Familia: Donde se relata el encuentro de los Jorges y otros hechos no menos interesantes

Querido lector, ya llevas cuatro días viajando conmigo y quizás piensas que tengo un perfecto dominio del territorio que recorremos. Que te estoy guiando como quien se sabe dueño del mapa, la brújula y el astrolabio; no obstante, debo confesarte que estoy desorientado. Narrar es un viaje en sí mismo y cada día me pongo a pensar en el itinerario. ¿A dónde he de llevarte? ¿Qué debes ver? Recorreremos esta anécdota, pasearemos por esta memoria, descansaremos en este recuerdo. Hoy he tenido en mente muchos puntos de interés, pero he decidido que todo viaje está compuesto también, y tal vez sobre todo, de personas.

Conociendo el terreno: La casa

Las casas suelen ser extensiones de las personas. Mi casa, por ejemplo, es un reguero de libros desperdigados, papeles, cajas y cachivaches varios. Estoy seguro de que una labor arqueológica podría revelar vestigios de civilizaciones de hormigas bajo algunos de los trastos que nos hemos rehusado a recoger desde que nos mudamos. En el caso de Kristin y su familia, el dictum es más apegado a la realidad, pues su casa fue de hecho casi construida por ellos. La compraron en muy mal estado y la arreglaron y rehicieron a su modo, con sus manos.

Al llegar, lo primero que hice, como cumpliendo un designio del instinto, fue dirigirme hacia su biblioteca. Rolf, hermano de Kristin (pero ya deberías saberlo, lector. No has estado haciendo trampa saltándote capítulos, ¿o sí?) dijo que uno sabe quién es lector porque al entrar a una casa inmediatamente ve los libros. Y es cierto. Los lectores solemos ser incluso involuntariamente groseros al respecto. Para tomar agua, ir al baño o saber la clave del wifi, pedimos permiso. Para ver los libros nos saltamos todas las normas de cortesía. Y esto tiene una razón de peso: como perros en el primer olfateo, leemos los títulos y autores en los lomos de los libros para conocer a las personas.

La biblioteca de Kristin es pequeña, pero es evidente que hay cariño en ella. Los estantes (como gran parte de la casa) fueron hechos por David, esposo de Kristin, y los libros están relativamente ordenados por autores y temas, pero con suficientes volúmenes fuera de lugar para saber que es una biblioteca amada, que se visita, y no un adorno (desconfía, lector, de quien tiene una biblioteca impoluta y organizadísima, pues o es un psicópata o no lee).

Al centro de la sala hay una antigua estufa de pesado hierro negro que ha sido adaptada como chimenea. Las paredes están pintadas de un color morado profundo y vivo. En la pared hay una alfombra siria (Es triste pensarlo ahora, me dijo Kristin al contarme de dónde vino esa alfombra). Hay adornos de todos lados, desde México hasta Irán (Debemos ser la única gente en Kansas con algo de Irán, comentó Kristin). Sobre la mesa del comedor dos jarrones con flores. Una salita contigua donde hay un piano de pared, partituras e instrumentos de viento.

El fantástico cuartito que me sirvió de guarida

El diminuto cuarto donde dormí estaba repleto de libros. Al lado de la cama estaba un librero en donde distinguí varios libros en español, entre ellos dos antologías donde se han publicado mis microcuentos. No me sentí en casa. Me sentí mejor.

Retrato de familia

La familia de Kristin es, hay que decirlo, estrafalaria, pero ¿acaso no todos aquellos que admiramos lo son? A los hijos de Kristin les hicieron una entrevista para la revista de la escuela en la que les preguntaban cómo había sido crecer en una casa sin televisión. Supongo que no ha sido tan malo pues ambos, Cedar y Luke, saben de plantas y de animales, dibujan y pintan (Cedar tiene incluso un cómic publicado), tocan instrumentos de viento (Cedar el trombón y Luke el fagot) y juegan en el equipo de fútbol americano de su escuela. En mi segundo día ahí, mientras desayunaba, Kristin me dijo que la mesa en la que estaba comiendo la había hecho Luke para un proyecto escolar. Luke tiene catorce años y no estoy hablando de una mesa chueca o fea que la madre utiliza por una mezcla de amor y lástima, tampoco de una tabla con patas tembeleques, ni de esas mesas hípsters hechas con tarimas viejas de conglomerado que se venden a 10 mil pesos en La Roma. Estoy hablando de una mesa fuerte y con adornos tallados. David, el esposo de Kristin, por su parte, es un científico agrónomo que trabaja en la posibilidad de generar cultivos perennes para consumo humano que puedan salvar a la tierra de la erosión causada por los cultivos anuales, y quien también toca el piano y el trombón, cocina estupendamente y en su tiempo libre hace libreros y otros arreglos domésticos. De Kristin ya he hablado, pero ¿mencioné que en sus años de universidad fue la segunda corredora de largas distancias más rápida del estado de Kansas? Y no terminamos aquí. Rolf, (el hermano de Kristin, lector. ¡Por Dios! Debes ser más atento) es un exitoso autor de libros de viajes con varios títulos publicados, quien el año pasado vivió en Namibia y Sudáfrica, y quien tiene trofeos por su desempeño en el equipo de soccer de su antigua escuela.

