Animalia: Donde se narra el descubrimiento de la fauna nativa y también se explica como atrapar a una bestia fantástica

Charles Darwin viajó a las Galápagos y enumeró los animales que ahí le encontraron. Siendo fiel a la realidad, describió la fantasía: tortugas inmensas, iguanas del color de la lava, bestias del mar con ocho extremidades húmedas. Es curioso que los primeros libros de viajeros suelen anticipar en centurias lo que luego haría Gabriel García Márquez, pero ellos lo hacían con un espíritu notarial, sólo querían dar cuenta de lo que veían, era el paisaje el que los empujaba a la maravilla. Julio Cortázar, por otro lado, con ese ánimo juguetón que jamás lo abandonó, hizo el viaje en reversa: junto con su esposa, Carol Dunlop, viajó en Fafner, su combi roja, por la carretera entre París y Marsella, deteniéndose para dormir en cada parador del camino. Juntos catalogaron la flora y fauna contigua al asfalto, encontrando en una ardilla, un hongo o una briza de hierba, un descubrimiento fascinante. La maravilla no viene del objeto, sino de los ojos que saben ver como si vieran por vez primera. Ten esto en mente, lector. No sólo para esta entrada, sino siempre.

Bestiario del territorio de Kristin

Ya he hablado de los sapitos, los grillos y las luciérnagas. Pero me he guardado lo mejor para después. ¿Qué habría sido de Dickens si hubiera revelado todas sus armas de golpe en el primer número? Has de aprender de los mejores.

Los muchos acres de la familia Van Tassel, son cohabitados por tres individuos de una misma especie que recorren el terreno como soberanos. Un trío de depredadores, quienes ahora, domesticados, sólo disfrutan el sabor de las croquetas y la comida que cae de las mesas que ellos miran con añoranza. Y quienes, sólo cuando son sobrepasados por su instinto, persiguen a los sapitos con una mezcla de hambre y curiosidad.

Estos son los tres sujetos que pude catalogar:

  1. Moby: Canis Lupus Familiaris. Macho. Mestizo, mezcla predominante de golden retriever. 10 meses de edad. Pelaje negro y abundante con una mancha blanca en el pecho. Energético, amigable, curioso, confiado. Intereses: sapitos, humanos miembros de su familia, humanos conocidos de su familia, humanos desconocidos que están en las inmediaciones, comida, congéneres perrunos. No parece mostrar ninguna inclinación política. Aunque es demasiado joven, se adivina que quizás nunca los tendrá. “Espíritu libre”, como les llaman.

  2. Willa. Canis Lupus Familiaris. Hembra. Sumamente mestiza, imposible determinar las razas que se entremezclaron para generarla. Entre 8 y 9 años de edad. Pelaje corto y color “pintita” (disculpa el argot científico). Extraordinariamente cariñosa. Extraordinariamente glotona. Intereses: recibir comida y cariño de los humanos. No entiende de política. Mientras reciba comida y caricias, está satisfecha.

  3. Héctor. Canis Lupus Familiaris. Macho alfa. Mestizo, aunque con prominencia de collie irlandés. Entre 10 y 11 años de edad. Pelaje abundante, negro en el lomo, costados y cabeza, blanco en cuello, pecho, vientre y patas. Intereses: su privacidad, perseguir automóviles, defender su territorio. Puede adivinarse que en su juventud fue demócrata y que recuperó la fe levemente cuando parecía que Bernie podía ser el candidato a la presidencia. Ahora no le pregunten. En serio. No quiere saber nada de política.

En mi primera noche en casa de Kristin los conocí a los tres. En cuanto nos estacionamos, Moby y Héctor se acercaron, pero al ver que además de Kristin, otro humanoide descendía del auto, Héctor se detuvo en seco, desconfiado. Moby en cambio se acercó, todo olisqueos y lengüetazos. Kristin me dijo: Héctor es muy tímido. Especialmente con los hombres, así que no te sientas mal. El que me dijera eso fue importante, pues el rechazo de un perro es para mí un dolor tremendo. Si un perro se siente repelido por mí, de inmediato me ofusco, me deprimo ostensiblemente, y me dedico a pensar qué en mí puede haber olfateado ese can para negarme su peluda cercanía.

Mientras cenábamos, los perros, en su ritual (un ritual universal, por lo que veo. En León, Gypsum, Ulán Bator, Roma y Antananarivo, los perros se acercan a las mesas de los humanos para compartir los alimentos) se juntaron a nuestro alrededor. Fue ahí donde conocí a Willa, quien de inmediato reconoció en mí a un amante de su estirpe y recargó su pesada cabeza sobre mi pierna, mirándome con ojos de insondable deseo: acaricia mi cabeza, detrás de mis orejas, parecía decir, y obedecí. Moby correteaba, con la atención dispersa entre la comida, los sapitos, las luciérnagas, las personas, los otros perros, las estrellas, las hojas, la luz, su cola, su sombra… Héctor en cambio, miraba desde lejos, sopesando mi presencia. Finalmente se acercó a David, el esposo de Kristin. Y más tarde, cuando estábamos por levantarnos, me dejó acariciarlo. Eso es muy extraño para Héctor, dijo Kristin. Deberías estar orgulloso. Y lo estaba.

Héctor fue el primero en llegar a la familia. Lo adoptaron de un refugio. Aparentemente había sido maltratado, Kristin cree que por un dueño hombre, por ende, le teme más a los hombres. Su nombre es el de Héctor, el de tremolante casco, de la Ilíada. Héctor murió asesinado por Aquiles, un hombre; por culpa de su hermano Paris, un hombre también; en una guerra ordenada por Menelao, otro hombre, quien en un arranque de celos reunió a decenas de ejércitos para sitiar Troya y vengarse así de Paris (el mismo hombre jarioso ya mencionado) quien había huido con Helena, esposa de Menelao (mujer, sí, pero encantada por Afrodita, quien había prometido a Paris el amor de Helena a cambio de que la favoreciera en un certamen de belleza). El que Héctor, el perro, desconfiara de los hombres, me pareció de lo más razonable.

Moby llegó apenas en octubre del 2016, siendo un cachorrito. Él ha conocido sólo el extenso campo de pasto, los árboles, las rosas, los sapitos y el cariño de la familia Van Tassel. Confía en el mundo, y Héctor trata de enseñarle que los humanos no son siempre dulces, pero Moby no aprende, y Héctor se desespera. El nombre de Moby viene de Moby Dick, la ballena blanca, perdición de Ahab y la tripulación del Pequod. Ballena víctima, también, de los hombres. Con más razón, Héctor piensa que Moby debería desconfiar, pero espera que nunca tenga que aprenderlo por las malas.

Unos días antes de que yo llegara, Moby se paró detrás de la camioneta de David, listo para perseguirla, y David lo atropelló. Bajó de la camioneta para ver qué había sucedido y vio que una de las llantas traseras estaba descansando sobre el cráneo de Moby. Se movió y lo llevaron a la casa. Luke durmió con el perro adolorido toda la noche, esperando lo peor. Al día siguiente, Moby despertó y fue el mismo de siempre. Una errática pelambre negra, ahora con un chichón en la cabeza que portará para siempre como medalla por sus juegos. Dicen que los humanos somos los únicos animales que no aprenden de sus errores, pero Moby sigue parándose detrás de los autos. ¿Será acaso que para él no es un error, sino una diversión por la que vale la pena arriesgarse? Héctor se desespera.

Willia, por otro lado, no es de la familia Van Tassel. En realidad, es del vecino de Kristin, pero como su humano siempre está ausente, prefiere cruzar el campo y refugiarse en donde hay comida, cariños y amigos.

En mis días en la casa de Kristin, estos tres habitantes de las llanuras fueron mi compañía. Moby y Willa no se apartaban de mi lado cuando salía. Héctor en cambio me miraba siempre desde lejos. Pero, por alguna razón misteriosa (los perros tienen razones que nos escapan), por las noches se acercaba. Bajaba la guardia y me dejaba acariciarlo. Incluso, cuando dejaba de acariciarlo detrás de las orejas, me empujaba la mano con su hocico para que siguiera. Me encariñé con Héctor sobre todo. Lo quise porque me identifiqué con él. Perro tímido, distante, socialmente incómodo, quien hasta para comer se alejaba, con su plato en la boca, para hacerlo en privado. Cuando lo veía, quería decirle: Está bien, Héctor. A mí también me dan miedo las personas. Pero no te haré daño, yo soy como tú. Quizás en la noche confiaba en mí porque, sin la luz del sol, me reconocía como un amigo y no como un hombre.

