NAIM: La región menos transparente

Foto de Notimex

El caso del NAIM es un punto donde confluyen muchas de las principales aristas de la realidad mexicana y quizás de la realidad del mundo.

  1. La consulta: ¿democracia o demagogia?

Aquí reside la parte más caliente de la polémica. No sé si estoy en lo correcto – no he consultado absolutamente todas las fuentes –, pero creo que he visto una mayor parte de la prensa inclinarse por la condena de la consulta.

Analicemos el caso en un contexto mayor al de la coyuntura actual para tratar de entenderlo mejor y así poder juzgarlo.

En el contexto internacional hay tres ejemplos cercanos en el tiempo en donde el destino de aeropuertos se ha decidido por consulta popular. En Alemania el Berlín-Tegel, en Francia el Notre-Dame-des-Landes, en Estados Unidos el de Kansas City. En los tres casos las consultas resultaron en alteraciones a los planes originales, en dos de tres incluso en la reversa total de los proyectos. En el caso estadounidense,se dictaminó que el costo de la obra fuese cubierto exclusivamente por impuestos pagados por las empresas privadas que se verían beneficiadas por la terminal aérea. En el caso alemán, el aeropuerto que estaba programado para ser demolido fue conservado. En Francia, el caso más similar al del NAIM, el voto en la consulta estuvo muy dividido. Ganó la construcción del aeropuerto con un 55% de los votos, no obstante, al estudiar la distribución demográfica, fue claro que la gran mayoría de los votos a favor venían de las urbes – mucho más densamente pobladas – mientras que la gran mayoría de los votos en contra venían de la región agrícola afectada directa o indirectamente por el proyecto. Este hecho y la división social que generaba el debate hizo que se cancelara definitivamente el aeropuerto Notre-Dame-des-Landes.

No cito estos ejemplos como casos de éxito para defender la consulta del fin de semana pasado. Su «éxito» no viene sin matices. En Francia, Vinci y el estado francés siguen en negociaciones en el proceso de cancelación del proyecto y se prevé que dichas negociaciones duren al menos un año más. En Alemania la situación del Berlín-Tegel sigue siendo incierta pues la consulta era no vinculante. Se ha seguido invirtiendo en mejorarlo, pero hay quien dice que su destino está sellado y deberá cerrarse en los próximos años.

Cito dichos ejemplos para ilustrar que el caso mexicano no es inédito.

Ahora, una de las principales críticas al hacer una consulta reside en la capacidad del mexicano de a pie (es decir, yo, tú, nosotros) de tomar una decisión en un tema que se ubica en la intersección de temas sociales, económicos y políticos, cada uno de ellos ya de por sí complejo. ¿De verdad es responsable poner esta decisión en nuestras manos cuando cotidianamente compartimos noticias falsas, leemos sólo encabezados, y obtenemos nuestra información de talk shows? Juan Villoro lo resumió bien al decir:

“Una obra de esa envergadura tiene que ser evaluada por las comunidades afectadas y expertos en impacto ambiental, mecánica de suelos y aeronáutica. Abrir una consulta sobre lo que la mayoría sólo puede juzgar por feeling (nombre sentimental de la ideología) es un gesto demagógico sujeto a manipulaciones”.

Pero a esto quisiera comentar: sí se ha evaluado. Las comunidades afectadas han luchado por años para evitar que se aprobara en primera instancia y luego que se continuara el proyecto. Por otra parte casi todos los expertos en materia ambiental se han pronunciado en contra del proyecto. Y a pesar de la rotunda oposición de los pueblos de la zona y de la comunidad científica, el proyecto seguía adelante con la autorización de las organizaciones gubernamentales pertinentes. Y es que, claro, cuando hay miles de millones de dólares en juego, lo de menos es conseguir expertos y organizaciones que den el visto bueno.

En breve: ¿qué hacer cuando la oposición tiene razones de peso científico y social, pero no se traducen en nada? ¿Por qué no consultar?

Es aquí donde creo que las cosas se empiezan a poner complicadas y donde, considero, López Obrador y su equipo han hecho una jugada muy engañosa.

La cuestión es: una de las promesas de campaña de López Obrador era la cancelación del NAIM. Sin embargo, una vez que ganó, poseído por un repentino ánimo conciliador, anunció que haría una consulta ciudadana. ¿Por qué?

Podríamos analizar esto en contraposición con el caso francés. Macron había prometido lo opuesto a López Obrador, en su caso la promesa era llevar a cabo el proyecto. No obstante, la agitación social y la resistencia campesina lo orillaron a la consulta. Podríamos pensar en el NAIM como el reflejo enrevesado. AMLO promete cancelar, pero un enorme descontento social lo empuja a una consulta. ¿No?

Pues no parece ser así, a decir verdad. La consulta del NAIM delata un deseo de diferir la responsabilidad, de huir de las consecuencias y disfrazarlo todo de impulso democrático. Era una decisión difícil y controvertida desde un inicio. Poderosos grupos empresariales y una parte nada despreciable de la población seguramente habría tachado la cancelación del NAIM como un error garrafal, un retroceso, un acto autoritario, y el gobierno naciente habría tenido que saber vivir con esa oposición, con ese peso. La consulta fue una forma de distribuir el peso entre todos los hombros. Paradójicamente, los mismos empresarios y la misma porción de la sociedad de cualquier manera han tildado todo de error, de retroceso, de acto autoritario.

Luis Álvarez Icaza lo ha dicho mejor: “Cargarnos a los ciudadanos, a través de una consulta, una decisión que debe ser gubernamental no es una salida aceptable. Los nuevos gobiernos en sociedades democráticas con alternancia en el poder siempre tendrán que enfrentar el reto de qué hacer con decisiones que trascienden en el tiempo. No los elegimos para evadir esta responsabilidad”.

Se añade otra pregunta: El periodo de López Obrador todavía ni empieza. ¿Por qué hacer la consulta ahora y no una vez entrado al poder? Bueno, ése es otro tema. En pocas palabras: en 2014 se hizo una reforma que permitía las consultas ciudadanas, aunque al mismo tiempo se le pusieron candados legales a esa reforma que, en la práctica, efectivamente la inutilizaban. Es decir: se “otorgaron” derechos políticos con las condiciones de que no pudieran ejercerse. Para poder hacer una consulta en forma, el gobierno entrante tendría que haber modificado las barreras constitucionales para las consultas, lo cual podría ser interpretado problemáticamente: “El gobierno altera la constitución a voluntad”. Por otro lado, aún haciendo esto, se estima que una consulta habría sido posible hasta el año 2019, cuando el proyecto del aeropuerto habría estado aún más avanzado. Es por todo esto que el equipo de López Obrador decidió hacer una consulta informal. No es ilegal, ojo. La llevó a cabo una ONG con el apoyo del próximo gobierno. La planeación e implementación de dicha consulta, sin embargo, fue accidentada y deficiente por decir lo menos, con muchas áreas huérfanas de posibilidad de votos, votos repetidos, etc. Se estima que poco más del 1% de la población votó y una abrumadora mayoría fue de la capital. Entonces, ¿para qué una consulta informal, no vinculante, si ni siquiera es representativa?

Foto: Karen Castillo, Sin Embargo

Las consultas populares son procesos complejos y arriesgados en los que se puede ganar mucho, democráticamente, o también perder mucho. Siento que López Obrador tomó aquí una decisión preocupante no por el resultado inmediato (la cancelación del aeropuerto) sino por sus implicaciones políticas: ¿cuántas promesas serán mejor pasadas a consultas? ¿qué responsabilidad sí está dispuesto a cargar? Sumemos otro problema: el discurso y modus operandi de Morena ha sido contradictorio por decir lo menos. Por un lado promete ser un gobierno progresivo y de izquierda, y sin embargo a la primera oportunidad dio la Comisión de Cultura al PES. Debido a la reacción de la sociedad civil, reculó y se la dio a Sergio Mayer. Promete acabar con la corrupción, pero además de tener miembros de procedencia dudosa, se alió con el Partido Verde. Prometió ir retirando a los militares de las calles, no obstante el último adelanto de su estrategia de seguridad implicaría un aumento significativo de fuerzas armadas. La consulta me parece preocupante porque se siente como un adelanto de un porvenir errático. Una cuarta transformación que ciertamente no es lo mismo de siempre, pero que no sabe lo que quiere ser. Una cuarta transformación que puede devenir en una continua vacilación.

López Obrador es el candidato en la historia reciente del país más preocupado por el peso histórico de su mandato. Asegura que quiere ser recordado como un buen presidente. Pero si ha escrito libros de historia, debe saber bien que los grandes presidentes son recordados por tomar decisiones difíciles, no por aventar la bolita.

Los siguientes puntos son, creo, filosóficamente más significativos.

2. La interminable pugna entre el progreso y la naturaleza

Esto es una pugna que depende enteramente en qué consideramos progreso. La idea dominante, por supuesto, es una idea de progreso económico. Ésta es una lucha en la que siempre se conoce al perdedor de antemano. En todo el mundo, los impactos ambientales suelen estar muy abajo en las prioridades cuando se trata de desarrollar infraestructura. La naturaleza es siempre un obstáculo, por ende, dominarla es un triunfo del ser humano.

Que ésta sigue siendo la visión reinante, incluso entre buena parte de los jóvenes que supuestamente somos más eco-friendly, es evidente tan sólo entrando a su red social de preferencia. De otra manera no se explica que entre personas que están a favor de no usar popotes desechables, bolsas de plástico, unicel, etc.; personas que apoyan organizaciones y campañas a favor de los derechos animales y/ o de la preservación del medio ambiente, etc.; e incluso personas que son vegetarianas o veganas porque están en contra de toda forma de maltrato o explotación animal, pueda haber varios y varias que apoyaban el proyecto del aeropuerto en Texcoco, a pesar de que significaría la perdición de un ecosistema de vital importancia para 250 especies de aves, 19 de ellas en peligro de extinción; aunada a los daños colaterales de la construcción en sí, que incluyen el depósito de más de 4 millones de metros cúbicos de lodos tóxicos en minas de cuatro poblados, uno de ellos perteneciente a una región protegida. El progreso es así de importante: el fin justifica los medios, incluso los medios que no consideraríamos justificables en otras circunstancias.

El colofón: hace apenas unas semanas, la ONU reveló que de no cambiar nuestro rumbo, en 12 años alcanzaremos el punto de no retorno, la subida de temperatura llegará a 1.5 grados Celsius, lo que se traducirá en una catástrofe ambiental global. Surgieron un montón de artículos de “¿Qué puedes hacer para evitar…?”. El NAIM era un proyecto que, de acuerdo con José Luis Luege, ex director de CONAGUA y SEMARNAT (durante el sexenio de Calderón, ¿eh? Así que no es un pejezombie, izquierdista, chavista, demoniaco): “cambiar la vocación del lago artificial Nabor Carrillo significa la destrucción del hábitat para muchas especies de aves migratorias, acabar con un microclima benéfico en la zona oriente y la consecuente elevación de la temperatura promedio.” Pero igual esas cosas no importan tanto, supongo. Lo importante es dejar los popotes y lograr que toda nuestra basurita quepa en un frasco, eso sí ayudará.

Foto: Cuartoscuro

3. La interminable pugna entre el progreso y la pobreza

Éste es un tema más espinoso, en gran medida porque es más fácil decirnos que vale la pena explotar a la naturaleza en aras del futuro humano, que decirnos que es justificable usurpar otros futuros humanos en aras del futuro de una porción de la sociedad.

El Frente de Pueblos en Defensa de la Tierra lleva 17 años en pie en contra de este proyecto que amenaza su forma de vida. En todos estos pueblos la producción agrícola, tanto para comercio como de autoconsumo, es esencial para su supervivencia, tanto supervivencia en sentido estricto como supervivencia comunitaria y cultural. El NAIM no era sólo un aeropuerto, era también un epicentro para la formación de un área urbana y comercial de 500 mil metros cuadrados, incluyendo un segundo paseo – al estilo del Paseo de la Reforma – de 12 kilómetros (véase Enrique Pineda). Es claro que la coexistencia de este proyecto con la vida agraria de los pueblos locales era incompatible.

Ahora, es importante recalcar que no es que las personas a favor del aeropuerto estén en contra de los pobres. Al contrario. Creo honestamente que la mayoría de las personas a favor del NAIM creen que el proyecto del aeropuerto ayudaría a toda la población mexicana. El mito en juego es el de que, entre más desarrollo económico, menos pobreza. Es decir, el discurso es: el aeropuerto y la zona comercial circundante tendrían un enorme impacto económico positivo tanto para las comunidades locales como para la Ciudad de México y el Estado de México y el país entero en su conjunto. Generaría miles de empleos tanto en construcción, en primera instancia, como en servicios, ya de manera permanente; además de que incentivaría el turismo y el comercio internacional.

Ambas contenciones son ciertas, sin embargo, su resultado último es falso, en otras palabras, sí, se crean empleos y se incentiva el turismo y el comercio, pero no, no se disminuye la pobreza. A pesar de los muchos proyectos de infraestructura en el país, entre 2008 y 2018, el número de personas en situación de pobreza aumentó en 3.9 millones. Datos que son aún más inquietantes: Nuevo León y Guanajuato, dos entidades con tazas de desempleo y de pobreza relativamente bajas, son los dos estados con el índice Gini más alto del país, es decir, el índice con la brecha más grande entre ricos y pobres (véase la pestaña 17, celdas L18 y L26 del archivo de Excel ‘Prueba de hipótesis’ en el siguiente link de CONEVAL). Ambos estados, además, con mucha inversión en infraestructura.

Foto: RobertH

Lo que parece no ser tomado en cuenta para sostener el mito es que, aunque se generen empleos y el turismo aumente, los beneficios de ambos elementos van a parar, en mayor medida, en manos de unos pocos. La infraestructura y la inversión extranjera no son la panacea. No sirven más allá de crear empleos mal remunerados si no van acompañadas de reformas arancelarias y medidas para mejorar estructuralmente las condiciones de trabajo. Pero el mito se ve reforzado por un segundo mito: Tener infraestructura de primer mundo nos hace dejar de ser tercer mundo. En un país donde el 70% de los mexicanos nunca han volado, donde casi 44% de su población es pobre, los mexicanos que sí accedemos a los aeropuertos consideramos que un aeropuerto de primer nivel es absolutamente necesario, mientras que otros temas sociales como la preservación de los recursos naturales y de los modos de vida de poblaciones agrícolas e indígenas, son secundarios.

4. La eterna pugna entre el progreso y los derechos humanos

Otro de esos molestos diques para el flujo del desarrollo son los derechos humanos. Al menos ése es el discurso que, ya sea de manera maquillada o descarada, se maneja en torno a todos los proyectos que consideran permisible y justificable la destrucción de la forma de vida de todas las comunidades que se ponen en su camino. La muestra está en que México es el tercer lugar en América Latina en asesinatos de defensores de la tierra y el medio ambiente. En 2016 hubo tres asesinatos, en 2017 se registraron 17 homicidios y en lo que va del 2018, 17 personas han perdido la vida, Julián Carrillo, defensor de tierras rarámuri, siendo el más reciente, asesinado el 24 de octubre. Su hijo, sus dos sobrinos y su yerno le precedieron en la trágica caravana fúnebre que significa defender derechos contra la maquinaria del progreso.

Si bien la consulta fue muy deficiente y sus motivaciones políticas son sospechosas, la decisión de cancelar el proyecto es una forma de justicia para los pueblos a la orilla del lago de Texcoco: Texcoco, Atenco, Nexquipayac, Acuexcomac, Tocuila, Tepetlaoxtoc, Tezoyuca, Atlazalpa, Chiconautla, Tlalmanalco, Tlapacoya, San Juan de las Pirámides,Tecuautitlan, Ixtapaluca, Ixtlahuaca, Chipiltepec, Acolman; quienes han mantenido su frente de defensa de sus tierras durante 17 años. Sobre todo una forma de justicia (una forma insuficiente, tardía, precaria) para las víctimas de la represión de San Salvador Atenco entre el 3 y el 4 de mayo de 2006, ordenada por Peña Nieto, donde dos personas fueron asesinadas, 146 personas fueron detenidas arbitrariamente y 26 mujeres fueron sometidas a distintos tipos de vejaciones sexuales.

¿Qué beneficios otorga el aeropuerto a estas personas? ¿Qué beneficios traería a México (en su conjunto, no a unos pocos) que justifiquen el pisoteo de los derechos humanos? Si el fin justifica los medios, ¿por qué? ¿cuál es el fin, cuáles los medios, cómo se evalúan, qué valor se les asigna?

5. Y ahora que es Santa Lucía, ¿qué?

Por último, el hecho de que el aeropuerto se cancele no es el final de la historia. La mayoría de los especialistas en materia ambiental coinciden en que la zona del lago de Texcoco se puede recuperar ahora que el aeropuerto se ha cancelado, pero también coinciden en que dicho proceso no será fácil, será costoso y puede que no sea total (véase Darinka Rodríguez). Hay amenazas, también, pues, aunque el proyecto se cancele, el crecimiento irregular de la mancha urbana puede continuar su curso, lo que podría ser incluso más dañino que un aeropuerto que al menos debe obedecer ciertas regulaciones.

Habrá que hacer evaluaciones, estudios extensivos de la zona, cosa que no se ha hecho desde que comenzó la construcción en 2015. Sobre todo, se deberán tomar las medidas legales para que el sitio se convierta en una zona natural protegida.

Si bien una auténtica incidencia de la sociedad civil fue cooptada por una consulta deficiente, de aquí en adelante deberemos ejercer presión para asegurarnos de que, si el proyecto se detuvo, haya sido por algo que valga la pena.

Por último, es cierto que hay que prestar atención a los aspectos económicos a mayor escala. Ciertamente, en términos de mercado y tráfico aéreo, México está muy necesitado de un aeropuerto nuevo desde hace más de 20 años. Y aunque algunos analistas aseguran que la alternativa de Santa Lucía es viable, su vida útil, al menos en su versión actual, sería de unos 20 años mientras que la del NAIM sería de 80.

La sociedad es un organismo complejo en el que intereses, poderes, discursos y modus vivendi chocan y confluyen. La decisión de qué derechos deben primar nunca es sencilla. No obstante, ésta es una oportunidad para cuestionar la forma en que estas pugnas suelen darse en nuestro país, donde los enormes proyectos suelen ganar a costa del medio ambiente y de tejidos sociales. En México el “progreso” siempre se impone. Quizás en esta ocasión en que ha perdido, valdría la pena detenernos y pensar.

