Platón Roto

En el año 388 a.C. en un olivar sagrado dedicado a la Diosa de la Sabiduría, Atenea, un hombre de míticas barbas marmóreas que todos reconocemos, levantó la  Academia, la primera escuela de altos estudios en el mundo occidental. El lugar que vio nacer y crecer la teoría heliocéntrica, que fue testigo del desarrollo de las matemáticas, la medicina y la retórica (madre del derecho) y que fue cuna del cerebro más fecundo de la historia: Aristóteles. El fundador de este instituto, el gigante intelectual barbado fue Platón, uno de los incuestionables de la filosofía, y evangelista de Sócrates.

Gran parte del conocimiento que sirvió de base para la creación de la epistemología actual tuvo su semilla en aquella Academia, semilla plantada y cultivada por un filósofo y así debió ser, pues en el inicio fue la filosofía y la filosofía tuvo que dividirse ya que cada una de sus ramas exigía algo de independencia, pero siguiendo la trama del gran árbol averiguaremos siempre que todo tiene una misma raíz… Y ahora, aquí en nuestro México, una institución (la SEP que para mayor tristeza tuvo como primer secretario a José Vasconcelos, filósofo también) ha decidido que la filosofía no es una materia necesaria y ha visto conveniente su eliminación definitiva de los programas de bachillerato.

Podría asegurar que Platón nos mira desde el mundo de las ideas y viendo que aún no hemos logrado ver más que las sombras en la caverna, derrama lágrimas de amargura.

La Metamorfosis

Mírenla, aquella es María… No, no ésa, la de allá. La de uniforme blanco que carga algo bajo el brazo. Sí, ella es, la que se ve impaciente. Son las 6 de la tarde con 13 minutos, hoy ha salido tarde del trabajo, un hombre ha durado 27 minutos en el teléfono. No es para hacer dramas, lo malo es que ha perdido la oruga que toma siempre y va a llegar tarde y Rodolfo no va a estar contento. En fin. ¿Qué hacerle? De hecho si de verdad ponen atención se darán cuenta de que la demora le ha dibujado una sonrisa apenas notable en su cachetona faz. ¿Por qué? ¿Por qué si ahora tardará más en llegar a casa, por qué si Rodolfo la va a regañar por no tenerle algo de comer, por qué si la oruga que viene estará mucho más llena? Es triste decirlo, pero la sonrisa se debe a que esa equivocación y todo lo que la ha de acompañar son lo más emocionante que le ha sucedido en la semana. Todos los días de todas sus semanas son lo mismo, siempre lo mismo. Ocho horas de llamadas, ninguna dirigida a ella. Siempre la nostálgica mirada a los folletos en el escritorio, los de comida, los de salud y sobre todo a los de viajes, Roma, Buenos Aires, Marruecos, Bombay… Una torta de queso de puerco y una coca cola. Las pláticas de siempre con Lola y Margarita, que si el marido hizo tal, que si el niño se les enfermó, que si Arturo (el de la novela) besó o no besó a Virginia… siempre la salida a las seis y la oruga de las 6:11, siempre entre 45 minutos y una hora a su casa, siempre frijoles en la mesa, siempre Rodolfo en la silla… siempre María, siempre la misma. Pobrecilla mírenla. ¿Qué es eso que trae bajo el brazo?… pero claro, tenía que ser la TV notas más reciente. María la hojea y encuentra escándalos y enredos y su corazón se retuerce de deseo, deseo de verse alguna vez en ellos… “¡Cachan a María saliendo del motel Venus con un nuevo galán!”, “¡Examante acusa a María de acoso sexual!”… esto sueña maría mientras pasa las páginas de barato contenido. ¡Pobre María! Tan desesperada está por algo de vida que se sube siempre en la zona más llena de hombres del camión con la esperanza inquebrantable de recibir algún día un piropo de a dos pesos… No lo recibe María, ni lo recibirá; siempre con la dignidad intacta, siempre con el orgullo magullado, siempre envuelta en el denso tejido de su insoportable normalidad a la espera de transformarse en alguien más.
Mas no se preocupen, no sientan lástima que la fortuna siempre zurce destinos insospechados y a María le toca hoy. Seguramente el hombre que tardó 27 minutos en el teléfono era un ángel con voz de cliente insatisfecho pues al haberle robado a María unos minutos, la había obligado a subir en aquella unidad vieja  y descuidada del transporte leonés. Unidad que había estado guardada y tapada durante siete semanas y a la que habían decidido darle un último día de trabajo antes de jubilarla, y así es que mientras María lee lo último sobre Galilea Montijo el destartalado Optibus se detiene en seco (sin ninguna caída que lamentar pues el apretujamiento en el interior de estos medios de transporte suele ser una fuerza mayor que la gravedad). El conductor del camión se levanta y les dice a todos que no hay broncas, que ya habló a la central y que ya mandaron otra unidá para remediar el problema. Y así, en medio del barullo y el descontento colectivo, sumergida en el aroma creciente a sobaco, los latidos de María saltan de júbilo pues su día se ha vuelto muy distinto a los demás, muy en el fondo de su bodoque cuerpecillo tiene el anhelo de quedarse ahí, de que no llegue la unidad… sin embargo el flamante Optibus modelo 2012 llega y rescata el día para las enojadas sardinas, que pronto son evacuadas y cambiadas de lata. Miren a María, la pobre se queda como perrito que no quiere que lo lleven al veterinario, véanle nada más los ojitos de tristeza. Ya no queda nadie y debe salir, y así como así regresa a la corriente diaria… Sé que están decepcionados y créanme que ella más, pero esperen y vean que yo sé que aquí hay una historia… María está a punto de dar el paso a la esclavitud cuando la puerta se le cierra en la cara e inexplicablemente y ante la sorpresa de todos, la Oruga, ya sin conductor avanza llevándose a esa pobre gordita a quién sabe dónde.

