No más muertos

Como todo en México, comenzó con gritos. Fueron muchas las personas que lo vieron, recortado por la luz perezosa de las primeras horas de la mañana; conductores rumbo al trabajo escuchando el radio, peatones acompañando a sus hijos la escuela, gente mirando distraída por las ventanas de un camión, tenderos montando sus puestitos; todos fueron despertados de su estado medio catatónico por la singular visión, de manera que es difícil precisar quién pegó el primer alarido. Lo que sí se puede señalar es quién fue la primera persona en llamar a la policía. Una señora que vendía palanquetas fuera de una primaria fue quien desenfundó su celular con mayor rapidez y marcó el 911. La operadora que respondió, profesional y experimentada, mantuvo la calma, pero inyectó a su voz un calibrado y leve tono de preocupación – tan necesario para que el usuario sienta que hay un ser humano del otro lado de la línea – aunque, si hemos de ser sinceros, la descripción del suceso no le sorprendió. Agitó la cabeza apenas perceptiblemente en su cubículo mientras tomaba notas velozmente y se enlazaba con la policía, como quien vuelve a escuchar el chirrido de una puerta después de haberla engrasado por centésima vez. Ahora mismo van unidades a esa dirección, señora. Gracias por su llamada. Antes de colgar, la vendedora de palanquetas murmuró, como si ya no hablara con la operadora sino con ella misma Qué raro. ¿Qué es raro, señora? El colgado. Sí, es terrible, pero mantenga la calma, ya van para allá. No, digo, es que se está igualito a otro de hace unos meses, hasta en el mismo lugar. La operadora no pudo contener un suspiro. Lo que sí pudo contener fue decir algo como Sí, señora, este pinche país. Se limitó a repetir Mantenga la calma, ya van para allá. Gracias por su llamada.

Todo siguió su cauce normal. Los policías llegaron y acordonaron la zona. Tránsito se ocupó en desviar el tráfico. Llegó la prensa y tomó fotos y declaraciones. Mirones también tomaban fotos y video y los subían a redes sociales. Todo iba, para decirlo pronto, como de costumbre. Pero el caso puso un pie en territorio novedoso cuando el equipo forense reveló que ese hombre en efecto había muerto ahorcado, pero no aquella noche o madrugada, sino antes. Es rarísimo, dijo el forense al detective Fernández, encargado del caso. Parece que el muerto lleva meses muerto, pero no muestra ninguna seña de descomposición. El asistente del forense sonreía como emocionado. Y usté’ de qué se ríe, le preguntó el detective. Perdón, detective… es que es como de película. Sin embargo, las sorpresas no acabaron ahí y la película a la que aquello se parecía aún guardaba un brusco giro, tan brusco de hecho, que habría significado un cambio de género. El detective Fernández no se la creía cuando identificaron al occiso: se trataba de Raúl “El Manitas” López, un ratero devenido en narcomenudista que operaba en la zona donde se le había encontrado y quien, de acuerdo con sus registros, ya había sido hallado muerto en el mismo lugar y de la misma forma, hacía casi siete meses. El caso se había archivado y el cuerpo, que no fue reclamado por nadie, puesto en una fosa común. No mames, decía el detective por lo bajo mientras leía el reporte. Ordenó que se volvieran a tomar las huellas y se volvieran a cotejar en el sistema; el resultado fue el mismo. No chingues, algo tiene que estar mal, dijo. Se repitieron las pruebas una vez más con los mismos resultados y, frustrado, el detective dijo que fuera como fuera a ese cabrón nadie lo iba a extrañar. Ordenó que se cerrara el caso, que se enterrara el cuerpo en una fosa común y que no se revelara nada de aquello a nadie. Nunca pasó. Si veo cualquier cosa sobre esto en el periódico, van a ver, culeros. Sí, señor, dijeron todos los involucrados, y uno de los policías que descolgó el cuerpo se persignó a escondidas, como con pena, pero más con miedo.

El segundo caso, ocurrido dos días después del primero, fue muy similar, aunque levemente más chocante por el estado del cuerpo en cuestión. Fue en Guadalajara, también muy temprano por la mañana. En esta ocasión el descubrimiento, el primer grito y la primera llamada vinieron todos de una misma persona; una mujer joven que salió a correr y más o menos al kilómetro siete de su carrera matutina, se topó con la figura atroz de un cadáver colgando de un puente peatonal. El cadáver estaba quemado a tal grado que, en un primer momento, en el golpe de la primera mirada, la mujer había pensado que se trataba de una bolsa de basura negra llena de varas. Tal vez por eso ella había sido la primera en alertar a la policía, porque el cuerpo estaba tan deformado que difícilmente los primeros automovilistas de la mañana habrían podido identificar esa masa carbonizada como lo que era. La prensa le preguntó si volvería a correr. La mujer dijo que sí, porque tenía un maratón en Boston pronto, pero que ciertamente ya no incluiría esa avenida en su circuito usual, que ya hacía mucho su marido le había advertido que esa zona se estaba poniendo fea. Qué lástima, una colonia que era tan bonita, dijo. Luego los periodistas, más por hábito que por profesionalidad y menos aún por interés, se acercaron a uno de los policías a anotar sus declaraciones. Al terminar, mientras ya todos se iban, uno de los reporteros, un muchachito joven, le preguntó al fotógrafo que iba con él ¿No habían encontrado a otro quemado en el mismo puente peatonal hace dos años? El fotógrafo sólo alzó los hombros e hizo una mueca de Sabrá Dios, mientras revisaba las fotos en la pantalla de su cámara.

