Cortázar y la casualidad

En La inmortalidad, Milan Kundera ensaya una tipología de la casualidad. Están la casualidad muda, la que no parece tener significado; la casualidad poética: aquella que actúa en la vida como una figura literaria; la casualidad contrapuntual: cuando dos acciones se cruzan como melodías distintas que de improviso armonizan; y finalmente la casualidad “generadora de historias”. Es esta última, por supuesto, la más interesante y la que me llevó un día a sostener en mis manos la máquina de escribir de Julio Cortázar.

Las casualidades son vasos comunicantes. ¿Cómo contar entonces una historia sobre casualidades? Seguramente no de forma directa. ¡Qué traición al tema! No. Ha de ser un flujo natural, hecho de desvíos afortunados, justo como ocurrió en el viaje que nos ocupa. Recuerdo, por ejemplo, mis días en Florencia y Venecia, donde me serví exclusivamente de guiños de la ciudad para orientarme: el color de las flores adornando un balcón, el juego de luces en una calleja, la dirección a la que apuntaba el pico de una gaviota sobre una estatua.

Esa disposición a pactar con el azar ya estaba en mí, creo, pero fue la lectura de Cortázar y particularmente la lectura de Rayuela (y relectura y lerectura y turalerec, etc) lo que elevó dicho deambular a modus vivendi, a búsqueda y casi a ética. Todo esto es un cliché, por supuesto, el mismo tipo de cliché literario al que se rindió una generación de jóvenes estadounidenses tras leer On The Road de Jack Kerouac. Y sin embargo ni me avergüenza ni me arrepiento de este desliz sentimental pues qué triste, qué incompleta la vida del lector que nunca halló el libro que lo transformara de Alonso Quijano en Don Quijote.

Así, a mis 23 años y armado con notas y esa apertura a los signos, inicié mi gesta. Viajé a Europa y peregriné por el París donde deambulaban los personajes de Rayuela, El perseguidor, 62/Modelo para armar y tantos cuentos. Visité los puentes, quais y calles mencionadas en sus páginas; cené en el restaurante Polidor y bebí café en el Deux Magots – ambos favoritos de Cortázar – ; fui a la calle donde estaba su apartamento y tomé fotos a la placa que lo verifica; me dirigí a la Maison de l’Argentine donde Cortázar se hospedó (su cuarto, lamentablemente, estaba ocupado); crucé la galería que aparece en uno de sus mejores relatos, ‘El otro cielo’; y, obviamente, fui a su tumba, donde dejé una botella de vino, un cigarro Gauloise y un boleto de metro.

Algunas casualidades me visitaron allí, de las que rescato una: paseando por la Place Notre-Dame-des-Victoires me hallé un paraguas roto; aparición que, para quienes han leído Rayuela, no puede pasar desapercibida: “Justamente un paraguas, Maga, te acordarías quizá de aquel paraguas viejo que sacrificamos en un barranco del Parc Montsouris, un atardecer helado de marzo”. Marzo, justamente el mes en que viajaba. Una casualidad poética donde las haya.

Y este influjo no se limitó a París. En Praga me perdí y tratando localizar los nombres de las calles me encontré con un retrato de Cortázar serigrafiado en el cristal de un café. En Roma, frente a una librería donde hallé el volumen de relatos Las armas secretas, me topé con el póster de Blow Up de Michelangelo Antonioni, basado en ‘Las babas del diablo’, incluido precisamente en aquella antología.

La mejor casualidad y la única que podría catalogarse como “generadora de historias” que ocurrió durante ese viaje, me halló en Barcelona, en la sala de cine de la Casa de las Américas donde se proyectaba un documental sobre Cortázar. Habíamos asistido por sugerencia de mi prima, Tania, y nos acompañaba (¡otra casualidad tremenda!) una amiga suya a quien no había visto en años, desde que ambas estudiaban en Cholula, y a quien se encontró en el baño del restaurante donde habíamos comido. Al terminar el documental el director se levantó dispuesto a responder preguntas. Un hombre calvo, delgado, de lentes y barbado levantó la mano e hizo un chiste privado que arrancó risas entre los entendidos (nosotros y la mayoría del público no incluidos). Al ver al hombre del chiste lo reconocí: era Carles Álvarez Garriga, editor de varias compilaciones de textos cortazarianos. Mi timidez me hubiera impedido hablar con él de no ser porque la amiga de Tania prácticamente me empujó. Le dije al hombre que pronto iría a París y que me gustaría saber de lugares específicos para visitar si estaba interesado en Cortázar. Sin mirarme encendió un cigarro, me pidió una hoja y dibujó el mapa para hallar la tumba del cronopio. Pensé que eso sería todo y, mientras me alejaba, Álvarez Garriga me preguntó qué planes teníamos. “Ninguno”, le dije, y nos invitó por un trago a una terraza cercana.

