Escenas en aeropuertos.Donde se cuentan los incidentes varios que nuestro héroe enfrentó en su trayectoria aérea

En el último año he estado en más aeropuertos que en los 23 años de mi vida anteriores, sumados y multiplicados por tres. En el lapso de once días, entre el 17 y el 28 de junio, estuve en el aeropuerto de Ciudad de México (2 veces), en el de Houston, en el de Kansas City (2 veces), en el de Detroit y en el La Guardia y el JFK de Nueva York.

En el cine, éstos suelen ser fragmentos que se obvian. A nadie le importa el vuelo y menos el aeropuerto, pero a mí siempre me han parecido espacios fascinantes. Son una sobrecarga sensorial: se escuchan cientos de voces sobrepuestas, cachitos de conversaciones y retazos de anécdotas, chismes, alegrías y desgracias personales que nos llegan de rebote para abandonarnos sin principio ni final. Se ven multitudes de rostros de todos los colores y fruncidos en todo el espectro posible de expresiones. Se escuchan rueditas de maletas, llamadas por los altavoces. Se ve el paso tan rápido de la gente que casi parecen borronearse, como aquel perrito futurista de Giacomo Balla. Uno es asaltado por el brillo de las pantallas, los anuncios de restaurantes, las luces… Y por debajo de todo, se siente palpitar el estrés colectivo, como una enorme bestia rumiante compuesta de miles de personitas tratando de alcanzar el vuelo, pagar documentación de maletas imprevistas, llenar formatitos, etc. Los aeropuertos son como laboratorios donde los dioses miran entretenidos a la gente volverse loca, y me encantan.

Escena 1: Sobre el incidente menor relacionado con Interjet y provocado por la indomable estupidez de nuestro héroe

Llegué al aeropuerto de la Ciudad de México alrededor de las 5:20 y mi avión salía a las 7. En mi mochila traía, muy a la mano, un fólder con mis reservas de vuelo impresas. Consulté rápidamente y vi al tope de la primera hoja en mi fólder: “Interjet”. Fui a formarme y había una fila nivel Feria de León en domingo. Duré más de cuarenta minutos en esa fila. Desde mucho antes de llegar al mostrador, yo ya tenía preparado mi formato de visita a Estados Unidos y miraba con superioridad y desdén a los que apenas lo estaban llenando desesperados enfrente de mí, recargados hasta en las espaldas de sus hijos. Cuando ya faltaba uno para mi turno, saqué mi reservación del vuelo y la repasé: Interjet, sí. Vuelo: Nueva York JFK – CDMX, Aeropuerto Benito Juárez. Estaba en la fila equivocada, pasadas las 6 de la mañana, a escasos cuarenta minutos de comenzar a abordar. Busqué entre mis reservaciones, el vuelo que me tocaba era de United Airlines. Creí que no alcanzaría a abordar y que consecuentemente perdería la amistad de Kristin, el respeto de amigos y familiares y hasta el amor propio, y acabaría viviendo, como el vagabundo de Amores perros, en la calle, con una jauría, determinado a vivir en el anonimato después de semejante error tan idiota.

Afortunadamente United Airlines estaba en la sección siguiente y no había absolutamente nadie en la fila. Llegué a tiempo. Abordé. La historia continuó.

Escenas 2, 3 y 4: Donde se trata la naturaleza amenazante del chilorio

Supongo que la mayoría de nosotros conocemos el chilorio, ese delicatesen norteño, harto grasoso. Antes de cerrar mis maletas, mi madre, como buena madre mexicana, decidió que sería una gran idea enviarle chilorio a Mariana, una amiga de toda la vida de la familia que me hospedaría en Brooklyn. Pensé que era una gran idea. Me equivoqué.

Quien me conoce sabe que soy extraordinariamente nervioso y que tengo una imaginación prodigiosa para los peores escenarios. Así que yo estaba preocupado porque me detuvieran en la aduana, que pensaran que mi visa era falsa, que alguien pusiera droga en mi maleta sin que yo lo viera y pasara 15 años en una cárcel gringa, que creyeran que estaba ocultando bolsas de cocaína en mis cavidades corporales y me hicieran un chequeo que violentara mi honor… Nunca imaginé que las únicas demoras que tendría provendrían de dos paquetes de Chilorio Chata, el original, con el sabor de mamá…