Dentro del Optibus María está que no puede con su emoción, ¡chéquense esa sonrisa, se le ven todos sus dientes, todas las encías, toda la felicidad loca del mundo!, ¡Al demonio con las llamadas, al demonio con las tortas, las cocas, los frijoles y Rodolfo!; si Diosito quería que hoy se fuera al cielo, estaba más que dispuesta con tal de que llegara mínimo a la segunda página del periódico. ¡¿Qué dirían Lola y Margarita?! ¡¡Qué Locura, qué dicha!!
La Oruga acelera y va derechito al Malecón del río, decidida a aventarse al lecho de asfalto, decidida a acabar con sus días, aumenta la velocidad y todo está a punto de irse al demonio, todo, María y Oruga a punto de acabar juntas en un final increíble de vidrios, fuego y metales torcidos y María ríe a carcajadas y agradece al fin la libertad y finalmente en un grito de alegría desaforada caen… pero…, pero no han tocado el suelo, y… siguen sin tocarlo y María abre los ojos que había cerrado ya lista para ingresar por la puerta de los cielos, y ve por la ventana y sorprendida mira la ciudad quedando cada vez más abajo; la calzada, el expiatorio, el centro, la catedral… todo allá, encogiéndose en el suelo mientras cientos de ojos azorados ven una extraña mariposa gigantesca de metal volando lejos, desapareciendo lentamente detrás de un horizonte que jamás ha de olvidarse en León Guanajuato.

Sé lo que están pensando, que soy un mentiroso, que esto jamás ocurrió, que me lo estoy inventando todo; pero si así fuera expliquen por favor esta noticia en la primera plana del बंबई दैनिक (Bombay Daily Mail) en el que se explica que un extraño avión verde aterrizó en el centro histórico de la ciudad, o más aún, díganme ¿quién es ésta de la foto de la revista गपशप (Chismecitos) anunciada como la nueva estrella de la vida nocturna en Bombay? Creo que todos reconocemos esa sonrisa.

