Diario de un lector: de Los detectives salvajes a 2666, parte final

Mi lectura de 2666 fue radicalmente distinta de mi lectura de Los detectives salvajes. Al venir a Estonia fue el único libro que me acompañó en mi equipaje de mano y volví a comenzarlo. Mi viaje fue sumamente largo, 33 horas sólo de vuelos y tiempos de espera en aeropuertos, de manera que cuando llegué a Tallin, ya iba casi por la mitad. Fue, al contrario de Los detectives salvajes, una lectura que hice en soledad.

Y pienso que eso está muy bien pues, si Los detectives salvajes es una novela coral y de camaradería, 2666 es una novela solitaria. La soledad recorre sus más de mil páginas silenciosa pero impasible, igual que el viento caliente del desierto de Sonora. El único capítulo en donde nos encontramos con algo similar a la sensación de grupo de Los detectives salvajes es La parte de los críticos, en donde Pelletier, Espinoza, Morini y Norton descubren y rescatan la figura casi olvidada de Benno von Archimboldi para luego buscarlo en persona. Mas incluso en este capítulo, vamos viendo cómo la camaradería se desgrana sin violencia, lentamente, como las cosas que se deshacen en el calor intenso. Vemos cómo Morini comienza a alejarse, a desaparecer en un silencio inexplicable, y vemos, también, cómo Pelletier y Espinoza, aunque amigos hasta la muerte, parecen también estar solos: dos amigos que comparten su inalienable soledad. En los capítulos siguientes la soledad es más evidente. La parte de Amalfitano es, para mí, la más triste. De esa tristeza callada de los personajes de Chéjov. Amalfitano es un chileno emigrado a México, profesor de literatura en la Universidad de Santa Teresa. Abandonado junto con su niña por su esposa. Una esposa que, sin embargo, Bolaño muestra como una mujer poseída por una locura bella, nunca como una villana. La parte de Fate nos hace conocer (obviamente) a Fate, un joven periodista negro de Chicago, quien viaja a Santa Teresa para cubrir una pelea de box. El capítulo comienza con la muerte de su madre, comienza con dolor y con Fate “rodeado de fantasmas” y el dolor y los fantasmas no lo abandonan nunca. La parte de los crímenes es la más sórdida, la más difícil de leer, la más extensa y la más escalofriantemente parecida a la realidad. Allí, no conocemos a ningún protagonista. El protagonista es el mal, es la pobreza, es la misoginia, es la desidia, el silencio sepulcral, son los crímenes, y en medio de todo ello conocemos a cientos de mujeres que son violadas y asesinadas y a una serie de personas, policías, judiciales, políticos, periodistas y demás ciudadanos que viven y lidian, en mayor o menor medida, directamente con eso. En este capítulo es también donde la soledad es más intensa. Me parece significativa la figura del judicial Juan de Dios Martínez, uno de los pocos que sí se esfuerza por resolver los feminicidios, y su relación con Elvira Campos, una psiquiatra; una relación, por deseo expreso de ella, exclusivamente sexual. Ella le habla de sus sueños de fuga a París, y de sus sueños de una juventud prolongada mediante costosas operaciones, hablándole como quien le habla al aire, a sí misma, y él la escucha encandilado y afligido y sólo atina a decir: “Tú a mí me vuelves loco tal como eres”. Por supuesto la soledad más terrible de este capítulo, sin embargo, es la de las víctimas, víctimas que están solas al ser asesinadas, y solas aún en la muerte pues nadie encuentra, o nadie quiere encontrar, respuestas. Por último está la parte de Archimboldi, donde conocemos a Hans Reiter, nombre de nacimiento de Archimboldi (me pregunto si Bolaño eligió este apellido porque la pronunciación alemana se asemeja a Writer) y lo acompañamos, muy al estilo decimonónico, desde antes de su nacimiento hasta su vejez, en una épica que va del final de la Primera Guerra Mundial, se demora en el frente ruso durante la segunda, y termina en algo que no revelaré, pero ya tiempo después de la caída de la URSS y ante las puertas del “nuevo” milenio. Archimboldi, por supuesto, también está solo con su alma, aunque pareciera que su alma le basta.