¿Bueno? ¿Mario? Pues, ¿qué teléfono marcaste, güey? Oye, ¿quieres saber algo bien pinche loco? Simón. Nos llegó un muerto en la mañana, un colgado y chamuscado. Ajá. Pues ya sabes, se checan las placas dentales. Simón. Y resulta que es El Chimuelo Mendoza. El Chimuelo Mendoza… Fernández hizo una pausa, pasándose el nombre por la boca como si fuera un caramelo. No chingues, güey. ¿El Chimuelo Mendoza? Sí, cabrón. ¿El pinche Chimuelo? El mismo hijo de la chingada. No mames, cabrón. Se me pararon los pinches pelos del brazo. Sí, güey, uno de mis hombres quiso renunciar. Que esto es del diablo, dijo. Bueno, hay maricones en todos lados. Uno de mis hombres quiso traer un sacerdote a bendecir la comisaría y las patrullas. Ambos se rieron. Luego se hizo una pausa que empezó a abrirse como un cráter. ¿Había narcomanta? No, todo igual que la vez pasada, hasta juraría que el mismo pinche mecate, pero sin la manta. Acá igual. ¿Qué chingaos está pasando, camarada? No sé, Pepe, no sé. Esto parece de película. Lo mismo dijo el mocoso que le ayuda al forense. Los dos se rieron. Otro cráter creció en la llamada hasta que se hizo insoportable y se despidieron.

El tercer caso fue mucho más macabro, pero curiosamente también más sencillo de controlar pues incluso buena parte de los policías y funcionarios relacionados con la investigación no se dieron cuenta de nada; en buena medida porque vivían en un constante estado de déja vu. El dueño de unos terrenos muy extensos en Veracruz se estaba paseando con uno de sus hombres de confianza, con un arquitecto de una desarrolladora urbana y con un funcionario de gobierno para indicar más o menos el trazo del fraccionamiento que quería levantar en aquella zona selvática, cuando percibieron un zumbido de moscas atronador, algo distinto en potencia sónica al zumbido normal de la selva. Casi instantáneamente percibieron también la pestilencia. Un animal muerto, dijo el funcionario. No, apesta mucho y son demasiadas moscas, dijo el hombre de confianza del dueño. ¿Muchos animales muertos? preguntó el arquitecto. Y más o menos le atinó. Lo que hallaron fue una fosa clandestina con una cantidad abrumadora de restos humanos. El olor era insoportable y los cuatro vomitaron. El arquitecto se desmayó. El funcionario llamó al jefe de policía. Éste llegó relativamente rápido, considerando lo lejos que estaban de la carretera o de cualquier camino decente. Sus hombres acordonaron la zona y se pusieron a hacer su trabajo. Hallaron setenta y dos cadáveres. Muchos desmembrados, casi todos con heridas de machete y otros pocos con heridas de bala. El estado de putrefacción y los trozos de cuerpo devorados por animales e insectos hacía casi imposible distinguir sexos y edades a primera vista. La identificación sería difícil, pero seguro eran todos migrantes centroamericanos. Ellos mismos ya medio se daban por muertos cuando emprendieron el viaje, comentó un paramédico, como para tranquilizar al arquitecto a quien le estaban administrando suero en la ambulancia. El jefe de policía supo, nada más al llegar, que aquello era parte de lo que sus fuentes le decían que había pasado esa misma semana en Ciudad de México y Guadalajara. El dueño del terreno farfullaba enojadísimo por tener que lidiar con eso por segunda vez en menos de cinco años. Qué puta mala suerte. Chinguen a su madre, pinches migrantes hijos de la verga, que se queden a morir en sus pinches países culeros. Su hombre de confianza tenía el ceño fruncido. Se acercó al jefe de policía y le dijo Esto está muy raro, señor. Es exactamente el mismo lugar de la vez pasada. El jefe de policía se rió y dijo No chingue, ¿en esta pinche selva cómo sabe dónde anda parado? No, estoy seguro, respondió el hombre. Y aquella vez también fueron setenta y dos muertos. Esas cosas no se olvidan. El jefe de policía dejó de reírse, se acercó y le dijo ¿Y luego? Y por cómo lo dijo, el de confianza del dueño bajó la cabeza y murmuró Pues nada, qué coincidencia. Sí, qué coincidencia, terminó el jefe de policía. El hallazgo salió en las noticias aquella noche, en una cápsula relativamente rápida. Luego dieron el pronóstico del tiempo y más tarde entrevistaron a una muchacha muy guapa que tal vez iba para Miss México, primera vez para una veracruzana si se les hacía. En los principales noticieros nacionales el aviso se redujo a un cintillo al pie de la pantalla.

Fue el cuarto caso el que puso en estado de alerta no sólo a la policía, sino a gente más importante. Aprovechando un par de horas libres, dos estudiantes de la maestría en Historia de México en la UNAM se fueron a buscar algún punto escondido cerca del espacio escultórico de Ciudad Universitaria para fajar cuando vieron lo que parecía una muchacha durmiendo junto a un arbusto. Al acercarse, el muchacho gritó. La chica sintió un escalofrío, curiosamente no por el cuerpo, o no por el cuerpo solamente, sino por el sitio donde estaban, el cual de pronto se le reveló como familiar. Se acercó y luego se llevó las manos a la boca, primero por el impacto de la visión de un cadáver – algo por demás comprensible – pero luego la cara se le deformó en un gesto de absoluto horror y comenzó a dar alaridos sin parar. La muerta tenía los pantalones jalados hacia abajo, aunque aún abrochados. Había sangre ya seca en su ingle. También tenía la blusa subida hasta el cuello y una de las copas del sostén levantada. Había sido estrangulada con el cable de unos audífonos – probablemente suyos – que seguía apretado contra su cuello.

