Diario 2020-2022, parte II

Lunes 6 de abril, 2020

Dilemas centrales

Libertad/Espontaneidad – Rigor/Disciplina

Individualidad – Comunidad

Fondo/Tema/Historia – Forma/Técnica/Estilo

Goce – Sacrificio

Pasado/Tradición – Actualidad/Futuro/Ruptura

Silencio/Contemplación – Voz/Argumentación

Ficción – Teoría

Martes 7 de abril, 2020

Es claro para mí que tengo un problema de egocentrismo. Quizás incluso una especie de narcisismo. Intelectualmente, por ejemplo, tengo una ansiedad tremenda por opinar de todo y las opiniones de los demás me enojan, o bien porque las considero erradas, o, si coincido con ellas, porque lo han dicho antes que yo y/o mejor.

Esto me nubla la vida y me pesa en el ánimo, la mente, el alma: El afán por decir, por encaramarse en una tribuna cualquiera y acaparar la atención.

El orden correcto o virtuoso está invertido en mí y sospecho que en tantos. Ya no es: identifico un fenómeno que deseo comprender, investigo, me formo una opinión crítica, opino (esta última parte siendo siempre prescindible). Ahora es: identifico un fenómeno sobre el cual quiero opinar, investigo solo lo necesario para poder opinar, opino. En resumidas cuentas, todo está en función de la opinión y no del entendimiento.

Y la velocidad vertiginosa y la multiplicidad apabullante de la información (o ya ni siquiera información: estímulos) nos convierte a todos en absolutos reaccionarios del pensamiento. Como hienas logópatas, o mejor dicho, como moscas porque las moscas son más frenéticas, más populosas y más molestas que las hienas, nos lanzamos sobre toda morusa maloliente a opinar, opinar cuanto antes.

La paciencia se extingue como una velita en el vendabal. Pero la paciencia es lo que más necesitamos – paradójicamente – con urgencia.

Porque el verdadero discernimiento, las verdaderas discusiones, la dialéctica que subyace a todo cambio auténtico necesita tiempo para madurar.

Sospecho que este fenómeno social que todo lo abarca en el espacio hiperconectado está detrás de mucha de la polarización desmedida de hoy. Si todos queremos hablar, ¿quién escucha? En un reino de discursos, aplausos y abucheos solo existe el ruido.

Eso es. Somos un enjambre de moscas con un zumbido atronador. Y yo, moscardón opinólogo, deseo silencio. Pero para ello debo extirpar mucho de mí.

Miércoles 8 de abril, 2020

John Coltrane dice: «Mi música es la expresión espiritual de quien soy. Mi fe, mi conocimiento, mi ser. Sé que hay fuerzas malas. Sé que hay fuerzas que traen sufrimiento a los demás y miseria al mundo, pero quiero ser la fuerza opuesta. Quiero ser una fuerza que sea verdaderamente para bien».

Hoy vi Chasing Trane, un documental sobre John Coltrane, y me llamó la atención la diferencia radical con la historia de Miles Davis, a pesar de que artísticamente ambos siguieron trayectos similares, inclusive en el hecho de que durante su último periodo, tras sus éxitos más grandes, experimentaron al grado de alienar a buena parte de sus audiencias.

Pero el punto que me llamó la atención es: Coltrane vino del sur racista como Miles, pero además de una familia pobre y su infancia estuvo rodeada de muerte. Él también cayó en las drogas, sin embargo una vez que lo dejó, a diferencia de Davis, lo dejó para siempre. A partir de ahí sus biografías divergen por completo. Miles Davis fue el típico genio masculino autodestructivo, autoritario, machista y violento. Redimido, sí, o al menos eso creo yo pues estaba consciente de ello. Porque se arrepintió y parece que al final cambió. Entiendo sus fallas, su crueldad, su adicción, como una extensión de su humanidad desbocada. Aun así no deja de encajar en ese molde tan usado del gran macho artista. Coltrane en cambio fue un marido bondadoso para la pianista Alice Coltrane y mantuvo una relación cercana con Naima (para quien compuso la deliciosa balada del mismo nombre). Fue un buen padre y en general una buena persona. Religioso y espiritual, pero también de una gran inteligencia que podríamos llamar lógica o matemática.

Se puede ser una persona decente y ser grandioso en tu arte. Es una obviedad, pero en la práctica debe ser difícil. ¿Cómo compaginar la soledad, la reclusión, el ensimismamiento, el egocentrismo inherente al proceso creativo? ¿Es el egocentrismo inherente a la creatividad?

En mi caso veo una doble naturaleza. Hay un claro egoísmo – que desprecio y me ronda la cabeza como una maraña de mosquitos – que me lleva a querer siempre ser yo quien tenga las ideas y quien las comparta. Quien haga los «descubrimientos» (de una película, un libro, etc.) y los recomiende. Pero a la vez hay también un genuino deseo de compartir. Toda la vida, desde que era un niño, nada me hace más feliz que compartir algo que a mí me ha llenado de asombro, de alegría, de emoción, con alguien que sepa apreciarlo igual. Mas ahí entra de nuevo mi ego totalizador que quiere que todos sientan y piensen como yo porque si alguien no adora algo que le recomendé al mismo grado que yo, me frustro desmedidamente.

No creo que en esta doble naturaleza haya necesariamente algo malo o patológico. Debo aprender a hallar un balance. Aprender a encausar esa energía. Es fundamental. Sospecho que de ello depende todo mi futuro creativo porque al centro se esconde la pregunta original: ¿Por qué escribo?

Sospecho también que para hallar ese balance debo aprender (y será un aprendizaje difícil) a leer, mirar y escuchar antes de escribir, describir y hablar. El que habla como merolico de todo sin saber nada tal vez está movido también por un honesto afán de compartir, pero lo que comparta carecerá de valor. Y ese alguien soy yo y somos todos en estos días. Las redes han democratizado los megáfonos, pero no las mentes detrás de esas voces. Mientras en la academia persiste la famosa fórmula de Alfonso Reyes /0, en el discurso público diario opera la inversa: 0/. Y lo que sucede es que ese cero se estira hasta abarcar en apariencia mucho cuando todos estamos más o menos en igualdad de condiciones con nuestra ignorancia.

Sí. Soy un ignorante. Una ignorancia atroz para alguien que quiere ser escritor y tiene 27, casi 28 años. No soy, no digamos experto, ni siquiera razonablemente culto en nada. Ni en aquello que proclamo amar: ni en la literatura, ni en el cine, ni en el jazz. En nada. Y en cada libro que abro, cada línea que leo está ya inundada por el ruido atronador de cientos de otros libros que aún no he leído.

¿Cómo compaginar el rigor y la disciplina, el oficio, con la espontaneidad y el crecimiento orgánico de lecturas y saberes?

El origen debe ser el amor por el arte que he elegido.

¿Pero lo amo? ¿De verdad amo la literatura si apenas y puedo leer entre las voces que me agobian? ¿Si casi nunca escribo? Ya no sé.

Nunca he sido un lector ni un escritor más feliz que cuando leía Harry potter y escribía mi novelilla seguramente horrenda de fantasía en primaria. Nunca como cuando leí por primera vez a Cortázar y escribía cuentos indudablemente cursis para mi blog.

Estoy perdido, es la verdad. ¿Cómo recuperar el camino?

Me encantaría, como John Coltrane, creer en algo mayor no solo que yo, sino mayor que todo. Una razón última y una misión.

Dibujo de J.L.F.