Retrato

No estoy confesando que yo lo hice; eso todos lo saben y hay testigos. Estoy confesando que lo hice con alevosía, que fue premeditado y que el motivo fue el odio. El odio que nace de la envidia fraternal, que es  el odio más duradero, más intenso y ciertamente el que cuenta con más abolengo. Pero también me motivó el amor. Qué triste que la suma de dos sentimientos tan puros, al resultar en un crimen, se transforme en las lenguas y mentes de quienes juzgan sin entender en algo tan burdo como “celos”.

¿Tenía celos? Sí. Claro que sí. ¿Quién no los tendría en mi circunstancia? Forzada a mirar siempre, eternamente, cada día de mi vida, a mi amo, al dueño y razón de cada una de mis acciones, preferir en todo a mi gemela; esa otra discípula idéntica a mí que por puro azar y no por mérito fue elevada a compañera indispensable. Oh, mi sufrimiento ha sido profundo y demasiado largo: desde los primeros gestos fue claro que se me hacía a un lado en favor de ella. Pero mi mayor dolor llegó cuando – ¡tan temprano en nuestras vidas y sin darme una sola oportunidad de mostrar mi valía! – la eligió para colaborar en su primera obra. La obra es intrascendente, de pobrísima concepción y aún más paupérrima técnica (interesados podrán hallarla aún, amarillenta e incomprehensible, en un fólder preservado por razones sentimentales en casa de sus padres) cuya única relevancia – fatídica para mí – fue determinar de una vez y por siempre la díada creativa de la que yo quedaba excluida, reducida al humillante rol de lacayo. 

¿Qué habré hecho en otras vidas? ¿Qué pecado irredimible pesa sobre mi alma para merecer las injurias de las que fui víctima? Una cosa es ser rechazada y retirarse viendo a otra elegida, pero otra mucho más trágica es ser rechazada y al tiempo forzada a quedarse para observar, y peor, para ayudar a florecer y atender a ese amor vedado para mí. No sólo ninguno de los muchos y tan admirados frutos de ese jardín son míos, sino que mi minúsculo papel en la gestación de cada uno de ellos, francamente podría haber sido encargado a un mueble.

¿Por qué pintura? Me he preguntado a veces. Pregunta inútil, como las que tiende a hacer una cuando se hunde en la desesperación. ¿Por qué no música o escultura? Mi contribución seguiría siendo ligeramente menor, pero protagónica; el amor no equidistante, pero casi. O ¿Por qué no fotografía o cine? En ese caso ambas, mi gemela y yo, seríamos relegadas al segundo plano.

Nada de esto es importante. El punto es que no debería sorprender a nadie lo que hice. Debería sorprender que tardé tanto en hacerlo. Hasta la fecha él se interroga, en sus horas de peor amargura: ¿Por qué blandí el martillo con la mano izquierda? Pues ya, ahora tienes tu respuesta. Fui yo. Yo elegí tomar el martillo – intercambiar sitios para una tarea al menos –, yo apliqué esa fuerza desmedida. Y el rasguño horroroso de tu grito, que tanto, tanto me perturbó escuchar, fue contrarrestado por el crujido escalofriante proveniente de mi hermana y por su estampa retorcida que me llenaron de placer.

Primer, segundo y tercer metacarpianos destrozados, cirugía, advertencias sobre posibilidades de total recuperación, yeso durante seis semanas, fisioterapia otras tantas. Si en algún momento sentí remordimiento, fue en éste. Presenciar el dolor físico y sobre todo el anímico de mi amo; sus penurias diurnas y sus terrores nocturnos; la frustración constante por su presente entorpecido y la ansiedad subyugante por la posibilidad de un futuro sin pintura. Ah, pero era fácil olvidar mi culpa cuando mi recompensa era tan dulce. Nunca en las casi cinco décadas que llevamos juntos recibí tanta atención como en esos días. Hasta las tareas más nimias – aquellas que la otra daba desde hace tanto por sentado – eran para mí un obsequio de incalculable valor. Pero algo a parte de la culpa enturbiaba mi alegría. La esperanza de él – el retorno de la compañera pródiga – era mi miedo.

La suerte estuvo de mi lado. Aunque darle crédito a la suerte es errado. Más bien mis cálculos fueron correctos. Oh, amo, si hubieses visto el asco y el horror que se apoderó de ti una vez que el yeso cayó y develó los tristes restos de la que una vez fue tu favorita. Del que una vez fuese un dorso a la vez varonil y terso, quedaba ahora un pálido simulacro deformado por nudos óseos asomando bajo la piel; y los orgullosos y ágiles dedos pulgar, índice y medio eran ya unas torcidas ramas mustias. Y el hedor, la pestilencia nauseabunda emanando de las franjas de piel muerta y humedecida, que no desaparecía por más cremas y alcohol que te aplicaras, y que ahondaba la sensación espantosa de cargar con un cadáver descomponiéndose.

