Crisis de identidad de un juguete en la era de la transcisciplinariedad

 

La familia González se reúne esta tarde para partir la rosca y abrir los regalos que han traído los Reyes Magos venidos de Oriente, tradición anual que, como tantas otras en la familia González, se ve complicada por el destacado nivel académico de sus miembros (muy por encima de la escolaridad media nacional), el cual puede, como se verá a continuación, llevar a desencuentros.

Paquito (6 años, cuadro de honor en el colegio) abre su regalo: Es una figura de acción, un muñeco hiper musculoso, un clásico de los 80: He-Man. Las expresiones en los rostros de la familia reunida en la sala son variadas y habrá que detenerse a analizarlas una por una. Vayamos primero a Tobías (55 años, mercadólogo) quien, al ver al rubio e hipertrofiado juguete, esboza una sonrisa de oreja a oreja. Para él He-Man es un memento de una de las cimas de la creatividad publicitaria, muy bien representada por el mundo de los juguetes durante los 80. Javier (55 años, comunicólogo con especialización en estudios de medios y hermano mellizo de Tobías) también sonríe ampliamente. He-Man y los maestros del universo es para él uno de los primeros y más interesantes usos de la narrativa transmedial con fines publicitarios. Tobías y Javier son los únicos que sonríen.

Diseccionemos ahora el resto de las muecas presentes. Miguel (47 años, sociólogo por la Universidad Autónoma de México, hermano menor de Javier y Tobías, a quienes detesta) ve con desdén ese pedazo de plástico que no constituye nada más que otro burdo ejemplo del sucio imperialismo cultural yanki. Por supuesto, también ve los métodos de explotación del capitalismo salvaje, es decir, ve las manitas maltratadas del niñito tailandés que hizo ese juguete por un mísero baht (o algo así) contrastadas con las manos humectadas y repletas de dinero de los directivos de Matel.

Héctor, hijo de Miguel (23 años) actualmente cursando el primer semestre de su maestría en Filosofía y recientemente convertido al neomarxismo de Gramsci, también dirige una mirada disgustada al juguete, al cual considera la reificación de los valores neoliberales más deleznables: el culto al individualismo y una adhesión implícita al darwinismo social, mas se cuida de enunciar sus opiniones a sabiendas de que, por su posición social, él no puede ser un intelectual orgánico.

La tía Herminia (50 años, psicóloga e investigadora con tres monografías sobre familias disfuncionales publicadas) tuerce la boca elocuentemente, dejando claro a quien la mire en este instante que ese regalo es la evidencia incontestable de que Paco es el más atormentado por la figura ausente del padre, a quien ha mitificado hasta la caricatura. Y Herminia no quiere ni meterse en el escabroso camino que se abre al análisis cuando se plantea la siguiente pregunta: ¿qué significa que Paco regale ese juguete a su hijo, Paquito?

Carolina (38 años, antropóloga) feminista de la tercera ola, tiene una expresión de profunda consternación. Es evidente que He-Man es un terrible ejemplo a seguir para su hijo (Paquito es su hijo, pero Carolina no se define a sí misma por su posición de madre) pues el personaje es poco más que un compendio de rasgos físicos encarnando la fantasía machista del hombre salvaje, musculoso y bárbaro y en general un refuerzo más —como si se necesitaran más— de los estereotipos de género que determinan que el hombre debe cumplir el rol de protector. Aunque, por otro lado, Carolina también recuerda la existencia de She-Ra, la princesa del poder, muñeca que por supuesto tuvo y que significó mucho para ella y otras tantas niñas, pues era una muñeca empoderada y valiente. Su hija Susana, sin embargo, no tiene dudas de la maldad latente en el obsequio. A los 17 años, Susana se identifica como feminista de cuarta generación y está atendiendo a un diplomado de estudios de género. Le horroriza el discurso de masculinidad tóxica en el que ese horroroso muñeco claramente se inserta. Además le preocupa que su hermano, a tan corta edad, sea ya incluido en un rígido constructo binario aderezado con estándares de belleza inalcanzables.

Finalmente está Valentina (28 años) hija de Tobías, quien viene desde Edimburgo donde cursa una maestría en estudios postcoloniales para pasar las fiestas con su familia, pero que al ver ese regalo quisiera regresarse pues no soporta la propagación de esos mitos en que el salvador es rubio, claramente de linaje anglosajón o noreuropeo, y el villano es aquél que es diferente.

Y Paquito… Paquito tiene una mirada que tiene algo de desconcierto, pero sobre todo es una mirada de decepción. Él esperaba el videojuego Monster Hunter World para PS4. Paco, su padre, al descubrir el desencanto en los ojos de su vástago, es sorprendido por una lágrima solitaria porque Paco es un nostálgico y para él He-Man era la infancia.

Por su parte, He-Man mantiene el gesto desafiante de siempre, aunque uno juraría, si se le mira bien, que hay un no sé qué de vértigo en sus ojos negros, un algo de horror existencial. Defecto de fábrica, seguro.

Repensar la oposición

Foto: Edgar Garrido, Reuters

1. Reduce y vencerás

Estamos ante las puertas de un cambio para México. Pero ¿Qué cambio será? En los meses que han transcurrido entre la elección y este momento ha incrementado la incertidumbre en cuanto a qué rostro tomará la “cuarta transformación”. El mismo equipo de transición es responsable, en gran medida, de generar esa incertidumbre. Las voces se han dividido. El sector de la población que advierte sobre la catástrofe lopezobradorista no se ha movido mucho y siguen entonando las trompetas del apocalipsis. Es en realidad entre las filas de la izquierda donde se evidencia un sismo, por ahora todavía muy leve. Es ahí donde han comenzado a surgir voces preocupadas.

La máxima lee “Divide y vencerás” la estrategia política y militar que consiste en fragmentar el poder del enemigo para mantenerlo bajo control. Sin embargo, me parece que la estrategia que adoptamos en el discurso actual, particularmente en la aldea digital, es opuesta. México está dividido ya. Siempre lo ha estado, pero las pasadas elecciones han hecho imposible seguir ignorando la escisión. No obstante, este mismo proceso ha puesto en relieve sólo la fractura más elemental: la oposición binaria Izquierda/Derecha.

Izquierda y derecha son meramente nombres para mapear áreas en el espectro político. Sabemos que la izquierda en realidad se puede subdividir en muchos gradientes, al igual que la derecha. Mas no sólo eso, sino que el espectro político no es como una escala lineal, sino más precisamente como una red de interconexiones en ocasiones contradictorias. Lo estamos viendo ahora con la caravana migrante. Hay personas en la izquierda, que apoyan a AMLO, pero que han dicho que esto es una invasión, que México tiene demasiados problemas como para además atender a los migrantes, etc. Y hay personas en la derecha que hasta a Chomsky están citando para señalar cómo Estados Unidos es responsable por crear la condición de inseguridad extrema que ha orillado a estas personas a huir de Honduras.

Aquí es donde quisiera proponer la idea de que la estrategia preponderante, no sólo del poder, sino de buena parte de los actantes políticos, es: “Reduce y vencerás”. El problema que se presenta de pronto no es el de un adversario unificado al que hay que fragmentar para vencer. El problema es el de una sociedad fragmentada, el de una pluralidad de grupos que responden a una pluralidad de preocupaciones sociales desde una pluralidad de posturas. ¿Qué hacer para manejar esta compleja realidad? La complejidad exige diálogo y el diálogo exige reconocer la alteridad, escuchar argumentos, defender minuciosamente, retroalimentar; en resumen, es excepcionalmente difícil de lograr. La llana oposición entre dos frentes, en cambio, se presta al enfrentamiento y el enfrentamiento es más fácil pues no hay que escuchar, hay que atacar. Para lograr esto hay que reducir. Todas las posturas, todas las propuestas, todas las preocupaciones han de caer en alguno de los dos polos opuestos: Izquierda/Derecha.

El reduccionismo funciona porque ambos polos, a su vez, están conceptualmente simplificados hasta la vulgaridad en adjetivos que condensan juicios moralinos. Izquierda significa: chairo, populista, amlover, pejezombie, chavista; derecha significa: derechairo, fifí, neoliberalista, peñabot.

De manera que clasificar todas las opiniones como llanamente de izquierda o derecha equivale a descalificar el argumento como proveniente de una persona alienada. Es un avance en la falacia ad hominem en la que ni siquiera tenemos que esforzarnos por atacar a quien lo enuncia por rasgos concretos de su personalidad o elecciones de vida. Al clasificar su discurso como proveniente de uno de los dos polos políticos, clasificamos también a la persona– sin tener que tomarnos la molestia de conocerla – en una categoría de seres que consideramos, a priori, inferiores.

¿Cómo funciona este reduccionismo en esta coyuntura política en particular? Bueno, todos lo hemos visto. En una reunión familiar alguien menciona Ayotzinapa, miradas incómodas, suspiros cansados: “Chairo”. En redes sociales alguien se expresa contra la construcción del NAIM: “Chairo”. El grupo que tiene opiniones contrarias no necesita escuchar los argumentos en ninguno de estos casos, porque ya tienen la etiqueta de “Chairo” y por ende son inválidos.

No obstante, lo que más me interesa abordar, lo que más me preocupa, es cómo está operando este reduccionismo dentro de la misma izquierda.

La lógica, considero, es: la izquierda apoya a López Obrador y a Morena. López Obrador y Morena representan a la izquierda. O quizás aún más problemáticamente: son la izquierda. La persona y el partido tienen prioridad sobre su discurso y sus acciones. Cualquier decisión que emane de estos actantes, es, por obra de una transmutación que no debe cuestionarse, de izquierda. El resultado lógico de todo esto es que cualquier crítica a dichas decisiones, debe ser opuesta a la izquierda: debe ser de derecha: debe provenir de un derechairo.

El mensaje es claro: para ser de izquierda, uno debe de alinearse con López Obrador y Morena.

Pensé que un buen ejemplo sería un meme:

Me parece que esta imagen resume perfectamente la máxima que he propuesto: reduce y vencerás. Un problema complejo en el que caben muchas lecturas se reduce a una oposición binaria en la que, si uno se opone a una propuesta del nuevo gobierno (una que además contradice sus promesas de campaña) entonces uno está desquiciado.

Esto es la lógica reduccionista por excelencia: “Si no estás conmigo, estás contra mí”.

2. Éstos son mis principios, si no le gustan, tengo otros

Ése es uno de los chistes más famosos de Groucho Marx: “Éstos son mis principios, si no le gustan, tengo otros”. Y me parece que es el lema que obedece la política mexicana. El mejor ejemplo fueron las alianzas PAN-PRD o Morena-PES.

Sin embargo, este cambalache de principios no sólo sucede en la clase política, también entre nosotros, los votantes. Y el problema es que, por una especie de metonimia, convertimos a una persona o a un partido político en el significante de nuestros principios. Es lo que decía hace un momento: López Obrador es la izquierda. En este deslizamiento de significaciones, corremos el riesgo de traicionarnos, pues hemos trasladado nuestra lealtad de nuestros principios a una persona.

En palabras llanas: apoyamos a partidos políticos como si fueran equipos de fútbol y a políticos como si fueran nuestro goleador preferido.

Veamos un ejemplo muy cercano: el NAIM. Quienes estábamos en contra de su construcción hablamos de el historial de represión atroz y usurpación de tierras (Atenco) detrás de ese aeropuerto, hablamos del impacto ambiental, hablamos de la esquizofrénica aspiración mexicana de tener un aeropuerto de primer mundo en un país desbaratado por la violencia y la pobreza. ¿Qué principios están ahí? Está la preocupación por los derechos humanos, por los campesinos, por el medio ambiente, por los peligros de continuar en una tecnocracia que sólo continúe con el ensanchamiento y la normalización de la brecha entre pobres y ricos.

Ahora, veamos qué ha sucedido después. La doctora Patricia Ramírez Bastida, ornitóloga de la UNAM, advirtió que en Santa Lucía se afectaría a más aves que en Texcoco. Pocos días después de la consulta, además, Javier Jiménez Espiriú admitió que no se habían hecho estudios del impacto ambiental en Santa Lucía, pero aseguró que se harían y que no caerían en los errores que criticaron del proyecto anterior. Pero ¿no hubiera sido lo más responsable hacer esos estudios antes de someter a consulta? ¿Qué ocurre si los estudios revelan que el impacto será mayor en Santa Lucía? ¿Ya ni modo? ¿Qué pena, pero pues ya votaron? También hay que mencionar que se formó un frente de pueblos originarios de Tecamac y Zumpango en contra del traslado del proyecto a Santa Lucía pues afectaría su derecho de acceso al agua. Si los principios que nos movieron en contra del NAIM en Texcoco fueron la preocupación por los derechos humanos, la defensa de los intereses del pueblo ante los intereses económicos y políticos, la defensa del medio ambiente ante la depredación de la infraestructura… ¿por qué nos hemos quedado tan callados respecto a estos hechos? ¿Por qué no nos hemos puesto a exigir con energía que se conduzcan los estudios de impacto ambiental pronto y de forma transparente, que se realicen diálogos con los posibles afectados por el proyecto para intentar llegar a una resolución justa?

Esta incongruencia se vuelve aún más evidente en lo que toca al Tren Maya. No es una suposición alocada pensar que la inmensa mayoría de los 946 mil mexicanos que acudieron a la consulta pasada están a favor de Morena al igual que la inmensa mayoría en la consulta de finales de octubre. 89.9% de los votantes avalaron la construcción del Tren Maya. Veamos rápidamente algunos datos de este proyecto:

(1) Rogelio Jiménez Pons, futuro director de Fonatur estará a cargo del proyecto. Fonatur tiene un largo historial de proyectos que ignoran por completo el impacto social y ambiental y privilegian intereses de grupos reducidos. (2) El gobierno chino tiene un gran interés en este proyecto y Alfredo Narváez llama la atención sobre un caso similar en Kenia, en donde China Road and Bridge Corporation entró en una batalla legal con el pueblo keniano durante cuatro años ya que se planteaba construir un tramo de una línea ferroviaria dentro de un parque nacional (3) No hay ningún estudio del impacto ambiental, pero por las condiciones ecológicas únicas y muy delicadas del bosque tropical en Yucatán, se piensa que el impacto puede ser muy negativo. (4) Se prevé que el tren tendría casi 3 millones de usuarios al año, un número que difícilmente podría calificarse de turismo sustentable. (5) Alrededor de 100 expertos y académicos firmaron una carta pidiendo al presidente electo que no se realizara la consulta sin previamente llevar a cabo estudios extensivos sobre el impacto ambiental y que se consultara a expertos en el área y a los pueblos mayas. (6) Las comunidades indígenas han rechazado los resultados de la consulta. Ellos no han sido consultados. El gobierno entrante ha dicho que sí consultarán a los pueblos indígenas, pero al mismo tiempo el proyecto está programado para comenzar el 16 de diciembre… ¿cuándo se consultará a los pueblos indígenas entonces? ¿la consulta será en serio, o será maquillaje? (7) El NAIM es un tema difícil porque es innegable que la Ciudad de México necesita urgentemente un aeropuerto nuevo. Yucatán en cambio no necesita un tren. (Para todos estos datos, véanse los artículos de Alfredo Narváez, Claudia Ramos y Animal Político)

A pesar de todo esto (y más, pero aquí no hay más espacio), las mismas personas que votaron en contra de un proyecto de infraestructura de corte neoliberal, depredador del ecosistema y hostil con las comunidades a finales de octubre, votaron a favor de un proyecto de infraestructura de corte neoliberal, depredador del ecosistema y hostil con las comunidades a finales de noviembre.

¿Y los principios? No están a la vista. Lo que hay es la camiseta de Morena.

3. Del dicho al hecho

Del dicho al hecho hay mucho trecho y ese trecho quizás nunca es más extenso que el que se encuentra entre campañas y silla presidencial. Ya estamos acostumbrados a que las promesas de campaña sean puro artificio publicitario. Estamos tan acostumbrados, de hecho, que las campañas suelen ser un extraño fenómeno teatral en el que los ciudadanos aceptamos resignados nuestro papel. Los candidatos prometen a sabiendas de que no tienen que cumplir, y nosotros escuchamos a sabiendas de que no van a cumplir.

Pero en las elecciones pasadas parecía respirarse un aire nuevo en el viejo escenario. Fueron las elecciones con más votantes y López Obrador el presidente elegido con más apoyo en la historia de México. Siendo de León, era difícil sentir la vibra que recorrió al país ese día, pero en general había alegría, había esperanza. Un cambio por fin para un país que lleva tanto tiempo hundiéndose. Y parte de esa esperanza era, precisamente, que el presidente electo y su equipo fueran diferentes. Que sus promesas valieran para algo. Que recorriera el trecho firmemente entre decir y cumplir.

Y lo curioso, lo muy extraño, es que López Obrador optó por empezar a decepcionarnos incluso desde antes de su toma de protesta. De pronto las promesas se empezaron a modificar, a torcer, a matizar, a desdecir.

No todo está perdido, pero creo que la clave es repensar la oposición.

4. Hacia una democracia radical: Repensar la oposición

Después del 1 de julio, muchos dijimos a la oposición que asumiera su nuevo sitio en la política mexicana. Es decir, que se asumieran como oposición política. Y lo han hecho. Creo que no es exageración afirmar que nunca en la historia reciente de México habíamos tenido una derecha tan crítica de un gobierno. Un gobierno que aún no empieza, además.

