François

A François lo recuerdo sentado en el sillón rojo junto al fuego. Lo recuerdo con una sonrisa apenas sugerida, de tranquilidad alcanzada y merecida. Lo recuerdo dueño de un encanto, de un aire despreocupado y de un rostro que bien lo podrían haber hecho galán del viejo cine francés si no hubiera elegido en cambio el mar y la industria. Lo recuerdo leyendo, creo, y escuchando música clásica. ¿Y lo recuerdo tocando el piano?

No estoy seguro y me reprocho estas dudas, los contornos que se han llevado los años como las olas se llevan las orillas de una huella. Es mi culpa. Porque en realidad hace ya mucho que debí haber escrito esta historia. Son tres años desde aquellos días de diciembre que Fabiola y yo pasamos en Saint-Denis-Le Ferment, acogidos por los Cadennes. Tres años desde que me propuse escribir una breve crónica que sirviera, más que nada, como una fotografía emocional a la que pudiera luego acudir para volver a esos días tan felices. Pero súbitamente todo cambió y la fotografía, aún no revelada, adquirió otra tonalidad.

De algo no me cabe duda: recuerdo a François sobre todo a través de Diane.

A Diane la conocí en León en 2015. Ella enseñaba francés en la preparatoria donde yo enseñaba español y literatura.  Nuestra amistad tuvo cuatro bases: La primera – fundamental entre el profesorado – eran las quejas, la catarsis, la frustración (aunque yo me quejaba mucho más, ella en cambio parecía siempre una palabra amable hasta para los alumnos más abyectos). La segunda, ambos teníamos los carros más viejos y destartalados en la escuela, lo cual nos condujo a una competencia amistosa que yo terminé ganando inapelablemente cuando perdí el único espejo retrovisor que me quedaba. La tercera razón era que ambos extrañábamos a personas que estaban muy lejos; Diane a su familia en Francia y yo a Fabiola, en Estonia. La cuarta, última y más importante: Diane tiene un corazón enorme; enorme y luminoso a un grado tal que alcanzaba a arrojar luz sobre los  escondrijos de mi ruinoso corazón.

Fue ese corazón enorme el que llevó a Diane a insistirme, una vez que le conté que iría a visitar a Fabiola en diciembre, que nos hospedáramos unos días en su casa al norte de Francia, aprovechando que ella pasaría ahí las fiestas. Si algo lamentamos Fabiola y yo de ese viaje hasta la fecha, es haber destinado solamente tres días a Saint-Denis-Le-Ferment.

Nos encontramos con Diane en la Gare du Nord la mañana del 20 de diciembre y después de un café y unos panecitos dulces de la proverbial pâtisserie française, tomamos un tren interurbano rumbo a Gisors. Fabiola cayó dormida inmediatamente, víctima de una gripa que llevaba casi una semana asediándola, y mientras tanto Diane se disculpó conmigo por adelantado por el estado de su casa, que ella juzgaba inadecuado para recibir visitas, y se excusó aduciendo un malestar en las manos de su papá y el agitado horario laboral de su mamá. La tranquilicé asegurándole que, a pesar de nuestra apariencia aristocrática y exquisita, Fabiola y yo éramos de gustos simples. Contendí también que, en materia de casas desordenadas como en aquella de carros desvencijados, yo era un consumado campeón, contando siempre con cuando menos siete estratos de papeles en cada superficie de mi hogar.

En la estación de Gisors nos esperaba Joëlle, la madre de Diane, una señora de cabello blanquísimo, ojos de un azul intenso y una sonrisa perenne, quien nos abrazó a Fabiola y a mí como si fuésemos amigos íntimos y hubiesen pasado inclementes décadas de distancia entre nosotros.

