¿Hasta cuándo?

¿Por qué Adriana? ¿Por qué seguir haciendo esto? ¿Hasta cuándo seguir con las ceremonias? ¿Hasta cuándo los rituales de la mesa, los manteles, el estofado…? ¿Hasta cuándo riéndonos a fuerzas de los chistes del tío Pedro? ¿Hasta cuándo tus: “Sí mamá, de verdad, todo bien”, “sí, Pepe está creciendo como loco”, “¿Y la tía Berta cómo va con su trabajo?”, “Gracias, es la receta de mamá”…? ¿Hasta cuándo el dolor escondido y el silencio infernal a la hora de recoger los platos? ¿Hasta cuándo aceptando las putas mentiras? ¿Hasta cuándo las perras lágrimas que se limpian a escondidas cuando dices que vas a revisar el horno? ¿Eh…? ¿Hasta cuándo esta pinche vida falsa Adriana? ¿Hasta cuándo?

–          ¡Adriana! ¡Ya te tardaste mucho revisando el horno, ¿no?! ¡Córrele porque tu tío Pedro va a contar un chiste!

–          ¡Ya voy mi amor!

Hasta la próxima comida Adriana… hasta la próxima…

El Cangrejo

Pobre de ti Joaquín El Pescador, que aquella mañana de abril te encontraste de nuevo con el maldito cangrejo, ese cangrejo que años atrás hechizó tu infancia y arrulló tus noches con el metrónomo de sus tenazas.

Aquella mañana recordaste con tristeza al hombre que te rescató del mar, que te cuidó como suyo y te enseñó a pescar, recordaste a tu abuelo, Agustín El Pescador. Y recordaste aquel día en que llegó el maldito cangrejo y se perpetuó en el arrecife y en sus vidas, y atrapó a tu abuelo y lo llevó a la locura. Finalmente recordaste aquel domingo de Pascua, en que tu abuelo se lanzó al mar, sin bote y sin red, en busca del cangrejo y el misterio de la eternidad escondido en su caparazón y en su lugar encontró la muerte en la marea.

Y te quedaste solo Joaquín El Pescador, solo con el mar, hasta aquella mañana lluviosa de abril, en que regresó el maldito cangrejo que no se moría y se paró en el arrecife de nuevo. Y desde ese día Joaquín El Pescador, estás sentado en el puerto, indiferente al mar y a la arena, al sol y a la luna, al mundo y a la vida; y así será por siempre Joaquín El Pescador que  como tantos otros, ahora sólo podrás pensar en la inmortalidad del cangrejo.

Melancolía de un héroe

Después de varias horas ordenó que lo desataran del mástil y mientras lo soltaban, mientras escuchaba el frío silencio y veía las aguas oscuras pensó con onda tristeza que quizás fuera cierto que los tiempos eran otros, que quizás las sirenas ya estuvieran extintas.

Crónica de una muerte jamás anunciada

Lo encontré una mañana colgando de un roble. Nadie preguntará por él. Todos seguirán adelante sin cambios, quizás ahora se sientan una leve pérdida de algo que no saben nombrar… algo como una compañía, algo como una emoción, algo como una parte de su historia, pero se callarán y creerán que es sólo que están envejeciendo. Desamarré la soga y sin poderlo detener, su cuerpo se estrelló brutalmente con la hierba. Pesaba muchísimo, pero es comprensible con todo lo que el pobre cargaba. Traté de aliviar su cuello y cavé una tumba muy rudimentaria para él. Al menos eso merece. Antes de partir tomé un pedazo de corteza y lo incrusté en la tierra húmeda. Grabé en él un breve epitafio y me marché, esperando que alguien al pasar por ahí fuera amable y lo leyera: “Murió por no tener una historia propia. Aquí yace el narrador Omnisciente.”

La Candelaria

Por fin, después de haberse pasado cuatro horas y media buscando como loca en todas las esquinas de los Oxxos, Extras, Baras y demás tienditas y changarros de la ciudad, alguna vaporera todavía cargada; Rosalba estaba plácidamente sentada con su platito fiestero y su tamal lista para saborearlo con ganas estuviera bueno o malo, porque ¡ah, cómo le había costado encontrar esos canijos! Dio la mordida con harto placer y algo truncó el camino incisivo de sus dientes. Incrédula y encabronada se sacó el pedacillo de plástico blanco de la boca y estrelló el méndigo tamal traicionero en el suelo. Mientras salía de la reunión se prometió el año próximo hacer una manda para que la virgencita le dejara de mandar a su niñito, quien francamente ya la tenía hasta la madre.

3 letreros para puertas

  1. 1.       Lázaro

Conocí a Lázaro en una cerrajería. Al llegar a la entrada abierta donde un hombre viejo hablaba sin interrupción, Lázaro se me acercó y me miró a los ojos. Sólo esto bastó para adivinar que detrás de esa estampa de ingenuidad y ternura había una profunda y madura tristeza.