3 letreros para puertas

  1. 1.       Lázaro

Conocí a Lázaro en una cerrajería. Al llegar a la entrada abierta donde un hombre viejo hablaba sin interrupción, Lázaro se me acercó y me miró a los ojos. Sólo esto bastó para adivinar que detrás de esa estampa de ingenuidad y ternura había una profunda y madura tristeza.

Pregunté al hombre que con el torno le hacía surcos a mis nuevas llaves, qué le pasaba a Lázaro. – Nada – me respondió secamente. – Él es así, parece que está triste, pero no, más bien es tranquilo. –“Tranquilo”… “Tranquilo”. Nada más lejano de la verdad. Lázaro se recuesta en la banqueta, pone su cabeza, con todo el gigantesco peso de su nostalgia sobre sus patas delanteras y sumerge la cola en sus pesares. Lázaro está muy lejos de la tranquilidad. Algo le inquieta. Seguramente un recuerdo, seguramente un imposible.
Me dan mi llave y me despido del viejo que no para de hablar, del cerrajero que al parecer no sabe ver y de Lázaro, aunque él no me ve, él sólo mira fijamente las manos de su amo quien maneja el torno, ocupado en otras llaves. Sólo me queda la esperanza de que quizás, Lázaro en silencio aprende y aguarda… aguarda el momento en que pueda fabricarse unas llaves que lo dejen salir por la noche de su patio, cruzar la calle y abrir la reja de enfrente para dormir al fin a un lado de aquella cocker spaniel que tantos sueños le ha robado.

  1. Pedro

Pedro, mientras rotas la manivela del torno, mientras aras los diminutos surcos en el metal dorado, mientras cavas las hendiduras que han de accionar los mecanismos de tan diversos destinos que jamás conocerás;  piensas un momento en tu propio destino. Mitigas la voz del viejo Leopoldo que en  la puerta sigue hablando como siempre de su hijo y de su difunta esposa y piensas en el hijo que fuiste, piensas en tus padres que al nombrarte Pedro te imprimieron el camino que habías de recorrer, el camino de cerrajero triste y eterno, y piensas luego cómo les supiste retribuir negándolos cada vez que los gallos cantaron sin esperar jamás que lo hicieran tres veces. Piensas en tu esposa que tanto esperó de ti, piensas en la paciencia que te tuvo y piensas en la poca que le tuviste cuando halaste el gatillo y la enterraste en el patio. Piensas finalmente en tu pequeño que tanto habrá de sufrir, huérfano y con el mismo nombre que cargas tú. La llave está terminada y la miras como las miras a todas al acabarlas sabiendo que ninguna de ellas ni ninguna que quede en el porvenir logrará abrirte las puertas que a ti ya no te esperan después de la muerte.

  1. 3.       Don Leopoldo

A las 6:45 llegó Don Leopoldo esta mañana y estaba verdaderamente indignado por las llaves que le entregó Pedro ayer. Ninguna de las tres copias funcionaba, ni abrían la puerta de entrada, ni la de la cocina, ni la del cobertizo. Era algo terrible, de verdad Pedro tenía que ser más cuidadoso, ese tipo de errores no podían seguir surgiendo. Una vez que llegó el errado cerrajero, Leopoldo lo recibió con una buena carga de ensayados regaños, de aquellos que en la voz de octogenarios siempre tienen sabor a recomendaciones.

Una vez que Pedro le aseguró que se encargaría de arreglarlo le pidió que se sentara a lo que Leopoldo respondió que no podía, que había mucho que hacer, que no por ser un anciano tenía tiempo de sobra, que todo lo contrario – todo esto lo dijo mientras tomaba asiento – que ése era el problema de las nuevas generaciones, que creían que uno podía andar por la vida sin preocuparse por aprovechar cada segundo, y que justo aquellos descuidos eran la causa de que llevara años sin decirle una palabra a su hijo, que por cierto quién sabe dónde andaría; y que también era por eso su mujer había sido tan desdichada, porque se le había ido la juventud sin haberle dejado nada. Luego habló de él, de que no había el mundo de creerse que el viejo y viudo Leopoldo necesitaba ayuda que en verdad él siempre había sido un lobo solitario y no necesitaba de nadie – las llaves ya habían estado listas hacía horas – y esto se alargó hasta las ocho de la noche cuando ya Pedro tenía que cerrar y Leopoldo se despidió de él diciéndole que mejor que ésas sí funcionaran porque si no, no le pagaría y así, murmurando se alejó.