Héctor siempre corría detrás del coche cuando salíamos. Corría tanto que había que engañarlo, hacerle creer que nos había alcanzado, y después acelerar para dejarlo atrás. La mañana en que dejamos Kansas no nos siguió. Y creo que lo entiendo. Para mí también son difíciles las despedidas.

La oficina de Kristin y la bestia que nos aguarda

En mi segundo día en Kansas, Kristin me llevó a Bethany College, la universidad donde da clases. Ya eran las vacaciones de verano, así que estaba casi vacía. Atravesamos los pasillos silenciosos, huérfanos del alboroto estudiantil, y llegamos a la oficina de Kristin.

¿Recuerdas lo que dije, lector, sobre las casas? ¿Que son extensiones de las personas? No pensaba lo mismo de las oficinas, en parte porque las oficinas están casi siempre deshumanizadas. No son espacios habitables, sino transitorios. El calabozo que se habita por ocho horas diarias, en el que, como Papillon, sólo pensamos en escapar. Les pegamos letreritos, agregamos fotos, los “personalizamos”, pero esto es casi siempre una operación escapista. Tratamos de agregar pedazos de nosotros, para no sentirnos parte de la oficina. Pero Kristin adora ser maestra, su oficina es su segundo hogar.

Un librero ocupa toda una pared. Hay un sillón verde con cojines morados en un rincón. Frente a su escritorio hay un cuadro de corcho lleno de notas, dibujos, memes de sus alumnos, mensajes y fotos. Todo el espacio está ocupado por recuerdos de viajes, pinturas, regalos de sus alumnos y citas literarias. Sentado en el suelo, leyendo poemas de Sylvia Plath, sentí que aquella oficina surgía de Kristin, que la orbitaba como a una estrella, y que, probablemente, al salir, desaparecería completa, como si dependiera enteramente de su presencia.

Tanto en la biblioteca de su casa como en la de su oficina, hay una edición de Moby Dick. Uno de sus perros se llama Moby. En su pared hay un meme en donde aparece un modelo tatuado sin camisa con el rostro de Melville sobrepuesto, un regalo de sus alumnas (una combinación que resulta en un príncipe hípster, curiosamente). Y hay montones de ilustraciones, pinturas y hasta peluches de ballenas. Moby Dick es el libro preferido de Kristin (Si me obligas a elegir, me dijo).

Pensé en la novela. El capitán Ahab busca desesperado a la ballena blanca que le arrebató su pierna, con el único propósito de vengarse de ella, y está dispuesto a arrastrar a todos sus hombres a la muerte si es necesario. Kristin tiene un método distinto. Deja que la ballena se acerque a ella. Y la ballena viene.

Curiosamente Herman Melville viajó a las Galápagos, como Darwin. Pero Melville no supo ver con el ojo del biólogo maravillado. Después de cinco textos, el escritor se dedicó a inventarse relatos de espectros y piratas. Sólo en los primeros cuatro se dejó deslumbrar por la naturaleza. Era un genio, sí, pero es una lástima que no viviera ahora para dialogar con Kristin. ¿Cómo lograste atraparla?, preguntaría el novelista. Ahí es donde estás mal, Herman, respondería ella. Ella me atrapó a mí.

Como a mí me atrapó Héctor. Como todos los animales, quienes sólo buscan ser en el mundo, nos cautivan.

Familia: Donde se relata el encuentro de los Jorges y otros hechos no menos interesantes

Querido lector, ya llevas cuatro días viajando conmigo y quizás piensas que tengo un perfecto dominio del territorio que recorremos. Que te estoy guiando como quien se sabe dueño del mapa, la brújula y el astrolabio; no obstante, debo confesarte que estoy desorientado. Narrar es un viaje en sí mismo y cada día me pongo a pensar en el itinerario. ¿A dónde he de llevarte? ¿Qué debes ver? Recorreremos esta anécdota, pasearemos por esta memoria, descansaremos en este recuerdo. Hoy he tenido en mente muchos puntos de interés, pero he decidido que todo viaje está compuesto también, y tal vez sobre todo, de personas.

Conociendo el terreno: La casa

Las casas suelen ser extensiones de las personas. Mi casa, por ejemplo, es un reguero de libros desperdigados, papeles, cajas y cachivaches varios. Estoy seguro de que una labor arqueológica podría revelar vestigios de civilizaciones de hormigas bajo algunos de los trastos que nos hemos rehusado a recoger desde que nos mudamos. En el caso de Kristin y su familia, el dictum es más apegado a la realidad, pues su casa fue de hecho casi construida por ellos. La compraron en muy mal estado y la arreglaron y rehicieron a su modo, con sus manos.

Al llegar, lo primero que hice, como cumpliendo un designio del instinto, fue dirigirme hacia su biblioteca. Rolf, hermano de Kristin (pero ya deberías saberlo, lector. No has estado haciendo trampa saltándote capítulos, ¿o sí?) dijo que uno sabe quién es lector porque al entrar a una casa inmediatamente ve los libros. Y es cierto. Los lectores solemos ser incluso involuntariamente groseros al respecto. Para tomar agua, ir al baño o saber la clave del wifi, pedimos permiso. Para ver los libros nos saltamos todas las normas de cortesía. Y esto tiene una razón de peso: como perros en el primer olfateo, leemos los títulos y autores en los lomos de los libros para conocer a las personas.

La biblioteca de Kristin es pequeña, pero es evidente que hay cariño en ella. Los estantes (como gran parte de la casa) fueron hechos por David, esposo de Kristin, y los libros están relativamente ordenados por autores y temas, pero con suficientes volúmenes fuera de lugar para saber que es una biblioteca amada, que se visita, y no un adorno (desconfía, lector, de quien tiene una biblioteca impoluta y organizadísima, pues o es un psicópata o no lee).

Al centro de la sala hay una antigua estufa de pesado hierro negro que ha sido adaptada como chimenea. Las paredes están pintadas de un color morado profundo y vivo. En la pared hay una alfombra siria (Es triste pensarlo ahora, me dijo Kristin al contarme de dónde vino esa alfombra). Hay adornos de todos lados, desde México hasta Irán (Debemos ser la única gente en Kansas con algo de Irán, comentó Kristin). Sobre la mesa del comedor dos jarrones con flores. Una salita contigua donde hay un piano de pared, partituras e instrumentos de viento.

El fantástico cuartito que me sirvió de guarida

El diminuto cuarto donde dormí estaba repleto de libros. Al lado de la cama estaba un librero en donde distinguí varios libros en español, entre ellos dos antologías donde se han publicado mis microcuentos. No me sentí en casa. Me sentí mejor.

Retrato de familia

La familia de Kristin es, hay que decirlo, estrafalaria, pero ¿acaso no todos aquellos que admiramos lo son? A los hijos de Kristin les hicieron una entrevista para la revista de la escuela en la que les preguntaban cómo había sido crecer en una casa sin televisión. Supongo que no ha sido tan malo pues ambos, Cedar y Luke, saben de plantas y de animales, dibujan y pintan (Cedar tiene incluso un cómic publicado), tocan instrumentos de viento (Cedar el trombón y Luke el fagot) y juegan en el equipo de fútbol americano de su escuela. En mi segundo día ahí, mientras desayunaba, Kristin me dijo que la mesa en la que estaba comiendo la había hecho Luke para un proyecto escolar. Luke tiene catorce años y no estoy hablando de una mesa chueca o fea que la madre utiliza por una mezcla de amor y lástima, tampoco de una tabla con patas tembeleques, ni de esas mesas hípsters hechas con tarimas viejas de conglomerado que se venden a 10 mil pesos en La Roma. Estoy hablando de una mesa fuerte y con adornos tallados. David, el esposo de Kristin, por su parte, es un científico agrónomo que trabaja en la posibilidad de generar cultivos perennes para consumo humano que puedan salvar a la tierra de la erosión causada por los cultivos anuales, y quien también toca el piano y el trombón, cocina estupendamente y en su tiempo libre hace libreros y otros arreglos domésticos. De Kristin ya he hablado, pero ¿mencioné que en sus años de universidad fue la segunda corredora de largas distancias más rápida del estado de Kansas? Y no terminamos aquí. Rolf, (el hermano de Kristin, lector. ¡Por Dios! Debes ser más atento) es un exitoso autor de libros de viajes con varios títulos publicados, quien el año pasado vivió en Namibia y Sudáfrica, y quien tiene trofeos por su desempeño en el equipo de soccer de su antigua escuela.

