El escritor peregrino

Hay un pueblo pequeño al noreste del estado. Es de esos pueblos que se quedan iguales, que el tiempo y las demás cosas los pasan de largo. Que se quedan quietos y agazapados entre montes casi siempre pelones, como esperando siempre algo. Un pueblo de gente que se habla toda por su nombre. Todos sus hombres y mujeres esparcidos en un puñado de tierra, todos bien enraizados a las piedras que hacen el suelo de allá. De esos pueblos en donde todo puede convertirse en tragedia y donde toda tragedia puede convertirse en otra piedra caliza que los ojos miran sin decir ya nada. Atarjea se llama, y cuentan que alguien nuevo ha llegado. No lo ha visto nadie, sólo lo sienten. Sienten algo así como una mirada, algo como una nube o como una llovizna tupida, algo como eso, como una presencia muy grande.
Mi madre es de Atarjea y nosotros íbamos cuando estábamos más chamacos. El camino allá siempre se hace largo, largo y Atarjea siempre parece estar más lejos. Eso tiene Atarjea también, la lejanía. Al estar ahí uno se siente como lejos de todo. Como si en Atarjea se estuviera y punto, y ese tipo de cosas le dan un aire ancestral y lo mismo le pasa a todas las historias que se cuentan de Atarjea.
A mí me tocó vivir una de estas historias y no se me olvida. Una historia que no es rara en esos lugares, pero que me tocó y por eso la traigo bien agarrada de la memoria. Una vez un hombre apareció al lado del río con las tripas de fuera y la panza toda cortada a punta de machetazos. A veces los hombres se bajan al río y se pelean como coyotes para matarse por rabias de amores o de campo. Este hombre respiraba todavía aunque se le salía la sangre a chorros por los huecos de la panza y la gente lo veía preocupada pero sin nada qué hacer porque el doctor no estaba. La que estaba era mi madre y la llamaron a ella a ver qué hacía porque ella sabía de herbolaria y con la muerte tan cerca eso basta para hacer cirugías.
Trajeron al padre por si el hombre se acababa de morir, para que le diera los santos óleos. Se llevaron al moribundo cargando envuelto en sábanas para que no se le salieran más las tripas. Lo dejaron en la enfermería, recostado en un catre, ya con los ojos más volcados hacia el otro lado. Mi madre sólo iba a hacer lo que se podía: meterle sus intestinos y vendarlo y rezar, rezar para que llegara al pueblo más cercano o para que su alma se salvara. Lo emborracharon para que sintiera menos y, no me crean si no quieren, mi madre le sacó bien las tripas y las lavó para metérselas de nuevo a la barriga y lo coció. El hombre duró vivo casi toda la noche y como llegó el sol y no se le acabó la vida se lo llevaron en camioneta a buscar el hospital más cercano. El hombre vivió.
Un año después regresamos a Atarjea. El hombre se volvió a pelear. El hombre se había muerto.
¿Por qué cuento la historia de ese hombre? Porque ahora que recuerdo este final que sabe tanto a tierra y a polvo pienso que conozco el nombre de esa nube, de esa lluvia, de esa mirada y de esa presencia que sienten las gentes de Atarjea. Creo que sé quien es ése que nadie ha visto pero que todos sienten.
Es un peregrino callado, muy callado. Tan callado que ha hecho hablar a todos de su silencio. Hasta se le da por muerto en unas partes. Yo creo que el peregrino ése nada más quiso acercarse todavía más al silencio y por eso se vino aquí un tiempo, para estar bien lejos de todo pero bien cerquita del suelo seco, de las piedras y los huizaches. Y ese peregrino los mira a todos aquí en Atarjea y los escribe. Ese peregrino ha de ser Juan Rulfo que sigue escribiendo historias en la tierra, historias como la de ése hombre. Eso creo.

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De la fe y los tuberculos

Arrinconado en la mesa catorce de un improbable establecimiento de comida germana, un hombre muy viejo, con una cachucha roja calada hasta el inicio de la nariz, bermudas azules y tenis New Balance, corta con una lentitud ceremonial una porción de una gran papa al horno. En el momento preciso en que su lengua y más específicamente sus papilas gustativas frontales reciben el contacto caliente de la superficie del tubérculo horneado, su mente emprende un acelerado retorno hacia el pasado y recorre, como puntos en un mapa hacia núcleo, los instantes múltiples mas nunca suficientes de su vida en que saboreó una buena Ofenkartoffel y llega a la primera que sería acaso la de su madre, allá lejos en el tiempo y el espacio, en Baviera en una tarde que no olvidaría con una papa maravillosa y trascendente portadora de una calidez que ningún horno podría proveer.