El muchacho llamó a la policía e hizo lo mejor que pudo para describir exactamente el sitio donde se encontraban, mientras que con el brazo libre abrazaba a la chica que se había acercado al cuerpo. A su vez, la operadora pasó el resumen de la descripción a la policía. En cuestión de dos o tres minutos, alguien le avisó al detective Fernández, quien había pedido a oficiales de confianza estratégicamente distribuidos por la ciudad que le notificaran ipso facto de cualquier cuerpo o cuerpos que se hallaran en lugares precisos donde ya antes se hubieran encontrado otros. Durante esa semana, las llamadas al radio y al celular personal del detective se habían doblado en número. Y todo por falsas alarmas. Pero en esta ocasión, al escuchar la descripción del sitio, Fernández se dirigió de inmediato ahí. Ahora sí nos cargó la verga, pensó.

Los policías se llevaron el cuerpo en menos de diez minutos; cosa de lo más inusual y contraria al protocolo. La prioridad fue limpiar todo rastro antes de que llegaran mirones y tomaran fotos o videos y lo subieran a redes sociales. Fernández personalmente interrogó a los jóvenes y luego les pidió sus celulares. Es el procedimiento, dijo. Los muchachos traían el susto tan fresco que no chistaron en hacerlo. Quién los viera, pensó Fernández. Luego se fijó en la cara de la chica, en su mirada extraviada. ¿Está bien, señorita? Lo que pasa es que ella fue la que se acercó a ver el cuerpo. Ah, ya. Procedió a separarla con delicadeza, casi con cariño, como si fuera su padre, mientras a la vez hacía un gesto de deferencia al joven y pedía a otro oficial que lo atendiera y le explicara qué seguiría ahora. Ya a una distancia segura, le preguntó ¿Estás bien? Ella no lo miraba a los ojos; no respondía. Na’más de verle los ojos, así, tan en blanco, Fernández supo. Bajó la mirada y en el morral de la chica distinguió un pin que leía Ni una menos. Era ella, dijo por fin la chica. Era Cristina. Ahora sí ya nos cargó la verga, pensó el detective.

Fernández, que había llegado hasta donde estaba por su eficiencia y capacidad estratégica, tomó las siguientes decisiones: 1. Enviar a la chica al hospital por shock nervioso y alertar a los padres (de alguna manera se iban a enterar y ahorita no necesitaban reclamos, o incluso demandas), pero aprovechar el trayecto que tendría a solas con ella para tratar de convencerla de que su vista la había engañado. 2. Llamar a Gobernación y alertarlos, en caso de que el paso uno fallara. 3. Poner a dos unidades a seguirla tanto a ella como al muchacho unos días. Sus celulares ya estaban intervenidos.

El paso uno no tuvo una resolución feliz. La chica, de nombre Paloma Gómez Saldívar, se puso a gritar ¡Era Cristina! apenas la subieron a la ambulancia. Los camilleros lograron controlarla y le suministraron una dosis leve de calmantes. Aun así, la chica repetía el nombre Cristina muy bajito, como si estuviera hipnotizada. Era imposible hablar con ella. Para cuando llegaron al hospital, sus padres ya estaban ahí. Fernández sintió un poco de alivio al ver que los padres de Paloma, al menos a juzgar por su atuendo, eran muy humildes. El paso dos, en cambio, funcionó mejor de lo que Fernández pudo haber imaginado.

Primero, la policía hizo una rueda de prensa a la que no asistieron muchos medios, en donde anunciaron que el cuerpo hallado en el jardín de las esculturas era el de Isabel Guerrero, sexoservidora. No se le conocían familiares vivos y nadie se había presentado a reclamar el cuerpo hasta el momento. El asesinato lo había perpetrado, casi con toda seguridad, un cliente, como suele suceder en casos así, y la policía ya estaba investigando para dar con el culpable. Justo como Fernández pronosticaba, a la mañana siguiente, Paloma apareció en un noticiero desmintiendo la versión de la policía, asegurando que aquella mujer era Cristina Romero, una ex compañera de la carrera que había sido violada y asesinada hacía dos años, y posteriormente hallada exactamente en el mismo sitio. La presentadora le preguntó Cómo la reconociste si después de dos años, y disculpa que sea directa, debería de quedar, si acaso, sólo el esqueleto. Se hallaba exactamente igual, como si acabara de pasar. ¿Cómo es eso posible? No tengo idea yo tampoco, por eso entré en shock. Por eso sigo temblando. Sé que parezco loca, pero es verdad. Luego Paloma empezó a llorar. Mientras veía la tele, Fernández bebía su café relajado. Era un noticiero bastante menor. Seguro los demás la rechazaron, pensó. Al contar su historia han de haber dicho: Ésta está lurias. Monitoreó los demás noticieros y revisó los principales diarios. En todos los noticieros aparecía una breve mención del caso, pero sólo en dos más mencionaban, y como nota al pie, casi como dato curioso, la declaración de Paloma. La que le espera, pensó Fernández y sintió con sinceridad algo de lástima por la chica. Qué mala pata. Pero no escuchaba.

En la emisión del día siguiente del mismo noticiero menor, la presentadora ofrecía disculpas por la participación en el programa de Paloma Gómez Saldívar. En las últimas veinticuatro horas, se había descubierto que Paloma no era ni por asomo una testigo confiable. Para empezar, al parecer era adicta al cannabis, algo que muchos compañeros, que pidieron permanecer anónimos, confirmaron. Tenía fama de exagerada, algo que traslucía en su perfil de Facebook, donde era muy voluble y dada al drama. También era bastante radical y en varias publicaciones, tanto en la ya mencionada red social como en Twitter, escribía o reposteaba lemas abiertamente violentos contra los hombres, a quienes llamaba “onvres” y “machitos”. Su exnovio declaró que estaba loca, que él sabía con certeza que tomaba medicamentos para la cabeza y que, además, estaba tan resentida con los hombres que la creía capaz de inventarse cualquier cosa para desprestigiar la imagen del sexo masculino. El chico que estaba con ella en el momento del descubrimiento del cuerpo dijo que la mera verdad no la conocía muy bien, pero que sí era medio rara.