Yo sé cocinar huevos revueltos y sincronizadas. Mi proyecto escolar más arriesgado fue una lámpara que el día de la muestra no prendió. Mis habilidades de supervivencia, y dejemos de supervivencia, de vivencia cotidiana, son nulas, a tal grado que uno de mis mejores amigos me dijo un día, afligido, pero seriamente, que no podía incluirme en su equipo para enfrentar un posible apocalipsis zombi, y encima fui un deportista tan malo que, en primero de primaria, el entrenador de mi equipo de fútbol no me metía a los juegos. El entrenador era mi papá.

Pero había un miembro de la familia que me haría recobrar mi autoestima y aceptarme con todos mis defectos.

Cuando Jorge conoció a Jorge

La tarde que fuimos a Coronado Heights, los padres de Kristin vinieron a reunirse con nosotros para la carne asada. Alice, la madre de Kristin, es una mujer pequeña y delgada, de cabello blanco y mirada dulce. Su padre es un hombre alto y también delgado. Con el rostro levemente inexpresivo, pero, de alguna forma, cálido. Kristin me presentó. Su padre, al escuchar que mi nombre era Jorge y revelar que el suyo era George, encontró un punto en común que fundó una rápida amistad. Aquí se sientan los Horhes (me dijo con esa “j” tan suave, casi suspirada que les sale a los angloparlantes). Me senté junto a él y me contó que ahora estaba retirado, pero había sido maestro. Le dije que yo era maestro también. Esta segunda coincidencia, a sus ojos, fue casi como un llamado del destino. Los Jorges nos teníamos que conocer. A partir de aquí hablamos de la experiencia de enseñar. Él fue maestro durante cuarenta y ocho años, la mayor parte de los cuales los pasó en escuelas de zonas marginadas donde problemas de drogadicción, violencia y pobreza eran comunes. Yo llevo dos años dando clases en el Tecnológico de Monterrey, donde una alumna me pidió permiso para salir de clase porque tenía cita con la mejor diseñadora de modas de la ciudad para que le hiciera su vestido de graduación. Y sin embargo, George me trató como su colega y me aseguró que yo era un gran maestro.

A la hora de comer, George decidió impresionarme con su español: Una cerveza, por favor. (Kristin ya me había advertido antes que éstas eran las únicas palabras que su papá sabía en español).

Al despedirnos esa noche, Alice me dijo cuando le extendí la mano: Oh, los americanos también damos abrazos. George y Rolf, en cambio, me dieron la mano y Rolf explicó en broma: Los hombres habitantes de Kansas, luteranos, germánicos no podemos dar abrazos. Un apretón de manos está bien.

Cuando Jorge le reveló a Jorge una verdad profunda de su ser y condición

La tarde del lunes, mi último día en Kansas, pasamos por la casa de los padres de Kristin. Una casa muy grande con un terreno inmenso. Kristin debía imprimir algo y en su casa no hay impresora. Mientras ella se encargaba de eso, Alice y George me invitaron a sentarme en su sala. Platicábamos un poco, de todo y de nada, cuando entró Rolf. Nos saludó y me preguntó a mí si sabíamos qué haríamos más tarde. Yo tartamudeé y finalmente dije que no sabía, que yo sólo seguía a Kristin. Y entonces George, de manera pausada y tranquila, sentenció: Sí, así somos los Jorges. Nunca sabemos qué está pasando.

La frase me dio mucha risa en su momento y se me quedó grabada. Ha seguido resonando en mi cabeza desde ese día. Tanto que, si me hiciera un tatuaje, probablemente sería eso. Si escribiera mis memorias, ése sería el título. Con los días me he dado cuenta de cuánta verdad hay en la afirmación, por lo menos para este Jorge que te escribe ahora, lector.

Así que ahora y antes de que continuemos con nuestro viaje, te pregunto, ¿estás dispuesto, querido lector, a tener como guía a un Jorge que nunca sabe qué está pasando?

Si la respuesta es sí… Sigamos.

Postal de Kansas: En donde se narran los descubrimientos de nuestro héroe en las grandes llanuras

El día en que conocí a Kristin, ella estaba con otra estadounidense y en algún momento se pusieron a hablar de sus estados natales. La mujer (cuyo nombre he olvidado) habló del suyo (que también he olvidado) en términos muy elogiosos, mientras que Kristin se demoró describiendo Kansas, aclarando primero que la belleza de Kansas es sutil y debe buscarse; habló de cómo el sol incendiaba el trigo por las tardes, de cómo el viento soplaba sobre las altas pasturas, de cómo el cielo se extendía infinitamente en un espacio sin montañas que lo detuvieran. La otra mujer se rio y sentenció en tono levemente burlón: Spoken like a true Kansian. Entendí el chiste y Kristin se rio también. Y es que, en verdad, en un país que tiene bosques de secuoyas, cañones, ciudades dignas de leyendas ¿quién habla de la belleza de Kansas?

Toto, I think we are in Kansas now

Quizás la única razón por la que Kansas aparece en el mapa del pensamiento colectivo, es por El Mago de Oz. De hecho, cuando conocí a Rolf, el hermano de Kristin, me dijo: Seguro ya escuchaste un chiste del Mago de Oz, ¿no? Y lo más curioso es que, incluso en esa historia, Kansas no es el lugar de la magia, sino justamente el sitio común que sirve como contrapunto para la tierra fantástica a la que Dorothy, la niña de cabello y zapatos rojos, es arrastrada por un tornado.

Llegué al aeropuerto de Kansas City alrededor de las dos de la tarde. El aeropuerto fue lo primero que me sorprendió, pues es similar a la central camionera de León tanto en forma como en tamaño. Lo siguiente fue averiguar que Kansas City está (en su mayor parte) en el estado de Missouri y no el de Kansas, lo cual me pareció de un absurdo tremendo (quizás soy muy ignorante y debía saberlo, pero aun sabiéndolo deberíamos detenernos y cuestionarlo, es absurdo ¿no? es como si Guanajuato estuviera en Querétaro… En fin). Después de unos minutos ahí, a la distancia pude ver la inmensa cabellera pelirroja mejor conocida como Kristin, nos saludamos con un abrazo y emprendimos el viaje a su casa, a más de tres horas de distancia.

Nos detuvimos en un pueblo llamado Lawrence que parecía un set de filmación. Nos bajamos del auto y mientras caminábamos por las pulcrísimas aceras, de las pulcrísimas calles, donde pulcrísimos edificios de dos pisos se disponían en hilera con sus pulcrísimas fachadas aparentemente recién pintadas, le dije a Kristin que aquello no era real. ¿Dónde está la basura? ¿Dónde las manchitas en la banqueta, los chicles pisoteados, los papelitos, los charquitos de anticongelante o aceite, los baches, los topes asesinos? Le comenté que era idéntico a los pueblos en los que transcurrían las películas de Hallmark Channel (¿Alguna vez vieron esas películas? Terriblemente sosas, sumamente predecibles, pésimamente actuadas: siempre en pueblitos perfectos). Kristin me dijo que de hecho las oficinas centrales de Hallmark están en Lawrence.

Comimos una deliciosa hamburguesa y tomamos una deliciosa cerveza local y después Kristin me mostró Kansas University, la universidad donde hizo su doctorado. La universidad es inmensa y, sorprendentemente, no tiene muros que la separen de la ciudad y que eviten que los iletrados externos profanen el templo del saber (algo que aquí en México, con ciertas excepciones, sí solemos tener porque no vaya a ser que la gentuza pise el sacrosanto césped de nuestras universidades). KU tiene un enorme museo con una suntuosa arquitectura neoclásica (¿Qué tienen los gringos con lo neoclásico?), dos bibliotecas, un estadio y áreas verdes que se extienden en todas direcciones con altísimos árboles y cientos de ardillas que corren desordenadas, recolectando nueces, ajenas a los buenos modales que exige el espacio educativo que habitan.

Volvimos al auto ensopados en sudor, pues estábamos a más de 40 grados y con una humedad tal que casi podíamos nadar en el aire. Salimos del estacionamiento sin pagar porque no había nadie y yo pensé “Jesucristo redentor, una hora con un mexicano y Kristin ya actúa como chilanga”.