El anciano come un segundo bocado e inicia una inquisición teológica y gastronómica profundamente personal, sin prestar atención al ruido tumultuoso que un arranque fanático ha desatado en toda la ciudad. En realidad hay cosas inexplicables, dudas poderosas y es entonces que se requiere tener fe. ¿A aquella primera patata, de dónde la venía su sabor a epifanía, a ventana hacia algo más? ¿Aquella gente afuera se reuniría con la misma extraña devoción si descubrieran que a él una de sus primeras nociones de la presencia de algo superior e indescifrable le había llegado arropada en la indescriptible bondad de una Solanum Tuberosum? ¿Lo seguirían si supieran que al masticar y saborear esa masa caliente que lo devuelve a su tierna infancia se siente tan cerca del altísimo como se siente al adentrarse en los antiguos textos? Y quizás más importante que todo… ¿En realidad tiene él ese efecto de puente en las personas que afuera lo vitorean?… ¡Pfff! ¡Wie Kompliziert!

Ve su reloj. Ahora mismo el doble debe de estar pasando por López Mateos. Tiene tiempo aún para una segunda papa al horno la cual pide despreocupado pues piensa casi imposible que alguien descubra su breve escape. Ni siquiera le incomoda la mirada confundida del mesero quien seguramente piensa conocerlo, pues Joseph sabe que tarde o temprano el joven sonreirá triunfante, convencido de que ése es sólo un viejo tremendamente parecido a un personaje malévolo de la Guerra de las Galaxias.

Pragmática

Todos le debemos algo al silencio de Ramiro, a su boca eternamente sellada  que de vez en cuando sonríe mientras detrás se adivina un movimiento calmado y medio rumiante. Todos le debemos a su mudez estos rumores que nos entretienen todavía ahora, cuando las clases se ponen nefastas y hay que huir como roedores a las conversaciones por lo bajo.

Es importante aclarar que Ramiro no siempre estuvo mudo, antes era sencillamente un muchacho callado, lo que nosotros decimos raro y las maestras “introvertido”.  Mientras le fuera permitido, mantenía aletargadas sus cuerdas vocales y sólo las despertaba cuando estaba en juego su calificación. Es decir, nosotros conocimos su voz densa que se arrastraba, que salía con pesadumbre y se caía, que se tambaleaba por el espacio y llegaba a los oídos medio vapuleada. El cambio, la mudanza al silencio se dio sin aviso y sucedió espontáneamente durante una clase de lingüística y fue esa desaparición anormal de su voz lo que nos hizo investigar su vida en busca de un motivo antiguo.

Según las fuentes, que fueron dos tías chismosas que conocieron Toño y Ceci en una ocasión que fueron a casa de Ramiro por un trabajo en equipo, Ramiro tuvo un origen muy humilde, redondo, liviano y colorido.  Cuentan que su papá era un globero del centro que todos los días, acompañado por su pequeño hijo, salía a cumplir abnegadamente su labor y deambulaba por la plaza con su gran báculo prendido de infladas alegrías. Ramiro, recordaban sus tías,  pasaba las tardes con genuina felicidad. Corría como potro por sus llanuras de adoquín, se subía al quiosco, se remojaba la cara en la fuente de los leones, se paseaba sintiéndose muy dueño por los corredores y cuando el bolsillo lo permitía se compraba unos chicles y alguna revistita de caricaturas y siempre, siempre iba por un helado de chocolate con un bizcocho y se sentaba muy plácido y muy niño a lamer con devoción le helada y blanda dulzura.
Según va la historia, su padre el sacrificado globero había tenido en otro tiempo la ilusión de un destino letrado y en los ratos tranquilos en que se podía sentar, sacaba de su morral algún libro y leía atentamente. Los autores que estudiaba y que soñaba entender eran Ferdinand de Saussure, Claude-Levi Strauss y Noam Chomsky primordialmente. Había un lingüista frustrado dentro de ese viejo inflador de látex y por las noches al dormir a Ramiro, la esperanza vieja se renovaba en su hijo quien podía continuar el camino que él había abandonado sin haberlo empezado a andar.

