Ante la pandemia: pensamiento hipertrofiado y déficit emocional

Infelices calculadores de las desgracias humanas,
no me consuelen, exasperan mis penas;
y en ustedes sólo veo el impotente esfuerzo
de un orgullo desgraciado que simula contentamiento.

Voltaire,
Poema sobre el desastre de Lisboa
o examen de este axioma: todo está bien

Desde antes de que la pandemia tuviera al mundo entero hecho un ovillo, ya habían surgido voces en medios y redes anunciando que este momento extraordinario nos obligaba a hacer una pausa y reflexionar sobre qué hemos hecho mal como sociedad y qué cambios estamos llamados a hacer; cuál es el futuro común que deseamos construir. Pero ante este imperativo de reflexión, quiero oponer una serie de preguntas.

No cabe duda que hay mucho que esta crisis puede enseñarnos. Como un sismo, la pandemia ha revelado las fallas estructurales del edificio humano global; porque si bien esto es una catástrofe natural y los economistas se empeñan en recordarlo subrayando que aquí no hay culpables sino víctimas, hay varias formas claras en que el capitalismo global ha agravado la situación. Durante décadas, políticas financieras neoliberales impuestas en todas partes han presionado y obtenido la reducción del gasto público en muchas áreas, entre ellas la salud, decimando la capacidad de respuesta sanitaria en todo el mundo. Juan Álvarez escribía hace poco sobre cómo la destrucción de hábitats naturales está directamente relacionada con nuestra creciente exposición a patógenos de otras especies. Y la brecha económica que aumenta año con año, tanto a nivel internacional como intranacional, está siendo y será trágicamente decisiva en cómo el Covid-19 afecta a las poblaciones. La pandemia nos ha dejado ver el otro lado del bordado de la globalización: un mundo hiperconectado e hiperfracturado a la vez.

Pero el punto es: ¿cómo pensar en todo esto? Y ¿con qué cara exigir a la población que se dedique a este tipo de inquisiciones? Porque antes de filosofar haríamos bien en preguntarnos:¿hay algo en este tumulto de hechos, información, desinformación, miedo colectivo que sea favorable para la reflexión?

Las voces de docenas de filósofos, sociólogos, politólogos, periodistas y un largo etcétera que alcanza al veterano twittero y el tío de WhatsApp parecerían confirmar que sí, sí que hay espacio para la reflexión. Tanto espacio, de hecho, que esto ya se asemeja a un gran mercado de opiniones sesudas en el que uno puede encontrar la que mejor le vaya al caldo que se cocina en la olla de presión de nuestras cabezas. Están los que opinan que esto es el fin del capitalismo y los que opinan que, al contrario, el capitalismo regresará fortalecido. Están los que identifican un forzado retorno a la confianza en las democracias y los que observan, en cambio, un recrudecimiento del autoritarismo. Los que auguran un mañana brillante para la ciudadanía empoderada, y los que pronostican en cambio una mayor desintegración del tejido social. No olvidemos ni a los creyentes en una Pacha Mama conductista y feroz, quienes ven esto como una lección que hará al humano retroceder y vivir en armonía con la naturaleza, ni a los cínicos empedernidos que ya ven venir una escalada brutal en emisiones de carbono y devastación del medio ambiente para recuperar el terreno perdido en estos meses.

Muchos tienen argumentos sólidos e incluso brillantes y si uno tiene el tiempo y las ganas de leerlos, haría bien en hacerlo. Mas tras unas semanas (ya no sé ni cuántas) de sumergirme en estas disertaciones de lumbreras de todas partes, me doy cuenta de algo: La posición fetal no es propicia al pensamiento.

Tesis: más que una pausa, esto es una aceleración. Dejémonos por un momento del ánimo comunitario, esto ni siquiera ha sido un paréntesis para el individuo. Las ventas por internet se han disparado, el consumo de entretenimiento en casa ha crecido tanto que la Unión Europea tuvo que pedir a Netflix y YouTube que bajaran la calidad de sus videos para evitar el colapso de las redes, el uso de Facebook ha explotado hasta exceder los números reservados generalmente a la víspera de año nuevo durante días consecutivos y los medios informativos se han transformado en un auténtico reality show, donde millones frenéticamente consultamos cada novedad con la ansiedad del adicto.

Somos bombardeados además con artículos de recomendaciones para ejercicios que hacer, libros que leer, series y películas que ver, idiomas o habilidades qué aprender. Ignoremos por un segundo el clasismo inherente a estas recomendaciones que asumen a sus lectores capaces de atravesar la crisis como un velerito atraviesa una costa soleada. ¿En qué momento hemos de hacer todas estas cosas? ¿Acaso el Covid-19 posee también la cualidad de dilatar el tiempo? Hemos internalizado a tal grado la consigna de productividad y consumo, que ante el encerramiento nos abocamos a ambas como únicas opciones. Preferimos el vértigo por saturación que el vértigo por vacío.

El caso es que aunque ciertamente el pensamiento crítico es fundamental, también lo es (y quizás más) el manejo de las emociones, y es en este frente en el que nuestra civilización tiene un déficit tremendo.

Entre tanto artículo y ensayo sería bueno también ver más y más prominentes artículos sobre cómo lidiar con la tormenta de emociones que nos embargan. Los hay, sí, pero generalmente están arrinconados en los diarios porque no generan tantos clicks, y la mayoría tienen un tono más bien condescendiente.

Entre tanta medida de sanidad, también sería muy necesario ver más medidas para cuidar la salud mental. Me pregunto seriamente: ¿Cuánto habrán aumentado los casos de trastorno de ansiedad y depresión, los intentos de suicidio cuando todo pase?, ¿Cómo será afectada psicosocialmente la generación más joven, los niños, cuando termine el trauma? ¿Qué consecuencias tendrá todo esto a la larga?

¿Cómo pensar en un futuro diferente si en este momento todo lo que queremos es volver a ese pasado, que parece tan lejano, en el que existía la vida? Ahí el peligro: la normalidad, aunque haya sido el problema, se presenta ahora como infinitamente deseable. Tan deseable, que tal vez estaremos dispuestos a ceder demasiado para volver a ella, por más ensayos sobre biopolítica que hayamos leído.

Intelectualmente quizá podamos vaticinar un futuro basándonos en evidencias, pero emocionalmente una niebla espesa se cierra a nuestro alrededor y en horas malas hasta es posible que pensemos que detrás sólo hay un agujero profundo. Tenemos que orientar nuestras fuerzas a prevenir esto antes de a imaginarnos utopías o distopías.

El pánico es malo porque nubla el pensamiento. El pánico es el momento que alcanzamos tantos animales cuando nuestras posibilidades se han reducido exclusivamente a pelear o huir. El pánico es siempre egocéntrico porque es el último reducto de la salvación individual. Sin embargo el miedo no es necesariamente negativo. El miedo es un estado de alerta y puede ser orientado a la colaboración. Es responsabilidad de todos nosotros tratar de no cruzar el umbral que los divide.

No permitamos que los estados de excepción lleguen al interior de nuestros hogares. El primer paso es reconocer nuestras emociones y darles voz. Llorar, gritar, escribir diarios, dibujar, jugar, etc. Establezcamos círculos concéntricos de apoyo emocional tanto dentro de nuestros muros como en redes. Y sí, informémonos y pensemos, pero que la razón no sea lo único porque la cabeza, por más que nos pese, claudica muy rápido cuando la entraña está llena de terror.

La extinción de la privacidad

Inmunización de rebaño es uno de varios conceptos epidemiológicos con los que de golpe nos hemos familiarizado: el tipo de inmunidad de grupo que se produce cuando el virus no puede transmitirse porque un porcentaje suficiente de la población se ha inmunizado; pero en este ensayo me permito utilizar el término en otro sentido, uno social y político: cuando la mayoría de la población se acostumbra a una medida autoritaria, de manera que la medida queda inmunizada.

Ahora que estamos asediados por el miedo, veo al menos un frente donde una de éstas medidas está incubándose.

El ascenso de la telemática

Quiero empezar hablando del ascenso disparado de la telemática para el trabajo y la educación. Esto casi unánimemente ha sido celebrado tanto en artículos como en memes. Todos están de acuerdo en que el albor de la era del home office y la educación a distancia es una especie de panacea del nuevo milenio. Mas esta algarabía generalizada me ha inquietado terriblemente desde un inicio. Los espacios educativos y laborales no son y no deben ser entendidos únicamente en función de su utilidad (dispender información/obtener una remuneración respectivamente), sino como espacios de convivencia. Y no convivencia únicamente con aquellos afines a nosotros sino – y esto es lo fundamental – con aquellos con quienes estamos en desacuerdo, aquellos que nos son indiferentes, aquellos que incluso odiamos. Gracias a los omnipresentes algoritmos que regulan prácticamente todo en nuestra experiencia online (cuyas fronteras con nuestra vida offline, seamos sinceros, son cada vez más difusas e incluso inexistentes), ya vivimos en una suerte de mónada ideológica en la que sólo interactuamos con aquello que refuerza nuestras ideas y nuestro comportamiento, ya sea positiva (afines) o negativamente (las abundantes peleas de opuestos en redes sociales que sólo sirven para afincarse más en la propia posición y no tienen nada de diálogo). Si a partir de ahora se intensifica la rapidez de migración hacia la telemática, ¿qué nos quedará? Porciones cada vez más significativas de la población serán definitivamente confinadas a sus habitaciones, desde donde podrán, por fin, escindirse de la otredad. Hay que preguntarnos con seriedad qué perdemos de humanidad en el trayecto.

Otro fenómeno a tomar en cuenta. Da la impresión de que lo que creemos ganar con la generalización del trabajo a distancia podría ser descrito con la siguiente fórmula: asistir al trabajo con la comodidad de casa. Sin embargo, hay que estudiar el reverso: el trabajo invade, finalmente y con toda nuestra anuencia, nuestro espacio más privado. Y aunque este platillo se ha estado cocinando desde que se inventó el telégrafo, ahora está listo y casi servido a la mesa como la nueva norma, al menos del sector de servicios. ¿Cuántos trabajadores no estaban ya, desde hace años, asediados por correos, mensajes de texto, WhatsApps, mensajes de Slack, etc. fuera de sus horarios laborales? Bueno, una vez que el teletrabajo se normalice, eso serán memorias de un tiempo más dulce puesto que ahora viviremos, más que nunca, en función de nuestro trabajo. Ahora mismo hay empresas alrededor de todo el mundo tomando fotos aleatorias o inclusive grabando a sus empleados para asegurarse de que están trabajando en casa. ¿Y qué hay con el derecho a no sentirse observado en el propio hogar? Ese derecho se nos ha ido entre los dedos hace tiempo. La mirilla de la computadora hace ver ahora al panóptico de Foucault como una torrecita en un parque infantil.

La extinción de la privacidad

Hay que afrontarlo y cuanto antes mejor: lo único que la presente crisis del coronavirus extinguirá será la privacidad. China ha utilizado su robusto aparato de vigilancia digital como una de las herramientas para prevenir el esparcimiento del virus. Corea del Sur puso en marcha un sistema de envío de alertas a los ciudadanos, detallando edad, género y sitios visitados en las últimas horas por una persona una vez confirmada su infección con Covid-19. Previsiblemente, relaciones extramaritales y otros escándalos y vergüenzas íntimas fueron revelados. Singapur estableció un protocolo similar de divulgación de información personal, aunque menos detallado. Para rastrear a personas que estuvieron en contacto con casos confirmados de coronavirus, Israel utilizará el mismo sistema de seguimiento de datos celulares que sus servicios de inteligencia usan – ojo aquí – para rastrear terroristas. En España, Vodafone ya puso a disposición del gobierno servicios de geolocalización para vigilar si la población cumple con las medidas de aislamiento. En Estonia, país donde yo resido, estado y telefónicas ya trabajan en lo mismo con la anuencia del inspectorado de protección de datos que ha considerado la medida legítima porque los datos son anónimos. A pesar de que diversos estudios han probado que los datos anónimos nunca pueden ser genuinamente anónimos.

Como ha defendido Giorgio Agamben en su libro Homo Sacer y ha venido a recordarnos en recientes textos relacionados con la pandemia, los estados de excepción son peligrosos porque justifican medidas autoritarias y con facilidad dichas medidas pueden luego hacerse la norma. La clave es encontrar una amenaza que pueda perpetuarse. Ejemplo: el terrorismo. Puede suceder en cualquier momento y eso ha sido justificado para violentar el derecho a la privacidad en una variedad de formas (la más común: en aeropuertos desde 2001). Los virus, argumenta Agamben con toda razón, son aún más efectivos.

