La extinción de la privacidad

Inmunización de rebaño es uno de varios conceptos epidemiológicos con los que de golpe nos hemos familiarizado: el tipo de inmunidad de grupo que se produce cuando el virus no puede transmitirse porque un porcentaje suficiente de la población se ha inmunizado; pero en este ensayo me permito utilizar el término en otro sentido, uno social y político: cuando la mayoría de la población se acostumbra a una medida autoritaria, de manera que la medida queda inmunizada.

Ahora que estamos asediados por el miedo, veo al menos un frente donde una de éstas medidas está incubándose.

El ascenso de la telemática

Quiero empezar hablando del ascenso disparado de la telemática para el trabajo y la educación. Esto casi unánimemente ha sido celebrado tanto en artículos como en memes. Todos están de acuerdo en que el albor de la era del home office y la educación a distancia es una especie de panacea del nuevo milenio. Mas esta algarabía generalizada me ha inquietado terriblemente desde un inicio. Los espacios educativos y laborales no son y no deben ser entendidos únicamente en función de su utilidad (dispender información/obtener una remuneración respectivamente), sino como espacios de convivencia. Y no convivencia únicamente con aquellos afines a nosotros sino – y esto es lo fundamental – con aquellos con quienes estamos en desacuerdo, aquellos que nos son indiferentes, aquellos que incluso odiamos. Gracias a los omnipresentes algoritmos que regulan prácticamente todo en nuestra experiencia online (cuyas fronteras con nuestra vida offline, seamos sinceros, son cada vez más difusas e incluso inexistentes), ya vivimos en una suerte de mónada ideológica en la que sólo interactuamos con aquello que refuerza nuestras ideas y nuestro comportamiento, ya sea positiva (afines) o negativamente (las abundantes peleas de opuestos en redes sociales que sólo sirven para afincarse más en la propia posición y no tienen nada de diálogo). Si a partir de ahora se intensifica la rapidez de migración hacia la telemática, ¿qué nos quedará? Porciones cada vez más significativas de la población serán definitivamente confinadas a sus habitaciones, desde donde podrán, por fin, escindirse de la otredad. Hay que preguntarnos con seriedad qué perdemos de humanidad en el trayecto.

Otro fenómeno a tomar en cuenta. Da la impresión de que lo que creemos ganar con la generalización del trabajo a distancia podría ser descrito con la siguiente fórmula: asistir al trabajo con la comodidad de casa. Sin embargo, hay que estudiar el reverso: el trabajo invade, finalmente y con toda nuestra anuencia, nuestro espacio más privado. Y aunque este platillo se ha estado cocinando desde que se inventó el telégrafo, ahora está listo y casi servido a la mesa como la nueva norma, al menos del sector de servicios. ¿Cuántos trabajadores no estaban ya, desde hace años, asediados por correos, mensajes de texto, WhatsApps, mensajes de Slack, etc. fuera de sus horarios laborales? Bueno, una vez que el teletrabajo se normalice, eso serán memorias de un tiempo más dulce puesto que ahora viviremos, más que nunca, en función de nuestro trabajo. Ahora mismo hay empresas alrededor de todo el mundo tomando fotos aleatorias o inclusive grabando a sus empleados para asegurarse de que están trabajando en casa. ¿Y qué hay con el derecho a no sentirse observado en el propio hogar? Ese derecho se nos ha ido entre los dedos hace tiempo. La mirilla de la computadora hace ver ahora al panóptico de Foucault como una torrecita en un parque infantil.

La extinción de la privacidad

Hay que afrontarlo y cuanto antes mejor: lo único que la presente crisis del coronavirus extinguirá será la privacidad. China ha utilizado su robusto aparato de vigilancia digital como una de las herramientas para prevenir el esparcimiento del virus. Corea del Sur puso en marcha un sistema de envío de alertas a los ciudadanos, detallando edad, género y sitios visitados en las últimas horas por una persona una vez confirmada su infección con Covid-19. Previsiblemente, relaciones extramaritales y otros escándalos y vergüenzas íntimas fueron revelados. Singapur estableció un protocolo similar de divulgación de información personal, aunque menos detallado. Para rastrear a personas que estuvieron en contacto con casos confirmados de coronavirus, Israel utilizará el mismo sistema de seguimiento de datos celulares que sus servicios de inteligencia usan – ojo aquí – para rastrear terroristas. En España, Vodafone ya puso a disposición del gobierno servicios de geolocalización para vigilar si la población cumple con las medidas de aislamiento. En Estonia, país donde yo resido, estado y telefónicas ya trabajan en lo mismo con la anuencia del inspectorado de protección de datos que ha considerado la medida legítima porque los datos son anónimos. A pesar de que diversos estudios han probado que los datos anónimos nunca pueden ser genuinamente anónimos.

Como ha defendido Giorgio Agamben en su libro Homo Sacer y ha venido a recordarnos en recientes textos relacionados con la pandemia, los estados de excepción son peligrosos porque justifican medidas autoritarias y con facilidad dichas medidas pueden luego hacerse la norma. La clave es encontrar una amenaza que pueda perpetuarse. Ejemplo: el terrorismo. Puede suceder en cualquier momento y eso ha sido justificado para violentar el derecho a la privacidad en una variedad de formas (la más común: en aeropuertos desde 2001). Los virus, argumenta Agamben con toda razón, son aún más efectivos.

Una publicación reciente del MIT Techonological Review parece darle la razón. Ya que el riesgo global no acabara mientras no contemos con una vacuna y haya al menos una persona infectada en el mundo, Gideon Lichfield dice (basándose en un estudio del Imperial College de Londres) que las medidas de distanciamiento social tendrán que mantenerse durante dos tercios del tiempo (dos meses sí y uno no) hasta que haya una vacuna (al menos 18 meses más). Pero eso no es lo peor. El riesgo de pandemias ha incrementado de la mano de la depredación de zonas naturales lo cual pone en contacto cada vez a más humanos con animales exóticos que son posibles portadores de patógenos y de la globalización que puede llevar esos patógenos a todo el mundo en cuestión de días. Esto se ha venido advirtiendo desde hace años.

Tras el ataque terrorista del 11 de septiembre del 2001, el estudioso de medios Richard Grusin identificó el nacimiento de un nuevo tipo de mediación: la premediación. Un cambio cualitativo que consiste en la profusión de mensajes desplegados en una multitud de medios orientados a representar el futuro antes de que éste suceda. Esto es, en esencia, replicar la estructura psicológica de la ansiedad en la estructura internacional de la difusión de información: todos los horrores futuros, son una posibilidad ahora. Si él hablaba en particular de cómo la lucha contra el terrorismo fue decisiva en esto, imaginemos ahora la lucha contra las pandemias. La amenaza real que ahora vivimos brutalmente, queda como ejemplo para mantener nuestro estado de alarma siempre latente.

Entonces, Lichfield del MIT concluye que para volver a socializar: “formas más sofisticadas de identificar quién representa un riesgo y quién no, y discriminando, legalmente, a los primeros”. Y prevee algunas posibles medidas que se volverán norma en el futuro cercano: para tomar un vuelo o para ingresar en recintos multitudinarios o instituciones importantes, habría que registrarse a un servicio que siga nuestros movimientos mediante geoposicionamiento para recibir alertas en caso de haber estado en sitios con un alto riesgo de infección. La biometría se volvería común y nuestra temperatura y signos vitales podrían ser monitoreados como un pasaporte. Se porían requerir documentos oficiales de inmunidad. Y el autor nos lanza esta afilada obsidiana: “La vigilancia intrusiva se considerará un pequeño precio a pagar por la libertad básica de estar con otras personas”. Lo peor es que tiene razón. Como si los derechos humanos fueran un recurso limitado, tenemos que socavar uno para mantener otro. Y nos acostumbraremos.

Es sólo natural; el virus encuentra a la privacidad muy vulnerable: vieja, débil y afectada ya por condiciones anteriores. Digámoslo claro: lleva más de una década en cuidados intensivos y si ha llegado hasta ahí ha sido porque el grosso de la población, con nuestro silencio, enunciamos nuestro acuerdo: la muerte de nuestra privacidad es un sacrificio justo a cambio del acceso a servicios “gratuitos” de internet.

Haciendo un repaso veloz por los “escándalos” recientes de utilización de datos personales, podemos apuntar a: empleados de Amazon, Apple, Google y Microsoft escuchan grabaciones hechas por los dispositivos de particulares; Facebook hace un experimento psicológico con miles de usuarios sin su consentimiento; Cambridge Analytica, con ayuda de Facebook, utiliza big data para dirigir propaganda o antipropaganda (incluídas noticias falsas) que resultó fundamental en la elección de Estados Unidos; etc. ¿Y cuáles han sido las repercusiones? Disculpas y más disculpas, y fotos del alienígena Zuckerberg tratando de simular un mea culpa y la promesa siempre vacía de mejorar. Lo cierto es que estas empresas y tantas otras – ¿cuántas veces al día aceptamos términos de privacidad? – saben lo obvio: son necesarias y por ende las compañías pueden salirse con la suya. En el documental Terms and Conditions May Apply, se dice que, si leyésemos todos los términos y condiciones que nos encontramos antes de aceptar o declinar, nos tomaría un mes laboral al año. Y eso fue en 2013. Las compañías saben que no tenemos tiempo para eso. Y aunque lo tuviéramos, para la inmensa mayoría de quienes tenemos acceso al internet, la red se reduce a los productos de estas compañías y son herramientas básicas tanto para nuestra vida laboral como para nuestra vida privada. No tenemos otra opción más que aceptar términos y condiciones.

En el excelente documental The Great Hack, Brittany Kaiser dice: “Los datos son el insumo más valioso en la tierra”. Y todos hemos aceptado, ya sea renuentemente o con gusto, a aceptar la privatización de nuestra privacidad. Para generaciones más jóvenes que han crecido con esto y para aquellas que vendrán, esto es y será su normalidad. En un mañana no muy lejano quizá se hablara de la lucha por defender la privacidad como de una más de tantas respuestas reaccionarias ante el avance de la tecnología a lo largo de la historia.

Descubrimos una ecuación curiosa: mientras que la esfera pública continúa reduciéndose (esfera pública entendida como los espacios donde puede consolidarse una ciudadanía heterogénea y activa), también se reduce la esfera privada. ¿Qué es lo que queda? La esfera autoritaria y la esfera privatizada. Porque hay que ver: se nos dice que el neoliberalismo es la disminución de la injerencia del estado en los asuntos del mercado, pero ésa no es la verdad completa. En realidad se trata de la reducción de la injerencia en favor de la ciudadanía, y el aumento de la injerencia en favor de las empresas. ¿No fueron acaso los gobiernos más atrozmente represivos los mismos que instauraron las reformas neoliberales en toda América Latina? ¿No es el estado de vigilancia distópico de China uno mismo con su pujante economía y su imparable productividad?

Habrá quienes estén más que dispuestos a llevar a cabo estas transacciones: mi privacidad por trabajo, sanidad, seguridad. Pero si a muchos ya no les interesan las minucias de la privacidad diaria, habría que invitarlos a pensar en las consecuencias.  El propio Lichfield reconoce que este tipo de medidas de vigilancia biométrica permanente podrían (y yo le quitaría el pospretérito) desencadenar toda una nueva suerte de discriminación a grupos vulnerables: personas sin acceso a servicios de salud, personas sin hogar, personas con enfermedades crónicas, personas que viven en sitios donde una infección es más probable, etc. podrían ser excluidas de oportunidades y servicios alegando que presentan un riesgo. Así como China utiliza un complejo sistema de créditos sociales para evaluar la posibilidad de que alguien cometa un crimen, nuevos algoritmos podrían instaurarse para prever quien es un “riesgo” de salubridad en potencia y excluirlo de antemano.

(Pregunta: ¿Quién definirá qué es un riesgo epidemiológico? Porque recordemos que en la lucha contra el terrorismo, la definición de “terrorista” se ha utilizado muchas veces para justificar ataques a grupos disidentes).

Yuval Noah Harari, el autor de Sapiens, plantea la posibilidad de un futuro no muy lejano, en el que todos debamos llevar dispositivos que monitoreen nuestro ritmo cardiaco, temperatura, etc. y que, en la lucha contra la amenaza constante de pandemias, los gobiernos tengan por ley acceso a esos datos. El autor nos dice:

“Es crucial recordar que la ira, la alegría, el aburrimiento y el amor son fenómenos biológicos justo como la fiebre o la tos. La misma tecnología que identifica toses también puede identificar carcajadas. Si las corporaciones o gobiernos empiezan a recolectar nuestros datos biométricos en masa, también pueden llegar a conocernos mucho mejor que nosotros mismos, y podrían no sólo predecir nuestros sentimientos, pero también manipularlos y vendernos cualquier cosa que deseen, ya sea un producto o un político”.

Si esto parece exagerado, pensemos en lo que compañías como Cambridge Analytica lograron a punta de clicks, compartires, likes, me encantas, me enojas y me entristeces.

Quizá más escalofriante: pensemos en esta forma gargantuesca de biopolítica normalizándose en este preciso momento histórico de creciente desconfianza en la democracia y de auge del autoritarismo. La mente no me alcanza para aventurar todas las formas de control que se avecinan.

Contagiar la resistencia

La pregunta obvia es, ante este tétrico panorama, ¿qué hacer? Y la respuesta es la misma que siempre: resistir mientras sea posible. Entablar la lucha por preservar nuestra privacidad aunque siempre llevemos la de perder. Así han sido todas las luchas por los derechos humanos. Recordemos que resistir no es sólo salir a marchar, sino también estar informado y compartir la información, para que incluso si (o cuando) medidas como las descritas hasta ahora se vuelvan tan comunes como los tanteos y escáneres en aduanas, sepamos qué estamos cediendo y cómo puede ser utilizado. Resistir es saber cómo esto afectará a los más vulnerables, y que al saberlo no regalemos también nuestro silencio complaciente, sino que seamos solidarios y vocales.

Resistir será sobre todo proteger y reconstruir la democracia verdadera, puesto que es y será la última barricada. No celebremos, por ende, el ascenso de la telemática sin pensamiento crítico. Busquemos formas de preservar espacios para la convivencia con la diversidad, recuperemos la capacidad de diálogo y convivencia con los otros.

Resistir, como siempre, será recordar que nuestro camino no está en el yo, sino en nosotros.

François

A François lo recuerdo sentado en el sillón rojo junto al fuego. Lo recuerdo con una sonrisa apenas sugerida, de tranquilidad alcanzada y merecida. Lo recuerdo dueño de un encanto, de un aire despreocupado y de un rostro que bien lo podrían haber hecho galán del viejo cine francés si no hubiera elegido en cambio el mar y la industria. Lo recuerdo leyendo, creo, y escuchando música clásica. ¿Y lo recuerdo tocando el piano?

No estoy seguro y me reprocho estas dudas, los contornos que se han llevado los años como las olas se llevan las orillas de una huella. Es mi culpa. Porque en realidad hace ya mucho que debí haber escrito esta historia. Son tres años desde aquellos días de diciembre que Fabiola y yo pasamos en Saint-Denis-Le Ferment, acogidos por los Cadennes. Tres años desde que me propuse escribir una breve crónica que sirviera, más que nada, como una fotografía emocional a la que pudiera luego acudir para volver a esos días tan felices. Pero súbitamente todo cambió y la fotografía, aún no revelada, adquirió otra tonalidad.

De algo no me cabe duda: recuerdo a François sobre todo a través de Diane.

A Diane la conocí en León en 2015. Ella enseñaba francés en la preparatoria donde yo enseñaba español y literatura.  Nuestra amistad tuvo cuatro bases: La primera – fundamental entre el profesorado – eran las quejas, la catarsis, la frustración (aunque yo me quejaba mucho más, ella en cambio parecía siempre una palabra amable hasta para los alumnos más abyectos). La segunda, ambos teníamos los carros más viejos y destartalados en la escuela, lo cual nos condujo a una competencia amistosa que yo terminé ganando inapelablemente cuando perdí el único espejo retrovisor que me quedaba. La tercera razón era que ambos extrañábamos a personas que estaban muy lejos; Diane a su familia en Francia y yo a Fabiola, en Estonia. La cuarta, última y más importante: Diane tiene un corazón enorme; enorme y luminoso a un grado tal que alcanzaba a arrojar luz sobre los  escondrijos de mi ruinoso corazón.

Fue ese corazón enorme el que llevó a Diane a insistirme, una vez que le conté que iría a visitar a Fabiola en diciembre, que nos hospedáramos unos días en su casa al norte de Francia, aprovechando que ella pasaría ahí las fiestas. Si algo lamentamos Fabiola y yo de ese viaje hasta la fecha, es haber destinado solamente tres días a Saint-Denis-Le-Ferment.

Nos encontramos con Diane en la Gare du Nord la mañana del 20 de diciembre y después de un café y unos panecitos dulces de la proverbial pâtisserie française, tomamos un tren interurbano rumbo a Gisors. Fabiola cayó dormida inmediatamente, víctima de una gripa que llevaba casi una semana asediándola, y mientras tanto Diane se disculpó conmigo por adelantado por el estado de su casa, que ella juzgaba inadecuado para recibir visitas, y se excusó aduciendo un malestar en las manos de su papá y el agitado horario laboral de su mamá. La tranquilicé asegurándole que, a pesar de nuestra apariencia aristocrática y exquisita, Fabiola y yo éramos de gustos simples. Contendí también que, en materia de casas desordenadas como en aquella de carros desvencijados, yo era un consumado campeón, contando siempre con cuando menos siete estratos de papeles en cada superficie de mi hogar.

En la estación de Gisors nos esperaba Joëlle, la madre de Diane, una señora de cabello blanquísimo, ojos de un azul intenso y una sonrisa perenne, quien nos abrazó a Fabiola y a mí como si fuésemos amigos íntimos y hubiesen pasado inclementes décadas de distancia entre nosotros.

Atravesamos un fragmento del valle de L’Eure: campos y más campos de cultivo bordeados de setos y escarchados de breves boscajes de manzanos, abedules y avellanos; y llegamos a Saint-Denis-Le-Ferment, un pueblito de menos de quinientas personas, pero de más de mil cien años de antigüedad; hogar de un pequeño castillo, un viejo molino de agua y del linaje Cadennes.

La casa de Diane, como su abolengo en Saint-Denis, tiene centurias. Espero no estarme equivocando, pero creo que Joëlle nos contó que la casona de muros blancos y fuertes travesaños de madera negra databa del siglo XVI. Al entrar descubrimos que Diane no mentía: en efecto la casa estaba desordenada; pero aunque no mentía, sí erraba al disculparse, pues ese desorden no debía ser motivo de vergüenza sino de orgullo. No era un desorden fruto del descuido; era más bien una extensión del temperamento particularísimo de su familia; una generosidad desbocada, un sentido infatigable de la lealtad y una curiosidad voraz.

Diane nos dio un recorrido. Del techo al piso y extendiéndose por todos los muros había pinturas, fotos, carteles y mapas; uno de estos últimos tenía garabateadas corrientes marinas y marcas en diversos puertos del mundo donde François había estado en sus días de navegante. En cada repisa (y las había en cantidad), había docenas de libros encaramados. Me acuerdo sobre todo de un ingente tomo sobre jeroglíficos del antiguo Egipto que mantuvo a Fabiola entretenidísima. Artesanías de todas las procedencias, manualidades seguramente hechas por Diane y sus hermanos cuando eran niños, innumerables talismanes del recuerdo que peleaban por un sitio. Sobre un armario en la habitación de Diane, al menos cinco trofeos de campeonatos de natación y de recitales de piano. Sobre el piano de pared donde Joëlle daba clases a diario, docenas de partituras, las Gymnopédies de Satie todavía abiertas de la lección más reciente. En la cocina, un refrigerador pegado a un mosaico de imanes y en el muro a un costado, un tapiz de postales, la mayoría enviadas por amigos agradecidos con la familia Cadennes por su hospitalidad legendaria.

Y en la sala, en un gran sillón rojo, junto al fuego, estaba François. Y una Diane que se acercaba a abrazarlo y le decía: “Bonsoir, papa” con un cariño que todavía hoy, de recordarlo, me enternece.

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Esos días fueron idílicos. Visitamos Gisors, que cuenta con un castillo de tamaño respetable, y ahí bebimos un reconfortante chocolate caliente a la vienesa. Fuimos una tarde a Rouen, ciudad famosa por ser sede del juicio y martirio de Juana de Arco (de paso, descubrimos que ser el sitio donde quemaron a una mujer en la hoguera dificulta tremendamente la creación de souvenirs temáticos); pero que además merece ser conocida por el simple hecho ser bellísima. Ahí paseamos con una placidez suprema y en su gran mercado de navidad tomamos un vino caliente mientras Diane, Fabiola y yo hablábamos de la incertidumbre que nos esperaba a todos por haber elegido una existencia transatlántica. Por último fuimos a Pourville-sur-Mer, un pueblo a la orilla del canal de la Mancha, no muy lejos de donde se dio el famoso desembarco de Normandía. Una playa hecha de guijarros blancos pulidos por las olas y de riscos blanquísimos que en otro tiempo sedujeron a Monet, y que se están desmoronando a una velocidad trepidante, comiéndose el valle que hay encima.

