NAIM: La región menos transparente

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El caso del NAIM es un punto donde confluyen muchas de las principales aristas de la realidad mexicana y quizás de la realidad del mundo.

  1. La consulta: ¿democracia o demagogia?

Aquí reside la parte más caliente de la polémica. No sé si estoy en lo correcto – no he consultado absolutamente todas las fuentes –, pero creo que he visto una mayor parte de la prensa inclinarse por la condena de la consulta.

Analicemos el caso en un contexto mayor al de la coyuntura actual para tratar de entenderlo mejor y así poder juzgarlo.

En el contexto internacional hay tres ejemplos cercanos en el tiempo en donde el destino de aeropuertos se ha decidido por consulta popular. En Alemania el Berlín-Tegel, en Francia el Notre-Dame-des-Landes, en Estados Unidos el de Kansas City. En los tres casos las consultas resultaron en alteraciones a los planes originales, en dos de tres incluso en la reversa total de los proyectos. En el caso estadounidense,se dictaminó que el costo de la obra fuese cubierto exclusivamente por impuestos pagados por las empresas privadas que se verían beneficiadas por la terminal aérea. En el caso alemán, el aeropuerto que estaba programado para ser demolido fue conservado. En Francia, el caso más similar al del NAIM, el voto en la consulta estuvo muy dividido. Ganó la construcción del aeropuerto con un 55% de los votos, no obstante, al estudiar la distribución demográfica, fue claro que la gran mayoría de los votos a favor venían de las urbes – mucho más densamente pobladas – mientras que la gran mayoría de los votos en contra venían de la región agrícola afectada directa o indirectamente por el proyecto. Este hecho y la división social que generaba el debate hizo que se cancelara definitivamente el aeropuerto Notre-Dame-des-Landes.

No cito estos ejemplos como casos de éxito para defender la consulta del fin de semana pasado. Su «éxito» no viene sin matices. En Francia, Vinci y el estado francés siguen en negociaciones en el proceso de cancelación del proyecto y se prevé que dichas negociaciones duren al menos un año más. En Alemania la situación del Berlín-Tegel sigue siendo incierta pues la consulta era no vinculante. Se ha seguido invirtiendo en mejorarlo, pero hay quien dice que su destino está sellado y deberá cerrarse en los próximos años.

Cito dichos ejemplos para ilustrar que el caso mexicano no es inédito.

Ahora, una de las principales críticas al hacer una consulta reside en la capacidad del mexicano de a pie (es decir, yo, tú, nosotros) de tomar una decisión en un tema que se ubica en la intersección de temas sociales, económicos y políticos, cada uno de ellos ya de por sí complejo. ¿De verdad es responsable poner esta decisión en nuestras manos cuando cotidianamente compartimos noticias falsas, leemos sólo encabezados, y obtenemos nuestra información de talk shows? Juan Villoro lo resumió bien al decir:

“Una obra de esa envergadura tiene que ser evaluada por las comunidades afectadas y expertos en impacto ambiental, mecánica de suelos y aeronáutica. Abrir una consulta sobre lo que la mayoría sólo puede juzgar por feeling (nombre sentimental de la ideología) es un gesto demagógico sujeto a manipulaciones”.

Pero a esto quisiera comentar: sí se ha evaluado. Las comunidades afectadas han luchado por años para evitar que se aprobara en primera instancia y luego que se continuara el proyecto. Por otra parte casi todos los expertos en materia ambiental se han pronunciado en contra del proyecto. Y a pesar de la rotunda oposición de los pueblos de la zona y de la comunidad científica, el proyecto seguía adelante con la autorización de las organizaciones gubernamentales pertinentes. Y es que, claro, cuando hay miles de millones de dólares en juego, lo de menos es conseguir expertos y organizaciones que den el visto bueno.

En breve: ¿qué hacer cuando la oposición tiene razones de peso científico y social, pero no se traducen en nada? ¿Por qué no consultar?