Una publicación reciente del MIT Techonological Review parece darle la razón. Ya que el riesgo global no acabara mientras no contemos con una vacuna y haya al menos una persona infectada en el mundo, Gideon Lichfield dice (basándose en un estudio del Imperial College de Londres) que las medidas de distanciamiento social tendrán que mantenerse durante dos tercios del tiempo (dos meses sí y uno no) hasta que haya una vacuna (al menos 18 meses más). Pero eso no es lo peor. El riesgo de pandemias ha incrementado de la mano de la depredación de zonas naturales lo cual pone en contacto cada vez a más humanos con animales exóticos que son posibles portadores de patógenos y de la globalización que puede llevar esos patógenos a todo el mundo en cuestión de días. Esto se ha venido advirtiendo desde hace años.

Tras el ataque terrorista del 11 de septiembre del 2001, el estudioso de medios Richard Grusin identificó el nacimiento de un nuevo tipo de mediación: la premediación. Un cambio cualitativo que consiste en la profusión de mensajes desplegados en una multitud de medios orientados a representar el futuro antes de que éste suceda. Esto es, en esencia, replicar la estructura psicológica de la ansiedad en la estructura internacional de la difusión de información: todos los horrores futuros, son una posibilidad ahora. Si él hablaba en particular de cómo la lucha contra el terrorismo fue decisiva en esto, imaginemos ahora la lucha contra las pandemias. La amenaza real que ahora vivimos brutalmente, queda como ejemplo para mantener nuestro estado de alarma siempre latente.

Entonces, Lichfield del MIT concluye que para volver a socializar: “formas más sofisticadas de identificar quién representa un riesgo y quién no, y discriminando, legalmente, a los primeros”. Y prevee algunas posibles medidas que se volverán norma en el futuro cercano: para tomar un vuelo o para ingresar en recintos multitudinarios o instituciones importantes, habría que registrarse a un servicio que siga nuestros movimientos mediante geoposicionamiento para recibir alertas en caso de haber estado en sitios con un alto riesgo de infección. La biometría se volvería común y nuestra temperatura y signos vitales podrían ser monitoreados como un pasaporte. Se porían requerir documentos oficiales de inmunidad. Y el autor nos lanza esta afilada obsidiana: “La vigilancia intrusiva se considerará un pequeño precio a pagar por la libertad básica de estar con otras personas”. Lo peor es que tiene razón. Como si los derechos humanos fueran un recurso limitado, tenemos que socavar uno para mantener otro. Y nos acostumbraremos.

Es sólo natural; el virus encuentra a la privacidad muy vulnerable: vieja, débil y afectada ya por condiciones anteriores. Digámoslo claro: lleva más de una década en cuidados intensivos y si ha llegado hasta ahí ha sido porque el grosso de la población, con nuestro silencio, enunciamos nuestro acuerdo: la muerte de nuestra privacidad es un sacrificio justo a cambio del acceso a servicios “gratuitos” de internet.

Haciendo un repaso veloz por los “escándalos” recientes de utilización de datos personales, podemos apuntar a: empleados de Amazon, Apple, Google y Microsoft escuchan grabaciones hechas por los dispositivos de particulares; Facebook hace un experimento psicológico con miles de usuarios sin su consentimiento; Cambridge Analytica, con ayuda de Facebook, utiliza big data para dirigir propaganda o antipropaganda (incluídas noticias falsas) que resultó fundamental en la elección de Estados Unidos; etc. ¿Y cuáles han sido las repercusiones? Disculpas y más disculpas, y fotos del alienígena Zuckerberg tratando de simular un mea culpa y la promesa siempre vacía de mejorar. Lo cierto es que estas empresas y tantas otras – ¿cuántas veces al día aceptamos términos de privacidad? – saben lo obvio: son necesarias y por ende las compañías pueden salirse con la suya. En el documental Terms and Conditions May Apply, se dice que, si leyésemos todos los términos y condiciones que nos encontramos antes de aceptar o declinar, nos tomaría un mes laboral al año. Y eso fue en 2013. Las compañías saben que no tenemos tiempo para eso. Y aunque lo tuviéramos, para la inmensa mayoría de quienes tenemos acceso al internet, la red se reduce a los productos de estas compañías y son herramientas básicas tanto para nuestra vida laboral como para nuestra vida privada. No tenemos otra opción más que aceptar términos y condiciones.

En el excelente documental The Great Hack, Brittany Kaiser dice: “Los datos son el insumo más valioso en la tierra”. Y todos hemos aceptado, ya sea renuentemente o con gusto, a aceptar la privatización de nuestra privacidad. Para generaciones más jóvenes que han crecido con esto y para aquellas que vendrán, esto es y será su normalidad. En un mañana no muy lejano quizá se hablara de la lucha por defender la privacidad como de una más de tantas respuestas reaccionarias ante el avance de la tecnología a lo largo de la historia.

Descubrimos una ecuación curiosa: mientras que la esfera pública continúa reduciéndose (esfera pública entendida como los espacios donde puede consolidarse una ciudadanía heterogénea y activa), también se reduce la esfera privada. ¿Qué es lo que queda? La esfera autoritaria y la esfera privatizada. Porque hay que ver: se nos dice que el neoliberalismo es la disminución de la injerencia del estado en los asuntos del mercado, pero ésa no es la verdad completa. En realidad se trata de la reducción de la injerencia en favor de la ciudadanía, y el aumento de la injerencia en favor de las empresas. ¿No fueron acaso los gobiernos más atrozmente represivos los mismos que instauraron las reformas neoliberales en toda América Latina? ¿No es el estado de vigilancia distópico de China uno mismo con su pujante economía y su imparable productividad?

Habrá quienes estén más que dispuestos a llevar a cabo estas transacciones: mi privacidad por trabajo, sanidad, seguridad. Pero si a muchos ya no les interesan las minucias de la privacidad diaria, habría que invitarlos a pensar en las consecuencias.  El propio Lichfield reconoce que este tipo de medidas de vigilancia biométrica permanente podrían (y yo le quitaría el pospretérito) desencadenar toda una nueva suerte de discriminación a grupos vulnerables: personas sin acceso a servicios de salud, personas sin hogar, personas con enfermedades crónicas, personas que viven en sitios donde una infección es más probable, etc. podrían ser excluidas de oportunidades y servicios alegando que presentan un riesgo. Así como China utiliza un complejo sistema de créditos sociales para evaluar la posibilidad de que alguien cometa un crimen, nuevos algoritmos podrían instaurarse para prever quien es un “riesgo” de salubridad en potencia y excluirlo de antemano.

(Pregunta: ¿Quién definirá qué es un riesgo epidemiológico? Porque recordemos que en la lucha contra el terrorismo, la definición de “terrorista” se ha utilizado muchas veces para justificar ataques a grupos disidentes).

Yuval Noah Harari, el autor de Sapiens, plantea la posibilidad de un futuro no muy lejano, en el que todos debamos llevar dispositivos que monitoreen nuestro ritmo cardiaco, temperatura, etc. y que, en la lucha contra la amenaza constante de pandemias, los gobiernos tengan por ley acceso a esos datos. El autor nos dice:

“Es crucial recordar que la ira, la alegría, el aburrimiento y el amor son fenómenos biológicos justo como la fiebre o la tos. La misma tecnología que identifica toses también puede identificar carcajadas. Si las corporaciones o gobiernos empiezan a recolectar nuestros datos biométricos en masa, también pueden llegar a conocernos mucho mejor que nosotros mismos, y podrían no sólo predecir nuestros sentimientos, pero también manipularlos y vendernos cualquier cosa que deseen, ya sea un producto o un político”.

Si esto parece exagerado, pensemos en lo que compañías como Cambridge Analytica lograron a punta de clicks, compartires, likes, me encantas, me enojas y me entristeces.

Quizá más escalofriante: pensemos en esta forma gargantuesca de biopolítica normalizándose en este preciso momento histórico de creciente desconfianza en la democracia y de auge del autoritarismo. La mente no me alcanza para aventurar todas las formas de control que se avecinan.

Contagiar la resistencia

La pregunta obvia es, ante este tétrico panorama, ¿qué hacer? Y la respuesta es la misma que siempre: resistir mientras sea posible. Entablar la lucha por preservar nuestra privacidad aunque siempre llevemos la de perder. Así han sido todas las luchas por los derechos humanos. Recordemos que resistir no es sólo salir a marchar, sino también estar informado y compartir la información, para que incluso si (o cuando) medidas como las descritas hasta ahora se vuelvan tan comunes como los tanteos y escáneres en aduanas, sepamos qué estamos cediendo y cómo puede ser utilizado. Resistir es saber cómo esto afectará a los más vulnerables, y que al saberlo no regalemos también nuestro silencio complaciente, sino que seamos solidarios y vocales.

Resistir será sobre todo proteger y reconstruir la democracia verdadera, puesto que es y será la última barricada. No celebremos, por ende, el ascenso de la telemática sin pensamiento crítico. Busquemos formas de preservar espacios para la convivencia con la diversidad, recuperemos la capacidad de diálogo y convivencia con los otros.

Resistir, como siempre, será recordar que nuestro camino no está en el yo, sino en nosotros.

The Lighthouse: Prometheus’s Delirium Tremens

For sailors lost at sea, a lighthouse is hope; for Daniel Defoe and Robert Pattinson, however, the lighthouse is precisely the site of their shipwreck. The Lighthouse is a maritime nightmare, a descent – but descent is not the word: a fall, a spectacular fall off a rocky cliff – into madness. The two miserable protagonists drown in pouring rain and especially in alcohol, and we follow them closely, inebriated ourselves by the extraordinary cinematography, the hypnotising music, and the rabid editing.

Tom Wake (Defoe), is an old seadog kept ashore by a limp leg, condemned to spend his days on a black rock working as a wickie, the caretaker and operator of a lighthouse. Under his command is the newly arrived Ephraim Winslow (Pattinson), who was once a lumberjack and now does anything that pays. To his terrible luck, he has chosen this job.  He soon realises that he’s been hired not only as an assistant, but also as a housekeeper and buffoon. In fact, Winslow appears to be doing everything while Wake merely spends his time in the light chamber, often naked. The only truce between these lonely men comes at night, during dinner, when Wake practically forces Winslow to chat and drink a liquor that must have more in common with engine degreaser than with vodka. Wake and Winslow do come closer, little by little, but their interaction, even when funny or endearing, is always tense, as that of two prickly beasts who, at any moment, could rip each other’s throats with their teeth.

It’s quite impressive what these two actors have managed to do. The salty seaman, Tomas Wake, complete with hat, smoking pipe and (almost) wooden leg, along with his grunts and sea jargon, is a character that in the hands of a lesser actor could have easily become a cartoon. But Defoe is Defoe and with the clay handed to him he sculpts a man that at times resembles captain Ahab, at times Neptune himself. (To pull us back to earth, though, Eggers has given him one extra feature: constant farts). Robert Pattinson, on the other hand, solidifies his status as one of the best character actors of his generation (I know, who would have thought?) with his Ephraim Winslow who is at times enigmatic, at times vulnerable, at times a burning ball of rage, and always pure anguish.

Equally impressive is the script Robert Eggers and his younger brother, Max Eggers, have crafted. The Eggers thoroughly researched sea literature specific to that day and region, particularly through the works of Sarah Orne Jewett. The resulting dialogue that Wake and Winslow spew at each other is Melville, is Coleridge, and is rich enough in alliterations to give Shakespeare frisson.

A less ambitious, less talented director, would have made The Lighthouse as a perfectly adequate theatre-like film, because it fulfils all the requirements – a single location, two characters, first-rate dialogue – but Robert Eggers is interested in cinema, pure and hard cinema, so he has taken this elements and with a prodigious eye, he has followed the streaks and found gold.

Eggers turns again to cinematographer Jarin Blaschke and film editor Louise Ford, with whom he had previously worked in The Witch. Recorded in black and white, 35mm film, and with a 1.19:1 aspect ratio, The Lighthouse consciously evokes the cinema of Murnau or Lang. German expressionism has its clear mark here, with a light that examines grimaces, that searches for grotesque furrows in the faces, and projects ominous shadows in the crooked walls and ceilings. There’s also some traces of Andrew Wyeth’s paintings and Edward Weston’s photographs (especially that one of a seashell spiral which almost seems to be the blueprint of the lighthouse’s spiral staircase). The editing, meanwhile, is extremely modern, with a foot in Un Chien Andalou and another one in the future, as best exemplified by a masturbatory sequence that could easily produce a fainting spell.