Esta súbita oleada de ciudadanos críticos de derecha ha sido muy atacada desde la izquierda con básicamente dos preguntas: (1) ¿Dónde estaban sus críticas con Peña Nieto, con Calderón, con Fox? (2) ¿Están de luto por un aeropuerto, pero no por Ayotzinapa, por Tlatlaya, por Atenco, por Nochixtlán…, no por los feminicidios, ni por los activistas y periodistas asesinados, no por la corrupción? Esta clase de preguntas tienen valor. Yo mismo las he hecho. Señalan un problema real. Una incongruencia real. Ahora, que es posible que haya personas que critican a López Obrador y que también criticaron a los gobiernos anteriores, claro, pero creo que esas preguntas son un poco “a quien le quede el saco”. Mas debemos recordar que son preguntas retóricas, de antemano conocemos la respuesta y las razones. Sobre todo en lo que se toca a la segunda pregunta. Alguien que considera la cancelación del NAIM en Texcoco la peor tragedia del país, muestra claramente sus prioridades, muestra cuál es el México que le interesa. ¿Nos sorprende? ¿Algo ha cambiado? No. Entonces esas dos preguntas, mediante su repetición constante, se han vaciado de su poder revelador y se han convertido en meras excusas hechas para el gobierno entrante. Han pasado de señalar la hipocresía de ciertos sectores, a exculpar al presidente electo y a Morena. Y quizá más preocupante: a dar permiso. “¡Si los anteriores fueron peores!”

Y llego ahora a lo que creo que es el tema crucial. Nos equivocamos en ese mensaje del 1 de julio. Nos equivocamos al pensar la oposición. No la pensamos a fondo, no la pensamos de manera radical. La derecha será oposición, sí, lo han asumido bien, pero el problema es que la parte más vocal de esa oposición, la parte más articulada, se ha enfocado en el NAIM de Texcoco. La derecha en buena medida seguirá luchando sus batallas: proteger privilegios, enfocarse en atraer inversión extranjera, avanzar la agenda neoliberal. Otras críticas más relevantes (al Tren Maya, al perdón a la corrupción) suelen tomar el tono mezquino del “Te lo dije”, pero no se han traducido en activismo de algún tipo.

¿Pero qué ocurrirá entonces con las luchas sociales cruciales del país si el gobierno que está a punto de entrar empieza a traicionarlas? No hay razones para creer que no lo hará. Prometieron desmilitarizar al país y sin embargo ahora proponen seguirlo militarizando, pero con nuevo nombre. Prometieron investigar y castigar la corrupción, pero ahora proponen poner punto final. Prometieron ser un gobierno para el pueblo, pero situaciones como la del Tren Maya ponen eso en entredicho.

El 1 de julio sí hubo un cambio importante para bien. Pero el cambio más importante no fue la elección de Andrés Manuel López Obrador, sino el triunfo de la democracia en un país donde la democracia ha sido tan vapuleada. El triunfo de la ciudadanía que de pronto reencontró el poder de su voz, el poder de su voz efectuando un cambio y no perdiéndose en alguno de los muchos laberintos de la vida política mexicana. Eso se ha evidenciado en estos meses. Creo que nunca había visto a tantas personas preocupadas activamente por la política. También fue el triunfo de una esperanza de izquierda, una izquierda que por décadas y décadas había estado luchando contracorriente y en una asimetría apabullante. Pero estamos ante un punto crucial. Estamos en el filo y podemos caer a la misma desilusión de siempre que a su vez lleva a la apatía. Pero también podemos tomar el poder que hemos redescubierto como ciudadanía y ejercerlo.

Las consultas son un ejemplo. Ambas han sido muy defectuosas y no han logrado, ni por asomo, ser representativas. Quizás el peor defecto de estas consultas es que no han ido acompañadas de canales de información clara sobre aquellos temas que van a consultarse. Como mencioné, en ambos casos hicieron falta estudios absolutamente esenciales para tomar decisiones con conocimiento de consecuencias. Su pobre ejecución también delata quizás un interés mayor en difuminar la responsabilidad que en abrir canales democráticos. Pero también es cierto que esos canales democráticos se han abierto. Nunca se habían hecho consultas de este tipo. Nunca se había permitido a la población participar en decisiones así. Hay que tomar este precedente y exigir. En adelante, cuando el gobierno tome decisiones relevantes, decisiones que afecten a los sectores de la población que prometieron ayudar; o decisiones que atenten contra sus propias promesas o supuestos principios, hay que articularnos como sociedad para exigir que se nos escuche. Que se nos consulte. Y que se haga de una forma que pueda ser representativa e informada.

Pero para ello hay que evitar el reduccionismo que lleva a las etiquetas y a la descalificación sin argumentos. Para ello, por supuesto, hay que mantenerse informado y crítico. No es fácil, pero es crucial. Hay que recordar que la realidad del país es compleja e irreducible y que cada problema tiene muchas aristas. Investigar para conocer dichas aristas y poder ejercer nuestro deber cívico.

Pongamos un ejemplo importante y urgente: La Guardia Nacional. Se ha planteado que no es una continuación de la militarización del país iniciada por Felipe Calderón. John Ackerman ha escrito un artículo enumerando las razones por las cuales la propuesta no es comparable con la Ley de Seguridad Interior En él, dice que en realidad es un paso necesario hacia la desmilitarización del país (también Jorge Zepeda Patterson ha dicho esto). Se ha asegurado también que tiene un enfoque en derechos humanos (esto lo recalcó también Alejandro Encinas), que la Guardia Nacional no sería un organismo militar, sino que simplemente utilizaría las fortalezas del entrenamiento militar, pero en realidad sería eminentemente civil. Por ejemplo, cualquier abuso o delito cometido por la Guardia Nacional será juzgado por el Ministerio Público y no por tribunales militares, lo cual es una mejora importante. Los detenidos por dichas guardias no podrán ser trasladados a instalaciones militares. También se ha propuesto que dicha Guardia reconozca la jurisdicción de la Corte Penal Internacional, la cual podría investigar crímenes de lesa humanidad. Se asegura que la propuesta no contempla de ninguna forma una alteración al artículo 129 de la constitución, el cual dicta: “en tiempo de paz ninguna autoridad militar puede ejercer más funciones que las que tengan exacta conexión con la disciplina militar”.

No obstante, son muchos los analistas, expertos y organizaciones nacionales e internacionales que han expresado su intensa preocupación por la propuesta de crear la Guardia Nacional. Angelita Bayens, abogada del Centro de Derechos Humanos Robert F. Kennedy (miembro, junto con otras nueve organizaciones, del Observatorio Internacional sobre Derechos Humanos en México) dijo:

“Vemos con muchísima preocupación que lo que ahora plantea el nuevo gobierno es la misma estrategia de usar a los militares para combatir la inseguridad, pero otorgándoles muchos más poderes. Ya se demostró que esa estrategia que se usó en la última década no solo fracasó, sino que hizo que la inseguridad aumentara —y ahora es lo mismo de lo que ya había, pero en una versión vitaminada”.

Cito también a Rainer Huhle, vicepresidente del Comité contra la Desaparición Forzada de la ONU, quien dijo en un diálogo con Alejandro Encinas: “en la vía de la militarización de la seguridad pública no vemos ni resultados ni camino (…) Cuando se mezclan estas cosas casi siempre hemos visto catástrofes”, y aunque Encinas dijo que la Guardia Nacional es diferente, falló al explicar exactamente cómo y porqué. También es importante señalar la fuerza con la que Amnistía Internacional se ha pronunciado contra esta medida ya que Amnistía Internacional es un organismo que nunca se pronuncia sin antes haber realizado investigaciones a profundidad. El propio John Ackerman reconoce que:

“(…) es cierto que el primer transitorio de la reforma de Morena señala que en un inicio la Guardia Nacional incluirá elementos de la Policía Militar y la Policía Naval, además de aquellos que provienen de la Policía Federal. De la misma manera, el quinto transitorio indica que ‘los miembros de la Policía Militar y naval adscritos a la Guardia Nacional quedan exceptuados de la prohibición a que se refiere el artículo 129 de esta Constitución’”.

Pero inmediatamente procede a decir que esto es sólo una etapa y no hay nada de qué preocuparse. Pero ¿cómo no preocuparse?

Luis Gabriel Rojas defiende también el “Plan de Paz” del gobierno entrante arguyendo que quienes lo criticamos estamos ignorando los otros 7 puntos del plan. Para él la diferencia crucial entre las estrategias fallidas pasadas y ésta está en el diagnóstico. López Obrador y su equipo entienden que hay que atender las causas estructurales del problema y no sólo sus síntomas. Suena muy bien, pero el periodista nunca explica en qué consisten pues los 7 puntos ni cómo es que se planea atender esas causas profundas. Sólo habla de “el respeto a la dignidad humana y el combate a la corrupción”.

Si la Guardia Nacional realmente es diferente, si realmente es sólo una transición, entonces que se explique claramente cómo y se transparente el proceso. Asimismo, que los otros 7 puntos se expliquen claramente, no con tópicos. Hay que exigir respuestas claras y mantenernos atentos. En caso de que (como parece ser) esto sí sea un aumento en la militarización, nuestro deber es oponernos con fuerza, sumarnos a las iniciativas de activismo que piden al gobierno virar antes de que sea tarde.

Hay muchas otras cosas que quisiera comentar, pero me temo que este artículo ya ha excedido los límites de extensión apropiados. Quisiera sólo terminar diciendo que no quiero tampoco insinuar que se avecina lo peor. Lo cierto es que creo genuinamente que López Obrador quiere combatir la corrupción, creo que en verdad tiene como misión gobernar para los pobres, pero también creo que ha pactado demasiado (sobre esto y en lo que toca el perdón a los corruptos tratará un reportaje especial en el siguiente número de Proceso) y que esos pactos se han ido de sus manos. Presiento que la cola ahora es la que mueve al perro tras bambalinas.

Lo importante es que no podemos actuar como el departamento de relaciones públicas del nuevo gobierno, pensando en excusas y defensas cada vez que hagan algo contrario a lo que prometieron o cada vez que alguno de sus representantes haga declaraciones inflamatorias.

Hay que luchar contra la idea de que expresar críticas al gobierno entrante es un signo de traición a la izquierda. Nos equivocamos el 1 de julio al pedirle a la oposición que se asumiera porque nosotros también somos la oposición. La oposición debe surgir cuando nuestros principios inalienables se ven traicionados. Nuestra lealtad está con nuestros ideales, no con un presidente o un partido.

Mañana empieza un nuevo México, pero aún no sabemos cómo será. El reto de Andrés Manuel López Obrador es enorme. El de nosotros también.

Foto: Héctor Guerrero, AFP:

NAIM: La región menos transparente

Foto de Notimex

El caso del NAIM es un punto donde confluyen muchas de las principales aristas de la realidad mexicana y quizás de la realidad del mundo.

  1. La consulta: ¿democracia o demagogia?

Aquí reside la parte más caliente de la polémica. No sé si estoy en lo correcto – no he consultado absolutamente todas las fuentes –, pero creo que he visto una mayor parte de la prensa inclinarse por la condena de la consulta.

Analicemos el caso en un contexto mayor al de la coyuntura actual para tratar de entenderlo mejor y así poder juzgarlo.

En el contexto internacional hay tres ejemplos cercanos en el tiempo en donde el destino de aeropuertos se ha decidido por consulta popular. En Alemania el Berlín-Tegel, en Francia el Notre-Dame-des-Landes, en Estados Unidos el de Kansas City. En los tres casos las consultas resultaron en alteraciones a los planes originales, en dos de tres incluso en la reversa total de los proyectos. En el caso estadounidense,se dictaminó que el costo de la obra fuese cubierto exclusivamente por impuestos pagados por las empresas privadas que se verían beneficiadas por la terminal aérea. En el caso alemán, el aeropuerto que estaba programado para ser demolido fue conservado. En Francia, el caso más similar al del NAIM, el voto en la consulta estuvo muy dividido. Ganó la construcción del aeropuerto con un 55% de los votos, no obstante, al estudiar la distribución demográfica, fue claro que la gran mayoría de los votos a favor venían de las urbes – mucho más densamente pobladas – mientras que la gran mayoría de los votos en contra venían de la región agrícola afectada directa o indirectamente por el proyecto. Este hecho y la división social que generaba el debate hizo que se cancelara definitivamente el aeropuerto Notre-Dame-des-Landes.

No cito estos ejemplos como casos de éxito para defender la consulta del fin de semana pasado. Su «éxito» no viene sin matices. En Francia, Vinci y el estado francés siguen en negociaciones en el proceso de cancelación del proyecto y se prevé que dichas negociaciones duren al menos un año más. En Alemania la situación del Berlín-Tegel sigue siendo incierta pues la consulta era no vinculante. Se ha seguido invirtiendo en mejorarlo, pero hay quien dice que su destino está sellado y deberá cerrarse en los próximos años.

Cito dichos ejemplos para ilustrar que el caso mexicano no es inédito.

Ahora, una de las principales críticas al hacer una consulta reside en la capacidad del mexicano de a pie (es decir, yo, tú, nosotros) de tomar una decisión en un tema que se ubica en la intersección de temas sociales, económicos y políticos, cada uno de ellos ya de por sí complejo. ¿De verdad es responsable poner esta decisión en nuestras manos cuando cotidianamente compartimos noticias falsas, leemos sólo encabezados, y obtenemos nuestra información de talk shows? Juan Villoro lo resumió bien al decir:

“Una obra de esa envergadura tiene que ser evaluada por las comunidades afectadas y expertos en impacto ambiental, mecánica de suelos y aeronáutica. Abrir una consulta sobre lo que la mayoría sólo puede juzgar por feeling (nombre sentimental de la ideología) es un gesto demagógico sujeto a manipulaciones”.

Pero a esto quisiera comentar: sí se ha evaluado. Las comunidades afectadas han luchado por años para evitar que se aprobara en primera instancia y luego que se continuara el proyecto. Por otra parte casi todos los expertos en materia ambiental se han pronunciado en contra del proyecto. Y a pesar de la rotunda oposición de los pueblos de la zona y de la comunidad científica, el proyecto seguía adelante con la autorización de las organizaciones gubernamentales pertinentes. Y es que, claro, cuando hay miles de millones de dólares en juego, lo de menos es conseguir expertos y organizaciones que den el visto bueno.

En breve: ¿qué hacer cuando la oposición tiene razones de peso científico y social, pero no se traducen en nada? ¿Por qué no consultar?

Es aquí donde creo que las cosas se empiezan a poner complicadas y donde, considero, López Obrador y su equipo han hecho una jugada muy engañosa.

La cuestión es: una de las promesas de campaña de López Obrador era la cancelación del NAIM. Sin embargo, una vez que ganó, poseído por un repentino ánimo conciliador, anunció que haría una consulta ciudadana. ¿Por qué?

Podríamos analizar esto en contraposición con el caso francés. Macron había prometido lo opuesto a López Obrador, en su caso la promesa era llevar a cabo el proyecto. No obstante, la agitación social y la resistencia campesina lo orillaron a la consulta. Podríamos pensar en el NAIM como el reflejo enrevesado. AMLO promete cancelar, pero un enorme descontento social lo empuja a una consulta. ¿No?

Pues no parece ser así, a decir verdad. La consulta del NAIM delata un deseo de diferir la responsabilidad, de huir de las consecuencias y disfrazarlo todo de impulso democrático. Era una decisión difícil y controvertida desde un inicio. Poderosos grupos empresariales y una parte nada despreciable de la población seguramente habría tachado la cancelación del NAIM como un error garrafal, un retroceso, un acto autoritario, y el gobierno naciente habría tenido que saber vivir con esa oposición, con ese peso. La consulta fue una forma de distribuir el peso entre todos los hombros. Paradójicamente, los mismos empresarios y la misma porción de la sociedad de cualquier manera han tildado todo de error, de retroceso, de acto autoritario.

Luis Álvarez Icaza lo ha dicho mejor: “Cargarnos a los ciudadanos, a través de una consulta, una decisión que debe ser gubernamental no es una salida aceptable. Los nuevos gobiernos en sociedades democráticas con alternancia en el poder siempre tendrán que enfrentar el reto de qué hacer con decisiones que trascienden en el tiempo. No los elegimos para evadir esta responsabilidad”.

Se añade otra pregunta: El periodo de López Obrador todavía ni empieza. ¿Por qué hacer la consulta ahora y no una vez entrado al poder? Bueno, ése es otro tema. En pocas palabras: en 2014 se hizo una reforma que permitía las consultas ciudadanas, aunque al mismo tiempo se le pusieron candados legales a esa reforma que, en la práctica, efectivamente la inutilizaban. Es decir: se “otorgaron” derechos políticos con las condiciones de que no pudieran ejercerse. Para poder hacer una consulta en forma, el gobierno entrante tendría que haber modificado las barreras constitucionales para las consultas, lo cual podría ser interpretado problemáticamente: “El gobierno altera la constitución a voluntad”. Por otro lado, aún haciendo esto, se estima que una consulta habría sido posible hasta el año 2019, cuando el proyecto del aeropuerto habría estado aún más avanzado. Es por todo esto que el equipo de López Obrador decidió hacer una consulta informal. No es ilegal, ojo. La llevó a cabo una ONG con el apoyo del próximo gobierno. La planeación e implementación de dicha consulta, sin embargo, fue accidentada y deficiente por decir lo menos, con muchas áreas huérfanas de posibilidad de votos, votos repetidos, etc. Se estima que poco más del 1% de la población votó y una abrumadora mayoría fue de la capital. Entonces, ¿para qué una consulta informal, no vinculante, si ni siquiera es representativa?