Yo sé cocinar huevos revueltos y sincronizadas. Mi proyecto escolar más arriesgado fue una lámpara que el día de la muestra no prendió. Mis habilidades de supervivencia, y dejemos de supervivencia, de vivencia cotidiana, son nulas, a tal grado que uno de mis mejores amigos me dijo un día, afligido, pero seriamente, que no podía incluirme en su equipo para enfrentar un posible apocalipsis zombi, y encima fui un deportista tan malo que, en primero de primaria, el entrenador de mi equipo de fútbol no me metía a los juegos. El entrenador era mi papá.

Pero había un miembro de la familia que me haría recobrar mi autoestima y aceptarme con todos mis defectos.

Cuando Jorge conoció a Jorge

La tarde que fuimos a Coronado Heights, los padres de Kristin vinieron a reunirse con nosotros para la carne asada. Alice, la madre de Kristin, es una mujer pequeña y delgada, de cabello blanco y mirada dulce. Su padre es un hombre alto y también delgado. Con el rostro levemente inexpresivo, pero, de alguna forma, cálido. Kristin me presentó. Su padre, al escuchar que mi nombre era Jorge y revelar que el suyo era George, encontró un punto en común que fundó una rápida amistad. Aquí se sientan los Horhes (me dijo con esa “j” tan suave, casi suspirada que les sale a los angloparlantes). Me senté junto a él y me contó que ahora estaba retirado, pero había sido maestro. Le dije que yo era maestro también. Esta segunda coincidencia, a sus ojos, fue casi como un llamado del destino. Los Jorges nos teníamos que conocer. A partir de aquí hablamos de la experiencia de enseñar. Él fue maestro durante cuarenta y ocho años, la mayor parte de los cuales los pasó en escuelas de zonas marginadas donde problemas de drogadicción, violencia y pobreza eran comunes. Yo llevo dos años dando clases en el Tecnológico de Monterrey, donde una alumna me pidió permiso para salir de clase porque tenía cita con la mejor diseñadora de modas de la ciudad para que le hiciera su vestido de graduación. Y sin embargo, George me trató como su colega y me aseguró que yo era un gran maestro.

A la hora de comer, George decidió impresionarme con su español: Una cerveza, por favor. (Kristin ya me había advertido antes que éstas eran las únicas palabras que su papá sabía en español).

Al despedirnos esa noche, Alice me dijo cuando le extendí la mano: Oh, los americanos también damos abrazos. George y Rolf, en cambio, me dieron la mano y Rolf explicó en broma: Los hombres habitantes de Kansas, luteranos, germánicos no podemos dar abrazos. Un apretón de manos está bien.

Cuando Jorge le reveló a Jorge una verdad profunda de su ser y condición

La tarde del lunes, mi último día en Kansas, pasamos por la casa de los padres de Kristin. Una casa muy grande con un terreno inmenso. Kristin debía imprimir algo y en su casa no hay impresora. Mientras ella se encargaba de eso, Alice y George me invitaron a sentarme en su sala. Platicábamos un poco, de todo y de nada, cuando entró Rolf. Nos saludó y me preguntó a mí si sabíamos qué haríamos más tarde. Yo tartamudeé y finalmente dije que no sabía, que yo sólo seguía a Kristin. Y entonces George, de manera pausada y tranquila, sentenció: Sí, así somos los Jorges. Nunca sabemos qué está pasando.

La frase me dio mucha risa en su momento y se me quedó grabada. Ha seguido resonando en mi cabeza desde ese día. Tanto que, si me hiciera un tatuaje, probablemente sería eso. Si escribiera mis memorias, ése sería el título. Con los días me he dado cuenta de cuánta verdad hay en la afirmación, por lo menos para este Jorge que te escribe ahora, lector.

Así que ahora y antes de que continuemos con nuestro viaje, te pregunto, ¿estás dispuesto, querido lector, a tener como guía a un Jorge que nunca sabe qué está pasando?

Si la respuesta es sí… Sigamos.

Postal de Kansas: En donde se narran los descubrimientos de nuestro héroe en las grandes llanuras

El día en que conocí a Kristin, ella estaba con otra estadounidense y en algún momento se pusieron a hablar de sus estados natales. La mujer (cuyo nombre he olvidado) habló del suyo (que también he olvidado) en términos muy elogiosos, mientras que Kristin se demoró describiendo Kansas, aclarando primero que la belleza de Kansas es sutil y debe buscarse; habló de cómo el sol incendiaba el trigo por las tardes, de cómo el viento soplaba sobre las altas pasturas, de cómo el cielo se extendía infinitamente en un espacio sin montañas que lo detuvieran. La otra mujer se rio y sentenció en tono levemente burlón: Spoken like a true Kansian. Entendí el chiste y Kristin se rio también. Y es que, en verdad, en un país que tiene bosques de secuoyas, cañones, ciudades dignas de leyendas ¿quién habla de la belleza de Kansas?