Nevertheless, the most interesting occurs there where Eggers parts ways with his influences, for his movie has nothing of the distorted sceneries of expressionism. On the contrary, ever since The Witch Eggers has made clear he’s obsessed with authenticity. In The Lighthouse, for instance, filming took place in Cape Forchu, Nova Scotia, where the weather was just as horrible as the one on screen (three storms stroke the film crew); the clothes wore by Defoe and Pattinson are made with thick wool and pig skin according to literature from the era; and the lighthouse was built expressly for the movie. But for Eggers this historical accuracy is not a pathway towards realism, but a means to make the supernatural seem entirely and chillingly truthful.

The combined effect, crowned by Mark Korven’s music, crowded with horns that bring to mind the grave bellow of the ships, is a mesmeric journey which is certainly horror, but a horror always ambiguous and that deep down is nothing but a human horror – and specifically male. The fear that haunts lone men when confronted with themselves, with their ghosts, their hunger for power, their lust. Particularly their lust. Because in The Lighthouse, as in the horror stories found in folktales and myths, fear is bound with guilt and sexual desire. Sex (or the lack thereof) is mixed like taint and blood in the liquor Winslow and Wake drink desperately.

That is why the plot is so sparse – not because it is superficial, but rather because just a couple symbols, just a few scattered references to Greek mythology and sea-men superstitions are enough for us to follow the roots of this story and find they dig deep, down to the strata where archetypes sleep.

There are scenes in The Lighthouse (one in particular) that will remain with me as long as I have memory.

Parasite: A Furious Fable

The mysterious Mr. Bong Joon-ho gives us in Parasite a razor sharp fable about class conflict that is part dark comedy, part thriller, part horror movie and part tragedy, and that is also the most enjoyable movie of the year. There are extreme sports that elicit less adrenaline than Parasite.

Kim Ki-Taek (Song Kan-ho), his wife Chung-sook (Jang Hye-jin)  and his children Ki-woo (Choi Woo-shik) and Ji-jeong (Park So-dam) live in a miserable basement in a poor neighbourhood in Seul, where they spend their hours folding pizza cardboard boxes and looking out for the local drunkard who often urinates outside their window. One afternoon, an old school-friend comes to visit Ki-woo and asks him to substitute him as English tutor for Da-hye, the eldest child of the wealthy Park family. That same friend gifts the Kim family a green rock that is supposed to bring fortune. For the Kim siblings, who are ambitious and fiercely intelligent, this rock is both a sign and a licence, and the small summer job a slit through which they will attempt to slip all the clan. From here on (and we’ve been through scarcely fifteen minutes of film), we will enter a mirror labyrinth full of trapdoors where Bong Joon-ho will fool us with the virtuosity of a seasoned magician.

For those who aren’t familiar with Bong Joon-ho’s cinema, this will be an ideal entry point. For those who are already acquainted, this will be the main course in the already generous feast the director has produced. Not only this South Korean filmmaker has an extremely personal vision and the talent to realize it, but he is also one of those artists who arrives at their craft with a desire to tear down walls and rebuild. The walls he is most preoccupied with, are those of genre. If already with The Host – a monster movie which is also a political thriller, comedy and family drama – the critics struggled to classify Joon-ho, with Parasite the director has challenged himself to go to the edge and then jump.

The film starts bubbly, like a social comedy, but that humour slowly but steadily becomes darker and darker, and we keep laughing just as – if not more – keenly; and then, suddenly, someone cuts the lift’s cables and we are falling dizzily into a sort of horror. But then we open our eyes and we find ourselves in scenes that have a tension, a hold-your-breadth-edge-of-your-seat quality usually reserved for the Mission Impossible franchise. And there are still tones and emotions that Joon-ho has stored for us. And what is most impressive is how seamless it all is, how smooth the surface of this film, which makes it impossible to notice when and how it was that our heart started beating to another tune. There’s people who can’t manage to master a single genre, but Bong Joon-ho braids them with the skill of a composer weaving themes in a symphony.

And speaking of music, the music by Jung Jae-il follows the serpentine path of the plot with a faithfulness that leaves one stunned.

Parasite is not all twists and turns, though. Its core is pristine, heavy and it’s burning. Rage over economic inequality is the engine that brings to life this marvellous machinery. There’s a brilliant scene where the Kims have to leave the Parks house during a storm, at night, and they must run across the city to get home. This journey is literally a descent into hell. The camera shows them diminutive, making their way down through a landscape that changes like the earth’s strata, going from a gentle blue night to a red neon light ocean of poorly lit slums. Upon arrival, they realize their house is flooded with sewer water and they pointlessly try to salvage something from their belongings. While a defeated Ji-jeong decides to sit atop a filth-spewing toilet, up in their heights, the Parks enjoy the rain falling on their beautifully illuminated garden, safe inside their mansion built by a famous architect.

But Boong Joon-ho is not a Manichaean. The Parks are not evil. In fact, as admitted by the Kims, they’re nice people. “If I were rich, I would be nice too”, says Chung-sook: “Money is like an iron, it smooths all wrinkles.” Because of their position, the Parks can´t help but talking about others as mere objects in a world made for them. Smell, for example, is a powerful element in the film. Mr. Park tells his wife that Mr. Kim’s scent annoys him and she inquires: “How does he smell?”, “You get that smell in the subway sometimes”, he replies. “It’s been so long since I rode the subway”, she says pensively. From this moment on, each slight contraction of the nostrils will have the terrible weight of a slap across the face. And in spite all of this pushes us to the side of the Kims, they’re not “good” people, strictly speaking. They’re selfish and manipulative and they don’t seem to care much about the people they trample – who, by the way, are also poor.

Parasite is also Bong Joon-ho’s best movie technically speaking. Here, with the help of cinematographer Hong Kyun-pyo and editor Yang Jin-mo, the director guides us through the corridors of his story with a brain surgeon’s pulse, and from the get-go is clear that every single image and movement counts. During any conversation, for instance, we have the classic shot/reverse-shot, but when something crucial is said or left unsaid, the camera highlights it with an elegant panning or tilting. These minute formal choices prepare us for what’s to come. Just as Hitchcock, Joon-ho knows that suspense in cinema must always come from what is seen, not from what is said. Also like Hitchcock in Rear Window, Joon-ho had his own world built for the movie. Production designer, Lee Ha-joon designed and built both the Kim’s hovel (and entire street) and the Park’s dream house.

Parasite is such a great film, so rabidly funny and so tragically frightening, so original and ambitious in its imagining and so perfect in its execution, that I could go on raving about it for days. I will limit myself to saying one more thing: the story starts with Ki-woo and Ji-jeong looking for an open wifi they can use freely, therefore planting the seed that gives sense to the movie and its title, but once the seed germinates, the plant shows a complex pattern. There’s not one clear parasite, but many. Like a chain of leeches, they’re all sucking blood, and the film’s conceptual triumph is showing which leech is fatter and with whose blood.

Jesus Shows You The Way to The Highway

An African Batman with a foot fetish, Stalin playing chess against himself, a ninja named Spaghetti, a xiaolin monk charged with the task of protecting the Ark of the Covenant, giant flies that shoot killer laser beams, a drag queen paratrooper, and a Joe Ramone look-alike who might just be Jesus are some of the things you will see in this acid trip disguised as a movie called Jesus Shows You The Way To The Highway.

Written and directed by Spanish filmmaker, Miguel Llansó, this Estonian-Ethiopian-Lithuanian-Romanian-Spanish production doesn’t have a drop of normal running through its veins. Not since Léo Carax ‘s Holy Motors had I encountered a cinematic experience as the one I’ve had with this bizarre Frankenstein made up with parts retrieved from Film graveyard. And by that I mean the sheer joy and awe of watching a film where the anchor of logic is lifted and one sails off into the unknown where truly anything can happen.

Jesus-Shows-You-the-Way-to-the-Highway-banner

The plot – for lack of a better term – follows CIA special agent DT Gagano (Daniel Tadesse) on his last and most daunting mission: eliminating the Soviet Union virus infecting program Psychobook. Along with his partner, agent Palmer Eldritch(Agustín Mateo), Gagano goes into this virtual reality universe and is sadly trapped, his conscience is transferred to Beta-Ethiopia, and in the meantime, in the physical world he enters a state of coma. From this moment on, Gagano will do everything he can to complete his mission, escape the simulation, recover his body, rejoin his wife, Malin (the Baltic amazon Gerda-Annette Alikas), and finally retire to fulfil Malin’s dream of having her own boxing gym, and his own dream of owning a pizza parlour by the beach.

The film’s aesthetic matches its story in craziness. Taking its cues from the B movie canon: 007 rip-offs, Filipino exploitation cinema, Turkish mockbusters and other genre atrocities, Jesus… is generous in ultra cheap special effects, jarring cuts, uber vintage camera movements and angles, and a ton of transitions; all accompanied by hard bop experimental jazz and high-pitched video game music. Isn’t that enough? Ok: all the voices (parodying Italian films from the 70s) are recorded in studio, not in situ, and the pairing is deliberately bad. Still want more? Alright: the scenes corresponding to Gagano and Eldritch’s mission in Psychobook (during which, by the way, they’re wearing Robert Redford and Richard Pryor paper-masks, respectively) are in stop-motion – not stop-motion with puppets, stop-motion with humans.

Reactions to this film will be varied. There will be those who will leave the cinema (probably mid-movie) having found in it nothing more than a provocation; there will be the hipsters who will twist the tip of their moustaches in delight, amused by the kitsch feast before their eyes; and last there will be those who will see through this chaotic mix and find, or believe they’ve found, an intense truth about of our times. They will all be right and all wrong.

Miguel Llansó is the first to make fun of his work. When asked what he wanted to explore in his second feature length film, he said he wanted to include kung-fu. When introducing Jesus… in Tallinn, he used the adjective “stupid” on at least five occasions. And though this will to not take itself so seriously is fundamental to save the movie from sinking under the weight of its pretentious ambitions, Llansó also knows that what he’s made is no joke, that it  has a lot to say and that it might actually be really good.

Because though Jesus Shows You The Way to The Highway makes no sense, its lack of logic is – like that of Dada or the theatre of the absurd – infused with meaning and that meaning is corrosive. The laughter it provokes speaks volumes about how entertainment (in its most Horkheimer-Adorno sense) and new media are intermingled with the authoritarian populist regimes taking over left and right (left and right used both literally and politically). It’s no coincidence that the villains in this movie are constantly changing masks: Stalin, Margaret Thatcher, George Bush, etc., but the face beneath is always that of a cat, the almighty deity of viral content.

1561044475256_0620x0435_0x0x0x0_1573331358037

It comes as no surprise, then, that Llansó pinpoints Philip K. Dick as his main source of inspiration. Dick, that paranoid addicted to hallucinogens and amphetamines who predicted the future better than anyone. Just like Dick, Llansó is interested in how pop culture, and even garbage, reflects our context much better than “high culture”; and also like Dick, Llansó is sceptical about utopias and dystopias, and rather focuses on entropy. In Jesus… we witness the entropy of globalisation as experienced in the margins – and by reverberation in the centre -: technological waste, a grotesque cybernetic cemetery coming to life, a deranged carnival of alienation where we laugh just to keep from crying.

Jesus Shows You The Way to The Highway is destined to become a cult film, a bonfire around which the feverish cinephiles of the underground will gather. I hope, however, that in the process of cultification, it won’t lose its radical vein, its dark destructive power.

Jesus Shows You The Way To The Highway

Un batman africano con un fetiche por los pies, Stalin jugando ajedrez consigo mismo, un ninja llamado Spaghetti, un monje xiaolin encargado de resguardar el Arca de la Alianza, moscardones gigantes que lanzan rayos laser, un drag queen paracaidista y un émulo de Joe Ramone que puede o puede que no sea Jesucristo son algunas de las cosas que podrás ver en el viaje ácido disfrazado de película que se llama Jesus Shows You The Way to The Highway.

Dirigida y escrita por el cineasta español Miguel Llansó, esta producción estonio-etíope-lituana-rumana-española no tiene ni un solo pelo de ordinaria. Desde Holy Motors de Léo Carax no me encontraba con una experiencia cinematográfica como la que he tenido con este extrañísimo Frankenstein de géneros del submundo. Con esto me refiero a la alegría y el asombro de ver una película donde las amarras de la lógica se sueltan y uno zarpa a lo desconocido donde verdaderamente cualquier cosa puede pasar.