Foto: Karen Castillo, Sin Embargo

Las consultas populares son procesos complejos y arriesgados en los que se puede ganar mucho, democráticamente, o también perder mucho. Siento que López Obrador tomó aquí una decisión preocupante no por el resultado inmediato (la cancelación del aeropuerto) sino por sus implicaciones políticas: ¿cuántas promesas serán mejor pasadas a consultas? ¿qué responsabilidad sí está dispuesto a cargar? Sumemos otro problema: el discurso y modus operandi de Morena ha sido contradictorio por decir lo menos. Por un lado promete ser un gobierno progresivo y de izquierda, y sin embargo a la primera oportunidad dio la Comisión de Cultura al PES. Debido a la reacción de la sociedad civil, reculó y se la dio a Sergio Mayer. Promete acabar con la corrupción, pero además de tener miembros de procedencia dudosa, se alió con el Partido Verde. Prometió ir retirando a los militares de las calles, no obstante el último adelanto de su estrategia de seguridad implicaría un aumento significativo de fuerzas armadas. La consulta me parece preocupante porque se siente como un adelanto de un porvenir errático. Una cuarta transformación que ciertamente no es lo mismo de siempre, pero que no sabe lo que quiere ser. Una cuarta transformación que puede devenir en una continua vacilación.

López Obrador es el candidato en la historia reciente del país más preocupado por el peso histórico de su mandato. Asegura que quiere ser recordado como un buen presidente. Pero si ha escrito libros de historia, debe saber bien que los grandes presidentes son recordados por tomar decisiones difíciles, no por aventar la bolita.

Los siguientes puntos son, creo, filosóficamente más significativos.

2. La interminable pugna entre el progreso y la naturaleza

Esto es una pugna que depende enteramente en qué consideramos progreso. La idea dominante, por supuesto, es una idea de progreso económico. Ésta es una lucha en la que siempre se conoce al perdedor de antemano. En todo el mundo, los impactos ambientales suelen estar muy abajo en las prioridades cuando se trata de desarrollar infraestructura. La naturaleza es siempre un obstáculo, por ende, dominarla es un triunfo del ser humano.

Que ésta sigue siendo la visión reinante, incluso entre buena parte de los jóvenes que supuestamente somos más eco-friendly, es evidente tan sólo entrando a su red social de preferencia. De otra manera no se explica que entre personas que están a favor de no usar popotes desechables, bolsas de plástico, unicel, etc.; personas que apoyan organizaciones y campañas a favor de los derechos animales y/ o de la preservación del medio ambiente, etc.; e incluso personas que son vegetarianas o veganas porque están en contra de toda forma de maltrato o explotación animal, pueda haber varios y varias que apoyaban el proyecto del aeropuerto en Texcoco, a pesar de que significaría la perdición de un ecosistema de vital importancia para 250 especies de aves, 19 de ellas en peligro de extinción; aunada a los daños colaterales de la construcción en sí, que incluyen el depósito de más de 4 millones de metros cúbicos de lodos tóxicos en minas de cuatro poblados, uno de ellos perteneciente a una región protegida. El progreso es así de importante: el fin justifica los medios, incluso los medios que no consideraríamos justificables en otras circunstancias.

El colofón: hace apenas unas semanas, la ONU reveló que de no cambiar nuestro rumbo, en 12 años alcanzaremos el punto de no retorno, la subida de temperatura llegará a 1.5 grados Celsius, lo que se traducirá en una catástrofe ambiental global. Surgieron un montón de artículos de “¿Qué puedes hacer para evitar…?”. El NAIM era un proyecto que, de acuerdo con José Luis Luege, ex director de CONAGUA y SEMARNAT (durante el sexenio de Calderón, ¿eh? Así que no es un pejezombie, izquierdista, chavista, demoniaco): “cambiar la vocación del lago artificial Nabor Carrillo significa la destrucción del hábitat para muchas especies de aves migratorias, acabar con un microclima benéfico en la zona oriente y la consecuente elevación de la temperatura promedio.” Pero igual esas cosas no importan tanto, supongo. Lo importante es dejar los popotes y lograr que toda nuestra basurita quepa en un frasco, eso sí ayudará.

Foto: Cuartoscuro

3. La interminable pugna entre el progreso y la pobreza

Éste es un tema más espinoso, en gran medida porque es más fácil decirnos que vale la pena explotar a la naturaleza en aras del futuro humano, que decirnos que es justificable usurpar otros futuros humanos en aras del futuro de una porción de la sociedad.

El Frente de Pueblos en Defensa de la Tierra lleva 17 años en pie en contra de este proyecto que amenaza su forma de vida. En todos estos pueblos la producción agrícola, tanto para comercio como de autoconsumo, es esencial para su supervivencia, tanto supervivencia en sentido estricto como supervivencia comunitaria y cultural. El NAIM no era sólo un aeropuerto, era también un epicentro para la formación de un área urbana y comercial de 500 mil metros cuadrados, incluyendo un segundo paseo – al estilo del Paseo de la Reforma – de 12 kilómetros (véase Enrique Pineda). Es claro que la coexistencia de este proyecto con la vida agraria de los pueblos locales era incompatible.

Ahora, es importante recalcar que no es que las personas a favor del aeropuerto estén en contra de los pobres. Al contrario. Creo honestamente que la mayoría de las personas a favor del NAIM creen que el proyecto del aeropuerto ayudaría a toda la población mexicana. El mito en juego es el de que, entre más desarrollo económico, menos pobreza. Es decir, el discurso es: el aeropuerto y la zona comercial circundante tendrían un enorme impacto económico positivo tanto para las comunidades locales como para la Ciudad de México y el Estado de México y el país entero en su conjunto. Generaría miles de empleos tanto en construcción, en primera instancia, como en servicios, ya de manera permanente; además de que incentivaría el turismo y el comercio internacional.

Ambas contenciones son ciertas, sin embargo, su resultado último es falso, en otras palabras, sí, se crean empleos y se incentiva el turismo y el comercio, pero no, no se disminuye la pobreza. A pesar de los muchos proyectos de infraestructura en el país, entre 2008 y 2018, el número de personas en situación de pobreza aumentó en 3.9 millones. Datos que son aún más inquietantes: Nuevo León y Guanajuato, dos entidades con tazas de desempleo y de pobreza relativamente bajas, son los dos estados con el índice Gini más alto del país, es decir, el índice con la brecha más grande entre ricos y pobres (véase la pestaña 17, celdas L18 y L26 del archivo de Excel ‘Prueba de hipótesis’ en el siguiente link de CONEVAL). Ambos estados, además, con mucha inversión en infraestructura.

Foto: RobertH

Lo que parece no ser tomado en cuenta para sostener el mito es que, aunque se generen empleos y el turismo aumente, los beneficios de ambos elementos van a parar, en mayor medida, en manos de unos pocos. La infraestructura y la inversión extranjera no son la panacea. No sirven más allá de crear empleos mal remunerados si no van acompañadas de reformas arancelarias y medidas para mejorar estructuralmente las condiciones de trabajo. Pero el mito se ve reforzado por un segundo mito: Tener infraestructura de primer mundo nos hace dejar de ser tercer mundo. En un país donde el 70% de los mexicanos nunca han volado, donde casi 44% de su población es pobre, los mexicanos que sí accedemos a los aeropuertos consideramos que un aeropuerto de primer nivel es absolutamente necesario, mientras que otros temas sociales como la preservación de los recursos naturales y de los modos de vida de poblaciones agrícolas e indígenas, son secundarios.

4. La eterna pugna entre el progreso y los derechos humanos

Otro de esos molestos diques para el flujo del desarrollo son los derechos humanos. Al menos ése es el discurso que, ya sea de manera maquillada o descarada, se maneja en torno a todos los proyectos que consideran permisible y justificable la destrucción de la forma de vida de todas las comunidades que se ponen en su camino. La muestra está en que México es el tercer lugar en América Latina en asesinatos de defensores de la tierra y el medio ambiente. En 2016 hubo tres asesinatos, en 2017 se registraron 17 homicidios y en lo que va del 2018, 17 personas han perdido la vida, Julián Carrillo, defensor de tierras rarámuri, siendo el más reciente, asesinado el 24 de octubre. Su hijo, sus dos sobrinos y su yerno le precedieron en la trágica caravana fúnebre que significa defender derechos contra la maquinaria del progreso.

Si bien la consulta fue muy deficiente y sus motivaciones políticas son sospechosas, la decisión de cancelar el proyecto es una forma de justicia para los pueblos a la orilla del lago de Texcoco: Texcoco, Atenco, Nexquipayac, Acuexcomac, Tocuila, Tepetlaoxtoc, Tezoyuca, Atlazalpa, Chiconautla, Tlalmanalco, Tlapacoya, San Juan de las Pirámides,Tecuautitlan, Ixtapaluca, Ixtlahuaca, Chipiltepec, Acolman; quienes han mantenido su frente de defensa de sus tierras durante 17 años. Sobre todo una forma de justicia (una forma insuficiente, tardía, precaria) para las víctimas de la represión de San Salvador Atenco entre el 3 y el 4 de mayo de 2006, ordenada por Peña Nieto, donde dos personas fueron asesinadas, 146 personas fueron detenidas arbitrariamente y 26 mujeres fueron sometidas a distintos tipos de vejaciones sexuales.

¿Qué beneficios otorga el aeropuerto a estas personas? ¿Qué beneficios traería a México (en su conjunto, no a unos pocos) que justifiquen el pisoteo de los derechos humanos? Si el fin justifica los medios, ¿por qué? ¿cuál es el fin, cuáles los medios, cómo se evalúan, qué valor se les asigna?

5. Y ahora que es Santa Lucía, ¿qué?

Por último, el hecho de que el aeropuerto se cancele no es el final de la historia. La mayoría de los especialistas en materia ambiental coinciden en que la zona del lago de Texcoco se puede recuperar ahora que el aeropuerto se ha cancelado, pero también coinciden en que dicho proceso no será fácil, será costoso y puede que no sea total (véase Darinka Rodríguez). Hay amenazas, también, pues, aunque el proyecto se cancele, el crecimiento irregular de la mancha urbana puede continuar su curso, lo que podría ser incluso más dañino que un aeropuerto que al menos debe obedecer ciertas regulaciones.

Habrá que hacer evaluaciones, estudios extensivos de la zona, cosa que no se ha hecho desde que comenzó la construcción en 2015. Sobre todo, se deberán tomar las medidas legales para que el sitio se convierta en una zona natural protegida.

Si bien una auténtica incidencia de la sociedad civil fue cooptada por una consulta deficiente, de aquí en adelante deberemos ejercer presión para asegurarnos de que, si el proyecto se detuvo, haya sido por algo que valga la pena.

Por último, es cierto que hay que prestar atención a los aspectos económicos a mayor escala. Ciertamente, en términos de mercado y tráfico aéreo, México está muy necesitado de un aeropuerto nuevo desde hace más de 20 años. Y aunque algunos analistas aseguran que la alternativa de Santa Lucía es viable, su vida útil, al menos en su versión actual, sería de unos 20 años mientras que la del NAIM sería de 80.

La sociedad es un organismo complejo en el que intereses, poderes, discursos y modus vivendi chocan y confluyen. La decisión de qué derechos deben primar nunca es sencilla. No obstante, ésta es una oportunidad para cuestionar la forma en que estas pugnas suelen darse en nuestro país, donde los enormes proyectos suelen ganar a costa del medio ambiente y de tejidos sociales. En México el “progreso” siempre se impone. Quizás en esta ocasión en que ha perdido, valdría la pena detenernos y pensar.

Todo está perdido

Hace poco vi ‘All is lost’, una película del 2013 en donde sale Robert Redford y sólo Robert Redford. Es una película relativamente sencilla. El guion original tiene solamente 32 páginas y apenas reúne un par de líneas de ‘diálogo’ (en realidad ‘monólogo’ ya que no hay nadie más) y de esas líneas, buena parte son sólo interjecciones y gritos de ayuda. No es la clásica película de supervivencia en solitario. El protagonista – y único personaje – no tiene nombre. En los créditos finales se refieren a él sólo como “Nuestro hombre”. El filme no usa los salvavidas fáciles que otros filmes similares utilizan, como un narrador, o un diario, o un objeto inanimado que se convierte en un amigo (como Wilson en Náufrago). Lidia de frente con uno de los aspectos más crueles del aislamiento: el silencio. La película me encantó. Me pareció audaz, auténtica, profunda e incluso mística. Se siente como una reinterpretación de El libro de Job. El hombre justo que sufre sin razón aparente. En El libro de Job, la razón es simplemente que no conocemos las razones de Dios y que siquiera tratar de entenderlas es vanidad. En la vida real, la revelación es tan inquietante como la de un Dios incomprehensible (¿sádico?): No hay razón. Las cosas suceden y no hay un significado ulterior para ellas. Al menos ninguno más allá del que nosotros podamos adscribirle, inventarle o construirle.

‘Nuestro hombre’ en ‘All is lost’ ha decidido lanzarse a cruzar en solitario el océano índico por razones que no conocemos y que nunca se nos aclaran. Cuando lo conocemos, ya está en medio de un desastre. Un contenedor a la deriva ha chocado con su bote y le ha abierto un agujero en cubierta. A partir de aquí, todo se va al carajo. Una y otra vez. Sin importar cuánto lo intente, cuánto sacrifique, cuánto da de sí mismo, el océano sigue golpeándolo.

No sólo me gustó la película porque sea buena, me gustó porque sentí que me habló directamente. Y me habló directamente porque llevo un rato a la deriva.

Hace poco más de dos meses comencé a sentirme extraño. Un tipo de extraño familiar. En ciertos momentos agitado sin una razón clara, como si algo terrible fuera a pasar y yo estuviera seguro. En otros momentos, la mayor parte de los días, sencillamente triste. Pero una especie oscura, pesada, pegajosa de tristeza. Un ahogarse, un perder toda esperanza de tristeza. Y en otras ocasiones, un entumecimiento, como el entumecimiento que se siente después de caminar por mucho, muchísimo tiempo, sólo para encontrar nada. Como diría Leonard Cohen: “I stepped into an avalanche, it covered up my soul”.

A esto debería sumar un problema continúo de dinero desde que llegué a Estonia. Un problema que se intensificó en el peor momento posible. Vine a Estonia sin beca, sin ninguna especie de apoyo financiero ni de México ni de la Universidad de Tartu. Logré venir gracias al dinero que gané de la traducción de un libro combinado con un préstamo. Ese dinero se me acabó en octubre del año pasado. Por un par de días comí galletas saladas con mayonesa. Di una clase de español en una escuela local, lo cual me ayudó, pero a partir de enero mis estudiantes tuvieron que dejar las clases por cuestiones laborales. Traduje, pero me pagaban en pesos y en la conversión continúa ese dinero se me iba entre los dedos como agua. Tuve que pedir otro préstamo para el segundo semestre. Afortunadamente, un buen amigo me señaló una beca del gobierno mexicano basada en “talento”, lo que sea que eso signifique. A finales de abril, la obtuve.

Había un último rayo de esperanza disponible. Hacia el final del semestre pasado, se nos dijo que cada año había una beca de colegiatura disponible que se otorgaba con base en calificación. Aunque en un inicio yo no entendía nada de mis clases, me esforcé. Seguí adelante. Me vertí por completo en la maestría. Cada vez que tenía un proyecto que entregar, una presentación que dar un ensayo que escribir, pasaba noches sin dormir. Y al final del primer semestre, obtuve una A en todas mis clases. En el segundo semestre igual. Es decir que hasta ahora he mantenido un promedio de A. De 5 sobre 5. En la primer semana de septiembre, recibí un formato para aplicar formalmente a la beca de colegiatura. Si las cosas seguían su curso natural, debía recibirla.

Mientras tanto, el dinero de la beca mexicana se me acabó a mediados de agosto. Ese mismo mes, se suponía que debía recibir el dinero correspondiente al segundo semestre. Ya que la burocracia mexicana es una monstruosa combinación de pesadilla kafkiana y de película de Cantinflas, recibí el dinero hasta el viernes pasado, lo cual quiere decir que pasé dos meses sin dinero, dependiendo por completo de préstamos pequeños de amigos, familia y de mi novia, quienes, yo sé, también batallan.

Hubo un par de momentos en que sentí que había tocado fondo. Uno fue hace como un mes. Aquí en Estonia uno puede intercambiar botellas vacías de cerveza o refresco por dinero. 10 centavos por botella. Así que un día, teniendo como 30 centavos en mi cuenta, decidí que sería buena idea llevarme una bolsa de plástico conmigo mientras corría en caso de que encontrara botellas abandonadas en la calle. En 5 kilómetros sólo encontré una. Saqué la bolsa que traía conmigo y cuando la desdoblé, me di cuenta de que era una bolsa de farmacia en donde no cabía la botella. La dejé. Otro momento ocurrió hace un par de semanas – de hecho, fue justo el día en que llegué a Tallin de Riga (en el mismo camión en que vi ‘All is lost’) -, cuando en el aeropuerto de Tallin encontré una canasta de manzanas. Una especie de regalo simbólico del aeropuerto a los viajeros por el inicio del otoño. Circulé alrededor de la canasta con timidez hasta que estuve seguro de que nadie me veía y entonces me acerqué y metí todas las manzanas que pude en mi mochila a sabiendas de que no tenía dinero ni una fecha de depósito cercana.

