La sirenita, o porqué el camino a la otredad es otro

Inicialmente no participé en el “debate” sobre la nueva Sirenita de Disney porque no sabía muy bien qué pensaba al respecto. No obstante hoy me cayó como un rayo el peso real del asunto.

Creo que el rechazo al casting proviene de muchas áreas sentimentales e ideológicas. La veta más ruidosa, como siempre, es la racista.

Algunos de los argumentos más elaborados en contra de la elección de actriz tenían que ver con una supuesta “lealtad” al original. “La sirenita” original es un cuento de Hans Christian Andersen, quien era danés y entonces la sirenita debería ser danesa: una sirena nórdica, caucásica. Argumentos así se han usado muchas veces. Hace poco en la película de “Mary, Queen of Scots”, hubo muchas quejas que señalaban la inconsistencia histórica de tener asiáticos y afrodescendientes en la Escocia del siglo XVI. Es muy fácil desenterrar el racismo oculto detrás de estas objeciones “racionales”. ¿Si tanto les molestaba un afrodescendiente en la corte de Mary, porqué no les molestaba una australiana haciendo el papel de la reina Elizabeth (Margot Robbie)? Australia ni siquiera existía. Eso es un error flagrante que pasa desapercibido para los defensores de la historia. ¿Si tanto les molesta que una criatura mitológica en un cuento danés sea de pronto una afrodescendiente, por qué no les molestó que hubiera un cangrejo cubano en la versión de caricatura?

Habiendo dicho esto, considero que la gran mayoría de las defensas de la elección de Disney eran bien intencionadas, pero igualmente superficiales. Hay algo un poco patético, un poco tétrico, en defender las elecciones de la empresa de entretenimiento más grande del planeta, fundada por un antisemita y cuasi fascista (¿sabían que en 1938 Walt Disney invitó a Leni Riefenstahl a Hollywood y le dio un tour privado de tres horas por el parque? ¿O que en 1937 Disney visitó Italia y se hospedó en la villa del mismísimo Mussolini?) y que hasta la fecha esclaviza mano de obra en otros países para hacer sus juguetes (¿sabían que la muñeca de Ariel se produce en China y que por cada muñeca, que cuesta 35 dólares, una trabajadora recibe 1 penique y trabaja 5 veces el tiempo legal permitido al mes? A ver si Disney tiene el cinismo de utilizar a las mismas trabajadoras chinas para hacer las muñecas de Mulan). Me imagino a los empresarios de Disney muy contentos por la publicidad gratuita de nuestras batallas por los derechos humanos en redes sociales. No sólo ganan toneles de dinero, sino que además ahora consolidan su fama de defensores de la diversidad.

Por supuesto hay un elemento positivo en esto. Sí, Disney es terrible, y sí, sus películas no son más que productos de mercado, pero Jorge, ¿no opinas que al menos es una buena señal que estén integrando a otras etnias, otros colores de piel, otras culturas? ¿No ves lo que tener una heroína así puede significar para las pequeñas niñas de piel oscura que siempre han sido enfrentadas a imágenes de “belleza” y “bondad” blancas? Pues sí, claro. Claro que es bueno. ¿Pero nadie más siente algo detrás? ¿Algo preocupante? ¿Un signo oscuro de nuestro tiempo oculto detrás de la bondad? Yo así lo sentía. Y hoy, leyendo “La expulsión de lo distinto” de Byung-Chul Han de pronto me ha quedado claro. He podido identificar, gracias a la fantástica mente de este filósofo, cómo el veneno no sólo se ha disfrazado de néctar, sino que ha logrado que todos nos pongamos a venderlo.

La tesis fundamental del libro es que el malestar de nuestra sociedad no proviene del exterior sino del interior. El infierno ya no son los otros, sino nosotros mismos. Nuestra enfermedad es la igualdad, la expulsión de la diferencia.

Esto, dice Han, tiene consecuencias profundas, que lo afectan todo: la ética, la epistemología y el ser mismo. Sin la otredad no hay dialéctica y sin dialéctica no hay cambio. El verdadero conocimiento, la comunicación, hasta los acontecimientos se imposibilitan porque tienen la estructura dialéctica de la redención. La redención no significa que las cosas vuelven a un estado anterior, inalterado, sino que hay una resolución que ha creado un nuevo estado por completo. Lo mismo con el conocimiento: el estado actual de la mente se enfrenta con un objeto nuevo, distinto, irreducible en su diferencia, y comprender significa una transformación tanto del objeto como de la mente. Ahora que lo distinto es asimilado por la aplanadora de lo global, estos procesos desaparecen también en favor de otros más superficiales:

“El terror de lo igual alcanza hoy todos los ámbitos vitales. Viajamos por todas partes sin tener ninguna experiencia. Uno se entera de todo sin adquirir ningún conocimiento. Se ansían vivencias y estímulos con los que, sin embargo, uno se queda siempre igual a sí mismo. Uno acumula amigos y seguidores sin experimentar jamás el encuentro con alguien distinto”.

¿Qué tiene que ver esto con La sirenita? Que creo que aquí se revela el cariz real del fenómeno que nos incumbe y se revela en consecuencia su relevancia más allá de otro fenómeno viral. El problema con estas estrategias de inclusión es que no se tratan de la aceptación y el diálogo con el otro, sino de la asimilación del otro, de la obliteración de su otredad: “La comunicación global solo consiente a más iguales o a otros con tal de que sean iguales”.

Byung-Chul Han lo resume magistralmente en la siguiente sentencia: “Como término neoliberal, la diversidad es un recurso que se puede explotar. De esta manera se opone a la alteridad, que es reacia a todo aprovechamiento económico”.

La alteridad es inexorablemente un choque, una violencia, pero una violencia de la que puede nacer un nuevo estado. Tener una experiencia con el otro, con quien es diferente a mí, implica una desestabilización del yo, pero sólo a través de esta dialéctica puede nacer un genuino “nosotros” del encuentro entre “tú” y “yo”, y ambos, tú y yo seremos ya otros. La estrategia de la industria cultural y en realidad de buena parte de nuestra civilización actual es exigir que el otro deje de ser el otro. Que sólo traiga consigo aquellas cosas que lo hacen agradable, interesante, atractivo para mí (aquello que me gusta y que por tanto, es, de cierta forma, ya una extensión de mí). Este fenómeno no dista mucho de lo que ocurría en la era de la segregación racial en Estados Unidos, cuando se hacían excepciones para que músicos negros entretuvieran a audiencias blancas.

La niña de piel negra, el muchacho de rasgos indígenas, la joven aborigen, ya tienen sus héroes y heroínas. Pero las colonizaciones (tanto las mercantiles y militares como las culturales) sepultaron ésas historias, las hicieron vergonzosas o cuando menos, secundarias. Así que no hay razón para celebrar ni defender que ahora esta megaindustria cultural continúe con la labor de aplanar al mundo, de incluir al otro con tal de hacerlo parecido. El camino a la otredad es otro.