La trama – a falta de mejor término – sigue al agente especial de la CIA, DT Gagano (Daniel Tadesse) en su última y más difícil misión: tratar de erradicar al virus Stalin que ha infectado el programa Psychobook. Junto con su compañero, el agente Palmer  (Agustín Mateo), Gagano entra a este universo de realidad virtual y, lamentablemente, queda atrapado. Su consciencia es transferida a Beta-Etiopía y en el mundo físico se considera que ha entrado en coma. A partir de este momento, Gagano hará todo lo posible por completar la misión y escapar de la simulación para poder volver a su cuerpo y cumplir el sueño de su esposa, la amazona báltica Malin (Gerda-Annette Allikas), y, quizás, con algo de suerte, de paso abrir la pizzería que siempre ha anhelado.

La estética de la película no se queda atrás. Tomando prestado del canon serie B: plagios del 007, cine de explotación filipino, mockbusters turcos y más géneros-engendro; Jesus se deleita en efectos especiales baratos, una edición desconcertante, planos turbo vintage, diálogos ridículos, y muchas, pero muchas transiciones; todo acompañado, o bien de jazz experimental o de música estridente de videojuegos. ¿No es suficiente? Todas las voces, como se hacía en el cine italiano de los 70, están grabadas en estudio y no in situ. ¿Quieres más? Las secuencias que corresponden a las misiones de Gagano y Eldritch en Psychobook (durante las cuales, por cierto, uno utiliza una máscara de papel de Robert Redford y el otro una de Richard Pryor) están hechas en stop motion; no stop motion con marionetas, stop-motion con humanos.

Las reacciones a esta película serán muchas. Estarán aquellos que saldrán del cine (probablemente a media función) habiendo encontrado en ella poco más que una provocación; aquellos hipsters que reirán retorciéndose el bigote encantados por el festín kitsch (siendo lo kitsch tan trendy en nuestros días); y finalmente otros que creerán entrever, al fondo de este licuado caótico, una intensa verdad sobre nuestro tiempo. Todos están en lo correcto y todos equivocados.

1561044475256_0620x0435_0x0x0x0_1573331358037

Miguel Llansó es el primero en burlarse de su película. Cuando se le preguntó qué quería explorar en su segundo largometraje, dijo que quería incluír king fu. Cuando presentó su película en Tallin, usó el calificativo “estúpida” en al menos diez ocasiones. Y aunque esta voluntad de restarse importancia es el elemento esencial que salva a la película de hundirse bajo el peso de sus intenciones quizás pretenciosas, Llansó también sabe que lo que ha hecho no va en broma, que tiene mucho qué decir y que inclusive es muy bueno.

Porque si bien Jesus Shows You The Way to The Highway carece de sentido; esa carencia de sentido, como en el dadaísmo, como en el teatro del absurdo, está cargada de significado y ese significado es corrosivo. Su ligereza, y, digamos en mexicano, sus chistes hablan de cuán entremezclados están el entretenimiento (en su sentido más Adorno-Horkheimeriano) y los nuevos medios de comunicación con los populismos autoritarios a diestra y siniestra (las direccionales utilizadas aquí en su sentido figurativo, literal y político) y que han existido ayer y hoy (no por nada los villanos de la película intercambian máscaras: Stalin, Margaret Thatcher, George Bush, etc., siempre con el dios felino de la diversión asománndose en el fondo).

Jesus-Shows-You-the-Way-to-the-Highway-banner

No es sorpresa entonces que Llansó nombre entre sus inspiraciones en primer lugar al improbable profeta: Philip K. Dick, el paranoide adicto a alucinógenos y anfetaminas que predijo nuestro tiempo mejor que nadie. Como Dick, Llansó está interesado en cómo la cultura pop y hasta la basura narra con mayor lealtad nuestro contexto que la “alta cultura”; también como Dick, Llansó descree de distopías y utopías, y se concentra llanamente en la entropía. En Jesus vemos la entropía de la globalización como se experimenta en los márgenes – y por reverberación en el centro – : basura tecnológica, un grotesco cementerio cibernético que cobra vida, una fiesta depravada de alienación en la que reímos para no llorar.

Jesus Shows You The Way to The Highway está destinada a convertirse en una película de culto, una pira alrededor de la cual se reunirán puñados de adolescentes intelectualoides. Espero, no obstante, que en el proceso de cultificación no se pierda su vena radical, su oscura y poderosa capacidad destructora.

François

A François lo recuerdo sentado en el sillón rojo junto al fuego. Lo recuerdo con una sonrisa apenas sugerida, de tranquilidad alcanzada y merecida. Lo recuerdo dueño de un encanto, de un aire despreocupado y de un rostro que bien lo podrían haber hecho galán del viejo cine francés si no hubiera elegido en cambio el mar y la industria. Lo recuerdo leyendo, creo, y escuchando música clásica. ¿Y lo recuerdo tocando el piano?

No estoy seguro y me reprocho estas dudas, los contornos que se han llevado los años como las olas se llevan las orillas de una huella. Es mi culpa. Porque en realidad hace ya mucho que debí haber escrito esta historia. Son tres años desde aquellos días de diciembre que Fabiola y yo pasamos en Saint-Denis-Le Ferment, acogidos por los Cadennes. Tres años desde que me propuse escribir una breve crónica que sirviera, más que nada, como una fotografía emocional a la que pudiera luego acudir para volver a esos días tan felices. Pero súbitamente todo cambió y la fotografía, aún no revelada, adquirió otra tonalidad.

De algo no me cabe duda: recuerdo a François sobre todo a través de Diane.

A Diane la conocí en León en 2015. Ella enseñaba francés en la preparatoria donde yo enseñaba español y literatura.  Nuestra amistad tuvo cuatro bases: La primera – fundamental entre el profesorado – eran las quejas, la catarsis, la frustración (aunque yo me quejaba mucho más, ella en cambio parecía siempre una palabra amable hasta para los alumnos más abyectos). La segunda, ambos teníamos los carros más viejos y destartalados en la escuela, lo cual nos condujo a una competencia amistosa que yo terminé ganando inapelablemente cuando perdí el único espejo retrovisor que me quedaba. La tercera razón era que ambos extrañábamos a personas que estaban muy lejos; Diane a su familia en Francia y yo a Fabiola, en Estonia. La cuarta, última y más importante: Diane tiene un corazón enorme; enorme y luminoso a un grado tal que alcanzaba a arrojar luz sobre los  escondrijos de mi ruinoso corazón.

Fue ese corazón enorme el que llevó a Diane a insistirme, una vez que le conté que iría a visitar a Fabiola en diciembre, que nos hospedáramos unos días en su casa al norte de Francia, aprovechando que ella pasaría ahí las fiestas. Si algo lamentamos Fabiola y yo de ese viaje hasta la fecha, es haber destinado solamente tres días a Saint-Denis-Le-Ferment.

Nos encontramos con Diane en la Gare du Nord la mañana del 20 de diciembre y después de un café y unos panecitos dulces de la proverbial pâtisserie française, tomamos un tren interurbano rumbo a Gisors. Fabiola cayó dormida inmediatamente, víctima de una gripa que llevaba casi una semana asediándola, y mientras tanto Diane se disculpó conmigo por adelantado por el estado de su casa, que ella juzgaba inadecuado para recibir visitas, y se excusó aduciendo un malestar en las manos de su papá y el agitado horario laboral de su mamá. La tranquilicé asegurándole que, a pesar de nuestra apariencia aristocrática y exquisita, Fabiola y yo éramos de gustos simples. Contendí también que, en materia de casas desordenadas como en aquella de carros desvencijados, yo era un consumado campeón, contando siempre con cuando menos siete estratos de papeles en cada superficie de mi hogar.

En la estación de Gisors nos esperaba Joëlle, la madre de Diane, una señora de cabello blanquísimo, ojos de un azul intenso y una sonrisa perenne, quien nos abrazó a Fabiola y a mí como si fuésemos amigos íntimos y hubiesen pasado inclementes décadas de distancia entre nosotros.

Atravesamos un fragmento del valle de L’Eure: campos y más campos de cultivo bordeados de setos y escarchados de breves boscajes de manzanos, abedules y avellanos; y llegamos a Saint-Denis-Le-Ferment, un pueblito de menos de quinientas personas, pero de más de mil cien años de antigüedad; hogar de un pequeño castillo, un viejo molino de agua y del linaje Cadennes.

La casa de Diane, como su abolengo en Saint-Denis, tiene centurias. Espero no estarme equivocando, pero creo que Joëlle nos contó que la casona de muros blancos y fuertes travesaños de madera negra databa del siglo XVI. Al entrar descubrimos que Diane no mentía: en efecto la casa estaba desordenada; pero aunque no mentía, sí erraba al disculparse, pues ese desorden no debía ser motivo de vergüenza sino de orgullo. No era un desorden fruto del descuido; era más bien una extensión del temperamento particularísimo de su familia; una generosidad desbocada, un sentido infatigable de la lealtad y una curiosidad voraz.

Diane nos dio un recorrido. Del techo al piso y extendiéndose por todos los muros había pinturas, fotos, carteles y mapas; uno de estos últimos tenía garabateadas corrientes marinas y marcas en diversos puertos del mundo donde François había estado en sus días de navegante. En cada repisa (y las había en cantidad), había docenas de libros encaramados. Me acuerdo sobre todo de un ingente tomo sobre jeroglíficos del antiguo Egipto que mantuvo a Fabiola entretenidísima. Artesanías de todas las procedencias, manualidades seguramente hechas por Diane y sus hermanos cuando eran niños, innumerables talismanes del recuerdo que peleaban por un sitio. Sobre un armario en la habitación de Diane, al menos cinco trofeos de campeonatos de natación y de recitales de piano. Sobre el piano de pared donde Joëlle daba clases a diario, docenas de partituras, las Gymnopédies de Satie todavía abiertas de la lección más reciente. En la cocina, un refrigerador pegado a un mosaico de imanes y en el muro a un costado, un tapiz de postales, la mayoría enviadas por amigos agradecidos con la familia Cadennes por su hospitalidad legendaria.

Y en la sala, en un gran sillón rojo, junto al fuego, estaba François. Y una Diane que se acercaba a abrazarlo y le decía: “Bonsoir, papa” con un cariño que todavía hoy, de recordarlo, me enternece.

20161221_204517

Esos días fueron idílicos. Visitamos Gisors, que cuenta con un castillo de tamaño respetable, y ahí bebimos un reconfortante chocolate caliente a la vienesa. Fuimos una tarde a Rouen, ciudad famosa por ser sede del juicio y martirio de Juana de Arco (de paso, descubrimos que ser el sitio donde quemaron a una mujer en la hoguera dificulta tremendamente la creación de souvenirs temáticos); pero que además merece ser conocida por el simple hecho ser bellísima. Ahí paseamos con una placidez suprema y en su gran mercado de navidad tomamos un vino caliente mientras Diane, Fabiola y yo hablábamos de la incertidumbre que nos esperaba a todos por haber elegido una existencia transatlántica. Por último fuimos a Pourville-sur-Mer, un pueblo a la orilla del canal de la Mancha, no muy lejos de donde se dio el famoso desembarco de Normandía. Una playa hecha de guijarros blancos pulidos por las olas y de riscos blanquísimos que en otro tiempo sedujeron a Monet, y que se están desmoronando a una velocidad trepidante, comiéndose el valle que hay encima.

DSC_0398

Nuestras diligentes guías fueron Joëlle y Diane. Para Fabiola, además, fueron atentas enfermeras, consiguiéndole pañuelos, preparándole tés y atendiéndola con una delicadeza tal, que otros habrían pensado que Fabiola tenía tuberculosis y no un catarro, y que estas mujeres eran su madre y hermana respectivamente y no recién conocidas. No por nada todos los alumnos de inglés, francés y piano de la incansable Joëlle la llamaban mamá o abuela. No por nada, Diane se hace querer por todos.

Y esperándonos en la casa, siempre François, quien se dedicaba a disfrutar su bien merecido retiro. Preparaba la cena: una noche un raclette – del que Fabiola tidavía habla con añoranza – y otra su afamado veau, sauce á l’échalote. Recuerdo a François descorchando el vino y sirviéndonos en generosas copas. Lo recuerdo también cediendo su corona de cartón a Fabiola tras partir la gallette des rois. Y lo recuerdo contándonos historias de su juventud en el mar; contándonos, por ejemplo, de la ocasión en que su barco atracó en Cuba, cuando él tenía apenas dieciocho años, y en un bar lo retaron a tomar una cantidad monstruosa de ron y él, como buen marinero, no arredró; y creo que había también en esta historia una mesera cuyos ojos negros el mozo François deseaba encandilar; pero el ron ganó, claro, y en algún punto François apoyó la frente en la mesa de aquel bar caribeño y no la levantó hasta el día siguiente. Cuando pienso en él narrándonos estas memorias, lo recuerdo siempre con un gorro de capitán. Pero no sé si esto último fue así o si lo he agregado.

