Una carrera matutina

Hay un libro de Murakami que se titula: “De qué hablo cuando hablo de correr” o algo así. Debo admitir que soy muy escéptico con respecto a Murakami. El misántropo snob que habita mi alma ha escuchado a demasiada gente recomendarlo y esa agria voz dentro de mí me dice: “Si le gusta a todos, debe ser muy regular”. He leído un cuento suyo y me gustó a secas. Pero éste no es el tema. Menciono a Murakami y a su libro sobre correr porque, a pesar de no haberlo leído, sé más o menos de que va: correr puede ser muy bueno para pensar y pensar puede ser muy bueno para escribir. Eso me imagino, al menos, y con esa premisa coincido plenamente.

Correr es mi ejercicio favorito. Una de sus mejores características, o al menos la que me atrae más a mí, es que es un deporte solitario. Uno lo hace solo y mientras lo haces, te aíslas del mundo. Los peatones que se cruzan con uno parecen habitar una dimensión paralela; son imágenes indefinidas y difractadas que se confunden entre sí. El corredor existe con él mismo. Y en esta existencia aislada ocurre un fenómeno curioso. Nuestro cuerpo se mueve más rápido, pero nuestros pensamientos se suceden a la velocidad de siempre, como si el cerebro flotara tranquilo, distante de la algarabía de los músculos trabajando, el corazón bombeando sangre agitadamente y los pulmones esforzándose por pescar suficiente oxígeno para sostener la operación. Quizá son este tipo de aparentes desfases los que sostienen la tan persistente dualidad cartesiana. Pero me pierdo por las ramas.

Y bueno, es que justo eso es lo estimulante del pensamiento mientras uno corre. Que mientras las piernas nos llevan en una dirección, la mente fija su propio y errático itinerario. No sé cómo son las cabezas de los demás, pero en mi caso constantemente me reprocho no poder concentrarme. Me molesta estar haciendo algo y que mis pensamientos se escapen cada diez segundos a otro tema, y lo peor es que tampoco se comprometen con ese tema, sino que una vez llegado a él, brincan a otro. Cuando corro, sin embargo, me libero de estos reproches. Es como si mi cerebro fuera un perro mal entrenado y al correr lo llevara a un parque y le dijera, ya, bueno, aquí puedes hacer tu desmadre.

Así que esta entrada es sobre una los pensamientos que tuve en mi carrera de hoy por la mañana. Empecemos por el principio. Justo antes de comenzar, miré hacia mis pies y a un costado de mi pie izquierdo vi una pieza de rompecabezas. Ahí, abandonada, tirada en el suelo, solita. Esto me pareció un hallazgo poético y la recogí. Este tipo de objetos encontrados por azar es lo que llamo: catalizadores de historias. Conforme trotaba, pensaba en esa pieza. ¿Qué se podría escribir a partir de ella? Siempre hay que partir de preguntas. ¿Cómo llegó esa pieza ahí? Me imaginé un niño pequeño, distraído, cargando la cajita del rompecabezas que acaban de darle. Como buen niño, es impaciente así que abre la caja En ese instante su mamá, que ya se había adelantado bastante, lo agarra del brazo y le dice algo como: “¡Peeter, pon atención!” y lo jala para que no pierdan el camión. Por el jalón, una pieza del rompecabezas se cae. Peeter no se ha dado cuenta y más tarde, cuando esté por terminar su rompecabezas, se dará cuenta de que la imagen está incompleta. Luego se siguen cosas de este escenario: Peeter debe ser un niño introvertido e intelectualoide si le emociona un rompecabezas como regalo. Sabemos que Peeter es distraído también. ¿Provienen estas características de su personalidad de un ambiente hostil que lo obliga a abstraerse del mundo? ¿Tiene Peeter una familia problemática? ¿Acaso por eso su mamá tiene prisa? ¿Están huyendo de un padre que los maltrata? ¿La pieza faltante del rompecabezas simbolizará el hecho de que la vida de Peeter siempre estará incompleta?