De esa manera, Ramiro creció y comenzó a dejar la infancia para sólo estudiar, para hacer feliz a su pobre y cansado papá, para vivir la vida que aquél no pudo tener.
Salió de la primaria sin haber abandonado nunca el cuadro de honor, durante la secundaria se dedicó a hacer de su uniforme un mosaico de condecoraciones y el bachillerato lo pasó entre loas y laureles. Entonces llegó a nuestras vidas, a nuestro salón, con su timidez que a todos nos molestaba un poco porque nos olía a condescendencia. Hablaba poco, pero cada vez que abría la boca era para decir un axioma, un argumento irrefutable, una cita brillante, un aforismo luminoso. El tipo se sacaba invariablemente las mejores notas de la clase. Los parciales se sucedían y comenzábamos a perder la motivación porque cada trabajo, cada ensayo, cada examen sorpresa, cada exposición de Ramiro se hacía acreedora de puntos extra, de molestos halagos y de dagas tan hirientes como: “Si tienen dudas pueden acercarse a Ramiro”. Pobrecillo, lo odiábamos. No sabíamos entonces que era un muchacho resignado al triunfo, un hijo sumiso y leal que se partía el coco para llevarle a su padre, cada mes una boleta inmaculada.

Habrá que recalcar que la clase en la que se desenvolvía con especial maestría y dominio era, para orgullo de su progenitor, lingüística. El profesor veía en él el futuro de la ciencia y no se cansaba de mencionarlo. En más de una ocasión tomó asiento y pidió a Ramiro que por le hiciera “el honor” de impartir la clase. Curiosamente, era también en esa materia cuando yo creía ver en la mirada de este ñoñazo detestable su mirada más distanciada, más triste.

Bueno, al grano. El día D fue un martes, eran las once y cinco minutos de la mañana y el profesor de lingüística escribió en el pintarrón con grandes letras rojas: “Pragmática”. Muchos de mis compañeros, al igual que yo, estábamos preparándonos para echarnos una pestañita y los otros se aplicaban en tareas atrasadas. El único atento era, claro está, Ramiro. Sus ojos de anfibio estaban clavados en la palabreja recién escrita. El enseñante nos indicó que dejáramos todo de lado y que al menos en esa ocasión prestáramos atención porque nuestro compañero Ramiro había preparado la lección. Un generalizado murmullo de repudio se hizo escuchar. Ramiro, sin prisas, con su usual parsimonia que nos parecía de intelectualoide mamón se levantó y se paró al frente. Abrió la boca y dijo, con aquella voz suya pesada y torpe la última frase que le habríamos de escuchar: “Al uso práctico de la lengua se le llama pragmá…” ahí quedó atascada la frase y comenzaron a brotar sonidos como chacoteos húmedos de las profundidades de su garganta. El profesor no tardó en preguntarle si estaba bien y nosotros no demoramos en soltar una que otra risilla venenosa y algunos comentarios burlones, pero hasta el más insensible envidioso del alumnado guardó silencio cuando vimos la cabeza achatada de Ramiro adquirir un preocupante color violáceo. Era claro que se estaba ahogando. El maestro saltó sobre el mesabanco para atender al alumno estrella y nosotros inútilmente conmocionados no hicimos nada más que ver el espectáculo que culminó con Ramiro saliendo velocísimo del salón por sus propios medios.

No tuvimos noticia de él sino hasta el viernes de la misma semana. Cuando entró al salón todos quedamos en suspenso. Se veía igual que siempre. La misma cara redonda, los mismos ojos de sapo, la misma lentitud de anciano. No parecían quedar residuos de su inesperado ataque pero acompañándolo venía la coordinadora quien nos pidió atentamente que a partir de ese día fuéramos comprensivos y cooperadores con nuestro querido compañero que había quedado mudo. Mientras se nos daba ese aviso, Ramiro no quitó la vista ni un segundo de la pared de ladrillos frente a él, supongo que sabía lo que venía, una oleada de preguntas, una espontánea empatía, una amabilidad jamás antes mostrada, y en efecto todos de golpe cambiamos nuestra actitud hacia él que ahora era “el pobre Ramiro” y poco a poco para “no asfixiarlo” nos fuimos acercando para ofrecerle nuestra ayuda y sentirnos mejores humanos. Él, como era obvio, no dijo nada y no dio señas de aceptar nuestras proposiciones.