Todo está perdido

Hace poco vi ‘All is lost’, una película del 2013 en donde sale Robert Redford y sólo Robert Redford. Es una película relativamente sencilla. El guion original tiene solamente 32 páginas y apenas reúne un par de líneas de ‘diálogo’ (en realidad ‘monólogo’ ya que no hay nadie más) y de esas líneas, buena parte son sólo interjecciones y gritos de ayuda. No es la clásica película de supervivencia en solitario. El protagonista – y único personaje – no tiene nombre. En los créditos finales se refieren a él sólo como “Nuestro hombre”. El filme no usa los salvavidas fáciles que otros filmes similares utilizan, como un narrador, o un diario, o un objeto inanimado que se convierte en un amigo (como Wilson en Náufrago). Lidia de frente con uno de los aspectos más crueles del aislamiento: el silencio. La película me encantó. Me pareció audaz, auténtica, profunda e incluso mística. Se siente como una reinterpretación de El libro de Job. El hombre justo que sufre sin razón aparente. En El libro de Job, la razón es simplemente que no conocemos las razones de Dios y que siquiera tratar de entenderlas es vanidad. En la vida real, la revelación es tan inquietante como la de un Dios incomprehensible (¿sádico?): No hay razón. Las cosas suceden y no hay un significado ulterior para ellas. Al menos ninguno más allá del que nosotros podamos adscribirle, inventarle o construirle.

‘Nuestro hombre’ en ‘All is lost’ ha decidido lanzarse a cruzar en solitario el océano índico por razones que no conocemos y que nunca se nos aclaran. Cuando lo conocemos, ya está en medio de un desastre. Un contenedor a la deriva ha chocado con su bote y le ha abierto un agujero en cubierta. A partir de aquí, todo se va al carajo. Una y otra vez. Sin importar cuánto lo intente, cuánto sacrifique, cuánto da de sí mismo, el océano sigue golpeándolo.

No sólo me gustó la película porque sea buena, me gustó porque sentí que me habló directamente. Y me habló directamente porque llevo un rato a la deriva.

Hace poco más de dos meses comencé a sentirme extraño. Un tipo de extraño familiar. En ciertos momentos agitado sin una razón clara, como si algo terrible fuera a pasar y yo estuviera seguro. En otros momentos, la mayor parte de los días, sencillamente triste. Pero una especie oscura, pesada, pegajosa de tristeza. Un ahogarse, un perder toda esperanza de tristeza. Y en otras ocasiones, un entumecimiento, como el entumecimiento que se siente después de caminar por mucho, muchísimo tiempo, sólo para encontrar nada. Como diría Leonard Cohen: “I stepped into an avalanche, it covered up my soul”.

A esto debería sumar un problema continúo de dinero desde que llegué a Estonia. Un problema que se intensificó en el peor momento posible. Vine a Estonia sin beca, sin ninguna especie de apoyo financiero ni de México ni de la Universidad de Tartu. Logré venir gracias al dinero que gané de la traducción de un libro combinado con un préstamo. Ese dinero se me acabó en octubre del año pasado. Por un par de días comí galletas saladas con mayonesa. Di una clase de español en una escuela local, lo cual me ayudó, pero a partir de enero mis estudiantes tuvieron que dejar las clases por cuestiones laborales. Traduje, pero me pagaban en pesos y en la conversión continúa ese dinero se me iba entre los dedos como agua. Tuve que pedir otro préstamo para el segundo semestre. Afortunadamente, un buen amigo me señaló una beca del gobierno mexicano basada en “talento”, lo que sea que eso signifique. A finales de abril, la obtuve.

Había un último rayo de esperanza disponible. Hacia el final del semestre pasado, se nos dijo que cada año había una beca de colegiatura disponible que se otorgaba con base en calificación. Aunque en un inicio yo no entendía nada de mis clases, me esforcé. Seguí adelante. Me vertí por completo en la maestría. Cada vez que tenía un proyecto que entregar, una presentación que dar un ensayo que escribir, pasaba noches sin dormir. Y al final del primer semestre, obtuve una A en todas mis clases. En el segundo semestre igual. Es decir que hasta ahora he mantenido un promedio de A. De 5 sobre 5. En la primer semana de septiembre, recibí un formato para aplicar formalmente a la beca de colegiatura. Si las cosas seguían su curso natural, debía recibirla.

Mientras tanto, el dinero de la beca mexicana se me acabó a mediados de agosto. Ese mismo mes, se suponía que debía recibir el dinero correspondiente al segundo semestre. Ya que la burocracia mexicana es una monstruosa combinación de pesadilla kafkiana y de película de Cantinflas, recibí el dinero hasta el viernes pasado, lo cual quiere decir que pasé dos meses sin dinero, dependiendo por completo de préstamos pequeños de amigos, familia y de mi novia, quienes, yo sé, también batallan.

Hubo un par de momentos en que sentí que había tocado fondo. Uno fue hace como un mes. Aquí en Estonia uno puede intercambiar botellas vacías de cerveza o refresco por dinero. 10 centavos por botella. Así que un día, teniendo como 30 centavos en mi cuenta, decidí que sería buena idea llevarme una bolsa de plástico conmigo mientras corría en caso de que encontrara botellas abandonadas en la calle. En 5 kilómetros sólo encontré una. Saqué la bolsa que traía conmigo y cuando la desdoblé, me di cuenta de que era una bolsa de farmacia en donde no cabía la botella. La dejé. Otro momento ocurrió hace un par de semanas – de hecho, fue justo el día en que llegué a Tallin de Riga (en el mismo camión en que vi ‘All is lost’) -, cuando en el aeropuerto de Tallin encontré una canasta de manzanas. Una especie de regalo simbólico del aeropuerto a los viajeros por el inicio del otoño. Circulé alrededor de la canasta con timidez hasta que estuve seguro de que nadie me veía y entonces me acerqué y metí todas las manzanas que pude en mi mochila a sabiendas de que no tenía dinero ni una fecha de depósito cercana.

Pero nada de esto es tan importante como lo que constituía mi preocupación más urgente: esta tristeza que todo lo impregna, este lento hundirse. Sabía que necesitaba ayuda. Sabía que necesitaba ir con un psiquiatra para comenzar a tratar esto. Pero no tenía dinero. Una amiga me prestó dinero porque sabía que esperar más podía ser peligroso. Luego una profesora muy amable me ayudó a hacer la llamada para concretar una cita.

Hoy por la mañana fui al psiquiatra. Después de salir, sentí como que por fin había podido alzar mi cabeza por encima del agua, como que por fin alcanzaba una bocanada de aire. Mientras caminaba de vuelta a casa, comencé a pensar que quizás debería a ir a un café esta tarde, darme un gusto para variar. Las cosas ahora serían mejores.

Llegué a mi departamento, abrí mi correo y me encontré con el siguiente mensaje:

“Me da tristeza anunciarles que aunque un estudiante con beca de colegiatura dejó el programa el año pasado, la oficina de asuntos académicos no transferirá la beca a otro estudiante.

Esto debido al número de estudiantes aceptados en su programa. Sólo cuando hay menos de 10 estudiantes con beca de colegiatura, la universidad transfiere la beca a otro estudiante”.

Hay un momento en ‘All is lost’ cuando ‘Nuestro hombre’ se da cuenta de que ya ha cruzado la línea de paso de cargueros en el océano Índico. Sus posibilidades de ser visto y rescatado por un barco se ven seriamente reducidas.

Yo contaba con esa beca. Le dije a todo mundo en México que las cosas iban a mejorar porque casi con total seguridad recibiría esa beca. Trabajé tanto y me esforcé por tanto tiempo. Lo di todo. Lo intenté. Nunca entendí ni siquiera porqué no me dieron la beca desde un inicio. 10 de 15 personas la obtuvieron. Cuando llegué y vi que no entendía una palabra de lo que se decía en clases, pensé que estaba bien. Sí, en efecto, no me merezco esto, claramente no es lo mío. Pero luego me di cuenta de que casi todos mis compañeros estaban igualmente perdidos. Y lo que es más, me di cuenta de que era capaz de escribir ensayos exhaustivamente investigados, interesantes, catalizadores de discusiones. Y más aún, muchos profesores me felicitaron por mi trabajo, me dijeron que podría publicarlo si le hacía algunas correcciones. Uno de mis profesores, el mejor hasta ahora y uno al que quiero considerar mi amigo, me dijo al terminar el primer semestre: “Eres un líder y este programa te necesita”. Y a pesar de todo eso, no obtuve la beca.

Había otra persona compitiendo por ella. Mariia, mi mejor amiga en Tartu. Una chica rusa brillante que también ha sufrido por cuestiones económicas. Si ella hubiera ganado la beca, al menos habría una cierta alegría, una sensación de recompensa. Pero ni ella ni yo ganamos nada por una cuestión técnica. Y quizá lo que se siente más insultante es que nos pudieron haber dicho esto desde un principio. Hacernos firmar una aplicación parece ahora una broma cruel. Mantuvieron vivas nuestras esperanzas hasta el final.

No tengo idea de cómo voy a salir de esto. La beca mexicana apenas me alcanza para pagar mi colegiatura, pero ya que he pasado dos meses sin dinero, buena parte de la beca se me irá en pagar deudas. Ya no quiero pedir más, puesto que el dinero que debo ya de por sí pende sobre mí como una nube negra.

“13 de julio, 4:50 pm. Lo siento. Sé lo poco que eso significa ahora. Pero lo siento. Lo intenté. Creo que todos deben aceptar que lo intenté. Ser honesto. Ser fuerte. Ser bondadoso. Amar. Ser justo. Pero no lo logré. Y sé que ustedes lo sabían, cada uno a su manera. Pero lo siento. Todo está perdido aquí, excepto por el alma y el cuerpo. Quiero decir, lo que queda de ellos. Y medio día de raciones. No hay excusa, realmente. Lo sé ahora. Cómo fue que me tomó tanto tiempo admitirlo, no lo sé. Pero así fue. Luché hasta el final. No sé cuánto valga eso, pero sé que lo hice. Siempre he esperado más para todos ustedes. Los extrañaré. Lo siento”.

Eso es lo que ‘Nuestro hombre’ escribe en una carta. No es un spoiler. Se muestra al inicio de la película. Así es como me siento hoy.

En mis primeras semanas en Estonia salía a correr todas las mañanas. Cada día corría un poco más lejos. Empecé a correr más allá del letrero de ‘Bienvenido a Tartu’. Y cada día que pasaba ese letrero me invadía este sentimiento de libertad. Una mañana me di cuenta de que estaba huyendo. Estaba tratando de escapar. Pero decidí quedarme y luchar. Tal vez hoy, finalmente, puedo decir que luché y perdí. Ahora puedo marcharme, derrotado, pero sabiendo que lo di todo.

Tanta gente me ha ayudado en el camino. Amigos, familia, mi novia. Con toda honestidad, siento que se me ha acabado la energía. Ya no me queda nada. Esto es tan lejos como pude llegar. Lo intenté y creo que cualquiera que me haya visto sabe que lo intenté. Todo está perdido aquí.

Pero luego he pensado en una cita de la primera novela que me avasalló, Rayuela, de Julio Cortázar: “Nada está perdido si se tiene por fin el valor de proclamar que todo está perdido y que hay que empezar de nuevo”.

Todo está perdido.

Empecemos de nuevo.

Aunque no prometo nada.

All is lost

Some days ago, I saw ‘All is lost’, a 2013 film starring Robert Redford and only Robert Redford. It’s a very straightforward movie. The original screenplay was only 32 pages long and it features only a couple lines of ‘dialogue’ (actually monologue since there’s no one else) and from those lines, most of it is just swearing or screaming for help. It’s not the typical survival film. The main and only character doesn’t have a name, it’s just referred to as ‘Our man’ in the ending titles. The film does not make use of the easy aids other similar films use, like voice over narration, a journal of some sort, or an inanimate object becoming a friend (like Wilson in Cast Away). It deals with one of the most terrible aspects of isolation head on: silence. I loved it. I think it’s wonderful. Bold, authentic, profound and even somewhat mystical. It feels very much like a modern retelling of the story of Job. The just man who suffers with no apparent reason. In Job’s book however, the reason for this is simply: we don’t understand God’s reasons and to try to understand them is vanity. In real life the revelation is equally if not even more unsettling to an incomprehensible (sadistic?) God: There is no reason. Things happen and there is no greater meaning to them. At least no other than the one we are able to ascribe to it, or get from it, or make of it.

‘Our man’ in ‘All is lost’ has decided to undertake a dangerous journey in the open sea by himself for reasons we don’t ever find out. When we meet him, he is already in the midst of disaster. A container adrift has crashed into his boat and poked a hole on the side. From here on, it’s all downhill. It doesn’t matter how much he tries, how much he sacrifices, how much he gives of himself to go on, the ocean just keeps knocking him down.

I didn’t just like this movie because it’s good. I liked it because it spoke to me. And it spoke to me because I am and have been for some time adrift.

A little over two months ago, I started feeling weird. I started feeling a familiar kind of weird. At times unsettled without a clear reason, as if something terrible was about to happen and I knew for sure. At other times, most of the day, just sad. But a dark, heavy, sticky kind of sad. A hopeless, drowning kind of sad. And at other times, a numbness, as the numbness after walking for long, so long, only to find nothing. As Leonard Cohen would put it: “I stepped into an avalanche, it covered up my soul”.

To this I should add a continuous struggle with money since I arrived in Estonia. A struggle that intensified on the worst possible moment. I came to Estonia without a scholarship, without any kind of financial help neither from Mexico nor from the University of Tartu. I managed to come with the money I got from a book translation coupled with a loan. That money ran off by October last year. During a couple of days back then I ate crackers with mayonnaise. I taught Spanish lessons in a local school, which helped, but by January my only two students couldn’t come anymore. I translated, but being paid in pesos, the money just slipped through my fingers like water. I had to ask for another loan for the second semester. Luckily, a good friend pointed me in the direction of a Mexican scholarship based on “talent”, whatever that is. By the end of April I got it.

There was another glimpse of hope available. By the end of the last semester we were told every year, another tuition waiver scholarship was allocated based on grades. Though I did not understand anything in the first couple of months of the master’s program, I ploughed through. I worked as I had never worked before academically. I poured myself into it totally. I didn’t sleep at all each night before a project, presentation or paper. And by the end of the first semester, I got an A on each of my courses. By the end of the second semester, the same. Meaning up till now, I have an A average grade. A 5 out of 5 GPA. On the first week of September, I was sent a form to formally apply for the tuition waiver. If everything just went along in the way it was supposed to be, I would get it.

In the meantime, the money from the Mexican scholarship ended by mid-August. I was supposed to be able to get the corresponding money for this semester from the same scholarship in August, precisely, however, because of that Kafkian nightmare that is Mexican bureaucracy, I only got the money this past Friday, which means that during two months I had no money. I depended totally on small deposits from family, friends and from my girlfriend, all of whom I know also struggle.

There were a couple moments when I felt I hit rock bottom. One was about a month ago. Here in Estonia you can exchange empty beer or soda bottles for money. 10 cents per bottle. So, one day, I had about 30 cents in my account, and I went out jogging with a plastic bag in my pocket, hoping I would find bottles to exchange for money. In about 5 km I only found one. I pulled the bag and when I unfolded it, I realized it was a pharmacy bag where the bottle didn’t fit. I left it. Another moment happened a couple weeks ago – actually, it was after arriving in Tallinn from Riga (in the same bus where I saw ‘All is lost’) –, when in Tallinn’s airport I found a basket full of apples. A sort of symbolic gift the airport was giving away because autumn was beginning. I passed around it a couple times, timidly, and finally, when nobody was watching, I approached the basket and took as many apples as I could and put them in my back-pack because I had no money and no foreseeable date as to when I was going to receive the money from the Mexican Scholarship.

But this all is not as important as the most crucial thing that worried me: this pervasive sadness, this slow, steady sinking. I knew I needed help. I knew I needed to find a psychiatrist and start treating this. But I had no money. A friend lent me money because she felt waiting any longer could be dangerous and a very kind professor called to a psychiatric office to make an appointment.

Today I went to the psychiatrist in the morning. After I left, I felt as if I was finally above water, as if I had finally grasped for some air. While I walked back home, I started thinking I should probably go to a café in the evening, treat myself for a change. Things would be better now.

I arrived at my apartment, opened my email and found the following message:

“I am sad to let you know that although a student with a tuition-waiver scholarship left the program last year, the Office of Academic affairs in not transferring it to another student.

This has to do with the nominal number of students accepted to your program – only when there are less than 10 students with tuition waiver left, will the university transfer the scholarship to another student”.

There is a moment in ‘All is lost’ when ‘Our man’ realizes he has already crossed the shipping lane in the Indian Ocean, meaning the possibility of a ship finding and rescuing him becomes very, very low.

I counted on that scholarship. I told every single person back home that things would get better because I was almost certain I would get that scholarship. I worked so hard and so long. I gave my all. I tried. I never even understood why I didn’t get it to begin with. 10 out of 15 people got it. When I arrived and I saw I didn’t get most of what was spoken about in classes, I thought it was fair. Yeah, sure, I don’t deserve it, I am clearly not cut out for this. But then I realized most of my classmates were equally confused. And moreover, then I realized I could write engaging, thoroughly researched, thought-provoking essays. And what’s more, many professors started commending my work, telling me I could publish if I edited my papers a little. One of my professors, the best one so far and one I would like to consider my friend, told me by the end of the first semester: “You are a leader, and I think this program needs you”. And in spite of all that, I did not get it. There was another person competing for it. My best friend here in Tartu, Mariia, a brilliant girl from Russia who has also had a hard time making ends meet. If she had got it, at least there would be some sort of relief, of joy. But neither her not me got it because of a technicality. And maybe the most insulting part is that they could have told us this since the beginning. Making us sign that application was just like a cruel prank. They kept our hopes up until the very end.

I have no idea how I am going to manage. The Mexican scholarship is barely enough to pay for the tuition, but since I spent two months without money, a good chunk of it is going off to pay debts. I don’t want to ask for any more money because the money I already owe hangs like a heavy cloud above my head.

“13th of July, 4:50 pm. I’m sorry. I know that means little at this point. But I am. I tried. I think you could all agree that I tried. To be true. To be strong. To be kind. To love. To be right. But I wasn’t. And I know you knew this, in each of your ways. And I am sorry. All is lost here, except for soul and body. That is, what’s left of them. And a half day’s rations. It’s inexcusable, really. I know that now. How it could have taken that long to admit that, I’m not sure. But it did. I fought to the end. I am not sure what that is worth, but know that I did. I have always hoped for more for you all. I will miss you. I’m sorry.”

That’s what ‘Our man’ writes in a letter. It’s not a spoiler, it is shown at the very beginning of the movie. That’s how I feel today.

In my first few weeks in Estonia I was jogging every morning. Each day I ran a little bit further away. I started running past the “Welcome to Tartu” sign. And everyday when I passed that sign and kept going I got this freeing feeling. One morning I realized I was running away. I was trying to escape. But I decided to stay and fight. Maybe now, finally, is when I can say I fought but I lost. I can leave now, defeated, but knowing I fought.

So many people have helped me along the way. Friends, family, my girlfriend. In all honesty, I feel I have ran out of steam. I have no fuel left. This is it. This is as far as I could fight. I tried and I think everyone who has seen me can agree that I tried. All is lost here.

But then again, I remembered a quote from the first novel that blew my mind, Hopscotch, by Julio Cortázar: “Nothing is lost if you have the courage to accept that all is lost and that you must start again”.

All is lost.

Let’s start again.