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Nuestras diligentes guías fueron Joëlle y Diane. Para Fabiola, además, fueron atentas enfermeras, consiguiéndole pañuelos, preparándole tés y atendiéndola con una delicadeza tal, que otros habrían pensado que Fabiola tenía tuberculosis y no un catarro, y que estas mujeres eran su madre y hermana respectivamente y no recién conocidas. No por nada todos los alumnos de inglés, francés y piano de la incansable Joëlle la llamaban mamá o abuela. No por nada, Diane se hace querer por todos.

Y esperándonos en la casa, siempre François, quien se dedicaba a disfrutar su bien merecido retiro. Preparaba la cena: una noche un raclette – del que Fabiola tidavía habla con añoranza – y otra su afamado veau, sauce á l’échalote. Recuerdo a François descorchando el vino y sirviéndonos en generosas copas. Lo recuerdo también cediendo su corona de cartón a Fabiola tras partir la gallette des rois. Y lo recuerdo contándonos historias de su juventud en el mar; contándonos, por ejemplo, de la ocasión en que su barco atracó en Cuba, cuando él tenía apenas dieciocho años, y en un bar lo retaron a tomar una cantidad monstruosa de ron y él, como buen marinero, no arredró; y creo que había también en esta historia una mesera cuyos ojos negros el mozo François deseaba encandilar; pero el ron ganó, claro, y en algún punto François apoyó la frente en la mesa de aquel bar caribeño y no la levantó hasta el día siguiente. Cuando pienso en él narrándonos estas memorias, lo recuerdo siempre con un gorro de capitán. Pero no sé si esto último fue así o si lo he agregado.

Una historia de altamar sobre todo se ha quedado en mi memoria y a menudo pienso en ella. En alguno de sus viajes, François arrojó tres botellas al mar conteniendo breves cartas con la información necesaria para contactarlo. Un par de años después, recibió una respuesta. Un sacerdote de Costa de Marfil había encontrado una de sus botellas.

Nos despedimos la mañana del 23 de diciembre con tristeza. Los momentos de genuina paz y felicidad son tan escasos y en Saint-Denis-Le-Ferment fuimos felices, gracias a Diane, Joëlle y François.

Pasamos Navidad en Barcelona y año nuevo en Madrid. Luego nos dirigimos a Stuttgart a pasar unos días con una vieja amiga de mi familia. Fue ahí, en Stuttgart, donde me llegó el mensaje de Diane. En él me decía que su papá había fallecido y que estaba contenta de que lo hubiéramos conocido.

Cada diciembre y enero vuelvo a pensar en François. En François junto al fuego en su sillón rojo. En sus pocas palabras y su bondad que irradiaba. Y a partir de esa imagen todo crece a su alrededor: la sala y los libros, el piano, los imanes y postales, las pinturas y mapas, el jardín y el camino, el pequeño castillo y el molino de agua, Saint-Denis-Le-Ferment y Rouen y Gisors y Pourville-sur-Mer. Y Diane diciendo: “Bonsoir, papa”. Y Joëlle sonriendo porque sólo él sabía contar historias así. Y el mar cargado de mensajes.

Los mensajes en botellas son un género literario propio, a medio camino entre el género epistolar y el diario. Esperan un lector, pero no lo llaman. Mientras no sean mensajes desesperados pidiendo rescate, los mensajes en botella son un caso de comunicación sin paralelos porque el interlocutor es una pura posibilidad y el autor lo sabe de antemano. Revelan una cierta apertura, una predisposición a la incertidumbre, un afán de libertad.

Y yo sigo pensando en esas otras dos botellas. Las que no fueron halladas. Las que tal vez siguen a la deriva, siendo arrastradas por una u otra corriente marina, hasta que quizás un día, dentro de décadas o siglos alguien la rescate. O quizá ya fueron halladas, pero la persona no ha querido responder o no ha podido por no entender el idioma, o porque la humedad y la sal han borrado la tinta. O las botellas se han hundido; el agua se filtró y las haló al fondo del mar donde peces nadan en torno a ellas con tremulidad de peces, o cangrejos las inspeccionan con ansias de una nueva casa, o un inteligente pulpo logra abrirlas, pero es incapaz de leer. Sea como sea ya no importa demasiado. Esas cartas ya no hallarán a François. Como tampoco lo hará este texto.

Pero hallará a Diane, espero. Y es a ella a quien nunca supe decirle: somos nosotros los afortunados por haberlo conocido.

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The First Snow

As luck would have it, after two years and a half living in Estonia, my only local friend is a ghost.

Her name is Svetlana and she haunts the abandoned house right behind my apartment building. I met her when, out of curiosity, I stepped into the house hoping to find musky photographs and pictures on the walls, yellow books bent and twisted by moisture, maybe a piece of fine jewellery, or any forgotten secret awaiting to be revealed. Instead I found an old lady, floating a full feet above the wooden floor. And the first question I thought of asking was: “Are you a spirit?”. Big mistake. Here’s some advice: if you ever wish to become friends with a phantom, don’t ever ask them if they happen to be one. Sveta looked at me with such spite, it froze my blood more than her sudden apparition. “What a rude young man”, she said. I sincerely apologised for being so uncouth and I introduced myself: “My name is Jorge and I am Mexican”, I said, as if being Mexican served as an explanation for my impertinence. It’s a bad habit I’ve picked up since I moved here: mistaking every person I meet with a customs agent. In any case, announcing my nationality worked; she warmed up and said: “Oh, how exciting. I had never seen a Mexican before”. I was now the wronged one, but kept quiet.

Our friendship is weird; we have almost nothing in common. She is sixty something (I guess, but I have never asked and she has never disclosed how old she was when she passed; she’s vain like that) while I am 27. She keeps assuring me I am at my prime, which never fails to depress me.

An unsurmountable difference between us, is an ideological one. Sveta was brought up in the Soviet Union and she spent her last days dazzled by the wonders arriving from the West, once the Iron Curtain crumbled. There’s not an hour when she doesn’t complain about having died just when she was starting to savour the sweet-juicy fruits of the free market. I, on the other end, identify myself as a communist. I believe. I have read two Slavoj Zizek books and I have watched a video-essay on the Communist Manifesto. In any case, I love to be opposed to something. Whenever I tell her about capitalism’s cruelty, its shining façade hiding a dark oppression machinery, the savage plundering of land and people in the third world which sustains the first, she merely growls: “Bah”, and says: “I don’t need that; I know the verse since pre-school”.

Sveta’s dream is that her house will be torn down and a mall will be built, so she can wonder around linoleum floors during her restless nights, watching cloths she cannot sport, imagining the smell of perfumes she cannot try, fancying herself the owner of jewellery she cannot wear. I tell her that’s more or less my experience every time I enter a mall, since I see everything but can buy nothing with my meagre salary for my mind numbing job. “Bah”, Sveta gripes, and then proceeds to talk about Siberia, the Gulag, the Great Terror. What can I say?

Anyway, we never fight. I am too excited to have a ghost friend and she’s too excited to have a Mexican friend to quarrel about politics and economics.

A week had not yet passed since we’d met when Sveta asked me: “Are you good for anything other than complaining?”

“I like to read and I like to write”, was my answer. “Though even that I doubt now”. I tell her that, sometimes, I’m so anxious I’m forced to re-read a paragraph ten times and even then words slip down the surface of my eyes as if they were waxed. As for writing, I tell her I have forgotten how. I come up with ideas, but I lose them the moment I sit to type them. They leave me. As if they had just approached to tell me: “I am not yours”. I’m forgetting Spanish. I don’t even know what’s the point. I don’t mean only what’s the point with writing, but in general”.

“You’re complaining again”, Sveta pointed out.

This brief exchange got us talking about literature, though not even here do we see eye to eye. Once she asked me who were my favourite Latin American writers. I said: “Borges, Cortázar and Bolaño”. She got excited about the first two but had heard nothing of the third. Either way she asked me to borough something from them. A week after she handed me back the books with her opinion: “Too stiff, too weird and too much sex.” From then on, she stopped trusting me and she would only ask me about the writers she likes (many of whom, I did not know).

One afternoon, while Sveta spoke effusively of Mayakovsky, she paused to ask me: “Is the night in Veracruz, seen through the window of a moving train, really as beautiful as Mayakovsky writes?” I told her I had no idea. I did not know which poem she was referring to, trains haven’t carried people for decades now in Mexico, and the two times I’d been in Veracruz, I didn’t pay much attention to the night sky. She doesn’t let me speak much since then, but that’s fine, I don’t mind being audience. Listening to her speak about Bulgakov, or reciting poems from Anna Akhmatova from memory, is a pleasure.

The greatest difference between us is, after all, material. I am alive and she’s not.

Sometimes we talk about that. Sveta assures me she did not realise when she died. She says she went to sleep one night, specially tired, and the next day she resumed her day as always. Her two sons came later and they looked upset. Police and an ambulance followed. “Why the fuzz?”, Sveta inquired many times without answer. It wasn’t until many days later, when all her stuff was taken and nobody came to visit anymore when she said to herself: “I think I might be dead already”.

What she misses the most, she says, are flavours and smells. She remembers above all the smoky fragrance of the caravan tea her mother used to prepare in the samovar, with a taste too bitter for young Sveta, which she used to mask with too many blueberry jam teaspoons. She also remembers the butter and honey aroma which took over the small apartment for a whole day, whenever her Ukrainian grandmother insisted in making medovik cake all by herself. It was true, in all honesty, that the medovik was better, when grandma cooked alone.

Sveta is sad about being dead. I tried to offer comfort once by saying: “Being alive is not that great”, but she scolded me: “Don’t speak such foolishness”.

In spite of all our disagreements, we have found something that we both love: Christmas.

One December morning, I came to visit and she asked me about the advent candles in every window: “Is it Christmas already.” I said it was still two weeks ahead. “Oh, but it hasn’t snowed”, she replied in surprise. I wanted to explain how the horrid practices inherent to the system she so cherished were causing the world to warm, but I restrained myself. Instead I told her about the tree my girlfriend and I had just bought. “This was my favourite time of the year”, Sveta said, “and we also bought the yolka many days before the celebrations.”

The mentioning of the tree sent Sveta deep into her memories. In the USSR, she explained to me, the tree could clearly not be a Christmas one. For years trees were banned until an emotional politician wrote a sobby article in Pravda, asking how could the Soviet Union deprive their poor proletarian children of the joy of the tree they could once only envy through the windows of bourgeois houses. Other stories assured it was Stalin’s own daughter who, upon seeing a Christmas tree at the British embassy, asked her papa for one. However it might have been, from 1935, the Christmas tree returned, but as the novogodnyaya yolka, or New Year’s tree.

In the third week of December, when fir tree markets appeared all over Saint Petersburg, Sveta’s father bought a small one and took it home, where they put it in a bucket with water and secured it with rope. A dusty box was pulled out from the closet, full of silver tinsel, spheres, pine-cones Sveta had picked and painted herself, a rocket with sickle and hammer in golden, as well as a big red star Sveta, sitting on her father’s shoulders, placed on the tree top.

On New Year’s Eve, the family came together. They had borscht, buckwheat with fried onions and mushrooms, and a great apple-stuffed, slow roasted duck. They drank cognac and, after dinner, hot vzvar. Meanwhile, Sveta’s father and a small aunt would sneak out and appear at the front door, precisely at midnight, dressed as Ded Moroz and Snegurochka, carrying a bag of gifts.

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Soviet New Year’s Postcard

Later in life, Sveta married a young Estonian man and she moved to Tallinn. Taavi, her husband, was a member of the ECP, but in private he was a practicing Lutheran who celebrated Christmas. The change from January 1 to December 25, the change from yolka to Christmas tree, and even the change from Ded Moroz to Santa Claus were of minor importance for Sveta. The only thing she cared about was that sweet return to childhood, once a year, reenacting the ritual with her own children.

I pondered for a moment and then said that, for me, it was all a mess; that every year I find it harder to enjoy Christmas; that I love it, but it’s a complicated love.

“I was raised a Catholic, but I haven’t been a believer for a long time. But without religion, what remains? And to top it all off, I’m against capitalism. You cannot be a communist and an atheist and still like Christmas! Oh, Sveta, my incongruity appalls me. I say I hate consumerism, but I’m entranced by the festoons, and the fake snow, and the thousand lights on every store. I remember the morning of Christmas, unwrapping my gifts, and the longing becomes remorse. I’m embarrassed by my petit-bourgeois sensibility. And let’s not even talk about the colonialist stench! What is a Canadian pine doing in a Mexican living-room? And what is an inflatable snow man doing at 86 degrees? Reindeers where even dogs have a hard time? Nothing makes sense. If you think about it, Christmas is an empty signifier.

Sentenced like that last one, I sprinkle on my conversations now and then to compensate the fact my Semiotics MA won’t get me a job. I awaited Sveta’s reaction and finally she said with real surprise: “And you say you have a girlfriend?”

Without the mental energy to take offence, I continued: “This is serious, Sveta. There is no escape. If I had children I could say it’s for them, that I am vicariously living their joy, but I don’t have them. Public opinion has a sound verdict: Any childless adult who enjoys Christmas in earnest is a soft-headed wimp. If anyone reads A Christmas Carol today, he does it ironically and laughing all the way. Or, maybe, fighting down tears, ashamed of being moved by such a corny book.”

“Oh, Dickens”, Sveta interrupted me, ignoring the rest of my cry. “I love Dickens. I remember the moment Bob Cratchit breaks down thinking about Tiny Tim and I also break into.”

John Leech

A Christmas Carol original illustration by John Leech

I confessed that, during most of my life, I knew A Christmas Carol only as a Muppets movie. It wasn’t until this vert year I read the book. I read it during one of my night shifts, in the blue light of the screen. I did have to take deep breaths to avoid crying in front of my coworkers upon reading about poor Bob Cratchit and his lost boy.

“What are Muppets?”, asked Sveta.

I downloaded A Christmas Carol with The Muppets and brought my computer to watch it with Sveta. In the beginning she was slightly put off by the inconsistency: some humans are humans and others are puppets; some animals are real-size and others are blown out or proportion. “My God”, she mumbled when the Cratchit marriage was revealed to be between a frog and a pig. Still, I did caught Sveta taking out her handkerchief to wipe the corner of her eyes a couple times. “It’s not so bad”, she said when the credits rolled: “But Dickens’ is better”.

Talking about A Christmas Carol we got to talk about Hoffmann’s Nutcracker, which I knew from animated movies they used to put on TV around this time of year when I was little, and which Sveta knew from Tchaikovsky’s ballet. From Hoffman we went on to Andersen and his sorrowful Fir Tree, or the even more depressing The Little Match Girl. “Bah”, Sveta said about this last one, “Dostoevsky’s take is so much better”.  

I had no idea Dostoevsky had written holiday stories and Sveta, taking my ignorance as a personal insult, ordered me to look for The Beggar Boy at Christ’s Christmas Tree and A Wedding and a Christmas Tree “in my weird device.”

Indeed, the first one is remarkably similar to The Little Match Girl; equally tear-jerking and both feature passive infanticide, as well as an encounter with a deceased loved one in heaven. Dostoevsky’s, however, has a full city where everyone is hostile or indifferent to the poor child. A Wedding and a Christmas Tree dabbles with child abuse too, but this one, for a reader today, is more disturbing since it includes a fat adult – with a hefty dowry in mind – flirting with an 11 year-old girl who just wants to keep grooming her doll. The miserable child of a governess also makes an appearance and is forced to see all the wealthy boys getting toys for gifts, while he gets an illustration-less book.

“Both stories have class-conflict all over them”, I tell Sveta. “You’re not getting nostalgic, are you?”, I tease. Sveta growled: “Bah”.

My bad jokes did not prevent Sveta from reading more holiday stories from her childhood to me during the following days. We read Chekhov’s The Christmas Tree, where the protagonist is yet another unhappy child (I begin to wonder if there has ever been a happy child in Russia); as well as At Christmas Time, which, in keeping with the general mood, is very gloomy, and which I didn’t understand. My favourite one was The Night Before Christmas by Nikolai Gogol; by far the most peculiar. There’s a Moon-stealing demon and a flying witch, and a dark, vodka-fueled night bringing forth both violence and romance.

“And you tell me Cortázar is too weird”, I complained jokingly.

Beyond Dickens, Sveta’s knowledge of English-language literature is sparse, so, in repayment for her many stories, I have read to her O’Henry’s The Gift of the Magi, whose anecdote she found endearing, but deplorably written; and Truman Capote’s A Christmas Memory which made her sob uncontrollably. Having exhausted my inventory with only two short stories, I showed her A Charlie Brown Christmas, which, to my deepest chagrin, bored her, though she conceded Charlie is similar to me: “Another killjoy”, she declared laughing, as her vaporous arm gave me a pat on the back.

December continues and still no snow. Sveta is genuinely mad. “How? Is there going to be no snow for New Year’s Eve?”, she asks me as if I was the weatherman or a seer. I’m not mad; disappointed maybe. “It’s weird”, I tell her. “All my life without snow, and after two winters in Estonia now I demand snow for Christmas”. Sveta tells me what she missed the most about Saint Petersburg after moving to Tallinn was snow. “Snow here”, she says, “seemed always less to me. Clouds in Saint Petersburg, though, there they are generous. Sometimes it seemed as if they all had fell on the city’s squares and parks, on the building tops and the palaces roofs”. I tell her about a morning, when I was six or seven, when I woke up to a snowfall. “Newspaper’s still remember that day every year”, I say. I tell her of Golfo, my Alaskan Malamute, so used to my city’s heat, poor thing, but that day he must have recalled his heritage and recognised in the few falling snowflakes his true nature, because he started howling and jumping, snapping his snout, trying to catch snow.

To take our minds off from the mediocre weather, I have played A Child’s Christmas in Wales, read by Dylan Thomas himself, in his deep booming voice. “What a sound, huh?”, I tell Sveta. She replies gloomily: “That’s another thing I miss; the sound of words.” Apparently, language is another thing we lose in death, that’s why I’ve been able to talk with Sveta. Only the skeleton of it remains. But along with the obstacles go the gifts. I tried to explain: “Oh, Sveta, imagine a snowy day, the sound of a creek, the cold water running over pebbles, the wind blowing the foliage of pine trees, and from far away the roaring of the waves crashing on the cliffs. Just like that. A soft and peaceful, yet menacing sound, all intensified by that temple-like silence of the snow.”

I don’t know if she understood, but she smiled.

Yesterday was Christmas Eve and I came to visit Sveta. For days I was thinking of a good gift for her, but I couldn’t come up with anything. Everything she misses is out of her reach.

“Anyway, don’t you have any Mexican short stories?”, she inquired the minute I crossed the door. “I know just one, Christmas in The Mountains”, I replied, and, knowing well how impatient she is, I looked it up and began reading.

At first, Sveta was in awe with that image of Mexico as seen from the eyes of a lone soldier, wondering along hazy mountain tops. The moment the priest appears in the story, though, Sveta was annoyed. “And this is the priest we ought to admire? This obnoxious man?”

She was bothered by the priest arriving in an indigenous village and believing he had rescued them from “idolatry and barbarism”; that he had re-built the town to his liking, with gardens, ornaments and roofs which made it look like “villages in Savoy and the Pyrenees”; that he had forced them to trade tortillas for bread; and that it all was shown as righteous. “You tell me how Christmas is celebrated in Mexico”, she asked me instead.

I explained customs change depending on the region, the social class, the family; but I did my best to paint the picture she wants. I tell her about the posadas; about the decorated churches’ squares and streets; about the steaming ponche pots, the tamales and buñuelos; about the proverbial piñatas with their paper spikes and their clay bellies full of peanuts and sugar cane and tangerines; about the reenactment of Mary and Joseph’s strife to find asylum, during which both children and adults half-heartedly pray and sing, interested only in the party.

I tell her too about the pastorelas, every single year in every pre-school and primary school; I tell her I was both a devil and an angel, a sheep and a shepherd; I tell her my brother was once a star, when he was maybe one year old, and that he hung from the ceiling for an hour, dressed in a makeshift costume made out of cardboard and foil.

I tell her about the nativity, which in our house was ambitious and surreal, and went far beyond the manger of Bethlehem. There were tiny roof tiles and diminutive hay stacks, and a desert with real sand and an oasis where a crocodile lived. There was a huge river where real water ran and a plastic platypus – whose origin we could never explain – swam. There were dozens of shepherds, some of them true veterans with missing limbs. There was a forest and a jungle for the toy tiger and lion and fox we just couldn’t leave out. And there was a Mexican desert, where a lady sold tortillas and a peasant rode a donkey.

I tell her about the fir tree and its fragrance.

And I tell her about how we kept everything: nativity, tree, lights, for too long – the nativity crumbling, the tree branches almost bare and scratching the floor. It wasn’t out of spite or indolence. My dad refused to let this stuff go. He was happy. And I was too.

Sveta listened to me during all this time with her eyes closed and when I finally finished she merely nodded and smiled.

I wished her a merry Christmas, although for her it wouldn’t be Christmas until a couple weeks later. We hugged and said goodbye.

“Write me a Christmas story!”, she shouted when I was stepping out.

My girlfriend and I went to Tartu to spend the holidays with friends, and when we came back we found the abandoned house, along with two empty lots, enclosed by a fence with a construction firm logo on it. I sneaked in, but the doors and windows were secured. I slipped the pages of my story under the door.

