No más muertos

Como todo en México, comenzó con gritos. Fueron muchas las personas que lo vieron, recortado por la luz perezosa de las primeras horas de la mañana; conductores rumbo al trabajo escuchando el radio, peatones acompañando a sus hijos la escuela, gente mirando distraída por las ventanas de un camión, tenderos montando sus puestitos; todos fueron despertados de su estado medio catatónico por la singular visión, de manera que es difícil precisar quién pegó el primer alarido. Lo que sí se puede señalar es quién fue la primera persona en llamar a la policía. Una señora que vendía palanquetas fuera de una primaria fue quien desenfundó su celular con mayor rapidez y marcó el 911. La operadora que respondió, profesional y experimentada, mantuvo la calma, pero inyectó a su voz un calibrado y leve tono de preocupación – tan necesario para que el usuario sienta que hay un ser humano del otro lado de la línea – aunque, si hemos de ser sinceros, la descripción del suceso no le sorprendió. Agitó la cabeza apenas perceptiblemente en su cubículo mientras tomaba notas velozmente y se enlazaba con la policía, como quien vuelve a escuchar el chirrido de una puerta después de haberla engrasado por centésima vez. Ahora mismo van unidades a esa dirección, señora. Gracias por su llamada. Antes de colgar, la vendedora de palanquetas murmuró, como si ya no hablara con la operadora sino con ella misma Qué raro. ¿Qué es raro, señora? El colgado. Sí, es terrible, pero mantenga la calma, ya van para allá. No, digo, es que se está igualito a otro de hace unos meses, hasta en el mismo lugar. La operadora no pudo contener un suspiro. Lo que sí pudo contener fue decir algo como Sí, señora, este pinche país. Se limitó a repetir Mantenga la calma, ya van para allá. Gracias por su llamada.

Todo siguió su cauce normal. Los policías llegaron y acordonaron la zona. Tránsito se ocupó en desviar el tráfico. Llegó la prensa y tomó fotos y declaraciones. Mirones también tomaban fotos y video y los subían a redes sociales. Todo iba, para decirlo pronto, como de costumbre. Pero el caso puso un pie en territorio novedoso cuando el equipo forense reveló que ese hombre en efecto había muerto ahorcado, pero no aquella noche o madrugada, sino antes. Es rarísimo, dijo el forense al detective Fernández, encargado del caso. Parece que el muerto lleva meses muerto, pero no muestra ninguna seña de descomposición. El asistente del forense sonreía como emocionado. Y usté’ de qué se ríe, le preguntó el detective. Perdón, detective… es que es como de película. Sin embargo, las sorpresas no acabaron ahí y la película a la que aquello se parecía aún guardaba un brusco giro, tan brusco de hecho, que habría significado un cambio de género. El detective Fernández no se la creía cuando identificaron al occiso: se trataba de Raúl “El Manitas” López, un ratero devenido en narcomenudista que operaba en la zona donde se le había encontrado y quien, de acuerdo con sus registros, ya había sido hallado muerto en el mismo lugar y de la misma forma, hacía casi siete meses. El caso se había archivado y el cuerpo, que no fue reclamado por nadie, puesto en una fosa común. No mames, decía el detective por lo bajo mientras leía el reporte. Ordenó que se volvieran a tomar las huellas y se volvieran a cotejar en el sistema; el resultado fue el mismo. No chingues, algo tiene que estar mal, dijo. Se repitieron las pruebas una vez más con los mismos resultados y, frustrado, el detective dijo que fuera como fuera a ese cabrón nadie lo iba a extrañar. Ordenó que se cerrara el caso, que se enterrara el cuerpo en una fosa común y que no se revelara nada de aquello a nadie. Nunca pasó. Si veo cualquier cosa sobre esto en el periódico, van a ver, culeros. Sí, señor, dijeron todos los involucrados, y uno de los policías que descolgó el cuerpo se persignó a escondidas, como con pena, pero más con miedo.

El segundo caso, ocurrido dos días después del primero, fue muy similar, aunque levemente más chocante por el estado del cuerpo en cuestión. Fue en Guadalajara, también muy temprano por la mañana. En esta ocasión el descubrimiento, el primer grito y la primera llamada vinieron todos de una misma persona; una mujer joven que salió a correr y más o menos al kilómetro siete de su carrera matutina, se topó con la figura atroz de un cadáver colgando de un puente peatonal. El cadáver estaba quemado a tal grado que, en un primer momento, en el golpe de la primera mirada, la mujer había pensado que se trataba de una bolsa de basura negra llena de varas. Tal vez por eso ella había sido la primera en alertar a la policía, porque el cuerpo estaba tan deformado que difícilmente los primeros automovilistas de la mañana habrían podido identificar esa masa carbonizada como lo que era. La prensa le preguntó si volvería a correr. La mujer dijo que sí, porque tenía un maratón en Boston pronto, pero que ciertamente ya no incluiría esa avenida en su circuito usual, que ya hacía mucho su marido le había advertido que esa zona se estaba poniendo fea. Qué lástima, una colonia que era tan bonita, dijo. Luego los periodistas, más por hábito que por profesionalidad y menos aún por interés, se acercaron a uno de los policías a anotar sus declaraciones. Al terminar, mientras ya todos se iban, uno de los reporteros, un muchachito joven, le preguntó al fotógrafo que iba con él ¿No habían encontrado a otro quemado en el mismo puente peatonal hace dos años? El fotógrafo sólo alzó los hombros e hizo una mueca de Sabrá Dios, mientras revisaba las fotos en la pantalla de su cámara.

¿Bueno? ¿Mario? Pues, ¿qué teléfono marcaste, güey? Oye, ¿quieres saber algo bien pinche loco? Simón. Nos llegó un muerto en la mañana, un colgado y chamuscado. Ajá. Pues ya sabes, se checan las placas dentales. Simón. Y resulta que es El Chimuelo Mendoza. El Chimuelo Mendoza… Fernández hizo una pausa, pasándose el nombre por la boca como si fuera un caramelo. No chingues, güey. ¿El Chimuelo Mendoza? Sí, cabrón. ¿El pinche Chimuelo? El mismo hijo de la chingada. No mames, cabrón. Se me pararon los pinches pelos del brazo. Sí, güey, uno de mis hombres quiso renunciar. Que esto es del diablo, dijo. Bueno, hay maricones en todos lados. Uno de mis hombres quiso traer un sacerdote a bendecir la comisaría y las patrullas. Ambos se rieron. Luego se hizo una pausa que empezó a abrirse como un cráter. ¿Había narcomanta? No, todo igual que la vez pasada, hasta juraría que el mismo pinche mecate, pero sin la manta. Acá igual. ¿Qué chingaos está pasando, camarada? No sé, Pepe, no sé. Esto parece de película. Lo mismo dijo el mocoso que le ayuda al forense. Los dos se rieron. Otro cráter creció en la llamada hasta que se hizo insoportable y se despidieron.

El tercer caso fue mucho más macabro, pero curiosamente también más sencillo de controlar pues incluso buena parte de los policías y funcionarios relacionados con la investigación no se dieron cuenta de nada; en buena medida porque vivían en un constante estado de déja vu. El dueño de unos terrenos muy extensos en Veracruz se estaba paseando con uno de sus hombres de confianza, con un arquitecto de una desarrolladora urbana y con un funcionario de gobierno para indicar más o menos el trazo del fraccionamiento que quería levantar en aquella zona selvática, cuando percibieron un zumbido de moscas atronador, algo distinto en potencia sónica al zumbido normal de la selva. Casi instantáneamente percibieron también la pestilencia. Un animal muerto, dijo el funcionario. No, apesta mucho y son demasiadas moscas, dijo el hombre de confianza del dueño. ¿Muchos animales muertos? preguntó el arquitecto. Y más o menos le atinó. Lo que hallaron fue una fosa clandestina con una cantidad abrumadora de restos humanos. El olor era insoportable y los cuatro vomitaron. El arquitecto se desmayó. El funcionario llamó al jefe de policía. Éste llegó relativamente rápido, considerando lo lejos que estaban de la carretera o de cualquier camino decente. Sus hombres acordonaron la zona y se pusieron a hacer su trabajo. Hallaron setenta y dos cadáveres. Muchos desmembrados, casi todos con heridas de machete y otros pocos con heridas de bala. El estado de putrefacción y los trozos de cuerpo devorados por animales e insectos hacía casi imposible distinguir sexos y edades a primera vista. La identificación sería difícil, pero seguro eran todos migrantes centroamericanos. Ellos mismos ya medio se daban por muertos cuando emprendieron el viaje, comentó un paramédico, como para tranquilizar al arquitecto a quien le estaban administrando suero en la ambulancia. El jefe de policía supo, nada más al llegar, que aquello era parte de lo que sus fuentes le decían que había pasado esa misma semana en Ciudad de México y Guadalajara. El dueño del terreno farfullaba enojadísimo por tener que lidiar con eso por segunda vez en menos de cinco años. Qué puta mala suerte. Chinguen a su madre, pinches migrantes hijos de la verga, que se queden a morir en sus pinches países culeros. Su hombre de confianza tenía el ceño fruncido. Se acercó al jefe de policía y le dijo Esto está muy raro, señor. Es exactamente el mismo lugar de la vez pasada. El jefe de policía se rió y dijo No chingue, ¿en esta pinche selva cómo sabe dónde anda parado? No, estoy seguro, respondió el hombre. Y aquella vez también fueron setenta y dos muertos. Esas cosas no se olvidan. El jefe de policía dejó de reírse, se acercó y le dijo ¿Y luego? Y por cómo lo dijo, el de confianza del dueño bajó la cabeza y murmuró Pues nada, qué coincidencia. Sí, qué coincidencia, terminó el jefe de policía. El hallazgo salió en las noticias aquella noche, en una cápsula relativamente rápida. Luego dieron el pronóstico del tiempo y más tarde entrevistaron a una muchacha muy guapa que tal vez iba para Miss México, primera vez para una veracruzana si se les hacía. En los principales noticieros nacionales el aviso se redujo a un cintillo al pie de la pantalla.