Paloma no pensaba arredrar, a pesar del tormento que le hicieron pasar en días posteriores a través de llamadas, correos y mensajes. Durante unos días siguió publicando en sus cuentas:  Yo sé lo que vi. Algo están ocultando y merecemos saber la verdad. El grupo de lectura feminista al que pertenecía la apoyó en un principio, secundando sus mociones para que se revelara la verdad sobre el caso; aunque después, ante las peticiones de la familia de Cristina de detener ese circo por respeto a ellos, decidieron reorientar su energía a visibilizar la violencia a la que estaba siendo sometida Paloma en redes y a exigir justicia para Isabel Guerrero, la sexoservidora a quien realmente pertenecía el cadáver. Finalmente, Paloma se detuvo cuando una cuenta anónima le envió print screens de una selección de mensajes privados de sus cuentas de WhatsApp y Facebook Messenger, prometiendo ponerlos en circulación en veinticuatro horas si no cerraba el hocico de una buena vez. Ahí quedó todo.

Pero la calma que se había ganado duró poco. En la siguiente semana, y con menos de una hora de diferencia, se hicieron dos descubrimientos que cambiaron definitivamente el rumbo de la situación. En Xalapa, Veracruz, en la colonia Francisco Ferrer Guardia, cercana al centro, se halló el cadáver de Tadeo Ortiz Pinto, el periodista. El hijo del occiso, también periodista, había ido a recoger algunos papeles de su padre y lo halló, exactamente como tres meses antes, amarrado de manos y pies a una silla, con tres balazos en el pecho y uno debajo del ojo, con los dedos meñiques cercenados y tirados cerca de los pies, y con evidencias de golpes en el rostro y quemaduras de cigarro en los brazos. En una pequeña hondonada entre rocas en la playa Tres Vidas de la zona Diamante de Acapulco, se halló el cuerpo desnudo de una chica joven, rubia. Su cabello, empapado y enredado con algunas algas, se mecía levísimamente en ese mínimo espacio similar a una tina. Cangrejos diminutos deambulaban por su espalda blanquísima. La escena, a decir verdad, no carecía de belleza. Mauricio Ortiz, hijo de Tadeo, se propinó dos fuertes manotazos en la cara, el niño que encontró a la muerta se acercó con curiosidad y lentitud, como los perros callejeros a los puestos de comida, preguntas e imágenes nacían y morían en su mente a la velocidad de la luz, ¿qué es esto?, ¿estoy soñando?, ¿qué día es hoy?, ¿me he vuelto loco por fin?, la muchacha era tan bonita y nunca había visto a una muchacha encuerada en la vida real, se echó agua helada en el rostro y se dio otra cachetada, se agachó y tocó la piel de la muerta, tan suave y a la vez tan viscosa, como la de un pez, esto no puede ser, ¿ya me mataron a mí también?, la volteó con algo de trabajo y lo que vio lo hizo correr con un agujero pesado en el estómago buscando a su mamá, todo es posible en este país, se dijo mientras iba por su mochila, el vientre de la mujer estaba todo agujereado por puñaladas, las preguntas seguían pasando frente a los ojos de su cerebro como objetos por la ventana de un tren bala, la madre del niño volvió junto con su hijo mayor, Mauricio tuvo la entereza, en medio de la locura, de sacar su cámara, Es la mismita, dijo la señora, la misma gringa, mientras su hijo mayor sacaba su celular, la verdad es que ya hace mucho que no entiendo nada, se dijo Mauricio. Tomó una foto.

¿Señor? Sí, Alfredo. Supongo que ya vio, ¿no? Sí, ya vi. Su voz sonaba cansada, como la de una madre primeriza tras dos noches sin dormir, con un bebé que no para de llorar. ¿Qué procede, señor? Procede tomarse el mejor licor que se tenga a mano, Alfredo, fumar, y si puedes, si tienes la presencia de ánimo necesaria, reírte, porque esto es un chiste, Alfredo, un enorme chiste. La llamada quedó en silencio, un silencio inhóspito como el de un estacionamiento de noche. ¿Entonces no hay órdenes, señor? ¿Por qué chingaos tenía que ser gringa?, dijo el secretario para sí mismo, pensando en voz alta. Lo del periodista lo pudimos haber controlado; fácil, ¿pero una gringa? ¿Señor? Mira, Alfredo, es tarde. Hazme caso, tómate algo y vete a dormir, por ahora no podemos hacer nada. Alfredo suspiró. Esto parece una película. En este pinche mundo en que vivimos todo parece una película, Alfredo. Alfredo escuchó el silencio breve y le sonó a viento. Y lo peor es que esto parece una película malísima. Un pinche churro. Una chingadera de ésas que sólo pasan en el canal 5 a las dos de la mañana.