Toto, I think we are in Kansas now

Quizás la única razón por la que Kansas aparece en el mapa del pensamiento colectivo, es por El Mago de Oz. De hecho, cuando conocí a Rolf, el hermano de Kristin, me dijo: Seguro ya escuchaste un chiste del Mago de Oz, ¿no? Y lo más curioso es que, incluso en esa historia, Kansas no es el lugar de la magia, sino justamente el sitio común que sirve como contrapunto para la tierra fantástica a la que Dorothy, la niña de cabello y zapatos rojos, es arrastrada por un tornado.

Llegué al aeropuerto de Kansas City alrededor de las dos de la tarde. El aeropuerto fue lo primero que me sorprendió, pues es similar a la central camionera de León tanto en forma como en tamaño. Lo siguiente fue averiguar que Kansas City está (en su mayor parte) en el estado de Missouri y no el de Kansas, lo cual me pareció de un absurdo tremendo (quizás soy muy ignorante y debía saberlo, pero aun sabiéndolo deberíamos detenernos y cuestionarlo, es absurdo ¿no? es como si Guanajuato estuviera en Querétaro… En fin). Después de unos minutos ahí, a la distancia pude ver la inmensa cabellera pelirroja mejor conocida como Kristin, nos saludamos con un abrazo y emprendimos el viaje a su casa, a más de tres horas de distancia.

Nos detuvimos en un pueblo llamado Lawrence que parecía un set de filmación. Nos bajamos del auto y mientras caminábamos por las pulcrísimas aceras, de las pulcrísimas calles, donde pulcrísimos edificios de dos pisos se disponían en hilera con sus pulcrísimas fachadas aparentemente recién pintadas, le dije a Kristin que aquello no era real. ¿Dónde está la basura? ¿Dónde las manchitas en la banqueta, los chicles pisoteados, los papelitos, los charquitos de anticongelante o aceite, los baches, los topes asesinos? Le comenté que era idéntico a los pueblos en los que transcurrían las películas de Hallmark Channel (¿Alguna vez vieron esas películas? Terriblemente sosas, sumamente predecibles, pésimamente actuadas: siempre en pueblitos perfectos). Kristin me dijo que de hecho las oficinas centrales de Hallmark están en Lawrence.

Comimos una deliciosa hamburguesa y tomamos una deliciosa cerveza local y después Kristin me mostró Kansas University, la universidad donde hizo su doctorado. La universidad es inmensa y, sorprendentemente, no tiene muros que la separen de la ciudad y que eviten que los iletrados externos profanen el templo del saber (algo que aquí en México, con ciertas excepciones, sí solemos tener porque no vaya a ser que la gentuza pise el sacrosanto césped de nuestras universidades). KU tiene un enorme museo con una suntuosa arquitectura neoclásica (¿Qué tienen los gringos con lo neoclásico?), dos bibliotecas, un estadio y áreas verdes que se extienden en todas direcciones con altísimos árboles y cientos de ardillas que corren desordenadas, recolectando nueces, ajenas a los buenos modales que exige el espacio educativo que habitan.

Volvimos al auto ensopados en sudor, pues estábamos a más de 40 grados y con una humedad tal que casi podíamos nadar en el aire. Salimos del estacionamiento sin pagar porque no había nadie y yo pensé “Jesucristo redentor, una hora con un mexicano y Kristin ya actúa como chilanga”.

Las grandes llanuras

Es interesante cómo los ojos se acostumbran a las cosas. Los que vivimos en la ciudad tenemos la mirada tan hecha a la medida de la urbanización que, para nosotros, cualquier cosa que sea mayor a un par de ficus recortados en forma de honguito, ya es un área silvestre. Durante más de dos horas surcamos un espacio inmenso, sin interrupciones, donde la autopista era la única cicatriz de asfalto en una inmensidad de pastos y trigo.

Existe el rumor de que los esquimales tienen más de cuarenta nombres para la nieve. Es sólo un mito, pero sirve para ilustrar las variaciones de color y textura de la nieve que sólo pueden distinguir aquellos que habitan una región de blancos perpetuos. Los habitantes de Kansas bien podrían tener más de cuarenta nombres para la hierba y la pastura. Atravesando Flint Hills, Kristin me advirtió que estábamos entrando a la zona de vistas más emocionantes. Lo que había era, justamente, un océano de verde que se extendía hasta el horizonte y que, como el océano, tenía su propia marea: leves olas de pasto arañadas por el viento. Comencé a comprender: la belleza sutil. Es fácil admirar una secuoya, es fácil asombrarse con el abismo de un cañón o con la altura de un rascacielos. El pasto, sin embargo, es ordinario. Ah, pero en Kansas el pasto es el pelaje fresco de la tierra, y, si se le mira bien, es otro nombre de la maravilla.