Though I don’t promise anything.

A reader's journal: From The Savage Detectives to 2666, final part

My reading of 2666 was radically different from my reading of The Savage Detectives. When I came to Estonia, 2666 was the only book that came with me in my hand luggage and I started it all over again. The trip was extremely long, 33 hours, more than half of it just waiting time in airports, so, by the time I arrived in Tallinn, I was already halfway through it. It was, as opposed to The Savage Detectives, a solitary reading.

And I think that’s just fine because, there where The Savage Detectives is a choral novel overflowing with camaraderie, 2666 is a solitary novel. Solitude wanders through its more than a thousand pages, quiet but impassive as the hot desert wind. The sole chapter in the book where we encounter something similar to the group feeling in The Savage Detectives is The part about the critics, where Pelletier, Espinoza, Morini and Norton discover Benno von Archimboldi and rescue his literary figure from oblivion, to then enter a quest to find him in person. Although even in this chapter, we start to see how that camaraderie starts to fall apart, slowly, without any violence, as all things that crumble under intense heat. We see how Morini starts to drift apart in unaccountable silence. And we see, also, how Pelletier and Espinoza, although friends until the end, seem to be alone too: two friends who share their unalterable loneliness.

In the following chapters loneliness is more evident. The part about Amalfitano is, for me, the saddest of them all. A Chekhovian kind of sadness. Amalfitano is a Chilean emigrate who is teaching literature in Santa Teresa’s University. Left by his wife along with their daughter. Her wife, however, is portrayed as possessed by a beautiful folly and not as a villain. In The part about Fate we come to know Fate (obviously), a young black journalist from Chicago, who travels to Santa Teresa to report on a box match. The chapter starts with the death of Fate’s mother, with his pain and with him “surrounded by ghosts”, and pain and ghosts never abandon him. The part about the crimes is the most sordid, the most difficult to read, the longest and the most bone-chillingly similar to reality. There, we don’t meet any protagonist. The protagonist is evil, it’s poverty, it’s misoginy, it’s indifference, it’s deathly silence. We meet the victims, hundreds of women who are raped and murdered, and a series of people: cops, prosecutors, journalists, private investigators, politicians and just citizens who live and deal, to a greater or lesser extent, with the crimes. In this part is also where solitude is most unbearable. I think there’s one significant relationship, that of judicial police officer Juan de Dios Martínez, one of the few officers on the cases who actually tries to solve them, and Elvira Campos, a psychiatrist. Their relationship, as demanded by her, remains strictly sexual. Sometimes, after sex, she lies in bed and talks to him about her escape dreams, about a life in Paris, about a youth extended by costly surgeries; she talks to him as if she was talking with the air, to herself, and he listens, half moved and half gloomy, and is only capable of saying: “You drive me crazy just as you are”. But, of course, the most devastating loneliness in this chapter is that of the victims who are alone when murdered and whose loneliness follows them to the grave – more often than not a mass grave – since no one finds, or no one wants to find, answers.

At last there’s The part about Archimboldi where we come to know Hans Reiter, Archimboldi’s birth name (I wonder if Bolaño chose this last name because the German pronunciation is similar to Writer) and we follow him, very much in XIXth Century novel-fashion, from before he was born to his old age, in an epic that extends from the World War One, lingers in the Eastern front during WWII and ends well after the fall of the USSR and in the beginning of the new millennium. Archimboldi has no one but his own soul, and it seems at times that’s all he needs.

There are similarities with The Savage Detectives, yes. Ambition and breadth, to begin with. Bolaño´s absolutely Spartan understanding of writing. The fascinating digressions that have nothing to do with the central plot, but that either reinforce, or reverberate, or contradict, or battle with the central themes. An invincible romanticism tied in a lethal vortex with cynicism and disenchantment. His male heroes, all seeming reiterations, reformulations and paraphrasis of one another: Pelletier, Espinoza, Belano, Lima, Lalo Cura, Archimboldi, Ansky, etc. All of them seem to me like projections of Bolaño himself. Brave men anxious to live. Men who look at the world and discover the skeletons behind the appearances. Is as if Bolaño saw himself in a crushed mirror and the many slightly deformed reflections casted by this mirror were his characters. But these deformed reflections, unlike the reflections in broken mirrors that abound in literature, are neither grotesque nor unsettling, but rather melancholic. The broken mirror in which Bolaño looks at himself is, almost every time, a mirror of nostalgia. The images in it are the lives he did not live and misses nonetheless. They are reflections possessed by an un flickering dignity and an unwavering sadness, which is, after all, the light that shines on all heroes.

Another similarity, this one crucial, is Bolaño’s obsession with evil, which is present, but not so evident, in The Savage Detectives. It is front and center in Nazi literature in the Americas and in Distant Star. This obsession is taken to the extreme in 2666, where Bolaño jumps into the horror of the femicides in Ciudad Juárez, researching tirelessly, both on his own and with the help of Sergio González Rodríguez, who, around the same time, was publishing weekly coverage of the crimes which were later compiled in his book: Bones In the Desert. As a way of thanking him for his help, Bolaño paid homage to González Rodríguez by including him in the novel and adding: “With Sergio González Rodríguez I would go to war”.

Sergio González Rodríguez, journalist and ficion writer. Passed away in 2017.

What Bolaño did in The part about the crimes is exceptional, but moreover, it’s important. Along the 350 pages that this chapter takes, Bolaño tells hundreds of femicides between 1993 and December 1997. He narrates them with a language clearly mirroring the cold and clinical tone of forensic’s and police’s reports; but in each of those narratives, his own voice starts leaking, as drops in a cavern, and he begins to talk to us not only about the morbid murders and the state of the bodies, but about the lives of the victims, about their names, their mothers, their siblings, about what they did, where did they work or study, what were their fantasies. The result is almost beyond all bearing. As González Rodríguez pointed out (which is notable, given that González Rodríguez researched the crimes exhaustively and in situ):

“Bolaño’s master novel adds a tragic density that allows a close reading of reality in a way that the facts, because of their traumatic effect, sometimes hide. What is documented as a fact, becomes unbearable as fiction”.

With 2666, Bolaño sets himself apart, at least in my opinion, from the modern and postmodern literature that is only interested in experimentation, in structural razzle-dazzle, in the deployment of overwhelming talent, and in the meta-look-I-know-you know clever cynicism, and throws himself into the abyss (a very bolañesque image) of the open wounds that are unpleasant to look at both because they’re terrifying and because they accuse. It is not by coincidence that Amalfitano’s disappointed when encountering an illustrated pharmacist who prefers The Metamorphosis over The Trial, Bartleby over Moby Dick, A Simple Heart over Bouvard et Pécuchet and A Christmas Carol over A Tale of Two Cities or over The Pickwick Papers:

“What a sad paradox. Now even bookish pharmacists are afraid to take on the great, imperfect, torrential works, books that blaze paths into the unknown. They choose the perfect exercises of the great masters. Or what amounts to the same thing: they want to watch the great masters during fencing training, but they want to know nothing about real combat, when the great masters struggle against that something, that something that terrifies us all, that something that cows us and spurs us on, amid blood and mortal wounds and stench”.

2666 was the last and fiercest combat Bolaño went into. The savage detective died in July 2003 and his last novel saw the light in October 2004.

As he wrote, Bolaño was conscious that he didn’t have much time left. I think that’s noticeable when reading 2666. Death is a clear presence in it. Not only literally, I mean rather that one can sense Death siting across Bolaño’s desk, patiently waiting the moment when the last key was struck. It’s interesting in this sense the reiteration of Sisyphus myth in the last part of the book. There, Bolaño is not interested in Sisyphus punishment, but on how Sisyphus eludes Thanatos, his death. What’s curious is that, the first time he retells the myth, it is only to the point where Thanatos is freed by Zeus and Sisyphus dies. But later in the novel, Archimboldi sends a puzzling letter to Mr. Bubis, his editor, where he says that Sisyphus, by means of a clever ‘legal’ move, manages to cheat death at the last minute and live a long and happy life, dying an old man. Moreover, Archimboldi avers that the stone punishment was only a trick laid by the gods to prevent Sisyphus from thinking about new ways to escape. “But on the least expected day, Sisyphus is going to come up with something and he’s going to come back again”, Archimboldi says. Bolaño wanted to escape death. He wanted to live.

Jorge Volpi remembers that in a young writers gathering in Seville, 2003, a kid came to Bolaño as a missionary to a saint and asked, “what advice would you give to young writers everywhere?”, to which Bolaño replied: “I recommend you live. Live and be happy”. This response, according to Volpi, has been disappointing to almost every writer apprentice who has listened to it referred, apprentices who expect The Tablets of Stone in literature’s Mount Sinai, but rather received a quote that could have been shared by their aunts in Facebook. But the thing is, Bolaño was on his last days. That gathering was, in fact, his last public appearance. Life was everything he hoped for and the only thing he couldn’t get.

That sadness is manifest in the novel. And now, when I’ve been thinking about 2666 in contrast to The Savage Detectives, I feel this is the crucial difference between them. The Savage Detectives is a novel that’s on fire, that’s young and anxious. It’s not, or at least I think it could not be labelled a ‘happy’ novel. There’s sadness in it, there’s horror, there’s disenchantment, but it’s all burning in the flames of youth, of a life that still seems limitless and free. It even ends with a mysterious incomplete square, that, to me, always signified the barriers of something being overflowed. It ends, as I’ve said before, with García Madero, the youngest of them all, willing to go further, who knows where the hell to, but further.

In 2666, all five books that integrate it, always end with a tinge of sadness. The same tinge of those half-broken smiles of people who just can’t take it anymore. It is still a limitless novel, but it’s not the vastness of a sea that one is eager to sail anymore. It’s the vastness of a sea we know it’s too big and too deep, while we are too small, so very small.

The selection of characters, I believe, is eloquent. In The Savage Detectives, everyone is a poet. In 2666 there is not a single poet. There’s a group of critics, that, to me are the furthest you can get from a poet in the literary fauna; a poet (a good poet, an authentic poet) writes and lives poetry, is right there at the front line; the critic, on the other hand, writes about, reflects, studies, comments, is far, far away from the battlefield. There’s also a novelist, about whom we come to care because of his life, his work is just mentioned.

It’s also evident that here, Bolaño faces the specter haunting all artists: posterity, legacy, prestige, a work that survives him. Over and over, through many different characters, he seems to tell us and beware himself that posterity, legacy, prestige, the survival of a body of work, it’s all apparent, an illusion. Not too far away from fame. In an interview for Chilean TV, when asked about literature as a way of living, he responded literature was a miserable place filled with fools who were sure about the transcendence of their own work, and stated: “In 400 million years, not even Shakespeare will be someone”. The last two pages of 2666 are a master final strike I won’t ruin for anyone.

Somewhere in the book, very close to the ending, we read about sweet Lotte’s life. Lotte is Archimboldi’s younger sister. When she’s already old and alone, we are told that sometimes she goes to the beach and that, in the evenings, she looks at the sunset on the terrace of some hotel, looking distant, with a touch of elegance and a certain something of sadness; but that when an old widower or divorced man comes and asks her to dance or walk on the beach, she smiles and says “no, thank you”, and at that moment, “only sadness remains”. This is the feeling 2666 has left me. It’s an impressive torrent of a novel, one of the highest and most prodigious narrative buildings of contemporary Latin American fiction; an unabated book that carries on and on long after we have closed it. However, when finishing it and after some days have passed, it seems only sadness remains. But a sadness full of dignity. As González Rodríguez said about Bolaño’s fiction, there abound moments “when tears are congregated around an intimate defeat that tastes like victory”. That’s 2666, the most intimate defeat and Roberto Bolaño’s final victory.

Juan Villoro reminisces that, soon before the fateful day, Bolaño called him to comment on a sentence he found in a novel by Leonardo Sciaca. A priest in the novel, after having been witness to all the misery and splendor of human experience, says: “there’s only one baptism left for me: the baptism of death”. On July 15, 2003, Thanatos finally found Sisyphus. In Bolaño’s notes for 2666, a note was found that read: “2666 narrator is Arturo Belano” – his loyal alter ego along his work – and in another note, under what appears to be an instruction: “for 2666’s ending”, it says: “And that’s all, folks. I’ve done it all, I’ve lived it all. If I had any strength left, I would cry. Goodbye to you all. Arturo Belano”. The last baptism had arrived.

Homage paid to him by the wonderful Chilean poet, Nicanor Parra. Also deceased in 2017, at 103 years of age.

What is 2666, then? Why that weird title? Bolaño said the title was the key to understand the novel, but it’s impossible to know if he was being earnest or joking, or a bit of both. Many have attempted to decipher it’s meaning. Ignacio Echeverría says it’s only a date, the vanishing point that orders and gives perspective to the novel. Alan Pauls has also posited it’s a date, but rather the date when the novel was written and from when is coming to us: a novel that comes from the future. Jorge Volpi argues the book is a ticking bomb that is programmed to blow in 2666. Bolaño himself seems to drop hints. In Amuleto, Auxilio Lacouture, the protagonist of that novel, describes a street in Mexico City, late at night, as a cemetery, “but not a cemetery from 1974, nor a cemetery from 1968, nor a cemetery from 1975, but a cemetery from 2666”. On the other hand, in The Savage Detectives, Amadeo Salvatierra says that Césarea Tinajero (the poet that our protagonists are trying to find) spoke of a revolution that would arrive in the XXIIth Century, a prediction that is later adjusted; according to a professor who speaks with García Madero, the revolution, Tinajero clarified to her, would really arrive in 2600, 2600 and something. In 2666, in some pages devoted to the family history of Lalo Cura (one of the central characters in The part about the crimes) we are told that her mother met and slept with two young men who were driving across Sonora (could they be Belano and Lima?), as if running away from something, and both of them speaking of “an invisible revolution that was developing but that would only come to the streets in at least fifty years. Or five hundred. Or five thousand”.

So, what is 2666? Is it the year when the revolution starts? Is it the year where the novel is written? Is it the year when the bomb goes off? Or maybe the year when the crimes are solved? When women stop being murdered? When evil recedes? Or the year when poets and writers and critics and literature stop existing? Or is it all just a date so far away that it is equivalent to say: none of this will ever change?

In my opinion, 2666 is the year in which there’s no meaning anymore, when names have been forgotten. The date when an unlikely archeologist tries to recover some of the meaning lost to the merciless erosion of time past, when, piece by piece, stone by stone, something is rebuilt but it’s nothing more than a skeleton, or maybe not even that, merely a ghost of our XXth century (because our century is still the XXth and not the XXIst, we have not yet been able to invent a new century, we are nothing but the envious, anemic shadow of the XXth century). 2666 is the year when Roberto Bolaño tells us this ancient history, monumental but somber as pyramid sleeping in the belly of a dense jungle, imposing but mute and undaunted as the ruins of Babylon, distant but still dangerous, as those statues whose features are blurred but still touch, move, send a chill down the spine.

There are and will be many exegetes of Bolaño’s work, particularly of his two masterpieces. I won’t be one of them. I’d rather remain his reader. And as a reader, what I have to thank him the most, what amazes me the most, what is the most blazed into my memory, are all those episodes which abound in his fiction, where he seems to recover, like almost no other living writer, something I don’t quite know how to put into words, but I guess that is the mystery of living.

So, almost a year went by before I finished the novel. My masters turned out to be far more demanding than I expected, and I couldn’t read anything other than academic stuff for months. But finally, there I was, in a book shop in central Tallinn, with F. mute and trembling, uncapable of escaping the novel.

And then an old friend came to my mind.

After the dissolution of the 132 movement, David’s path and mine distanced significantly. He left Leon and went to Mexico City. Then he moved to Hidalgo. I don’t remember if he later moved to Chihuaha. He got a job that required him to be on the move all the time, which was pretty ad hoc with his nomad personality. Sometimes he visited León and he always did it without any sort of notification, as if phones, e-mails, letters, telegrams, were not a thing in his world. He came wrapped in a mystery he sought and protected, and he left in the same way. He came, we gathered, chatted for hours, and then, when he was leaving, he always told me we should meet the next day for lunch. The next day, by lunch time, he was already in another city. With time I understood that this was his bizarre way of saying goodbye. The time between visits became longer and longer.

We met in the summer of 2015. I had just started dating F. At that time, I remember it well, his visit felt like a possible and lasting reunion. But then two years passed in which we knew nothing about each other.

With this I don’t mean to say that David forgot about me. Borges already said somewhere that friendship dos not require frequency. In May 2017, my family went through a rough patch. A very bad financial situation, the death of my uncle, my dad’s younger brother, and, in my case, the denial of a scholarship which, at the time, seemed like the tombstone on my attempt to come to Europe. David, who carries the nickname of ‘The cat’ with justice, appearing and disappearing without being noticed, sent me a letter asking me what he could do for me, how could he help me, what was needed for me to get to the old continent. When I answered that I just needed all the good thoughts he could send, he said:

“In spite of it all, brother, try not to loose your smile. Be with your father who will surely need to find a friend in you, a support through this. Have something concrete, human, at hand to tell him. The good thoughts I send them every day, Poet. Sometimes they might get stuck on the way, but I send them, never doubt it”.

A little after that, when I already had my plain tickets to come, we spoke on the phone. He asked me when I would leave Mexico and he said we might be able to make a road trip to Veracruz. I said yes, it would be nice, let me know. I knew it wouldn’t happen.

The truth is by this time I already felt our friendship, though alive, was a friendship doomed to live like that, virtually, in memory and in the future road trips and lunches that were meant to not happen. A friendship very much like that of Belano and Lima, or, in other words, like that of Bolaño and Papasquiaro. Our Café La Habana was closed.

– García Madero?

I Heard David’s voice on the cellphone. We spoke briefly. I explained to him I was already on the bus to Mexico City and my flight left on the next day by noon. I would sleep at my cousin’s house. He said it was ok, perfect, we would meet that night for dinner then. We hang up and I had no doubt that dinner would be, as lunch, symbolic.

Indeed, that evening he called to cancel. I wasn’t surprised. I said to him, don’t worry. He said that, tomorrow we would meet, this time for sure, at the airport. “Ok, brother, see you there”. I was very certain I would not see him.

On the next day, at the airport, sitting on a table in the fast food section, with a vacant stare, I was waiting. Suddenly, a call entered. It was him. I imagined what he would say: “Brother, I won’t be able to go”. I picked up:

– García Madero, where are you?

I saw him from afar, with his head held above the crowd, looking for me. He had the same IT glasses on, but with a black long coat, as if he had been promoted from technician to the chosen one by the Matrix.

We bought a coffee and we sat down. We talked about our lives. He was still in the same work, though now in a higher position. He continued to support his mom and nephews. He was still talking as if writing. I was about to leave to a far corner of the world, to study something no one knows. I was still mumbling and stuttering. He asked me if I had received a scholarship. I said no. I came with my savings and a loan, but even that would only do for the first semester. Then, I would have to find something else.

  • How much do you need per semester?

  • About 80 thousand pesos, give or take.

He was quiet, and we changed the topic. We went out for a smoke and we kept talking about this and that, as friends who chat daily.