Es aquí donde creo que las cosas se empiezan a poner complicadas y donde, considero, López Obrador y su equipo han hecho una jugada muy engañosa.

La cuestión es: una de las promesas de campaña de López Obrador era la cancelación del NAIM. Sin embargo, una vez que ganó, poseído por un repentino ánimo conciliador, anunció que haría una consulta ciudadana. ¿Por qué?

Podríamos analizar esto en contraposición con el caso francés. Macron había prometido lo opuesto a López Obrador, en su caso la promesa era llevar a cabo el proyecto. No obstante, la agitación social y la resistencia campesina lo orillaron a la consulta. Podríamos pensar en el NAIM como el reflejo enrevesado. AMLO promete cancelar, pero un enorme descontento social lo empuja a una consulta. ¿No?

Pues no parece ser así, a decir verdad. La consulta del NAIM delata un deseo de diferir la responsabilidad, de huir de las consecuencias y disfrazarlo todo de impulso democrático. Era una decisión difícil y controvertida desde un inicio. Poderosos grupos empresariales y una parte nada despreciable de la población seguramente habría tachado la cancelación del NAIM como un error garrafal, un retroceso, un acto autoritario, y el gobierno naciente habría tenido que saber vivir con esa oposición, con ese peso. La consulta fue una forma de distribuir el peso entre todos los hombros. Paradójicamente, los mismos empresarios y la misma porción de la sociedad de cualquier manera han tildado todo de error, de retroceso, de acto autoritario.

Luis Álvarez Icaza lo ha dicho mejor: “Cargarnos a los ciudadanos, a través de una consulta, una decisión que debe ser gubernamental no es una salida aceptable. Los nuevos gobiernos en sociedades democráticas con alternancia en el poder siempre tendrán que enfrentar el reto de qué hacer con decisiones que trascienden en el tiempo. No los elegimos para evadir esta responsabilidad”.

Se añade otra pregunta: El periodo de López Obrador todavía ni empieza. ¿Por qué hacer la consulta ahora y no una vez entrado al poder? Bueno, ése es otro tema. En pocas palabras: en 2014 se hizo una reforma que permitía las consultas ciudadanas, aunque al mismo tiempo se le pusieron candados legales a esa reforma que, en la práctica, efectivamente la inutilizaban. Es decir: se “otorgaron” derechos políticos con las condiciones de que no pudieran ejercerse. Para poder hacer una consulta en forma, el gobierno entrante tendría que haber modificado las barreras constitucionales para las consultas, lo cual podría ser interpretado problemáticamente: “El gobierno altera la constitución a voluntad”. Por otro lado, aún haciendo esto, se estima que una consulta habría sido posible hasta el año 2019, cuando el proyecto del aeropuerto habría estado aún más avanzado. Es por todo esto que el equipo de López Obrador decidió hacer una consulta informal. No es ilegal, ojo. La llevó a cabo una ONG con el apoyo del próximo gobierno. La planeación e implementación de dicha consulta, sin embargo, fue accidentada y deficiente por decir lo menos, con muchas áreas huérfanas de posibilidad de votos, votos repetidos, etc. Se estima que poco más del 1% de la población votó y una abrumadora mayoría fue de la capital. Entonces, ¿para qué una consulta informal, no vinculante, si ni siquiera es representativa?

Foto: Karen Castillo, Sin Embargo

Las consultas populares son procesos complejos y arriesgados en los que se puede ganar mucho, democráticamente, o también perder mucho. Siento que López Obrador tomó aquí una decisión preocupante no por el resultado inmediato (la cancelación del aeropuerto) sino por sus implicaciones políticas: ¿cuántas promesas serán mejor pasadas a consultas? ¿qué responsabilidad sí está dispuesto a cargar? Sumemos otro problema: el discurso y modus operandi de Morena ha sido contradictorio por decir lo menos. Por un lado promete ser un gobierno progresivo y de izquierda, y sin embargo a la primera oportunidad dio la Comisión de Cultura al PES. Debido a la reacción de la sociedad civil, reculó y se la dio a Sergio Mayer. Promete acabar con la corrupción, pero además de tener miembros de procedencia dudosa, se alió con el Partido Verde. Prometió ir retirando a los militares de las calles, no obstante el último adelanto de su estrategia de seguridad implicaría un aumento significativo de fuerzas armadas. La consulta me parece preocupante porque se siente como un adelanto de un porvenir errático. Una cuarta transformación que ciertamente no es lo mismo de siempre, pero que no sabe lo que quiere ser. Una cuarta transformación que puede devenir en una continua vacilación.

