Ingeniería Genlétrica

Ayer, hice un descubrimiento que pensé revolucionaría el mundo, el universo entero como lo conocemos, algo que yo creí tenía asegurado su lugar en la historia como uno de los adelantos científicos más importantes, y que a su vez le haría un espacio a mi nombre entre los más ilustres. Estaba absolutamente seguro de que pasaría de ser  un simple profesor de literatura en una preparatoria, a ser un hombre de ciencia reconocido universalmente.

Ayer fue un lunes cualquiera, en un aula de clases cualquiera: gris, aburridísima y represiva. Estaba sentado en mi escritorio desde el cuál gobernaba con mano de hierro sobre la masa de homínidos que los débiles llaman “alumnos” y que los idealistas llaman “estudiantes”. Mientras los primates contestaban un cuestionario, yo leía en el periódico una nota sobre ingeniería genética, pues desde que un tal Francis Crick y otro fulano Watson encontraron la estructura del ADN, el mundo científico sólo tiene ojos para clonaciones, implantaciones de órganos humanos en cerdos,  extracción de células madre, etc. Francamente entre esa lectura,  el rasgueo de los bolígrafos y la falta de café, ningún coordinador, director o rector tendría derecho a despedirme por quedarme dormido. Y además no me quedé totalmente dormido, nunca lo hago, siempre me entrego a un estado intermedio en el cuál estoy lo suficientemente consciente para aventarle el gis a aquél que ose hacer alguna idiotez, pero lo bastante dormido para imaginarme en una playa. Extrañamente mis arenas doradas de ficción que usualmente me calentaban los pies no se presentaron. En lugar de ellas comencé a ver frente a mí: células.

Montones y montones de células, cientos, miles… Células que se dividían y multiplicaban fuera de control y así, sumergido en este viaje microscópico me adentré en ellas y antes de que pudiera registrar en mi cerebro lo poco que hubiera quedado de mis clases de biología, frente a mí se presentaron cromosomas y dentro de éstos, cadenas de ADN que se desenvolvieron ante mis ojos y conseguí ver sus… (¿Cómo se llamaban? Ah, claro…) bases nitrogenadas, sus azúcares, sus proteínas y entonces… el micro cosmos que me engullía en su torbellino genético se detuvo… ¡algo ahí estaba mal!, algo no concordaba con los modelos de ADN que había visto en alguna de mis incursiones accidentales al laboratorio. Las bases tenían claramente… letras en ellas.

Había una “E” aunada a una “n” y por allá una “u” con otra “n” Al alejarme poco a poco descubrí que estas bases formaban genes que en realidad eran palabras como “En”, “un”, “lugar”, “de”, “la”, “Mancha” …

-¡Profe! ¡Prof!

Este grito de Martínez me regresó a la realidad de inmediato. Pasé mi mirada como un escáner, velozmente a través del recinto, alguno tenía que estar fumando hierba, ¿de qué otra manera se explicaba mi viaje por el universo genlétrico?

– Si Martínez, ¿Qué se le ofrece?

– Los trabajos que le entregamos desde hace una semana, ¿los va a devolver? ¿O hasta mañana como siempre?

– Hoy mismo señor, gracias por recordármelo. ¡Jiménez!, hágame favor de entregar los ensayos.

Miré con encanto la cara de Martínez, mientras pasaba de alegría a extrañeza y ésta a su vez a enojo, a desprecio y finalmente a una mirada ardiente de odio. Valía la pena verlo tragándose su arrogancia, a pesar de que sabía que llevaría a una discusión, cosa que no importaba pues también sabía que yo ganaría.

Al final de clase, efectivamente se acercó Martínez disimulando su ira. Ya sabía lo que venía: “¿Profesor puedo hablar con usted?”

–          ¿Profesor puedo hablar con usted?

–          Por supuesto Martínez.  Claro que debo advertirte que si es acerca de tu trabajo, la calificación es definitiva.  ¡No habrá cambios!

–          Pero ¿por qué? Profesor usted pidió un ensayo acerca de la locura del del Quijote, y eso hice, y no sólo eso, además es excelente.

–          Lo sé, es excelente, me encantó también cuando lo leí en Wikipedia, Monografías y ¿dónde más era? ¿El rincón del vago? ¡Ah! Y por supuesto Yahoo respuestas.

