El escritor peregrino

Hay un pueblo pequeño al noreste del estado. Es de esos pueblos que se quedan iguales, que el tiempo y las demás cosas los pasan de largo. Que se quedan quietos y agazapados entre montes casi siempre pelones, como esperando siempre algo. Un pueblo de gente que se habla toda por su nombre. Todos sus hombres y mujeres esparcidos en un puñado de tierra, todos bien enraizados a las piedras que hacen el suelo de allá. De esos pueblos en donde todo puede convertirse en tragedia y donde toda tragedia puede convertirse en otra piedra caliza que los ojos miran sin decir ya nada. Atarjea se llama, y cuentan que alguien nuevo ha llegado. No lo ha visto nadie, sólo lo sienten. Sienten algo así como una mirada, algo como una nube o como una llovizna tupida, algo como eso, como una presencia muy grande.
Mi madre es de Atarjea y nosotros íbamos cuando estábamos más chamacos. El camino allá siempre se hace largo, largo y Atarjea siempre parece estar más lejos. Eso tiene Atarjea también, la lejanía. Al estar ahí uno se siente como lejos de todo. Como si en Atarjea se estuviera y punto, y ese tipo de cosas le dan un aire ancestral y lo mismo le pasa a todas las historias que se cuentan de Atarjea.
A mí me tocó vivir una de estas historias y no se me olvida. Una historia que no es rara en esos lugares, pero que me tocó y por eso la traigo bien agarrada de la memoria. Una vez un hombre apareció al lado del río con las tripas de fuera y la panza toda cortada a punta de machetazos. A veces los hombres se bajan al río y se pelean como coyotes para matarse por rabias de amores o de campo. Este hombre respiraba todavía aunque se le salía la sangre a chorros por los huecos de la panza y la gente lo veía preocupada pero sin nada qué hacer porque el doctor no estaba. La que estaba era mi madre y la llamaron a ella a ver qué hacía porque ella sabía de herbolaria y con la muerte tan cerca eso basta para hacer cirugías.
Trajeron al padre por si el hombre se acababa de morir, para que le diera los santos óleos. Se llevaron al moribundo cargando envuelto en sábanas para que no se le salieran más las tripas. Lo dejaron en la enfermería, recostado en un catre, ya con los ojos más volcados hacia el otro lado. Mi madre sólo iba a hacer lo que se podía: meterle sus intestinos y vendarlo y rezar, rezar para que llegara al pueblo más cercano o para que su alma se salvara. Lo emborracharon para que sintiera menos y, no me crean si no quieren, mi madre le sacó bien las tripas y las lavó para metérselas de nuevo a la barriga y lo coció. El hombre duró vivo casi toda la noche y como llegó el sol y no se le acabó la vida se lo llevaron en camioneta a buscar el hospital más cercano. El hombre vivió.
Un año después regresamos a Atarjea. El hombre se volvió a pelear. El hombre se había muerto.
¿Por qué cuento la historia de ese hombre? Porque ahora que recuerdo este final que sabe tanto a tierra y a polvo pienso que conozco el nombre de esa nube, de esa lluvia, de esa mirada y de esa presencia que sienten las gentes de Atarjea. Creo que sé quien es ése que nadie ha visto pero que todos sienten.
Es un peregrino callado, muy callado. Tan callado que ha hecho hablar a todos de su silencio. Hasta se le da por muerto en unas partes. Yo creo que el peregrino ése nada más quiso acercarse todavía más al silencio y por eso se vino aquí un tiempo, para estar bien lejos de todo pero bien cerquita del suelo seco, de las piedras y los huizaches. Y ese peregrino los mira a todos aquí en Atarjea y los escribe. Ese peregrino ha de ser Juan Rulfo que sigue escribiendo historias en la tierra, historias como la de ése hombre. Eso creo.

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