Pero nada de esto es tan importante como lo que constituía mi preocupación más urgente: esta tristeza que todo lo impregna, este lento hundirse. Sabía que necesitaba ayuda. Sabía que necesitaba ir con un psiquiatra para comenzar a tratar esto. Pero no tenía dinero. Una amiga me prestó dinero porque sabía que esperar más podía ser peligroso. Luego una profesora muy amable me ayudó a hacer la llamada para concretar una cita.

Hoy por la mañana fui al psiquiatra. Después de salir, sentí como que por fin había podido alzar mi cabeza por encima del agua, como que por fin alcanzaba una bocanada de aire. Mientras caminaba de vuelta a casa, comencé a pensar que quizás debería a ir a un café esta tarde, darme un gusto para variar. Las cosas ahora serían mejores.

Llegué a mi departamento, abrí mi correo y me encontré con el siguiente mensaje:

“Me da tristeza anunciarles que aunque un estudiante con beca de colegiatura dejó el programa el año pasado, la oficina de asuntos académicos no transferirá la beca a otro estudiante.

Esto debido al número de estudiantes aceptados en su programa. Sólo cuando hay menos de 10 estudiantes con beca de colegiatura, la universidad transfiere la beca a otro estudiante”.

Hay un momento en ‘All is lost’ cuando ‘Nuestro hombre’ se da cuenta de que ya ha cruzado la línea de paso de cargueros en el océano Índico. Sus posibilidades de ser visto y rescatado por un barco se ven seriamente reducidas.

Yo contaba con esa beca. Le dije a todo mundo en México que las cosas iban a mejorar porque casi con total seguridad recibiría esa beca. Trabajé tanto y me esforcé por tanto tiempo. Lo di todo. Lo intenté. Nunca entendí ni siquiera porqué no me dieron la beca desde un inicio. 10 de 15 personas la obtuvieron. Cuando llegué y vi que no entendía una palabra de lo que se decía en clases, pensé que estaba bien. Sí, en efecto, no me merezco esto, claramente no es lo mío. Pero luego me di cuenta de que casi todos mis compañeros estaban igualmente perdidos. Y lo que es más, me di cuenta de que era capaz de escribir ensayos exhaustivamente investigados, interesantes, catalizadores de discusiones. Y más aún, muchos profesores me felicitaron por mi trabajo, me dijeron que podría publicarlo si le hacía algunas correcciones. Uno de mis profesores, el mejor hasta ahora y uno al que quiero considerar mi amigo, me dijo al terminar el primer semestre: “Eres un líder y este programa te necesita”. Y a pesar de todo eso, no obtuve la beca.

Había otra persona compitiendo por ella. Mariia, mi mejor amiga en Tartu. Una chica rusa brillante que también ha sufrido por cuestiones económicas. Si ella hubiera ganado la beca, al menos habría una cierta alegría, una sensación de recompensa. Pero ni ella ni yo ganamos nada por una cuestión técnica. Y quizá lo que se siente más insultante es que nos pudieron haber dicho esto desde un principio. Hacernos firmar una aplicación parece ahora una broma cruel. Mantuvieron vivas nuestras esperanzas hasta el final.

No tengo idea de cómo voy a salir de esto. La beca mexicana apenas me alcanza para pagar mi colegiatura, pero ya que he pasado dos meses sin dinero, buena parte de la beca se me irá en pagar deudas. Ya no quiero pedir más, puesto que el dinero que debo ya de por sí pende sobre mí como una nube negra.

“13 de julio, 4:50 pm. Lo siento. Sé lo poco que eso significa ahora. Pero lo siento. Lo intenté. Creo que todos deben aceptar que lo intenté. Ser honesto. Ser fuerte. Ser bondadoso. Amar. Ser justo. Pero no lo logré. Y sé que ustedes lo sabían, cada uno a su manera. Pero lo siento. Todo está perdido aquí, excepto por el alma y el cuerpo. Quiero decir, lo que queda de ellos. Y medio día de raciones. No hay excusa, realmente. Lo sé ahora. Cómo fue que me tomó tanto tiempo admitirlo, no lo sé. Pero así fue. Luché hasta el final. No sé cuánto valga eso, pero sé que lo hice. Siempre he esperado más para todos ustedes. Los extrañaré. Lo siento”.

Eso es lo que ‘Nuestro hombre’ escribe en una carta. No es un spoiler. Se muestra al inicio de la película. Así es como me siento hoy.

En mis primeras semanas en Estonia salía a correr todas las mañanas. Cada día corría un poco más lejos. Empecé a correr más allá del letrero de ‘Bienvenido a Tartu’. Y cada día que pasaba ese letrero me invadía este sentimiento de libertad. Una mañana me di cuenta de que estaba huyendo. Estaba tratando de escapar. Pero decidí quedarme y luchar. Tal vez hoy, finalmente, puedo decir que luché y perdí. Ahora puedo marcharme, derrotado, pero sabiendo que lo di todo.

Tanta gente me ha ayudado en el camino. Amigos, familia, mi novia. Con toda honestidad, siento que se me ha acabado la energía. Ya no me queda nada. Esto es tan lejos como pude llegar. Lo intenté y creo que cualquiera que me haya visto sabe que lo intenté. Todo está perdido aquí.

Pero luego he pensado en una cita de la primera novela que me avasalló, Rayuela, de Julio Cortázar: “Nada está perdido si se tiene por fin el valor de proclamar que todo está perdido y que hay que empezar de nuevo”.

Todo está perdido.

Empecemos de nuevo.

Aunque no prometo nada.

All is lost

Some days ago, I saw ‘All is lost’, a 2013 film starring Robert Redford and only Robert Redford. It’s a very straightforward movie. The original screenplay was only 32 pages long and it features only a couple lines of ‘dialogue’ (actually monologue since there’s no one else) and from those lines, most of it is just swearing or screaming for help. It’s not the typical survival film. The main and only character doesn’t have a name, it’s just referred to as ‘Our man’ in the ending titles. The film does not make use of the easy aids other similar films use, like voice over narration, a journal of some sort, or an inanimate object becoming a friend (like Wilson in Cast Away). It deals with one of the most terrible aspects of isolation head on: silence. I loved it. I think it’s wonderful. Bold, authentic, profound and even somewhat mystical. It feels very much like a modern retelling of the story of Job. The just man who suffers with no apparent reason. In Job’s book however, the reason for this is simply: we don’t understand God’s reasons and to try to understand them is vanity. In real life the revelation is equally if not even more unsettling to an incomprehensible (sadistic?) God: There is no reason. Things happen and there is no greater meaning to them. At least no other than the one we are able to ascribe to it, or get from it, or make of it.

‘Our man’ in ‘All is lost’ has decided to undertake a dangerous journey in the open sea by himself for reasons we don’t ever find out. When we meet him, he is already in the midst of disaster. A container adrift has crashed into his boat and poked a hole on the side. From here on, it’s all downhill. It doesn’t matter how much he tries, how much he sacrifices, how much he gives of himself to go on, the ocean just keeps knocking him down.

I didn’t just like this movie because it’s good. I liked it because it spoke to me. And it spoke to me because I am and have been for some time adrift.

A little over two months ago, I started feeling weird. I started feeling a familiar kind of weird. At times unsettled without a clear reason, as if something terrible was about to happen and I knew for sure. At other times, most of the day, just sad. But a dark, heavy, sticky kind of sad. A hopeless, drowning kind of sad. And at other times, a numbness, as the numbness after walking for long, so long, only to find nothing. As Leonard Cohen would put it: “I stepped into an avalanche, it covered up my soul”.

To this I should add a continuous struggle with money since I arrived in Estonia. A struggle that intensified on the worst possible moment. I came to Estonia without a scholarship, without any kind of financial help neither from Mexico nor from the University of Tartu. I managed to come with the money I got from a book translation coupled with a loan. That money ran off by October last year. During a couple of days back then I ate crackers with mayonnaise. I taught Spanish lessons in a local school, which helped, but by January my only two students couldn’t come anymore. I translated, but being paid in pesos, the money just slipped through my fingers like water. I had to ask for another loan for the second semester. Luckily, a good friend pointed me in the direction of a Mexican scholarship based on “talent”, whatever that is. By the end of April I got it.

There was another glimpse of hope available. By the end of the last semester we were told every year, another tuition waiver scholarship was allocated based on grades. Though I did not understand anything in the first couple of months of the master’s program, I ploughed through. I worked as I had never worked before academically. I poured myself into it totally. I didn’t sleep at all each night before a project, presentation or paper. And by the end of the first semester, I got an A on each of my courses. By the end of the second semester, the same. Meaning up till now, I have an A average grade. A 5 out of 5 GPA. On the first week of September, I was sent a form to formally apply for the tuition waiver. If everything just went along in the way it was supposed to be, I would get it.

In the meantime, the money from the Mexican scholarship ended by mid-August. I was supposed to be able to get the corresponding money for this semester from the same scholarship in August, precisely, however, because of that Kafkian nightmare that is Mexican bureaucracy, I only got the money this past Friday, which means that during two months I had no money. I depended totally on small deposits from family, friends and from my girlfriend, all of whom I know also struggle.

There were a couple moments when I felt I hit rock bottom. One was about a month ago. Here in Estonia you can exchange empty beer or soda bottles for money. 10 cents per bottle. So, one day, I had about 30 cents in my account, and I went out jogging with a plastic bag in my pocket, hoping I would find bottles to exchange for money. In about 5 km I only found one. I pulled the bag and when I unfolded it, I realized it was a pharmacy bag where the bottle didn’t fit. I left it. Another moment happened a couple weeks ago – actually, it was after arriving in Tallinn from Riga (in the same bus where I saw ‘All is lost’) –, when in Tallinn’s airport I found a basket full of apples. A sort of symbolic gift the airport was giving away because autumn was beginning. I passed around it a couple times, timidly, and finally, when nobody was watching, I approached the basket and took as many apples as I could and put them in my back-pack because I had no money and no foreseeable date as to when I was going to receive the money from the Mexican Scholarship.

But this all is not as important as the most crucial thing that worried me: this pervasive sadness, this slow, steady sinking. I knew I needed help. I knew I needed to find a psychiatrist and start treating this. But I had no money. A friend lent me money because she felt waiting any longer could be dangerous and a very kind professor called to a psychiatric office to make an appointment.

Today I went to the psychiatrist in the morning. After I left, I felt as if I was finally above water, as if I had finally grasped for some air. While I walked back home, I started thinking I should probably go to a café in the evening, treat myself for a change. Things would be better now.

I arrived at my apartment, opened my email and found the following message:

“I am sad to let you know that although a student with a tuition-waiver scholarship left the program last year, the Office of Academic affairs in not transferring it to another student.

This has to do with the nominal number of students accepted to your program – only when there are less than 10 students with tuition waiver left, will the university transfer the scholarship to another student”.

There is a moment in ‘All is lost’ when ‘Our man’ realizes he has already crossed the shipping lane in the Indian Ocean, meaning the possibility of a ship finding and rescuing him becomes very, very low.

I counted on that scholarship. I told every single person back home that things would get better because I was almost certain I would get that scholarship. I worked so hard and so long. I gave my all. I tried. I never even understood why I didn’t get it to begin with. 10 out of 15 people got it. When I arrived and I saw I didn’t get most of what was spoken about in classes, I thought it was fair. Yeah, sure, I don’t deserve it, I am clearly not cut out for this. But then I realized most of my classmates were equally confused. And moreover, then I realized I could write engaging, thoroughly researched, thought-provoking essays. And what’s more, many professors started commending my work, telling me I could publish if I edited my papers a little. One of my professors, the best one so far and one I would like to consider my friend, told me by the end of the first semester: “You are a leader, and I think this program needs you”. And in spite of all that, I did not get it. There was another person competing for it. My best friend here in Tartu, Mariia, a brilliant girl from Russia who has also had a hard time making ends meet. If she had got it, at least there would be some sort of relief, of joy. But neither her not me got it because of a technicality. And maybe the most insulting part is that they could have told us this since the beginning. Making us sign that application was just like a cruel prank. They kept our hopes up until the very end.

I have no idea how I am going to manage. The Mexican scholarship is barely enough to pay for the tuition, but since I spent two months without money, a good chunk of it is going off to pay debts. I don’t want to ask for any more money because the money I already owe hangs like a heavy cloud above my head.

“13th of July, 4:50 pm. I’m sorry. I know that means little at this point. But I am. I tried. I think you could all agree that I tried. To be true. To be strong. To be kind. To love. To be right. But I wasn’t. And I know you knew this, in each of your ways. And I am sorry. All is lost here, except for soul and body. That is, what’s left of them. And a half day’s rations. It’s inexcusable, really. I know that now. How it could have taken that long to admit that, I’m not sure. But it did. I fought to the end. I am not sure what that is worth, but know that I did. I have always hoped for more for you all. I will miss you. I’m sorry.”

That’s what ‘Our man’ writes in a letter. It’s not a spoiler, it is shown at the very beginning of the movie. That’s how I feel today.

In my first few weeks in Estonia I was jogging every morning. Each day I ran a little bit further away. I started running past the “Welcome to Tartu” sign. And everyday when I passed that sign and kept going I got this freeing feeling. One morning I realized I was running away. I was trying to escape. But I decided to stay and fight. Maybe now, finally, is when I can say I fought but I lost. I can leave now, defeated, but knowing I fought.

So many people have helped me along the way. Friends, family, my girlfriend. In all honesty, I feel I have ran out of steam. I have no fuel left. This is it. This is as far as I could fight. I tried and I think everyone who has seen me can agree that I tried. All is lost here.

But then again, I remembered a quote from the first novel that blew my mind, Hopscotch, by Julio Cortázar: “Nothing is lost if you have the courage to accept that all is lost and that you must start again”.

All is lost.

Let’s start again.

Though I don’t promise anything.

A reader's journal: From The Savage Detectives to 2666, final part

My reading of 2666 was radically different from my reading of The Savage Detectives. When I came to Estonia, 2666 was the only book that came with me in my hand luggage and I started it all over again. The trip was extremely long, 33 hours, more than half of it just waiting time in airports, so, by the time I arrived in Tallinn, I was already halfway through it. It was, as opposed to The Savage Detectives, a solitary reading.

And I think that’s just fine because, there where The Savage Detectives is a choral novel overflowing with camaraderie, 2666 is a solitary novel. Solitude wanders through its more than a thousand pages, quiet but impassive as the hot desert wind. The sole chapter in the book where we encounter something similar to the group feeling in The Savage Detectives is The part about the critics, where Pelletier, Espinoza, Morini and Norton discover Benno von Archimboldi and rescue his literary figure from oblivion, to then enter a quest to find him in person. Although even in this chapter, we start to see how that camaraderie starts to fall apart, slowly, without any violence, as all things that crumble under intense heat. We see how Morini starts to drift apart in unaccountable silence. And we see, also, how Pelletier and Espinoza, although friends until the end, seem to be alone too: two friends who share their unalterable loneliness.

In the following chapters loneliness is more evident. The part about Amalfitano is, for me, the saddest of them all. A Chekhovian kind of sadness. Amalfitano is a Chilean emigrate who is teaching literature in Santa Teresa’s University. Left by his wife along with their daughter. Her wife, however, is portrayed as possessed by a beautiful folly and not as a villain. In The part about Fate we come to know Fate (obviously), a young black journalist from Chicago, who travels to Santa Teresa to report on a box match. The chapter starts with the death of Fate’s mother, with his pain and with him “surrounded by ghosts”, and pain and ghosts never abandon him. The part about the crimes is the most sordid, the most difficult to read, the longest and the most bone-chillingly similar to reality. There, we don’t meet any protagonist. The protagonist is evil, it’s poverty, it’s misoginy, it’s indifference, it’s deathly silence. We meet the victims, hundreds of women who are raped and murdered, and a series of people: cops, prosecutors, journalists, private investigators, politicians and just citizens who live and deal, to a greater or lesser extent, with the crimes. In this part is also where solitude is most unbearable. I think there’s one significant relationship, that of judicial police officer Juan de Dios Martínez, one of the few officers on the cases who actually tries to solve them, and Elvira Campos, a psychiatrist. Their relationship, as demanded by her, remains strictly sexual. Sometimes, after sex, she lies in bed and talks to him about her escape dreams, about a life in Paris, about a youth extended by costly surgeries; she talks to him as if she was talking with the air, to herself, and he listens, half moved and half gloomy, and is only capable of saying: “You drive me crazy just as you are”. But, of course, the most devastating loneliness in this chapter is that of the victims who are alone when murdered and whose loneliness follows them to the grave – more often than not a mass grave – since no one finds, or no one wants to find, answers.

At last there’s The part about Archimboldi where we come to know Hans Reiter, Archimboldi’s birth name (I wonder if Bolaño chose this last name because the German pronunciation is similar to Writer) and we follow him, very much in XIXth Century novel-fashion, from before he was born to his old age, in an epic that extends from the World War One, lingers in the Eastern front during WWII and ends well after the fall of the USSR and in the beginning of the new millennium. Archimboldi has no one but his own soul, and it seems at times that’s all he needs.