Con el pasar de los días nos mostró que en realidad nada había cambiado. El que ahora no hablara no le impedía superarnos una vez más en todos los aspectos evaluables por la universidad. De nuevo, parcial tras parcial se ganó calificaciones perfectas y con el pasar de los meses aprendimos de nuevo a odiarlo.

Nunca se nos dijo, y decidimos no inquirir demasiado, qué era exactamente lo que le había pasado y mejor para nosotros porque nos dio la oportunidad de generar hipótesis de todas índoles. Algunas secas como que simplemente tuvo alguna clase de parálisis de cuerdas vocales, otras muy drásticas como que en realidad tenía cáncer de garganta y algún día nos avisarían que ya no vendría porque había alcanzado la frase terminal. De entre las explicaciones, la que triunfó y se generalizó fue la más descabellada, la cual contaba que por alguna extrañísima razón la lengua del susodicho se había inflamado hasta alcanzar proporciones incontenibles por la cavidad bucal (de ahí la asfixia que presenciamos) y que sin más, la lengua se había desprendido y se había dado a la fuga.

Por supuesto es absurdo y lo sabemos y además estamos muy conscientes de que es cruel, no obstante no tenemos realmente ánimos de herirlo, sólo es algo que nos sirve recordar cuando llegan los exámenes y lo vemos salir primero que nadie con un examen indudablemente impío.

Yo a veces lo veo como ahora en la clase de lingüística, con la mirada perdida y medio nostálgica, como si quisiera escaparse. Con la boca sellada que a ratitos se curva en una sonrisa apenas notable y detrás se adivina un movimiento calmado y medio rumiante y no puedo evitar preguntarme si será posible, si será cierto, si en algún lugar habrá una lengua solitaria y contenta que cumpliendo un destino negado al resto del cuerpo, lame con devoción una helada y blanda dulzura en alguna banca del centro.

Ingeniería Genlétrica

Ayer, hice un descubrimiento que pensé revolucionaría el mundo, el universo entero como lo conocemos, algo que yo creí tenía asegurado su lugar en la historia como uno de los adelantos científicos más importantes, y que a su vez le haría un espacio a mi nombre entre los más ilustres. Estaba absolutamente seguro de que pasaría de ser  un simple profesor de literatura en una preparatoria, a ser un hombre de ciencia reconocido universalmente.

Ayer fue un lunes cualquiera, en un aula de clases cualquiera: gris, aburridísima y represiva. Estaba sentado en mi escritorio desde el cuál gobernaba con mano de hierro sobre la masa de homínidos que los débiles llaman “alumnos” y que los idealistas llaman “estudiantes”. Mientras los primates contestaban un cuestionario, yo leía en el periódico una nota sobre ingeniería genética, pues desde que un tal Francis Crick y otro fulano Watson encontraron la estructura del ADN, el mundo científico sólo tiene ojos para clonaciones, implantaciones de órganos humanos en cerdos,  extracción de células madre, etc. Francamente entre esa lectura,  el rasgueo de los bolígrafos y la falta de café, ningún coordinador, director o rector tendría derecho a despedirme por quedarme dormido. Y además no me quedé totalmente dormido, nunca lo hago, siempre me entrego a un estado intermedio en el cuál estoy lo suficientemente consciente para aventarle el gis a aquél que ose hacer alguna idiotez, pero lo bastante dormido para imaginarme en una playa. Extrañamente mis arenas doradas de ficción que usualmente me calentaban los pies no se presentaron. En lugar de ellas comencé a ver frente a mí: células.

Montones y montones de células, cientos, miles… Células que se dividían y multiplicaban fuera de control y así, sumergido en este viaje microscópico me adentré en ellas y antes de que pudiera registrar en mi cerebro lo poco que hubiera quedado de mis clases de biología, frente a mí se presentaron cromosomas y dentro de éstos, cadenas de ADN que se desenvolvieron ante mis ojos y conseguí ver sus… (¿Cómo se llamaban? Ah, claro…) bases nitrogenadas, sus azúcares, sus proteínas y entonces… el micro cosmos que me engullía en su torbellino genético se detuvo… ¡algo ahí estaba mal!, algo no concordaba con los modelos de ADN que había visto en alguna de mis incursiones accidentales al laboratorio. Las bases tenían claramente… letras en ellas.