A la tercera semana de fisioterapia, el dictamen confirmó lo evidente: era inútil. Reducida a garra vergonzosa, mi hermana fue al fin vencida.

Mi triunfo se vio levemente ensombrecido por el estado de auto-conmiseración absoluta en que cayó mi amo. Perdí la cuenta hace mucho de la cantidad de píldoras antidepresivas que me hizo darle y el número de licores que le llevé a los labios. Este estado, afortunadamente, duró poco. Luego entró en una catatonia imperturbable y se aisló casi por completo, despidiendo a su agente, y recibiendo cada vez a menos colegas y amigos. Sólo su mucama quedó en la casa. Mejor para mí porque fue, finalmente, casi enteramente mío.

He de admitir que nuestra relación no tuvo el carácter idílico que yo anhelaba. Él no me tenía paciencia ni con las minucias del día a día; gruñía y hacía rabietas por un poco de vino derramado, un traste roto, unos minutos de más abotonando su abrigo o atando cordones. ¿Pero qué esperaba de mí? Tras cuarenta y nueve años de abandono no podía exigirme destreza. Era claro que el pincel estaba aún muy lejos de mí, pero no me importaba. Yo tendría la calma necesaria por los dos.

Finalmente, transcurrido más de un año desde el incidente, durante una noche insomne, el momento tan largamente deseado e infinitamente postergado llegó: mi amo se levantó del sillón donde llevaba horas mirando el fuego en un trance etílico y se dirigió a su estudio trastabillando, pero con una decisión que juro no haberle visto desde su juventud. Recuerdo la sensación fría del metal del picaporte al girarlo y la capa de polvo que se adherió a mí, y recuerdo el escalofrío que me recorrió como una descarga eléctrica erizando los vellos en mis nudillos al abrir cajones y sacar óleos y paleta y pinceles, y las cosquillas de anticipación en mi palma al descubrir un lienzo y prepararlo. El pudor y un resto de decoro me obligan a censurar una descripción detallada de lo que experimenté cuando tomé el pincel entre mis dedos, lo mojé en la pintura y tembloroso lo guié por la blanca tela.

Así, en un constante éxtasis, interrumpido sólo por paréntesis de embeleso total, vivimos veintitrés días y sé que el gozo intenso fue mutuo; estoy segura. Nunca, no desde sus primeros cuadros, lo vi tan sobrecogido por la energía creativa, poseído por algo mayor, más alto, trascendental. Mas lo que me intensificó mi satisfacción es que nuestra relación no era un calco de la otra; no. Un alma por completo diferente nos daba vida y la prueba era nuestra obra. Esta pintura parecía hecha por otro: alejada por completo del neo-expresionismo  que lo había hecho destacarse y lanzado de cabeza a un abismo que pareciera lirismo abstracto y del que un crítico dijo: “Si el lenguaje del dolor es cromático, ésta es su sentencia más desgarradora”.

Curioso, porque lo que yo sentí mientras pintábamos era lo opuesto del dolor. El desgarro vino una vez terminado el trabajo, cuando tu ex agente llegó de emergencia a la casa a ver el milagro y entre sollozos de emoción preguntó: “¿Y tiene título?”, y tú respondiste orgulloso después de dar un trago triunfal a una copa de cognac, y al escucharte yo me sentí morir y quebrarme en más pedazos que la copa que solté en mi sorpresa y desconsuelo, y el eco del cristal estallando parecía repetir y multiplicar las palabras que se me enterraban como dagas.

Una vez dicho, no había manera de no verla. Sugerida apenas, como un galeón naufragado a través de un mar embravecido, sus contornos enterrados por el tiempo, enredados en marañas de color y furia, pero más bella y definitiva que nunca en su tragedia: mi hermana. Y yo; yo que nunca jamás me vi tan reducida, tan ínfima, tan vejada; viendo el motivo de mi felicidad más auténtica revelándose como mi humillación más grande, y el talismán de nuestro idilio transformándose en el símbolo de mi derrota final.

“Retrato de la mano derecha por la mano izquierda” se vendió en una subasta por quince millones de dólares y está ahora en la colección permanente del museo privado más importante de la ciudad. Ninguna de sus pinturas ha tenido la celebración de la crítica ni el impacto en la escena del arte que tuvo ésta. 

En la cima de su prestigio, con dinero para vivir cómodamente para siempre y sin nada qué decir pictóricamente, mi amo se retiró de la pintura y escribe ahora sus memorias. Como si mi castigo no hubiera sido ya excesivo, ahora paso horas aplastando teclas. Podría pensarse que este giro me beneficia pues me da un trabajo en el que no soy segunda de nadie y en el que he adquirido cierta pericia. Pero es que a mí la literatura me aburre a morir.

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