There are similarities with The Savage Detectives, yes. Ambition and breadth, to begin with. Bolaño´s absolutely Spartan understanding of writing. The fascinating digressions that have nothing to do with the central plot, but that either reinforce, or reverberate, or contradict, or battle with the central themes. An invincible romanticism tied in a lethal vortex with cynicism and disenchantment. His male heroes, all seeming reiterations, reformulations and paraphrasis of one another: Pelletier, Espinoza, Belano, Lima, Lalo Cura, Archimboldi, Ansky, etc. All of them seem to me like projections of Bolaño himself. Brave men anxious to live. Men who look at the world and discover the skeletons behind the appearances. Is as if Bolaño saw himself in a crushed mirror and the many slightly deformed reflections casted by this mirror were his characters. But these deformed reflections, unlike the reflections in broken mirrors that abound in literature, are neither grotesque nor unsettling, but rather melancholic. The broken mirror in which Bolaño looks at himself is, almost every time, a mirror of nostalgia. The images in it are the lives he did not live and misses nonetheless. They are reflections possessed by an un flickering dignity and an unwavering sadness, which is, after all, the light that shines on all heroes.

Another similarity, this one crucial, is Bolaño’s obsession with evil, which is present, but not so evident, in The Savage Detectives. It is front and center in Nazi literature in the Americas and in Distant Star. This obsession is taken to the extreme in 2666, where Bolaño jumps into the horror of the femicides in Ciudad Juárez, researching tirelessly, both on his own and with the help of Sergio González Rodríguez, who, around the same time, was publishing weekly coverage of the crimes which were later compiled in his book: Bones In the Desert. As a way of thanking him for his help, Bolaño paid homage to González Rodríguez by including him in the novel and adding: “With Sergio González Rodríguez I would go to war”.

Sergio González Rodríguez, journalist and ficion writer. Passed away in 2017.

What Bolaño did in The part about the crimes is exceptional, but moreover, it’s important. Along the 350 pages that this chapter takes, Bolaño tells hundreds of femicides between 1993 and December 1997. He narrates them with a language clearly mirroring the cold and clinical tone of forensic’s and police’s reports; but in each of those narratives, his own voice starts leaking, as drops in a cavern, and he begins to talk to us not only about the morbid murders and the state of the bodies, but about the lives of the victims, about their names, their mothers, their siblings, about what they did, where did they work or study, what were their fantasies. The result is almost beyond all bearing. As González Rodríguez pointed out (which is notable, given that González Rodríguez researched the crimes exhaustively and in situ):

“Bolaño’s master novel adds a tragic density that allows a close reading of reality in a way that the facts, because of their traumatic effect, sometimes hide. What is documented as a fact, becomes unbearable as fiction”.

With 2666, Bolaño sets himself apart, at least in my opinion, from the modern and postmodern literature that is only interested in experimentation, in structural razzle-dazzle, in the deployment of overwhelming talent, and in the meta-look-I-know-you know clever cynicism, and throws himself into the abyss (a very bolañesque image) of the open wounds that are unpleasant to look at both because they’re terrifying and because they accuse. It is not by coincidence that Amalfitano’s disappointed when encountering an illustrated pharmacist who prefers The Metamorphosis over The Trial, Bartleby over Moby Dick, A Simple Heart over Bouvard et Pécuchet and A Christmas Carol over A Tale of Two Cities or over The Pickwick Papers:

“What a sad paradox. Now even bookish pharmacists are afraid to take on the great, imperfect, torrential works, books that blaze paths into the unknown. They choose the perfect exercises of the great masters. Or what amounts to the same thing: they want to watch the great masters during fencing training, but they want to know nothing about real combat, when the great masters struggle against that something, that something that terrifies us all, that something that cows us and spurs us on, amid blood and mortal wounds and stench”.

2666 was the last and fiercest combat Bolaño went into. The savage detective died in July 2003 and his last novel saw the light in October 2004.

As he wrote, Bolaño was conscious that he didn’t have much time left. I think that’s noticeable when reading 2666. Death is a clear presence in it. Not only literally, I mean rather that one can sense Death siting across Bolaño’s desk, patiently waiting the moment when the last key was struck. It’s interesting in this sense the reiteration of Sisyphus myth in the last part of the book. There, Bolaño is not interested in Sisyphus punishment, but on how Sisyphus eludes Thanatos, his death. What’s curious is that, the first time he retells the myth, it is only to the point where Thanatos is freed by Zeus and Sisyphus dies. But later in the novel, Archimboldi sends a puzzling letter to Mr. Bubis, his editor, where he says that Sisyphus, by means of a clever ‘legal’ move, manages to cheat death at the last minute and live a long and happy life, dying an old man. Moreover, Archimboldi avers that the stone punishment was only a trick laid by the gods to prevent Sisyphus from thinking about new ways to escape. “But on the least expected day, Sisyphus is going to come up with something and he’s going to come back again”, Archimboldi says. Bolaño wanted to escape death. He wanted to live.

Jorge Volpi remembers that in a young writers gathering in Seville, 2003, a kid came to Bolaño as a missionary to a saint and asked, “what advice would you give to young writers everywhere?”, to which Bolaño replied: “I recommend you live. Live and be happy”. This response, according to Volpi, has been disappointing to almost every writer apprentice who has listened to it referred, apprentices who expect The Tablets of Stone in literature’s Mount Sinai, but rather received a quote that could have been shared by their aunts in Facebook. But the thing is, Bolaño was on his last days. That gathering was, in fact, his last public appearance. Life was everything he hoped for and the only thing he couldn’t get.

That sadness is manifest in the novel. And now, when I’ve been thinking about 2666 in contrast to The Savage Detectives, I feel this is the crucial difference between them. The Savage Detectives is a novel that’s on fire, that’s young and anxious. It’s not, or at least I think it could not be labelled a ‘happy’ novel. There’s sadness in it, there’s horror, there’s disenchantment, but it’s all burning in the flames of youth, of a life that still seems limitless and free. It even ends with a mysterious incomplete square, that, to me, always signified the barriers of something being overflowed. It ends, as I’ve said before, with García Madero, the youngest of them all, willing to go further, who knows where the hell to, but further.

In 2666, all five books that integrate it, always end with a tinge of sadness. The same tinge of those half-broken smiles of people who just can’t take it anymore. It is still a limitless novel, but it’s not the vastness of a sea that one is eager to sail anymore. It’s the vastness of a sea we know it’s too big and too deep, while we are too small, so very small.

The selection of characters, I believe, is eloquent. In The Savage Detectives, everyone is a poet. In 2666 there is not a single poet. There’s a group of critics, that, to me are the furthest you can get from a poet in the literary fauna; a poet (a good poet, an authentic poet) writes and lives poetry, is right there at the front line; the critic, on the other hand, writes about, reflects, studies, comments, is far, far away from the battlefield. There’s also a novelist, about whom we come to care because of his life, his work is just mentioned.

It’s also evident that here, Bolaño faces the specter haunting all artists: posterity, legacy, prestige, a work that survives him. Over and over, through many different characters, he seems to tell us and beware himself that posterity, legacy, prestige, the survival of a body of work, it’s all apparent, an illusion. Not too far away from fame. In an interview for Chilean TV, when asked about literature as a way of living, he responded literature was a miserable place filled with fools who were sure about the transcendence of their own work, and stated: “In 400 million years, not even Shakespeare will be someone”. The last two pages of 2666 are a master final strike I won’t ruin for anyone.

Somewhere in the book, very close to the ending, we read about sweet Lotte’s life. Lotte is Archimboldi’s younger sister. When she’s already old and alone, we are told that sometimes she goes to the beach and that, in the evenings, she looks at the sunset on the terrace of some hotel, looking distant, with a touch of elegance and a certain something of sadness; but that when an old widower or divorced man comes and asks her to dance or walk on the beach, she smiles and says “no, thank you”, and at that moment, “only sadness remains”. This is the feeling 2666 has left me. It’s an impressive torrent of a novel, one of the highest and most prodigious narrative buildings of contemporary Latin American fiction; an unabated book that carries on and on long after we have closed it. However, when finishing it and after some days have passed, it seems only sadness remains. But a sadness full of dignity. As González Rodríguez said about Bolaño’s fiction, there abound moments “when tears are congregated around an intimate defeat that tastes like victory”. That’s 2666, the most intimate defeat and Roberto Bolaño’s final victory.

Juan Villoro reminisces that, soon before the fateful day, Bolaño called him to comment on a sentence he found in a novel by Leonardo Sciaca. A priest in the novel, after having been witness to all the misery and splendor of human experience, says: “there’s only one baptism left for me: the baptism of death”. On July 15, 2003, Thanatos finally found Sisyphus. In Bolaño’s notes for 2666, a note was found that read: “2666 narrator is Arturo Belano” – his loyal alter ego along his work – and in another note, under what appears to be an instruction: “for 2666’s ending”, it says: “And that’s all, folks. I’ve done it all, I’ve lived it all. If I had any strength left, I would cry. Goodbye to you all. Arturo Belano”. The last baptism had arrived.

Homage paid to him by the wonderful Chilean poet, Nicanor Parra. Also deceased in 2017, at 103 years of age.

What is 2666, then? Why that weird title? Bolaño said the title was the key to understand the novel, but it’s impossible to know if he was being earnest or joking, or a bit of both. Many have attempted to decipher it’s meaning. Ignacio Echeverría says it’s only a date, the vanishing point that orders and gives perspective to the novel. Alan Pauls has also posited it’s a date, but rather the date when the novel was written and from when is coming to us: a novel that comes from the future. Jorge Volpi argues the book is a ticking bomb that is programmed to blow in 2666. Bolaño himself seems to drop hints. In Amuleto, Auxilio Lacouture, the protagonist of that novel, describes a street in Mexico City, late at night, as a cemetery, “but not a cemetery from 1974, nor a cemetery from 1968, nor a cemetery from 1975, but a cemetery from 2666”. On the other hand, in The Savage Detectives, Amadeo Salvatierra says that Césarea Tinajero (the poet that our protagonists are trying to find) spoke of a revolution that would arrive in the XXIIth Century, a prediction that is later adjusted; according to a professor who speaks with García Madero, the revolution, Tinajero clarified to her, would really arrive in 2600, 2600 and something. In 2666, in some pages devoted to the family history of Lalo Cura (one of the central characters in The part about the crimes) we are told that her mother met and slept with two young men who were driving across Sonora (could they be Belano and Lima?), as if running away from something, and both of them speaking of “an invisible revolution that was developing but that would only come to the streets in at least fifty years. Or five hundred. Or five thousand”.

So, what is 2666? Is it the year when the revolution starts? Is it the year where the novel is written? Is it the year when the bomb goes off? Or maybe the year when the crimes are solved? When women stop being murdered? When evil recedes? Or the year when poets and writers and critics and literature stop existing? Or is it all just a date so far away that it is equivalent to say: none of this will ever change?

In my opinion, 2666 is the year in which there’s no meaning anymore, when names have been forgotten. The date when an unlikely archeologist tries to recover some of the meaning lost to the merciless erosion of time past, when, piece by piece, stone by stone, something is rebuilt but it’s nothing more than a skeleton, or maybe not even that, merely a ghost of our XXth century (because our century is still the XXth and not the XXIst, we have not yet been able to invent a new century, we are nothing but the envious, anemic shadow of the XXth century). 2666 is the year when Roberto Bolaño tells us this ancient history, monumental but somber as pyramid sleeping in the belly of a dense jungle, imposing but mute and undaunted as the ruins of Babylon, distant but still dangerous, as those statues whose features are blurred but still touch, move, send a chill down the spine.

There are and will be many exegetes of Bolaño’s work, particularly of his two masterpieces. I won’t be one of them. I’d rather remain his reader. And as a reader, what I have to thank him the most, what amazes me the most, what is the most blazed into my memory, are all those episodes which abound in his fiction, where he seems to recover, like almost no other living writer, something I don’t quite know how to put into words, but I guess that is the mystery of living.

So, almost a year went by before I finished the novel. My masters turned out to be far more demanding than I expected, and I couldn’t read anything other than academic stuff for months. But finally, there I was, in a book shop in central Tallinn, with F. mute and trembling, uncapable of escaping the novel.

And then an old friend came to my mind.

After the dissolution of the 132 movement, David’s path and mine distanced significantly. He left Leon and went to Mexico City. Then he moved to Hidalgo. I don’t remember if he later moved to Chihuaha. He got a job that required him to be on the move all the time, which was pretty ad hoc with his nomad personality. Sometimes he visited León and he always did it without any sort of notification, as if phones, e-mails, letters, telegrams, were not a thing in his world. He came wrapped in a mystery he sought and protected, and he left in the same way. He came, we gathered, chatted for hours, and then, when he was leaving, he always told me we should meet the next day for lunch. The next day, by lunch time, he was already in another city. With time I understood that this was his bizarre way of saying goodbye. The time between visits became longer and longer.

We met in the summer of 2015. I had just started dating F. At that time, I remember it well, his visit felt like a possible and lasting reunion. But then two years passed in which we knew nothing about each other.

With this I don’t mean to say that David forgot about me. Borges already said somewhere that friendship dos not require frequency. In May 2017, my family went through a rough patch. A very bad financial situation, the death of my uncle, my dad’s younger brother, and, in my case, the denial of a scholarship which, at the time, seemed like the tombstone on my attempt to come to Europe. David, who carries the nickname of ‘The cat’ with justice, appearing and disappearing without being noticed, sent me a letter asking me what he could do for me, how could he help me, what was needed for me to get to the old continent. When I answered that I just needed all the good thoughts he could send, he said:

“In spite of it all, brother, try not to loose your smile. Be with your father who will surely need to find a friend in you, a support through this. Have something concrete, human, at hand to tell him. The good thoughts I send them every day, Poet. Sometimes they might get stuck on the way, but I send them, never doubt it”.

A little after that, when I already had my plain tickets to come, we spoke on the phone. He asked me when I would leave Mexico and he said we might be able to make a road trip to Veracruz. I said yes, it would be nice, let me know. I knew it wouldn’t happen.

The truth is by this time I already felt our friendship, though alive, was a friendship doomed to live like that, virtually, in memory and in the future road trips and lunches that were meant to not happen. A friendship very much like that of Belano and Lima, or, in other words, like that of Bolaño and Papasquiaro. Our Café La Habana was closed.

– García Madero?

I Heard David’s voice on the cellphone. We spoke briefly. I explained to him I was already on the bus to Mexico City and my flight left on the next day by noon. I would sleep at my cousin’s house. He said it was ok, perfect, we would meet that night for dinner then. We hang up and I had no doubt that dinner would be, as lunch, symbolic.

Indeed, that evening he called to cancel. I wasn’t surprised. I said to him, don’t worry. He said that, tomorrow we would meet, this time for sure, at the airport. “Ok, brother, see you there”. I was very certain I would not see him.

On the next day, at the airport, sitting on a table in the fast food section, with a vacant stare, I was waiting. Suddenly, a call entered. It was him. I imagined what he would say: “Brother, I won’t be able to go”. I picked up:

– García Madero, where are you?

I saw him from afar, with his head held above the crowd, looking for me. He had the same IT glasses on, but with a black long coat, as if he had been promoted from technician to the chosen one by the Matrix.

We bought a coffee and we sat down. We talked about our lives. He was still in the same work, though now in a higher position. He continued to support his mom and nephews. He was still talking as if writing. I was about to leave to a far corner of the world, to study something no one knows. I was still mumbling and stuttering. He asked me if I had received a scholarship. I said no. I came with my savings and a loan, but even that would only do for the first semester. Then, I would have to find something else.

  • How much do you need per semester?

  • About 80 thousand pesos, give or take.

He was quiet, and we changed the topic. We went out for a smoke and we kept talking about this and that, as friends who chat daily.

When I had to go through security, he stopped me and told me that, if by the end of the semester, I did not find support, I called him. He had some savings and he could help me. We didn’t speak about Bolaño. We didn’t speak about literature. I felt, all of a sudden, that we had both, unknowingly and unwillingly, became adults, and that it wasn’t all that bad.

We said goodbye and, as he did every single time he said goodbye back when we were in the 132 movement, he raised his left fist and smiled as the older brother I thought I’d lost. My older brother lifting offering his hand from his horizon, but no longer saying “Don’t fall behind”. Maybe he had never said that, but I misheard. Maybe he always said that there were no steps, no stairs, that there was only a road, sometimes levelled and flat and easy, but most of the time winding and steep and difficult, and that no one knows where the hell that road leads to or how it should be walked, but that all we can ask for is a group of people to walk along with. Maybe he always just said “Let’s go together, brother”.

Now, after finishing 2666, I find him again. I look back, years back. And as I cannot comment this with you live, since we cannot speak about this extraordinary book as we smoke the last cigarette and walk into the night, I write this.

David, you always asked me, when we had to throw ourselves into something, when we had to take a risk: “Are you a poet?”, and then there was nothing but to accept the challenge. Today I know I am not. I am not a poet. Maybe neither of us is one. You are not Belano and I am not García Madero. We are not savage detectives. We won’t undertake a journey to find a Mexican poet or a German novelist. But as Roberto Bolaño said to Juan Villoro:

“What matters is we have memory. What matters is we can laugh without staining anyone with our blood. What matters is we are still standing, and we haven’t become cowards nor cannibals”.

Let’s go together, brother.

Diario de un lector: de Los detectives salvajes a 2666, parte final

Mi lectura de 2666 fue radicalmente distinta de mi lectura de Los detectives salvajes. Al venir a Estonia fue el único libro que me acompañó en mi equipaje de mano y volví a comenzarlo. Mi viaje fue sumamente largo, 33 horas sólo de vuelos y tiempos de espera en aeropuertos, de manera que cuando llegué a Tallin, ya iba casi por la mitad. Fue, al contrario de Los detectives salvajes, una lectura que hice en soledad.