Fue el cuarto caso el que puso en estado de alerta no sólo a la policía, sino a gente más importante. Aprovechando un par de horas libres, dos estudiantes de la maestría en Historia de México en la UNAM se fueron a buscar algún punto escondido cerca del espacio escultórico de Ciudad Universitaria para fajar cuando vieron lo que parecía una muchacha durmiendo junto a un arbusto. Al acercarse, el muchacho gritó. La chica sintió un escalofrío, curiosamente no por el cuerpo, o no por el cuerpo solamente, sino por el sitio donde estaban, el cual de pronto se le reveló como familiar. Se acercó y luego se llevó las manos a la boca, primero por el impacto de la visión de un cadáver – algo por demás comprensible – pero luego la cara se le deformó en un gesto de absoluto horror y comenzó a dar alaridos sin parar. La muerta tenía los pantalones jalados hacia abajo, aunque aún abrochados. Había sangre ya seca en su ingle. También tenía la blusa subida hasta el cuello y una de las copas del sostén levantada. Había sido estrangulada con el cable de unos audífonos – probablemente suyos – que seguía apretado contra su cuello.

El muchacho llamó a la policía e hizo lo mejor que pudo para describir exactamente el sitio donde se encontraban, mientras que con el brazo libre abrazaba a la chica que se había acercado al cuerpo. A su vez, la operadora pasó el resumen de la descripción a la policía. En cuestión de dos o tres minutos, alguien le avisó al detective Fernández, quien había pedido a oficiales de confianza estratégicamente distribuidos por la ciudad que le notificaran ipso facto de cualquier cuerpo o cuerpos que se hallaran en lugares precisos donde ya antes se hubieran encontrado otros. Durante esa semana, las llamadas al radio y al celular personal del detective se habían doblado en número. Y todo por falsas alarmas. Pero en esta ocasión, al escuchar la descripción del sitio, Fernández se dirigió de inmediato ahí. Ahora sí nos cargó la verga, pensó.

Los policías se llevaron el cuerpo en menos de diez minutos; cosa de lo más inusual y contraria al protocolo. La prioridad fue limpiar todo rastro antes de que llegaran mirones y tomaran fotos o videos y lo subieran a redes sociales. Fernández personalmente interrogó a los jóvenes y luego les pidió sus celulares. Es el procedimiento, dijo. Los muchachos traían el susto tan fresco que no chistaron en hacerlo. Quién los viera, pensó Fernández. Luego se fijó en la cara de la chica, en su mirada extraviada. ¿Está bien, señorita? Lo que pasa es que ella fue la que se acercó a ver el cuerpo. Ah, ya. Procedió a separarla con delicadeza, casi con cariño, como si fuera su padre, mientras a la vez hacía un gesto de deferencia al joven y pedía a otro oficial que lo atendiera y le explicara qué seguiría ahora. Ya a una distancia segura, le preguntó ¿Estás bien? Ella no lo miraba a los ojos; no respondía. Na’más de verle los ojos, así, tan en blanco, Fernández supo. Bajó la mirada y en el morral de la chica distinguió un pin que leía Ni una menos. Era ella, dijo por fin la chica. Era Cristina. Ahora sí ya nos cargó la verga, pensó el detective.

Fernández, que había llegado hasta donde estaba por su eficiencia y capacidad estratégica, tomó las siguientes decisiones: 1. Enviar a la chica al hospital por shock nervioso y alertar a los padres (de alguna manera se iban a enterar y ahorita no necesitaban reclamos, o incluso demandas), pero aprovechar el trayecto que tendría a solas con ella para tratar de convencerla de que su vista la había engañado. 2. Llamar a Gobernación y alertarlos, en caso de que el paso uno fallara. 3. Poner a dos unidades a seguirla tanto a ella como al muchacho unos días. Sus celulares ya estaban intervenidos.

El paso uno no tuvo una resolución feliz. La chica, de nombre Paloma Gómez Saldívar, se puso a gritar ¡Era Cristina! apenas la subieron a la ambulancia. Los camilleros lograron controlarla y le suministraron una dosis leve de calmantes. Aun así, la chica repetía el nombre Cristina muy bajito, como si estuviera hipnotizada. Era imposible hablar con ella. Para cuando llegaron al hospital, sus padres ya estaban ahí. Fernández sintió un poco de alivio al ver que los padres de Paloma, al menos a juzgar por su atuendo, eran muy humildes. El paso dos, en cambio, funcionó mejor de lo que Fernández pudo haber imaginado.

Primero, la policía hizo una rueda de prensa a la que no asistieron muchos medios, en donde anunciaron que el cuerpo hallado en el jardín de las esculturas era el de Isabel Guerrero, sexoservidora. No se le conocían familiares vivos y nadie se había presentado a reclamar el cuerpo hasta el momento. El asesinato lo había perpetrado, casi con toda seguridad, un cliente, como suele suceder en casos así, y la policía ya estaba investigando para dar con el culpable. Justo como Fernández pronosticaba, a la mañana siguiente, Paloma apareció en un noticiero desmintiendo la versión de la policía, asegurando que aquella mujer era Cristina Romero, una ex compañera de la carrera que había sido violada y asesinada hacía dos años, y posteriormente hallada exactamente en el mismo sitio. La presentadora le preguntó Cómo la reconociste si después de dos años, y disculpa que sea directa, debería de quedar, si acaso, sólo el esqueleto. Se hallaba exactamente igual, como si acabara de pasar. ¿Cómo es eso posible? No tengo idea yo tampoco, por eso entré en shock. Por eso sigo temblando. Sé que parezco loca, pero es verdad. Luego Paloma empezó a llorar. Mientras veía la tele, Fernández bebía su café relajado. Era un noticiero bastante menor. Seguro los demás la rechazaron, pensó. Al contar su historia han de haber dicho: Ésta está lurias. Monitoreó los demás noticieros y revisó los principales diarios. En todos los noticieros aparecía una breve mención del caso, pero sólo en dos más mencionaban, y como nota al pie, casi como dato curioso, la declaración de Paloma. La que le espera, pensó Fernández y sintió con sinceridad algo de lástima por la chica. Qué mala pata. Pero no escuchaba.

En la emisión del día siguiente del mismo noticiero menor, la presentadora ofrecía disculpas por la participación en el programa de Paloma Gómez Saldívar. En las últimas veinticuatro horas, se había descubierto que Paloma no era ni por asomo una testigo confiable. Para empezar, al parecer era adicta al cannabis, algo que muchos compañeros, que pidieron permanecer anónimos, confirmaron. Tenía fama de exagerada, algo que traslucía en su perfil de Facebook, donde era muy voluble y dada al drama. También era bastante radical y en varias publicaciones, tanto en la ya mencionada red social como en Twitter, escribía o reposteaba lemas abiertamente violentos contra los hombres, a quienes llamaba “onvres” y “machitos”. Su exnovio declaró que estaba loca, que él sabía con certeza que tomaba medicamentos para la cabeza y que, además, estaba tan resentida con los hombres que la creía capaz de inventarse cualquier cosa para desprestigiar la imagen del sexo masculino. El chico que estaba con ella en el momento del descubrimiento del cuerpo dijo que la mera verdad no la conocía muy bien, pero que sí era medio rara.

Paloma no pensaba arredrar, a pesar del tormento que le hicieron pasar en días posteriores a través de llamadas, correos y mensajes. Durante unos días siguió publicando en sus cuentas:  Yo sé lo que vi. Algo están ocultando y merecemos saber la verdad. El grupo de lectura feminista al que pertenecía la apoyó en un principio, secundando sus mociones para que se revelara la verdad sobre el caso; aunque después, ante las peticiones de la familia de Cristina de detener ese circo por respeto a ellos, decidieron reorientar su energía a visibilizar la violencia a la que estaba siendo sometida Paloma en redes y a exigir justicia para Isabel Guerrero, la sexoservidora a quien realmente pertenecía el cadáver. Finalmente, Paloma se detuvo cuando una cuenta anónima le envió print screens de una selección de mensajes privados de sus cuentas de WhatsApp y Facebook Messenger, prometiendo ponerlos en circulación en veinticuatro horas si no cerraba el hocico de una buena vez. Ahí quedó todo.

Pero la calma que se había ganado duró poco. En la siguiente semana, y con menos de una hora de diferencia, se hicieron dos descubrimientos que cambiaron definitivamente el rumbo de la situación. En Xalapa, Veracruz, en la colonia Francisco Ferrer Guardia, cercana al centro, se halló el cadáver de Tadeo Ortiz Pinto, el periodista. El hijo del occiso, también periodista, había ido a recoger algunos papeles de su padre y lo halló, exactamente como tres meses antes, amarrado de manos y pies a una silla, con tres balazos en el pecho y uno debajo del ojo, con los dedos meñiques cercenados y tirados cerca de los pies, y con evidencias de golpes en el rostro y quemaduras de cigarro en los brazos. En una pequeña hondonada entre rocas en la playa Tres Vidas de la zona Diamante de Acapulco, se halló el cuerpo desnudo de una chica joven, rubia. Su cabello, empapado y enredado con algunas algas, se mecía levísimamente en ese mínimo espacio similar a una tina. Cangrejos diminutos deambulaban por su espalda blanquísima. La escena, a decir verdad, no carecía de belleza. Mauricio Ortiz, hijo de Tadeo, se propinó dos fuertes manotazos en la cara, el niño que encontró a la muerta se acercó con curiosidad y lentitud, como los perros callejeros a los puestos de comida, preguntas e imágenes nacían y morían en su mente a la velocidad de la luz, ¿qué es esto?, ¿estoy soñando?, ¿qué día es hoy?, ¿me he vuelto loco por fin?, la muchacha era tan bonita y nunca había visto a una muchacha encuerada en la vida real, se echó agua helada en el rostro y se dio otra cachetada, se agachó y tocó la piel de la muerta, tan suave y a la vez tan viscosa, como la de un pez, esto no puede ser, ¿ya me mataron a mí también?, la volteó con algo de trabajo y lo que vio lo hizo correr con un agujero pesado en el estómago buscando a su mamá, todo es posible en este país, se dijo mientras iba por su mochila, el vientre de la mujer estaba todo agujereado por puñaladas, las preguntas seguían pasando frente a los ojos de su cerebro como objetos por la ventana de un tren bala, la madre del niño volvió junto con su hijo mayor, Mauricio tuvo la entereza, en medio de la locura, de sacar su cámara, Es la mismita, dijo la señora, la misma gringa, mientras su hijo mayor sacaba su celular, la verdad es que ya hace mucho que no entiendo nada, se dijo Mauricio. Tomó una foto.

