoEuro

Templehofer feld – foto: Go Euro

La última vez que estuve en un aeropuerto fue para despedirme de F. La próxima vez será para reencontrarme con ella. La vida a través de las ventanas, los paisajes en movimiento, los cuartos vacíos y las fotos que nos salvan, los trayectos, tan lejos y tan cerca, nostalgia y anticipación, un ojo hacia atrás y el otro hacia delante: Saudade…

La vida está en otra parte. Viajamos hacia ella.

Vuelta al origen: Manifiesto desordenado con Bolaño en el corazón

Hay dos tipos de personas en el mundo: están los que detectan un cabello en su plato de sopa y de inmediato se lamentan, se llenan de pesar, se acercan al borde del llanto y toman ese filamento que irrumpe en la tersa superficie del líquido como una clara metáfora de la fractura en su vida; se convencen de que no es casualidad, de que ese cabello es una prueba irrefutable más de que un dios malévolo que los aborrece ha ocasionado el repentino desprendimiento de ese folículo del cuero cabelludo del cocinero. Luego están los que no tienen ni siquiera un perro que les ladre y que aun así se alegran de encontrarse un tostón pensando en que aquello es señal de que todo mejorará, de que ahora sí les sonreirá la suerte (normalmente estas personas, acto seguido, sufren algún accidente por haberse distraído para recoger el tostón y luego, con la pierna o el brazo rotos, piensan que es una gran fortuna haberse lesionado tan cerca de la parada de camión que los llevará al hospital). Los primeros abundan en inquisiciones como: “¿Por qué a mí?” y todas sus posibles reformulaciones. Los segundos son afectos a frases hechas de la índole de: “No hay mal que por bien no venga” o “Al menos tenemos salud”. Entre estos dos polos nos ubicamos todos. La mayoría conocemos ambos lados; algunos, los más bipolares (valga aquí especialmente la palabra) deambulamos en la frontera, nos tambaleamos entre un lado y el otro y a todos nos ocurre que, a veces, al palparnos el pecho, nos encontramos con que el corazón no está en su sitio. A veces ha trepado a la cabeza instaurando su errático dominio, a veces se ha desplomado como bola de pinball y ha acabado en alguno de nuestros pies, y notamos como resbala pesado de un lado a otro mientras caminamos. Estos últimos meses el mío se ha alojado justamente en mis zapatos.

Las razones sentimentales para la pesadumbre son difíciles de hallar. Esto no es extraño, la mera unión de las palabras: “razón” y “sentimentales” es un oxímoron. A veces uno tiene motivos de peso para estar triste. A veces no, pero eso da lo mismo. Uno puede inventarse su penumbra, su soledad, su desasosiego. El problema de las emociones es que las inventadas se sienten iguales que las verdaderas. Uno de los artistas que mejor y más obsesivamente ha retratado esa neurosis es Woody Allen, quien ha dedicado toda su filmografía a personas que, sin la posibilidad de acceder a tragedias genuinas, pueblan de sombras su vida interior, y todos sabemos que la vida interior tiene la costumbre de dejar las puertas abiertas para que las sombras salgan y plaguen de oscuridad la vida exterior. En una de las películas más logradas de Allen y sin duda la más bella visualmente: Manhattan, Ira, el protagonista, se recuesta y piensa en las cosas que hacen que la vida valga la pena. A todos nos llega el momento de detenernos y pensar qué espacios quedan para la luz. Ello en sí mismo es material para otra entrada, por ahora bastará mencionar dos elementos centrales en mi vida: uno de ellos es leer, el otro, en menor medida pero también capital, es escribir. Ambos los tengo un poco abandonados, pero especialmente el segundo. Una tesis omnipresente, pesadillezca, Kafkiana (material para otra entrada) es en parte la razón; en parte es sólo la excusa. Es momento de remediar ese error.