Una historia de altamar sobre todo se ha quedado en mi memoria y a menudo pienso en ella. En alguno de sus viajes, François arrojó tres botellas al mar conteniendo breves cartas con la información necesaria para contactarlo. Un par de años después, recibió una respuesta. Un sacerdote de Costa de Marfil había encontrado una de sus botellas.

Nos despedimos la mañana del 23 de diciembre con tristeza. Los momentos de genuina paz y felicidad son tan escasos y en Saint-Denis-Le-Ferment fuimos felices, gracias a Diane, Joëlle y François.

Pasamos Navidad en Barcelona y año nuevo en Madrid. Luego nos dirigimos a Stuttgart a pasar unos días con una vieja amiga de mi familia. Fue ahí, en Stuttgart, donde me llegó el mensaje de Diane. En él me decía que su papá había fallecido y que estaba contenta de que lo hubiéramos conocido.

Cada diciembre y enero vuelvo a pensar en François. En François junto al fuego en su sillón rojo. En sus pocas palabras y su bondad que irradiaba. Y a partir de esa imagen todo crece a su alrededor: la sala y los libros, el piano, los imanes y postales, las pinturas y mapas, el jardín y el camino, el pequeño castillo y el molino de agua, Saint-Denis-Le-Ferment y Rouen y Gisors y Pourville-sur-Mer. Y Diane diciendo: “Bonsoir, papa”. Y Joëlle sonriendo porque sólo él sabía contar historias así. Y el mar cargado de mensajes.

Los mensajes en botellas son un género literario propio, a medio camino entre el género epistolar y el diario. Esperan un lector, pero no lo llaman. Mientras no sean mensajes desesperados pidiendo rescate, los mensajes en botella son un caso de comunicación sin paralelos porque el interlocutor es una pura posibilidad y el autor lo sabe de antemano. Revelan una cierta apertura, una predisposición a la incertidumbre, un afán de libertad.

Y yo sigo pensando en esas otras dos botellas. Las que no fueron halladas. Las que tal vez siguen a la deriva, siendo arrastradas por una u otra corriente marina, hasta que quizás un día, dentro de décadas o siglos alguien la rescate. O quizá ya fueron halladas, pero la persona no ha querido responder o no ha podido por no entender el idioma, o porque la humedad y la sal han borrado la tinta. O las botellas se han hundido; el agua se filtró y las haló al fondo del mar donde peces nadan en torno a ellas con tremulidad de peces, o cangrejos las inspeccionan con ansias de una nueva casa, o un inteligente pulpo logra abrirlas, pero es incapaz de leer. Sea como sea ya no importa demasiado. Esas cartas ya no hallarán a François. Como tampoco lo hará este texto.

Pero hallará a Diane, espero. Y es a ella a quien nunca supe decirle: somos nosotros los afortunados por haberlo conocido.

DSC_0404

The First Snow

As luck would have it, after two years and a half living in Estonia, my only local friend is a ghost.

Her name is Svetlana and she haunts the abandoned house right behind my apartment building. I met her when, out of curiosity, I stepped into the house hoping to find musky photographs and pictures on the walls, yellow books bent and twisted by moisture, maybe a piece of fine jewellery, or any forgotten secret awaiting to be revealed. Instead I found an old lady, floating a full feet above the wooden floor. And the first question I thought of asking was: “Are you a spirit?”. Big mistake. Here’s some advice: if you ever wish to become friends with a phantom, don’t ever ask them if they happen to be one. Sveta looked at me with such spite, it froze my blood more than her sudden apparition. “What a rude young man”, she said. I sincerely apologised for being so uncouth and I introduced myself: “My name is Jorge and I am Mexican”, I said, as if being Mexican served as an explanation for my impertinence. It’s a bad habit I’ve picked up since I moved here: mistaking every person I meet with a customs agent. In any case, announcing my nationality worked; she warmed up and said: “Oh, how exciting. I had never seen a Mexican before”. I was now the wronged one, but kept quiet.

Our friendship is weird; we have almost nothing in common. She is sixty something (I guess, but I have never asked and she has never disclosed how old she was when she passed; she’s vain like that) while I am 27. She keeps assuring me I am at my prime, which never fails to depress me.

An unsurmountable difference between us, is an ideological one. Sveta was brought up in the Soviet Union and she spent her last days dazzled by the wonders arriving from the West, once the Iron Curtain crumbled. There’s not an hour when she doesn’t complain about having died just when she was starting to savour the sweet-juicy fruits of the free market. I, on the other end, identify myself as a communist. I believe. I have read two Slavoj Zizek books and I have watched a video-essay on the Communist Manifesto. In any case, I love to be opposed to something. Whenever I tell her about capitalism’s cruelty, its shining façade hiding a dark oppression machinery, the savage plundering of land and people in the third world which sustains the first, she merely growls: “Bah”, and says: “I don’t need that; I know the verse since pre-school”.

Sveta’s dream is that her house will be torn down and a mall will be built, so she can wonder around linoleum floors during her restless nights, watching cloths she cannot sport, imagining the smell of perfumes she cannot try, fancying herself the owner of jewellery she cannot wear. I tell her that’s more or less my experience every time I enter a mall, since I see everything but can buy nothing with my meagre salary for my mind numbing job. “Bah”, Sveta gripes, and then proceeds to talk about Siberia, the Gulag, the Great Terror. What can I say?

Anyway, we never fight. I am too excited to have a ghost friend and she’s too excited to have a Mexican friend to quarrel about politics and economics.

A week had not yet passed since we’d met when Sveta asked me: “Are you good for anything other than complaining?”

“I like to read and I like to write”, was my answer. “Though even that I doubt now”. I tell her that, sometimes, I’m so anxious I’m forced to re-read a paragraph ten times and even then words slip down the surface of my eyes as if they were waxed. As for writing, I tell her I have forgotten how. I come up with ideas, but I lose them the moment I sit to type them. They leave me. As if they had just approached to tell me: “I am not yours”. I’m forgetting Spanish. I don’t even know what’s the point. I don’t mean only what’s the point with writing, but in general”.

“You’re complaining again”, Sveta pointed out.

This brief exchange got us talking about literature, though not even here do we see eye to eye. Once she asked me who were my favourite Latin American writers. I said: “Borges, Cortázar and Bolaño”. She got excited about the first two but had heard nothing of the third. Either way she asked me to borough something from them. A week after she handed me back the books with her opinion: “Too stiff, too weird and too much sex.” From then on, she stopped trusting me and she would only ask me about the writers she likes (many of whom, I did not know).

One afternoon, while Sveta spoke effusively of Mayakovsky, she paused to ask me: “Is the night in Veracruz, seen through the window of a moving train, really as beautiful as Mayakovsky writes?” I told her I had no idea. I did not know which poem she was referring to, trains haven’t carried people for decades now in Mexico, and the two times I’d been in Veracruz, I didn’t pay much attention to the night sky. She doesn’t let me speak much since then, but that’s fine, I don’t mind being audience. Listening to her speak about Bulgakov, or reciting poems from Anna Akhmatova from memory, is a pleasure.

The greatest difference between us is, after all, material. I am alive and she’s not.

Sometimes we talk about that. Sveta assures me she did not realise when she died. She says she went to sleep one night, specially tired, and the next day she resumed her day as always. Her two sons came later and they looked upset. Police and an ambulance followed. “Why the fuzz?”, Sveta inquired many times without answer. It wasn’t until many days later, when all her stuff was taken and nobody came to visit anymore when she said to herself: “I think I might be dead already”.

What she misses the most, she says, are flavours and smells. She remembers above all the smoky fragrance of the caravan tea her mother used to prepare in the samovar, with a taste too bitter for young Sveta, which she used to mask with too many blueberry jam teaspoons. She also remembers the butter and honey aroma which took over the small apartment for a whole day, whenever her Ukrainian grandmother insisted in making medovik cake all by herself. It was true, in all honesty, that the medovik was better, when grandma cooked alone.

Sveta is sad about being dead. I tried to offer comfort once by saying: “Being alive is not that great”, but she scolded me: “Don’t speak such foolishness”.

In spite of all our disagreements, we have found something that we both love: Christmas.

One December morning, I came to visit and she asked me about the advent candles in every window: “Is it Christmas already.” I said it was still two weeks ahead. “Oh, but it hasn’t snowed”, she replied in surprise. I wanted to explain how the horrid practices inherent to the system she so cherished were causing the world to warm, but I restrained myself. Instead I told her about the tree my girlfriend and I had just bought. “This was my favourite time of the year”, Sveta said, “and we also bought the yolka many days before the celebrations.”

The mentioning of the tree sent Sveta deep into her memories. In the USSR, she explained to me, the tree could clearly not be a Christmas one. For years trees were banned until an emotional politician wrote a sobby article in Pravda, asking how could the Soviet Union deprive their poor proletarian children of the joy of the tree they could once only envy through the windows of bourgeois houses. Other stories assured it was Stalin’s own daughter who, upon seeing a Christmas tree at the British embassy, asked her papa for one. However it might have been, from 1935, the Christmas tree returned, but as the novogodnyaya yolka, or New Year’s tree.

In the third week of December, when fir tree markets appeared all over Saint Petersburg, Sveta’s father bought a small one and took it home, where they put it in a bucket with water and secured it with rope. A dusty box was pulled out from the closet, full of silver tinsel, spheres, pine-cones Sveta had picked and painted herself, a rocket with sickle and hammer in golden, as well as a big red star Sveta, sitting on her father’s shoulders, placed on the tree top.

On New Year’s Eve, the family came together. They had borscht, buckwheat with fried onions and mushrooms, and a great apple-stuffed, slow roasted duck. They drank cognac and, after dinner, hot vzvar. Meanwhile, Sveta’s father and a small aunt would sneak out and appear at the front door, precisely at midnight, dressed as Ded Moroz and Snegurochka, carrying a bag of gifts.

aerspa011nlakfiae_465_334_int

Soviet New Year’s Postcard

Later in life, Sveta married a young Estonian man and she moved to Tallinn. Taavi, her husband, was a member of the ECP, but in private he was a practicing Lutheran who celebrated Christmas. The change from January 1 to December 25, the change from yolka to Christmas tree, and even the change from Ded Moroz to Santa Claus were of minor importance for Sveta. The only thing she cared about was that sweet return to childhood, once a year, reenacting the ritual with her own children.

I pondered for a moment and then said that, for me, it was all a mess; that every year I find it harder to enjoy Christmas; that I love it, but it’s a complicated love.

“I was raised a Catholic, but I haven’t been a believer for a long time. But without religion, what remains? And to top it all off, I’m against capitalism. You cannot be a communist and an atheist and still like Christmas! Oh, Sveta, my incongruity appalls me. I say I hate consumerism, but I’m entranced by the festoons, and the fake snow, and the thousand lights on every store. I remember the morning of Christmas, unwrapping my gifts, and the longing becomes remorse. I’m embarrassed by my petit-bourgeois sensibility. And let’s not even talk about the colonialist stench! What is a Canadian pine doing in a Mexican living-room? And what is an inflatable snow man doing at 86 degrees? Reindeers where even dogs have a hard time? Nothing makes sense. If you think about it, Christmas is an empty signifier.

Sentenced like that last one, I sprinkle on my conversations now and then to compensate the fact my Semiotics MA won’t get me a job. I awaited Sveta’s reaction and finally she said with real surprise: “And you say you have a girlfriend?”

Without the mental energy to take offence, I continued: “This is serious, Sveta. There is no escape. If I had children I could say it’s for them, that I am vicariously living their joy, but I don’t have them. Public opinion has a sound verdict: Any childless adult who enjoys Christmas in earnest is a soft-headed wimp. If anyone reads A Christmas Carol today, he does it ironically and laughing all the way. Or, maybe, fighting down tears, ashamed of being moved by such a corny book.”

“Oh, Dickens”, Sveta interrupted me, ignoring the rest of my cry. “I love Dickens. I remember the moment Bob Cratchit breaks down thinking about Tiny Tim and I also break into.”

John Leech

A Christmas Carol original illustration by John Leech

I confessed that, during most of my life, I knew A Christmas Carol only as a Muppets movie. It wasn’t until this vert year I read the book. I read it during one of my night shifts, in the blue light of the screen. I did have to take deep breaths to avoid crying in front of my coworkers upon reading about poor Bob Cratchit and his lost boy.

