Diario 2020-2022, parte X

Sábado 28 de agosto, 2021

Esta mañana desperté a las once. Demasiado tarde para mí y en otras mañanas esto me habría molestado. Sin embargo, hoy amanecí descansado, sintiéndome bien y sano (lo cual no me ocurre frecuentemente), por lo cual agradecí el sueño extra.

Preparé café, puse un disco de Oscar Peterson: Oscar Peterson Plays The Cole Porter Songbook, y me senté a leer Shakespeare & Company: A History of The Rag & Bone Shop of The Heart. Leo sobre los primeros años de la librería bajo la tutela de George Whitman y me siento vivificado.

Todo mundo – y por todo mundo me refiero por supuesto a ese reducidísimo grupo conformado por lectores con ínfulas bohemias que fantasean con ser otros en otro tiempo y otro lugar – sabe de la librería Shakespeare & Company, emplazada a la vera del río Sena, mirando a la catedral de Notre Dame. Una especie de meca libresca a donde peregrinan bibliófilos de todo el mundo para admirar no tanto los libros, sino el espacio que ocupan, los estantes atiborrados, los escalones torcidos, los muros empapelados enteramente con fotos, mensajes y postales, los sillones, el piano. Por supuesto hay quien entra sencillamente para comprar libros o souvenirs, y quien lo hace para decir que ya estuvo ahí, pero también los hay quienes lo hacen, como yo, con los ojos iluminados, con la esperanza risible, ridícula, pero también tierna por genuina, de que algo de ese aire que llenó los pulmones de Hemingway y Fitzgerald y de esa luz que iluminó las lecturas de André Gide y James Joyce, de alguna manera les comunique o contagie algo. En otras palabras, hay devotos que entran como los católicos entran a la catedral al otro lado del Sena, con la ilusión de recibir un mensaje, de ser redimidos, de ser tocados por lo ultraterreno.

Quien sabe de Shakespeare & Company sabe también de Sylvia Beach, su legendaria fundadora. Una mujer a quien la famosa «generación perdida“ le debe tanto o más que a Gertrude Stein. La valiente editora del Ulysses y más valiente aún amiga, mecenas y niñera de su irremediable autor, James Joyce, quien aparentemente habría muerto de hambre si no fuera por la generosidad a ratos rayana en la autoflagelación de Beach. Sin embargo, yo no sabía nada del hombre que heredó la librería cuando Beach murió. Lo había visto en fotos y me había llamado la atención su envidiable barba y bigote quijotescos y su mirada de explorador desafiante: George Whitman. Ahora lo voy conociendo y me cae mejor y mejor con cada página avanzada.

Al inicio de su diario, en julio de 1935, con solo 21 años, George emprende un viaje por el mundo (que inicia en México, por cierto) y escribe en su primera entrada:

“Me embarco en este viaje para penetrar, siempre que sea posible, en los significados secretos de la existencia, para observar en todas las regiones de la tierra las influencias de esas fuerzas supremas: amor, destino y muerte, y para disfrutar, en la meditación y la soledad, de la suave luz que lo verdadero, lo bello, lo intrépido y lo heroico arrojan como estrellas de otro universo sobre el campo y la metrópolis.”

Ah, George, tocayo, mío, tengo ocho años más que tú cuando escribiste esas palabras, y tu vida me parece mucho más rica, mucho más emocionante y mucho más verdadera que la mía, y sin embargo leyéndote me reconcilio con esa vida mía. Porque en momentos así, escuchando esta música, leyendo estos libros, la vida es buena.

Lunes 30 de agosto, 2021

En realidad es ya martes 31 de agosto pues pasa de la media noche. Leo Shakespeare & Company. George escribe:

«En el año 1600 este edificio era un monasterio, La Maison du Mustier. En la Edad Media, cada monasterio tenía un monje llamado el frère lampier, cuyo deber era encender las lámparas al caer la noche. Yo soy el frère lampier de este lugar ahora. Ese es el modesto papel que desempeño.“

Y pienso, a propósito de la figura de George Whitman, de su misión de vida a la que se entregó sin guardarse nada para sí, que quizá mi vocación sea esa misma: encender las lámparas. Inventarse espacios, escondrijos, resquicios para compartir aquello que más amo de la vida.

¿Quién soy yo para hacerlo? ¿Quién me da la autoridad? Fácil: soy yo y yo me doy el permiso. No soy nadie y no poseo credenciales, pero poseo entusiasmos y no puedo, no quiero, guardármelos para mí.

Martes 7 de septiembre, 2020

Terminé de leer Shakespeare & Company. A History of the Rag & Bone Shop of the Heart. Me encantó, en el sentido original de la palabra. Me mantuvo hechizado de principio a fin. Su lectura me hizo rotundamente feliz.

Qué vida, qué obra la de George Whitman. Cumplió la misma labor que Sylvia Beach con la generación perdida, pero él con la generación beat, y con otros conciudadanos expatriados ilustres como James Baldwin y Henry Miller. Y su librería fue refugio, ya sea por unas horas de vez en cuando, o por muchas noches, para personas como Anaïs Nin, Louis Aragon, Julio Cortázar, Lawrence Durrell e incontables jóvenes que vivieron ahí sus mejores días, a pesar de la incomodidad y las precarias instalaciones.

Bajo la brillante tutela de George Whitman, S&C fue universidad utópica gratuita, hostal hechizo para viajeros dispuestos a trabajar un poco, sala de conciertos, asilo para estudiantes durante los disturbios del 68 y hasta plató de filmación para una película llamada Les autres basada en un cuento de Borges. Fue la única comuna de la cual me hubiera gustado formar parte. Y fue y es una librería.

Los libreros como George Whitman y Sylvia Beach son genios equiparables a los escritores a quienes abrigaron. Su labor, como la de los buenos traductores y los buenos editores, se lleva a cabo en el silencio y la sombra, lejos del barullo, los reflectores y – casi siempre – del dinero, pero es tan necesaria para la literatura como escribir. Es igualmente, y quizás en mayor medida, una labor de amor.

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