Quién sabe quién inventó el dicho de “Lo que bien se aprende, jamás se olvida” pero seguro fue uno de los optimistas más ingenuos de la segunda categoría antes mencionada. Es un dicho que, como diría Jorge Ibargüengoitia, carece de fundamento histórico. Lo que bien se aprende y se deja de practicar se desgasta y en una de ésas, en un descuido por andar creyendo en dichos infundados, se olvida por completo. Dejar de escribir y luego tratar de hacerlo es como dejar de hacer ejercicio y luego volver a ejercitarse (o al menos eso creo por lo que cuentan los que se ejercitan): Uno se engarrota, no aguanta, se distrae demasiado, encuentra excusas para hacerlo luego, para empezar el lunes próximo. En meses pasados logré franquear, aunque no sin cierto problema, esos obstáculos y terminar algunos cuentos que envié a concursos. Dos los perdí (iba a escribir no los gané, pero no estamos para cortesías), en otro pasé a la siguiente fase eliminatoria por la sencilla razón (y juro que no es broma) de que fui el único en esa categoría. Estas experiencias bastaron para alejarme de la página en blanco otro rato. No obstante, en las semanas subsecuentes a dichos tragos amargos, me encontré con el libro de Entre paréntesis de Roberto Bolaño y lo compré. Lo he leído justamente como indica el título, entre paréntesis de los deberes grises de la vida cotidiana. Como me ocurre siempre que leo a Bolaño, descubrí con asombro que me hablaba a mí, específicamente a mí, como los televisores a los personajes de caricatura. Encontré este fragmento:

“También hay que recordar que en la literatura siempre se pierde, pero que la diferencia, la enorme diferencia, estriba en perder de pie, con los ojos abiertos, y no arrodillado en un rincón rezándole a San Judas Tadeo y dando diente con diente”.

Esta frase fue, por supuesto, una cachetada necesaria. Una cachetada, además, de la mano de uno de mis maestros más admirados y más queridos. Me sumí en pensamientos relacionados con esa frase, con Bolaño, con la literatura, con el fracaso, con el destino (por me sumí, no debe entenderse a en ese preciso momento, debe entenderse un hundimiento lento, que se interrumpía a ratos, pero al que volví a lo largo de varios días). Hace ya tres años que un buen amigo me regaló Los detectives salvajes. Lo leí azorado, atemorizado, hechizado y comprendí como pocas veces que un libro puede estar más vivo, mucho más vivo que la propia vida. Cada vez que vuelvo a pisar el territorio de Bolaño vuelvo a sentir esa potencia, esa ardiente lucha contra quién sabe qué, esa amenaza latente y terrible y ese afán extraordinario por vivir. Bolaño, a nadie le cabe duda, caminaba al borde del abismo, miraba al abismo enamorado, y en más de una ocasión se sumergió en él como Orfeo en el averno, regresando cada vez más maltrecho, pero cada vez más mítico, con la literatura, su Eurídice, cada vez más recubierta de misterio y de grandeza. Esta forma de abordar la escritura como único destino, como única salvación y perdición al unísono; esta visión de la literatura que lo hermana con Rimbaud, pone a uno ante una disyuntiva exagerada (pero es que con Bolaño todo se desborda): dejar de escribir porque ya no hay más, o escribir, escribir, escribir. Como enunció Rodrigo Fresán, la obra de bolaño “es una de las que más y mejor obliga a una casi irrefrenable necesidad de leer y de escribir y de entender el oficio como un combate postrero, un viaje definitivo, una aventura de la que no hay regreso porque sólo concluye cuando se exhala el último aliento y se registra la última palabra”.