No lo sé. No escribiré esa historia, pero es divertido pensar. Pronto, el podcast que estaba escuchando me sacó de estas fantasías a medio cocer. Escuchaba 99% Invisibe – un podcast que recomiento muchísimo – pero me sentí engañado cuando Roman Mars – el conductor – anunció que en ese episodio en realidad escucharíamos el podcast de alguien más, y ése alguien más es John Green, el autor de libros para adolescentes como “Bajo la misma estrella”. Estuve a punto de quitarlo, pero ya que me quedaba una media hora de camino, pensé en darle una oportunidad.

Este podcast dentro del podcast se llama “The Anthropocene Reviewed” y la idea es ingeniosa. Un tema específico cualquiera, mientras caiga dentro de la esfera de lo humano, desde el sabor del refresco Dr. Pepper hasta la Basílica de San Pedro, son reseñados y calificados en un formato de 5 estrellas, parodiando las reseñas de Yelp, Amazon Reviews, etc. Esto, por supuesto, es sólo una buena excusa para hablar de temas más interesantes. La primer reseña que escuché, fue la de las pinturas rupestres de la cueva de Lascaux, Francia. La historia de cómo fueron descubiertas ya en sí es interesante. Un adolescente llamado Jacques Marsal iba caminando en el bosque en una tarde de septiembre de 1940, cuando su perro Robot (no era un perro mecánico, el perro se llamaba Robot) se internó en un agujero y no salió. Robot regresó a casa esa noche, pero al día siguiente Marsal decidió regresar con sus amigos a investigar ese agujero. Dentro, encontraron un sistema de cuevas cuyas paredes de roca estaban llenas de pinturas de renos, bisontes, felinos del paleolítico, un rinoceronte lanudo y muchas impresiones de manos. Los adolescentes trajeron expertos y se comenzaron a estudiar las pinturas. Sin embargo, por falta de presupuesto, no se hizo nada para proteger el lugar por un tiempo y dos de los adolescentes que lo habían hallado, decidieron acampar fuera de la entrada a la cueva por casi un año.

Por fortuna, acabando la Segunda Guerra Mundial, el gobierno de Francia se puso las pilas y para 1948 la cueva se abrió al público. No obstante, apenas quince años después, se volvió a cerrar porque los paleoarqueólogos se dieron cuenta de que el dióxido de carbono y la humedad emitida por los más de mil visitantes diarios estaba dañando las pinturas. Y aquí es donde la cosa se pone realmente interesante: En 1983, a doscientos metros de la cueva real, se instaló una reproducción exacta de la cueva original, bautizada Lascaux II, para que los visitantes todavía pudieran ver las pinturas en las condiciones más “auténticas” posibles. Esto envió a mis sinapsis a una nueva empresa porque, qué sugerente es esto de crear una réplica exacta de una cueva y ponerla a doscientos metros de la original. Hay varios senderos filosóficos que recorrer aquí, relativos a la reproducción artística, la iconicidad, ¿qué es lo que apreciamos cuando apreciamos arte? ¿es la obra en sí o la experiencia que la rodea? ¿hay realmente preeminencia entre original y copia? Pero bueno, esto lo han pensado otros – te estoy viendo a ti, Walter Benjamin – con mentes infinitamente más prodigiosas que la mía. En lugar de meterme a esa cueva, elegí la alternativa vecina de la ficción. Por ejemplo: imaginemos que por algún cataclismo– te estoy viendo a ti, calentamiento global – nuestra civilización actual es borrada junto con todo rastro de nuestro saber histórico. Imaginemos que dentro decenas de miles de años, humanos del futuro o alienígenas descubren la cueva de Lascaux (esta vez el perro sí podría ser un perro robot) pero es Lascaux II. Lo datan y descubren que es del año 1983 d.C. (claro que su sistema de medición sería distinto si toda la historia se ha borrado). Para ellos, las características de nuestro mundo contemporáneo serían las del mundo que nosotros sabemos del mundo paleolítico. ¿Importa esta diferencia? ¿Cuál es el original ahora? ¿Depende la originalidad del objeto o de quien descubre el objeto? Y ahora otra versión. Somos nosotros quienes encontramos la réplica. La primer cueva, la hallada en 1940 por Robot, era ya una copia.