“What are Muppets?”, asked Sveta.

I downloaded A Christmas Carol with The Muppets and brought my computer to watch it with Sveta. In the beginning she was slightly put off by the inconsistency: some humans are humans and others are puppets; some animals are real-size and others are blown out or proportion. “My God”, she mumbled when the Cratchit marriage was revealed to be between a frog and a pig. Still, I did caught Sveta taking out her handkerchief to wipe the corner of her eyes a couple times. “It’s not so bad”, she said when the credits rolled: “But Dickens’ is better”.

Talking about A Christmas Carol we got to talk about Hoffmann’s Nutcracker, which I knew from animated movies they used to put on TV around this time of year when I was little, and which Sveta knew from Tchaikovsky’s ballet. From Hoffman we went on to Andersen and his sorrowful Fir Tree, or the even more depressing The Little Match Girl. “Bah”, Sveta said about this last one, “Dostoevsky’s take is so much better”.  

I had no idea Dostoevsky had written holiday stories and Sveta, taking my ignorance as a personal insult, ordered me to look for The Beggar Boy at Christ’s Christmas Tree and A Wedding and a Christmas Tree “in my weird device.”

Indeed, the first one is remarkably similar to The Little Match Girl; equally tear-jerking and both feature passive infanticide, as well as an encounter with a deceased loved one in heaven. Dostoevsky’s, however, has a full city where everyone is hostile or indifferent to the poor child. A Wedding and a Christmas Tree dabbles with child abuse too, but this one, for a reader today, is more disturbing since it includes a fat adult – with a hefty dowry in mind – flirting with an 11 year-old girl who just wants to keep grooming her doll. The miserable child of a governess also makes an appearance and is forced to see all the wealthy boys getting toys for gifts, while he gets an illustration-less book.

“Both stories have class-conflict all over them”, I tell Sveta. “You’re not getting nostalgic, are you?”, I tease. Sveta growled: “Bah”.

My bad jokes did not prevent Sveta from reading more holiday stories from her childhood to me during the following days. We read Chekhov’s The Christmas Tree, where the protagonist is yet another unhappy child (I begin to wonder if there has ever been a happy child in Russia); as well as At Christmas Time, which, in keeping with the general mood, is very gloomy, and which I didn’t understand. My favourite one was The Night Before Christmas by Nikolai Gogol; by far the most peculiar. There’s a Moon-stealing demon and a flying witch, and a dark, vodka-fueled night bringing forth both violence and romance.

“And you tell me Cortázar is too weird”, I complained jokingly.

Beyond Dickens, Sveta’s knowledge of English-language literature is sparse, so, in repayment for her many stories, I have read to her O’Henry’s The Gift of the Magi, whose anecdote she found endearing, but deplorably written; and Truman Capote’s A Christmas Memory which made her sob uncontrollably. Having exhausted my inventory with only two short stories, I showed her A Charlie Brown Christmas, which, to my deepest chagrin, bored her, though she conceded Charlie is similar to me: “Another killjoy”, she declared laughing, as her vaporous arm gave me a pat on the back.

December continues and still no snow. Sveta is genuinely mad. “How? Is there going to be no snow for New Year’s Eve?”, she asks me as if I was the weatherman or a seer. I’m not mad; disappointed maybe. “It’s weird”, I tell her. “All my life without snow, and after two winters in Estonia now I demand snow for Christmas”. Sveta tells me what she missed the most about Saint Petersburg after moving to Tallinn was snow. “Snow here”, she says, “seemed always less to me. Clouds in Saint Petersburg, though, there they are generous. Sometimes it seemed as if they all had fell on the city’s squares and parks, on the building tops and the palaces roofs”. I tell her about a morning, when I was six or seven, when I woke up to a snowfall. “Newspaper’s still remember that day every year”, I say. I tell her of Golfo, my Alaskan Malamute, so used to my city’s heat, poor thing, but that day he must have recalled his heritage and recognised in the few falling snowflakes his true nature, because he started howling and jumping, snapping his snout, trying to catch snow.

To take our minds off from the mediocre weather, I have played A Child’s Christmas in Wales, read by Dylan Thomas himself, in his deep booming voice. “What a sound, huh?”, I tell Sveta. She replies gloomily: “That’s another thing I miss; the sound of words.” Apparently, language is another thing we lose in death, that’s why I’ve been able to talk with Sveta. Only the skeleton of it remains. But along with the obstacles go the gifts. I tried to explain: “Oh, Sveta, imagine a snowy day, the sound of a creek, the cold water running over pebbles, the wind blowing the foliage of pine trees, and from far away the roaring of the waves crashing on the cliffs. Just like that. A soft and peaceful, yet menacing sound, all intensified by that temple-like silence of the snow.”

I don’t know if she understood, but she smiled.

Yesterday was Christmas Eve and I came to visit Sveta. For days I was thinking of a good gift for her, but I couldn’t come up with anything. Everything she misses is out of her reach.

“Anyway, don’t you have any Mexican short stories?”, she inquired the minute I crossed the door. “I know just one, Christmas in The Mountains”, I replied, and, knowing well how impatient she is, I looked it up and began reading.

At first, Sveta was in awe with that image of Mexico as seen from the eyes of a lone soldier, wondering along hazy mountain tops. The moment the priest appears in the story, though, Sveta was annoyed. “And this is the priest we ought to admire? This obnoxious man?”

She was bothered by the priest arriving in an indigenous village and believing he had rescued them from “idolatry and barbarism”; that he had re-built the town to his liking, with gardens, ornaments and roofs which made it look like “villages in Savoy and the Pyrenees”; that he had forced them to trade tortillas for bread; and that it all was shown as righteous. “You tell me how Christmas is celebrated in Mexico”, she asked me instead.

I explained customs change depending on the region, the social class, the family; but I did my best to paint the picture she wants. I tell her about the posadas; about the decorated churches’ squares and streets; about the steaming ponche pots, the tamales and buñuelos; about the proverbial piñatas with their paper spikes and their clay bellies full of peanuts and sugar cane and tangerines; about the reenactment of Mary and Joseph’s strife to find asylum, during which both children and adults half-heartedly pray and sing, interested only in the party.

I tell her too about the pastorelas, every single year in every pre-school and primary school; I tell her I was both a devil and an angel, a sheep and a shepherd; I tell her my brother was once a star, when he was maybe one year old, and that he hung from the ceiling for an hour, dressed in a makeshift costume made out of cardboard and foil.

I tell her about the nativity, which in our house was ambitious and surreal, and went far beyond the manger of Bethlehem. There were tiny roof tiles and diminutive hay stacks, and a desert with real sand and an oasis where a crocodile lived. There was a huge river where real water ran and a plastic platypus – whose origin we could never explain – swam. There were dozens of shepherds, some of them true veterans with missing limbs. There was a forest and a jungle for the toy tiger and lion and fox we just couldn’t leave out. And there was a Mexican desert, where a lady sold tortillas and a peasant rode a donkey.

I tell her about the fir tree and its fragrance.

And I tell her about how we kept everything: nativity, tree, lights, for too long – the nativity crumbling, the tree branches almost bare and scratching the floor. It wasn’t out of spite or indolence. My dad refused to let this stuff go. He was happy. And I was too.

Sveta listened to me during all this time with her eyes closed and when I finally finished she merely nodded and smiled.

I wished her a merry Christmas, although for her it wouldn’t be Christmas until a couple weeks later. We hugged and said goodbye.

“Write me a Christmas story!”, she shouted when I was stepping out.

My girlfriend and I went to Tartu to spend the holidays with friends, and when we came back we found the abandoned house, along with two empty lots, enclosed by a fence with a construction firm logo on it. I sneaked in, but the doors and windows were secured. I slipped the pages of my story under the door.

I honestly hope Sveta’s dream comes true and they build here a big shopping mall, with a department store of at least two flores, where the shoe shelves, and the clothes racks, and the perfume bottles, and the jewellery cabinets, multiplied in numberless mirrors, will be enough to fill her eternity.

 

In the meantime, we wait for the first snow.

La primera nevada

La suerte quiso que mi única amiga local, tras dos años y medio de vivir en Estonia, sea un fantasma.

Su nombre es Svetlana y espanta en la casa abandonada detrás de mi edificio de apartamentos. La conocí un día en que, por morboso, me metí a la vieja casona esperando hallar fotos o pinturas mohosas en las paredes, libros amarillentos deformados por la humedad, tal vez una pieza de joyería valiosa, cuando menos secretos olvidados esperando a ser revelados. En lugar de eso me encontré con una viejecita flotando a medio metro del suelo. Y la primera pregunta que se me ocurrió hacer fue la más estúpida: “¿Eres un espíritu?”. Error. Un consejo: si quieren trabar algún día amistad con un fantasma, no le pregunten si lo es. Sveta me miró con una bilis que me heló la sangré más que su repentina aparición. “Grosero”, me dijo. “Entras a mi casa sin permiso y encima me insultas”. Le pedí perdón y me presenté: “Soy Jorge y soy mexicano”, dije; como si ser mexicano explicara mi impertinencia. Es un defecto que adquirí desde que llegué a Estonia: confundir a todo el mundo con agentes de aduana. Fuera como fuera, sirvió. Escuchó mexicano y dijo: “Oh, qué raro. Nunca había visto a un mexicano”. El resentido entonces fui yo.

Nuestra amistad es extraña porque no tenemos casi nada en común. Ella tiene sesenta y tantos años (eso calculo, pero nunca ha querido revelarme la edad a la que murió. Es vanidosa en ese sentido) y yo tengo 27. “La flor de la edad”, dice ella con un suspiro de añoranza. Yo la escucho sin renegar, pero por mi bien debo dudar de la veracidad de su juicio. Si ésta es la flor de la edad, ¿qué me espera cuando la flor se marchite?

Una diferencia insalvable es de tipo ideológico. Sveta creció en la Unión Soviética y pasó sus últimos días encandilada por las maravillas que llegaron de occidente una vez que la Cortina de Hierro se desbarató. No pasa una hora sin que se queje de haberse muerto justo cuando empezaba a saborear las mieles del capitalismo. Yo, en cambio, me considero comunista. Creo. He leído dos libros de Slavoj Zizek y vi un video-ensayo sobre el Manifiesto comunista. Y bueno, en cualquier caso me gusta llevar la contraria. Ella no puede más que refunfuñar cada vez que le hablo de la crueldad del capitalismo, de su reluciente faz ideológica que oculta un engranaje terrible de opresión, de la explotación laboral y la depredación ecológica en países subdesarrollados que sostiene las condiciones de los países desarrollados. “Bah”, dice ella, “¿A mí qué me cuentas si nos aprendíamos esos versos de memoria en la primaria?”

El sueño de Sveta es que derriben su casa y en su lugar levanten un centro comercial para deambular en sus largas noches insomnes por pasillos de linóleo, mirando ropa que no puede usar, añorando zapatos que no puede calzar, conjeturando el olor de perfumes que no puede ponerse, imaginándose dueña de aretes brillantes que ya de nada le sirven. Yo le digo que ésa es más o menos mi experiencia en todos los centros comerciales, porque todo veo y nada me alcanza con el mísero salario que recibo trabajando en un call-center en horarios espantosos. “Bah”, gruñe Sveta y luego me habla de Siberia, del Gulag, del Gran terror. En fin, ¿qué puedo decirle?

No habíamos cumplido ni la semana de conocernos cuando me preguntó: “¿Eres bueno para otra cosa aparte de quejarte?”

“Me gusta leer y me gusta escribir”, respondí. “Aunque ya ni de eso estoy seguro”. Le cuento que a veces tengo tanta ansiedad que me veo forzado a releer un párrafo diez veces y aún así las palabras se resbalan como si mis ojos tuvieran una capa de cera. En cuanto a escribir, le digo que he olvidado cómo hacerlo; que se me ocurren ideas y las pierdo al momento que empiezo a escribirlas; que al acercarme me dicen: ‘No soy para ti’ y se desvanecen. “A veces ya no sé para qué, Sveta. No sólo para qué escribir, para qué en general”, terminé.

“Ya te estás quejando otra vez”, observó puntualmente Sveta.

Desde entonces hablamos de literatura, aunque tampoco aquí coincidimos. Una vez me preguntó quiénes eran mis autores latinoamericanos preferidos y le dije: “Borges, Cortázar y Bolaño”. Los dos primeros le entusiasmaron porque había oído de ellos y del tercero no sabía nada. Igual me pidió que le prestara algo. Así lo hice y una semana después me devolvió los libros con el dictamen: “Muy pesadito, muy raro y demasiado sexo”. A partir de ese momento dejó de confiar en mí y sólo me preguntaba mi opinión de los autores que a ella le gustaban (muchos de los cuales yo nunca había leído).