López Obrador es el candidato en la historia reciente del país más preocupado por el peso histórico de su mandato. Asegura que quiere ser recordado como un buen presidente. Pero si ha escrito libros de historia, debe saber bien que los grandes presidentes son recordados por tomar decisiones difíciles, no por aventar la bolita.

Los siguientes puntos son, creo, filosóficamente más significativos.

2. La interminable pugna entre el progreso y la naturaleza

Esto es una pugna que depende enteramente en qué consideramos progreso. La idea dominante, por supuesto, es una idea de progreso económico. Ésta es una lucha en la que siempre se conoce al perdedor de antemano. En todo el mundo, los impactos ambientales suelen estar muy abajo en las prioridades cuando se trata de desarrollar infraestructura. La naturaleza es siempre un obstáculo, por ende, dominarla es un triunfo del ser humano.

Que ésta sigue siendo la visión reinante, incluso entre buena parte de los jóvenes que supuestamente somos más eco-friendly, es evidente tan sólo entrando a su red social de preferencia. De otra manera no se explica que entre personas que están a favor de no usar popotes desechables, bolsas de plástico, unicel, etc.; personas que apoyan organizaciones y campañas a favor de los derechos animales y/ o de la preservación del medio ambiente, etc.; e incluso personas que son vegetarianas o veganas porque están en contra de toda forma de maltrato o explotación animal, pueda haber varios y varias que apoyaban el proyecto del aeropuerto en Texcoco, a pesar de que significaría la perdición de un ecosistema de vital importancia para 250 especies de aves, 19 de ellas en peligro de extinción; aunada a los daños colaterales de la construcción en sí, que incluyen el depósito de más de 4 millones de metros cúbicos de lodos tóxicos en minas de cuatro poblados, uno de ellos perteneciente a una región protegida. El progreso es así de importante: el fin justifica los medios, incluso los medios que no consideraríamos justificables en otras circunstancias.

El colofón: hace apenas unas semanas, la ONU reveló que de no cambiar nuestro rumbo, en 12 años alcanzaremos el punto de no retorno, la subida de temperatura llegará a 1.5 grados Celsius, lo que se traducirá en una catástrofe ambiental global. Surgieron un montón de artículos de “¿Qué puedes hacer para evitar…?”. El NAIM era un proyecto que, de acuerdo con José Luis Luege, ex director de CONAGUA y SEMARNAT (durante el sexenio de Calderón, ¿eh? Así que no es un pejezombie, izquierdista, chavista, demoniaco): “cambiar la vocación del lago artificial Nabor Carrillo significa la destrucción del hábitat para muchas especies de aves migratorias, acabar con un microclima benéfico en la zona oriente y la consecuente elevación de la temperatura promedio.” Pero igual esas cosas no importan tanto, supongo. Lo importante es dejar los popotes y lograr que toda nuestra basurita quepa en un frasco, eso sí ayudará.

Foto: Cuartoscuro

3. La interminable pugna entre el progreso y la pobreza

Éste es un tema más espinoso, en gran medida porque es más fácil decirnos que vale la pena explotar a la naturaleza en aras del futuro humano, que decirnos que es justificable usurpar otros futuros humanos en aras del futuro de una porción de la sociedad.

