Diario 2020-2022, parte V

Domingo 3 de mayo, 2020

Es preciso que me atreva a ser yo mismo. Que lea, o bien textos que son parte de un proyecto en concreto, o bien textos que me hagan felix. Que me traigan un placer estético o intelectual. Debo escapar de esta lógica absurda de una currícula autoimpuesta.

Lunes 4 de mayo, 2020

Esta mañana, ahora, soy feliz. Amaneció (aunque quizás estoy embelleciendo) con una leve llovizna, muy húmedo y muy fresco. Muy verde. La casa a nuestro lado tiene musgo creciéndole entre las grietas y al árbol más próximo le nacen diminutas ramas verdes de la corteza. Escucho a Simon & Garfunkel, a Leonard Cohen, a Tom Waits… Ahora soy feliz.

Lunes 11 de mayo, 2020

La crítica es, en última instancia, una manera de compartir. Es decir: «Mira, esto es lo que yo encontré y quiero que sea tuyo también».

Miércoles 3 de junio, 2020

He estado pensando en el tema de la censura a autores con vidas reprobables.

La razón por la que, creo, no deberíamos caer en la dinámica de censurar autores con vidas reprobables no es la apología, ni tampoco la admonición tantas veces repetida de: «hay que separar obra y artista», porque esto último es falaz. Es imposible hacer esa operación y si se hiciera, sería artificial. Las obras más fascinantes suelen ser aquellas que alcanzan ese punto curioso en que universal e individual se unen. La música de Wagner es solamente de Wagner, las novelas de Céline son cien por ciento Céline.

No. La razón es que tratar de borrar expresiones artísticas porque los artistas que las produjeron fueron unos desgraciados, o porque las obras mismas dejan traslucir villanías, es a su vez negar una cualidad y una amenaza fundamental del alma humana: que la belleza y la maldad pueden convivir sin el menor problema; que la mente más abyecta puede crear pasajes conmovedores, que un ideario que ha abrazado y tal vez hasta azuzado el odio puede también arrojar una luz potente sobre el entendimiento. En el fondo es un esfuerzo tan falso como el otro. Unos separan (o fingen separar) la obra que les gusta del autor que les incomoda para poder disfrutarlo sin que les zumbe la conciencia. Otros echan autor y obra a la basura por igual porque les causa escozor aceptar que un ser con posturas o acciones despreciables sea también capaz de algo valioso. Es, pues, un proceso que nos empobrece y que fomenta el maniqueísmo y también una cierta mediocridad contraria: la confusión de creer que alguien con ideales nobles y buenas intenciones es también ya de entrada un artista meritorio.

Nos empobrece también como lectores y audiencia. Nos juzga incapaces de discernir.

Podemos ser conscientes de que Octavio Paz (por hablar del que ahora parece concentrar más atención) era un esposo cruel, padre ausente y siervo del poder político; pero al tiempo saber que era un pensador lúcido, un ensayista prodigioso y un gran poeta.

Reconocer esto es ya una riqueza: ser capaces de habitar la tensión, la contradicción, la irreductible complejidad.

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