Diario 2020-2022, parte VI

Martes 18 de agosto, 2020

Escucho I Loves You Porgy con el Bill Evans Trio. Leo a Borges, «El otro, el mismo».

Pienso en los lugares donde he gozado más de estar triste. Venecia, frente a la estación central por la mañana y por la tarde en uno de sus parques. Florencia en la explanada frente al Palazzo Pitti. Una librería en Coyoacán y un café. Una cabaña en el lago de Zirahuén. El camino que sigue el río Emajõe en Tartu.

Miércoles 19 de agosto, 2020

Hoy cumplo 3 años en Estonia.

En mis ratos de nostalgia escucho a Rockdrigo y a Chava Flores para recordar Méxicos ya sepultados que no conocí.

Jueves 20 de agosto, 2020

Extraño incluso cosas inverosímiles: las cubetas de pintura que encuentran una nueva vida olorosa a Pinol en las labores domésticas, la casa de mi abuela paterna a la que hace más de una década no entro, larga, estrecha y alta, con su patio al fondo siempre mojado, lleno de plantas y de un par de piedras agujereadas que, la abuela contaba, servían para almacenar agua de lluvia; la casa de mi abuela materna con el eterno acompañamiento de Debussy y Chopin y el barullo de niñas estudiando ballet, y las flores naranjas en su patio de las que mis primos y yo solíamos beber el néctar.

Miércoles 26 de agosto, 2020

Escucho son jarocho, leo El arte de la fuga de Sergio Pitol. La luz del día – soleado, increíblemente – , filtrada por las hojas de los árboles agitadas por el viento, entra tamizada por las cortinas: vibra como agua. Ahora soy feliz.

Lunes 31 de agosto, 2020

De pronto mucha energía, muchas ideas. No sé si es el inicio de una temporada o cuando menos una semana de ánimo y productividad o si, como tantas veces, no será apenas poco más que un estornudo de alegría. Lo que sé es que quiero aprovecharlo porque además ahora, por cinco días, puedo aprovecharlo.

Cada vez que me siento así hay ya en el inicio un asomo de agonía, de desesperación, porque sé que siempre se me escapa, que soy inepto para retener estos humores. Es un animal prodigioso y anhelado, pero voluntarioso y elusivo. No se le puede buscar y hasta el acto de esperarlo pareciera disuadirlo de presentarse. Se vive simplemente, distraído, ensimismado, y de golpe uno voltea y ahí está, dignándose a mirarnos, benévolo y soberano. Por ahora debo resignarme a aprender el duro arte de aprovechar su presencia. Quizás un día aprenda a convocarlo.

Sé que la lectura de Sergio Pitol está teniendo un influjo benéfico en mí.

J.L.F.

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