Hay parecidos con Los detectives salvajes, claro. La ambición y el aliento, para empezar. Su entender, absolutamente espartano, de la escritura. Las digresiones fascinantes que no tienen nada que ver con la historia central pero que repiten o refuerzan, o contradicen, o enfrentan los temas centrales. Un romanticismo imbatible enredado en un vórtice letal con el cinismo y el desencanto. Sus héroes masculinos, que parecen todos reiteraciones, reformulaciones, paráfrasis: Pelletier y Espinoza, Belano y Lima, Lalo Cura, Archimboldi, Ansky, etc. A mí me parecen todos proyecciones del mismo Bolaño. Hombres valientes y con ansias de vivir. Hombres que miran al mundo y descubren los esqueletos detrás de las apariencias. Es como si Bolaño se mirara en un espejo trizado y los muchos reflejos, levemente deformes, arrojados por ese espejo, fueran sus personajes. Pero estos reflejos deformes, a diferencia de los reflejos en espejos rotos en la literatura de terror, no son ni grotescos, ni inquietantes. Más bien son melancólicos. El espejo roto en que Bolaño se mira y se narra es casi siempre un espejo de nostalgia. Las imágenes son las vidas que no tuvo y que sin embargo extraña. Son reflejos poseídos por una tristeza y una dignidad imperturbables, que al fin y al cabo suele ser el aura que recubre a todos los héroes.

Otra similitud, ésta central, es la obsesión de Bolaño con el mal, presente, pero no tan visible en Los detectives salvajes, que sí en La literatura nazi en América y Estrella distante. Una obsesión llevada a su extremo en 2666, donde Bolaño se internó en el horror de los feminicidios de Ciudad Juárez, investigando por cuenta propia, pero también con la ayuda de Sergio González Rodríguez, quien por esos años publicaba reportajes sobre los crímenes que acabarían reunidos en su libro Huesos en el desierto. En agradecimiento, Bolaño homenajeó a Rodríguez incluyéndolo en la novela, y declarando: “Con Sergio González Rodríguez sí iría a la guerra”.

Sergio González Rodríguez

Lo que Bolaño hace en el capítulo La parte de los crímenes es excepcional, pero además, es importante. En las 350 páginas que ocupa este capítulo, Bolaño narra cientos de feminicidios entre enero de 1993 y diciembre de 1997. Los narra con un lenguaje que claramente trata de copiar el acento frío y clínico de los forenses y de las investigaciones policiales, aunque en cada uno de ellos comienza a filtrarse su voz como gotas en una caverna, y entonces nos narra ya no sólo los mórbidos asesinatos y el estado de los cuerpos, sino también las vidas de las víctimas, quiénes eran, qué hacían, con qué soñaban. El resultado es casi insoportable. Como dijo el propio González Rodríguez (lo que es notable, pues González Rodríguez investigó exhaustivamente los crímenes in situ):

“La magistral novela de Bolaño añade una densidad trágica que permite leer la realidad desde una cercanía que los hechos, por su efecto traumático, a veces esconden. Lo que se registra como hecho, resulta insoportable como ficción”.

Bolaño se aleja así, desde mi punto de vista, de la literatura posmoderna que busca simplemente la experimentación, el deslumbramiento narrativo, el despliegue vistoso de su talento, y se arroja (figura muy bolañesca) al abismo de las heridas de la vida real que duelen – y que además acusan –.

No es casual que Amalfitano piense hacia el final de su capítulo, al rememorar decepcionado una conversación con un farmacéutico lector en Barcelona:

“Escogía La metamorfosis en lugar de El proceso, escogía Bartleby en lugar de Moby Dick, escogía Un corazón simple en lugar de Bouvard y Pécuchet, y Un cuento de Navidad en lugar de Historia de dos ciudades o de El Club Pickwick. Qué triste paradoja, pensó Amalfitano. Ya ni los farmacéuticos ilustrados se atreven con las grandes obras, imperfectas, torrenciales, las que abren camino en lo desconocido. Escogen los ejercicios perfectos de los grandes maestros. O lo que es lo mismo: quieren ver a los grandes maestros en sesiones de esgrima de entrenamiento, pero no quieren saber nada de los combates de verdad, en donde los grandes maestros luchan contra aquello, ese aquello que nos atemoriza a todos, ese aquello que acoquina y encacha y hay sangre y heridas mortales y fetidez”.