When I had to go through security, he stopped me and told me that, if by the end of the semester, I did not find support, I called him. He had some savings and he could help me. We didn’t speak about Bolaño. We didn’t speak about literature. I felt, all of a sudden, that we had both, unknowingly and unwillingly, became adults, and that it wasn’t all that bad.

We said goodbye and, as he did every single time he said goodbye back when we were in the 132 movement, he raised his left fist and smiled as the older brother I thought I’d lost. My older brother lifting offering his hand from his horizon, but no longer saying “Don’t fall behind”. Maybe he had never said that, but I misheard. Maybe he always said that there were no steps, no stairs, that there was only a road, sometimes levelled and flat and easy, but most of the time winding and steep and difficult, and that no one knows where the hell that road leads to or how it should be walked, but that all we can ask for is a group of people to walk along with. Maybe he always just said “Let’s go together, brother”.

Now, after finishing 2666, I find him again. I look back, years back. And as I cannot comment this with you live, since we cannot speak about this extraordinary book as we smoke the last cigarette and walk into the night, I write this.

David, you always asked me, when we had to throw ourselves into something, when we had to take a risk: “Are you a poet?”, and then there was nothing but to accept the challenge. Today I know I am not. I am not a poet. Maybe neither of us is one. You are not Belano and I am not García Madero. We are not savage detectives. We won’t undertake a journey to find a Mexican poet or a German novelist. But as Roberto Bolaño said to Juan Villoro:

“What matters is we have memory. What matters is we can laugh without staining anyone with our blood. What matters is we are still standing, and we haven’t become cowards nor cannibals”.

Let’s go together, brother.

Diario de un lector: de Los detectives salvajes a 2666, parte final

Mi lectura de 2666 fue radicalmente distinta de mi lectura de Los detectives salvajes. Al venir a Estonia fue el único libro que me acompañó en mi equipaje de mano y volví a comenzarlo. Mi viaje fue sumamente largo, 33 horas sólo de vuelos y tiempos de espera en aeropuertos, de manera que cuando llegué a Tallin, ya iba casi por la mitad. Fue, al contrario de Los detectives salvajes, una lectura que hice en soledad.

Y pienso que eso está muy bien pues, si Los detectives salvajes es una novela coral y de camaradería, 2666 es una novela solitaria. La soledad recorre sus más de mil páginas silenciosa pero impasible, igual que el viento caliente del desierto de Sonora. El único capítulo en donde nos encontramos con algo similar a la sensación de grupo de Los detectives salvajes es La parte de los críticos, en donde Pelletier, Espinoza, Morini y Norton descubren y rescatan la figura casi olvidada de Benno von Archimboldi para luego buscarlo en persona. Mas incluso en este capítulo, vamos viendo cómo la camaradería se desgrana sin violencia, lentamente, como las cosas que se deshacen en el calor intenso. Vemos cómo Morini comienza a alejarse, a desaparecer en un silencio inexplicable, y vemos, también, cómo Pelletier y Espinoza, aunque amigos hasta la muerte, parecen también estar solos: dos amigos que comparten su inalienable soledad. En los capítulos siguientes la soledad es más evidente. La parte de Amalfitano es, para mí, la más triste. De esa tristeza callada de los personajes de Chéjov. Amalfitano es un chileno emigrado a México, profesor de literatura en la Universidad de Santa Teresa. Abandonado junto con su niña por su esposa. Una esposa que, sin embargo, Bolaño muestra como una mujer poseída por una locura bella, nunca como una villana. La parte de Fate nos hace conocer (obviamente) a Fate, un joven periodista negro de Chicago, quien viaja a Santa Teresa para cubrir una pelea de box. El capítulo comienza con la muerte de su madre, comienza con dolor y con Fate “rodeado de fantasmas” y el dolor y los fantasmas no lo abandonan nunca. La parte de los crímenes es la más sórdida, la más difícil de leer, la más extensa y la más escalofriantemente parecida a la realidad. Allí, no conocemos a ningún protagonista. El protagonista es el mal, es la pobreza, es la misoginia, es la desidia, el silencio sepulcral, son los crímenes, y en medio de todo ello conocemos a cientos de mujeres que son violadas y asesinadas y a una serie de personas, policías, judiciales, políticos, periodistas y demás ciudadanos que viven y lidian, en mayor o menor medida, directamente con eso. En este capítulo es también donde la soledad es más intensa. Me parece significativa la figura del judicial Juan de Dios Martínez, uno de los pocos que sí se esfuerza por resolver los feminicidios, y su relación con Elvira Campos, una psiquiatra; una relación, por deseo expreso de ella, exclusivamente sexual. Ella le habla de sus sueños de fuga a París, y de sus sueños de una juventud prolongada mediante costosas operaciones, hablándole como quien le habla al aire, a sí misma, y él la escucha encandilado y afligido y sólo atina a decir: “Tú a mí me vuelves loco tal como eres”. Por supuesto la soledad más terrible de este capítulo, sin embargo, es la de las víctimas, víctimas que están solas al ser asesinadas, y solas aún en la muerte pues nadie encuentra, o nadie quiere encontrar, respuestas. Por último está la parte de Archimboldi, donde conocemos a Hans Reiter, nombre de nacimiento de Archimboldi (me pregunto si Bolaño eligió este apellido porque la pronunciación alemana se asemeja a Writer) y lo acompañamos, muy al estilo decimonónico, desde antes de su nacimiento hasta su vejez, en una épica que va del final de la Primera Guerra Mundial, se demora en el frente ruso durante la segunda, y termina en algo que no revelaré, pero ya tiempo después de la caída de la URSS y ante las puertas del “nuevo” milenio. Archimboldi, por supuesto, también está solo con su alma, aunque pareciera que su alma le basta.

Hay parecidos con Los detectives salvajes, claro. La ambición y el aliento, para empezar. Su entender, absolutamente espartano, de la escritura. Las digresiones fascinantes que no tienen nada que ver con la historia central pero que repiten o refuerzan, o contradicen, o enfrentan los temas centrales. Un romanticismo imbatible enredado en un vórtice letal con el cinismo y el desencanto. Sus héroes masculinos, que parecen todos reiteraciones, reformulaciones, paráfrasis: Pelletier y Espinoza, Belano y Lima, Lalo Cura, Archimboldi, Ansky, etc. A mí me parecen todos proyecciones del mismo Bolaño. Hombres valientes y con ansias de vivir. Hombres que miran al mundo y descubren los esqueletos detrás de las apariencias. Es como si Bolaño se mirara en un espejo trizado y los muchos reflejos, levemente deformes, arrojados por ese espejo, fueran sus personajes. Pero estos reflejos deformes, a diferencia de los reflejos en espejos rotos en la literatura de terror, no son ni grotescos, ni inquietantes. Más bien son melancólicos. El espejo roto en que Bolaño se mira y se narra es casi siempre un espejo de nostalgia. Las imágenes son las vidas que no tuvo y que sin embargo extraña. Son reflejos poseídos por una tristeza y una dignidad imperturbables, que al fin y al cabo suele ser el aura que recubre a todos los héroes.

Otra similitud, ésta central, es la obsesión de Bolaño con el mal, presente, pero no tan visible en Los detectives salvajes, que sí en La literatura nazi en América y Estrella distante. Una obsesión llevada a su extremo en 2666, donde Bolaño se internó en el horror de los feminicidios de Ciudad Juárez, investigando por cuenta propia, pero también con la ayuda de Sergio González Rodríguez, quien por esos años publicaba reportajes sobre los crímenes que acabarían reunidos en su libro Huesos en el desierto. En agradecimiento, Bolaño homenajeó a Rodríguez incluyéndolo en la novela, y declarando: “Con Sergio González Rodríguez sí iría a la guerra”.

Sergio González Rodríguez

Lo que Bolaño hace en el capítulo La parte de los crímenes es excepcional, pero además, es importante. En las 350 páginas que ocupa este capítulo, Bolaño narra cientos de feminicidios entre enero de 1993 y diciembre de 1997. Los narra con un lenguaje que claramente trata de copiar el acento frío y clínico de los forenses y de las investigaciones policiales, aunque en cada uno de ellos comienza a filtrarse su voz como gotas en una caverna, y entonces nos narra ya no sólo los mórbidos asesinatos y el estado de los cuerpos, sino también las vidas de las víctimas, quiénes eran, qué hacían, con qué soñaban. El resultado es casi insoportable. Como dijo el propio González Rodríguez (lo que es notable, pues González Rodríguez investigó exhaustivamente los crímenes in situ):

“La magistral novela de Bolaño añade una densidad trágica que permite leer la realidad desde una cercanía que los hechos, por su efecto traumático, a veces esconden. Lo que se registra como hecho, resulta insoportable como ficción”.

Bolaño se aleja así, desde mi punto de vista, de la literatura posmoderna que busca simplemente la experimentación, el deslumbramiento narrativo, el despliegue vistoso de su talento, y se arroja (figura muy bolañesca) al abismo de las heridas de la vida real que duelen – y que además acusan –.

No es casual que Amalfitano piense hacia el final de su capítulo, al rememorar decepcionado una conversación con un farmacéutico lector en Barcelona:

“Escogía La metamorfosis en lugar de El proceso, escogía Bartleby en lugar de Moby Dick, escogía Un corazón simple en lugar de Bouvard y Pécuchet, y Un cuento de Navidad en lugar de Historia de dos ciudades o de El Club Pickwick. Qué triste paradoja, pensó Amalfitano. Ya ni los farmacéuticos ilustrados se atreven con las grandes obras, imperfectas, torrenciales, las que abren camino en lo desconocido. Escogen los ejercicios perfectos de los grandes maestros. O lo que es lo mismo: quieren ver a los grandes maestros en sesiones de esgrima de entrenamiento, pero no quieren saber nada de los combates de verdad, en donde los grandes maestros luchan contra aquello, ese aquello que nos atemoriza a todos, ese aquello que acoquina y encacha y hay sangre y heridas mortales y fetidez”.

2666 fue la última y más feroz batalla de Bolaño. El detective salvaje murió en julio de 2003 y su última novela vio la imprenta en octubre de 2004.

Mientras escribía, Bolaño estaba consciente de que le quedaba poco tiempo. Y creo que eso se lee en 2666. La muerte es una presencia clara en la novela. No sólo literalmente, sino que es notorio que la muerte estaba sentada cerca de Bolaño mientras tecleaba, que parecía decirle: “te espero”. Es elocuente la reiteración del mito de Sísifo en la última parte del libro. Ahí, Bolaño no se concentra en el castigo de Sísifo, sino en cómo Sísifo trataba de evadir a Tánatos, a su muerte. Lo curioso es que en la primera ocasión, sólo narra la historia de Sísifo hasta el punto en que Tánatos es liberado y Sísifo muere. Más adelante, sin embargo, Archimboldi cuenta cómo Sísifo logró escapar de esa muerte y vivir una vida feliz hasta su vejez. Más importante aún: Archimboldi dice que el castigo de la piedra es sólo una artimaña de los dioses para impedir que Sísifo piense en formas de escapar a la muerte. “Pero el día menos pensado a Sísifo se le va a ocurrir algo y va a volver a subir a la tierra”, concluye Archimboldi. Bolaño quería escapar a la muerte. Y mejor dicho, Bolaño quería vivir.

Cuenta Jorge Volpi que en un congreso de jóvenes escritores en Sevilla en 2003, un muchacho se le acercó a Bolaño como un misionero a un santo y le preguntó qué consejo podía dar a los jóvenes escritores. Bolaño respondió: “les recomiendo que vivan. Que vivan y sean felices”. Esa respuesta, según Volpi, ha sido decepcionante para quienes la han escuchado referida, aprendices de escritor que esperan recibir las tablas de la ley en el monte Sinaí de la literatura, y en cambio obtienen una frase que podría haber sido compartida por sus tías en su muro de Facebook. Ellos no sabían que Roberto Bolaño estaba cerca de la muerte y que vida era lo único que deseaba y lo único que ya no podía tener.

Esa tristeza de quien no se va, sino que se lo llevan, es clara en el libro. Y ahora que he estado pensando 2666 en contraste con Los detectives salvajes, me parece que ésa es la distinción crucial. Los detectives salvajes es una novela que se siente bullente de vida y juventud. No es, o creo que difícilmente podría calificarse como, una novela feliz. Hay tristeza en ella, hay horror, hay resignación, hay desencanto, pero todo está envuelto en las llamas de la vida que apenas comienza. Inclusive termina con un misterioso cuadrado incompleto, que a mí siempre se me antojó como un cuadrado del cual se desborda lo que hay dentro, y termina, como había dicho, con García Madero, el más joven de la tribu, decidido a seguir a quién sabe dónde. 2666, los cinco capítulos o libros que lo integran, siempre termina con un dejo de tristeza. Como esas sonrisas quebradas de quien ya no puede más.

Es sintomático el cambio en elección de personajes, por ejemplo. En Los detectives salvajes todos son poetas. En 2666 no hay ni un solo poeta. Hay un grupo de críticos – que a mí se me figuran como la especie más lejana de un poeta en la fauna literaria – y un novelista a quien conocemos siempre como hombre y no como escritor.

También es evidente que Bolaño aquí vuelve a enfrentarse al espectro que acosa a todos los artistas: la posteridad, el legado, el prestigio, que su obra le sobreviva. Y una y otra vez y a partir de muchos personajes distintos, parece decirse a sí mismo y advertir a otros que quieran tomar esa senda: la posteridad, el legado, el prestigio y la obra son apariencias. No muy distantes de la apariencia de la fama. Que perdurar es un deseo de lo más extraño si se le piensa bien. En una entrevista para televisión chilena, cuando se le preguntó al respecto de la supervivencia de su obra, él dijo: “En 400 millones de años ni siquiera Shakespeare será alguien”. Las últimas dos páginas del libro son en esto el golpe maestro, un golpe que no arruinaré pues espero que algunos de los que aquí leen, lo reciban en su momento.

En el último aliento del libro conocemos la vida de la dulce Lotte, la hermana menor de Archimboldi. Cuando ya está vieja y sola, leemos cómo algunas veces va de vacaciones a la playa y, por las tardes se recarga en una terraza a ver el ocaso y se le ve distante, con un toque de elegancia y un no sé qué de tristeza; pero que cuando se le acerca un caballero viudo o divorciado a invitarla a bailar o a dar un paseo por la playa, ella dice que no gracias, y entonces “sólo quedaba la tristeza”. Ésa es la sensación que a mí me ha dejado esta novela. Es un torrente impresionante, uno de los edificios narrativos más altos y prodigiosos de la literatura latinoamericana actual, un libro inabarcable que parece seguir y seguir aunque lo hayamos ya cerrado… pero al terminar de leerlo y después de unos días, sólo queda la tristeza. Pero una tristeza, eso sí, plena de dignidad. Como dijo González Rodríguez, en las historias de Bolaño abundan momentos a los que “acuden las lágrimas de la derrota íntima que sabe a victoria”. Eso es 2666, la derrota más íntima de Roberto Bolaño y su mayor victoria.

Juan Villoro cuenta que, muy poco antes de la fecha fatídica, Bolaño le llamó para comentarle una frase de un personaje en una novela de Leonardo Sciaca: “sólo me falta un último bautizo, el de la muerte”. El 15 de julio del 2003, Tánato al fin encontró a Sísifo. En notas de Bolaño se encontró una que leía: “El narrador de 2666 es Arturo Belano” – su fiel alter ego a lo largo de su obra – y en otra, con la instrucción “para el final de 2666”, dice: “Y esto es todo, amigos. Todo lo he hecho, todo lo he vivido. Si tuviera fuerzas, me pondría a llorar. Se despide de ustedes, Arturo Belano”. El último bautizo había llegado.

Artefacto del buen Nicanor Parra a su discípulo y amigo

¿Qué es pues, 2666? ¿Por qué ese título tan raro? Bolaño decía que era la clave para entender la novela, quién sabe si seriamente o jugando o ambas. Muchos han intentado descifrarlo. Ignacio Echeverría sólo dice que es una fecha, el punto de fuga de la novela. Alan Pauls ha propuesto que es el año del cual nos llega la novela. Una novela que viene del futuro. Jorge Volpi aventura que el libro es una bomba de tiempo que estallará en ese año, en 2666. Bolaño mismo parece dar claves. En Amuleto, Auxilio Lacouture, la protagonista, describe que camina en una calle de la Ciudad de México, de madrugada, que a esa hora se parece a un cementerio, “pero no a un cementerio de 1974, ni a un cementerio de 1968, ni a un cementerio de 1975, sino a un cementerio de 2666”. Por otra parte, en Los detectives salvajes, Amadeo Salvatierra cuenta que Césarea Tinajero (la poeta a la que buscan los protagonistas) hablaba de una revolución que sucedería en el siglo XXII, augurio que más adelante se ajusta: según una maestra que habla con García Madero, la revolución, de acuerdo con Tinajero, en realidad llegaría en 2600 y pico. En 2666, en unas páginas dedicadas a la saga de la familia de Lalo Cura (uno de los personajes centrales en La parte de los crímenes) se nos cuenta que su madre conoció a dos jóvenes que iban por Sonora en un auto (¿podrían ser Belano y Lima?), como huyendo de algo, y que ambos hablaban de “una revolución invisible que ya se estaba gestando pero que tardaría en salir a las calles al menos cincuenta años más. O quinientos. O cinco mil”.

¿Entonces qué es 2666? ¿El año de esa revolución? ¿El año en que se escribe la novela? ¿El año en que explotará la bomba de tiempo? ¿O quizás es el año en que los crímenes al fin se resuelvan? ¿El año en que finalmente deje de asesinarse a mujeres? ¿El año en que deje de haber guerras mundiales? ¿El año en que deje de haber escritores? ¿O es sólo una fecha lo suficientemente lejana que equivale a decir: esto nunca pasará, esto nunca se resolverá, todas las cosas sólo pasan?

En mi opinión 2666 es quizá el año en que ya nada tiene sentido. En que se han borrado los nombres. En que algún arqueólogo improbable intenta recobrar algo del significado perdido por la erosión inclemente del tiempo. En que, pieza a pieza, piedra a piedra, reconstruye algo que es sólo esqueleto o menos aún, sólo fantasma de nuestro siglo XX (y es que nuestro siglo sigue siendo el XX, no el XXI, no hemos logrado inventar aún un nuevo siglo, somos sólo la sombra envidiosa, crédula y anémica del siglo XX). 2666 es el año desde el que Roberto Bolaño nos narra esta historia pretérita, monumental pero fúnebre como una pirámide antigua reposando en las entrañas de una selva cerrada, imponente pero muda e impertérrita como las ruinas de Babilonia, lejana pero peligrosa, como las estatuas cuyos rasgos ya no se ven, pero conmueven, tocan, hielan la sangre.

Hay y habrá muchos exégetas de la obra de Bolaño, particularmente de sus dos grandes novelas. Yo no seré, ni quiero ser uno de ellos. Prefiero quedarme como su lector. Y como lector, lo que más le agradezco, lo que más me asombra y lo que más me queda en la memoria, son los episodios, abundantes en su obra narrativa, en que parece recobrar como casi ningún otro escritor algo que no sé nombrar, pero que supongo que es el misterio de vivir.

