Crónica de una muerte jamás anunciada

Lo encontré una mañana colgando de un roble. Nadie preguntará por él. Todos seguirán adelante sin cambios, quizás ahora se sientan una leve pérdida de algo que no saben nombrar… algo como una compañía, algo como una emoción, algo como una parte de su historia, pero se callarán y creerán que es sólo que están envejeciendo. Desamarré la soga y sin poderlo detener, su cuerpo se estrelló brutalmente con la hierba. Pesaba muchísimo, pero es comprensible con todo lo que el pobre cargaba. Traté de aliviar su cuello y cavé una tumba muy rudimentaria para él. Al menos eso merece. Antes de partir tomé un pedazo de corteza y lo incrusté en la tierra húmeda. Grabé en él un breve epitafio y me marché, esperando que alguien al pasar por ahí fuera amable y lo leyera: “Murió por no tener una historia propia. Aquí yace el narrador Omnisciente.”

La Candelaria

Por fin, después de haberse pasado cuatro horas y media buscando como loca en todas las esquinas de los Oxxos, Extras, Baras y demás tienditas y changarros de la ciudad, alguna vaporera todavía cargada; Rosalba estaba plácidamente sentada con su platito fiestero y su tamal lista para saborearlo con ganas estuviera bueno o malo, porque ¡ah, cómo le había costado encontrar esos canijos! Dio la mordida con harto placer y algo truncó el camino incisivo de sus dientes. Incrédula y encabronada se sacó el pedacillo de plástico blanco de la boca y estrelló el méndigo tamal traicionero en el suelo. Mientras salía de la reunión se prometió el año próximo hacer una manda para que la virgencita le dejara de mandar a su niñito, quien francamente ya la tenía hasta la madre.