Las grandes llanuras

Es interesante cómo los ojos se acostumbran a las cosas. Los que vivimos en la ciudad tenemos la mirada tan hecha a la medida de la urbanización que, para nosotros, cualquier cosa que sea mayor a un par de ficus recortados en forma de honguito, ya es un área silvestre. Durante más de dos horas surcamos un espacio inmenso, sin interrupciones, donde la autopista era la única cicatriz de asfalto en una inmensidad de pastos y trigo.

Existe el rumor de que los esquimales tienen más de cuarenta nombres para la nieve. Es sólo un mito, pero sirve para ilustrar las variaciones de color y textura de la nieve que sólo pueden distinguir aquellos que habitan una región de blancos perpetuos. Los habitantes de Kansas bien podrían tener más de cuarenta nombres para la hierba y la pastura. Atravesando Flint Hills, Kristin me advirtió que estábamos entrando a la zona de vistas más emocionantes. Lo que había era, justamente, un océano de verde que se extendía hasta el horizonte y que, como el océano, tenía su propia marea: leves olas de pasto arañadas por el viento. Comencé a comprender: la belleza sutil. Es fácil admirar una secuoya, es fácil asombrarse con el abismo de un cañón o con la altura de un rascacielos. El pasto, sin embargo, es ordinario. Ah, pero en Kansas el pasto es el pelaje fresco de la tierra, y, si se le mira bien, es otro nombre de la maravilla.

Coronado Heights: O el infortunio de un conquistador

Me perdonarás que me adelante un poco, querido lector, pero lo hago con legítimos propósitos retóricos. En mi segundo día en Kansas, cerca del ocaso, fui con la familia de Kristin a una colina llamada Coronado Heights (Kansas es tan plano, que un montecito que apenas sobresale en el horizonte lleva la palabra “Alturas” como medalla en el nombre). El “Coronado” le viene del apellido de un conquistador español que viajó al territorio de Kansas, se dice que en busca de oro y al no hallarlo, se fue. No obstante, su breve paso por la zona le valió un reconocimiento del condado, pues mandaron construir una especie de fuerte en la cima del cerro (bastante gracioso, la verdad, un triunfo de la voluntad sobre la estética y el sentido histórico). Alrededor del fuerte, familias y amigos se reúnen a comer carne asada y ver la puesta del sol.

Kristin y yo subimos al fuerte justo cuando el sol se estaba ocultando. Y desde la azotea de aquel castillito “español” pude ver el mundo. En todas direcciones no había más que una planicie tan grande que juraría haber sentido la curvatura del planeta, y, hasta donde alcanzaba la vista, campos de trigo, justo en la temporada de cosecha, dorado, cobrizo y rojo. Y pensé, qué torpe o que desafortunado el tal Coronado, que llegó y se fue y no supo ver que estaba rodeado de oro.

Ya sé que la foto está chueca. Perdón. No me mires así.

Sobre la belleza, la felicidad y otras cosas que es mejor dejar tranquilas

Después de las horas de camino, llegamos al fin a nuestro destino. En medio de Estados Unidos, en medio de Kansas, en medio de la nada, está la casa de Kristin. En un terreno grande y, para variar, verde. Entramos, saludé a la familia y en cuanto me acomodé salimos a cenar a la terraza. El sol se había ido y el calor había cedido un poco, pero quedaba algo de luz que se fue lentamente.

Tomé una cerveza fría y comí. La noche llegó finalmente. Un par de días antes de comenzar el viaje, Kristin me había avisado que sus amigos ya habían llegado para recibirme. Se refería a los grillos, los sapos y las luciérnagas. Y sí, pronto, como salidos de un letargo en una dimensión oculta debajo de la casa, empezaron a saltar sapitos cerca de nosotros. En el fondo se escuchaban los grillos, como un mullido cojín de sonido entre la hierba. Y finalmente, cuando llegó la noche, las luciérnagas. “Moscas de fuego”, les llaman en inglés. Un nombre fantástico digno de ellas. En la noche, el pasto se ve azul, y sobre él, comenzaron a encenderse efímeros foquitos naranjas. Pensé de nuevo en la belleza, palabra tan amplia y tan esquiva. ¿Qué es belleza? Esa noche, y los días siguientes, fue claro: el sol que incendia el trigo por las tardes, el viento que sopla sobre las altas pasturas, el cielo que se extiende infinitamente en un espacio sin montañas que lo detengan y también la noche con sus sapitos, sus grillos y sus luciérnagas.

Esa noche fui feliz. Y aquí sería el momento apropiado para terminar con una reflexión profunda. Pero la felicidad no es eso. Así que, discúlpame, querido lector, si prefiero sentarme de cara a la noche y recordar esa felicidad y acompáñame.

Escenas en aeropuertos.Donde se cuentan los incidentes varios que nuestro héroe enfrentó en su trayectoria aérea

En el último año he estado en más aeropuertos que en los 23 años de mi vida anteriores, sumados y multiplicados por tres. En el lapso de once días, entre el 17 y el 28 de junio, estuve en el aeropuerto de Ciudad de México (2 veces), en el de Houston, en el de Kansas City (2 veces), en el de Detroit y en el La Guardia y el JFK de Nueva York.

En el cine, éstos suelen ser fragmentos que se obvian. A nadie le importa el vuelo y menos el aeropuerto, pero a mí siempre me han parecido espacios fascinantes. Son una sobrecarga sensorial: se escuchan cientos de voces sobrepuestas, cachitos de conversaciones y retazos de anécdotas, chismes, alegrías y desgracias personales que nos llegan de rebote para abandonarnos sin principio ni final. Se ven multitudes de rostros de todos los colores y fruncidos en todo el espectro posible de expresiones. Se escuchan rueditas de maletas, llamadas por los altavoces. Se ve el paso tan rápido de la gente que casi parecen borronearse, como aquel perrito futurista de Giacomo Balla. Uno es asaltado por el brillo de las pantallas, los anuncios de restaurantes, las luces… Y por debajo de todo, se siente palpitar el estrés colectivo, como una enorme bestia rumiante compuesta de miles de personitas tratando de alcanzar el vuelo, pagar documentación de maletas imprevistas, llenar formatitos, etc. Los aeropuertos son como laboratorios donde los dioses miran entretenidos a la gente volverse loca, y me encantan.

Escena 1: Sobre el incidente menor relacionado con Interjet y provocado por la indomable estupidez de nuestro héroe

Llegué al aeropuerto de la Ciudad de México alrededor de las 5:20 y mi avión salía a las 7. En mi mochila traía, muy a la mano, un fólder con mis reservas de vuelo impresas. Consulté rápidamente y vi al tope de la primera hoja en mi fólder: “Interjet”. Fui a formarme y había una fila nivel Feria de León en domingo. Duré más de cuarenta minutos en esa fila. Desde mucho antes de llegar al mostrador, yo ya tenía preparado mi formato de visita a Estados Unidos y miraba con superioridad y desdén a los que apenas lo estaban llenando desesperados enfrente de mí, recargados hasta en las espaldas de sus hijos. Cuando ya faltaba uno para mi turno, saqué mi reservación del vuelo y la repasé: Interjet, sí. Vuelo: Nueva York JFK – CDMX, Aeropuerto Benito Juárez. Estaba en la fila equivocada, pasadas las 6 de la mañana, a escasos cuarenta minutos de comenzar a abordar. Busqué entre mis reservaciones, el vuelo que me tocaba era de United Airlines. Creí que no alcanzaría a abordar y que consecuentemente perdería la amistad de Kristin, el respeto de amigos y familiares y hasta el amor propio, y acabaría viviendo, como el vagabundo de Amores perros, en la calle, con una jauría, determinado a vivir en el anonimato después de semejante error tan idiota.

Afortunadamente United Airlines estaba en la sección siguiente y no había absolutamente nadie en la fila. Llegué a tiempo. Abordé. La historia continuó.

Escenas 2, 3 y 4: Donde se trata la naturaleza amenazante del chilorio

Supongo que la mayoría de nosotros conocemos el chilorio, ese delicatesen norteño, harto grasoso. Antes de cerrar mis maletas, mi madre, como buena madre mexicana, decidió que sería una gran idea enviarle chilorio a Mariana, una amiga de toda la vida de la familia que me hospedaría en Brooklyn. Pensé que era una gran idea. Me equivoqué.