2666 fue la última y más feroz batalla de Bolaño. El detective salvaje murió en julio de 2003 y su última novela vio la imprenta en octubre de 2004.

Mientras escribía, Bolaño estaba consciente de que le quedaba poco tiempo. Y creo que eso se lee en 2666. La muerte es una presencia clara en la novela. No sólo literalmente, sino que es notorio que la muerte estaba sentada cerca de Bolaño mientras tecleaba, que parecía decirle: “te espero”. Es elocuente la reiteración del mito de Sísifo en la última parte del libro. Ahí, Bolaño no se concentra en el castigo de Sísifo, sino en cómo Sísifo trataba de evadir a Tánatos, a su muerte. Lo curioso es que en la primera ocasión, sólo narra la historia de Sísifo hasta el punto en que Tánatos es liberado y Sísifo muere. Más adelante, sin embargo, Archimboldi cuenta cómo Sísifo logró escapar de esa muerte y vivir una vida feliz hasta su vejez. Más importante aún: Archimboldi dice que el castigo de la piedra es sólo una artimaña de los dioses para impedir que Sísifo piense en formas de escapar a la muerte. “Pero el día menos pensado a Sísifo se le va a ocurrir algo y va a volver a subir a la tierra”, concluye Archimboldi. Bolaño quería escapar a la muerte. Y mejor dicho, Bolaño quería vivir.

Cuenta Jorge Volpi que en un congreso de jóvenes escritores en Sevilla en 2003, un muchacho se le acercó a Bolaño como un misionero a un santo y le preguntó qué consejo podía dar a los jóvenes escritores. Bolaño respondió: “les recomiendo que vivan. Que vivan y sean felices”. Esa respuesta, según Volpi, ha sido decepcionante para quienes la han escuchado referida, aprendices de escritor que esperan recibir las tablas de la ley en el monte Sinaí de la literatura, y en cambio obtienen una frase que podría haber sido compartida por sus tías en su muro de Facebook. Ellos no sabían que Roberto Bolaño estaba cerca de la muerte y que vida era lo único que deseaba y lo único que ya no podía tener.

Esa tristeza de quien no se va, sino que se lo llevan, es clara en el libro. Y ahora que he estado pensando 2666 en contraste con Los detectives salvajes, me parece que ésa es la distinción crucial. Los detectives salvajes es una novela que se siente bullente de vida y juventud. No es, o creo que difícilmente podría calificarse como, una novela feliz. Hay tristeza en ella, hay horror, hay resignación, hay desencanto, pero todo está envuelto en las llamas de la vida que apenas comienza. Inclusive termina con un misterioso cuadrado incompleto, que a mí siempre se me antojó como un cuadrado del cual se desborda lo que hay dentro, y termina, como había dicho, con García Madero, el más joven de la tribu, decidido a seguir a quién sabe dónde. 2666, los cinco capítulos o libros que lo integran, siempre termina con un dejo de tristeza. Como esas sonrisas quebradas de quien ya no puede más.

Es sintomático el cambio en elección de personajes, por ejemplo. En Los detectives salvajes todos son poetas. En 2666 no hay ni un solo poeta. Hay un grupo de críticos – que a mí se me figuran como la especie más lejana de un poeta en la fauna literaria – y un novelista a quien conocemos siempre como hombre y no como escritor.

También es evidente que Bolaño aquí vuelve a enfrentarse al espectro que acosa a todos los artistas: la posteridad, el legado, el prestigio, que su obra le sobreviva. Y una y otra vez y a partir de muchos personajes distintos, parece decirse a sí mismo y advertir a otros que quieran tomar esa senda: la posteridad, el legado, el prestigio y la obra son apariencias. No muy distantes de la apariencia de la fama. Que perdurar es un deseo de lo más extraño si se le piensa bien. En una entrevista para televisión chilena, cuando se le preguntó al respecto de la supervivencia de su obra, él dijo: “En 400 millones de años ni siquiera Shakespeare será alguien”. Las últimas dos páginas del libro son en esto el golpe maestro, un golpe que no arruinaré pues espero que algunos de los que aquí leen, lo reciban en su momento.

