Retrato

No estoy confesando que yo lo hice; eso todos lo saben y hay testigos. Estoy confesando que lo hice con alevosía, que fue premeditado y que el motivo fue el odio. El odio que nace de la envidia fraternal, que es  el odio más duradero, más intenso y ciertamente el que cuenta con más abolengo. Pero también me motivó el amor. Qué triste que la suma de dos sentimientos tan puros, al resultar en un crimen, se transforme en las lenguas y mentes de quienes juzgan sin entender en algo tan burdo como “celos”.

¿Tenía celos? Sí. Claro que sí. ¿Quién no los tendría en mi circunstancia? Forzada a mirar siempre, eternamente, cada día de mi vida, a mi amo, al dueño y razón de cada una de mis acciones, preferir en todo a mi gemela; esa otra discípula idéntica a mí que por puro azar y no por mérito fue elevada a compañera indispensable. Oh, mi sufrimiento ha sido profundo y demasiado largo: desde los primeros gestos fue claro que se me hacía a un lado en favor de ella. Pero mi mayor dolor llegó cuando – ¡tan temprano en nuestras vidas y sin darme una sola oportunidad de mostrar mi valía! – la eligió para colaborar en su primera obra. La obra es intrascendente, de pobrísima concepción y aún más paupérrima técnica (interesados podrán hallarla aún, amarillenta e incomprehensible, en un fólder preservado por razones sentimentales en casa de sus padres) cuya única relevancia – fatídica para mí – fue determinar de una vez y por siempre la díada creativa de la que yo quedaba excluida, reducida al humillante rol de lacayo. 

¿Qué habré hecho en otras vidas? ¿Qué pecado irredimible pesa sobre mi alma para merecer las injurias de las que fui víctima? Una cosa es ser rechazada y retirarse viendo a otra elegida, pero otra mucho más trágica es ser rechazada y al tiempo forzada a quedarse para observar, y peor, para ayudar a florecer y atender a ese amor vedado para mí. No sólo ninguno de los muchos y tan admirados frutos de ese jardín son míos, sino que mi minúsculo papel en la gestación de cada uno de ellos, francamente podría haber sido encargado a un mueble.

¿Por qué pintura? Me he preguntado a veces. Pregunta inútil, como las que tiende a hacer una cuando se hunde en la desesperación. ¿Por qué no música o escultura? Mi contribución seguiría siendo ligeramente menor, pero protagónica; el amor no equidistante, pero casi. O ¿Por qué no fotografía o cine? En ese caso ambas, mi gemela y yo, seríamos relegadas al segundo plano.

Nada de esto es importante. El punto es que no debería sorprender a nadie lo que hice. Debería sorprender que tardé tanto en hacerlo. Hasta la fecha él se interroga, en sus horas de peor amargura: ¿Por qué blandí el martillo con la mano izquierda? Pues ya, ahora tienes tu respuesta. Fui yo. Yo elegí tomar el martillo – intercambiar sitios para una tarea al menos –, yo apliqué esa fuerza desmedida. Y el rasguño horroroso de tu grito, que tanto, tanto me perturbó escuchar, fue contrarrestado por el crujido escalofriante proveniente de mi hermana y por su estampa retorcida que me llenaron de placer.

Primer, segundo y tercer metacarpianos destrozados, cirugía, advertencias sobre posibilidades de total recuperación, yeso durante seis semanas, fisioterapia otras tantas. Si en algún momento sentí remordimiento, fue en éste. Presenciar el dolor físico y sobre todo el anímico de mi amo; sus penurias diurnas y sus terrores nocturnos; la frustración constante por su presente entorpecido y la ansiedad subyugante por la posibilidad de un futuro sin pintura. Ah, pero era fácil olvidar mi culpa cuando mi recompensa era tan dulce. Nunca en las casi cinco décadas que llevamos juntos recibí tanta atención como en esos días. Hasta las tareas más nimias – aquellas que la otra daba desde hace tanto por sentado – eran para mí un obsequio de incalculable valor. Pero algo a parte de la culpa enturbiaba mi alegría. La esperanza de él – el retorno de la compañera pródiga – era mi miedo.

La suerte estuvo de mi lado. Aunque darle crédito a la suerte es errado. Más bien mis cálculos fueron correctos. Oh, amo, si hubieses visto el asco y el horror que se apoderó de ti una vez que el yeso cayó y develó los tristes restos de la que una vez fue tu favorita. Del que una vez fuese un dorso a la vez varonil y terso, quedaba ahora un pálido simulacro deformado por nudos óseos asomando bajo la piel; y los orgullosos y ágiles dedos pulgar, índice y medio eran ya unas torcidas ramas mustias. Y el hedor, la pestilencia nauseabunda emanando de las franjas de piel muerta y humedecida, que no desaparecía por más cremas y alcohol que te aplicaras, y que ahondaba la sensación espantosa de cargar con un cadáver descomponiéndose.