El Frente de Pueblos en Defensa de la Tierra lleva 17 años en pie en contra de este proyecto que amenaza su forma de vida. En todos estos pueblos la producción agrícola, tanto para comercio como de autoconsumo, es esencial para su supervivencia, tanto supervivencia en sentido estricto como supervivencia comunitaria y cultural. El NAIM no era sólo un aeropuerto, era también un epicentro para la formación de un área urbana y comercial de 500 mil metros cuadrados, incluyendo un segundo paseo – al estilo del Paseo de la Reforma – de 12 kilómetros (véase Enrique Pineda). Es claro que la coexistencia de este proyecto con la vida agraria de los pueblos locales era incompatible.

Ahora, es importante recalcar que no es que las personas a favor del aeropuerto estén en contra de los pobres. Al contrario. Creo honestamente que la mayoría de las personas a favor del NAIM creen que el proyecto del aeropuerto ayudaría a toda la población mexicana. El mito en juego es el de que, entre más desarrollo económico, menos pobreza. Es decir, el discurso es: el aeropuerto y la zona comercial circundante tendrían un enorme impacto económico positivo tanto para las comunidades locales como para la Ciudad de México y el Estado de México y el país entero en su conjunto. Generaría miles de empleos tanto en construcción, en primera instancia, como en servicios, ya de manera permanente; además de que incentivaría el turismo y el comercio internacional.

Ambas contenciones son ciertas, sin embargo, su resultado último es falso, en otras palabras, sí, se crean empleos y se incentiva el turismo y el comercio, pero no, no se disminuye la pobreza. A pesar de los muchos proyectos de infraestructura en el país, entre 2008 y 2018, el número de personas en situación de pobreza aumentó en 3.9 millones. Datos que son aún más inquietantes: Nuevo León y Guanajuato, dos entidades con tazas de desempleo y de pobreza relativamente bajas, son los dos estados con el índice Gini más alto del país, es decir, el índice con la brecha más grande entre ricos y pobres (véase la pestaña 17, celdas L18 y L26 del archivo de Excel ‘Prueba de hipótesis’ en el siguiente link de CONEVAL). Ambos estados, además, con mucha inversión en infraestructura.

Foto: RobertH

Lo que parece no ser tomado en cuenta para sostener el mito es que, aunque se generen empleos y el turismo aumente, los beneficios de ambos elementos van a parar, en mayor medida, en manos de unos pocos. La infraestructura y la inversión extranjera no son la panacea. No sirven más allá de crear empleos mal remunerados si no van acompañadas de reformas arancelarias y medidas para mejorar estructuralmente las condiciones de trabajo. Pero el mito se ve reforzado por un segundo mito: Tener infraestructura de primer mundo nos hace dejar de ser tercer mundo. En un país donde el 70% de los mexicanos nunca han volado, donde casi 44% de su población es pobre, los mexicanos que sí accedemos a los aeropuertos consideramos que un aeropuerto de primer nivel es absolutamente necesario, mientras que otros temas sociales como la preservación de los recursos naturales y de los modos de vida de poblaciones agrícolas e indígenas, son secundarios.

4. La eterna pugna entre el progreso y los derechos humanos

Otro de esos molestos diques para el flujo del desarrollo son los derechos humanos. Al menos ése es el discurso que, ya sea de manera maquillada o descarada, se maneja en torno a todos los proyectos que consideran permisible y justificable la destrucción de la forma de vida de todas las comunidades que se ponen en su camino. La muestra está en que México es el tercer lugar en América Latina en asesinatos de defensores de la tierra y el medio ambiente. En 2016 hubo tres asesinatos, en 2017 se registraron 17 homicidios y en lo que va del 2018, 17 personas han perdido la vida, Julián Carrillo, defensor de tierras rarámuri, siendo el más reciente, asesinado el 24 de octubre. Su hijo, sus dos sobrinos y su yerno le precedieron en la trágica caravana fúnebre que significa defender derechos contra la maquinaria del progreso.