Pasó casi un año más para que pudiera terminal la novela. La maestría resultó mucho más difícil de lo que esperaba y prácticamente no pude leer nada que no fuera académico durante meses. Pero finalmente, ahí estaba, en una librería de Tallin, con F., mudo y temblando, incapaz de salir de la novela todavía.

Y un viejo amigo me vino a la mente.

Tras la disolución del 132, el destino de David y el mío se distanciaron significativamente. Él se fue a vivir a México, luego se fue a Hidalgo, no recuerdo si a Chihuaha. Obtuvo un trabajo que demandaba que se moviera por el país, algo muy ad hoc con su personalidad nómada. En ocasiones visitaba León y siempre lo hacía sin avisar, como si no existiesen los teléfonos ni los correos ni las cartas ni los telegramas. Llegaba envuelto en un misterio que él procuraba y se iba igual. Venía, nos reuníamos, platicábamos un buen rato y cuando tenía que irse me decía que al día siguiente nos juntáramos para almorzar. A la hora del almuerzo al día siguiente generalmente él ya estaba en otra ciudad. Con el tiempo comprendí que era su manera extraña de despedirse por meses. Cada vez las visitas se espaciaron más. Cada vez los silencios se hicieron más largos.

Nos vimos en el verano de 2015. Yo acababa de empezar a salir con F. En esa ocasión, lo recuerdo bien, su visita se sintió como una posible reconexión. Pero después hubo dos años en que no supimos nada uno del otro.

Con esto no quiero decir que David se olvidara de mí. Ya Borges había dicho que la amistad no precisa la frecuencia. En mayo del 2017 mi familia pasó por un momento difícil: Un problema económico grave, el fallecimiento de mi tío, hermano menor de mi papá, y en lo personal, la pérdida de una beca que parecía mi única posibilidad de venir a Europa. David, quien lleva el sobrenombre de ‘El gato’ con justicia y aparece y desaparece a voluntad, una noche me envió una misiva para preguntarme qué podía hacer por mí, cómo me apoyaba, qué se requería para enviarme al viejo continente. Cuando le respondí que sólo necesitaba buenas vibras dijo, y que esto al menos sirva de ejemplo de su pluma:

“Pese a todo, trate de no deslavar la sonrisa ni el ánimo. Procure estar al lado de su padre que, seguro, requerirá descubrir un amigo, un soporte en usted en este momento. Tenga a la mano algo concreto, humano que comentarle. Las buenas vibras las mando todos los días, Poeta. A veces se atoran, pero no dude que las mando”.

Poco tiempo después, cuando ya tenía mis boletos de avión, hablamos por teléfono. Me preguntó cuándo dejaría México y me dijo que tal vez podríamos hacer un viaje en carretera juntos a Veracruz. Le dije que sí, que estaría muy bien, que me avisara. Sabía que no sucedería.

Lo cierto es que a esas alturas yo sentía que, aunque nuestra amistad estaba viva, era una amistad que estaba también condenada a vivir así, virtualmente, en la memoria, en los viajes futuros que no se harían, en los almuerzos omitidos. Una amistad como la de Arturo Belano y Ulises Lima, o lo que es lo mismo, como la de Roberto Bolaño y Mario Santiago Papasquiaro. Nuestro Café La Habana ya estaba cerrado.

¿García Madero?

Escuché la voz de David en el celular. Hablamos brevemente. Le expliqué que ya iba en camión a México y al día siguiente saldría mi vuelo a medio día. Me quedaría a dormir en casa de mis primos. Él dijo que estaba muy bien, que entonces en la noche nos veíamos para cenar. Colgamos. Yo pensé que la cena, como los almuerzos, sería simbólica.

En efecto, esa noche me llamó para decirme que no podía ir. No me sorprendió. Le dije que no se apurara. Respondió que al día siguiente, seguro segurísimo, me vería en el aeropuerto. Como una seña de que iba en serio me preguntó en qué terminal y por qué puerta. “Muy bien, hermano, ahí nos vemos”. Tenía toda la certeza de que no lo vería.

Al día siguiente, en el aeropuerto, en el área de comida rápida, mientras esperaba con la mirada perdida, entró una llamada suya. Me imaginé el contenido de la llamada: “Hermano, no podré ir”. Respondí:

¿García Madero, dónde está?

Lo vi a lo lejos, alzando la cabeza, buscándome. Iba con los mismos lentes de técnico en computación, pero con una gabardina negra que hacía pensar que había sido promovido de técnico a elegido por la Matrix.

Compramos un café y nos sentamos en una mesa con restos de gorditas La Tía Tota. Nos pusimos al corriente de nuestras vidas. Él seguía en su trabajo, probablemente lo ascenderían. Seguía apoyando a su mamá y a sus sobrinos. Seguía hablando como si escribiera. Yo estaba a punto de irme al otro lado del mundo a estudiar algo que nadie conoce y seguía tropezándome al hablar. Me preguntó si tenía una beca. Le respondí que no, que me venía con mis ahorros y un préstamo y que eso sólo me alcanzaría para el primer año, pero ya vería qué hacer luego.

– ¿Cuánto necesitas por año?

– 80 mil pesos, más o menos.

Se quedó serio y cambiamos de tema. Salimos a fumar y seguimos hablando de todo y de nada, como amigos que se ven a diario.

Cuando ya tenía que cruzar las puertas de seguridad, me detuvo y me dijo que, si al terminar ese año no encontraba cómo seguirme financiando, le llamara. Me dijo que tenía ahorros y podía ayudarme. No hablamos de Bolaño. No hablamos de literatura. Sentí, de pronto, con una mezcla de tristeza, pero también de madurez, que quizás, sin quererlo y sin fijarnos cómo o cuándo, nos habíamos hecho adultos. Y que eso, tal vez, no era tan malo.

Nos despedimos y, como cuando estábamos en el 132, se despidió alzando el puño izquierdo y sonrió como el hermano mayor que creía perdido y que recobré. Mi hermano mayor extendiendo la mano desde su horizonte, pero ya no diciendo “No te quedes atrás”. Quizá nunca fue eso lo que dijo, pero yo escuché mal. Quizá siempre quiso decirme que no había ningunas escaleras, que sólo había camino, a veces plano planito pero casi siempre sinuoso o escarpado, y que nadie tiene idea de a dónde diablos llega o cómo se recorre, y que todo lo que se puede hacer es pedir a un puñado de personas con las cuales andarlo. Quizá siempre dijo: “Vamos juntos, hermano”.

Ahora vuelvo a verlo al terminar 2666. Vuelvo a ver años atrás. Y como no podemos comentar esto en vivo, como no podemos hablar de este libro extraordinario mientras fumamos el último cigarro y nos alejamos en la noche, escribo esto.

David siempre me preguntabas, cuando había que lanzarse, cuando había que atreverse ¿Eres poeta? Y entonces sólo quedaba aceptar el reto. Hoy sé que no, que no soy poeta. Quizá ninguno de los dos lo somos. Tú no eres Belano ni yo soy García Madero. No somos detectives salvajes. No partiremos en busca ni de una poeta mexicana ni de un novelista alemán. Pero como dijo Roberto Bolaño de Juan Villoro:

“Lo importante es que tenemos memoria. Lo importante es que podemos reírnos sin manchar a nadie con nuestra sangre. Lo importante es que seguimos en pie y no nos hemos vuelto ni cobardes ni caníbales”.

Vamos juntos, hermano.

A reader's journal: From The Savage Detectives to 2666, Part II

Back then I had almost no free time. Between university and 132 I barely had enough time to sleep 6 hours a day. So, I began to read The Savage Detectives in every minute I could squeeze from the day. I read it on the bus, I read it while walking, I read it before I slept and right after I woke up; inspired by one of the book character’s voracious reading, I even started reading it while I showered: with one hand I kept the book away from the running water and with the other I soaped myself.

I think I don’t exaggerate if I say that I was inebriated by the book. That I was under its powerful spell. This bookish alienation is not unusual with Bolaño and specially not unusual with The Savage Detectives. There are many who draw the comparison between it and Hopscotch by Julio Cortázar precisely because of its impact in young readers. Readers who entered these novels in search of a challenge, a joy, or even an epiphany and came out of them having found a modus vivendi and a code of honor. And the thing is that The Savage Detectives is a novel that trespasses its margins, jumps out of the pages, occupies everything, colonizes. That’s why Alan Pauls has called Bolaño a conquistador who does not write, but rather populates. He populates his dense paragraphs with characters, anecdotes, nightmares, cities, sensations; but above all he populates the world beyond, the reader’s world, with his voice. How many young readers only came to understand what ailed Alonso Quijano until we read The Savage Detectives?

But this colonization is paradoxical and cruel, since, though the book begins to take hold of the reader’s life, at the same time, more than a few readers will find – I wasn’t the exception -, with a mixture of intense melancholy and burning fascination, that the life emanating from the book is far more a life than the life one’s living. That the blood running through the veins of the men and women meandering inside the book is hotter and redder than the blood in one’s veins. And that those desperate starving poets understand poetry way better than us because they know poetry does not need to be written down to be poetry; and that those savage detectives have come closer than anyone to finding the answer because they know a detective is not one because he finds, but because he doesn’t stop searching. Life is the highest poem and the final inquest.

In my case, however, the quixotic/bolañesque germ found an ideal breeding soil to expand given that at that moment in time (so I believed), my life was drawing up lines that either ran parallel or intersected the lines laid out in The Savage Detectives. Many of the episodes I remember most vividly about my time in the 132 movement are, precisely, episodes that, in my mind, could have been apocryphal gospels – too big a kindness, more like fan fictions – of The Savage Detectives.

That’s how I remember a brief visit to Temacapulín, Jalisco, where we went to support, however we could, the resistance movement trying to impede the flooding of their town for a dam construction project. I remember the cool night in Temaca, a dark, preterit night almost from a time without electricity; the paranoid and tautological monologue of an old, white-bearded, straw-hat wearing carpenter who kept repeating over and over that the paramilitary would come after us with chainsaws; the visit, very late into the evening, to a pond of natural thermal waters, of a muddy appearance compensated by the beauty of a huge glowing moon reflected in it; a pond where we came to unwind and where we found three Spanish young hippies, two guys and a girl; and the fight that luckily didn’t started after the girl, naked and deep in a marijuana half-dream, confessed while laughing that she had just peed in the pond we were all bathing at, which cracked up her two friends even though one local had just said, in front of everyone, that pond was sacred to them, which in turn caused David and another guy named César to start calling those Spanish gachupines[1] while also speaking about the tearing down of the Aztec Major Temple ordered by Hernán Cortés, references the Spanish did not understand at all, but what they did understand was the tone and they decided to leave.

That’s how I remember the long and anxious-filled night in which we waited for our friends to be pulled out of jail: David, two girls named Mata and Siboney, and other supporters of the movement who were all arrested during a march with no other reason than the gross ineptness of the city’s authorities, not accustomed to protests in a usually acquiescent city. I remember the pale light coming from the prison’s gate, barely illuminating the hill, while we delivered, through the fence, food and blankets for those who would spend the night inside.

That’s how I remember a reunion among many 132 state cells in the state’s capital. I remember the way to the reunion, going up the hill through the narrow alleys of Guanajuato, up to that area of the city not touched, not even by mistake, by tourists. I remember the palpable nervousness, the cement rooftop, the night closing above us, the order to turn off cellphones and take batteries out, the speeches which, at times, dived into the apocalyptic hyperbole and augur a revolution in which we would be the first martyrs.

I also remember the sleepless night we spent on the streets in León to take pictures of the electoral sheets, with Denisse, a friend, begging me not to fall asleep while we were going into Chapalita[2] at 3 in the morning.

And I remember, of course, the moments of joy, because there were many. A festival in Guanajuato, at the footsteps of the Alhóndiga de Granaditas[3], where David and I improvised some rhymes for the Leones de la Sierra de Xichú[4], a homage the maestros responded to with another set of rhymes, calling us “rappers”, as if at once thanking us but also telling us: “Well, here is where the big boys play, don’t get yourselves hurt”. Or a party in David’s house my cousins from Mexico City attended to, where we drank Tonayan, as is it was mezcal ‘Los Suicidas’ that Amadeo Salvatierra drinks religiously in the book; a party where I, already intoxicated, tried to argue that Jesus Christ was the first hipster to then propose a parkour amateur demonstration on the rooftop, a feat my cousins performed with elegance and skill, David without skill, but with dignity, and I, very much in my style, bumping into every hard surface/object present and waking up the next day with huge bruises all around my body.

I remember, to put it briefly, the shared music, the dances, the camaraderie, the hope, the endless meetings that became, almost by accident, into parties. The feeling of being part of a tribe where every single one of us, I felt, was a carbon copy of the poets that pulsated in the novel I was reading.

But above all I remember, under that savage light, my long talks with David. Talks that seemed all just one, one pouring dialogue coming from the same inexhaustible quarry. More often than not we were the las tones to leave the meetings. More often than not we went out into the night, sometimes without saying anything anymore, smoking one last cigarette and walking away on the dark and lonely streets downtown.

David was also under Bolaño´s influence. When he gave me the novel, he reread his own edition. So, at times we talked about it. We reminisced our favorite parts and, when I finally finished it, we discussed for long hours, in my Kitchen, drinking coffee, about out interpretation of the novel’s enigmatic ending, where García Madero, the youngest poet of the tribe, seems to be the only one left and he gazes, nonchalantly, into the future.

David used to call me that: García Madero.

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But it all comes to an end. The novel ended and, not much after, the 132 movement also ended. I realized, with deep grief, that my life was not written by Roberto Bolaño. From that moment something important changed within me. It was as if the last card of hope up my sleeve had been insufficient to win the game. I am under the impression that, back then I was burning and since then I am just crackling. In other words, I think an important part of my youth died there.

In November 2012, David and I were published in the same number from a short-lived magazine called Dédalo. We were happy. We both knew Juan Villoro and Roberto Bolaño, who were close friends, had been published in the same Punto de Partida edition when they were still nobodies. We wanted to see a good sign in that. We talked about it afterwards, during one of the last meetings, this already a pure friendship gathering. It was also then when, for the first time, David told me about 2666.


[1] It’s a pejorative term used in Hispanic America, especially in Mexico, to describe Spanish people who come to establish in Hispanic American soil and act superior to the natives. It’s origin, it’s believed, it’s a Spanish family name, ‘Cachopín’, a noble family name from Cantabria, Spain. It became a nick-name for Spanish noblemen who owned land and slaves in Hispanic America.

[2] One of the most dangerous neighborhoods in León, Guanajuato, a.k.a, my hometown.

[3] An architectonic and historic landmark in Guanajuato, a historically charged place since it was taken by the independentist army in 1810 in a crucial victory at the beginning of the campaign; and also the place where the heads of four of the independentist army’s commanders were hung for everyone to see just one year later. It was a place picked by the 132 movement in Guanajuato to organize the biggest 132-related event in the state.

[4] An iconic Mexican folk music group, famous for improvising complex lyrics on the spot. These lyrics do not only rhyme, they do so in a strict formula: ABBAACCDDC, also involving an 11 syllable metric. So, like a rap battle meets Spanish baroque poetry.

Diario de un lector: de Los detectives salvajes a 2666, parte II

En ese entonces, yo tenía poco, poquísimo tiempo libre. Entre la universidad y el 132 apenas y me quedaba tiempo para dormir 6 horas diarias. Entonces empecé a leer Los detectives salvajes en todos los minutos que podía arrancarle al día. Lo leía en el camión, lo leía caminando, lo leía antes de dormir y al despertar, incluso, inspirado por la lectura voraz de uno de los protagonistas del libro, comencé a leerlo mientras me bañaba: con una mano sostenía el libro fuera del alcance de la regadera y con la otra me enjabonaba.

Creo que no exagero si digo que el libro me embriagó. Que estaba bajo su influjo poderoso. Esta alienación libresca no es inusual con Bolaño y en particular con Los detectives salvajes. Son muchos quienes han comparado esta novela con Rayuela de Cortázar precisamente por su impacto en los jóvenes. Jóvenes que llegaron a estas novelas como lectores comunes en busca de un reto, de una alegría, quizás hasta de una epifanía, y salieron de ellas como discípulos, habiendo encontrado un modus vivendi y un código de honor. Y es que Los detectives salvajes es una novela que se escapa de sus márgenes, de sus páginas, que lo va ocupando todo, que coloniza. Es por eso que Alan Pauls llamó a Bolaño un conquistador que no escribe, sino que puebla. Puebla sus densas páginas de personajes, anécdotas, pesadillas, ciudades, sensaciones, pero sobre todo puebla el mundo allá fuera, el mundo del lector, con su voz. ¿Cuántos lectores jóvenes no habremos comprendido por vez primera el mal que aquejó a Alonso Quijano hasta que leímos Los detectives salvajes?

Pero esta colonización es paradójica y cruel, ya que, aunque el libro empieza a apoderarse de la vida del lector, al mismo tiempo no son pocos los lectores que descubren – yo no fui la excepción –, con una mezcla de intensa melancolía y quemante fascinación, que la vida que emana ese libro es más vida que la vida propia. Que a los hombres y las mujeres que se pasean en los renglones les corre una sangre más roja y más caliente. Y que esos poetas alucinantes, son más poetas que cualquiera de nosotros porque han comprendido que la poesía no necesariamente tiene que escribirse para ser poesía. Esos detectives salvajes se han acercado como nadie a la respuesta porque saben que el detective es detective no porque resuelva, sino porque no para de buscar. La vida es el poema mayor y la pesquisa final.

En mi caso, sin embargo, el mal quijotesco/bolañesco se encontró con un caldo de cultivo idóneo para esparcirse ya que en ese momento (yo así lo creía) mi vida trazaba líneas que, o bien corrían paralelas a, o bien intersecaban las líneas de Los detectives salvajes. Muchos de los episodios que recuerdo vivamente de mi tiempo en el 132 son, precisamente, episodios que en mi mente podrían haber sido evangelios apócrifos – una bondad desmedida, quizá más bien fan fictions – de Los detectives salvajes.

Queda así en mi memoria una breve estancia en Temacapulín, Jalisco, a donde fuimos a apoyar como pudimos al grupo de resistencia que sigue tratando de evitar el hundimiento de su pueblo para la construcción de una presa. Recuerdo la noche fresca de Temaca, de una oscuridad casi pretérita, de un tiempo sin electricidad; el paranoide y tautológico monólogo de un carpintero viejo y de barba muy blanca y sombrero de caña que repetía una y otra vez que los paramilitares vendrían por nosotros con motosierras; la visita, ya en la madrugada, a un estanque de aguas termales, de apariencia fangosa compensada por la belleza de la luna que brillaba a sus anchas, en donde nos reunimos para relajarnos y nos encontramos con un trío de españoles, dos hombres y una mujer, todos jóvenes y medio hippies; la pelea que por suerte no estalló cuando la chica, desnuda y sumergida en un semisueño de marihuana, confesó entre risas haberse orinado en el estanque que todos ocupábamos,cosa que a sus compañeros les causó mucha risa a pesar de que un local acababa de decir minutos antes, con ellos presentes, que consideraban sagrado ese lugar; todo lo cual hizo que David y otro muchacho llamado César comenzaran a llamarlos gachupines y a citar la demolición del Templo Mayor bajo las órdenes de Cortés, cosas que los españoles no entendieron para nada, pero comprendieron el tono y, acto seguido, optaron por irse.