A la tercera semana de fisioterapia, el dictamen confirmó lo evidente: era inútil. Reducida a garra vergonzosa, mi hermana fue al fin vencida.

Mi triunfo se vio levemente ensombrecido por el estado de auto-conmiseración absoluta en que cayó mi amo. Perdí la cuenta hace mucho de la cantidad de píldoras antidepresivas que me hizo darle y el número de licores que le llevé a los labios. Este estado, afortunadamente, duró poco. Luego entró en una catatonia imperturbable y se aisló casi por completo, despidiendo a su agente, y recibiendo cada vez a menos colegas y amigos. Sólo su mucama quedó en la casa. Mejor para mí porque fue, finalmente, casi enteramente mío.

He de admitir que nuestra relación no tuvo el carácter idílico que yo anhelaba. Él no me tenía paciencia ni con las minucias del día a día; gruñía y hacía rabietas por un poco de vino derramado, un traste roto, unos minutos de más abotonando su abrigo o atando cordones. ¿Pero qué esperaba de mí? Tras cuarenta y nueve años de abandono no podía exigirme destreza. Era claro que el pincel estaba aún muy lejos de mí, pero no me importaba. Yo tendría la calma necesaria por los dos.

Finalmente, transcurrido más de un año desde el incidente, durante una noche insomne, el momento tan largamente deseado e infinitamente postergado llegó: mi amo se levantó del sillón donde llevaba horas mirando el fuego en un trance etílico y se dirigió a su estudio trastabillando, pero con una decisión que juro no haberle visto desde su juventud. Recuerdo la sensación fría del metal del picaporte al girarlo y la capa de polvo que se adherió a mí, y recuerdo el escalofrío que me recorrió como una descarga eléctrica erizando los vellos en mis nudillos al abrir cajones y sacar óleos y paleta y pinceles, y las cosquillas de anticipación en mi palma al descubrir un lienzo y prepararlo. El pudor y un resto de decoro me obligan a censurar una descripción detallada de lo que experimenté cuando tomé el pincel entre mis dedos, lo mojé en la pintura y tembloroso lo guié por la blanca tela.

Así, en un constante éxtasis, interrumpido sólo por paréntesis de embeleso total, vivimos veintitrés días y sé que el gozo intenso fue mutuo; estoy segura. Nunca, no desde sus primeros cuadros, lo vi tan sobrecogido por la energía creativa, poseído por algo mayor, más alto, trascendental. Mas lo que me intensificó mi satisfacción es que nuestra relación no era un calco de la otra; no. Un alma por completo diferente nos daba vida y la prueba era nuestra obra. Esta pintura parecía hecha por otro: alejada por completo del neo-expresionismo  que lo había hecho destacarse y lanzado de cabeza a un abismo que pareciera lirismo abstracto y del que un crítico dijo: “Si el lenguaje del dolor es cromático, ésta es su sentencia más desgarradora”.

Curioso, porque lo que yo sentí mientras pintábamos era lo opuesto del dolor. El desgarro vino una vez terminado el trabajo, cuando tu ex agente llegó de emergencia a la casa a ver el milagro y entre sollozos de emoción preguntó: “¿Y tiene título?”, y tú respondiste orgulloso después de dar un trago triunfal a una copa de cognac, y al escucharte yo me sentí morir y quebrarme en más pedazos que la copa que solté en mi sorpresa y desconsuelo, y el eco del cristal estallando parecía repetir y multiplicar las palabras que se me enterraban como dagas.

Una vez dicho, no había manera de no verla. Sugerida apenas, como un galeón naufragado a través de un mar embravecido, sus contornos enterrados por el tiempo, enredados en marañas de color y furia, pero más bella y definitiva que nunca en su tragedia: mi hermana. Y yo; yo que nunca jamás me vi tan reducida, tan ínfima, tan vejada; viendo el motivo de mi felicidad más auténtica revelándose como mi humillación más grande, y el talismán de nuestro idilio transformándose en el símbolo de mi derrota final.

“Retrato de la mano derecha por la mano izquierda” se vendió en una subasta por quince millones de dólares y está ahora en la colección permanente del museo privado más importante de la ciudad. Ninguna de sus pinturas ha tenido la celebración de la crítica ni el impacto en la escena del arte que tuvo ésta. 

En la cima de su prestigio, con dinero para vivir cómodamente para siempre y sin nada qué decir pictóricamente, mi amo se retiró de la pintura y escribe ahora sus memorias. Como si mi castigo no hubiera sido ya excesivo, ahora paso horas aplastando teclas. Podría pensarse que este giro me beneficia pues me da un trabajo en el que no soy segunda de nadie y en el que he adquirido cierta pericia. Pero es que a mí la literatura me aburre a morir.