Había una “E” aunada a una “n” y por allá una “u” con otra “n” Al alejarme poco a poco descubrí que estas bases formaban genes que en realidad eran palabras como “En”, “un”, “lugar”, “de”, “la”, “Mancha” …

-¡Profe! ¡Prof!

Este grito de Martínez me regresó a la realidad de inmediato. Pasé mi mirada como un escáner, velozmente a través del recinto, alguno tenía que estar fumando hierba, ¿de qué otra manera se explicaba mi viaje por el universo genlétrico?

– Si Martínez, ¿Qué se le ofrece?

– Los trabajos que le entregamos desde hace una semana, ¿los va a devolver? ¿O hasta mañana como siempre?

– Hoy mismo señor, gracias por recordármelo. ¡Jiménez!, hágame favor de entregar los ensayos.

Miré con encanto la cara de Martínez, mientras pasaba de alegría a extrañeza y ésta a su vez a enojo, a desprecio y finalmente a una mirada ardiente de odio. Valía la pena verlo tragándose su arrogancia, a pesar de que sabía que llevaría a una discusión, cosa que no importaba pues también sabía que yo ganaría.

Al final de clase, efectivamente se acercó Martínez disimulando su ira. Ya sabía lo que venía: “¿Profesor puedo hablar con usted?”

–          ¿Profesor puedo hablar con usted?

–          Por supuesto Martínez.  Claro que debo advertirte que si es acerca de tu trabajo, la calificación es definitiva.  ¡No habrá cambios!

–          Pero ¿por qué? Profesor usted pidió un ensayo acerca de la locura del del Quijote, y eso hice, y no sólo eso, además es excelente.

–          Lo sé, es excelente, me encantó también cuando lo leí en Wikipedia, Monografías y ¿dónde más era? ¿El rincón del vago? ¡Ah! Y por supuesto Yahoo respuestas.

Ver el rostro de ese chiquillo engreído encogerse de ira y vergüenza me deleitó.

–          Si el trabajo hubiera sido sobre el manejo de Copy/Paste, sin duda usted hubiera sacado 10 Martínez, pero como no fue así, la nota no cambiará. Que tenga buen día.

Y con estas palabras que como un buen plomazo asestaban el golpe final al malherido orgullo de Martínez me fui.

Esa noche cuando fui a la cama encendí el televisor y en las noticias anunciaban a otro ingeniero en genética con otro grandioso descubrimiento. Estaba harto de eso, así que lo apagué y comencé a leer un libro. Al pasar mis ojos sobre el papel, al leer las palabras, comenzaron a aparecerse imágenes extrañas ante mí. De nuevo cromosomas, ADN, cadenas, genes, nucleótidos, bases, o… ¿letras?

Fue entonces cuando fui golpeado por la idea, por la magnitud de la epifanía que no había podido identificar antes. Ante mi se estaban revelando y descifrando las bases del lenguaje, el genoma… de las letras.

¡Por supuesto! ¡Era tan claro! Así, atrapado en este torrente de emociones, en este tornado de excitación fui a mi estudio y saqué uno tras otro libros y más libros y más libros y más y después diarios y revistas y escritos de todo tipo y los devoré y los estudié y después investigué un poco acerca del genoma y el ADN.

Maravillado ante mi descubrimiento, que estaba seguro era el más grande del mundo, me tiré al suelo  y miré al techo y al cielo detrás de éste. Ahora sabía lo que había sentido Newton al ver la gravedad actuando en el universo, o Einstein viendo el espacio curvo y el tiempo relativo, o Mozart desenvolviendo sonidos. Ahora sabía y conocía mi propio campo de la ciencia desde su interior, desde su núcleo, desde su ADN, desde su código genético. Imaginé todas las posibilidades que se abrían ahora.

El ADN eran bases que conocen los mortales como: ABCDEFGH… y estos estaban unidos por enlaces de hidrógeno que son: .,-¿¡”´¨,….

Los genes son las palabras y el Genoma entero es la literatura, que una vez que hube investigado, descubrí era exactamente igual en el 99.9%, y ese 1% que hacía que un menú de restaurante y las obras de Shakespeare fueran diferentes, era el acomodo de las bases, su distribución, y su relación con sus proteínas.

En algunos casos, en literatura más aventurada, moderna, no lineal, influían distintos tipos de monosomías, trisomías, deleciones, cromosomas en anillos, etc.