Coronado Heights: O el infortunio de un conquistador

Me perdonarás que me adelante un poco, querido lector, pero lo hago con legítimos propósitos retóricos. En mi segundo día en Kansas, cerca del ocaso, fui con la familia de Kristin a una colina llamada Coronado Heights (Kansas es tan plano, que un montecito que apenas sobresale en el horizonte lleva la palabra “Alturas” como medalla en el nombre). El “Coronado” le viene del apellido de un conquistador español que viajó al territorio de Kansas, se dice que en busca de oro y al no hallarlo, se fue. No obstante, su breve paso por la zona le valió un reconocimiento del condado, pues mandaron construir una especie de fuerte en la cima del cerro (bastante gracioso, la verdad, un triunfo de la voluntad sobre la estética y el sentido histórico). Alrededor del fuerte, familias y amigos se reúnen a comer carne asada y ver la puesta del sol.

Kristin y yo subimos al fuerte justo cuando el sol se estaba ocultando. Y desde la azotea de aquel castillito “español” pude ver el mundo. En todas direcciones no había más que una planicie tan grande que juraría haber sentido la curvatura del planeta, y, hasta donde alcanzaba la vista, campos de trigo, justo en la temporada de cosecha, dorado, cobrizo y rojo. Y pensé, qué torpe o que desafortunado el tal Coronado, que llegó y se fue y no supo ver que estaba rodeado de oro.

Ya sé que la foto está chueca. Perdón. No me mires así.

Sobre la belleza, la felicidad y otras cosas que es mejor dejar tranquilas

Después de las horas de camino, llegamos al fin a nuestro destino. En medio de Estados Unidos, en medio de Kansas, en medio de la nada, está la casa de Kristin. En un terreno grande y, para variar, verde. Entramos, saludé a la familia y en cuanto me acomodé salimos a cenar a la terraza. El sol se había ido y el calor había cedido un poco, pero quedaba algo de luz que se fue lentamente.

Tomé una cerveza fría y comí. La noche llegó finalmente. Un par de días antes de comenzar el viaje, Kristin me había avisado que sus amigos ya habían llegado para recibirme. Se refería a los grillos, los sapos y las luciérnagas. Y sí, pronto, como salidos de un letargo en una dimensión oculta debajo de la casa, empezaron a saltar sapitos cerca de nosotros. En el fondo se escuchaban los grillos, como un mullido cojín de sonido entre la hierba. Y finalmente, cuando llegó la noche, las luciérnagas. “Moscas de fuego”, les llaman en inglés. Un nombre fantástico digno de ellas. En la noche, el pasto se ve azul, y sobre él, comenzaron a encenderse efímeros foquitos naranjas. Pensé de nuevo en la belleza, palabra tan amplia y tan esquiva. ¿Qué es belleza? Esa noche, y los días siguientes, fue claro: el sol que incendia el trigo por las tardes, el viento que sopla sobre las altas pasturas, el cielo que se extiende infinitamente en un espacio sin montañas que lo detengan y también la noche con sus sapitos, sus grillos y sus luciérnagas.

Esa noche fui feliz. Y aquí sería el momento apropiado para terminar con una reflexión profunda. Pero la felicidad no es eso. Así que, discúlpame, querido lector, si prefiero sentarme de cara a la noche y recordar esa felicidad y acompáñame.

Escenas en aeropuertos.Donde se cuentan los incidentes varios que nuestro héroe enfrentó en su trayectoria aérea

En el último año he estado en más aeropuertos que en los 23 años de mi vida anteriores, sumados y multiplicados por tres. En el lapso de once días, entre el 17 y el 28 de junio, estuve en el aeropuerto de Ciudad de México (2 veces), en el de Houston, en el de Kansas City (2 veces), en el de Detroit y en el La Guardia y el JFK de Nueva York.

En el cine, éstos suelen ser fragmentos que se obvian. A nadie le importa el vuelo y menos el aeropuerto, pero a mí siempre me han parecido espacios fascinantes. Son una sobrecarga sensorial: se escuchan cientos de voces sobrepuestas, cachitos de conversaciones y retazos de anécdotas, chismes, alegrías y desgracias personales que nos llegan de rebote para abandonarnos sin principio ni final. Se ven multitudes de rostros de todos los colores y fruncidos en todo el espectro posible de expresiones. Se escuchan rueditas de maletas, llamadas por los altavoces. Se ve el paso tan rápido de la gente que casi parecen borronearse, como aquel perrito futurista de Giacomo Balla. Uno es asaltado por el brillo de las pantallas, los anuncios de restaurantes, las luces… Y por debajo de todo, se siente palpitar el estrés colectivo, como una enorme bestia rumiante compuesta de miles de personitas tratando de alcanzar el vuelo, pagar documentación de maletas imprevistas, llenar formatitos, etc. Los aeropuertos son como laboratorios donde los dioses miran entretenidos a la gente volverse loca, y me encantan.