El detective Fernández colgó el teléfono y vio su reloj. No eran ni las cuatro. Pensó en la vida de una manera abstracta, sin lenguaje, sin imágenes tampoco. Más bien sintió la vida mientras miraba sin mirar las uñas de los dedos de sus pies, sentado en la orilla de la cama. Habían pasado exactamente tres semanas desde el hallazgo de Raúl “El Manitas” López, diecisiete días desde el hallazgo de Luis Arturo “El Chimuelo” Mendoza, diez días desde el hallazgo de la fosa en Veracruz, cinco del hallazgo del cuerpo de Cristina Romero y todavía no se cumplían cuarenta y ocho horas del hallazgo de los cuerpos de Tadeo Ortiz Pinto y de Susanne Patrick. Todos los noticieros, todos los diarios, todo en las redes, todo, absolutamente todo en las últimas horas había sido un remolino de entrevistas, reportajes, testimonios, imágenes, análisis, hipótesis, especulaciones, girando desbocado alrededor de los cadáveres vueltos de la tumba del periodista y de la gringa. Y ahora esto. El Manitas había sido encontrado de nuevo por un patrullero, colgado del mismo puente. Qué largas tengo ya las uñas, pensó Fernández, nada más por pensar algo, mientras se ponía los calcetines. Salió de su casa y se dirigió a Ciudad Universitaria. Con una linterna en la mano izquierda y la mano derecha recargada en su pistola, el cielo sobre su cabeza azuleaba en las orillas, en las franjas libres de smog. Se adentró solo entre los matorrales aledaños al espacio escultórico y antes incluso de que el haz de luz de su linterna la enfocara, sintió que ya la había visto. Más tarde ese mismo día llamaría a Pepe Mendoza de la policía de Guadalajara, a sus contactos en la Subprocuraduría General de Veracruz y en Guerrero. Pero ya sabía las respuestas.