Quien me conoce sabe que soy extraordinariamente nervioso y que tengo una imaginación prodigiosa para los peores escenarios. Así que yo estaba preocupado porque me detuvieran en la aduana, que pensaran que mi visa era falsa, que alguien pusiera droga en mi maleta sin que yo lo viera y pasara 15 años en una cárcel gringa, que creyeran que estaba ocultando bolsas de cocaína en mis cavidades corporales y me hicieran un chequeo que violentara mi honor… Nunca imaginé que las únicas demoras que tendría provendrían de dos paquetes de Chilorio Chata, el original, con el sabor de mamá…

Al pasar por seguridad en el aeropuerto de México, detuvieron mi maleta. Los oficiales encargados de la revisión intercambiaron miradas en código. Me pidieron que abriera mi maleta. Pensé: “ya valió, alguien me metió droga entre mi ropa cuando fui al baño”. La mujer frente a mí se pegó el radio sujetado en su chaleco a la boca, como hacen en los programas policiacos, y dijo: (Los nombres en estas dramatizaciones han sido alterados porque no me acuerdo de ellos) Chuy, tengo aquí dos paquetes de carne de puerco, tienen como salsa. ¿Podrías venir a checar si sí pasan? Péreme, eh, joven. Na’más checamos rápido. Yo estaba pensando en mi coartada: “Yo no sé nada de ese chilorio, su señoría, tírelo si quiere, tírelo, pero déjeme ir”. El tal Chuy llegó con rostro pétreo y, sin saludar ni mirar a nadie, hizo su trabajo: tomó los dos paquetes, los escaneó con los ojos, los pesó en las balanzas de su manos, los olfateó y sentenció: Híjole, no sé. Ps’ yo creo que sí pasan. ‘Tan cerrados. Y así me permitieron guardarlos de nuevo y subir al avión… pero la saga del chilorio no acabaría ahí.

Al llegar a Houston, en la fila para pasar por aduana, yo estaba tratando de imaginar las preguntas que me harían: “¿Quieres robarnos nuestro trabajo?” “¿Eres un bad hombre?” Pero al llegar, el oficial que me atendió era latino y me habló en español. Revisó mi pasaporte, no me preguntó nada y justo cuando estaba por dejarme ir, vio mi formato de entrada a EU y vio que había declarado traer carne. Me pidió que le mostrara la carne (sin albur) y saqué los paquetes de chilorio. Los miró extrañado. ¿Qué es eso? ¿Chorizo? Yo empecé a sudar como si me hubiera preguntado “¿Es nitroglicerina?”. Pues se parece al chorizo, pero no. Es carne de puerco con una salsa, no sé qué tenga (yo estaba tratando de descifrar la receta del chilorio como si eso fuese a ayudarme). Espera allá. En un momento vendrá alguien por ti. “Ya valió”, pensé. “Van a revisar mis cavidades”.

Me paré en medio de un pasillo y miraba estirando la cabeza al oficial, hasta que se hartó y me dijo: Sí, ahí estás bien. Ahorita vienen. Finalmente, una agente (¿se les dice agente?) vino y me llevó a una habitación enorme, casi vacía, donde sólo había dos oficiales y una anciana china en silla de ruedas con una enorme caja. El primer oficial se acercó a mí y tomó los paquetes de chilorio. Los miró detenidamente, como si quisiera adivinar su composición química. ¿Es chorizo? Preguntó también. Explico de nuevo. Joe, mira esto. ¿Sabes qué es? ¿Crees que pueda pasar? A estas alturas yo sólo quería tirar el chilorio y vivir en paz. Afortunadamente, el caso de la anciana china parecía más urgente. El oficial Joe estaba tratando de preguntarle algo en chino y lo repetía una y otra vez, y la anciana reía y me volteaba a ver, evidentemente diciendo: “No sé qué carajos cree que está hablando este wey, pero no es chino”. Y su enorme caja misteriosa sumada a la imposibilidad de comunicarse eran más peligrosos que mis paquetes de chilorio. Pasé de nuevo, pero una vez más sabía que el chilorio no dejaría de causar problemas.

El siguiente vuelo fue tres días después, de Kansas City a Detroit. Kristin y yo estábamos pasando por seguridad y le advertí: Me van a detener. ¿Por qué?, preguntó ella. Chilorio, respondí como quien dice: “Trinitrotolueno”. En efecto, sonó una alarmita y sacaron mi maleta. Me pidieron abrirla y sacaron el chilorio. ¿Qué es esto?, preguntó el oficial. Chorizo, respondí. Otro oficial se puso guantes y agarró unos papelitos que pasó por encima de los paquetes de chilorio una y otra vez, luego depositó esos papelitos en un artilugio tecnológico que supongo que le indicaba si “chilorio” no era español para “ántrax”, o “uranio activo”, o “arma de destrucción masiva”. Nos dejaron pasar y, afortunadamente, el chilorio al fin dejó de causar problemas.

Nota: Quiero aclarar que, a pesar de que toda la odisea del chilorio es cierta, todo mundo, y quiero decir todo mundo, no sólo en los aeropuertos, fue muy amable conmigo. También comento que pensé que no volvería a comer chilorio en mucho tiempo. Adivinen qué comí el primer día en México de nuevo. Hay que decir, por último, que, para un país donde triunfa un lugar como Taco Bell, que vende Doritos Tacos Locos y Quesarito, el chilorio les asusta demasiado.

Intermedio con papas fritas

Sé que esto se está haciendo largo, como los vuelos. Así que te cuento, querido lector, que al llegar a Houston y, como cuando a Roma fueres, haz lo que vieres, lo primero que hice fue comprarme una hamburguesa y una malteada de vainilla. Estaban buenísimas. Descansemos, pues, porque nos queda una última parada.

Escena final: Donde se cuenta otro incidente con Interjet, éste relacionado con la infinita ineptitud de ellos y no la de nuestro héroe

Tomé un camión desde el centro de Manhattan al aeropuerto JFK. Llegué a las 14:40 y mi avión salía 16:40. Era la terminal 1 y el camión seguiría a todas las terminales. Revisé mi reservación y no decía la terminal. Le pregunté al chófer, quien me dijo: Interjet here. Entré al aeropuerto y comencé a buscar Interjet. No lo encontré. Le pregunté a una trabajadora del aeropuerto y me dijo que Interjet no estaba ahí y no sabía dónde estaba. Me pude conectar al wifi del aeropuerto y me llegó un recordatorio de mi vuelo donde sí venía la terminal: era la 7. Le pregunté a otro trabajador y me dijo que tenía que tomar el tren aéreo. Fue rápido, pero ya eran pasadas las 3.

Llegué a Interjet y me relajé al ver que la fila era minúscula. Había un grupo como de cinco judíos ortodoxos jóvenes guiados por una mujer. El resto éramos paisas regresando a México o yendo a visitar a la familia, pero no seríamos más de 12 personas. Llegué pronto al mostrador y, al pesar mis maletas, me dijeron que debía documentar una (todo por esa maldita costumbre de comprar montones de libros). Para eso tenía que pasar a pagar a la fila de al lado. En esa fila había sólo tres personas delante de mí. Había cuatro personas atendiendo en el mostrador. A un lado estaba Polish Airlines, que cuando llegué tenía al menos 50 personas en fila. Todas, absolutamente todas se fueron antes de que yo llegara al mostrador. Interjet estaba haciendo gala del máximo nivel de ineptitud que he visto en mi vida. Dos computadoras, cuatro empleadas, una hora para atender a un pequeño puñado de personas. Los mexicanos en la fila, acostumbrados a que todo salga mal, estábamos relativamente tranquilos; los estadounidenses, y espérense, los judíos ortodoxos, estaban a punto de sufrir un aneurisma. Caminaban en círculos, orbitando a la mujer que los guiaba, evidentemente perdidos: ortodoxos que de pronto se enfrentaban al indomable caos mexicano.

Llegó la hora programada para abordar y tuvieron que pasarnos. Corrimos a la fila para seguridad que era nivel concierto de los Tigres del Norte. No llegaríamos. Pero entonces una empleada de Interjet vino corriendo y nos pasó al frente. En este punto el chilorio ya había sido entregado, así que no hubo demoras. La empleada nos dio instrucciones precisas para llegar a la sala de abordar y casi casi termina diciendo: “Que Dios los acompañe”. Llegamos y el vuelo estaba retrasado.