¿Señor? Sí, Alfredo. Supongo que ya vio, ¿no? Sí, ya vi. Su voz sonaba cansada, como la de una madre primeriza tras dos noches sin dormir, con un bebé que no para de llorar. ¿Qué procede, señor? Procede tomarse el mejor licor que se tenga a mano, Alfredo, fumar, y si puedes, si tienes la presencia de ánimo necesaria, reírte, porque esto es un chiste, Alfredo, un enorme chiste. La llamada quedó en silencio, un silencio inhóspito como el de un estacionamiento de noche. ¿Entonces no hay órdenes, señor? ¿Por qué chingaos tenía que ser gringa?, dijo el secretario para sí mismo, pensando en voz alta. Lo del periodista lo pudimos haber controlado; fácil, ¿pero una gringa? ¿Señor? Mira, Alfredo, es tarde. Hazme caso, tómate algo y vete a dormir, por ahora no podemos hacer nada. Alfredo suspiró. Esto parece una película. En este pinche mundo en que vivimos todo parece una película, Alfredo. Alfredo escuchó el silencio breve y le sonó a viento. Y lo peor es que esto parece una película malísima. Un pinche churro. Una chingadera de ésas que sólo pasan en el canal 5 a las dos de la mañana.

El detective Fernández colgó el teléfono y vio su reloj. No eran ni las cuatro. Pensó en la vida de una manera abstracta, sin lenguaje, sin imágenes tampoco. Más bien sintió la vida mientras miraba sin mirar las uñas de los dedos de sus pies, sentado en la orilla de la cama. Habían pasado exactamente tres semanas desde el hallazgo de Raúl “El Manitas” López, diecisiete días desde el hallazgo de Luis Arturo “El Chimuelo” Mendoza, diez días desde el hallazgo de la fosa en Veracruz, cinco del hallazgo del cuerpo de Cristina Romero y todavía no se cumplían cuarenta y ocho horas del hallazgo de los cuerpos de Tadeo Ortiz Pinto y de Susanne Patrick. Todos los noticieros, todos los diarios, todo en las redes, todo, absolutamente todo en las últimas horas había sido un remolino de entrevistas, reportajes, testimonios, imágenes, análisis, hipótesis, especulaciones, girando desbocado alrededor de los cadáveres vueltos de la tumba del periodista y de la gringa. Y ahora esto. El Manitas había sido encontrado de nuevo por un patrullero, colgado del mismo puente. Qué largas tengo ya las uñas, pensó Fernández, nada más por pensar algo, mientras se ponía los calcetines. Salió de su casa y se dirigió a Ciudad Universitaria. Con una linterna en la mano izquierda y la mano derecha recargada en su pistola, el cielo sobre su cabeza azuleaba en las orillas, en las franjas libres de smog. Se adentró solo entre los matorrales aledaños al espacio escultórico y antes incluso de que el haz de luz de su linterna la enfocara, sintió que ya la había visto. Más tarde ese mismo día llamaría a Pepe Mendoza de la policía de Guadalajara, a sus contactos en la Subprocuraduría General de Veracruz y en Guerrero. Pero ya sabía las respuestas.

