El astrónomo

“Una mirada prodigiosa es necesaria”, decía Sergio. Yo estuve siempre interesado en abismos más que en el espacio y pienso que por ello me inscribí en el curso de verano de astronomía. Me aparecía ahí un poco como un fantasma, siempre en silencio, cuidadoso de no hacer ruido, sentándome en la última banca de la esquina más alejada al escritorio. Y sin embargo, de alguna forma, su endiablado ojo certero logró notarme y su incansable entusiasmo consiguió sacarme algunas frases a lo largo del curso.

Siendo sinceros, no conservo prácticamente nada de lo aprendido. Si acaso memoricé que en nuestra galaxia hay doscientos mil millones de estrellas porque ese dato, que a muchos de mis condiscípulos los inquietó tanto, a mí me llenó de paz pues era la constatación universal de una hipótesis anímica que tenía yo por esos años: “No soy nada”.

La culminación del curso sería armar nuestro propio telescopio para ver un eclipse de luna. Nos dieron los materiales necesarios y se nos instruyó paso a paso. Durante esos días estuve a punto de abandonar el aula porque Sergio se acercaba a cada uno de nosotros a darnos indicaciones, a corregir detalles, o simplemente a platicar. Mi vocación era la del papel tapiz y odiaba que los adultos me forzara a hacerme visible, que preguntaran por mí, por mi familia, por mis pasatiempos o peor, por mi deporte favorito, cuando un mero vistazo a mi barriga debería haberles prevenido de formular semejante inquisición. No obstante, Sergio pareció intuir mis molestias de antemano y se limitó a guiarme y, solo después de un rato y sin yo darme cuenta, a conversar conmigo sobre libros y películas de aliens, monstruos y hechiceros.

Llegó la noche señalada y nos reunimos todos los niños acompañados de nuestros padres en los amplios jardines de la escuela. Nuestros precarios telescopios estaban en posición y los astros también. Se nos dio la señal y asomamos por el visillo. Yo no pude ver nada más que una oscuridad absoluta. Me aparté avergonzado de mi trasto inservible a sabiendas de que lo había ensamblado mal. Traté de ocultarme en el regazo de mi madre, pero Sergio me encontró y, como siempre, sin necesidad de interrogantes, supo cuál era el problema. Trajo su propio telescopio y me invitó a mirar con la condición única de que, una vez captado todo en mi memoria, escribiera una descripción detallada de lo que había visto.

Al terminar el verano y con este el curso, se nos entregaron dulces y un diploma. Hubo juegos, comida y un sorteo en el que no recuerdo haber ganado nada. Lo que sí recuerdo es que antes de irme, Sergio me llamó a su escritorio y me dijo: “Una mirada prodigiosa es necesaria, pero también la capacidad de describir lo que se ve” y, devolviéndome el texto en que había descrito el eclipse lunar, me pidió: “no dejes de escribir”.

Y aunque he olvidado el nombre de casi todos los astros, nunca he olvidado ese consejo.

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