Este descubrimiento era más que deslumbrante, era un parteaguas en la vida del ser humano. Cuando saliera el sol, iría directo a la escuela a renunciar y saldría a develar mis conocimientos al mundo, a preparar mi discurso para el premio Nobel, a entrenar mis modales para ir a cenar con los reyes y a pensar en qué diría en las múltiples entrevistas que me esperaban.

Estaba de tan buen humor que pensé en revisar los últimos trabajos de los que pronto serían mis ex alumnos. Para esbozar una sonrisa aún más grande en mi rostro el primer trabajo que descansaba sobre todos en mi mesa era el de Martínez. Con nadie como él disfrutaba dibujar un 5 en su máxima expresión.

Lo leí con esa sonrisa de quien se sabe superior al mundo pero pronto comenzó a desdibujarse mi mueca burlona y se comenzó a transformar en una tristeza y desolación intensa. Aquel trabajo de Martínez era exactamente igual el anterior, simplemente copiar y pegar de varios sitios de la web; pero esta vez me noqueó la cruda realidad y me tiró al suelo en lugar de elevarme. Yo  apenas había averiguado el genoma de las letras y Martínez ya era un maestro en complicadas clonaciones, implantaciones, manipulaciones de ADN con las cuáles yo sólo soñaba.

Así que ahora espero que el director me atienda para, en efecto, presentar mi renuncia inmediata, pero no habrá premios ni entrevistas ni futuro brillante. Sólo me voy porque si me quedo me consumirá esa sonrisa de amplia satisfacción de Martínez, el más grande de los ingenieros genlétricos, cuando reciba su ensayo con un gran 10.

Desayuno en buena compañía

Sentado solo en una mesa del patio de un hotel, revuelvo mi café. Abierto, a un lado mi jugo tengo mi cuaderno de notas y las páginas vacías y la pluma me esperan. A un lado de mí, mediando entre un naranjo y un limón hay una fuente. Sobre ella se revuelven los agraristas como se revuelven los granos de azúcar en mi café. Aquí dentro, aunque ya el cielo está despejado, se conserva un ambiente lluvioso y una tranquilidad gris trepa por las enredaderas de los muros hacia el cielo abierto, como si la sombra de la lluvia se evaporara. Y de los árboles que enmarcan el patio y de sus nidos detrás de las ramas, surgen otros pájaros que siguen el sinuoso vuelo de esos vapores para continuar su día.

Parece que del baño viene música que acompaña el sonido de mi tenedor al pasar por el plato (Curiosamente esta primera canción es Moon River  ¿Acaso me esperaban?). Sobre el mantel blanco, donde se distribuyen como copos algunas flores de jazmín, se para un pequeño pajarito y atentamente y muy quieto me observa. Yo, por ser el abordado, espero que él haga el primer movimiento.

–          ¿Por qué solo? – Me pregunta. Sé que parece extraño que un ave me hable – a mí que tan poco tengo que decirle a una criatura que vuela -, pero en mañanas como ésta, acompañadas e intensificadas por un buen café, me siento (y probablemente un poco me veo) como Blancanieves. Alguna vez tuve una conversación muy agradable con un ratón en la biblioteca de mi abuela.

–          Porque vine solo. – Le respondo. – Y tú, ¿por qué no acompañas a los de la fuente? O ¿por qué no sales a la plaza como aquellos? – Se nota que he dado en el blanco. El avecilla, mira a sus compañeros, baja su minúscula cabeza un momento (un brevísimo momento, todos hemos visto lo rápido que se mueven estos animalitos) y luego me ve.

–          Me dan miedo las alturas. – me confiesa, claramente avergonzado. Y con su gran orgullo de criatura aérea magullado me devuelve la flecha.

–          ¿Y tú? No te he visto escribir nada en esa hoja y llevas aquí casi una hora. – Es cierto, no puedo fingir, me ha atrapado. Esa hoja en blanco es mi firmamento. Sus bordes son las cornisas, las ramas, los techos de los cuales no me atrevo a aventarme, después de todo mis alas sólo tienen una pluma y quién sabe si ésta evitará que me precipite al suelo sin haber construido al menos una red de palabras que me salve.

–          Es que me da miedo caerme. – Acepto en voz baja.

Nos miramos entonces como dos criaturas vulnerables, ambos atados a la tierra por miedosos. Yo veo dentro de sus ojos de una oscuridad redonda y completa y él ve los míos. Nos entendemos.