A partir de ahí todo se aceleró hacia el caos. Fue como si la caída hubiera empezado con una pendiente ligerísima, de esas que se notan muy tarde, que incrementó poco a poco y que siguió incrementando, haciéndose cada vez más pronunciada, consecuentemente incrementando la aceleración del cuerpo que se deslizaba sobre esa superficie hasta alcanzar 9.8 metros sobre segundo cuadrado; es decir, la aceleración de la gravedad en una caída libre en el vacío. ¿Qué vamos a hacer? Preguntó Villarreal mientras se hundía en su amplia silla y perdía todo rastro de rigidez, como si de pronto se hubiera transformado en un muñeco de trapo. Se llevó la mano derecha a la cara y se masajeó la frente, las cejas y los ojos, sustraído por un instante de todo, imaginando que abriría los ojos y estaría lejos, muy lejos. El licenciado Soto Cabrera, los demás secretarios y el procurador se miraron unos a otros cuales niños de primaria que vieran de pronto a su maestro llorando. Y continúan los hallazgos de pesadilla, dijo el presentador del noticiero de la mañana con su inconfundible voz impostada llena de entonaciones efectistas y su bigote perfectamente acicalado. Tras once días de la aparición o, pausa dramática con leve risa y negación con la cabeza, reaparición de los cuerpos del periodista Tadeo Ortiz Pinto y de la ciudadana norteamericana Susanne Patrick, se han hallado ya treinta y siete cuerpos a lo largo del país que ya habían aparecido. Al parecer esta mañana, la pesadilla empeora, con el resurgimiento de una fosa clandestina en el rancho de San Fernando en Tamaulipas. Bartolomé Torres se encuentra allá. Buenos días, Bartolomé, ¿cómo están las cosas por allá? ¿Qué sabemos del fenómeno? Lo más importante es decidir qué le decimos al público, contribuyó el Secretario de Turismo. Sí, y a nuestros colegas norteamericanos, agregó el Secretario de Relaciones Exteriores mientras se limpiaba el sudor de la frente con su pañuelo de seda. Sí, ¿Cuál va a ser la versión oficial?, intervino el licenciado Soto Cabrera. Vandalismo infernal, tituló uno de los principales diarios la nota. Puta, ya todos los periódicos del país parecen el Alarma, le dijo al del quiosco de periódicos un transeúnte mientras le pasaba diez pesos. ¿Cómo que vandalismo? Preguntó el Secretario de Comunicación ¿Quién nos va a creer? Valdría más que dijéramos, Caronte en huelga, comentó Villarreal, quien seguía como en trance. ¿Huelga de quién?, preguntó el Secretario de Cultura. Disculpa que te interrumpa, Alfredo, pero muchas voces están alzando la voz, yo diría que válidamente, haciéndose preguntas que no tienen respuesta.  ¿Cómo explica lo del vandalismo que los cuerpos se encuentren exactamente en el estado en que se hallaban cuando fueron encontrados la primera vez, algunos años después? ¿Cómo se están exhumando a tantos cadáveres sin que nadie se dé cuenta, incluso un cadáver de Estados Unidos? ¿Cómo se explican las fosas? ¿Quién sería responsable? ¿Qué mensaje quiere dar el crimen organizado con esto? Sí, sí, Carmen. Entiendo. Nosotros también nos estamos haciendo esas mismas preguntas, no creas que no. Lo único que te puedo decir por el momento es que tenemos a mucha gente trabajando en esto, estamos colaborando con el FBI para resolver el caso de Susanne Patrick, y estamos enfocados cien por ciento en encontrar a los responsables y detener esta broma de mal gusto, risa sarcástica, escandalizada, ahogada. Perdóname Alfredo, pero de muy mal gusto. Sí, sí, Carmen, terrible gusto. ¿Y por qué vuelven a aparecer luego de que los vuelven a quitar? Preguntó el de la Secretaría de Economía. Bueno, eso no ha salido a la luz, le reviró el Procurador. Pero no tarda en salir, Alfredo, por favor. Y ya hay rumores. Yo los rumores me los paso por los huevos. Pues tú, pero la gente se los pasa por la cabeza y por la oficina y por los cafés y por Facebook y por Twitter, y lo que más importa es la opinión pública. La opinión pública, sobre todo la del extranjero, es dinero, Alfredo. Mucho dinero. Eso es verdad, secundó el de Turismo y asintió enérgico el de Relaciones Internacionales, quien sudaba copiosamente. Digamos lo que digamos van a sospechar otra cosa, dijo Villarreal. Lo del vandalismo está bien por ahora. La sala se sumergió brevemente en el silencio. Más de 250 mil muertos, más de 37 mil desaparecidos, un índice de impunidad del 99.3%, sólo detrás de Filipinas a nivel mundial, y agreguemos que de ese 0.7% de crímenes que sí se castigan, es altamente probable que los “culpables” sean gente pobre incriminada por la policía, porque se calcula que, en nuestras cárceles, el 42% de los presos son inocentes. Pero sólo hasta ahora veo preocupación, miedo, indignación en todos los sectores. Ahora que reaparecen. Lo lamento muchísimo por las familias de las víctimas que ahora viven este calvario de nuevo, pero casi quiero creer que éste es un llamado de algún tipo para todos nosotros, los demás, para que abramos los ojos a la realidad, Gibrán terminó de teclear y presionó publicar. Durante el día revisó su celular de vez en vez, viendo cómo escalaban los likes y reacciones a su reflexión. No pudo evitar sentir una oleada de placer por el cuerpo cuando, a la mañana siguiente, vio que su post había sido compartido más de 13 mil veces. Bueno, y moviéndonos a otro aspecto importante del problema, ¿cómo pensamos resolverlo? Preguntó el Lic. Soto Cabrera. Alfredo Sahagún, Procurador General de la República, le dio un breve resumen de lo que se sabía hasta el momento: los muertos reaparecían en el mismo lugar, en la misma postura y exactamente en el mismo estado que la primera vez que se les recogió. Al recogerlos, volvían a aparecer; al principio no, pero tres semanas después reaparecieron todos de golpe, al mismo tiempo. Estaban apareciendo en toda la República, con mayor rapidez. ¿Cuántos han aparecido hasta ahora? ¿Oficialmente o de verdad? Preguntó Alfredo Sahagún. De verdad, respondió Soto Cabrera. 387 confirmados, 52 por confirmar hasta esta mañana, señor. No mames, dijo el Presidente. Sí, señor. Es sobre todo por las pinches fosas. Y así, México finalmente ha completado su transformación hasta convertirse en una temporada de The Walking Dead región 4, comenzó su video un youtuber e influencer de mucha tracción entre ciertos sectores de la juventud, na’más que en el remake mexicano no les alcanzó el presupuesto para poner a los muertos a caminar. Esta frase suscitó un enorme backlash y el youtuber, en su cuenta de Twitter, dijo que nunca fue su intención ofender a nadie. El video se hizo viral. El patrón que hemos identificado, continuó Sahagún, es que todos los cuerpos son de casos sin resolver. Ya valió, se le salió decir al Secretario de Turismo. Villarreal dejó escapar algo a medio camino entre una risa y un suspiro. No, espérate, el caso de la ciudadana norteamericana se resolvió. Se encarceló a dos pescadores de la zona. Me acuerdo, respingó el de Relaciones Exteriores. El de SEDENA se rió por lo bajo, pero se tapó la boca. Ay, Gustavo, fue lo único que le respondió el Procurador. ¡No más muertos! Leían la mayoría de las pancartas que desfilaban innumerables por las principales avenidas de veintiséis ciudades del país en una la marcha coordinada más grande de su historia. Algunas otras pancartas, más creativas, salieron en galerías fotográficas de los diarios más relevantes del país e incluso del mundo. Una que más que pancarta era una figura de más de tres metros, de papel maché, de una Catrina con una banda como de reina de belleza que decía “Ya todos los días son día de muertos”. Había, por ejemplo, una enorme pancarta, de unos cinco metros de largo, atada en sus extremos a varas de dos metros de longitud, de manera que extendida se asemejaba a un puente peatonal. Del punto medio colgaban muchas calaveritas. La pancarta decía: “En México no existe el descanso eterno”. Pusimos a agentes a vigilar las fosas comunes, los cementerios, las morgues, veinticuatro horas. Y a otros a vigilar los sitios donde se había hallado a los cadáveres. ¿Y? preguntó Soto Cabrera. Pues… Sahagún carraspeó, cosa rarísima en él, así que los demás se esperaron algo muy malo. A diferentes horas de la noche los cadáveres en la morgue, los únicos que estaban a la vista, pues… se disolvían como cera caliente, na’más que evaporándose de inmediato. Eso reportó uno de los agentes. Y en los sitios, bueno, ahí… ¿Qué? Ahí surgían de la tierra. Eso sí lo puedo testificar yo. Yo vi a uno personalmente. Primero se levantaba la tierra como si abajo hubiera un topo gigante y luego salían como papas o calabazas. Los colgados, según me comentaron otros agentes, salían más bien como frutas creciendo en cámara rápida, pendiendo de una rama. La expresión de todos era de horror y de asco. Sí, un agente murió de un infarto. Tres renunciaron y a otros les tuvimos que dar un descanso porque estaban muy alterados. Pues cómo no, dijo el Secretario de Comunicación y Transporte. En otro diario, uno satírico, extremadamente popular en redes, salió una nota que se titulaba “¡No más muertos! (En mi entrada)”. Esta nota rescataba varios videos y fotos de asistentes a la marcha en todo el país, casi todos vestidos con ropa de marca, con gafas oscuras, con sombreritos de verano, quienes, en sus pancartas o en sus declaraciones a la prensa habían hecho comentarios muy desafortunados, como una señora cincuentona en León, Guanajuato, que dijo que era muy triste que hasta cerca de la escuela de su hija, una de las escuelas más exclusivas del país, se había hallado un cuerpo y que la pobre niña seguía muy afectada. Un hombre bigotudo y de sombrero en la marcha de Monterrey, Nuevo León, había dicho que había tenido que cerrar uno de sus restaurantes porque tres cuerpos incinerados habían aparecido cerca del local y la judicial ahora se la pasaba ahí. A quién chingaos se le va a antojar comer carne asada cuando a veinte metros hay unos chisqueados al carbón. Pero quizás el que se volvió más famoso – o infame – fue un muchacho de veinticuatro años de la colonia Las Lomas de Ciudad de México, que declaró Es que no mames, we, la neta qué pena, we, qué pena me da México. Yo acabo de regresar de visitar a unos amigos en Melbourne y neta me dijeron que qué horror lo que pasaba aquí, we. Y yo me moría de pena. El gobierno o quien sea tiene que arreglar esto pronto porque da pena ser mexicano ahorita, we, no mames. Villarreal se levantó de su silla como si de golpe hubiese recuperado todas las articulaciones de su cuerpo. Esto es lo que vamos a hacer, dijo. Si no podemos arreglar el problema, al menos podemos contenerlo. El de Relaciones Exteriores y el de Economía lo vieron como perritos hambreados. Alfredo, quiero que dejes de perder tiempo y energía recogiendo a los muertos y quiero que me entregues mapas detallados de los sitios donde se han encontrado muertos y, lo que es más, quiero que prepares mapas de los sitios exactos en el país que podrían ser focos rojos. ¿Focos rojos, señor? Sí. Si hay un puente importante en un lugar concurrido donde hubo colgados, una escuela privada o famosa o céntrica donde se halló un muerto, una colonia de ricos donde se encontrara un cuerpo, una narcofosa enorme, y especialmente lugares exactos donde se han hallado extranjeros asesinados, quiero saberlo para ya. Ah, ya lo entendí, señor. Cuente con ello. Me entregas copias a mí y a Manuel, dijo mirando al de SEDENA, quien se limitó a asentir. Y al señor presidente, claro. El Lic. Soto Cordero miraba desconcertado, pero asintió. Por supuesto hubo memes. Muchísimos memes. Algunos muy graciosos, otros más bien malos. Uno de los que más circuló tenía un fotograma de la película de zombis 28 días después, en donde se veía a un hombre corriendo en una plaza londinense, perseguido por una turba de muertos vivientes. Luego un fotograma de una de las películas de Resident Evil con Milla Jovovich corriendo perseguida por zombis en Las Vegas. Otro más, éste de la película Guerra Mundial Z, una escena muy famosa donde una masa de zombis escala unas murallas gigantes cual hormigas. Finalmente, una foto de un muerto de los reaparecidos en México, tirado en un baldío en uno de los barrios de las afueras de Zacatecas. El muerto había sido baleado y era bastante panzón. El meme decía: Zombis en Inglaterra, en Estados Unidos, en Israel, y terminaba con: Zombis en México. Ese meme corrió como fuego. Manuel, quiero que pongas a los muchachos de todo el país a cuidar las áreas que Alfredo nos indique, y quiero que esas áreas se vuelvan inaccesibles para el público. Que sea imposible que cualquier pendejo caminando se tope con uno de esos muertos o fosas. Pongan malla con púas, oculten con maleza o piedras, con lo que sea. Al cabo más de la mitad del trabajo ya nos lo hace la madre naturaleza. Por suerte la mayoría de los asesinos siguen aventando los cuerpos en donde sea difícil hallarlos. El de SEDENA volvió a asentir con seguridad. El pánico corrió sobre todo en la comunidad más religiosa del país, como era de esperarse. Se organizaron sendas cadenas de oración. Durante semanas las homilías, a lo largo y ancho del territorio, rezaron acerca del final de los tiempos, de las trompetas, de los jinetes, del juicio, de nuestros incontables pecados. Las puertas del infierno se están abriendo y es hora de confesarse y orar, dijeron, con variantes, buena parte de los sacerdotes. Otros sacerdotes, más contados, de las alas más izquierdosas de la iglesia mexicana, con un sentido más refinado de la metáfora dijeron que el infierno era México y lo habíamos hecho los mexicanos. ¿Y qué hay de todos los muertos que pusieron ahí para verlos? Los colgados, los descabezados, los encostalados. O los muertos en balaceras en zonas céntricas. ¿Qué hacemos con eso?, preguntó el de Turismo. Villarreal hizo una pausa, apoyó los puños en la mesa y miró hacia abajo. Respiró hondo. Eso no sé bien, Rigoberto. Me imagino cosas, pero estará difícil. Podríamos cerrar ciertas calles y plazas, construir nuevas. Tratar de desviar los ojos de la gente hacia otros lados, pero llevará años, claro. Por otro lado, he escuchado que el turismo oscuro ¿o cómo le llaman? Turismo negro. Eso. Que ha aumentado mucho en México. Igual y es un área que puedes tratar de explotar. Con sutileza, claro. ¿Y qué hay de los muertos nuevos? Preguntó el Procurador. Todos lo miraron gravemente. ¿De los muertos que se hacen a diario? Tampoco tengo todas las respuestas, Alfredo. Aunque proliferaron los artículos de opinión, columnas, análisis, reflexiones al respecto, la mera verdad es que la mayoría eran en extremo previsibles, plagados de lugares comunes y de sentencias prefabricadas. Antes de leerlos uno ya se los sabía, pues. Quizás por ello muchas de las plumas más lúcidas de México, muchas de las cabezas más privilegiadas, muchos de los críticos más certeros guardaron silencio, ateridos todos frente a sus teclados, con el cursor titilando en la hoja en blanco, sintiéndose frustrados, traicionados por una realidad que se ofrecía a sí misma con demasiada facilidad, ya empaquetada en una figura literaria inmensa. Mejor el silencio, tal vez. Señor Presidente. Sí, Raúl, respondió el licenciado Soto Cabrera como un soldado raso a un general. Debe salir cuanto antes a dar un anuncio a la población para calmarlos; algo patriótico. Sí. Un discurso donde se sienta que todos vamos en el mismo barco, que todos debemos mantenernos unidos ante esta tormenta. Sí, repetía Soto Cabrera, como tratando de memorizarlo. Que hemos salido de peores, pero juntos, que los mexicanos somos una raza fuerte, pero que nuestra fuerza está en la unión. Sí, asentía Soto Cabrera y los demás también. Usted es el capitán del barco, hable con entereza, diga que no permitirá que este barco se hunda, pero que no puede estar solo. Qué bonito le salió, licenciado Villarreal, opinó el de Cultura. Pues no por nada estudié Derecho, como casi todos los grandes escritores de este país, dijo Villarreal. Excepto Carlos Fuentes, ése era economista, agregó el Secretario de Economía. ¿Y luego? Preguntó casi con un temblor de voz Soto Cabrera. Luego todo se va a ir a la chingada, como siempre, señor Presidente. ¿No que el barco no se va a hundir? Preguntó el de la SEDENA que había estado callado hasta entonces. Este país no es un barco, Manuel, le respondió Villarreal. Es un tráiler infecto lleno de cadáveres, merodeando sin rumbo, dijo con vehemencia. A Soto Cabrera se le erizaron los pelos del espinazo. Pero lo bueno es que nosotros vamos en la cabina y no en el contenedor, ¿o no?, se rio Villarreal mientras le daba unas palmadas en el hombro a Soto Cabrera, quien a su vez se rió, con nervios. Julián Alberto Mozqueda, uno de los escritores más prometedores de la narrativa mexicana según la revista Esquire, cavilaba una noche en su departamento, mientras tomaba un vaso de ginebra y escuchaba de fondo la tele sin ponerle mucha atención. Pensaba en el artículo que debía entregar al día siguiente a Letras Libres. Le gustaba eso de un cuerpo cayendo en el vacío, era un buen inicio, pero no tenía nada más. Estaba en blanco. Se quedó pensando en eso un rato. Una esfera cayendo en el vacío. ¿Pero desde cuándo realmente se estaba cayendo?, pensó. ¿Y dónde está el fondo? ¿Y si no hay fondo? ¿Entonces qué importa caer? Entonces pensó más bien en otras esferas, gigantes, girando en torno al sol para siempre.