Y pienso que eso está muy bien pues, si Los detectives salvajes es una novela coral y de camaradería, 2666 es una novela solitaria. La soledad recorre sus más de mil páginas silenciosa pero impasible, igual que el viento caliente del desierto de Sonora. El único capítulo en donde nos encontramos con algo similar a la sensación de grupo de Los detectives salvajes es La parte de los críticos, en donde Pelletier, Espinoza, Morini y Norton descubren y rescatan la figura casi olvidada de Benno von Archimboldi para luego buscarlo en persona. Mas incluso en este capítulo, vamos viendo cómo la camaradería se desgrana sin violencia, lentamente, como las cosas que se deshacen en el calor intenso. Vemos cómo Morini comienza a alejarse, a desaparecer en un silencio inexplicable, y vemos, también, cómo Pelletier y Espinoza, aunque amigos hasta la muerte, parecen también estar solos: dos amigos que comparten su inalienable soledad. En los capítulos siguientes la soledad es más evidente. La parte de Amalfitano es, para mí, la más triste. De esa tristeza callada de los personajes de Chéjov. Amalfitano es un chileno emigrado a México, profesor de literatura en la Universidad de Santa Teresa. Abandonado junto con su niña por su esposa. Una esposa que, sin embargo, Bolaño muestra como una mujer poseída por una locura bella, nunca como una villana. La parte de Fate nos hace conocer (obviamente) a Fate, un joven periodista negro de Chicago, quien viaja a Santa Teresa para cubrir una pelea de box. El capítulo comienza con la muerte de su madre, comienza con dolor y con Fate “rodeado de fantasmas” y el dolor y los fantasmas no lo abandonan nunca. La parte de los crímenes es la más sórdida, la más difícil de leer, la más extensa y la más escalofriantemente parecida a la realidad. Allí, no conocemos a ningún protagonista. El protagonista es el mal, es la pobreza, es la misoginia, es la desidia, el silencio sepulcral, son los crímenes, y en medio de todo ello conocemos a cientos de mujeres que son violadas y asesinadas y a una serie de personas, policías, judiciales, políticos, periodistas y demás ciudadanos que viven y lidian, en mayor o menor medida, directamente con eso. En este capítulo es también donde la soledad es más intensa. Me parece significativa la figura del judicial Juan de Dios Martínez, uno de los pocos que sí se esfuerza por resolver los feminicidios, y su relación con Elvira Campos, una psiquiatra; una relación, por deseo expreso de ella, exclusivamente sexual. Ella le habla de sus sueños de fuga a París, y de sus sueños de una juventud prolongada mediante costosas operaciones, hablándole como quien le habla al aire, a sí misma, y él la escucha encandilado y afligido y sólo atina a decir: “Tú a mí me vuelves loco tal como eres”. Por supuesto la soledad más terrible de este capítulo, sin embargo, es la de las víctimas, víctimas que están solas al ser asesinadas, y solas aún en la muerte pues nadie encuentra, o nadie quiere encontrar, respuestas. Por último está la parte de Archimboldi, donde conocemos a Hans Reiter, nombre de nacimiento de Archimboldi (me pregunto si Bolaño eligió este apellido porque la pronunciación alemana se asemeja a Writer) y lo acompañamos, muy al estilo decimonónico, desde antes de su nacimiento hasta su vejez, en una épica que va del final de la Primera Guerra Mundial, se demora en el frente ruso durante la segunda, y termina en algo que no revelaré, pero ya tiempo después de la caída de la URSS y ante las puertas del “nuevo” milenio. Archimboldi, por supuesto, también está solo con su alma, aunque pareciera que su alma le basta.

Hay parecidos con Los detectives salvajes, claro. La ambición y el aliento, para empezar. Su entender, absolutamente espartano, de la escritura. Las digresiones fascinantes que no tienen nada que ver con la historia central pero que repiten o refuerzan, o contradicen, o enfrentan los temas centrales. Un romanticismo imbatible enredado en un vórtice letal con el cinismo y el desencanto. Sus héroes masculinos, que parecen todos reiteraciones, reformulaciones, paráfrasis: Pelletier y Espinoza, Belano y Lima, Lalo Cura, Archimboldi, Ansky, etc. A mí me parecen todos proyecciones del mismo Bolaño. Hombres valientes y con ansias de vivir. Hombres que miran al mundo y descubren los esqueletos detrás de las apariencias. Es como si Bolaño se mirara en un espejo trizado y los muchos reflejos, levemente deformes, arrojados por ese espejo, fueran sus personajes. Pero estos reflejos deformes, a diferencia de los reflejos en espejos rotos en la literatura de terror, no son ni grotescos, ni inquietantes. Más bien son melancólicos. El espejo roto en que Bolaño se mira y se narra es casi siempre un espejo de nostalgia. Las imágenes son las vidas que no tuvo y que sin embargo extraña. Son reflejos poseídos por una tristeza y una dignidad imperturbables, que al fin y al cabo suele ser el aura que recubre a todos los héroes.

Otra similitud, ésta central, es la obsesión de Bolaño con el mal, presente, pero no tan visible en Los detectives salvajes, que sí en La literatura nazi en América y Estrella distante. Una obsesión llevada a su extremo en 2666, donde Bolaño se internó en el horror de los feminicidios de Ciudad Juárez, investigando por cuenta propia, pero también con la ayuda de Sergio González Rodríguez, quien por esos años publicaba reportajes sobre los crímenes que acabarían reunidos en su libro Huesos en el desierto. En agradecimiento, Bolaño homenajeó a Rodríguez incluyéndolo en la novela, y declarando: “Con Sergio González Rodríguez sí iría a la guerra”.

Sergio González Rodríguez

Lo que Bolaño hace en el capítulo La parte de los crímenes es excepcional, pero además, es importante. En las 350 páginas que ocupa este capítulo, Bolaño narra cientos de feminicidios entre enero de 1993 y diciembre de 1997. Los narra con un lenguaje que claramente trata de copiar el acento frío y clínico de los forenses y de las investigaciones policiales, aunque en cada uno de ellos comienza a filtrarse su voz como gotas en una caverna, y entonces nos narra ya no sólo los mórbidos asesinatos y el estado de los cuerpos, sino también las vidas de las víctimas, quiénes eran, qué hacían, con qué soñaban. El resultado es casi insoportable. Como dijo el propio González Rodríguez (lo que es notable, pues González Rodríguez investigó exhaustivamente los crímenes in situ):

“La magistral novela de Bolaño añade una densidad trágica que permite leer la realidad desde una cercanía que los hechos, por su efecto traumático, a veces esconden. Lo que se registra como hecho, resulta insoportable como ficción”.

Bolaño se aleja así, desde mi punto de vista, de la literatura posmoderna que busca simplemente la experimentación, el deslumbramiento narrativo, el despliegue vistoso de su talento, y se arroja (figura muy bolañesca) al abismo de las heridas de la vida real que duelen – y que además acusan –.

No es casual que Amalfitano piense hacia el final de su capítulo, al rememorar decepcionado una conversación con un farmacéutico lector en Barcelona:

“Escogía La metamorfosis en lugar de El proceso, escogía Bartleby en lugar de Moby Dick, escogía Un corazón simple en lugar de Bouvard y Pécuchet, y Un cuento de Navidad en lugar de Historia de dos ciudades o de El Club Pickwick. Qué triste paradoja, pensó Amalfitano. Ya ni los farmacéuticos ilustrados se atreven con las grandes obras, imperfectas, torrenciales, las que abren camino en lo desconocido. Escogen los ejercicios perfectos de los grandes maestros. O lo que es lo mismo: quieren ver a los grandes maestros en sesiones de esgrima de entrenamiento, pero no quieren saber nada de los combates de verdad, en donde los grandes maestros luchan contra aquello, ese aquello que nos atemoriza a todos, ese aquello que acoquina y encacha y hay sangre y heridas mortales y fetidez”.

2666 fue la última y más feroz batalla de Bolaño. El detective salvaje murió en julio de 2003 y su última novela vio la imprenta en octubre de 2004.

Mientras escribía, Bolaño estaba consciente de que le quedaba poco tiempo. Y creo que eso se lee en 2666. La muerte es una presencia clara en la novela. No sólo literalmente, sino que es notorio que la muerte estaba sentada cerca de Bolaño mientras tecleaba, que parecía decirle: “te espero”. Es elocuente la reiteración del mito de Sísifo en la última parte del libro. Ahí, Bolaño no se concentra en el castigo de Sísifo, sino en cómo Sísifo trataba de evadir a Tánatos, a su muerte. Lo curioso es que en la primera ocasión, sólo narra la historia de Sísifo hasta el punto en que Tánatos es liberado y Sísifo muere. Más adelante, sin embargo, Archimboldi cuenta cómo Sísifo logró escapar de esa muerte y vivir una vida feliz hasta su vejez. Más importante aún: Archimboldi dice que el castigo de la piedra es sólo una artimaña de los dioses para impedir que Sísifo piense en formas de escapar a la muerte. “Pero el día menos pensado a Sísifo se le va a ocurrir algo y va a volver a subir a la tierra”, concluye Archimboldi. Bolaño quería escapar a la muerte. Y mejor dicho, Bolaño quería vivir.

Cuenta Jorge Volpi que en un congreso de jóvenes escritores en Sevilla en 2003, un muchacho se le acercó a Bolaño como un misionero a un santo y le preguntó qué consejo podía dar a los jóvenes escritores. Bolaño respondió: “les recomiendo que vivan. Que vivan y sean felices”. Esa respuesta, según Volpi, ha sido decepcionante para quienes la han escuchado referida, aprendices de escritor que esperan recibir las tablas de la ley en el monte Sinaí de la literatura, y en cambio obtienen una frase que podría haber sido compartida por sus tías en su muro de Facebook. Ellos no sabían que Roberto Bolaño estaba cerca de la muerte y que vida era lo único que deseaba y lo único que ya no podía tener.

Esa tristeza de quien no se va, sino que se lo llevan, es clara en el libro. Y ahora que he estado pensando 2666 en contraste con Los detectives salvajes, me parece que ésa es la distinción crucial. Los detectives salvajes es una novela que se siente bullente de vida y juventud. No es, o creo que difícilmente podría calificarse como, una novela feliz. Hay tristeza en ella, hay horror, hay resignación, hay desencanto, pero todo está envuelto en las llamas de la vida que apenas comienza. Inclusive termina con un misterioso cuadrado incompleto, que a mí siempre se me antojó como un cuadrado del cual se desborda lo que hay dentro, y termina, como había dicho, con García Madero, el más joven de la tribu, decidido a seguir a quién sabe dónde. 2666, los cinco capítulos o libros que lo integran, siempre termina con un dejo de tristeza. Como esas sonrisas quebradas de quien ya no puede más.

Es sintomático el cambio en elección de personajes, por ejemplo. En Los detectives salvajes todos son poetas. En 2666 no hay ni un solo poeta. Hay un grupo de críticos – que a mí se me figuran como la especie más lejana de un poeta en la fauna literaria – y un novelista a quien conocemos siempre como hombre y no como escritor.

También es evidente que Bolaño aquí vuelve a enfrentarse al espectro que acosa a todos los artistas: la posteridad, el legado, el prestigio, que su obra le sobreviva. Y una y otra vez y a partir de muchos personajes distintos, parece decirse a sí mismo y advertir a otros que quieran tomar esa senda: la posteridad, el legado, el prestigio y la obra son apariencias. No muy distantes de la apariencia de la fama. Que perdurar es un deseo de lo más extraño si se le piensa bien. En una entrevista para televisión chilena, cuando se le preguntó al respecto de la supervivencia de su obra, él dijo: “En 400 millones de años ni siquiera Shakespeare será alguien”. Las últimas dos páginas del libro son en esto el golpe maestro, un golpe que no arruinaré pues espero que algunos de los que aquí leen, lo reciban en su momento.

En el último aliento del libro conocemos la vida de la dulce Lotte, la hermana menor de Archimboldi. Cuando ya está vieja y sola, leemos cómo algunas veces va de vacaciones a la playa y, por las tardes se recarga en una terraza a ver el ocaso y se le ve distante, con un toque de elegancia y un no sé qué de tristeza; pero que cuando se le acerca un caballero viudo o divorciado a invitarla a bailar o a dar un paseo por la playa, ella dice que no gracias, y entonces “sólo quedaba la tristeza”. Ésa es la sensación que a mí me ha dejado esta novela. Es un torrente impresionante, uno de los edificios narrativos más altos y prodigiosos de la literatura latinoamericana actual, un libro inabarcable que parece seguir y seguir aunque lo hayamos ya cerrado… pero al terminar de leerlo y después de unos días, sólo queda la tristeza. Pero una tristeza, eso sí, plena de dignidad. Como dijo González Rodríguez, en las historias de Bolaño abundan momentos a los que “acuden las lágrimas de la derrota íntima que sabe a victoria”. Eso es 2666, la derrota más íntima de Roberto Bolaño y su mayor victoria.

Juan Villoro cuenta que, muy poco antes de la fecha fatídica, Bolaño le llamó para comentarle una frase de un personaje en una novela de Leonardo Sciaca: “sólo me falta un último bautizo, el de la muerte”. El 15 de julio del 2003, Tánato al fin encontró a Sísifo. En notas de Bolaño se encontró una que leía: “El narrador de 2666 es Arturo Belano” – su fiel alter ego a lo largo de su obra – y en otra, con la instrucción “para el final de 2666”, dice: “Y esto es todo, amigos. Todo lo he hecho, todo lo he vivido. Si tuviera fuerzas, me pondría a llorar. Se despide de ustedes, Arturo Belano”. El último bautizo había llegado.

Artefacto del buen Nicanor Parra a su discípulo y amigo

¿Qué es pues, 2666? ¿Por qué ese título tan raro? Bolaño decía que era la clave para entender la novela, quién sabe si seriamente o jugando o ambas. Muchos han intentado descifrarlo. Ignacio Echeverría sólo dice que es una fecha, el punto de fuga de la novela. Alan Pauls ha propuesto que es el año del cual nos llega la novela. Una novela que viene del futuro. Jorge Volpi aventura que el libro es una bomba de tiempo que estallará en ese año, en 2666. Bolaño mismo parece dar claves. En Amuleto, Auxilio Lacouture, la protagonista, describe que camina en una calle de la Ciudad de México, de madrugada, que a esa hora se parece a un cementerio, “pero no a un cementerio de 1974, ni a un cementerio de 1968, ni a un cementerio de 1975, sino a un cementerio de 2666”. Por otra parte, en Los detectives salvajes, Amadeo Salvatierra cuenta que Césarea Tinajero (la poeta a la que buscan los protagonistas) hablaba de una revolución que sucedería en el siglo XXII, augurio que más adelante se ajusta: según una maestra que habla con García Madero, la revolución, de acuerdo con Tinajero, en realidad llegaría en 2600 y pico. En 2666, en unas páginas dedicadas a la saga de la familia de Lalo Cura (uno de los personajes centrales en La parte de los crímenes) se nos cuenta que su madre conoció a dos jóvenes que iban por Sonora en un auto (¿podrían ser Belano y Lima?), como huyendo de algo, y que ambos hablaban de “una revolución invisible que ya se estaba gestando pero que tardaría en salir a las calles al menos cincuenta años más. O quinientos. O cinco mil”.

¿Entonces qué es 2666? ¿El año de esa revolución? ¿El año en que se escribe la novela? ¿El año en que explotará la bomba de tiempo? ¿O quizás es el año en que los crímenes al fin se resuelvan? ¿El año en que finalmente deje de asesinarse a mujeres? ¿El año en que deje de haber guerras mundiales? ¿El año en que deje de haber escritores? ¿O es sólo una fecha lo suficientemente lejana que equivale a decir: esto nunca pasará, esto nunca se resolverá, todas las cosas sólo pasan?

En mi opinión 2666 es quizá el año en que ya nada tiene sentido. En que se han borrado los nombres. En que algún arqueólogo improbable intenta recobrar algo del significado perdido por la erosión inclemente del tiempo. En que, pieza a pieza, piedra a piedra, reconstruye algo que es sólo esqueleto o menos aún, sólo fantasma de nuestro siglo XX (y es que nuestro siglo sigue siendo el XX, no el XXI, no hemos logrado inventar aún un nuevo siglo, somos sólo la sombra envidiosa, crédula y anémica del siglo XX). 2666 es el año desde el que Roberto Bolaño nos narra esta historia pretérita, monumental pero fúnebre como una pirámide antigua reposando en las entrañas de una selva cerrada, imponente pero muda e impertérrita como las ruinas de Babilonia, lejana pero peligrosa, como las estatuas cuyos rasgos ya no se ven, pero conmueven, tocan, hielan la sangre.

Hay y habrá muchos exégetas de la obra de Bolaño, particularmente de sus dos grandes novelas. Yo no seré, ni quiero ser uno de ellos. Prefiero quedarme como su lector. Y como lector, lo que más le agradezco, lo que más me asombra y lo que más me queda en la memoria, son los episodios, abundantes en su obra narrativa, en que parece recobrar como casi ningún otro escritor algo que no sé nombrar, pero que supongo que es el misterio de vivir.

Pasó casi un año más para que pudiera terminal la novela. La maestría resultó mucho más difícil de lo que esperaba y prácticamente no pude leer nada que no fuera académico durante meses. Pero finalmente, ahí estaba, en una librería de Tallin, con F., mudo y temblando, incapaz de salir de la novela todavía.

