De la fe y los tuberculos

Arrinconado en la mesa catorce de un improbable establecimiento de comida germana, un hombre muy viejo, con una cachucha roja calada hasta el inicio de la nariz, bermudas azules y tenis New Balance, corta con una lentitud ceremonial una porción de una gran papa al horno. En el momento preciso en que su lengua y más específicamente sus papilas gustativas frontales reciben el contacto caliente de la superficie del tubérculo horneado, su mente emprende un acelerado retorno hacia el pasado y recorre, como puntos en un mapa hacia núcleo, los instantes múltiples mas nunca suficientes de su vida en que saboreó una buena Ofenkartoffel y llega a la primera que sería acaso la de su madre, allá lejos en el tiempo y el espacio, en Baviera en una tarde que no olvidaría con una papa maravillosa y trascendente portadora de una calidez que ningún horno podría proveer.

El anciano come un segundo bocado e inicia una inquisición teológica y gastronómica profundamente personal, sin prestar atención al ruido tumultuoso que un arranque fanático ha desatado en toda la ciudad. En realidad hay cosas inexplicables, dudas poderosas y es entonces que se requiere tener fe. ¿A aquella primera patata, de dónde la venía su sabor a epifanía, a ventana hacia algo más? ¿Aquella gente afuera se reuniría con la misma extraña devoción si descubrieran que a él una de sus primeras nociones de la presencia de algo superior e indescifrable le había llegado arropada en la indescriptible bondad de una Solanum Tuberosum? ¿Lo seguirían si supieran que al masticar y saborear esa masa caliente que lo devuelve a su tierna infancia se siente tan cerca del altísimo como se siente al adentrarse en los antiguos textos? Y quizás más importante que todo… ¿En realidad tiene él ese efecto de puente en las personas que afuera lo vitorean?… ¡Pfff! ¡Wie Kompliziert!

Ve su reloj. Ahora mismo el doble debe de estar pasando por López Mateos. Tiene tiempo aún para una segunda papa al horno la cual pide despreocupado pues piensa casi imposible que alguien descubra su breve escape. Ni siquiera le incomoda la mirada confundida del mesero quien seguramente piensa conocerlo, pues Joseph sabe que tarde o temprano el joven sonreirá triunfante, convencido de que ése es sólo un viejo tremendamente parecido a un personaje malévolo de la Guerra de las Galaxias.

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