A partir de ahí todo se aceleró hacia el caos. Fue como si la caída hubiera empezado con una pendiente ligerísima, de esas que se notan muy tarde, que incrementó poco a poco y que siguió incrementando, haciéndose cada vez más pronunciada, consecuentemente incrementando la aceleración del cuerpo que se deslizaba sobre esa superficie hasta alcanzar 9.8 metros sobre segundo cuadrado; es decir, la aceleración de la gravedad en una caída libre en el vacío. ¿Qué vamos a hacer? Preguntó Villarreal mientras se hundía en su amplia silla y perdía todo rastro de rigidez, como si de pronto se hubiera transformado en un muñeco de trapo. Se llevó la mano derecha a la cara y se masajeó la frente, las cejas y los ojos, sustraído por un instante de todo, imaginando que abriría los ojos y estaría lejos, muy lejos. El licenciado Soto Cabrera, los demás secretarios y el procurador se miraron unos a otros cuales niños de primaria que vieran de pronto a su maestro llorando. Y continúan los hallazgos de pesadilla, dijo el presentador del noticiero de la mañana con su inconfundible voz impostada llena de entonaciones efectistas y su bigote perfectamente acicalado. Tras once días de la aparición o, pausa dramática con leve risa y negación con la cabeza, reaparición de los cuerpos del periodista Tadeo Ortiz Pinto y de la ciudadana norteamericana Susanne Patrick, se han hallado ya treinta y siete cuerpos a lo largo del país que ya habían aparecido. Al parecer esta mañana, la pesadilla empeora, con el resurgimiento de una fosa clandestina en el rancho de San Fernando en Tamaulipas. Bartolomé Torres se encuentra allá. Buenos días, Bartolomé, ¿cómo están las cosas por allá? ¿Qué sabemos del fenómeno? Lo más importante es decidir qué le decimos al público, contribuyó el Secretario de Turismo. Sí, y a nuestros colegas norteamericanos, agregó el Secretario de Relaciones Exteriores mientras se limpiaba el sudor de la frente con su pañuelo de seda. Sí, ¿Cuál va a ser la versión oficial?, intervino el licenciado Soto Cabrera. Vandalismo infernal, tituló uno de los principales diarios la nota. Puta, ya todos los periódicos del país parecen el Alarma, le dijo al del quiosco de periódicos un transeúnte mientras le pasaba diez pesos. ¿Cómo que vandalismo? Preguntó el Secretario de Comunicación ¿Quién nos va a creer? Valdría más que dijéramos, Caronte en huelga, comentó Villarreal, quien seguía como en trance. ¿Huelga de quién?, preguntó el Secretario de Cultura. Disculpa que te interrumpa, Alfredo, pero muchas voces están alzando la voz, yo diría que válidamente, haciéndose preguntas que no tienen respuesta.  ¿Cómo explica lo del vandalismo que los cuerpos se encuentren exactamente en el estado en que se hallaban cuando fueron encontrados la primera vez, algunos años después? ¿Cómo se están exhumando a tantos cadáveres sin que nadie se dé cuenta, incluso un cadáver de Estados Unidos? ¿Cómo se explican las fosas? ¿Quién sería responsable? ¿Qué mensaje quiere dar el crimen organizado con esto? Sí, sí, Carmen. Entiendo. Nosotros también nos estamos haciendo esas mismas preguntas, no creas que no. Lo único que te puedo decir por el momento es que tenemos a mucha gente trabajando en esto, estamos colaborando con el FBI para resolver el caso de Susanne Patrick, y estamos enfocados cien por ciento en encontrar a los responsables y detener esta broma de mal gusto, risa sarcástica, escandalizada, ahogada. Perdóname Alfredo, pero de muy mal gusto. Sí, sí, Carmen, terrible gusto. ¿Y por qué vuelven a aparecer luego de que los vuelven a quitar? Preguntó el de la Secretaría de Economía. Bueno, eso no ha salido a la luz, le reviró el Procurador. Pero no tarda en salir, Alfredo, por favor. Y ya hay rumores. Yo los rumores me los paso por los huevos. Pues tú, pero la gente se los pasa por la cabeza y por la oficina y por los cafés y por Facebook y por Twitter, y lo que más importa es la opinión pública. La opinión pública, sobre todo la del extranjero, es dinero, Alfredo. Mucho dinero. Eso es verdad, secundó el de Turismo y asintió enérgico el de Relaciones Internacionales, quien sudaba copiosamente. Digamos lo que digamos van a sospechar otra cosa, dijo Villarreal. Lo del vandalismo está bien por ahora. La sala se sumergió brevemente en el silencio. Más de 250 mil muertos, más de 37 mil desaparecidos, un índice de impunidad del 99.3%, sólo detrás de Filipinas a nivel mundial, y agreguemos que de ese 0.7% de crímenes que sí se castigan, es altamente probable que los “culpables” sean gente pobre incriminada por la policía, porque se calcula que, en nuestras cárceles, el 42% de los presos son inocentes. Pero sólo hasta ahora veo preocupación, miedo, indignación en todos los sectores. Ahora que reaparecen. Lo lamento muchísimo por las familias de las víctimas que ahora viven este calvario de nuevo, pero casi quiero creer que éste es un llamado de algún tipo para todos nosotros, los demás, para que abramos los ojos a la realidad, Gibrán terminó de teclear y presionó publicar. Durante el día revisó su celular de vez en vez, viendo cómo escalaban los likes y reacciones a su reflexión. No pudo evitar sentir una oleada de placer por el cuerpo cuando, a la mañana siguiente, vio que su post había sido compartido más de 13 mil veces. Bueno, y moviéndonos a otro aspecto importante del problema, ¿cómo pensamos resolverlo? Preguntó el Lic. Soto Cabrera. Alfredo Sahagún, Procurador General de la República, le dio un breve resumen de lo que se sabía hasta el momento: los muertos reaparecían en el mismo lugar, en la misma postura y exactamente en el mismo estado que la primera vez que se les recogió. Al recogerlos, volvían a aparecer; al principio no, pero tres semanas después reaparecieron todos de golpe, al mismo tiempo. Estaban apareciendo en toda la República, con mayor rapidez. ¿Cuántos han aparecido hasta ahora? ¿Oficialmente o de verdad? Preguntó Alfredo Sahagún. De verdad, respondió Soto Cabrera. 387 confirmados, 52 por confirmar hasta esta mañana, señor. No mames, dijo el Presidente. Sí, señor. Es sobre todo por las pinches fosas. Y así, México finalmente ha completado su transformación hasta convertirse en una temporada de The Walking Dead región 4, comenzó su video un youtuber e influencer de mucha tracción entre ciertos sectores de la juventud, na’más que en el remake mexicano no les alcanzó el presupuesto para poner a los muertos a caminar. Esta frase suscitó un enorme backlash y el youtuber, en su cuenta de Twitter, dijo que nunca fue su intención ofender a nadie. El video se hizo viral. El patrón que hemos identificado, continuó Sahagún, es que todos los cuerpos son de casos sin resolver. Ya valió, se le salió decir al Secretario de Turismo. Villarreal dejó escapar algo a medio camino entre una risa y un suspiro. No, espérate, el caso de la ciudadana norteamericana se resolvió. Se encarceló a dos pescadores de la zona. Me acuerdo, respingó el de Relaciones Exteriores. El de SEDENA se rió por lo bajo, pero se tapó la boca. Ay, Gustavo, fue lo único que le respondió el Procurador. ¡No más muertos! Leían la mayoría de las pancartas que desfilaban innumerables por las principales avenidas de veintiséis ciudades del país en una la marcha coordinada más grande de su historia. Algunas otras pancartas, más creativas, salieron en galerías fotográficas de los diarios más relevantes del país e incluso del mundo. Una que más que pancarta era una figura de más de tres metros, de papel maché, de una Catrina con una banda como de reina de belleza que decía “Ya todos los días son día de muertos”. Había, por ejemplo, una enorme pancarta, de unos cinco metros de largo, atada en sus extremos a varas de dos metros de longitud, de manera que extendida se asemejaba a un puente peatonal. Del punto medio colgaban muchas calaveritas. La pancarta decía: “En México no existe el descanso eterno”. Pusimos a agentes a vigilar las fosas comunes, los cementerios, las morgues, veinticuatro horas. Y a otros a vigilar los sitios donde se había hallado a los cadáveres. ¿Y? preguntó Soto Cabrera. Pues… Sahagún carraspeó, cosa rarísima en él, así que los demás se esperaron algo muy malo. A diferentes horas de la noche los cadáveres en la morgue, los únicos que estaban a la vista, pues… se disolvían como cera caliente, na’más que evaporándose de inmediato. Eso reportó uno de los agentes. Y en los sitios, bueno, ahí… ¿Qué? Ahí surgían de la tierra. Eso sí lo puedo testificar yo. Yo vi a uno personalmente. Primero se levantaba la tierra como si abajo hubiera un topo gigante y luego salían como papas o calabazas. Los colgados, según me comentaron otros agentes, salían más bien como frutas creciendo en cámara