En la fila me había hecho amigo de una pareja (nada como los problemas compartidos para hacer nacer una amistad). Arturo, un mexicano viviendo en NY desde hacía años, y su novia Holly, de Texas. Iban a México para que Holly conociera a la familia de Arturo. La madre de Arturo, “Ana la Mexicana” (así se presentó), ya estaba esperando en el bar. Llevaba 10 minutos ahí y ya era amiga del bartender (y en el avión se hizo amiga de al menos 10 pasajeros y de las azafatas). Nos tomamos unas cervezas mientras esperábamos. Me contaron que pasarían una semana en México, irían también a Teotihuacan y estaban interesados en escuchar mis recomendaciones. Incluso me preguntaron si estaría en la Ciudad de México para vernos. Al final, Arturo invitó mi cerveza sin que yo me diera cuenta.

Al llegar a México, no sé por qué, el avión se detuvo durante una hora sin acercarse al edificio para que bajáramos. Sin explicaciones de por medio, de pronto llegaron dos camioncitos que nos llevaron a la terminal. Le conté a Kristin estos incidentes y me dijo que, al comprar el boleto, le pareció tan barato que dudó que fuera una aerolínea de verdad, y que por lo que le contaba, parecía que era en parte cierto, no era una aerolínea seria. Me preguntó si mi maleta había llegado bien, porque no le sorprendería que no. Respondí que sí, y le dije que, como muchos servicios mexicanos sospechosamente baratos, muchas cosas salieron mal, pero acertaron en justo lo necesario para que funcionara.

Siempre he querido escribir una historia construida sólo con los pedacitos de conversación que vuelan como aves alborotadas en los aeropuertos, las estaciones de tren, de autobuses: los espacios de tránsito. Pegar un collage que tenga sentido. No he sabido hacerlo aún. Por ahora sólo puedo dejarles ésta, mi historia, una de tantas en los aeropuertos.

El origen de un viaje: Armando el rompecabezas

El jueves a las seis de la mañana volví a casa de un viaje por Estados Unidos. Conocí el centro de Kansas, la ciudad de Detroit y tuve un breve vistazo (de consecuencias eternas) de la ciudad de Nueva York. Un viaje que, hace dos meses, yo no esperaba. Un viaje ecléctico también, en el que pasé en pocos días del trigo dorado y rojizo de las llanuras, a las casas y fábricas derruidas de una urbe que enfrenta una crisis postindustrial, y a la geometría desbordada, mítica e inasible de la ciudad por antonomasia.

Habrá que contextualizar, pero será difícil. El primer gran reto en toda historia es saber por dónde empezar. Intentemos un rompecabezas. Las piezas más importantes son: U2. El Libro Salvaje. Los idiomas español e inglés. Una profesora de literatura. Conferencias. La ciudad de San Miguel de Allende. Armemos:

El primer disco propio que tuve fue All that you can’t leave behind de U2. Me lo regaló mi papá una navidad. Escuché ese disco hasta el cansancio y, junto con una antología de The Beatles, se convirtió en el mejor método de aprendizaje de inglés que he tenido en mi vida. Una canción del álbum que no fue lanzada como single, pero que era de mis preferidas, era New York. Luego escuché el resto de su discografía y The Joshua Tree se convirtió en mi biblia musical. Curiosamente se necesitaron cuatro tipos de Dublín para que me interesara por Estados Unidos. Hablaban de un Estados Unidos mítico, romantizado y sin embargo también duro, problemático, trágico en su belleza. Hasta la fecha sigue siendo mi grupo favorito.

El Libro Salvaje es una novela para jóvenes de Juan Villoro, en donde los libros tienen vida propia, se mueven, se esconden, se aparecen y eligen a sus lectores. Entre los millares de libros hay uno particularmente elusivo, uno que nunca ha sido leído. Los personajes lo buscan, sin sospechar que es él quien debe elegir buscarlos.

Comencé a leer a Juan Villoro porque iba a ir a una conferencia suya en San Miguel de Allende. Era la segunda vez que asistía a las conferencias para escritores de San Miguel de Allende (conferencias extrañas organizadas por y para gringos, que no por eso dejan de ser muy interesantes). No había leído ni siquiera la columna de Villoro, así que días antes de ir a San Miguel, compré La casa pierde (libro de cuentos) y Arrecife (novela). Devoré La casa pierde en un par de días y Arrecife lo leí en un solo día, sentado en un parque en San Miguel. Llegué a la conferencia sintiéndome un fanático certificado de Juan Villoro, salí de ella sintiéndome un groupie. A partir de ese día leí casi todo lo que ha publicado, pero curiosamente uno de los últimos libros suyos que leí fue El Libro Salvaje.

La primera vez que asistí a esas conferencias en San Miguel de Allende fue en 2012. Entonces estaba obsesionado con la idea reiterada en la obra de Julio Cortázar de estar abierto al azar, a la porosidad de la realidad por donde se filtraba lo fantástico. De manera que caminaba por la ciudad dejándome llevar por símbolos, señas, curiosidades. También iba entablando conversaciones con quien fuera y donde fuera. Así fue que, esperando en fila para entrar a una de las conferencias magistrales, de pronto escuché que alguien me hablaba. Era una mujer muy blanca y de cabello muy largo y rojo. Me preguntó cuáles eran mis novelas latinoamericanas preferidas y comenzó a anotar lo que le decía. La pregunta me emocionó y terminamos platicando por horas. En los tres días que estuve en San Miguel, pasé mucho tiempo con ella. Ella no sabía español y tampoco le apetecía estar rodeada permanentemente de ese pseudoméxico en inglés que los organizadores de la conferencia habían confeccionado para los visitantes. En algún momento se lamentó de no haber aprendido nunca español. Le dije que eso era absurdo. Siempre se puede aprender un idioma. Su nombre es Kristin Van Tassel. Me dijo que era profesora de literatura en una pequeña universidad al centro de Kansas.

La amistad perduró. Una amistad muy desbalanceada, donde la generosidad de ella ha sido como el sol y la mía como un grano de arena. Ella comenzó a estudiar español. Después de recibir como 20 libros de su parte, decidí que debía ser recíproco. Quería regalarle una novela, algo simple pero también retador para que practicara su español. Así, una navidad, si mal no recuerdo, El Libro Salvaje la encontró en su puerta.

Más o menos a estas alturas del año pasado, Kristin me dijo que creía encontrar una posibilidad para que yo tradujera El Libro Salvaje al inglés. Una asociación llamada ASLE, dedicada a encontrar ligas entre la literatura y los estudios ambientales estaba dando una beca sustanciosa para la traducción de obras con temas ambientales de otros idiomas al inglés. Sinceramente no entendía qué diablos tenía que ver El Libro Salvaje con el medio ambiente, pero me emocionaba poder traducirlo. Lo primero que necesitaba era la aprobación de Villoro. Le escribí y me contestó muy amable, diciendo que la novela ya estaba siendo traducida. Pero Kristin no se desanimó. Pensó que entonces ella podría escribir una ponencia sobre el libro y enviarla como propuesta para participar en las conferencias bianuales de ASLE y me necesitaba a mí para traducir partes del libro. La idea fue aceptada para presentarse en un panel. Kristin me puso como coautor a pesar de que mi labor fue mínima y no merecía ese lugar.

De pronto estaba invitado a ir a Detroit, pero había un pequeño problema: no tenía visa. Con el flamante nuevo presidente de Estados Unidos, creí que no sería posible obtenerla. Fui a México sin muchas esperanzas y, asustado por los rumores, me puse a borrar todos los memes socialistas y anti-Trump de mi celular, sólo para averiguar que tenía que entrar sin celular a la entrevista (perdí memes valiosísimos que no he vuelto a encontrar). Estaba armado con cincuenta mil papeles que probaban que no me quería quedar a trabajar en Estados Unidos, que soy un ciudadano honesto y trabajador, que soy hijo de Dios, que rescato perritos y que amo a mi santa tierra. Sólo me pidieron mi pasaporte y me aceptaron. Al salir le avisé a Kristin y me dijo que, no me había querido hacer la oferta antes, pero que ahora que tenía visa, quería preguntarme si me gustaría conocer su casa en Gypsum, Kansas antes de ir a Detroit, y si luego me gustaría ir un par de días a Nueva York, a donde ella iría con su hermano. No hace falta aclarar cuál fue mi respuesta.

El viaje duró once días. Tres en Kansas. Cinco en Detroit. Tres en Nueva York.