Queda así en mi memoria una noche larga y llena de ansiedad en que esperábamos que sacaran de la cárcel a David, a dos chicas del grupo llamadas Mata y Siboney, y a otros simpatizantes que habían sido detenidos durante una marcha, sin más motivo que una grosera ineptitud de la autoridad leonesa, apabullada por una marcha enorme en una ciudad hasta entonces más bien aquiescente. Recuerdo la luz pálida que salía de CEPOL e iluminaba muy apenas el cerro, mientras entregábamos, a través de las rejas, comida y cobijas para los que dormirían dentro.

Queda así en mi memoria una reunión de varias células del estado en Guanajuato capital. Recuerdo el camino hacia el sitio de la reunión, subiendo por callejones hasta esas zonas guanajuatenses que ya no son tocadas, ni por error, por turistas; recuerdo el nerviosismo palpable, la azotea de cemento, la noche que se cernía, la orden de apagar celulares y quitarles las pilas, los discursos que, en ocasiones, se echaban un clavado en la hipérbole apocalíptica y auguraban una revolución en la que los primeros caídos seríamos nosotros. Recuerdo también la noche que pasamos en vela recorriendo las calles de León para tomarle fotos a las mantas electorales, con una amiga llamada Denisse rogándome que no me quedara dormido mientras nos adentrábamos en Chapalita a las tres de la mañana.

Y recuerdo, claro, los momentos de alegría, que sí los hubo. Un festival por la democracia a los pies de las escaleras de la Alhóndiga de Granaditas, donde David y yo improvisamos unos versos para los Leones de la Sierra de Xichú, versos que los maestros respondieron con otros, llamándonos “raperos”, agradeciendo nuestras buenas intenciones, pero también diciendo entre líneas: “Aquí es donde juegan los grandes, niños, no se vayan a lastimar”. O una fiesta en casa de David a la que vinieron primos míos de México, en donde bebimos Tonayán como si fuera el mezcal ‘Los suicidas’ de Amadeo Salvatierra; fiesta en donde yo, ya reducido por el alcohol, traté de defender que Jesucristo había sido el primer hípster para luego proponer hacer parkour en la azotea, cosa que mis primos hicieron con gracia y habilidad, David sin habilidad pero con dignidad, y que yo hice muy a mi estilo, estrellándome con todo y despertando con moretones enormes en el cuerpo. Recuerdo, en breve, la música compartida, los bailes, el compañerismo, la esperanza, las interminables juntas que devenían, casi sin querer, en tertulias. Esa sensación de una tribu en donde yo nos veía a todos como trasuntos de los y las poetas que palpitaban en la novela que leía.

Pero sobre todo recuerdo, en esa tonalidad novelada, mis charlas con David. Charlas que parecían una sola, un diálogo torrencial que salía de una misma cantera inagotable. No fueron pocas las oportunidades en que los últimos en dejar las reuniones éramos él y yo. No fueron pocas tampoco las ocasiones en que salíamos hacia la noche, a veces ya sin decir nada, fumando un último cigarro y alejándonos por las calles oscuras del centro antes del boom de la Madero.

David no era ajeno tampoco al influjo Bolaño. Al regalarme la novela decidió releer su edición. Así que a ratos platicábamos al respecto. Discutíamos nuestras partes preferidas y, cuando por fin la terminé, platicamos un buen rato en mi cocina, tomando café, sobre nuestra interpretación del enigmático final en donde García Madero, el poeta más joven del grupo, parece ser el único que queda en pie y mira al futuro incierto con aplomo.

David solía llamarme así: García Madero.

Pero todo termina. Terminó la novela y no mucho después también terminó el 132. Y yo me di cuenta, con una tristeza muy honda, que mi vida no estaba escrita por Roberto Bolaño. A partir de ese momento algo importante cambió en mí. Fue como si la última carta de esperanza que tenía bajo la manga hubiera resultado ser insuficiente para ganar la partida. Tengo la impresión de que en aquel momento ardía y desde entonces sólo crepito. En otras palabras, creo que algo importante de mi juventud murió allí.

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En noviembre del 2012 David y yo fuimos publicados en un mismo número de una revista de breve existencia llamada Dédalo. Estábamos contentos. Ambos sabíamos que Juan Villoro y Roberto Bolaño, quienes eran amigos, habían sido publicados también en un mismo número de Punto de Partida cuando aún no eran nadie. Quisimos ver en aquello un buen presagio. Platicamos al respecto un mes después, durante una de las últimas reuniones, ésta ya de pura amistad. Fue entonces cuando, por vez primera, David me habló de 2666.

A reader's journal: From The Savage Detectives to 2666, Part I

This story is about the experience of reading a book. It’s also about the memories of reading another book. And it’s a story about the life around those readings. And a story about youth and about friendship.

Last Friday, in a coffee shop in central Tallinn, I finished reading 2666, by Roberto Bolaño. As I turned the last few pages, I felt a tightness in my gut, the same kind of tension that grips the body as one goes up a roller coaster, through the metallic whirring, aware of the final drop that awaits ahead. I stood up as I read, and I started walking in circles around the table, without considering for even a second what the other diners might think of me.

Once I finished, I became silent. Very silent. F., who was in the same table with me, working, asked: “So? Did you like it?”. I stared at her disoriented, not knowing what to respond. She couldn’t know, but I thought such a question did not apply to this book. Is a massive book, a 1119 pages novel, a many-headed monster that, I felt, still had its claws around my neck. I mumbled: “I feel as if I had just had ran a marathon and as if I had been hit by a car”.

But we shall go back a bit in time.

I bought my edition of 2666 in my hometown’s book fair in April 2014. For months it stayed on my shelf, unopened, as most of the books I buy. But in this case, it wasn’t because my interest in it diluted – it has happened to most of us, being in a bookstore and finding a title (or many) and thinking we want it, want it with a desire that is unpostponable and that is born out of an intimate and urgent necessity, only to later arrive home, place it on a shelf and slowly begin to forget about it – but because I really wanted to read it, to read it on tenterhooks, to read it as if possessed, to read it as I read when I was a child, and for that I needed time. Finally, in December that year, I went to the beach with some friends. I decided to take the book with me. So, as they acted as sane young men, playing beach volleyball, I laid on a deck-chair and read. Early in the morning, as my friends still dreamt, I sat at the beach, reading. I did not finish it, however. Far from it. I managed only to finish the first part, about four young literary critics, friends obsessed with Benno von Archimboldi, an elusive writer in the way of Thomas Pynchon. Let’s say these were new savage detectives, just as young and anxious, but exquisite and European. A more or less brief inquest of epic breadth that runs across the old continent and ends, incredibly, in a city in northern Mexico. I was both impressed and satisfied.

Unfortunately, the trip was short and the following months tumultuous. I, freshly out of University, was bumping into adult life, getting dozens of little jobs that consumed most of my time. The rest of my time I had to invest it in my thesis. And so, the book was soon forgotten, and a minuscule layer of dust rendered its cover pale.

Time passed as it usually does, unmerciful and fast, but especially it passed unnoticed. As one of those people who leaves a party without saying goodbye and whose absence is only brought into attention much later when someone asks: “Hey, where did so-and-so leave?”. Just like that, before I knew it it was August 2017, I was already 25 and I was packing to come to Estonia.

All of my close friends suggested I brought with me three books tops. A professor and friend advice was to get a Kindle and leave all the paper books. All of them knew in advance I wouldn’t listen. I brought fourteen books. Among them I brought two books over the 1000 pages. One of them, the complete works by Borges, which is like my Bible. The other one was 2666.

One or two days before coming, I posted a goodbye message on Facebook for all those people I didn’t have a chance to see. When I was already on the bus to Mexico City, I got a phone call. The name on the screen shook me since it was someone I hadn’t seen in at least two years. Even before I answered, I could listen two words:

– ¿García Madero?

But we shall go back a bit in time.

It was May 2012. I was leaving campus and I saw a group of young people with a large piece of cloth on the floor. I don’t remember all that was written on the cloth, but I remember the number 132. It was, and I hope you can forgive the corniness, fate. Around those days, maybe just a couple of days before, I had seen the video of the 131 students from Ibero México [1]. It could be said that up ‘til then, I was like a match. Indignation was there, the flammable matter needed for combustion, but only that. That video had been the sandpaper which ignited the flame. A minute and restrained flame, yes, but eager to start a fire. However, not knowing how to, it would have probably had the same death all wasted matches have. I remember I was very uneasy, anxious to do something, to start something, but I had no clue as to what. And then I stumble into these guys at the University gates. The most passionate among them, a guy with long hair and beard and the name Abdiel, handed me a piece of paper with a time and a place to meet. That was how the fire got started.

That same evening, I went to the Cultural Forum down town, to the tiny amphitheater in the middle of the Arts Esplanade. There were, probably, around ten people and I’m being generous. But the lack of quorum was compensated with enthusiasm. Particularly Abdiel’s enthusiasm who spoke with the passion of someone who still believed words can change the world. I listened, quiet. A little later someone else joined the group. It was a young man with a short beard, glasses, denim pants and a black jacket and backpack. I don’t know why, but it seemed to me like an IT guy. It might have been because of the backpack and the glasses. At some point, Abdiel dictated we should divide into groups to delegate responsibilities. As it goes, the moment that stopped being just an illusion and the shadow of commitment was cast, nervous looks loomed up, already signaling those who would leave the group before it was even formed. They asked who had skill as a writer. I raised a shy and shaking hand. The guy in black raised a confident one. He also noticed my own hand in the air and gave me a look I did not know how to decipher. Then, like an elementary school teacher, Abdiel told us to work in our teams. Our writing team (I have forgotten if there was someone else there) had the task of writing a press release about the first 132 meeting in León and the official constitution of a Leon 132 cell. I have completely forgotten what the content of our first collaboration was, but I remember that, following some of my suggestions, the guy in black, who by this point had already introduced himself as David, gazed at me. The meaning of that gaze was becoming clearer: it was the gaze of an experienced boxer who, seeing a rooky move on the ring, distinguishes some isolated punches and thinks to himself: “hmm”.

That evening was the beginning of the most intense and earnest period of my life. But contrary to what it’s usually said about periods like these, it wasn’t burned into my memory. It rather seems a distant dream of which I can only recover disorderly shreds. The events followed one another like an avalanche. The organizing period lasted a second and the next we were already in deep in the logistics of a cultural fair at the City’s House of Culture. The content of the fair was entrusted upon me, an assignment I accepted in the same way Forest Gump accepted all the enormous responsibilities in his life: without a clue of what the hell was happening. We began to meet daily. Slowly, the steady members of the group were defined as well as the meeting points. These places were: El Kino Bar, at that point in the heart of the city center, sometimes a reggae and ska bar next to El Kino Bar (this one was closed short after), David’s house and, from some point on, my house which would practically become the head quarters for the 132 movement in León.

Meetings and reunions tended to extend deep into the night. We were all either studying or working or both, but by means of an alchemy, very much in the tone of “I come here to offer my heart”, we turned our exhaustion into an incentive to carry on. We were working on full steam with unwavering passion. We felt what we were doing was important. We felt we were a small part of a bigger change. We organized marches, protests, installations and happenings; we delivered fliers with important information to cast a vote[2], we designed and facilitated workshops for children and youngsters, we communicated constantly with other cells across the country.

During these excessive times, of course, we became friends. Many of the most selfless, brave, authentic, and also strange people I’ve met were in that group. To this date they remain dear friends who, in spite of time passed and physical distance, come at the first call if needed.

But a book could be written about that and neither my memory nor my talent would be sufficient for such a task. This is the more modest story of that guy with a short bard, denim pants and black jacket who gazed like a boxer hardened on the boxing canvas. This is David’s story.

My friendship with David was different. It was different because it was marked by literature. In what I believe was our second meeting, we gathered at his place, a small apartment on Panorama avenue. When I came in, the first thing I noticed was: a stencil of Pablo Neruda’s silhouette with a fragment of one of his poems. On that afternoon, David made a deep impression in me. With remarkable confidence and presence, he spoke as if he was writing. Every sentence he uttered, it seemed he had pulled it out of a 70’s Latin American novel. But there was something more, something beyond that. Rhetoric ability is not that common, but it’s not that rare either. It was something in his demeanor, in the form that revealed the content, a certain air of challenge that did cast an unusual light on him. The guy who had seemed before like an IT technician, suddenly appeared as something far more interesting and far more tragic: a poet.

Soon thereafter, during dead times or whenever we needed to clear our heads and rest, David and I would smoke and talk at length about novels, short stories, writers, poets and poetry, about our literary ambitions. We also spoke about our childhoods, so dramatically different, his with his mother and brother, with difficulties in a chaotic Mexico City; mine, quiet and only slightly lonesome, in the suburbs of León. Childhoods, nonetheless, dramatically similar in other aspects because childhood is, almost always, the same geography of innocence and expectations. He always spoke exuberantly, with enviable metaphors that came to him as naturally as “like’s” and “so’s” and “ehhh’s” come to the rest of us. That’s how I remember him: threading literary imagery amidst scrolling smoke. I, on the other hand, have always been a terrible speaker. I stumble with words with the same noteworthy frequency as I stumble walking. I stammer and I mumble as I wait for a cutting simile, for a musical anaphora, for at least a random alliteration, but the sole things that arrive are platitudes.

Even so, in the writing field, he saw something in me. We exchanged publications. I gave him a short-story that was published by the Municipal Institute of Culture in 2011. He gave me a Punto de partida[3]number in which a wonderful chronicle about a Real de Catorce concert by him was published. I recall that, when I read it, I discovered, with a heavy heart, that David was being too nice with me, but he was in another league. I felt ashamed of my short story. A cocky kid showing off his circle of fifths to a gifted guitarist.

But the friendship kept growing. Because of the significant gap in age (9 years if I recall correctly) and because of the even more significant gap in experience, our friendship became more like the relationship between a younger brother and an older brother. That’s how I loved and admired him. As the older brother who is many, many steps ahead on the staircase, and who turns around constantly from his horizon, comes back stretching his hand and smiles as if saying: “What’s the matter? Don’t fall behind!”.

On June the 25th 2012, on my 20th birthday, the 132 group in León threw a party for me with cake, music and dancing. By the end of it, David gave me a book. It was a bulky novel with a bright-red cover, with the silhouettes of three slim men with hats in that cover, all slightly blurred on the edges, as if they were walking across the burning heat of the desert. The title was The Savage Detectives and it was written by Roberto Bolaño.


[1] On May 12, 2012, during his presidential election campaign, Enrique Peña Nieto visited the Iberoamericana University in Mexico City. He expected to find a compliant audience since the majority of students there come from affluent families. However, when the Q&A session came, a large group of students, who had researched in depth into the history of repression and human rights violations during Peña Nieto’s period as Estado de México’s government, put him in the corner. Peña Nieto and his team were booed out of stage and he was so diminished, he hid in a bathroom. Students recorded this and uploaded it in social media. The news, however, told another story. They said those were not students, but actors hired by the opposing party. As a reaction, 131 students from the University, edited a video showing their ID’s confirming them as students. This video became viral and it sprung a series of videos of more students around the country saying: “I am the student 132” in support. This became the largest student movement in Mexico since the student movement of 1968, which we all know, ended in a massacre.

[2] Unofrtunately, a large percentage of the population in Mexico does not know even the minimum of their rights to vote. Moreover, most of them only received political information from the two controlling TV networks which have historically been allied with the PRI (Revolutionary Institutional Party in English). In addition, the massive purchase and/or cooptation of votes is common practice. So, these fliers contained both the due process to vote, the rights and obligations of the voters, ways to protect their votes and information about the candidates and their promises extracted from diverse national and international media.

[3] Prestigious literary magazine edited by the National Autonomous University, UNAM, where the best short-stories, essays, chronicles, poems and literary translations by students of the university are published once a year.

Diario de un lector: de Los detectives salvajes a 2666, parte I

Ésta es la historia de la lectura de un libro. Es también la historia de la memoria de la lectura de otro libro. Y la historia de la vida alrededor de esa lectura. Y una historia de juventud y de amistad.

El viernes de la semana pasada, en el café de una librería céntrica en Tallin, terminé de leer 2666 de Roberto Bolaño. Mientras daba vuelta a las últimas páginas, sentí de pronto una fuerte tensión. La misma tensión que empieza a atenazar el cuerpo cuando uno está en una montaña rusa, subiendo a través del rechinar mecánico a sabiendas de que se acerca la caída final. Me levanté de mi asiento y me puse a dar vueltecitas como recluso alrededor de mi silla, sin importarme en lo más mínimo lo que los otros comensales pudiesen pensar de mí.

Una vez acabado me quedé callado. Muy callado. F, quien estaba en la misma mesa trabajando: “¿Y…? ¿Te gustó?”. La miré desorientado sin saber qué responder. Ella no tenía manera de saberlo, pero me parecía que esa pregunta no aplicaba para este libro. Es un libro masivo, una novela de 1119 páginas, un monstruo de muchas cabezas que, yo sentía, seguía teniendo sus garras sobre mí. Balbuceé un poco y sólo atiné a decir: “Siento como si acabara de correr un maratón y también como si me hubieran atropellado”.

Pero habrá que volver en el tiempo un poco.

Compré mi edición de 2666 en la Feria del libro de León en 2014. Durante meses lo tuve almacenado y sin abrirlo, como gran parte de los libros que compro, pero en ese caso, no por desidia o pérdida de interés – todos lo hemos vivido: estar en una librería y toparse con un título (o varios) y pensar que lo deseamos con un deseo impostergable y que ese deseo proviene de una necesidad íntima y urgente, sólo para llegar a casa y ponerlo en una mesa y luego irlo olvidando poco a poco – sino porque quería leerlo de verdad, leerlo en vilo, leerlo como poseso, leerlo como leía cuando era niño y, para ello, sabía que necesitaba tiempo. Finalmente, en diciembre de ese año, fui a la playa con amigos. Decidí llevarme el libro. Y así, mientras ellos actuaban como jóvenes sanos mental y físicamente jugando vóleybol playero, yo me sentaba en una tumbona y leía. Muy temprano por las mañanas, mientras ellos aún roncaban, yo me salía a sentarme en la playa a leer. Aun así, por supuesto, no acabé el libro. Estuve lejos de acabarlo. Acabé sólo el primer capítulo/libro, dedicado a cuatro críticos literarios jóvenes, amigos obsesionados con Benno von Archimboldi, un escritor esquivo a la Thomas Pynchon. Digamos que unos nuevos detectives salvajes, igual de jóvenes y de ansiosos, pero europeos y exquisitos. Una más o menos breve pesquisa de aliento épico que surca el viejo continente y acaba, increíblemente, en una ciudad al norte de México. Me dejó impresionado y satisfecho.