rápida, pendiendo de una rama. La expresión de todos era de horror y de asco. Sí, un agente murió de un infarto. Tres renunciaron y a otros les tuvimos que dar un descanso porque estaban muy alterados. Pues cómo no, dijo el Secretario de Comunicación y Transporte. En otro diario, uno satírico, extremadamente popular en redes, salió una nota que se titulaba “¡No más muertos! (En mi entrada)”. Esta nota rescataba varios videos y fotos de asistentes a la marcha en todo el país, casi todos vestidos con ropa de marca, con gafas oscuras, con sombreritos de verano, quienes, en sus pancartas o en sus declaraciones a la prensa habían hecho comentarios muy desafortunados, como una señora cincuentona en León, Guanajuato, que dijo que era muy triste que hasta cerca de la escuela de su hija, una de las escuelas más exclusivas del país, se había hallado un cuerpo y que la pobre niña seguía muy afectada. Un hombre bigotudo y de sombrero en la marcha de Monterrey, Nuevo León, había dicho que había tenido que cerrar uno de sus restaurantes porque tres cuerpos incinerados habían aparecido cerca del local y la judicial ahora se la pasaba ahí. A quién chingaos se le va a antojar comer carne asada cuando a veinte metros hay unos chisqueados al carbón. Pero quizás el que se volvió más famoso – o infame – fue un muchacho de veinticuatro años de la colonia Las Lomas de Ciudad de México, que declaró Es que no mames, we, la neta qué pena, we, qué pena me da México. Yo acabo de regresar de visitar a unos amigos en Melbourne y neta me dijeron que qué horror lo que pasaba aquí, we. Y yo me moría de pena. El gobierno o quien sea tiene que arreglar esto pronto porque da pena ser mexicano ahorita, we, no mames. Villarreal se levantó de su silla como si de golpe hubiese recuperado todas las articulaciones de su cuerpo. Esto es lo que vamos a hacer, dijo. Si no podemos arreglar el problema, al menos podemos contenerlo. El de Relaciones Exteriores y el de Economía lo vieron como perritos hambreados. Alfredo, quiero que dejes de perder tiempo y energía recogiendo a los muertos y quiero que me entregues mapas detallados de los sitios donde se han encontrado muertos y, lo que es más, quiero que prepares mapas de los sitios exactos en el país que podrían ser focos rojos. ¿Focos rojos, señor? Sí. Si hay un puente importante en un lugar concurrido donde hubo colgados, una escuela privada o famosa o céntrica donde se halló un muerto, una colonia de ricos donde se encontrara un cuerpo, una narcofosa enorme, y especialmente lugares exactos donde se han hallado extranjeros asesinados, quiero saberlo para ya. Ah, ya lo entendí, señor. Cuente con ello. Me entregas copias a mí y a Manuel, dijo mirando al de SEDENA, quien se limitó a asentir. Y al señor presidente, claro. El Lic. Soto Cordero miraba desconcertado, pero asintió. Por supuesto hubo memes. Muchísimos memes. Algunos muy graciosos, otros más bien malos. Uno de los que más circuló tenía un fotograma de la película de zombis 28 días después, en donde se veía a un hombre corriendo en una plaza londinense, perseguido por una turba de muertos vivientes. Luego un fotograma de una de las películas de Resident Evil con Milla Jovovich corriendo perseguida por zombis en Las Vegas. Otro más, éste de la película Guerra Mundial Z, una escena muy famosa donde una masa de zombis escala unas murallas gigantes cual hormigas. Finalmente, una foto de un muerto de los reaparecidos en México, tirado en un baldío en uno de los barrios de las afueras de Zacatecas. El muerto había sido baleado y era bastante panzón. El meme decía: Zombis en Inglaterra, en Estados Unidos, en Israel, y terminaba con: Zombis en México. Ese meme corrió como fuego. Manuel, quiero que pongas a los muchachos de todo el país a cuidar las áreas que Alfredo nos indique, y quiero que esas áreas se vuelvan inaccesibles para el público. Que sea imposible que cualquier pendejo caminando se tope con uno de esos muertos o fosas. Pongan malla con púas, oculten con maleza o piedras, con lo que sea. Al cabo más de la mitad del trabajo ya nos lo hace la madre naturaleza. Por suerte la mayoría de los asesinos siguen aventando los cuerpos en donde sea difícil hallarlos. El de SEDENA volvió a asentir con seguridad. El pánico corrió sobre todo en la comunidad más religiosa del país, como era de esperarse. Se organizaron sendas cadenas de oración. Durante semanas las homilías, a lo largo y ancho del territorio, rezaron acerca del final de los tiempos, de las trompetas, de los jinetes, del juicio, de nuestros incontables pecados. Las puertas del infierno se están abriendo y es hora de confesarse y orar, dijeron, con variantes, buena parte de los sacerdotes. Otros sacerdotes, más contados, de las alas más izquierdosas de la iglesia mexicana, con un sentido más refinado de la metáfora dijeron que el infierno era México y lo habíamos hecho los mexicanos. ¿Y qué hay de todos los muertos que pusieron ahí para verlos? Los colgados, los descabezados, los encostalados. O los muertos en balaceras en zonas céntricas. ¿Qué hacemos con eso?, preguntó el de Turismo. Villarreal hizo una pausa, apoyó los puños en la mesa y miró hacia abajo. Respiró hondo. Eso no sé bien, Rigoberto. Me imagino cosas, pero estará difícil. Podríamos cerrar ciertas calles y plazas, construir nuevas. Tratar de desviar los ojos de la gente hacia otros lados, pero llevará años, claro. Por otro lado, he escuchado que el turismo oscuro ¿o cómo le llaman? Turismo negro. Eso. Que ha aumentado mucho en México. Igual y es un área que puedes tratar de explotar. Con sutileza, claro. ¿Y qué hay de los muertos nuevos? Preguntó el Procurador. Todos lo miraron gravemente. ¿De los muertos que se hacen a diario? Tampoco tengo todas las respuestas, Alfredo. Aunque proliferaron los artículos de opinión, columnas, análisis, reflexiones al respecto, la mera verdad es que la mayoría eran en extremo previsibles, plagados de lugares comunes y de sentencias prefabricadas. Antes de leerlos uno ya se los sabía, pues. Quizás por ello muchas de las plumas más lúcidas de México, muchas de las cabezas más privilegiadas, muchos de los críticos más certeros guardaron silencio, ateridos todos frente a sus teclados, con el cursor titilando en la hoja en blanco, sintiéndose frustrados, traicionados por una realidad que se ofrecía a sí misma con demasiada facilidad, ya empaquetada en una figura literaria inmensa. Mejor el silencio, tal vez. Señor Presidente. Sí, Raúl, respondió el licenciado Soto Cabrera como un soldado raso a un general. Debe salir cuanto antes a dar un anuncio a la población para calmarlos; algo patriótico. Sí. Un discurso donde se sienta que todos vamos en el mismo barco, que todos debemos mantenernos unidos ante esta tormenta. Sí, repetía Soto Cabrera, como tratando de memorizarlo. Que hemos salido de peores, pero juntos, que los mexicanos somos una raza fuerte, pero que nuestra fuerza está en la unión. Sí, asentía Soto Cabrera y los demás también. Usted es el capitán del barco, hable con entereza, diga que no permitirá que este barco se hunda, pero que no puede estar solo. Qué bonito le salió, licenciado Villarreal, opinó el de Cultura. Pues no por nada estudié Derecho, como casi todos los grandes escritores de este país, dijo Villarreal. Excepto Carlos Fuentes, ése era economista, agregó el Secretario de Economía. ¿Y luego? Preguntó casi con un temblor de voz Soto Cabrera. Luego todo se va a ir a la chingada, como siempre, señor Presidente. ¿No que el barco no se va a hundir? Preguntó el de la SEDENA que había estado callado hasta entonces. Este país no es un barco, Manuel, le respondió Villarreal. Es un tráiler infecto lleno de cadáveres, merodeando sin rumbo, dijo con vehemencia. A Soto Cabrera se le erizaron los pelos del espinazo. Pero lo bueno es que nosotros vamos en la cabina y no en el contenedor, ¿o no?, se rio Villarreal mientras le daba unas palmadas en el hombro a Soto Cabrera, quien a su vez se rió, con nervios. Julián Alberto Mozqueda, uno de los escritores más prometedores de la narrativa mexicana según la revista Esquire, cavilaba una noche en su departamento, mientras tomaba un vaso de ginebra y escuchaba de fondo la tele sin ponerle mucha atención. Pensaba en el artículo que debía entregar al día siguiente a Letras Libres. Le gustaba eso de un cuerpo cayendo en el vacío, era un buen inicio, pero no tenía nada más. Estaba en blanco. Se quedó pensando en eso un rato. Una esfera cayendo en el vacío. ¿Pero desde cuándo realmente se estaba cayendo?, pensó. ¿Y dónde está el fondo? ¿Y si no hay fondo? ¿Entonces qué importa caer? Entonces pensó más bien en otras esferas, gigantes, girando en torno al sol para siempre.