Yo creo que a México ya se lo llevó la chingada, dijo González antes de zamparle una mordida enorme a su torta de carnitas. A México se lo ha estado llevando la chingada desde tiempos inmemoriales, respondió Bedia después de pasarse un trago de Fanta. Pero ahora sí ya en serio, digo, dijo González. ¿Y qué significa que ahora sí?, preguntó Bedia. Pues es que esto ya es del diablo, Bedia. Tú no crees en Dios, pero la neta yo creo que esto es un mensaje. Está cabrón creer en Dios viendo lo que está pasando. Más cabrón no creer viendo lo que está pasando. Los dos se miraron desafiantes, como sopesando a quién le había salido más chingona la contestación. Mira, creas o no creas, la neta es que esto es otro nivel. La gente está asustada. Está enojada. Ahora hasta los derechairos están marchando, güey. Las inversiones van a bajar, va a haber inflación, el peso se va a devaluar. González hizo una pausa dramática Yo la neta, la neta, creo que va a haber una guerra civil. Un pinche golpe de estado y luego todos contra todos y sálvese quien pueda. Bedia masticaba y luego dijo, todavía con algo de comida en la boca y tapándose con la servilleta Nah, yo no creo. Pues cree lo que quieras, güey. En el radio del changarrito sonaba un reguetón con cachos en inglés y cachos en español y el que preparaba las tortas seguía la letra por lo bajo. ¿Sabes cuántas narcofosas se han hallado en el país desde el 2007?, preguntó Bedia de pronto. La neta no. Más de 2,000, cabrón. No mames. Sí. En promedio una cada 3 días. Está cabrón. ¿Sabes cuántos muertos tenía la más grande? No. Más de 500. Hijo de su puta madre. Sí. Pausa. ¿Y sabes cuántas viejas han muerto en Ciudad Juárez desde el 93? La neta tampoco. Poquito menos de 1,800. Chale. Sí. ¿Y sabes cuántas el año pasado en todo México? 760. ¿Y eso es mucho? Sí, cabrón. Chale. ¿Y sabes cuántos periodistas? Pues no sé la cifra exacta, pero sí sé que muchos. Como en Siria o Irak o uno de esos países bien culeros. Ajá, ¿Y has sabido algo de los 43 chavitos de Ayotzinapa? Ah, de eso sí sé. Ah, ¿Sí? Cuéntame qué ha pasado. Ah, cómo serás mamón, eso no sé. Sé lo que sabe todo mundo. Bedia miró a los ojos a González como esperando que una luz se encendiera en la caverna sombría que tenía en lugar de cabeza ¿No agarras el pedo de lo que te quiero decir, pendejo? González pensó un momento. No, mano, explícame. A ver, pendejo, piensa, más de 2,000 fosas, una con más de 500 cuerpos, montones de viejas muertas, montañas de periodistas muertos, los chavitos que nadie encuentra y tú, que trabajas en el INEGI, güey, el archivero del país, ni enterado estás de nada. Bueno, bueno, pero mi trabajo es menor, cabrón, soy un pinche godínez, yo no tengo porqué saber. Exacto, dijo Bedia. ¿Cómo? Otra vez pausa. Bedia trató de identificar la canción, pero no la reconocía. Tal vez era nueva. No te entiendo, güey, dijo González y luego hizo los ojos chiquitos, como si tratara de localizar una pulga en su plato. No, la neta no le agarro, güey, ya dime. Ah, cómo estarás pendejo. En un par de meses vas a entender lo que quería decir. Dale un año a lo mucho. Ah, cómo serás mamón, pinche Bedia.

Texto e ilustración por Jorge Luis Flores.
Ilustración inspirada en el grabado: ‘Calavera oaxaqueña’ de José Guadalupe Posada.

Retrato

No estoy confesando que yo lo hice; eso todos lo saben y hay testigos. Estoy confesando que lo hice con alevosía, que fue premeditado y que el motivo fue el odio. El odio que nace de la envidia fraternal, que es  el odio más duradero, más intenso y ciertamente el que cuenta con más abolengo. Pero también me motivó el amor. Qué triste que la suma de dos sentimientos tan puros, al resultar en un crimen, se transforme en las lenguas y mentes de quienes juzgan sin entender en algo tan burdo como “celos”.

¿Tenía celos? Sí. Claro que sí. ¿Quién no los tendría en mi circunstancia? Forzada a mirar siempre, eternamente, cada día de mi vida, a mi amo, al dueño y razón de cada una de mis acciones, preferir en todo a mi gemela; esa otra discípula idéntica a mí que por puro azar y no por mérito fue elevada a compañera indispensable. Oh, mi sufrimiento ha sido profundo y demasiado largo: desde los primeros gestos fue claro que se me hacía a un lado en favor de ella. Pero mi mayor dolor llegó cuando – ¡tan temprano en nuestras vidas y sin darme una sola oportunidad de mostrar mi valía! – la eligió para colaborar en su primera obra. La obra es intrascendente, de pobrísima concepción y aún más paupérrima técnica (interesados podrán hallarla aún, amarillenta e incomprehensible, en un fólder preservado por razones sentimentales en casa de sus padres) cuya única relevancia – fatídica para mí – fue determinar de una vez y por siempre la díada creativa de la que yo quedaba excluida, reducida al humillante rol de lacayo. 

¿Qué habré hecho en otras vidas? ¿Qué pecado irredimible pesa sobre mi alma para merecer las injurias de las que fui víctima? Una cosa es ser rechazada y retirarse viendo a otra elegida, pero otra mucho más trágica es ser rechazada y al tiempo forzada a quedarse para observar, y peor, para ayudar a florecer y atender a ese amor vedado para mí. No sólo ninguno de los muchos y tan admirados frutos de ese jardín son míos, sino que mi minúsculo papel en la gestación de cada uno de ellos, francamente podría haber sido encargado a un mueble.

¿Por qué pintura? Me he preguntado a veces. Pregunta inútil, como las que tiende a hacer una cuando se hunde en la desesperación. ¿Por qué no música o escultura? Mi contribución seguiría siendo ligeramente menor, pero protagónica; el amor no equidistante, pero casi. O ¿Por qué no fotografía o cine? En ese caso ambas, mi gemela y yo, seríamos relegadas al segundo plano.

Nada de esto es importante. El punto es que no debería sorprender a nadie lo que hice. Debería sorprender que tardé tanto en hacerlo. Hasta la fecha él se interroga, en sus horas de peor amargura: ¿Por qué blandí el martillo con la mano izquierda? Pues ya, ahora tienes tu respuesta. Fui yo. Yo elegí tomar el martillo – intercambiar sitios para una tarea al menos –, yo apliqué esa fuerza desmedida. Y el rasguño horroroso de tu grito, que tanto, tanto me perturbó escuchar, fue contrarrestado por el crujido escalofriante proveniente de mi hermana y por su estampa retorcida que me llenaron de placer.

Primer, segundo y tercer metacarpianos destrozados, cirugía, advertencias sobre posibilidades de total recuperación, yeso durante seis semanas, fisioterapia otras tantas. Si en algún momento sentí remordimiento, fue en éste. Presenciar el dolor físico y sobre todo el anímico de mi amo; sus penurias diurnas y sus terrores nocturnos; la frustración constante por su presente entorpecido y la ansiedad subyugante por la posibilidad de un futuro sin pintura. Ah, pero era fácil olvidar mi culpa cuando mi recompensa era tan dulce. Nunca en las casi cinco décadas que llevamos juntos recibí tanta atención como en esos días. Hasta las tareas más nimias – aquellas que la otra daba desde hace tanto por sentado – eran para mí un obsequio de incalculable valor. Pero algo a parte de la culpa enturbiaba mi alegría. La esperanza de él – el retorno de la compañera pródiga – era mi miedo.

La suerte estuvo de mi lado. Aunque darle crédito a la suerte es errado. Más bien mis cálculos fueron correctos. Oh, amo, si hubieses visto el asco y el horror que se apoderó de ti una vez que el yeso cayó y develó los tristes restos de la que una vez fue tu favorita. Del que una vez fuese un dorso a la vez varonil y terso, quedaba ahora un pálido simulacro deformado por nudos óseos asomando bajo la piel; y los orgullosos y ágiles dedos pulgar, índice y medio eran ya unas torcidas ramas mustias. Y el hedor, la pestilencia nauseabunda emanando de las franjas de piel muerta y humedecida, que no desaparecía por más cremas y alcohol que te aplicaras, y que ahondaba la sensación espantosa de cargar con un cadáver descomponiéndose.

A la tercera semana de fisioterapia, el dictamen confirmó lo evidente: era inútil. Reducida a garra vergonzosa, mi hermana fue al fin vencida.

Mi triunfo se vio levemente ensombrecido por el estado de auto-conmiseración absoluta en que cayó mi amo. Perdí la cuenta hace mucho de la cantidad de píldoras antidepresivas que me hizo darle y el número de licores que le llevé a los labios. Este estado, afortunadamente, duró poco. Luego entró en una catatonia imperturbable y se aisló casi por completo, despidiendo a su agente, y recibiendo cada vez a menos colegas y amigos. Sólo su mucama quedó en la casa. Mejor para mí porque fue, finalmente, casi enteramente mío.

He de admitir que nuestra relación no tuvo el carácter idílico que yo anhelaba. Él no me tenía paciencia ni con las minucias del día a día; gruñía y hacía rabietas por un poco de vino derramado, un traste roto, unos minutos de más abotonando su abrigo o atando cordones. ¿Pero qué esperaba de mí? Tras cuarenta y nueve años de abandono no podía exigirme destreza. Era claro que el pincel estaba aún muy lejos de mí, pero no me importaba. Yo tendría la calma necesaria por los dos.