Pregunté al hombre que con el torno le hacía surcos a mis nuevas llaves, qué le pasaba a Lázaro. – Nada – me respondió secamente. – Él es así, parece que está triste, pero no, más bien es tranquilo. –“Tranquilo”… “Tranquilo”. Nada más lejano de la verdad. Lázaro se recuesta en la banqueta, pone su cabeza, con todo el gigantesco peso de su nostalgia sobre sus patas delanteras y sumerge la cola en sus pesares. Lázaro está muy lejos de la tranquilidad. Algo le inquieta. Seguramente un recuerdo, seguramente un imposible.
Me dan mi llave y me despido del viejo que no para de hablar, del cerrajero que al parecer no sabe ver y de Lázaro, aunque él no me ve, él sólo mira fijamente las manos de su amo quien maneja el torno, ocupado en otras llaves. Sólo me queda la esperanza de que quizás, Lázaro en silencio aprende y aguarda… aguarda el momento en que pueda fabricarse unas llaves que lo dejen salir por la noche de su patio, cruzar la calle y abrir la reja de enfrente para dormir al fin a un lado de aquella cocker spaniel que tantos sueños le ha robado.

  1. Pedro

Pedro, mientras rotas la manivela del torno, mientras aras los diminutos surcos en el metal dorado, mientras cavas las hendiduras que han de accionar los mecanismos de tan diversos destinos que jamás conocerás;  piensas un momento en tu propio destino. Mitigas la voz del viejo Leopoldo que en  la puerta sigue hablando como siempre de su hijo y de su difunta esposa y piensas en el hijo que fuiste, piensas en tus padres que al nombrarte Pedro te imprimieron el camino que habías de recorrer, el camino de cerrajero triste y eterno, y piensas luego cómo les supiste retribuir negándolos cada vez que los gallos cantaron sin esperar jamás que lo hicieran tres veces. Piensas en tu esposa que tanto esperó de ti, piensas en la paciencia que te tuvo y piensas en la poca que le tuviste cuando halaste el gatillo y la enterraste en el patio. Piensas finalmente en tu pequeño que tanto habrá de sufrir, huérfano y con el mismo nombre que cargas tú. La llave está terminada y la miras como las miras a todas al acabarlas sabiendo que ninguna de ellas ni ninguna que quede en el porvenir logrará abrirte las puertas que a ti ya no te esperan después de la muerte.

  1. 3.       Don Leopoldo

A las 6:45 llegó Don Leopoldo esta mañana y estaba verdaderamente indignado por las llaves que le entregó Pedro ayer. Ninguna de las tres copias funcionaba, ni abrían la puerta de entrada, ni la de la cocina, ni la del cobertizo. Era algo terrible, de verdad Pedro tenía que ser más cuidadoso, ese tipo de errores no podían seguir surgiendo. Una vez que llegó el errado cerrajero, Leopoldo lo recibió con una buena carga de ensayados regaños, de aquellos que en la voz de octogenarios siempre tienen sabor a recomendaciones.

Una vez que Pedro le aseguró que se encargaría de arreglarlo le pidió que se sentara a lo que Leopoldo respondió que no podía, que había mucho que hacer, que no por ser un anciano tenía tiempo de sobra, que todo lo contrario – todo esto lo dijo mientras tomaba asiento – que ése era el problema de las nuevas generaciones, que creían que uno podía andar por la vida sin preocuparse por aprovechar cada segundo, y que justo aquellos descuidos eran la causa de que llevara años sin decirle una palabra a su hijo, que por cierto quién sabe dónde andaría; y que también era por eso su mujer había sido tan desdichada, porque se le había ido la juventud sin haberle dejado nada. Luego habló de él, de que no había el mundo de creerse que el viejo y viudo Leopoldo necesitaba ayuda que en verdad él siempre había sido un lobo solitario y no necesitaba de nadie – las llaves ya habían estado listas hacía horas – y esto se alargó hasta las ocho de la noche cuando ya Pedro tenía que cerrar y Leopoldo se despidió de él diciéndole que mejor que ésas sí funcionaran porque si no, no le pagaría y así, murmurando se alejó.

Llegó a su casa y abrió la puerta sin problemas. Fue a la cama y dejo las llaves en la mesa de noche sobre un montón de copias acumuladas y antes de dormir puso el despertador a las 6 de la mañana para ir bien temprano a reclamarle a Pedro.

Carta de un niño indignado a un periódico irresponsable

Señores del periódico “Mañanero”:

El otro día mi papá compró su periódico porque el señor que se los bende ya no tenía del periódico que siempre compramos y entonses como le urjía saver cómo abía quedado el partido del domingo compró el suyo y yo espero que eso ya no buelva a pasar porque la berdad es que su periódico es muy malo.

Mientras mi papá beía la sexión de deportes yo tomé otra sexión y la primara notisia que vi fue una de que unos ladrones se estavan robando las tapas de unas alcantarillas del centro y luego desía que no abían atrapado a ninguno de esos ladrones y entonses yo pensé que si no abían atrapado a ninguno entonses no podían saber si de berdad eran ladrones los que se llebaron las tapas y no deberían de poner en el periódico cosas que no saben bien. Podría ser que esas tapas las estubiera quitando una familia de conejos que ya no encuentra madrigueras o qué tal que es un señor minero que ya no tiene mina y está buscando nuebas o un abenturero que quiere encontrarse con terrivles corcodilos para pelear o un señor desos que buscan ciudades antiguas o unos caballeros que quieren aserse escudos o hasta como mi tío Edelmiro que quita tapas desas y de otras para derretirlas y luego benderlas ya echas otras cosas.

Yo ya no boy a comprar su periódico y le boy a desir a mi papá que él tampoco lo compre porque no disen cosas berdídicas.

Atentamente: Luis Arturo Romero Gómez.

(La redacción y la ortografía de Luis Arturo fueron respetadas, sólo se agregaron acentos donde se debía para que fuera más legible)