I honestly hope Sveta’s dream comes true and they build here a big shopping mall, with a department store of at least two flores, where the shoe shelves, and the clothes racks, and the perfume bottles, and the jewellery cabinets, multiplied in numberless mirrors, will be enough to fill her eternity.

 

In the meantime, we wait for the first snow.

La primera nevada

La suerte quiso que mi única amiga local, tras dos años y medio de vivir en Estonia, sea un fantasma.

Su nombre es Svetlana y espanta en la casa abandonada detrás de mi edificio de apartamentos. La conocí un día en que, por morboso, me metí a la vieja casona esperando hallar fotos o pinturas mohosas en las paredes, libros amarillentos deformados por la humedad, tal vez una pieza de joyería valiosa, cuando menos secretos olvidados esperando a ser revelados. En lugar de eso me encontré con una viejecita flotando a medio metro del suelo. Y la primera pregunta que se me ocurrió hacer fue la más estúpida: “¿Eres un espíritu?”. Error. Un consejo: si quieren trabar algún día amistad con un fantasma, no le pregunten si lo es. Sveta me miró con una bilis que me heló la sangré más que su repentina aparición. “Grosero”, me dijo. “Entras a mi casa sin permiso y encima me insultas”. Le pedí perdón y me presenté: “Soy Jorge y soy mexicano”, dije; como si ser mexicano explicara mi impertinencia. Es un defecto que adquirí desde que llegué a Estonia: confundir a todo el mundo con agentes de aduana. Fuera como fuera, sirvió. Escuchó mexicano y dijo: “Oh, qué raro. Nunca había visto a un mexicano”. El resentido entonces fui yo.

Nuestra amistad es extraña porque no tenemos casi nada en común. Ella tiene sesenta y tantos años (eso calculo, pero nunca ha querido revelarme la edad a la que murió. Es vanidosa en ese sentido) y yo tengo 27. “La flor de la edad”, dice ella con un suspiro de añoranza. Yo la escucho sin renegar, pero por mi bien debo dudar de la veracidad de su juicio. Si ésta es la flor de la edad, ¿qué me espera cuando la flor se marchite?

Una diferencia insalvable es de tipo ideológico. Sveta creció en la Unión Soviética y pasó sus últimos días encandilada por las maravillas que llegaron de occidente una vez que la Cortina de Hierro se desbarató. No pasa una hora sin que se queje de haberse muerto justo cuando empezaba a saborear las mieles del capitalismo. Yo, en cambio, me considero comunista. Creo. He leído dos libros de Slavoj Zizek y vi un video-ensayo sobre el Manifiesto comunista. Y bueno, en cualquier caso me gusta llevar la contraria. Ella no puede más que refunfuñar cada vez que le hablo de la crueldad del capitalismo, de su reluciente faz ideológica que oculta un engranaje terrible de opresión, de la explotación laboral y la depredación ecológica en países subdesarrollados que sostiene las condiciones de los países desarrollados. “Bah”, dice ella, “¿A mí qué me cuentas si nos aprendíamos esos versos de memoria en la primaria?”

El sueño de Sveta es que derriben su casa y en su lugar levanten un centro comercial para deambular en sus largas noches insomnes por pasillos de linóleo, mirando ropa que no puede usar, añorando zapatos que no puede calzar, conjeturando el olor de perfumes que no puede ponerse, imaginándose dueña de aretes brillantes que ya de nada le sirven. Yo le digo que ésa es más o menos mi experiencia en todos los centros comerciales, porque todo veo y nada me alcanza con el mísero salario que recibo trabajando en un call-center en horarios espantosos. “Bah”, gruñe Sveta y luego me habla de Siberia, del Gulag, del Gran terror. En fin, ¿qué puedo decirle?

No habíamos cumplido ni la semana de conocernos cuando me preguntó: “¿Eres bueno para otra cosa aparte de quejarte?”

“Me gusta leer y me gusta escribir”, respondí. “Aunque ya ni de eso estoy seguro”. Le cuento que a veces tengo tanta ansiedad que me veo forzado a releer un párrafo diez veces y aún así las palabras se resbalan como si mis ojos tuvieran una capa de cera. En cuanto a escribir, le digo que he olvidado cómo hacerlo; que se me ocurren ideas y las pierdo al momento que empiezo a escribirlas; que al acercarme me dicen: ‘No soy para ti’ y se desvanecen. «A veces ya no sé para qué, Sveta. No sólo para qué escribir, para qué en general”, terminé.

“Ya te estás quejando otra vez”, observó puntualmente Sveta.

Desde entonces hablamos de literatura, aunque tampoco aquí coincidimos. Una vez me preguntó quiénes eran mis autores latinoamericanos preferidos y le dije: “Borges, Cortázar y Bolaño”. Los dos primeros le entusiasmaron porque había oído de ellos y del tercero no sabía nada. Igual me pidió que le prestara algo. Así lo hice y una semana después me devolvió los libros con el dictamen: “Muy pesadito, muy raro y demasiado sexo”. A partir de ese momento dejó de confiar en mí y sólo me preguntaba mi opinión de los autores que a ella le gustaban (muchos de los cuales yo nunca había leído).

En otra ocasión, mientras Sveta hablaba efusivamente de Mayakovski, hizo una pausa para preguntarme: “¿Es la noche en Veracruz, vista desde la ventana de un ferrocarril, tan bella como la canta Mayakovski?”. Le dije que no tenía idea. No sabía de qué poema hablaba, desde hace décadas que no hay trenes de pasajeros en México, y las dos veces que estuve en Veracruz no me fijé en el cielo nocturno. Desde entonces no me deja intervenir mucho, pero no me molesta el rol de escucha. Oírla hablar de Chéjov y Bulgákov, o recitar poemas de Anna Ajmátova, es un placer.

La mayor diferencia entre nosotros es, al fin y al cabo, material. Yo estoy vivo y ella muerta.

Sveta asegura que ella no se dio cuenta cuando murió. Dice que fue a dormir una noche especialmente cansada y al día siguiente se levantó e hizo sus cosas, como siempre. Cuenta que luego vinieron sus hijos a visitarla y los notó muy alterados. Luego vino la policía y una ambulancia. “¿Por qué tanto alboroto?”, les preguntaba ella. Fue sólo después de mucho tiempo, cuando ya se habían llevado todas sus cosas y nadie venía a visitarla, que Sveta se dijo: “Yo creo que ya me morí”.

Dice que lo que más extraña son los aromas y los sabores. Recuerda sobre todo el sabor ahumado del té caravana que su madre preparaba por las tardes en el samovar y que Sveta mitigaba con sendas cucharadas de mermelada; recuerda también el aroma a mantequilla y miel que bañaba el pequeño apartamento cada vez que su abuela, de origen ucraniano, se empeñaba en preparar medovik sin ayuda, tardando medio día. Era cierto que quedaba mejor cuando nadie más intervenía.

Sveta está triste por estar muerta. Una vez traté de reconfortarla diciendo: “Estar vivo no es para tanto” y me regañó: “No digas estupideces”.

A pesar de nuestros muchos desencuentros, descubrimos hace poco algo que nos une. Ambos amamos la Navidad.

Una mañana de diciembre vine a visitarla y me preguntó por las coronas de adviento encendidas en casi todas las ventanas: “¿Ya casi es Navidad?”. Le aclaré que no, faltaban un par de semanas. “Pero no ha nevado”, dijo sorprendida. Quise explicarle que se debía al calentamiento global, otra de las secuelas del sistema que ella tan fervorosamente defendía, pero me contuve. En lugar de eso le conté que mi novia y yo ya habíamos comprado nuestro arbolito porque nos gusta disfrutarlo el mayor tiempo posible. “Los entiendo”, dijo. “Ésta era mi época favorita del año y también comprábamos el yolka desde tiempo antes”.

La mención del arbolito lanzó a Sveta en un viaje por la memoria. En la URSS, me explicó, el árbol no podía ser de Navidad por obvias razones. Durante años los árboles estuvieron terminantemente prohibidos hasta que un político sentimental escribió un artículo meloso en Pravda, pidiendo regresar a los niños del Estado Soviético la alegría de los árboles que otrora sólo podían envidiar espiando por las ventanas de las casas burguesas. Otras historias contaban que la propia hija de Stalin había visto un árbol adornado en la embajada inglesa y le había pedido a su papaíto uno. Cualquiera fuera el caso, desde 1935 el árbol regresó a los hogares proletarios, pero ya no como árbol de Navidad, sino como el novogodnyaya yolka, o árbol de año nuevo.

Durante la tercera semana de diciembre, cuando San Petersburgo se llenaba de mercados de abetos, el padre de Sveta compraba uno pequeño y lo llevaba a su departamento, donde lo ponían en una cubeta con agua y lo aseguraban con una cuerda; sacaban una caja con adornos: oropel plateado, unas pocas esferas, piñas que Sveta misma recogía durante el verano y pintaba una vez que se secaban, un pequeño cohete con la hoz y el martillo grabadas en dorado, y una gran estrella roja que Sveta, montada sobre los hombros de su padre, ponía sobre la punta del árbol.

En la víspera de año nuevo se reunía la familia; cenaban borsch, guisado de alforfón con cebolla y hongos fritos, y un gran pato relleno de manzana. Bebían cognac y, al terminar la cena, una taza de vzvar caliente. Entretanto su padre y una tía bajita se escabullían amparados por la algarabía y se aparecían a la media noche en la puerta, disfrazados de Ded Moroz y Snegurochka (el Abuelo Helada y su nieta la Doncella de Nieve).

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Postal soviética de año nuevo

Al crecer, Sveta se casó con un joven estonio y se mudó a Tallin. Taavi, su marido, era miembro del PCE (Partido Comunista Estonio), pero en privado, era un luterano devoto y celebraba Navidad. El cambio de fecha festiva, el cambio del yolka por el árbol de Navidad, y el cambio de Ded Moroz por San Nicolás no fueron de mayor importancia para Sveta. Lo que le importó fue esa dulce vuelta a la infancia, una vez al año, reviviendo el ritual con sus propios hijos.

Me quedé pensando un momento y luego le dije que para mí todo el tema era un desastre. Que cada año se me hacía más difícil disfrutar la Navidad. Que me encanta, pero es un amor tremendamente complicado.

“Me criaron católico, pero desde hace mucho no soy creyente. El problema es que sin la religión ¿qué me queda? Y para colmo estoy en contra del capitalismo. No se puede ser ateo y comunista y celebrar la Navidad. Oh, Sveta, me llena de culpa mi incongruencia. Digo que odio el consumismo, pero voy a las tiendas y me emociono al ver las guirnaldas y la nieve falsa, y los cientos de luces. Recuerdo la desenvoltura de los regalos al amanecer con tanta nostalgia y me atenaza el remordimiento por mis aspiraciones pequeño-burguesas. Y encima el tufo colonialista que despide el asunto. ¿Qué hace un pino canadiense en una sala de México? ¿Qué hacemos con monos de nieve inflables a treinta grados centígrados? ¿Renos en donde con trabajos sobreviven perros lanudos? Nada tiene sentido. Bien mirado, la Navidad es un significante vacío”.

Cosas como esta última las espolvoreo a veces en conversaciones casuales para compensar el hecho de que mi título en semiótica no sirve para hallar empleo. Esperé la reacción de Sveta con ojos de perro enfermo y finalmente preguntó con auténtica sorpresa: “¿Y dices que tienes novia?”.

Sin espacio mental para ofenderme, seguí: “Es en serio, Sveta. No hay escapatoria. Si tuviera hijos podría decir que es por ellos, que vicariamente vivo su emoción navideña, pero no los tengo. La opinión pública parece tener claro el veredicto: ser un adulto sin niños y conmoverse con la Navidad es para auténticos pusilánimes. Si alguien lee Cuento de Navidad hoy, lo hace, o bien irónicamente y botado de la risa, o bien reprimiendo una lágrima, avergonzado por dejarse enternecer por ideas tan cursis”.

“Oh, Dickens”, me interrumpió entonces Sveta, ignorando el resto de mi lamento. “Adoro a Dickens. Me acuerdo del momento en que el pobre Bob Cratchit rompe a llorar acordándose de Tiny Tim y se me botan las lágrimas”.

John Leech

Ilustración original de John Leech para ‘A Christmas Carol’.

Le confesé que durante toda mi vida sólo conocí Cuento de Navidad a través de la versión adaptada con los Muppets, y sólo hasta este año leí el libro. Lo leí durante un turno nocturno en mi trabajo, en la luz azulina de la pantalla; y ciertamente tuve que respirar hondo en ese pasaje que ella mencionaba, para no ponerme a llorar en la oficina.

“¿Qué son los Muppets?”, preguntó Sveta.

Descargué la película y al día siguiente llevé mi computadora para ver Una Navidad con los Muppets con Sveta. Al principio le molestó la inconsistencia de que algunos de los humanos fueran humanos y otros marionetas; tampoco le encantó que hubiera animales exageradamente grandes y otros de tamaño natural. “Dios mío”, murmuró entre dientes al ver que Bob Cratchit era una rana y la señora Cratchit una puerquita. Pero por más que se quejó, en varias ocasiones la vi secándose los ojos con su pañuelo. “No está tan mal”, dictaminó cuando corrieron los créditos. “Pero la versión de Dickens es la buena”.

Hablando de Cuento de Navidad llegamos a Las campanas y El grillo del hogar y resolvimos que sin duda el mejor es el primero. De Dickens pasamos a Hoffmann y su cascanueces, que yo conozco a través de películas animadas que pasaban en la tele durante diciembre, y que Sveta conoce a través del ballet de Tchaikovski. De Hoffman pasamos a Andersen y su tristísimo cuento El abeto, o el todavía más triste La niña de los fósforos. “Bah”, dijo Sveta sobre este último. “Es mucho mejor el de Dostoyevski”.

Yo no tenía idea de que Dostoyevski había escrito cuentos de Navidad y Sveta, tomándose esta ignorancia como una ofensa personal, me ordenó que buscara en “mi aparato ése”:  El niño mendigo en el árbol de Navidad de Cristo y también otro cuento llamado El árbol de Navidad y una boda.

En efecto el primero se parece mucho a La niña de los fósforos. Igual de lacrimógeno e igual de infanticida. Ambos tienen un reencuentro en el cielo con un familiar fallecido. Pero el de Dostoyevski tiene una ciudad hostil llena de gente que mangonea o ignora al pobre niño. El árbol de Navidad y una boda también incurre en abuso infantil, aunque éste, para un lector actual, es más perturbador pues incluye a un adulto regordete cortejando – con una cuantiosa dote en mente – a una pobre niña de once años que sólo quiere jugar con su muñeca. También aparece el miserable hijo de una institutriz, que recibe un libro sin ilustraciones de regalo y es forzado a ver cómo todos los otros niños, hijos de aristócratas o de mercaderes, reciben marionetas y rifles de juguete.

“Oye, los dos cuentos tienen clarito el conflicto de clases al centro, ¿eh?”, le comenté a Sveta. “No te me estarás poniendo nostálgica, ¿O sí?”. Sveta gruñó: “Bah”.

Mis malas bromas no arredraron a Sveta y en días posteriores me estuvo contando otros cuentos navideños que ella recuerda de su infancia. De Chéjov leímos El árbol de Navidad, en donde aparece otro niño desdichado (empiezo a preguntarme si algún niño ruso ha sido feliz), y En fiestas, que, para no desentonar, es igual de deprimente y que, siendo sincero, no entendí. Esto último no se lo dije a Sveta por temor a decepcionarla de nuevo. Mi favorito fue Nochebuena de Nikolái Gógol, por mucho el más alucinante de todos. El diablo se roba la luna, aparece una bruja voladora, y en la oscuridad florecen festejos, altercados muy violentos y un romance.

“Y me dices que Cortázar es demasiado raro”, me quejé con Sveta.

Más allá de Dickens, Sveta no conoce a casi ningún otro autor anglosajón, así que como pago por sus muchos cuentos, le he leído The Gift of the Magi, de O’Henry, cuya anécdota le pareció excelente, pero su ejecución deplorable; y A Christmas Memory de Truman Capote, que la hizo llorar inconsolablemente. Habiendo agotado mi inventario con sólo dos cuentos, le mostré La Navidad de Charlie Brown, que, para profunda desazón mía, le aburrió; aunque concedió que Charlie se parece a mí: “Igual de aguafiestas”, declaró riéndose y luego su brazo vaporoso me dio un simulacro de palmada en la espalda.

Diciembre ha seguido avanzando y no cae nieve. Sveta está genuinamente enojada. “¿Cómo? ¿Vamos a llegar a noche vieja sin una nevada decente?”, me pregunta, como si yo fuera meteorólogo o vidente. Yo no estoy enojado; decepcionado tal vez. “Es raro”, le digo, “tantos años sin nieve y con sólo dos inviernos en Estonia ya exijo nieve a como dé lugar”. Sveta me cuenta que lo que más extrañaba de San Petersburgo al mudarse a Tallin era la nieve. “La nieve aquí”, dice ella, “siempre es poca, pero en San Petersburgo las nubes son generosas y en ocasiones parecía que se desparramaban enteras en parques y plazas”. Yo le hablo de una mañana, cuando tenía seis o siete años, en que despertamos con la sorpresa de que estaba nevando. “Hasta la fecha se habla de ese día”, le digo a Sveta y le cuento cómo Golfo, nuestro Alaska Malamut, acostumbrado al calor seco de mi ciudad, pareció de golpe reconocer en los escasos copos que caían su verdadera naturaleza, pues comenzó a aullar y dar brincos, tratando de atrapar la nieve con el hocico.

Para distraernos del clima mediocre que nos rodea, le he puesto a Sveta A Child’s Christmas in Wales, de Dylan Thomas, leído por el propio Thomas con su vocerrón venerable. “Qué sonido maravilloso, ¿no?” le pregunté a Sveta. Por respuesta ella dijo afligida: “Ay, ésa es otra cosa que extraño; el sonido de las palabras”. El idioma es otro peso que perdemos al morir; en el más allá queda sólo el esqueleto del lenguaje, por eso puedo comunicarme con Sveta. Pero junto con el obstáculo, se va también su obsequio. Traté de explicarle: “Oh, Sveta, imagina el sonido del agua helada corriendo sobre los guijarros y del viento golpeando el follaje de los pinos en un día nevado. Así, así justamente. Ese sonido tan suave, pero agigantado por el silencio de templo que crea la nieve”.

No sé si me entendió, pero sonrió.

Ayer fue Nochebuena y vine a visitar a Sveta. Durante días estuve pensando en buscarle algún regalo, pero no se me ocurrió nada bueno. Todo lo que más extraña está fuera de su alcance.

“Y bueno, ¿no tienes tú cuentos navideños mexicanos?”, me preguntó apenas crucé la puerta. “Conozco uno solamente; Navidad en las montañas”, respondí, y, como sé de su impaciencia, pronto lo busqué y comencé a leerlo.

En un principio Sveta quedó fascinada con esa visión de México desde los ojos de un soldado solitario merodeando montañas brumosas, cavilando sobre las tradiciones navideñas. A partir de la aparición del cura español, sin embargo, Sveta, al contrario que el narrador, se sintió más y más fastidiada. “¿Y este es un cura admirable? ¿Este señor tan pesado?”, exclamó.

Le molestó que el señor hubiera llegado a una aldea indígena y creyera haberla rescatado de “la idolatría y la barbarie”; que hubiera re-hecho el pueblo a su gusto, con jardines, adornos y techos que lo hacían parecerse a “aldeas de Saboya y de los Pirineos”; que les hubiera instado a cambiar tortillas por pan; y que todo esto fuera tomado por virtud. Yo no juzgo tan duramente a Altamirano como Sveta, el pobre hombre lo escribió por encargo y tiene pasajes memorables aunque sea meramente por la calidad de la prosa. Aun así, no deja de darme gusto escuchar a Sveta tan enardecida por una causa social.

“Mejor cuéntame tú cómo es la navidad en México”, me pidió.

Le expliqué que las tradiciones cambian mucho, dependiendo de la zona, de la clase social, de la familia; pero hago lo mejor que puedo para pintarle el cuadro costumbrista que desea. Le cuento de las posadas; de las plazoletas de iglesias y calles adornadas con luces; de los cazos humeantes de ponche o atole; de los tamales y los buñuelos; de las proverbiales piñatas con sus picos de papel, hechas sobre un jarrón de barro cocido, rellenas de cacahuates y caña de azúcar y mandarinas; de la procesión de María y José en busca de resguardo; de los niños (y no pocos adultos) que soportan rezos y cantitos desesperados o distraídos, esperando sólo la fiesta.

Le cuento también aquello de las pastorelas, que se hacen cada endemoniado año en preescolar y en primaria; le cuento que yo fui diablito y angelito, borrego y pastor; le cuento que mi hermano menor fue la estrella de Belén cuando tenía quizás un año, y que durante una hora colgó de un tubo con un disfraz hechizo de papel aluminio y cartón.

Le cuento de la cena navideña, invariablemente demasiada. De ese mundo incomprensible de los tíos y los abuelos que muy poco nos importaba, y de esa felicidad limpia de dudas que sentíamos los primos al jugar.