En el último aliento del libro conocemos la vida de la dulce Lotte, la hermana menor de Archimboldi. Cuando ya está vieja y sola, leemos cómo algunas veces va de vacaciones a la playa y, por las tardes se recarga en una terraza a ver el ocaso y se le ve distante, con un toque de elegancia y un no sé qué de tristeza; pero que cuando se le acerca un caballero viudo o divorciado a invitarla a bailar o a dar un paseo por la playa, ella dice que no gracias, y entonces “sólo quedaba la tristeza”. Ésa es la sensación que a mí me ha dejado esta novela. Es un torrente impresionante, uno de los edificios narrativos más altos y prodigiosos de la literatura latinoamericana actual, un libro inabarcable que parece seguir y seguir aunque lo hayamos ya cerrado… pero al terminar de leerlo y después de unos días, sólo queda la tristeza. Pero una tristeza, eso sí, plena de dignidad. Como dijo González Rodríguez, en las historias de Bolaño abundan momentos a los que “acuden las lágrimas de la derrota íntima que sabe a victoria”. Eso es 2666, la derrota más íntima de Roberto Bolaño y su mayor victoria.

Juan Villoro cuenta que, muy poco antes de la fecha fatídica, Bolaño le llamó para comentarle una frase de un personaje en una novela de Leonardo Sciaca: “sólo me falta un último bautizo, el de la muerte”. El 15 de julio del 2003, Tánato al fin encontró a Sísifo. En notas de Bolaño se encontró una que leía: “El narrador de 2666 es Arturo Belano” – su fiel alter ego a lo largo de su obra – y en otra, con la instrucción “para el final de 2666”, dice: “Y esto es todo, amigos. Todo lo he hecho, todo lo he vivido. Si tuviera fuerzas, me pondría a llorar. Se despide de ustedes, Arturo Belano”. El último bautizo había llegado.

Artefacto del buen Nicanor Parra a su discípulo y amigo

¿Qué es pues, 2666? ¿Por qué ese título tan raro? Bolaño decía que era la clave para entender la novela, quién sabe si seriamente o jugando o ambas. Muchos han intentado descifrarlo. Ignacio Echeverría sólo dice que es una fecha, el punto de fuga de la novela. Alan Pauls ha propuesto que es el año del cual nos llega la novela. Una novela que viene del futuro. Jorge Volpi aventura que el libro es una bomba de tiempo que estallará en ese año, en 2666. Bolaño mismo parece dar claves. En Amuleto, Auxilio Lacouture, la protagonista, describe que camina en una calle de la Ciudad de México, de madrugada, que a esa hora se parece a un cementerio, “pero no a un cementerio de 1974, ni a un cementerio de 1968, ni a un cementerio de 1975, sino a un cementerio de 2666”. Por otra parte, en Los detectives salvajes, Amadeo Salvatierra cuenta que Césarea Tinajero (la poeta a la que buscan los protagonistas) hablaba de una revolución que sucedería en el siglo XXII, augurio que más adelante se ajusta: según una maestra que habla con García Madero, la revolución, de acuerdo con Tinajero, en realidad llegaría en 2600 y pico. En 2666, en unas páginas dedicadas a la saga de la familia de Lalo Cura (uno de los personajes centrales en La parte de los crímenes) se nos cuenta que su madre conoció a dos jóvenes que iban por Sonora en un auto (¿podrían ser Belano y Lima?), como huyendo de algo, y que ambos hablaban de “una revolución invisible que ya se estaba gestando pero que tardaría en salir a las calles al menos cincuenta años más. O quinientos. O cinco mil”.

¿Entonces qué es 2666? ¿El año de esa revolución? ¿El año en que se escribe la novela? ¿El año en que explotará la bomba de tiempo? ¿O quizás es el año en que los crímenes al fin se resuelvan? ¿El año en que finalmente deje de asesinarse a mujeres? ¿El año en que deje de haber guerras mundiales? ¿El año en que deje de haber escritores? ¿O es sólo una fecha lo suficientemente lejana que equivale a decir: esto nunca pasará, esto nunca se resolverá, todas las cosas sólo pasan?