Y un viejo amigo me vino a la mente.

Tras la disolución del 132, el destino de David y el mío se distanciaron significativamente. Él se fue a vivir a México, luego se fue a Hidalgo, no recuerdo si a Chihuaha. Obtuvo un trabajo que demandaba que se moviera por el país, algo muy ad hoc con su personalidad nómada. En ocasiones visitaba León y siempre lo hacía sin avisar, como si no existiesen los teléfonos ni los correos ni las cartas ni los telegramas. Llegaba envuelto en un misterio que él procuraba y se iba igual. Venía, nos reuníamos, platicábamos un buen rato y cuando tenía que irse me decía que al día siguiente nos juntáramos para almorzar. A la hora del almuerzo al día siguiente generalmente él ya estaba en otra ciudad. Con el tiempo comprendí que era su manera extraña de despedirse por meses. Cada vez las visitas se espaciaron más. Cada vez los silencios se hicieron más largos.

Nos vimos en el verano de 2015. Yo acababa de empezar a salir con F. En esa ocasión, lo recuerdo bien, su visita se sintió como una posible reconexión. Pero después hubo dos años en que no supimos nada uno del otro.

Con esto no quiero decir que David se olvidara de mí. Ya Borges había dicho que la amistad no precisa la frecuencia. En mayo del 2017 mi familia pasó por un momento difícil: Un problema económico grave, el fallecimiento de mi tío, hermano menor de mi papá, y en lo personal, la pérdida de una beca que parecía mi única posibilidad de venir a Europa. David, quien lleva el sobrenombre de ‘El gato’ con justicia y aparece y desaparece a voluntad, una noche me envió una misiva para preguntarme qué podía hacer por mí, cómo me apoyaba, qué se requería para enviarme al viejo continente. Cuando le respondí que sólo necesitaba buenas vibras dijo, y que esto al menos sirva de ejemplo de su pluma:

“Pese a todo, trate de no deslavar la sonrisa ni el ánimo. Procure estar al lado de su padre que, seguro, requerirá descubrir un amigo, un soporte en usted en este momento. Tenga a la mano algo concreto, humano que comentarle. Las buenas vibras las mando todos los días, Poeta. A veces se atoran, pero no dude que las mando”.

Poco tiempo después, cuando ya tenía mis boletos de avión, hablamos por teléfono. Me preguntó cuándo dejaría México y me dijo que tal vez podríamos hacer un viaje en carretera juntos a Veracruz. Le dije que sí, que estaría muy bien, que me avisara. Sabía que no sucedería.

Lo cierto es que a esas alturas yo sentía que, aunque nuestra amistad estaba viva, era una amistad que estaba también condenada a vivir así, virtualmente, en la memoria, en los viajes futuros que no se harían, en los almuerzos omitidos. Una amistad como la de Arturo Belano y Ulises Lima, o lo que es lo mismo, como la de Roberto Bolaño y Mario Santiago Papasquiaro. Nuestro Café La Habana ya estaba cerrado.

¿García Madero?

Escuché la voz de David en el celular. Hablamos brevemente. Le expliqué que ya iba en camión a México y al día siguiente saldría mi vuelo a medio día. Me quedaría a dormir en casa de mis primos. Él dijo que estaba muy bien, que entonces en la noche nos veíamos para cenar. Colgamos. Yo pensé que la cena, como los almuerzos, sería simbólica.

En efecto, esa noche me llamó para decirme que no podía ir. No me sorprendió. Le dije que no se apurara. Respondió que al día siguiente, seguro segurísimo, me vería en el aeropuerto. Como una seña de que iba en serio me preguntó en qué terminal y por qué puerta. “Muy bien, hermano, ahí nos vemos”. Tenía toda la certeza de que no lo vería.

Al día siguiente, en el aeropuerto, en el área de comida rápida, mientras esperaba con la mirada perdida, entró una llamada suya. Me imaginé el contenido de la llamada: “Hermano, no podré ir”. Respondí:

¿García Madero, dónde está?

Lo vi a lo lejos, alzando la cabeza, buscándome. Iba con los mismos lentes de técnico en computación, pero con una gabardina negra que hacía pensar que había sido promovido de técnico a elegido por la Matrix.

Compramos un café y nos sentamos en una mesa con restos de gorditas La Tía Tota. Nos pusimos al corriente de nuestras vidas. Él seguía en su trabajo, probablemente lo ascenderían. Seguía apoyando a su mamá y a sus sobrinos. Seguía hablando como si escribiera. Yo estaba a punto de irme al otro lado del mundo a estudiar algo que nadie conoce y seguía tropezándome al hablar. Me preguntó si tenía una beca. Le respondí que no, que me venía con mis ahorros y un préstamo y que eso sólo me alcanzaría para el primer año, pero ya vería qué hacer luego.

– ¿Cuánto necesitas por año?

– 80 mil pesos, más o menos.

Se quedó serio y cambiamos de tema. Salimos a fumar y seguimos hablando de todo y de nada, como amigos que se ven a diario.

Cuando ya tenía que cruzar las puertas de seguridad, me detuvo y me dijo que, si al terminar ese año no encontraba cómo seguirme financiando, le llamara. Me dijo que tenía ahorros y podía ayudarme. No hablamos de Bolaño. No hablamos de literatura. Sentí, de pronto, con una mezcla de tristeza, pero también de madurez, que quizás, sin quererlo y sin fijarnos cómo o cuándo, nos habíamos hecho adultos. Y que eso, tal vez, no era tan malo.

Nos despedimos y, como cuando estábamos en el 132, se despidió alzando el puño izquierdo y sonrió como el hermano mayor que creía perdido y que recobré. Mi hermano mayor extendiendo la mano desde su horizonte, pero ya no diciendo “No te quedes atrás”. Quizá nunca fue eso lo que dijo, pero yo escuché mal. Quizá siempre quiso decirme que no había ningunas escaleras, que sólo había camino, a veces plano planito pero casi siempre sinuoso o escarpado, y que nadie tiene idea de a dónde diablos llega o cómo se recorre, y que todo lo que se puede hacer es pedir a un puñado de personas con las cuales andarlo. Quizá siempre dijo: “Vamos juntos, hermano”.

Ahora vuelvo a verlo al terminar 2666. Vuelvo a ver años atrás. Y como no podemos comentar esto en vivo, como no podemos hablar de este libro extraordinario mientras fumamos el último cigarro y nos alejamos en la noche, escribo esto.

David siempre me preguntabas, cuando había que lanzarse, cuando había que atreverse ¿Eres poeta? Y entonces sólo quedaba aceptar el reto. Hoy sé que no, que no soy poeta. Quizá ninguno de los dos lo somos. Tú no eres Belano ni yo soy García Madero. No somos detectives salvajes. No partiremos en busca ni de una poeta mexicana ni de un novelista alemán. Pero como dijo Roberto Bolaño de Juan Villoro:

“Lo importante es que tenemos memoria. Lo importante es que podemos reírnos sin manchar a nadie con nuestra sangre. Lo importante es que seguimos en pie y no nos hemos vuelto ni cobardes ni caníbales”.

Vamos juntos, hermano.

A reader's journal: From The Savage Detectives to 2666, Part II

Back then I had almost no free time. Between university and 132 I barely had enough time to sleep 6 hours a day. So, I began to read The Savage Detectives in every minute I could squeeze from the day. I read it on the bus, I read it while walking, I read it before I slept and right after I woke up; inspired by one of the book character’s voracious reading, I even started reading it while I showered: with one hand I kept the book away from the running water and with the other I soaped myself.

I think I don’t exaggerate if I say that I was inebriated by the book. That I was under its powerful spell. This bookish alienation is not unusual with Bolaño and specially not unusual with The Savage Detectives. There are many who draw the comparison between it and Hopscotch by Julio Cortázar precisely because of its impact in young readers. Readers who entered these novels in search of a challenge, a joy, or even an epiphany and came out of them having found a modus vivendi and a code of honor. And the thing is that The Savage Detectives is a novel that trespasses its margins, jumps out of the pages, occupies everything, colonizes. That’s why Alan Pauls has called Bolaño a conquistador who does not write, but rather populates. He populates his dense paragraphs with characters, anecdotes, nightmares, cities, sensations; but above all he populates the world beyond, the reader’s world, with his voice. How many young readers only came to understand what ailed Alonso Quijano until we read The Savage Detectives?

But this colonization is paradoxical and cruel, since, though the book begins to take hold of the reader’s life, at the same time, more than a few readers will find – I wasn’t the exception -, with a mixture of intense melancholy and burning fascination, that the life emanating from the book is far more a life than the life one’s living. That the blood running through the veins of the men and women meandering inside the book is hotter and redder than the blood in one’s veins. And that those desperate starving poets understand poetry way better than us because they know poetry does not need to be written down to be poetry; and that those savage detectives have come closer than anyone to finding the answer because they know a detective is not one because he finds, but because he doesn’t stop searching. Life is the highest poem and the final inquest.

In my case, however, the quixotic/bolañesque germ found an ideal breeding soil to expand given that at that moment in time (so I believed), my life was drawing up lines that either ran parallel or intersected the lines laid out in The Savage Detectives. Many of the episodes I remember most vividly about my time in the 132 movement are, precisely, episodes that, in my mind, could have been apocryphal gospels – too big a kindness, more like fan fictions – of The Savage Detectives.

That’s how I remember a brief visit to Temacapulín, Jalisco, where we went to support, however we could, the resistance movement trying to impede the flooding of their town for a dam construction project. I remember the cool night in Temaca, a dark, preterit night almost from a time without electricity; the paranoid and tautological monologue of an old, white-bearded, straw-hat wearing carpenter who kept repeating over and over that the paramilitary would come after us with chainsaws; the visit, very late into the evening, to a pond of natural thermal waters, of a muddy appearance compensated by the beauty of a huge glowing moon reflected in it; a pond where we came to unwind and where we found three Spanish young hippies, two guys and a girl; and the fight that luckily didn’t started after the girl, naked and deep in a marijuana half-dream, confessed while laughing that she had just peed in the pond we were all bathing at, which cracked up her two friends even though one local had just said, in front of everyone, that pond was sacred to them, which in turn caused David and another guy named César to start calling those Spanish gachupines[1] while also speaking about the tearing down of the Aztec Major Temple ordered by Hernán Cortés, references the Spanish did not understand at all, but what they did understand was the tone and they decided to leave.

That’s how I remember the long and anxious-filled night in which we waited for our friends to be pulled out of jail: David, two girls named Mata and Siboney, and other supporters of the movement who were all arrested during a march with no other reason than the gross ineptness of the city’s authorities, not accustomed to protests in a usually acquiescent city. I remember the pale light coming from the prison’s gate, barely illuminating the hill, while we delivered, through the fence, food and blankets for those who would spend the night inside.

That’s how I remember a reunion among many 132 state cells in the state’s capital. I remember the way to the reunion, going up the hill through the narrow alleys of Guanajuato, up to that area of the city not touched, not even by mistake, by tourists. I remember the palpable nervousness, the cement rooftop, the night closing above us, the order to turn off cellphones and take batteries out, the speeches which, at times, dived into the apocalyptic hyperbole and augur a revolution in which we would be the first martyrs.

I also remember the sleepless night we spent on the streets in León to take pictures of the electoral sheets, with Denisse, a friend, begging me not to fall asleep while we were going into Chapalita[2] at 3 in the morning.

And I remember, of course, the moments of joy, because there were many. A festival in Guanajuato, at the footsteps of the Alhóndiga de Granaditas[3], where David and I improvised some rhymes for the Leones de la Sierra de Xichú[4], a homage the maestros responded to with another set of rhymes, calling us “rappers”, as if at once thanking us but also telling us: “Well, here is where the big boys play, don’t get yourselves hurt”. Or a party in David’s house my cousins from Mexico City attended to, where we drank Tonayan, as is it was mezcal ‘Los Suicidas’ that Amadeo Salvatierra drinks religiously in the book; a party where I, already intoxicated, tried to argue that Jesus Christ was the first hipster to then propose a parkour amateur demonstration on the rooftop, a feat my cousins performed with elegance and skill, David without skill, but with dignity, and I, very much in my style, bumping into every hard surface/object present and waking up the next day with huge bruises all around my body.

I remember, to put it briefly, the shared music, the dances, the camaraderie, the hope, the endless meetings that became, almost by accident, into parties. The feeling of being part of a tribe where every single one of us, I felt, was a carbon copy of the poets that pulsated in the novel I was reading.

But above all I remember, under that savage light, my long talks with David. Talks that seemed all just one, one pouring dialogue coming from the same inexhaustible quarry. More often than not we were the las tones to leave the meetings. More often than not we went out into the night, sometimes without saying anything anymore, smoking one last cigarette and walking away on the dark and lonely streets downtown.

David was also under Bolaño´s influence. When he gave me the novel, he reread his own edition. So, at times we talked about it. We reminisced our favorite parts and, when I finally finished it, we discussed for long hours, in my Kitchen, drinking coffee, about out interpretation of the novel’s enigmatic ending, where García Madero, the youngest poet of the tribe, seems to be the only one left and he gazes, nonchalantly, into the future.

David used to call me that: García Madero.

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But it all comes to an end. The novel ended and, not much after, the 132 movement also ended. I realized, with deep grief, that my life was not written by Roberto Bolaño. From that moment something important changed within me. It was as if the last card of hope up my sleeve had been insufficient to win the game. I am under the impression that, back then I was burning and since then I am just crackling. In other words, I think an important part of my youth died there.

In November 2012, David and I were published in the same number from a short-lived magazine called Dédalo. We were happy. We both knew Juan Villoro and Roberto Bolaño, who were close friends, had been published in the same Punto de Partida edition when they were still nobodies. We wanted to see a good sign in that. We talked about it afterwards, during one of the last meetings, this already a pure friendship gathering. It was also then when, for the first time, David told me about 2666.


[1] It’s a pejorative term used in Hispanic America, especially in Mexico, to describe Spanish people who come to establish in Hispanic American soil and act superior to the natives. It’s origin, it’s believed, it’s a Spanish family name, ‘Cachopín’, a noble family name from Cantabria, Spain. It became a nick-name for Spanish noblemen who owned land and slaves in Hispanic America.

[2] One of the most dangerous neighborhoods in León, Guanajuato, a.k.a, my hometown.

[3] An architectonic and historic landmark in Guanajuato, a historically charged place since it was taken by the independentist army in 1810 in a crucial victory at the beginning of the campaign; and also the place where the heads of four of the independentist army’s commanders were hung for everyone to see just one year later. It was a place picked by the 132 movement in Guanajuato to organize the biggest 132-related event in the state.

[4] An iconic Mexican folk music group, famous for improvising complex lyrics on the spot. These lyrics do not only rhyme, they do so in a strict formula: ABBAACCDDC, also involving an 11 syllable metric. So, like a rap battle meets Spanish baroque poetry.

Diario de un lector: de Los detectives salvajes a 2666, parte II

En ese entonces, yo tenía poco, poquísimo tiempo libre. Entre la universidad y el 132 apenas y me quedaba tiempo para dormir 6 horas diarias. Entonces empecé a leer Los detectives salvajes en todos los minutos que podía arrancarle al día. Lo leía en el camión, lo leía caminando, lo leía antes de dormir y al despertar, incluso, inspirado por la lectura voraz de uno de los protagonistas del libro, comencé a leerlo mientras me bañaba: con una mano sostenía el libro fuera del alcance de la regadera y con la otra me enjabonaba.

Creo que no exagero si digo que el libro me embriagó. Que estaba bajo su influjo poderoso. Esta alienación libresca no es inusual con Bolaño y en particular con Los detectives salvajes. Son muchos quienes han comparado esta novela con Rayuela de Cortázar precisamente por su impacto en los jóvenes. Jóvenes que llegaron a estas novelas como lectores comunes en busca de un reto, de una alegría, quizás hasta de una epifanía, y salieron de ellas como discípulos, habiendo encontrado un modus vivendi y un código de honor. Y es que Los detectives salvajes es una novela que se escapa de sus márgenes, de sus páginas, que lo va ocupando todo, que coloniza. Es por eso que Alan Pauls llamó a Bolaño un conquistador que no escribe, sino que puebla. Puebla sus densas páginas de personajes, anécdotas, pesadillas, ciudades, sensaciones, pero sobre todo puebla el mundo allá fuera, el mundo del lector, con su voz. ¿Cuántos lectores jóvenes no habremos comprendido por vez primera el mal que aquejó a Alonso Quijano hasta que leímos Los detectives salvajes?

Pero esta colonización es paradójica y cruel, ya que, aunque el libro empieza a apoderarse de la vida del lector, al mismo tiempo no son pocos los lectores que descubren – yo no fui la excepción –, con una mezcla de intensa melancolía y quemante fascinación, que la vida que emana ese libro es más vida que la vida propia. Que a los hombres y las mujeres que se pasean en los renglones les corre una sangre más roja y más caliente. Y que esos poetas alucinantes, son más poetas que cualquiera de nosotros porque han comprendido que la poesía no necesariamente tiene que escribirse para ser poesía. Esos detectives salvajes se han acercado como nadie a la respuesta porque saben que el detective es detective no porque resuelva, sino porque no para de buscar. La vida es el poema mayor y la pesquisa final.