Llegó a su casa y abrió la puerta sin problemas. Fue a la cama y dejo las llaves en la mesa de noche sobre un montón de copias acumuladas y antes de dormir puso el despertador a las 6 de la mañana para ir bien temprano a reclamarle a Pedro.

El arqueólogo de lo cotidiano

Muchos (incluyéndome a veces) no comprenden su labor. Andando por calles que nunca han sido contempladas por las grandes universidades como posibles recipientes de la historia, recoge pedacitos de ciudad. Un resorte roto por acá, una corcholata doblada, una vara… Pequeño arqueólogo de lo cotidiano mi hermano. Desenterrando objetos a ras de suelo, coleccionando y diseccionando piezas clave del ayer más olvidado por ser el más cercano.
Y una vez acabados sus estudios, una vez tomadas las notas, una vez sacadas las conclusiones, relega sus tesoros a rincones de su cuarto, al museo que construye bajo su cama; y como muchos otros grandes arqueólogos parte de nuevo a sus arenas de Egipto, a sus selvas sudamericanas, a sus cañones de Jordania, a las grietas por donde se precipita el tiempo en reversa que para él están en las calles de León de Los Aldama.
Pequeño arqueólogo de lo cotidiano mi hermano, con una gran tarea, estudiar al hombre a través de sus ruinas frescas, comprender a la ruina que ahora es el hombre.

Carta de un niño indignado a un periódico irresponsable

Señores del periódico «Mañanero»:

El otro día mi papá compró su periódico porque el señor que se los bende ya no tenía del periódico que siempre compramos y entonses como le urjía saver cómo abía quedado el partido del domingo compró el suyo y yo espero que eso ya no buelva a pasar porque la berdad es que su periódico es muy malo.

Mientras mi papá beía la sexión de deportes yo tomé otra sexión y la primara notisia que vi fue una de que unos ladrones se estavan robando las tapas de unas alcantarillas del centro y luego desía que no abían atrapado a ninguno de esos ladrones y entonses yo pensé que si no abían atrapado a ninguno entonses no podían saber si de berdad eran ladrones los que se llebaron las tapas y no deberían de poner en el periódico cosas que no saben bien. Podría ser que esas tapas las estubiera quitando una familia de conejos que ya no encuentra madrigueras o qué tal que es un señor minero que ya no tiene mina y está buscando nuebas o un abenturero que quiere encontrarse con terrivles corcodilos para pelear o un señor desos que buscan ciudades antiguas o unos caballeros que quieren aserse escudos o hasta como mi tío Edelmiro que quita tapas desas y de otras para derretirlas y luego benderlas ya echas otras cosas.

Yo ya no boy a comprar su periódico y le boy a desir a mi papá que él tampoco lo compre porque no disen cosas berdídicas.

Atentamente: Luis Arturo Romero Gómez.

(La redacción y la ortografía de Luis Arturo fueron respetadas, sólo se agregaron acentos donde se debía para que fuera más legible)

Cosas Perdidas

Me inquietan las cosas perdidas. No es el no encontrarlas, es el que su existencia se prolongue. Que continúen ocupando un espacio en el mundo, un espacio insospechado que ha escapado a todo intento de conquista. Me inquieta su presencia secreta, su latir perpetuo. Su necedad de aferrarse al mundo, de permanecer, escondidos y reclamandonos eternamente con diálogos de vacío el que hayamos dejado de buscarlas.