Si bien la consulta fue muy deficiente y sus motivaciones políticas son sospechosas, la decisión de cancelar el proyecto es una forma de justicia para los pueblos a la orilla del lago de Texcoco: Texcoco, Atenco, Nexquipayac, Acuexcomac, Tocuila, Tepetlaoxtoc, Tezoyuca, Atlazalpa, Chiconautla, Tlalmanalco, Tlapacoya, San Juan de las Pirámides,Tecuautitlan, Ixtapaluca, Ixtlahuaca, Chipiltepec, Acolman; quienes han mantenido su frente de defensa de sus tierras durante 17 años. Sobre todo una forma de justicia (una forma insuficiente, tardía, precaria) para las víctimas de la represión de San Salvador Atenco entre el 3 y el 4 de mayo de 2006, ordenada por Peña Nieto, donde dos personas fueron asesinadas, 146 personas fueron detenidas arbitrariamente y 26 mujeres fueron sometidas a distintos tipos de vejaciones sexuales.

¿Qué beneficios otorga el aeropuerto a estas personas? ¿Qué beneficios traería a México (en su conjunto, no a unos pocos) que justifiquen el pisoteo de los derechos humanos? Si el fin justifica los medios, ¿por qué? ¿cuál es el fin, cuáles los medios, cómo se evalúan, qué valor se les asigna?

5. Y ahora que es Santa Lucía, ¿qué?

Por último, el hecho de que el aeropuerto se cancele no es el final de la historia. La mayoría de los especialistas en materia ambiental coinciden en que la zona del lago de Texcoco se puede recuperar ahora que el aeropuerto se ha cancelado, pero también coinciden en que dicho proceso no será fácil, será costoso y puede que no sea total (véase Darinka Rodríguez). Hay amenazas, también, pues, aunque el proyecto se cancele, el crecimiento irregular de la mancha urbana puede continuar su curso, lo que podría ser incluso más dañino que un aeropuerto que al menos debe obedecer ciertas regulaciones.

Habrá que hacer evaluaciones, estudios extensivos de la zona, cosa que no se ha hecho desde que comenzó la construcción en 2015. Sobre todo, se deberán tomar las medidas legales para que el sitio se convierta en una zona natural protegida.

Si bien una auténtica incidencia de la sociedad civil fue cooptada por una consulta deficiente, de aquí en adelante deberemos ejercer presión para asegurarnos de que, si el proyecto se detuvo, haya sido por algo que valga la pena.

Por último, es cierto que hay que prestar atención a los aspectos económicos a mayor escala. Ciertamente, en términos de mercado y tráfico aéreo, México está muy necesitado de un aeropuerto nuevo desde hace más de 20 años. Y aunque algunos analistas aseguran que la alternativa de Santa Lucía es viable, su vida útil, al menos en su versión actual, sería de unos 20 años mientras que la del NAIM sería de 80.

La sociedad es un organismo complejo en el que intereses, poderes, discursos y modus vivendi chocan y confluyen. La decisión de qué derechos deben primar nunca es sencilla. No obstante, ésta es una oportunidad para cuestionar la forma en que estas pugnas suelen darse en nuestro país, donde los enormes proyectos suelen ganar a costa del medio ambiente y de tejidos sociales. En México el “progreso” siempre se impone. Quizás en esta ocasión en que ha perdido, valdría la pena detenernos y pensar.