La primera nevada

La suerte quiso que mi única amiga local, tras dos años y medio de vivir en Estonia, sea un fantasma.

Su nombre es Svetlana y espanta en la casa abandonada detrás de mi edificio de apartamentos. La conocí un día en que, por morboso, me metí a la vieja casona esperando hallar fotos o pinturas mohosas en las paredes, libros amarillentos deformados por la humedad, tal vez una pieza de joyería valiosa, cuando menos secretos olvidados esperando a ser revelados. En lugar de eso me encontré con una viejecita flotando a medio metro del suelo. Y la primera pregunta que se me ocurrió hacer fue la más estúpida: “¿Eres un espíritu?”. Error. Un consejo: si quieren trabar algún día amistad con un fantasma, no le pregunten si lo es. Sveta me miró con una bilis que me heló la sangré más que su repentina aparición. “Grosero”, me dijo. “Entras a mi casa sin permiso y encima me insultas”. Le pedí perdón y me presenté: “Soy Jorge y soy mexicano”, dije; como si ser mexicano explicara mi impertinencia. Es un defecto que adquirí desde que llegué a Estonia: confundir a todo el mundo con agentes de aduana. Fuera como fuera, sirvió. Escuchó mexicano y dijo: “Oh, qué raro. Nunca había visto a un mexicano”. El resentido entonces fui yo.

Nuestra amistad es extraña porque no tenemos casi nada en común. Ella tiene sesenta y tantos años (eso calculo, pero nunca ha querido revelarme la edad a la que murió. Es vanidosa en ese sentido) y yo tengo 27. “La flor de la edad”, dice ella con un suspiro de añoranza. Yo la escucho sin renegar, pero por mi bien debo dudar de la veracidad de su juicio. Si ésta es la flor de la edad, ¿qué me espera cuando la flor se marchite?

Una diferencia insalvable es de tipo ideológico. Sveta creció en la Unión Soviética y pasó sus últimos días encandilada por las maravillas que llegaron de occidente una vez que la Cortina de Hierro se desbarató. No pasa una hora sin que se queje de haberse muerto justo cuando empezaba a saborear las mieles del capitalismo. Yo, en cambio, me considero comunista. Creo. He leído dos libros de Slavoj Zizek y vi un video-ensayo sobre el Manifiesto comunista. Y bueno, en cualquier caso me gusta llevar la contraria. Ella no puede más que refunfuñar cada vez que le hablo de la crueldad del capitalismo, de su reluciente faz ideológica que oculta un engranaje terrible de opresión, de la explotación laboral y la depredación ecológica en países subdesarrollados que sostiene las condiciones de los países desarrollados. “Bah”, dice ella, “¿A mí qué me cuentas si nos aprendíamos esos versos de memoria en la primaria?”

El sueño de Sveta es que derriben su casa y en su lugar levanten un centro comercial para deambular en sus largas noches insomnes por pasillos de linóleo, mirando ropa que no puede usar, añorando zapatos que no puede calzar, conjeturando el olor de perfumes que no puede ponerse, imaginándose dueña de aretes brillantes que ya de nada le sirven. Yo le digo que ésa es más o menos mi experiencia en todos los centros comerciales, porque todo veo y nada me alcanza con el mísero salario que recibo trabajando en un call-center en horarios espantosos. “Bah”, gruñe Sveta y luego me habla de Siberia, del Gulag, del Gran terror. En fin, ¿qué puedo decirle?

No habíamos cumplido ni la semana de conocernos cuando me preguntó: “¿Eres bueno para otra cosa aparte de quejarte?”

“Me gusta leer y me gusta escribir”, respondí. “Aunque ya ni de eso estoy seguro”. Le cuento que a veces tengo tanta ansiedad que me veo forzado a releer un párrafo diez veces y aún así las palabras se resbalan como si mis ojos tuvieran una capa de cera. En cuanto a escribir, le digo que he olvidado cómo hacerlo; que se me ocurren ideas y las pierdo al momento que empiezo a escribirlas; que al acercarme me dicen: ‘No soy para ti’ y se desvanecen. “A veces ya no sé para qué, Sveta. No sólo para qué escribir, para qué en general”, terminé.

“Ya te estás quejando otra vez”, observó puntualmente Sveta.

