La guerra y la tregua

Las sabanas están hechas un desastre, la tregua las ha desordenado y ha levantado cordilleras de seda. Entre los cuerpos media la única llanura. La lámpara se ha caído de la mesita de noche desparramando una luz muda sobre la alfombra. El cabello de Carola desata su presencia de río oscuro sobre la almohada y sus ojos negros miran a Leonardo que a su vez la mira mientras fuma y sopla jirones de humo que se aglomeran en el techo.

Ayer, antes del tiempo donde el tiempo se deshizo, en el comedor las sillas a contracara eran trincheras y en el denso fango de la conversación marital se ahogaban los posibles mensajes; sólo salían disparadas palabras como cáscaras, una que otra indirecta venenosa y miradas resentidas. Entonces, a eso de las siete comenzó la guerra en el cielo. Un dios prendió la mecha y encendió la línea de pólvora que fue el horizonte. Las nubes fueron las primeras víctimas y Leonardo y Carola las vieron a través de la ventana de la sala. Envueltas en llamas las cumulus se extendieron en alaridos de vapor. Los tenedores y cuchillos siguieron su discurso vacuo cortando el pollo y las bocas se replegaron para masticar, sin embargo una mirada furtiva, como el sonido de una copa al estrellarse, delató un cambio. No tardaron mucho en llegar otras nubes y éstas eran enormes y opacas y respondieron al fuego desencadenando relámpagos y batiendo truenos. El chirrido de los platos cesó y los ojos atravesaron la inmensa distancia que es después de veinte años una mesa y se dijeron quién sabe qué cosa que significó muchísimo y mientras los dioses se atacaban, Carola y Leonardo se rencontraron gracias a antiguos miedos – cosas entre freudianas y mitológicas –  y pidieron una tregua.

Unas gotas muy pesadas y de circunferencias groseras comenzaron a azotar los parabrisas y otros cristales, mientras que el sol se escondía y reforzaba su barrera flamígera esperando salir bien librado. Las almas por su parte, salieron de sus zanjas defensivas y envueltas en una humedad que podríamos llamar amorosa, se encontraron transfiguradas en labios y lenguas. Las manos también jugaron un papel importante, principalmente de atracción y exploración, y no se diga de los ojos que, ya fuera cerrados o abiertos, tenían un diálogo continuo. El conflicto de deidades no cesaba y las nubes azotaban con sus eléctricas espadas y sus balas mojadas la muralla lastimada y roja. La tregua, dentro de casa, recorrió habitaciones y se instaló en el cuarto, en el campo de batalla principal, el de los silencios y las separaciones mínimas y profundas. La luz no hubo que encenderla, había que avanzar con cuidado y en la sombra para no romper aquella paz de suspiros y caricias. El sol ya estaba casi oculto y derrotado pero se resistía ferozmente a los embates de la tormenta, y Leonardo y Carola luchaban con igual pasión para mantener la pausa, y daban pasos pequeños y frágiles hacia la cama y aun cuando se tumbaron en ella lo hicieron cuidadosamente sin cuidado pues intuían que aquello había que decantarlo y llevarlo por donde quisiera ir, sinuosamente, ruidosamente, desordenadamente y convertirlo en una cima de sudor y jadeos para caer al fin deshechos y vueltos a nacer uno sobre el otro.

Los relojes que tuvieron el descaro de avanzar y seguir contando minutos como si el tiempo hubiera sido cierto, marcaron las nueve y los párpados imprudentes se abrieron a la mañana. Las sábanas estaban hechas un desastre y los cuerpos aún desnudos no se habían desenredado. Carola y Leonardo se miraron y se dijeron cosas tibias y palabras dulces, y los labios, rojos de tanto encuentro se besaron de nuevo, pero algo dentro comienza a surgir, algo renace y empuja y ambos lo saben, de nuevo el fango que poco a poco sube, de nuevo las palabras que poco a poco se vacían, de nuevo las miradas que poco a poco se hacen ajenas, y los cuerpos que se levantan y se esconden tras la ropa, y la cama que hay que tender, y la lámpara que hay que recoger, y el cigarro que hay que apagar, y el trabajo al que hay que presentarse, y el maldito cielo azul que ya está despejado, que ya está en tregua.

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