En otra ocasión, mientras Sveta hablaba efusivamente de Mayakovski, hizo una pausa para preguntarme: “¿Es la noche en Veracruz, vista desde la ventana de un ferrocarril, tan bella como la canta Mayakovski?”. Le dije que no tenía idea. No sabía de qué poema hablaba, desde hace décadas que no hay trenes de pasajeros en México, y las dos veces que estuve en Veracruz no me fijé en el cielo nocturno. Desde entonces no me deja intervenir mucho, pero no me molesta el rol de escucha. Oírla hablar de Chéjov y Bulgákov, o recitar poemas de Anna Ajmátova, es un placer.

La mayor diferencia entre nosotros es, al fin y al cabo, material. Yo estoy vivo y ella muerta.

Sveta asegura que ella no se dio cuenta cuando murió. Dice que fue a dormir una noche especialmente cansada y al día siguiente se levantó e hizo sus cosas, como siempre. Cuenta que luego vinieron sus hijos a visitarla y los notó muy alterados. Luego vino la policía y una ambulancia. “¿Por qué tanto alboroto?”, les preguntaba ella. Fue sólo después de mucho tiempo, cuando ya se habían llevado todas sus cosas y nadie venía a visitarla, que Sveta se dijo: “Yo creo que ya me morí”.

Dice que lo que más extraña son los aromas y los sabores. Recuerda sobre todo el sabor ahumado del té caravana que su madre preparaba por las tardes en el samovar y que Sveta mitigaba con sendas cucharadas de mermelada; recuerda también el aroma a mantequilla y miel que bañaba el pequeño apartamento cada vez que su abuela, de origen ucraniano, se empeñaba en preparar medovik sin ayuda, tardando medio día. Era cierto que quedaba mejor cuando nadie más intervenía.

Sveta está triste por estar muerta. Una vez traté de reconfortarla diciendo: “Estar vivo no es para tanto” y me regañó: “No digas estupideces”.

A pesar de nuestros muchos desencuentros, descubrimos hace poco algo que nos une. Ambos amamos la Navidad.

Una mañana de diciembre vine a visitarla y me preguntó por las coronas de adviento encendidas en casi todas las ventanas: “¿Ya casi es Navidad?”. Le aclaré que no, faltaban un par de semanas. “Pero no ha nevado”, dijo sorprendida. Quise explicarle que se debía al calentamiento global, otra de las secuelas del sistema que ella tan fervorosamente defendía, pero me contuve. En lugar de eso le conté que mi novia y yo ya habíamos comprado nuestro arbolito porque nos gusta disfrutarlo el mayor tiempo posible. “Los entiendo”, dijo. “Ésta era mi época favorita del año y también comprábamos el yolka desde tiempo antes”.

La mención del arbolito lanzó a Sveta en un viaje por la memoria. En la URSS, me explicó, el árbol no podía ser de Navidad por obvias razones. Durante años los árboles estuvieron terminantemente prohibidos hasta que un político sentimental escribió un artículo meloso en Pravda, pidiendo regresar a los niños del Estado Soviético la alegría de los árboles que otrora sólo podían envidiar espiando por las ventanas de las casas burguesas. Otras historias contaban que la propia hija de Stalin había visto un árbol adornado en la embajada inglesa y le había pedido a su papaíto uno. Cualquiera fuera el caso, desde 1935 el árbol regresó a los hogares proletarios, pero ya no como árbol de Navidad, sino como el novogodnyaya yolka, o árbol de año nuevo.

Durante la tercera semana de diciembre, cuando San Petersburgo se llenaba de mercados de abetos, el padre de Sveta compraba uno pequeño y lo llevaba a su departamento, donde lo ponían en una cubeta con agua y lo aseguraban con una cuerda; sacaban una caja con adornos: oropel plateado, unas pocas esferas, piñas que Sveta misma recogía durante el verano y pintaba una vez que se secaban, un pequeño cohete con la hoz y el martillo grabadas en dorado, y una gran estrella roja que Sveta, montada sobre los hombros de su padre, ponía sobre la punta del árbol.

En la víspera de año nuevo se reunía la familia; cenaban borsch, guisado de alforfón con cebolla y hongos fritos, y un gran pato relleno de manzana. Bebían cognac y, al terminar la cena, una taza de vzvar caliente. Entretanto su padre y una tía bajita se escabullían amparados por la algarabía y se aparecían a la media noche en la puerta, disfrazados de Ded Moroz y Snegurochka (el Abuelo Helada y su nieta la Doncella de Nieve).

aerspa011nlakfiae_465_334_int

Postal soviética de año nuevo

Al crecer, Sveta se casó con un joven estonio y se mudó a Tallin. Taavi, su marido, era miembro del PCE (Partido Comunista Estonio), pero en privado, era un luterano devoto y celebraba Navidad. El cambio de fecha festiva, el cambio del yolka por el árbol de Navidad, y el cambio de Ded Moroz por San Nicolás no fueron de mayor importancia para Sveta. Lo que le importó fue esa dulce vuelta a la infancia, una vez al año, reviviendo el ritual con sus propios hijos.

Me quedé pensando un momento y luego le dije que para mí todo el tema era un desastre. Que cada año se me hacía más difícil disfrutar la Navidad. Que me encanta, pero es un amor tremendamente complicado.

“Me criaron católico, pero desde hace mucho no soy creyente. El problema es que sin la religión ¿qué me queda? Y para colmo estoy en contra del capitalismo. No se puede ser ateo y comunista y celebrar la Navidad. Oh, Sveta, me llena de culpa mi incongruencia. Digo que odio el consumismo, pero voy a las tiendas y me emociono al ver las guirnaldas y la nieve falsa, y los cientos de luces. Recuerdo la desenvoltura de los regalos al amanecer con tanta nostalgia y me atenaza el remordimiento por mis aspiraciones pequeño-burguesas. Y encima el tufo colonialista que despide el asunto. ¿Qué hace un pino canadiense en una sala de México? ¿Qué hacemos con monos de nieve inflables a treinta grados centígrados? ¿Renos en donde con trabajos sobreviven perros lanudos? Nada tiene sentido. Bien mirado, la Navidad es un significante vacío”.

Cosas como esta última las espolvoreo a veces en conversaciones casuales para compensar el hecho de que mi título en semiótica no sirve para hallar empleo. Esperé la reacción de Sveta con ojos de perro enfermo y finalmente preguntó con auténtica sorpresa: “¿Y dices que tienes novia?”.

Sin espacio mental para ofenderme, seguí: “Es en serio, Sveta. No hay escapatoria. Si tuviera hijos podría decir que es por ellos, que vicariamente vivo su emoción navideña, pero no los tengo. La opinión pública parece tener claro el veredicto: ser un adulto sin niños y conmoverse con la Navidad es para auténticos pusilánimes. Si alguien lee Cuento de Navidad hoy, lo hace, o bien irónicamente y botado de la risa, o bien reprimiendo una lágrima, avergonzado por dejarse enternecer por ideas tan cursis”.

“Oh, Dickens”, me interrumpió entonces Sveta, ignorando el resto de mi lamento. “Adoro a Dickens. Me acuerdo del momento en que el pobre Bob Cratchit rompe a llorar acordándose de Tiny Tim y se me botan las lágrimas”.

John Leech

Ilustración original de John Leech para ‘A Christmas Carol’.

Le confesé que durante toda mi vida sólo conocí Cuento de Navidad a través de la versión adaptada con los Muppets, y sólo hasta este año leí el libro. Lo leí durante un turno nocturno en mi trabajo, en la luz azulina de la pantalla; y ciertamente tuve que respirar hondo en ese pasaje que ella mencionaba, para no ponerme a llorar en la oficina.

“¿Qué son los Muppets?”, preguntó Sveta.

Descargué la película y al día siguiente llevé mi computadora para ver Una Navidad con los Muppets con Sveta. Al principio le molestó la inconsistencia de que algunos de los humanos fueran humanos y otros marionetas; tampoco le encantó que hubiera animales exageradamente grandes y otros de tamaño natural. “Dios mío”, murmuró entre dientes al ver que Bob Cratchit era una rana y la señora Cratchit una puerquita. Pero por más que se quejó, en varias ocasiones la vi secándose los ojos con su pañuelo. “No está tan mal”, dictaminó cuando corrieron los créditos. “Pero la versión de Dickens es la buena”.

Hablando de Cuento de Navidad llegamos a Las campanas y El grillo del hogar y resolvimos que sin duda el mejor es el primero. De Dickens pasamos a Hoffmann y su cascanueces, que yo conozco a través de películas animadas que pasaban en la tele durante diciembre, y que Sveta conoce a través del ballet de Tchaikovski. De Hoffman pasamos a Andersen y su tristísimo cuento El abeto, o el todavía más triste La niña de los fósforos. “Bah”, dijo Sveta sobre este último. “Es mucho mejor el de Dostoyevski”.

Yo no tenía idea de que Dostoyevski había escrito cuentos de Navidad y Sveta, tomándose esta ignorancia como una ofensa personal, me ordenó que buscara en “mi aparato ése”:  El niño mendigo en el árbol de Navidad de Cristo y también otro cuento llamado El árbol de Navidad y una boda.

En efecto el primero se parece mucho a La niña de los fósforos. Igual de lacrimógeno e igual de infanticida. Ambos tienen un reencuentro en el cielo con un familiar fallecido. Pero el de Dostoyevski tiene una ciudad hostil llena de gente que mangonea o ignora al pobre niño. El árbol de Navidad y una boda también incurre en abuso infantil, aunque éste, para un lector actual, es más perturbador pues incluye a un adulto regordete cortejando – con una cuantiosa dote en mente – a una pobre niña de once años que sólo quiere jugar con su muñeca. También aparece el miserable hijo de una institutriz, que recibe un libro sin ilustraciones de regalo y es forzado a ver cómo todos los otros niños, hijos de aristócratas o de mercaderes, reciben marionetas y rifles de juguete.

“Oye, los dos cuentos tienen clarito el conflicto de clases al centro, ¿eh?”, le comenté a Sveta. “No te me estarás poniendo nostálgica, ¿O sí?”. Sveta gruñó: “Bah”.

Mis malas bromas no arredraron a Sveta y en días posteriores me estuvo contando otros cuentos navideños que ella recuerda de su infancia. De Chéjov leímos El árbol de Navidad, en donde aparece otro niño desdichado (empiezo a preguntarme si algún niño ruso ha sido feliz), y En fiestas, que, para no desentonar, es igual de deprimente y que, siendo sincero, no entendí. Esto último no se lo dije a Sveta por temor a decepcionarla de nuevo. Mi favorito fue Nochebuena de Nikolái Gógol, por mucho el más alucinante de todos. El diablo se roba la luna, aparece una bruja voladora, y en la oscuridad florecen festejos, altercados muy violentos y un romance.

“Y me dices que Cortázar es demasiado raro”, me quejé con Sveta.

Más allá de Dickens, Sveta no conoce a casi ningún otro autor anglosajón, así que como pago por sus muchos cuentos, le he leído The Gift of the Magi, de O’Henry, cuya anécdota le pareció excelente, pero su ejecución deplorable; y A Christmas Memory de Truman Capote, que la hizo llorar inconsolablemente. Habiendo agotado mi inventario con sólo dos cuentos, le mostré La Navidad de Charlie Brown, que, para profunda desazón mía, le aburrió; aunque concedió que Charlie se parece a mí: “Igual de aguafiestas”, declaró riéndose y luego su brazo vaporoso me dio un simulacro de palmada en la espalda.

Diciembre ha seguido avanzando y no cae nieve. Sveta está genuinamente enojada. “¿Cómo? ¿Vamos a llegar a noche vieja sin una nevada decente?”, me pregunta, como si yo fuera meteorólogo o vidente. Yo no estoy enojado; decepcionado tal vez. “Es raro”, le digo, “tantos años sin nieve y con sólo dos inviernos en Estonia ya exijo nieve a como dé lugar”. Sveta me cuenta que lo que más extrañaba de San Petersburgo al mudarse a Tallin era la nieve. “La nieve aquí”, dice ella, “siempre es poca, pero en San Petersburgo las nubes son generosas y en ocasiones parecía que se desparramaban enteras en parques y plazas”. Yo le hablo de una mañana, cuando tenía seis o siete años, en que despertamos con la sorpresa de que estaba nevando. “Hasta la fecha se habla de ese día”, le digo a Sveta y le cuento cómo Golfo, nuestro Alaska Malamut, acostumbrado al calor seco de mi ciudad, pareció de golpe reconocer en los escasos copos que caían su verdadera naturaleza, pues comenzó a aullar y dar brincos, tratando de atrapar la nieve con el hocico.