Ver el rostro de ese chiquillo engreído encogerse de ira y vergüenza me deleitó.

–          Si el trabajo hubiera sido sobre el manejo de Copy/Paste, sin duda usted hubiera sacado 10 Martínez, pero como no fue así, la nota no cambiará. Que tenga buen día.

Y con estas palabras que como un buen plomazo asestaban el golpe final al malherido orgullo de Martínez me fui.

Esa noche cuando fui a la cama encendí el televisor y en las noticias anunciaban a otro ingeniero en genética con otro grandioso descubrimiento. Estaba harto de eso, así que lo apagué y comencé a leer un libro. Al pasar mis ojos sobre el papel, al leer las palabras, comenzaron a aparecerse imágenes extrañas ante mí. De nuevo cromosomas, ADN, cadenas, genes, nucleótidos, bases, o… ¿letras?

Fue entonces cuando fui golpeado por la idea, por la magnitud de la epifanía que no había podido identificar antes. Ante mi se estaban revelando y descifrando las bases del lenguaje, el genoma… de las letras.

¡Por supuesto! ¡Era tan claro! Así, atrapado en este torrente de emociones, en este tornado de excitación fui a mi estudio y saqué uno tras otro libros y más libros y más libros y más y después diarios y revistas y escritos de todo tipo y los devoré y los estudié y después investigué un poco acerca del genoma y el ADN.

Maravillado ante mi descubrimiento, que estaba seguro era el más grande del mundo, me tiré al suelo  y miré al techo y al cielo detrás de éste. Ahora sabía lo que había sentido Newton al ver la gravedad actuando en el universo, o Einstein viendo el espacio curvo y el tiempo relativo, o Mozart desenvolviendo sonidos. Ahora sabía y conocía mi propio campo de la ciencia desde su interior, desde su núcleo, desde su ADN, desde su código genético. Imaginé todas las posibilidades que se abrían ahora.

El ADN eran bases que conocen los mortales como: ABCDEFGH… y estos estaban unidos por enlaces de hidrógeno que son: .,-¿¡”´¨,….

Los genes son las palabras y el Genoma entero es la literatura, que una vez que hube investigado, descubrí era exactamente igual en el 99.9%, y ese 1% que hacía que un menú de restaurante y las obras de Shakespeare fueran diferentes, era el acomodo de las bases, su distribución, y su relación con sus proteínas.

En algunos casos, en literatura más aventurada, moderna, no lineal, influían distintos tipos de monosomías, trisomías, deleciones, cromosomas en anillos, etc.

Este descubrimiento era más que deslumbrante, era un parteaguas en la vida del ser humano. Cuando saliera el sol, iría directo a la escuela a renunciar y saldría a develar mis conocimientos al mundo, a preparar mi discurso para el premio Nobel, a entrenar mis modales para ir a cenar con los reyes y a pensar en qué diría en las múltiples entrevistas que me esperaban.

Estaba de tan buen humor que pensé en revisar los últimos trabajos de los que pronto serían mis ex alumnos. Para esbozar una sonrisa aún más grande en mi rostro el primer trabajo que descansaba sobre todos en mi mesa era el de Martínez. Con nadie como él disfrutaba dibujar un 5 en su máxima expresión.

Lo leí con esa sonrisa de quien se sabe superior al mundo pero pronto comenzó a desdibujarse mi mueca burlona y se comenzó a transformar en una tristeza y desolación intensa. Aquel trabajo de Martínez era exactamente igual el anterior, simplemente copiar y pegar de varios sitios de la web; pero esta vez me noqueó la cruda realidad y me tiró al suelo en lugar de elevarme. Yo  apenas había averiguado el genoma de las letras y Martínez ya era un maestro en complicadas clonaciones, implantaciones, manipulaciones de ADN con las cuáles yo sólo soñaba.

Así que ahora espero que el director me atienda para, en efecto, presentar mi renuncia inmediata, pero no habrá premios ni entrevistas ni futuro brillante. Sólo me voy porque si me quedo me consumirá esa sonrisa de amplia satisfacción de Martínez, el más grande de los ingenieros genlétricos, cuando reciba su ensayo con un gran 10.

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