Julio, enormísimo Cronopio

Una vez que vos te sentás en el escritorio o tomás un papel, el auditorio guarda silencio. Todos los libros en tus estantes, todos los bustos en tus repisas, Teodoro W. Adorno* al pie de la ventana y Jürgen Habermas** en su jaula; todos los pisapapeles, los lápices, las estatuillas, el mate… todos callan. El estudio se sumerge en un estanque de algodón y el silencio suave y profundo sólo se ve acompañado por la luz tenue de tu lámpara y de la ligera crepitación de tu cigarro. Probablemente entonces vos decidas que algo de Sachtmo o de Charlie Parker nunca va mal… Tomás al fin la pluma, o si lo preferés te sentás a la máquina de escribir (ya que vos dominás ambas artes) y la improvisación comienza. Símbolos y signos se arrojan en tropel a las hojas, ideas autónomas y desbocadas salen de los surcos de tu frente, de la hendidura de tu boca, del amenazador azul de tus ojos, del hondísimo humo de tu eterno cigarrillo. Perfiles se dibujan y esfuman en el fecundo aire que siempre rodea como un aura tu pródiga cabeza. De vez en cuando y si el ritmo lo requiere, vos permitís que la tinta se demore unos instantes sobre el papel, sosteniendo la nota y finalmente la dejás caer, con un sonido magnífico.

Ya sea llevándonos de vuelta al día en 80 mundos, tomando la casa, vomitando conejitos, quedándote atascado en el tráfico de la carretera del sur, recibiendo cartas de mamá o pensando si la próxima colilla caerá en la última casilla mostrándote el camino a algo más; vos pibe, vos hacés lo imposible. Ché, vos escribís con una prosa sincopada, con una musicalidad inventada y unas palabras redescubiertas y repatriadas. Arden en tus páginas sueños que se encienden con el paso de los ojos y vuelan de tus letras significados que se asientan en los rincones de las habitaciones y las mentes de todos aquellos que osamos leerte.

Decíme Julio, quién me curará de este fuego sordo, de esta quemadura callada que avanza y que repta por cuadernos y por notas acariciándome la mirada, que se hunde y se apodera de eso que con nostalgia llamo mi “alma”. Quién me librará de este fuego que se llama París, y se llama Buenos Aires, y se llama Maga y se llama vos. Quién me salvará de este fuego que es todos los fuegos, de estas palabras que son todas las palabras, de estas historias que dejan al margen a todas las otras y que con un sonoro Boom reinventan la fantasía y la realidad. Quién me hará olvidar esta violación a las leyes, esta trasgresión a las reglas, este atrevimiento letal, este jazz literario, estas letras que de un tajo cortan lienzos y parten la pared; estos adjetivos que sin pedir permiso abren celdas y cerrojos, esta narrativa indomable que se desborda de los márgenes y lo arrasa y consume todo…

Julio, desde el día en que vos comenzaste a deshilar los sueños para darles fondo y forma (poliforma y multifondo), tus palabras han caído certeras como piedritas y una tras otra van trazando sin errores el camino que han de seguir mis ojos azorados, salto tras salto, camino de ese cielo que nos has abierto, de ese cielo tuyo que formaste de muchos paraísos, paraísos que un día decidiste bajar al papel para nosotros.
Julio, enormísimo cronopio, este humilde esperanza te agradece, hoy en tu cumpleaños, y siempre en el alma.

*Ése fue el nombre del gato de Cortázar.

**Ése fue el nombre del canario de Cortázar.

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