Parasite. Una fábula furiosa

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El enigmático señor Bong Joon-ho nos entrega con Parasite una afiladísima fábula de conflictos de clase que es parte comedia negra, parte thriller, parte película de horror y parte tragedia, y que es también la película más sorprendente del año. Hay deportes extremos que provocan menos emociones que Parasite.

Kim Ki-Taek (Song Kan-ho), su esposa Chung-sook (Jang Hye-jin)  y sus hijos Ki-woo (Choi Woo-shik) y Ji-jeong (Park So-dam) viven en un miserable semi-sótano en los barrios bajos de Seúl donde se dedican a doblar cajas de pizza para sobrevivir y a vigilar que el borracho de la calle no orine fuera de su ventana. Una tarde un viejo amigo de la escuela visita a Ki-woo y le pide que tome su lugar como tutor de inglés de Da-hye, hija mayor de la adinerada familia Park. Ese mismo amigo les obsequia a los Kim una roca verde que, según dice, trae fortuna. Para los hermanos Kim, que son ambiciosos y de una inteligencia feroz, esta roca es un permiso y el pequeño trabajo una rendija por la que buscarán deslizar a todo el clan. A partir de aquí (y llevamos apenas quince minutos de película), entramos a una cámara de espejos, salidas en falso y trampillas que Bong Joon-ho usará con la pericia de un ilusionista consumado.

Para quien no conoce el cine de Bong Joon-ho ésta es una entrada ideal. Para quienes lo conocen, éste será el plato fuerte en el ya de por sí gran festín cinematográfico que el director nos ha regalado. Este cineasta coreano no sólo tiene una visión personalísima y el talento para llevarla a cabo, sino que es uno de esos creadores que llegan al cine con ganas de tumbar paredes y reconstruir. Las paredes de los géneros cinematográficos notablemente. Si ya desde The Host – que es una monster movie que también es thriller político, comedia y drama familiar – la crítica había batallado para clasificar a Joon-ho, con Parasite el director se reta a sí mismo a ir al límite y saltar.

La película empieza burbujeante, como una comedia social, pero ese humor lentamente se vuelve más y más oscuro, y uno ríe con las mismas, sino es que con más ganas; y luego, de golpe, alguien corta los cables del elevador y ya hemos caído vertiginosamente en una especie de horror. Pero entonces abrimos los ojos y nos encontramos con escenas que tienen la tensión, el aguanta-la-respiración-aférrate-a-tu-asiento de Misión imposible. Y todavía faltan humores y tonos que Joon-ho nos tiene reservados. Y lo inaudito es que la superficie de esta película es suave y lustrosa y es imposible notar cuándo y cómo fue que nuestro corazón empezó a saltar a otro ritmo. Hay gente que no consigue dominar un género, pero Bong Jon-hoo los engarza con la maestría con la que un compositor entrecruza temas en una sinfonía. Y hablando de música, la banda sonora de Jeong Jae-il sigue el sinuoso camino de la trama con una fidelidad que deja pasmado.

Es importante aclarar, sin embargo, que la película no es puro malabar y sorpresa. Su centro es prístino, pesado y está ardiendo. La furia por la disparidad económica es el motor que da vida a esta admirable maquinaria. Hay una escena absolutamente maravillosa en que la familia Kim sale de la casa de los Park durante una tormenta, por la noche, y deben correr hasta su hogar. Este viaje es literalmente un descenso al inframundo. La cámara los muestra diminutos, bajando por una ciudad que cambia como estratos geológicos, de una noche azul a un mar de casuchas iluminadas con rojo neón. Su hogar está inundado con agua que se ha desbordado de las alcantarillas y tratan inútilmente de salvar sus pertenencias. Mientras una derrotada Ji-jeong prefiere sentarse a fumar sobre el excusado que está escupiendo aguas negras, arriba en las alturas los Park disfrutan de la lluvia cayendo en su precioso jardín iluminado, a salvo dentro de su mansión construida por un arquitecto famoso, como quien mira fuegos artificiales.

Pero Bong Joon-ha no es un maniqueo. Los Park no son malvados. De hecho, como admiten los Kim, son buenas personas, amables. “Si yo fuera rica, también sería amable” dice Chung-sook: “El dinero es una plancha, elimina todas las arrugas”. Por su posición, los Park no pueden evitar mirar y hablar de los otros como de utilería en un mundo a su servicio. El olor, por ejemplo, es un elemento poderoso en la película. El señor Park comenta a su esposa que el señor Kim es agradable, pero le molesta su aroma. “¿Cómo huele?” pregunta la esposa. “Como la gente en el metro” responde su marido. “Hace tanto que no me subo al metro”, dice ella meditabunda. A partir de ese momento cada leve contracción de las fosas nasales adquiere el peso terrible de una cachetada. Y a pesar de que todo esto nos empuja a estar de lado de los Kim, ellos no son en estricto sentido buenos. Son convenencieros y egoístas y no parece importarles demasiado que sean otros como ellos, igualmente desafortunados, los que sufran el daño colateral de sus acciones.

Parasite es también la mejor película de Joon-ho técnicamente hablando. Aquí , con ayuda del fotógrafo Hong Kyun-pyo, el director nos conduce por los pasillos de su historia con pulso de neurocirujano y es claro que cada decisión cuenta. Una conversación empieza mundana y estamos en el clásico plano-contraplano, pero cuando se llega al punto, la cámara enfatiza su importancia haciendo un paneo tenso. Estas pequeñas decisiones formales nos preparan para los virtuosos movimientos de cámara que vendrán. Como Hitchcock, Joon-ho sabe que en el cine el suspenso debe surgir eminentemente de lo que se ve, no de lo que se cuenta. También como Hitchcock en Rear Window, Joon-ho mandó construir su mundo. El diseñador de producción, Lee Ha-joon construyó tanto el cuchitril (y la calle entera) de los Kim como el palacio moderno de ensueño de los Park.

Parasite es una película tan buena, tan rabiosamente divertida y tan trágicamente escalofriante, tan original y ambiciosa en su aproximación y tan perfecta en su ejecución, que podría seguir discutiendo sus virtudes por días. Diré sólo una cosa más. La historia comienza con Ki-woo y Ji-jeong buscando un wifi abierto que puedan usar gratuitamente, plantando así la idea que da sentido al título y a la película. Mas cuando la idea germina, tiene un enramado complejo. Aquí no hay un parásito claro, sino muchos. Como una cadena de sanguijuelas, todos chupan sangre, y el triunfo conceptual de la película es señalar qué sanguijuela está más gorda y con la sangre de quién.

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