Le cuento entonces del nacimiento, o Belén, que puede ser solamente una representación en miniatura del pesebre donde, se supone, nació Jesús; pero que en nuestra casa era mucho más: enorme y francamente surrealista. Tenía el pesebre, con pequeñas tejas y rollos de alfalfa; un desierto con arena de verdad y un oasis donde habitaba un cocodrilo; un enorme río en donde de verdad corría agua y donde vivía un ornitorrinco que jamás supimos de dónde salió. Tenía decenas de pastores, muchos de ellos veteranos de guerra con miembros amputados, uno sin cabeza. Tenía un bosque y una selva puesto que queríamos incluir tigres, leones y un zorro que teníamos arrumbados entre nuestros juguetes. Tenía también un desierto mexicano, donde había una señora vendiendo tortillas y un campesino con su burro.

Le cuento del árbol y su aroma entrañable.

Y le cuento cómo dejábamos todo: nacimiento, árbol y luces por un tiempo insensato; el nacimiento ya derrumbándose, las ramas del árbol casi desnudas y en el suelo. No era descuido o desidia, era que mi papá se negaba a desprenderse de esas fechas. Porque era feliz. Y yo también.

Sveta me escuchó atenta todo ese tiempo y cuando terminé de hablar simplemente asintió, con los ojos cerrados y sonriendo.

Le deseé una feliz Navidad, aunque para ella la Navidad no sería sino hasta el 7 de enero. Nos dimos un abrazo y nos despedimos.

“¡Escríbeme un cuento de Navidad!”, me gritó cuando ya estaba saliendo de la casa.

Mi novia y yo fuimos a pasar las fiestas en Tartu, con amigos. Al volver nos encontramos con que la casa abandonada, junto con dos grandes terrenos adyacentes, estaba ahora rodeada por una valla con el logo de una constructora. Salté la valla, pero las puertas y ventanas estaban tapiadas. Pasé las páginas de mi cuento por debajo de la puerta.

Espero que el sueño de Sveta se cumpla y levanten aquí un gran centro comercial, con una tienda departamental de al menos dos pisos donde los anaqueles de zapatos, los estantes de joyería, los percheros de ropa y las muestras de perfume, replicadas en innumerables espejos, alcancen para llenar su eternidad.

 

Por lo pronto, seguimos esperando la primera nevada.

Primero como tragedia, luego como meme

La máquina bien aceitada

En muchos sitios se escuchan voces diciendo que el capitalismo está dañado, que hay que repararlo. Que la grosera disparidad económica, la aceleración del cambio climático, la destrucción ambiental, etc. son evidencia de un sistema que se ha descarrilado. Pero yo pienso que no. Que en realidad son éstas situaciones el resultado lógico del sistema.

Veamos algunas situaciones ejemplares:

Durante el 2018, la deforestación de la selva amazónica aumentó en 13.7%, 1,200 millones de árboles fueron talados. Este ritmo se ha acelerado en 40%. En los últimos 12 meses, se han perdido 5,879 kilómetros cuadrados de selva. Desde la elección de Bolsonaro en octubre de 2018, los ataques a poblaciones indígenas protegidas han escalado en un 150%; los atacantes son en su mayoría rancheros ganaderos. En medio de todo esto, JBS, la compañía de producción de carne más grande del mundo y que es una de las principales causantes de la deforestación en el Amazonas, tuvo uno de sus mejores años en 2018, cerrando con un ingreso de 46 mil millones de dólares.

2012-2013 fue el año más letal en la industria de la moda barata: el edificio Rana Plaza en Daca, Bangladesh, se derrumbó y murieron 1,129 trabajadores; también en Daca, la fábrica Tazreen Fashion se incendió y murieron 117 personas; en Pakistán, en dos fábricas de Karachi y Lahore, se desataron incendios que mataron a 289 personas. Los empleados (casi todos mujeres) ganaban el salario mínimo (más o menos 110 dólares al mes, trabajando un promedio de 14 horas diarias). En todos los casos, los edificios tenían fallas que ya habían sido señaladas por trabajadores preocupados. Ese mismo año la industria de la “fast fashion” (Zara, H&M, Bershka, Stradivarius, etc, etc, etc) rompió récord en ganancias.

El titán Jeff Bezos vale en este momento 113 mil millones de dólares. Y aunque Amazon aumentó hace poco el salario mínimo que pagaban a 15 dólares, al mismo tiempo eliminaron bonos mensuales. Las condiciones de trabajo de sus trabajadores en almacenes son infames. Deben caminar hasta veinte kilómetros diarios para alcanzar sus cuotas, se ven forzados a orinar en botellas para no arriesgarse a sanciones por baja productividad y en algunos almacenes las temperaturas llegan a 45 grados centígrados. Empleados con problemas de salud o lesiones causadas por el trabajo ven sus contratos rescindidos. Y eso es en Estados Unidos. Imaginemos en el resto del mundo. En México, por ejemplo, Amazon proyecta pagar 10 dólares al día a sus empleados de almacenes.

En la cumbre de Davos a principios de este año, se rompió el record de jets privados utilizados para llegar al encuentro: 1,500 jets para ser exactos. No ha de sorprender a nadie que las conclusiones de dicha reunión fueran que el camino para resolver la crisis climática es a través del libre mercado y la acción voluntaria. En un tenor similar, en la primera semana de agosto se llevó a cabo el “Google Camp” en Palermo, Sicilia en donde algunas de las luminarias de los mundos del espectáculo, política y tecnología se dieron cita para discutir sobre el cambio climático. Atendieron, entre otros, Leonardo DiCaprio, el príncipe Harry, Orlando Bloom y Katy Perry, Barack Obama y Bradley Cooper. Chris Martin amenizó. En total se usaron 140 jets privados para llegar, al menos una docena de yates y unos cuantos helicópteros. El saldo: 800 toneladas de huella de carbono. Entretanto, Islandia perdió su primer glaciar y el Amazonas arde.

En 2018, la fortuna de los 2,200 billonarios del mundo aumentó en un 12%, mientras que la mitad de la población más pobre del mundo vio sus ahorros caer en un 11%. Entre 2017 y 2018 un nuevo billonario se creó cada dos días. A diez años de la recesión del 2008, el número de billonarios se ha duplicado.Tan sólo el 1% de la riqueza de Jeff Bezos equivale a todo el presupuesto de salud pública de Etiopía.

El punto es: cuando un sistema está plagado de ejemplos así, de disparidades así, de horrores así, quiere decir que no estamos ante fallas, sino ante resultados. Ergo: la máquina no debe repararse, debe desecharse y rediseñarse por completo.

La pirámide invertida

Pero nada de esto es nuevo y tampoco está oculto. No es una conjura secreta. Sucede a plena vista y con el beneplácito de nuestras autoridades y el nuestro también. ¿Por qué no hacemos algo al respecto? Hay muchas razones. Algunas de las primeras que vienen a la mente son: 1) Se pertenece a la clase privilegiada por este sistema y por ende cambiarlo va en contra de los intereses personales, 2) Se tiene la esperanza (contra toda evidencia estadística) de algún día pertenecer a esa clase privilegiada, 3) Se piensa que éste es el mejor sistema posible, que hay libertades y oportunidades para todos, que esto es más o menos una meritocracia y que sólo hay que hacer ligeras reformas (en este caso se debe ignorar el inmenso poder económico, muchas veces por encima de aquel del Estado, que se utiliza para prevenir esas mismas reformas) y 4) – y es ésta la que aquí me interesa – se sabe o al menos se sospecha en el fondo, que la injusticia y la violencia son inherentes a este sistema, pero al mismo tiempo tenemos miedo: estamos cómodos, tenemos una cierta seguridad, una calma, por nimia o frágil que sea. Nos gusta más o menos lo que tenemos y no queremos perderlo. Es ésta la manera en que la máquina nunca se detiene, en que nunca se quiebra, en que prolépticamente cierra toda posibilidad de cambio.

Nos explotan con una facilidad apabullante que invade todos los resquicios del día. Ya cualquier sitio es oficina gracias a los correos electrónicos, los mensajes de WhatsApp, de Slack y de Monday.com. Pero todo está bien porque el agotamiento que este aparato omnisciente nos causa ya tiene nombre en inglés: “Burn-out” y hay maneras de tratarlo: hay apps para meditar, apps para dormir, apps para calmarte; para casos extremos hay Fluoxetina, Paroxetina, Escitalopram, Diazepam. Y para lidiar con la alienación del día a día hay videos de animalitos bebé; pensamientos profundos escritos en hojas de papel sostenidas en la mano contra un fondo genérico; fotos pre-cio-sas en Instagram de lugares, comida y ropa que deseamos; gifs que expresan nuestro cansancio y mejor que cualquier frase articulada con nuestras propias palabras; y hay memes que se burlan de la situación infrahumana en que vivimos y nos hacen sentir que no estamos solos y que todos estamos en las mismas. Y para no sentir la precariedad que nos tiene y tendrá viviendo de prestado, endeudados y en micro apartamentos rentados el resto de nuestras vidas, hay objetos de consumo a precios irrisorios, por ejemplo: ropa baratísima que nos permite estrenar cada dos meses y no sentirnos tan mal (mejor no preguntarse por el costo humano de dichos productos, como ya vimos). Y hay series para distraerse hasta quedarse dormido con el brillo de la computadora o el celular velando nuestros primeros minutos de sueño. Y luego la mañana, el ciclo de nuevo. Hay razones para seguir vivos: una película nueva de Marvel cada dos meses, un Live Action cada tres y un nuevo episodio de Star Wars cada año. Todo va bien, a gusto, a todo dar. La pirámide de Maslow se ha puesto de cabeza y ni cuenta nos hemos dado. Privados en muchos casos de la satisfacción de nuestras necesidades de seguridad, afiliación y en muchos casos también de las fisiológicas, nos contentamos con la “autorrealización” y el “reconocimiento”, ambos tristemente en sus formas más superficiales: likes, me encantas, felicitaciones, comentarios muy lindos sobre nuestro aspecto en una foto.

Y esto se relaciona con una de las mayores fortalezas del sistema: su capacidad omnívora que le permite devorar a los discursos disidentes y metabolizarlos. ¿Te preocupa el ambiente y la depredación de recursos naturales? No dirijas tu ira al sistema que es mayoritariamente responsable de ello (71% de las emisiones de gases de efecto invernadero vienen de sólo 10 empresas a nivel mundial), ¡dirígela mejor a comprar! De ahí los productos “verdes”, “eco-friendly”, “orgánicos”, “fair trade”, etc, que, por supuesto, cuestan más. Con esto no quiero decir que dichos productos sean malos, ni mucho menos necesariamente que las personas detrás de ellos son malévolos villanos. Es muy posible que la mayoría sean personas genuinamente interesadas en mejorar el mundo. El problema es que todo es siempre dentro de la lógica del capital que, investigada a fondo, desemboca sólo en otra forma más de autorrealización y reconocimiento a través del poder adquisitivo: de estatus. Compro comida orgánica y productos que no le hacen daño a la selva: soy verde. ¿Pero y qué pasa con las más de tres mil millones de personas que viven en condiciones de pobreza en el mundo? ¿Podemos pedirles a ellos que gasten en ocasiones hasta el doble para ser ecológicos?

Otro ejemplo de cómo la rebeldía es convertida en mercancía es la profusión de programas de televisión de vena abiertamente anti-sistema. Es decir: la revolución sí será televisada. De hecho ya lo está siendo. La revolución está siendo producida en Netflix y Amazon Prime y HBO y Hulu, y nosotros la estamos consumiendo en atracones de siete horas, una temporada entera en una tarde y una noche. Vemos Black Mirror, pero es distribuida por Netflix, que ha recibido incontables críticas por su lucha (hasta el momento exitosa) por monopolizar el mercado. Vemos Last Week Tonight o Years and Years, pero están producidas por HBO, hija de AT&T, una compañía con una larga lista de críticas por violaciones a la privacidad y por censura. Vemos The Handmaid’s Tale, pero uno de los encargados de supervisar su producción es Mark Burnett, el creador de The Apprentice, el reality show que rescató a Donald Trump del olvido y lo catapultó a la fama. Vemos The Boys, que es con toda seguridad la serie más anti corporaciones del año, pero está producida por Amazon Prime. Y de nuevo, con todo esto no quiero demeritar dichas series. Todas las que he mencionado aquí son excelentes y sus mensajes importantes. Pero a finales de los 40 y durante toda la década de los 50, muchos escritores, directores y actores y actrices fueron vetados de Hollywood por trabajar en material que era considerado aunque fuera vagamente comunista. Se le consideraba una amenaza al status quo. El hecho de que ahora las enormes corporaciones estén dispuestas a producir material que tiene un discurso manifiestamente anti corporativo dice algo: el contenido es inocuo porque no fermenta revoluciones. Es catártico no inspirador.

Cuando el futuro nos alcanzó, no nos dimos cuenta

El internet ha abierto para nosotros una infinidad de ventanas por las que la realidad puede infiltrarse en nuestro espacio mental y herirlo con sus tragedias. Pero afortunadamente esta Quimera viene con su Belerofonte porque el internet, aunque ha hecho imposible no enterarse de al menos cinco horrores diariamente, también ha facilitado como nunca el suministro de anestesia. ¿No soportas ver la selva amazónica incendiándose? ¿Te aterra y enfurece el regreso de la ultra derecha? ¿Te lleva al borde de las lágrimas escuchar testimonios de familiares de víctimas de feminicidio? ¿Se abre un vacío en la boca de tu estómago al ver un documental sobre Siria o una cápsula informativa sobre Yemen o un video reportaje sobre Somalia? No te preocupes, puedes ignorar todo esto. ¡Es facilísimo! Sólo cambia de pestaña y ve un video de perritos tropezándose. O regresa mañana y tendremos memes chis-to-sí-simos sobre estas mismas tragedias. O ve tu programa favorito y relájate. Hay dos opciones: cultiva la ingenuidad o el cinismo. ¿Y la empatía? ¿Y la responsabilidad? Ésas hace mucho que no se paran por aquí.

Y es que el medio es el mensaje, amigas y amigos. El contenido de las noticias en la era digital no son las noticias individuales: no es el ataque terrorista, ni la deforestación, ni las mujeres asesinadas, ni los niños secuestrados, ni los indígenas masacrados, ni los polos derritiéndose. El contenido es la reconfiguración total de la forma en que se produce, reproduce, consume y finalmente se desecha la información en un ciclo de vida cortísimo. El contenido de las redes sociales no son las conexiones, las amistades, los acuerdos, los eventos. El contenido es la reconstitución fundamental del tejido social, el aplanamiento de los lazos de forma que ahora nuestra relación con nuestra familia, nuestros amigos y nuestros colegas más cercanos se parece demasiado a nuestra relación con Juan Pérez amigo anónimo número 653. Nuestra vida social y nuestro sentido de comunidad se reduce a tener siete chats grupales: uno familiar, uno de trabajo, cuatro de distintos círculos de amistades y uno de conocidos de la escuela. La mayoría de nuestras interacciones con nuestros seres amados consisten sobre todo de memes y gifs. De opiniones que no son nuestras. El contenido de las redes sociales no es lo que sea que digan los mensajes, videos e imágenes compartidas, sino el cómo todo eso, arrojado en esta licuadora enorme, se convierte en cacofonía con el mismo valor significativo. El contenido de las redes sociales es la forma en que el mundo ahora se ajusta a nosotros, que ahora vivimos en mónadas fenomenológicas (las famosas cajas de resonancia). El contenido es la polarización de cualquier asunto, por absurdo o esencial que sea.

El mundo arde y nosotros nos reunimos alrededor del fuego a decir: qué mal, qué terrible, qué coraje, hay que hacer algo, hay que apagarlo, firma aquí para apagar el fuego; y mientras tanto asamos bombones que nos reparten los arsonistas mismos, que cada determinado tiempo arrojan leña y nosotros les decimos: gracias, gracias. Cuando el futuro nos alcanzó, no nos dimos cuenta. No nos dimos cuenta porque estuvimos leyendo 1984 cuando debíamos haberle prestado más atención a Un mundo feliz. No nos dimos cuenta porque escuchamos We Are The World, We Are The Children cuando debimos escuchar Everybody Knows de Leonard Cohen. Y ahora hasta la rana que hierve en el cazo se ríe de nuestra ceguera. Lo cierto es que, como dice uno de los aforismos de Kafka: sí hay esperanza, infinita esperanza, sólo que no para nosotros. Pero es justo cuando ya no hay esperanza que intentar luchar es más heroico. Es cuando la derrota es inevitable que tratar de evitarla es un acto de inmenso valor y de auténtica rebeldía. Hay gente en todo el mundo luchando ¿y nosotros cuándo?

Fuentes:

http://www.bad-ag.info/bad-beef-uk-supermarkets-feed-illegal-deforestation-fears-as-corned-beef-imports-from-corruption-hit-brazilian-firm-persist/

La empresa ganadera brasilera JBS que está destruyendo la Amazonía

https://www.reuters.com/article/us-brazil-indigenous/emboldened-by-bolsonaro-armed-invaders-encroach-on-brazils-tribal-lands-idUSKCN1QK0BG

https://elpais.com/sociedad/2019/08/16/actualidad/1565909766_177145.html

https://elpais.com/internacional/2019/07/28/actualidad/1564267856_295777.html?rel=str_articulo#1566478066658

https://www.theguardian.com/global-development/2019/jan/22/record-private-jet-flights-davos-leaders-climate-talk

https://www.theguardian.com/news/2019/jan/22/the-new-elites-phoney-crusade-to-save-the-world-without-changing-anything

http://www.lr21.com.uy/ecologia/1407275-criticas-al-google-camp-sobre-crisis-climatica-ricos-y-famosos-llegan-en-jets-privados-y-mega-yates

https://www.theguardian.com/business/2019/jan/21/world-26-richest-people-own-as-much-as-poorest-50-per-cent-oxfam-report?CMP=share_btn_tw

https://www.theguardian.com/sustainable-business/2017/jul/10/100-fossil-fuel-companies-investors-responsible-71-global-emissions-cdp-study-climate-change

https://www.dosomething.org/us/facts/11-facts-about-global-poverty

https://www.huffpost.com/entry/the-dark-side-of-netflix-and-chill-what-netflixs_b_5915f920e4b0bd90f8e6a4c8?guccounter=1&guce_referrer=aHR0cHM6Ly93d3cuZ29vZ2xlLmNvbS8&guce_referrer_sig=AQAAADFYBQohDL9PlqOaTTOX2r8JquZEdu2Ck5BUR9r41DxnJUqxIi-qHWOVSEbJmZtb9Ma9_ozVLo2-2gLcLkVfBsMGkam0F-6T_nTQGHlNtRsd2w1j50V1veTJD_j9Ne6zOUh5tB91G4BF1DJn155bkvMIo2u83Ce8khn3KIYU6gZi

https://www.newyorker.com/magazine/2019/01/07/how-mark-burnett-resurrected-donald-trump-as-an-icon-of-american-success

La sirenita, o porqué el camino a la otredad es otro

Inicialmente no participé en el «debate» sobre la nueva Sirenita de Disney porque no sabía muy bien qué pensaba al respecto. No obstante hoy me cayó como un rayo el peso real del asunto.

Creo que el rechazo al casting proviene de muchas áreas sentimentales e ideológicas. La veta más ruidosa, como siempre, es la racista.

Algunos de los argumentos más elaborados en contra de la elección de actriz tenían que ver con una supuesta «lealtad» al original. «La sirenita» original es un cuento de Hans Christian Andersen, quien era danés y entonces la sirenita debería ser danesa: una sirena nórdica, caucásica. Argumentos así se han usado muchas veces. Hace poco en la película de «Mary, Queen of Scots», hubo muchas quejas que señalaban la inconsistencia histórica de tener asiáticos y afrodescendientes en la Escocia del siglo XVI. Es muy fácil desenterrar el racismo oculto detrás de estas objeciones «racionales». ¿Si tanto les molestaba un afrodescendiente en la corte de Mary, porqué no les molestaba una australiana haciendo el papel de la reina Elizabeth (Margot Robbie)? Australia ni siquiera existía. Eso es un error flagrante que pasa desapercibido para los defensores de la historia. ¿Si tanto les molesta que una criatura mitológica en un cuento danés sea de pronto una afrodescendiente, por qué no les molestó que hubiera un cangrejo cubano en la versión de caricatura?

Habiendo dicho esto, considero que la gran mayoría de las defensas de la elección de Disney eran bien intencionadas, pero igualmente superficiales. Hay algo un poco patético, un poco tétrico, en defender las elecciones de la empresa de entretenimiento más grande del planeta, fundada por un antisemita y cuasi fascista (¿sabían que en 1938 Walt Disney invitó a Leni Riefenstahl a Hollywood y le dio un tour privado de tres horas por el parque? ¿O que en 1937 Disney visitó Italia y se hospedó en la villa del mismísimo Mussolini?) y que hasta la fecha esclaviza mano de obra en otros países para hacer sus juguetes (¿sabían que la muñeca de Ariel se produce en China y que por cada muñeca, que cuesta 35 dólares, una trabajadora recibe 1 penique y trabaja 5 veces el tiempo legal permitido al mes? A ver si Disney tiene el cinismo de utilizar a las mismas trabajadoras chinas para hacer las muñecas de Mulan). Me imagino a los empresarios de Disney muy contentos por la publicidad gratuita de nuestras batallas por los derechos humanos en redes sociales. No sólo ganan toneles de dinero, sino que además ahora consolidan su fama de defensores de la diversidad.