Vuelta al origen: Manifiesto desordenado con Bolaño en el corazón

Hay dos tipos de personas en el mundo: están los que detectan un cabello en su plato de sopa y de inmediato se lamentan, se llenan de pesar, se acercan al borde del llanto y toman ese filamento que irrumpe en la tersa superficie del líquido como una clara metáfora de la fractura en su vida; se convencen de que no es casualidad, de que ese cabello es una prueba irrefutable más de que un dios malévolo que los aborrece ha ocasionado el repentino desprendimiento de ese folículo del cuero cabelludo del cocinero. Luego están los que no tienen ni siquiera un perro que les ladre y que aun así se alegran de encontrarse un tostón pensando en que aquello es señal de que todo mejorará, de que ahora sí les sonreirá la suerte (normalmente estas personas, acto seguido, sufren algún accidente por haberse distraído para recoger el tostón y luego, con la pierna o el brazo rotos, piensan que es una gran fortuna haberse lesionado tan cerca de la parada de camión que los llevará al hospital). Los primeros abundan en inquisiciones como: “¿Por qué a mí?” y todas sus posibles reformulaciones. Los segundos son afectos a frases hechas de la índole de: “No hay mal que por bien no venga” o “Al menos tenemos salud”. Entre estos dos polos nos ubicamos todos. La mayoría conocemos ambos lados; algunos, los más bipolares (valga aquí especialmente la palabra) deambulamos en la frontera, nos tambaleamos entre un lado y el otro y a todos nos ocurre que, a veces, al palparnos el pecho, nos encontramos con que el corazón no está en su sitio. A veces ha trepado a la cabeza instaurando su errático dominio, a veces se ha desplomado como bola de pinball y ha acabado en alguno de nuestros pies, y notamos como resbala pesado de un lado a otro mientras caminamos. Estos últimos meses el mío se ha alojado justamente en mis zapatos.

Las razones sentimentales para la pesadumbre son difíciles de hallar. Esto no es extraño, la mera unión de las palabras: “razón” y “sentimentales” es un oxímoron. A veces uno tiene motivos de peso para estar triste. A veces no, pero eso da lo mismo. Uno puede inventarse su penumbra, su soledad, su desasosiego. El problema de las emociones es que las inventadas se sienten iguales que las verdaderas. Uno de los artistas que mejor y más obsesivamente ha retratado esa neurosis es Woody Allen, quien ha dedicado toda su filmografía a personas que, sin la posibilidad de acceder a tragedias genuinas, pueblan de sombras su vida interior, y todos sabemos que la vida interior tiene la costumbre de dejar las puertas abiertas para que las sombras salgan y plaguen de oscuridad la vida exterior. En una de las películas más logradas de Allen y sin duda la más bella visualmente: Manhattan, Ira, el protagonista, se recuesta y piensa en las cosas que hacen que la vida valga la pena. A todos nos llega el momento de detenernos y pensar qué espacios quedan para la luz. Ello en sí mismo es material para otra entrada, por ahora bastará mencionar dos elementos centrales en mi vida: uno de ellos es leer, el otro, en menor medida pero también capital, es escribir. Ambos los tengo un poco abandonados, pero especialmente el segundo. Una tesis omnipresente, pesadillezca, Kafkiana (material para otra entrada) es en parte la razón; en parte es sólo la excusa. Es momento de remediar ese error.

Quién sabe quién inventó el dicho de “Lo que bien se aprende, jamás se olvida” pero seguro fue uno de los optimistas más ingenuos de la segunda categoría antes mencionada. Es un dicho que, como diría Jorge Ibargüengoitia, carece de fundamento histórico. Lo que bien se aprende y se deja de practicar se desgasta y en una de ésas, en un descuido por andar creyendo en dichos infundados, se olvida por completo. Dejar de escribir y luego tratar de hacerlo es como dejar de hacer ejercicio y luego volver a ejercitarse (o al menos eso creo por lo que cuentan los que se ejercitan): Uno se engarrota, no aguanta, se distrae demasiado, encuentra excusas para hacerlo luego, para empezar el lunes próximo. En meses pasados logré franquear, aunque no sin cierto problema, esos obstáculos y terminar algunos cuentos que envié a concursos. Dos los perdí (iba a escribir no los gané, pero no estamos para cortesías), en otro pasé a la siguiente fase eliminatoria por la sencilla razón (y juro que no es broma) de que fui el único en esa categoría. Estas experiencias bastaron para alejarme de la página en blanco otro rato. No obstante, en las semanas subsecuentes a dichos tragos amargos, me encontré con el libro de Entre paréntesis de Roberto Bolaño y lo compré. Lo he leído justamente como indica el título, entre paréntesis de los deberes grises de la vida cotidiana. Como me ocurre siempre que leo a Bolaño, descubrí con asombro que me hablaba a mí, específicamente a mí, como los televisores a los personajes de caricatura. Encontré este fragmento:

“También hay que recordar que en la literatura siempre se pierde, pero que la diferencia, la enorme diferencia, estriba en perder de pie, con los ojos abiertos, y no arrodillado en un rincón rezándole a San Judas Tadeo y dando diente con diente”.