Fresán habla apoyado por otras máximas de Bolaño; máximas que, de no ser tan perezoso, tendría yo enmarcadas en mi cuarto como Carver tenía enmarcada aquella frase de Chéjov: “… y de repente todo se le aclaró”. Una de ellas lee: “El viaje de la literatura, como el de Ulises, no tiene retorno”, otra: “La literatura se parece mucho a la pelea de los samuráis, pero un samurái no pelea contra otro samurái: pelea contra un monstruo. Generalmente sabe, además, que va a ser derrotado. Tener el valor, sabiendo previamente que vas a ser derrotado, y salir a pelear: eso es la literatura”. Estas dos frases, concebidas en clave heroica, son fundamentales en la obra de Bolaño. Al leerlo uno comprende, o al menos siente (sobre todo uno siente) que está ante un hombre que entendía la literatura como una batalla épica, que empuñaba las palabras como Sigfrido contra Fafner. Uno entiende que Bolaño, en el espectro de quien ve el cabello en la sopa y quien se encuentra una moneda en la calle; elegía un tercer punto, quizás al medio aunque quizás por debajo o por encima: entendía que el mundo es un sitio hostil y miserable y que estamos condenados, pero también que ese mundo es el único posible y que en él se resume la alegría, el amor, la esperanza, el asombro.

Las enseñanzas de Bolaño quedan aún para el futuro. Sus tesoros no han acabado de revelarse y seguramente no nos hemos percatado de muchas de sus trampas; sin embargo su legado más grande pareciera ser ése: entender que la literatura es destino y que una vez que se ha elegido ese camino, se recorrerá con mayor o menor éxito, pero ya no podrá desandarse.

Con esto en mente vuelvo a escribir.

“Escribiendo hasta que cae la noche
con un estruendo de los mil demonios.
Los demonios que han de llevarme al infierno,
pero escribiendo”.

Mi amigo Juan

La correspondencia es, por razones evidentes, la más literaria forma de la amistad. Los amigos que se envían cartas tienen un cariño que se alimenta de la palabra escrita.

En ese sentido la literatura puede ser un terreno muy fértil. Hay escritores ante quienes se puede sentir un enorme respeto, incluso una cierta admiración cariñosa, pero siempre acompañada por la triste certeza de que no podría haber una amistad. Pongo por ejemplo a Borges. Ante ese portento que enseñó a la literatura hispana el arte de pulir el lenguaje hasta su último y más significativo reducto ¿qué palabras caben? Un ‘hola’ parecería una afrenta. Existen en cambio autores y autoras que se sientan ante el papel dispuestos a urdir una trama como quien escribe una carta, iniciando una relación amistosa con miles de destinatarios.

Juan Villoro escribió, con motivo del centenario de Cortázar, que aquel enorme cronopio supo abrigarnos a todos en su inmenso y prodigioso abrazo. Es curioso porque el propio Villoro parece abrirnos las puertas de su casa cuando abrimos uno de sus libros.

Hace un par de años recibí su primera misiva: ‘La Casa Pierde’. Desde entonces hemos trabado una amistad profunda y duradera. Él, que tiene muchas cosas relevantes que decir, toma las riendas y se encarga de todo lo que toca al arte de escribir; mientras que yo me contento con fungir como un alegre Momo en esa otra forma de escuchar que es leer.

La literatura nos muestra que la realidad tiene grietas y que en ocasiones por ahí se cuela la fantasía. La noche del 18 de septiembre, motivo de una generosidad que no he merecido, pude ser testigo y parte de uno de esos prodigios. La amistad que funcionaba muy bien prescindiendo del conocimiento mutuo, se materializó al menos unas horas.

Alrededor de las diez y a miles de kilómetros de la Ciudad Luz, tuve mi Medianoche en París. Después de una sabrosísima charla pambolera entre Villoro y Gustavo Matosas, me encontré sentado en una mesa del Rincón Gaucho. Al otro lado, se sentó el entrañable remitente al que tanto he admirado.

El admirador se conforma con un libro firmado. Una fotografía ya es motivo de gran alegría. Compartir churrasco y tertulia es suficiente para rozar el paro cardiaco.