Al pasar por seguridad en el aeropuerto de México, detuvieron mi maleta. Los oficiales encargados de la revisión intercambiaron miradas en código. Me pidieron que abriera mi maleta. Pensé: “ya valió, alguien me metió droga entre mi ropa cuando fui al baño”. La mujer frente a mí se pegó el radio sujetado en su chaleco a la boca, como hacen en los programas policiacos, y dijo: (Los nombres en estas dramatizaciones han sido alterados porque no me acuerdo de ellos) Chuy, tengo aquí dos paquetes de carne de puerco, tienen como salsa. ¿Podrías venir a checar si sí pasan? Péreme, eh, joven. Na’más checamos rápido. Yo estaba pensando en mi coartada: “Yo no sé nada de ese chilorio, su señoría, tírelo si quiere, tírelo, pero déjeme ir”. El tal Chuy llegó con rostro pétreo y, sin saludar ni mirar a nadie, hizo su trabajo: tomó los dos paquetes, los escaneó con los ojos, los pesó en las balanzas de su manos, los olfateó y sentenció: Híjole, no sé. Ps’ yo creo que sí pasan. ‘Tan cerrados. Y así me permitieron guardarlos de nuevo y subir al avión… pero la saga del chilorio no acabaría ahí.

Al llegar a Houston, en la fila para pasar por aduana, yo estaba tratando de imaginar las preguntas que me harían: “¿Quieres robarnos nuestro trabajo?” “¿Eres un bad hombre?” Pero al llegar, el oficial que me atendió era latino y me habló en español. Revisó mi pasaporte, no me preguntó nada y justo cuando estaba por dejarme ir, vio mi formato de entrada a EU y vio que había declarado traer carne. Me pidió que le mostrara la carne (sin albur) y saqué los paquetes de chilorio. Los miró extrañado. ¿Qué es eso? ¿Chorizo? Yo empecé a sudar como si me hubiera preguntado “¿Es nitroglicerina?”. Pues se parece al chorizo, pero no. Es carne de puerco con una salsa, no sé qué tenga (yo estaba tratando de descifrar la receta del chilorio como si eso fuese a ayudarme). Espera allá. En un momento vendrá alguien por ti. “Ya valió”, pensé. “Van a revisar mis cavidades”.

Me paré en medio de un pasillo y miraba estirando la cabeza al oficial, hasta que se hartó y me dijo: Sí, ahí estás bien. Ahorita vienen. Finalmente, una agente (¿se les dice agente?) vino y me llevó a una habitación enorme, casi vacía, donde sólo había dos oficiales y una anciana china en silla de ruedas con una enorme caja. El primer oficial se acercó a mí y tomó los paquetes de chilorio. Los miró detenidamente, como si quisiera adivinar su composición química. ¿Es chorizo? Preguntó también. Explico de nuevo. Joe, mira esto. ¿Sabes qué es? ¿Crees que pueda pasar? A estas alturas yo sólo quería tirar el chilorio y vivir en paz. Afortunadamente, el caso de la anciana china parecía más urgente. El oficial Joe estaba tratando de preguntarle algo en chino y lo repetía una y otra vez, y la anciana reía y me volteaba a ver, evidentemente diciendo: “No sé qué carajos cree que está hablando este wey, pero no es chino”. Y su enorme caja misteriosa sumada a la imposibilidad de comunicarse eran más peligrosos que mis paquetes de chilorio. Pasé de nuevo, pero una vez más sabía que el chilorio no dejaría de causar problemas.

El siguiente vuelo fue tres días después, de Kansas City a Detroit. Kristin y yo estábamos pasando por seguridad y le advertí: Me van a detener. ¿Por qué?, preguntó ella. Chilorio, respondí como quien dice: “Trinitrotolueno”. En efecto, sonó una alarmita y sacaron mi maleta. Me pidieron abrirla y sacaron el chilorio. ¿Qué es esto?, preguntó el oficial. Chorizo, respondí. Otro oficial se puso guantes y agarró unos papelitos que pasó por encima de los paquetes de chilorio una y otra vez, luego depositó esos papelitos en un artilugio tecnológico que supongo que le indicaba si “chilorio” no era español para “ántrax”, o “uranio activo”, o “arma de destrucción masiva”. Nos dejaron pasar y, afortunadamente, el chilorio al fin dejó de causar problemas.

Nota: Quiero aclarar que, a pesar de que toda la odisea del chilorio es cierta, todo mundo, y quiero decir todo mundo, no sólo en los aeropuertos, fue muy amable conmigo. También comento que pensé que no volvería a comer chilorio en mucho tiempo. Adivinen qué comí el primer día en México de nuevo. Hay que decir, por último, que, para un país donde triunfa un lugar como Taco Bell, que vende Doritos Tacos Locos y Quesarito, el chilorio les asusta demasiado.

Intermedio con papas fritas

Sé que esto se está haciendo largo, como los vuelos. Así que te cuento, querido lector, que al llegar a Houston y, como cuando a Roma fueres, haz lo que vieres, lo primero que hice fue comprarme una hamburguesa y una malteada de vainilla. Estaban buenísimas. Descansemos, pues, porque nos queda una última parada.