Para distraernos del clima mediocre que nos rodea, le he puesto a Sveta A Child’s Christmas in Wales, de Dylan Thomas, leído por el propio Thomas con su vocerrón venerable. “Qué sonido maravilloso, ¿no?” le pregunté a Sveta. Por respuesta ella dijo afligida: “Ay, ésa es otra cosa que extraño; el sonido de las palabras”. El idioma es otro peso que perdemos al morir; en el más allá queda sólo el esqueleto del lenguaje, por eso puedo comunicarme con Sveta. Pero junto con el obstáculo, se va también su obsequio. Traté de explicarle: “Oh, Sveta, imagina el sonido del agua helada corriendo sobre los guijarros y del viento golpeando el follaje de los pinos en un día nevado. Así, así justamente. Ese sonido tan suave, pero agigantado por el silencio de templo que crea la nieve”.

No sé si me entendió, pero sonrió.

Ayer fue Nochebuena y vine a visitar a Sveta. Durante días estuve pensando en buscarle algún regalo, pero no se me ocurrió nada bueno. Todo lo que más extraña está fuera de su alcance.

“Y bueno, ¿no tienes tú cuentos navideños mexicanos?”, me preguntó apenas crucé la puerta. “Conozco uno solamente; Navidad en las montañas”, respondí, y, como sé de su impaciencia, pronto lo busqué y comencé a leerlo.

En un principio Sveta quedó fascinada con esa visión de México desde los ojos de un soldado solitario merodeando montañas brumosas, cavilando sobre las tradiciones navideñas. A partir de la aparición del cura español, sin embargo, Sveta, al contrario que el narrador, se sintió más y más fastidiada. “¿Y este es un cura admirable? ¿Este señor tan pesado?”, exclamó.

Le molestó que el señor hubiera llegado a una aldea indígena y creyera haberla rescatado de “la idolatría y la barbarie”; que hubiera re-hecho el pueblo a su gusto, con jardines, adornos y techos que lo hacían parecerse a “aldeas de Saboya y de los Pirineos”; que les hubiera instado a cambiar tortillas por pan; y que todo esto fuera tomado por virtud. Yo no juzgo tan duramente a Altamirano como Sveta, el pobre hombre lo escribió por encargo y tiene pasajes memorables aunque sea meramente por la calidad de la prosa. Aun así, no deja de darme gusto escuchar a Sveta tan enardecida por una causa social.

“Mejor cuéntame tú cómo es la navidad en México”, me pidió.

Le expliqué que las tradiciones cambian mucho, dependiendo de la zona, de la clase social, de la familia; pero hago lo mejor que puedo para pintarle el cuadro costumbrista que desea. Le cuento de las posadas; de las plazoletas de iglesias y calles adornadas con luces; de los cazos humeantes de ponche o atole; de los tamales y los buñuelos; de las proverbiales piñatas con sus picos de papel, hechas sobre un jarrón de barro cocido, rellenas de cacahuates y caña de azúcar y mandarinas; de la procesión de María y José en busca de resguardo; de los niños (y no pocos adultos) que soportan rezos y cantitos desesperados o distraídos, esperando sólo la fiesta.

Le cuento también aquello de las pastorelas, que se hacen cada endemoniado año en preescolar y en primaria; le cuento que yo fui diablito y angelito, borrego y pastor; le cuento que mi hermano menor fue la estrella de Belén cuando tenía quizás un año, y que durante una hora colgó de un tubo con un disfraz hechizo de papel aluminio y cartón.

Le cuento de la cena navideña, invariablemente demasiada. De ese mundo incomprensible de los tíos y los abuelos que muy poco nos importaba, y de esa felicidad limpia de dudas que sentíamos los primos al jugar.

Le cuento entonces del nacimiento, o Belén, que puede ser solamente una representación en miniatura del pesebre donde, se supone, nació Jesús; pero que en nuestra casa era mucho más: enorme y francamente surrealista. Tenía el pesebre, con pequeñas tejas y rollos de alfalfa; un desierto con arena de verdad y un oasis donde habitaba un cocodrilo; un enorme río en donde de verdad corría agua y donde vivía un ornitorrinco que jamás supimos de dónde salió. Tenía decenas de pastores, muchos de ellos veteranos de guerra con miembros amputados, uno sin cabeza. Tenía un bosque y una selva puesto que queríamos incluir tigres, leones y un zorro que teníamos arrumbados entre nuestros juguetes. Tenía también un desierto mexicano, donde había una señora vendiendo tortillas y un campesino con su burro.

Le cuento del árbol y su aroma entrañable.

Y le cuento cómo dejábamos todo: nacimiento, árbol y luces por un tiempo insensato; el nacimiento ya derrumbándose, las ramas del árbol casi desnudas y en el suelo. No era descuido o desidia, era que mi papá se negaba a desprenderse de esas fechas. Porque era feliz. Y yo también.

Sveta me escuchó atenta todo ese tiempo y cuando terminé de hablar simplemente asintió, con los ojos cerrados y sonriendo.

Le deseé una feliz Navidad, aunque para ella la Navidad no sería sino hasta el 7 de enero. Nos dimos un abrazo y nos despedimos.

“¡Escríbeme un cuento de Navidad!”, me gritó cuando ya estaba saliendo de la casa.

Mi novia y yo fuimos a pasar las fiestas en Tartu, con amigos. Al volver nos encontramos con que la casa abandonada, junto con dos grandes terrenos adyacentes, estaba ahora rodeada por una valla con el logo de una constructora. Salté la valla, pero las puertas y ventanas estaban tapiadas. Pasé las páginas de mi cuento por debajo de la puerta.

Espero que el sueño de Sveta se cumpla y levanten aquí un gran centro comercial, con una tienda departamental de al menos dos pisos donde los anaqueles de zapatos, los estantes de joyería, los percheros de ropa y las muestras de perfume, replicadas en innumerables espejos, alcancen para llenar su eternidad.

 

Por lo pronto, seguimos esperando la primera nevada.

The Lighthouse: El delirium tremens de Prometeo

the-lighthouse-destacado (1)

Para los marineros perdidos en altamar, un faro es la esperanza; para Willem Dafoe y Robert Pattinson, sin embargo, el faro es precisamente el sitio de su naufragio. The Lighthouse es una pesadilla marítima, un descenso – pero descenso no es la palabra, una caída, una caída por un peñasco, a la locura. Los dos desgraciados protagonistas se ahogan en lluvias torrenciales y sobre todo en alcohol, y uno los sigue de cerca, embriagado también, pero por la extraordinaria fotografía, la hipnotizante banda sonora y la rabiosa edición.

Tom Wake (Dafoe) es un viejo lobo marino al que una pierna mala ha separado de los barcos, relegándolo a esa roca negra y a la labor de wickie, cuidador y operador de un faro. A su mando está el recién llegado Ephraim Winslow (Pattinson), quien fuera una vez un leñador pero ahora se dedica a cualquier trabajo que pague. Para su pésima suerte, eligió este trabajo. Pronto se da cuenta de que ha sido contratado no sólo como ayudante, sino también como mucama y como patiño. De hecho, Winslow parece hacerlo todo mientras que Wake se dedica simplemente a atender el cuarto de la luz, una tarea que se reserva celosamente y que en ocasiones disfruta desnudo. La única tregua entre estos dos hombres solitarios llega por las noches, durante la cena, cuando Wake prácticamente obliga a Winslow a conversar y a beber un licor que, me imagino, debe tener más en común con el desengrasante que con el vodka. Wake y Winslow se acercan poco a poco, pero sus acercamientos, incluso aquellos que por un momento podrían inspirar ternura o risa, son siempre los de dos bestias ariscas que en cualquier segundo pueden lanzarse a abrirse el pescuezo con los dientes. Los dos esconden secretos, entre ellos y ante nosotros.

Es impresionante lo que estos dos actores han hecho. El marino curtido en salmuera que es Tomas Wake viene completo con gorro, pipa y (casi) pata de palo y sus expresiones y gruñidos completan una imagen que en manos de un actor menor habría sido una caricatura. Pero Dafoe es Dafoe y con esta materia esculpe un portento de personaje que en ocasiones recuerda al capitán Ahab y en otras al mismísimo Neptuno. (Para regresarnos a la tierra, no obstante, Eggers se ha tomado la molestia de agregarle otro rasgo importante a Wake: constantes flatulencias). Robert Pattinson, por el otro lado, se confirma como uno de los actores más talentosos de su generación (sí, ¿quién lo hubiera pensado?) con su Ephraim Winslow, a ratos enigmático, a ratos vulnerable, a ratos un hierro caliente de furia, siempre una maraña de angustia.

Igualmente impresionante es el guion que Robert Eggers ha escrito con su hermano menor, Max Eggers. Los hermanos Eggers investigaron a profundidad literatura del mar de la época y de la región (finales del siglo XIX), particularmente a través de las obras de Sarah Orne Jewett. El diálogo resultante que Wake y Winslow se escupen uno al otro es Melville, es Coleridge, y está tan lleno de aliteraciones que a Shakespeare le provocaría escalofríos de placer.

Si un director menos talentoso y menos ambicioso hubiera estado al timón, The Lighthouse podría haber sido una de esas películas hermanas gemelas del teatro, porque se presta para eso: una locación, dos personajes, diálogo de primerísimo nivel. Pero Robert Eggers está interesado en el cine, el cine puro y decantado, de manera que toma estos elementos y con un ojo prodigioso sigue las vetas y encuentra oro visual.

El director ha confiado de nuevo en el fotógrafo Jarin Blaschke y en la editora Louise Ford, con quienes ya había trabajado en The Witch. Grabada en película en blanco y negro de 35mm y en un aspect ratio de 1.19:1, The Lighthouse evoca conscientemente el cine de Murnau o Lang. El expresionismo alemán tiene su clara huella aquí, con una iluminación espectacular que escudriña los gestos, que manosea las caras buscándoles surcos grotescos, y que proyecta sombras ominosas y casi vivas. También hay algo de la pintura de Andrew Wyeth y de la fotografía de Edward Weston (en particular ésa de la espiral de una concha que es como el molde para la escalera de caracol del faro). La edición, por su parte, es modernísima y tiene un pie en Un Chien Andalou y otro en el futuro, con una sesión masturbatoria en particular que podría inducir un síncope.

Mas lo interesante ocurre ahí donde Eggers se despega de sus influencias, pues su película no tiene nada de los escenarios distorsionados del expresionismo. Al contrario, desde The Witch Eggers ha dejado claro que es un obsesivo en lo que se refiere a la autenticidad. En The Lighthouse, por ejemplo, grabaron en Cabo Corchu, Nueva Escocia, donde el clima era realmente tan horripilante como el que vemos en pantalla (tres tormentas arremetieron contra la filmación). La ropa que visten Defoe y Pattinson está hecha con lana gruesa y piel de cerdo de acuerdo con escritos de la época. El faro se construyo ex profeso. Pero a Eggers este rigor histórico le sirve no para hacer películas realistas, sino para construir fantasías retorcidas como si hubieran ocurrido de verdad.

El efecto combinado y coronado por la banda sonora de Mark Korven, llena de tubas que evocan el bramido grave de los barcos, es un viaje mesmérico que en efecto es de horror, pero un horror siempre ambiguo y que en el fondo es el horror de los hombres, el horror de los hombres solos, enfrentados consigo mismos, con sus fantasmas, con el ansia de poder, con la lujuria. Particularmente la lujuria. Porque en The Lighthouse, como en el horror pretérito, de ciertos cuentos folclóricos, el miedo y la culpa se juntan con el deseo sexual. El sexo (o la falta de) se mezcla como tinta con sangre en el licor que beben Winslow y Wake desesperados. (¿Qué diría Freud que simboliza un faro?).

Es por ello que la trama es escasa, no porque sea superficial, sino porque bastan unos símbolos, unas cuantas referencias a la mitología griega y a las supersticiones de marineros para que sigamos las raíces de esta historia que llegan muy hondo, al estrato donde duermen los arquetipos.

A estas alturas sobra decir que la película es una delicia. Hay escenas, en particular una, que quedarán grabadas en mí mientras me dure la memoria. Espero que me dure mucho.