Villoro habla de forma desenfadada y cercana, sin perder en ningún momento la calidad de su prosa. Pedir un tequila o coordinar a los comensales para ordenar se convierte, en su voz, en una labor literaria. La agudeza mental, el chiste perfecto y las brillantes referencias culturales que distinguen su obra poblaron la mesa y justo como en sus libros, uno no se siente al margen de eso, sino todo lo contrario: te hace partícipe. Como los números 10 más excelsos de las canchas, Villoro mejora a quienes lo rodean.

A todo esto conviene recordar una anécdota que Miguel Herráez rescata en su biografía de Julio Cortázar. Una noche, el autor de Rayuela y algunos amigos escritores e intelectuales se reunieron a cenar. En ese círculo selecto se había colado un admirador del máximo ludópata lingüístico, quien se conformaba con estar cerca de aquel mago y de su magia. Cortázar lo notó y de inmediato lo incluyó.

En esta cena sucedió algo parecido. A pesar de contar con varios interlocutores muy interesantes, Villoro supo atender también a las preguntas nerviosas del muchacho sentado al otro lado de la mesa con espontaneidad y simpatía. El gigante duplicó su altura al mostrar interés en el más pequeño de la mesa.

El Referéndum de Escocia, la situación de TV UNAM, los familiares y amigos, la preocupación por desarrollar una identidad nacional en los niños que se crían en la era globalizada fueron algunos de los temas que sazonaron la velada.

Al levantarnos, el magnífico escritor me rodeó con su brazo caminando hacia la entrada y aún me dio oportunidad de platicar con él acerca de esa bellísima oda al mundo de los libros que es ‘El Libro Salvaje’.

Un abrazo fraternal de despedida confirmó lo anhelado: Juan es mi amigo. Quizás él lo olvide en el terreno físico, la realidad en donde el escritor peregrina por el mundo dando conferencias y clases magistrales, visitando a sus otros miles de amigos; pero no lo olvidará en el plano literario, donde cada determinado tiempo vuelve a sentarse para escribirme una carta.

Juan Villoro

Manzana

La Manzana

Pocos objetos más simbólicos hay en la naturaleza para el ser humano que ese fruto que pende del árbol de nuestra historia. El zumo de la manzana es eterno y concentra una de las más complejas simbologías.

Tantos significados se esconden detrás de la lisa, brillante y tentadora piel de la manzana, que en ocasiones pareciera que el último referente que llega a nuestras mentes es precisamente su sentido denotativo. Malus Pumila es el nombre que le da la botánica a este miembro de la familia de las pomáceas. Fruto dulce, redondo, compacto, fragante. Es una de las frutas más cultivadas en el mundo. Junto con la banana, la manzana (sobre todo su pecaminoso modelo rojo) es el fruto al que más se recurre para representar a su grupo alimenticio.

Es cuando pasamos de la piel delgadísima y sugerente de la manzana cuando comenzamos a distinguir los tantos matices en su sabor simbólico. Connotativamente la manzana es una explosión. Al verla, vienen a la mente cientos de imágenes relativas. La expulsión del edén, por supuesto: el gran escándalo del Génesis, el que nos condenó al sufrimiento (y finalmente, el que nos llevó a vivir también) la fruta prohibida que Eva dio a Adán por engaño de la serpiente; y de ahí, la tentación, la sensualidad de la manzana, la invitación al pecado que deleita. Si uno ha visitado las páginas de la mitología griega, también llegará a la mente la manzana de la Discordia de la diosa Eris, que Paris habría de entregar a Afrodita por considerarla la diosa más bella, manzana que llevaría a la épica caída de Troya, pues fue con Helena con quien Afrodita pagó el halago a Paris. Incluso puede que haya quien recuerde la mitología nórdica, a la diosa Idún, quien poseía manzanas que guardaban un elixir para la juventud y belleza eternas; manzanas también tentadoras, cuyo hurto por parte de mortales sería castigado con el envejecimiento prematuro y la muerte.