Escena 1: Sobre el incidente menor relacionado con Interjet y provocado por la indomable estupidez de nuestro héroe

Llegué al aeropuerto de la Ciudad de México alrededor de las 5:20 y mi avión salía a las 7. En mi mochila traía, muy a la mano, un fólder con mis reservas de vuelo impresas. Consulté rápidamente y vi al tope de la primera hoja en mi fólder: “Interjet”. Fui a formarme y había una fila nivel Feria de León en domingo. Duré más de cuarenta minutos en esa fila. Desde mucho antes de llegar al mostrador, yo ya tenía preparado mi formato de visita a Estados Unidos y miraba con superioridad y desdén a los que apenas lo estaban llenando desesperados enfrente de mí, recargados hasta en las espaldas de sus hijos. Cuando ya faltaba uno para mi turno, saqué mi reservación del vuelo y la repasé: Interjet, sí. Vuelo: Nueva York JFK – CDMX, Aeropuerto Benito Juárez. Estaba en la fila equivocada, pasadas las 6 de la mañana, a escasos cuarenta minutos de comenzar a abordar. Busqué entre mis reservaciones, el vuelo que me tocaba era de United Airlines. Creí que no alcanzaría a abordar y que consecuentemente perdería la amistad de Kristin, el respeto de amigos y familiares y hasta el amor propio, y acabaría viviendo, como el vagabundo de Amores perros, en la calle, con una jauría, determinado a vivir en el anonimato después de semejante error tan idiota.

Afortunadamente United Airlines estaba en la sección siguiente y no había absolutamente nadie en la fila. Llegué a tiempo. Abordé. La historia continuó.

Escenas 2, 3 y 4: Donde se trata la naturaleza amenazante del chilorio

Supongo que la mayoría de nosotros conocemos el chilorio, ese delicatesen norteño, harto grasoso. Antes de cerrar mis maletas, mi madre, como buena madre mexicana, decidió que sería una gran idea enviarle chilorio a Mariana, una amiga de toda la vida de la familia que me hospedaría en Brooklyn. Pensé que era una gran idea. Me equivoqué.

Quien me conoce sabe que soy extraordinariamente nervioso y que tengo una imaginación prodigiosa para los peores escenarios. Así que yo estaba preocupado porque me detuvieran en la aduana, que pensaran que mi visa era falsa, que alguien pusiera droga en mi maleta sin que yo lo viera y pasara 15 años en una cárcel gringa, que creyeran que estaba ocultando bolsas de cocaína en mis cavidades corporales y me hicieran un chequeo que violentara mi honor… Nunca imaginé que las únicas demoras que tendría provendrían de dos paquetes de Chilorio Chata, el original, con el sabor de mamá…

Al pasar por seguridad en el aeropuerto de México, detuvieron mi maleta. Los oficiales encargados de la revisión intercambiaron miradas en código. Me pidieron que abriera mi maleta. Pensé: «ya valió, alguien me metió droga entre mi ropa cuando fui al baño». La mujer frente a mí se pegó el radio sujetado en su chaleco a la boca, como hacen en los programas policiacos, y dijo: (Los nombres en estas dramatizaciones han sido alterados porque no me acuerdo de ellos) Chuy, tengo aquí dos paquetes de carne de puerco, tienen como salsa. ¿Podrías venir a checar si sí pasan? Péreme, eh, joven. Na’más checamos rápido. Yo estaba pensando en mi coartada: “Yo no sé nada de ese chilorio, su señoría, tírelo si quiere, tírelo, pero déjeme ir”. El tal Chuy llegó con rostro pétreo y, sin saludar ni mirar a nadie, hizo su trabajo: tomó los dos paquetes, los escaneó con los ojos, los pesó en las balanzas de su manos, los olfateó y sentenció: Híjole, no sé. Ps’ yo creo que sí pasan. ‘Tan cerrados. Y así me permitieron guardarlos de nuevo y subir al avión… pero la saga del chilorio no acabaría ahí.

Al llegar a Houston, en la fila para pasar por aduana, yo estaba tratando de imaginar las preguntas que me harían: “¿Quieres robarnos nuestro trabajo?” “¿Eres un bad hombre?” Pero al llegar, el oficial que me atendió era latino y me habló en español. Revisó mi pasaporte, no me preguntó nada y justo cuando estaba por dejarme ir, vio mi formato de entrada a EU y vio que había declarado traer carne. Me pidió que le mostrara la carne (sin albur) y saqué los paquetes de chilorio. Los miró extrañado. ¿Qué es eso? ¿Chorizo? Yo empecé a sudar como si me hubiera preguntado “¿Es nitroglicerina?”. Pues se parece al chorizo, pero no. Es carne de puerco con una salsa, no sé qué tenga (yo estaba tratando de descifrar la receta del chilorio como si eso fuese a ayudarme). Espera allá. En un momento vendrá alguien por ti. “Ya valió”, pensé. “Van a revisar mis cavidades”.