Por supuesto hay un elemento positivo en esto. Sí, Disney es terrible, y sí, sus películas no son más que productos de mercado, pero Jorge, ¿no opinas que al menos es una buena señal que estén integrando a otras etnias, otros colores de piel, otras culturas? ¿No ves lo que tener una heroína así puede significar para las pequeñas niñas de piel oscura que siempre han sido enfrentadas a imágenes de “belleza” y “bondad” blancas? Pues sí, claro. Claro que es bueno. ¿Pero nadie más siente algo detrás? ¿Algo preocupante? ¿Un signo oscuro de nuestro tiempo oculto detrás de la bondad? Yo así lo sentía. Y hoy, leyendo “La expulsión de lo distinto” de Byung-Chul Han de pronto me ha quedado claro. He podido identificar, gracias a la fantástica mente de este filósofo, cómo el veneno no sólo se ha disfrazado de néctar, sino que ha logrado que todos nos pongamos a venderlo.

La tesis fundamental del libro es que el malestar de nuestra sociedad no proviene del exterior sino del interior. El infierno ya no son los otros, sino nosotros mismos. Nuestra enfermedad es la igualdad, la expulsión de la diferencia.

Esto, dice Han, tiene consecuencias profundas, que lo afectan todo: la ética, la epistemología y el ser mismo. Sin la otredad no hay dialéctica y sin dialéctica no hay cambio. El verdadero conocimiento, la comunicación, hasta los acontecimientos se imposibilitan porque tienen la estructura dialéctica de la redención. La redención no significa que las cosas vuelven a un estado anterior, inalterado, sino que hay una resolución que ha creado un nuevo estado por completo. Lo mismo con el conocimiento: el estado actual de la mente se enfrenta con un objeto nuevo, distinto, irreducible en su diferencia, y comprender significa una transformación tanto del objeto como de la mente. Ahora que lo distinto es asimilado por la aplanadora de lo global, estos procesos desaparecen también en favor de otros más superficiales:

“El terror de lo igual alcanza hoy todos los ámbitos vitales. Viajamos por todas partes sin tener ninguna experiencia. Uno se entera de todo sin adquirir ningún conocimiento. Se ansían vivencias y estímulos con los que, sin embargo, uno se queda siempre igual a sí mismo. Uno acumula amigos y seguidores sin experimentar jamás el encuentro con alguien distinto”.

¿Qué tiene que ver esto con La sirenita? Que creo que aquí se revela el cariz real del fenómeno que nos incumbe y se revela en consecuencia su relevancia más allá de otro fenómeno viral. El problema con estas estrategias de inclusión es que no se tratan de la aceptación y el diálogo con el otro, sino de la asimilación del otro, de la obliteración de su otredad: “La comunicación global solo consiente a más iguales o a otros con tal de que sean iguales”.

Byung-Chul Han lo resume magistralmente en la siguiente sentencia: “Como término neoliberal, la diversidad es un recurso que se puede explotar. De esta manera se opone a la alteridad, que es reacia a todo aprovechamiento económico”.

La alteridad es inexorablemente un choque, una violencia, pero una violencia de la que puede nacer un nuevo estado. Tener una experiencia con el otro, con quien es diferente a mí, implica una desestabilización del yo, pero sólo a través de esta dialéctica puede nacer un genuino “nosotros” del encuentro entre “tú” y “yo”, y ambos, tú y yo seremos ya otros. La estrategia de la industria cultural y en realidad de buena parte de nuestra civilización actual es exigir que el otro deje de ser el otro. Que sólo traiga consigo aquellas cosas que lo hacen agradable, interesante, atractivo para mí (aquello que me gusta y que por tanto, es, de cierta forma, ya una extensión de mí). Este fenómeno no dista mucho de lo que ocurría en la era de la segregación racial en Estados Unidos, cuando se hacían excepciones para que músicos negros entretuvieran a audiencias blancas.

La niña de piel negra, el muchacho de rasgos indígenas, la joven aborigen, ya tienen sus héroes y heroínas. Pero las colonizaciones (tanto las mercantiles y militares como las culturales) sepultaron ésas historias, las hicieron vergonzosas o cuando menos, secundarias. Así que no hay razón para celebrar ni defender que ahora esta megaindustria cultural continúe con la labor de aplanar al mundo, de incluir al otro con tal de hacerlo parecido. El camino a la otredad es otro.

Propuestas para resolver la crisis migratoria mundial sin tener que cambiar nuestro estilo de vida

Refugees, Pawel Kuczynski

Refugees, Pawel Kuczynski

Sabemos bien que la crisis migratoria y de refugiados en el mundo entero sólo empeorará con el cambio climático. Año tras año vamos viendo como aumenta la intensidad y frecuencia de “desastres naturales”: inundaciones, sequías, tormentas de nieve, heladas sin precedentes, ondas de calor con temperaturas nunca antes registradas, etc. Por supuesto los países más afectados serán los que tengan menos recursos para enfrentar estos cambios. Las luchas civiles, étnicas y religiosas, además de los conflictos geopolíticos de ayer y hoy se mezclarán con la precariedad derivada de la crisis ambiental y habrá cada vez más desplazados que correrán, como es natural, al norte. Ya lo estamos viendo y lo veremos más y más. El obstáculo principal para buscar soluciones de raíz, según veo, es que todos, desde los principales organismos internacionales y la “comunidad internacional”, los dueños de las grandes fortunas, hasta la mayoría de los ciudadanos de a pie, nos negamos a implementar medidas drásticas para problemas drásticos. Muchos queremos que las personas del mundo dejen de sufrir, sí, pero no queremos que eso nos cause a nosotros ninguna molestia. Así que hoy quiero proponer algunas soluciones para la crisis migratoria que no se salgan de nuestro paradigma actual:

  1. Propongo que Netflix haga un spinoff de “Jefe encubierto” que se llame: “Estrella encubierta” en donde actores y actrices de los más populares, y/o ganadores de al menos un premio prestigioso, y/o cuando menos muy atractivos, serán enviados a sitios como Honduras o Sierra Leona, para viajar con un grupo de migrantes indocumentados. Los ganadores del Oscar a mejor vestuario y mejor maquillaje del año precedente se encargarán, en cada temporada, de hacer a los actores casi irreconocibles, de manera que se integren en los grupos de sufrientes sin ser notados. Al final de cada capítulo el actor o actriz haría una reflexión muy sentida, llorando, ante la cámara. Si es posible cargando a un niñito o niñita. Esto le daría más visibilidad al problema y pondría en primera línea a personas que sí importan (y no a esos anónimos cadáveres de las fotos de las noticias) y con suerte ejercería mucha presión sobre la comunidad internacional. Conviene que el primer capítulo sea con una estrella de carisma irresistible. Mis sugerencias: George Clooney, Samuel L. Jackson, Ryan Reynolds (que le cae requete bien a los adolescentes), o cualquiera de los principales Avengers.

  2. Este plan involucra a Jeff Bezos, quien en este momento tiene un valor neto de 164.9 mil millones de dólares. Al señor Bezos se le plantearía una oportunidad de negocios sin precedentes. La ONU y demás concilios de naciones ofrecerían al magnate la oportunidad de comprar, por un precio irrisorio, todos los países más pobres y más amenazados por el calentamiento global. Con los países me refiero a los territorios, no a las poblaciones, ojo; no es trata de humanos. La condición es que el señor Bezos convierta la mayor parte de las áreas de estas naciones en inmensos almacenes de Amazon donde contrate a toda la población de estos países. A los ciudadanos/trabajadores se les pagaría con comida, hacinamiento, digo, alojamiento y protección de los embates de la madre naturaleza.

  3. También involucra a Jeff Bezos, y aunque más viable en el largo plazo, es quizás más controversial. Esto sería una iniciativa para ofertar por Amazon a los migrantes y desplazados a personas de espíritu altruista del primer mundo. Habría que desarrollar una excelente campaña de mercadotecnia y tener a un equipo de relaciones públicas de primerísimo nivel, claro, porque no faltarán los criticones que empezarán a comparar esto con el tráfico de esclavos por parte de los imperios coloniales. Por ejemplo, el área donde se hicieran estas ofertas podría ser una página web hermana de Amazon en donde cada término sería cuidadosamente elegido. No se “compraría” a personas, no, sino que se les adoptaría como amigos. Pensemos en esto como un paso más allá de Children International, algo todavía mejor, más filantrópico, más conmovedor. Podría hacerse un comercial en el que una persona blanca aparezca feliz en distintas situaciones genéricas junto a una persona de etnicidad vagamente africana, árabe, centroamericana u oriental, y al final el benefactor diga: “Yo creía que yo estaba salvando su vida, pero de cierta forma, él me la salvó a mí”. Otras medidas para evitar atraer malas reseñas podrían ser: 1) los migrantes y refugiados se enlistarían voluntariamente en este programa (aunque habría que recalcarles las consecuencias de no enlistarse: hambruna, plagas, sequías, ahogarse en algún mar o río fronterizo); 2) una vez adoptados, los migrantes serán totalmente libres, aunque su permiso de residencia estará siempre supeditado a sus adoptadores. A cambio de ser recibidos en un nuevo hogar, los amigos-invitados recién llegados tendrían que ayudar en lo que sus amigos-anfitriones requieran. A esto se le puede llamar: “Acuerdo de amistad”. Por seguridad, un chip con GPS se pondrá (muy humanamente y reitero, siempre con su anuencia) en la nuca de los amigos adoptados, para asegurarse de que no traten de alejarse mucho de sus nuevas familias.

  4. Ésta es, casi con toda seguridad, la más eficaz de todas las propuestas, no obstante me temo que nuestra tecnología sigue demasiado en pañales como para aplicarla. La someto a consideración de cualquier modo, en caso de que Elon Musk se anime a crear otra de sus compañías para desarrollar el proyecto. La idea es: usando ingeniería genética de la más avanzada, los migrantes y refugiados que decidan entrar al programa (véase método de convencimiento de la propuesta anterior) serían transformados en perros. Piénsenlo un momento antes de juzgar. Es una idea fantástica. Estoy absolutamente seguro de que si las imágenes emblemáticas de esta crisis humanitaria fueran protagonizadas por perritos en lugar de por humanos, algo ya se habría hecho. El sufrimiento humano es de mal gusto, es aguafiestas, arruina las conversaciones, pone a la gente de malas, nos enfrenta con preguntas que no queremos responder. El sufrimiento de un perrito, en cambio, une corazones y discursos. La mente colectiva de las redes sociales es incapaz de ver sufrir a un perrito. Visualicen el cambio dramático: si en lugar de ver a un individuo de un color de piel distinto al nuestro, sucio por días sin bañarse, y con un atuendo roído por el camino pidiendo dinero para comer, viéramos a un pobre perrito meneando la cola, sin chistar le daríamos pan, lo llevaríamos a nuestra casa, al veterinario y le conseguiríamos hogar. La tragedia de Óscar y Valeria, o la de Aylan, quizás se hubieran evitado si supiéramos de miles y miles de perros y cachorritos que cruzan mares o ríos en condiciones peligrosísimas con tal de encontrar una oportunidad para vivir. Los millones de buenos samaritanos que no emergen con el dolor humano se abrirían como flores de generosidad ante semejante abyección. ¡Pero si son perritos! Gritaríamos. Pobres bebés, hay que hacer algo, diríamos a coro. Y quizás en poco tiempo un porcentaje muy significativo de los migrantes encontrarían una casa donde serían amados.

Estas propuestas podrán parecer absurdas. Y lo son. Pero lo son tanto como las propuestas actuales: el sonsonete del “crecimiento económico”, la promesa del desarrollo que desde hace tanto tiempo pende como una zanahoria frente a nosotros y que seguimos persiguiendo tercamente como mulas. Paquetes económicos, inyecciones de inversión extranjera, préstamos de organizaciones internacionales; son, en el mejor de los casos, paliativos; en el peor y más frecuente, un excelente tónico para la creación o afianzamiento de fortunas exorbitantes. Seguimos tratando de arreglar un sistema dañado pegándolo con cinta adhesiva, cuando lo que se requiere es reemplazar todo el mamotreto o por lo menos hacerle rediseños considerables. La solución real implica cambios drásticos en políticas económicas y tributarias que sean auténticamente agresivas con los grandes conglomerados de empresas mayoritariamente responsables de la catástrofe o de plano un cambio de sistema económico. Siquiera sugerir esto último pone más miedo y más apasionada indignación en los corazones de muchos que las tragedias diarias de los otros. Por ello se siguen postergando las medidas necesarias en favor de buenas intenciones, de filtros con banderas para cada nueva tragedia, de publicaciones indignadas que leerán nuestros amigos y conocidos que coinciden con nosotros para empezar, de listas de Buzzfeed e infografías de Pictogram sobre las diez cosas que podemos hacer para no contaminar. Igual estaríamos rezando tres aves maría y un padre nuestro.

Una carrera matutina

Hay un libro de Murakami que se titula: “De qué hablo cuando hablo de correr” o algo así. Debo admitir que soy muy escéptico con respecto a Murakami. El misántropo snob que habita mi alma ha escuchado a demasiada gente recomendarlo y esa agria voz dentro de mí me dice: “Si le gusta a todos, debe ser muy regular”. He leído un cuento suyo y me gustó a secas. Pero éste no es el tema. Menciono a Murakami y a su libro sobre correr porque, a pesar de no haberlo leído, sé más o menos de que va: correr puede ser muy bueno para pensar y pensar puede ser muy bueno para escribir. Eso me imagino, al menos, y con esa premisa coincido plenamente.

Correr es mi ejercicio favorito. Una de sus mejores características, o al menos la que me atrae más a mí, es que es un deporte solitario. Uno lo hace solo y mientras lo haces, te aíslas del mundo. Los peatones que se cruzan con uno parecen habitar una dimensión paralela; son imágenes indefinidas y difractadas que se confunden entre sí. El corredor existe con él mismo. Y en esta existencia aislada ocurre un fenómeno curioso. Nuestro cuerpo se mueve más rápido, pero nuestros pensamientos se suceden a la velocidad de siempre, como si el cerebro flotara tranquilo, distante de la algarabía de los músculos trabajando, el corazón bombeando sangre agitadamente y los pulmones esforzándose por pescar suficiente oxígeno para sostener la operación. Quizá son este tipo de aparentes desfases los que sostienen la tan persistente dualidad cartesiana. Pero me pierdo por las ramas.

Y bueno, es que justo eso es lo estimulante del pensamiento mientras uno corre. Que mientras las piernas nos llevan en una dirección, la mente fija su propio y errático itinerario. No sé cómo son las cabezas de los demás, pero en mi caso constantemente me reprocho no poder concentrarme. Me molesta estar haciendo algo y que mis pensamientos se escapen cada diez segundos a otro tema, y lo peor es que tampoco se comprometen con ese tema, sino que una vez llegado a él, brincan a otro. Cuando corro, sin embargo, me libero de estos reproches. Es como si mi cerebro fuera un perro mal entrenado y al correr lo llevara a un parque y le dijera, ya, bueno, aquí puedes hacer tu desmadre.

Así que esta entrada es sobre una los pensamientos que tuve en mi carrera de hoy por la mañana. Empecemos por el principio. Justo antes de comenzar, miré hacia mis pies y a un costado de mi pie izquierdo vi una pieza de rompecabezas. Ahí, abandonada, tirada en el suelo, solita. Esto me pareció un hallazgo poético y la recogí. Este tipo de objetos encontrados por azar es lo que llamo: catalizadores de historias. Conforme trotaba, pensaba en esa pieza. ¿Qué se podría escribir a partir de ella? Siempre hay que partir de preguntas. ¿Cómo llegó esa pieza ahí? Me imaginé un niño pequeño, distraído, cargando la cajita del rompecabezas que acaban de darle. Como buen niño, es impaciente así que abre la caja En ese instante su mamá, que ya se había adelantado bastante, lo agarra del brazo y le dice algo como: “¡Peeter, pon atención!” y lo jala para que no pierdan el camión. Por el jalón, una pieza del rompecabezas se cae. Peeter no se ha dado cuenta y más tarde, cuando esté por terminar su rompecabezas, se dará cuenta de que la imagen está incompleta. Luego se siguen cosas de este escenario: Peeter debe ser un niño introvertido e intelectualoide si le emociona un rompecabezas como regalo. Sabemos que Peeter es distraído también. ¿Provienen estas características de su personalidad de un ambiente hostil que lo obliga a abstraerse del mundo? ¿Tiene Peeter una familia problemática? ¿Acaso por eso su mamá tiene prisa? ¿Están huyendo de un padre que los maltrata? ¿La pieza faltante del rompecabezas simbolizará el hecho de que la vida de Peeter siempre estará incompleta?

No lo sé. No escribiré esa historia, pero es divertido pensar. Pronto, el podcast que estaba escuchando me sacó de estas fantasías a medio cocer. Escuchaba 99% Invisibe – un podcast que recomiento muchísimo – pero me sentí engañado cuando Roman Mars – el conductor – anunció que en ese episodio en realidad escucharíamos el podcast de alguien más, y ése alguien más es John Green, el autor de libros para adolescentes como “Bajo la misma estrella”. Estuve a punto de quitarlo, pero ya que me quedaba una media hora de camino, pensé en darle una oportunidad.

Este podcast dentro del podcast se llama “The Anthropocene Reviewed” y la idea es ingeniosa. Un tema específico cualquiera, mientras caiga dentro de la esfera de lo humano, desde el sabor del refresco Dr. Pepper hasta la Basílica de San Pedro, son reseñados y calificados en un formato de 5 estrellas, parodiando las reseñas de Yelp, Amazon Reviews, etc. Esto, por supuesto, es sólo una buena excusa para hablar de temas más interesantes. La primer reseña que escuché, fue la de las pinturas rupestres de la cueva de Lascaux, Francia. La historia de cómo fueron descubiertas ya en sí es interesante. Un adolescente llamado Jacques Marsal iba caminando en el bosque en una tarde de septiembre de 1940, cuando su perro Robot (no era un perro mecánico, el perro se llamaba Robot) se internó en un agujero y no salió. Robot regresó a casa esa noche, pero al día siguiente Marsal decidió regresar con sus amigos a investigar ese agujero. Dentro, encontraron un sistema de cuevas cuyas paredes de roca estaban llenas de pinturas de renos, bisontes, felinos del paleolítico, un rinoceronte lanudo y muchas impresiones de manos. Los adolescentes trajeron expertos y se comenzaron a estudiar las pinturas. Sin embargo, por falta de presupuesto, no se hizo nada para proteger el lugar por un tiempo y dos de los adolescentes que lo habían hallado, decidieron acampar fuera de la entrada a la cueva por casi un año.

Por fortuna, acabando la Segunda Guerra Mundial, el gobierno de Francia se puso las pilas y para 1948 la cueva se abrió al público. No obstante, apenas quince años después, se volvió a cerrar porque los paleoarqueólogos se dieron cuenta de que el dióxido de carbono y la humedad emitida por los más de mil visitantes diarios estaba dañando las pinturas. Y aquí es donde la cosa se pone realmente interesante: En 1983, a doscientos metros de la cueva real, se instaló una reproducción exacta de la cueva original, bautizada Lascaux II, para que los visitantes todavía pudieran ver las pinturas en las condiciones más “auténticas” posibles. Esto envió a mis sinapsis a una nueva empresa porque, qué sugerente es esto de crear una réplica exacta de una cueva y ponerla a doscientos metros de la original. Hay varios senderos filosóficos que recorrer aquí, relativos a la reproducción artística, la iconicidad, ¿qué es lo que apreciamos cuando apreciamos arte? ¿es la obra en sí o la experiencia que la rodea? ¿hay realmente preeminencia entre original y copia? Pero bueno, esto lo han pensado otros – te estoy viendo a ti, Walter Benjamin – con mentes infinitamente más prodigiosas que la mía. En lugar de meterme a esa cueva, elegí la alternativa vecina de la ficción. Por ejemplo: imaginemos que por algún cataclismo– te estoy viendo a ti, calentamiento global – nuestra civilización actual es borrada junto con todo rastro de nuestro saber histórico. Imaginemos que dentro decenas de miles de años, humanos del futuro o alienígenas descubren la cueva de Lascaux (esta vez el perro sí podría ser un perro robot) pero es Lascaux II. Lo datan y descubren que es del año 1983 d.C. (claro que su sistema de medición sería distinto si toda la historia se ha borrado). Para ellos, las características de nuestro mundo contemporáneo serían las del mundo que nosotros sabemos del mundo paleolítico. ¿Importa esta diferencia? ¿Cuál es el original ahora? ¿Depende la originalidad del objeto o de quien descubre el objeto? Y ahora otra versión. Somos nosotros quienes encontramos la réplica. La primer cueva, la hallada en 1940 por Robot, era ya una copia.