En mi opinión 2666 es quizá el año en que ya nada tiene sentido. En que se han borrado los nombres. En que algún arqueólogo improbable intenta recobrar algo del significado perdido por la erosión inclemente del tiempo. En que, pieza a pieza, piedra a piedra, reconstruye algo que es sólo esqueleto o menos aún, sólo fantasma de nuestro siglo XX (y es que nuestro siglo sigue siendo el XX, no el XXI, no hemos logrado inventar aún un nuevo siglo, somos sólo la sombra envidiosa, crédula y anémica del siglo XX). 2666 es el año desde el que Roberto Bolaño nos narra esta historia pretérita, monumental pero fúnebre como una pirámide antigua reposando en las entrañas de una selva cerrada, imponente pero muda e impertérrita como las ruinas de Babilonia, lejana pero peligrosa, como las estatuas cuyos rasgos ya no se ven, pero conmueven, tocan, hielan la sangre.

Hay y habrá muchos exégetas de la obra de Bolaño, particularmente de sus dos grandes novelas. Yo no seré, ni quiero ser uno de ellos. Prefiero quedarme como su lector. Y como lector, lo que más le agradezco, lo que más me asombra y lo que más me queda en la memoria, son los episodios, abundantes en su obra narrativa, en que parece recobrar como casi ningún otro escritor algo que no sé nombrar, pero que supongo que es el misterio de vivir.

Pasó casi un año más para que pudiera terminal la novela. La maestría resultó mucho más difícil de lo que esperaba y prácticamente no pude leer nada que no fuera académico durante meses. Pero finalmente, ahí estaba, en una librería de Tallin, con F., mudo y temblando, incapaz de salir de la novela todavía.

Y un viejo amigo me vino a la mente.

Tras la disolución del 132, el destino de David y el mío se distanciaron significativamente. Él se fue a vivir a México, luego se fue a Hidalgo, no recuerdo si a Chihuaha. Obtuvo un trabajo que demandaba que se moviera por el país, algo muy ad hoc con su personalidad nómada. En ocasiones visitaba León y siempre lo hacía sin avisar, como si no existiesen los teléfonos ni los correos ni las cartas ni los telegramas. Llegaba envuelto en un misterio que él procuraba y se iba igual. Venía, nos reuníamos, platicábamos un buen rato y cuando tenía que irse me decía que al día siguiente nos juntáramos para almorzar. A la hora del almuerzo al día siguiente generalmente él ya estaba en otra ciudad. Con el tiempo comprendí que era su manera extraña de despedirse por meses. Cada vez las visitas se espaciaron más. Cada vez los silencios se hicieron más largos.

Nos vimos en el verano de 2015. Yo acababa de empezar a salir con F. En esa ocasión, lo recuerdo bien, su visita se sintió como una posible reconexión. Pero después hubo dos años en que no supimos nada uno del otro.

Con esto no quiero decir que David se olvidara de mí. Ya Borges había dicho que la amistad no precisa la frecuencia. En mayo del 2017 mi familia pasó por un momento difícil: Un problema económico grave, el fallecimiento de mi tío, hermano menor de mi papá, y en lo personal, la pérdida de una beca que parecía mi única posibilidad de venir a Europa. David, quien lleva el sobrenombre de ‘El gato’ con justicia y aparece y desaparece a voluntad, una noche me envió una misiva para preguntarme qué podía hacer por mí, cómo me apoyaba, qué se requería para enviarme al viejo continente. Cuando le respondí que sólo necesitaba buenas vibras dijo, y que esto al menos sirva de ejemplo de su pluma:

“Pese a todo, trate de no deslavar la sonrisa ni el ánimo. Procure estar al lado de su padre que, seguro, requerirá descubrir un amigo, un soporte en usted en este momento. Tenga a la mano algo concreto, humano que comentarle. Las buenas vibras las mando todos los días, Poeta. A veces se atoran, pero no dude que las mando”.

Poco tiempo después, cuando ya tenía mis boletos de avión, hablamos por teléfono. Me preguntó cuándo dejaría México y me dijo que tal vez podríamos hacer un viaje en carretera juntos a Veracruz. Le dije que sí, que estaría muy bien, que me avisara. Sabía que no sucedería.

Lo cierto es que a esas alturas yo sentía que, aunque nuestra amistad estaba viva, era una amistad que estaba también condenada a vivir así, virtualmente, en la memoria, en los viajes futuros que no se harían, en los almuerzos omitidos. Una amistad como la de Arturo Belano y Ulises Lima, o lo que es lo mismo, como la de Roberto Bolaño y Mario Santiago Papasquiaro. Nuestro Café La Habana ya estaba cerrado.