Me paré en medio de un pasillo y miraba estirando la cabeza al oficial, hasta que se hartó y me dijo: Sí, ahí estás bien. Ahorita vienen. Finalmente, una agente (¿se les dice agente?) vino y me llevó a una habitación enorme, casi vacía, donde sólo había dos oficiales y una anciana china en silla de ruedas con una enorme caja. El primer oficial se acercó a mí y tomó los paquetes de chilorio. Los miró detenidamente, como si quisiera adivinar su composición química. ¿Es chorizo? Preguntó también. Explico de nuevo. Joe, mira esto. ¿Sabes qué es? ¿Crees que pueda pasar? A estas alturas yo sólo quería tirar el chilorio y vivir en paz. Afortunadamente, el caso de la anciana china parecía más urgente. El oficial Joe estaba tratando de preguntarle algo en chino y lo repetía una y otra vez, y la anciana reía y me volteaba a ver, evidentemente diciendo: «No sé qué carajos cree que está hablando este wey, pero no es chino». Y su enorme caja misteriosa sumada a la imposibilidad de comunicarse eran más peligrosos que mis paquetes de chilorio. Pasé de nuevo, pero una vez más sabía que el chilorio no dejaría de causar problemas.

El siguiente vuelo fue tres días después, de Kansas City a Detroit. Kristin y yo estábamos pasando por seguridad y le advertí: Me van a detener. ¿Por qué?, preguntó ella. Chilorio, respondí como quien dice: «Trinitrotolueno». En efecto, sonó una alarmita y sacaron mi maleta. Me pidieron abrirla y sacaron el chilorio. ¿Qué es esto?, preguntó el oficial. Chorizo, respondí. Otro oficial se puso guantes y agarró unos papelitos que pasó por encima de los paquetes de chilorio una y otra vez, luego depositó esos papelitos en un artilugio tecnológico que supongo que le indicaba si «chilorio» no era español para «ántrax», o «uranio activo», o «arma de destrucción masiva». Nos dejaron pasar y, afortunadamente, el chilorio al fin dejó de causar problemas.

Nota: Quiero aclarar que, a pesar de que toda la odisea del chilorio es cierta, todo mundo, y quiero decir todo mundo, no sólo en los aeropuertos, fue muy amable conmigo. También comento que pensé que no volvería a comer chilorio en mucho tiempo. Adivinen qué comí el primer día en México de nuevo. Hay que decir, por último, que, para un país donde triunfa un lugar como Taco Bell, que vende Doritos Tacos Locos y Quesarito, el chilorio les asusta demasiado.

Intermedio con papas fritas

Sé que esto se está haciendo largo, como los vuelos. Así que te cuento, querido lector, que al llegar a Houston y, como cuando a Roma fueres, haz lo que vieres, lo primero que hice fue comprarme una hamburguesa y una malteada de vainilla. Estaban buenísimas. Descansemos, pues, porque nos queda una última parada.

Escena final: Donde se cuenta otro incidente con Interjet, éste relacionado con la infinita ineptitud de ellos y no la de nuestro héroe

Tomé un camión desde el centro de Manhattan al aeropuerto JFK. Llegué a las 14:40 y mi avión salía 16:40. Era la terminal 1 y el camión seguiría a todas las terminales. Revisé mi reservación y no decía la terminal. Le pregunté al chófer, quien me dijo: Interjet here. Entré al aeropuerto y comencé a buscar Interjet. No lo encontré. Le pregunté a una trabajadora del aeropuerto y me dijo que Interjet no estaba ahí y no sabía dónde estaba. Me pude conectar al wifi del aeropuerto y me llegó un recordatorio de mi vuelo donde sí venía la terminal: era la 7. Le pregunté a otro trabajador y me dijo que tenía que tomar el tren aéreo. Fue rápido, pero ya eran pasadas las 3.

Llegué a Interjet y me relajé al ver que la fila era minúscula. Había un grupo como de cinco judíos ortodoxos jóvenes guiados por una mujer. El resto éramos paisas regresando a México o yendo a visitar a la familia, pero no seríamos más de 12 personas. Llegué pronto al mostrador y, al pesar mis maletas, me dijeron que debía documentar una (todo por esa maldita costumbre de comprar montones de libros). Para eso tenía que pasar a pagar a la fila de al lado. En esa fila había sólo tres personas delante de mí. Había cuatro personas atendiendo en el mostrador. A un lado estaba Polish Airlines, que cuando llegué tenía al menos 50 personas en fila. Todas, absolutamente todas se fueron antes de que yo llegara al mostrador. Interjet estaba haciendo gala del máximo nivel de ineptitud que he visto en mi vida. Dos computadoras, cuatro empleadas, una hora para atender a un pequeño puñado de personas. Los mexicanos en la fila, acostumbrados a que todo salga mal, estábamos relativamente tranquilos; los estadounidenses, y espérense, los judíos ortodoxos, estaban a punto de sufrir un aneurisma. Caminaban en círculos, orbitando a la mujer que los guiaba, evidentemente perdidos: ortodoxos que de pronto se enfrentaban al indomable caos mexicano.