Buenas ideas todas estas. O al menos entretenidas para correr. El problema es que en ese punto ya me había perdido la mitad del podcast por andar en el debraye. Le regresé y seguí escuchando. Después del podcast dentro del podcast, Roman Mars hace una pausa para entrevistar, ahora sí en su podcast, a John Greene, el autor del otro podcast. Es en este momento en el que recordé que había estado escuchando a John Green. Y pensé: ¿qué me pasa? ¿Qué está mal conmigo? ¿Cómo puede ser que me haya gustado algo producido, escrito y narrado por John Green, el mismo señor que vive (y muy holgadamente) de escribir novelas hiperedulcloradas para niñas de doce años? Y peor aún, escuchándolo en la entrevista descubro que me cae bien. Bastante bien. ¿Qué me ocurre? ¿Serán las endorfinas por el ejercicio?

Aquí me fui por otra tangente, esta vez pensando qué es lo que me lleva a odiar a John Green si ni siquiera lo he leído. Esto tiene que ver con un estricto código de ética y estética que me he impuesto y que me mueve a odiar a rajatabla a todos los escritores malos o mediocres que a la vez son sumamente exitosos. Es un código que además sigo rigurosamente. Hay pocas cosas que odie tanto, con tanta virulencia, como a los malos autores que escriben best sellers. Este es un odio, además, que está muy extendido entre los “lectores serios”. Creo que hay algo válido en ocasiones detrás de esta aversión. Es la indignación ante la mediocridad premiada, ante aquello que es puro gesto y pose, la literatura rebajada a estrategia de mercado, los escribidorcillos que se pavonean con sus millones de libros vendidos, pero que jamás de los jamases se han internado en el corazón de las tinieblas que es la verdadera literatura. Y sin embargo también creo que mucho de este odio es infundado y más bien envidioso, sobre todo en aquellos quienes, como yo, deseamos ser un día escritores y acariciamos en sueños las mieles del reconocimiento. Pocas especies tan rencorosas e insidiosas deambulan por este planeta como los aprendices de artista que se sienten merecedores de más aplausos. El hecho es que hay casos en que sí, el escritor podrá ser mediocre como una pizza de Lupillos, y rico como hijo de Slim, pero también puede que ese escritor se sepa mediocre y no lo oculte. Escuchando a John Green esta mañana me dio la impresión de que él sabe muy bien lo que es. Que nunca ha pretendido ser un gran autor. Que sabe que escribe libros cursis para niñas de secundaria. Y creo que esto lo aprecio, su honestidad. Digo, alguien debe escribir para las niñas de secundaria después de todo.

En algún momento John Green hablaba de las cosas que odiaba cuando era joven y que ahora, ya a sus cuarenta y tantos (o los años que tenga) le gustan. Mencionó a las Spice Girls. Empecé a preguntarme si lo mismo me estaba pasando a mí en ese momento: ¿El hecho de que de pronto me caiga bien John Green, quiere decir 1) que estoy cambiando de parecer y que mi brújula estética está perdiendo el norte? Y 2) ¿que de pronto me he hecho viejo? No. La verdad no lo creo. Sí me hago viejo, pero creo que más que perder la brújula aprendí algo: los autores no son sólo autores de sus libros, sino personas con varias facetas y pueden ser conocidos por la faceta equivocada. John Green es un autor mediocre, pero un excelente podcastero. Yo le recomendaría que ya sólo se dedique a eso. Él me diría: ¿Y de dónde sacaría los millones para poder dedicarme todo el día a podcasts? Él tendría razón.

En este punto había llegado al final de mi carrera matutina. Tomé el tranvía de regreso a casa. Al llegar a mi departamento y vaciarme los bolsillos del pants me encontré con la pieza de rompecabezas que ya había olvidado. Pensé un momento al respecto tratando de encontrar una enseñanza. Un rompecabezas entero con una pieza faltante es trágico: es una historia sin final; pero una pieza sola sin rompecabezas es prometedora: es una historia que comienza.

Al escuchar esta reflexión dentro de mi cabeza me reproché: Tengo que dejar de escuchar a John Green.

El semiólogo accidental

Photo by Sugata Bhattacharya.

En agosto de 2017 vine a estudiar una maestría en semiótica a Tartu, Estonia. Venir a estudiar a Europa siempre había sido un sueño para mí. La forma en que este sueño se estaba cumpliendo, sin embargo, era un poco como el plano inicial del arquitecto comparado con el proyecto final ajustado al presupuesto. Yo había imaginado estudiar literatura comparada en Edimburgo, o quizás teoría literaria en la Sorbona, no semiótica en Tartu.

Buena parte de los encuentros con amigos, familiares y conocidos en mis últimos dos meses en México fueron más o menos así: Oye, ¿que te vas? Sí, ¿cómo ves? ¡Qué chido! ¿Y a dónde? A Estonia. ¿Y eso dónde es? Explico muy vagamente dónde se localiza el país. Órale, ¿y qué vas a estudiar? Semiótica. ¿Y eso qué es? Procedo a decir lo que leí en Wikipedia: “Pues es como la ciencia de los signos”. Órale. Y en este momento yo esperaba que mi interlocutor no inquiriera más sobre la naturaleza de mis futuros estudios o se daría cuenta de que yo tampoco tenía idea de qué era eso que iba a estudiar.

Otra cosa que escuché muchas veces en esos días de preparación para mi mudanza transatlántica era: ¡Qué valiente! Y yo siempre pensaba ¿por qué? Me iré en avión comercial, los cuales tienden a no caerse; viviré en las residencias universitarias, las cuales en efecto suelen ser sitios de drogas, alcohol y decadencia generalizada, pero como sucede entre “chicos bien” es socialmente aceptado y no se considera sórdido o particularmente peligroso. Por otra parte, había visitado a F. en Estonia un año antes y recuerdo perfectamente que un noticiero dedicó cinco minutos a un reportaje sobre un labrador. No tengo idea de qué dijeron ni los entrevistados ni el narrador, pero nada en las imágenes parecía apuntar a que aquél fuera un perro extraordinario. Mientras tanto en México los noticieros no podían dedicar más de tres minutos a una narcofosa cuando ya se estaba hallando otra. En cualquier caso, con tantas personas diciéndome lo valiente que era, empecé a sentirme bien. El hecho de que todos me consideraran valiente por hacer algo que en mi cabeza no daba razones para sentir miedo era la prueba irrefutable de mi valentía ¿no? Pues lo que yo no sabía en ese punto es que aquello no era evidencia de mi coraje, sino de mi estupidez. El terror me llegaría luego, cuando ya era demasiado tarde.

Y es que, evaluemos mi situación de entonces como si fuera la premisa para una película: Nuestro protagonista es un joven que nunca ha vivido solo. Se va a vivir a un país del antiguo bloque soviético donde se habla un idioma que sólo 1.3 millones de personas hablan y que se considera uno de los más difíciles de aprender del mundo, a estudiar algo que prácticamente nadie conoce (ni siquiera él mismo) y que augura, casi con total seguridad, una carrera brillante como artista del hambre. Nuestro protagonista, además, se va sin becas, con un préstamo que le alcanzará sólo para pagar la colegiatura del primer semestre y sobrevivir lo que él calcula serán unos seis meses (no sospecha que en realidad serán sólo tres meses), y cuya familia se encuentra en una situación financiera inestable, de manera que recurrir a ellos para un rescate de emergencia será imposible. Para agregar algo de drama: nuestro protagonista está emprendiendo este viaje por amor, porque su novia está en Estonia, sin detenerse a pensar que la apuesta es demasiado alta y que hay un montón de cosas que podrían salir muy mal.

Una persona que revise esta sinópsis pensará: Oh, esto es una comedia cruel al estilo de los hermanos Cohen en la que el protagonista terminará cayéndose por la borda de un ferry al mar báltico. O bien: esto es un drama deprimente al estilo de Kieslowski en el que el protagonista terminará arrojándose por la borda de un ferry al mar báltico. Yo, en mi afable estupidez, pensé solamente: todo va a salir bien.

Los primeros días

En efecto, al llegar a Estonia, todo pareció ir bien. Nos dedicamos a pasear por Tallin, cuyo centro es magnífico, la ciudadela medieval mejor conservada en Europa; fuimos al cine a ver Dunkirk en IMAX, cocinamos, leímos, vimos series, fuimos a un parque donde están, reconstruidas casas de distintos puntos y distintos siglos de Estonia. Sí, todo iba a bien. Y luego empezó la maestría.

He de aclarar que F., mi novia, vivía en Tallin y yo estudiaría en Tartu, una ciudad a dos horas y media de distancia. De manera que después de dos semanas idílicas en Tallin, tuve que irme a Tartu. Recuerdo que en el camión vi la película de Kubo, que me estaba encantando, y mi pantalla se travó en el climax, así que no sé qué ocurre. Asumo que los buenos ganaron. Llegué a Tartu a la 1 de la mañana y cargué mis maletas (las rueditas de la única de rueditas se acababan de romper) hasta el edificio de residencias. En un punto me detuve a descansar y cuando voltee hacia mi lado derecho, al escaparate de una tienda, había un inmenso muñeco diabólico que daba la bienvenida a Tartu. Otra buena señal, pensé.

El recibimiento para los estudiantes extranjeros ya fue en sí mismo un anuncio de tormenta. Una mujer se dedicó un buen rato a explicar lo horripilante que era el invierno en Estonia y nos encomió a buscar ayuda psicológica de ser necesario. También recomendó tomar vitamina D para evitar la depresión que, casi inexorablemente, se ceriniría sobre nosotros ante la ausencia de sol. Luego, ya en el departamento de semiótica, el director – un venerable profesor de pelo blanco y voz de tercipelo – le dio casi inmediatamente el micrófono a un profesor mucho más joven, de boina y barba de candado, quien tomó el podium y se puso a hablar frenéticamente, como un personaje de Woody Allen, y dijo (esto lo recuerdo perfecto): “La semiótica es peligrosa. Un poco como la píldora roja en The Matrix. Y todo dependerá de qué tan profundo en el agujero de conejo quieran ir”. Pensé: Chale, este señor está deschavetado, ojalá no nos dé clase.

Ese señor se llamaba Tyler y por supuesto nos dio la materia más importante del semestre: Metodología de la semiótica. Ya desde las primeras clases comencé a percatarme de que no entendía nada. A los únicos semiólogos que yo conocía (y muy superficialmente) eran a Umberto Eco, a Roland Barthes y a Algridas Greimas; y llegando me di cuenta de que estos tres, y en esencia todos los demás de quienes había escuchado, importaban muy poco para el currículum. Aquí todo se trataba, o bien de un señor llamado Charles Sanders Peirce, o de Juri Lotman y su pandilla. Yo ponía cara de entendido, claro, como cuando alguien nos habla de un gran músico que no conocemos y nos hacemos como que conocemos hasta la canción secreta que le compuso a su tía abuela; pero me daba cuenta de que no tenía la menor idea de qué diablos estabamos hablando.

La clase más ininteligible y extraña era (no podía ser de otra forma) la de Tyler. Cada clase el profesor llegaba con una prensa francesa llena de té o de café, con su propia silla, y se ponía a hacer un diagrama en el pizarrón, para luego llenar el resto del espacio libre con terminología, nombres, subdiagramas, símbolos, etc. Después comenzaba y una vez que arrancaba era imposible pararlo. Era como un personaje de Woody Allen en metanfetaminas y sobre filosofía. Todos apuntábamos como estenógrafos en un juicio, a sabiendas de que nuestros apuntes serían quimeras ilegibles. Tyler nos hablaba del modelo triádico del signo de Peirce y de sus posibles correspondencias con la diada de Saussure y yo lo que me moría por saber era si todavía podía tomar la píldora azul y despertar en mi cama porque la realidad no me gustaba nada.

Han de entender en este punto, que la maestría estaba minando las bases de mi autoestima intelectual, único tipo de autoestima con el que yo contaba. Mi única opción era desprestigiar el material que yo no era capaz de comprender. Lichtenberg escribió que había quienes por el sólo hecho de entender una idea muy compleja, ya la consideraban cierta sin someterla a juicio. Yo apliqué el método inverso: como no entendía las ideas, aseguraba que eran basura. Durante semanas me dediqué a criticar con saña a los semiotistas, semiólogos, filósofos y lingüistas a quienes estábamos obligados a leer: logócratas, adictos a la terminología, nefandos aristócratas de la abstracción, constructores de torres de marfil de teoría. Sí, es su culpa por ser inaccesibles, no mía por no estar preparado.

Mi otro consuelo era el consuelo de los tontos, es decir, el hecho de que todos sufríamos. Poco a poco, todos los inscritos en la maestría, empezamos a platicar sobre nuestras dudas y entonces sentí brevemente el solaz de la comunidad: todos estábamos igual de perdidos. De hecho, todas nuestras reuniones de estudiantes parecían en realidad ser sesiones de grupos de apoyo: Hola, soy Jorge y no entendí “Structural-Typological Study of Semiotic Modeling Systems” de Zaliznjak, Ivanov y Toporov.

Hogar dulce hogar

Para acabarla de amolar, estaba mi dormitorio. Cuando yo me imaginé el sitio donde iria a vivir, visualicé un cuarto sí pequeño, pero agradable, con un compañero de habitación de nacionalidad y etnia indeterminada, pero del “tercer mundo”, como yo. Este alguien sería fanático del jazz y el cine también, y en cuestión de horas nos converitríamos en mejores amigos. Nuestro primer encuentro sería más o menos así:

Jorge entra en la habitación y escucha las primeras notas de una intrincada pieza de piano. Se acerca al librero y de inmediato reconoce algunos títulos. En ese momento entra el compañero y dice: Hola, disculpa la música. No te preocupes, digo yo, ¿es Thelonious Monk? ¿Acaso hay otro?, responde él. Yo suspiro. Oye, estaba viendo que tienes varios libros de Calvino, digo yo. Sí, dice él, me encanta. Aunque no es Borges, decimos al unísono. En fin, un amor de ésos… digo, amistad. Una amistad de ésas.

Ahora la realidad: llegué al edificio de residencias: Raatuse 22. En las fotos en internet se veía bien, moderno, y en la vida real se veía igual, así que todo en orden. El primer piso tenía unas mesas de ping pong y muchos jóvenes platicando. También todo en orden. Subí al cuarto piso, donde sería mi nuevo hogar, y entré a mi departamento. De golpe me di cuenta de que el diseñador de interiores muy probablemente había aprendido todo lo que sabía de estética en el Gulag. El suelo era gris plomo, las paredes eran gris pálido y el techo era gris cemento. El espacio mental de un daltónico.

Entré a mi habitación y conocí a mi compañero: un muchacho brasileño cuasi albino, con la cabeza rapada, permanentemente en sudadera y pants, jugando videojuegos. Nos saludamos y desde el principio fue evidente que no tenía mucha experiencia hablando con otros humanos. Empecé a acomodar mis libros y los objetos que me había traído para sentirme más a gusto: un Snoopy, un Charlie Brown, un buhito de peluche. Voltée a ver los adornos sobre la mesa de mi compañero: un demonio y una pequeña escultura de la niña de El Exorcista. No hay que desanimarse, me dije y traté de hacer conversación: ¿Oye y no es difícil el invierno sin sol aquí viniendo de Brasil? Me miró por unos segundos como procesando mis palabras y calibrando una respuesta. No. Silencio. La nave nodriza debe haberle indicado que necesitaba decir algo más porque después agregó: Depende de si te gusta el sol. Suficiente conversación, pensé. Me asomé a su librero. Varios libros de texto y el libro: “Cómo hacer amigos e influir en las personas” que asumo jamás leyó o no entendió.

Este departamento estaba compartido entre seis personas divididas en tres cuartos dobles. Dos todavía no llegaban, así que además de mi compañero de habitación, los otros inquilinos eran: un ucraniano que jamás salía de su cuarto y un paquistaní con el que convivía en las mañanas pues ambos éramos los primeros en despertarnos. Este último, al contrario de mi compañero, era muy platicador, pero su plática se reducía a quejarse de Estonia. Cada mañana durante mes y medio escuché sus quejas mientras comía cereal en silencio y asentía. Una de las cosas que más le gustaba repetir, era la lista de países que, a su parecer, era mejor opción que Estonia: “Canada, better than Estonia; US, better than Estonia; UK, better than Estonia, Germany, better than Estonia”, y así hasta completar casi toda Europa occidental y algunos países de Asia.

Mi único solaz ahí era Mariia, una chica rusa que también vivía en Raatuse 22 y también estaba en la maestría en semiótica, y que odiaba ambas cosas con idéntica pasión. Nuestra amistad se forjó quejándonos de todo mientras fumábamos cigarros frenéticamente en el minúsculo balcón salpicado de caca de paloma. Pocas cosas cimentan una relación como el sufrimiento compartido. Lo recomiendo ampliamente.

Hay una película llamada ‘Más extraño que la ficción’ que me gusta mucho. En ella, un hombre descubre que su vida está siendo narrada, que es un personaje en una novela. Consulta a un profesor de literatura y éste le dice que debe averiguar si su historia es una tragedia o una comedia. A partir de ese momento, el protagonista carga una libretita en donde traza marcas en las categorías de tragedia o comedia de acuerdo a lo que le pasa. Al cabo de un solo día, termina con una abrumadora cantidad de marcas para tragedia. Así fue como un día, en mi caso, se me acabó el dinero, tres meses antes de lo planeado, y tuve que comer galletitas saladas con mayonesa un par de días (¿mencioné que mi compañero dormía durante el día y roncaba como un jabalí constipado?). La conclusión era clara, pero aceptarlo era peligroso: Todo había sido un gran error.

La debacle

Cada viernes iba a Tallin a pasar el fin de semana con F. El sábado y domingo eran un pequeño oasis para mí. Pero el lunes siempre era espantoso. Nos despedíamos y yo me iba a esperar mi autobús de regreso como un soldado que está a punto de ser enviado al frente de una batalla de antemano perdida. Tomaba lentamente un café en la cafetería de la central y fantaseaba con no subirme al camión, dejarlo ir, e internarme en el bosque; vivir como desertor en la deshonra.

F. era mi única fuente de alegría y, francamente, mi único lazo; no hay que ser terapeuta de parejas para saber que esta ecuación sólo podía dar un resultado negativo. Yo me recordaba una y otra vez que no podía arruinar esto para ambos. Trataba de ocultar mi descontento o al menos de maquillarlo, sin embargo, no pasó mucho tiempo antes de que el silencio elaborara su propio discurso. Me imaginaba dejar la maestría y buscar trabajo en un supermercado, en el puerto, en una fábrica. Pero claro, en todos estos trabajos hablar estonio era un requerimiento. Y además ¿qué hacer con el dineral que ya había gastado? ¿Y qué con el préstamo?

No quedaba otro camino que la autoconmiseración, arte que a los humanos suele dársenos muy bien, lamentablemente. Hay pocas cosas tan vergonzosas como atravesar un periodo de depresión y luego regresar a revisar la evidencia. Coincido con Montaigne quien dice en su ensayo sobre la tristeza que es “siempre perjudicial, siempre loca y como tal siempre cobarde y baja”, no obstante siempre fallo en mi intento de lograr, como Michel, “solidificar” este bajo sentimiento mediante la reflexión. La reflexión más bien lo empeora todo, lo hunde más a uno, se sumerge uno en la tristeza y se ahoga en sus vapores.

A continuación algunos de los brevísimos apuntes en mi diario:

“Vivo en una isla sola
donde también yo estoy solo.
Tengo las manos cansadas.
Tengo sólo fisuras”.

Pero qué melodramático. Y pleonástico, por si fuera poco. ¿Si la isla está sola, no implica ya eso que yo estoy solo?

Aquí otro ejemplo:

“Lo cierto es que no hay marcha atrás. Esto es lo que hay y no me gusta. Puedo manejarlo o puedo sufrir. Una vez más la batalla es conmigo mismo”.

Pero qué peligrosamente se parece esto a un libro de Coelho.

El accidente

El primer viernes de octubre, el departamento de semiótica organizó una excursión para nosotros. Iríamos a visitar la escuela de artes de la universidad, ubicada en un pueblito llamado Viljandi. Luego iríamos a un museo de textiles tradicionales y finalmente a una ciénaga. Estuve a punto de no ir puesto que costaba cinco euros y no los tenía, pero al final me animé a pedir dinero porque pensé que sería una oportunidad de convivir, distraerme, conocer algo de Estonia, pasarla bien.

Y no me equivoqué. En efecto fue una buena excursión. El día fue soleado y relativamente cálido, el otoño ya había comenzado y Estonia, que es casi puro bosque, era un tapiz de amarillos, ocres y rojos. Viljandi tenía unas ruinas medievales desde donde se podía ver un lago de color azul turquesa. El museo de textiles fue interesante – aunque se necesitaba generosidad para llamar a esos dos cuartitos “museo” – y la comida fue en una casa vieja donde todo se sintió muy auténtico: platos y vasos de distintas vajillas, sillas diferentes, mesas de madera muy vieja, señoras que parecían sacadas de un calendario folklórico. La ciénaga fue lo más fascinante; realmente parecía un paisaje de otro planeta: extendiéndose hasta donde la vista alcanzaba no había más que manchas de hierba dorada y estanques inmaculados, como espejos. En fin, como diría una tía: Todo muy bonito.