–          Te prepongo algo. – Le dije. – ¿qué te parece si intercambiamos saltos?

Él aceptó el trato y además aceptó acompañarme hasta que terminara mi café. Hablamos de otras cosas, de viajes, de libros y de cine. Me dijo que le encanta Wim Wenders y me preguntó por qué. Nos despedimos sabiendo que habríamos de saber del otro algún día.

Ahora tendré que buscar el sitio apropiado, el tejado, el balcón, el peñasco, el árbol desde el cual emprender vuelo, y ahora él tendrá que encontrar una hoja de árbol para escribir un cuento.
Quién sabe quién de los dos se elevará, o al menos, caerá con más gracia.

Venti

Entré aquí sin ningún sentimiento parecido a la esperanza. Sencillamente quería un café, algo que me sustrajera de las insoportables mieles de este día, de la infame repetición de canciones de Camila en el radio, del bufete de rosas en cada semáforo, alto y tope; de todos los tianguis espontáneos en parques y plazas, de la venta impúdica de corazones de todos los tamaños, materiales, colores y orígenes posibles; del comercio de animales de peluche, de chocolates y etc., etc. En fin, sólo buscaba algo que me separara de toda esta densa y horrible melcocha cursi en la que además no tengo cabida, pues no habrá quién escriba mi nombre en ninguna cartita.
Lo máximo a lo que aspiraba era algo de buen Jazz mientras me sentía burgués tomando mi “venti”… sólo eso. Y bueno,  lo de siempre: distraerme viendo a los extraños,  inventándoles (o quién quita descubriéndoles) su historia. Como la de aquellas señoras en los sillones de la esquina, ambas con largos apellidos, ambas con su aristocracia arrastrando en sus abrigos. Compañeras eternas de cartas, chismes y cigarros; aunque en sus miradas, en el brillo de sus joyas, en la arrogancia de sus ademanes se evidencia que ya hace mucho las suerte las separó, que hace mucho dejaron de ser amigas. O está el caso más alegre del muchacho gordito en la mesa de atrás que está leyendo algún libro de Paolo Coelho, quien tarde o temprano levantará la mirada y por encima del marco de sus anteojos de lectura verá a esa muchacha de allá que disfruta Caldo de Pollo para el Alma Adolecente, y una vez que se encuentren la unión estará hecha y no pasarán más de dos años antes de que ya estén leyendo a Deepak Chopra tratando de solucionar sus problemas maritales. Y está ese viejo sentado muy lejos de todos, en la mesita de la esquina, quien tranquilo escucha a John Coltrane y bebe su café, mirando con ternura la silla solitaria frente a él, dialogando con ella, esperando que el aire le responda lo que su esposa le habría respondido cuando el tiempo era otro…

¿Lo ves? Esperaba eso, esas líneas narrativas ajenas; esperaba hallar los cuentos de otras mesas… no estaba preparado para encontrarte a ti, ahí, del otro lado de la caja, operando tu computadora con la destreza indiferente que provoca la monotonía; con tu cabello oscuro recogido y escondido debajo de tu cachucha verde, con tus ojos negros mirándome sólo una fracción de segundo (sólo lo necesario), con tu voz sigilosa y tus palabras precisas deseándome un buen día, preguntándome qué quiero y cuál es mi nombre… Mi nombre… Y ahora, de pronto, me veo cayendo en mi juego, y peor aún, me veo sumergiéndome, sin poder hacer nada, en el sentimiento afelpado y azucarado que se apodera del día allá afuera. De pronto te construyo, edifico tu vida y te veo más clara que nada en el mundo. Y de pronto sé, simplemente sé que tu color es el verde, que tus días los lluviosos, que tu música el Jazz, que tu flor la azucena, que tu mascota el perro. De golpe te conozco y sé que amas la poesía latinoamericana y que a ratos te recuestas en tu cama e imaginas tu propio cielo extendiéndose en el techo, sé que tu sino es el viaje y que en secreto buscas alguien que lo comparta contigo… Y ahora te veo acercándote a la barra para entregarme mi capuccino venti y con él entregarme tu vida… y ya estoy aquí, esperándote antes de ser llamado porque siempre te he esperado y…

¡Adiós! ¡Hasta nunca! ¡Y dejo aquí tu cochino café porque no lo quiero!, ¡ni a él ni a ti, ni a tu vaso “venti” con su estúpida carita feliz! Te lo dije muy claro: “Rigoberto”, ¡“Rigoberto”!… Ahora no quiero saber tu nombre, me voy a pasar mi desdicha al Italian, y tú espérate ahí a ver si viene ese tal “Roberto”.