Contar historias es, precisamente, como armar un rompecabezas. A veces el escritor mismo no sabe cuál es la imagen que le espera al terminar. Descubro, recién ahora, que ésta es una historia de regalos.

En uno de los paneles, profesores e investigadores experimentados hablaron junto con sus “protegidos” de lo que significa ser un mentor. Uno de los jóvenes habló de su mentora como una dadora de obsequios. Diciendo que cada vez que hablaba con ella sentía que había recibido algo, algo que no era parte de una transacción, sino un regalo genuino, desinteresado Mi papá me regaló mi primer disco de U2. Yo le regalé a Kristin El libro salvaje. Ella me regaló la posibilidad de este viaje.

La razón por la que Kristin iría a Nueva York y por ende la razón por la que yo podría ir a Nueva York, era un concierto al que iría con su hermano. El concierto de su banda favorita, una banda que ella había conocido porque su hermano le había regalado un casete en 1987, un casete de un álbum que se haría legendario y que este 2017 tiene su 30 aniversario: The Joshua Tree, de U2.

Ir y volver. ¿Cuál es cuál?

En diciembre de este año viajé a Estocolmo para pasar un mes con mi novia, F, quien en ese momento estaba estudiando un semestre de intercambio allá. Al regresar me propuse escribir las memorias del viaje, pero ¿por dónde empezar? Hay un problema narrativo capital cuando se trata de viajes: uno sabe de antemano que el final será decepcionante. No sé sortear esta dificultad, así que narraré juntos el inicio y el final y dejaré todo lo que hay en medio, la materia del sueño, para futuras entradas.

Ir

Como todo millenial-viajero que se respete, yo quería ser como esos jóvenes de mirada cándida en los carteles de Mundo Joven y para ello necesitaba una mochila de alpinismo (las de mochilero, pues). Busqué en nuestros templos del Shopping locales: Altacia y Plaza Mayor. No encontré nada o lo que encontré era carísimo. Busqué en Amazon y también era carísimo (cuando te percatas de que todo te parece caro, empiezas a pensar que más bien tú eres pobre). Finalmente mi primo, D, ávido escalador y amante de la naturaleza, me contó que un amigo suyo fabricaba mochilas que se ajustaban a mis necesidades, pero sobre todo, a mi reducido bolsillo.

Como D vive en México, tuve que empacar en una maleta vieja que consideré desechable para el trayecto León-CDMX. Llegué temprano a casa de mis tíos y, mientras esperaba que D despertara (tiene fama de dormir como un oso agripado), vi sobre la mesa de la cocina una especie de costal verde militar con dos asas pegadas. Rogué dentro mío que eso no fuera mi mochila, pero sabía que lo era. Cuando D despertó confirmó mi temor. Algo positivo era que podría haber viajado con toda mi ropa, mi cama e incluso algunos miembros de mi familia en esa mochila: era enorme y al no tener cuerpo (cuando digo costal lo digo en serio) era plegable también, así que era práctica. D quiso mostrarme que la mochila tenía además una especie de arnés para ajustarse a la cintura… el arnés no cerró debido a mi voluminosa barriga, minando no sólo mi esperanza de viajar cómodamente, sino mi ya de por sí precaria autoestima.

Del aeropuerto de México no hay mucho que contar. Mi vuelo salía hasta las 11 de la noche y estaba algo aburrido. Comí unas gorditas en el área de comida rápida (¿por qué las garnachas sólo saben bien en la calle?), vi 25 veces el mismo comercial de Cisco en una pantalla frente a mí y por último entré a una galería de fotos de la Ciudad de México del tiempo en que los capitalinos aún tenían el buen gusto de no abreviar su nombre son siglas pretenciosas y hipsters. Y por último, subí al avión.

Creo que fue Orson Welles quien sabiamente dijo que en un avión sólo hay dos sentimientos posibles: el aburrimiento y el terror. En este trayecto predominó el primero, el terror sólo lo siento antes del arranque, cuando inevitablemente me pongo a pensar en Jorge Ibargüengoitia y en lo triste que sería morir como él, pero con la tristeza agregada de no haber publicado nada. Un año antes había viajado a Europa y había tenido la suerte de contar con todas las películas nominadas al Oscar en el catálogo de la aerolínea. En esta ocasión casi podría decir que el catálogo de canal 5 es mejor. Lo único bueno que vi fue una serie de comedia llamada Baskets y no pude continuarla porque no tenían el segundo capítulo. También tuve el tino de elegir, tanto en la cena como en el desayuno, la más desagradable de las dos opciones y lo sé porque la mujer a mi lado eligió en ambas ocasiones lo opuesto a mí y la diferencia era deprimente.

Llegué al aeropuerto Schiphol de Ámsterdam y fue entonces cuando empezó a invadirme la emoción. Estaba a solo dos horas de llegar con F, algo por lo que había esperado meses. Estaba tan cerca en el tiempo que incluso iba a tardar lo mismo F en llegar de su casa al aeropuerto Arlanda que yo en volar de Ámsterdam a Estocolmo. Además, debo decir que Schiphol es un aeropuerto espectacular. Al entrar al baño le escribí a mi hermano para decirle que los baños del aeropuerto eran más bonitos que nuestra casa entera. Me compré un café y me senté a esperar el abordaje cómodamente mientras leía uno de los muchos libros que llevé (y el único que leí): Historia abreviada de la literatura portátil de Enrique Vila-Matas: ya empezaba a ser feliz.

El vuelo fue mucho mejor. Los asientos no tenían pantallitas, pero pude leer. El avión estaba casi vacío, así que también tenía espacio y bueno, el resto puede adivinarse: llegué, recogí mi costal militar y salí, con esa cara de idiota que tenemos todos al llegar a un aeropuerto desconocido y alguien me abrazó tan súbitamente que se sintió como una tacleada: era F.

Y si la vida fuera realmente bella eso sería todo. Esto sería la historia de cómo F y yo nos mudamos juntos y yo estaría escribiendo desde un frío infernal mientras F estaría en lo suyo, en una habitación de 2×2, pero juntos. Y sin embargo los viajes se acaban.

Volver

Treinta y dos días y seis países después llegó la fecha de mi regreso. El retorno (a menos que sea el de Odiseo) nunca es interesante. Es como un espejo de la ida, pero mal iluminado: todo está al revés y deslucido.

Empaqué con ayuda de F y a estas alturas ya me había encariñado con mi mochila, que resultó ser, como Sancho Panza, un compañero de aventuras ideal a pesar de su aspecto. Me despedí del apartamento y de la nieve, del largo camino al metro que para entonces ya sentía mío, del metro mismo y de sus estaciones que ya reconocía, de Estocolmo, que fue un breve paréntesis de alegría.

Cuando llegué, todo había salido mal. Perdimos un camión y tuvimos que esperar casi media hora cerca de la media noche en un frío de -8 grados por el siguiente. Luego no encontramos la parada de autobús indicada para llegar al apartamento de F y caminamos unas 15 veces por la misma calle, yo con una maleta de 2 toneladas. Pero eso importaba poco, fue divertido. ¿Qué clase de primer capítulo de un libro que se precie de ser bueno no incluye algunos incidentes? En cambio el camino al aeropuerto en la vuelta no tuvo incidentes ni demoras. Llegamos a tiempo y, aunque yo seguía tratando de urdir un plan para quedarme, tuvimos que despedirnos.

Lo peor de los aeropuertos, creo, es que son sitios espantosos para despedirse. Suerte tuvo Rick Blane de poder despedirse de Ilsa Lund en la pista de aterrizaje, ahí sí se puede decir sin temor a parecer ridículo que siempre se tendrá París. En la fila para pasar aduanas no hay tal suerte y tampoco se puede “llorar ante las puertas y los puertos” como sugería Girondo… sólo se puede llorar un poco ridículamente entre el barullo de maletas de rueditas y pasos acelerados.

Nótese que estaba tan deprimido que ya ni tomé fotos en el regreso y estoy tratando de distraerlos de este hecho con imágenes sacadas de internet, fallando miserablemente.

El final de un viaje llega siempre como la alarma cuando se está soñando algo dulce, pero es aún peor porque del sueño uno despierta y ya se está de golpe en la realidad, en cambio el viaje se demora mucho en terminar. Uno sabe que ha acabado, pero hay todavía largos trámites y esperas y entonces todo es como esas películas que no saben cuándo acabarse o como despedirse de alguien en un elevador y que la puerta tarde mucho en abrirse.

