Venti

Entré aquí sin ningún sentimiento parecido a la esperanza. Sencillamente quería un café, algo que me sustrajera de las insoportables mieles de este día, de la infame repetición de canciones de Camila en el radio, del bufete de rosas en cada semáforo, alto y tope; de todos los tianguis espontáneos en parques y plazas, de la venta impúdica de corazones de todos los tamaños, materiales, colores y orígenes posibles; del comercio de animales de peluche, de chocolates y etc., etc. En fin, sólo buscaba algo que me separara de toda esta densa y horrible melcocha cursi en la que además no tengo cabida, pues no habrá quién escriba mi nombre en ninguna cartita.
Lo máximo a lo que aspiraba era algo de buen Jazz mientras me sentía burgués tomando mi “venti”… sólo eso. Y bueno,  lo de siempre: distraerme viendo a los extraños,  inventándoles (o quién quita descubriéndoles) su historia. Como la de aquellas señoras en los sillones de la esquina, ambas con largos apellidos, ambas con su aristocracia arrastrando en sus abrigos. Compañeras eternas de cartas, chismes y cigarros; aunque en sus miradas, en el brillo de sus joyas, en la arrogancia de sus ademanes se evidencia que ya hace mucho las suerte las separó, que hace mucho dejaron de ser amigas. O está el caso más alegre del muchacho gordito en la mesa de atrás que está leyendo algún libro de Paolo Coelho, quien tarde o temprano levantará la mirada y por encima del marco de sus anteojos de lectura verá a esa muchacha de allá que disfruta Caldo de Pollo para el Alma Adolecente, y una vez que se encuentren la unión estará hecha y no pasarán más de dos años antes de que ya estén leyendo a Deepak Chopra tratando de solucionar sus problemas maritales. Y está ese viejo sentado muy lejos de todos, en la mesita de la esquina, quien tranquilo escucha a John Coltrane y bebe su café, mirando con ternura la silla solitaria frente a él, dialogando con ella, esperando que el aire le responda lo que su esposa le habría respondido cuando el tiempo era otro…

¿Lo ves? Esperaba eso, esas líneas narrativas ajenas; esperaba hallar los cuentos de otras mesas… no estaba preparado para encontrarte a ti, ahí, del otro lado de la caja, operando tu computadora con la destreza indiferente que provoca la monotonía; con tu cabello oscuro recogido y escondido debajo de tu cachucha verde, con tus ojos negros mirándome sólo una fracción de segundo (sólo lo necesario), con tu voz sigilosa y tus palabras precisas deseándome un buen día, preguntándome qué quiero y cuál es mi nombre… Mi nombre… Y ahora, de pronto, me veo cayendo en mi juego, y peor aún, me veo sumergiéndome, sin poder hacer nada, en el sentimiento afelpado y azucarado que se apodera del día allá afuera. De pronto te construyo, edifico tu vida y te veo más clara que nada en el mundo. Y de pronto sé, simplemente sé que tu color es el verde, que tus días los lluviosos, que tu música el Jazz, que tu flor la azucena, que tu mascota el perro. De golpe te conozco y sé que amas la poesía latinoamericana y que a ratos te recuestas en tu cama e imaginas tu propio cielo extendiéndose en el techo, sé que tu sino es el viaje y que en secreto buscas alguien que lo comparta contigo… Y ahora te veo acercándote a la barra para entregarme mi capuccino venti y con él entregarme tu vida… y ya estoy aquí, esperándote antes de ser llamado porque siempre te he esperado y…

¡Adiós! ¡Hasta nunca! ¡Y dejo aquí tu cochino café porque no lo quiero!, ¡ni a él ni a ti, ni a tu vaso “venti” con su estúpida carita feliz! Te lo dije muy claro: “Rigoberto”, ¡“Rigoberto”!… Ahora no quiero saber tu nombre, me voy a pasar mi desdicha al Italian, y tú espérate ahí a ver si viene ese tal “Roberto”.

6 comentarios en “Venti

  1. Un texto que provoca identificación, creo que muchos hemos estado en esa situación, me gusta mucho como describes el ambiente y detallas las historias.

  2. Me encanto la manera en la que abordaste el tema, y en realidad me hiciste sentir identificada, describiste mi 14 de febrero solo que mi café era adulterado.

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