Una connotación que no exige conocimientos de ninguna teogonía es aquella de la manzana que cayó de un árbol (¿El árbol de la ciencia quizá? Pareciera que Dios, como los dioses del Olimpo, se divierte tramando los hilares del destino) ante los ojos del genio que supo ver más lejos “por pararse en hombros de gigantes”. La manzana que cayó, estrellando en su paso todos los paradigmas de la ciencia. La manzana más grave de la historia. Aunque quizás, Blancanieves diferiría y defendería que la verdadera gravedad fue aquella que le provocó la manzana envenenada que le fue dada por la envidiosa reina transfigurada en anciana; historia que Disney se encargó de contarnos a todos.

Otra connotación, más cercana a nosotros en el tiempo, ya dada por los albores de la cultura Pop, es aquella inolvidable para cualquier melómano de la manzana verde que llevaba dentro las voces de cuatro muchachos de peinado fúngico, venidos de Liverpool a cambiar el mundo.

Finalmente, estoy seguro que todos nosotros, hijos (o incluso ya nietos) de la era post-industrial, al ver una manzana bidimensional mordida de inmediato pensamos en el genio muerto, en Steve Jobs y su multibillonaria empresa que empaquetó la discografía de todo el musical humano registrado, y que cada tres meses saca un nuevo aparatito impulsándonos a aumentar la basura tecnológica de nuestro mundo. Apple, por supuesto, se ha ganado un puesto de honor en la cultura popular.

Ahora, llega el momento de pelar la manzana y descubrir cuáles son sus significados simbólicos. Según El Libro de los Símbolos, la manzana nos sugiere el paraíso de la vida que inicia. “En su interior se hallan las semillas de la oscuridad, en lo que se denomina el ovario” (Ronnberg, Ami:168) es decir, la manzana es también un símbolo de fertilidad. A pesar de sus fatídicas consecuencias, la manzana era en el Génesis el fruto del conocimiento, es decir, guardaba en sí posibilidades, el nacimiento de una consciencia propia, el verdadero comienzo del libre albedrío, el verdadero génesis del ser humano.

Curiosa la etimología de la manzana que viene de malus: “Malo”. La manzana es el símbolo de la dualidad. Es el final y el comienzo, el fénix del mundo vegetal. La fertilidad, el nacimiento, la libertad y la causante de la esterilidad, la destrucción, la condena. Dulce, fresca, sensual, tentadora, venenosa… Podríamos sugerir la poética hipótesis de que, de entre todos los frutos de todos los jardines y de todos los edenes, sólo la manzana podría narrar la historia de la humanidad, partiendo de la expulsión del paraíso a la búsqueda diversísima e inacabable de otro edén; del oscurantismo absoluto a la oscuridad propia de los avances científicos que ya no alcanzamos a digerir; de las diversas mitologías ancestrales hasta las mitologías de la era postmoderna.

Qué significado tan grande y atinado alcanza ahora la frase de Borges: “El sabor de la manzana no está en la manzana, sino en el contacto con el paladar.”… La simbología de la manzana está en el contacto con el alma nuestra.

Yo sé bien

Yo sé, yo sé bien
que hacer barquitos de papel periódico
y llenarlos con unos cuantos sueños y una estrella,
y soltarlos en el río anónimo de una calle llovida,
y soplar un poco en sus velas mínimas;
no es garantía de nada, sólo promesa.
Sé bien que aunque el agua borre la tinta
no borrará la tragedia, el terremoto,
la muerte, la pérdida, el luto…
Sé bien que las lágrimas siguen su curso,
corren desde ayer hasta un mañana incierto,
caen como tormenta amenazando con naufragios.
Yo sé, yo sé bien
que es probable que ningún barquito llegue,
que no se encuentre ninguna orilla,
que desaparezcan todos entre sueños perdidos
o sucumban bajo una estrella desgajada,
o que se hundan sin más por el peso de la desgracia.