¿Cuál es cuál?

En el vuelo de Ámsterdam a México, a eso de las 4 de la mañana, mientras sobrevolábamos Groenlandia, el piloto nos despertó diciendo: “Siento despertarlos, queridos pasajeros, pero a su lado derecho podrán ver unas maravillosas auroras boreales”. Yo estaba en el lado izquierdo y lo que pude ver fue un montón de cabezas apiñadas en las ventanitas del otro lado. Esto es precisamente volver de un viaje. Si el avión hubiese tenido el destino contrario, yo habría estado del lado correcto para ver el fenómeno celeste. En el regreso de un viaje lo terrible es que las maravillas existen, pero ya no para nosotros.

Los términos ir y volver son muy relativos porque no se trata realmente de cuál es el punto de partida, sino de cuál es el sitio donde uno realmente está. Te pido perdón, querido lector, por la cursilería que estás a punto de leer, pero has de saber que la cursilería es el tigre que siempre acecha en mis textos, a veces agazapado a veces, como ahora, evidente: Cuando F me recibió yo supe que había vuelto. Cuando entré a mi casa supe que me había ido.

Tengo la impresión de que no volví, pero de que tampoco me quedé. Soy por ahora como una maleta extraviada, viajando indefinidamente en el vientre de aviones anónimos, y estas líneas y las que estén por venir son un intento de distraerme en lo que llegue a mi destino, en que salga de nuevo con cara de idiota en un aeropuerto y me reciba un abrazo inesperado y F me reclame.

Escribo mientras espero volver.

La vida en tránsito

La vida está en otra parte. Ése es el título de un libro de Milan Kundera. Nunca lo he leído, pero el título me gusta tanto que he creado mi propia versión del libro para ese título. En alguna ocasión pensé en comprarlo, pero al leer la contraportada y hallarla tan distinta del libro que yo había inventado en mi cabeza, lo dejé por la paz. La vida está en otra parte y la historia que yo buscaba, quizás, también.

Este año ha sido curioso porque he tenido varios viajes relámpago. He ido dos veces a México y una vez a Guadalajara. Las tres veces pasé casi el mismo tiempo en el transporte que en mi destino. Quiero hablar precisamente del traslado y no del destino. Es el trámite, muchas veces, lo que más perdura. ¿Alguna vez realmente llegamos?

En febrero hice los dos viajes a México. El primero fue para acompañar a mi buen amigo Tak en su graduación. Mala elección de su parte, pues tengo fama de dormirme en las fiestas y, en efecto, en aquella ocasión ya estaba cabeceando antes de que sirvieran el postre. El segundo fue para presentar un examen de inglés y hubiera sido tan aburrido como suena, si Tak no hubiera venido a rescatar el día con una salida express a Coyoacán. En ambas oportunidades salí a la 1 de la madrugada de León. Hay algo en los viajes nocturnos que me fascina. Probablemente me parecen un sueño dirigido. Subirme al camión y esperar a que salga, sentir el temblor del motor que se enciende, mirar la ciudad dormida que se va dejando atrás. Es una alegría curiosa porque es una alegría que tiene como objeto algo inasible; una alegría de pasajero, una alegría previa que a veces es más concreta que la alegría de llegar y que está próxima a otro sentimiento ¿a la nostalgia, a la anticipación?

El 13 de abril fui a Guadalajara a recibir un premio por un cuento. Llegué tarde a la premiación y apenas alcancé a recibir el reconocimiento. En cuanto terminó, salimos del lugar casi corriendo y me llevaron con el grupo de danza a cenar hamburguesas. Estoy en una edad-limbo en el que no pertenezco ni a los alumnos ni a los otros profesores, de manera que comí mi hamburguesa en silencio, con la vista perdida en un enorme boulevard. Al llegar al hotel me advirtieron que debía despertar a las siete para alcanzar el desayuno gratuito. Salí a fumar un cigarro. Afuera había innumerables bares y frente al hotel un antro. La calle estaba a rabiar de coches y de muchachos. Sentí, como muchas veces, que miraba todo a través de un escaparate, como un hombre de una pintura de Edward Hopper, siempre distanciado. Subí a mi habitación, que tenía dos camas enormes y un gran espejo que la duplicaba. No logré dormir y saqué un libro: Papeles falsos de Valeria Luiselli. Al sacarlo de la maleta cayó de él una foto de F. El día anterior había estado buscando esa foto, que me gusta llevar conmigo y no la había hallado. La levanté del suelo y la contemplé un momento, sentado a la orilla de la cama. Vi su sonrisa. Sonreí. La habitación de pronto, no se sintió tan grande. El espejo, de pronto, no duplicó mi soledad. En ese momento F. estaría en París. “La vida está en otra parte”, pensé antes de dormir.

Al día siguiente me levanté para desayunar. El desayuno fue frugal así que decidí ir por un café. Terminé y regresé a León. Si suena anticlimático es porque lo fue.

En realidad, la experiencia más vital estuvo en la ida y la vuelta.

Nunca he pensado en los trayectos como en un molesto interludio necesario. Hay algo en el camino que puede ser más misterioso e interesante que la meta. Esos viajes hacia fuera son también, y sobre todo, viajes hacia adentro.

Aquel viernes de abril salí a Guadalajara a las 6 de la tarde y el sábado regresé a León a las 11 de la mañana, de manera que no tuve problema para estar despierto. Me repartí entre los cambiantes paisajes de la ventana y los cambiantes paisajes de mi libro, acompañado por mi música (los melómanos y los amantes de los viajes sabrán que pocas veces se disfruta tanto la música como cuando se viaja en solitario). Particularmente en el regreso sentí de nuevo esa alegría extraña de la que hablé antes. Leí Papeles falsos. Descubrí que el lugar donde había puesto la foto de F. coincidía con el ensayo por el cual había comprado el libro, una serie de reflexiones sobre la saudade, esa palabra portuguesa que parece estarnos vedada a todos los que no nacimos en la lengua de Pessoa. Valeria Luiselli tiene una prosa luminosa, pero de un tipo de luz de media tarde que entra a través de cortinas, sobre una sala quieta. En ese libro, Luiselli aventura una definición:

“La saudade es estrábica: mira hacia delante con un ojo y hacia atrás con el otro. Cuando el ojo derecho la insta a moverse hacia delante, el ojo izquierdo la exhorta a ir hacia atrás. Por eso la saudade permanece inmóvil en su sitio y los únicos paseos que le son permitidos son los que hace el alma alrededor de sí misma”.

Desconozco si será una definición precisa, pero aún si no lo es, me parece de una gran belleza. Cerré el libro y miré por la ventana de nuevo. Pensé en esa emoción que por falta de mejor palabra había estado llamando alegría. Algo de nostalgia, algo de anticipación. “Saudade”, me repetí.

Ahora, mientras escribo este texto disperso, pienso en mi breve visita a Berlín hace poco más de un año. Por una serie de equivocaciones, llegué al apartamento donde me hospedaría a las seis de la tarde, cuando debí haber llegado a las 3. Era invierno y oscurecía temprano. Lukas, el muchacho que estaba en el departamento, me recomendó visitar un parque cercano para no dar el día entero por perdido. El parque se llamaba Tempelhofer Feld. Descubrí que alguna vez había sido un aeropuerto y que en 2010 lo habían inaugurado como el parque más grande de Berlín. El sol estaba a punto de ocultarse, el cielo descendía hacia el azul profundo. Muy poca gente quedaba ahí. Me puse mis audífonos y escuché Far away, so close, de U2. En ese sitio plano, inmenso, fresco, sentí que estaba viviendo algo importante. Pensé en los aeropuertos, que también son lugares que me maravillan. Espacios de tránsito, los aeropuertos son y no son. Existen sólo como preámbulo, como promesa. Aunque sigamos en la tierra, ya estamos un poco en el aire. En Berlín el aeropuerto donde estaba era pretérito, pero sentí que todos mis viajes eran futuros.

Templehofer feld, foto: GoEuro

Templehofer feld – foto: Go Euro

La última vez que estuve en un aeropuerto fue para despedirme de F. La próxima vez será para reencontrarme con ella. La vida a través de las ventanas, los paisajes en movimiento, los cuartos vacíos y las fotos que nos salvan, los trayectos, tan lejos y tan cerca, nostalgia y anticipación, un ojo hacia atrás y el otro hacia delante: Saudade…

La vida está en otra parte. Viajamos hacia ella.