Pero lo verdaderamente interesante ocurrió de regreso. A eso de las cinco nos subimos en el camión. Le pregunté a la profesora acompañante si podríamos llegar a Tartu antes de las 7 pues tenía un boleto para Tallin a esa hora y ella me dijo que no me preocupara, ella también tenía un boleto para ese mismo autobús. Perfecto. Nos subimos y nos sumergimos en esa especie de sopor y camaradería tan agradable que da después de una excursión en grupo. Yo iba sentado con Zhou, mi primer amigo en Estonia, un muchacho de China con un sentido impecable de la moda (cosa que resaltaba aún más mis playeras regaladas en eventos grupales y carreras). Veníamos platicando sobre Arrival, la pelicula de ciencia ficción que, Zhou me contaba, estaba basada en un cuento de un autor chino-estadounidense. Nos pasaron una bolsa de chocolatitos. En ese preciso momento el conductor dio un volantazo. Sentí con claridad, como si fuera mi piel contra la arena, cómo las llantas se deslizaban sobre la tierra blanca. Miré por el parabrisas. El camino comenzaba a quedar en ángulo con respecto a nosotros y el ángulo incrementaba. El camión se inclinó un poco. Miré a Zhou quien de pronto ya no estaba a mi lado, sino que iba quedando debajo de mí; vi sus ojos y boca abiertas, vi la ventana detrás de su cabeza y vi el bosque detrás de la ventana acercarse cada vez más. Un golpe fuerte y el mundo súbitamente en perpendicular. Sólo cuando acabó me percaté de la velocidad con la que todo había ocurrido. Nos habíamos volcado.

Zhou sufría pues todo el peso de mi voluminoso cuerpo lo aplastaba contra la ventana. Alguien se había caído de su asiento del lado izquierdo y ahora estaba parado en la puerta central, junto al baño. Fue la profesora la que rompió el silencio incómodo asomándose desde el frente y preguntando: ¿Están todos bien? Con una enorme sonrisa. El conductor, quien comprensiblemente estaba lívido, se acercó y abrió la salida de emergencia del techo. Salimos uno por uno y luego nos fuimos agrupando sin ton ni son alrededor del camión. Pasamos a hacer lo único que nuestra generación sabe hacer en estos casos: tomamos fotos y video. Luego nos pusimos a platicar, contar chistes, fumar. La profesora nos recomendó aprovechar el tiempo para buscar hongos comestibles en el bosque. Parece chiste, pero ella lo hizo y encontró muchísimos. El chofer se me acercó y me pidió un cigarro. Tenía la cara color papel bond. Después de unos veinte minutos nos avisaron que mandarían a otro camión por nosotros, pero que podía tardar un buen rato, que sería mejor que camináramos hacia la carretera de asfalto. Así lo hicimos. La tarde iba muriendo y oscurecía. Mientras andábamos, me junté con Tyler y Mariia. En este improbable escenario, Tyler resultó ser más que un extravagante genio de la semiótica. Compartimos anécdotas, nos reímos, la pasamos bien. En un punto el bosque se abrió y vimos un enorme campo donde acababan de recoger la cosecha. Había neblina y los rollos de alfalfa se dibujaban en la bruma.

Photo by Sugata Bhattacharya

Cuando por fin llegamos a la autopista, no había noticias del camión y comenzamos a preocuparnos. Sugata, otro de mis compañeros y una de las personas más entusiastas que he conocido, propuso que, para pasar el rato, hiciéramos fotografías con un largo tiempo de exposición en donde dibujáramos cosas con luz. Cuando el nuevo autobús finalmente llegó por nosotros, casi estábamos decepcionados. No me habría molestado dormir sobre un rollo de paja.

En ‘Más extraño que la ficción’, cuando un trascabo destruye la casa del protagonista por error, éste va con el profesor de literatura a consultar de nuevo. ¿Qué significa esto? Le pregunta. El profesor le responde que sinceramente ya no tiene idea de si eso es una comedia o una tragedia. Y es que en realidad la comedia y la tragedia son mucho más cercanas de lo que creemos, ¿no? Para los protagonistas de una comedia, las cosas que les ocurren deben experimentarse como pequeñas tragedias. Nos reímos de su desgracia. Pensemos en nuestras propias anécdotas graciosas; apuesto a que en la mayoría de los casos, sufrimos esos sucesos mientras ocurrían, pero a la distancia podemos reírnos. Algún día nos reiremos de esto, decimos para consolarnos y casi siempre es cierto. La labor del humorista es contrarrestar el dramatismo de una desgracia identificando y subrayando el absurdo que todo lo invade. En una sentencia: la comedia es la tragedia que no se da importancia. El único apunte en mi diario por ese entonces que muestra señas de vida inteligente es precisamente: “Debo darme menos importancia”.

El accidente del camión fue el punto en que esto se volvió claro para mí. El que el camión se volcara no me proporcionó una epifanía. No vi mi vida frente a mis ojos y decidí a partir de ese momento vivir cada segundo al máximo No empecé a comer más sano, no me detuve a oler las flores, no sonreí a extraños. Pero sí pensé que acababa de vivir algo muy extraño y eso me llenó de energía. A partir de entonces, si todo fallaba, al menos tenía una gran historia por contar, ya no todo sería en balde. Me imaginé a mis amigos pensando: Sólo a Jorge le puede pasar esto. Me los imaginé riéndose de mi desgracia y no pude más que reír con ellos. Seamos honestos, si Dios existe seguramente nosotros somos su programa de cámara escondida. Mejor asumirlo y reír con él.

Fue después de esto que me dije: bueno, Jorge, tu tiempo de ser el listo se acabó. Ahora tienes que chambear, echarle ganas, estudiar. No eres especial y está bien. La suerte quiso, además, que una o dos semanas después leyéramos a Julia Kristeva en la clase de Tyler. Esto me voló la tapa de los sesos y empecé a obsesionarme. Mientras tanto en la clase de biosemiótica tuve que escribir un ensayo para el cual leí sobre la segunda ley de la termodinámica, sobre las cuatro causas en la filosofía de Aristóteles y sobre la alternativa de Peirce y, cuando lo entendí, eso también me reconectó los cables de la cabeza. Descubrí que era mejor opción tratar de entender las cosas por el simple placer de entenderlas y dejar de pensar si yo era lo suficientemente bueno o no para la maestría.

Antes de venir yo le decía a las personas que me preguntaban: ¿por qué semiótica? Que era porque la semiótica más que una ciencia en sí misma, era una metaciencia. Una especie de lente teórico para poder estudiar caulquier otra cosa. Lo decía sin saber y un poco de dientes para afuera. La verdadera razón era que venía por F. y punto. Y sin embargo, ahora miro hacia atrás y veo que mis ensayos y proyectos me dieron la razón. Escribí sobre un cuento de David Foster Wallace, sobre la historia de la edición en el cine, sobre The Shape of Water, sobre el tráfico de animales salvajes en México debido al narcotráfico, sobre cómo los animales se adaptan a las ciudades, sobre el discurso histórico y político del Museo de Antropología e Historia, sobre las marcas de ropa que se apropian de los diseños indígenas, sobre el axolotol y su casi inevitable extinción, sobre las teorías de la conspiración, y sobre 2666 de Roberto Bolaño. Ahora, dos años más tarde, me doy cuenta de que no preferiría haber estudiado otra cosa. Esto es justo lo que quería hacer.

Al terminar el semestre, fue Tyler el profesor que más me felicitó por mi trabajo. El ánimo que me dio tras mi primer ensayo fue suficiente para seguir intentando. Finalmente fue él mismo mi asesor de tesis y el resto es historia. Curiosamente Tyler y Mariia, quien fue sin duda mi mejor amiga de la maestría, son ahora pareja. F. y yo salimos en citas dobles con ellos.

Y bueno, ya. Aquí acaba la historia por ahora. Ha habido momentos difíciles, sí. Cada seis meses tengo crisis financieras, pero salimos adelante. F. y yo vivimos juntos en Tallin. Estonia es un país muy bello cuando uno presta atención No tengo idea de qué pasará, pero lo que llegue habrá que tomarlo con humor.

Hablando de humor, un par de días después del accidente abrí mi mochila y vi que había guardado la bolsa de chocolatitos que me habían pasado justo antes de que el camión se volcara. No recordaba en qué momento la había puesto ahí, pero pensé que por fin la suerte me sonreía. Luego tomé uno y descubrí que era de chocolate con menta. No cabe duda que si Dios existe es un sádico.

Photo by Sugata Bhattacharya

Ong’s Hat and the construction of a suspicious model reader

Otro mundo II, Maurits Cornelius Escher

In the late 1970’s, in a forest in southern New Jersey, a community of theoretical scientists from Princeton, spiritual researchers, and avant-garde artists self-denominated the “Moorish Science Ashram” – also founders of the ICS (Institute for Chaos Studies) – conducted research on “cognitive chaos”. By the ending of this decade, this group created a device designated as “the Egg” which functioned as a heightened sensory deprivation chamber in order to achieve a state in which a person could experience the moment when a particle becomes a wave. During one experiment, the Egg disappeared with a person inside it. Moments afterwards, it appeared again, and the person inside of it told them of his experience: he had travelled to an alternate dimension, another planet, exactly like Earth, but without humans. After this accidental discovery, members of the ICS began traveling to this alternate dimension frequently until eventually many of them moved there, some even having offspring in that dimension. However, the knowledge of this alternate dimensions and the possibility of gaining access to them was kept silenced by several conspiracies seeking to deprive humanity of its potential (Matheny 2002).

At this point, most readers might immediately feel suspicious about the veracity of this story, given how outlandish some of the details seem, but this didn’t prevent the formation of a large online community around it in the late 90’s and beginning of the 2000’s, who ‘gathered’ to debate about the story, its authenticity, and its implications in case of being truth – and indeed several people within that community believed it was true. When Joseph Matheny, one of the primary responsible figures for the creation and divulgation of the Ong’s Hat text, announced the ending of the experiment, several members of the online community doubted him or plainly discredited him, believing he had either “sold out” or been co-opted, or, even more interesting, believing this was another clue, a coded invitation to continue the search for Ong’s Hat (Kinsella 2011: 139-142). Even after the same Matheny called attention to the fictitious nature of it all in more recent years (New World Disorder Magazine: 2008; Paskin 2018), to this day there are people who still go to the Pine Barrens to look for the interdimensional gate.

A “rational” reader may wonder: why? And the easiest answer might be that these readers have overinterpreted the Ong’s Hat text, effectively being unable to distinguish the line between fact and fiction. There is another possible answer: the text itself provoked that confusion. I propose there is a third possible answer: there is a dialectic relationship between the text and the reader which affords the confusion. In other words, the Ong’s Hat text contained in itself the possibility of being overinterpreted, a possibility that is actualized in the reader.

In his book, Lector in Fabula (1994), Umberto Eco proposed that the text envisions and, what is more, constructs its model reader. In this paper I will try to argue that the Ong’s Hat text, through its complex and sophisticated textual strategies involving transmedia storytelling, hypermedia, and the problematization of phenomenal worlds, constructs a model reader that is an overinterpreter, a suspicious model reader.

A brief history of Ong’s Hat

Ong’s Hat, also known as The Incunabula Papers, first appeared in the end of the 80’s and beginning of the 90’s. The phenomenon was spawned by two printed documents: Ong’s Hat: Gateway to the Dimensions! A Full Color Brochure for the Institute of Chaos Studies and the Moorish Science Ashram in Ong’s Hat, New Jersey and Incunabula: A Catalogue of Rare Books, Manuscripts & Curiosa—Conspiracy Theory, Frontier Science & Alternative Worlds (Matheny:2002). Ong’s Hat : Gateway to the Dimensions! was the first to appear. It was a brochure sent out by post to several addresses, containing the detailed plot of the Ong’s Hat story summarized above. A crucial aspect to bear in mind is that it is framed as an authentic document albeit a secret document as well, written by anonymous members of the Institute for Chaos Studies (ICS) and “disguised as a sort of New Age vacation brochure” (Matheny 2002:58, italics in the original). Another key aspect of it, is that it is not only a historical account of the development of interdimensional travel in Ong’s Hat and what happened afterwards, but it also delves at length into explanations of how interdimensional travel was achieved, referencing highly speculative physics, particularly chaos theory, relativity and quantum mechanics, all combined with a new age mixture of tantric beliefs and psychedelic experimentation. The brochure is open ended, explicitly inviting speculation about whether or not the thread will continue.

The Incunabula catalog appeared some time later, supposedly published by a man named Emory Cranston and distributed in the same manner as the Ong’s Hat: Gateway to the Dimensions! brochure. It was – as its title announced – a catalogue of brochures, pamphlets, scientific studies, testimonies, journals, and pulp and science fiction (some of them real and some of them non-existent). Each of these sources appears with a summary and comments which, altogether, read as a narrative expanding the Ong’s Hat universe, providing more details about the people involved (the ICS and the Moorish Science Ashram), their ideas, beliefs and motivations, their experiments and more scientific material supporting the possibility of interdimensional travel.

By the end of 1992, a third document appeared. It was published by a man named Joseph Matheny, who was purportedly investigating the authenticity of the two first documents. It was written as a journal entry, dated on October 13, 1992, and most of it is a transcription of an interview with Nick Herbert, a physicist cited in the Incunabula catalog. In the interview, Herbert speaks about Quantum Tantra and Alternate dimensions, both topics that Herbert has written about (in real books that can even be purchased on Amazon). The interview is stopped after Matheny asks Herbert about interdimensional travel and the Egg crafts used for it.

Nick Herbert

Finally, in 1994, Matheny published another entry in his journal, dated on January 23 that same year. In it, he transcribes a phone interview with Emory Cranston, the supposed editor of the Incunabula catalogue. The interview focuses on the catalogue and some of the entries in it, but as it progresses it becomes a very ambiguous testimonial of interdimensional travel. Cranston confesses being part of the interdimensional cult (ICF and Moorish Science Ashram) and having visited Java2, an alternate Earth. This interview, like the one with Herbert, is also stopped abruptly.

But Ong’s Hat: Gateway to the Dimensions!, the first document, had appeared before it was sent as a brochure. It had appeared in a science fiction “Zine” (a self-published magazine also sent through the mail service) as a short story in 1988. It was written by Peter Lamborn Wilson, (a.k.a Hakim Bay) (Kinsella 2011:80). Joseph Matheny, an acquaintance of Lamborn Wilson, read this short story and thought he could use it to start an experiment. With the help of Lamborn Wilson and a visual artist named James Koehnline, Matheny edited Ong’s Hat: Gateway to the Dimensions! to make it look as a brochure, then sent hundreds of Xeroxed copies to a remailing system in Hong Kong, which in turn sent it to hundreds of addresses provided by Matheny in the U.S., addresses of friends, acquaintances and members of the mailing community who were already receiving Zines on fringe topics related to conspiracy theories, science fiction and new age philosophy. The brochure would then arrive as if it had been originally mailed from Hong Kong, with no trace of the original senders. Using the same method, the group distributed their second collaboration, Incunabula, written again by Lamborn Wilson and illustrated by Koehnline. This second collaboration marked the end of the group of co-authors. From then on, Matheny continued alone, penning the two aforementioned interviews.

In 1993, being an enthusiast of Bulletin Board Systems (BBS), Matheny saw potential in that medium and decided to post the Ong’s Hat texts there. When the internet became more widespread, he created incunabula.org, where he transferred the archive from the Bulletin Boards and started adding all articles and chats referencing Ong’s Hat. Matheny also began creating several websites related to the topic, interconnecting all of them through hyperlinks in texts, images, graphics, etc. so new potential readers would have more than one access to the Ong’s Hat universe (Paskin 2018). Once online, the community around the Ong’s Hat mystery grew and with it, the text itself expanded, forming a continuously growing, self-feeding textual complex. Platforms for discussion independent of Matheny were set up, such as www.interdimension.org and very prominently, DarkPlanetOnline, where members of the community would debate, share thoughts, hypothesis, experiences and plan trips to Ong’s Hat (Kinsella 2011:71).

In spite the expansion of the Ong’s Hat text exceeded now Matheny’s control, he remained the leading figure and content procurer for the community, publishing an interactive ebook (Matheny [1999] 2002), an interview with people that supposedly lived in the Ashram at Ong’s Hat as children (Matheny 2000), and even appearing in radio shows (Coast to Coast:2000). It is important to remember, however, that for this community, Matheny was not the author of the Ong’s Hat mystery, but a member of the community, a pioneer with further research conducted than most of them, and, in that sense, an authority, but not an author.

Eventually and predictably, the story acquired a life of its own in the members of the community. Though some of them remained fairly skeptical and participated out of curiosity, for fun or as an opportunity to bond with other people with similar interests, others were truly enticed by the possibility of the Ong’s Hat papers being authentic or at least based on reality. Between 1999 and 2001 – the peak of interest in Ong’s Hat – several members built on the original mythos tying it with personal experiences, with other speculative literature, with other conspiracy theories, and, what is more interesting, some believed they were experiencing supernatural events in the form of “synchronicities” (coincidences), vivid dreams about parallel universes, sights of otherworldly creatures, voices, etc. (see transcriptions of the original testimonies and debates in Kinsella 2011: 85-148). Among these devoted members of the community, however, a rift occurred after Matheny appeared on the radio show Coast to Coast in 2000. Some started suspecting everything was a hoax that Matheny created to get media attention and felt betrayed. Others believed in Ong’s Hat so ardently that they wanted to go further into it and thought Matheny had the key, so some of them tracked him down and started knocking on his door, peeking through his windows, and sleeping in his yard (Paskin 2018).

In the summer of 2001, two Alternate Reality Games (ARG) were launched: The Majestic (Electronic Arts 2001) and The Beast (Microsoft 2001). Members of the community were worried about big companies appropriating the kind of interactive, open-ended story complex Ong’s Hat had pioneered. This discouraged some of the members of the community, and Joseph Matheny, who was already discouraged by the people who had taken the story too seriously, saw the appearance of those ARG as the final nail on the coffin for Ong’s Hat[ 1] and decided to put an end to it. On August 2001, in the main message board, he wrote:

“Ong’s Hat Tantric Egg Research Center was a necessary ruse for deflecting attention from our real project– to open up your conduits, brother and sisters, to rip off the confining condom of language and to Fuck Nature Unprotected” (qtd in Kinsella 2011:139).

The response by the community was mixed, many were disappointed, some were angry, but others among the most committed members disregarded the statement by Matheny and thought the outcome of it would eventually prove positive, since it would eliminate the unconvinced members and leave only the deserving ones. Read, for example, this post by user Harla Quinn:

“Hey, no matter what everyone’s interpretation of the “official statement”, the themes and science have a helluva lot of validity – I think EVERY ONE here knows that which is why you are HERE and not joining in the chorus line elsewhere – and my efforts toward untangling the quantum entanglement question for me doesn’t end with an ‘announcement’ (…) the “best” we can hope for from the recent exodus is that there won’t be anymore disruption underfoot. (…) The Majestic gamers will look for their clues and move on to the next level. The newbies and naysayers will point and laugh and pat themselves on the back that they “got it”. (snicker) All that serves to clear the board – which is fine by me.” (qtd in Kinsella 2011:142).

In spite the statement itself did not end the quest to solve the Ong’s Hat mystery, without Matheny’s leadership and production of texts, the community slowly dispersed until it eventually disappeared, and all forums were abandoned and eventually taken off line.

However, the influence of the Ong’ Hat text did not end with the community nor with the forums. As it was previously mentioned, there are still people who travel to The Pine Barren’s forest in New Jersey in search of the interdimensional gate, either with serious curiosity or with an ironic detachment. Moreover, some of the ideas in the Ong’s Hat story have been absorbed by current conspiracy theories, such as QAnon (Coaston 2018) and The Montauk Project (González 2016).

Text interpretation

The Ong’s Hat phenomenon constitutes a deeply interesting object to be analyzed from a textual interpretation perspective. Ong’s Hat is a text, or more accurately, a textual complex formed of the thousands of chats, videos, interviews, audio recordings, etc. Even though we should keep in mind Ong’s Hat as a whole technically has hundreds of authors, we will focus on Matheny as the main author. We know that the whole phenomenon originated with two main texts: first of all Ong’s Hat: Gateway to the Dimensions! and then the Incunabula catalogue. Locating us at the metalevel, we know that these two documents have empirical authors: Matheny, Lombard Wilson (the actual writer of the texts), Koehnline and Herbert, with Matheny being the preeminent author of Ong’s Hat as a project, giving it was his idea to repurpose Lombard Wilson’s stories and use different media to get to an audience. It follows that we can trace the origins of the Ong’s Hat textual complex to Joseph Matheny.

Matheny

In a recent interview with podcaster Willa Paskin, Matheny expressed that he is not happy with the way some of the members of the Ong’s Hat community interpreted the text:

“The people that were absolutely positively convinced that we were up to something nefarious, that we were a mind-control government agency (…) those people are not pleasant. They don’t make the environment pleasant, they started to make the game unpleasant” (Matheny interviewed by Paskin 2018).

He also said that neither he nor the text are responsible for the most outlandish experiences some of the members of the audience had. When asked about the synchronicities, he answered that it was: “Not anything I did, not anything the story did, but what they did” (ibid 2018).

Nonetheless, in another moment of the interview, he acknowledges that probably he didn’t foresee how the text could be read: “I was imagining that there was (sic) enough clues in the text that people would not take it seriously completely. (…) Eventually I came to the conclusion that I was wrong about that” (íbid).

