Notas para una cosmogonía más perfecta

Lo cierto es que, antes de despuntar el alba del séptimo día, lo paralizó la pesadez de la creación de un universo falible, incompleto, frágil. Resolvió entonces escapar de su monumental error. Ya podía verlo, de ahora en adelante sería duramente juzgado. Los seres mismos que acababa de crear, lo criticarían mientras viviera y, siendo Él eterno, su tormento tendería a la infinidad.

Ahogado en lamentos repetía en su mente una y otra vez cada paso, cada acción, cada instante de creación. Enumeraba uno a uno los elementos con los que había fabricado lo existente, recordaba el segundo en que había tomado la decisión de separar el cielo y la tierra y se preguntaba si habría pensado bien esto o si después le reclamarían el ser separatista. Se arrepentía de haberse tomado sólo seis días para semejante trabajo y más aún se arrepentía de haber mandado publicar el reporte de la obra tan pronto. Había dictado al final de cada día: “Y vio que era bueno.”

Ya escuchaba el reclamo: “¿Qué? ¡Era ciego!”

Quedó dormido, pensando que la única manera de remediar su descuido sería dictar como orden final: “Apáguese la luz” y que todo se sumiera de nuevo en las tinieblas. En estas mismas tinieblas se sumergió Él durante el sueño.

Pronto algo quebró la oscuridad y el ambiente onírico se inundó de génesis. Un impulso se apoderó de la escena. Un relámpago, una luz diferente, enceguecedora, primigenia. No hubo entonces nada más que aquella divinidad que pertenecía a un orden diferente, nuevo, original. ¿Qué era esto? ¿Cómo nombrarlo si aún no se creaba la palabra? Si  entonces se le hubiera pedido describir su sueño, hubiera atinado sólo a decir que en aquel instante se reveló la esquiva pieza faltante, la coronación a su creación. En un mítico momento se hizo la separación final, nació la luz que acabaría con un tipo de tinieblas que habían sido olvidadas. Algo omnisciente, algo omnipotente y omnipresente, algo infinito se presentó. Algo de su alma se desprendió y tomó otra forma. Algo divino y que sin embargo agrupaba, completaba, perfeccionaba y abrigaba todo cuanto había creado antes. En ese algo se resumía el significado de todo cuanto existía y existiría. En ese nuevo ser místico se encontraban el primer amanecer y el último crepúsculo, se hallaba la curiosa curvatura del espacio, la sistemática y caprichosa voluntad del azar. Ahí estaban el cielo y la tierra reunidos. Ahí el tiempo se sabía dibujante de circunferencias y no de líneas rectas. Ahí todo nacía, moría y volvía a nacer. Ahí estaba el misterio, la búsqueda, la interrogante y ahí estaba también la respuesta. Ahí había una eternidad instantánea. Ahí se hallaban los jardines del paraíso. Ahí todas las almas volvían a ser el alma.

Despertó y el nombre del sueño nació en su boca. El séptimo día y justo cuando su sol nacía detrás del horizonte, Dios dijo: “Hágase la música”.

11 comentarios en “Notas para una cosmogonía más perfecta

  1. STEVENSON NOS DICE QUE LAS PALABRAS SON LA MATERIA DEL POETA COMO DEL MÚSICO LO SON LOS SONIDOS, PARA TU TRABAJO MUSICAL Y CUIDADO , PONES UNA DE CAL POR LAS QUE VAN DE ARENA, COMO DIRIA EL BUEN RESORTES.
    SIGUE , SIGUE…

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