¿García Madero?

Escuché la voz de David en el celular. Hablamos brevemente. Le expliqué que ya iba en camión a México y al día siguiente saldría mi vuelo a medio día. Me quedaría a dormir en casa de mis primos. Él dijo que estaba muy bien, que entonces en la noche nos veíamos para cenar. Colgamos. Yo pensé que la cena, como los almuerzos, sería simbólica.

En efecto, esa noche me llamó para decirme que no podía ir. No me sorprendió. Le dije que no se apurara. Respondió que al día siguiente, seguro segurísimo, me vería en el aeropuerto. Como una seña de que iba en serio me preguntó en qué terminal y por qué puerta. “Muy bien, hermano, ahí nos vemos”. Tenía toda la certeza de que no lo vería.

Al día siguiente, en el aeropuerto, en el área de comida rápida, mientras esperaba con la mirada perdida, entró una llamada suya. Me imaginé el contenido de la llamada: “Hermano, no podré ir”. Respondí:

¿García Madero, dónde está?

Lo vi a lo lejos, alzando la cabeza, buscándome. Iba con los mismos lentes de técnico en computación, pero con una gabardina negra que hacía pensar que había sido promovido de técnico a elegido por la Matrix.

Compramos un café y nos sentamos en una mesa con restos de gorditas La Tía Tota. Nos pusimos al corriente de nuestras vidas. Él seguía en su trabajo, probablemente lo ascenderían. Seguía apoyando a su mamá y a sus sobrinos. Seguía hablando como si escribiera. Yo estaba a punto de irme al otro lado del mundo a estudiar algo que nadie conoce y seguía tropezándome al hablar. Me preguntó si tenía una beca. Le respondí que no, que me venía con mis ahorros y un préstamo y que eso sólo me alcanzaría para el primer año, pero ya vería qué hacer luego.

– ¿Cuánto necesitas por año?

– 80 mil pesos, más o menos.

Se quedó serio y cambiamos de tema. Salimos a fumar y seguimos hablando de todo y de nada, como amigos que se ven a diario.

Cuando ya tenía que cruzar las puertas de seguridad, me detuvo y me dijo que, si al terminar ese año no encontraba cómo seguirme financiando, le llamara. Me dijo que tenía ahorros y podía ayudarme. No hablamos de Bolaño. No hablamos de literatura. Sentí, de pronto, con una mezcla de tristeza, pero también de madurez, que quizás, sin quererlo y sin fijarnos cómo o cuándo, nos habíamos hecho adultos. Y que eso, tal vez, no era tan malo.

Nos despedimos y, como cuando estábamos en el 132, se despidió alzando el puño izquierdo y sonrió como el hermano mayor que creía perdido y que recobré. Mi hermano mayor extendiendo la mano desde su horizonte, pero ya no diciendo “No te quedes atrás”. Quizá nunca fue eso lo que dijo, pero yo escuché mal. Quizá siempre quiso decirme que no había ningunas escaleras, que sólo había camino, a veces plano planito pero casi siempre sinuoso o escarpado, y que nadie tiene idea de a dónde diablos llega o cómo se recorre, y que todo lo que se puede hacer es pedir a un puñado de personas con las cuales andarlo. Quizá siempre dijo: “Vamos juntos, hermano”.

Ahora vuelvo a verlo al terminar 2666. Vuelvo a ver años atrás. Y como no podemos comentar esto en vivo, como no podemos hablar de este libro extraordinario mientras fumamos el último cigarro y nos alejamos en la noche, escribo esto.

David siempre me preguntabas, cuando había que lanzarse, cuando había que atreverse ¿Eres poeta? Y entonces sólo quedaba aceptar el reto. Hoy sé que no, que no soy poeta. Quizá ninguno de los dos lo somos. Tú no eres Belano ni yo soy García Madero. No somos detectives salvajes. No partiremos en busca ni de una poeta mexicana ni de un novelista alemán. Pero como dijo Roberto Bolaño de Juan Villoro:

“Lo importante es que tenemos memoria. Lo importante es que podemos reírnos sin manchar a nadie con nuestra sangre. Lo importante es que seguimos en pie y no nos hemos vuelto ni cobardes ni caníbales”.

Vamos juntos, hermano.