El editor, acompañado de un amigo, encabezaba la tertulia como un monarca y su estatus de cacique cultural quedaba evidenciado por las constantes visitas a nuestra mesa de personas que mencionaban como de pasada un nuevo libro, una exposición, una inauguración, etc. y pedían su opinión o su asistencia. Hablamos, como era de esperarse, de nuestro interés en común: el argentino fantasma que se paseaba entre nosotros. Por entonces yo estaba metido de cabeza en textos sobre Cortázar para mi tesis de licenciatura y pude mantenerme a flote en la conversación. Ayudó también que Álvarez Garriga nos llevaba ventaja en bebidas. Pasada tal vez una hora, el anfitrión mencionó que, gracias a su amistad cercana con la recién fallecida Aurora Bernárdez, primera esposa y albacea de Cortázar, él había heredado buena parte de la colección de manuscritos, primeras ediciones, objetos personales y demás memorabilia del autor. Con la sonrisa de quien se sabe dueño de un secreto precioso, preguntó: “¿Les gustaría ver la colección?”. Aun conscientes de que seguir a ese virtual desconocido a un departamento podía acabar en la muerte o en algo más sórdido, decidimos ir.

El matemático Joseph Mazur explica en su libro Fluke que las casualidades brillan solamente gracias a que permanece oculta la complejísima red de causas y efectos que las hacen posibles. De hecho, indica Mazur, debido a la inconmensurable cantidad de variables en que se ven envueltos los seres humanos, la casualidad es cotidiana, normal, pedestre. En otras palabras, Mazur intenta ahí lo que el propio Kundera aventuró nunca existiría: la matemática existencial, esa que hallaría la ecuación para explicar la casualidad. No obstante, como suele ocurrir, a la ciencia exacta se le cuela siempre entre las piernas la metafísica porque no ha nacido aún la persona que, cuando elegida por la sincronicidad, no diga con asombro y aunque sea para sus adentros: “¡Qué coincidencia!” como quien dice: “¡Dios mío!”. Ni siquiera la lija probabilística puede despojar a la casualidad de su patina mágica. De cara a una casualidad (especialmente la generadora de historias), no podemos evitar sentirnos señalados por el destino. En cada una de ellas hay un mensaje cifrado específico para nosotros. Hay quien busca sistematizar su lenguaje o cuando menos catalogarlas, mas a mí lo que me interesa es seguirlas. Migajas narrativas, las casualidades me sirven de guía en el denso enramado de potencialidades que es cada instante. Y aunque es Kundera, quien más reflexiona en torno a ellas, es Cortázar quien las adopta como brújula.

Esa brújula que le tomé prestada, fue la que me hizo encontrarme ahí, en el apartamento del editor de los volúmenes de cartas y Clases de literatura. Ese mapa subrepticio me llevó a comer helado en la vajilla de Cortázar, a ver poemas suyos escritos en servilletas, a consultar su agenda (que abrí justamente en la página donde estaba anotado el nombre y número de Italo Calvino), a ponerme sus lentes y a cargar la mítica Olivetti donde escribió tantas de sus ilustres páginas.

En última instancia los elementos de la casualidad pueden, obviamente y para alivio de los Mazur de este mundo, explicarse por medio de las matemáticas. Sin embargo lo que hace a la casualidad es precisamente la sensación de que algo se escapa, de que hay un excedente inexplicable, un brevísimo flaqueo de la razón que permite que entre lo fantástico, aquello que Cortázar tanto buscaba en sus textos: “lo que me ha sido dado inventar en este terreno siempre se ha realizado con una sensación de nostalgia, la nostalgia de no ser capaz de abrir por completo las puertas que en tantas ocasiones he visto abiertas de par en par durante unos pocos fugaces segundos”.

Dichas puertas, me parece, son cada día más difíciles de abrir pues el azar, único campo donde puede germinar la casualidad, está asediado. Su territorio es usurpado por los algoritmos que, conociéndonos mejor que nosotros mismos, predicen lo que queremos ver/comprar/escuchar/leer/consumir a todas horas. Las casualidades nacidas de dichos algoritmos son un nuevo tipo que Kundera no pudo predecir: las casualidades espurias. Sus hallazgos y emociones son premeditados, profundamente calculados, producidos.

Con ello he vuelto a Cortázar (y a tantos escritores que su obra me presentó) y he salido a caminar en busca de la casualidad.

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