Llegó la hora programada para abordar y tuvieron que pasarnos. Corrimos a la fila para seguridad que era nivel concierto de los Tigres del Norte. No llegaríamos. Pero entonces una empleada de Interjet vino corriendo y nos pasó al frente. En este punto el chilorio ya había sido entregado, así que no hubo demoras. La empleada nos dio instrucciones precisas para llegar a la sala de abordar y casi casi termina diciendo: «Que Dios los acompañe». Llegamos y el vuelo estaba retrasado.

En la fila me había hecho amigo de una pareja (nada como los problemas compartidos para hacer nacer una amistad). Arturo, un mexicano viviendo en NY desde hacía años, y su novia Holly, de Texas. Iban a México para que Holly conociera a la familia de Arturo. La madre de Arturo, “Ana la Mexicana” (así se presentó), ya estaba esperando en el bar. Llevaba 10 minutos ahí y ya era amiga del bartender (y en el avión se hizo amiga de al menos 10 pasajeros y de las azafatas). Nos tomamos unas cervezas mientras esperábamos. Me contaron que pasarían una semana en México, irían también a Teotihuacan y estaban interesados en escuchar mis recomendaciones. Incluso me preguntaron si estaría en la Ciudad de México para vernos. Al final, Arturo invitó mi cerveza sin que yo me diera cuenta.

Al llegar a México, no sé por qué, el avión se detuvo durante una hora sin acercarse al edificio para que bajáramos. Sin explicaciones de por medio, de pronto llegaron dos camioncitos que nos llevaron a la terminal. Le conté a Kristin estos incidentes y me dijo que, al comprar el boleto, le pareció tan barato que dudó que fuera una aerolínea de verdad, y que por lo que le contaba, parecía que era en parte cierto, no era una aerolínea seria. Me preguntó si mi maleta había llegado bien, porque no le sorprendería que no. Respondí que sí, y le dije que, como muchos servicios mexicanos sospechosamente baratos, muchas cosas salieron mal, pero acertaron en justo lo necesario para que funcionara.

Siempre he querido escribir una historia construida sólo con los pedacitos de conversación que vuelan como aves alborotadas en los aeropuertos, las estaciones de tren, de autobuses: los espacios de tránsito. Pegar un collage que tenga sentido. No he sabido hacerlo aún. Por ahora sólo puedo dejarles ésta, mi historia, una de tantas en los aeropuertos.

El origen de un viaje: Armando el rompecabezas

El jueves a las seis de la mañana volví a casa de un viaje por Estados Unidos. Conocí el centro de Kansas, la ciudad de Detroit y tuve un breve vistazo (de consecuencias eternas) de la ciudad de Nueva York. Un viaje que, hace dos meses, yo no esperaba. Un viaje ecléctico también, en el que pasé en pocos días del trigo dorado y rojizo de las llanuras, a las casas y fábricas derruidas de una urbe que enfrenta una crisis postindustrial, y a la geometría desbordada, mítica e inasible de la ciudad por antonomasia.

Habrá que contextualizar, pero será difícil. El primer gran reto en toda historia es saber por dónde empezar. Intentemos un rompecabezas. Las piezas más importantes son: U2. El Libro Salvaje. Los idiomas español e inglés. Una profesora de literatura. Conferencias. La ciudad de San Miguel de Allende. Armemos:

El primer disco propio que tuve fue All that you can’t leave behind de U2. Me lo regaló mi papá una navidad. Escuché ese disco hasta el cansancio y, junto con una antología de The Beatles, se convirtió en el mejor método de aprendizaje de inglés que he tenido en mi vida. Una canción del álbum que no fue lanzada como single, pero que era de mis preferidas, era New York. Luego escuché el resto de su discografía y The Joshua Tree se convirtió en mi biblia musical. Curiosamente se necesitaron cuatro tipos de Dublín para que me interesara por Estados Unidos. Hablaban de un Estados Unidos mítico, romantizado y sin embargo también duro, problemático, trágico en su belleza. Hasta la fecha sigue siendo mi grupo favorito.

El Libro Salvaje es una novela para jóvenes de Juan Villoro, en donde los libros tienen vida propia, se mueven, se esconden, se aparecen y eligen a sus lectores. Entre los millares de libros hay uno particularmente elusivo, uno que nunca ha sido leído. Los personajes lo buscan, sin sospechar que es él quien debe elegir buscarlos.

Comencé a leer a Juan Villoro porque iba a ir a una conferencia suya en San Miguel de Allende. Era la segunda vez que asistía a las conferencias para escritores de San Miguel de Allende (conferencias extrañas organizadas por y para gringos, que no por eso dejan de ser muy interesantes). No había leído ni siquiera la columna de Villoro, así que días antes de ir a San Miguel, compré La casa pierde (libro de cuentos) y Arrecife (novela). Devoré La casa pierde en un par de días y Arrecife lo leí en un solo día, sentado en un parque en San Miguel. Llegué a la conferencia sintiéndome un fanático certificado de Juan Villoro, salí de ella sintiéndome un groupie. A partir de ese día leí casi todo lo que ha publicado, pero curiosamente uno de los últimos libros suyos que leí fue El Libro Salvaje.