Finalmente, transcurrido más de un año desde el incidente, durante una noche insomne, el momento tan largamente deseado e infinitamente postergado llegó: mi amo se levantó del sillón donde llevaba horas mirando el fuego en un trance etílico y se dirigió a su estudio trastabillando, pero con una decisión que juro no haberle visto desde su juventud. Recuerdo la sensación fría del metal del picaporte al girarlo y la capa de polvo que se adherió a mí, y recuerdo el escalofrío que me recorrió como una descarga eléctrica erizando los vellos en mis nudillos al abrir cajones y sacar óleos y paleta y pinceles, y las cosquillas de anticipación en mi palma al descubrir un lienzo y prepararlo. El pudor y un resto de decoro me obligan a censurar una descripción detallada de lo que experimenté cuando tomé el pincel entre mis dedos, lo mojé en la pintura y tembloroso lo guié por la blanca tela.

Así, en un constante éxtasis, interrumpido sólo por paréntesis de embeleso total, vivimos veintitrés días y sé que el gozo intenso fue mutuo; estoy segura. Nunca, no desde sus primeros cuadros, lo vi tan sobrecogido por la energía creativa, poseído por algo mayor, más alto, trascendental. Mas lo que me intensificó mi satisfacción es que nuestra relación no era un calco de la otra; no. Un alma por completo diferente nos daba vida y la prueba era nuestra obra. Esta pintura parecía hecha por otro: alejada por completo del neo-expresionismo  que lo había hecho destacarse y lanzado de cabeza a un abismo que pareciera lirismo abstracto y del que un crítico dijo: “Si el lenguaje del dolor es cromático, ésta es su sentencia más desgarradora”.

Curioso, porque lo que yo sentí mientras pintábamos era lo opuesto del dolor. El desgarro vino una vez terminado el trabajo, cuando tu ex agente llegó de emergencia a la casa a ver el milagro y entre sollozos de emoción preguntó: “¿Y tiene título?”, y tú respondiste orgulloso después de dar un trago triunfal a una copa de cognac, y al escucharte yo me sentí morir y quebrarme en más pedazos que la copa que solté en mi sorpresa y desconsuelo, y el eco del cristal estallando parecía repetir y multiplicar las palabras que se me enterraban como dagas.

Una vez dicho, no había manera de no verla. Sugerida apenas, como un galeón naufragado a través de un mar embravecido, sus contornos enterrados por el tiempo, enredados en marañas de color y furia, pero más bella y definitiva que nunca en su tragedia: mi hermana. Y yo; yo que nunca jamás me vi tan reducida, tan ínfima, tan vejada; viendo el motivo de mi felicidad más auténtica revelándose como mi humillación más grande, y el talismán de nuestro idilio transformándose en el símbolo de mi derrota final.

“Retrato de la mano derecha por la mano izquierda” se vendió en una subasta por quince millones de dólares y está ahora en la colección permanente del museo privado más importante de la ciudad. Ninguna de sus pinturas ha tenido la celebración de la crítica ni el impacto en la escena del arte que tuvo ésta. 

En la cima de su prestigio, con dinero para vivir cómodamente para siempre y sin nada qué decir pictóricamente, mi amo se retiró de la pintura y escribe ahora sus memorias. Como si mi castigo no hubiera sido ya excesivo, ahora paso horas aplastando teclas. Podría pensarse que este giro me beneficia pues me da un trabajo en el que no soy segunda de nadie y en el que he adquirido cierta pericia. Pero es que a mí la literatura me aburre a morir.

La primera nevada

La suerte quiso que mi única amiga local, tras dos años y medio de vivir en Estonia, sea un fantasma.

Su nombre es Svetlana y espanta en la casa abandonada detrás de mi edificio de apartamentos. La conocí un día en que, por morboso, me metí a la vieja casona esperando hallar fotos o pinturas mohosas en las paredes, libros amarillentos deformados por la humedad, tal vez una pieza de joyería valiosa, cuando menos secretos olvidados esperando a ser revelados. En lugar de eso me encontré con una viejecita flotando a medio metro del suelo. Y la primera pregunta que se me ocurrió hacer fue la más estúpida: “¿Eres un espíritu?”. Error. Un consejo: si quieren trabar algún día amistad con un fantasma, no le pregunten si lo es. Sveta me miró con una bilis que me heló la sangré más que su repentina aparición. “Grosero”, me dijo. “Entras a mi casa sin permiso y encima me insultas”. Le pedí perdón y me presenté: “Soy Jorge y soy mexicano”, dije; como si ser mexicano explicara mi impertinencia. Es un defecto que adquirí desde que llegué a Estonia: confundir a todo el mundo con agentes de aduana. Fuera como fuera, sirvió. Escuchó mexicano y dijo: “Oh, qué raro. Nunca había visto a un mexicano”. El resentido entonces fui yo.

Nuestra amistad es extraña porque no tenemos casi nada en común. Ella tiene sesenta y tantos años (eso calculo, pero nunca ha querido revelarme la edad a la que murió. Es vanidosa en ese sentido) y yo tengo 27. “La flor de la edad”, dice ella con un suspiro de añoranza. Yo la escucho sin renegar, pero por mi bien debo dudar de la veracidad de su juicio. Si ésta es la flor de la edad, ¿qué me espera cuando la flor se marchite?

Una diferencia insalvable es de tipo ideológico. Sveta creció en la Unión Soviética y pasó sus últimos días encandilada por las maravillas que llegaron de occidente una vez que la Cortina de Hierro se desbarató. No pasa una hora sin que se queje de haberse muerto justo cuando empezaba a saborear las mieles del capitalismo. Yo, en cambio, me considero comunista. Creo. He leído dos libros de Slavoj Zizek y vi un video-ensayo sobre el Manifiesto comunista. Y bueno, en cualquier caso me gusta llevar la contraria. Ella no puede más que refunfuñar cada vez que le hablo de la crueldad del capitalismo, de su reluciente faz ideológica que oculta un engranaje terrible de opresión, de la explotación laboral y la depredación ecológica en países subdesarrollados que sostiene las condiciones de los países desarrollados. “Bah”, dice ella, “¿A mí qué me cuentas si nos aprendíamos esos versos de memoria en la primaria?”

El sueño de Sveta es que derriben su casa y en su lugar levanten un centro comercial para deambular en sus largas noches insomnes por pasillos de linóleo, mirando ropa que no puede usar, añorando zapatos que no puede calzar, conjeturando el olor de perfumes que no puede ponerse, imaginándose dueña de aretes brillantes que ya de nada le sirven. Yo le digo que ésa es más o menos mi experiencia en todos los centros comerciales, porque todo veo y nada me alcanza con el mísero salario que recibo trabajando en un call-center en horarios espantosos. “Bah”, gruñe Sveta y luego me habla de Siberia, del Gulag, del Gran terror. En fin, ¿qué puedo decirle?

No habíamos cumplido ni la semana de conocernos cuando me preguntó: “¿Eres bueno para otra cosa aparte de quejarte?”

“Me gusta leer y me gusta escribir”, respondí. “Aunque ya ni de eso estoy seguro”. Le cuento que a veces tengo tanta ansiedad que me veo forzado a releer un párrafo diez veces y aún así las palabras se resbalan como si mis ojos tuvieran una capa de cera. En cuanto a escribir, le digo que he olvidado cómo hacerlo; que se me ocurren ideas y las pierdo al momento que empiezo a escribirlas; que al acercarme me dicen: ‘No soy para ti’ y se desvanecen. “A veces ya no sé para qué, Sveta. No sólo para qué escribir, para qué en general”, terminé.

“Ya te estás quejando otra vez”, observó puntualmente Sveta.

Desde entonces hablamos de literatura, aunque tampoco aquí coincidimos. Una vez me preguntó quiénes eran mis autores latinoamericanos preferidos y le dije: “Borges, Cortázar y Bolaño”. Los dos primeros le entusiasmaron porque había oído de ellos y del tercero no sabía nada. Igual me pidió que le prestara algo. Así lo hice y una semana después me devolvió los libros con el dictamen: “Muy pesadito, muy raro y demasiado sexo”. A partir de ese momento dejó de confiar en mí y sólo me preguntaba mi opinión de los autores que a ella le gustaban (muchos de los cuales yo nunca había leído).

En otra ocasión, mientras Sveta hablaba efusivamente de Mayakovski, hizo una pausa para preguntarme: “¿Es la noche en Veracruz, vista desde la ventana de un ferrocarril, tan bella como la canta Mayakovski?”. Le dije que no tenía idea. No sabía de qué poema hablaba, desde hace décadas que no hay trenes de pasajeros en México, y las dos veces que estuve en Veracruz no me fijé en el cielo nocturno. Desde entonces no me deja intervenir mucho, pero no me molesta el rol de escucha. Oírla hablar de Chéjov y Bulgákov, o recitar poemas de Anna Ajmátova, es un placer.

La mayor diferencia entre nosotros es, al fin y al cabo, material. Yo estoy vivo y ella muerta.

Sveta asegura que ella no se dio cuenta cuando murió. Dice que fue a dormir una noche especialmente cansada y al día siguiente se levantó e hizo sus cosas, como siempre. Cuenta que luego vinieron sus hijos a visitarla y los notó muy alterados. Luego vino la policía y una ambulancia. “¿Por qué tanto alboroto?”, les preguntaba ella. Fue sólo después de mucho tiempo, cuando ya se habían llevado todas sus cosas y nadie venía a visitarla, que Sveta se dijo: “Yo creo que ya me morí”.

Dice que lo que más extraña son los aromas y los sabores. Recuerda sobre todo el sabor ahumado del té caravana que su madre preparaba por las tardes en el samovar y que Sveta mitigaba con sendas cucharadas de mermelada; recuerda también el aroma a mantequilla y miel que bañaba el pequeño apartamento cada vez que su abuela, de origen ucraniano, se empeñaba en preparar medovik sin ayuda, tardando medio día. Era cierto que quedaba mejor cuando nadie más intervenía.

Sveta está triste por estar muerta. Una vez traté de reconfortarla diciendo: “Estar vivo no es para tanto” y me regañó: “No digas estupideces”.

A pesar de nuestros muchos desencuentros, descubrimos hace poco algo que nos une. Ambos amamos la Navidad.