En mi caso, sin embargo, el mal quijotesco/bolañesco se encontró con un caldo de cultivo idóneo para esparcirse ya que en ese momento (yo así lo creía) mi vida trazaba líneas que, o bien corrían paralelas a, o bien intersecaban las líneas de Los detectives salvajes. Muchos de los episodios que recuerdo vivamente de mi tiempo en el 132 son, precisamente, episodios que en mi mente podrían haber sido evangelios apócrifos – una bondad desmedida, quizá más bien fan fictions – de Los detectives salvajes.

Queda así en mi memoria una breve estancia en Temacapulín, Jalisco, a donde fuimos a apoyar como pudimos al grupo de resistencia que sigue tratando de evitar el hundimiento de su pueblo para la construcción de una presa. Recuerdo la noche fresca de Temaca, de una oscuridad casi pretérita, de un tiempo sin electricidad; el paranoide y tautológico monólogo de un carpintero viejo y de barba muy blanca y sombrero de caña que repetía una y otra vez que los paramilitares vendrían por nosotros con motosierras; la visita, ya en la madrugada, a un estanque de aguas termales, de apariencia fangosa compensada por la belleza de la luna que brillaba a sus anchas, en donde nos reunimos para relajarnos y nos encontramos con un trío de españoles, dos hombres y una mujer, todos jóvenes y medio hippies; la pelea que por suerte no estalló cuando la chica, desnuda y sumergida en un semisueño de marihuana, confesó entre risas haberse orinado en el estanque que todos ocupábamos,cosa que a sus compañeros les causó mucha risa a pesar de que un local acababa de decir minutos antes, con ellos presentes, que consideraban sagrado ese lugar; todo lo cual hizo que David y otro muchacho llamado César comenzaran a llamarlos gachupines y a citar la demolición del Templo Mayor bajo las órdenes de Cortés, cosas que los españoles no entendieron para nada, pero comprendieron el tono y, acto seguido, optaron por irse.

Queda así en mi memoria una noche larga y llena de ansiedad en que esperábamos que sacaran de la cárcel a David, a dos chicas del grupo llamadas Mata y Siboney, y a otros simpatizantes que habían sido detenidos durante una marcha, sin más motivo que una grosera ineptitud de la autoridad leonesa, apabullada por una marcha enorme en una ciudad hasta entonces más bien aquiescente. Recuerdo la luz pálida que salía de CEPOL e iluminaba muy apenas el cerro, mientras entregábamos, a través de las rejas, comida y cobijas para los que dormirían dentro.

Queda así en mi memoria una reunión de varias células del estado en Guanajuato capital. Recuerdo el camino hacia el sitio de la reunión, subiendo por callejones hasta esas zonas guanajuatenses que ya no son tocadas, ni por error, por turistas; recuerdo el nerviosismo palpable, la azotea de cemento, la noche que se cernía, la orden de apagar celulares y quitarles las pilas, los discursos que, en ocasiones, se echaban un clavado en la hipérbole apocalíptica y auguraban una revolución en la que los primeros caídos seríamos nosotros. Recuerdo también la noche que pasamos en vela recorriendo las calles de León para tomarle fotos a las mantas electorales, con una amiga llamada Denisse rogándome que no me quedara dormido mientras nos adentrábamos en Chapalita a las tres de la mañana.

Y recuerdo, claro, los momentos de alegría, que sí los hubo. Un festival por la democracia a los pies de las escaleras de la Alhóndiga de Granaditas, donde David y yo improvisamos unos versos para los Leones de la Sierra de Xichú, versos que los maestros respondieron con otros, llamándonos “raperos”, agradeciendo nuestras buenas intenciones, pero también diciendo entre líneas: “Aquí es donde juegan los grandes, niños, no se vayan a lastimar”. O una fiesta en casa de David a la que vinieron primos míos de México, en donde bebimos Tonayán como si fuera el mezcal ‘Los suicidas’ de Amadeo Salvatierra; fiesta en donde yo, ya reducido por el alcohol, traté de defender que Jesucristo había sido el primer hípster para luego proponer hacer parkour en la azotea, cosa que mis primos hicieron con gracia y habilidad, David sin habilidad pero con dignidad, y que yo hice muy a mi estilo, estrellándome con todo y despertando con moretones enormes en el cuerpo. Recuerdo, en breve, la música compartida, los bailes, el compañerismo, la esperanza, las interminables juntas que devenían, casi sin querer, en tertulias. Esa sensación de una tribu en donde yo nos veía a todos como trasuntos de los y las poetas que palpitaban en la novela que leía.

Pero sobre todo recuerdo, en esa tonalidad novelada, mis charlas con David. Charlas que parecían una sola, un diálogo torrencial que salía de una misma cantera inagotable. No fueron pocas las oportunidades en que los últimos en dejar las reuniones éramos él y yo. No fueron pocas tampoco las ocasiones en que salíamos hacia la noche, a veces ya sin decir nada, fumando un último cigarro y alejándonos por las calles oscuras del centro antes del boom de la Madero.

David no era ajeno tampoco al influjo Bolaño. Al regalarme la novela decidió releer su edición. Así que a ratos platicábamos al respecto. Discutíamos nuestras partes preferidas y, cuando por fin la terminé, platicamos un buen rato en mi cocina, tomando café, sobre nuestra interpretación del enigmático final en donde García Madero, el poeta más joven del grupo, parece ser el único que queda en pie y mira al futuro incierto con aplomo.

David solía llamarme así: García Madero.

Pero todo termina. Terminó la novela y no mucho después también terminó el 132. Y yo me di cuenta, con una tristeza muy honda, que mi vida no estaba escrita por Roberto Bolaño. A partir de ese momento algo importante cambió en mí. Fue como si la última carta de esperanza que tenía bajo la manga hubiera resultado ser insuficiente para ganar la partida. Tengo la impresión de que en aquel momento ardía y desde entonces sólo crepito. En otras palabras, creo que algo importante de mi juventud murió allí.

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En noviembre del 2012 David y yo fuimos publicados en un mismo número de una revista de breve existencia llamada Dédalo. Estábamos contentos. Ambos sabíamos que Juan Villoro y Roberto Bolaño, quienes eran amigos, habían sido publicados también en un mismo número de Punto de Partida cuando aún no eran nadie. Quisimos ver en aquello un buen presagio. Platicamos al respecto un mes después, durante una de las últimas reuniones, ésta ya de pura amistad. Fue entonces cuando, por vez primera, David me habló de 2666.

A reader's journal: From The Savage Detectives to 2666, Part I

This story is about the experience of reading a book. It’s also about the memories of reading another book. And it’s a story about the life around those readings. And a story about youth and about friendship.

Last Friday, in a coffee shop in central Tallinn, I finished reading 2666, by Roberto Bolaño. As I turned the last few pages, I felt a tightness in my gut, the same kind of tension that grips the body as one goes up a roller coaster, through the metallic whirring, aware of the final drop that awaits ahead. I stood up as I read, and I started walking in circles around the table, without considering for even a second what the other diners might think of me.

Once I finished, I became silent. Very silent. F., who was in the same table with me, working, asked: “So? Did you like it?”. I stared at her disoriented, not knowing what to respond. She couldn’t know, but I thought such a question did not apply to this book. Is a massive book, a 1119 pages novel, a many-headed monster that, I felt, still had its claws around my neck. I mumbled: “I feel as if I had just had ran a marathon and as if I had been hit by a car”.

But we shall go back a bit in time.

I bought my edition of 2666 in my hometown’s book fair in April 2014. For months it stayed on my shelf, unopened, as most of the books I buy. But in this case, it wasn’t because my interest in it diluted – it has happened to most of us, being in a bookstore and finding a title (or many) and thinking we want it, want it with a desire that is unpostponable and that is born out of an intimate and urgent necessity, only to later arrive home, place it on a shelf and slowly begin to forget about it – but because I really wanted to read it, to read it on tenterhooks, to read it as if possessed, to read it as I read when I was a child, and for that I needed time. Finally, in December that year, I went to the beach with some friends. I decided to take the book with me. So, as they acted as sane young men, playing beach volleyball, I laid on a deck-chair and read. Early in the morning, as my friends still dreamt, I sat at the beach, reading. I did not finish it, however. Far from it. I managed only to finish the first part, about four young literary critics, friends obsessed with Benno von Archimboldi, an elusive writer in the way of Thomas Pynchon. Let’s say these were new savage detectives, just as young and anxious, but exquisite and European. A more or less brief inquest of epic breadth that runs across the old continent and ends, incredibly, in a city in northern Mexico. I was both impressed and satisfied.

Unfortunately, the trip was short and the following months tumultuous. I, freshly out of University, was bumping into adult life, getting dozens of little jobs that consumed most of my time. The rest of my time I had to invest it in my thesis. And so, the book was soon forgotten, and a minuscule layer of dust rendered its cover pale.

Time passed as it usually does, unmerciful and fast, but especially it passed unnoticed. As one of those people who leaves a party without saying goodbye and whose absence is only brought into attention much later when someone asks: “Hey, where did so-and-so leave?”. Just like that, before I knew it it was August 2017, I was already 25 and I was packing to come to Estonia.

All of my close friends suggested I brought with me three books tops. A professor and friend advice was to get a Kindle and leave all the paper books. All of them knew in advance I wouldn’t listen. I brought fourteen books. Among them I brought two books over the 1000 pages. One of them, the complete works by Borges, which is like my Bible. The other one was 2666.

One or two days before coming, I posted a goodbye message on Facebook for all those people I didn’t have a chance to see. When I was already on the bus to Mexico City, I got a phone call. The name on the screen shook me since it was someone I hadn’t seen in at least two years. Even before I answered, I could listen two words:

– ¿García Madero?

But we shall go back a bit in time.

It was May 2012. I was leaving campus and I saw a group of young people with a large piece of cloth on the floor. I don’t remember all that was written on the cloth, but I remember the number 132. It was, and I hope you can forgive the corniness, fate. Around those days, maybe just a couple of days before, I had seen the video of the 131 students from Ibero México [1]. It could be said that up ‘til then, I was like a match. Indignation was there, the flammable matter needed for combustion, but only that. That video had been the sandpaper which ignited the flame. A minute and restrained flame, yes, but eager to start a fire. However, not knowing how to, it would have probably had the same death all wasted matches have. I remember I was very uneasy, anxious to do something, to start something, but I had no clue as to what. And then I stumble into these guys at the University gates. The most passionate among them, a guy with long hair and beard and the name Abdiel, handed me a piece of paper with a time and a place to meet. That was how the fire got started.

That same evening, I went to the Cultural Forum down town, to the tiny amphitheater in the middle of the Arts Esplanade. There were, probably, around ten people and I’m being generous. But the lack of quorum was compensated with enthusiasm. Particularly Abdiel’s enthusiasm who spoke with the passion of someone who still believed words can change the world. I listened, quiet. A little later someone else joined the group. It was a young man with a short beard, glasses, denim pants and a black jacket and backpack. I don’t know why, but it seemed to me like an IT guy. It might have been because of the backpack and the glasses. At some point, Abdiel dictated we should divide into groups to delegate responsibilities. As it goes, the moment that stopped being just an illusion and the shadow of commitment was cast, nervous looks loomed up, already signaling those who would leave the group before it was even formed. They asked who had skill as a writer. I raised a shy and shaking hand. The guy in black raised a confident one. He also noticed my own hand in the air and gave me a look I did not know how to decipher. Then, like an elementary school teacher, Abdiel told us to work in our teams. Our writing team (I have forgotten if there was someone else there) had the task of writing a press release about the first 132 meeting in León and the official constitution of a Leon 132 cell. I have completely forgotten what the content of our first collaboration was, but I remember that, following some of my suggestions, the guy in black, who by this point had already introduced himself as David, gazed at me. The meaning of that gaze was becoming clearer: it was the gaze of an experienced boxer who, seeing a rooky move on the ring, distinguishes some isolated punches and thinks to himself: “hmm”.

That evening was the beginning of the most intense and earnest period of my life. But contrary to what it’s usually said about periods like these, it wasn’t burned into my memory. It rather seems a distant dream of which I can only recover disorderly shreds. The events followed one another like an avalanche. The organizing period lasted a second and the next we were already in deep in the logistics of a cultural fair at the City’s House of Culture. The content of the fair was entrusted upon me, an assignment I accepted in the same way Forest Gump accepted all the enormous responsibilities in his life: without a clue of what the hell was happening. We began to meet daily. Slowly, the steady members of the group were defined as well as the meeting points. These places were: El Kino Bar, at that point in the heart of the city center, sometimes a reggae and ska bar next to El Kino Bar (this one was closed short after), David’s house and, from some point on, my house which would practically become the head quarters for the 132 movement in León.

Meetings and reunions tended to extend deep into the night. We were all either studying or working or both, but by means of an alchemy, very much in the tone of “I come here to offer my heart”, we turned our exhaustion into an incentive to carry on. We were working on full steam with unwavering passion. We felt what we were doing was important. We felt we were a small part of a bigger change. We organized marches, protests, installations and happenings; we delivered fliers with important information to cast a vote[2], we designed and facilitated workshops for children and youngsters, we communicated constantly with other cells across the country.

During these excessive times, of course, we became friends. Many of the most selfless, brave, authentic, and also strange people I’ve met were in that group. To this date they remain dear friends who, in spite of time passed and physical distance, come at the first call if needed.

But a book could be written about that and neither my memory nor my talent would be sufficient for such a task. This is the more modest story of that guy with a short bard, denim pants and black jacket who gazed like a boxer hardened on the boxing canvas. This is David’s story.

My friendship with David was different. It was different because it was marked by literature. In what I believe was our second meeting, we gathered at his place, a small apartment on Panorama avenue. When I came in, the first thing I noticed was: a stencil of Pablo Neruda’s silhouette with a fragment of one of his poems. On that afternoon, David made a deep impression in me. With remarkable confidence and presence, he spoke as if he was writing. Every sentence he uttered, it seemed he had pulled it out of a 70’s Latin American novel. But there was something more, something beyond that. Rhetoric ability is not that common, but it’s not that rare either. It was something in his demeanor, in the form that revealed the content, a certain air of challenge that did cast an unusual light on him. The guy who had seemed before like an IT technician, suddenly appeared as something far more interesting and far more tragic: a poet.

Soon thereafter, during dead times or whenever we needed to clear our heads and rest, David and I would smoke and talk at length about novels, short stories, writers, poets and poetry, about our literary ambitions. We also spoke about our childhoods, so dramatically different, his with his mother and brother, with difficulties in a chaotic Mexico City; mine, quiet and only slightly lonesome, in the suburbs of León. Childhoods, nonetheless, dramatically similar in other aspects because childhood is, almost always, the same geography of innocence and expectations. He always spoke exuberantly, with enviable metaphors that came to him as naturally as “like’s” and “so’s” and “ehhh’s” come to the rest of us. That’s how I remember him: threading literary imagery amidst scrolling smoke. I, on the other hand, have always been a terrible speaker. I stumble with words with the same noteworthy frequency as I stumble walking. I stammer and I mumble as I wait for a cutting simile, for a musical anaphora, for at least a random alliteration, but the sole things that arrive are platitudes.

Even so, in the writing field, he saw something in me. We exchanged publications. I gave him a short-story that was published by the Municipal Institute of Culture in 2011. He gave me a Punto de partida[3]number in which a wonderful chronicle about a Real de Catorce concert by him was published. I recall that, when I read it, I discovered, with a heavy heart, that David was being too nice with me, but he was in another league. I felt ashamed of my short story. A cocky kid showing off his circle of fifths to a gifted guitarist.

But the friendship kept growing. Because of the significant gap in age (9 years if I recall correctly) and because of the even more significant gap in experience, our friendship became more like the relationship between a younger brother and an older brother. That’s how I loved and admired him. As the older brother who is many, many steps ahead on the staircase, and who turns around constantly from his horizon, comes back stretching his hand and smiles as if saying: “What’s the matter? Don’t fall behind!”.

On June the 25th 2012, on my 20th birthday, the 132 group in León threw a party for me with cake, music and dancing. By the end of it, David gave me a book. It was a bulky novel with a bright-red cover, with the silhouettes of three slim men with hats in that cover, all slightly blurred on the edges, as if they were walking across the burning heat of the desert. The title was The Savage Detectives and it was written by Roberto Bolaño.


[1] On May 12, 2012, during his presidential election campaign, Enrique Peña Nieto visited the Iberoamericana University in Mexico City. He expected to find a compliant audience since the majority of students there come from affluent families. However, when the Q&A session came, a large group of students, who had researched in depth into the history of repression and human rights violations during Peña Nieto’s period as Estado de México’s government, put him in the corner. Peña Nieto and his team were booed out of stage and he was so diminished, he hid in a bathroom. Students recorded this and uploaded it in social media. The news, however, told another story. They said those were not students, but actors hired by the opposing party. As a reaction, 131 students from the University, edited a video showing their ID’s confirming them as students. This video became viral and it sprung a series of videos of more students around the country saying: “I am the student 132” in support. This became the largest student movement in Mexico since the student movement of 1968, which we all know, ended in a massacre.

[2] Unofrtunately, a large percentage of the population in Mexico does not know even the minimum of their rights to vote. Moreover, most of them only received political information from the two controlling TV networks which have historically been allied with the PRI (Revolutionary Institutional Party in English). In addition, the massive purchase and/or cooptation of votes is common practice. So, these fliers contained both the due process to vote, the rights and obligations of the voters, ways to protect their votes and information about the candidates and their promises extracted from diverse national and international media.

[3] Prestigious literary magazine edited by the National Autonomous University, UNAM, where the best short-stories, essays, chronicles, poems and literary translations by students of the university are published once a year.