Palabrería

–          Hace quince años se me ocurrió. Yo y Olivia, mi esposa, nos pusimos de inmediato a trabajar en la idea. Definimos el concepto, investigamos el mercado, revisamos nuestras posibilidades económicas y cuando estuvimos listos tomamos los ahorros de nuestra vida, escogimos el local y en menos de tres meses teníamos nuestro negocio. Pasamos años muy felices aquí señor, es tristísimo que ahora tengamos que cerrar.

Cuando empezamos, y si no me cree puede preguntar, no había minuto del día en que el lugar se quedara solo. La campana de la entrada sonaba con la constancia de un metrónomo, tanto así que la quitamos a la segunda semana porque Olivia empezó a volverse loca.  Y todo eso no se terminó cuando pasó la novedad, ¿eh?.  Pronto tuvimos nuestra clientela y además cosechábamos nueva todo el tiempo. Al cabo de dos años éramos visita obligada para el turista.

Con decirle que al principio teníamos un local de 4×8 y la bodeguita; para el tercer año fue necesario que compráramos el local de al lado y seis meses después compramos el del otro, incluso tuvimos el sueño de hacernos franquicia, pero eso ya murió.

De verdad creíamos que no se acabaría, nos visitaban toda clase de personas y de todas las edades, era tanta la diversidad que comenzamos a ampliar nuestro catálogo y a dividir las palabras en secciones. Por su contenido: Humor, Drama, Terror, Suspenso, Amor, Fantasía…  también por el oficio al que atañían: Jardinería, Repostería, Artesanía… por el público al que iban dirigidas: Infantiles, Todo público y Adultos… y le digo, no hubo día en que no encontráramos a algún puberto merodeando en la sección de adultos, con alguna palabra obscena escondida en los pantalones. Y bueno, también por la ciencia a la que pertenecían, por su etimología, por su función lingüística y para el quinto año inauguramos la sección de idiomas, ahí puede encontrar palabras de todas las lenguas, idiomas y dialectos que se le ocurran… ¡Dios mío!, de sólo pensar las maravillas que llegamos a tener, y las personas que nos visitaban… el típico enamorado en busca del adjetivo perfecto para ensalzar a su dama, la señora que había olvidado el nombre de tal o cuál flor, el amante púdico que después de horas y ahogado en su vergüenza preguntaba por palabras para poder “hablar sucio”, el estudioso de la semántica que se llevaba en una sentada decenas de sustantivos para indagar sus significados, o el ñoño que vino en una ocasión y preguntó por palabras en klingon y élfico. Gracias a él tenemos dos estantes dedicados a idiomas de ficción y fantasía… En fin. En un tiempo nos fue tan bien que comenzamos a incluir artículos y preposiciones en cada compra; ahora cobramos hasta por las comas y puntos que siempre fueron gratis; y eso porque si no nos morimos de hambre. Éste era un sitio mágico, se lo digo señor.

El error fue contratar a alguien para que nos ayudara. El muchacho se veía tranquilo, era callado y muy servicial, ¿quién iba a sospechar de él? Era un gran empleado, a todos los clientes los atendía con devoción, se quedaba horas extra por su cuenta, ni siquiera tomaba su descanso de media hora, con tal de seguir clasificando, acomodando, etc. Todo iba perfecto hasta que antes de cumplir su quinto mes trabajando con nosotros, dejó de venir. Pasaron semanas y no volvió y entonces empezamos a sospechar. Al hacer el inventario nos percatamos de que, en efecto, el muchachillo se había estado llevando de a poquito y sistemáticamente, cientos y cientos de palabras. Hicimos nuestro coraje, pero al final lo dejamos pasar. No pensamos que el desgraciado fuera a hacer lo que hizo.

Fue en mayo del año pasado cuando llegaron sus camionetas a los locales de enfrente. Estuvieron dos días descargando y a la semana ya habían abierto su méndigo negocio.

El resto, señor, es historia. Hace ya tres años que ese maldito muchacho abrió su librería y ya ni las moscas se paran aquí. Es más, quizás sea usted el último comprador. Y a todo esto, ¿qué se lleva?… Ah, muy conveniente:

“Fin”.