Una mañana de diciembre vine a visitarla y me preguntó por las coronas de adviento encendidas en casi todas las ventanas: “¿Ya casi es Navidad?”. Le aclaré que no, faltaban un par de semanas. “Pero no ha nevado”, dijo sorprendida. Quise explicarle que se debía al calentamiento global, otra de las secuelas del sistema que ella tan fervorosamente defendía, pero me contuve. En lugar de eso le conté que mi novia y yo ya habíamos comprado nuestro arbolito porque nos gusta disfrutarlo el mayor tiempo posible. “Los entiendo”, dijo. “Ésta era mi época favorita del año y también comprábamos el yolka desde tiempo antes”.

La mención del arbolito lanzó a Sveta en un viaje por la memoria. En la URSS, me explicó, el árbol no podía ser de Navidad por obvias razones. Durante años los árboles estuvieron terminantemente prohibidos hasta que un político sentimental escribió un artículo meloso en Pravda, pidiendo regresar a los niños del Estado Soviético la alegría de los árboles que otrora sólo podían envidiar espiando por las ventanas de las casas burguesas. Otras historias contaban que la propia hija de Stalin había visto un árbol adornado en la embajada inglesa y le había pedido a su papaíto uno. Cualquiera fuera el caso, desde 1935 el árbol regresó a los hogares proletarios, pero ya no como árbol de Navidad, sino como el novogodnyaya yolka, o árbol de año nuevo.

Durante la tercera semana de diciembre, cuando San Petersburgo se llenaba de mercados de abetos, el padre de Sveta compraba uno pequeño y lo llevaba a su departamento, donde lo ponían en una cubeta con agua y lo aseguraban con una cuerda; sacaban una caja con adornos: oropel plateado, unas pocas esferas, piñas que Sveta misma recogía durante el verano y pintaba una vez que se secaban, un pequeño cohete con la hoz y el martillo grabadas en dorado, y una gran estrella roja que Sveta, montada sobre los hombros de su padre, ponía sobre la punta del árbol.

En la víspera de año nuevo se reunía la familia; cenaban borsch, guisado de alforfón con cebolla y hongos fritos, y un gran pato relleno de manzana. Bebían cognac y, al terminar la cena, una taza de vzvar caliente. Entretanto su padre y una tía bajita se escabullían amparados por la algarabía y se aparecían a la media noche en la puerta, disfrazados de Ded Moroz y Snegurochka (el Abuelo Helada y su nieta la Doncella de Nieve).

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Postal soviética de año nuevo

Al crecer, Sveta se casó con un joven estonio y se mudó a Tallin. Taavi, su marido, era miembro del PCE (Partido Comunista Estonio), pero en privado, era un luterano devoto y celebraba Navidad. El cambio de fecha festiva, el cambio del yolka por el árbol de Navidad, y el cambio de Ded Moroz por San Nicolás no fueron de mayor importancia para Sveta. Lo que le importó fue esa dulce vuelta a la infancia, una vez al año, reviviendo el ritual con sus propios hijos.

Me quedé pensando un momento y luego le dije que para mí todo el tema era un desastre. Que cada año se me hacía más difícil disfrutar la Navidad. Que me encanta, pero es un amor tremendamente complicado.

“Me criaron católico, pero desde hace mucho no soy creyente. El problema es que sin la religión ¿qué me queda? Y para colmo estoy en contra del capitalismo. No se puede ser ateo y comunista y celebrar la Navidad. Oh, Sveta, me llena de culpa mi incongruencia. Digo que odio el consumismo, pero voy a las tiendas y me emociono al ver las guirnaldas y la nieve falsa, y los cientos de luces. Recuerdo la desenvoltura de los regalos al amanecer con tanta nostalgia y me atenaza el remordimiento por mis aspiraciones pequeño-burguesas. Y encima el tufo colonialista que despide el asunto. ¿Qué hace un pino canadiense en una sala de México? ¿Qué hacemos con monos de nieve inflables a treinta grados centígrados? ¿Renos en donde con trabajos sobreviven perros lanudos? Nada tiene sentido. Bien mirado, la Navidad es un significante vacío”.

Cosas como esta última las espolvoreo a veces en conversaciones casuales para compensar el hecho de que mi título en semiótica no sirve para hallar empleo. Esperé la reacción de Sveta con ojos de perro enfermo y finalmente preguntó con auténtica sorpresa: “¿Y dices que tienes novia?”.

Sin espacio mental para ofenderme, seguí: “Es en serio, Sveta. No hay escapatoria. Si tuviera hijos podría decir que es por ellos, que vicariamente vivo su emoción navideña, pero no los tengo. La opinión pública parece tener claro el veredicto: ser un adulto sin niños y conmoverse con la Navidad es para auténticos pusilánimes. Si alguien lee Cuento de Navidad hoy, lo hace, o bien irónicamente y botado de la risa, o bien reprimiendo una lágrima, avergonzado por dejarse enternecer por ideas tan cursis”.

“Oh, Dickens”, me interrumpió entonces Sveta, ignorando el resto de mi lamento. “Adoro a Dickens. Me acuerdo del momento en que el pobre Bob Cratchit rompe a llorar acordándose de Tiny Tim y se me botan las lágrimas”.

John Leech

Ilustración original de John Leech para ‘A Christmas Carol’.

Le confesé que durante toda mi vida sólo conocí Cuento de Navidad a través de la versión adaptada con los Muppets, y sólo hasta este año leí el libro. Lo leí durante un turno nocturno en mi trabajo, en la luz azulina de la pantalla; y ciertamente tuve que respirar hondo en ese pasaje que ella mencionaba, para no ponerme a llorar en la oficina.

“¿Qué son los Muppets?”, preguntó Sveta.

Descargué la película y al día siguiente llevé mi computadora para ver Una Navidad con los Muppets con Sveta. Al principio le molestó la inconsistencia de que algunos de los humanos fueran humanos y otros marionetas; tampoco le encantó que hubiera animales exageradamente grandes y otros de tamaño natural. “Dios mío”, murmuró entre dientes al ver que Bob Cratchit era una rana y la señora Cratchit una puerquita. Pero por más que se quejó, en varias ocasiones la vi secándose los ojos con su pañuelo. “No está tan mal”, dictaminó cuando corrieron los créditos. “Pero la versión de Dickens es la buena”.

Hablando de Cuento de Navidad llegamos a Las campanas y El grillo del hogar y resolvimos que sin duda el mejor es el primero. De Dickens pasamos a Hoffmann y su cascanueces, que yo conozco a través de películas animadas que pasaban en la tele durante diciembre, y que Sveta conoce a través del ballet de Tchaikovski. De Hoffman pasamos a Andersen y su tristísimo cuento El abeto, o el todavía más triste La niña de los fósforos. “Bah”, dijo Sveta sobre este último. “Es mucho mejor el de Dostoyevski”.

Yo no tenía idea de que Dostoyevski había escrito cuentos de Navidad y Sveta, tomándose esta ignorancia como una ofensa personal, me ordenó que buscara en “mi aparato ése”:  El niño mendigo en el árbol de Navidad de Cristo y también otro cuento llamado El árbol de Navidad y una boda.

En efecto el primero se parece mucho a La niña de los fósforos. Igual de lacrimógeno e igual de infanticida. Ambos tienen un reencuentro en el cielo con un familiar fallecido. Pero el de Dostoyevski tiene una ciudad hostil llena de gente que mangonea o ignora al pobre niño. El árbol de Navidad y una boda también incurre en abuso infantil, aunque éste, para un lector actual, es más perturbador pues incluye a un adulto regordete cortejando – con una cuantiosa dote en mente – a una pobre niña de once años que sólo quiere jugar con su muñeca. También aparece el miserable hijo de una institutriz, que recibe un libro sin ilustraciones de regalo y es forzado a ver cómo todos los otros niños, hijos de aristócratas o de mercaderes, reciben marionetas y rifles de juguete.

“Oye, los dos cuentos tienen clarito el conflicto de clases al centro, ¿eh?”, le comenté a Sveta. “No te me estarás poniendo nostálgica, ¿O sí?”. Sveta gruñó: “Bah”.

Mis malas bromas no arredraron a Sveta y en días posteriores me estuvo contando otros cuentos navideños que ella recuerda de su infancia. De Chéjov leímos El árbol de Navidad, en donde aparece otro niño desdichado (empiezo a preguntarme si algún niño ruso ha sido feliz), y En fiestas, que, para no desentonar, es igual de deprimente y que, siendo sincero, no entendí. Esto último no se lo dije a Sveta por temor a decepcionarla de nuevo. Mi favorito fue Nochebuena de Nikolái Gógol, por mucho el más alucinante de todos. El diablo se roba la luna, aparece una bruja voladora, y en la oscuridad florecen festejos, altercados muy violentos y un romance.

“Y me dices que Cortázar es demasiado raro”, me quejé con Sveta.

Más allá de Dickens, Sveta no conoce a casi ningún otro autor anglosajón, así que como pago por sus muchos cuentos, le he leído The Gift of the Magi, de O’Henry, cuya anécdota le pareció excelente, pero su ejecución deplorable; y A Christmas Memory de Truman Capote, que la hizo llorar inconsolablemente. Habiendo agotado mi inventario con sólo dos cuentos, le mostré La Navidad de Charlie Brown, que, para profunda desazón mía, le aburrió; aunque concedió que Charlie se parece a mí: “Igual de aguafiestas”, declaró riéndose y luego su brazo vaporoso me dio un simulacro de palmada en la espalda.

Diciembre ha seguido avanzando y no cae nieve. Sveta está genuinamente enojada. “¿Cómo? ¿Vamos a llegar a noche vieja sin una nevada decente?”, me pregunta, como si yo fuera meteorólogo o vidente. Yo no estoy enojado; decepcionado tal vez. “Es raro”, le digo, “tantos años sin nieve y con sólo dos inviernos en Estonia ya exijo nieve a como dé lugar”. Sveta me cuenta que lo que más extrañaba de San Petersburgo al mudarse a Tallin era la nieve. “La nieve aquí”, dice ella, “siempre es poca, pero en San Petersburgo las nubes son generosas y en ocasiones parecía que se desparramaban enteras en parques y plazas”. Yo le hablo de una mañana, cuando tenía seis o siete años, en que despertamos con la sorpresa de que estaba nevando. “Hasta la fecha se habla de ese día”, le digo a Sveta y le cuento cómo Golfo, nuestro Alaska Malamut, acostumbrado al calor seco de mi ciudad, pareció de golpe reconocer en los escasos copos que caían su verdadera naturaleza, pues comenzó a aullar y dar brincos, tratando de atrapar la nieve con el hocico.