Sin embargo creo, creo bien
que aún quedan vientos favorables
que abran caminos hacia arenas dulces,
hacia el alma abierta de algún alguien
que, creyendo en sueños y en estrellas,
sonría, sencillamente sonría
y yo sé, yo sé bien entonces
que todo vale la pena.

Julio, enormísimo Cronopio

Una vez que vos te sentás en el escritorio o tomás un papel, el auditorio guarda silencio. Todos los libros en tus estantes, todos los bustos en tus repisas, Teodoro W. Adorno* al pie de la ventana y Jürgen Habermas** en su jaula; todos los pisapapeles, los lápices, las estatuillas, el mate… todos callan. El estudio se sumerge en un estanque de algodón y el silencio suave y profundo sólo se ve acompañado por la luz tenue de tu lámpara y de la ligera crepitación de tu cigarro. Probablemente entonces vos decidas que algo de Sachtmo o de Charlie Parker nunca va mal… Tomás al fin la pluma, o si lo preferés te sentás a la máquina de escribir (ya que vos dominás ambas artes) y la improvisación comienza. Símbolos y signos se arrojan en tropel a las hojas, ideas autónomas y desbocadas salen de los surcos de tu frente, de la hendidura de tu boca, del amenazador azul de tus ojos, del hondísimo humo de tu eterno cigarrillo. Perfiles se dibujan y esfuman en el fecundo aire que siempre rodea como un aura tu pródiga cabeza. De vez en cuando y si el ritmo lo requiere, vos permitís que la tinta se demore unos instantes sobre el papel, sosteniendo la nota y finalmente la dejás caer, con un sonido magnífico.

Ya sea llevándonos de vuelta al día en 80 mundos, tomando la casa, vomitando conejitos, quedándote atascado en el tráfico de la carretera del sur, recibiendo cartas de mamá o pensando si la próxima colilla caerá en la última casilla mostrándote el camino a algo más; vos pibe, vos hacés lo imposible. Ché, vos escribís con una prosa sincopada, con una musicalidad inventada y unas palabras redescubiertas y repatriadas. Arden en tus páginas sueños que se encienden con el paso de los ojos y vuelan de tus letras significados que se asientan en los rincones de las habitaciones y las mentes de todos aquellos que osamos leerte.

Decíme Julio, quién me curará de este fuego sordo, de esta quemadura callada que avanza y que repta por cuadernos y por notas acariciándome la mirada, que se hunde y se apodera de eso que con nostalgia llamo mi “alma”. Quién me librará de este fuego que se llama París, y se llama Buenos Aires, y se llama Maga y se llama vos. Quién me salvará de este fuego que es todos los fuegos, de estas palabras que son todas las palabras, de estas historias que dejan al margen a todas las otras y que con un sonoro Boom reinventan la fantasía y la realidad. Quién me hará olvidar esta violación a las leyes, esta trasgresión a las reglas, este atrevimiento letal, este jazz literario, estas letras que de un tajo cortan lienzos y parten la pared; estos adjetivos que sin pedir permiso abren celdas y cerrojos, esta narrativa indomable que se desborda de los márgenes y lo arrasa y consume todo…

Julio, desde el día en que vos comenzaste a deshilar los sueños para darles fondo y forma (poliforma y multifondo), tus palabras han caído certeras como piedritas y una tras otra van trazando sin errores el camino que han de seguir mis ojos azorados, salto tras salto, camino de ese cielo que nos has abierto, de ese cielo tuyo que formaste de muchos paraísos, paraísos que un día decidiste bajar al papel para nosotros.
Julio, enormísimo cronopio, este humilde esperanza te agradece, hoy en tu cumpleaños, y siempre en el alma.

*Ése fue el nombre del gato de Cortázar.

**Ése fue el nombre del canario de Cortázar.