Desde entonces hablamos de literatura, aunque tampoco aquí coincidimos. Una vez me preguntó quiénes eran mis autores latinoamericanos preferidos y le dije: “Borges, Cortázar y Bolaño”. Los dos primeros le entusiasmaron porque había oído de ellos y del tercero no sabía nada. Igual me pidió que le prestara algo. Así lo hice y una semana después me devolvió los libros con el dictamen: “Muy pesadito, muy raro y demasiado sexo”. A partir de ese momento dejó de confiar en mí y sólo me preguntaba mi opinión de los autores que a ella le gustaban (muchos de los cuales yo nunca había leído).

En otra ocasión, mientras Sveta hablaba efusivamente de Mayakovski, hizo una pausa para preguntarme: “¿Es la noche en Veracruz, vista desde la ventana de un ferrocarril, tan bella como la canta Mayakovski?”. Le dije que no tenía idea. No sabía de qué poema hablaba, desde hace décadas que no hay trenes de pasajeros en México, y las dos veces que estuve en Veracruz no me fijé en el cielo nocturno. Desde entonces no me deja intervenir mucho, pero no me molesta el rol de escucha. Oírla hablar de Chéjov y Bulgákov, o recitar poemas de Anna Ajmátova, es un placer.

La mayor diferencia entre nosotros es, al fin y al cabo, material. Yo estoy vivo y ella muerta.

Sveta asegura que ella no se dio cuenta cuando murió. Dice que fue a dormir una noche especialmente cansada y al día siguiente se levantó e hizo sus cosas, como siempre. Cuenta que luego vinieron sus hijos a visitarla y los notó muy alterados. Luego vino la policía y una ambulancia. “¿Por qué tanto alboroto?”, les preguntaba ella. Fue sólo después de mucho tiempo, cuando ya se habían llevado todas sus cosas y nadie venía a visitarla, que Sveta se dijo: “Yo creo que ya me morí”.

Dice que lo que más extraña son los aromas y los sabores. Recuerda sobre todo el sabor ahumado del té caravana que su madre preparaba por las tardes en el samovar y que Sveta mitigaba con sendas cucharadas de mermelada; recuerda también el aroma a mantequilla y miel que bañaba el pequeño apartamento cada vez que su abuela, de origen ucraniano, se empeñaba en preparar medovik sin ayuda, tardando medio día. Era cierto que quedaba mejor cuando nadie más intervenía.

Sveta está triste por estar muerta. Una vez traté de reconfortarla diciendo: “Estar vivo no es para tanto” y me regañó: “No digas estupideces”.

A pesar de nuestros muchos desencuentros, descubrimos hace poco algo que nos une. Ambos amamos la Navidad.

Una mañana de diciembre vine a visitarla y me preguntó por las coronas de adviento encendidas en casi todas las ventanas: “¿Ya casi es Navidad?”. Le aclaré que no, faltaban un par de semanas. “Pero no ha nevado”, dijo sorprendida. Quise explicarle que se debía al calentamiento global, otra de las secuelas del sistema que ella tan fervorosamente defendía, pero me contuve. En lugar de eso le conté que mi novia y yo ya habíamos comprado nuestro arbolito porque nos gusta disfrutarlo el mayor tiempo posible. “Los entiendo”, dijo. “Ésta era mi época favorita del año y también comprábamos el yolka desde tiempo antes”.

La mención del arbolito lanzó a Sveta en un viaje por la memoria. En la URSS, me explicó, el árbol no podía ser de Navidad por obvias razones. Durante años los árboles estuvieron terminantemente prohibidos hasta que un político sentimental escribió un artículo meloso en Pravda, pidiendo regresar a los niños del Estado Soviético la alegría de los árboles que otrora sólo podían envidiar espiando por las ventanas de las casas burguesas. Otras historias contaban que la propia hija de Stalin había visto un árbol adornado en la embajada inglesa y le había pedido a su papaíto uno. Cualquiera fuera el caso, desde 1935 el árbol regresó a los hogares proletarios, pero ya no como árbol de Navidad, sino como el novogodnyaya yolka, o árbol de año nuevo.

Durante la tercera semana de diciembre, cuando San Petersburgo se llenaba de mercados de abetos, el padre de Sveta compraba uno pequeño y lo llevaba a su departamento, donde lo ponían en una cubeta con agua y lo aseguraban con una cuerda; sacaban una caja con adornos: oropel plateado, unas pocas esferas, piñas que Sveta misma recogía durante el verano y pintaba una vez que se secaban, un pequeño cohete con la hoz y el martillo grabadas en dorado, y una gran estrella roja que Sveta, montada sobre los hombros de su padre, ponía sobre la punta del árbol.

En la víspera de año nuevo se reunía la familia; cenaban borsch, guisado de alforfón con cebolla y hongos fritos, y un gran pato relleno de manzana. Bebían cognac y, al terminar la cena, una taza de vzvar caliente. Entretanto su padre y una tía bajita se escabullían amparados por la algarabía y se aparecían a la media noche en la puerta, disfrazados de Ded Moroz y Snegurochka (el Abuelo Helada y su nieta la Doncella de Nieve).