Atravesamos un fragmento del valle de L’Eure: campos y más campos de cultivo bordeados de setos y escarchados de breves boscajes de manzanos, abedules y avellanos; y llegamos a Saint-Denis-Le-Ferment, un pueblito de menos de quinientas personas, pero de más de mil cien años de antigüedad; hogar de un pequeño castillo, un viejo molino de agua y del linaje Cadennes.

La casa de Diane, como su abolengo en Saint-Denis, tiene centurias. Espero no estarme equivocando, pero creo que Joëlle nos contó que la casona de muros blancos y fuertes travesaños de madera negra databa del siglo XVI. Al entrar descubrimos que Diane no mentía: en efecto la casa estaba desordenada; pero aunque no mentía, sí erraba al disculparse, pues ese desorden no debía ser motivo de vergüenza sino de orgullo. No era un desorden fruto del descuido; era más bien una extensión del temperamento particularísimo de su familia; una generosidad desbocada, un sentido infatigable de la lealtad y una curiosidad voraz.

Diane nos dio un recorrido. Del techo al piso y extendiéndose por todos los muros había pinturas, fotos, carteles y mapas; uno de estos últimos tenía garabateadas corrientes marinas y marcas en diversos puertos del mundo donde François había estado en sus días de navegante. En cada repisa (y las había en cantidad), había docenas de libros encaramados. Me acuerdo sobre todo de un ingente tomo sobre jeroglíficos del antiguo Egipto que mantuvo a Fabiola entretenidísima. Artesanías de todas las procedencias, manualidades seguramente hechas por Diane y sus hermanos cuando eran niños, innumerables talismanes del recuerdo que peleaban por un sitio. Sobre un armario en la habitación de Diane, al menos cinco trofeos de campeonatos de natación y de recitales de piano. Sobre el piano de pared donde Joëlle daba clases a diario, docenas de partituras, las Gymnopédies de Satie todavía abiertas de la lección más reciente. En la cocina, un refrigerador pegado a un mosaico de imanes y en el muro a un costado, un tapiz de postales, la mayoría enviadas por amigos agradecidos con la familia Cadennes por su hospitalidad legendaria.

Y en la sala, en un gran sillón rojo, junto al fuego, estaba François. Y una Diane que se acercaba a abrazarlo y le decía: “Bonsoir, papa” con un cariño que todavía hoy, de recordarlo, me enternece.

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Esos días fueron idílicos. Visitamos Gisors, que cuenta con un castillo de tamaño respetable, y ahí bebimos un reconfortante chocolate caliente a la vienesa. Fuimos una tarde a Rouen, ciudad famosa por ser sede del juicio y martirio de Juana de Arco (de paso, descubrimos que ser el sitio donde quemaron a una mujer en la hoguera dificulta tremendamente la creación de souvenirs temáticos); pero que además merece ser conocida por el simple hecho ser bellísima. Ahí paseamos con una placidez suprema y en su gran mercado de navidad tomamos un vino caliente mientras Diane, Fabiola y yo hablábamos de la incertidumbre que nos esperaba a todos por haber elegido una existencia transatlántica. Por último fuimos a Pourville-sur-Mer, un pueblo a la orilla del canal de la Mancha, no muy lejos de donde se dio el famoso desembarco de Normandía. Una playa hecha de guijarros blancos pulidos por las olas y de riscos blanquísimos que en otro tiempo sedujeron a Monet, y que se están desmoronando a una velocidad trepidante, comiéndose el valle que hay encima.

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Nuestras diligentes guías fueron Joëlle y Diane. Para Fabiola, además, fueron atentas enfermeras, consiguiéndole pañuelos, preparándole tés y atendiéndola con una delicadeza tal, que otros habrían pensado que Fabiola tenía tuberculosis y no un catarro, y que estas mujeres eran su madre y hermana respectivamente y no recién conocidas. No por nada todos los alumnos de inglés, francés y piano de la incansable Joëlle la llamaban mamá o abuela. No por nada, Diane se hace querer por todos.