Escena final: Donde se cuenta otro incidente con Interjet, éste relacionado con la infinita ineptitud de ellos y no la de nuestro héroe

Tomé un camión desde el centro de Manhattan al aeropuerto JFK. Llegué a las 14:40 y mi avión salía 16:40. Era la terminal 1 y el camión seguiría a todas las terminales. Revisé mi reservación y no decía la terminal. Le pregunté al chófer, quien me dijo: Interjet here. Entré al aeropuerto y comencé a buscar Interjet. No lo encontré. Le pregunté a una trabajadora del aeropuerto y me dijo que Interjet no estaba ahí y no sabía dónde estaba. Me pude conectar al wifi del aeropuerto y me llegó un recordatorio de mi vuelo donde sí venía la terminal: era la 7. Le pregunté a otro trabajador y me dijo que tenía que tomar el tren aéreo. Fue rápido, pero ya eran pasadas las 3.

Llegué a Interjet y me relajé al ver que la fila era minúscula. Había un grupo como de cinco judíos ortodoxos jóvenes guiados por una mujer. El resto éramos paisas regresando a México o yendo a visitar a la familia, pero no seríamos más de 12 personas. Llegué pronto al mostrador y, al pesar mis maletas, me dijeron que debía documentar una (todo por esa maldita costumbre de comprar montones de libros). Para eso tenía que pasar a pagar a la fila de al lado. En esa fila había sólo tres personas delante de mí. Había cuatro personas atendiendo en el mostrador. A un lado estaba Polish Airlines, que cuando llegué tenía al menos 50 personas en fila. Todas, absolutamente todas se fueron antes de que yo llegara al mostrador. Interjet estaba haciendo gala del máximo nivel de ineptitud que he visto en mi vida. Dos computadoras, cuatro empleadas, una hora para atender a un pequeño puñado de personas. Los mexicanos en la fila, acostumbrados a que todo salga mal, estábamos relativamente tranquilos; los estadounidenses, y espérense, los judíos ortodoxos, estaban a punto de sufrir un aneurisma. Caminaban en círculos, orbitando a la mujer que los guiaba, evidentemente perdidos: ortodoxos que de pronto se enfrentaban al indomable caos mexicano.

Llegó la hora programada para abordar y tuvieron que pasarnos. Corrimos a la fila para seguridad que era nivel concierto de los Tigres del Norte. No llegaríamos. Pero entonces una empleada de Interjet vino corriendo y nos pasó al frente. En este punto el chilorio ya había sido entregado, así que no hubo demoras. La empleada nos dio instrucciones precisas para llegar a la sala de abordar y casi casi termina diciendo: “Que Dios los acompañe”. Llegamos y el vuelo estaba retrasado.

En la fila me había hecho amigo de una pareja (nada como los problemas compartidos para hacer nacer una amistad). Arturo, un mexicano viviendo en NY desde hacía años, y su novia Holly, de Texas. Iban a México para que Holly conociera a la familia de Arturo. La madre de Arturo, “Ana la Mexicana” (así se presentó), ya estaba esperando en el bar. Llevaba 10 minutos ahí y ya era amiga del bartender (y en el avión se hizo amiga de al menos 10 pasajeros y de las azafatas). Nos tomamos unas cervezas mientras esperábamos. Me contaron que pasarían una semana en México, irían también a Teotihuacan y estaban interesados en escuchar mis recomendaciones. Incluso me preguntaron si estaría en la Ciudad de México para vernos. Al final, Arturo invitó mi cerveza sin que yo me diera cuenta.

Al llegar a México, no sé por qué, el avión se detuvo durante una hora sin acercarse al edificio para que bajáramos. Sin explicaciones de por medio, de pronto llegaron dos camioncitos que nos llevaron a la terminal. Le conté a Kristin estos incidentes y me dijo que, al comprar el boleto, le pareció tan barato que dudó que fuera una aerolínea de verdad, y que por lo que le contaba, parecía que era en parte cierto, no era una aerolínea seria. Me preguntó si mi maleta había llegado bien, porque no le sorprendería que no. Respondí que sí, y le dije que, como muchos servicios mexicanos sospechosamente baratos, muchas cosas salieron mal, pero acertaron en justo lo necesario para que funcionara.

Siempre he querido escribir una historia construida sólo con los pedacitos de conversación que vuelan como aves alborotadas en los aeropuertos, las estaciones de tren, de autobuses: los espacios de tránsito. Pegar un collage que tenga sentido. No he sabido hacerlo aún. Por ahora sólo puedo dejarles ésta, mi historia, una de tantas en los aeropuertos.