Esta frase fue, por supuesto, una cachetada necesaria. Una cachetada, además, de la mano de uno de mis maestros más admirados y más queridos. Me sumí en pensamientos relacionados con esa frase, con Bolaño, con la literatura, con el fracaso, con el destino (por me sumí, no debe entenderse a en ese preciso momento, debe entenderse un hundimiento lento, que se interrumpía a ratos, pero al que volví a lo largo de varios días). Hace ya tres años que un buen amigo me regaló Los detectives salvajes. Lo leí azorado, atemorizado, hechizado y comprendí como pocas veces que un libro puede estar más vivo, mucho más vivo que la propia vida. Cada vez que vuelvo a pisar el territorio de Bolaño vuelvo a sentir esa potencia, esa ardiente lucha contra quién sabe qué, esa amenaza latente y terrible y ese afán extraordinario por vivir. Bolaño, a nadie le cabe duda, caminaba al borde del abismo, miraba al abismo enamorado, y en más de una ocasión se sumergió en él como Orfeo en el averno, regresando cada vez más maltrecho, pero cada vez más mítico, con la literatura, su Eurídice, cada vez más recubierta de misterio y de grandeza. Esta forma de abordar la escritura como único destino, como única salvación y perdición al unísono; esta visión de la literatura que lo hermana con Rimbaud, pone a uno ante una disyuntiva exagerada (pero es que con Bolaño todo se desborda): dejar de escribir porque ya no hay más, o escribir, escribir, escribir. Como enunció Rodrigo Fresán, la obra de bolaño “es una de las que más y mejor obliga a una casi irrefrenable necesidad de leer y de escribir y de entender el oficio como un combate postrero, un viaje definitivo, una aventura de la que no hay regreso porque sólo concluye cuando se exhala el último aliento y se registra la última palabra”.

Fresán habla apoyado por otras máximas de Bolaño; máximas que, de no ser tan perezoso, tendría yo enmarcadas en mi cuarto como Carver tenía enmarcada aquella frase de Chéjov: “… y de repente todo se le aclaró”. Una de ellas lee: “El viaje de la literatura, como el de Ulises, no tiene retorno”, otra: “La literatura se parece mucho a la pelea de los samuráis, pero un samurái no pelea contra otro samurái: pelea contra un monstruo. Generalmente sabe, además, que va a ser derrotado. Tener el valor, sabiendo previamente que vas a ser derrotado, y salir a pelear: eso es la literatura”. Estas dos frases, concebidas en clave heroica, son fundamentales en la obra de Bolaño. Al leerlo uno comprende, o al menos siente (sobre todo uno siente) que está ante un hombre que entendía la literatura como una batalla épica, que empuñaba las palabras como Sigfrido contra Fafner. Uno entiende que Bolaño, en el espectro de quien ve el cabello en la sopa y quien se encuentra una moneda en la calle; elegía un tercer punto, quizás al medio aunque quizás por debajo o por encima: entendía que el mundo es un sitio hostil y miserable y que estamos condenados, pero también que ese mundo es el único posible y que en él se resume la alegría, el amor, la esperanza, el asombro.

Las enseñanzas de Bolaño quedan aún para el futuro. Sus tesoros no han acabado de revelarse y seguramente no nos hemos percatado de muchas de sus trampas; sin embargo su legado más grande pareciera ser ése: entender que la literatura es destino y que una vez que se ha elegido ese camino, se recorrerá con mayor o menor éxito, pero ya no podrá desandarse.

Con esto en mente vuelvo a escribir.

“Escribiendo hasta que cae la noche
con un estruendo de los mil demonios.
Los demonios que han de llevarme al infierno,
pero escribiendo”.