El problema es que las vacaciones fueron breves y los meses siguientes tumultuosos. Yo, recién salido del mundo universitario, estaba dándome de topes encontrando docenas de trabajitos que consumían buena parte de mi tiempo. La otra parte la dedicaba a tratar de avanzar en mi tesis. En este trajín, pronto olvidé el libro y una minúscula capa de polvo hizo palidecer su portada.

El tiempo pasó como suele hacerlo, inmisericorde y veloz, pero sobre todo invisible. Como una de esas personas que se van de una fiesta sin despedirse y cuya ausencia se nota mucho después cuando ya avanzada la noche alguien pregunta: ¿Oye, y fulano, a qué horas se fue? Así, sin darme cuenta ya era agosto de 2017, yo ya tenía 25 años y estaba empacando para venir a estudiar a Estonia.

Todos mis amigos cercanos me recomendaron traer unos tres libros, máximo. Un profesor y amigo me recomendó no traer ninguno y conseguir un Kindle. Todos sabían de antemano que no los escucharía. Traje catorce libros. Entre ellos traje dos de más de 1000 páginas. Uno de esos dos eran las Obras Completas de Borges, que es mi equivalente de la Biblia. El otro era 2666.

Uno o dos días antes de venir, escribí un post en Facebook despidiéndome de las personas a quienes no pude decir adiós. Cuando ya iba rumbo a Ciudad de México en autobús, recibí una llamada. El nombre del contacto me sacudió pues es alguien a quien llevaba dos años sin ver y al menos un par de meses sin escuchar. Antes de descolgar ya podía escuchar la voz diciendo dos palabras

¿García Madero?

Pero habrá que volver en el tiempo.

Era mayo de 2012, saliendo de la universidad, me encontré con un grupo pequeño de jóvenes con una manta en el suelo. No recuerdo todo el contenido de la manta y no logro recordar tampoco sus consignas, pero recuerdo que figuraba la cifra 132. Fue, y perdonen la cursilería, un golpe del destino. Por esos días, quizá tan sólo un par de días antes, yo había visto el video de los 131 estudiantes de la Ibero de México. Podría decirse que entonces yo era como un cerillo. Existía en mí la indignación, la materia necesaria para la combustión, pero sólo eso. Aquel video había sido la lija que propició la llama. Una llama contenida y diminuta, con deseos de encender algo que expandiera el fuego, sí, pero que, sin saber cómo, probablemente moriría como mueren todos los cerillos que se malgastan. Recuerdo sólo difusamente que estaba muy inquieto, muy ansioso por hacer algo, por iniciar algo, pero no tenía idea de qué. Entonces me encuentro con esos muchachos a la puerta de mi universidad. El más enardecido de ellos, con cabello largo y barba y el nombre de Abdiel, me entregó un papel con un lugar y una hora para reunirnos. Ese sería el comienzo de un incendio.

Esa tarde fui al Forum Cultural, al pequeñísimo anfiteatro que hay al centro de la explanada de las artes. Ahí nos juntamos, si acaso, unas diez personas y creo que exagero. Pero la falta de cuórum se compensaba con ánimo. Sobre todo el ánimo de Abdiel quien hablaba con la entrega de quien aún cree que las palabras pueden cambiar al mundo. Yo escuchaba, callado. Un poco tarde se nos unió alguien más, un tipo con barba corta, lentes, pantalón de mezclilla y chamarra y mochila negra. No sé porqué me pareció un técnico en computación. Quizá por la mochila y los lentes. Se le veía muy serio, pero entonces yo no entendí que más que seriedad eso era decisión. En algún punto, Abdiel dictaminó que teníamos que organizarnos y repartirnos responsabilidades. Como suele suceder, al minuto que aquello dejó de ser ilusión y empezó a proyectarse la sombra del compromiso, nacieron las miradas nerviosas que ya delataban a quiénes se saldrían del grupo antes de que estuviera formado. Preguntaron si alguien era bueno para escribir. Yo alcé la mano algo temeroso. El tipo de negro la alzó con seguridad, notando a la vez mi mano alzada y lanzándome una mirada que yo no supe descifrar. Ahí mismo, y cual maestro de escuela, Abdiel nos dijo que trabajáramos en equipos. Nuestro equipo de escritores (he olvidado si había alguien más) tenía la tarea de escribir un comunicado sobre la primera reunión del 132 en León y la formación oficial, digamos, de una célula leonesa. He olvidado por completo el contenido de nuestra primera colaboración, pero sí recuerdo que, ante algunas de mis sugerencias, el tipo de negro, que a estas alturas ya se había presentado como David, me lanzaba miradas cuyo significado comenzaba a esclarecerse. Eran las miradas de un boxeador experimentado que de pronto distingue algunos golpes aislados de un novato y se dice a sí mismo: “Ahí hay algo”.

Fue el inicio del periodo más intenso y convulso de mi vida. Pero al contrario de lo que suele decirse de los periodos así, no quedó grabado indeleble en mi memoria. Más bien parece como un sueño distante del que me quedan jirones desordenados. Todo se sucedió como una avalancha. El periodo de organización duró un instante y al siguiente ya estábamos gestionando una jornada cultural en la Casa de la Cultura Diego Rivera cuyo contenido se me encargó a mí. Yo acepté ese encargo como Forest Gump parecía aceptar las enormes responsabilidades en su vida: sin tener la menor idea de qué estaba pasando. Comenzamos a juntarnos prácticamente a diario. Lentamente empezaron a definirse tanto los miembros estables del grupo como los sitios para las reuniones. Estos sitios fueron: El Kino Bar, en ese entonces en la calle 5 de febrero, en ocasiones un bar de reggae y ska a un lado del Kino Bar (el cual cerraron poco después), la casa de David y a partir de cierto momento, mi casa, que al final sería prácticamente el cuartel oficial del 132 en León.

Las juntas y reuniones solían alargarse hasta altas horas de la noche. Todos estudiábamos o trabajábamos, pero mediante una alquimia muy a la “yo vengo entregar mi corazón”, hacíamos del cansancio un aliciente para seguir. Andábamos a ritmos forzados con ánimo inquebrantable. Sentíamos que lo que hacíamos era importante. Que éramos una parte pequeña de un cambio a gran escala. Organizamos marchas, imprimimos y repartimos volantes con datos relevantes para el electorado, pusimos tendederos informativos, dimos charlas en universidades, hicimos talleres para niños, nos comunicábamos con otras células del estado y también del país.

En ese tiempo excesivo, por supuesto, nos hicimos amigos. Muchas de las personas más entregadas, más valientes, más genuinas y, también, más extrañas que he conocido estuvieron en ese grupo. Hasta la fecha siguen siendo amigos entrañables que, a pesar del tiempo y la distancia, acuden al primer llamado si se les necesita.

Pero de ello podría escribirse un libro que ni mi memoria ni mi talento alcanzarían a esbozar. Esta historia es la de ese joven de barba corta, de pantalón de mezclilla y chamarra negra que lanzaba miradas de boxeador curtido en batalla. Es la historia de David.

Mi amistad con David fue distinta. Fue distinta porque estuvo signada por la literatura. En la que creo fue la segunda reunión tras aquella en el Forum Cultural, nos juntamos en su casa, un pequeño departamento en avenida Panorama. Al entrar lo primero que noté fue, en la pared blanca, un esténcil de la silueta de Pablo Neruda y un fragmento de un poema. Aquella tarde me causó una honda impresión. Con un seguridad y presencia notables, David iba hablando al vuelo como si escribiera. Cada frase suya parecía sacada de una novela combativa y muy latinoamericana. Pero había algo más allá, por debajo de todo aquello. La habilidad retórica no la tienen todos, pero tampoco es escasa. Era en cambio algo en su personalidad misma, algo en la forma que revelaba el fondo, una especie de desafío, de arrojo que sí hacía de aquello algo muy poco frecuente. El que antes parecía técnico en computación, se reveló de golpe como algo más interesante y más trágico: un poeta.

Pronto, en los tiempos muertos o en los ratos en que necesitábamos despejarnos y descansar, David y yo fumábamos y platicábamos largos ratos sobre novelas y cuentos, sobre escritores, sobre poesía y poetas, sobre nuestras ambiciones literarias. También sobre nuestras respectivas infancias tan dramáticamente distintas, la suya con su madre y su hermano, con dificultades, en una Ciudad de México caótica; la mía tranquila y levemente solitaria, en las afueras de León. Infancias, asimismo, tan dramáticamente parecidas en otros aspectos pues la infancia es casi siempre el mismo terruño interno de inocencia e ilusión. Él hablaba siempre con exuberancia, con metáforas envidiables que le venían tan naturales como a otros nos vienen las muletillas. Así lo recuerdo siempre, hilando imágenes literarias entre volutas de humo. Yo, en cambio, siempre he sido muy malo para hablar. Me tropiezo con mis palabras con la misma acentuada facilidad con la que me tropiezo caminando. Balbuceo y tartamudeo mientras espero que llegue un símil acertado, una anáfora musical, al menos una aliteración fortuita, pero todo lo que llega son lugares comunes.

Sin embargo, en el terreno de la escritura él veía en mí algo que valía la pena. Intercambiamos publicaciones. Yo un cuento que me publicó el Instituto de Cultura en 2011. Él un número de Punto de Partida en el que publicaron una magnífica crónica suya sobre un concierto de Real de Catorce. Recuerdo que al leerlo descubrí con pesadumbre que él era demasiado amable conmigo, pero estaba en otra liga y sentí vergüenza de darle mi cuento. Un chiquillo presumiendo que ya se sabe el círculo de sol a un dotado guitarrista.

Pero la amistad creció y se hizo más estrecha. Por la marcada diferencia de edad (9 años si bien recuerdo) y por la aún más marcada diferencia en experiencia, nuestra relación se tornó naturalmente en la de un hermano mayor y un hermano menor. Así lo quería y lo admiraba yo. Como al hermano que va muchos escalones arriba y que aún así voltea constantemente desde su horizonte, emprende la vuelta, extiende la mano para ofrecerla y sonríe como diciendo: “¿Qué pasa? No te quedes atrás”.

El 25 de junio del 2012, mi cumpleaños número 20, el grupo del 132 León me celebró con pastel, música y baile. Al final, David me regaló un libro. Una novela voluminosa, de portada rojo brillante, con tres siluetas de hombres delgados con sombrero en la portada, un poco desdibujados, como si caminaran en el aire ardiente del desierto. Se llamaba Los detectives salvajes y estaba escrita por Roberto Bolaño.

Postales de Nueva York (la despedida): Donde nuestro héroe conoció Manhattan en un día

Capítulo primero. Él adoraba Nueva York. La idolatraba de un modo desproporcionado… no, no, mejor así… Él la romantizaba desmesuradamente… eso es… para él, sin importar la época del año, aquella seguía siendo una ciudad en blanco y negro que latía a los acordes de las melodías de George Gershwin… eh, no, volvamos a empezar…

Así inicia Manhattan, la película de Woody Allen. Para mí la mejor de su muy amplia y desigual filmografía, incluso por sobre Annie Hall, pues, a diferencia de ésta última, aquí Allen se permite ser honesto y vulnerable, sin la máscara (siempre genial, pero máscara al fin) de la ironía y el cinismo. Es una carta de amor a la ciudad, la más bella carta de amor que se le ha dedicado en cine a una ciudad que es, hasta la fecha, la más filmada del mundo. En la introducción, Allen y David Lean (el director de fotografía) nos muestran una serie de planos fijos de la ciudad en blanco y negro. Planos que podrían ser fotografías de la revista Life o de Look. Y sobre ellos escuchamos Rapsodia en azul de Gershwin y la voz de Isaac (Allen) titubeando una y otra vez sobre el inicio de una novela que está escribiendo. Duda (naturalmente, ¿quién no busca las mejores palabras al escribir una carta de amor?) y se corrige sin cesar. A veces por ser muy cursi y otras por ser muy pesimista.

¿Por qué te cuento esto, lector? Porque yo ahora dudo, y he dudado por días y días cómo he de contar éste, mi único día en Manhattan. Y es que, en esta jornada en particular, la protagonista fue la ciudad y no las anécdotas. Una ciudad abrumadora, cuyo corazón múltiple late a 300 kilómetros por hora día y noche, compuesta de millones de personas de todos lados. Una especie de urbe mundial donde todo se reúne y se concentra. Una ciudad que imaginamos en el blanco y negro y las notas sucias de jazz callejero del cine noir, o en las tonalidades nostálgicas de las fotos de los 20, o en los relatos amenazantes de las mafias y los policías corruptos y los traficantes y los taxistas paranoicos, o en las historias conmovedoras de artistas y soñadores que lo dejan todo por triunfar o morir en la Gran Manzana. ¿Qué puedo ofrecerte yo, lector, que no te hayan ofrecido ya y de manera mucho más grandiosa?

Las grandes ciudades son, como las grandes obras de la literatura, ellas mismas más todas sus interpretaciones. Es decir, cuando uno lee a Shakespeare, es imposible leerlo como nuevo, se está leyendo a Shakespeare y a todo lo que se ha dicho, juzgado, elogiado y denostado de él. Así con ciudades como Manhattan o París, al conocerlas se tienen en mente las películas, libros y canciones que hablan de ellas o las tienen como escenario. Y, a pesar de ello, las ciudades (y los libros) aún pueden deslumbrarnos como un descubrimiento y es que, cuando son nuestros ojos, nuestro olfato, nuestra piel, nuestro oído; cuando son nuestro corazón y nuestra mente los que son atravesados por la flecha fatal de lo magnífico, ya es nuestra experiencia y la de nadie más. Y, justo como leer un gran libro, al terminar ya somos otros.

El puente de Brooklyn

El martes 27 de junio llegué al departamento de V., después del accidente con el metro, algo tarde. V. me ofreció un café en una taza que decía: I am enough. Me gustó. En este mundo polarizado en el que pareciera que, o tienes baja autoestima o eres pedante, el lema I am enough se me antojó un término medio saludable.

Kristin y yo partimos raudos, pues había que recorrer prácticamente toda la isla, de sur a norte en un día. Nuestra primera parada sería el puente de Brooklyn. Tomamos la línea 6 del metro y bajamos a un costado del City Hall. El día era soleado, pero no hacía mucho calor. Era el día perfecto para pasear. Yo traía mis lentes Ray Ban falsos de 100 pesos puestos y una especie de colita en el cabello y me sabía ridículo, pero me importaba poco. Nos unimos al río de turistas que avanzaban hacia el puente y de pronto me descubrí cantando New York, New New York y me sentí un cliché tan obsceno que me ruboricé.

El puente de Brooklyn, que constantemente aparece asediado por extraterrestres, mutantes, simios inteligentes y cataclismos; en la vida real sólo está asediado por turistas. Un flujo ininterrumpido de turistas que, en una coreografía peligrosa y espontánea, logran no chocar a pesar de que van en dos direcciones, con apenas una línea blanca en el suelo separando las corrientes opuestas, avanzando a muy distintas velocidades y con el reto agregado de que hay quienes van en bici, en patineta o en patines. A la distancia se veían interminables los selfie sticks, sobresaliendo de la multitud como lanzas en un batallón, en la extraña guerra de nuestra era por capturarlo todo.

Podrás pensar después de todo esto, lector, que soy uno de esos viajeros que, ejecutando el arte de escupir para arriba, odia a los turistas. Y la verdad sí. Tengo que admitirlo. ¿Quién que adora viajar no siente una especie de decepción al llegar a los sitios que le fueron prometidos en las postales, sólo para encontrarse con que, no están vacíos y dispuestos para él y sólo él (o ella, lector, o ella, perdona mi lenguaje no incluyente), sino atiborrados de gentuza que arruina nuestras fotos y ser únicos y especiales? ¿Y quién no ha sentido esa leve brisa de superioridad que surca el corazón al encontrarse en un sitio bellísimo que está solo? Incluso es frecuente que preguntemos por “los lugares auténticos”, a donde no van los turistas, como si nosotros fuéramos miembros fundadores de la ciudad y nos ofendiera la presencia de extraños en nuestros íconos… En fin. Sí, sí soy de este tipo de snobs, la verdad, pero en NY nunca me molestó. En parte porque estaba profundamente consciente de que sólo me faltaba una playera de I (corazón) NY para ser más evidentemente turista y en parte porque es una ciudad que requiere de la perpetua ebullición de personas por doquier. Es decir, los turistas ya son parte de la atracción turística.

Cruzamos el puente lentamente de ida y vuelta, fascinados por la forma en que los cables de suspensión y las estructuras de metal recortaban la vista de la ciudad en distintas porciones geométricas. Y después regresamos a tierra y nos dirigimos al distrito financiero, no sin antes encontrarnos con un rapero de calle que nos “regaló” su disco autografiado por 9 dólares.

Wall Street: Donde nuestro héroe probó por vez primera la comida india

Nos encaminamos a Wall Street, lugar donde los edificios empezaron a levantarse cada vez más altos. Llegamos a una pequeña plaza donde había muchos carros de comida, la mayoría de comida asiática: India, tailandesa y china. Yo ya tenía hambre (yo siempre tengo hambre, lector) y decidimos que era hora de parar a comer. Nunca había probado la comida india y Kristin me la recomendó ampliamente así que nos formamos en la fila del carro indio que tenía más éxito. Pedí un arroz extraño con pollo y unas somosas (triángulos de masa frita rellenos de carne y verduras; básicamente gorditas indias). Todo iba bien al pedir, pero luego el cocinero/cajero me preguntó algo y yo no entendí nada, así que instintivamente dije sí. Luego preguntó otra cosa, que tampoco entendí, y dije sí. Y una vez más: . Aparentemente accedí a que bañara mi comida en todas las salsas disponibles, pues terminé con un arroz caldudo y tricolor. Kristin tuvo un problema similar: aceptó salsa “de la que pica” y terminó tan enchilada que tuvo que darme su comida (y yo me sacrifiqué y comí doble, claro).

Seguimos nuestro camino y encontramos el famoso toro de Wall Street y a la ahora famosa niña que lo encara. Dudamos si cruzar la calle para acercarnos a ellos, pero estaban rodeados por decenas de turistas con selfie sticks, casi todos asiáticos. En todo el mundo es así, le dije a Kristin. En todas las estatuas, museos, etc. ves asiáticos tomando fotos frenéticamente. Kristin se rio y el hombre que estaba frente a nosotros volteó con un rostro muy severo: era asiático.

Central Park

Finalmente tomamos el metro de nuevo para subir hasta Central Park y nos bajamos en la calle 59, justo donde comienza el parque.