Yo creo que a México ya se lo llevó la chingada, dijo González antes de zamparle una mordida enorme a su torta de carnitas. A México se lo ha estado llevando la chingada desde tiempos inmemoriales, respondió Bedia después de pasarse un trago de Fanta. Pero ahora sí ya en serio, digo, dijo González. ¿Y qué significa que ahora sí?, preguntó Bedia. Pues es que esto ya es del diablo, Bedia. Tú no crees en Dios, pero la neta yo creo que esto es un mensaje. Está cabrón creer en Dios viendo lo que está pasando. Más cabrón no creer viendo lo que está pasando. Los dos se miraron desafiantes, como sopesando a quién le había salido más chingona la contestación. Mira, creas o no creas, la neta es que esto es otro nivel. La gente está asustada. Está enojada. Ahora hasta los derechairos están marchando, güey. Las inversiones van a bajar, va a haber inflación, el peso se va a devaluar. González hizo una pausa dramática Yo la neta, la neta, creo que va a haber una guerra civil. Un pinche golpe de estado y luego todos contra todos y sálvese quien pueda. Bedia masticaba y luego dijo, todavía con algo de comida en la boca y tapándose con la servilleta Nah, yo no creo. Pues cree lo que quieras, güey. En el radio del changarrito sonaba un reguetón con cachos en inglés y cachos en español y el que preparaba las tortas seguía la letra por lo bajo. ¿Sabes cuántas narcofosas se han hallado en el país desde el 2007?, preguntó Bedia de pronto. La neta no. Más de 2,000, cabrón. No mames. Sí. En promedio una cada 3 días. Está cabrón. ¿Sabes cuántos muertos tenía la más grande? No. Más de 500. Hijo de su puta madre. Sí. Pausa. ¿Y sabes cuántas viejas han muerto en Ciudad Juárez desde el 93? La neta tampoco. Poquito menos de 1,800. Chale. Sí. ¿Y sabes cuántas el año pasado en todo México? 760. ¿Y eso es mucho? Sí, cabrón. Chale. ¿Y sabes cuántos periodistas? Pues no sé la cifra exacta, pero sí sé que muchos. Como en Siria o Irak o uno de esos países bien culeros. Ajá, ¿Y has sabido algo de los 43 chavitos de Ayotzinapa? Ah, de eso sí sé. Ah, ¿Sí? Cuéntame qué ha pasado. Ah, cómo serás mamón, eso no sé. Sé lo que sabe todo mundo. Bedia miró a los ojos a González como esperando que una luz se encendiera en la caverna sombría que tenía en lugar de cabeza ¿No agarras el pedo de lo que te quiero decir, pendejo? González pensó un momento. No, mano, explícame. A ver, pendejo, piensa, más de 2,000 fosas, una con más de 500 cuerpos, montones de viejas muertas, montañas de periodistas muertos, los chavitos que nadie encuentra y tú, que trabajas en el INEGI, güey, el archivero del país, ni enterado estás de nada. Bueno, bueno, pero mi trabajo es menor, cabrón, soy un pinche godínez, yo no tengo porqué saber. Exacto, dijo Bedia. ¿Cómo? Otra vez pausa. Bedia trató de identificar la canción, pero no la reconocía. Tal vez era nueva. No te entiendo, güey, dijo González y luego hizo los ojos chiquitos, como si tratara de localizar una pulga en su plato. No, la neta no le agarro, güey, ya dime. Ah, cómo estarás pendejo. En un par de meses vas a entender lo que quería decir. Dale un año a lo mucho. Ah, cómo serás mamón, pinche Bedia.

Texto e ilustración por Jorge Luis Flores.
Ilustración inspirada en el grabado: ‘Calavera oaxaqueña’ de José Guadalupe Posada.

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