Buenas ideas todas estas. O al menos entretenidas para correr. El problema es que en ese punto ya me había perdido la mitad del podcast por andar en el debraye. Le regresé y seguí escuchando. Después del podcast dentro del podcast, Roman Mars hace una pausa para entrevistar, ahora sí en su podcast, a John Greene, el autor del otro podcast. Es en este momento en el que recordé que había estado escuchando a John Green. Y pensé: ¿qué me pasa? ¿Qué está mal conmigo? ¿Cómo puede ser que me haya gustado algo producido, escrito y narrado por John Green, el mismo señor que vive (y muy holgadamente) de escribir novelas hiperedulcloradas para niñas de doce años? Y peor aún, escuchándolo en la entrevista descubro que me cae bien. Bastante bien. ¿Qué me ocurre? ¿Serán las endorfinas por el ejercicio?

Aquí me fui por otra tangente, esta vez pensando qué es lo que me lleva a odiar a John Green si ni siquiera lo he leído. Esto tiene que ver con un estricto código de ética y estética que me he impuesto y que me mueve a odiar a rajatabla a todos los escritores malos o mediocres que a la vez son sumamente exitosos. Es un código que además sigo rigurosamente. Hay pocas cosas que odie tanto, con tanta virulencia, como a los malos autores que escriben best sellers. Este es un odio, además, que está muy extendido entre los “lectores serios”. Creo que hay algo válido en ocasiones detrás de esta aversión. Es la indignación ante la mediocridad premiada, ante aquello que es puro gesto y pose, la literatura rebajada a estrategia de mercado, los escribidorcillos que se pavonean con sus millones de libros vendidos, pero que jamás de los jamases se han internado en el corazón de las tinieblas que es la verdadera literatura. Y sin embargo también creo que mucho de este odio es infundado y más bien envidioso, sobre todo en aquellos quienes, como yo, deseamos ser un día escritores y acariciamos en sueños las mieles del reconocimiento. Pocas especies tan rencorosas e insidiosas deambulan por este planeta como los aprendices de artista que se sienten merecedores de más aplausos. El hecho es que hay casos en que sí, el escritor podrá ser mediocre como una pizza de Lupillos, y rico como hijo de Slim, pero también puede que ese escritor se sepa mediocre y no lo oculte. Escuchando a John Green esta mañana me dio la impresión de que él sabe muy bien lo que es. Que nunca ha pretendido ser un gran autor. Que sabe que escribe libros cursis para niñas de secundaria. Y creo que esto lo aprecio, su honestidad. Digo, alguien debe escribir para las niñas de secundaria después de todo.

En algún momento John Green hablaba de las cosas que odiaba cuando era joven y que ahora, ya a sus cuarenta y tantos (o los años que tenga) le gustan. Mencionó a las Spice Girls. Empecé a preguntarme si lo mismo me estaba pasando a mí en ese momento: ¿El hecho de que de pronto me caiga bien John Green, quiere decir 1) que estoy cambiando de parecer y que mi brújula estética está perdiendo el norte? Y 2) ¿que de pronto me he hecho viejo? No. La verdad no lo creo. Sí me hago viejo, pero creo que más que perder la brújula aprendí algo: los autores no son sólo autores de sus libros, sino personas con varias facetas y pueden ser conocidos por la faceta equivocada. John Green es un autor mediocre, pero un excelente podcastero. Yo le recomendaría que ya sólo se dedique a eso. Él me diría: ¿Y de dónde sacaría los millones para poder dedicarme todo el día a podcasts? Él tendría razón.

En este punto había llegado al final de mi carrera matutina. Tomé el tranvía de regreso a casa. Al llegar a mi departamento y vaciarme los bolsillos del pants me encontré con la pieza de rompecabezas que ya había olvidado. Pensé un momento al respecto tratando de encontrar una enseñanza. Un rompecabezas entero con una pieza faltante es trágico: es una historia sin final; pero una pieza sola sin rompecabezas es prometedora: es una historia que comienza.

Al escuchar esta reflexión dentro de mi cabeza me reproché: Tengo que dejar de escuchar a John Green.