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Postal soviética de año nuevo

Al crecer, Sveta se casó con un joven estonio y se mudó a Tallin. Taavi, su marido, era miembro del PCE (Partido Comunista Estonio), pero en privado, era un luterano devoto y celebraba Navidad. El cambio de fecha festiva, el cambio del yolka por el árbol de Navidad, y el cambio de Ded Moroz por San Nicolás no fueron de mayor importancia para Sveta. Lo que le importó fue esa dulce vuelta a la infancia, una vez al año, reviviendo el ritual con sus propios hijos.

Me quedé pensando un momento y luego le dije que para mí todo el tema era un desastre. Que cada año se me hacía más difícil disfrutar la Navidad. Que me encanta, pero es un amor tremendamente complicado.

“Me criaron católico, pero desde hace mucho no soy creyente. El problema es que sin la religión ¿qué me queda? Y para colmo estoy en contra del capitalismo. No se puede ser ateo y comunista y celebrar la Navidad. Oh, Sveta, me llena de culpa mi incongruencia. Digo que odio el consumismo, pero voy a las tiendas y me emociono al ver las guirnaldas y la nieve falsa, y los cientos de luces. Recuerdo la desenvoltura de los regalos al amanecer con tanta nostalgia y me atenaza el remordimiento por mis aspiraciones pequeño-burguesas. Y encima el tufo colonialista que despide el asunto. ¿Qué hace un pino canadiense en una sala de México? ¿Qué hacemos con monos de nieve inflables a treinta grados centígrados? ¿Renos en donde con trabajos sobreviven perros lanudos? Nada tiene sentido. Bien mirado, la Navidad es un significante vacío”.

Cosas como esta última las espolvoreo a veces en conversaciones casuales para compensar el hecho de que mi título en semiótica no sirve para hallar empleo. Esperé la reacción de Sveta con ojos de perro enfermo y finalmente preguntó con auténtica sorpresa: “¿Y dices que tienes novia?”.

Sin espacio mental para ofenderme, seguí: “Es en serio, Sveta. No hay escapatoria. Si tuviera hijos podría decir que es por ellos, que vicariamente vivo su emoción navideña, pero no los tengo. La opinión pública parece tener claro el veredicto: ser un adulto sin niños y conmoverse con la Navidad es para auténticos pusilánimes. Si alguien lee Cuento de Navidad hoy, lo hace, o bien irónicamente y botado de la risa, o bien reprimiendo una lágrima, avergonzado por dejarse enternecer por ideas tan cursis”.

“Oh, Dickens”, me interrumpió entonces Sveta, ignorando el resto de mi lamento. “Adoro a Dickens. Me acuerdo del momento en que el pobre Bob Cratchit rompe a llorar acordándose de Tiny Tim y se me botan las lágrimas”.

John Leech

Ilustración original de John Leech para ‘A Christmas Carol’.

Le confesé que durante toda mi vida sólo conocí Cuento de Navidad a través de la versión adaptada con los Muppets, y sólo hasta este año leí el libro. Lo leí durante un turno nocturno en mi trabajo, en la luz azulina de la pantalla; y ciertamente tuve que respirar hondo en ese pasaje que ella mencionaba, para no ponerme a llorar en la oficina.

“¿Qué son los Muppets?”, preguntó Sveta.

Descargué la película y al día siguiente llevé mi computadora para ver Una Navidad con los Muppets con Sveta. Al principio le molestó la inconsistencia de que algunos de los humanos fueran humanos y otros marionetas; tampoco le encantó que hubiera animales exageradamente grandes y otros de tamaño natural. “Dios mío”, murmuró entre dientes al ver que Bob Cratchit era una rana y la señora Cratchit una puerquita. Pero por más que se quejó, en varias ocasiones la vi secándose los ojos con su pañuelo. “No está tan mal”, dictaminó cuando corrieron los créditos. “Pero la versión de Dickens es la buena”.

Hablando de Cuento de Navidad llegamos a Las campanas y El grillo del hogar y resolvimos que sin duda el mejor es el primero. De Dickens pasamos a Hoffmann y su cascanueces, que yo conozco a través de películas animadas que pasaban en la tele durante diciembre, y que Sveta conoce a través del ballet de Tchaikovski. De Hoffman pasamos a Andersen y su tristísimo cuento El abeto, o el todavía más triste La niña de los fósforos. “Bah”, dijo Sveta sobre este último. “Es mucho mejor el de Dostoyevski”.