Para distraernos del clima mediocre que nos rodea, le he puesto a Sveta A Child’s Christmas in Wales, de Dylan Thomas, leído por el propio Thomas con su vocerrón venerable. “Qué sonido maravilloso, ¿no?” le pregunté a Sveta. Por respuesta ella dijo afligida: “Ay, ésa es otra cosa que extraño; el sonido de las palabras”. El idioma es otro peso que perdemos al morir; en el más allá queda sólo el esqueleto del lenguaje, por eso puedo comunicarme con Sveta. Pero junto con el obstáculo, se va también su obsequio. Traté de explicarle: “Oh, Sveta, imagina el sonido del agua helada corriendo sobre los guijarros y del viento golpeando el follaje de los pinos en un día nevado. Así, así justamente. Ese sonido tan suave, pero agigantado por el silencio de templo que crea la nieve”.

No sé si me entendió, pero sonrió.

Ayer fue Nochebuena y vine a visitar a Sveta. Durante días estuve pensando en buscarle algún regalo, pero no se me ocurrió nada bueno. Todo lo que más extraña está fuera de su alcance.

“Y bueno, ¿no tienes tú cuentos navideños mexicanos?”, me preguntó apenas crucé la puerta. “Conozco uno solamente; Navidad en las montañas”, respondí, y, como sé de su impaciencia, pronto lo busqué y comencé a leerlo.

En un principio Sveta quedó fascinada con esa visión de México desde los ojos de un soldado solitario merodeando montañas brumosas, cavilando sobre las tradiciones navideñas. A partir de la aparición del cura español, sin embargo, Sveta, al contrario que el narrador, se sintió más y más fastidiada. “¿Y este es un cura admirable? ¿Este señor tan pesado?”, exclamó.

Le molestó que el señor hubiera llegado a una aldea indígena y creyera haberla rescatado de “la idolatría y la barbarie”; que hubiera re-hecho el pueblo a su gusto, con jardines, adornos y techos que lo hacían parecerse a “aldeas de Saboya y de los Pirineos”; que les hubiera instado a cambiar tortillas por pan; y que todo esto fuera tomado por virtud. Yo no juzgo tan duramente a Altamirano como Sveta, el pobre hombre lo escribió por encargo y tiene pasajes memorables aunque sea meramente por la calidad de la prosa. Aun así, no deja de darme gusto escuchar a Sveta tan enardecida por una causa social.

“Mejor cuéntame tú cómo es la navidad en México”, me pidió.

Le expliqué que las tradiciones cambian mucho, dependiendo de la zona, de la clase social, de la familia; pero hago lo mejor que puedo para pintarle el cuadro costumbrista que desea. Le cuento de las posadas; de las plazoletas de iglesias y calles adornadas con luces; de los cazos humeantes de ponche o atole; de los tamales y los buñuelos; de las proverbiales piñatas con sus picos de papel, hechas sobre un jarrón de barro cocido, rellenas de cacahuates y caña de azúcar y mandarinas; de la procesión de María y José en busca de resguardo; de los niños (y no pocos adultos) que soportan rezos y cantitos desesperados o distraídos, esperando sólo la fiesta.

Le cuento también aquello de las pastorelas, que se hacen cada endemoniado año en preescolar y en primaria; le cuento que yo fui diablito y angelito, borrego y pastor; le cuento que mi hermano menor fue la estrella de Belén cuando tenía quizás un año, y que durante una hora colgó de un tubo con un disfraz hechizo de papel aluminio y cartón.

Le cuento de la cena navideña, invariablemente demasiada. De ese mundo incomprensible de los tíos y los abuelos que muy poco nos importaba, y de esa felicidad limpia de dudas que sentíamos los primos al jugar.

Le cuento entonces del nacimiento, o Belén, que puede ser solamente una representación en miniatura del pesebre donde, se supone, nació Jesús; pero que en nuestra casa era mucho más: enorme y francamente surrealista. Tenía el pesebre, con pequeñas tejas y rollos de alfalfa; un desierto con arena de verdad y un oasis donde habitaba un cocodrilo; un enorme río en donde de verdad corría agua y donde vivía un ornitorrinco que jamás supimos de dónde salió. Tenía decenas de pastores, muchos de ellos veteranos de guerra con miembros amputados, uno sin cabeza. Tenía un bosque y una selva puesto que queríamos incluir tigres, leones y un zorro que teníamos arrumbados entre nuestros juguetes. Tenía también un desierto mexicano, donde había una señora vendiendo tortillas y un campesino con su burro.

Le cuento del árbol y su aroma entrañable.

Y le cuento cómo dejábamos todo: nacimiento, árbol y luces por un tiempo insensato; el nacimiento ya derrumbándose, las ramas del árbol casi desnudas y en el suelo. No era descuido o desidia, era que mi papá se negaba a desprenderse de esas fechas. Porque era feliz. Y yo también.

Sveta me escuchó atenta todo ese tiempo y cuando terminé de hablar simplemente asintió, con los ojos cerrados y sonriendo.

Le deseé una feliz Navidad, aunque para ella la Navidad no sería sino hasta el 7 de enero. Nos dimos un abrazo y nos despedimos.

“¡Escríbeme un cuento de Navidad!”, me gritó cuando ya estaba saliendo de la casa.

Mi novia y yo fuimos a pasar las fiestas en Tartu, con amigos. Al volver nos encontramos con que la casa abandonada, junto con dos grandes terrenos adyacentes, estaba ahora rodeada por una valla con el logo de una constructora. Salté la valla, pero las puertas y ventanas estaban tapiadas. Pasé las páginas de mi cuento por debajo de la puerta.

Espero que el sueño de Sveta se cumpla y levanten aquí un gran centro comercial, con una tienda departamental de al menos dos pisos donde los anaqueles de zapatos, los estantes de joyería, los percheros de ropa y las muestras de perfume, replicadas en innumerables espejos, alcancen para llenar su eternidad.

 

Por lo pronto, seguimos esperando la primera nevada.

Mi amigo Juan

La correspondencia es, por razones evidentes, la más literaria forma de la amistad. Los amigos que se envían cartas tienen un cariño que se alimenta de la palabra escrita.

En ese sentido la literatura puede ser un terreno muy fértil. Hay escritores ante quienes se puede sentir un enorme respeto, incluso una cierta admiración cariñosa, pero siempre acompañada por la triste certeza de que no podría haber una amistad. Pongo por ejemplo a Borges. Ante ese portento que enseñó a la literatura hispana el arte de pulir el lenguaje hasta su último y más significativo reducto ¿qué palabras caben? Un ‘hola’ parecería una afrenta. Existen en cambio autores y autoras que se sientan ante el papel dispuestos a urdir una trama como quien escribe una carta, iniciando una relación amistosa con miles de destinatarios.

Juan Villoro escribió, con motivo del centenario de Cortázar, que aquel enorme cronopio supo abrigarnos a todos en su inmenso y prodigioso abrazo. Es curioso porque el propio Villoro parece abrirnos las puertas de su casa cuando abrimos uno de sus libros.

Hace un par de años recibí su primera misiva: ‘La Casa Pierde’. Desde entonces hemos trabado una amistad profunda y duradera. Él, que tiene muchas cosas relevantes que decir, toma las riendas y se encarga de todo lo que toca al arte de escribir; mientras que yo me contento con fungir como un alegre Momo en esa otra forma de escuchar que es leer.

La literatura nos muestra que la realidad tiene grietas y que en ocasiones por ahí se cuela la fantasía. La noche del 18 de septiembre, motivo de una generosidad que no he merecido, pude ser testigo y parte de uno de esos prodigios. La amistad que funcionaba muy bien prescindiendo del conocimiento mutuo, se materializó al menos unas horas.

Alrededor de las diez y a miles de kilómetros de la Ciudad Luz, tuve mi Medianoche en París. Después de una sabrosísima charla pambolera entre Villoro y Gustavo Matosas, me encontré sentado en una mesa del Rincón Gaucho. Al otro lado, se sentó el entrañable remitente al que tanto he admirado.

El admirador se conforma con un libro firmado. Una fotografía ya es motivo de gran alegría. Compartir churrasco y tertulia es suficiente para rozar el paro cardiaco.

Villoro habla de forma desenfadada y cercana, sin perder en ningún momento la calidad de su prosa. Pedir un tequila o coordinar a los comensales para ordenar se convierte, en su voz, en una labor literaria. La agudeza mental, el chiste perfecto y las brillantes referencias culturales que distinguen su obra poblaron la mesa y justo como en sus libros, uno no se siente al margen de eso, sino todo lo contrario: te hace partícipe. Como los números 10 más excelsos de las canchas, Villoro mejora a quienes lo rodean.

A todo esto conviene recordar una anécdota que Miguel Herráez rescata en su biografía de Julio Cortázar. Una noche, el autor de Rayuela y algunos amigos escritores e intelectuales se reunieron a cenar. En ese círculo selecto se había colado un admirador del máximo ludópata lingüístico, quien se conformaba con estar cerca de aquel mago y de su magia. Cortázar lo notó y de inmediato lo incluyó.

En esta cena sucedió algo parecido. A pesar de contar con varios interlocutores muy interesantes, Villoro supo atender también a las preguntas nerviosas del muchacho sentado al otro lado de la mesa con espontaneidad y simpatía. El gigante duplicó su altura al mostrar interés en el más pequeño de la mesa.

El Referéndum de Escocia, la situación de TV UNAM, los familiares y amigos, la preocupación por desarrollar una identidad nacional en los niños que se crían en la era globalizada fueron algunos de los temas que sazonaron la velada.

Al levantarnos, el magnífico escritor me rodeó con su brazo caminando hacia la entrada y aún me dio oportunidad de platicar con él acerca de esa bellísima oda al mundo de los libros que es ‘El Libro Salvaje’.

Un abrazo fraternal de despedida confirmó lo anhelado: Juan es mi amigo. Quizás él lo olvide en el terreno físico, la realidad en donde el escritor peregrina por el mundo dando conferencias y clases magistrales, visitando a sus otros miles de amigos; pero no lo olvidará en el plano literario, donde cada determinado tiempo vuelve a sentarse para escribirme una carta.

Juan Villoro