Y esperándonos en la casa, siempre François, quien se dedicaba a disfrutar su bien merecido retiro. Preparaba la cena: una noche un raclette – del que Fabiola tidavía habla con añoranza – y otra su afamado veau, sauce á l’échalote. Recuerdo a François descorchando el vino y sirviéndonos en generosas copas. Lo recuerdo también cediendo su corona de cartón a Fabiola tras partir la gallette des rois. Y lo recuerdo contándonos historias de su juventud en el mar; contándonos, por ejemplo, de la ocasión en que su barco atracó en Cuba, cuando él tenía apenas dieciocho años, y en un bar lo retaron a tomar una cantidad monstruosa de ron y él, como buen marinero, no arredró; y creo que había también en esta historia una mesera cuyos ojos negros el mozo François deseaba encandilar; pero el ron ganó, claro, y en algún punto François apoyó la frente en la mesa de aquel bar caribeño y no la levantó hasta el día siguiente. Cuando pienso en él narrándonos estas memorias, lo recuerdo siempre con un gorro de capitán. Pero no sé si esto último fue así o si lo he agregado.

Una historia de altamar sobre todo se ha quedado en mi memoria y a menudo pienso en ella. En alguno de sus viajes, François arrojó tres botellas al mar conteniendo breves cartas con la información necesaria para contactarlo. Un par de años después, recibió una respuesta. Un sacerdote de Costa de Marfil había encontrado una de sus botellas.

Nos despedimos la mañana del 23 de diciembre con tristeza. Los momentos de genuina paz y felicidad son tan escasos y en Saint-Denis-Le-Ferment fuimos felices, gracias a Diane, Joëlle y François.

Pasamos Navidad en Barcelona y año nuevo en Madrid. Luego nos dirigimos a Stuttgart a pasar unos días con una vieja amiga de mi familia. Fue ahí, en Stuttgart, donde me llegó el mensaje de Diane. En él me decía que su papá había fallecido y que estaba contenta de que lo hubiéramos conocido.

Cada diciembre y enero vuelvo a pensar en François. En François junto al fuego en su sillón rojo. En sus pocas palabras y su bondad que irradiaba. Y a partir de esa imagen todo crece a su alrededor: la sala y los libros, el piano, los imanes y postales, las pinturas y mapas, el jardín y el camino, el pequeño castillo y el molino de agua, Saint-Denis-Le-Ferment y Rouen y Gisors y Pourville-sur-Mer. Y Diane diciendo: “Bonsoir, papa”. Y Joëlle sonriendo porque sólo él sabía contar historias así. Y el mar cargado de mensajes.

Los mensajes en botellas son un género literario propio, a medio camino entre el género epistolar y el diario. Esperan un lector, pero no lo llaman. Mientras no sean mensajes desesperados pidiendo rescate, los mensajes en botella son un caso de comunicación sin paralelos porque el interlocutor es una pura posibilidad y el autor lo sabe de antemano. Revelan una cierta apertura, una predisposición a la incertidumbre, un afán de libertad.

Y yo sigo pensando en esas otras dos botellas. Las que no fueron halladas. Las que tal vez siguen a la deriva, siendo arrastradas por una u otra corriente marina, hasta que quizás un día, dentro de décadas o siglos alguien la rescate. O quizá ya fueron halladas, pero la persona no ha querido responder o no ha podido por no entender el idioma, o porque la humedad y la sal han borrado la tinta. O las botellas se han hundido; el agua se filtró y las haló al fondo del mar donde peces nadan en torno a ellas con tremulidad de peces, o cangrejos las inspeccionan con ansias de una nueva casa, o un inteligente pulpo logra abrirlas, pero es incapaz de leer. Sea como sea ya no importa demasiado. Esas cartas ya no hallarán a François. Como tampoco lo hará este texto.

Pero hallará a Diane, espero. Y es a ella a quien nunca supe decirle: somos nosotros los afortunados por haberlo conocido.

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