Yo no tenía idea de que Dostoyevski había escrito cuentos de Navidad y Sveta, tomándose esta ignorancia como una ofensa personal, me ordenó que buscara en “mi aparato ése”:  El niño mendigo en el árbol de Navidad de Cristo y también otro cuento llamado El árbol de Navidad y una boda.

En efecto el primero se parece mucho a La niña de los fósforos. Igual de lacrimógeno e igual de infanticida. Ambos tienen un reencuentro en el cielo con un familiar fallecido. Pero el de Dostoyevski tiene una ciudad hostil llena de gente que mangonea o ignora al pobre niño. El árbol de Navidad y una boda también incurre en abuso infantil, aunque éste, para un lector actual, es más perturbador pues incluye a un adulto regordete cortejando – con una cuantiosa dote en mente – a una pobre niña de once años que sólo quiere jugar con su muñeca. También aparece el miserable hijo de una institutriz, que recibe un libro sin ilustraciones de regalo y es forzado a ver cómo todos los otros niños, hijos de aristócratas o de mercaderes, reciben marionetas y rifles de juguete.

“Oye, los dos cuentos tienen clarito el conflicto de clases al centro, ¿eh?”, le comenté a Sveta. “No te me estarás poniendo nostálgica, ¿O sí?”. Sveta gruñó: “Bah”.

Mis malas bromas no arredraron a Sveta y en días posteriores me estuvo contando otros cuentos navideños que ella recuerda de su infancia. De Chéjov leímos El árbol de Navidad, en donde aparece otro niño desdichado (empiezo a preguntarme si algún niño ruso ha sido feliz), y En fiestas, que, para no desentonar, es igual de deprimente y que, siendo sincero, no entendí. Esto último no se lo dije a Sveta por temor a decepcionarla de nuevo. Mi favorito fue Nochebuena de Nikolái Gógol, por mucho el más alucinante de todos. El diablo se roba la luna, aparece una bruja voladora, y en la oscuridad florecen festejos, altercados muy violentos y un romance.

“Y me dices que Cortázar es demasiado raro”, me quejé con Sveta.

Más allá de Dickens, Sveta no conoce a casi ningún otro autor anglosajón, así que como pago por sus muchos cuentos, le he leído The Gift of the Magi, de O’Henry, cuya anécdota le pareció excelente, pero su ejecución deplorable; y A Christmas Memory de Truman Capote, que la hizo llorar inconsolablemente. Habiendo agotado mi inventario con sólo dos cuentos, le mostré La Navidad de Charlie Brown, que, para profunda desazón mía, le aburrió; aunque concedió que Charlie se parece a mí: “Igual de aguafiestas”, declaró riéndose y luego su brazo vaporoso me dio un simulacro de palmada en la espalda.

Diciembre ha seguido avanzando y no cae nieve. Sveta está genuinamente enojada. “¿Cómo? ¿Vamos a llegar a noche vieja sin una nevada decente?”, me pregunta, como si yo fuera meteorólogo o vidente. Yo no estoy enojado; decepcionado tal vez. “Es raro”, le digo, “tantos años sin nieve y con sólo dos inviernos en Estonia ya exijo nieve a como dé lugar”. Sveta me cuenta que lo que más extrañaba de San Petersburgo al mudarse a Tallin era la nieve. “La nieve aquí”, dice ella, “siempre es poca, pero en San Petersburgo las nubes son generosas y en ocasiones parecía que se desparramaban enteras en parques y plazas”. Yo le hablo de una mañana, cuando tenía seis o siete años, en que despertamos con la sorpresa de que estaba nevando. “Hasta la fecha se habla de ese día”, le digo a Sveta y le cuento cómo Golfo, nuestro Alaska Malamut, acostumbrado al calor seco de mi ciudad, pareció de golpe reconocer en los escasos copos que caían su verdadera naturaleza, pues comenzó a aullar y dar brincos, tratando de atrapar la nieve con el hocico.

Para distraernos del clima mediocre que nos rodea, le he puesto a Sveta A Child’s Christmas in Wales, de Dylan Thomas, leído por el propio Thomas con su vocerrón venerable. “Qué sonido maravilloso, ¿no?” le pregunté a Sveta. Por respuesta ella dijo afligida: “Ay, ésa es otra cosa que extraño; el sonido de las palabras”. El idioma es otro peso que perdemos al morir; en el más allá queda sólo el esqueleto del lenguaje, por eso puedo comunicarme con Sveta. Pero junto con el obstáculo, se va también su obsequio. Traté de explicarle: “Oh, Sveta, imagina el sonido del agua helada corriendo sobre los guijarros y del viento golpeando el follaje de los pinos en un día nevado. Así, así justamente. Ese sonido tan suave, pero agigantado por el silencio de templo que crea la nieve”.

No sé si me entendió, pero sonrió.