La primera vez que asistí a esas conferencias en San Miguel de Allende fue en 2012. Entonces estaba obsesionado con la idea reiterada en la obra de Julio Cortázar de estar abierto al azar, a la porosidad de la realidad por donde se filtraba lo fantástico. De manera que caminaba por la ciudad dejándome llevar por símbolos, señas, curiosidades. También iba entablando conversaciones con quien fuera y donde fuera. Así fue que, esperando en fila para entrar a una de las conferencias magistrales, de pronto escuché que alguien me hablaba. Era una mujer muy blanca y de cabello muy largo y rojo. Me preguntó cuáles eran mis novelas latinoamericanas preferidas y comenzó a anotar lo que le decía. La pregunta me emocionó y terminamos platicando por horas. En los tres días que estuve en San Miguel, pasé mucho tiempo con ella. Ella no sabía español y tampoco le apetecía estar rodeada permanentemente de ese pseudoméxico en inglés que los organizadores de la conferencia habían confeccionado para los visitantes. En algún momento se lamentó de no haber aprendido nunca español. Le dije que eso era absurdo. Siempre se puede aprender un idioma. Su nombre es Kristin Van Tassel. Me dijo que era profesora de literatura en una pequeña universidad al centro de Kansas.

La amistad perduró. Una amistad muy desbalanceada, donde la generosidad de ella ha sido como el sol y la mía como un grano de arena. Ella comenzó a estudiar español. Después de recibir como 20 libros de su parte, decidí que debía ser recíproco. Quería regalarle una novela, algo simple pero también retador para que practicara su español. Así, una navidad, si mal no recuerdo, El Libro Salvaje la encontró en su puerta.

Más o menos a estas alturas del año pasado, Kristin me dijo que creía encontrar una posibilidad para que yo tradujera El Libro Salvaje al inglés. Una asociación llamada ASLE, dedicada a encontrar ligas entre la literatura y los estudios ambientales estaba dando una beca sustanciosa para la traducción de obras con temas ambientales de otros idiomas al inglés. Sinceramente no entendía qué diablos tenía que ver El Libro Salvaje con el medio ambiente, pero me emocionaba poder traducirlo. Lo primero que necesitaba era la aprobación de Villoro. Le escribí y me contestó muy amable, diciendo que la novela ya estaba siendo traducida. Pero Kristin no se desanimó. Pensó que entonces ella podría escribir una ponencia sobre el libro y enviarla como propuesta para participar en las conferencias bianuales de ASLE y me necesitaba a mí para traducir partes del libro. La idea fue aceptada para presentarse en un panel. Kristin me puso como coautor a pesar de que mi labor fue mínima y no merecía ese lugar.

De pronto estaba invitado a ir a Detroit, pero había un pequeño problema: no tenía visa. Con el flamante nuevo presidente de Estados Unidos, creí que no sería posible obtenerla. Fui a México sin muchas esperanzas y, asustado por los rumores, me puse a borrar todos los memes socialistas y anti-Trump de mi celular, sólo para averiguar que tenía que entrar sin celular a la entrevista (perdí memes valiosísimos que no he vuelto a encontrar). Estaba armado con cincuenta mil papeles que probaban que no me quería quedar a trabajar en Estados Unidos, que soy un ciudadano honesto y trabajador, que soy hijo de Dios, que rescato perritos y que amo a mi santa tierra. Sólo me pidieron mi pasaporte y me aceptaron. Al salir le avisé a Kristin y me dijo que, no me había querido hacer la oferta antes, pero que ahora que tenía visa, quería preguntarme si me gustaría conocer su casa en Gypsum, Kansas antes de ir a Detroit, y si luego me gustaría ir un par de días a Nueva York, a donde ella iría con su hermano. No hace falta aclarar cuál fue mi respuesta.

El viaje duró once días. Tres en Kansas. Cinco en Detroit. Tres en Nueva York.

Contar historias es, precisamente, como armar un rompecabezas. A veces el escritor mismo no sabe cuál es la imagen que le espera al terminar. Descubro, recién ahora, que ésta es una historia de regalos.

En uno de los paneles, profesores e investigadores experimentados hablaron junto con sus “protegidos” de lo que significa ser un mentor. Uno de los jóvenes habló de su mentora como una dadora de obsequios. Diciendo que cada vez que hablaba con ella sentía que había recibido algo, algo que no era parte de una transacción, sino un regalo genuino, desinteresado Mi papá me regaló mi primer disco de U2. Yo le regalé a Kristin El libro salvaje. Ella me regaló la posibilidad de este viaje.

La razón por la que Kristin iría a Nueva York y por ende la razón por la que yo podría ir a Nueva York, era un concierto al que iría con su hermano. El concierto de su banda favorita, una banda que ella había conocido porque su hermano le había regalado un casete en 1987, un casete de un álbum que se haría legendario y que este 2017 tiene su 30 aniversario: The Joshua Tree, de U2.