Central Park es muy probablemente, con más de 37 millones de visitantes al año, el parque más visitado del mundo. Es un oasis en ese océano de rascacielos y así fue pensado desde un inicio pues, entre 1821 y 1855 la población de NY se cuadruplicó y mientras la ciudad crecía con esteroides, los espacios abiertos se volvían cada vez más raquíticos. Los neoyorkinos, desesperados por alejarse de la vida en la ciudad, iban a los cementerios (hablemos de metáforas sobra la decadencia del crecimiento urbano). Para 1853, las autoridades de Nueva York destinaron 2.8 kilómetros cuadrados para ser preservados como bosque. Si te lo estás preguntando, lector, sí, todo eso lo saqué de Wikipedia (y también descubrí ahí que el parque tiene una población de 18 personas, vagabundos, 12 hombres y 6 mujeres).

Kristin y yo entramos al parque, un lugar inmenso, tapizado de una enorme gama de verdes, con árboles muy altos sobre los cuales se alzan todavía los edificios, nunca dispuestos a dejarte olvidar que son los amos y señores de la ciudad. Paseamos con calma, mirando a las ardillas y niños que retozaban, a los corredores y ciclistas, y a los que se acostaban en el pasto a leer.

En el mismo parque, a la altura de la calle 72, nos encontramos con el círculo Imagine, en el suelo. John Lennon vivió sus últimos años en el edificio de departamentos Dakota, situado a esa altura del parque. Lennon solía pasear en la zona del parque más cercana a su casa, la cual, decía, era su preferida. Ahí, Yoko Ono esparció las cenizas de Lennon. Cinco años después de la muerte del ex Beatle, Ono organizó una ceremonia en su honor en ese espacio del parque que fue rebautizado: Strawberry Fields. A la ceremonia asistieron muchos diplomáticos de distintos países y casi todos llevaban regalos: La URSS envió abedules; Canadá, arces; Holanda, narcisos; y la princesa de Mónaco, conejos hembras. Nápoles envió un círculo de mosaico en cuyo centro se leía: Imagine. Este círculo se ha convertido en uno de los íconos del parque y yo estaba emocionado por verlo, pero una vez ahí, a decir verdad, me sentí bastante decepcionado. Me habían dicho que alrededor se reunían personas a cantar canciones de Lennon o de The Beatles, y era cierto, pero sólo me tocó escuchar a dos señores cantando (a destiempo y muy desentonados) Hey Jude, canción escrita y arreglada enteramente por Paul McCartney. El resto de los turistas sólo se formaban a tomarse fotos y luego se iban. Todo aquello no podía ser menos ad hoc a John Lennon. Nos fuimos.

Continuamos paseando por la vera del lago artificial llamado con singular ingenio: The Lake. Cruzamos el Bow Bridge y nos demoramos ahí un rato, mirando los botecitos verdes de remos en donde parejas y amigos remaban, con el bosque de fondo y, encima, el icónico edificio art decó, Eldorado, con sus dos torres. Pasaba ya de las seis de la tarde y la luz caía suavemente sobre el agua, como si estuviese cansada.

Finalmente nos sentamos en una de las bancas alrededor de la fuente de Bethesda y le compramos aguas heladas a un hombre en bicicleta que hacía su agosto (en junio) vendiendo botellas de agua que mantenía frías en bolsas de plástico con hielos.

Nos enfilamos hacia la salida, no sin antes encontrarnos con el reglamentario saxofonista (el cual estaba tocando una rola famosa de los Beegees, irreconocible hasta casi al final, cuando sí le atinó a las notas correctas) y a la también infaltable bandita de jazz.

Dejamos atrás ese rectángulo natural encajado en el corazón de la ciudad por antonomasia y pasamos el umbral para devolvernos al asfalto y a donde nos esperaba la avenida más conocida del mundo (quizás sólo igualada por Champs Elysées y por el López Mateos): La 5ta avenida.

La Quinta Avenida

Manhattan, lector, es una ciudad en la que hay que elegir entre la tortícolis y el vértigo: es decir, o ves hacia arriba estando en la calle, lo cual requiere una torcedura de cuello; o ves hacia abajo desde algún elevado piso de rascacielos, lo cual siempre invita al salto que ponga el punto final a esta novela de sinsentidos que llamamos vida moderna. A mí me tocó solamente el lado de la tortícolis, pero el castigo soportado por el cuello valía la pena.

La 5ta avenida es, hay que decirlo, un carnaval de lo superfluo y también, una especie de alegoría de los males del mundo. En hilera se suceden, una tras otra y sin descanso, las tiendas de diseñador más costosas del orbe, conviviendo con iglesias de distintas denominaciones, como la Catedral de St. Paul. Tan sólo en la tercera cuadra partiendo desde Central Park, Kristin y yo vimos la Trump Tower y, enfrente, la tienda de joyería Cartier que anunciaba en un escaparate un conjunto inspirado, supuestamente, en la obra de Julio Verne. Esa visión me causó una tristeza profunda. La obra de Julio Verne, brutalmente malinterpretada para vender un collar con montones de diamantes, en un mundo donde cientos de millones de personas no tienen para comer y otros tantos millones son analfabetas y no pueden ni gozar de la obra de Verne. Mujeres con narices perfectas y maquillajes de cientos de dólares se pasean con bolsas de decenas de miles de dólares y zapatos de miles de dólares; y hombres con trajes de miles de dólares y cortes de cabello de cientos de dólares miran sus relojes de decenas de miles de dólares; y a los costados de las calles algunos vagabundos piden centavos.

Sin embargo, no todo es este frío contraste del mundo consumista y capitalista, también existe el fenómeno excepcional de la globalización, que en cada cuadra de Manhattan se vive en su máxima expresión. En un recorrido de treinta metros se escuchan montones de idiomas y se ve a hombres con turbantes y mujeres con burkas, a rabinos ortodoxos con su estricto uniforme de traje y sombrero negro, a personas con el tercer ojo hinduista en la frente. A latinos, negros y caucásicos de todas las latitudes posibles. Es como una especie de villa universal, un arca de Noé del nuevo siglo, reuniendo todos los códigos genéticos en espera del siguiente diluvio.

Y, por si no ha quedado claro, por encima, La Ciudad, su majestad, con sus decenas de mega edificios como puntas en una corona interminable. Cada rascacielos más alto que el anterior, más suntuoso que el anterior, más vertiginoso que el anterior… todo llenando los ojos en un ataque incesante de megalomanía.

El incidente en el Rainbow Room

Siguiendo por la 5ta avenida, nos desviamos un poco en dos ocasiones, una para conocer la Biblioteca Pública (una chulada de biblioteca) y otra para visitar Grand Central.

Grand Central es uno de los sitios más poéticos de NY. No sólo por su inestimable carga referencial: fotos, películas, libros… sino también por su magnetismo estético y narrativo: una suma de su belleza arquitectónica con, sobre todo, su carácter de epicentro efímero de destinos. Kristin y yo entramos y subimos las escaleras para contemplar el enorme vestíbulo. Por las altas ventanas entraba la luz en torrentes precisos, cortando la oscuridad como certeras navajas de sol, iluminando las figuras oscuras que se mueven en tropel y en todas direcciones abajo, orbitando el icónico reloj de cuatro caras. Caminos cruzados durante un instante, azarosamente, bajo la bóveda de la central que reproduce las constelaciones.

Estuvimos ahí un rato, sólo mirando (eso debes aprender, lector, a veces sólo hay que detenerse a mirar), y luego decidimos que era hora de ir al Rainbow Room en el edificio Rockefeller.

Verás, lector, al ir a NY, habrá personas (generalmente guías turísticos con ligas oscuras e impías con alguna mafia turística) que te recomendarán pagar un montón de dinero por formarte horas y subirte al Empire State. Otros (igualmente coludidos con el mal) que te dirán que subas al mirador del edificio Rockefeller, algo también muy tardado y costoso. Pero están aquellos que, como uno, viajan con un módico presupuesto, y buscan tu bien. Ellos te recomendarán subir al restaurante llamado Rainbow Room, también en el Rockefeller, pero apenas un nivel debajo del mirador. Por una cantidad de dinero ligeramente menor, podrás ver Manhattan en todo su esplendor y además tomar un trago en una mesa. Yo le había pedido a Kristin que me permitiera invitarle algo en NY como agradecimiento por todo lo que había hecho por mí, así que pensé que invitarle un cóctel ahí sería buena idea. Pero, estando en Grand Central, Kristin (quien posee eso que llamamos erróneamente sentido común), evaluando nuestra vestimenta (precaria, lector, precaria) se preguntó si cumpliríamos con las normas de etiqueta. Llamó a su hermano, Rolf, para consultar con él y Rolf le dijo: Entren ahí con sus tenis baratos y su frente muy en alto y pidan una cerveza. Así que fuimos.

Llegamos al edificio Rockefeller (aquel que en navidad siempre aparece con un enorme árbol y una pista de hielo), entramos y buscamos cómo llegar al Rainbow Room, sin éxito. Le preguntamos a un empleado que, amablemente, nos dijo que siguiéramos los enormes letreros brillantes que decían Rainbow Room y que indicaban el camino.

Al llegar, tuvimos que hacer fila y, mientras esperábamos, Kristin me dijo que dejara mi mochila en el guardarropas. Me acerqué a la joven que atendía ahí y le pregunté si debía dejar mi mochila. Ella me miró de reojo mientras acomodaba un abrigo en una percha y dijo: Ellos apreciarían que la dejaras. (¿Quiénes eran ellos? ¿La familia Rockefeller? ¿Los illuminati? ¿Los reptilianos?). Accedí y estaba por entregarle la maleta cuando por fin reparó en mí y en mi aspecto. Me miró de abajo a arriba: las botas manchadas y viejas, el pantalón de mezclilla de la Línea de Fuego, la playera verde con manchas de sudor y un hoyito cerca del hombro, el rostro deformado por el cansancio, el cabello grasoso apelmasado de sudor y luego sentenció, de la manera más amable posible: Creo que no lo dejarán entrar sin camisa de cuello doblado, señor. Recordé un capítulo de Los Simpson en que Homero encuentra un restaurante francés muy elegante y, al acercarse, el jefe de meseros le dice: Por favor aléjese de aquí sin hacer mucho escándalo.

Salimos de ahí, derrotados una vez más por mi falta de estilo, y continuamos nuestro camino hacia Times Square.

Times Square

Antes de llegar a Times Square pasamos por una tienda (de entre cientos) de souvenirs baratos y de mal gusto, atendida por indios (alguna curiosa mega red ultrapoderosa de indios y chinos expatriados debe existir, lector, la cual controla todas las tiendas de baratijas y recuerditos horribles alrededor del mundo). Fue difícil elegir entre tantos calzones y tangas, cojines felpudos, monigotes cabezones y esferas de nieve con temáticas de la gran manzan; pero finalmente me decidí por un oso de peluche disfrazado de la Estatua de la Libertad, un imán para el refri y una corbata turbo espantosa para mi hermano. Kristin llevó dos corbatas de la misma cepa para su esposo y para uno de sus hijos.

La corbata que le compré a mi hermano

Salimos hacia Times Square, otro sitio reclamado por turistas, que, a pesar de ser cliché, es espectacular. Ya estaba anocheciendo y parecía mediodía debajo del fulgor de las decenas de megapantallas que asaltan a la vista como vendedores infatigables de un millón de lúmenes, promocionando series, películas, obras de teatro, celulares, internet de paga, maquillaje y un largo etcétera. En ese momento pensé, a pesar de estar fascinado, que en verdad el mundo está loco y que, quizás, Manhattan es la isla donde silenciosamente se acordó instalar el manicomio global.

La cena más costosa y a la vez más barata

Una vez que desperté del trance lumínico de Times Square, Kristin y yo emprendimos el largo regreso al departamento de V., pasando por el famoso edificio Flatiron (el edificio planito), y por parques y calles que desconozco, pero que también merecerían el estrellato.

El sol, al fin, se rendía ante el peso del cielo y lentamente se acercaba al horizonte, pintando las calles de oro y cobre, reflejando su fulgor último en las miles de ventanas de Nueva York.

Ya que el Rainbow Room había sido un fracaso, yo aún le debía a Kristin una cena, de forma que poco antes de llegar con V. y habiendo encontrado un restaurante apetecible, le dije que me dejara invitarla a cenar ahí. Yo, ilusamente, pensé que estando lejos del centro de Manhattan, el precio sería accesible, no obstante, una vez que entramos, me di cuenta de mi error.

Luz de velas iluminaba el interior enteramente revestido de roble (o alguna madera cara, pues). Los meseros estaban todos vestidos de elegantes pingüinos y en su rostro se adivinaba que recibían propinas superiores a mi quincena. Una amable señora nos dirigió a nuestra mesa y yo me sentí agradecido simplemente de que no me corrieran de nuevo. En la mesa a un lado de nosotros, un grupo de amigas cuyos abrigos probablemente costaban más que mi casa, cuchicheaban los chismes de la semana, mientras yo me infartaba viendo el precio de los platillos.

Kristin, con su candidez habitual, me dijo: Creo que podríamos pedir una entrada para compartir, porque todos los platos son muy caros. Sentí una punzada de vergüenza. Todo ese viaje había sido posible gracias a ella, y ahora estaba preocupada por el costo de lo único que yo iba a invitarle. Hice de cartera corazón y le dije que pidiera lo que quisiera.

Así lo hicimos. Ella pidió una pasta (no recuerdo de qué tipo) y yo unos ravioles. Cuando la mesera se disponía a contarnos los vinos que iban mejor con esas pastas, la interrumpimos y pedimos cerveza, como queriendo decir: Amiga, ¿no ves nuestro atuendo? Con suerte y vamos a poder pagar.

La cena estuvo deliciosa, aunque algo pequeña para mi siempre ambicioso estómago, así que me llené de los panecitos con mantequilla que nos trajeron para acompañar. Mientras cenábamos, Kristin y yo hablamos de la ciudad, del paseo, del viaje en general (pues sabíamos que estábamos en el umbral del fin) y yo, silenciosamente, me puse a pensar en la suerte que tengo por haber conocido a esa mujer que tiene la bondad de Cristo, Buda y Santa Clos juntos. Una mujer que podría ella sola llenar una lista de BuzzFeed de los 25 gestos más generosos del mundo. La conocí hace cinco años y medio y, aunque tan sólo nos hemos visto en persona cuatro veces, aunque no es mi familia, me ha ayudado como nadie. Y cuando le pregunté una vez por qué hacía todo eso por mí, me respondió que así era la vida, que a veces estábamos en el lugar y momento correctos para ayudar a otros y que luego me llegaría ese momento a mí. Cuando le dije que qué podría hacer para pagarle, me pidió que ganara el premio Nobel de literatura y que la incluyera en mi discurso de aceptación, pero que fuera pronto para que tuviera aún edad para viajar a Estocolmo y asistir a la premiación.

Hay una canción de Ben Howard llamada Waiting on an Angel, donde dice: “So be kind to a stranger, cuz’ you never know, it might just be an angel knocking at your door”. Hace cinco años y medio, en una fila para una conferencia en San Miguel, una mujer me preguntó cuáles eran mis novelas latinoamericanas favoritas. Era una completa extraña, pero no sólo le contesté, sino que quise acompañarla y guiarla por la ciudad en los días siguientes. Resultó ser un ángel.

La cena costó 76 dólares y fue la cena más cara de mi vida, pero si me preguntas, lector, si hubiera costado 760 habría sido una ganga, pues cómo agradecer tanta bondad, cómo poner un valor a ese inmenso deseo de ayudar.

Washington Park y el final

Al salir del restaurante nos dirigimos a Washington Park. Ahí, Kristin llamó a su familia y yo di una vuelta por el parque. Ya eran cerca de las diez de la noche.

Hubo un breve y extraño episodio en que, un hombre pequeñito y una mujer robusta (por no decir gorda, pero sí era gorda) se enfrascaron en una ruidosa pelea que mantuvo a todos los presentes en el parque en vilo. La mujer le gritaba (el hombre estaba muy lejos de ella): You’re a pussy! y el hombre sólo hacía gestos con los brazos. Luego, la mujer empezó a hacer la finta de que arremetía contra él y el hombrecito, al ver eso, saltaba hacia atrás apabullado (no era para menos, la mujer al menos duplicaba su tamaño). Siguieron así un rato hasta que la mujer se hartó y comenzó a corretearlo, en algo tan ridículo como una especie de Tom y Jerry de maniáticos citadinos. Finalmente fue claro que la mujer era la mandamás, pues el hombrecillo sólo huía de ella, y entonces la extraña señora comenzó a acercarse a la gente y a gritar: Yes, he is the little pussy of the park. Luego, ambos, de nuevo como curiosos personajes en una novela de Roberto Bolaño, desaparecieron en la noche.

Me senté a la orilla de la fuente central de Washington Park y pensé que había tenido la experiencia completa en NY: había estado en un apartamento suntuoso en NoHo y también en un cuarto en Brooklyn, me había perdido en el metro, había paseado por Central Park y por la 5ta avenida, había visitado el Puente de Brooklyn y Times Square, había comido en un restaurante carísimo y también en un puestito callejero. Y, ahora, justo al final, había presenciado la pelea de dos psicópatas neoyorkinos en un parque.

Sentado ahí, pensé en todo. En ese viaje fantástico que no esperaba. En esa ciudad mítica que siempre soñé y que ahora había conocido y que parecía un sueño más profundo y más inalcanzable.

Y vuelvo a preguntarte, lector. ¿Cómo contarte todo esto? ¿Cómo describirte la ciudad? Pero, sobre todo, ¿Cómo describirte mi paisaje interior? Una cosa es nombrar a la rosa, pero otra enteramente es sentir su aroma. ¿Si te describo las calles, el océano de rostros diversos, la cascada inacabable de voces, la orquesta del caos, el aroma a asfalto, el pulmón de Central Park…? ¿Si te cuento de las ratas que merodean los rieles del metro, de los vagabundos que leen el braille del asfalto, del color del césped bajo la luz de junio, de los cristales de agua en el lago, de la luz rota y quemante del ocaso en los cristales de los edificios…? ¿Si te cuento Nueva York, cómo puedo presentar ante ti mi alegría? ¿Cómo puedo hacerte sentir esa felicidad, lector? No puedo y esa es mi derrota final. Pero fui feliz. Ese día fui tan feliz.

Borges decía: “A mí me ha sucedido a veces caminar por una calle, doblar en una esquina y sentirme misteriosamente feliz; y no me he preguntado por qué, pues sé que si pregunto, encuentro demasiadas razones para ser el hombre más desdichado del mundo; de suerte que no me conviene hacer esas inquisiciones. Uno debe aceptar esas rachas de misteriosa felicidad y agradecerlas, de igual modo que uno debe aceptar siempre la dicha, la amistad, el amor, aunque sea indigno de ellos”.

Soy indigno, lector, de esa felicidad. Quizás por eso no sé contarla. Pero imagina que me acompañas. Imagina que por última vez en este viaje me acompañas, que te sientas a mi lado en la fuente y miras, por debajo del arco en honor a Washington, en la noche clara de Manhattan, el Empire State. Y que eso, lector, eso es la felicidad que quise compartirte. E imagina, como Isaac en la película de Woody Allen con la que comenzamos, que por hoy ésta fue nuestra ciudad y que siempre lo será.