Ayer fue Nochebuena y vine a visitar a Sveta. Durante días estuve pensando en buscarle algún regalo, pero no se me ocurrió nada bueno. Todo lo que más extraña está fuera de su alcance.

“Y bueno, ¿no tienes tú cuentos navideños mexicanos?”, me preguntó apenas crucé la puerta. “Conozco uno solamente; Navidad en las montañas”, respondí, y, como sé de su impaciencia, pronto lo busqué y comencé a leerlo.

En un principio Sveta quedó fascinada con esa visión de México desde los ojos de un soldado solitario merodeando montañas brumosas, cavilando sobre las tradiciones navideñas. A partir de la aparición del cura español, sin embargo, Sveta, al contrario que el narrador, se sintió más y más fastidiada. “¿Y este es un cura admirable? ¿Este señor tan pesado?”, exclamó.

Le molestó que el señor hubiera llegado a una aldea indígena y creyera haberla rescatado de “la idolatría y la barbarie”; que hubiera re-hecho el pueblo a su gusto, con jardines, adornos y techos que lo hacían parecerse a “aldeas de Saboya y de los Pirineos”; que les hubiera instado a cambiar tortillas por pan; y que todo esto fuera tomado por virtud. Yo no juzgo tan duramente a Altamirano como Sveta, el pobre hombre lo escribió por encargo y tiene pasajes memorables aunque sea meramente por la calidad de la prosa. Aun así, no deja de darme gusto escuchar a Sveta tan enardecida por una causa social.

“Mejor cuéntame tú cómo es la navidad en México”, me pidió.

Le expliqué que las tradiciones cambian mucho, dependiendo de la zona, de la clase social, de la familia; pero hago lo mejor que puedo para pintarle el cuadro costumbrista que desea. Le cuento de las posadas; de las plazoletas de iglesias y calles adornadas con luces; de los cazos humeantes de ponche o atole; de los tamales y los buñuelos; de las proverbiales piñatas con sus picos de papel, hechas sobre un jarrón de barro cocido, rellenas de cacahuates y caña de azúcar y mandarinas; de la procesión de María y José en busca de resguardo; de los niños (y no pocos adultos) que soportan rezos y cantitos desesperados o distraídos, esperando sólo la fiesta.

Le cuento también aquello de las pastorelas, que se hacen cada endemoniado año en preescolar y en primaria; le cuento que yo fui diablito y angelito, borrego y pastor; le cuento que mi hermano menor fue la estrella de Belén cuando tenía quizás un año, y que durante una hora colgó de un tubo con un disfraz hechizo de papel aluminio y cartón.

Le cuento de la cena navideña, invariablemente demasiada. De ese mundo incomprensible de los tíos y los abuelos que muy poco nos importaba, y de esa felicidad limpia de dudas que sentíamos los primos al jugar.

Le cuento entonces del nacimiento, o Belén, que puede ser solamente una representación en miniatura del pesebre donde, se supone, nació Jesús; pero que en nuestra casa era mucho más: enorme y francamente surrealista. Tenía el pesebre, con pequeñas tejas y rollos de alfalfa; un desierto con arena de verdad y un oasis donde habitaba un cocodrilo; un enorme río en donde de verdad corría agua y donde vivía un ornitorrinco que jamás supimos de dónde salió. Tenía decenas de pastores, muchos de ellos veteranos de guerra con miembros amputados, uno sin cabeza. Tenía un bosque y una selva puesto que queríamos incluir tigres, leones y un zorro que teníamos arrumbados entre nuestros juguetes. Tenía también un desierto mexicano, donde había una señora vendiendo tortillas y un campesino con su burro.

Le cuento del árbol y su aroma entrañable.

Y le cuento cómo dejábamos todo: nacimiento, árbol y luces por un tiempo insensato; el nacimiento ya derrumbándose, las ramas del árbol casi desnudas y en el suelo. No era descuido o desidia, era que mi papá se negaba a desprenderse de esas fechas. Porque era feliz. Y yo también.

Sveta me escuchó atenta todo ese tiempo y cuando terminé de hablar simplemente asintió, con los ojos cerrados y sonriendo.

Le deseé una feliz Navidad, aunque para ella la Navidad no sería sino hasta el 7 de enero. Nos dimos un abrazo y nos despedimos.

“¡Escríbeme un cuento de Navidad!”, me gritó cuando ya estaba saliendo de la casa.

Mi novia y yo fuimos a pasar las fiestas en Tartu, con amigos. Al volver nos encontramos con que la casa abandonada, junto con dos grandes terrenos adyacentes, estaba ahora rodeada por una valla con el logo de una constructora. Salté la valla, pero las puertas y ventanas estaban tapiadas. Pasé las páginas de mi cuento por debajo de la puerta.