Illustration by Benjamin Frisch. Click on it to go to Willa Paskin’s podcast

On his official website, as a header for the Ong’s Hat archive, Matheny has the following disclaimer:

“While I am quite proud of the framework I created to deliver the OH story I can no longer endorse some of the ideas used in the actual story content (co-created) or some views held by some of the people behind those ideas.” (Matheny 2018, italics added by me).

In this post we can see how Matheny accepts some responsibility by acknowledging there are ideas in the actual story content that he cannot endorse anymore.

Ong’s Hat was a fictional story, the Incunabula catalogue a fake catalogue. Despite this, several of the readers of these texts ended up not only believing them, but actually having supernatural experiences. Wouldn’t it be reasonable to say that these people overinterpreted the original texts? That they found in it much more than there actually was? That certainly seems to be Matheny’s opinion and he is the main author. We should keep in mind, though, that the empirical author’s intended message is not equivalent with the text’s potential message.

Umberto Eco is possibly the semiotician who has concerned himself the most with the formulation of an exhaustive theory of the mechanisms of text interpretation. In The Open Work (1962), he started developing his reception theory. In it, he concerns himself with the interpretation of open works, texts that encourage interpretative freedom (Eco 1962: 4). Eco’s formulation of the problem seems to describe Ong’s Hat:

“The work remains inexhaustible insofar as it is ‘open’, because in it an ordered world based on universally acknowledged laws is being replaced by a world based on ambiguity, both in the negative sense that directional centres are missing and in a positive sense, because values and dogma are constantly being placed in question” (ibid: 9).

Furthermore, Eco distinguishes a subcategory of open work which he terms “work in movement”. Works in movement: “characteristically consist of unplanned or physically incomplete structural units” (ibid: 12). Ong’s Hat certainly fits into this category of open work, given that it hints at its incomplete nature, both explicitly and structurally. For example, Ong’s Hat: Gateway to the Dimensions! says this at the end: “We haven’t spoken yet of our enemies. Indeed there remains much we have not said” (Matheny 2002:58). The text is indicating that there is information left out that in fact belongs to the text, but furthermore the adverb “yet” indicates that the authors have the intention of speaking of those enemies at some point, but not now, and the use of the present perfect tense in a negation: “we have not said” speaks of the probability of “saying” later on, as opposed to a simple past construction such as “did not say”, which closes the door on the subject. The Incunabula catalogue increases the incompleteness of the Ong’s Hat text as a whole, portraying itself not as a primary source, but merely a compendium of primary sources on the matter, merely a metatext. The documents invite the reader, both directly and indirectly, to join the quest for truth. As Eco states, with works in movement: “the author offers the interpreter, the performer, the addressee a work to be completed” (íbid 19). When Matheny added the two interviews, he portrayed himself as the first reader who had taken up the challenge posed by these mysterious texts, effectively setting the works in movement.

Picture by Cristóbal Manuel, Reuters

Works in movement complicate the task of distinguishing “correct” interpretations from “incorrect” ones even more than regular open works, since they open the “possibility of numerous different personal interventions”, even interventions that the author “could not have foreseen” (íbid 19).

Nonetheless Eco is clear about something: the work’s interpretation has to remain honest to his/her author’s intention:

“[The open work] is not an amorphous invitation to indiscriminate participation. The invitation offers the performer the opportunity for an oriented insertion into something which always remains the world intended by the author (…) The author is the one who proposed a number of possibilities which had already been rationally organized, oriented, and endowed with specifications for proper development” (ibid: 19).

But how can it be, then, that the interpretation task could, at the same time be bound by the author’s textual design, and out of his/her predictions? For this we need to turn to later Eco. In the Tanner Conferences in 1990, Eco distinguished between the author as the empirical subject of enunciation, and the author as a Model Author “present only as a textual strategy” and for Eco this distinction renders: “the notion of an empirical author’s intention radically useless” (1992b:66).

The key to assert which is a “correct” interpretation and which one’s not, then is to discover the intentions of the Model Author. And in other to do that, a Model Reader is required. Eco further clarifies in Lector in Fabula (1994):

“On the one hand, as we have said up till now, the empirical author, as the subject of the textual enunciation, formulates a hypothesis of a Model Reader and, when translating it into the language of its own strategy, it characterizes himself as subject of the enunciation, with an equally ‘strategic’ language, as a mode of textual operation. However, on the other hand, the empirical reader, as the concrete subject of the cooperation act, also has to fabricate a hypothesis about the Author, deducing it precisely from the data available in the textual strategy” (Eco 1994: 89, Translated by me).

In short, both the Model Author and the Model Reader are deduced from the text itself, i.e., the intention of the text is what has to be taken into account: “Above all, for textual cooperation it shouldn’t be understood as the actualization of the empirical subject of the enunciation’s intentions, but rather of the intentions virtually contained in the statement itself” (ibid:90, Translated by me).

Our task then, if we are to evaluate the interpretations of the Ong’s Hat textual complex is to focus on the textual complex itself.

Textual Strategies

Eco posits the following maxim about the textual mechanism: “a text is a product whose interpretative fate must be a part of its own generative mechanism: to generate a text is to apply a strategy which includes predictions about the movements of the other” (1994:79, Translated by me, italics in the original). Eco compares this generative process with warfare or a game, in which one must try to predict the movements of the adversary, and in order to do that, one must envision a model of that adversary. This prediction is not a passive process: “to predict a Model Reader does not mean simply ‘expecting’ it to exist, but rather mobilizing the text to construct it” (ibid:81, Translated by me).

What are the strategies in the Ong’s Hat textual complex? How does it construct its Model Reader?

Intermedia Storytelling and Convergence Culture

To discover Ong’s Hat’s textual strategies, we should first direct our attention to the media it employs. Ong’s Hat’s use of different media is a crucial part of its textual strategy. We could say it belongs to the printed medium, since it was, in its origins, a brochure and a catalogue, but we should not forget that, in its distribution, Ong’s Hat employed the post as medium for delivery, and the use of that medium was integral to the text itself since it inscribed it in the mail art movement. Mail art was a countercultural movement starting in the 1950’s in the U.S, defined as: “the cooperative appropriation, alteration, distribution, and remediation of various mailed memorabilia” (Kinsella 2011:63), and a very important part of that memorabilia were science fiction and conspiracy theories zines (Merrik 2004). Eco argues that one of the simplest strategies in which a text can construct its Model Reader, is by incorporating characteristics that aim for a target reader (1994:80,82). By sending including itself in the mail art movement, Ong’s Hat literally reached its target audience. Furthermore, we should remember it was sent through a remailing system thanks to which the sender’s address appeared to be in Hong Kong.

Secondly, both Ong’s Hat: Gateway to de Dimensions! and Incunabula were both illustrated by James Koehnline, which means they were both written and visual media. When Matheny uploaded the documents on BBS, a new medium was employed, and with its final migration to the internet, the multimedia character of the textual complex increased. Matheny added the audio recording of the interview with people who had allegedly lived in Ong’s Hat ashram when children, and the websites he created were filled with imagery, either appropriated by him or authored by Koehnline.

Nevertheless, Ong’s Hat was not merely a multimedia story, it was a transmedia story: “A transmedia story unfolds across multiple media platforms, with each new text making a distinctive and valuable contribution to the whole. In the ideal form of transmedia storytelling, each medium does what it does best” (Jenkins 2006:95). Ong’s Hat fits perfectly into this description. Not only was the story present in different media, but it continued unfolding across different media (e.g. in the recorded interviews, the websites and discussion forums, the Coast to Coast interview with Matheny) and using each medium with a purpose. For example, Matheny used the internet to Ong’s Hat advantage by filling his posts and the interactive E-Book with links redirecting readers to other websites with more information, some of those websites being authentic, others being hoaxes (Benjamin Frisch’s testimony in Paskin:2018). Also, just as Matheny had used mail before to target an audience, he seeded links to Ong’s Hat related websites in sites dealing with topics ranging from videogames to conspiracy theories (Kinsella 2011:68).

Cover of the collected Incunabula papers

This moving work created by Matheny and company became moving in a very real sense through transmedia storytelling, since committed members of the audience had to literally move through the internet, jump from one website to another, try to find the books compiled in the Incunabula catalogue either printed or in digital form, listen to a recorded interview, and some even going to The Pine Barren’s forest. Jenkins speaks of certain kinds of transmedia story worlds that “introduce new aspects of the world with each new instalment, so that more energy gets put into mapping the world than inhabiting it” (Jenkins 2006:114). Reading becomes discovering, and in a way, co-creating.

That is why Jenkins characterizes transmedia storytelling as storytelling for the age of convergence culture, an age he identifies with the formation of knowledge communities and collective intelligence, since some transmedia narrative universes are so expansive (Star Wars, Harry Potter, Marvel) that they make it impossible for one single reader to “get it”, promoting the formation of fan communities able to pool their knowledge and build a collective concordance online (ibid: 127).

This is Not a Game

The use of transmedia is just part of the strategy, both targeting a specific audience, providing multiple entrances to the story universe, and what is more important, inciting active participation. Another part of the strategy is related with how the texts challenge the reader.

Ong’s Hat: Gateway to the Dimensions! starts with the following statement:

“You would not be reading this brochure if you had not already penetrated half-way to the ICS. You have been searching for us without knowing it, following oblique references in crudely Xeroxed marginal “samisdat” publications, crackpot mystical pamphlets (…) or perhaps through various obscure mimeographed technical papers on the edges of “chaos science” — through pirate computer networks — or even through pure synchronicity and the pursuit of dreams.

In any case we know something about you, your interests, deeds and desires, works and days — and we know your address.

Otherwise… you would not be reading this brochure” (Matheny 2002:46, italics in the original).

In this excerpt, the text directly addresses the reader, and by adding references that the reader is almost sure to know (given that the publications mentioned were common among the mail art community and the BBS users), and the mentioning of the senders having their address (which is obvious given it arrived to the first readers mailbox) the addressing is strengthened, making it seem personal, as if it was really addressed to that person and not just a rhetorical device.

The brochure closes with:

“This text, disguised as a sort of New Age vacation brochure, must fall silent at this point, satisfied that it has embedded within itself enough clues for its intended readers (who are already halfway to Ong’s hat in any case) but not enough for those with little faith to follow” (ibid:58).

In these last lines, the brochure poses a challenge for the reader. First of all, a decoding challenge. An indefinite number of clues are awaiting within the text to be discovered and followed. More importantly though, in the context of the story related in the brochure, this statement hints that the importance of this clues is larger than the text itself: following them can reveal the mystery of Ong’s Hat and interdimensional travel, as well as the conspiracy around it. Finally, a further filter for a Model Reader is set when it references “its intended readers” who must have faith.

Illustration by Koehnline included in the catalogue

The Incunabula catalogue continues with this strategy: “This catalogue has been put together with a purpose: to alert YOU to a vast cover up” (Matheny 2002:18). It mentions the perils involved in pursuing research “we know of at least two murders so far in connection with this material” (ibid:18, italics in the original) and separates itself from conspiracy theories by saying it is supported by real science, again filtering readership: “This will become clear to anyone who takes the trouble to read the background material we recommend and offer for sale” (ibid:18), finally closing the catalogue with: “Remember: parallel worlds exist. They have already been reached. A vast cover-up denies YOU all knowledge. Only INCUNABULA can enlighten you, because only INCUNABULA dares” (ibid:45, italics in the original).

The challenges to follow the threads and solve the mystery are akin to the ethos of a game. Indeed Matheny has characterized Ong’s Hat as a game in retrospect (in Paskin 2018, as well as in an essay in Szulborski: 2005). This and the transmedia nature of the Ong’s Hat link it with Alternate Reality Games (ARGs), transmedia game narratives that require following traces through the several media that comprise the game. However, this categorization entails a problem. Games are characterized by a knowledge of participating in a game. Players of Clue know that they are not in fact solving a real murder. The Ong’s Hat readers who followed “the instructions” and delved deeper into the mystery did not know – or at least were not told at any point – they were playing a game.

Jane McGonigal terms ARG’s ‘pervasive games’ and defines them as“ ‘mixed reality’ games that use mobile, ubiquitous and embedded digital technologies to create virtual playing fields in everyday spaces” (2003:1), and among these she distinguishes a subcategory: ‘immersive games’: “a form of pervasive play distinguished by the added element of their (somewhat infamous) “This is not a game” rhetoric. They do everything in their power to erase game boundaries – physical, temporal and social — and to obscure the metacommunications that might otherwise announce, “This is play.”” (McGonigal 2003:2).

Ong’s Hat does fit that description and the strategic choice of not telling its reader that it is a game is fundamental. As Juri Lotman explains:

“Play is the simultaneous realization (not their alternation in time!) of practical and conventional behaviour. The player must simultaneously remember that he is participating in a conventional (not real) situation (a child knows that the tiger in front of him is a toy and is not afraid of it), and not remember it (when playing, the child considers the toy tiger to be a real one)” (Lotman 2011: 254).

By not revealing its nature as a game, immersive games “hack” the logic of play and problematize the boundaries between game and reality.

The Mechanism of Deceit

Finally, we have to deal with the most obvious strategy of the Ong’s Hat textual complex, already touched upon in the previous subsection: lying about its authenticity.

Margrit Schreier (2004) has analyzed a similar phenomenon where part of an audience was unable to evaluate the reality status of a text: The Blair Witch Project. She proposes a methodological framework to analyze the textual mechanisms that afford such a confusion. In the following paragraphs I will offer a brief outline of Schreier’s framework.

She starts by affirming that: “‘Evaluating a product’s reality status’ thus encompasses evaluations of product type, content, and mode” (Schreier 2004:313), therefore she proposes three perspectives for evaluation:

  • Pragmatic perspective – Product type: related with the status of the text. Schreier follows the distinction commonly made by literary theory: fiction/non-fiction, adding a middle category of hybrid genres.
  • Semantic perspective – Concerns the degree of plausibility of the content.
  • Mode – Formal characteristics of the text: style, structure, intensity, and several more specific formal characteristics depending on the medium/media used.

Schreier identifies then three phenomenal worlds differentiating the types of signal and criteria to assess the reality status of a text:

  • Material world – The physical features of the text.
  • Experiential world – How the text is capable of connecting, recreating or inducing experiences and emotions.
  • Cognitive world – How the product is built, structured or organized to be understood.

These phenomenal worlds are applied to the semantic perspective and the perspective of mode, and though both levels interrelate, they can function somewhat independently during the reception process. Schreier gives some examples. Oliver Twist, by Charles Dickens, regarding the semantic perspective, exhibits great plausibility in all three phenomenal worlds: faithful and detailed description of London, of costumes, of physical characteristics of people (material); an equally detailed portrayal of the emotional inner lives and relationships between characters (experiential); and credible narrative structure and descriptions (cognitive). With regards to mode, the novel would score low in the material world, since it does not provide any stimulation of the senses, i.e. being a written work, everything has to be imagined. Nonetheless, since the categories interrelate, a low score in one perspective can be compensated with a high score in another one, e.g.: the plot structure in Oliver Twist (cognitive) succeeds at providing an engrossing experience one care about Oliver and his friends and foes which renders everything an immersive experience (experiential).

Finally, Schreier proposes the concept of ‘genre schemata’, a set of expectations related to the previous textual experience of the reader which have an influence on the aforementioned categories. If, for instance, one has experience reading fantasy novels, one will expect low plausibility in the material world in relation to the semantic perspective (since one expects unicorns, dragons, elves, etc.), but high marks with regards to experiential and cognitive worlds. Shcreier’s ‘genre schemata’ is very similar to the concept of ‘intertextual frame’ proposed by Eco (1994:116-120). For Eco, in order to interpret every situation – not exclusively textual situations – we recur to interpretative frames. For example, when being in a party, our interpretative frame will be “party” and we will expect and judge events according to that frame unless something changes it (ibid:114-115). An intertextual frame is a subcategory of frame dependent on the reader’s intertextual competence.

Taken from: Lily Wilson

Both Eco and Schreier stress the importance of the textual characteristics which ‘let the reader know’ which product type he/she is dealing with, and thus which genre schemata or intertextual frame is pertinent. Schreier points to the “paramount importance” of paratexts (titles, epigraphs, disclaimers, back cover synthesis, notes about the genre, publishing information).

“This raises the question of what happens in media reception when variations of genre schemata cross the line between the two product types, that is, when the paratextual signals themselves lose their unambiguous status and no longer serve to classify a particular media product as either fact or fiction”. (Schreier 2004:319).

Neither Ong’s Hat: Gateway to the Dimensions!, nor the Incunabula catalogue, nor Matheny’s journal entries, nor the interview with the alleged Ashram survivors, nor the hundreds of posts by Matheny were accompanied by any sort of paratext pointing to its fiction status. On the contrary, the available paratext claimed to be authentic documents about events in the real world (and alternate real worlds). Readers who arrived to the Ong’s Hat textual complex had no indications that they should interpret the texts with a science fiction genre schemata or intertextual frame. Rather, the content pointed them in the direction of a speculative science and new age philosophy frames. If a reader wanted to conduct research on the sources listed in the catalogue, he/she would find several real books. The one’s that were not found were already labelled as extremely rare or untraceable in the catalogue. Furthermore, we should remember that Matheny targeted audiences already interested in conspiracy theories.

One could aver, of course, that the strangeness of the content (semantic perspective in Schreier) should be enough to alert readers of the fiction status of the Ong’s Hat texts. After all, it would score very low on an evaluation of its Material world. But let’s not forget this was happening at the very same time the internet was becoming a mainstream medium. Michael Kinsella says that legends tend to thrive in online environments “precisely because we live in an age full of technological wonder” (2011:47). In other words, if suddenly connecting with people from the other side of the globe in real time was possible thanks to science, who was to say interdimensional travel is totally implausible? The use of theoretical physics to explain the possibility of such travel and the referencing of real physicists also contributed to give a higher score in the Cognitive world of the semantic perspective.

However, it is in the perspective of mode where the textual strategies to “fool” the reader are the most sophisticated and effective. Though Ong’s Hat would have a very low score regarding the material world in the perspective of mode (because it’s very far away from recreating the sensorial experiences one would hypothetically feel when traveling to parallel dimensions), it compensates with very high marks in the experiential and cognitive worlds through the use of a variety of media. Bolter and Grusin have commented extensively on how the multiplication of media provides experiences: “digital hypermedia seek the real by multiplying mediation so as to create a feeling of fullness, a satiety of experience, which can be taken as reality” (2000:53); “The excess of media becomes an authentic experience, not in the sense that it corresponds to an external reality, but rather precisely because it is does not feel compelled to refer to anything beyond itself” (ibid:54); “The psychological sense hypermediacy is the experience that she has in and of the presence of media; it is the insistence that the experience of the medium is itself an experience of the real” (ibid:70). By utilizing several media, the post, BBS, radio and the internet as media for distribution, and text, visuals and audio as supports, Ong’s Hat provided an intense experience, one that, for some members of the community was so intense that it became their real life.

The Suspicious Model Reader

Eco tells us: “The signature network allows for an infinite interpretation of the world. But to trigger the impulse to find the signatures, a suspicious reading of the world is required” (1992a:99, Translation by me).

One of the keys to understanding the Ong’s Hat phenomenon lies in how it invited to read the world suspiciously. Its transmedia nature, together with its misleading paratexts, content and intertextual references, problematized not only the reality status of the text, but the very boundaries of the text which enabled it to expand and appropriate texts which were in fact foreign to the textual complex, e.g., Matheny would write in the discussion forums claiming that coded messages and clues would appear in popular media texts (such as songs and TV shows) (Paskin 2018).

Through the highly complex and sophisticated set of textual strategies analyzed here, Ong’s Hat problematized the boundaries between text and world. It required a reader that would read the world suspiciously and therefore it constructed a suspicious model reader [2].

Print Gallery, Maurits Cornelius Escher

Final comments

In this paper, I have brought together concepts from media studies and semiotics of interpretation in an attempt to analyze a complex media phenomenon and its unforeseen persuasive power. This analysis could be built upon to analyze similar phenomena such as conspiracy theories and fake news.

Notes

[1] To understand why the appearance of those ARG was so disappointing to Matheny, one should understand his purpose in starting the Ong’s Hat experiment. “Talking to each other and telling stories is something that we’ve always done, and it’s something we’ve kind of turned over to merchants in a lot of ways so I try to find subversive ways to bring people back around and let them know they’re the storytellers” (interviewed by Paskin 2018). Even more telling is a quote by Dostoevsky posted in his official website: “You cannot imagine what wrath and sadness overcome your whole soul when a great idea, which you have long cherished as holy, is caught up by the ignorant and dragged forth before fools like themselves into the street, and you suddenly meet it in the market unrecognizable, in the mud, absurdly set up, without proportion, without harmony, the plaything of foolish louts!».

[2] Interestingly enough, among the many winks in Ong’s Hat: Gateway to the Dimensions! , we can find a secret group named «Garden of forking paths«. The allusion to the short story by Jorge Luis Borges is clear. Also in that text there is a machine called ‘Metaphase typewriter‘ which is sort of a random text generator that seems to be the realization of a device discussed in Umberto Eco’s Foucault’s Pendulum, a novel dealing with overinterpretation.