Espero que el sueño de Sveta se cumpla y levanten aquí un gran centro comercial, con una tienda departamental de al menos dos pisos donde los anaqueles de zapatos, los estantes de joyería, los percheros de ropa y las muestras de perfume, replicadas en innumerables espejos, alcancen para llenar su eternidad.

 

Por lo pronto, seguimos esperando la primera nevada.

Mi amigo Juan

La correspondencia es, por razones evidentes, la más literaria forma de la amistad. Los amigos que se envían cartas tienen un cariño que se alimenta de la palabra escrita.

En ese sentido la literatura puede ser un terreno muy fértil. Hay escritores ante quienes se puede sentir un enorme respeto, incluso una cierta admiración cariñosa, pero siempre acompañada por la triste certeza de que no podría haber una amistad. Pongo por ejemplo a Borges. Ante ese portento que enseñó a la literatura hispana el arte de pulir el lenguaje hasta su último y más significativo reducto ¿qué palabras caben? Un ‘hola’ parecería una afrenta. Existen en cambio autores y autoras que se sientan ante el papel dispuestos a urdir una trama como quien escribe una carta, iniciando una relación amistosa con miles de destinatarios.

Juan Villoro escribió, con motivo del centenario de Cortázar, que aquel enorme cronopio supo abrigarnos a todos en su inmenso y prodigioso abrazo. Es curioso porque el propio Villoro parece abrirnos las puertas de su casa cuando abrimos uno de sus libros.

Hace un par de años recibí su primera misiva: ‘La Casa Pierde’. Desde entonces hemos trabado una amistad profunda y duradera. Él, que tiene muchas cosas relevantes que decir, toma las riendas y se encarga de todo lo que toca al arte de escribir; mientras que yo me contento con fungir como un alegre Momo en esa otra forma de escuchar que es leer.

La literatura nos muestra que la realidad tiene grietas y que en ocasiones por ahí se cuela la fantasía. La noche del 18 de septiembre, motivo de una generosidad que no he merecido, pude ser testigo y parte de uno de esos prodigios. La amistad que funcionaba muy bien prescindiendo del conocimiento mutuo, se materializó al menos unas horas.

Alrededor de las diez y a miles de kilómetros de la Ciudad Luz, tuve mi Medianoche en París. Después de una sabrosísima charla pambolera entre Villoro y Gustavo Matosas, me encontré sentado en una mesa del Rincón Gaucho. Al otro lado, se sentó el entrañable remitente al que tanto he admirado.

El admirador se conforma con un libro firmado. Una fotografía ya es motivo de gran alegría. Compartir churrasco y tertulia es suficiente para rozar el paro cardiaco.

Villoro habla de forma desenfadada y cercana, sin perder en ningún momento la calidad de su prosa. Pedir un tequila o coordinar a los comensales para ordenar se convierte, en su voz, en una labor literaria. La agudeza mental, el chiste perfecto y las brillantes referencias culturales que distinguen su obra poblaron la mesa y justo como en sus libros, uno no se siente al margen de eso, sino todo lo contrario: te hace partícipe. Como los números 10 más excelsos de las canchas, Villoro mejora a quienes lo rodean.

A todo esto conviene recordar una anécdota que Miguel Herráez rescata en su biografía de Julio Cortázar. Una noche, el autor de Rayuela y algunos amigos escritores e intelectuales se reunieron a cenar. En ese círculo selecto se había colado un admirador del máximo ludópata lingüístico, quien se conformaba con estar cerca de aquel mago y de su magia. Cortázar lo notó y de inmediato lo incluyó.

En esta cena sucedió algo parecido. A pesar de contar con varios interlocutores muy interesantes, Villoro supo atender también a las preguntas nerviosas del muchacho sentado al otro lado de la mesa con espontaneidad y simpatía. El gigante duplicó su altura al mostrar interés en el más pequeño de la mesa.

El Referéndum de Escocia, la situación de TV UNAM, los familiares y amigos, la preocupación por desarrollar una identidad nacional en los niños que se crían en la era globalizada fueron algunos de los temas que sazonaron la velada.

Al levantarnos, el magnífico escritor me rodeó con su brazo caminando hacia la entrada y aún me dio oportunidad de platicar con él acerca de esa bellísima oda al mundo de los libros que es ‘El Libro Salvaje’.

Un abrazo fraternal de despedida confirmó lo anhelado: Juan es mi amigo. Quizás él lo olvide en el terreno físico, la realidad en donde el escritor peregrina por el mundo dando conferencias y clases magistrales, visitando a sus otros miles de amigos; pero no lo olvidará en el plano literario, donde cada determinado tiempo vuelve a sentarse para escribirme una carta.

Juan Villoro